Dos fuerzas, dos voluntades, dos derechos, dos razas iban próximamente á chocarse, y de este choque debería resultar un río de sangre humana donde hubiera podido navegar un bergantín. La fuerza de Europa auxiliada por los descubrimientos del genio, contra la fuerza indígena sostenida por el indomable carácter del monarca; el derecho bárbaro de conquista contra el derecho eterno de la independencia; la raza caucásica contra la raza india, nueva hasta ese momento en la historia humana. El carácter de acero de Cuauhtimoc, contra el carácter de fierro del capitán más valiente del siglo. Tales eran los elementos que iban á entrar en acción y en un combate á muerte.
Ni la sangre ya vertida, ni la fuerza de los caballos, ni el estampido de la artillería, ni los presagios intimidaron el ánimo fuerte de Cuauhtimoc, como tampoco hicieron ni la más leve mella en el corazón valiente del conquistador español, ni los desastres de la Noche Triste, ni los riesgos y aventuras de la empresa...... Era la lucha nunca vista en la historia de dos hombres de tal tamaño, que parecía que su sombra imponente era más alta y de mayor volumen que los gigantes inmóviles de la cordillera del Anáhuac.
El día alegre y sagrado para todo el orbe cristiano, del Nacimiento del Salvador del mundo, del año de 1520, Cortés salió de nuevo con sus fuerzas de la República de Tlaxcala y se dirigió rumbo á México. El día último del año, al caer la tarde, las tropas invasoras entraban por las calles solas y tristes de Texcoco. Sus fuerzas se componían entonces de 86 caballos, 118 arcabuceros, 700 infantes, 3 cañones gruesos de fierro, 15 más pequeños y 18 quintales de pólvora, cosa de 25 mil hombres que la República de Tlaxcala había puesto á sus órdenes y 20 ó 25 mil Cholultecas y Huejotzingas. Estas fuerzas, en el curso del tiempo se aumentaron á 200 mil hombres, y con esta tropa emprendió el sitio formal, y finalmente el asalto de la ciudad.
Cuauhtimoc por su parte tenía cosa de 200 mil hombres de guerra dentro de la ciudad, y 150 mil en diversos pueblos que fueron ó vencidos antes por los españoles ó defeccionaron por el influjo de Ixtlilxochitl, bravo y terrible auxiliar, que fué, como se dice, el brazo derecho de Cortés en esta guerra.
Luego que el capitán español tuvo listos sus bergantines y reconoció que podían obrar bien en el lago, comenzó formalmente el sitio cortando la agua de Chapultepec, impidiendo la entrada de víveres y atacando las calzadas para penetrar en la ciudad. Fué á los cinco meses de su llegada á Texcoco cuando ya decididamente organizó sus columnas. La primera división que debía ocupar Tlacopan, la confió al terrible Pedro de Alvarado. La segunda, que debía operar desde Cuyoacán al centro, la mandaba Cristóbal de Olid, y la tercera, que debía situarse en Ixtapalapa, la confió á Gonzalo de Sandoval. Él se reservó el mando de la marina, pero después lo confirió á Rodríguez Villafuerte. La fuerza naval al servicio del conquistador se componía de 13 bergantines y cosa de 16,000 canoas[11].
El primer combate de importancia fué en las aguas. Cortés pasó en un bergantín cerca de un gran peñón de piedra color de sangre que se levantaba solitario é imponente en medio del lago (el Peñón Viejo). Un alarido terrible se escuchó repentinamente, y una nube de dardos y de piedras cayeron en la embarcación. Cortés hizo anclar el bergantín, desembarcó con la tripulación y comenzó á subir por el escarpado cerro. Gruesas piedras rodaban arrastrando á los asaltantes, y las flechas y otras armas arrojadizas no los dejaban avanzar. Después de una cruda fatiga y de perder mucha gente, los españoles subieron hasta la cumbre y mataron á todos los soldados, perdonando á las mujeres y á los niños que se habían refugiado allí creyendo que ese punto era inexpugnable. Cuando Cortés volvió á bordo, el lago estaba cubierto de canoas tripuladas por los mejores guerreros aztecas que se avanzaban remando resueltamente. Un viento fresco hinchó las velas de la escuadra española, y los pesados barcos, surcando rápidos las aguas, echaron á pique las canoas. La artillería y la fusilería completaron la obra de destrucción, y pocos momentos después flotaban en las ondas los cadáveres y los restos y destrozos de las piraguas. Los indios que se cogieron prisioneros fueron ahorcados en los palos y en la jarcia de los bergantines que se retiraron á su fondeadero, balanceándose entre las brumas del crepúsculo los cadáveres de los guerreros aztecas, todavía adornados con sus vistosos penachos de plumas y sus vestiduras bordadas de vivos colores. Alvarado y Olid por su parte penetraron por las calzadas, tomaron varias albarradas y destruyeron algunas casas.
Cuauhtimoc era incansable, no dormía de noche, y en medio del silencio reparaba todos los daños que en el día habían hecho los enemigos, y procuraba sorprenderlos en las horas de silencio y de reposo. Cortés, que tenía acampadas sus tropas á la intemperie, resolvió dar un asalto, y en esta ocasión tuvo la condescendencia de dejarse guiar por un plan que le propuso el tesorero Julián de Alderete. Las columnas se organizaron, y Cortés, pie á tierra, se puso á la cabeza de la infantería. Atacadas sucesivamente por los españoles las fortificaciones aztecas, cedían después de una corta resistencia. Así fueron penetrando hasta el interior, y Alderete el primero estaba cerca del gran mercado de Tlaltelolco. Cortés reflexionó y se alarmó: era una celada en que habían caído sus tropas, y no había ya remedio. En efecto, repentinamente se escucha la corneta terrible de Cuauhtimoc que sonaba desde lo alto de un teocalli. Los mexicanos, como la avalancha de un volcán, como las olas de un mar enfurecido, se precipitan sobre los enemigos, pelean cuerpo á cuerpo, se revuelven, se matan, se arrojan á los canales, y desde las azoteas las mujeres, lanzando alaridos terribles, arrojan piedras y proyectiles sobre los combatientes. Una masa sangrienta y confusa de hombres empujada por otra, caía en el lago, y así sucesivamente, sin que fuera posible ya ni huir ni resistir, ni aun pelear contra masas tan compactas que eran lanzadas con una fuerza irresistible. Cortés fué cogido por seis guerreros y derribado por tierra; procuraban asegurarlo para presentarle como el más grande trofeo al Emperador. Cristóbal de Olea y un jefe tlaxcalteca acudieron y salvaron al capitán. Olea murió en el combate, y Cortés con mil peligros y trabajos logró llegar al extremo de la calle de Tlacopan, donde ordenó se hiciese un vivo fuego de artillería para proteger la retirada y reunir los dispersos. Los españoles quedaron completamente derrotados.
En la tarde, con la viva luz de un crepúsculo rojo y gualda, los españoles pudieron ver desde su campamento una larga procesión donde se distinguían sesenta y dos españoles desnudos que subian las gradas sangrientas del templo para ser en seguida sacrificados. En la noche se encendieron luminarias en las plataformas de los templos y en las azoteas de las casas, y una multitud frenética recorría las calles con teas encendidas, bailando y entonando cantos de guerra.
Los españoles veían mudos, llenos de espanto y con la mecha encendida en la mano, estas escenas, y su corazón fuerte temblaba pensando que quizá tendrían igual suerte que sus compañeros.
Cuauhtimoc permanecia grave, callado, triste quizá, en lo alto de su palacio. Había rechazado todas las propuestas de paz que le había hecho Cortés. La guerra no estaba concluída con esta derrota. Cortés estaba vivo, y la hambre y la peste devoraban ya á la ciudad. Los cadáveres estaban amontonados y hediondos en las casas y calles: las gentes vivas discurrian á los pocos días de esta victoria como sombras en las calles, arrancando las cortezas de los árboles, cazando á las sabandijas para mantenerse, y saciando la sed que les producía la fiebre y las heridas en las aguas cenagosas y sangrientas de los canales.
Los grandes y negros ojos de Cuauhtimoc se humedecieron un momento; su corazón vaciló ante los ruegos de unos nobles á quienes Cortés había enviado á rogarle con la paz, pero se repuso inmediatamente, y con voz resuelta dijo: «No, no; todos debemos perecer defendiendo nuestro honor, nuestros dioses y nuestra ciudad.» La guerra y la hambre continuaron.
Cortés por su parte, repuesto de la derrota y con el auxilio de nuevos aliados, se propuso terminar el largo sitio y apoderarse, si no de la ciudad, al menos de los escombros.
Un día Cuauhtimoc vió desde la torre del templo de Tlaltelolco su ruina; pero su ánimo no desfalleció ni un momento.
Cincuenta mil hombres se ocupaban de demoler calles enteras. La artillería las batia primero, y después los aliados con grandes maderos acababan de destruir las casas, derribando los techos sobre los heridos, los niños y las mujeres que estaban dentro, y robando las telas y objetos que encontraban. Los lloros y los alaridos subian á los cielos. El ruido hueco y retumbante de la artillería acallaba á intervalos los lamentos. Cuauhtimoc personalmente salia á combatir y á contener la destrucción: los soldados, sin fuerzas por la hambre y la sed, se arrojaban sobre los enemigos, pero eran recibidos por las espadas y lanzas de los destacamentos españoles que protegían esta destrucción. Así que con los escombros se llenaron los canales, y que Cortés concibió que tenía terreno donde retirarse y donde maniobrase la caballería, emprendió un ataque simultáneo y terrible. Cuauhtimoc recibió nuevas propuestas de paz, y resuelto á defenderse hasta la última extremidad, no contestó sino con atacar de nuevo á los enemigos. Tomados los templos y los palacios y destruída en su mayor parte la ciudad, se retiró al barrio de Coyonacaxco y se embarcó allí en una gran canoa llamada la Papantzin, llevando á la princesa su mujer y á los reyes de Texcoco y Tlacopan. El tamaño de la embarcación, las ricas vestiduras de los que iban en ella y la velocidad con que remaban, llamó la atención. García de Holguin, que mandaba el más velero de los bergantines, dió caza á la canoa real, y en poco tiempo y ayudado del viento la abordó. Cuauhtimoc en pie dijo su nombre con voz entera, tiró sus armas y se entregó prisionero.—«Haced de mí lo que queráis, pero respetad á la princesa,»—dijo á Holguin, y subió sereno y arrogante á la nave española. El 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito y á la hora de vísperas, fué llevado ante el conquistador el último Emperador de los aztecas, y ese día terminó para siempre la monarquía y la nacionalidad indígena, y comenzó la dominación de los reyes españoles. Los grandes sucesos de la historia mexicana han sido marcados por terribles fenómenos de la naturaleza. Esa noche comenzó á soplar un violento huracán, el viento del infierno, como le llamaban los aztecas. Los edificios demolidos acababan de caer, los fragmentos de las torres eran arrancados, y el lago furioso se salia de su seno, inundaba los barrios, y sus olas venían á estrellarse contra las ruinas. Los relámpagos alumbraban á la ciudad desolada, á los muertos sangrientos y los templos derribados, y después todo volvia á entrar en la obscuridad y el silencio. Cortés y Cuauhtimoc permanecieron mudos y aterrados ante estas fuerzas tremendas de la naturaleza que completaban la ruina de la más grande y más hermosa ciudad del Nuevo Mundo.
Al día siguiente de la rendición de la capital, Cortés se retiró á Coyoacán, y los oficiales y soldados solemnizaron con un banquete donde hubo vinos y tocino que habían recibido, la espléndida pero sangrienta victoria que alcanzaron. En esa orgía tormentosa donde bebieron y jugaron y donde no faltaron las mujeres que habían robado en la ciudad saqueada y enteramente aniquilada por los aliados, se relajaron los resortes del respeto y de la subordinación, y la sed del oro se encendió con el estímulo de los licores. Deseaban oro y más oro y piedras preciosas á montones, y lo que habían recogido y tomado de las casas no era bastante. Supusieron que Cortés, de acuerdo con Cuauhtimoc á quien tenía prisionero en Cuyoacán, había ocultado todos los tesoros para apropiárselos y defraudar á la tropa su parte y al rey el quinto que le correspondía. Al día siguiente amanecieron pasquines insultantes escritos en las paredes de las casas, y Julián de Alderete, con el carácter de tesorero de la Corona, tomó la demanda por su cuenta.
—¿Sabéis, señor, lo que se dice entre nuestra gente?—dijo á Cortés antes de saludarle.
Cortés fingió no comprender nada y preguntó friamente: ¿Qué se dice?
—Se dice, prosiguió Alderete con firmeza y encarándose á Cortés, que vuesa merced de acuerdo con el Guatemuz ha ocultado los inmensos tesoros de la Corona Azteca, y que......
—Por Santiago, exclamó Cortés como buscando una arma; yo cortaré la lengua á quien tal diga.
—Vos podéis cortar la lengua á vuestros soldados, pero no al tesorero del rey de España,—contestó secamente Alderete descubriéndose y haciendo una profunda reverencia.
Cortés se dominó y replicó con una afectada amabilidad: Lo que se dice en efecto es grave; pero ¿qué hacer para acallar esas murmuraciones?
—Hay un medio que os justificará á los ojos de vuestros soldados y de S. M. El Guatemuz debe tener escondidos esos tesoros. Pedídselos, y si no los entrega, sujetadlo al tormento, y en último caso mandadle ahorcar.
—No, nada de eso, contestó resueltamente Cortés. Es mi prisionero y le he dado mi palabra, y un castellano jamás falta á ella.
—Se cumple la palabra que se da á un castellano, pero no la que se ofrece á un infiel y á un bárbaro. Acordáos del martirio de los sesenta y cuatro castellanos sacrificados en las aras del demonio.
—No, replicó Cortés secamente.
—Como gustéis, dijo Alderete cubriéndose la cabeza y retirándose; pero acordáos de que un amigo os ha venido á tender una mano cuando estábais en el borde del abismo. Perdereis vuestra gloria y vuestra conquista, y aparecereis en España como un defraudador del rey, como un ladrón.
Cortés se puso pálido, se mordió los labios, y volviendo las espaldas dijo:—Os entrego al Guatemuz; haced con él lo que os agrade.
Alderete salió con los ojos llenos de alegría, participó esta orden á los soldados, y no tardaron en encontrar el género de suplicio que debían dar al infortunado prisionero.
Llamaron al conciliábulo al Maestre Juan que era el médico, á Murcia que era el boticario, y al barbero Llerena y á otro llamado Santa Clara, y dispusieron una grande vasija de barro con aceite hirviendo. Fueron á la habitación que ocupaban los prisioneros, y sacaron á Cuauhtimoc y al rey de Tlacopan y los llevaron al patio de una casa donde había dispuestos unos maderos.
—¿Dónde está el tesoro de los Emperadores?—les preguntó Alderete.
Cuauhtimoc vió aquel aparato aterrador, comprendió de lo que se trataba, sonrió tristemente y no contestó ni una sílaba á las interpelaciones de Alderete, el cual furioso con este desprecio, ultrajó con palabras soeces al monarca. Los soldados se apoderaron de los Reyes, los ataron fuertemente á los maderos, y el barbero comenzó á bañarles los pies con aquella resina hirviente, mientras otro les acercaba unas teas encendidas.
—Señor, ¿no véis cómo sufro?—gritó retorciéndose el Rey de Tacuba.
—¿Estoy acaso en un lecho de rosas?—contestó con firmeza el Emperador azteca.
El Rey de Tacuba se fortificó con esta heróica resolución de Cuauhtimoc, y los dos sufrieron el tormento sin exhalar un quejido. Tanta firmeza conmovió el pecho de los soldados, y los mismos que habían pedido el suplicio comenzaron á murmurar contra Alderete.
—No os canséis, dijo Cuauhtimoc, que el que ha resistido la hambre, la muerte y la cólera de los dioses, no es capaz de humillarse ahora como una débil mujer: el Tesoro de los Reyes de México lo he hundido en la laguna cuatro días antes del asalto de la ciudad, y no le encontrareis jamás.
El padre Olmedo, á quien se había llamado para exhortar y amonestar á los Reyes aztecas, no pudo contenerse, y salió, volviendo á poco en compañía de Cortés.
El capitán español contempló un momento aquellas nobles víctimas, dirigió una mirada terrible á los verdugos, y dijo con un acento que no admitía réplica:—«Desatad á esos hombres y conducidles con cuidado á su habitación. Que nadie sea osado de contradecir lo que yo mando.»
El tesoro se buscó en vano, y sólo se recogieron algunas frioleras en la laguna, y un sol de oro en un estanque. Cuando el poético lago de Texcoco se seque enteramente, el gran tesoro se encontrará. La sombra de los Emperadores aztecas parece que le cuida todavía.
El año de 1525, Cristóbal de Olid se rebeló en las Hibueras. Cortés envió un oficial con alguna tropa; pero impaciente al no recibir ninguna noticia, se puso en camino con una fuerza, resuelto á castigar severamente al infiel capitán.
Atravesó el istmo de Tehuantepec, se dirigió por un camino lleno de ríos, de barrancas, de bosques oscuros donde no penetraban los rayos del sol, y de pantanos intransitables donde los caballos se hundian con todo y el jinete. El hambre, la sed, los insectos y las eternas y desconocidas soledades acababan con las fuerzas físicas y con el ánimo de los soldados. Muchos exhalaron el último aliento en aquellas sombrías encrucijadas, Cortés no quería volver atrás, y la esperanza le anunciaba que pronto podría encontrar una población donde guarecerse y tomar guías que le condujesen á su destino. Su humor, sin embargo, no era de lo mejor, y él mismo sentía la fatiga y el desaliento algunas veces.
Así llegó al territorio de un reino que llamaban Acallan. Llevaba como siempre á su lado á Cuauhtimoc y á los dos Reyes de Tacuba y Texcoco.
Una tarde, después de una fatigosa jornada, hicieron alto en un pueblecillo que nombraban Izancaxac. No había más que unas cuantas chozas sin techo y un teocalli arruinado. Ni un solo habitante ni un animal doméstico. Un bosque umbrío de altas ceibas aumentaba la tristeza de ese sitio. A Cortés le formaron una habitación en las ruinas del templo, y los Reyes se alojaron á poca distancia en una choza de palmas. El resto de la tropa acampó como pudo en el bosque.
Cortés trató de recogerse, y sin saber la causa, no pudo conciliar el sueño, y se levantó y escuchó que los Reyes platicaban alegremente, procurando consolarse de sus penas y fatigas. Esta alegría le hizo mal, le irritó de una manera terrible. Un bulto casi arrastrándose como si fuera un animal deforme se deslizó por entre aquellas ruinas. Cortés fijó los ojos en aquella aparición y puso la mano en el puño de su espada, pero al sacarla reconoció á Cristóbal Mexicalcin.
—¿Qué quieres á estas horas?—le dijo severamente Cortés.
—Señor, los caciques y Cuauhtimoc tienen urdida una trama infernal: vos y todos los españoles que hay en la tierra, perecerán.
—¡Por Santiago! Esta era la plática y la alegría de esos perros,—exclamó Cortés lleno de cólera; y lanzándose fuera de las ruinas, penetró en la choza donde estaban los Reyes. Cervan Bejarano y Rodrigo Mañueco, que eran sus servidores y habían permanecido despiertos, se lanzaron detrás de él.
«Llamad, les dijo, al padre Varilla. Voy á ahorcar á estos bárbaros que han urdido una trama para matarnos, y no quiero que se pierda su alma.» Marina, que también le había seguido, quiso interceder por ellos, pero vió los ojos de Cortés llenos de furia y no se atrevió. Era nada más que una esclava.
Cuando Cuauhtimoc fué sacado de la cabaña por los soldados que Cortés había llamado para la ejecución, se volvió con una firmeza increible y le dirigió la palabra: «Bien sabía, Malinche, lo que valían tus promesas, y tenía por seguro que recibiría la muerte de tus manos. Dios te pedirá cuenta de mi muerte.»
Los verdugos pusieron una cuerda al cuello del Rey, y lo mismo hicieron con los de Tacuba y Texcoco, y los colgaron en unas altas ceibas.
Eran las tres de la mañana del segundo día de Carnaval del año de 1525. La noche estaba serena y apacible, y las estrellas solas con sus tímidos rayos alumbraban melancólicamente esta misteriosa ejecución. Cortés se retiró cabizbajo y pensativo á su aposento. Allí permaneció un momento fijo y de pie como una estatua; pero le vino repentinamente un rapto de locura, de arrepentimiento quizá, midió á largos pasos la estancia y salió con la espada desenvainada á cortar los lazos corredizos donde pendían los cuerpos de los Reyes. Era ya tarde: Cuauhtimoc y el Rey de Tacuba estaban muertos. El de Texcoco cayó al suelo todavía con vida.
Al abandonar el pequeño ejército de Cortés, al día siguiente, el solitario pueblecillo, dos cadáveres se balanceaban al impulso de las brisas de la mañana. Los buitres formaban en la atmósfera círculos fantásticos, clavando sus ojos redondos y colorados en los cadáveres de los dos más poderosos monarcas del Nuevo Mundo.
El muy magnífico señor Hernando Cortés, gobernador y capitán general de la Nueva España, tenía necesidad de salir de México, con el objeto de sofocar y castigar la rebelión de Cristóbal de Olid.
Aquel viaje debía de ser largo y penoso: la distancia á que iba á encontrarse de la antigua capital del imperio Azteca, haría muy difíciles las comunicaciones, y se necesitaba establecer un gobierno provisional, que los intereses del rey y la paz de la nueva colonia atendiese y vigilase.
Incierto estuvo por algún tiempo el gobernador y capitán general, sobre á quién elegiría para encargo tan delicado, y sin poder fijarse definitivamente, porque conocía que entre los que le rodeaban había muchos, más afectos á las riquezas y á la tiranía, que amigos del buen gobierno y de la felicidad de los pueblos.
Por fin, urgido de la necesidad y apremiado por las circunstancias, hizo llamar al Lic. Alonso de Zuazo, al tesorero Alonso de Estrada y al contador Rodrigo de Albornoz, y los nombró gobernadores durante su ausencia.
El Lic. Zuazo era un antiguo amigo de Cortés y su asesor en los negocios del gobierno de la Nueva España, y Estrada y Albornoz habian llegado á México en 1524, enviados por el rey de España para componer el Tribunal de Cuentas, en unión de Gonzalo de Salazar, factor, y de Peralmindes de Chirino, veedor.
Cortés determinó llevar consigo á la expedición de las Hibueras, á Chirino y Salazar.
Una vez organizado el gobierno, quiso Hernán Cortés cuidar de su hacienda y dejarla encomendada á persona para él de toda confianza, y para esto eligió á Rodrigo de Paz, primo suyo, hombre de grande espíritu y de mucha influencia con el pueblo, y á quien invistió también con los cargos de regidor y alguacil mayor de la ciudad.
Rodrigo de Paz admitió con gusto las comisiones que le confiaba su primo, seguro de que esto le daría mayor prestigio y aumentaría el poder de que entonces gozaba.
Partió Cortés, y el Lic. Zuazo, Estrada y Albornoz tomaron posesión del gobierno como tenientes-gobernadores, asistiendo por primera vez al cabildo con el carácter de tales, el día 4 de noviembre de 1524.
Apenas se había alejado Cortés unas cuantas jornadas de México, cuando Estrada y Albornoz, que ya desde antes tenían entre sí motivos de rencor, se disgustaron completamente.
El nombramiento de un alguacil fué el aparente motivo de encenderse una disputa, en la que los ánimos predispuestos se exaltaron, y siguiendo la costumbre de aquellos tiempos en que las armas entraban como parte de la razón en las cuestiones de los hombres de honor, los dos tenientes-gobernadores echaron mano á los estoques, y en poco estuvo que la espada hubiera dirimido la competencia.
Logróse contenerlos, pero el escándalo habia sido muy grande; y luego partieron correos avisando á Cortés las desavenencias que ocurrían en la ciudad.
Chirino y Salazar que acompañaban á Cortés, supieron casi al mismo tiempo que él lo ocurrido en México, y vieron en esto un medio de separarse de su lado y tornar á la capital.
Habían llegado á Goazacoalcos, pero el camino era en extremo penoso y sembrado por todas partes de peligros.
Inmensas selvas, en donde los árboles seculares crecían tan cerca unos de otros que se confundían sus ramajes; traidores pantanos cubiertos con una engañosa capa de verdura, pero que estremeciéndose al soplo no mas de los vientos, tragaban al desgraciado que ponía en ellos su imprudente planta: vertiginosos precipicios en cuyo fondo se creía mirar de nuevo el firmamento, y que parecian á los espantados ojos de los españoles, como insondables vasos de roca, llenos de nubes y de tempestades: serpientes y monstruos hasta entonces desconocidos, esto era lo que encontraban por todas partes los que acompañaban á Cortés.
Las tempestades pasaban algunas veces sus alas de fuego sobre aquella naturaleza exuberante, y los robustos troncos de las ceibas se estremecían como una caña cimbradora, al soplo de los huracanes.
Por las noches aquellas selvas se poblaban de habitantes misteriosos; salían de ellas en espantoso concierto, aullidos siniestros, rugidos pavorosos, silbos y gritos aterradores y desconocidos, y cruzaban por los aires y entre las ramas y bajo la yerba, con fosfórica luz, millones de insectos de todos tamaños y figuras.
El melancólico rumor del viento entre las hojas se mezclaba algunas veces durante la noche al eco lejano de los torrentes, al mugido de la tormenta que se alzaba en el horizonte, á los sonoros tumbos de los mares.
Aquello era más sublime que lo que podian soportar las almas ruines de Salazar y de Chirino.
Anhelaban por separarse de allí, y la nueva de los disturbios vino á presentarles una favorable oportunidad.
Instaron, rogaron y suplicaron á Cortés pidiéndole volver á México, representándole lo oportuna que sería su presencia en la capital, y los servicios tan importantes que podían prestar á los intereses de S. M.
Cortés meditó aquella petición y accedió á la solicitud de Chirino y de Salazar.
Estrada, Albornoz, Salazar y Chirino, aunque eran en apariencia amigos de Cortés, le aborrecían secretamente, y procuraban desprestigiarle en la corte y hacerle caer de la gracia del Emperador. Cortés lo sabía y lo conocía, por eso no sólo no puso dificultad ninguna en la vuelta de Chirino y de Salazar, sino que por el contrario les dió mandamiento asociándoles también al gobierno de la Nueva España.
Aquellos dos hombres que caminaban de mala fe con Cortés, eran imprudentes testigos de sus acciones, dieron la vuelta para México, satisfechos y orgullosos de lo que habían conseguido, creyendo en su fatuidad acabar con el poder de su favorecedor, y no comprendiendo que sus desavenencias y torpezas en el gobierno debían dar el más completo triunfo al esforzado conquistador.
Salazar y Chirino llegaron á México y presentaron en el cabildo de 29 de diciembre de 1524, la provisión del muy magnífico señor Hernando Cortés que los autorizaba para tener parte en el gobierno del reino.
El Ayuntamiento les reconoció sin dificultad, pero ellos no se conformaron con eso, sino que excluyeron á Estrada y á Albornoz y se apoderaron de la administración, no admitiendo en su compañía más que al Lic. Zuazo.
La división entonces se hizo más profunda. Estrada y Albornoz se unieron para derribar á sus nuevos enemigos, y con objeto de conseguirlo quisieron y lograron atraer á su bando al alguacil mayor Rodrigo de Paz, que ejercía tan decisiva influencia en el Cabildo y en la ciudad.
En aquel tiempo el Ayuntamiento de México tenía una grandísima importancia: «ante él presentaban sus nombramientos los gobernadores, prestaban ante él juramento; él decidía las cuestiones graves que entre ellos se suscitaban, calificaba sus derechos y facultades, é imponía la pena de muerte á los que desobedecieran las providencias que de él mismo emanaban.»
Por eso Rodrigo de Paz que deseaba favorecer á Estrada y á Albornoz, se presentó al cabildo en 17 de febrero de 1525, manifestando que Salazar y Chirino no tenían derecho de excluir á sus colegas del gobierno, porque el mismo Cortés los reconocía aún como tales tenientes gobernadores, en cartas que de él se habían recibido.
El Ayuntamiento escuchó á Rodrigo de Paz, y acordó que el Lic. Zuazo resolviera en este negocio[12].
El Lic. Zuazo resolvió que Estrada y Albornoz volvieran á ser reconocidos como tenientes gobernadores, y el cabildo aprobó esta resolución.
Salazar y Chirino protestaron, y para infundir el terror decretaron pena de muerte y perdimiento de bienes contra el alcalde ó regidor que se «entrometiese» á aprobar lo que el Lic. Zuazo había determinado.
Aquellos hombres tenían un temple de alma tal, que era indudable que tales penas se llevarían á efecto; pero en cambio tenían que luchar con hombres de corazón altivo, y Estrada y Albornoz asistieron al cabildo y fueron reconocidos sin dificultad.
Esto acaecía el 25 de febrero de 1525.
Salazar, hombre ambicioso é inquieto, no podía estar tranquilo en aquella situación: quería mandar, y mandar solo; Estrada y Albornoz le estorbaban, y los creía fuertes porque contaban con la protección y apoyo de Rodrigo de Paz, el hombre entonces más audaz y más poderoso; Salazar necesitaba dividir á Paz de Estrada y Albornoz, y hacer de él un instrumento para sus miras.
Entonces, como por una inspiración diabólica, concibió el plan que debía darle el resultado apetecido, y convenció hipócritamente á sus colegas á decretar la prisión de Rodrigo de Paz.
Un día repentinamente circuló en México una noticia alarmante: el alguacil mayor estaba preso en la casa de Salazar de orden de los tenientes gobernadores.
En efecto, Rodrigo de Paz estaba preso, y se paseaba tristemente en uno de los salones de la casa de Salazar, con esposas de hierro en las manos y arrastrando una larga y pesada cadena. Salazar entró y le contempló un rato en silencio.
—Duéleme de verte en esa situación—le dijo—que á tal no habrías llegado, si como la causa de Estrada defendiste, de la mía hubieras sido partidario.
—Holgárame de estar libre—contestó Rodrigo—si mis amigos hubieran triunfado, pero sigo la suerte á ellos reservada.
—¿Crees por ventura en tus amigos Estrada, Albornoz y Zuazo?
—De creer tengo, porque no hay motivos para lo contrario.
—Mira—dijo Salazar mostrándole la orden de prisión firmada también por Albornoz, Estrada y Zuazo.
Rodrigo de Paz leyó aquella orden con espanto. No podía dudar, sus amigos le abandonaban y le traicionaban.
Leyó la orden, inclinó la cabeza, y quedó meditabundo. Salazar respetó aquella meditación, y después, acercándose, le dijo:
—Mira el premio de tus favores y servicios; esos hombres están conjurados contra tí y ansían tu muerte; ¿quieres libertad, venganza?
—Sí—contestó sordamente Rodrigo.
—Júranos amistad, y Peralmindes de Chirino y yo te pondremos libre y te vengaremos de tus enemigos.
—Os juro leal amistad por la hostia consagrada.....
Al día siguiente Rodrigo de Paz concurría al cabildo.
Estrada, Zuazo y Albornoz conocieron la intriga que tramaban Salazar y Chirino, y no eran hombres para callar sus rencores.
Estalló un disgusto terrible en el cabildo, y Salazar, que tenía para sí que aun no llegaba el momento de obrar, apeló al engaño y la hipocresía.
Nada le importaba, dijo, la amistad de Rodrigo de Paz, cuyo pernicioso influjo era necesario combatir, y para esto debían ellos de unirse estrechamente, y como señal de unión y para acallar los rumores que había en el público, concluyó proponiendo que todos los tenientes gobernadores comulgasen públicamente, dividiendo la hostia consagrada en cinco partes.
Aceptaron los otros, y aquel pacto, aconsejado por la más negra falsía y cubierto sacrílegamente con el manto de la religión, se cumplió en la iglesia del convento de San Francisco.
Tan engañosa amistad debía desaparecer muy pronto, y así fué en efecto.
El día 19 de abril, Rodrigo de Paz se presentó en el cabildo é hizo reconocer á sus nuevos amigos Salazar y Chirino, como gobernadores, con entera exclusión de todos los demás.
En vano protestó con energía el Lic. Zuazo; repitióse el acuerdo y se impusieron doscientos azotes de pena y perdimiento de bienes á cualquiera que se atreviese á oponerse á lo dispuesto.
Estrada y Albornoz, lejos de conformarse, pensaron excitar al pueblo, suscitáronse graves dificultades, los dos bandos estuvieron á punto de llegar á las manos, y sólo se impidió el conflicto porque el alcalde Francisco Dávila prohibió que se acudiese con armas en pro de uno ú otro partido.
Conducta tan prudente costó al alcalde ser maltratado y verse conducido á la cárcel, de donde tuvo que huir para salvar la vida.
Las alarmas en la ciudad eran de todo el día, y de todos los días; á cada momento querian llegar á las manos los partidarios, y el fuego de la discordia se encendía más y más á cada momento.
El 23 de mayo, con pretexto de conservar la tranquilidad y evitar desgracias, pero más bien con objeto de expeditar el camino que se habían trazado los gobernadores, ordenaron que nadie en la ciudad llevase armas.
Todo parecía haber terminado; pero aquel mismo día Rodrigo de Paz aprehendió al Lic. Zuazo, que vivía en la casa de Cortés, y se dió orden para enviarle inmediatamente á la Isla de Cuba.
Alarmóse la gente de la ciudad con esta prisión, y Rodrigo de Paz ocurrió, para calmarla, al engaño de que por orden del Rey iba á la Isla á dar allí su residencia.
Estrada y Albornoz pensaron entonces en alejarse de sus enemigos, y aparentando obediencia pidieron á los que habían sido sus colegas, licencia para ir hasta Medellín á conducir una cantidad que enviaban á S. M.
Los gobernadores concedieron sin dificultad aquel permiso.
Salieron Estrada y Albornoz, pero aun iban cerca de México, cuando Salazar tuvo noticia de que de las Hibueras venían Gil González de Avila y Francisco de las Casas, y temeroso de que se unieran y volvieran sobre México, hizo salir á Chirino con una tropa, en persecución de Estrada y Albornoz.
Chirino alcanzó á los que habían sido sus colegas, y aunque ellos pretendieron resistirse, unos frailes de San Francisco, que se encontraron allí, impidieron el conflicto, y Chirino volvió á México con los prisioneros.
Dueños absolutos del gobierno Salazar y Chirino, sintieron la necesidad de deshacerse de Rodrigo de Paz, echando por tierra su poder.
Salazar era fecundo en todo género de maldades, y no podía menos de encontrar un modo para atacar á Paz, y fué sin duda tan ingenioso como los anteriores.
Difundió la noticia de la muerte de Hernán Cortés.
Aquella noticia debía estar apoyada en todas las apariencias. Celebráronse solemnes honras por el alma del conquistador, en las que se predicó un sermón, moderando las alabanzas á Cortés por no ofender á Salazar.
Procedióse á la venta de los bienes de todos los que habían acompañado al gobernador y capitán general, por considerárseles difuntos, y sus mujeres fueron autorizadas para pasar á segundas nupcias; y Juana Mancilla, mujer de Juan Valiente, fué azotada porque afirmó que Cortés vivía.
Rodrigo de Paz administraba los bienes de Cortés, y no creyó tan fácilmente la noticia, pero como Salazar y Chirino sostenían que Cortés debía al Rey setenta mil pesos, é insistían, con objeto de asegurarlos, en tomar posesión de aquellos bienes, Rodrigo de Paz apeló á las armas y se hizo fuerte en la casa de Cortés.
El asalto iba ya á darse, y todos preveían grandes catástrofes, cuando el mismo Estrada, que estaba en calidad de prisionero, y los frailes de San Francisco, que ejercían muy grande influencia en México, lograron convencer á Paz que se rindiese.
Salazar y Chirino ofrecieron á Paz todas las garantías para su persona, y así lo juraron ante los capitanes José de Alvarado y Andrés de Tapia.
Paz abrió las puertas del palacio de Cortés y las gentes de Salazar se entraron. Allí robaron cuanto les fué posible, é insultaron gravemente á muchas indias nobles que Cortés tenía allí recogidas para educarlas y casarlas.
Paz determinó huir de la ciudad é ir en busca de Hernán Cortés á las Hibueras.
«Si los conquistadores eran crueles con otros—dice D. Lucas Alamán en sus Disertaciones—no eran por lo menos más benignos entre sí mismos.»
En efecto, así lo probó la conducta de Salazar y de Chirino.
Rodrigo de Paz, á pesar de las promesas y juramentos de los gobernadores, no gozó mucho tiempo de libertad, y el día 4 de agosto de 1525 asistió por última vez al cabildo.
Al calce de la acta de aquel día, se lee una nota del célebre D. Carlos de Sigüenza y Góngora, que dice:
«Esta es la última firma de Rodrigo de Paz en este libro, porque después lo ahorcó su grande amigo Gonzalo de Salazar.»
Terrible ironía encierran estas cortas líneas del ilustre historiador, porque á pesar de esa grande amistad, el alguacil mayor volvió muy pronto á ser reducido á prisión.
La codicia desenfrenada de Salazar no conocía límites, ni su ambición encontraba obstáculo, por sagrado que fuese, que no atropellase con violencia.
Religión, leyes, amistad, gratitud, todo en sus manos era arma emponzoñada que esgrimía contra sus enemigos, sin escrúpulo de ninguna clase; todo era en su camino sombra despreciable sobre la cual cruzaba con indiferencia.
Aquella alma era el aborto espantoso de la codicia y la ambición; la compañía de aquel hombre, era como la sombra venenosa de esos árboles que se encuentran en nuestras montañas: convidan dulcemente durante los ardores del día, y matan al que busca allí un refugio y un consuelo.
Demasiado tarde lo comprendió Rodrigo de Paz.
Preso y encadenado esperaba de un momento á otro que Salazar le enviara desterrado, ó que la Providencia le deparara un momento oportuno para huir é irse en busca de Cortés, en cuya muerte, como muchos, no había creído ni un momento.
Como todos los prisioneros, Paz no pensaba sino en la libertad.
Una mañana, Salazar se presentó en su calabozo; había en el semblante del fiero gobernador una sonrisa de amabilidad y un aire de benevolencia tan extraños, tan forzados, que Rodrigo de Paz se estremeció.
Bajo aquella hipócrita bondad se descubría el fondo de una intención negra; era como un abismo cubierto con un cristal, era como el hacha de un verdugo envuelto en un crespón azul.
La sonrisa del hombre de bien no podía amoldarse sobre el rostro del malvado; era un consorcio sacrílego; de la franqueza simulada y de la perfidia debía resultar una cosa horrible: la hipocresía, el monstruo.
—Rodrigo—dijo Salazar—háste empeñado en labrar tu ruina, á pesar de que yo procuro salvarte.
—No te comprendo—contestó Rodrigo de Paz procurando ocultar su indignación—¿qué puedes reprochar de mi conducta?
—Rodrigo, tú tienes ocultos grandes tesoros que pertenecían á Cortés, tú nos has engañado.
—¡Tesoros!—exclamó Rodrigo de Paz, comprendiendo adónde podía ir á parar todo aquello.—¡Tesoros! nada tengo, y cuanto tenía, está ya en tu poder.
—No me engañes, Rodrigo; ¿por ventura cuánto tenía Cortés me has entregado?
—Todo absolutamente: ¿no se han inventariado los bienes? ¿no se han almonedado? ¿no habéis ya extraído el oro que depositado se hallaba en San Francisco? ¿no habéis dispuesto de los bienes de Gonzalo de Sandoval y de otros capitanes?; entonces ¿qué más queréis?
—No vengo á dar contigo mi residencia—contestó friamente Salazar—sino á amonestarte que entregues esos tesoros.
—Y yo te contesto que mal pudiera entregar tesoros que no existen.
—¿No?
—Nó, lo he dicho.
—Bien, tú lo has querido.
Y Salazar salió violentamente del calabozo.
Rodrigo le miró salir con terror, comprendiendo que algo espantoso se preparaba contra él.
Y no se engañaba: un momento después, hombres siniestramente cubiertos con capuchones y antifaces, penetraron en el aposento: mudos y sombríos se acercaron al preso, y sin contestar á sus preguntas, y sin escuchar sus razones, le sentaron en un sitial, y le ataron allí por los brazos y la cintura.
Rodrigo creyó que había llegado para él el último instante, cerró los ojos y comenzó á murmurar una de esas oraciones, que perdidas muchas veces entre los vagos recuerdos de la niñez, vuelven puras y fervientes á la memoria y á los labios del hombre, en los momentos de la suprema tribulación.
Los verdugos con una destreza increíble quitaron el calzado y las calzas á Rodrigo, que esperando la muerte y como para no verla venir, cerraba los ojos con obstinación.
De repente el infeliz lanzó un grito agudo y desgarrador: aquellos hombres vertian sobre sus desnudos piés aceite hirviendo.
—¡Jesús me ampare!—exclamaba—¡Infames!
—Confiesa en dónde tienes ocultos esos tesoros—dijo con una calma infernal el gobernador.
—He dicho la verdad—contestó con energía Rodrigo.
—Pues adelante.
Entonces siguió aquella espantosa operación; tras el aceite vino el fuego, el fuego que hacia hervir aquellas carnes; las llamas lamian como con placer aquellos pies ungidos, y sobre los que se tenía cuidado de seguir virtiendo aceite.
—¡Salazar! Salazar!—gritaba Rodrigo—no seas cruel, todos sus tesoros se los ha llevado Cortés á las Hibueras...... déjame, déjame.... te lo juro!
—Mientes—contestaba Salazar.
Y el tormento seguía, y aquellos pies habían perdido su forma, y en algunas partes ardían, y levantaban llamas, y se desprendía de ellos un líquido sangriento, espeso, que caía algunas veces encendido, y la piel se tostaba, y se levantaba y se arrollaba, y los músculos se retorcían, y las carnes se hinchaban rápidamente, y se abrasaban produciendo un ruido débil, pero horroroso.
Después de esto seguían los huesos, que crujian y que estallaban como si fueran de cristal, y los dedos comenzaron á desprenderse y á caer, como informes masas, negras, hinchadas, fétidas.
Y todo esto en medio de un humo denso, nauseabundo, y entre los gritos y los aullidos, y las quejas y las maldiciones del infeliz Rodrigo.
Los pies habían desaparecido; Salazar nada había logrado descubrir.
Rodrigo se desmayó por fin, y cesó el tormento.
La tarde de aquel mismo día, Rodrigo de Paz era sacado de su prisión y conducido hasta el pie de una horca que había en la plaza.
Rodrigo no podía caminar, porque el fuego le había consumido los pies hasta los tobillos, y le llevaban entre cuatro hombres.
Al llegar al patíbulo, y en el momento en que el verdugo iba á colocarle el dogal, Salazar se apareció.
—Aun es tiempo;—le dijo—confiesa y vivirás.
—¿Vivir?—contestó Rodrigo con voz desfallecida y levantando una manta que cubría sus mutilados pies—¿y para qué quiero vivir así?—y luego, dirigiéndose á los que le rodeaban, gritó:
—Señores, si algunos de vosotros volvéis á ver á Cortés, decidle que me perdone, por haber dicho que él se había llevado sus tesoros á las Hibueras: el dolor del tormento me hizo mentir.
Salazar, enfurecido entonces, hizo á los verdugos una señal; tendióse la cuerda, crujió el motón, y Rodrigo de Paz quedó suspendido en la horca.
Así murió el primer revolucionario de México, víctima, como todos, de la ingratitud de los mismos hombres que le debían el poder de que gozaban.
Era el domingo 28 de enero de 1526.
Las companas de las iglesias y monasterios de la ciudad de México llamaban á los fieles al sacrificio de la misa, y la multitud se agrupaba á las puertas de los templos.
Los mexicanos recién convertidos eran los primeros y más solícitos en acudir á la misa; y era que había castigo de azotes para el que faltase.
Permitirán nuestros lectores que se interrumpa por un momento el hilo de nuestra comenzada narración, para referir, á propósito de la asistencia á la misa, una anécdota de la vida de Hernán Cortés.
Luego que se establecieron en México, después de la toma de su capital, los primeros templos católicos, Hernán Cortés publicó una ordenanza disponiendo que ninguno fuese osado de no asistir á la santa misa los domingos y días de fiesta, desde antes del Canon, bajo la pena de azotes al que á dicha prevención faltase.
Un domingo comenzó la misa, y la gente extrañó que el general no se hubiera presentado en la iglesia; pero conocida su piedad religiosa y lo severo de sus ordenanzas, que á nadie exceptuaban, calcularon todos que enfermo estaría de gravedad.
De repente oyóse un rumor por la puerta de entrada, y todos los rostros se volvieron para mirar al que tan tarde llegaba exponiéndose así al castigo, y encontraron con asombro que era el mismo señor Hernando Cortés que atravesó el gentío y fué á arrodillarse devotamente delante del altar.
Concluyó la misa, y allí mismo, delante de aquel concurso, Cortés fué despojado de la ropilla y de la camisa y azotado en las espaldas desnudas por un sacerdote, conforme á lo dispuesto por su ordenanza.
Conservóse el recuerdo de este suceso notable en una pintura que existió muchos años en una capilla que estaba situada en el cementerio de Catedral, y fué ejemplo saludable para todos los habitantes de la ciudad.
Por eso apenas se escuchaban los primeros tañidos de las campanas, todo el mundo salia con precipitación de su casa.
En el domingo á que nos referimos había también en México una gran novedad: el gobernador Gonzalo de Salazar daba un banquete á sus amigos en una casa de su propiedad en el barrio de San Cosme.
Lucida comitiva acompañaba á Salazar y le cortejaba: damas y caballeros de la naciente nobleza de México, empleados superiores, caciques amigos, y detrás de todos, una escolta de más de doscientos hombres de toda su confianza, perfectamente armados.
Aquella comitiva salió de la casa de Cortés, en donde vivía Salazar, y se dirigió por la calle ó calzada de Tacuba, para San Cosme; los transeuntes se detenían para contemplar tanto lujo, y las damas salían á los balcones para mirar aquel soberbio acompañamiento: eran los primeros albores de la corte de los virreyes.
En este mismo momento, por otro lado de la ciudad entraba un hombre que trazas tenía de haber atravesado un largo y difícil camino.
De aquel hombre no podía decirse con seguridad si era un soldado ó un paisano, porque lo parecía todo, aunque examinando detenidamente su destrozado traje nada podía inferirse de él.
Sin embargo, en lo que no podía caber duda era en que caminaba de prisa y procuraba recatarse de las gentes.
Atravesó sin detenerse por las calles de Iztapalapa, como se llamaban las que hoy son del Rastro, llegó á la plaza mayor y se dirigió sin vacilar al monasterio de San Francisco.
En estas calles había muy pocos transeuntes, porque todos se habían ido para la de Tacuba con objeto de ver al gobernador.
El hombre misterioso aprovechó esta circunstancia, apretó el paso y muy pronto se encontró en el monasterio de San Francisco.
Aquel monasterio parecía una ciudad según el número de personas que dentro de él estaban.
Chirino y Salazar, apoderados absolutamente del mando después de la muerte de Rodrigo de Paz, comenzaron á perseguir con tal encarnizamiento á los amigos de Cortés, que todos ellos no encontraron otro medio de libertarse que buscar asilo en San Francisco.
Por eso el recién venido se encontraba allí, con aquella gran multitud: pero sin duda aquel hombre tenía ya conocimiento de lo que ocurría, porque siguió allí con la misma conducta que en la calle: con nadie se detuvo ni á nadie habló hasta haber encontrado á Pedro de Paz, hermano de Rodrigo de Paz.
—Deseo hablar con vuestra merced á solas—dijo el recién llegado.
Pedro de Paz le miró sin poderle reconocer.
—Pero esto ha de ser ahora mismo—continuó el hombre.
Pedro le miró con desconfianza, y luego exclamó como resolviéndose:
—Vamos.
Dos horas después Pedro de Paz refería á algunos de los refugiados de San Francisco que había llegado Martin Dorantes, lacayo del muy magnífico señor Hernando Cortés, con cartas de su amo, en las que destituía á los gobernadores, nombrando en su lugar á Francisco de Casas.
Mostráronse las cartas, pero durante todo el día aquello permaneció con el carácter de un secreto, y nada se supo fuera de las tapias del convento.
Llegó la noche, y en el azul purísimo del cielo de México se elevó majestuosamente la luna, plateando con sus rayos los edificios aztecas que se demolían para no volverse á reconstruir jamás, y las casas y los templos que levantaban los conquistadores sobre aquellos escombros.
Porque en aquellos días la Tenoztltlán de Moctezuma desaparecía para dar lugar á la México de Cortés.
Serían las once de la noche, reinaba en la ciudad el más profundo silencio; ni un hombre se veía transitar por las calles, parecía que todos los habitantes dormían el sueño de la muerte; ni un ruido en las plazas, ni una luz en las ventanas, ni un eco siquiera de esas canciones ó de esas músicas que se escapan, en las altas horas de la noche, del interior de las habitaciones en todas las ciudades populosas.
El lánguido rumor del viento entre los pocos árboles que entonces había en México, y el lejano ladrido de los pocos perros que entonces había, esto era todo.
Sin embargo, ni en la casa de Hernán Cortés dormía Salazar, ni en el convento de San Francisco los allí retraidos.
La vida toda de la ciudad parecía haberse concentrado á esos dos lugares.
En San Francisco se preparaba el ataque; en la casa de Cortés la defensa.
Los retraidos en San Francisco habían citado al Ayuntamiento, y no habían conseguido que fuera más que un alcalde y algunos regidores, pero de la nobleza y los particulares reunieron más de cien personas.
Cortés en su carta nombraba para gobernador á Francisco de Casas; pero Francisco de Casas no estaba en México, y era urgente proveer á la necesidad y colocar á otro en su lugar.
Mil arbitrios se propusieron, y no faltó quien llegara á opinar que podía borrarse el nombre de Casas en la provisión de Cortés y sustituirle con otro más á propósito.
La incertidumbre seguía, y la noche avanzaba, y todos sabían ya que el gobernador Salazar algo había maliciado y aprestaba sus tropas para atacar ó resistirse.
—El tiempo vuela—dijo Jorge de Alvarado—y la indecisión es ahora nuestro mayor enemigo; resolución, y adelante.
—Y bien, ¿qué hay que hacer?—preguntó Andrés de Tapia que hasta aquel momento se consideraba como el jefe de los amigos de Cortés perseguidos por Salazar.
—Ante todo, prender á ese hombre—contestó Alvarado—quitarle el poder, impedirle que se fortalezca y pueda resistirnos.
—¿Tienes algún plan?
—Sí.
—Pues díle.
—Escuchadme—dijo con solemnidad Alvarado—en este momento no tenemos aquí más que cien hombres de combate, pero decididos á morir ó á castigar la perfidia y la tiranía de ese mónstruo: ¿es verdad?
—Sí—contestaron los presentes con una especie de rugido.
—Bien; tú, Andrés de Tapia, ¿tienes en el convento armas y caballos para estos hombres?
—Y para otros más—contestó Tapia.
—¿Y hasta qué número puedes armar?
—Con lanzas, picas, ballestas, arcabuces y otras armas, hasta quinientos.
—Con quinientos hombres resueltos me comprometo á batir á Salazar.
—Es que cuenta, según sabemos, con mil castellanos.
—Y nosotros con la justicia de nuestra causa, que vale por un ejército: quinientos hombres me bastan.
—Pero aunque hay armas, faltan brazos que las esgriman.
—Dios nos ayudará; dispón que me sigan en este momento treinta jinetes escogidos.
—¿Qué piensas hacer?
—Ya lo verás: yo saldré con esos treinta jinetes; tú entretanto te pones en son de defensa con el resto de la gente, por si Salazar intentase algo contra el convento: fía en Dios, y mañana á la madrugada, armas serán las que falten para darlas á nuestros partidarios.
Andrés de Tapia salió de la estancia en que hablaban, y media hora después volvió diciendo á Jorge de Alvarado:
—Los jinetes están listos.
Alvarado estrechó la mano de sus amigos, montó en un soberbio caballo que un escudero tenía de la brida en el patio del convento, y salió á la calle, en donde esperaba encontrar á los que acompañarle debían.
En efecto, allí estaban. La luz de la luna reflejaba sobre las brillantes armaduras de treinta jinetes que como estatuas de hierro aguardaban inmóviles las órdenes de su capitán.
Seguía reinando en la ciudad el silencio más profundo, y de repente el tropel de la caballería, y gritos y pregones inusitados despertaron á los habitantes, y las ventanas y las puertas se abrieron casi simultáneamente y se llenaron de gente ansiosa de conocer la novedad.
Aquel extraño rumor lo causaban Jorge de Alvarado y los suyos que recorrían las calles de la ciudad pregonando: «que los que quisiesen servir al rey acudiesen inmediatamente á San Francisco, en donde les mostrarían cartas del Sr. Hernán Cortés.»
Pesaba tanto sobre la ciudad la tiranía de Salazar y de Chirino, y tanto se había sentido la fatal noticia de la muerte de Cortés, que aquel pregón causó una verdadera alegría, y en muy poco tiempo toda la ciudad se puso en movimiento.
Los mozos se reunieron inmediatamente á Jorge de Alvarado, los hombres se dirigieron luego á San Francisco, y las mujeres y los ancianos quedaron en guarda de las casas y rogando á Dios por los suyos.
Cuando la aurora hizo palidecer la luz de la luna, Alvarado había cumplido su promesa.
Faltaban armas á Tapia y le sobraban combatientes.
Mil castellanos y doce piezas de artillería eran la defensa de la casa de Hernán Cortés, en la cual se había encerrado el gobernador Gonzalo de Salazar.
En cuanto á su compañero Peralmindes Chirino, había salido de México hacía ya algún tiempo, á sofocar una sublevación de los naturales de Oaxaca, que se habían levantado y dado muerte á cincuenta españoles y á diez mil esclavos que trabajaban allí en las minas.
Peralmindes Chirino, que era, á lo que parece, tan mal gobernante como inepto general, salió burlado en aquella empresa, porque rodeados los enemigos en un gran peñón adonde se habían refugiado, escaparon durante la noche con todos sus tesoros, con mengua de la vigilancia de Peralmindes.
Por esta causa Salazar se encontraba solo en México la noche en que los amigos de Cortés determinaron atacarle.
Las noticias de cuanto pasaba en las calles y en San Francisco le llegaban á Salazar por momentos; podía haber salido con sus tropas en busca de sus enemigos y haberlos derrotado, porque eran aquellos inferiores en número y no contaban con artillería; pero nada hay tan tímido como una conciencia manchada.
Salazar revisaba personalmente la artillería, las avanzadas y las tropas de combate y las reservas, animaba á los soldados y á los capitanes, y procuraba infundirles el odio y el rencor de que estaba poseído.
En la mañana, un hombre que llegaba del rumbo de San Francisco se acercó á Salazar.
—Señor—le dijo—el enemigo se pone en movimiento.
—¿Y crees tú que se atreverán á atacarme?
—Tal creo, señor, porque reina entre ellos el mayor entusiasmo: han nombrado por capitanes á Jorge Alvarado, Alvaro Saavedra y Andrés de Tapia, y han sido electos gobernadores interinos Alonso de Estrada y Rodrigo de Albornoz.
—¡Miserables! ¿Y cuánta gente tienen?
—Gran número de plebe, pero sólo quinientos hombres listos para el combate.
—¡Que vengan!—dijo Salazar sonriéndose y dirigiendo una mirada de satisfacción á sus tropas y á sus cañones.
—¡A las armas! ¡á las armas!—gritó á ese tiempo uno de los centinelas—¡el enemigo!
—¡A las armas!—repitieron todos, y como estaban prevenidos, en un momento se coronaron las azoteas de gente, y los artilleros, con los mecheros encendidos, se colocaron al lado de los cañones.
En efecto, por las calles del monasterio de San Francisco caminaba con dirección á la plaza mayor una columna á la cabeza de la cual iba Andrés de Tapia.
Salazar hizo salir á la calle y formar enfrente de la casa de Cortés gran parte de sus tropas y de su artillería.
La columna de los sublevados se detuvo antes de desembocar á la plaza, y allí se adelantó gallardamente Tapia hasta ponerse á la habla con Salazar.
—Señor factor y vosotros los que con él estáis—gritó esforzando su robusta voz.—Sed testigos de que deseo la paz; me habéis perseguido, pero estoy sin pasión: vos, factor, habéis dicho y á mí me dijísteis, que teníades orden del consejo del rey para matar ó prender al gobernador D. Hernando Cortés: mostrad esa instrucción, y os seguiremos; si no la hay, ¿para qué tenéis engañada tanta gente? Y vosotros, señores, pues habéis servido al rey, dad agora ocasión á vuestros amigos, que roguemos al gobernador interceda con el rey para que os haga merced, antes que él venga y os haga cuartos.
—Tal instrucción del rey no tengo, ni á vos la mostraría—contestó Salazar con orgullo—más cuanto hago, bueno está, y antes moriré ó saldré con ello.
Tapia escuchó con asombro aquella insolente respuesta, y sin reflexionar en lo que hacía, dando espuelas á su caballo se lanzó sobre Salazar gritando:
—Caballeros, prendedle, si no queréis ser traidores.
—¡Calla, ó doy fuego!—exclamó Salazar arrebatando un mechero y precipitándose sobre un cañón.
—Retirémonos á la casa, señor,—gritó en este momento el jefe de la artillería Don Luis de Guzmán, tomando á Salazar de un brazo—el enemigo nos ataca por la retaguardia.
Salazar volvió el rostro con espanto, y en efecto, por la calle de Tacuba desembocaba otra columna.
—¡A la casa!—gritó Salazar retirándose el primero.
Entonces hubo una terrible confusión: los soldados, imitando á sus jefes, procuraron refugiarse dentro del edificio; pero el terror que se había apoderado de ellos era tan grande, que los primeros que penetraron, creyendo que tenían muy cerca al enemigo, cerraron las puertas dejando á los demás afuera.
Lo que era natural sucedió entonces: los que habían quedado fuera comenzaron á gritar: «Viva Cortés,» y se unieron á los asaltantes.
Desde este momento la derrota de Salazar fué inevitable.
Reunióse luego el Ayuntamiento, pregonáronse los nombramientos de Estrada y Albornoz y la destitución de Salazar y Chirino.
Pero Salazar no se rendía, y sus soldados comenzaron á hacer fuego sobre los que pasaban acompañando á Tapia que publicaba aquellos nombramientos.
—¡Santiago y cierra España!—gritó Tapia arremetiendo á la casa.
El grito de guerra fué repetido, y comenzó el asalto.
Tapia cayó herido de una pedrada en la cabeza, pero en un momento sus soldados derribaron las puertas y entraron á la casa.
Jorge Alvarado fué el primero que encontró á Salazar y le aprehendió; pero apenas se supo que estaba preso, cuando toda la gente se lanzó sobre él para asesinarle.
Apenas Alvarado podía defenderle; pero llegaron en su auxilio el mismo Tapia, Saavedra y muchos de sus amigos, y con gran esfuerzo lograron salvarle, haciéndole salir por una puerta excusada.