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XXVII.

CABOS SUELTOS

No faltará quien halle inverosímil la poca ó ninguna carrera que hizo en Madrid D. Faustino López de Mendoza. Ó D. Faustino era tonto ó no lo era, dirán. Si era tonto, debió pintarle tonto el autor de esta historia; pero como le ha pintado discreto, aunque extravagante, no se comprende cómo no llegó á elevarse en esta sociedad agitadísima y revuelta, donde tan fáciles son las elevaciones.

Contra estos argumentos va ya mucho en el capítulo anterior. Sin embargo, prefiriendo nosotros pasar por pesados á pasar por aficionados á lo inverosímil, vamos á añadir otras razones.

En España está el entendimiento muy repartido: casi no existe la gran masa de tontos utilísimos, mansos, gobernables, industriosos, trabajadores y fáciles de entusiasmar, que existe en otras naciones más dichosas, donde el entendimiento está reconcentrado y como vinculado en pocos hombres.

Hay, pues, en España, muchos más de entendimiento que por ahí en otras tierras; pero en cambio cabemos á bastante menos entendimiento. Apenas si pasa nadie de lo que se llama listo ó travieso. Esta listura ó travesura, no auxiliada por gran saber, porque somos perezosos, no da para lo bueno el fruto que debiera dar; y por otra parte, como son tantos los que la tienen, en mayor ó menor grado, raro es el hombre en quien llega á constituir tal excelencia, que le distinga y eleve con el asentimiento general sobre el nivel de los otros, y le haga apto para el mando. De aquí lo instable de toda dominación y la escasa reverencia con que se mira á quien la ejerce. De aquí además el que haya tantos y tantos que aspiren á ejercerla, creyéndose con títulos iguales ó superiores á los más encumbrados.

En esta perpetua contienda por subir toman parte unos cuantos miles de hombres: el proletario de levita. Como hay, cada año casi, caídas y encumbramientos, llegan á ser personajes los más capaces sin duda; llega á serlo también un tanto por ciento de los meramente listos; pero como los listos abundan, los más se quedan tocando tabletas. Lo que sucede es que de los que se quedan no nos volvemos á acordar y nos parece que no han existido. Sólo de vez en cuando reconocemos y recordamos á tal cual de ellos, antiguo compañero de colegio, de universidad ó de los primeros años de la vida, en alguien que viene cubierto de harapos á pedirnos una limosna ó un empleo de cinco ó seis mil reales, cuando en otro tiempo esperaba llegar á duque ó á príncipe, y aun entendía que se quedaba corto.

Que el carácter de las personas influye mucho en la diversidad de éxitos, es cosa de que no se puede dudar; pero la suerte, el mal llamado acaso, esto es, la combinación y enlace de los sucesos, que no hay mente humana que prevea, influyen más aún. Por lo demás, lo inexplicable, lo misterioso, lo inverosímil en grado superlativo, en cualquiera otro país donde, como en España, no haya privilegios aristocráticos ni valga el capricho de un rey, es el encumbramiento de la gente inepta por todos estilos. Lo que es el que don Faustino se quedase siempre con catorce mil reales de sueldo y no pasase más allá, era natural, verosímil y justo en todo país, sin que por eso tengamos que calificar de idiota, ni de mucho menos, al protagonista de nuestra historia.

El momento de los grandes sucesos que van á terminarla se aproxima ya; pero antes nos parece indispensable atar algunos cabos sueltos; decir algo de lo que sucedió á varios de los personajes más importantes durante los diez y siete años que tan sin dicha perdió en Madrid D. Faustino.

El escribano D. Juan Crisóstomo Gutiérrez murió tranquila y cristianamente en su lecho. El padre Piñón, que le asistió en aquel último trance, exigió de él que se casase con Elvirita. El Escribano se casó, reconociendo y legitimando á un hijo que de Elvirita tenía, llamado Serafinito, á quien ya hemos visto figurar en la introducción de esta historia. Los bienes del Escribano eran tan cuantiosos, que, divididos en partes iguales entre sus tres hijos, bastaron á dejarlos muy ricos á todos.

En el momento de nuestra historia á que hemos llegado, Serafinito permanecía soltero, y Ramoncita hacía años que estaba casada con D. Jerónimo, el cual ejercía con gran éxito y tino la medicina en Villabermeja. Aunque no tenían hijos que extrechasen los lazos conyugales y completasen su dicha, la Médica y el Médico vivían muy felices.

Rosita, á pesar de sus lances con D. Faustino, harto escandalosos para que pudieran olvidarse, era tan graciosa, tan discreta, tan firme de voluntad y tan rica para aquellos lugares, que siguió siendo pretendida de muchos. Sólo de ella dependía el hacer ó no lo que se llama un buen casamiento.

El amor al régimen autonómico, y tal vez el recuerdo de D. Faustino y de su abandono, indujeron á Rosita á que continuase soltera durante algunos años más. Según hemos dicho, Rosita era una hermosura de bronce. Llegó á los treinta, llegó á los treinta y dos, llegó, en fin, á los treinta y ocho, y aun parecía la misma Rosita del día y de la noche de la Nava. Sin embargo, al frisar en los cuarenta, aunque su cara y su limpio y bien formado cuerpo, con el aseo, el ejercicio constante y los aires campesinos, estaban como siempre, sin que la gordura hubiese venido á desfigurarlos, ni una delgadez malsana hubiese impreso en su piel trigueña, delicada y tersa, ni mancha ni arruga, Rosita hubo de tener melancólicos presentimientos de que la vejez empezaba á surgir en las profundidades y abismos de su ser, por más que por la superficie no apareciera. Aquella mocedad, aquella gallardía, aquella gracia que aun conservaba, eran como un milagro de su voluntad enérgica, y el milagro podía tener término. Algunas canas que aparecían entre su negra y hermosa cabellera eran el único signo exterior que le anunciaba la venida de la vejez. Esto bastó, no obstante, para que Rosita pensase con espanto en la vejez, y sobre todo en la vejez solitaria. Un deseo ambicioso de encumbrarse más, de figurar y de lucir fuera de Villabermeja, de triunfos, de esplendores y de conquistas en más vasto teatro, y de deslumbrar aún con la luz de su belleza antes que del todo se eclipsase, se apoderó entonces del alma de Rosita.

Entre sus pretendientes se contaba D. Claudio Martínez, consecuente hombre político, y diputado á Cortes casi perpetuo por el distrito de que formaba parte Villabermeja. D. Claudio había hablado cuatro ó cinco veces sobre Hacienda en las sesiones del Congreso, y había llegado á ser director general en el Ministerio de aquel ramo. Allí se había dado tan buena maña, que había formado un capitalito de un par de millones. Era, pues, un señor de muchas campanillas, un pájaro de cuenta, en potencia propincua de ser ministro, título, banquero, ó las tres cosas.

Solterón de cuarenta y pico de años, estaba bien conservado, y era alegre, servicial y ameno. Trataba con tal llaneza á todos sus electores, les buscaba tantos empleos, y les desempeñaba tantos encargos y comisiones, que era adorado por todo el distrito. Su retrato, ora al óleo, ora en fotografía iluminada, resplandecía en las casas consistoriales de los cinco ó seis pueblos que el distrito formaban. En todos ellos le recibían con repique general de campanas é iluminación cuando volvía de Madrid. En todos ellos se daban comilonas, bailes y giras campestres en su obsequio. Y de todos ellos le enviaban, cuando estaba en Madrid, barriles del mejor vino, piñonate, hojaldres, alfajores, arrope y otra multitud de regalos.

No era Rosita mujer que se dejase deslumbrar por tales grandezas. Cuando no su claro entendimiento, su instinto hubiera sobrado para darle á conocer que D. Claudio era un personaje vulgar; lo que llaman por allá un tío. Á veces le comparaba con el cruel alcaide perpetuo, y éste le parecía aún de oro puro, y el D. Claudio de muy bajo y ruín metal; pero D. Faustino era un dije funesto ó inútil, un primor, una joya que no servía para nada, mientras que D. Claudio era y podía ser un instrumento provechoso para conseguir multitud de cosas y realizar mil gratos ensueños. Rosita concibió la idea de su casamiento con Don Claudio como una sociedad en comandita, donde, unidos capitales y aptitudes, podrían encumbrarse pronto los socios al pináculo de la riqueza y de los honores. Esto la sedujo; y si bien D. Claudio distaba infinito de inspirarle amor, como no le inspiraba repugnancia, Rosita se casó con Don Claudio.

Años hacía que ambos esposos vivían en Madrid, donde Rosita era admirada por su talento y su chiste, y donde aun tenía mil adoradores, aunque ya jamona. La casa de D. Claudio era el centro de lo más ilustre y empingorotado que había en Madrid en la sociedad de medio pelo. Rosita era la lionne, la reina, la emperatriz de las cursis. Lo menos catorce ó quince poetas, simultánea ó sucesivamente, habían hecho de ella su musa, su Laura ó su Beatriz, y le habían compuesto baladas, elegías, cantares y doloras. Rosita procuraba hacer creer que sus amores con todos estos vates habían sido platónicos, y no hay razón para que no la creamos. Propalaban, por último, algunas malas lenguas, que el general Pérez era más dichoso, ó dígase no era, como los poetas, tan severo secuaz del gran filósofo griego en sus amores con Rosita. Ello es que el general Pérez tenía vara alta con todos los ministros, y en particular con el de Hacienda y con el director del Tesoro, cerca de los cuales prestaba todo su apoyo á Don Claudio, quien siempre tenía pendientes de allí una infinidad de enredos, tramoyas y discretas é ingeniosas combinaciones para dislocar el dinero, alzándose con él.

Entre la turba perezosa y torpe
De los demás mortales.

Don Claudio iba aproximándose cada vez más á su ideal, á ser un capitalista, cuya misión en el mundo solía comparar él á la de los grandes pantanos artificiales, donde se reúnen y acumulan las aguas que sirven después para fecundar con su riego inmensos terrenos incultos, antes secos y estériles. Considerándose D. Claudio uno de estos pantanos, trataba de llenarle y llenarse pronto y bien; su mujer, Rosita, le ayudaba como podía.

Don Faustino no había puesto nunca los pies en casa de Rosita; pero la saludaba y era saludado por ella cuando la veía por acaso en paseo, en los teatros ó en alguna tertulia. Jamás se acercaba á ella, ni la hablaba.

Otro personaje importantísimo de nuestra historia, el famoso Joselito el Seco, había tenido un fin trágico, como era de presumir, en cumplimiento de la sentencia ó refrán que dice: quien mal anda, mal acaba. Como Joselito era la providencia de la gente menuda; como su rumbo y su generosidad no tenían límites, y como las dos terceras partes de lo que ganaba en su oficio las repartía caritativamente entre los pobres, gastando lo restante con esplendidez de gran señor, no había arriero que no le idolatrase, ni ventero ni casero que no le amparase ni ocultase, ni coplero rústico que no le celebrase en sus coplas, ni señorito de lugar que no procurase ser su amigo, llevado de la cuenta que le tenía, y aun de la admiración sincera que sus hazañas, altas caballerías y estupendas magnificencias inspiraban. Entre el vulgo de Andalucía gozaba, pues, Joselito de tanta popularidad como D. Claudio entre sus electores. Así es que no había medio de cogerle, ni vivo ni muerto, seguía haciendo de las suyas, paseándose por todas partes como por su casa, y campando, en suma, por sus respetos.

De este modo hubiera continuado quizás, aunque hubiese vivido más años que Matusalén, si no acontece lo que vamos á referir ahora, valiéndonos de una carta de Respetilla á su amo, que trasladamos aquí con fidelidad y exactitud.

Dice la carta:

»Villabermeja entera está indignada con lo ocurrido á Joselito el Seco. Voy á contárselo á su merced, porque debe interesarle. Permítame su merced que tome las cosas de muy atrás para que lo entienda todo.

»Joselito era tan bueno y tan escrupuloso, que no se apoderaba de nada de los pobres. Perseguido además en estos últimos años por la Guardia civil, no lograba proporcionarse recursos suficientes y andaba muy apurado.

»En sus apuros acudió á un amigo rico, al Alcalde de..., en la provincia de Málaga, y le rogó con muy buenos modos que le enviase tres mil reales á su casería, por donde él pasaría á recogerlos. El Alcalde envió sin dificultad los tres mil reales. Al mes volvió Joselito á sus apuros: pidió otros tres mil reales y los obtuvo también. Poco después pidió cuatro mil. El Alcalde hizo sus observaciones; resistió bastante; pero al cabo entregó los cuatro mil reales que Joselito le pedía. Así siguieron, Joselito pidiendo y el Alcalde dando, hasta que llegó la séptima petición. El Alcalde entonces hubo de sulfurarse. El mismo diablo sin duda le inspiró una idea terrible.

»Escribió á Joselito diciéndole, como de costumbre, que el dinero estaría á su disposición en la casería en tal día y á tal hora; que fuese allí á buscarle; pero el Alcalde, en vez de enviar el dinero, envió á la casería con gran sigilo y recato veinte certeros tiradores, los más famosos que pudo hallar.

»La casería, como muchas de estas tierras, formaba un cuadrado perfecto. El lado de frente ó de la fachada era la habitación de los señores para cuando iban allí á pasar una temporada; en el lado derecho estaban las caballerizas y el tinado para los bueyes; en el lado izquierdo, las bodegas, y á la espalda, el lagar y el molino aceitero. En el centro había un ancho patio interior, sobre el cual daban muchas ventanas de los cuatros cuerpos ó lados de la fábrica. En dichas ventanas se colocaron los tiradores con las escopetas prevenidas y bien cargadas. El casero, hombre de mucho estómago y de toda confianza, se había comprometido á introducir á Joselito y á su tropa en el patio, á meterse luego en la casa y á dejarlos encerrados allí, donde los de las escopetas los habían de freir á tiros.

»El plan era tan hábil, que ya el Alcalde daba por segura la muerte de todos los ladrones, y creía tocar los laureles que iban á prodigarle por haber librado á las gentes de aquel sobresalto continuo.

»Dios, sin embargo, lo dispuso de otra manera. Cuando Joselito iba á entrar con su cuadrilla en la casería y en el patio, tuvo cierto recelo, y miró al casero con fija atención. Este perdió la serenidad y se puso más amarillo que la cera. No fué menester más. Joselito sospechó la trama. Conoció, como si lo viese, que había dentro gente oculta para matarle y matar á sus camaradas. Joselito era generoso. Supuso que el casero cumplía con las órdenes de su amo, y le dejó vivo; pero no consintió que ninguno de los suyos entrase en la casería. Todos ellos se fueron sin entrar.

»Joselito juró vengarse del Alcalde. Harto calculaba éste que, después del mal éxito de su plan, corría el peligro de que Joselito le asesinase. El Alcalde se amilanó de tal modo, que no salía del lugar. Apenas salía de su casa, sino á las horas en que hay más gente en las calles y tomando mil precauciones.

»Nada bastó á libertarle. Una noche, entre nueve y diez, entró Joselito á pie en el lugar con ocho de su partida. Lleno de atrevimiento, se fué como un rayo á casa del Alcalde. Entró en ella cuando nadie sospechaba que pudiera venir. Sus compañeros maniataron, ataron lienzos á la boca y amedrentaron á los criados y á las criadas para que no se defendiesen ni chillasen. Joselito halló solo y de improviso al Alcalde en su despacho.

»—Encomiéndate á Dios á galope—le dijo—, y reza el credo. No quiero que se pierda tu alma. Lo que es con tu cuerpo y con tu vida vas á pagar ahora la traición que me hiciste.

»El Alcalde, que conocía bien á Joselito, se persuadió de que no había remedio. Los ruegos no hubieran valido de nada. La resistencia era inútil también. Joselito le apuntaba con su trabuco, cuya boca casi le tocaba en la sien. Al menor movimiento hubiera Joselito disparado. El Alcalde, pues, tomó el partido de guardar un digno silencio.

»Pasado un minuto, y calculando ya Joselito que el Alcalde se había encomendado á Dios pidiéndole perdón de sus culpas, volvió á decir:

»—Reza el credo.

»Con voz firme y entera empezó á rezar el Alcalde; pero al llegar á decir y en Jesucristo, su único hijo, Joselito disparó el trabuco y le metió en la cabeza todo el plomo y hasta los tacos de que estaba cargado.

»Muerto el Alcalde sobre el sillón mismo de su bufete, Joselito salió de la casa y del lugar con sus ocho compañeros. Fuera le aguardaban otros con los caballos, y montando en ellos, todos se pusieron en salvo.

»El Alcalde no tenía más familia que un hijo de diez y ocho años, soltero y guapo mozo. Como aquella noche era sábado, el muchacho, que ya tenía barbas muy recias, estaba afeitándose en la barbería.

»Allí vinieron á contarle la espantosa desgracia que acababa de suceder. Voló á su casa con la cara á medio afeitar, y vió á su padre, á quien amaba de todo corazón, muerto de un modo horrible, con la cabeza deshecha.

»Levantando entonces las manos al cielo, sobre el cadáver, caliente aún, juró el mozo por cuanto hay de más sagrado no raparse las barbas, no comer en mesa con manteles, no desnudarse la ropa que tenía puesta y no dormir en cama hasta que matase á todos los ladrones y al capitán de ellos, Joselito.

»Cinco años han pasado desde que esto aconteció, y el mozo ha cumplido su juramento en cuanto de él dependía. Arruinándose, derritiendo la rica herencia que le dejó su padre, ha mantenido una compañía de escopeteros de á pie y de á caballo, y ha perseguido y acosado tanto á los ladrones, que una vez dos, otra uno, otra cuatro, ha acabado por despacharlos á todos al otro mundo. Joselito solo vivía. Ya no había forma de que el mozo vengador le encontrase y le matase. De manera que el mozo seguía sin mudarse, sin comer á la mesa, sin dormir en cama y sin raparse las barbas. Cuentan que ponía miedo su vista.

»Así hubiera seguido largo tiempo, porque Joselito era muy sagaz y hábil, y no se dejaba coger fácilmente. Además, Joselito tenía multitud de protectores y encubridores. Pero Joselito (Dios le haya perdonado con su inagotable misericordia), aunque era un gran pecador, tenía golpes y partidas de hidalgo y bien nacido. Harto de aquella persecución, envió un recado al hijo del Alcalde con una gitana vieja, de quien mucho se fiaba. El recado era que si quería acabar de una vez y poder raparse las barbas, que viniese, sin su gente, á donde él designara; que, seguros los dos, se verían y terminarían su pleito á navajazos, muriendo el uno ó el otro ó ambos, como buenos caballeros. Agradó la propuesta al hijo del Alcalde, y previos los juramentos más terribles para precaverse de la traición por una y otra parte, el hijo del Alcalde y Joselito se vieron en un encinar, y riñeron valerosamente con las navajas, sin más testigo que la gitana vieja, la cual, sentada en un peñón, miró el combate sin pestañear.

»Joselito era un héroe, señorito, y aunque el hijo del Alcalde tenía muchos hígados y manejaba bien el abanico, Joselito pudo más y dicen que le mató limpiamente de un navajazo magistral por bajo de la tetilla izquierda. Así pasó á mejor vida el hijo del Alcalde, sin haber podido raparse las barbas desde que su padre murió.

»Cuando se divulgó esta hazaña, creció la fama de Joselito por toda Andalucía, y pronto acudieron á ponerse á sus órdenes hasta siete hombres de pelo en pecho. Joselito volvió á encontrarse capitán, con una cuadrilla muy respetable de bandoleros.

»Así andaban las cosas, cuando el gobernador de esta provincia discurrió una abominable traición, viendo que Joselito era invencible en buena lid. Ajustó la muerte de Joselito con un malvado criminal, á quien tenía en la cárcel y á quien dió libertad, haciendo correr la voz de que se había escapado. Este traidor se unió á la partida de Joselito, ganó la voluntad de aquel bandido tan caballero y una noche le asesinó mientras dormía. Imagine su merced, señorito, cuán grande y cuán justa será con este motivo la indignación de Villabermeja.«Respetilla, acostumbrado á mirar como héroes á los bandidos, sobre cuyas hazañas sabía de memoria no pocos romances, se extendía después en lamentar la muerte de Joselito, en condenar la traición que contra él se había empleado, y en celebrar sus virtudes. En obsequio de la brevedad, nos parece justo suprimir todo esto, limitándonos á afirmar que Respetilla no había leído libro alguno socialista, fatalista ni determinista moderno, y que era eco de las ideas vulgares más rancias y castizas, cuando disculpaba á Joselito de sus crímenes, atribuyéndolo todo al sino y al pícaro mundo; esto es, á la organización fatal del individuo y á las faltas, vicios y durezas de la sociedad en que vive. No nos gusta sermonear en novelas: de un hecho singular sabemos que no deben sacarse consecuencias; pero el deplorable entusiasmo que entre los rústicos y lugareños suelen inspirar los bandoleros y foragidos es tan general y evidente, que á voces proclama que no son ideas nuevas y exóticas, sino resabios antiguos los que le producen, contra los cuales más han de valer la ilustración y la difusión de las buenas doctrinas filosóficas, que la santa ignorancia que suponen muchos que existe y que se debe conservar como oro en paño.

Doña Araceli había muerto también, siete años hacía. La buena señora, sin dolores, sin violencia, con aquel mismo amor suave, que era el fondo de su carácter, había exhalado el último aliento, quedando exánime como un pajarito. En su testamento no se olvidó del querido sobrino de Villabermeja y le dejó en herencia los seis mil duros de la deuda; pero el manirroto de D. Faustino había contraído ya otra deuda mucho mayor para poder seguir viviendo en Madrid con sus pocos recursos.

De María nada volvió á saber D. Faustino, ni antes ni después de la muerte del padre de ella. El único que en Villabermeja debía saber su paradero era el padre Piñón; pero éste nada quería declarar, por más que en varias ocasiones el Doctor le había escrito preguntando.

Había habido un personaje bermejino, del que hemos hablado en la introducción, sobre el cual recayeron en otro tiempo las sospechas del Doctor de que hubiese sido el velador, ocultador y defensor de María. Era este personaje el cura Fernández; pero el cura Fernández hacía mucho tiempo que no existía. Averiguada con exactitud por el Doctor la fecha de su muerte, aparecía posible que él hubiese sido el embozado que tuvo con Joselito la conferencia de que resultó su libertad. Á poco hubo de morir el cura Fernández. ¿Dónde estaba, pues, María?

El lector no puede haber olvidado al personaje principal de la introducción; al verdadero narrador de esta historia, que yo me limito á repetir á mi manera; el famoso D. Juan Fresco, sobrino del célebre cura. ¿Sospechará quizás el lector que María se había ido á América y había buscado un refugio cerca de D. Juan Fresco?

El lector perspicaz quizás lo sospeche; pero Don Faustino no podía sospecharlo. D. Juan Fresco no tenía más parientes cercanos que el cura Fernández; no había escrito á nadie; no conservaba relaciones en Villabermeja y nadie le recordaba.

El Doctor, que, para averiguar todo lo que con María se relacionase, había hecho mil indagaciones, sólo había puesto en claro que Joselito era huérfano de padre y madre cuando á la edad de cuatro años le recogieron en el convento, y que su madre, allá en su mocedad primera, quince años antes de que Joselito naciese, había tenido otro hijo, que se había ido á tierras muy lejanas y de quien hacía cerca de medio siglo que nada se sabía. El Doctor no imaginaba siquiera que este otro hijo mayor hubiese llegado á ser un Creso.

Ya hemos dicho que, convencido D. Faustino de que sólo el padre Piñón sabía el paradero de María, le había escrito varias veces pidiéndole noticias. Siempre se había negado á darlas el padre Piñón. Al fin, en una carta que recientemente había recibido D. Faustino, el Padre era más explícito y se explicaba de este modo:

«Mil y mil veces te lo tengo dicho: sé dónde está María, mas no puedo revelártelo. Conténtate con saber que vive, que siempre te ama, que merece siempre que la llames tu inmortal amiga.

»El ser hija de quien era, y la consideración de que tú, movido de la ambición y de la inconstancia propia de la edad juvenil, pudieras desdeñarla y hasta aborrecerla, la excitaron á apartarse de tí.

»En esta resolución persiste todavía, si bien amándote siempre. Tal vez no alimenta otra esperanza que la de unirse contigo en otra vida mejor.

»Una idea extraña, poco católica, tiene la pobre María. Dios se la perdone. Ella es tan buena, que merece el perdón de Dios. Dios me perdone á mí también, que disculpo su delirio, por el mucho afecto que la profeso. María sigue creyendo que tú y ella os habéis amado siempre en otras existencias; que vuestros espíritus están y seguirán enlazados siempre, por siglos, y que esta vida que ahora vivís es de prueba para los dos.

»Cree María que hay algo en tí que no eres tú; algo que no es tu esencia, que no es tu alma, sino tu organismo, tu ser material, el medio en que vives, el ambiente que respiras, la sociedad que te rodea, la cual no es favorable, en la vida que vivís ahora, á vuestros inmortales amores.

»Llevada, sin embargo, hacia tí por un impulso irresistible, María fué tuya. Ahora teme, por lo mismo, volver á verte. Si se reuniera contigo y algún acto lamentable os separase, poniendo enemistad entre vosotros, la unión de vuestros espíritus, que ella cree que ha de trascender á vidas ulteriores, se rompería quizás para siempre y ocurriría un divorcio eterno. «Prefiero—dice,—al eterno divorcio no verle más, no gozar de su compañía, no volver á ser suya en esta vida terrena».

»María, con todo, se muestra más confiada en otras ocasiones, y hasta concibe cierta leve esperanza de poder unirse contigo en esta vida, sin temor del divorcio eterno, cuando te halles desengañado, cuando el dolor purifique tu alma, cuando las ilusiones que te ciegan y perturban se desvanezcan del todo».

Esto decía el padre Piñón en su última carta, y éstas eran las únicas noticias que de María había recibido el Doctor Faustino, quien seguía su vida madrileña, siendo poco más que escribiente, y mal escribiente, á las horas de oficina; por la noche, pisaverde que iba de tertulia en tertulia; y, cuando se quedaba á solas consigo, filósofo, poeta y soñador ambicioso: en suma, si bien seguía amando poéticamente el dulce recuerdo de su amiga inmortal, distaba mucho aún de consentir en trocarle por la posesión real de aquella hermosa y enamorada mujer, si había de dar en cambio todas sus ilusiones, que él no creía tales.

 

 

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XXVIII.

LA CRISIS

En esta sazón ocurrió en Madrid una novedad que hizo época en los fastos del mundo elegante, y de la cual no quedó periódico que no hablara.

Cansado de vivir en París y en Londres, el opulento Marqués de Guadalbarbo volvió á establecerse en la villa del oso y del madroño. Su antigua casa, que bien podía calificarse de palacio, había sido restaurada y adornada de nuevo con suma elegancia y lujo. Muebles, los más primorosos, cuadros bellísimos, estatuas de mármol y bronce, ricos y espléndidos tapices, vasos del Japón y de Sèvres, figuritas graciosas de porcelana de Sajonia, raros esmaltes de los mejores tiempos, libros costosísimos, ó por el esmero de las ediciones y encuadernaciones, ó por el escaso número de ejemplares que de ellos se han conservado; todo esto, con mil cosas más, que por huir de la prolijidad no se mencionan, estaba amontonado en aquella casa, en aparente, aunque hábil y concertado desorden, ya en gabinetes tapizados de rica seda, ya en salones dorados, ya en otros en cuyos techos lucían pinturas al fresco de los más famosos artistas.

No tenía aquella casa el aspecto de un almacén de curiosidades, como tienen otras, donde, si hubo vanidad y dinero para comprar, falta aquel amor al arte que se refleja en los objetos y los anima. Allí parecía que todo estaba cuidado, animado y hasta mimado por una hada. La presencia, la huella, el paso y la mano del genio del hogar, se advertían en cada primor, en cada adorno, hasta en el ambiente mismo. Se diría que su mirada cariñosa lo había bañado todo de luz suave y de perfume poético. Las plantas y las flores eran allí más bonitas y tenían un verde más vivo, y colores mil veces más puros que en los huertos y jardines. Perfiles casi imperceptibles para los no acostumbrados á observar, revelaban á cada instante el tino, el buen gusto y la solicitud de una mujer aristocrática, linda y discreta.

Esta mujer era nuestra antigua conocida Costancita, después Marquesa de Guadalbarbo. Sobre el valor intrínseco que, como piedra preciosa ó como perla limpia y de tornasolado oriente al salir de la mina ó del fondo de los mares, tenía ella al salir de su lugar de Andalucía, había añadido la moderna cultura cuanto tiene de más refinado y exquisito.

Diez y siete años transcurridos sin un disgusto para ella, en el seno del más dulce bienestar, adorada de su marido, celebrada por todos, inspirando respetuoso amor á los hombres y envidia á las mujeres, no habían menoscabado en nada su hermosura. Nadie diría que Costancita tenía treinta y cinco años cumplidos. Su boca era tan fresca; su sonrisa tan alegre, entre infantil y maliciosa; sus dientes tan blancos; sus mejillas tan sonrosadas, y tan tersa y serena su frente, como cuando salió en el birlocho á recibir á su primo Faustino, que venía á vistas desde Villabermeja.

Aunque la Marquesa tenía dos hijos, el mayor de diez y seis años, podríamos seguir ahora diciendo de ella lo que dijimos cuando por primera vez la presentamos á nuestros lectores: que su talle era flexible, no como una palma, sino como una culebra, y que todo lo que de sus formas podía revelarse, presumirse ó conjeturarse, estaba artística y sólidamente modelado, sin exceso ni super-abundancia en cosa alguna, sino en su punto, con número y medida, guardando las justas proporciones, según las reglas del arte.

En el seno de la opulencia y del regalo, nos atreveríamos á añadir que Costancita había pasado el tiempo sin que el tiempo marcase en ella su rastro destructor, como aquellas princesas encantadas que se conservan en el mismo ser en que las cogió el encanto, si no fuese porque había habido mudanzas favorables. La tez, de trigueña que era, había adquirido una blancura transparente y nítida, propia encarnación de diosa ó de ninfa, y no de ser mortal; y las manos también, mejor cuidadas ahora, parecían más bellas en contornos y dintornos y en el color y esmalte de la carne y de las uñas. En todo esto, aunque hubiese habido alguna industria ó artificio, era tan sabia industria y artificio tan sutil, que el más severo crítico, el más experto en tales cosas, con ojos de lince no lo descubriría.

La Marquesa de Guadalbarbo había deslumbrado y seguía deslumbrando á Madrid con la riqueza de sus trajes, con sus joyas y con sus trenes. La fama de su virtud era mayor y más envidiable aún. La Marquesa amaba á su marido, como una providencia benéfica y munífica, que la cubría de diamantes, que llovía oro en su regazo, que satisfacía sin titubear sus más costosos y atrevidos caprichos. La suerte del Marqués en los negocios relucía en la mente agradecida de la Marquesa como habilidad ó como genio. El Marqués le parecía un encantador, que tocaba con su varita cualquier esperanza, cualquier ilusión, cualquier antojo, cualquier ensueño, y al instante le realizaba, trayéndole por ensalmo del mundo de las quimeras y de las sombras al mundo de los seres sólidos y consistentes.

La misma Costancita tenía de sí un alto concepto, que la hacía invulnerable á no pocas seducciones.

Una mujer pobre, aunque sea el desinterés personificado, suele dejarse deslumbrar por la riqueza, por el esplendor, por la magnificencia de un galán rico. No tomará nada de él; pero podrá sentirse avasallada y pasmada de los coches, de los caballos, del palacio, de la pompa, de la atmósfera, en suma, que circunda al galán. Á Costancita nada de esto la hacía efecto. Era ó se creía tan rica como cualquiera, y no había lujo, ni gala, ni prodigio de la industria ó del arte que lograse aturdirla, que excitase su admiración ó su curiosidad.

Una mujer plebeya suele hallar un atractivo invencible en el galán que lleva un nombre ilustre. Una mujer que no está en la más alta sociedad se hechiza con el galán que brilla en los aristocráticos salones; quizás el deseo de presentarse como rival, de vencer y de mortificar á alguna gran señora, puede más en ella que todos los propósitos de virtud. Para Costancita, que, por sí y por su marido, se creía de la prosapia más esclarecida, y que había vivido y resplandecido en los círculos más encumbrados de París y de Londres, nada de lo dicho podía perturbar el endiosado corazón. Todo lo miraba como por bajo de ella. Nada había que no desdeñase.

La fama de la Marquesa de Guadalbarbo se extendía por toda Europa. La Marquesa había brillado en Baden, en Brighton, en Spa y en Trouville; en los salones del Faubourg Saint-Germain; en los castillos de los lores más ilustres de Inglaterra y de Escocia. En Berlín, en Petersburgo, en Niza, en Florencia y en Roma tenía amigas que la escribían, adoradores que aun suspiraban por ella. Costancita estaba harta de brillar, y casi, casi se puede asegurar que había venido á Madrid con el propósito de eclipsarse.

En las edades y en los centros de más complicada y refinada civilización, en Alejandría por ejemplo, en tiempo de los sucesores del hijo de Filipo, y en Versalles, en tiempo de Luis XIV y de Luis XV, es cuando, por contraposición, se ha despertado el gusto y hasta la manía de la poesía bucólica, del idilio, de la vida campestre, del amor sencillo entre pastores y zagalas. Un fenómeno parecido podía observarse en el corazón de la bella Marquesa. Vivía gustosa en Madrid; pero de vez en cuando atormentaba su corazón cierto prurito de vida patriarcal y primitiva. La Marquesa de Guadalbarbo componía á veces idilios inefables, allá en el fondo de su alma, en cuya composición entraban por mucho los recuerdos de su pequeña ciudad natal, de su jardín, del azahar y de las violetas que le embalsamaban, del cielo despejado de Andalucía, y de toda aquella existencia menos artificiosa y más próxima á la madre naturaleza.

Cansada Costancita de que la admirasen, de ver rendidos á sus pies lores ingleses, príncipes rusos, leones parisienses, todo lo que hay de más distinguido, soñaba con otra novela; echaba de menos en su vida cierta poesía, y la buscaba por otra parte, no en aquello de que estaba satisfecha hasta la saciedad.

Mientras el afán de lucir y de ser adorada no se había amortiguado en su pecho, la novela, la poesía, el ideal de la Marquesa de Guadalbarbo se había realizado en aquellas adoraciones y rendimientos de que había sido objeto. Su severa virtud y su fiel amor al respetable Marqués habían sido la primera condición de aquel ideal realizado. Faltar en lo más mínimo al Marqués de Guadalbarbo, deslustrar su nombre aun sólo con la ocasión de una sospecha, hubiera sido para Costancita como arrojarse al suelo desde el altar de oro en que estaba subida. Era menester hacer creer, era menester que Costancita misma creyese, y nos parece que lo creía, que la admiración que le inspiraba la constante dicha del Marqués en los negocios, y la gratitud que infundía en el pecho de ella aquella esplendidez con que le proporcionaba cuanto quería, era un verdadero amor, era una devoción sincera, que hacían de ella y del Marqués un ser mismo, ó por lo menos una unidad inseparable, por donde todas aquellas magnificencias y esplendores no venían como de fuera y de extraño poder, sino que brotaban de la propia condición de Costancita y eran cualidades y prendas de su persona.

Así había vivido Costancita, durante diez y siete años, amando al Marqués, siendo modelo de madres de familia, pasando entre los libertinos por una diosa de mármol, y citada como dechado de fidelidad y afecto conyugales por todos los sujetos graves y severos que la conocían.

La propia Condesa del Majano, hermana del Marqués, de quien ya hemos hablado á nuestros lectores, aunque era la dama más austera y descontentadiza de Madrid, estaba encantada de Costancita, y nada tenía que censurar en ella, salvo un poco de tibieza en rezos y devociones; pero el estímulo de formular esta censura se embotaba en el corazón de la Condesa del Majano, quien, como casi todas las mujeres devotas, era muy avara, con los presentes y limosnas que Costancita daba para las iglesias, conventos de monjas y casas de caridad, de todos los cuales presentes era distribuidora la Condesa, luciéndose así y pasando por generosa sin gastar un cuarto.

El Marqués de Guadalbarbo había cumplido ya sesenta y seis años de edad; pero se conservaba que era un portento. Su vida activa, el montar á caballo y el cazar con frecuencia, el buen trato y las satisfacciones de todo género, le tenían como remozado.

Cada día el Marqués se aplaudía más á sí propio por el buen tino que tuvo en elegir mujer. Costancita, que mimaba las flores, los canarios y hasta las joyas y las telas insensibles, ¿cómo no había de mimar, cuidar y arrullar y contentar á un marido tan bueno, tan providente, tan servicial y tan pródigo? Costancita se desvivía por el Marqués, le adivinaba los pensamientos, procuraba que se distrajese, le hacía reir con chistes y burlas, le consolaba cuando tenía algún disgusto, siempre levísimo, y le cuidaba como á un niño cuando tenía alguna enfermedad, también siempre ligera.

Mas, á pesar de todo esto, fuerza es confesar de plano lo que ya hemos dejado entrever, lo que hemos indicado hace poco. Costancita se hallaba en un momento peligroso de crisis.

El ideal de su vida de hasta entonces estaba ya agotado: había dado de sí cuanto podía dar. El incienso de la lisonja, los triunfos de la sociedad, las mil pasiones inspiradas por su belleza y sólo pagadas con gratitud, de todo esto, permítasenos lo vulgar de la palabra, estaba ya más que empalagada Costancita. Hacia deleites más subidos, hacia un ideal más bello, hacia una poesía más fogosa aspiraba su alma. Al tramontar del sol en una hermosa tarde, cuando el sol tiñe aún de topacio y de púrpura los celajes de Occidente, se llena el corazón de vaga melancolía y suele forjarse mil extrañas quimeras en arrobos inexplicables; así el alma de Costancita, en el luciente y apenas empezado ocaso de su duradera y briosa juventud, buscaba melancólica un bien extraño, una poesía bella, una luz, un calor suave, un contentamiento divino, que alegrasen y alumbrasen la serena tarde de su vida.

Una circunstancia casual vino á dar mayor impulso al vuelo del espíritu de Costancita en esta dirección romántica y á engolfarle más por el misterioso piélago de sus ensueños, lleno todo de sirtes, escollos y bajíos.

Los Marqueses de Guadalbarbo recibían una vez por semana, y reunían en sus salones á lo más distinguido de Madrid por hermosura, nacimiento, fortuna, letras y armas. Los marqueses tenían además, de diario, gente convidada á comer. El general Pérez era de los que más frecuentaban la casa.

El general Pérez, la índole de cuyas relaciones con Rosita hemos dejado en una discreta penumbra, no sólo era un oráculo en política, un poder de quien á veces pendía la muerte ó el nacimiento de los Ministerios, sino el más pertinaz, confiado, audaz y fatuo de los galanteadores. En este linaje de lides, así como en los verdaderos campos de batalla, el general Pérez se juzgaba un César, y el vine, ví y vencí no se le apartaba del pensamiento, cuando no de los labios.

Este tremendo General, este héroe impertérrito y halagado por mil éxitos ruidosos, se consagró completamente á la Marquesa de Guadalbarbo. La perseguía con miradas volcánicas, la requebraba con cierto desenfado militar, y no quería creer jamás que los desdenes, las burlas y hasta las iras á veces de la Marquesa, fuesen iras, burlas y desdenes legítimos, sino artificios, fingimiento y tácticas amorosas para hacer más deseable la victoria y para dar más precio á la fortaleza que al cabo se había de rendir.

La persistencia vanidosa del general Pérez tenía fuera de sí á Costancita. Juzgaba ya que dentro de la buena educación y de los respetos sociales había hecho cuanto puede hacerse, y aun más de lo que puede hacerse, para refrenar al feroz é intrépido guerrero, ó alejarle de sí desengañado; pero el ahinco del general Pérez era descomunal, rayaba en lo inverosímil.

Acostumbrado el Marqués de Guadalbarbo á que le adorasen á su mujer, y confiadísimo además en la virtud de ella, no advertía ó no hacía caso del apretado y durísimo asedio en que el General la había puesto. Costancita, además, era prudente, y no había de acudir á su marido para que la libertase de las impertinencias de aquel presumido galán, para que osease á aquel moscón, empeñándole acaso con él en un lance, á par que peligroso, ridículo.

Costancita, pues, seguía sufriendo, si bien con impaciencia y disgusto, las pretensiones del General, esperando cansarle y apartarle de sí á fuerza de seriedad y desvío. Hasta entonces no había comprendido Costancita una parte de la mitología: las persecuciones del dios Pan á las ninfas, de Apolo á Dafne, y del cíclope Polifemo á Galatea. Ahora, mutatis mutandis, en vista del modo de vivir actual, mucho más ordenado y político, casi se consideraba ella como una Galatea, y miraba como á un furioso Polifemo al general Pérez.

Lo que más la molestaba, lo que más hería su orgullo era la majestad del General, su creencia mal disimulada de que casi la honraba pretendiéndola y sufriendo sus desdenes. Ella, que se creía por cima de todos los generales; ella, que sabía que la riqueza y la posición de su marido no dependían del favor de ningún repúblico ó gobernante poderoso; ella, que comprendía que su marido no necesitaba del Ministro de Hacienda, sino que en todo caso, el Ministro de Hacienda necesitaría de su marido, perdía la serenidad y se mordía los labios de rabia cuando el general Pérez se le acercaba hasta con aire de protección y como diciéndole:—Admírese V.: ¿qué no valdrá V., cuán grande no será mi amor, cuando sufro tanto, siendo quien soy y pudiendo cuanto puedo?

Acudía por entonces á casa de Costancita todas las noches de tertulia, y venía asimismo á comer una vez por semana, nuestro protagonista, su desdeñado primo, D. Faustino López de Mendoza.

La suerte habíale mostrado siempre tan adusto ceño, que D. Faustino, á pesar de sus ilusiones, había acabado por crearse un carácter del todo contrario al del general Pérez. Se había hecho tímido, desconfiado, modesto y encogido. Su humildad le dió cierto encanto á los ojos de Costancita y le ganó las simpatías del Marqués de Guadalbarbo, quien llegó á hacer de él los mayores elogios y á sacarle siempre á relucir como ejemplo de los caprichos é injusticias del destino, que le tenía en tan bajo lugar, mientras que había encumbrado á tanto zopenco.

Costancita en un principio contradecía á su marido, sosteniendo que el no haber hecho carrera D. Faustino era por culpa de su carácter, hallando y marcando en él infinidad de defectos; pero el Marqués propendía á probar que no había tales defectos, sino que todas eran excelencias y perfecciones. La Marquesa se fué poco á poco convenciendo de lo que su marido afirmaba. De esta suerte, el Doctor Faustino vino al fin á parecerle un sabio marchito en flor, un león á quien han cortado las uñas, un genio á quien han arrancado las alas pujantes con que iba á encumbrarse al empíreo.

¿Y quién había sido la maga maléfica, la hechicera traidora que había hecho tan impía y bárbara amputación de alas y de uñas? Costancita se dió á cavilar en esto y á sentir remordimientos que hasta entonces no había sentido, y á considerarse bastante culpada.

Entonces recordó con ternura, con cierta tristeza entre dulce y amarga, con lánguida y morosa delectación, las veladas y los coloquios por las rejas del jardín, las lágrimas que vertió la noche de las calabazas, el beso humilde y manso que le dió en la frente su primo en pago de la herida que ella le hacía en el alma; y creyó oir el murmullo de la fuente de su jardín, y se sintió en la amena soledad nocturna, y vió el sereno cielo de Andalucía tachonado de mil y mil claras estrellas, y aspiró embriagada el perfume de aquel azahar y de aquellas violetas. Todo esto, poetizado, hermoseado, sublimado por la distancia, acudía á la memoria como cuento de hadas, con destellos refulgentes, con el encanto de la primera juventud, evocada por el recuerdo.

Una piedad infinita penetraba en el corazón de la Marquesa. Quizás ella había torcido la suerte de Faustino. Amado por ella, animado, estimulado por ella, Faustino hubiera realizado todos sus sueños de gloria. Sus ilusiones hubieran sido realidades. Ella quizás había tronchado aquella flor cuando se abría al blando soplo de las más nobles esperanzas; ella quizás había destrozado las alas de aquel genio; ella quizás había roto las mágicas cuerdas de aquella melodiosa arpa, arrojándola después en un rincón, como el arpa de los versos de Becker.

Forjábase entonces la Marquesa una existencia fantástica, mil veces más bella que la que había pasado. Se representaba á sí misma como la musa, el impulso, la inspiración, el resorte enérgico y fecundo en milagros y creaciones, de un hombre que tal vez hubiera llenado de gloria á su patria. Esto le pareció más bello, más poético, más noble que todos los casos, lances y sucesos de su vida real.

Por primera vez, allá en lo íntimo de su conciencia, sin atreverse á confesárselo con claridad, columbrándolo apenas, pensó Costancita que sólo el egoísmo, el miserable interés, el ansia de goces materiales, el afán del lujo y la vanidad la habían guiado y arrastrado á preferir á Faustino al Marqués de Guadalbarbo.

Costancita, con todo, no había coqueteado aún en Madrid con D. Faustino. Costancita seguía amando y reverenciando al Marqués. Y D. Faustino, tan castigado por la mala ventura, no soñaba en que su prima, que no le quiso en su tierra, pudiera quererle ahora, cuando ya el indigno misterio de su porvenir estaba claro; cuando ya se había demostrado con el éxito todo lo vano, infundado y falto de ser de sus esperanzas y de sus planes de glorias y triunfos.

Sin embargo, estimulada Costancita por las asiduas pretensiones del general Pérez, concibió una idea de todos los diablos. El Marqués no había de echar de su lado al General. Cualquier coqueteo con otro personaje de primera magnitud no haría sino darle picón y entusiasmarle más todavía. El modo de ahuyentar al General y de vengarse de él, humillando su soberbia, era buscarle un rival obscuro, modesto, á quien ella, con su omnipotencia de gran señora, realzaría por medio de una mirada, por el conjuro de un favor. Así remedaría Costancita á Dios mismo, arrojando del encumbrado sitial al poderoso y exaltando al humilde. Costancita se resolvió, pues, á dar aliento á su pobre primo, á sacarle de aquella postración y abatimiento en que se hallaba, á hacerle sentir lo que valía, y á ponérsele como rival y contrario al engreído General, á ver si reventaba de furor al verse suplantado por un empleadillo de catorce mil reales, por poco más de un escribiente; á ella además le parecía que aquel escribiente, aquel empleadillo de catorce mil reales, valía mil veces más por todos estilos que el general Pérez, con todas sus conquistas, y que ella no necesitaba que la gloria y la fama del general Pérez ni de nadie reflejasen en su persona para esclarecerla. Costancita se creía con sobrado esplendor propio para brillar por sí, para iluminar, hermosear y ensalzar cuanto se le acercase.

 

 

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XXIX.

Á SECRETO AGRAVIO, SECRETA VENGANZA

El Marqués de Guadalbarbo estaba cada día más dispuesto á coadyuvar, sin saberlo, al diabólico propósito de Costancita.

El entono y la arrogancia que tenían, ó que él imaginaba que tenían, los personajes más eminentes de Madrid, parecíanle tan injustificados, que apenas si los podía sufrir. Admirador el Marqués del buen orden, grandeza y florecimiento de la Gran Bretaña y de otros Estados de Europa, lamentaba como nadie el atraso, el desorden y el desgobierno de su patria. Imaginaba, pues, que nuestros próceres y repúblicos, lejos de mostrarse soberbios debían estar avergonzados de su ineptitud y llenos de la humildad más profunda.

El Marqués, como casi todos los hombres cuyos negocios prosperan, sobre todo si no tienen que acusarse de bajezas ni de bellaquerías, estaba dotado de un amor propio colosal, y naturalmente le molestaba el de los otros, que ni con mucho se le antojaba tan fundado.

Jamás había leído el Marqués el curiosísimo libro del padre Peñalosa, titulado Cinco excelencias del español que despueblan á España; mas aunque le hubiera leído, no cabía en la índole de su entendimiento el creer la singular teoría de aquel ingenioso fraile; el cual daba por seguro que por ser los españoles tan hidalgos, tan católicos, tan realistas, tan generosos y tan guerreros, están siempre tan perdidos. Así es que la perdición, según el Marqués, provenía de malas y no de buenas cualidades; por donde no cesaba de gruñir y de censurar á sus paisanos, si bien descargaba los rayos de su censura sobre las eminencias y se mostraba benévolo é indulgente con los humildes y poco afortunados.

Como entre estos últimos se contaba el primito D. Faustino, el Marqués sentía por él, según ya hemos dicho, una singular predilección, que iba en aumento siempre. La prevención con que había mirado al primito, cuando le conoció en Andalucía se había disipado por completo. La petulancia de la primera juventud, los alardes de impiedad y descreimiento, y otras faltas de Don Faustino, se habían enmendado con los años y los desengaños. Y por otra parte, el Marqués distaba mucho de ver ya en Don Faustino, como había visto en otro tiempo, á un rival que venía á robarle sus amores; antes bien veía ahora á un joven infeliz, de quien él había triunfado, y cuyo valer y nobles prendas, mientras en más se estimasen, daban más precio, mérito é importancia á su victoria. Cuanto más alto ponía el Marqués á D. Faustino, allá en su imaginación, tanto más ensalzaba el afecto y la libre decisión de Costancita al desdeñar á D. Faustino y al preferirle á él.

En tal estado las cosas, las visitas del Doctor á su prima menudeaban cada vez más; y si por cualquier motivo nuestro héroe no parecía durante dos ó tres días por casa del Marqués, el Marqués le buscaba ó le escribía llamándole.

Entre tanto, el infatigable general Pérez, verdadero poliorcetes amoroso de nuestro siglo, aunque había sido rechazado en todos sus asaltos, arremetidas y ataques, seguía con regularidad y sin interrupción el cerco de la plaza. Como era un señor de tanto fuste, respeto y soberbia, nadie se atrevía casi á acercarse y á hablar con Costancita, considerándolo tiempo perdido, merced á aquel tremendo espantajo. El general Pérez, con sus miradas y con andar siempre en torno de Costancita, hacía una perpetua declaración de bloqueo. Claro está que los galanes de Madrid no se arredraban por temor de que el general Pérez se los comiera crudos, ni mucho menos; pero cuando veían á un conquistador como él tan empeñado en aquella empresa, sin desmayarse ni retirarse, tal vez suponían que no era tan mal recibido, y no había uno que se atreviese á presentarse como rival para salir derrotado.

Costancita, más harta cada día, empezó á ponerse fuera de sí al ver que el cerco se estrechaba y que la incomunicación en que el general Pérez quería tenerla iba poco á poco realizándose.

El propio D. Faustino, con la modestia y la timidez que su mala ventura le había infundido, sospechó, no que su prima amase al General y estuviese con él en relaciones, sino que se deleitaba y enorgullecía de la asidua corte de tan eminente personaje. Así es que, no bien veía al General al lado de la Marquesa, juzgaba atinado y prudente irse por otra parte á fin de no estorbar. Costancita rabiaba y se desesperaba más con esto, allá en su interior. El resultado era que hacía extremos cariñosos por su primo, que le miraba con ojos llenos de ternura, que le apretaba la mano con efusión, y que hasta le hacía elogios á cada paso; pero al Doctor se le metió en la cabeza que todo ello era compasión, bondad, deseo de levantarle un poco de la postración en que se hallaba; quizás algo de leve remordimiento por las crueles calabazas que Costancita le había dado en otra época.

La Marquesa de Guadalbarbo empezó á picarse no menos de esta impasibilidad del Doctor que de la persecución sin tregua del General. Sin poder contenerse, vino entonces á hacer más declarados favores á su primo; pero, por declarados que fuesen, el Doctor, ó se los explicaba, como antes, por la compasión, ó se daba á cavilar en una cosa que desechaba luego como un mal pensamiento, si bien volvía á su imaginación con persistencia.—¿Querrá mi prima, se decía, que yo le sirva de pantalla para que lo del General no se perciba tanto?

Lo cierto es que esta conducta de D. Faustino, seguida instintivamente en fuerza de lo abatido y descorazonado que se hallaba, hubiera sido, seguida con toda reflexión y cálculo por un seductor de oficio, la más hábil y la más á propósito para rendir á Costancita.

Costancita continuó, pues, favoreciendo á su primo por todos aquellos medios indefinibles, vagos y poéticos, que á veces hasta las mujeres tontas y vulgares saben emplear, si el amor ó el deseo de ser amadas las inspira, y que la Marquesa de Guadalbarbo, tan entendida, tan elegante, tan artista en todo, empleaba de una manera deliciosa. El Doctor no se creyó amado aún; pero empezó á recordar los antiguos amores y á pintarse en el alma los coloquios de la reja del jardín con todas sus circunstancias, y á creer que amaba aún á Costancita, á pesar de María.

Esta nueva situación del ánimo del Doctor se hizo patente muy pronto á los ojos de la Marquesa, quien advirtió en su primo una dulzura de expresión muy grande cuando la miraba, una gratitud profunda cuando ella hacía de él algún encomio, y un cuidado y una solicitud rebosando sencilla y natural galantería para hacer por ella mil pequeños servicios. En persona tan distraída como el Doctor, y que tanto distaba de ejercer tales artes por costumbre, casi, casi era esto una semideclaración de amor.

Como se pasaba cuatro ó cinco horas diarias en la oficina extractando expedientes, y luego otras tantas en la soledad de su cuartucho del pupilaje, tratando en balde de dar ser á su epopeya ó de componer su nuevo sistema filosófico, el Doctor se creía trasladado al cielo desde el purgatorio cuando entraba en aquellos elegantes y ricos salones, donde los criados le trataban con una consideración de que no había gozado desde que salió de Villabermeja; donde todo despedía dulce olor; donde había tantas cosas bonitas, y donde, sobre todo, hallaba á una tan bella mujer y tan aristocrática, que se interesaba por él, que le preguntaba por su salud con verdadero afecto, que deseaba leer sus versos y saber sus filosofías, y que hacía todo esto de un modo tan llano y tan discreto, que no advertía jamás el Doctor, aunque era muy caviloso, que hubiera afectación en nada, ni que hubiera sensiblería, ni pedantería, ni que pudiera aparecer el más ligero asomo de ridículo.

Sentía el Doctor tanto bienestar y consolación tan suave en casa de Costancita, y en este punto de sus relaciones con ella, que estaba como el enfermo cuando halla una postura cómoda y grata, tiene miedo de perderla y no se atreve á moverse, ó como quien ha tenido un sueño beatífico, cuando se despierta y procura colocarse del mismo modo y conciliar el sueño de nuevo para que se repitan idénticas visiones. En suma, el Doctor se contentaba con aquello, y no aspiraba á más por miedo de perderlo todo.

Una de las noches en que recibía la Marquesa, en el mes de Mayo, el general Pérez estuvo pesado y atrevido como nunca; se quejó de que la Marquesa no le recibía sino los días de recepción, y se obstinó en alcanzar una cita.

—Yo tengo que hablar á V. con cierto reposo—dijo á la Marquesa.—Esto es terrible. Aquí tiene V. que hacer los honores, y con ese pretexto no me hace V. caso; no me oye nunca; cualquier majadero que se acerca me interrumpe en lo mejor de mi discurso. Oigame V. antes de condenarme. Á nadie se le condena sin oírle.

—Pero, General—contestó Costancita, si yo no le condeno á V., si yo le oigo; ¿de qué se queja?

—Es V. muy cruel. V. se burla de mí.

—No me burlo.

—¿Por qué no me recibe V. cuando vengo de día?

—Porque de día no recibo más que los martes. Venga V. cualquier martes y le recibiré.

—Eso es; me recibirá V. como á cualquiera otro.

—¿Y qué derecho tiene V. á que yo le reciba de diferente manera?

—¡Ingrata! ¿Y mi afecto y mi amistad y mi admiración no me dan derecho?

—Por eso mismo quizás debo resistirme á recibir á V. Es V. muy peligroso,—dijo Costancita riendo.

—¿Lo ve V.? Se ríe V. de mí, Marquesa.

—No me río de V.; pero no debo recibirle. Por lo mismo que V. me hace la corte con tanta asiduidad, no debo recibir á V. para no dar ocasión á la maledicencia.

—Nadie dirá nada. Recíbame V. una vez sola. Su reputación de V. está tan bien sentada, que no murmurará nadie.

—Mire V.—dijo Costancita un poco contrariada de que el General tomase por lo serio aquella excusa,—harto sé que mi reputación no puede ni debe depender de tan poco. V. quiere verme mañana, cuando no recibo á los demás mortales. Pues sea. Venga V. mañana. De tres á cuatro. Encargaré á los criados que le dejen entrar.

—¿Y nada más que á mí solo?

—Nada más que á V. solo.

Dicho esto, la Marquesa se fué hacia otra parte, dejando satisfecho al general Pérez, aunque acababa de darle la cita para que no creyese que temía avistarse con él á solas, ó para que no presumiese que su reputación pendía de tan poco, que fuera á perderla por recibirle.

El general Pérez, como todo lo convertía en substancia, se quedó muy hueco. Allá, en el fondo de su alma, imaginaba él y pintaba con vivísimos colores una lucha muy brava que el amor y la virtud se estaban dando en el corazón de Costancita por culpa suya. La concesión de la cita le pareció una gran victoria del amor. No comprendió que Costancita había cedido á fin de demostrarle que él era para ella un hombre sin consecuencia. El General la había estrechado tanto, que negándose á recibirle, hubiera sido como decir con la Leonor de El Trovador: