Pasaba tranquilamente el año del Señor de 1575.
La Nueva España, gobernada á la sazón por Don Martín Enríquez de Almanza, cuarto Virrey, presentaba un cuadro en verdad halagüeño para su metrópoli.
Los habitantes parecían olvidar sus penas y sus deseos de independencia, y comenzaban á sufrir, sin murmurar, el yugo de sus conquistadores; el comercio era activo, las minas anunciaban ya grandes bonanzas, y las artes y las ciencias empezaban á tener su asiento en la capital de la colonia. Estaba ya fundado el colegio de los jesuitas, que después se llamó de San Gregorio, se abrió el Seminario de San Pedro y San Pablo, que luego tuvo el nombre de San Ildefonso, y el canónigo tesorero Don Francisco Santos estableció un colegio de pasantes nobles, que fué el conocido por colegio de Santos, y estuvo situado en la calle de la Acequia, célebre por más de un título, y sobre todo, por lo extraño de sus constituciones y porque en él vivieron muchas personas ilustres en México por su ciencia.
Nada, pues, parecía turbar la paz de la colonia, y Don Martín Enríquez escribía satisfecho al Rey, pintándole la felicidad de que se disfrutaba en toda la Nueva España.
Una noche, sobre el oscuro cielo de México, puro y tachonado de estrellas, apareció repentinamente un cometa[16].
Aquella era una terrible señal de grandes males para los sencillos descendientes de Moctezuma, que no podían aún olvidar que un cometa había también anunciado á sus padres la llegada de los españoles, la caída del poderoso imperio de los aztecas y la esclavitud de su raza.
Los ánimos comenzaron á turbarse, negras y siniestras preocupaciones se apoderaron de los hombres más audaces, y una nube de tristeza y desconsuelo pareció envolverlo todo desde aquel momento.
El cometa era para todos el mensajero de grandes calamidades; sólo que todos se perdían en conjeturas, creyendo unos que anunciaba guerras sangrientas, otros pensando que indicaba hambres, y otros suponiendo que traía la peste.
No hubo desde entonces un corazón tranquilo ni un espíritu sosegado: el presentimiento de la desgracia era unánime.
Duró el cometa algunos días sobre el horizonte, y luego desapareció, pero no con esto tornó la calma.
Una mañana, á cosa de las ocho, brillaron repentinamente también en el firmamento tres soles.
Tres soles, pero iguales; tres soles que caminaron por el cielo, causando el más terrible espanto á los mexicanos, hasta la una de la tarde, en que dos de ellos se apagaron.
El terror y el sobresalto no tuvieron entonces límites, y aquellos fenómenos se interpretaban, ya como el anuncio de un cataclismo universal ya como el aviso celeste del próximo fin del mundo.
Así, en medio de angustias y de temores, concluyó el año de 1575[17].
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Entrada apenas la primavera de 1576, y sin preceder causa alguna manifiesta, se desarrolló entre los naturales de la Nueva España la peste más terrible y desoladora de cuantas se registran en los anales de la historia.
Los síntomas de aquella espantosa enfermedad nada tenían de extraños, y sin embargo, ninguno de los atacados llegaba á salvarse, ni había médico ni remedio alguno que pudiera darles alivio.
Anunciábase el mal por un fuerte dolor en la cabeza, é inmediatamente sobrevenía la fiebre; pero una fiebre voraz, que agitaba de tal manera á los infelices epidemiados, que no les permitía cubrirse ni con el vestido más ligero.
Aquellos desgraciados, como huyendo del fuego interior que los devoraba, salían con horror de sus habitaciones, y así desnudos y como locos, vagaban por los patios de sus casas ó por las calles, y allí expuestos á la inclemencia, y sin auxilios de ninguna clase, y en medio de una constante é inexplicable inquietud, expiraban, después de nueve días de padecimientos, en el último de los cuales tenían una gran hemorragia por las narices.
Aquella calamidad cundía de una manera espantosa, sin que nada bastara á contenerla, y «tenía—dice el padre Cabo—tan maligno carácter, que no se puede explicar...... teniendo la singularidad de que contagiándose casi todos los naturales, los españoles é hijos de ellos gozaban de salud.»
Con la peste llegó también el hambre; el contagio había penetrado en todas las casas de los mexicanos; los que quedaban libres huían con horror de los apestados: una tristeza profunda y un terror pánico se apoderaron de todos los corazones; ni había quien atendiese á los enfermos, ni quien procurase llevarles algunos alimentos: el que no sucumbía por la fuerza de la enfermedad, moría víctima del hambre y del abandono, y el miedo hizo también morir á muchos infelices.
Los alrededores de la capital, los barrios que estaban fuera de la traza, que era el centro de la ciudad, destinado exclusivamente para las habitaciones de la colonia española, presentaban un cuadro de muerte y desolación imposible de describir.
En las puertas de las casas y en las calles, montones de cadáveres; cadáveres en los patios, cadáveres en los canales, en las canoas, en los campos, en los caminos; cadáveres por donde quiera y en todas partes.
Familias enteras morían agrupadas, hijos expirantes que se abrazaban con el inanimado cuerpo de sus padres, madres moribundas que tenían sobre su regazo las cabezas yertas de tres ó cuatro de sus hijos, niños inocentes que se arrastraban entre los cadáveres de sus padres buscando el abrigo y el alimento.
Aquello era horrible; aquella confusión de sexos y de edades en los cadáveres; aquella desnudez expuesta á la luz del sol; aquel hacinamiento de cuerpos en repugnantes posturas, cubiertos de sangre, pero demacrados, pálidos, contraídos; aquella soledad ante la muerte; aquella raza que moría toda y quedaba insepulta: todo, todo era sombrío y espantoso.
Algunas veces los moribundos tenían que hacer un esfuerzo sobrenatural para ahuyentar á los perros, á los lobos y á las aves que se arrojaban ansiosos sobre el cadáver del hijo, á presencia de la expirante madre, y sobre los restos de la esposa, al lado mismo de su agonizante prometido.
El Virrey Don Martín Enríquez y el Arzobispo Don Pedro Moya de Contreras pensaron al principio en establecer hospitales; pero muy pronto la peste se hizo tan general, que fué imposible usar de este arbitrio, tanto por el número de los enfermos como porque no había ya quien los asistiese.
En vano se apeló al auxilio de la ciencia; en vano el Dr. Don Juan de la Fuente, uno de los médicos más célebres de aquellos tiempos, procuró en el Hospital Real estudiar en los cadáveres de los apestados, y descubrir algo que le indicase el origen y la causa del mal. El diagnóstico era imposible; pero seguro el pronóstico, la muerte.
Cuanto á un enfermo producía momentáneamente alivio, causaba á otro la muerte con más violencia; y ya en aquellos momentos era un devaneo pensar en dar asistencia á los contagiados; apenas se podía conseguir personas que estuvieran cavando constantemente sepulturas para impedir que los cadáveres se corrompieran en las calles y en los campos, ó fueran pasto de los animales.
Los mexicanos creían ya que su raza iba á desaparecer de la tierra, y los españoles miraban con espanto que iban á quedar solos en medio de aquel inmenso desierto.
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En el extenso territorio de México se encuentran todos los climas, todas las temperaturas, y se hallan pueblos situados casi á la altura de las eternas nieves, y pueblos que viven bajo el ardiente sol de los trópicos.
Y sin embargo, la peste se cebaba implacable lo mismo en los habitantes de las costas del Atlántico y del Pacífico que en los que vivían en los fríos valles de Toluca y de Puebla, ó en las faldas del Tancítaro, del Iztatzihuatl ó del Zitlaltepetl.
Pero donde aquellos estragos se hacían más espantosos era en la capital, tanto por el mayor número de habitantes, como por la triste condición á que habían quedado reducidos después de la conquista.
Llegó un día en que no había quien siquiera viese á los apestados.
Entonces, el Arzobispo Don Pedro Moya de Contreras llamó á los superiores de las religiones y comunidades, y les encomendó el cuidado de los enfermos.
Desde este momento el purísimo sol de la caridad iluminó aquella tierra, sobre la que Dios hacía pesar una calamidad tan espantosa.
La historia de aquellos días de llanto y de tribulación para los desgraciados indígenas, es la inmortal página de gloria para el clero mexicano, es la aureola de luz con que aquellos santos y apostólicos varones se presentaron á pisar los umbrales de la eternidad para reclamar sus puestos entre los elegidos del Hombre-Dios.
Dominicanos, jesuitas, agustinos y franciscanos se distribuyeron por las calles y los barrios, llevando las medicinas, los alimentos, las ropas, los auxilios de la religión, y sobre todo, el santo y sublime consuelo de la caridad.
Unos curaban con sus mismas manos á los enfermos, otros escuchaban sus confesiones y les administraban el Viático y la Extremaunción, otros sacaban de las casas y recogían de las calles los cadáveres para darles sepultura, y todos, llenos de ese admirable espíritu de amor á sus hermanos, que no pudo ser comprendido en el mundo hasta que el Cristo mismo vino á explicarlo, todos prodigaban consuelos y esperanzas, é inspiraban la resignación entre aquellos millares de víctimas que sucumbían diariamente.
La noche negra de la desolación hizo brillar la estrella pura de la caridad; aquella era una terrible batalla que se daban la desgracia y la reina de las virtudes.
El triunfo de la caridad se debió entonces á las comunidades religiosas.
El ejemplo de los clérigos y de los frailes de la capital fué seguido con entusiasmo por el clero de las provincias y por las familias de los españoles.
Las damas más principales andaban en las chozas de los infelices, curando á los enfermos y llevándoles ropa y alimentos.
Los curas de los pueblos no descansaban tampoco un instante en sus evangélicas tareas.
Cuando se escribe una obra como el LIBRO ROJO, en que á cada paso se tropieza con un crimen ó con un acontecimiento originado por las malas pasiones de los hombres, se tiene un inexplicable sentimiento de bienestar al encontrarse con acciones nobles y con hechos dignos de memoria eterna, porque hay un verdadero placer en describir ciertos rasgos en que la humanidad se muestra á nuestros ojos, no tal como es, sino como debiera ser, llena de abnegación, de amor, de caridad.
El año de 1577 comenzó, y la peste seguía asolando á la Nueva España; pero como incansables, como invencibles gladiadores, los frailes y los clérigos seguían luchando con la desgracia brazo á brazo.
En aquel año las estaciones parecían haberse conjurado también contra los desgraciados indígenas, porque aconteció que desde principios de abril, cosa hasta entonces nunca vista, la estación de las aguas comenzó con toda su fuerza.
Pero esto no era un obstáculo para los que velaban por los apestados. Durante aquellas noches tempestuosas, cuando la tormenta descargaba su furia sobre la ciudad, cuando el agua caía á torrentes, y se iluminaban fantásticamente el valle y las serranías con la roja luz de los relámpagos, y el trueno se repercutía en las cañadas y entre las selvas, por los lejanos y oscuros callejones, inundados y peligrosos, se podía continuamente distinguir la incierta luz de un farolillo que ya avanzaba, ya retrocedía, ya se perdía en una casa para volver á brillar de nuevo, ya bajaba hasta el nivel de la tierra, deteniéndose allí como para alumbrar algo, dibujando con su indecisa claridad algunas sombras en las negras paredes de las casas.
Eran los frailes que buscaban á los enfermos para curarlos, á los moribundos para auxiliarlos, á los cadáveres para darles sepultura, á los niños huérfanos y abandonados para recogerlos, para evitar que muriesen de hambre y de frío.
Misión heróica, que debió hacer llorar de ternura á los mismos ángeles.
En los canales de la ciudad se representaban escenas terribles y patéticas.
Las canoas cruzaban por todas partes, y en la mayor parte de ellas los frailes remaban. Unas conducían esperanzas para los vivos, otras llevaban montones de cadáveres.
Pero aquella lucha debía tener también sus mártires entre los soldados de la caridad, y los tuvo.
El rector de los jesuitas y un gran número de dominicanos, de agustinos y de franciscanos, sucumbieron, no por la peste—con la cual no se contagiaron—sino de resultas de la terrible fatiga y de la afección moral causada por la continua presencia de escenas tristes y conmovedoras.
La historia no nos ha trasmitido ninguno de los nombres de aquellos héroes y de aquellos mártires al referirnos sus hazañas, y nosotros al recordarlos, sólo podemos repetir las sublimes palabras del Crucificado:
«En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviéreis amor los unos con los otros.»
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Aquella horrible peste, á la cual algunos llaman el Matlatzahuatl, que dejó desiertas y tristes grandes ciudades y floridas campiñas, cesó casi repentinamente á fines de 1577. El Virrey, que por conducto de los gobernadores y corregidores se había informado escrupulosamente de cuanto acaecía, hizo que se guardara en el archivo de la ciudad el testimonio del número de muertos, y eran...... más de dos millones[18].
Lo que vamos á referir sería para novela exagerado, y, sin embargo, es exactamente cierto. Nuestra historia antigua, relegada por muchos años á las polvosas librerías de los conventos, tiene episodios que darían materia para escribir muchos y divertidos volúmenes. Conocida y popular, si se quiere, es la historia de los conquistadores, españoles, pero están olvidadas las aventuras verdaderamente románticas de los muchos religiosos que, movidos del espíritu evangélico y de esa rara heroicidad de convertir á la fe cristiana á los idólatras, no conocían ni distancias, ni temían á las tormentas, ni les asustaba ningún género de peligro, y cuando les sobrevenían algunos de esos contratiempos tan comunes en los largos viajes en tierras desconocidas y sembradas por todas partes de peligros, todo lo referían á Dios, y morían, no con el indómito orgullo de los sanguinarios capitanes, sino con la tranquila serenidad del verdadero creyente que ve en su última hora abiertas las eternas y diamantinas puertas de los cielos.
Hemos hablado de las flotas, y tendremos que volver más de una vez á este tema, porque las flotas que de la Península Española venían á México y regresaban, eran las más veces ó el principio ó el fin de sucesos importantes ó de raras aventuras.
Cincuenta años después de la conquista, el comercio era ya muy activo en México, grandes cargamentos transitaban desde Veracruz hasta Chihuahua, y cada cierto período los comerciantes de todas las ciudades españolas ya fundadas, se reunían y emprendían con sus criados, y muchas veces con sus familias, un viaje al puerto para vender los frutos de la agricultura y comprar los de ultramar. Algunas de las minas que después han sido célebres, comenzaban á derramar sus raudales de plata, y aunque La Santa Hermandad había limpiado los caminos de ladrones, los aventureros que venían en busca de la fortuna, y funcionarios de la Corona que eran enviados de España, ó regresaban, ó atravesaban los caminos seguidos de escuderos y de criados armados con grandes lanzas, y á veces con armaduras de acero como en los tiempos de la guerra. Todo este movimiento se aumentaba con la llegada ó con la salida de una flota del puerto de Veracruz.
A mediados del año de 1553, una flota estaba para darse á la vela. La Capitana era el navío de mayor porte, ya armado en guerra, ó ya perteneciente á la marina real. Además de la Capitana había siempre otros barcos con algunos cañones y tropa, y ellos servían de custodia á todos los buques mercantes que se reunían para hacer entonces una larga é incierta navegación, ya porque así sucede siempre en barcos de vela de muy poco porte, y ya también porque los marinos españoles, aunque atrevidos y resueltos, no conocían como hoy se conocen con tanta precisión las corrientes, los cayos y los arrecifes de que está sembrado todo ese mar que se llama de las Antillas, peligroso por demás en la cruel estación del invierno.
Quizá en ninguna otra época como en esta vez bajó tanta gente á Veracruz. Pasaban, entre amos, criados, cargadores y comerciantes, de cuatro mil personas, que tenían por principal objeto comprar, vender y cambiar mercancías. Los que tenían conocimientos se alojaron en las casas, gozando de esa franca hospitalidad española, que tan generosamente sabían dar á sus amigos los comerciantes de Veracruz, regalándolos con excelente pescado y con los más exquisitos vinos. La gente de menos relaciones y valía formó barracas y campamentos en las afueras de la ciudad. Era una verdadera feria.
Durante el día, el calor devorante mantenía á todos los huéspedes dentro de sus improvisadas habitaciones, y otros también ocupaban en la ciudad su tiempo en los negocios; pero cuando caía el sol, cuando las ondas mansas comenzaban con un monótono ruido á lamer aquellas arenas de fuego, y cuando la brisa arrojaba por intervalos esas ráfagas perfumadas y consoladoras que dan la vida en las regiones tropicales, todo comenzaba á animarse y á tomar un aspecto de alegría y de movimiento. Las luces se encendían en todas las barracas, y comenzaba la música, el baile, el juego y la conversación, y los ruidos misteriosos de la naturaleza formaban un extraño acompañamiento al bullicio y al ruido de los hombres. Las noches se pasaban así, hasta que la flota aparejada anunció que sólo esperaba un buen viento para darse á la mar. No hemos podido averiguar en la historia quién era el general de ella. En algún autor hemos leído el nombre de Corso; pero poco interés tiene esta indagación histórica para lo demás de nuestra narración.
Después de esperar varios días, amaneció uno hermoso y despejado; á poco sopló un viento favorable. Las anclas se comenzaron á levantar, las velas blancas se hinchaban, y aquella multitud de barcos que habían estado sombríos y tristes, balanceándose junto á Ulúa con el impulso de la marea, parecía que repentinamente se trasformaban en una alegre y blanca parvada de aves marinas.
La agitación en el puerto fué sobre toda ponderación. Más de mil personas de todos sexos y edades, que hacían viaje, ocurrieron al muelle con el resto de sus equipajes, y casi exponiéndose á caer en el agua saltaban en los botes, pateando y echando ternos cuando no lo podían hacer, y creían, porque tal era su ansia, que si perdían un minuto podían quedarse en tierra. Los deudos y amigos ocurrieron á despedirse á los embarcaderos, y no faltaron, como es de suponerse, lágrimas, y caricias, y abrazos, promesas y bendiciones, porque mil gentes que se van, siempre dejan en tierra lo menos otras tantas que las amen y se interesen por su suerte.
Entre las personas que había en la playa, casi todas fijaron su atención en una dama. Se presentó al embarcadero vestida lujosamente de seda, como si fuese á asistir á un baile, la garganta y los dedos de sus manos llenos de diamantes y piedras exquisitas de colores. Era alta, morena, de cabeza orgullosa y levantada. Su labio superior, un poco grueso y desdeñoso, estaba sombreado con un ligero bozo, y sus grandes ojos negros parecía que mandaban y exigían la sumisión y el respeto. Esta dama iba seguida de una doncella indígena y de cuatro negros. Llegó separando imperiosamente con la mano á los que le estorbaban el paso, á una lancha grande que sin duda estaba preparada para ella, y los marineros, que también eran negros, en cuanto la vieron se pusieron en pie y saludaron, saltando algunos á tierra para despejar el campo y ayudarla á embarcar. La doncella entró primero, teniendo en la mano un pequeño cofrecillo de sándalo, en seguida la dama dió resueltamente un paso, á pesar de los balanceos de la lancha, y saltó con firmeza á uno de los bancos, quedando en pie un momento, paseando su mirada por toda aquella multitud que cubría la playa y que también se fijaba en ella por su agilidad, por su hermosura y por la riqueza de sus joyas. Cuando los bogas se acomodaron y desviaron la lancha del muelle, la dama se sentó en la popa, y tomando el timón dijo en voz alta: «A la nao de Farfán.» La materia de la conversación recayó, por el momento, sobre las maneras y la hermosura de la dama. Unos creían conocerla, otros equivocaban su nombre, otros manifestaban que la amistad y ciertas consideraciones los obligaban á guardar silencio. Sin saberse el origen y el motivo, se esparció la voz de que aquella mujer, tan arrogante y tan resuelta, podía ser muy bien el diablo disfrazado, y causarles algún mal en el viaje. Muchos rieron; pero otros llevaron á bordo de las naves esa idea supersticiosa y la comunicaron á los demás pasajeros.
El toque solemne de una campana en la plaza y un cañonazo que disparó la Capitana anunciaron que la flota partía, y en efecto, poco á poco y una tras otra fueron saliendo las naves del canal, tomando el largo y alejándose, hasta que al caer la tarde se perdieron entre las brumas rojizas del crepúsculo.
En la noche, el campamento alegre de la víspera estuvo silencioso y oscuro. Los vecinos y comerciantes de Veracruz, fatigados y tristes, se recogieron más temprano, y al día siguiente multitud de viajeros que regresaban á México cubrían los caminos. En esa flota iban cuantiosos tesoros de oro, plata y perlas, y quizá en ninguna otra se embarcó tal número de gente de caudal y de una posición notable. Entre los pasajeros iban cinco religiosos, que eran Fr. Hernando Méndez, Fr. Diego de la Cruz, Fr. Juan de Mena, Fr. Juan Ferrer y Fr. Marcos de Mena, todos del convento de Santo Domingo de México.
Mientras que navegan los bajeles rumbo á la Habana, tenemos que decir dos palabras de la dama en quien también habremos probablemente fijado nuestra atención.
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La dama altiva, linda y orgullosa que hemos visto embarcarse en Veracruz, se llamaba Doña Catalina. Hemos en vano procurado hallar su apellido y su patria en las narraciones antiguas. Parece que era natural de la misma ciudad de México, y producto de uno de los matrimonios de los conquistadores con las hermosas indias nobles, y esto no se podía dudar al fijarse en el color de su tez, en sus ojos rasgados y negros, y sus manos y pies de una pequeñez exagerada. Esta joven casó, no sabemos en qué época, con Juan Ponce de León, español de bastantes relaciones é influjo en la ciudad, y rico con los productos de una encomienda en Tecama.
En la apariencia los esposos vivían en paz y felices, en una de las casas principales; se les servía por negros y negras, en vajillas de plata; tenían la mejor colección de muebles de Flandes y unas grandes pantallas de Venecia; cataban buenos vinos, asistían á todas las festividades y ceremonias, y su casa era visitada por los caballeros más principales de México. Entre las visitas más constantes y más íntimas se contaba la de Don Bernardino Bocanegra, caballero noble, rico y principal, medio calavera y guapo, que portaba siempre, como la mayor parte de los hijos de los conquistadores, filoso estoque y luenga daga. Este personaje, inquieto y atrevido por carácter, fué muy amigo del Marqués del Valle y tomó una parte activa en todos los lances y conjuraciones de que hemos dado una idea en los artículos anteriores. Malas lenguas decían que las visitas de Bocanegra á la casa del Encomendero de Tecama no eran muy inocentes; y además, los hijos que Ponce había tenido antes en otra mujer, según se infiere de las leyendas, no veían de buen ojo á Doña Catalina. Sea de esto lo que fuere, el caso es que así vivía esta familia, y que tal vez durante los años de 1550 á 1553 ningún incidente notable pasó, y cada quien se quedó con sus conjeturas y sospechas.
Una noche que ni Ponce de León estaba en su casa, ni Bocanegra ni ninguna otra visita había llegado, Doña Catalina llamó á un negro esclavo que tenía, de bastante viveza, y digamos malicia. Se llamaba Francisco, nombre común que se ponía á los Africanos en México, y era de toda su confianza.
—Te voy á hacer un encargo,—le dijo;—y á ningún otro lo haría más que á tí, porque sé cuánto me quieres.
—Yo querer mucho mi ama,—contestó el negro;—mi ama mandar y Francisco dar vida y todo por ella.
—Quizá no se necesita de tanto, pero sí de que, suceda lo que suceda, y aunque llegue el caso de que te pongan en la cárcel y te den tormento, no digas ni una sola palabra.
El negro, al oír la palabra tormento que tenía llenos de terror á los habitantes, se quedó callado.
—Toma, le dijo Doña Catalina dándole un puño de monedas de plata; quería únicamente probar si de verdad me querías; pero para nada te necesito, y puedes retirarte.
Doña Catalina volvió la cara con muestras de enojo, y el negro, conmovido y guardando al mismo tiempo su dinero, se arrodilló ante su ama.
—Francisco querer mucho. Francisco dejar matar. Francisco no decir nada. Mi ama mandar, y Francisco hacer todo.
—Levántate y no hay que asustarse, pues se trata de una verdadera bobada. Cuando D. Bernardino Bocanegra esté de visita, tu estarás pegado á la puerta del zaguán, no dejarás entrar á nadie si yo no te lo mando, y cuando yo te lo diga, abrirás prontamente y dejarás salir á Bocanegra. ¿Has entendido?
—Mi ama mandar, yo hacer todo; mi ama confiar en Francisco.
—Si por algún motivo te preguntaren en alguna ocasión algo de esto, nada dirás, y cuenta con que te daré tu libertad y todo el dinero que quieras; pero ten entendido que ni aun en el tormento deberás de confesar nada. El negro prometió de nuevo á su ama que haría cuanto le tenía mandado, y se retiró siempre un poco triste, pensando en el tormento; pero no alcanzando cómo pudieran en ningún caso ponerle en la cárcel y darle tormento por sólo abrir y cerrar la puerta de la casa de su ama.
Pasaron dos y tres semanas y Francisco cumplía con una minuciosa exactitud las órdenes de Doña Catalina. Si alguno tocaba la puerta, Francisco inmediatamente decía:
—Mi amo y mi ama dormir y yo no abrir.
Apenas Doña Catalina le hablaba, cuando Francisco, listo, abría la puerta á D. Bernardino Bocanegra, y lo único que le llamaba la atención y le recordaba el tormento, era que su amo D. Juan Ponce de León entraba á su casa apenas daban en las iglesias el toque de ánimas, mientras que D. Bernardino Bocanegra salía á las dos ó las tres y á veces á las cuatro de la mañana. Francisco hacía mil cuentas y cálculos en su cabeza, y al último se tranquilizaba diciendo:
«Dormir dos—pues dormir ó platicar tres.»
Una noche, poco después de las doce, Doña Catalina salió al corredor y gritó á Francisco con una voz visiblemente temblorosa y cortada: Francisco, abre con cuidado y sin ruido, y registra si alguien pasa por la calle. Francisco, que ya otras noches había recibido igual orden, abrió el postigo suavemente, asomó su negra cabeza en una todavía más negra noche, examinó por todas partes y luego se retiró y volvió á cerrar, diciendo:
—Calle sola y negra.
—Abre, pues, á Don Bernardino.
Francisco abrió y Don Bernardino salió embozado hasta los ojos y vacilando como si hubiese bebido vino.
—Don Bernardino emborrachar,—dijo el negro; pero sintiendo alguna cosa húmeda en su mano que se tropezó al abrir con la de Bocanegra, se acercó á un farolillo que ardía en el descanso de la escalera, delante de la imagen de una Virgen, y notó que era sangre.
—Dar tormento á Francisco,—dijo espantado el negro. De tres, morir uno. Ama no, Don Bernardino no. Amo Ponce sí—y sin poder articular una palabra se sentó para no caer, en un escalón de la escalera.
La casa, excepto esa luz vacilante del farol, estaba lóbrega y oscura. Los demás criados relegados y encerrados en el extremo opuesto, como de costumbre, dormían profundamente. Francisco tuvo miedo, y tan pronto pensó gritar, como salirse y dejar abandonada la casa; pero sus ideas tuvieron que cambiar repentinamente. Doña Catalina, medio vestida, medio desnuda, con su gran cabellera suelta y tendida como un manto de terciopelo negro en las espaldas, con sus grandes ojos amenazantes, se presentó ante Francisco con un largo estoque en la mano.
—Mira, esclavo de Lucifer,—le dijo blandiendo el estoque—si gritas ó si no haces ciegamente lo que te mande, te hago pedazos el corazón; por el contrario, si me obedeces, te daré dinero, mucho dinero.
Francisco quiso arrodillarse y no pudo, quiso hablar y la palabra se le anudó en la garganta. Doña Catalina, que observó á la escasa luz del farol que Francisco estaba anonadado, varió de tono.
—No hay que asustarse, levántate; ten calma y óyeme lo que te voy á decir.
Francisco, más tranquilo, pudo incorporarse y escuchó.
—El amo está muerto. Es menester decir que los ladrones le han matado y que á tí te han herido.
—No herir á mí.
—Sí; lo verás,—dijo Doña Catalina, y le rajó con el estoque una mejilla. El negro dió un grito y llevó la mano á la cara.
—No es nada, y calla. Te he cortado apenas lo bastante para que te salga sangre. Después te curaré y te daré dinero; pero por ahora aquí te has de quedar tirado y te has de fingir desmayado.
La cortada no era grave ni profunda; pero el negro no tuvo necesidad de fingir, sino que con el susto y la pérdida de la sangre se desmayó efectivamente.
—Bien, dijo Doña Catalina mirando al negro y tirando en un escalón la arma, que era un estoque común y ordinario, sin marca alguna. Ahora lo demás; y esto diciendo, se dirigió á la puerta, la abrió un poco y se asomó á las espesas tinieblas de la noche, comenzando á dar gritos y á pedir el favor de la justicia.
En esos años había materialmente una plaga de ladrones tal, que no se podía, á las ocho de la noche, andar en la población sino provisto de hachas de brea y seguido de media docena de criados armados.
Los alguaciles recorrían las calles y la justicia vigilaba; así es que antes de media hora los gritos de Doña Catalina habían sido escuchados, y un puñado de alguaciles precedidos de un alcalde llegaban á la puerta.
—Mi marido asesinado y mi esclavo también, mis alhajas robadas, ¡favor, favor, señores!—gritó Doña Catalina; y como hemos dicho que su traje era muy parecido al de nuestra primera madre, los alguaciles se apresuraron á favorecerla y á creer cuanto les dijese. Entraron á la casa y encontraron en el descanso tirado á Francisco en un charco de sangre. Subieron y notaron los trastos, las ropas, todo en desorden y con señales visibles de haber sido manejado y revuelto. Penetraron á la recámara y encontraron en la cama á Juan Ponce de León cosido á puñaladas y nadando en su sangre. Una espada y un estoque tirados en el suelo, demostraban que Ponce había tratado de defenderse.
Doña Catalina les contó lo que le pareció conveniente, lleváronse el cadáver de Ponce, y lo mismo hubieran hecho con el del negro, pero habiendo observado que se movía y que su herida no era grave, le dejaron de pronto al cargo y responsabilidad de Doña Catalina, que como dama hermosa y principal, fué tratada con las mayores consideraciones.
Lo que pasó efectivamente lo supieron Bocanegra, Doña Catalina y Dios. ¿Riñeron Ponce y Bocanegra, ó entre el amante y la dama mataron al marido? Eso fué lo que nunca se quiso ni se pudo averiguar.
Como Ponce era rico y muy relacionado, el suceso causó grande impresión en la ciudad, Doña Catalina vistió de luto á todos los criados, y ella se encerró sin dejarse ver de nadie. Francisco, restablecido de su cortada, quedó en la casa por súplicas de Doña Catalina, obligado sólo á presentarse á la justicia cuando fuese llamado. Se comenzaron á hacer pesquisas, y durante muchas semanas todo fué inútil.
Ocurrióle al Alcalde que dió auxilio á Doña Catalina, preguntar por Bocanegra, y resultó de las indagaciones, que desde la noche del suceso no se le había vuelto á ver en la calle. Dióse orden de prenderle, y no se le encontró ni en su casa ni en ninguna parte. Entonces se mandó por el negro Francisco, se le puso en la cárcel, y no queriendo confesar nada se le dió tormento, y durante él confesó lo que había pasado con relación á la puerta, pero nada más. La justicia comenzó á obrar con actividad; pero como entonces y ahora las leyes no se aplican á los poderosos, Doña Catalina, á fuerza de dinero, consiguió que terminara la causa, sentenciándola á destierro de las Indias, y á entregar diez mil pesos á cada uno de los hijos de Ponce, que la historia no dice cuántos eran. Doña Catalina arregló sus negocios, levantó su casa, reunió sus alhajas, que llevaba la doncella en el cofrecillo de sándalo. El esclavo Francisco, con su señal en la cara y medio desquebrajado por el tormento, pero libre, tuvo también que hacer el viaje. Tal era la dama que con dirección á España se embarcó en la nao de Gonzalo de Farfán.
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Seguramente el viaje de la flota fué en los terribles y peligrosos meses de Septiembre ú Octubre. Al día siguiente se cubrió de nuevo el tiempo, y así con una mar gruesa, con un cielo de plomo y bordeando con trabajo, pues soplaba por lo común viento de proa, la escuadra llegó después de catorce días á la Habana. Allí permaneció una semana, desembarcaron unos pasajeros, se embarcaron otros, y á las grandes riquezas que llevaban los barcos se añadieron algunos tesoros de los ricos especuladores que poblaban entonces las islas.
Antes de salir la flota de la Habana, Farfán se entró al camarote de la dama.
—Doña Catalina, le dijo, desde que salimos de Veracruz hemos traído un tiempo de perros. Los marinos somos así, y yo declaro que no os llevaré más á bordo. No me obliguéis á deciros los motivos. Vamos, es una idea.
Doña Catalina, colérica, insistía en quedarse en la nave; pero el marino fué inflexible, y llegó á decirle que si al volver á la mar continuaba el tiempo malo, si ella estaba á bordo la mandaría arrojar al agua. La orgullosa mujer mandó á uno de sus negros á buscar pasaje, y en dos ó tres embarcaciones le fué rehusado, hasta que á ruego de los cinco padres domínicos fué admitida en el mismo barco en que ellos iban.
Salió por fin la flota de la hermosa bahía de la Habana sin que el tiempo mejorase; dió vuelta al peñasco que hoy se llama el Morro, y hasta los cuatro días logró entrar en el canal de la Florida; tanto así eran los vientos que la empujaban al Golfo de México, de donde trataba de salir. El quinto día el cielo se puso más terrible y amenazador. Gruesos, amoratados y espesos copos de nubes parece que salían de las aguas y llenaban el horizonte de una siniestra oscuridad. El mar tenía, al parecer, poco oleaje, pero hervía como si tuviese una caldera en el fondo, y sin saberse por qué, los barcos se estremecían repentinamente, como si pasase por su quilla el lomo de una ballena. Este es un fenómeno quizá peculiar del Golfo y de todo el mar de las Antillas, de modo que algunas veces se experimentan fuertes sacudimientos, á la vez que las olas apenas se levantan media vara en la movible superficie. La Capitana hizo sus señales, y todos los barcos, que eran quizá treinta y que caminaban en conserva, comenzaron la maniobra; unos arriaron completamente sus velas y quedaron cabeceando, arrastrados por las aguas rápidas del Gulf Stream, otros se quedaron con la vela mayor, y otros atrevidos largaron, como dicen los marinos, todos los trapos, y rápidos como los alciones comenzaron á hundirse y á salir sucesivamente de los abismos que ya con lo recio del viento comenzaban á formarse. El canal de la Florida está lleno de cayos, de islotes, de arrecifes, de costas bajas y engañosas, y el peligro era, que cerrando la noche y arrastrados por las olas y el viento, viniesen los barcos á dar en algún escollo. La noche llegó, no sólo oscura, sino llena de esas tinieblas flotantes que tanto pavor causan en la mar, y que no se sabe si son los vapores que salen del agua, ó los vapores que caen del cielo; el caso es que materialmente se ve que el barco tiene que abrirse paso en esa profunda ó interminable oscuridad que cada vez es más negra y más pavorosa. La Capitana encendió un farol á popa y otro á proa, los demás barros sólo encendieron uno á proa, y un cañonazo anunció que cada momento se aproximaba más el peligro.
La noche borrascosa y amenazadora pasó, sin embargo, sin novedad, y los pasajeros saludaron con una especie de frenesí los primeros rayos del sol. Un momento el astro del día se abrió paso por entre las capas de nubes é iluminó la superficie agitada del Océano, de ese Océano inmenso que azota con sus olas las orillas frondosas y fértiles de la América y las arenas abrasadoras de la costa de Africa. Todos los barcos habían conservado hasta cierto grado una distancia conveniente y se podía con el anteojo reconocer que la escuadra estaba completa. La mayor parte de los capitanes, aunque el viento marcaba un cuarto al Nordeste, y era fuerte, aprovecharon el sol y comenzaron á desplegar sus velas. Sólo la nave de Farfán conservaba únicamente la vela de foque y capeaba el viento. El día se pasó así, pero al ponerse el sol, unos reflejos entre amarillos y sangrientos que se notaban en algunas partes del horizonte, alarmaron á los capitanes y determinaron amainar las velas y esperar el viento á palo seco. La nave de Farfán ganaba el largo, mientras el barco en que iban los padres domínicos parecía visiblemente empujado á los arrecifes. Otros barcos seguían sin poderlo evitar el mismo rumbo. Cosa de las once de la noche, el viento se desencadenó y comenzó á soplar con una furia nunca vista. Todos los barcos encendieron las luces, y los que estaban armados comenzaron á poner señales y á tirar, conforme á las ordenanzas de marina, cierto número de cañonazos, para advertir á los demás el peligro.
No es fácil describir ni la confusión, ni las lágrimas, ni el espanto de los que estaban á bordo de cada barco. Ya hemos dicho que había más de mil personas distribuidas en buques que hoy llamaríamos miserables barquichuelos, y entre ellas se encontraban muchas mujeres, niños, esclavos, y también algunos indios que en calidad de sirvientes acompañaban á sus amos á España. En la nave en que iban los religiosos domínicos pasaba una escena todavía más terrible. Los pasajeros y marineros, que tenían la idea fija en la cabeza de que Doña Catalina era el diablo en persona, ó al menos la causa de la tormenta, bajaron al camarote y encontraron á la dama presa del mareo y del terror de una muerte próxima. Se apoderaron de ella y la subieron á cubierta, resueltos á arrojarla al mar. La mujer, que al principio no sabía de qué se trataba, se dejó conducir, pero advertida por el negro Francisco del peligro que corría, y recobrando sus fuerzas y energía, derribó á los que la conducían y corrió á buscar refugio cayendo á los pies y abrazando las rodillas de Fr. Marcos de Mena, que sereno y resignado en medio de la tempestad rezaba y encomendaba su vida y la de sus compañeros al Señor que aplaca los mares y calla el ruido temible de los vientos.
Fray Marcos acogió con bondad á Doña Catalina, con palabras suaves y persuasivas calmó los temores y la cólera de los marinos, y les dijo que todos estaban entregados á la voluntad divina, y que ningún influjo maléfico ejercía Doña Catalina ni nadie en los vientos y en la mar. La furia de la tempestad no dió por lo demás lugar á más conversación. Una ola, estrellándose contra el costado del barco, azotó contra la cubierta á Fray Marcos, á Doña Catalina y á cuantos estaban cerca, y destrozando una parte de la obra muerta, se llevó cuantos trastos encontró. A esa sucedió otra, y otra, y una lluvia como si se abriesen las cataratas del cielo, hizo que todos los pasajeros bajasen á la estrecha cámara. Allí los religiosos comenzaron á rezar, y todos cayeron de rodillas implorando el perdón de sus pecados y la misericordia de Dios.
Las corrientes, el viento, el terror que se había apoderado de los marinos después de tres días de un tiempo tan duro, hizo tal vez que gobernaran mal; el caso fué que las naos cada vez se juntaban más, y se podían oir los lamentos, los juramentos y los gritos que daban mutuamente los pilotos para evitar el que los barcos se estrellasen los unos contra los otros. Una nao venía derecha con una rapidez tal, que parecía empujada por Satanás á estrellarse contra la de los domínicos, pero en el tránsito se atravesó otra, arrojada por una ola, y las dos se chocaron, se oyó un traquido, y antes de cinco minutos el Océano se había tragado naves, palos, pasajeros, todo, como si la garganta oscura de algún monstruo se hubiese abierto y vuelto á cerrar devorando la presa. Los religiosos que habían subido un momento á cubierta, lanzaron un grito de horror y comenzaron á absolver á los náufragos y á encomendar sus almas á la clemencia de Dios.
El viento era cada vez más recio y las olas más altas y amenazadoras. La escena que acabamos de referir se repitió, y se destrozaron mutuamente las naves, otras se hicieron pedazos contra los arrecifes, y otras fueron á embarrancar en medio de las tinieblas y de los horrores de esta tremenda noche, á las costas de la Florida. La nave de Farfán, la de Corso y otras cuatro ó cinco pudieron ganar la alta mar, maniobrando con destreza y energía, y se salvaron.
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Parece que la tempestad no había tenido más designio que hacer perecer la flota, pues así que todos los buques ó habían encallado ó se habían hecho pedazos y hundido, el viento calmó, las olas fueron disminuyendo, y las corrientes alborotadas y contrariadas tomaron su curso natural. El sol del nuevo día alumbró á los náufragos que habían sobrevivido, y encontráronse á poca distancia de la tierra. Con el auxilio de las cuerdas, clavos y tablazón destrozada de los mismos barcos varados, pudiéronse hacer algunas balsas, y como la mar estaba ya mansa, fueron desembarcando sucesivamente los pasajeros con parte de los equipajes, aunque mojados y una cantidad más que suficiente de provisiones. De más de mil y quinientas personas que iban en la flota, sólo se salvaron cosa de trescientas y las que iban en las naves de Farfán, y las demás que como hemos dicho escaparon del desastre. Entre los trescientos que tocaron tierra, contamos á los cinco religiosos domínicos, á Doña Catalina y á su doncella que no abandonó el cofrecillo de sándalo. En cuanto al pobre negro Francisco, seguramente se lo llevó en la noche alguna ola sin que nadie lo advirtiera; el caso fué que no se encontró entre los pasajeros.
El peligro de la mar que era más próximo, no dió tiempo á que reflexionaran los desgraciados náufragos; pero cuando se vieron salvos, se presentó á su imaginación otro riesgo, en el que no habían pensado. Aquellas tierras deberían estar llenas de tribus bárbaras é indomables, y no tardarían en ser atacados por ellas. La costa estaba desierta: sin embargo, muchos se internaron y reconocieron el país, y no encontraron huellas ni señales de que hubiese ningunos habitantes. Esto tranquilizó de pronto á la desventurada colonia arrojada de improviso por las olas en aquella costa inhospitalaria, y pensaron, antes de tomar resolución alguna, en establecer una especie de campamento. Las mujeres se dedicaron á reunir los jamones, el bizcocho, las cajetas y otras provisiones que habían salvado y que les arrojaba la marea. Los hombres examinaron todos los destrozos del naufragio, para aprovecharse de las maderas y jarcia y formar unas barracas, y los religiosos procuraban conservar el orden haciendo que las provisiones se repartiesen con igualdad y que no se ocasionaran en el campamento disputas ni desorden alguno. En estos trabajos pasó una semana tranquila hasta donde era posible, y los que habían perdido sus riquezas comenzaban á consolarse con que harto habían ganado con la vida salva y los miembros íntegros y completos. La esperanza y la felicidad reinó, pues, entre aquellos desgraciados, porque el país era pintoresco y fértil, y el clima suave había influido en reponer sus fuerzas y su salud. Una mañana, al concluir la semana, se presentó á gran distancia una numerosa reunión de indios. La colonia se alarmó naturalmente, pero á medida que se fueron acercando se pudo conocer que venían en son de paz, pues traían los arcos rendidos, y muchos pescados en las manos, que ofrecían á los náufragos con visibles muestras de contento. Con temor, pero con agrado, fueron recibidos por la colonia, y las mujeres se apresuraron á tomar los pescados, y haciendo lumbre comenzaron á guisarlos y á tostarlos en las brazas, é indios y blancos en la mejor armonía se sentaron á regalarse con este repentino banquete de mariscos frescos y sabrosos. El general de la flota, cuyo nombre, repetimos, nos ha sido imposible indagar, desconfiando sin embargo, reunió al disimulo á los hombres más animosos, les dió las armas que se habían salvado, que consistían en dos ballestas y algunos estoques y espadas, y esperó el resultado. Cuando los náufragos estaban más confiados y saboreaban los pescados que les parecían deliciosos, los indios se levantaron repentinamente, lanzaron un alarido terrible y dispararon sus flechas contra aquella reunión de mujeres y de niños inermes. El general, á la cabeza de los españoles armados, arremetió briosamente contra los indios, hiriéndolos con las espadas y ballestas, y hasta las mujeres, armadas de palos y de lo que encontraban, cooperaron á la defensa. Después de cerca de una hora de combate en el que todo fué gritos y confusión, los salvajes huyeron y se internaron en las selvas, dejando maltratadas á varias personas, y cargando ellos con sus heridos y muertos.
Este incidente arrojó la consternación en el campamento, y todos comenzaron á pensar y á discutir seriamente en el partido que deberían tomar, y resolvieron, pues, ponerse en camino y seguir la costa hasta Pánuco, (Tampico), que creían firmemente que estaría á tres días de camino, y hoy se puede juzgar bien, conocida la distancia que hay desde la Florida hasta nuestra costa de Tamaulipas, de su grave error geográfico. El pánico se había apoderado de la colonia. Cada ruido en el bosque, cada silbido del viento, cada ola que se estrellaba en la playa, les parecía el alarido fatal de los bárbaros, y lo que querían era huir á toda costa de aquel sitio donde tenían por segura una desastrosa muerte. Al amanecer del día siguiente, la desatentada gente, sin precauciones ningunas, sin tomar una parte de los víveres que todavía existían, sin recoger la madera que habían arrojado las aguas, echaron á huir, medio desnudos y descalzos, cargando unos sus niños pequeños, y otros llevándolos á pie, sin que de nada valieran las órdenes del general ni los ruegos y exhortaciones de los religiosos domínicos. El maestro Agustín Dávila Padilla dice: «Todos iban á pie, los más descalzos, muchos casi desnudos, y algunos del todo. Las mujeres y niños sentían más el camino y la ocasión les obligaba á que alargasen todos el paso. Sentíanse la hambre y el cansancio, afligía el calor de la arena, y había fuego en la cabeza y fuego en los pies. Lloraban los niños, enternecíanse sus madres y todos marchaban con grandes lástimas, procurando remediarlas descubriendo tierra de cristianos y dándose prisa para descubrirla.»
Cinco ó seis días caminaron así, y poco hay de pronto que añadir á la patética narración que hemos copiado y que hace de este suceso el apostólico varón, autor de la Historia de la Provincia de Santiago de México. Los indios, que estaban ya cerciorados que la gente blanca no tenía armas de fuego, salieron de las selvas y comenzaron á perseguir á los desventurados tirándoles de flechazos é incomodándolos de cuantas maneras podían. El general de la aniquilada flota, que conservaba todavía algún imperio sobre su gente, ordenó la marcha. Los religiosos domínicos tomaron la delantera y exploraban el camino, recogiendo algunos mariscos, yerbas y cuanto creían que podía servir de alimento. Buscaban también los depósitos de agua dulce; cavaban pozos en la arena y disponían para la noche el campamento en el lugar más cómodo. Trabajaban todo el día, alentaban á los cansados, consolaban á las desgraciadas mujeres, cargaban en brazos á los niños largos trechos, ponían troncos de árboles para pasar los bayucos y riachuelos; en una palabra, eran los ángeles protectores de aquella mísera gente abandonada en los infinitos desiertos de la América del Norte. Fray Marcos de Mena, más joven, más fuerte, más activo que los otros religiosos, fué investido de autoridad por todos los peregrinos, de manera que después del general era el único á quien obedecían y respetaban. En el centro se colocaron á las mujeres, niños y ancianos, y la retaguardia la cubría el general, llevando los hombres más fuertes las ballestas y las armas. Los negros é indígenas mexicanos que formaban parte de la expedición, armados de una especie de mazas formadas con troncos de árbol, servían como de exploradores ágiles para correr, para nadar y para reconocer las astucias de los enemigos, prestaban á todos servicios de mucha consideración. Era necesario sostener en el día un continuo combate con los salvajes, y en la noche se hacía necesario que la mayor parte de los hombres de armas permaneciesen en vela para no ser sorprendidos. Cualquiera, con solo la lectura de estos renglones, en que se refiere simplemente esta desastrosa peregrinación, puede figurarse el terror y los sufrimientos de aquellas gentes en las noches lóbregas, tempestuosas, rendidos de la fatiga, temblando con el frío y la humedad, heridos algunos de las flechas, y rabiosos todos de hambre, y sobre todo de sed, pues las más veces tenían que contentarse con las aguas salobres que encontraban.
Así, en medio de estas penas infinitas, llegaron á las orillas de un caudaloso y turbio río, que arrastrando sus pesadas aguas por entre remolinos y orillas bajas y tristes, parecía impedirles la marcha de una manera definitiva. Llamaron á este río «Bravo», y seguramente no puede ser otro más que el Mississippí; y la creencia de que una vez pasado ese río encontrarían á poca distancia el Pánuco, les dió nuevo vigor y esperanza. Acamparon en las orillas, saciaron su sed con aquella agua dulce y saludable, bien que algunos, según el maestro Dávila, murieron de tanto beber; se bañaron y curaron las heridas, y con un vigor extraño, alentados por el general, y sobre todo por Fray Marcos de Mena, comenzaron la construcción de una gran balsa, aprovechando algunas hachas, instrumentos y cuerdas que había recogido el marino más cuerdo y más previsivo que los demás. Cerca de dos semanas emplearon en cortar los árboles, en labrarlos, en formar, en fin, un par de balsas sólidas en que atravesar el río, y durante ese tiempo vivieron escasamente poniendo trampas á las aves y recogiendo algunos mariscos y dividiéndose económicamente estos recursos. Los indios hacía algunos días que habían desaparecido, y los peregrinos concibieron la idea de que hallándose ya muy cerca de Pánuco, habrían prescindido sus enemigos de la idea de molestarlos. Con esta lisonjera esperanza pasaron el gran río; pero les aconteció la irreparable desgracia de que un clérigo que iba en la balsa, por echar al agua una ropa sucia y vieja que no le servía, arrojase el paquete donde estaban las ballestas, quedando así reducidos á unas cuantas hojas de espadas despuntadas y melladas por los diferentes servicios que habían hecho.
Al día siguiente de haber pasado el río, y continuando siempre la dirección de la costa, observaron que más de cien indios les seguían á distancia, y era que mientras ellos habían pasado en las balsas, los salvajes lo habían hecho en sus canoas.
Durante dos días los enemigos se mantuvieron á cierta distancia, pero cuando se cercioraron que los españoles no tenían las ballestas, se acercaron y dispararon sus flechas durante más de una hora sin interrupción. Varias mujeres y niños fueron heridos, y tres españoles que quisieron con tan escasas armas detener la furia de los indios, cayeron heridos en su poder. Apenas se apoderaron de ellos cuando lanzaron un grito de feroz alegría, y llevándolos á una mota de arbustos que cerca había, los ataron con correas de piel que desenredaron de su cintura, y comenzaron á martirizarlos. Era ya muy entrada la tarde, y la noche vino pronto. Encendieron los indios lumbradas alderredor de las víctimas, y se pusieron á bailar haciendo gestos y contorsiones diabólicas. Fatigados del baile, los más jóvenes lanzaban sus flechas, sirviéndoles de blanco los ojos y la boca de los españoles. Volvían á cabo de un rato á comenzar su baile infernal y á atizar las hogueras, y terminado el baile, intentaban cortar la lengua ó los brazos de sus prisioneros con toscos cuchillos de pedernal, cicatrizando la sangre y las heridas con tizones ardiendo. Esto pasaba á la vista de los peregrinos que, presa del terror, no se atrevían ni á moverse ni á proferir una palabra.
Doña Catalina, á quien por contar estas raras aventuras hemos olvidado, durante todo el viaje hasta el paso del gran río, había conservado su energía y su orgullo. Habiendo salvado alguna parte de su rico equipaje, aparecía vestida siempre de seda y bien que los vestidos estuviesen mojados y maltratados, les daba cierto aire de elegancia, de manera que muchos de los que podían conservar un resto de buen humor, la llamaban la reina, mientras otros que la consideraban siempre como la causa de todas las desgracias, le rehusaban todo género de auxilios y hasta el escaso alimento que se repartía. Doña Catalina sufría con un valor verdaderamente heróico el cansancio, la lluvia, el frío, y en cuanto á los alimentos, quizá era la que mejor lo había pasado. El cofrecillo de sándalo que llevaba siempre la doncella, había sido su tabla de salvación, pues encerraba sus alhajas. Un día dió un diamante del tamaño de un garbanzo por dos cangrejos, otro un hermoso rubí por un pescado y un puñado de yerbas, otro una esmeralda por unos cuantos camarones, otro una hermosa sarta de perlas por una poca de agua salobre. Entre los peregrinos, como debe suponerse, había personas que procuraban, á cambio de las piedras preciosas, servir á Doña Catalina al pensamiento, esperando siempre llegar con vida y con valiosas joyas al suspirado Pánuco. Cuando Doña Catalina abriendo sus grandes ojos que parecía penetraban con su luz los lejanos bosques, observó los crueles tormentos de los españoles, la abandonó su energía y su resolución, y anegada en lágrimas cayó á los pies de Fray Marcos, le confesó todos sus pecados é hizo voto solemne, de si escapaba con vida, dar todos sus bienes á los pobres, tomar el hábito de religiosa, y dedicar el resto de sus días á la penitencia y á la oración.
—«Dios dispone todas las cosas y es dueño de nuestra vida, le dijo con una voz suave Fray Marcos dándole la bendición. Si está determinado que suframos el mismo martirio que nuestros compañeros, sufrámosle con resignación, ofrezcamos al Señor nuestras almas, y se abrirán para nosotros las puertas del cielo.»
Otras muchas personas imitaron el ejemplo de Doña Catalina, y aquellos buenos religiosos, sin tener en cuenta sus fatigas y sus propias penas, estuvieron oyendo la confesión, absolviendo y animando aquellas desconsoladas criaturas, mientras los prisioneros, atados en los matorrales, morían en medio de los más crueles dolores; y los indios bailaron y bailaron hasta que las hogueras se apagaron y la luz del nuevo día vino á alumbrar este cuadro de horror y de desolación.
Los salvajes, arrojando gritos y soltando diabólicas carcajadas, se internaron en la selva; pero desde aquel momento el ánimo de los peregrinos quedó de tal suerte abatido que no tenían aliento ni para proporcionarse el preciso sustento. Las madres estrechaban contra su seno á sus hijos, y muchas de estas criaturas, heridas, sedientas, presa de la fiebre, arrojaban lastimosos quejidos. Tuvieron todos que continuar su marcha porque no había otro remedio, y un resto de ilusión y de esperanza les hacía ver, como si fuera la gloria celestial, la suspirada ranchería de Pánuco. Los salvajes volvieron á aparecer á los dos días con unas fisonomías risueñas y placenteras. Se apoderaron de dos hombres que por la fatiga se habían quedado atrás, y en vez de atarlos y conducirlos al martirio, los comenzaron á desnudar, y así que los dejaron como Adán, los despidieron, sin hacerles otro daño. Fué una luz, una inspiración para los desdichados. Ofrecer las ropas en cambio de la vida, no era nada.
Los indios se acercaron de nuevo y los peregrinos, les hicieron señas de si querían la ropa, á lo que también por señas contestaron afirmativamente, y entonces entraron al campamento. Dieron de pronto con un tartamudo vizcayno, el cual con visible repugnancia se quitó los pantalones: pero no fué posible que de grado les entregara una jaqueta encarnada que tenía. Los salvajes se pusieron furiosos, le dispararon muchos flechazos y le dejaron hecho pedazos muerto en el suelo, haciendo trizas la jaqueta y repartiéndose los fragmentos. Con este ejemplo por una parte, y amagados por los salvajes que tendían su arco, hombres, mujeres, niños, hasta los religiosos tuvieron que desnudarse, no permitiendo sus enemigos que conservasen ni siquiera un harapo ni un pañuelo con que cubrirse.
«Qué lástima tan extraña, dice el maestro Dávila Padilla, sería ver aquella pobre gente perseguida, hambrienta, desnuda, avergonzada, herida y con tanto tropel de males, que apenas hay oídos cristianos para poderlos oír sin mucho sentimiento. Algunas mujeres se caían muertas, y aunque había otras causas para esto, debió de ser mucha parte la vergüenza de verse tan faltas del honesto abrigo que con tanta fuerza les enseña la naturaleza.»
Los indios rieron, burlaron y festejaron la invención así que vieron completamente desnudos á todos los peregrinos, y comenzaron á vestirse con los trajes españoles. Doña Catalina tuvo que entregar sus vestidos de seda á una india que á su vez se desnudó y se engalanó de una manera ridícula con el traje de la rica dama. La doncella tuvo igual suerte, pero pudo ocultar entre la arena el cofrecillo de sándalo, y las alhajas que encerraba les sirvieron para vivir algunos días más.
Los indios, de pronto, se retiraron no sin disparar algunas saetas, y los náufragos tuvieron que continuar su doloroso camino en demanda de Pánuco, que parecía que siempre se les alejaba y estaba en la extremidad de la tierra.
Parece que desde que salieron de la Florida los náufragos, hasta el punto en que aconteció la cruel aventura que acabamos de referir, habían pasado quizá sesenta días. La crónica no puntualiza la manera como pasaron los ríos de Tejas y el que se llama hoy Bravo del Norte, y señala una jornada fatal en el río de las Palmas, refiriéndola, á poco más ó menos, de esta manera: La infortunada gente atravesó un país enteramente desprovisto de agua potable, y la sed era ya tan grande que apenas alguno solía divisar un escaso manantial en una peña, cuando corría como un furioso, devorando la poca agua con todo y el lodo, las arenas y las piedrezuelas. Su esperanza para no morir de la muerte más espantosa, era la lluvia; pero ó no caía del cielo, ó cuando caía les era imposible recogerla, y veían con espanto que las arenas ardientes sorbían las gotas que á ellos darían la vida. Así pudieron llegar al río de las Palmas los más fuertes y animosos, pues los débiles y enfermizos habían quedado regados en el camino muertos los unos de hambre y de sed, y los otros de las heridas y de las llagas que los piquetes de los insectos y el sol habían hecho en sus cuerpos; pues es menester no olvidar que esta última parte de la peregrinación la hicieron completamente desnudos. Cuando vieron un ancho, dulce y cristalino río, se arrojaron voraces á beber sus frías aguas, y fatigados y sudorosos encontraron la muerte donde creyeron hallar la vida. A esto se agregó otro y más terrible ataque de los indios, que no se sabe si eran los mismos que los habían perseguido desde la Florida, ú otros, pues toda esa costa estaba llena de tribus cazadoras y feroces que los españoles nunca pudieron ni conquistar ni reducir á la vida civilizada. La descarga de flechas y de golpes fué tal, y la debilidad de las mujeres tan extremada, que á orillas de este río perecieron todas ellas, y hubo casos en que los niños quedaron abandonados, llorando junto al cadáver sangriento de sus madres, y después murieron probablemente matados por los indios, ó de hambre y de desamparo. Difícilmente en naufragio alguno se puede contar una serie de aventuras tan horrorosas. Además de las mujeres, pasaron de cincuenta hombres los que también murieron, y los pocos que quedaron, ya sin ser posible el orden ni servir de nada los mútuos auxilios, desesperados y frenéticos se desperdigaron por los bosques, tratando de salvar su vida ó de acabar con ella prontamente.
No pudiéndonos ocupar, por falta de pormenores, de todas las personas y sufrimientos individuales, no omitiremos decir lo que alcancemos de los personajes que más han figurado en esta narración.
Los cinco religiosos que hemos dicho se embarcaron en la flota, iban á España á asuntos que podemos llamar espirituales, es decir, á agenciar las facultades y los medios de convertir á los infieles y de civilizarlos. La Providencia quiso poner á prueba su fortaleza, y sufrieron su destino y su suerte sin murmurar, y bendiciendo hasta la última hora la mano de Dios.
Fray Diego de la Cruz era español, y Fray Hernando Méndez era mexicano, joven robusto, buen estudiante y dotado de las sencillas y admirables virtudes que inspira el cristianismo. Cuando los salvajes atacaron á los peregrinos en las orillas del río de las Palmas, los dos religiosos quisieron defender á las mujeres y especialmente salvar, al menos del martirio, á los niños; así, con un valor que no lo da más que la verdadera virtud, se arrojaron á contener y á exhortar á los bárbaros; pero todo fué inútil, porque aquellos hijos de las selvas no entendían el idioma, y por otra parte parece que, trasmitida á su conocimiento la conducta atroz de los conquistadores con la raza indígena, deseaban una sangrienta y señalada venganza. Los religiosos fueron heridos gravemente, y con las flechas encajadas en la carne y dejando un reguero de sangre, se apartaron de aquel campo de desolación y pudieron llegar á un lugar solitario donde morir.
—Hermano,—dijo Fray Hernando Méndez,—tenemos pocas horas de vida. Es necesario resignarnos con la voluntad de Dios y confesar nuestros pecados, y los mios son muy grandes, porque en esta triste jornada, última de nuestra breve vida, he murmurado algunas veces de Dios y he dudado de su clemencia y amparo.
—La vida, hermano,—contestó con una voz apagada Fray Diego—es un valle de lágrimas. No hemos venido á ella para gozar, sino para sufrir, y los dolores y los martirios que estamos pasando nos abrirán las puertas del reino celestial, si en este trance bendecimos al Señor nuestro Padre que está en los cielos y confiamos en su misericordia infinita.
Los dos religiosos, medio recostados en el tronco añoso y arrugado de un árbol corpulento, comenzaron á derramar lágrimas de arrepentimiento y á sacarse las jaras y los pedernales que tenían en las llagas dolorosas de su cuerpo.
Después tuvieron fuerza para arrodillarse, escuchar mútuamente su confesión y abrirse con el perdón las puertas del cielo.
—Hermano,—dijo Fray Hernando Méndez,—mientras que nuestras fuerzas lo permitan, cavaremos nuestras sepulturas y las bendeciremos. La tierra consagrada con nuestra sangre recibirá nuestros cuerpos, y Dios nuestras almas.
Los dos religiosos, en silencio y con unos palos de árbol que encontraron en la selva, hicieron un esfuerzo supremo y comenzaron á cavar sus sepulturas.
El día estaba espléndido, las aves cantaban, saltaban en las ramas, y algunas veces, curiosas y alarmadas, revolaban alderredor de aquellos dos sangrientos y mudos esqueletos que continuaban con trabajo y silencio cavando sus sepulcros.
Las fuerzas de Fray Diego de la Cruz no le permitieron concluir la última tarea de su vida, y cayó en la tierra moribundo. Fray Hernando Méndez, más joven y más fuerte, acudió, tomó á su hermano en brazos, le rezó las últimas oraciones, le cerró los ojos, le bendijo, le depositó suave y tiernamente como si fuese un niño dormido en la sepultura que ya él había acabado de cavar, le cubrió de arena, cortó algunas flores silvestres y las arrojó sobre la tumba de este santo, y volvió al nudoso tronco, ya sin fuerzas, á esperar su última hora. Repentinamente apareció en aquella soledad el semblante de un amigo; era Francisco Vázquez, natural de Villanueva en España, hombre rico y considerado en México, y amigo íntimo de los religiosos, y que, como ellos, había participado de los desastres de la expedición. El religioso recibió esta visita, como si hubiese bajado un ángel del cielo. Vázquez extrajo con cuidado las astillas y los pedernales de sus heridas, le lavó la sangre coagulada y le curó con yerbas medicinales que él conocía, llevándosele á otro lugar que le pareció mejor. Anduvieron los dos algunos días, dice el maestro Dávila, sustentándose de raíces y de hojas de árboles, hasta que poco después la fuerza de las llagas acabó la vida del religioso, y el seglar le enterró como pudo.
Vázquez, después de haberle sepultado y derramado las lágrimas que arranca la común desgracia sobre aquella santa é ignorada sepultura, en vez de continuar su camino hacia el Pánuco, donde todos encontraban la muerte, tuvo la increible energía de emprender el regreso hasta el punto del naufragio. El cielo premió su constancia y su excelente corazón, pues á los dos ó tres días, un barco, enviado por el gobierno de México para socorrer á los náufragos, le recogió y le condujo á Veracruz, desde donde se dirigió á la capital. De las narraciones de este personaje está sacada, en parte, la triste historia que hemos puesto ante los ojos del lector. Fray Juan de Mena, Fray Ignacio Ferrer y Fray Marcos de Mena, consultaron lo que debían hacer, y resolvieron seguir la suerte de las gentes que habían sobrevivido, resueltos á auxiliarlas hasta que las fuerzas les faltasen. Se dirigieron, pues, á un río que está antes del Pánuco, dice la Crónica, y es bien difícil, en una costa tan llena de esteros y de corrientes diversas, designar con exactitud los lugares; pero realmente no es esto de importancia para aumentar el triste y sangriento colorido de estos cuadros donde el desierto, el hambre, los enemigos y hasta los insectos contribuían á aumentar el horror.
Llegados al río, al caer una tardo, los religiosos se sentaron en una orilla, y mirándose unos á otros con su cuerpo lleno de llagas, con sus pies destrozados y sin más fuerza y apoyo que el que les inspiraba su alma enérgica y religiosa, comenzaron en silencio á derramar lágrimas. Miraban la corriente ancha é impetuosa del río, y no concebían como lo pasarían. Fray Marcos de Mena se apartó un poco, recorrió alguna parte de la orilla, y en un recodo oculto, y entre plantas acuáticas, encontró una barca con dos remos que sin duda habían los indígenas dejado allí. Túvolo y con razón en aquel trance como un milagro, y dando aviso á sus compañeros, todos se embarcaron y comenzaron á bogar con dirección á un peñón negruzco que estaba en medio de las aguas y que les pareció una isla. Abordaron á ella, tratando de desembarcar para tomar aliento y pensar á qué punto de la orilla opuesta se dirigirían, para evitar un nuevo encuentro con los salvajes. Fray Ignacio Ferrer desembarcó; pero apenas puso el pie, cuando la isla se movió y gruesos chorros de agua brotaron de aquello que habían tomado por una roca.