»Aquí no pude menos de interrumpir a mi madre diciéndole: «Pues qué, señora, ¿también murió vuestro tercer marido? Sin duda sois una plaza que sólo puede tomarse a costa de la vida de sus conquistadores.» «Hijo mío, ¡cómo ha de ser!—me respondió ella—. ¿Por ventura puedo yo alargar los días que el Cielo tiene contados? Si he perdido tres maridos, ¿cómo lo he de remediar? A dos los lloré mucho; el que menos lágrimas me costó fué el procurador. Como me casé con él puramente por el interés, tardé poco en consolarme de su muerte. Pero volviendo a Colifichini, te diré que algunos meses después de muerto, deseando yo ver una casa de campo junto a Palermo, que me había señalado para mi viudedad en nuestro contrato matrimonial, y tomar posesión de ella personalmente, me embarqué para Sicilia con mi hija Beatriz; pero en el viaje fuimos apresadas por los corsarios del bajá de Argel. Condujéronnos a esta ciudad, y por fortuna nuestra te encontraste en la plaza donde estábamos puestas en venta. A no ser esto, hubiéramos caído en manos de un amo despiadado, que nos hubiera maltratado y bajo cuya dura esclavitud quizá habríamos gemido toda la vida sin que tú hubieses oído hablar nunca de nosotras.»

»Tal fué, señores, la relación que mi madre me hizo. Coloquéla después en el mejor cuarto de mi casa, con la libertad de vivir como mejor le pareciese, cosa que fué muy de su gusto. Habíase arraigado tanto en ella el hábito de amar, en virtud de tan repetidos actos, que no le era posible estar sin un amante o sin un marido. Anduvo vagueando por algún tiempo, poniendo los ojos en algunos de mis esclavos, hasta que finalmente llamó toda su atención Haly Pegelín, renegado griego que frecuentaba mi casa. Inspiróle éste un amor mucho más vivo que el que había tenido a Colifichini, y era tan diestra en agradar a los hombres que halló el secreto de encantar también a éste. Aunque conocí desde luego que obraban de acuerdo los dos, me di por desentendido de su trato, pensando sólo en el modo de restituirme a España. Habíame dado licencia el bajá para armar una embarcación, a fin de ir en corso a ejercitar la piratería. Ocupábame enteramente el cuidado de este armamento, y ocho días antes que se acabase dije a Lucinda: «Madre, presto saldremos de Argel y dejaremos para siempre un lugar que tanto aborrecéis.»

»Mudósele el color al oír estas palabras y guardó un profundo silencio. Sorprendióme esto extrañamente y le dije admirado: «¿Qué es esto, señora? ¿Qué novedad veo en vuestro semblante? Parece que os aflijo en vez de causaros alegría. Creía daros una noticia agradable participándoos que todo lo tengo dispuesto para nuestro viaje. ¿No desearíais acaso restituiros a España?» «No, hijo mío—me respondió—, confieso que ya no lo deseo. Tuve allí tantos disgustos, que he renunciado a ella para siempre.» «¡Qué es lo que oigo!—exclamé penetrado de dolor—. ¡Ah señora! ¡Decid más bien que el amor es quien os hace odiosa vuestra patria! ¡Santos Cielos y qué mudanza! Cuando llegasteis a esta ciudad, todo cuanto se os ponía delante os causaba horror; pero Haly Pegelín os hace mirar las cosas con otros ojos.» «No lo niego—respondió Lucinda—; es cierto que amo a este renegado y quiero que sea mi cuarto marido.» «¿Qué proyecto es el vuestro?—interrumpí todo horrorizado—. ¡Vos casaros con un musulmán! Sin duda habéis olvidado que sois cristiana, o, por mejor decir, solamente lo habéis sido hasta aquí de puro nombre. ¡Ah madre mía, y qué de cosas estoy viendo ya! ¡Habéis resuelto perderos para siempre porque vais a hacer por vuestro gusto lo que yo no hice sino por necesidad!»

»Otras muchas cosas le dije para disuadirla de aquel intento, pero fué predicar en desierto, porque se había cerrado en ello. No contenta con dejarse arrastrar de su mala inclinación, dejándome a mí por entregarse a un renegado, quiso llevarse consigo a Beatriz; pero a esto me opuse fuertemente. ¡Ah infeliz Lucinda!—le dije—. ¡Si nada es capaz de conteneros, a lo menos abandonaos sola al furor que os posee y no queráis conducir a una inocente al precipicio en que os apresuráis a caer!» Lucinda se marchó sin replicar, quizá por algún vislumbre de luz que por entonces rayó en ella y le impidió obstinarse en pedir su hija. Así lo creía yo, pero conocía muy mal a mi madre. Uno de mis esclavos me dijo dos días después: «Señor, mirad por vos. Un cautivo de Pegelín acaba de confiarme un secreto que no debo ocultaros, para que no perdáis tiempo en aprovecharos de él. Vuestra madre ha mudado de religión, y para vengarse de vos por haberle negado su hija está determinada a dar parte al bajá de vuestra próxima fuga.» No tuve la menor duda de que Lucinda era capaz de hacer todo lo que mi esclavo me avisaba. Habíala yo estudiado mucho y estaba persuadido de que, a fuerza de representar papeles trágicos en el teatro, se había familiarizado tanto con el crimen que muy bien me hubiera hecho quemar vivo, y no le conmovería más mi muerte que si viese representada en una tragedia esta catástrofe sangrienta.

»Por tanto, no quise despreciar el aviso que me dió el esclavo. Apresuré cuanto pude las prevenciones del embarco y tomé, según costumbre de los corsarios argelinos que van a corso, algunos turcos conmigo, pero solamente los que eran necesarios para no hacerme sospechoso, y salí del puerto con todos mis esclavos y mi hermana Beatriz. Ya se persuadirán ustedes de que no me olvidaría de llevar al mismo tiempo todo el dinero y alhajas que había en mi casa y podía importar hasta unos seis mil ducados. Luego que nos vimos en plena mar, lo primero que hicimos fué asegurarnos de los turcos, a quienes encadenamos fácilmente, por ser mucho mayor el número de mis esclavos. Tuvimos un viento tan favorable que en poco tiempo arribamos a las costas de Italia; entramos en el puerto de Liorna con la mayor facilidad, y toda la ciudad, a lo que creo, acudió a nuestro desembarco. Entre los que concurrieron a él estaba por casualidad o por curiosidad el padre de mi esclavo Azarini. Miraba atentamente a todos mis cautivos conforme iban desembarcando; y aunque en cada uno de ellos deseaba ver las facciones de su hijo, ninguna esperanza tenía de encontrarlas. Pero ¡qué júbilo, qué abrazos se dieron padre e hijo después de haberse reconocido! Luego que Azarini le informó de quién era yo y del motivo que me llevaba a Liorna, me obligó el buen viejo a que fuese a alojarme a su casa, juntamente con mi hermana Beatriz. Pasaré en silencio la menuda relación de mil cosas que me fué preciso practicar para volver a reconciliarme con el gremio de la Iglesia, y sólo diré que abjuré el mahometismo con mucha mayor fe que le había abrazado. Purguéme enteramente del humor mahometano, vendí mi bajel y di libertad a todos los esclavos. Por lo que toca a los turcos, se los aseguró en las cárceles de Liorna para canjearlos a su tiempo por otros tantos cristianos. Los dos Azarinis, padre e hijo, usaron conmigo de todo género de atenciones. El hijo se casó con mi hermana Beatriz, partido que a la verdad no dejaba de ser ventajoso para él, porque al cabo era hija de un caballero y heredera de la hacienda de Jérica, cuya administración había dejado mi madre a cargo de un rico labrador de Paterna cuando resolvió pasar a Sicilia.

»Después de haberme detenido en Liorna algún tiempo, marché a Florencia, deseoso de ver aquella ciudad. Llevé conmigo algunas cartas de recomendación que el viejo Azarini me dió para algunos amigos suyos en la corte del gran duque, a quienes me recomendaba como un caballero español pariente suyo. Yo añadí el don a mi nombre de bautismo, a imitación de no pocos paisanos míos plebeyos, que sin tenerlo y por honrarse se lo ponen a sí mismos en los países extranjeros. Hacíame, pues, llamar con descaro don Rafael, y como había traído de Argel lo que bastaba para sostener dignamente esta nobleza, me presenté en la Corte con brillantez. Los caballeros a quienes me había recomendado Azarini publicaban en todas partes que yo era un sujeto de distinción, y como no lo desmentían los modales caballerescos, que había estudiado bien, era generalmente tenido por persona de importancia.

»Supe introducirme muy presto con los primeros señores de la Corte, los cuales me presentaron al gran duque, y tuve la fortuna de caerle en gracia. Dediquéme a hacerle la corte y a estudiarle el genio. Oía para esto con atención lo que decían de él los cortesanos más viejos y experimentados. Observé, entre otras cosas, que le gustaban mucho los cuentos graciosos traídos con oportunidad y los dichos agudos. Esto me sirvió de regla, y todas las mañanas escribía en mi libro de memoria los cuentos que quería contarle durante el día. Sabía tan gran número de ellos, que parecía tener un saco lleno, y aunque procuré gastarlos con economía, poco a poco se fué apurando el caudal, de suerte que me hubiera visto precisado a repetirlos o a hacer ver que había concluído mis apotegmas, si mi talento, fecundo en invenciones, no me hubiese socorrido con abundancia, de manera que yo mismo compuse cuentos galantes o cómicos que divirtieron mucho al gran duque, y, lo que sucede muchas veces a los ingeniosos y agudos de profesión, por la mañana apuntaba en mi libro de memoria las agudezas que había de decir por la tarde, vendiéndolas como ocurridas de repente.

»Metíme también a poeta y consagré mi musa a las alabanzas del príncipe. Confieso de buena fe que mis versos no valían mucho, y por eso nadie los criticó; pero aun cuando hubieran sido mejores, dudo que el duque los hubiera celebrado más; el hecho es que le agradaban infinito, lo que quizá dependería de los asuntos que yo elegía. Fuese por lo que quisiese, aquel príncipe estaba tan pagado de mí que llegué a causar celos a los cortesanos. Estos quisieron averiguar quién era yo, pero no lo consiguieron, y sólo llegaron a descubrir que había sido renegado. No dejaron de ponerlo en noticia del príncipe, con esperanza de desbancarme; pero, lejos de salir con la suya, este chisme sirvió únicamente para que el gran duque me obligase un día a que le hiciese una fiel relación de mi cautiverio en Argel. Obedecíle, y mis aventuras le divirtieron infinito.

»Luego que la acabé, me dijo: «Don Rafael, yo te estimo mucho y quiero darte de ello una prueba tal que no te deje género de duda. Voy a hacerte depositario de mis secretos, y para ponerte desde luego en posesión de confidente mío, te digo que amo con pasión a la mujer de uno de mis ministros. Es la señora más linda de mi corte, pero al mismo tiempo la más virtuosa. Ocupada enteramente en el gobierno de su casa, y del todo entregada al amor de un marido que la idolatra, parece que ella sola ignora lo celebrada que es en Florencia su hermosura. Por aquí conocerás la dificultad de conquistar su corazón. En medio de eso, esta deidad, inaccesible a los amantes, alguna vez me ha oído suspirar por ella; he hallado medios de hablarle a solas; conoce mis sentimientos interiores, mas no por eso me lisonjeo de haberle inspirado amor, no habiéndome dado ningún motivo para formarme una idea tan lisonjera. Sin embargo, no desconfío de que llegue a serle grata mi constancia y la misteriosa conducta que observo. La pasión que abrigo en mi pecho a esta dama, ella sola la conoce. En vez de dejarme llevar de mi inclinación sin reparo alguno, abusando del poder y autoridad de soberano, mi mayor cuidado es ocultar a todo el mundo el conocimiento de mi amor. Paréceme deber esta atención a Mascarini, que es el esposo de la que amo. El desinterés y celo con que me sirve, sus servicios y su probidad me obligan a proceder con el mayor secreto y circunspección. No quiero clavar un puñal en el pecho de este marido infeliz declarándome amante de su mujer. Quisiera que ignorase siempre, si posible fuera, el fuego que me abrasa, porque estoy persuadido de que moriría de pena si llegase a saber lo que ahora te confío. Por esto le oculto todos los pasos que doy y he pensado valerme de ti para que manifiestes a Lucrecia lo mucho que me hace padecer la violencia a que me condeno yo mismo; tú serás el que le declares mis amorosos afectos, no dudando que desempeñarás muy bien este delicado encargo. Traba conversación con Mascarini, procura granjear su amistad, introdúcete en su casa y logra la libertad de hablar a su mujer. Esto es lo que espero de ti y lo que estoy seguro harás con toda la destreza y discreción que pide un encargo tan delicado.»

»Habiendo prometido al gran duque hacer todo lo posible para corresponder a su confianza y contribuir a la satisfacción de sus deseos, cumplí presto mi palabra. Nada omití para adquirir la amistad de Mascarini, lo que me costó poco trabajo. Sumamente pagado de que solicitase su amistad un cortesano tan bienquisto del príncipe, me ahorró la mitad del camino. Franqueóme su casa, tuve libre la entrada en el cuarto de su mujer, y me atreveré a decir que, en vista de mi cauto proceder, no tuvo la menor sospecha de la negociación de que estaba encargado. Es verdad que como era poco celoso, aunque italiano, se fiaba en la virtud de su esposa, y, encerrándose en su despacho, me dejaba muchos ratos solo con Lucrecia. Dejando desde luego a un lado los rodeos, le hablé del amor del gran duque y le declaré que yo iba a su casa precisamente a tratar de este asunto. Parecióme que no le tenía grande inclinación, pero al mismo tiempo conocí que la vanidad le hacía oír con gusto su pretensión y se complacía en oírla sin querer corresponder a ella. Era verdaderamente mujer juiciosa y muy prudente, pero al fin era mujer, y advertí que su virtud iba insensiblemente rindiéndose a la lisonjera idea de tener aprisionado a un soberano. En conclusión, el príncipe podía con fundamento esperar que, sin renovar la violencia de Tarquino, vería a esta Lucrecia esclava de su amor. Sin embargo, un lance impensado desvaneció sus esperanzas, como ahora oirán ustedes.

»Soy naturalmente atrevido con las mujeres, costumbre que contraje entre los turcos. Lucrecia era hermosa, y olvidándome de que con ella solamente debía hacer el papel de negociador, le hablé por mí en lugar de hablarle por el gran duque. Ofrecíle mis obsequios lo más cortésmente que pude, y en vez de ofenderse de mi osadía y de responderme con enfado, me dijo sonriéndose: «Confesad, don Rafael, que el gran duque ha tenido grande acierto en elegir un agente muy fiel y muy celoso, pues le servís con una lealtad que no hay palabras para encarecerla.» «Señora—le respondí en el mismo tono—, las cosas no se han de examina con tanto escrúpulo. Suplícoos que dejemos a un lado las reflexiones, que conozco no me favorecen mucho; yo solamente sigo lo que me dicta el corazón. Sobre todo, no creo ser el primer confidente de un príncipe que en punto a galanteo ha sido traidor a su amo. Es cosa muy frecuente en los grandes señores hallar en sus Mercurios unos rivales peligrosos.» «Bien puede ser así—replicó Lucrecia—; pero yo soy altiva y sólo un príncipe sería capaz de mover mi inclinación. Arreglaos por este principio—prosiguió ella, volviendo a revestirse de su natural seriedad—y mudemos de conversación. Quiero olvidar lo que me acabáis de decir, con la condición de que jamás os suceda volver a tocar semejante asunto, pues de lo contrario podréis arrepentiros.»

»Aunque éste era un aviso al lector de que yo debiera haberme aprovechado, proseguí, no obstante, en hablar de mi pasión a la mujer de Mascarini, y aun la importuné con más eficacia que antes a que correspondiese a mi cariño, llevando a tal extremo mi temeridad que quise tomarme algunas libertades. Ofendida entonces la dama de mis expresiones y de mis modales musulmanes, se llenó de cólera contra mí, amenazándome de que no tardaría el gran duque en saber mi insolencia y que le suplicaría me castigase como merecía. Díme yo también por ofendido de sus amenazas, y, convirtiéndose en odio mi amor, determiné tomar venganza del desprecio con que me había tratado. Fuíme a ver con su marido, y, después de haberle hecho jurar que no me descubriría, le informé de la inteligencia que reinaba entre su mujer y el príncipe, pintándola muy enamorada para dar más interés a la relación. Lo primero que hizo el ministro, para precaver todo accidente, fué encerrar sin más ceremonia en un cuarto reservado a su esposa, encargando a personas de toda confianza la custodiasen estrechamente. Mientras ella estaba cercada de vigilantes Argos que la observaban y no dejaban camino alguno por donde pudiesen llegar al gran duque noticias suyas, yo me presenté a este príncipe con rostro triste y le dije que no debía pensar más en Lucrecia, porque Mascarini sin duda había descubierto todo nuestro enredo, puesto que había comenzado a guardar a su mujer; que yo no sabía por dónde pudiese haber entrado en sospechas de mí, pues siempre había yo usado del mayor disimulo y maña; que quizá la misma Lucrecia habría informado de todo a su esposo y, de acuerdo con él, se habría dejado encerrar para librarse de solicitaciones que ponían en sobresalto su virtud. Mostróse el príncipe muy afligido de oírme; entonces me compadeció mucho su sentimiento, y más de una vez me pesó de lo que había dicho, pero ya no tenía remedio. Por otra parte, confieso que experimentaba un maligno placer cuando consideraba el estado a que había reducido a una mujer orgullosa que había despreciado mis suspiros.

»Yo gozaba impunemente del placer de la venganza, cuando un día, estando en presencia del gran duque con cinco o seis señores de su corte, nos preguntó a todos: «¿Qué castigo os parece merecería un hombre que hubiese abusado de la confianza de su príncipe e intentado robarle su dama?» «Merecería—respondió uno de los cortesanos—ser descuartizado vivo.» Otro opinó que debía ser apaleado hasta que expirase; el menos cruel de estos italianos, y el que se mostró más favorable al delincuente, dijo que él se contentaría con hacerle arrojar de lo alto de una torre. «Y don Rafael—replicó entonces el gran duque—, ¿de qué parecer es? Porque estoy persuadido de que los españoles no son menos severos que los italianos en semejantes ocasiones.»

»Conocí bien, como se puede discurrir, que Mascarini había violado su juramento o que su mujer había hallado medio de informar al gran duque de cuanto había pasado entre los dos. En mi rostro se echaba de ver la turbación que me agitaba; pero a pesar de ella respondí con entereza al gran duque: «Señor, los españoles son más generosos. En igual lance, perdonarían al confidente, y con este rasgo de bondad producirían en su alma un eterno arrepentimiento de haberle sido traidor.» «Pues bien—me dijo el duque—: yo me contemplo capaz de esa generosidad y perdono al traidor, reconociendo que sólo debo culparme a mí mismo por haberme fiado de un hombre a quien no conocía y de quien tenía motivos de desconfiar en razón de lo que me habían contado de él. Don Rafael—añadió—, la venganza que tomo de vos es que salgáis inmediatamente de todos mis Estados y no volváis a poneros en mi presencia.» Retiréme en el mismo punto, menos afligido de mi desgracia que gozoso de haber escapado de este apuro a tan poca costa. Al día siguiente me embarqué en un buque catalán que salió del puerto de Liorna para Barcelona.»

Cuando llegó don Rafael a este punto de su historia, no me pude contener en decirle: «Para un hombre tan advertido como sois, me parece fué grande error no haber salido de Florencia así que descubristeis a Mascarini el amor del príncipe hacia Lucrecia. Debíais tener por cierto que tardaría poco el gran duque en saber vuestra traición.» «Convengo en ello—respondió el hijo de Lucinda—, y por lo mismo había pensado huir cuanto antes, a pesar del juramento que me hizo el ministro de no exponerme al resentimiento del príncipe. Llegué a Barcelona—continuó—con lo que me había quedado de las riquezas que traje de Argel, cuya mayor parte había disipado en Florencia por ostentar que era un caballero español. No me detuve largo tiempo en Cataluña. Reventaba por volverme cuanto antes a Madrid, encantado lugar de mi nacimiento, y satisfice mis ansiosos deseos lo más presto que me fué posible. Luego que llegué a la corte, me apeé por casualidad en una de las posadas de caballeros, en donde vivía una dama llamada Camila, que, aunque había salido ya de la menor edad, era una mujer muy salada; testigo, el señor Gil Blas, que por aquel mismo tiempo, poco más o menos, la vió en Valladolid. Aun era más discreta que hermosa, y ninguna aventurera tuvo mayor talento para traer la pesca a sus redes; pero no se parecía a aquellas ninfas que se aprovechan del agradecimiento de sus galanes. Si acababa de despojar a algún mayordomo de un gran señor, inmediatamente repartía los despojos con el primer caballero mendicante que fuese de su gusto.

»Apenas nos vimos los dos cuando nos amamos, y la conformidad de nuestras inclinaciones nos unió tan estrechamente que presto pasó a hacer comunes nuestros bienes. A la verdad, no eran éstos muy considerables, y así, los comimos en poco tiempo. Por nuestra desgracia, sólo pensábamos uno y otro en agradarnos, sin valemos de las disposiciones que ambos teníamos para vivir a costa ajena. La miseria, en fin, despertó nuestro ingenio, que el placer tenía aletargado. «Querido Rafael—me dijo un día Camila—, pongamos treguas a nuestro amor; dejemos de guardarnos una fidelidad que nos arruina. Tú puedes embobar a alguna viuda rica y yo pescar a algún viejo poderoso. Si proseguimos siéndonos fieles uno a otro, ve ahí dos fortunas perdidas.» «Hermosa Camila—respondí yo prontamente—, me ganas por la mano, pues iba a hacerte la misma propuesta; vengo en ello, reina mía. Sí, por cierto; para la mejor conservación de nuestro amor es menester intentar conquistas útiles. Nuestras infidelidades serán triunfos para entrambos.»

»Ajustado este tratado, salimos a campaña. Al principio, por más diligencias que hicimos, no pudimos encontrar lo que buscábamos. A Camila solamente se le presentaban pisaverdes, es decir, amantes que no tienen un cuarto, y a mí sólo se me ofrecían aquellas mujeres que más quieren imponer contribuciones que pagarlas. Como el amor se negaba a socorrer nuestras necesidades, apelamos a enredos y bellaquerías. Hicimos tantos y tantas, que el corregidor llegó a saberlas, y este juez, en extremo severo, dió orden a un alguacil para que nos prendiese; pero éste, que era tan bueno como taimado el corregidor, nos hizo espaldas para que saliésemos de Madrid, mediante una propineja que le dimos. Tomamos el camino de Valladolid e hicimos pie en aquella ciudad. Alquilé una casa, donde me alojé con Camila, que por evitar el escándalo pasaba por hermana mía. Al principio nos contuvimos en ejercer nuestra habilidad, y comenzamos a tantear y conocer bien el terreno antes de acometer ninguna empresa.

»Un día se llegó a mí en la calle un hombre y, saludándome muy cortésmente, me dijo: «Señor don Rafael, ¿no me conoce usted?» Respondíle que no. «Pues yo—me replicó—conozco a usted mucho, por haberle visto en la Corte de Toscana, donde servía yo en las guardias del gran duque. Pocos meses ha que dejé el servicio de aquel príncipe, y me vine a España con un italiano de los más astutos. Estamos en Valladolid tres semanas ha y vivimos en compañía de un castellano y de un gallego, mozos los dos seguramente muy honrados, y nos mantenemos todos con el trabajo de nuestras manos. Lo pasamos opíparamente y nos divertimos como unos príncipes. Si usted quiere agregarse a nosotros, será muy bien recibido de mis compañeros, porque siempre le he tenido a usted por un hombre muy de bien, naturalmente poco escrupuloso y caballero profeso en nuestra orden.»

»La franqueza con que me habló aquel bribón me estimuló a responderle del mismo modo. «Ya que te has franqueado conmigo con tanta sinceridad—le respondí—, quiero hablarte con la misma. Es verdad que no soy novicio en vuestra profesión, y si la modestia me permitiera referirte mis proezas, verías que no me has hecho demasiada merced en tu ventajoso concepto. Pero dejando a un lado alabanzas propias, me contentaré con decirte, admitiendo la plaza que me ofreces en vuestra compañía, que no perdonaré diligencia alguna para haceros conocer que no la desmerezco.» Apenas dije a aquel ambidextro que consentía en aumentar el número de sus camaradas, cuando me condujo a donde éstos estaban, y desde el mismo punto me dió a conocer a todos. Allí fué donde vi por primera vez al ilustre Ambrosio de Lamela. Examináronme aquellos señores sobre el arte de apropiarse sutilmente de lo ajeno. Quisieron saber si tenía principios de la facultad, y descubríles tantas tretas nuevas para ellos que se quedaron admirados; pero mucho más se pasmaron cuando, despreciando yo la sutileza de mis manos como una cosa muy ordinaria, les aseguré que en lo que yo me aventajaba era en golpes magistrales de hurtar que pedían ingenio, y para persuadirlos que era verdad les conté la aventura de Jerónimo de Miajadas, y bastó la sencilla relación de aquel suceso para que me reconociesen por un talento superior y todos a una me nombrasen por jefe suyo. Tardé poco en acreditar el acierto de su elección en una multitud de bribonerías que hicimos, de todas las cuales fuí yo, por decirlo así, la llave maestra. Cuando necesitábamos alguna actriz para forjar mejor algún enredo, echábamos mano de Camila, que representaba con primor cuantos papeles se le encargaban.

«Dióle por aquel tiempo a nuestro cofrade Ambrosio la tentación de ir a su país, y, con efecto, marchó a Galicia, asegurándonos de su vuelta. Después que satisfizo sus deseos, volvió por Burgos, sin duda para dar algún golpe de maestro, en donde un mesonero conocido suyo le acomodó con el señor Gil Blas de Santillana, de cuyos asuntos le informó muy bien. Usted, señor Gil Blas—prosiguió, dirigiéndome la palabra—, se acordará, sin duda, del modo con que le desvalijamos en la posada de caballeros de Valladolid. Tengo por cierto que desde luego sospechó usted que su criado Ambrosio había sido el principal instrumento de aquel robo, y en verdad que le sobró la razón para sospecharlo. Luego que llegó a Valladolid, vino en busca nuestra, enterónos de todo, y la gavilla se encargó de lo demás; pero no sabrá usted las resultas de aquel pasaje y quiero informarle de ellas. Ambrosio y yo cargamos con la valija y, montados en vuestras mulas, tomamos el camino de Madrid, sin contar con Camila ni con los demás camaradas, los cuales se admirarían tanto como vos de ver que no parecíamos al día siguiente.

»A la segunda jornada mudamos de pensamiento: en vez de ir a Madrid, de donde no había salido sin motivo, pasamos por Cebreros y continuamos nuestro camino hasta Toledo. Lo primero que hicimos en aquella ciudad fué vestirnos muy decentemente, y luego, vendiéndonos por dos hermanos gallegos que viajaban por curiosidad, en poco tiempo hicimos conocimiento con mucha gente de distinción. Estaba yo tan acostumbrado a los modales cortesanos y caballerescos que fácilmente se engañaron cuantos me vieron y trataron. A esto se añadía que como en un país desconocido la calidad de los forasteros regularmente se mide por el gasto que hacen y por el lucimiento con que se portan, ofuscábamos a todos con magníficos festines que empezamos a dar a las damas. Entre las que yo visitaba encontré con una que me gustó, pareciéndome más linda y joven que Camila. Quise saber quién era, y me dijeron se llamaba Violante, mujer de un caballero que, cansado ya de sus caricias, galanteaba a una cortesana que se había apoderado de su corazón. No necesité saber más para determinarme a hacer a doña Violante dueña soberana de todos mis pensamientos.

»Tardó poco ella misma en conocer la adquisición que había hecho. Comencé a seguirla a todas partes y a hacer mil locuras para persuadirla de que no aspiraba yo a otra cosa que a consolarla de las infidelidades de su marido. Pensó un tanto sobre esto, y al cabo tuve el gusto de conocer que aprobaba mis intenciones. Recibí, en fin, un billete de ella en respuesta a muchos que yo le había escrito por medio de una de aquellas viejas que en España e Italia son tan cómodas. Decíame la dama en el tal billete que su marido cenaba todas las noches en casa de su amiga y que hasta muy tarde no volvía a la suya. Desde luego comprendí lo que me quería decir con esto. Aquella misma noche fuí a hablar por la reja con doña Violante y tuve con ella una conversación de las más tiernas. Antes de separamos quedamos de acuerdo en que todas las noches a la misma hora nos hablaríamos en el propio sitio, sin perjuicio de las demás galanterías que nos fuese permitido practicar por el día.

»Hasta entonces don Baltasar—que así se llamaba el marido de Violante—podía darse por bien servido; pero siendo otros mis deseos, fuí una noche al sitio consabido con ánimo de decirle que ya no podía vivir si no lograba hablarle a solas en un lugar más conveniente al exceso de mi amor, fineza que aun no había podido conseguir de ella. Apenas llegué cerca de la reja, cuando vi venir por la calle a un hombre, el cual conocí que me observaba. Con efecto, era el marido de doña Violante, que aquella noche se retiraba a casa algo temprano, y viendo parado allí a un hombre, comenzó él mismo a pasearse por la calle. Dudé algún tiempo lo que debía hacer; pero al fin me determiné a llegarme a don Baltasar, sin conocerle ni que él me conociese a mí, y le dije: «Caballero, suplico a usted que por esta noche me deje libre la calle, que en otra ocasión le serviré yo a usted.» «Señor—me respondió—, la misma súplica iba yo a hacerle a usted. Yo cortejo a una señorita que vive a veinte pasos de aquí, a la cual un hermano suyo hace guardar con la mayor vigilancia, por lo que quisiera ver desocupada del todo la calle.» «Espere usted—repliqué—, que ahora me ocurre un modo para que ambos quedemos servidos sin incomodarnos, porque la dama que yo cortejo vive en esta casa—mostrándole la propia suya—. Usted puede divertirse en la otra mientras yo me divierto en ésta y hacernos espaldas los dos si alguno de nosotros fuere acometido.» «Convengo en ello—repuso él—; voy a ocupar mi sitio, usted quédese en el suyo y socorrámonos mutuamente en caso de necesidad.» Diciendo esto, se apartó de mí, pero fué para observarme mejor, lo que podía hacer sin riesgo, porque la noche estaba obscura.

»Acercándome entonces sin recelo a la reja de Violante, no tardó ésta en venir y comenzamos a hablar. No me olvidé de instar a mi reina para que me concediese una audiencia privada en sitio reservado. Resistióse un poco a mis ruegos para hacer más apreciable el favor; pero después, echándome un papel que ya traía prevenido en el bolsillo, «Ahí va—me dijo—lo que deseáis, y veréis bien despachadas vuestras súplicas.» Al decir esto se retiró, por cuanto iba ya viniendo la hora en que acostumbraba a recogerse a casa su marido; pero éste, que había conocido muy bien ser su mujer el ídolo a quien yo sacrificaba, me salió al encuentro y, con un fingido gozo, me preguntó: «Y bien, caballero, ¿está usted contento de su buena fortuna?» «Tengo motivos para estarlo—le respondí—; y a usted ¿cómo le fué con la suya? ¿Mostrósele el amor risueño y favorable?» «¡Oh, no!—me respondió con despecho—. ¡El maldito hermano de mi querida volvió de su casa de campo un día antes de lo que habíamos pensado, y este contratiempo ha aguado el contento con que yo me había lisonjeado!»

»Hicímonos don Baltasar y yo recíprocas protestas de amistad y nos citamos para vernos en la plaza Mayor la mañana siguiente. Después que nos separamos, se fué don Baltasar derecho a su casa, donde no mostró a su mujer el menor indicio de las noticias que tenía de ella, y al otro día acudió a la plaza, según lo acordado, y de allí a un momento llegué yo. Saludámonos con vivas demostraciones de amistad, tan alevosas por su parte como sinceras por la mía. Hízome el artificioso don Baltasar una falsa confianza de sus lances amorosos con la dama de quien me había hablado la noche anterior. Contóme una larga fábula que había forjado, todo con el siniestro fin de obligarme a corresponderle contándole yo el modo con que había hecho conocimiento con Violante. Caí incautamente en el lazo y con la mayor franqueza del mundo le confesé todo lo que me había sucedido; y no contento con esto, le enseñé el papel que había recibido, y aun le leí también su contexto, que era el siguiente: «Mañana iré a comer en casa de doña Inés; ya sabéis dónde vive. Allí hablaremos a solas. No puedo negaros por más largo tiempo un favor que juzgo merecéis.»

«Ese es un papel—dijo don Baltasar—que le promete a usted el merecido premio de sus amorosos suspiros. Doile a usted de antemano la enhorabuena de la dicha que le aguarda.» No dejó de parecer algo turbado mientras hablaba de esta manera, pero fácilmente me deslumbró ocultando a mis ojos su conmoción y enojo. Estaba tan embelesado en mis halagüeñas esperanzas, que no me paraba en observar a mi confidente, aunque éste se vió precisado a dejarme, sin duda por temor de que conociese su agitación. Partió luego a contar a su cuñado esta aventura, e ignoro lo que pasó entre los dos; sólo sé que don Baltasar vino a casa de doña Inés a tiempo que yo estaba con Violante. Supimos que era él el que llamaba y yo me escapé por una puerta falsa antes que entrase en la sala. Luego que desaparecí, se aquietaron las dos mujeres, que se habían asustado mucho con la repentina venida del marido. Recibiéronle con tanta serenidad, que desde luego sospechó me habían escondido o hecho pasadizo. Lo que dijo a doña Inés y a su mujer no os lo puedo contar, porque nunca lo he sabido.

»Entre tanto, no acabando todavía de conocer que don Baltasar se burlaba cruelmente de mi sinceridad, salí de la casa echándole mil maldiciones y me fuí derecho a la plaza, donde había dicho a Lamela me aguardase. No le encontré, porque el bribón tenía también su poco de trapillo, y con suerte más dichosa que la mía. Mientras le esperaba, vi a mi falso confidente venir hacia mí con rostro muy alegre y mucho desembarazo. Luego que llegó a mí, me preguntó cómo me había ido con mi ninfa en casa de doña Inés. «No sé qué demonio—le respondí—, envidioso de mis gustos, me vino a echar un jarro de agua en todos ellos. Mientras estaba a solas con ella, instando y suplicando, llamó a la puerta su maldito marido, a quien lleve Barrabás. Me fué preciso pensar en el modo de retirarme prontamente, y así, me marché por una puerta excusada, dando mil veces al diablo al grandísimo importuno que viene siempre a desbaratar mis designios.» «A la verdad, lo siento—repuso don Baltasar, alegrísimo en su interior de verme desazonado—. Ese es un marido molesto, que no merece se le dé cuartel.» «¡Oh! ¡En cuanto a eso—repliqué yo—, no dudéis que seguiré vuestro consejo! Os doy palabra de que esta misma noche se le dará pasaporte para el otro barrio. Su mujer, al separamos, me dijo que fuese adelante con mi empeño y no abandonase la empresa por tan poca cosa; que prosiguiese en acudir a su ventana a la hora acostumbrada, porque estaba resuelta a introducirme ella misma en su casa, pero que en todo caso no dejase de ir escoltado con dos o tres camaradas, para que en cualquier lance me hallase bien prevenido.» «¡Oh qué prudente es esa dama!—me respondió él—. Yo me ofrezco desde luego a acompañaros.» «¡Oh querido amigo—repliqué yo, fuera de mí de puro gozo y echándole los brazos al cuello—, y de cuántas finezas os soy deudor!» «Aun haré más por vos—repuso él—. Yo conozco a un mozo que es un Alejandro; éste nos acompañará, y con tal escolta podréis divertiros a vuestro gusto sin sobresalto ni contratiempo.»

»No encontraba voces para explicar mi agradecimiento a los favores de aquel nuevo amigo; tan encantado me tenía su celo. Acepté, en fin, el auxilio que me ofrecía, y dándonos el santo para cerca de la puerta de Violante a la entrada de la noche, nos separamos. Don Baltasar fué a buscar a su cuñado, que era el Alejandro de quien me había hablado, y yo me quedé paseando con Lamela, el cual, aunque no menos admirado que yo de la eficacia con que don Baltasar se interesaba en este asunto, cayó también en la red como yo había caído, sin pasarle por el pensamiento la menor desconfianza de la sencillez de aquellas finezas. Confieso que una simplicidad tan garrafal no se podía perdonar a unos hombres como nosotros. Cuando me pareció que era hora de presentarme a la ventana de Violante, Ambrosio y yo nos acercamos a ella, bien prevenidos de buenas armas. Hallamos en el mismo sitio al marido de la dama, acompañado de otro hombre que nos esperaba a pie firme. Llegóse a mí don Baltasar y me dijo: «Este es el caballero de cuyo valor hablamos esta mañana. Entre usted en casa de esa señora y disfrute su dicha sin recelo ni inquietud.»

»Acabados los recíprocos cumplimientos, llamé a la puerta de mi ninfa y vino a abrirla una especie de dueña. Entré sin advertir lo que pasaba a mis espaldas y llegué hasta una sala donde Violante me esperaba. Mientras la estaba saludando, los dos traidores, que me siguieron hasta dentro de la casa, habían entrado en ella tan atropelladamente, y cerrado tras de sí la puerta con tanta violencia, que el pobre Ambrosio se quedó en la calle. Descubriéronse entonces, y ya podéis imaginar el apuro en que yo me vería. Bien se deja conocer que fué forzoso entonces llegar a las manos. Acometiéronme los dos al mismo tiempo con las espadas desnudas, y yo les correspondí, dándoles tanto que hacer que se arrepintieron presto de no haber tomado medidas más seguras para la venganza. Pasé de parte a parte al marido, y el cuñado, viéndole en aquel estado, tomó la puerta, que Violante y la dueña habían dejado abierta al escaparse mientras nosotros reñíamos. Fuíle siguiendo hasta la calle, donde me reuní con Lamela, que, no habiendo podido sacar ni una sola palabra a las dos mujeres que había visto ir huyendo, no sabía precisamente a qué atribuir el rumor que acababa de oír. Volvimos a la posada, y, recogiendo lo mejor que teníamos, montamos en nuestras mulas y salimos de la ciudad antes que amaneciese.

»Conocimos muy bien que el lance podía tener malas resultas y que se harían en Toledo pesquisas contra las cuales sería imprudencia no tomar todo género de precauciones. Hicimos noche en Villarrubia, en un mesón, en donde a poco rato entró un mercader de Toledo que caminaba a Segorbe. Cenamos con él y nos contó el trágico suceso del marido de Violante, mostrándose tan ajeno de sospecharnos reos de él que con libertad le hicimos toda suerte de preguntas. «Señores—nos dijo—, el caso lo supe esta mañana al ir a montar a caballo. Se hacen grandes diligencias para encontrar a Violante y me han asegurado que, siendo el corregidor pariente de don Baltasar, está en ánimo de no perdonar medio alguno para descubrir los autores del homicidio. Esto es todo lo que sé.»

»Aunque nada me espantaron las pesquisas del corregidor de Toledo, no obstante, tomé desde luego la determinación de salir cuanto antes de Castilla la Nueva, haciéndome cargo de que si encontraban a Violante confesaría ésta cuanto había pasado y daría tales señas de mi persona que la justicia despacharía rápidamente varias gentes en mi seguimiento. Por todas estas consideraciones, resolvimos desviamos del camino real desde el día siguiente. Tuvimos la fortuna de que Lamela había corrido las tres partes de España y tenía bien conocidas todas las sendas extraviadas por donde podíamos pasar con seguridad a Aragón. En vez de irnos derechos a Cuenca, nos metimos en las montañas que están antes de llegar a la ciudad, y por senderos muy practicados por mi conductor llegamos a una gruta que tenía toda la apariencia de ermita. Con efecto, era la misma adonde ayer noche llegaron ustedes a pedirme los recogiese.

»Mientras estaba yo examinando sus contornos, que me representaban un país deliciosísimo, me dijo mi compañero: «Seis años ha que pasando yo por aquí me hospedó caritativamente en esta ermita un anciano y venerable ermitaño, que repartió conmigo los escasos víveres que tenía. Era un santo varón, y me dijo cosas tan santas y tan buenas que faltó poco para que yo dejase el mundo. Acaso vivirá todavía y quiero ver si es así.» Dicho esto, se apeó de la mula el curioso Ambrosio, y entrando en la ermita, después de haberse detenido en ella algunos momentos, salió, diciéndome: «Apeaos, don Rafael, y venid a ver un espectáculo muy tierno.» Eché pie a tierra inmediatamente, y, atando nuestras mulas a un árbol, seguí a Lamela hasta la gruta, donde entré, y vi tendido en una vil tarima a un viejo anacoreta, pálido y moribundo. Pendía de su venerable rostro una blanca barba, tan poblada y larga que le llegaba hasta la cintura, y tenía en sus manos juntas entrelazado un gran rosario. Al ruido que hicimos cuando nos acercamos a él entreabrió los ojos, que la muerte había comenzado ya a cerrar, y después de habernos mirado un momento nos dijo: «Hermanos míos, seáis quienes fuereis, aprovechaos del espectáculo que se ofrece a vuestra vista. Cuarenta años he vivido en el mundo y sesenta en esta soledad. ¡Ah y qué largo me parece ahora el tiempo que dediqué a mis deleites, y, al contrario, qué corto el que he consagrado a la penitencia! ¡Ah! ¡Mucho temo que las austeridades del hermano Juan no hayan sido bastantes para expiar los pecados del licenciado don Juan de Solís.»

»Apenas dijo estas palabras, cuando expiró, y los dos nos quedamos atónitos a vista de su muerte. Tales objetos siempre hacen alguna impresión hasta en los mayores libertinos; pero duró poco nuestra conmoción, porque olvidamos presto lo que acababa de decirnos. Comenzamos a hacer inventario de todo lo que había en la ermita, en lo que no tardamos mucho tiempo, pues todos los muebles consistían en lo que habéis podido ver en ella. No sólo la tenía el hermano Juan mal amueblada, sino que hasta la despensa estaba mal provista. Todas las provisiones que hallamos se reducían a unas pocas avellanas y algunos mendrugos de pan casi petrificados, que a la cuenta no habían podido mascar las despobladas encías del santo varón; digo despobladas porque observamos que se le había caído la dentadura. Todo lo que contenía esta morada solitaria y todo lo que veíamos nos hacía mirar a este buen anacoreta como a un santo. Una sola cosa nos llamó la atención: hallamos un papel plegado en forma de carta, que el difunto había dejado sobre la mesa, en el cual encargaba a quien le leyese que llevase su rosario y sus sandalias al obispo de Cuenca. No acabamos de entender con qué intención había podido aquel nuevo padre del desierto desear que se hiciese a su obispo semejante regalo. Olíanos esto a falta de humildad o a cierto hipo de ser tenido por santo. Pero ¡quién sabe si sólo fué un si es no es de tontería! Es punto que no me meteré a decidir.

»Hablando de ello Lamela y yo, le ocurrió a aquél un extraño pensamiento. «Quedémonos—me dijo—en esta ermita y disfracémonos de ermitaños. Enterremos al hermano Juan. Tú pasarás por él, y yo, con el nombre de hermano Antonio, iré a pedir limosna por los lugares y aldeas del contorno. De esta manera, no sólo estaremos a cubierto de las pesquisas del corregidor, que no creo pueda pensar en buscarnos aquí, sino que espero lo pasaremos bien, en virtud de los conocimientos que tengo en la ciudad de Cuenca.» Aprobé este extraño pensamiento, no ya por las razones que Ambrosio me alegaba, sino por un rasgo de extravagancia y como para representar un papel en una pieza de teatro. Abrimos, pues, una sepultura a treinta o cuarenta pasos de la gruta, y enterramos en ella modestamente al anacoreta, después de haberle despojado de su hábito, que consistía en una túnica ceñida al cuerpo con una correa de cuero, y le cortamos también la barba, para hacerme con ella a mí una postiza; en fin, hechos los funerales, tomamos posesión de la ermita.

»Pasámoslo muy mal el primer día, viéndonos precisados a mantenernos solamente de la triste provisión que nos había dejado el difunto; pero el día siguiente, antes de amanecer, salió Lamela a campaña con las dos mulas, que vendió en Cuenca, y por la noche volvió cargado de víveres y de otras cosillas que había comprado. Trajo todo lo que era menester para disfrazarnos bien. Hizo para sí una túnica o hábito de paño pardo y una barbilla roja de crines, la que se supo acomodar con tal arte que parecía natural. No hay en el mundo mozo más mañoso que él. Arregló también la barba del hermano Juan, ajustándomela a la cara, y púsome en la cabeza un gran gorro de lana obscura, que contribuía mucho para disimular el artificio. Se puede decir que nada faltaba para nuestro disfraz. Hallámonos los dos en este ridículo equipaje, de manera que no podíamos mirarnos sin reírnos, viéndonos en un traje que ciertamente no nos convenía. Con la túnica del hermano Juan heredé también su rosario y sus sandalias, que no hice escrúpulo de apropiarme en vez de regalárselas al obispo de Cuenca.

»Hacía tres días que estábamos en la ermita, sin haber visto en todos ellos alma viviente; pero al cuarto entraron en la gruta dos aldeanos, que traían al difunto, creyendo que estuviese todavía vivo, pan, queso y cebollas. Luego que los vi, me eché en mi tarima, y me fué fácil alucinarlos, fuera de que ellos no podían distinguirme bien por la escasa luz de la ermita, y procuré imitar lo mejor que pude la voz del hermano Juan, cuyas últimas palabras había oído: de manera que los pobres hombres no tuvieron la menor sospecha de aquella superchería, y sí sólo mostraron alguna admiración de hallarse en la gruta con otro ermitaño. Pero advirtiéndolo, el socarrón de Lamela les dijo con cierto aire hipocritón: «No os admiréis, hermanos, de verme a mí en esta soledad. Estaba yo en una ermita de Aragón y la he dejado por venir a acompañar al venerable y discreto hermano Juan y asistirle en su extrema vejez, considerando la necesidad que tendría en ella de este alivio.» Los aldeanos prorrumpieron en infinitas alabanzas de Ambrosio, ensalzando hasta el cielo su heroica caridad y dándose a sí mismos mil parabienes por la dicha de tener dos hombres santos en su país.

»Había comprado Lamela unas grandes alforjas, y cargado con ellas partió por la primera vez a dar principio a la demanda en la ciudad de Cuenca, que sólo dista una legua corta de la ermita. Como la Naturaleza le ha dotado de un exterior devoto y compungido, y además de eso posee en supremo grado el arte de hacerlo valer, no dejó de mover el corazón de las personas caritativas a darle limosna, y así, en poco tiempo llenó las alforjas de los dones de su liberalidad. «Amigo Ambrosio—le dije cuando volvió a la ermita—, te doy el parabién del admirable talento que tienes para ablandar y enternecer las almas cristianas. ¡Vive diez, que parece has ejercitado por muchos años el oficio de demandante capuchino!» «Algo más he hecho—me respondió—que hacer abundante cosecha, porque has de saber que he encontrado a cierta ninfa, llamada Bárbara, que fué algo mía en otro tiempo. La he hallado bien mudada, pues se ha dado, como nosotros, a la devoción. Vive con otras dos o tres beatas que edifican el mundo en público y hacen una vida muy diferente en casa. Al principio no me conoció; tanto, que me vi obligado a decirle: «¿Cómo así, señora Bárbara? ¿Es posible que ya desconozcáis a uno de vuestros antiguos amigos y vuestro humilde servidor Ambrosio?» «¡Por vida mía, amigo Lamela—respondió Bárbara—, que jamás podía soñar el verte vestido con ese traje! ¿Por qué diablos de aventuras has venido a parar en ermitaño?» «Eso es cosa larga—le respondí—, y ahora no puedo detenerme a contárosla; pero mañana a la noche volveré y satisfaré vuestra curiosidad. También vendrá conmigo mi compañero, el hermano Juan.» «¿Qué hermano Juan?—replicó ella—. ¿Aquel viejo y buen ermitaño que vive en una ermita cerca de esta ciudad? ¡Tú no sabes lo que te dices, pues se asegura que tiene más de cien años!» «Es verdad—le respondí—que en otro tiempo tuvo esa edad, pero de pocos días a esta parte se ha remozado tanto que no soy yo más mozo que él.» «Pues bien—respondió Bárbara—, siendo así, que venga contigo. Sin duda que en eso se oculta algún misterio.»

»No dejamos de ir al día siguiente, luego que fué noche, a casa de aquellas santurronas, que para recibirnos mejor nos tenían prevenida una gran cena. Así que entramos en su casa nos quitamos las barbas postizas y el hábito eremítico, y sin ceremonia nos presentamos a estas princesas tales cuales éramos; y ellas, por no parecer menos francas que nosotros, nos mostraron de cuánto son capaces las falsas devotas cuando arriman a un lado las gazmoñerías de la aparente devoción. Pasamos casi toda la noche a la mesa y no nos retiramos a nuestra gruta hasta poco antes de amanecer. Repetimos presto la visita, o por mejor decir seguimos el mismo método por espacio de tres meses, y gastamos con aquellas ninfas más de los dos tercios de nuestro caudal; pero cierto celoso lo ha descubierto todo, dando parte a la justicia, la cual debía hoy ir a la ermita a echarnos mano. Ayer, mientras Ambrosio hacía su demanda en Cuenca, una de las beatas le entregó un billete, diciéndole: «Una amiga mía me escribe esta carta, que iba a enviaros con un propio. Muéstresela al hermano Juan y tomen sus medidas en informándose de su contenido.» Este es, señores, aquel mismo billete que Lamela me entregó ayer en vuestra presencia y el que nos obligó a abandonar tan precipitadamente nuestra solitaria habitación.»


CAPITULO II

De la conferencia que tuvieron don Rafael y sus oyentes y de la aventura que les sucedió al querer salir del bosque.

Luego que acabó don Rafael de contar su historia, que me pareció algo larga, don Alfonso le dijo por cortesía que verdaderamente le había divertido mucho. Después de este cumplido, tomó la palabra el señor Lamela, y volviéndose al compañero de sus hazañas le dijo: «Don Rafael, el sol está ya para ponerse y me parece del caso que tratemos del partido que hemos de tomar.» «Dices bien—respondió su camarada—; es menester pensar a dónde hemos de ir.» «Yo—continuó Lamela—soy de parecer que, sin perder tiempo, nos pongamos en camino y procuremos llegar esta noche a Requena, para entrar mañana en el reino de Valencia, donde pondremos en movimiento los registros de nuestra industria. Siento acá dentro de mi corazón no sé qué presagio de que daremos golpes magistrales.» Don Rafael, que sobre estos asuntos tenía gran fe en sus pronósticos infalibles, accedió luego a su opinión. Don Alfonso y yo, como nos habíamos puesto en manos de aquellos dos hombres de bien, esperamos sin hablar palabra el resultado de aquella conferencia.

Resolvióse, pues, que tomásemos la vuelta de Requena, y nos dispusimos todos para ello. Hicimos una comida como la de la mañana y después cargamos el caballo con la bota de vino y lo restante de las provisiones. Sobreviniendo la noche, de cuya lobreguez teníamos necesidad para caminar seguros, quisimos salir del bosque; pero aun no habíamos andado cien pasos cuando descubrimos por entre los árboles una luz que nos dió mucho en que pensar. «¿Qué significa aquella luz?—preguntó don Rafael—. ¿Serán acaso los corchetes de la justicia de Cuenca despachados en seguimiento nuestro, y que creyéndonos en este bosque nos vendrán a buscar en él?» «No lo pienso—dijo Ambrosio—; antes bien, serán algunos pasajeros que, por haberles cogido la noche, se habrán refugiado aquí hasta que amanezca. Pero en todo caso, porque puedo engañarme, quiero yo ir a reconocerlos; mientras tanto quedaos los tres en este sitio, que vuelvo en un momento.» Diciendo esto, se fué acercando poco a poco a donde se dejaba ver la luz, que no estaba muy distante. Fué desviando con mucho tiento las ramas y matorrales que le impedían el paso, y al mismo tiempo mirando con toda la atención que a su parecer merecía el caso: vió, sentados sobre la hierba y alrededor de una vela colocada sobre un montoncito de tierra, a cuatro hombres, que acababan de comer una empanada y de agotar una gran bota de vino. A pocos pasos de distancia descubrió a un hombre y a una mujer atados a dos árboles, y algo más allá un coche de camino con mulas ricamente enjaezadas. Desde luego sospechó que los cuatro hombres que estaban sentados debían de ser ladrones, y por la conversación que les oyó acabó de conocer que no había sido temeraria su sospecha. Disputaban los cuatro salteadores sobre de quién había de ser la dama que había caído en sus manos y trataban de sortearla. Enterado plenamente, Lamela volvió a donde estábamos y nos informó menudamente de todo lo que había visto y oído.

«Señores—dijo entonces don Alfonso—, la mujer y el hombre que tienen atados a los árboles los ladrones quizá serán una señora y un caballero de distinción. ¿Y hemos de sufrir nosotros que sirvan de víctimas a la barbarie y a la brutalidad de unos malhechores? Creedme, señores, echémonos sobre estos bandidos y mueran todos a nuestras manos.» «Consiento en ello—dijo D. Rafael—; yo estoy tan pronto a hacer una buena acción como una mala.» Ambrosio, por su parte, protestó que sólo deseaba concurrir a una empresa tan loable, de la cual preveía que seríamos bien recompensados, según su modo de pensar. «Y aun me atrevo a decir—añadió—que en esta ocasión el peligro no me amedrenta y que ningún caballero andante se manifestó nunca más pronto al servicio de las damas.» Pero si se han de decir las cosas sin faltar a la verdad, el riesgo no era grande, porque habiéndonos dicho Lamela que las armas de los ladrones estaban todas amontonadas en un sitio a diez o doce pasos de ellos, no nos fué muy difícil ejecutar nuestra resolución. Atamos, pues, a un árbol el caballo y nos fuimos acercando con silencio y a paso lento a los ladrones. Acalorados éstos con el vino, hablaban todos, metiendo un ruido confuso que favorecía mucho el golpe de la sorpresa. Apoderámonos de sus armas antes de que nos viesen, y disparándolas sobre ellos a boca de jarro, todos cuatro quedaron tendidos sobre el suelo.

Durante esta expedición se apagó la luz y nos quedamos en la obscuridad; sin embargo de esto, acudimos inmediatamente a desatar el hombre y la mujer, que estaban tan poseídos de terror que no tuvieron aliento para darnos las gracias por el bien que acabábamos de hacerles. Verdad es que ignoraban aún si debían mirarnos como a bienhechores o como a nuevos bandidos, que los habían librado de los otros quizá para tratarlos peor. Pero nosotros procuramos sosegarlos asegurándoles que los íbamos a conducir a una venta que, según decía Ambrosio, no distaba mas que media legua de allí, donde podrían tomar las precauciones necesarias para llegar con seguridad a donde se dirigían. Después de que los hubimos animado, los metimos en su coche y los sacamos fuera del bosque, tirando nosotros las mulas por el freno. Nuestros anacoretas fueron en seguida a visitar las faltriqueras de los vencidos; después fuimos a desatar el caballo de don Alfonso, y nos apoderamos también de los que eran de los ladrones, que estaban atados a varios árboles junto al campo de batalla. Montados en unos y llevados otros del diestro, seguimos al hermano Antonio, que había montado en una mula del coche, haciendo de cochero para conducirlo a la venta, y tardamos dos horas en llegar a ella, aunque el señor Lamela nos había dicho que no estaba muy apartada del bosque.

Llamamos a la puerta con fuertes golpes, porque toda la gente de la casa estaba ya acostada. Levantáronse y vistiéronse de prisa el ventero y la ventera, que no mostraron el menor enfado de que los hubiesen despertado a lo mejor del sueño cuando vieron una comitiva que prometía hacer mucho más gasto en su casa del que efectivamente hizo. En un momento encendieron luces por toda la venta. Don Alfonso y el ilustre hijo de Lucinda dieron la mano a la señora y al caballero para ayudarlos a bajar del coche, sirviéndoles como de gentileshombres hasta el cuarto a donde los condujo el ventero. Allí se hicieron mil recíprocos cumplimientos, y quedamos muy admirados cuando llegamos a saber que los personajes a quienes acabábamos de libertar eran el conde de Polán y su hija Serafina. Pero ¿quién podrá describir el asombro de esta señora y de D. Alfonso cuando se conocieron? El conde no reparó en este pasaje, porque estaba distraído en otras cosas. Púsose a contarnos menudamente el modo como les habían asaltado los ladrones y se habían apoderado de su hija y de él después de haber muerto al postillón, a un paje y a un ayuda de cámara. Acabó diciendo que nos estaba infinitamente agradecido, y que si queríamos ir a Toledo, donde estaría de vuelta dentro de un mes, nos daría pruebas que bastasen a hacernos conocer si era ingrato o reconocido.

A la hija de aquel señor no se le olvidó darnos también mil gracias por su dichosa libertad; y habiendo juzgado don Rafael y yo que gustaría don Alfonso de que le facilitásemos el medio de hablar un rato a solas con aquella viuda joven, lo dispusimos prontamente entreteniendo al conde de Polán. «Serafina—le dijo don Alfonso en voz muy baja—, ya no me quejaré de la desgraciada suerte que me obliga a vivir como un hombre desterrado de la sociedad civil, habiendo tenido la fortuna de contribuir al importante servicio que se os ha hecho.» «Pues qué—le respondió ella suspirando—, ¿sois vos el que me habéis salvado la vida y el honor? ¿Sois vos a quien mi padre y yo somos tan deudores? ¡Ah don Alfonso! ¡Por qué fuisteis vos quien dió muerte a mi hermano!» No le dijo más; pero él comprendió bastante, por sus palabras y por el tono en que las dijo, que si amaba con extremo a Serafina no era menos amado de ella.


LIBRO SEXTO

CAPITULO PRIMERO

De lo que hicieron Gil Blas y sus compañeros después que se separaron del conde de Polán; del importante proyecto que formó Ambrosio y cómo se ejecutó.

Después de haber pasado el conde de Polán la mitad de la noche en darnos gracias y asegurarnos que podíamos contar con su eterno agradecimiento, llamó al ventero, para consultar con él de qué modo llegaría con seguridad a Turis, adonde tenía ánimo de ir. Dejamos que tomase sobre esto sus medidas, y nosotros salimos de la venta, siguiendo el camino que Lamela quiso escoger.

Al cabo de dos horas de marcha nos amaneció ya cerca de Campillo. Llegamos prontamente a las montañas que hay entre aquella villa y Requena, y allí pasamos el día en descansar y en contar nuestro caudal, que se había aumentado mucho con el dinero que habíamos cogido a los ladrones, en cuyas faltriqueras se encontraron más de trescientos doblones en diferentes monedas. Al entrar de la noche nos volvimos a poner en camino, y el día siguiente al amanecer entramos en el reino de Valencia. Retirámonos al primer bosque que encontramos, emboscámonos en él y llegamos a un sitio por donde corría un arroyuelo de agua cristalina que iba lentamente a juntarse con las del Guadalaviar. La sombra con que nos convidaban los árboles y la abundante hierba que el campo ofrecía para los caballos nos hubieran determinado a hacer alto en aquel paraje, aun cuando no estuviéramos ya resueltos a descansar algunas horas en él.

Apeámonos, pues, y hacíamos ánimo de pasar allí aquel día alegremente; pero cuando fuimos a almorzar nos hallamos con poquísimos víveres. Empezaba a faltarnos el pan y nuestra bota se había convertido en un cuerpo sin alma. «Señores—dijo entonces Ambrosio—, sin Ceres y sin Baco a ninguno agrada el sitio más delicioso. Soy de parecer que renovemos nuestras provisiones, y así, marcho a este fin a Chelva, que es una linda villa, distante de aquí solas dos leguas, y tardaré poco en tan corto viaje.» Dicho esto, cargó en el caballo la bota y las alforjas, montó, y partió del bosque a tan buen paso que nos prometimos sería muy pronta su vuelta; mas, sin embargo, no volvió tan presto como lo esperábamos. Era ya mucho más del mediodía cuando vimos a nuestro proveedor, cuya tardanza comenzaba a damos cuidado. Engañó alegremente nuestro sobresalto con las muchas cosas de que venía provisto. No sólo traía la bota llena de exquisito vino y atestadas las alforjas de carnes asadas, sino que reparamos un gran fardo acomodado a las ancas del caballo, que se llevó nuestra atención. Conociólo Ambrosio, y nos dijo sonriéndose: «Apuesto yo a don Rafael y a todos los más diestros del mundo que no son capaces de adivinar por qué ni para qué he comprado todo este envoltorio de ropa.» Diciendo esto, lo desató él mismo para que viéramos por menor lo que encerraba. Mostrónos un manteo negro y una sotana del mismo color, dos chupas y dos pares de calzones, un tintero de cuerno, con su salvadera y cañón para meter las plumas, una mano de papel fino, un sello grande y un candado, juntamente con una barreta de lacre verde. «¡Pardiez, señor Ambrosio—exclamó zumbándose D. Rafael luego que vió todas aquellas baratijas—, que habéis empleado bien el dinero! ¿Qué diablos piensas hacer de todos esos cachivaches?» «Un uso admirable—respondió Lamela—. Todas estas cosas no me han costado sino diez doblones, y estoy persuadido de que nos han de valer más de quinientos. Contad seguramente con ellos. No soy hombre que me cargo de géneros inútiles. Y para haceros ver que no he comprado a tontas y a locas, voy a daros parte de un proyecto que he formado, un proyecto que sin disputa es de los más ingeniosos que puede concebir el entendimiento humano. Vais a oírlo, y estoy seguro que quedaréis atónitos al saberlo. ¡Estadme atentos! Después de haber hecho mi provisión de pan, me entré en una pastelería y mandé que me asasen seis perdices, otras tantas pollas e igual número de gazapos. Mientras todo esto se estaba asando, entró en la pastelería un hombre encendido en cólera, quejándose agriamente de la injuria que le había hecho un mercader del pueblo, y le dijo al pastelero: «¡Por Santiago Apóstol, que Samuel Simón es el mercader más ruin que hay en todo Chelva! Acaba de afrentarme públicamente en su tienda, pues no me ha querido fiar el grandísimo ladrón seis varas de paño, sabiendo como sabe que soy un artesano que cumplo bien y que a ninguno he quedado jamás a deber un cuarto. ¿No os admiráis de semejante bruto? El fía sin reparo a los caballeros, cuando sabe por experiencia que de muchos de ellos no ha de cobrar ni un ochavo, y no quiere fiar a un vecino honrado que está seguro de que le ha de pagar hasta el último maravedí. ¡Qué manía! ¡Maldito judío! ¡Ojalá le engañen! ¡Puede ser que se me cumpla algún día este deseo y no faltarán mercaderes que me acompañen en él.» Oyendo yo hablar de este modo a aquel pobre menestral, que dijo además otras muchas cosas, de repente me asaltó el deseo de vengarle y de hacer una pesada burla al señor Samuel Simón. «Amigo—pregunté a aquel hombre—, ¿no me diréis qué carácter tiene ese mercader?» «El peor que se puede discurrir—me respondió con enfado—. Es un desenfrenado usurero, aunque en su exterior aparenta ser un hombre virtuoso; es un judío que se volvió católico, pero en el fondo de su alma es todavía tan judío como Pilatos, porque se asegura haber abjurado por interés.» No perdí palabra de todo lo que me dijo el irritado menestral, y luego que salí de la pastelería procuré informarme de la casa de Samuel Simón. Enseñómela un hombre. Paréme a ver su tienda, examinéla toda, y mi imaginación, siempre pronta a favorecerme, me sugiere un enredo que abrazo con presteza, pareciéndome digno del criado del señor Gil Blas. Fuíme derecho a una ropería y compré los vestidos que veis; uno, para hacer el papel de comisario del Santo Oficio; otro, para representar el de secretario, y el tercero, para fingir el de alguacil. Ved ahí, señores, lo que hice y lo que fué la causa de mi tardanza.»

«¡Ah querido Ambrosio—interrumpió D. Rafael arrebatado de gozo—, y qué admirable idea! ¡Qué plan tan asombroso! ¡Envidio tu sutilísima invención! ¡Daría yo los mayores enredos de mi vida por que se me hubiese ofrecido éste tan ingenioso! ¡Sí, amigo Lamela—prosiguió—, penetro bien todo el fondo, todo el valor de tu delicado pensamiento, y no debes poner duda en que el éxito será dichoso! Sólo has menester dos buenos actores que no echen a perder una comedia tan bien imaginada; pero estos actores los tienes a mano. Tú tienes un aspecto devoto y harás muy bien de comisario del Santo Oficio; yo representaré el secretario y el señor Gil Blas, si gusta, hará de alguacil. Ya están repartidos los papeles; mañana representaremos la comedia, y yo respondo del buen éxito, a menos que sobrevenga alguno de aquellos lances imprevistos que dan en tierra con los designios más bien combinados.»

Por lo que a mí toca, sólo comprendí en confuso el proyecto que D. Rafael alabó tanto; pero durante la cena me lo explicaron, y verdaderamente me pareció ingenioso. Después que hubimos despachado gran parte de la provisión y hecho a la bota copiosas sangrías, nos tendimos sobre la hierba y tardamos poco en dormirnos. Pero no fué largo nuestro sueño, porque una hora después le interrumpió el despiadado Ambrosio gritando antes del día: «¡En pie! ¡En pie! ¡Los que traen entre manos grandes empresas que ejecutar no han de ser perezosos!» «¡Maldito sea el señor comisario—le dijo D. Rafael entre despierto y dormido—, y lo que su señoría ha madrugado! ¡En verdad que el judiazo de Samuel Simón dará a todos los diablos tanta vigilancia!» «Convengo en ello—respondió Lamela—, y os diré de más a más—añadió riéndose—que esta noche soñé que yo le estaba arrancando pelos de la barba. ¿Y este sueño, señor secretario, no es de muy mal agüero para el desdichado Samuel?» Con estas y otras mil cuchufletas que se dijeron nos pusimos todos de muy buen humor. Almorzamos alegremente y luego nos dispusimos para representar cada uno su papel. Ambrosio se echó a cuestas las hopalandas, de manera que tenía toda la traza de un verdadero comisario. Don Rafael y yo nos vestimos de modo que parecíamos perfectamente un secretario y un alguacil. Empleamos bastante tiempo en disfrazarnos y en ensayar lo que habíamos de hacer; tanto, que eran ya más de las dos de la tarde cuando salimos del bosque para encaminamos a Chelva. Es verdad que ninguna cosa nos apuraba; antes bien, era del caso no dejarnos ver en el lugar hasta algo entrada la noche. Por lo mismo, caminamos poco a poco, y aun tuvimos que detenernos casi a las puertas del pueblo, dando tiempo a que obscureciese enteramente.

Cuando nos pareció tiempo, dejamos los caballos en aquel sitio, a cargo de D. Alfonso, que se alegró mucho de no tener que hacer otro papel. Don Rafael, Ambrosio y yo nos fuimos en derechura a la puerta de Samuel Simón. El mismo salió a abrirla, y quedó extrañamente sorprendido de ver en su casa aquellas tres figuras; pero lo quedó mucho más luego que Lamela, que llevaba la palabra, le dijo en tono imperioso: «Señor Samuel, de parte del Santo Oficio, cuyo indigno comisario soy, os ordeno que en este mismo momento me entreguéis la llave de vuestro despacho. Quiero ver si hallo en él con que justificar las delaciones y acusaciones que se nos han presentado contra vos.»

El mercader, a quien habían turbado estas palabras, retrocedió dos pasos, y lejos de sospechar en nosotros alguna superchería, creyó de buena fe que algún enemigo oculto le había delatado al Santo Oficio, o también es muy posible que, no reconociéndose él mismo por muy buen católico, temiese haber dado motivo para alguna secreta información. Sea lo que fuere, nunca vi hombre más confuso. Obedeció sin resistencia y con todo el respeto que corresponde a un hombre que teme a la Inquisición. El mismo nos abrió su despacho, y al entrar le dijo Ambrosio: «Señor Samuel, a lo menos recibís con sumisión las órdenes del Santo Oficio; pero—añadió—retiraos a otro cuarto y dejadme practicar libremente mi empleo.» Samuel no fué menos obediente a esta segunda orden que lo había sido a la primera; retiróse a su tienda, y nosotros tres entramos en su despacho, donde sin pérdida de tiempo nos pusimos a buscar el dinero, que nos costó poco trabajo y menos tiempo encontrar, porque estaba en un cofre abierto, donde había más del que podíamos llevar. Consistía en gran número de talegos puestos unos sobre otros y todo en moneda de plata. Nosotros hubiéramos querido más que fuese en oro; pero no pudiendo ya ser esto, nos fué forzoso hacer de la necesidad virtud. Llenamos bien los bolsillos, las faltriqueras, el hueco de los calzones y, en fin, todo aquello donde lo podíamos encajar, de suerte que todos íbamos cargados con un peso exorbitante, sin que ninguno lo pudiese conocer, gracias a la destreza de Ambrosio y de don Rafael, que me hicieron ver con esto que no hay en el mundo cosa mejor que saber bien cada uno el arte que profesa.

Salimos del cuarto después de haber hecho nuestro negocio, y, por una razón que es fácil de adivinar, el señor comisario sacó su candado, que quiso echar por su misma mano a la puerta; plantóle el sello y luego dijo a Simón: «Maese Samuel, de parte del Tribunal os prohibo que lleguéis a este candado, ni tampoco a este sello, que debéis respetar, pues que es el sello del Santo Oficio. Mañana volveré a esta misma hora a quitarlo y a daros órdenes.» Hecho esto, mandó abrir la puerta de la calle, por la cual fuimos todos desfilando alegremente; y cuando hubimos andado como unos cincuenta pasos, comenzamos a caminar con tal ligereza que apenas tocábamos con el pie en tierra, sin embargo de la pesada carga que llevábamos. Salimos presto fuera de la villa, y, volviendo a montar en nuestros caballos, tomamos el camino de Segorbe, dando gracias por tan feliz suceso al dios Mercurio.