SICUT VITA...
Mientras caminaba don Valentín, después de salir de casa de don Juan de Prezanes, calleja arriba, por donde vino el tropel de que se hace mención en el capítulo antecedente, resbalando en este morrillo y metiéndose en aquella poza, tropezando aquí y estando á pique de caer allá, despechado y febril, reflexionaba de este modo:
—Nada espero, nada temo, nada quiero; en nadie confío sino en Dios y en el odio que tengo al perjuro. Tristeza en mí, tristeza y soledad en mi casa, menosprecio y burlas en la ajena, viejo, moribundo ya; envuelto en los hábitos de mis glorias, con la espada de Luchana al costado... ¡qué mejor ocasión que ésta para dar el último grito de libertad, delante del sempiterno enemigo de ella? ¡Qué muerte más señalada para un hombre como yo?... ¡Ah, si topara con ellos esta noche!
Pensando así, andaba, andaba, y corría el sudor por los surcos de su cara rugosa, porque la gimnasia que iba haciendo, el peso del uniforme y la brega que traía desde media mañana, no eran para menos; y andaba maquinalmente y sin rumbo determinado, aunque á veces creía oir en sus adentros una voz que le aconsejaba seguir adelante y apercibido, porque por allí se iba.
Y andando, andando, llegó á un recodo que formaba la calleja, y oyó ruido de voces y de pasos inseguros al otro lado. Le latió el corazón con desusada fuerza. Llevó la diestra á la empuñadura del sable, y detúvose. Los rumores se acercaron más. Don Valentín aguzó entonces el oído, la vista, hasta el olfato. Parecía un sabueso delante de la barda. Cierto que tenía, por don misterioso de la naturaleza, una nariz para conocer al perjuro por el rastro, como el perro la tiene para el jabalí.
—¡Él es!—dijo balbuciente y conmovido.
Sin otras averiguaciones, desenvainó el sable y plantóse en mitad de la calleja, bien alumbrada entonces por la luna.
Y no se equivocaba don Valentín: era él, ó, por lo menos, algo que lo aparentaba. Á la vuelta del recodo, á pocas varas de distancia, apareció un grupo armado y vestido como el héroe suponía. El grupo no llegaba á una docena de hombres; pero era un ejército para don Valentín, solo y viejo y casi inerme. Nada le importó esta reflexión que no pudo menos de hacerse: antes le infundió mayores bríos en medio de aquella fiebre que le estaba devorando horas hacía. Se afirmó sobre los pies, enderezó cuanto pudo el encorvado cuerpecillo; y temblando de entusiasmo desde la coronilla hasta los talones, gritó, resuelto á todo, presentando el jadeante pecho al enemigo:
—¡Alto ahí!
Y el enemigo se detuvo; y aun hizo más, para gloria de don Valentín: retrocedió, acaso porque creyera que había fuerzas militares detrás de aquellos arreos, en cuya vetusta é inusitada conformación no pudo reparar de pronto y á tan escasa luz como la intermitente de la luna; pero es lo cierto que retrocedió, y á esto se atuvo el héroe.
—¡Cobardes!—gritó en seguida, ebrio de entusiasmo, partiendo hacia los ocultos invasores.—¡Huís de un hombre solo, viejo y desarmado!... ¡Dadme la cara, bandidos!
Esta baladronada, que puso en evidencia su pequeñez y su soledad, perdió á don Valentín. Sin ella, acaso hubiera corrido aquella noche detrás del enemigo alucinado. Pero éste se rehizo con la advertencia, y se encaró con el extraño retador.
—¡Matadle—dijo el que mandaba allí,—si no se entrega callando!
—¡Entregarme yo!—exclamó don Valentín,—¡y á vosotros, infames!... ¡Muerto, sí; pero rendido, nunca!... ¡Viva el Duque!
Y se lanzó, blandiendo el sable, al enemigo que, á su vez, le embestía.
—¡Viva la lib!...
El infeliz no acabó de dar este segundo grito de su heróico ardimiento, porque se sintió oprimido y atropellado por aquellos hombres; los cuales, al verle un momento después, en el paroxismo de su rabia, caer de espaldas en la calleja y quedar inmóvil, creyéronle muerto ó poco menos, y allí le dejaron, continuando ellos el camino que antes llevaban.
Ya sabemos cómo respondieron dos de los más irreflexivos de la partida, al grito casual de don Juan de Prezanes; y es de saberse ahora que el lance no hubiera concluido así, á juzgar por las trazas, sin el otro tiro que sonó hacia la iglesia y puso en precipitada fuga á los invasores, señal de que andaban con poca tranquilidad y perseguidos de cerca por enemigos más serios que el pobre don Valentín.
El cual permaneció muy cerca de una hora tendido sobre el fango de la calleja; y allí se hubiera muerto de frío, ya que no de los golpes ó de la corajina que tal le habían puesto, sin la llegada de Juanguirle y de algunas otras personas que le acompañaban, entre ellas Nisco, armadas de sendos garrotes, excepto el montanero y el alguacil, que llevaban, para estorbo y compromiso, como ellos decían, dos fusilones de chispa.
Comenzaba á moverse un poco y á balbucir palabras inconexas en el momento de topar con él la ronda.
—¡Siempre me temí yo algo de esto, voto al chápiro verde!—dijo el alcalde al levantar á don Valentín, cogiéndole por debajo de los brazos;—aunque nunca pensé que llegara á tanto. El diablo me lleve si no está á punto de entregar el alma... ¡Agarray vusotros por las patas, muchachos!... ¡Uf!... ¡cómo está de barro, el infeliz, hasta el cogote! Vamos, señor don Valentín, un poco de ánimo, que la cosa no es tanto como aparenta. Dígote que fué suerte para todos que al demonio de Lambieta le moviera la curiosidad de los tiros y saliera á tiempo de ver correr á los causantes vega abajo, y me diera parte y saliera yo también, y se viera lo visto y se discurriera lo discurrido; que si no, aquí fenece esta noche el venturao del hombre, sin tus ni mus. ¡Voto á briosbaco y balillo, que hubiera sido caso de andar en coplas!... ¿Estáis ya? Pues hágase ahora la silla con los brazos... ¡Ajá!... Tú, por aquí, Nisco... Sostenle tú la cabeza por atrás, Ogenio... ¡Jum! mucho la zarandea para cosa buena... Apañay vusotros esa espada y ese murrión... ¡Mil demonios si no hace media fanega larga el sandifesio! Y á todo esto, el de su hijo... ¡por vida del chápiro verde! pondría las orejas á que anda por onde no debe. ¡Cuando no espante yo de una vez á esa pingolondona, afrenta del lugar y acabación de las casas honradas... voto á briosbaco y balillo!... ¿Qué tal vamos, señor don Valentín?
—Mal,—respondió el pobre hombre, con apagada voz, mientras con todo su cuerpo inerte, movido arriba y abajo y de un lado á otro, marcaba el andar desconcertado de los mozos que le conducían.
Así llegó á casa, donde le recibió Sidora entre aspavientos y declamaciones, y se trató de desnudarle para meterle en la cama.
—¡Eso no!—dijo don Valentín.—Nadie me despoje de lo que llevo encima. Ya que no me ha valido para bandera, quiero que me sirva de mortaja. Con eso no lo profanará nadie, vendiéndolo por un vaso de aguardiente.
—¿Quién piensa en mortajas ahora, por vida del chápiro verde!
—Yo, hijo, yo... yo, que me muero sin remedio... ¡Siento un frío... y una debilidad!...
—¡Algo caliente, y un vaso de buen vino!—gritó Juanguirle encarándose con Sidora;—y si no lo hay en casa, á la mía volando por ello, que guardado tengo un botellón de la Nava rancio, para estas ocasiones.
Corrió Sidora á la cocina por una taza de caldo del que reservaba todos los días para comienzo de la cena de don Valentín, y descerrajando la alacena de la sala, por no parecer la llave, se sacó una botella de vino blanco que denunció la fámula.
Probó con dificultad uno y otro el extenuado y yerto veterano; reanimóse un instante, y dijo, mientras le envolvían en mantas sobre la cama, pero sin desnudarle:
—Estos fríos no se curan á la lumbre... Son los de la muerte. Por tanto, que venga el cura, y á escape... que cristiano soy ante todo... y como cristiano debo y quiero morir.
Fueron en busca del cura dos mozos de los allí presentes, pues uno solo no se atrevía en noche de tales peripecias; y en tanto preguntó don Valentín:
—¿Y el perjuro?
—Ajuyó al monte tan aína como pisó á Cumbrales—respondió Juanguirle.—Y ello ¿tropezóle usté, ú qué fué lo que así le puso?
—Topé con él, Juan... por la misericordia divina... Acometíle como debía... solo, frente á frente... Arrollóme porque eran muchos... sentíme golpeado... caí... acabóme de aturdir un golpe en la cabeza... y no sé más... Pero si huye el inicuo... ¡bendito sea Dios!... ¡quién piensa en otra cosa?... De todas maneras, yo bien conozco ahora que ciertos asuntos... no debieran tomarse tan á pechos... pero no lo puedo remediar... Muriendo así, muero á mi gusto... Esa es mi ley... Obscura fué la hazaña y no servirá de ejemplo... ni el Duque la conocerá... pero Dios la ha visto... ¡Viva el Duque!... ¡Viva la!...
No pudo más el pobre hombre. Quedóse inerte y amarillo, y todos pensaron que allí acababa; pero volvió á revivir, y diéronle otro sorbo de vino.
En esto entró don Baldomero, que nada ignoraba ya, porque se lo habían dicho los mozos que iban por el cura, al encontrarle en el Campo de la Iglesia. Presentóse más encogido, torvo y desaliñado que de costumbre; y con esto sólo pintó la pena que le causaba el suceso, si es que alguna sentía real y verdaderamente. Así se acercó á la cama, sin desplegar sus labios ni sacar las manos de los bolsillos.
Vióle don Valentín, y díjole:
—Solo te quedas, Baldomero... porque yo me voy... la verdad sea dicha, sin gran pena de no volver á verte... aunque un poco mayor que la tuya... por perderme de vista... Eres un Adán, y no espero que te enmiendes... pero, ya que por tí no lo hagas... por el honor de tu padre... no acabes de perder la vergüenza al acabar con lo que te dejo... Conserva á Sidora, que ha sido muy fiel y cuidadosa... págala en seguida la manda que le hago en el testamento... que hallarás entre mis papeles... aléjate de ciertas compañías... acércate más á Dios... y aparta allá un poco ahora para que yo piense en Él mientras llega el señor cura.
Fuése á la sala don Baldomero, y allí se dejó caer en una silla, con las piernas estiradas y la cabeza caída sobre el pecho. Juanguirle mandó despejar por completo el cuarto, y él mismo dió el ejemplo; pero sin perder de vista al moribundo hasta que llegó el señor cura.
Se confesó don Valentín despacio y bien, como hombre que era de mucha cuenta y razón, aunque las de su conciencia las saldaba cada año, y no eran complicadas, según el lector habrá ido comprendiendo; recibió después el Viático y luégo la Unción; hasta que, á poco más de la media noche, apagándose el último soplo de su vida, entregó á Dios el alma, limpia y candorosa como la de un niño.
Quedóse Juanguirle con algunos de su ronda velando el cadáver, y se acostó don Baldomero.
Amanecía apenas, cuando llegó á la puerta del estragal una mujer. Conocióla en la voz Juanguirle, salió á su encuentro y la apostrofó así, atravesado delante de ella:
—¿Aónde vas? ¿Qué buscas? ¿Quién te llama aquí?
—¿Á usté qué le importa?—respondió con desgarro la mujer.
—¡Voto á briosbaco y balillo—exclamó Juanguirle,—que, si un poco me apuras, haré que valga mi autoridad y te lleven aonde no te dé el sol en mucho tiempo!... ¡Taday, moscalindrona!
—Sepa usté que vengo aonde puedo, y en busca de lo que es mío.
—¡Taday, zarramplinga! Si algo te deben y de algo vos remuerde la concencia, bien que lo cobres y la pongáis en gracia de Dios... y aticuenta que poco se pierde, porque tal para cual; pero á su tiempo: no ahora ni aquí... ¡Aguarda siquiera á que saquen de casa al que, vivo, nunca te hubiera dejado entrar en ella!
—¡No es usté quién para mandar en este sitio!
—Para cerrarte la puerta á tí y á cuantos jedores como tú la quieran apestar, todas las casas de Cumbrales son mías. ¿Lo entiendes, cárabo? Pues vuélvete al monte, ó te escurro yo á guantás... ¡Y mira que á mí no me la dais con la pamema de lo del murio, como al simplón del tu vecino!
Con esto se volvió Juanguirle arriba, porque la mujer aquélla se largó hecha un veneno.