CONFIDENCIAS DE JOSELITO
Fuerza es volver ahora á hablar del Doctor, quien, como sospecharán los lectores, seguía en poder de Joselito el Seco.
Á poco de estar con él comprendió el Doctor que Joselito venía en busca de su hija, con el intento de robarla de casa del padre Piñón, donde había averiguado que se escondía por espías y amigos que tenía en Villabermeja.
El padre Piñón y María habían prevenido á tiempo este golpe, huyendo ella, sin que se supiese hacia donde.
El Doctor sufrió un prolijo interrogatorio de Joselito, quien, informado también de que su hija andaba enamorada del Doctor, no sabía cómo explicarse aquel viaje nocturno de D. Faustino.
Joselito no receló que su hija, sabedora de que él venía en su busca, se hubiese escapado y que el Doctor fuese persiguiéndola; pero, aunque lo hubiese recelado, era ya tarde para alcanzarla. Don Faustino, no obstante, ocultó la fuga de María y buscó razones para explicar su viaje nocturno, hasta que vió que Joselito, por caminos extraviados, los llevaba á Villabermeja, con el evidente propósito de penetrar en casa del padre Piñón. Para evitar este lance, el Doctor, ya cerca del pueblo, declaró que María había huído y que él había salido persiguiéndola.
Joselito exigió al Doctor su palabra de honor de que decía verdad; y convencido de que el Doctor no le engañaba, echó sus cuentas, y decidió con gran rabia que ya era imposible alcanzar ni detener á su hija antes de que llegase á cierto punto, donde estaba segura.
Desistió, pues, Joselito de entrar en Villabermeja; y él y su partida y su prisionero anduvieron, durante muchos días, vagando por diferentes sitios, fuera de los caminos reales, y haciendo noche en caserías y cortijos, donde Joselito tenía partidarios ó cómplices.
El Doctor, completamente desorientado ya, no sabía en qué punto, ni siquiera en qué provincia de Andalucía se encontraba.
Fiado Joselito en la palabra de honor dada por el Doctor y en el compromiso que había contraído, le dejaba ir en su jaca, con sus armas, y al parecer completamente libre, aunque dos bandidos le vigilasen constantemente.
No se permitió al Doctor que escribiese á su madre, por más que lo pidió con gran empeño. Por lo demás, estaba todo lo regalado, considerado y atendido que en aquella vida era posible.
Algunas veces se apartaron de Joselito varios de la partida, presumiendo D. Faustino que fuese para algún lance ó golpe de poca importancia, porque luego volvían, y notaba el Doctor que hablaban con el Capitán y que dividían y repartían dinero.
Á todo esto, el Doctor se desesperaba cada vez más, rabiaba ó cavilaba, y no atinaba con la razón de que así le llevasen cautivo.
Joselito era hombre de tan pocas palabras, que no había modo de que el Doctor pusiese nada en claro, por más que le interrogaba.
Una noche, por último, estando en una casería, que debía de ser de algún señor rico, pues había cuartos de dormir bastante cómodos y bien amueblados, Joselito dijo al Doctor que deseaba hablarle á solas. Subieron juntos al cuarto del Doctor, que era el más elegante y lujoso, y allí tuvieron la siguiente conferencia:
—Sr. D. Faustino—dijo Joselito el Seco,—no era mi intención secuestrar á su merced. Yo iba en busca de mi hija; hallé á su merced por casualidad; le reconocí, y dé su merced gracias al cielo de mi buena memoria y de lo mucho que se parece á su padre, porque si no le reconozco, su merced sería ya pasto de los grajos; le reconocí, digo, y le he detenido entre los míos. Hoy quiero y debo decirle mis propósitos y muchas cosas que me importan y que le importan.
—Hable V., Joselito—interrumpió el Doctor:—la curiosidad me consume hace días.
Ambos interlocutores se sentaron entonces, frente á frente, en sillas que había junto á una mesa sobre la cual estaban dos candeleros de cristal con sendas velas ardiendo.
La traza de Joselito era de lo menos patibularia que puede imaginarse. Alto y esbelto de cuerpo; la tez blanca, aunque tostada del sol, y el pelo negro, si bien con algunas canas. Parecía ser hombre de cuarenta años, pero bien conservado y robusto. Los ojos eran entre garzos y verdes, rasgados y dulces. Gastaba Joselito patillas y llevaba afeitado el bigote, luciendo, en una boca pequeña, dientes blancos, iguales y bien formados. En suma, Joselito era un majo muy guapo, y se conocía que en su no lejana mocedad habría sido lo que se llama un real mozo.
—Aquí donde V. me ve—dijo á D. Faustino,—yo estaba destinado á hacer otra vida harto distinta de la que estoy haciendo; pero el hombre propone y Dios ó el diablo dispone. Cuando yo tenía diez y ocho años estaba de novicio en el convento de Villabermeja. Bien se acordará de aquellos tiempos el padre Piñón, que me quería en extremo por el fervor y excelente voz con que yo cantaba las cosas de iglesia, y porque me suponía tan humilde y sencillo, que siempre andaba diciendo que yo iba á ser un santo. Tal vez lo hubiera sido, si no llego á ver á Juanita. Antes hubiera cegado. Juanita frecuentaba mucho la iglesia en compañía de su madre Doña Petra la viuda. Esta buena señora era muy presumida y entonada. Se jactaba de hidalga, y no sin razón. Su madre, la abuela de Juanita, había sido una hermana de su abuelo de V., señor D. Faustino. El pobre novicio tuvo, pues, la audacia de poner los ojos en una parienta de los Mendoza.
—¿De quién era viuda Doña Petra?—preguntó el Doctor.
—De un arriero enriquecido—contestó Joselito.—Eso importa poco. El caso fué que yo me enamoré perdidamente de Juanita. Mis ardientes miradas lograron excitar en su alma un amor igual al mío. En la misma iglesia nos hablamos con tal recato y disimulo, que Doña Petra no sospechó nada. Juanita y yo nos pusimos de acuerdo. Yo me escapaba por la noche del convento é iba á verla á su casa, saltando por las tapias del corral. Así seguían nuestros misteriosos y felices amores, cuando la belleza de Juanita despertó, en una feria, gran cariño en el corazón de cierto mayorazgo de la ciudad de..., no distante de Villabermeja. Doña Petra concertó el casamiento de Juanita, la cual no se atrevió á oponerse; pero me informó de todo al momento. Ambos nos decidimos entonces á huir. La noche en que estaba todo dispuesto ya para la fuga, que iba á ser en un mulo que había en el convento, llevando yo á las ancas á Juanita, fuí á buscarla y á sacarla de su casa. Por desgracia, el novio mayorazgo, que rondaba por allí con un criado suyo, me vió cuando yo saltaba la tapia del corral, y antes de que cayese yo del otro lado, me asió de una pierna, y tirando de mí con violencia, logró derribarme en el suelo. Me levanté al punto algo magullado, y antes de que me rehiciese me aplicó el mayorazgo tres ó cuatro furiosos puntapiés, llamándome ladrón. Casi me derribó en el suelo otra vez, pues era hombre forzudo de veras. Á pesar de mi turbación y malas andanzas, tuve tiempo de ver y reconocer en quien me maltrataba á mi rival aborrecido. Los celos, entonces, y la ira y la vergüenza de verme afrentado de un modo tan cruel, me hicieron olvidar toda mi humildad de novicio, que tanto el padre Piñón celebraba. Mi antigua mansedumbre se trocó de repente en ferocidad y en encono. Las llamas del infierno abrasaron mi corazón en deseos de pronta y terrible venganza. El diablo, á quien sin duda hube de llamar en mi socorro, me oyó y me proporcionó los medios en el acto. Junto al sitio hasta donde el último puntapié me había echado había un montón de gruesas piedras. Agarré una, y con la velocidad del rayo volví contra mi enemigo, y antes de que tratase de parar el golpe, se le dí con tal tino y brío sobre la cabeza, de la cual al pegarme había dejado caer el sombrero, que le hundí y rompí los huesos de un modo horroroso, haciéndole caer muerto á mis plantas. Fué todo esto tan instantáneo, que el criado no había tenido tiempo para favorecer á su amo. Cuando le vió caer, sintió miedo de mí y empezó á gritar: «¡Al asesino, al asesino!» Lleno yo de terror, todo confuso y aturdido, pues era al cabo la primera muerte que hacía, no tuve serenidad para huir. Salieron hombres de varias casas; me prendieron; me entregaron á la justicia, y, por último, me condenaron á presidio. Con los años y las desgracias deseché en presidio los escrúpulos que en el convento me habían inspirado; conocí á fondo lo que es la vida, y ví que era mala mi estrella y que sólo á fuerza de valor podía yo dominar su influjo funesto. Un día, mientras trabajábamos en un camino, concerté tan hábilmente las cosas con cuatro compañeros, que logré recobrar mi libertad en su compañía, no sin que perdiese la vida uno de los capataces que quiso detenernos. Desde entonces ando en este oficio en que ahora me vé su merced, y no es posible que ande en otro. Juanita murió miserable y deshonrada mientras estaba yo con la cadena. Dejó una hija, que es María. Yo adoro á mi hija, señor D. Faustino. La quiero por ella y porque es un recuerdo vivo de Juanita; pero María se avergüenza de mí, me huye, no quiere verme. Los que la han educado le habrán inspirado quizás algunas buenas ideas; pero se han olvidado de inspirarle amor y hasta respeto á su padre. Sea yo quien sea, ¿dejaré de ser su padre? ¿No es un mandamiento de la ley de Dios el que ella me ame y me respete?
Mucho había que contestar á esto; pero al Doctor no le pareció prudente ni oportuno ponerse á disputar con Joselito, y permaneció callado.
SUNT LACRIMÆ RERUM
Viendo Joselito que el Doctor nada contestaba, prosiguió hablando de esta manera:
—V. no me contesta, Sr. D. Faustino, porque cree que mi hija hace bien en huir de mi lado, en aborrecerme, en despreciarme quizás; pero yo me examino, me juzgo y no me hallo ni despreciable ni aborrecible. Quiero conceder que hubo un momento de mi vida en el cual fuí completamente libre y del cual pendió toda mi conducta ulterior. ¿Cuál fué ese momento? ¿Fué cuando recibí los puntapiés y demás afrentas del mayorazgo? ¿Debí aguantarme y sufrirlos con resignación? ¿Es así como no hubiera sido despreciable? ¿Estuvo quizá mi culpa en no medir ni calcular bien ni el sitio en que dí con la piedra, ni la violencia que la piedra llevaba? ¿Dependió de mí entonces tener serenidad y acierto para no matar al mayorazgo y magullarle y vengarme, quedando bien puesto mi honor, ó, si los novicios no deben hablar de su honor, mi dignidad de hombre? Para evitar aquel trance, ¿debí acaso renunciar al amor de Juana, aconsejándole que engañase al mayorazgo y se casase con él, dando gusto á su madre, y siguiendo yo de novicio, como si tal cosa? Esto hubiera sido muy cómodo para todos, pero hubiera sido muy ruín. Lo mejor, dirá V., hubiera sido no enamorarse de Juana, no seducirla. Pero ni yo seduje á Juana ni ella me sedujo. Fuímos el uno hacia el otro, atraídos por un impulso irresistible, como van el río á la mar y el humo á las nubes. Nada... estaba escrito... era mi sino. No lo dude V.: yo hubiera sido un santo si no llego á ver á Juana. El diablo se valió de ella para perderme y de mí para perderla, sin que ni ella ni yo pudiésemos evitarlo.
El Doctor sintió el prurito de contestar á todos aquellos sofismas, con los cuales el bandido trataba de justificarse; pero calculó que era inútil. Además, no se hallaba el Doctor con autoridad suficiente. Su moral era clara y severa en la teoría, pero en la práctica dejaba mucho que desear. Concediéndose los mismos bríos de Joselito, el Doctor se ponía en su lugar y aceptaba la muerte del mayorazgo como obra suya. No hay que decir que los amores con Juana, el saltar por las tapias del corral y el proyecto de rapto, no parecían al Doctor impropios de su carácter; él hubiera obrado del mismo modo en iguales circunstancias, mas sin considerarse por eso exento de culpa. Donde ya veía el Doctor una culpa con la que jamás se hubiera manchado, era con la fuga de presidio y con haber adoptado después la vida de bandolero. De esto no se absolvía el Doctor. ¿Había, sin embargo, razones para absolver á Joselito? Tampoco. Los principios de la moral, la ley de la conciencia, la intuición viva de lo justo y de lo bueno no resultan de largos y prolijos estudios: lo mismo están grabados en el alma del hombre de ciencia que en la del campesino más rudo. El que borra, tuerce ó desfigura esos principios, esas leyes, esas nociones, es siempre responsable, es culpado. El error de su entendimiento implica una falta de la voluntad, que se empeña en sofisticar las cosas para acallar la voz de la conciencia. No se puede negar que en ciertos pueblos, entre gentes selváticas ó bárbaras, esa degradación, ese obscurecimiento de la moral es obra de la sociedad entera: el individuo puede, por lo tanto, no ser responsable de todo; pero en el seno de la sociedad europea no es dable suponer ignorancia ó perversión invencibles. Por más que se ahonde, por más que se descienda hasta las últimas capas sociales, no se hallará el abismo obscuro donde vive un ser humano sin que la luz penetre en su alma y grabe allí las reglas de lo bueno y de lo justo.
Así pensaba el Doctor, en nuestro sentir muy atinadamente, por lo cual distaba mucho de justificar á Joselito el Seco y de ver en él una víctima de la fatalidad, del sino, según él decía.
Joselito, permaneciendo siempre mudo el Doctor, trató de justificar y hasta de glorificar su oficio.
Todo cuanto se ha dicho en libros y periódicos sobre lo mal organizada que está la sociedad, sobre el modo que tienen muchos de adquirir la riqueza explotando á sus semejantes, sobre el mal uso que de esta misma riqueza se hace después, tiranizando y humillando á los pobres, todo se lo sabía y lo explicaba Joselito; todo lo ha sabido y explicado, con menos método y orden, pero con más viveza y primor de estilo, cuanto ladrón ha habido en Andalucía desde hace años. El Tempranillo, el Cojo de Encinas Reales, el Chato de Benamejí, los Niños de Écija y tantos otros, sabían poco menos en esta censura de la economía social, que Proudhon, Fourier ó Cabet pueden haber sabido. Joselito el Seco no se quedaba á la zaga.
Tales declamaciones contra la sociedad parecían en aquellos tiempos, y aun en años después, tan sin malicia, que las novelas de Eugenio Sué, El Judío errante, Martín el expósito y Los Misterios de París, llenas del espíritu del socialismo, se publicaron en periódicos moderados como El Heraldo.
Dejando aparte la cuestión de si es ó no justa, y de hasta qué punto lo es la censura, no se ha de negar que, aun suponiendo parte de la propiedad fundada en el robo, ora por violencia, ora por astucia, no es modo de remediarlo robando también por medio de la astucia ó por medio de la violencia, ya con la fuerza colectiva y grande de un estado revolucionario, ya con la fuerza menos potente de una cuadrilla de bandoleros. Joselito el Seco, no obstante, entendía ó quería dar á entender que sí, apoyado en un antiguo refrán, cuya importancia es inmensa. El refrán dice: Quien roba al ladrón tiene cien años de perdón; y en este refrán se apoyaba para afirmar, no ya que no cometía ningún delito, sino que ejercía todas las obras de misericordia, cifradas y compendiadas en una. En efecto, Joselito no robaba jamás sino á los ricos, á quienes despojaba sólo de lo que le parecía supérfluo, dejándoles lo necesario. Hacía muchas limosnas, socorría no pocas necesidades, y enviaba dinero á varios puntos para misas y funciones de iglesia, porque era muy buen cristiano. Sostenía Joselito que casi todo lo que había robado se lo había robado á ladrones, y los de su cuadrilla jamás se echaban sobre la presa sin exclamar: «Rindete, ladrón, y suelta la bolsa». La excesiva abundancia de dinero induce además á los hombres á que se entreguen á la ociosidad, madre de todos los vicios; á que se traten con sibarítico regalo, y á que ofendan á Dios, en suma, por no pocos caminos. Por donde Joselito afirmaba que, despojando á muchos de lo supérfluo, había contribuído poderosamente á la mejora de sus costumbres y les había abierto y allanado el sendero de la virtud.
Después de esta apología, Joselito dió nuevo giro á su discurso, y habló de la hacienda y casa de los Mendoza, cuyo estado conocía; lo pintó todo como perdido sin remedio, y por último, dió al Doctor las noticias recientes, que por sus espías y amigos él había recibido de Villabermeja, sobre la venganza de Rosita y la amenaza de ejecución.
El dolor y la rabia de D. Faustino fueron muy grandes al saber tan tristes nuevas. Al pensar en el apuro y desconsuelo en que estaría su madre, no acertó á contener las lágrimas que brotaron de sus ojos.
—¡Por vida del diablo!—dijo Joselito,—¿qué lágrimas son esas? Un hombre recio no llora nunca. ¿Quiere V. vengarse? Yo le doy mi auxilio. Nada tiene V. ya que esperar de la gente. Rompa V. con toda. Declárele la guerra con valor. ¿Sería V. acaso el primer mayorazgo arruinado que se ha hecho de los nuestros? Una palabra resuelta de V., y V. es aquí el amo. En tres ó cuatro días nos ponemos en la Nava, y hacemos, si V. quiere, una atrocidad. El Escribano usurero nos soñará toda la vida. Le quebraremos las tinajas, vertiendo el vino y el aceite; le mataremos las reses; y si esto no basta, le incendiaremos la casería.
D. Faustino no pudo menos de romper entonces el silencio que hasta allí se había impuesto.
—Joselito—dijo,—cada hombre tiene su natural y su modo de proceder. Yo no quiero probarle á V. que V. obra mal; pero no puedo menos de decirle que yo pienso de muy diversa manera y no puedo hacer nada de lo que V. hace. El Escribano, usurero por sí ó en nombre de otros, pide lo que le pertenece de derecho. Ninguna injuria me infiere. Nada tengo que vengar. Aunque mi madre muriese de pena, no pensaría yo que el Escribano usurero fuera el causante de su muerte. La culpa sería mía, que con mi imprevisión no he sabido evitar tanto bochorno.
—Me aflige oir á V., Sr. D. Faustino—replicó Joselito.—No quisiera ofender á mi prisionero; mas no puedo resistir á la tentación de decir á V. que es V. un blandengue. Es treta muy común negar la injuria para excusar el peligro de la venganza. Tiene V. razón: la injuria que no ha de ser bien vengada ha de ser bien disimulada.
El Doctor perdió los estribos: se puso más colorado que una amapola; se olvidó de que Joselito estaba armado siempre; se olvidó de que á una voz de Joselito podrían acudir sus hombres y darle muerte en el acto.
—¡Voto á Dios!—dijo,—que yo no disimulo injuria alguna, y menos la de V., que es quien me injuria. ¿Piensa el ladrón que todos son de su condición? ¿De dónde, por perdido que yo esté, puede V. inferir que yo voy á adoptar la infame vida que V. lleva? Repito que el Escribano está en su derecho; que no me injuria, y basta que yo lo diga. El Escribano obra como quien es: es ruín y obra ruínmente; pero no me injuria.
Joselito, en el primer momento, estuvo á punto de romper la cabeza al Doctor, que así se desahogaba. En todos los días de su vida había tenido Joselito tanta paciencia. Reportó su cólera. Allá en su interior casi se alegró de que la persona de quien su hija andaba enamorada tuviese tantos arrestos.
—¡Bien está!—dijo.—Á quien hoy toca, no disimular, sino perdonar las injurias, es á un servidor de V., Sr. D. Faustino. No disputemos más. Cada loco con su tema.
—Dispense V., Joselito, si me he exaltado un poco.
—La cosa no es para menos. Comprendo que debe de estar V. más quemado que candela. Sentiré quemarle más; pero me importa recordar el pacto que hemos hecho. V. tiene algo viva la sangre y puede olvidarlo á lo mejor. Un caballero tan cabal, que está en su punto, sería una lástima que se cegase y faltase á lo pactado.
—Yo no faltaré nunca.
—Con todo, no está demás recordar á V. que es mi prisionero; que ha prometido no huir ni hacer armas contra nosotros, sino seguirme y obedecerme.
—En cuanto no se oponga á mi honor ni á mis principios.
—Convenido. Pues sepa V. ahora, Sr. D. Faustino, que por más que no quiera V. ser de nuestra compañía, V. ha de permanecer conmigo á modo de cimbel ó reclamo.
—¿Qué significa eso?
—La cosa es muy sencilla. ¿Para qué sirven el cimbel y el reclamo? Para que las avecillas enamoradas acudan donde ellos están. Pues para esto me está V. sirviendo. Deseo que mi ingrata hija venga á mí; y ya que no venga por amor de su padre, vendrá por amor de usted. Para esto sigue V. en mi poder. Luego que venga María, yo concertaré con ella el precio del rescate. Yo tengo donde ella viva segura y con mucho regalo. ¿Por qué no ha de vivir María donde esté bajo el dominio de su padre, donde su padre pueda verla? ¿Por qué ha de andar huyendo siempre de mí?
El plan del bandido era hábil. El Doctor no dudó de que María iba á venir en busca de su padre, á fin de salvarle á él del cautiverio. El caso era triste. Él iba á tener la culpa de que aquella mujer, que había podido hasta entonces librarse de padre tan tremendo y de vivir como su cómplice á costa de sus robos, cayese en poder del capitán de bandoleros. Las súplicas y los insultos hubieran sido inútiles para hacer que Joselito cambiase de propósito. El Doctor se calló por consiguiente.
Dos días después del coloquio que acabamos de referir, permanecían aún los bandidos y el Doctor en la hermosa casería de que se ha hablado. Sin duda esperaban la llegada de alguien: casi de seguro, imaginaba el Doctor, esperaban la llegada de María.
Eran las diez de la noche. Se oyeron resonar fuera de la casería los cascos de dos caballos, que á poco llegaron y pararon á la puerta. Joselito, su tropa y el Doctor se hallaban tomando el fresco en el patio, cuando el bandido que estaba de atalaya entró seguido de dos hombres. El uno, que parecía criado, venía descubierto; el otro venía embozado en su capa hasta los ojos y con el ala del sombrero tapada la frente y envueltos en sombra los ojos mismos. Sin desembozarse, sin descubrirse, dijo el incógnito:
—Á la paz de Dios, caballeros.
—Á la paz de Dios—le contestaron.
Encarándose luego con Joselito, añadió:
—Dios te guarde. Guíame á un cuarto cualquiera. Tengo que hablarte á solas.
Estas palabras, pronunciadas con imperio, fueron oídas con profundo respeto por Joselito, que conoció en la voz á quien las pronunciaba. Guió, pues, al embozado á un cuarto, donde hizo poner luces. El criado quedó en el patio aguardando en silencio. Los caballos en que habían venido amo y criado estaban fuera de la casería, atados de la brida á unas argollas que al efecto había en la pared.
La conferencia duró más de una hora; y terminada que fué, el embozado partió con su acompañante, á quien el mismo Joselito vino á llamar para que siguiese á su amo. Las pisadas de los dos caballos que se alejaban se oyeron resonar desde el patio.
—Señor D. Faustino—dijo entonces Joselito—, tenga su merced la bondad de venir conmigo.
El Doctor siguió á Joselito al mismo cuarto donde con el embozado había estado hablando. Solos allí, con voz conmovida dijo Joselito al Doctor:
—Todos mis planes se han deshecho. Es mi sino. Hay una fuerza superior á mi voluntad que me avasalla y sujeta. María no ha muerto; pero V. y yo debemos considerarla como muerta. No la volveremos á ver más. Para nada le necesito á V. ahora. He prometido además al hombre que acaba de irse de este cuarto que pondré á V. en libertad inmediatamente. Voy á cumplir la promesa. ¿Quiere usted irse ahora mismo?
—Estoy impaciente por ver á mi madre, por salvarla, por consolarla al menos. Ahora mismo me voy—contestó el Doctor.
En balde intentó averiguar quién era el personaje misterioso que procuraba su libertad, y, sobre todo, cuáles eran el paradero y el destino de María, para que tuviese él que considerarla como muerta. Joselito no quiso ó no pudo revelarle nada. Mandó que ensillasen la jaca del Doctor y que dos de los de más confianza de la cuadrilla se preparasen á acompañarle.
Todo dispuesto ya, el Doctor se despidió de Joselito alargándole la mano, que éste apretó amistosamente entre las suyas.
Por trochas y atajos, por sendas extraviadas, caminando más de noche que de día, llegaron, al tercero, el Doctor y su comitiva á un sitio distante media legua de Villabermeja y muy conocido del Doctor, porque estaba en el camino de su casa de campo. Allí los bandidos le pidieron su venia para volverse. El Doctor se la dió de buen grado, con mil gracias por el favor que le habían hecho. Procuró también darles el dinero que llevaba consigo; pero la caballerosidad y desprendimiento de aquellos valientes no lo consintió.
Empezaba á clarear cuando el Doctor se quedó solo. Era una mañana hermosísima. Con la impaciencia de volver á ver á su madre, puso el Doctor espuelas á la jaca, y pronto se halló en el lugar y á la puerta de su casa, que vió abierta, aunque tan temprano.
Entonces le dió un vuelco el corazón. Presintió una desgracia. Una nube de tristeza nubló sus ojos.
Faón fué el primero que salió á recibirle; pero en vez de mostrar contento, daba aullidos tristes.
Bajó el Doctor de la jaca, y dejándola en el zaguán, entró por el patio, sin hallar á persona alguna. El podenco iba delante, aullando á veces, como si quisiera darle una nueva dolorosa.
Al ir á subir la escalera para dirigirse al cuarto de su madre, apareció la niña Araceli y se echó en los brazos del Doctor.
—¡Hijo mío, hijo mío!—dijo.—¿Dónde has estado? ¡Gracias á Dios que sano y salvo te volvemos á ver!
—Tía, ¿cómo está V. por aquí? ¿Qué ha pasado?
—Tu madre está enferma, hijo mío.
—No me oculte V. la verdad, tía. Es inútil. Mi madre...
—No subas ahora... está durmiendo.
—Está durmiendo un sueño eterno—exclamó el Doctor.—Mi madre ha muerto.
La niña Araceli ni afirmó ni negó, pero prorrumpió en amargo llanto.
El Doctor subió precipitadamente la escalera. Iba á dirigirse á la alcoba de su madre, cuando el ama Vicenta le detuvo á la puerta, diciéndole:
—No está aquí.
Instintivamente se fué entonces hacia la sala-estrado. También allí estaba á la puerta otra persona: el padre Piñón.
—Déjeme V. que entre y la vea,—dijo D. Faustino.
El padre Piñón, juzgando ya inútil todo disimulo, respondió al Doctor:
—No entres; no perturbes su reposo: pide á Dios que descanse en paz.
D. Faustino cayó llorando entre los brazos del Padre.
—¡Ha muerto!—dijo.
—Ha muerto como una santa,—contestó el padre Piñón.
—Soy un miserable. Yo la he muerto con mis locuras. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿por qué no me matas á mí?
—Quia Dominus eripuit animam tuam de morte,—dijo el Padre, que siempre llevaba el Breviario en la memoria, y que entonces, además, le traía en la mano, abierto por el Oficio de Difuntos.
—Hijo mío—añadió,—reza por tu madre, reza por tí; mira que en estas grandes tribulaciones el rezar es el mayor consuelo: Tribulationem et dolorem inveni, et nomen Domini invocavi.
—Es cierto—respondió D. Faustino;—he hallado la tribulación y el dolor, pero no he hallado la fe.
—¡Qué horror! Si has de hablar así, vete, no profanes este sitio.
El Doctor tomó entonces maquinalmente el Breviario que tenía el padre Piñón. Fijó sus ojos en la página por donde estaba abierto, y leyó unas desesperadas sentencias del libro de Job, encarándose al leerlas con el Padre, como si le contestara.
—Mi alma—dijo—tiene tedio de mi vida. Hablaré con amargura de mi alma. Diré á Dios: no quieras condenarme. Manifiéstame por qué me juzgas así. ¿Por ventura te parece bien el que me calumnies y me oprimas?
Aterrado el Padre de que así convirtiera el Doctor el bálsamo en veneno, le arrancó el Breviario de entre las manos.
D. Faustino se precipitó dentro de la sala.
En medio de ella, en un féretro, entre cuatro blandones ardiendo, hacía más de veinticuatro horas que estaba su madre de cuerpo presente.
D. Faustino se acercó al féretro con silencio respetuoso; se hincó de rodillas como quien pide perdón, y levantándose luego del suelo, se inclinó sobre el rostro de la difunta, le contempló con honda pena, y exclamó como si anhelase despertarla:
—¡Madre, madre mía!
Respetilla, que estaba velando el cadáver; el padre Piñón; Doña Araceli, que había subido, y el ama Vicenta, callaban y lloraban.
El Doctor, aproximando, por último, los labios á la cara pálida y desfigurada de Doña Ana, la besó en la frente y en las mejillas.
Los que asistían á este espectáculo se apoderaron de D. Faustino, y casi por fuerza le sacaron de allí y se le llevaron á su cuarto.
LA SOLEDAD
El dolor de D. Faustino fué grandísimo en aquellos días. Nació, no sólo del amor que profesaba á su madre, sino del remordimiento de haber sido, en parte, causa de su muerte.
El Doctor, allá en el seno de su conciencia, recordaba la vida de Doña Ana, y comprendía que había sido un prolongado martirio, en que su padre y él habían hecho el oficio de verdugos.
Doña Ana, resignada á vivir en Villabermeja, con un espíritu elevado y culto, no había tenido con quién entenderse. Su marido, rudo, selvático, montaraz, no sabía estimarla. Ni siquiera por gratitud, viéndose tan cuidado y respetado, había mostrado amor y consideración á Doña Ana. Con sus amores viciosos por la Joya y la Guitarrita, y por otras daifas palurdas por el estilo, había humillado cruelmente á su mujer. Ni siquiera amistad, ya que no amor, había sabido mostrar á aquella noble señora, con quien jamás había acertado á sostener un diálogo que durase cinco minutos. En cambio, ora jugando, ora en francachelas, en ferias y en excursiones á otros pueblos de Andalucía, ora en regalos á las mancebas que había tenido, ora con su desorden, mala administración y necios planes, D. Francisco López de Mendoza se había empobrecido y se había empeñado.
D. Faustino, lejos de remediar los males de su casa, los había agravado más, si no con gastos grandes, con su imprevisión y su descuido y con su incapacidad para las cosas prácticas de la vida. Su conducta reciente había provocado, por último, la cólera de Rosita, y había traído sobre la cabeza de su madre el golpe rudo que, en unión con su fuga y cautiverio entre los ladrones, había acabado por matarla. D. Faustino no quería perdonarse nada de esto. Estaba inconsolable.
La niña Araceli y el padre Piñón, que eran tan buenos, le hablaban de resignación; le decían que era menester conformarse con la voluntad de Dios, y aseguraban que Doña Ana, que había sido tan virtuosa no podía menos de estar en el cielo. Á par de estas razones, fundadas en la fe, sacaba á relucir el padre Piñón, con un candor delicioso y con un sentido común exento de sentimentalismo, otros pensamientos y discursos que, ya que no convenciesen al Doctor, le hacían sonreir y aliviaban algo su pena.
—Faustinito—decía el Padre,—no te aflijas tanto. ¿Qué se gana con afligirse? ¿Hay nada más natural que morir? Si no se muriese la gente, ¿cabríamos ya en el mundo? Además, ¿crees tú que nos podríamos sufrir, al cabo de cierto tiempo, si fuésemos inmortales? ¡Qué monotonía tan inaguantable la de la vida si no hubiera en ella término! Yo creo que en este bajo suelo sería peor una vida inmortal que el tormento de quien no duerme y se cansa. Al cabo de cierto tiempo de velar y de trabajar, te sientes cansado y deseas dormir; pues lo mismo, después de vivir y de afanar mucho, se desea la muerte. La muerte es el reposo, es el sueño para los que velaron y se fatigaron demasiado. Se me figura á veces que en el morir debe de haber muy semejante deleite, aunque mil veces más intenso, al del hombre que, después de haber ganado su jornal y empleado bien el día en obras útiles y misericordiosas, se tiende en una buena cama, estira las piernas y se queda dormido.
—Sí, Padre—contestaba el Doctor;—pero ese hombre se duerme con la esperanza cierta de despertar á la mañana siguiente y de ver la luz y de hallarse más fuerte y brioso.
—Pues con más bella y sublime esperanza se entregó tu madre al sueño del sepulcro—replicaba el padre Piñón, dejando á un lado sus filosofías instintivas y volviendo á su papel de creyente y de sacerdote.—Tu madre se entregó al sueño del sepulcro con la esperanza cierta de despertar á la mañana, pero á la mañana que no termina ni cansa; de gozar de otra luz más hermosa, de gozar de un día eterno, y de recibir una magnífica paga, un jornal espléndido por sus trabajos y virtudes. Sin duda, que, al morir, la palabra de Dios resonó en el centro de su alma, diciendo: Ego sum resurrectio et vita: qui credit in me, etiam si mortuus fuerit, vivet; et omnis qui vivit et credit in me non morietur in æternum.
Por desgracia, ni los razonamientos mundanos y filosóficos del padre Piñón, ni sus creencias, ni las antífonas del breviario que citaba, llevaban el mayor consuelo al ánimo de D. Faustino. Sólo dos personas había hallado en el mundo con quienes su corazón verdadera y profundamente simpatizase, con quienes su espíritu estuviese en comunicación real: su madre y María. Una había muerto; de la otra, tal vez para siempre le apartaba un obstáculo invencible. De esto no acertaba á consolarse con nada.
Por otra parte, ahora que ya había perdido á su madre, el Doctor se echaba en cara su desvío, ó por lo menos su tibieza para con ella. Se culpaba de no haberla amado y respetado bastante, y no se lo perdonaba. El Doctor se fingía creyente, religioso, por un momento, y comprendía que, no sólo el padre Piñón, sino todos los sacerdotes del mundo le absolverían de aquellos pecados. Dios, cuya justicia no es mayor que su bondad, pues ambas son infinitas, le perdonaría también; pero él no se perdonaba. Acumulaba sus faltas como quien hace una suma; y así como por más que se esforzase no podía conseguir que tres y dos no fuesen cinco, así tampoco podía lograr perdón para aquella suma dentro de su conciencia recta y fría como la tabla de sumar ó como un conjunto de axiomas. Entonces exclamaba:—¡Qué felicidad es creer en una misericordia infinita, en un amor sin límites, que le perdona á uno lo que uno mismo no se perdona! Yo tengo en mí un ideal de perfección, que sólo me sirve de tormento, porque jamás llego á él; y cuando me examino y estudio, veo que me aparto de él y me degrado más cada día. ¡Dichosos los que imaginan percibir ó perciben una realidad suprema, cuya bondad inagotable los purifica, elevándolos hasta ella!
La niña Araceli procuraba también consolar á D. Faustino; pero lograba menos aún que el padre Piñón.
Entre tanto, la niña Araceli había prestado á la casa un servicio inmenso. Todo el dinero que tenía ahorrado, que pasaba de dos mil duros, le había traído y entregado á Respeta para que pagase á los acreedores. La venta de las alhajas de Doña Ana y de los frutos que aun quedaban en la casa había producido cerca de otros mil duros. Y por último, la niña Araceli, empeñando sus bienes, había traído hasta otros seis mil duros, con todo lo cual había nueve mil, y sobraba para salir del apuro y salvarse de la ejecución.
Doña Ana logró morir con el consuelo de ver esta gran prueba de amistad de la niña Araceli, que vino á cuidarla, recibió su último suspiro y le cerró los ojos.
Para el Doctor, aunque agradecido á la niña Araceli, era una humillación que hubiese hecho ella lo que él, que tan capaz de todo se juzgaba, no había podido hacer. Tenía, además, el Doctor, cierta envidia generosa de que la niña Araceli, y no él, hubiese sido quien oyó las últimas palabras de la moribunda, y vió apagarse la postrera luz de su dulce mirada, y sintió en su rostro, inclinado sobre el lecho de muerte, el aliento final de aquel noble pecho.
Como la muerte de Doña Ana había provenido en parte de los disgustos é insolencias del Escribano usurero, no dejó de pasar por las mientes del Doctor la idea de tomar venganza. Pero pronto la desechó considerándola miserable y hasta ridícula. El Escribano, y sobre todo, Rosita, que mandaba en el Escribano, no habían recibido sino agravios de la casa de los Mendoza; y si los habían satisfecho reclamando lo que les pertenecía, nada había que vengar ni nada de que quejarse. Don Faustino sólo sentía por el Escribano y por Rosita un desprecio profundo, desprecio que estamos nosotros muy lejos de justificar.
D. Juan Crisóstomo Gutiérrez estaba compunjido y aterrado con la muerte de Doña Ana y con la venida del Doctor. Unas veces soñaba que la muerta entraba en su cuarto de noche y venía á tirarle de los piés; otras veces sospechaba que el vivo D. Faustino iba á darle una paliza el día menos pensado.
En el pueblo, donde el Escribano era por lo general odiado, como suelen ser los ricos por los pobres, sobre todo cuando los ricos no son generosos, casi todos los contrarios de los Mendoza, que en un principio habían aplaudido la venganza, movidos á compasión por la muerte de Doña Ana, se desataban en invectivas contra aquel usurero infame y sin entrañas, que era lo menos que de él decían.
Rosita, por su parte, se mostraba sombría y silenciosa, aunque procuraba parecer impasible. Si allá en el fondo de su alma pugnaba por surgir el arrepentimiento, pronto le sofocaba ella evocando el recuerdo de todas las injurias recibidas. La noche de la Nava se presentaba viva en su imaginación, con su abandono, con su deleite, con todos sus hermosos delirios, que casi al punto se desvanecieron. Estas imágenes eran para el corazón de Rosita como una copa donde había gustado néctar y donde no había ya sino turbias heces de hiel y veneno. Recordando aquella noche y recordando la otra en que sorprendió al Doctor con María, Rosita, lejos de arrepentirse, se apesadumbraba de ser una flaca y desvalida mujer, y se avergonzaba de no ser bastante valerosa para buscar al Doctor y darle de puñaladas.
D. Faustino, lleno de pena, ni quería salir de casa ni tratar de negocios, y encargó al padre Piñón para que fuese en casa del Escribano, en compañía de Respeta, á pagar lo que debía y á levantar las hipotecas que pesaban sobre sus bienes.
De la materialidad de recibir y contar el dinero cuidó Rosita. Durante esta prosaica operación, en el despacho particular de la casa, mientras su padre estaba en la escribanía, Rosita se quedó á solas con el padre Piñón, y éste le dijo:
—Ya tienes ahí todo el dinero; ya estás pagada; ya debes estar contenta.
—¡Ay, padre, padre! La deuda que Faustino contrajo conmigo no se paga con todo el oro del mundo. Ni con su sangre y su vida la pagaría.
—Eres una pecadora empedernida—replicó el padre Piñón.—Por ahí me acusan de que tengo la manga ancha, y es verdad que la tengo. Á mucho amor, mucho perdón; tal vez entienda yo muy á la letra aquello de que le será perdonado mucho á quien mucho ha amado; pero cuando el amor se trueca en odio, te aseguro que se me quitan las ganas de perdonar. Dime, desalmada mujer, ¿no te remuerde la conciencia de la muerte de Doña Ana?
—Oiga V., Padre, ¿y por qué ha de remorderme la conciencia? ¿Qué culpa tengo yo de que la tal señora se haya muerto? La matarían los diablos y condenados con quienes andaba de tertulia por la noche. Lo que es nosotros nos lavamos las manos. ¡Pues no faltaba más!... Lucidos estaríamos si no pudiésemos pedir lo que se nos debe, por temor de que los tramposos sensibles y delicados se nos murieran. Vaya... si por tan poca cosa diesen los tramposos en la gracia de morirse, España se convertiría en un desierto.
—En un desierto es en el que yo predico predicándote á tí,—dijo por último el Padre Piñón, y selló sus labios.
Tres semanas después de la muerte de su prima, la niña Araceli se volvió á su lugar, acompañada de Respeta y otros criados. La niña Araceli hizo desde luego donación á D. Faustino de sus dos mil duros ahorrados. D. Faustino trató en balde de reconocer aquella deuda y de pagar intereses. De los otros seis mil duros que había Doña Araceli tomado prestados con hipoteca de sus bienes, el Doctor se comprometió en regla á pagar los réditos, para no ser más gravoso á su tía. Tía y sobrino se despidieron con lágrimas y tiernos abrazos, á más de tres leguas del lugar, hasta donde fué el Doctor acompañándola.
Durante la permanencia de Doña Araceli en Villabermeja al lado de su sobrino, á pesar de que éste jamás preguntó por su prima Costanza, Doña Araceli, que era locuaz y expansiva, le informó de que la marquesa de Guadalbarbo era en extremo dichosa. Su marido la adoraba. La fortuna los favorecía. Todo les salía bien. Nadaban en la opulencia. Se habían ido á Londres, donde el marqués tenía negocios de banca, y cada día juntaba más dinero, sin dejar por eso de conservar todas sus fincas en España y aun de comprar otras.
De María es de quien el Doctor hubiera querido saber; pero el único que de algo quizás podría informarle era el padre Piñón, que todo se lo callaba, afirmando que no sabía dónde María había ido.
—Sólo sé—añadía—que te amaba con todo su corazón; que, sin embargo, ha debido abandonarte, y que tal vez no la volverás á ver en esta vida.
Sin madre y sin amiga, sin las dos únicas personas á quienes amaba y respetaba, se halló el Doctor en la soledad más espantosa. Respetilla trataba de entretenerle y distraerle; pero sus noticias y sus chistes no le arrancaban ni una sonrisa. El padre Piñón había intimado con D. Faustino y venía á verle con frecuencia; pero tampoco el padre Piñón penetraba en el alma y en el pensamiento del Doctor. Es cierto que le echaba sus sermones, que le citaba versículos y oraciones y sentencias del Breviario, y que á veces apelaba al sentido común y razonaba con cierta filosofía burda; pero siempre que el Doctor se dignaba dar contestación á todo aquello, solía quedarse el Padre en ayunas de lo que el Doctor decía, figurándosele que no hablaba en castellano, sino en griego. De esta suerte venían á terminar los diálogos entre ambos, quedando el Doctor y el clérigo muy poco satisfechos el uno del otro, aunque buenos amigos.
Imaginó, pues, el Doctor que su espíritu, en lo que tenía de más íntimo y esencial, estaba completamente incomunicado, y que sólo en lo somero, vulgar y casi indiferente se tocaba con otros espíritus. Aquel aislamiento y aquella soledad se le hicieron insufribles. Entonces pensó de nuevo, como ya otras veces había pensado, en la posibilidad de entenderse y comunicar con espíritus que no fuesen de los que tenían cuerpo humano, y en si esto sería factible por otro medio más sutil que la palabra material, que agita el aire y que el aire transmite. Tan grande fué el esfuerzo de su fantasía y su contínua preocupación para lograr esto, que no pocas noches, en el silencio de su retiro, creyó ver á la coya que se destacaba del marco y venía á decirle misteriosos discursos, que penetraban en su alma sin pasar por los oídos, y vió de nuevo el espectro de María que llegaba hasta él y le infundía en la mente y en el corazón sentimientos inefables y conceptos intraducibles en toda lengua humana. Aun así, esto no satisfacía al Doctor.
—Si el mundo de los espíritus existe—calculaba él,—debe de tener más realidad, más ser, más luz y más vida que el mundo de la materia; pero en estas apariciones y visiones, y hasta en las ideas que me comunican, hay tanto de vago, de inconsistente, de incierto, de crepuscular, que sospecho que es un mundo de sombras fantásticas y de quimeras, y no un verdadero mundo espiritual éste en que penetro. ¿Quién sabe? Quizás lo sobrenatural, el espíritu, no esté por fuera, no esté como separado de la naturaleza misma y contraponiéndose á ella. Quizás que la penetre toda y la anime. Quizás hago mal en apartarme de la naturaleza para hallar el secreto que está en ella misma. ¿Será el universo un torrente de vida divina, una revelación sucesiva de las fuerzas permanentes y eternas, un hieroglífico lleno de sentido, donde cada cosa es signo, cifra, representación de algo oculto, y el todo, para quien logre interpretarlo, la solución del enigma? Siendo de este modo, la naturaleza sería el manantial del conocimiento del espíritu. En sus profundidades estaría el misterio divino. Pero ¿cómo sumirse en esas profundidades? Toda la ciencia experimental no traspasa jamás la superficie, la corteza: describe minuciosamente la cifra, y no da la clave para descubrir lo cifrado. ¿Dónde hallar esa clave? ¿La cábala, la magia, la teurgia serán posibles?
El Doctor, á fuerza de no creer en casi nada, empezó á creer un poco en las ciencias ocultas.
Á menudo se quedaba mirando á Faón, cuya compañía era la única que no le cansaba, y sentía deseo de que el podenco se convirtiese en el diablo; pero en seguida negaba resueltamente que el diablo existiese, negando, por lo tanto, la magia negra. La magia blanca, la magia no diabólica, es la que seguía pareciéndole verdadera. El diablo no servía de nada si un fuego, un hálito divino circulaba por el universo todo vivificándole; porque lo ínfimo y lo supremo, lo pequeño y lo grande, este mundo sublunar y toda la inmensidad del espacio poblado de soles debían de estar estrechamente enlazados por aquella fuerza invisible. ¿Y por qué el hombre no había de apoderarse de aquella fuerza? Si penetra y anima el mundo de los cuerpos, la naturaleza toda, ¿dónde ha de ser más enérgica que en la naturaleza humana? Si lo divino se filtra por el universo y es el núcleo y constituye la esencia de las cosas, ¿cómo no ha de estar asimismo en el centro de nuestro ser, en el abismo de nuestra alma? De esta suerte pasaba el Doctor del arte mágica al arte mística. Pero ni en el mundo exterior, penetrando en el seno de la naturaleza con amor y entusiasmo; ni en el mundo interior de su alma, buscando con el mismo entusiasmo y el mismo amor el objeto de su anhelo, abstrayéndose de todo lo exterior, mortificando los sentidos é imponiendo silencio á las pasiones, acertaba el Doctor á descubrir el misterio, á declarar la cifra, á resolver el problema y á proporcionarse un interlocutor que le conviniese é interesase más que el padre Piñón y que Respetilla.
Tal vez le faltaban libros; tal vez ni de magia ni de mística había leído lo bastante, y caminaba á ciegas, queriendo ejercer artes dificilísimas, en las que apenas estaba iniciado.
Aunque sólo fuese por esto, el Doctor necesitaba ir á Madrid.
Por otra parte, lejos de aquel centro del movimiento intelectual, poco ó mucho, que hay en España, no ya sólo serían estériles los trabajos del Doctor, así en la magia como en la mística, en la filosofía y en la poesía, sino también en las demás ciencias, artes y disciplinas más bajas y vulgares, como la política, por ejemplo.
El Doctor, pues, á los seis meses de muerta su madre, impulsado de las antedichas consideraciones, deseoso de acabar de aprenderlo todo, y lleno de ambición difusa y de esperanza confusa de ser cuanto hay que ser, hombre de Estado, poeta, orador, filósofo, sabio, y hasta mago y místico, arregló sus negocios en Villabermeja; jubiló á Respeta, que lo deseaba; puso de aperador á Respetilla; reunió hasta doce mil reales; y con este dinero, después de una tierna despedida del padre Piñón, de Respeta, de Respetilla, del ama Vicenta y del podenco favorito, se plantó en la corte y se fué á vivir á una casa de huéspedes, donde por un duro diario le daban cuarto, cama, luz, almuerzo, comida y cena.
ILUSIONES QUE SE VAN PERDIENDO
Toda, casi toda la poesía, cómica y trágica, que había en la persona del Doctor y en el ambiente que le circundaba, se disipó al salir de Villabermeja. Allí se quedaron los dos uniformes de maestrante y de lancero, el bonete y la muceta, los vestidos de majo, la jaca, el podenco Faón y el fiel escudero Respetilla. Allí no podía menos de quedarse también la noble casa solariega, el castillo de que él era alcaide perpetuo, y la bóveda sepulcral donde yacían sus antepasados. De señorito principal, aunque semiarruinado, medio ermitaño, medio mágico, querido de las mujeres, objeto de adoraciones sublimes y de enconados odios, figura novelesca, que ya podía compararse al Edgardo de Walter Scott, ya al Manfredo de Byron, se transformó en un aventurero más, en un perdido más, de los que vienen á Madrid á buscar fortuna.
Las locuras maravillosas, los conatos de ser teósofo, mágico y místico, pasaron en seguida, preocupada la mente con otras aspiraciones más vulgares. Las visiones y apariciones fantásticas de los espíritus de la coya y de María no se dignaron entrar en la prosaica casa de huéspedes.
Durante muchos años permanecieron vivas, sin embargo, las ilusiones del Doctor, aunque todas, una á una, iban lastimándose y quebrándose en la piedra de toque del éxito.
Como poeta lírico, llegó á publicar algunas composiciones en periódicos literarios; pero la gente estaba ya harta de suspiros, de lamentos y de quejas con sonsonete ó cancamurria, y no hizo caso de los versos del Doctor.
Hizo el Doctor varias tentativas para ser poeta dramático; pero se quedó siempre en las dos ó tres primeras escenas de cada uno de sus dramas. La crítica más despiadada acompañaba en su mente á la inspiración ó á lo que otros llamarían inspiración; y convenciéndole á tiempo de que estaba escribiendo tonterías ó disparates, le forzaba á dejarlos á un lado y á que no los concluyese. El hambre no le apretó jamás por tal arte, que le llevara á proseguir, para ver si el público, más indulgente ó menos juicioso que él, aplaudía lo que él reprobaba, y tomaba por discreto lo que él desechaba por sandio.
Creyéndose capaz de ser un gran poeta épico y de compendiar, cifrar y resumir en una epopeya colosal toda la civilización presente, con iluminaciones, vaticinios y como auroras de la futura, emprendió tres ó cuatro veces la susodicha epopeya; pero no pasó nunca de un centenar de versos. La perversa crítica acudía á su cuarto de la casa de huéspedes y ahuyentaba á las musas á latigazos.
Procuró el Doctor hablar en el Ateneo, y siempre se le trabó la lengua y no acertó á decir nada.
Consiguió entrar de redactor en un periódico; pero no sintiendo ni sabiendo fingir que sentía la pasión política de otros, y siendo además enorme su pereza, tuvo que salirse de la redacción, á fin de que no le echaran por inútil.
Embobado con mil ideas de indefinido progreso, de paz, de bienandanza, de luz y de gloria para el humano linaje en general, y en particular para su patria, se encumbraba á tales alturas, que cuanto acá por la tierra nos divide no le importaba un comino. Lo mismo le daba á él de la monarquía que de la república, de la Constitución de tal año que de la de tal otro, de esta ley electoral que de aquélla, de tal ley de Ayuntamientos que de tal otra. Hasta la libertad, que era lo que más amaba, considerándola como medio y no como fin, no era para él un ídolo á quien no se pudiese en ocasiones dejar de rendir culto y ofrecer sacrificios. Extrañaba, pues, el Doctor tanto frenesí, tanto calor tanto brío como muchos ponían en la contienda, y se daba á sospechar si las opiniones y teorías serían el pretexto, y si el verdadero motivo serían las posiciones. En este punto, á pesar de toda su ilustración, nuestro doctorcito era un bermejino completo, ó mejor dicho, un lugareño español de cualquiera parte, salvo cuatro ó cinco provincias, donde saben querer y saben lo que quieren, y por eso traen á mal traer á las demás, que tienen la voluntad marchita. Lo cierto era, según el Doctor notaba, que cada partido político de los que se disputaban el poder en la prensa y en la tribuna se componía de unos cuantos señores visitantes de la misma casa ó asistentes á la misma tertulia, los cuales no tenían masas de pueblo detrás de sí, salvo varios espoliques que esperaban cabalgar en un buen empleo, ni representaban una respetable colectividad, ni eran como apoderados ó adalides de los altos intereses, ideas, creencias y propósitos de clases enteras. Cada adalid fantaseaba allá en su mente el credo que más le convenía y formaba á su antojo un partido, del cual se hacía jefe. El Doctor se obstinaba en suponer que á casi nadie le interesaba dicho credo más que á los que iban en su virtud á tomar el mando; que el pueblo español no distinguía los matices, sino los colores más vivos y marcados; que, según lo había declarado el gran Donoso, se hartaba pronto de discusiones, de sutilezas y distingos, y sólo gustaba de Barrabás ó de Jesús; y que, para pedir á cualquiera de estas dos tan opuestas personas, no se valía del derecho de petición, ni para proporcionarles un triunfo acudía á las urnas electorales, sino, ó bien no hacía nada, ó echaba mano al trabuco.
Estas y otras consideraciones alejaban al Doctor de la política y le hacían capaz de exclamar, como aquel viajero de un cuento de Voltaire, cuando llegó á Persia, donde ardía la guerra civil, y le preguntaron qué prefería, si el carnero blanco ó el carnero negro, que, con tal de que el carnero estuviese bien asado, el color de la lana importaba poco; que si, ora pidiendo carnero blanco, ora carnero negro, habían de consumir en la lucha todos los otros carneros; y que si, ora pidiendo á Jesús, ora á Barrabás, habían de hacer siempre barrabasadas, más valía que las hiciesen pronto y de común acuerdo, sin pelearse ni arruinarlos á todos.
Si el Doctor se hubiera limitado á sentir y pensar así, aunque nosotros hallamos que hubiera sentido y pensado desatinadamente, no le hubiera sido perjudicial; pero lo peor era la maldita franqueza de su condición, la cual no consentía que se le pudriese en el alma ni sentimiento ni pensamiento alguno, por recóndito que debiera tenerse. De este modo—y por ser tan escéptico en política,—no consiguió jamás ni siquiera ser diputado.
Otra de sus ilusiones, y de las más persistentes y tenaces, fué la de creerse un gran filósofo. Mas por lo mismo que tal se creía, le era más difícil dar á luz escritos filosóficos. ¿Cómo había él de conformarse con ninguno de los sistemas inventados ya en tierras extrañas y sucesivamente de moda en nuestro país? No había de ser tradicionalista ni flamante tomista; y ni Cousin primero, ni Kant, ni Hegel, ni Krause por último, lograron alistarle bajo sus banderas. El Doctor soñaba con sacar á relucir, cuando menos el mundo se lo percatase, un nuevo sistema todo suyo. Así se pasaban los años y no producía nada. Consolábase, no obstante, con una sentencia, que no recordamos bien si es ó no de Aristóteles, por la cual se afirma que hasta bien cumplidos los cincuenta, no llega el hombre á toda la madurez y plenitud de su entendimiento. El Doctor aguardaba, pues, dicha edad para eclipsar á Krause, á Kant y á Hegel.
También, pasado ya algún tiempo, y conservando en el alma, sólo como una dulce memoria que interiormente la iluminaba, la bella imagen de María, trató el Doctor de brillar en la alta sociedad y de ser amado de las damas madrileñas; pero esta ilusión fué más vana que las otras. Todo el toque de la dificultad, todo el busilis de este negocio, según el Doctor había oído decir, estribaba en que alguna muy elevada le quisiese. Las otras le tendrían al punto por hombre digno de amor, y acudirían á él como á la miel las moscas. Por desgracia, no halló el Doctor á ésta que, digámoslo así, había de romper la marcha. No era posible tampoco renovar la estratagema de aquel empresario de la plaza de toros, que en tiempo en que había menos afición que hoy notó que ningún año iba gente á la primera corrida, sino que empezaba la gente á ir á la segunda, y decidió dar principio por la segunda para que hubiera gente desde luego. Lo cierto es que, sin posición, sin el brillo de la gloria ó de la riqueza ó de los mismos triunfos en otros amores, obscuro, algo encogido, pobre como las ratas, pisaverde de casa de huéspedes, en suma, es muy difícil deslumbrar al bello sexo. No se halla á cada paso una princesa del Catay, una Angélica amorosa, que elija por su Medoro á un señorito sin nombre, poco ameno además, y dado á melancolías. El Doctor, por lo tanto, era en Madrid como aquel Leonardo que Camoens nos pinta en Los Lusiadas, tan infortunado en amores, que en la propia isla de Venus, donde todo estaba dispuesto para agasajar y deleitar á los heroicos portugueses, estuvo á pique de no topar con una sola ninfa que se le mostrase piadosa y que no huyera de él como de la peste.
Como el Doctor se acicalaba y vestía con alguna elegancia y esmero, iba á los teatros, á los bailes y reuniones, y hacía de vez en cuando alguna calaverada, por ejemplo, perder quinientos ó mil reales al juego, ó ir á comer ó cenar á una fonda, juzgándose por un instante, en aquella ocasión, un Sardanápalo ninivita, un Baltasar babilónico, un romano de la decadencia ó un mega-duque del Bajo Imperio, siendo esto del Bajo Imperio lo que priva más entre los escritores políticos y moralistas al considerar el lujo y relajación de nuestra edad, y echarla de Juvenales y de Tertulianos severos; y como por otro lado, las poesías líricas, la epopeya, los dramas que no llegaban á concluirse, y el sistema filosófico que no acababa de inventarse, no producían, ni era natural que produjesen, un ochavo, el pobre Doctor estaba casi siempre á la cuarta pregunta. El caudal de Villabermeja (aunque, según á mí me han asegurado, Respetilla era fiel administrador, por más que parezca inverosímil) apenas producía para pagar los réditos de los seis mil duros y enviar mil reales mensuales al Doctor, los cuales desaparecían casi siempre á los tres ó cuatro días de cobrada la letra.
El Doctor, en estos apuros, empezó á contraer deudas; pero era tan inepto en la ciencia práctica del crédito, parte la más esencial de la crematística, que sólo acertó á deber al sastre, al zapatero, al guantero y á la pupilera, que le pedían de continuo que pagase. Entonces, olvidando ya las altas ciencias ocultas á que había pensado consagrar su vida, no pensó el Doctor en más ciencias ocultas que en la crisopeya. Él, que había soñado con descubrir la fuerza íntima, el principio divino que mueve y anima el universo, y apoderarse de él para gobernarlo y dirigirlo todo, se limitó entonces á ver cómo lograba reunir un poco de dinero, y lo peor es que no lo consiguió.
Con este desengaño acabó por lo que acaban otros y por lo que muchos empiezan: por suponer que el presupuesto es el hospicio de los mendigos de levita, la sopa de los conventos para la pobretería ilustrada, y el refugio y el hospital de los pordioseros leídos. El Doctor pretendió un empleo, y al cabo consiguió que se le diesen, de ocho mil reales al año, en el Ministerio de la Gobernación. Unas veces cayendo, otras levantándose, ya repuesto, ya cesante, ya repuesto otra vez, llegó nuestro héroe á tener catorce mil reales de sueldo, catorce años de servicio y diez y siete años de vida de Madrid.
Siempre fué el Doctor un detestable empleado; pero no le faltaron amigos que le sostuvieran en su empleo.
Claro está que otros, con menos capacidad que el Doctor, llegan á directores, á consejeros de Estado y hasta á ministros; así anda ello; pero no es menos claro que lo deben á casualidades dichosas (ya se entiende que no para el país), y no á todos les han de tocar estas casualidades, como no á todos les toca la lotería. Por sus condiciones de carácter y de entendimiento, por su idiosincrasia, como se dice tanto ahora, no era el Doctor de los que por sí, y sin que interviniesen las referidas casualidades, podía ir más allá del punto á donde llegó. Así es que no pasó de dicho punto, y gracias.
Toda esta parte de la vida del Doctor se refiere aquí en compendio y á escape, porque no importa mucho á la acción ó argumento principal de esta verdadera historia, si es que en esta verdadera historia quiere concederme el lector que hay una acción única, con unidad clásica y patente.
Sea como sea, el Doctor Faustino, avergonzado de no ser más que auxiliar en un Ministerio, y esperando siempre el día en que había de elevarse á personaje, no quiso volver á poner los pies en Villabermeja, donde había pasado por un pozo de ciencia, por un prodigio de talento y por uno de los más egregios caballeros, señorones y alcaides perpetuos que jamás han existido. Así llegó á la edad de cuarenta y pico de años, harto maltratado de la suerte, pero nunca desilusionado.
Todas las noches dejaba para la mañana siguiente el poner manos á la obra y el empezar á escribir su gran Tratado de Filosofía, ó concluir su colosal epopeya, ó resollar con alguna peregrina y pasmosa invención que aturdiese á los nacidos. Nada, sin embargo, se realizaba jamás.
Amanecía Dios: el Doctor iba á su oficina á extractar expedientes ó á arrullarles el sueño; comía luego sus pícaros garbanzos, cuando no le convidaban en alguna casa de fuste, y siempre por las noches andaba de tertulia en tertulia. Nadie le quería ni bien ni mal, porque á nadie estorbaba, como no fuese á alguien que desease ser auxiliar como él; pero el Doctor no tenía un solo conocido que desease tan poco, sino que los paisanos deseaban ser ministros ó superintendentes generales de Hacienda en Cuba; y los clérigos, arzobispos; y los militares, capitanes generales y dictadores. Menester hubiera sido que se allanase el Doctor á ir de tertulia á las tiendas de aceite y vinagre para encontrar ya muchos envidiosos. Con tan elástico impulso aupaba el trampolín de la política, y tan rápido iba haciéndose el turno en los altos icarios, que había esperanzas de sobra para cualquier titiritero. El Doctor, en medio de todo, conservaba siempre las suyas, risueñas y halagadoras, y presentía que, sin saber aún por qué, ni cómo, ni cuándo, acabarían las gentes por envidiarle. Con estas esperanzas se distraía y consolaba.