Pilar y Maximina charlaban en voz queda mientras cosían á la luz de la lámpara. Pilar era regordetilla y tenía los cabellos negros, crespos y lustrosos, de las cíngaras; Maximina, por el contrario, era rubia, alta, pálida y señoril. Cuando momentos antes Pilar, un poco despeinada y con ojos de tristeza, penetró en la estancia, su compañera la interrogó:
—¿Ya se ha dormido?
—Sí.
—¡Pronto le llegó el sueño esta noche!...
—Afortunadamente...
Y ya no hablaron más del hombre pequeñito. Pusiéronse ambas á zurcir porque aquella faena, dando ocupación á sus manos, distraía de soslayo su pensamiento y con la distracción iba el alivio. Todas las prendas que repasaban pertenecían á don Gil: eran calcetinitos, calzoncillitos, camisitas, elásticas, de inverosímil parvedad. En el silencio nocturno, lejos, al otro lado de la Glorieta del Parque, resonaba acompasadamente el martillo del veterinario. Vibró la voz del sereno:
—¡Las once... y nublado!
—Las once ya—repitió Pilar.
—Pues don Ignacio trabaja todavía.
—Sin duda por ser mañana jueves, día de feria.
—Es verdad.
Hablaron de las faenas menudas de la casa.
—¿Quién va á lavar esta semana?—preguntó Maximina.
—Me corresponde lavar á mí.
—¿Hay jabón?
Se interrumpieron para contar las once campanadas del reloj del comedor; latían límpidas, argentinas, debilitadas por la distancia.
—El amo ha dicho que quiere almorzar mañana paella—continuó Maximina.
—Bueno: sacrificaremos el pollo blanco; es el más grande y el más peleador; á sus hermanos no los deja vivir.
Fuera de la casa susurraba un rumor pertinaz de marea, una inquietud de agua corriente, producida por el viento entre los árboles.
—Mañana tendremos mal tiempo—observó Pilar.
—Creo lo mismo.
Callaron las dos azafatas y á la vez levantaron la cabeza, y sus miradas quedaron fijas en un punto del muro. Inmediatamente sus ojos se buscaron.
—¿Has visto?
—Sí.
Examinaron la lámpara.
—¿Habrá sido un temblequeo de la luz?
—No, sé.
Era un vapor tenue, una especie de mancha amarilla levísima, la que un segundo—sólo un segundo—imaginaron ver resbalar por la blancura de la pared. Las pestañas, en el abrir y cerrar automático de los párpados, suelen echar sobre las pupilas una sombra así. Lo extraño, lo alarmante, fué que, simultáneamente, idéntico fenómeno se hubiese producido en las dos.
Maximina, con un movimiento nervioso, tiró su costura al suelo, como disponiéndose á huir.
—Tengo miedo—dijo—; eso es el amo, que se ha marchado.
A Pilar, las manos, de terror, se la habían puesto frías y blancas.
—¿Dices que es el amo?
—¿A dónde quieres que vaya?
—A su cuarto.
—Yo, no me atrevo.
Maximina, cuyo miedo, por instantes, se convertía en curiosidad y valor, se levantó.
—Vamos las dos.
Cogió á su compañera de un brazo, queriendo llevarla consigo. Pilar la rechazó fácilmente; su pánico habíase trocado en fuerza hercúlea.
—¡Yo, no voy... yo no me muevo de aquí!
Levantaba la voz como si, verdaderamente, se hubiesen quedado solas. Por nada se atrevería á penetrar en el dormitorio de don Gil. Maximina la miró con odio y desdén:
—¡Cobarde!... Iré yo sola.
Dirigióse hacia la habitación del enano, que estaba contigua, empujó suavemente la puerta y, sin entrar, miró. La cabeza, grande y amarilla, de don Gil, reposaba sobre las almohadas.
Pilar, reanimada por el bizarro ejemplo de su compañera, la había seguido. Preguntó:
—¿Está?...
Maximina volvió á cerrar la puerta y, muy pálida, se retiraba de puntillas.
—Sí... está...—balbuceó.
Hizo un gesto y bajando mucho la voz:
—Como estar... ¡sí que está!... Y, sin embargo, no está. ¿Tú comprendes?...
La ociosidad y regocijo del vecindario puertopomarense tenían, aparte el pequeño festival organizado en la plaza, todos los domingos, á la hora de misa mayor, cuatro manifestaciones principales: el Casino, la Fonda del Toro Blanco, el café de la Amistad, vulgarmente llamado «de la Coja», por serlo su dueña, y la estación del ferrocarril. De estos lugares, los tres primeros pertenecían exclusivamente al elemento masculino; allí se congregaba para hablar de toros, de sementeras y de política; jugar al dominó ó echar un rato á carambolas. Como fatigado de la calle, el hombre, si intenta divertirse, necesita hallarse sentado y entre paredes. En cambio, la mujer, que vive recluída y en perpetua inquietud de ensueño, prefiere caminar, sentir el aletazo de las cosas que violentamente llegan y huyen, y se va á la estación.
El Casino era el lugar predilecto de lo más conspicuo y benemérito de la población; lo que constituía la nata, penacho ó cogollo de la mejor sociedad, acudía allí. El patio de la Fonda del Toro Blanco, gracias á las cortesanas marrullerías y buen unto de don Valentín, era visitado también por la gente de pro, pero señalaba, dentro de la distinción, un matiz más familiar, menos etiquetero y mirlado. Siempre que las personas de viso sentían la pereza de vestirse con toda pulcritud; cuando don Elías, por ejemplo, estaba con los pies doloridos de andar y sin ánimos para calzarse las botas nuevas; ó don Artemio se había ensuciado los puños de la camisa con el mortero y no tenía ganas de mudárselos; ó don Juan Manuel Rubio, gordo y comodón, no quería aplicarse el tormento de un cuello almidonado, iban á la fonda de Olmedilla. La concurrencia, de consiguiente, era selecta, pero mostraba en su indumentaria y actitudes cierto desaliño familiar. Se hablaba más alto y las discusiones adquirían fragosidades tempestuosas; el individuo que en el Casino le hubiese pedido á Teodoro te ó café, en el Toro Blanco, bajo el lozano dosel de la parra que cubría el patio, bebía aguardiente; los jugadores de dominó porraceaban con bullicioso ímpetu el mármol de las mesas, y á nadie le parecía mal; allí los cuellos anchos, deshilachados y cubiertos de suarda, de don Niceto, no atraían la murmuración, y don Ignacio hubiera podido quedarse impunemente en mangas de camisa.
El café de la Amistad pertenecía al pueblo. Hallábase situado en el cruce de las calles Bajada de la Fuente y Amor de Dios. Era un local amplísimo, con suelo oscuro, de madera, y paredes blancas. Las luces tremaban suciamente en la turbieza de los espejos metidos en gasas. Varias columnas de hierro aguantaban la pesadumbre del techo, que un pintor, para darle apariencias celestes, revocó de azul y adornó con una lamentable bandada de golondrinas; el guión llevaba en el pico un ramo de vid. Había tres mesas de billar, que casi nunca estaban ociosas, y ocupaban el resto del salón numerosos veladores con pies de madera y piedra de mármol. El mostrador hallábase inmediato á la puerta que conducía al interior del establecimiento, y ante un elevado estante, bien repleto de botellas polícromas y exornado en su remate por un reloj de cuco.
En el café de la Amistad no había camareros; Rosario, la dueña, servía por su mano á su clientela, y ello significaba el mejor sostén ó razón del negocio. Era una rubia de veinticuatro años, desde el amanecer muy bien peinada, empolvada y compuesta, tetuda, ancha de omoplatos y con las restantes partes de su saludable persona tentadoramente apretadas y rollizas. Para mayor provocación, siendo niña habíase roto la pierna derecha á la altura de la rodilla, y como los huesos no se soldaron bien, aquella extremidad quedó más corta, lo que la constreñía, al caminar, á mover las nalgas de un modo que suspendía la atención de los hombres. Más de un jugador de dominó, por mirárselas, se distrajo y neciamente perdió la partida.
Entre los contertulios asiduos del café de la Coja, estaba Frasquito Miguel. Iba solo y á prima noche y procuraba instalarse cerca de la puerta, con la obsesión de embriagarse y de no llamar la atención al salir. El señor Frasquito se emborrachaba con aguardiente. «Me gustan—decía—las armas blancas...» De media en media hora pedía un vaso grande, que bebía á sorbos caudales y lentos, para que el deleite de su boca sedienta fuese mayor. Durante toda la velada, su figura cetrina, inmóvil, apoyada de codos en la mesa, perfilábase sobre la blancura de la pared. No hablaba, no sonreía, y si alguien le dirigía la palabra, replicaba con monosílabos. Entre tanto, sus mejillas iban congestionándose, desmayábase su labio inferior y sus ojos mortecinos miraban idiotizados á la concurrencia. Si le invitaban á jugar una partida de naipes, se excusaba moviendo la cabeza. No sentía la necesidad inteligente de comunicarse con nadie. Su placer, el placer que llenaba gozosamente el silencio de aquellas horas, era interior, reconcentrado, hermético. El señor Frasquito pensaba en la coja; por verla cojear, el busto inclinado como en una reverencia y las caderas en alto, iba allí. Admirándola tan carnosa, tan blanca, tan limpia, tan pechugona, pensaba en su coima, la fiera mujerona, cenceña, huesuda y desapacible, y aunque hacía tiempo no ponía en ella las manos, harto recordaba la aridez de su cuerpo triste, anquiseco y hombruno. «¡Si se pareciese á «la Coja!...»—pensaba. Luego, ya tarde, llamaba á Rosario; sin mirarla, con una especie de pudor amoroso, la preguntaba el importe de su gasto, pagaba y muy erguido, rígidas las piernas, mesurado el paso, como equilibrista que avanzase por una maroma, se dirigía hacia la puerta.
Toribio Paredes, el tonelero Eustasio García, Luis Olmedilla, que gustaba de alternar con la plebe, y otros individuos sobranceros y de sueltas costumbres, frecuentaban puntualmente el café de la Amistad sólo por complacer sus ojos en la hermosura de la dueña y, particularmente, en las opulencias que su cojera, acompasadamente y tan á gusto de todos, salpresaba y ponía de manifiesto. Este brusco vaivén exasperaba la voluptuosidad colectiva: Rosario hubiese dejado de ser coja, y, como por ensalmo, habrían disminuído sus ganancias; desde el punto de vista económico, aquel «buen pie», que otros industriales la envidiaban, era precisamente su pierna rota. De todo ello estaba bien convencida la hermosa mujer, y aunque tenía un don Cuyo, de quien parecía muy enamorada, fuese por interés ó por pinturería y femenil vanidad, ó por ambas causas, complacíase en recorrer la sala, yendo de mesa en mesa y repartiendo entre su clientela palabras de agasajo y estudiadas sonrisas.
Eran muchos los mozos, trabajadores de los tejares y gañanes, que se la comían con los ojos, y este represado apetito descubríase en el ardor con que, mientras la miraban, dentro de sus alpargatas los dedos de sus pies, desnudos, se retorcían. Toribio, especialmente, perecíase por ella, y tanto creció su afición, que necesitó echarla del pecho. Su hacienda, su mano de esposo, cuanto significaba y tenía, púsolo á merced de la adorada. Rosario le escuchó indulgente y con frases cordiales le desesperanzó y persuadió de la inutilidad de sus deseos: ella tenía á quién querer, y este amor grande, amor de muchos años, excluía de su corazón cualquier otro afecto. Llegaba tarde. Entre ambos, sin embargo, podía haber amistad, una buena amistad... y no era poco. El sincero acento de sus palabras convenció á Toribio: estaba bien; nunca más, aunque llegase á centenario, volvería á importunarla con sus ruegos. No obstante, bajo la vertical decisión de la voluntad, el deseo embravecido persistía inexorable. Por adueñarse de «la Coja», Toribio Paredes hubiese llegado al crimen: rendirla, estrujarla entre sus brazos durante una noche, y luego quedarse ciego, cubrirse de lepra ó entregar la garganta al verdugo... ¿qué importa?... El, nada decía; antes le hubieran hecho picadillo, que arrancarle del cuerpo otra frase alusiva al infierno de su corazón; pero cuando veía á Rosario, decolorábanse sus labios, apretaba los dientes, y sus orejas, repentinamente blanqueadas por la emoción del deseo, parecían adherirse al cráneo como las de las fieras cuando van á reñir.
Al Casino, por las mañanas, iba poca gente; algunos jugadores de billar y nada más. A mediodía llegaban los devotos del vermouth: don Elías, don Isidro, don Juan Manuel, don Ignacio... Por las tardes, especialmente desde las cuatro en adelante, la afluencia de socios acrecía, y los salones ecoicos temblaban con el alboroto de las tacadas y de las apuestas. De noche, la animación era aún mayor. Los contertulios se repartían: los más jóvenes, luchaban inclinados sobre las mesas de billar; otros, acudían á la sala de juego, ó fraccionados en grupos, se abandonaban á las sorpresas del dominó ó del tute.
Entre los concurrentes más tenaces estaba don Elías, quien diariamente, á lo largo de su vida, le disputaba á don Artemio Morón el campeonato del ajedrez. Tres años hacía que, todas las noches, aquel empeñado torneo se reanudaba: ni claudicaba el médico, ni el boticario se rendía: si Fernández Parreño perdía, don Artemio le invitaba á desquitarse; si, por el contrario, el vencido y deshecho era don Artemio, don Elías se apresuraba á desafiarle nuevamente y agasajarle así con la perspectiva de una victoria.
Esta tenacidad servía de argamasa ó basamento á una tertulia formada por el juez don Niceto Olmedilla, Romualdo Pérez, Epifanio Rodríguez y don Pepe Erato, uno de los vecinos más insignificantes y más buenos de la población. Don Juan Manuel, que adoraba las ásperas emociones del «treinta y cuarenta» llegaba después, y siempre, hubiese ganado ó perdido, su hablar cultipicaño, abundante y sobrado de amables paradojas, imprimía á la conversación rumboso incremento.
Don Ignacio Martínez, favorecido por don Dimas, el médico, don Isidro Peinado y otros, constituía reunión aparte: el veterinario era vanidosillo y celoso de su personalidad, y no quería sentarse á la mesa donde otros prestigios—los de don Juan Manuel y Fernández Parreño, verbigracia—pudiesen igualar el suyo cuando no oscurecerlo. Establecida esta separación y satisfecho de su independencia y hegemonía, Martínez ya no hallaba reparo en interpelar á sus amigos de otras tertulias con razones y dichetes, y obtener así para la suya algunas migajas de la alacridad que generalmente sobraba en la del diputado.
Varias figuras, comunes á la mayoría de las ciudades pequeñas, descollaban allí.
Don Ignacio, por ejemplo, era ese individuo que en los casinos de todos los pueblos lee la prensa en voz alta. Adquirió este hábito á poco de terminar su carrera, porque, según decía, con el mucho estudiar se le había fatigado el cerebro y de resultas dispersado y tullido la atención, de manera que no acertaba á comprender claramente lo que leía si al mismo tiempo que por los ojos las palabras impresas no iban metiéndosele en el alma por los oídos. Un sentido ayudaba al otro. El público había aceptado aquella costumbre. A veces, si alguien, acuciado por el interés de algún acontecimiento taurino, ó de cualquier incidente parlamentario ruidoso, proponía: «Veamos lo que dice el periódico». Sus oyentes le contestaban enseguida: «¿Qué prisa hay? Esperemos á que venga don Ignacio; él lo leerá». Tácitamente no reconocían otro lector: en sus labios las noticias tenían mejor aderezo; estaban habituados á sus ademanes, á su manera de frasear, á sus apostillas un poco anárquicas. De bonísimo grado Martínez ejercitaba aquel cargo honorífico. Fiado en la adhesión incondicional de su auditorio, apenas llegaba al Casino desdoblaba la prensa, venida de Salamanca ó de Madrid, instalábase debajo de una luz y poníase á leer de modo que todos le oyesen. Era un lector constante, entusiasta y gratuito, cuya voz dura y violenta, como su carácter, llenaba el salón. Egoístamente, sin curarse de nadie, don Ignacio leía el artículo «de fondo», los telegramas, la crónica negra, la sección de teatros... Los circunstantes le atendían unas veces, otras no; generalmente sólo le escuchaban el tiempo que Teodoro tardaba en traerles la caja del dominó ó la del ajedrez; luego se abismaban en el juego y olvidados de Martínez disputaban y reían. Don Ignacio, sin embargo, continuaba leyendo: primero, leía para todos; después para Teodoro, que sentado á su lado y codicioso de saber lo que acaecía en el mundo, miraba al albeitar como á un oráculo; pero estas devociones siempre eran cortas, porque sus obligaciones de camarero le obligaban á ir incesantemente de un sitio á otro. Entonces don Ignacio, impertérrito, sin curarse ya de nadie, continuaba leyendo para sí mismo, y la obstinada fe que en ello ponía era la del estudiante que, en víspera de examen, estuviera aprendiéndose una página de memoria.
Diversos concurrentes al Casino se particularizaban y distinguían por otros rasgos ó costumbres especiales.
Así don Artemio Morón era el individuo más madrugador de Puertopomares y, por lo mismo, el mejor informado de cuantos enredijos amenizaban la vida secreta del vecindario. Fuese invierno ó verano, apenas empezaba á clarear, su alto perfil, zancudo y jiboso, destacábase en la puerta de la farmacia: esparrancado, las manos metidas en las faltriqueras del pantalón, la inquisitiva mirada puesta en las calles mojadas aún de rocío. Desde su observatorio atalayaba un buen trozo de la calle Larga, casi toda la Glorieta del Parque y las primeras casas del umbroso Paseo de los Mirlos. Sin su implacable curiosidad, despabilada no bien amanecía, muchos pecados hubiesen quedado ocultos. Morón, que veía salir muy de mañana á don Juan Manuel del domicilio de doña Evarista, llevaba cuenta de las noches que el diputado distraía en casa de su amiga, avizoraba también á cuantos mozos volvían de pernoctar en el burdel de la Casilda, y si pasaba algún tipo desconocido, de su traza y del rumbo que llevase deducía quién fuese. En años anteriores, la virtud, muy propensa á quebrarse, de doña Amparito, la esposa de don Pepe Erato, proporcionó al boticario golosos atisbos, y no era lo peor que descubriese la falta, sino el criminal regocijo que ponía en contarla. Por él, finalmente, se supo que á horas avanzadas de la noche Romualdo rondaba las rejas de doña Virtudes, y que en aquella donde Micaela asomaba la gentil travesura de su rostro, el joven gerente de La Honradez se agarraba y cosía.
Los matuteros, y más aún los amantes clandestinos, recelaban la centinela inexorable de don Artemio. A la hora del alba, la de más hondo y sabroso dormir, todas las mujeres que sufrían la angustia de alguna pasión prohibida, removían al amante feliz y cansado. Con zarandeos y palabras de alerta, espantaban su modorra.
—Levántate—decían—y vete, antes de que don Artemio abra la botica.
Bajo el recuerdo de aquel nombre, ellos obedecían asustados, como huyen los malos intentos ante la razón. En la vida de Puertopomares, don Artemio, vigilante y acusador, simbolizaba la conciencia.
Don José Erato, en punto á vigilancia, era el reverso de don Artemio. Por no fiscalizar lo que á su alrededor sucedía, ni siquiera en la vida de su mujer se entrometió nunca, y así fueron de libérrimas las costumbres de doña Amparito. Don Pepe, aunque de familia acomodada, no pudo seguir ninguna carrera porque «se dormía» leyendo. Todo lo contrario de Martínez. Los médicos, achacando aquella modorra á una lesión cerebral, le prohibieron el estudio. Vivía, pues, de sus rentas que, si bien modestas, bastaban á sus necesidades, y el dulce sueño que le causaban los libros, cerrándole también bondadosamente los párpados para ciertas vergüenzas de su existencia conyugal, mantuvo la dulce ecuanimidad de su espíritu. Los mejor pensados aseguraban que don Pepe, aislado realmente de todo por esa conflagración de silencio y de sombras que el mundo teje alrededor de los maridos engañados, no sospechó jamás los platos de adulterio que á espaldas suyas se guisaban; pero otros, le suponían al corriente de todo, añadiendo que era tal el imperio de doña Amparito sobre su esposo, y tan fuerte el amor de éste hacia ella, que por no perderla renunciaba á sus fueros de marido y su pasión resolvíase en cobarde humildad.
Al fin estos errores juveniles pasaron. Hacía tiempo que los dos eran viejos: ella tenía cincuenta años, él rondaba ya los sesenta. Vivían en una casita de su propiedad situada en el Camino Alto de la estación, y, diariamente, al declinar el sol, sus vecinos les veían asomados, entre floridas macetas, á una ventana del piso bajo. Algunos saludaban:
—Buenas tardes, doña Amparo y don José.
—Buenas tardes...
El padecía del estómago y su semblante descolorido expresaba tristeza; doña Amparito, en cambio, era alegre y sus ojos derramaban desenfado y salud. No obstante, sus dos figuras rimaban bien; se completaban. Don Pepe, que seguramente conocía todo el ridículo de su historia, nunca se había quejado: era bueno, dulce, afable, paternal, indulgente; un espíritu ecléctico, de limpia raigambre cristiana; un evangélico sin hiel y sin rencor, que, convencido de la feroz tiranía que sobre ciertos temperamentos ejerce el deseo, pasó su mansa existencia «haciéndose cargo». Por lo mismo doña Amparito, ya en los umbrales de la ancianidad, comenzó á quererle. Menos aquél, todos los hombres á quienes neciamente se dió la habian olvidado. Entonces su ánimo tornóse hacia el pobre compañero sumiso, de manos frías y cabellos blancos, que siempre perdonó; y, por ensalmo, su desprecio hacia él evolucionó y fué simpatía, y la aburrida costumbre de vivir juntos, poco á poco floreció en rosas de agradecimiento y de suave amor. Contribuyó á esta reconciliación sin palabras, obra de arte del tiempo, la pérdida de un hijo que, suicidándose á los veinte años por una mujer, debió de enseñarles á entrambos el hondo horror de las pasiones fuertes. Esto abrevió el otoño sentimental de doña Amparito; dentro de su cuerpo, todavía garrido, su alma flaqueaba y se cubría de arrugas, y cuando hastiada, revolvió los andariegos ojos hacia don Pepe, acaso se maravilló de hallarse tan cerca de él y de quererle tanto. Fatalmente su cansado corazón y la moral se ponían de acuerdo.
Acerca de este arrepentimiento, tan dulce quizás por ser tan tardío, tuvo don Juan Manuel una frase volteriana:
—Ha vuelto á el—dijo—á esa edad en que la virtud deja de ser para nosotros un estorbo.
Así era, en efecto. ¡Pobre don Pepe! Pero, después de la virtud que nace del amor, la nacida del desengaño y de la fatiga, ¿no es la más segura?...
La Fonda del Toro Blanco tenía sobre el Casino la indiscutible ventaja de que en ella se podía comer. Según la estación, el público se congregaba en el comedor ó al aire libre, que para tales y aun mayores esparcimientos ofrecía la casa comodidades y anchura. Durante la estación estival las mesas de billar y tresillo eran sacadas al patio que, en testimonio y alabanza de su frescura y sanidad, los concurrentes llamaban «la playa». Era un amplio espacio cuadrangular enlosado de mármol y circuído en lo alto por una galería que sustentaban columnas de hierro. Una vieja parra muy umbrosa y lozana, le servía de dosel y las luces eléctricas distribuídas equilibradamente entre la fronda, daban á las hojas más próximas alegrías de corindón. En el nimbo plata de cada lamparilla, las arañas, silenciosas, tejían su traición. A un lado, negra, redonda, la boca de un viejo pozo de musgoso brocal, refrescaba el ambiente con su aliento húmedo. Aquel pozo tenía una historia: á su abismo, Luis Olmedilla, una noche, había querido tirar á una criada.
En invierno la tertulia se trasladaba al comedor, vastísimo local con suelo de madera, paredes estucadas y cinco ó más ventanas á una huerta. La única singularidad digna de recordación que allí había, era el retrato de don Valentín con que el testero principal del salón se adornaba. Cuando algún forastero, curioso, inquería el origen de aquella obra de arte, don Valentín Olmedilla, como hombre que tiene clasificada la gloria entre las mayores pequeñeces humanas, modestamente bajaba los ojos. En esta actitud, que evocaba una historia, había un remordimiento: él, tan bueno siempre, tan blando para sus clientes morosos, tan desprendido, una vez fué cruel con un desdichado pintor vagabundo que le adeudaba dos meses de pupilaje; la trampa del artista ascendía á doscientas pesetas.
—Pues si no tiene usted dinero—había dicho don Valentín—va usted á pagarme haciéndome un retrato.
—Los días que emplee usted en concluirlo puede vivirlos aquí; no le costarán nada.
Valido de esta autorización misericordiosa el pintor no se dió prisa en pagar. Invocando ambagiosas razones de luz, sólo trabajaba por las tardes, durante una ó dos horas: la señora de Olmedilla, sus hijas, Serafina y Mercedes, y Dominga, la sobrina de don Valentín, agrupadas tras él, sonrientes, suspensas y calladas, maravillábanse al ver cómo la figura del amo de la casa iba surgiendo lentamente. Don Valentín era pequeño, viejo y feo, pero en sus ojos había una expresión de bondad que pronto se mudaba en simpatía, ganadora de voluntades. Este gesto dócil y servicial lo recogió bien el pintor, dando con él mérito á su obra. Don Valentín aparecía retratado hasta algo más abajo de las rodillas y en actitud de caminar; vestido de negro, el rostro amable, ligeramente perfilado y levantado, el bigote bien puesto, una servilleta al hombro y un plato de langostinos en la mano. Aquella servilleta blanquísima, signo de servidumbre, y aquellas pupilas acogedoras, determinaban, á la vez, la psicología y la figura del hostelero: más que una cabeza, el pintor había compuesto una biografía.
Satisfechísimo de aquel retrato que había de sobrevivirle y le aseguraba una especie de pequeña inmortalidad, don Valentín dispuso colocarlo en el comedor, sobre el aparato del teléfono. Era un medio infalible de exhibición. Durante el día, á las horas de comer, y por las noches, cuando mayor era la afluencia de parroquianos, si repicaba el timbre telefónico, las miradas todas convergían hacia él y, de consiguiente, tropezaban con el retrato del dueño de la casa; la cabeza perfilada y en alto, el semblante risueño, presentando con gracia, solicitud y desenvoltura, un plato de langostinos. Aquel timbre vibrando bajo las rodillas de don Valentín, era, por efecto de una sencilla asociación de ideas, la voz del amo.
La urbanidad y paciencia de Olmedilla, su conciliadora maestría en el dificilísimo arte de sufrir exigencias, licenciar rencillas, olvidar indiscreciones y llevarlo todo por caminos de paz, mantenía floreciente la popularidad del Toro Blanco. Era una fonda grande, económica, limpia y bien situada, que todos los viajantes de comercio conocían. En tiempo de feria, cuantos toreros y comediantes llegaban á Puertopomares, se alojaban allí.
El isocronismo de la existencia pueblerina imponía á las tertulias del Toro Blanco, como á las del Casino y á las otras más plebeyas, del Café de la Coja, igual sello de aburrimiento. En la identidad y vulgaridad de los días, las imaginaciones se apagaban y el fastidio servía de sedante á los nervios. La paz ambiente quitaba á las almas su fluidez y las saturaba de suave modorra. Con la carencia de emociones, las inteligencias se adormilaban y su propia inacción las entumecía. Como jamás sucedía nada original, digno verdaderamente de mención, los espíritus no podían rebasar su nivel, ni sentir la divina espuela de la inquietud, y dedicábanse á comentar lo insignificante, lo cotidiano, adobándolo, vistiéndolo y aderezándolo de mil prolijas maneras. Así, la muerte de un vecino, con ser accidente poco agradable, distraía lisonjeramente la atención pública: ver al finado en su caja, informarse de cómo lo habían vestido y de las personas que acudieron á velar el cadáver, constituía, efectivamente, un pequeño espectáculo, un asunto de conversación con cuyos detalles los desocupados, luego, se relamerían de gusto.
Don Juan Manuel Rubio, á fuer de espíritu cultivado y forastero, era la única persona que con la independencia de sus costumbres, pasquinadas y donaires, remozaba las tertulias. Su generosidad sabía mostrarse á tiempo y algunas noches invitaba á don Elías, al boticario, al juez y á otras personas de su afecto y confianza, á cenar en casa de doña Evarista; quien tanto por bien aprendida urbanidad, como por deseo de complacer al diputado, rivalizaba con él en la tarea de obsequiar á sus huéspedes. Con estos agasajos el cacique daba riendas prudentes á su humor juvenil y divirtiéndose alimentaba su influencia política.
Fuera de sus quehaceres cotidianos los hombres no tenían otras distracciones: los plebeyos, el Café de la Coja; los señores, el Casino, la Fonda del Toro Blanco ó los ágapes familiares de don Juan Manuel; y á intervalos largos, y antes por manifestarse rumbosos que por deseos leales de divertirse, una escapatoria de cuatro ó cinco días á Salamanca ó á Madrid. Luego, á la quieta charca del fastidio aldeaniego otra vez, á embaucar á los amigos refiriéndoles con exagerados aditamentos lo hecho ó dándoles también por sucedido lo que acaso ni siquiera intentaron hacer; á criticar, á mentir, á ver egoístamente secarse la bonitura de las vírgenes en el suplicio de una eterna espera.
No todo reposaba, sin embargo, en la población. Bajo aquellas techumbres pardas, de anchos aleros y empinado caballete, tras aquellas ventanas herméticas, las imaginaciones femeninas llameaban y en su mismo aislamiento se consumían cual lámparas votivas. Esta doncella borda, otra recose las ropas que va sacando de un cuévano, aquella estudia nerviosamente su lección de piano; y mientras, á intervalos, todas recuerdan que, un poco más tarde, será hora de reunirse para ir á ver el tren. Como en todos los pueblos, en Puertopomares, durante los meses vernales y de estío, y aun en los comienzos del otoño, el andén era el Casino de las mujeres.
De cuantos trenes cruzaban por allí, el más interesante era el correo. El expreso huía de largo, y su afán parecia implicar un desdén; los mixtos llegaban á horas intempestivas y arrastrando vagones cerrados, y sin inexpresión. El correo, que conducía siempre muchos viajeros y pasaba á las siete y minutos de la tarde, era el mejor. Las hermanas Fernández Parreño, las hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima Flora, todas las muchachas, se citaban diariamente para salir á recibirlo. Buscábanse unas veces en casa del médico, otras delante de la botica ó en la Glorieta del Parque, bajo los árboles, y vestidas de gayos colores y algunas con flores en la cabeza, acudían á la estación. Marchaban en pequeños grupos y cogidas del brazo hacia el llano. Sus caderas retozonas movíanse á compás, y el murmurio de sus risas y de su frívolo charlar flotaba tras ellas semejante á un polvillo juvenil. El viejo camino que empapó sangre de romanos y de moros, el legendario camino, triste como una arruga de la tierra, se alegraba con el rumor y la inquietud de tantas haldas.
Abajo, en la planicie, vibraba de regocijo el minúsculo andén: las mozas conversaban en alta voz, formaban corros bullangueros ó se paseaban. Un gran zumbido de colmena llenaba la estación. ¿Por qué tanta alegría? Había en este regocijo inclasificable una emoción de ensueño, un nervioso deseo de romancescas sorpresas, hiladas, bordadas, durante horas interminables de soledad. El tren que esperaban impacientes, como á un Rey Mago, jamás faltó á la cita. Un silbido lanzado tras un boscaje de castaños lo anunciaba, y de súbito aparecía negro, fragoroso y humeante. Pasaba la máquina jadeando, chorreando agua hirviendo; rechinaban sus frenos y, cual por ensalmo, deteníase el convoy. Las ventanillas de los vagones se llenaban de caras curiosas; algunos viajeros requebraban á las vírgenes lugareñas que les miraban sonriendo, á la vez, alegres y tristes, sin saber por qué. Una voz gritaba:
—¡Puertopomares... un minuto!...
Silencio. Inmediatamente sonaban tres campanadas y el tren seguía, disminuyendo en la distancia crepuscular hasta perderse bajo el túnel. Las muchachas, contentas como si volviesen de hablar con un novio, emprendían cuesta arriba el retorno al pueblo. Raimunda y Anita, las de los cabellos rubios, y María Jacinta la del rostro sin color, y Micaela y Enriqueta, las de las caderas y hombros estatuarios, acariciaban el mismo pensamiento:
«Mañana lo veremos también...»
Y no pedían más.
La felicidad constituye algo tan fortísimo, supereminente y precioso, que la partícula más nimia caída de su divino manto, puede hacer al hombre dichoso; en lo cual se parece á la belleza, cuyas migajas son de tan egregia condición, que la menor de todas bastaría á la inmortalidad de un artista. Y así, con «aquel minuto» que el correo hizo alto ante el andén, cuantas doncellas acudieron á recibirlo se juzgaban pagadas. Aguardar, durante veinticuatro horas, la llegada de un minuto, ¿no será espera excesiva?... Acaso no, pues es tan intensa y deliciosa la fragancia de ese instante, que impregna de su aroma todo el día. Más aún: no había de llegar, y el regocijo con que los corazones se prepararon á recibirlo bastaría á hacerlos dichosos. Imagen de la humana felicidad es ese tren que todas las mozas lugareñas aguardan. ¿No son también las almas como estaciones por donde el convoy de la ilusión ha de pasar?... Y si pasó, en efecto, y un instante se detuvo, ¿quién será tan ambicioso ó insensato que se crea defraudado?... Además: ¿no hubo y seguirá habiendo, millares de seres que murieron felices precisamente porque murieron esperándole?...
El correo se detendría más de un minuto, y perdería algo de su interés; la dicha se retardaría unos segundos más en el corazón, y tal vez pareciese menos apetecible. Las mujeres adoran los trenes porque son bellos, y lo son, porque apenas llegan, se van, y lo que se va es recuerdo... ¡y sólo el recuerdo, por ser tristeza, es poesía!...
Como en el tren, en la vida nada es definitivo, nada cristaliza, todo sirve de pretexto para ir adelante. Esta expresión de la eterna mudanza y de la universal melancolía, la adivinaban las vírgenes de Puertopomares, quienes, sin motivo concreto, al dejar la estación, sentían de pronto ganas de llorar.
La tragedia que por las noches, á vuelta de numerosos y crueles ensueños, iba devanándose en la casa del chopo, continuaba su curso.
Tan fuerte y constante era la sugestión de don Gil sobre los hermanos Paredes, que estos empezaron á confundir las fantasías de sus horas de descanso con las pertinaces y homicidas meditaciones de sus vigilias, hasta no saber distinguir entre lo soñado y lo mucho malo que discurrían con los ojos abiertos. El propósito de deshacerse del señor Frasquito ofrecíase á la estrechez de sus magines por momentos más llano, razonado y viable. Unas veces suponían que la constancia de tal obsesión motivaba las pesadillas con que el hombre pequeñito les atormentaba, cual si éstas no fuesen más que simulación ó resultado de aquélla; otras admitían la existencia objetiva del alma de don Gil, creían que, efectivamente, el espíritu del enano iba á visitarles y, de consiguiente, que, cuanto sus oscuros cerebros maquinasen despiertos, era reflejo, comentario ó consecuencia naturales de lo que aquél les hubiese dicho en el terrible hilar de sus noches. La idea criminal no cejaba. Rita, en su casa, mientras cosía, ó junto al fogón, ó delante del lavadero, conforme sus manos nervudas manejaban las ropas chorreantes de agua enjabonada, retorciéndolas como si fuesen cuellos, repetía abstraída:
«Hay que matarle...»
A lo largo de los caminos á Toribio Paredes, en tanto seguía el paso lento de sus mulas cargadas, sucedíale lo propio.
«Hay que matar á Frasquito»—pensaba.
Era un imperativo que ya resonaba dentro de él, bajo su cráneo, cual eco ó voz de su cerebro; ora vibraba á su lado, junto á sus oídos, bisbisado por la platicadora brisa. Menudearon tanto las visitas de don Gil Tomás, que perdieron su misterio amedrentador y llegaron á ser familiares. Muchas veces, desde sus camas respectivas, los dos hermanos hablaban de don Gil, que aparecíase á ellos no bien sus espíritus conciliaban el sueño. En el silencio de las alcobas, separadas por un sutil tabique, todo vibraba claramente.
—Rita—murmuraba Toribio.
—¿Qué?
—¿Me oyes bien?
—Te oigo.
—¡Si supieses lo que me ha dicho!...
Ella se incorporaba suavemente, para no despertar al señor Frasquito que dormía á su lado; estiraba el cuello y en la oscuridad, la fiebre de escuchar, contraía sus labios.
—¿Qué ha sido?... dí...
Pero Toribio callaba siempre. Eran tan horrorosos sus pensamientos, que el concertarlos y reducirlos á palabras ponía espanto en su corazón.
Sólo es secreto lo que nunca bajó de la frente á la boca. Fiel á este criterio, el bujero musitaba evasivas.
—Es largo de contar; ya lo sabrás mañana.
Con esta suprema taimería de mostrarle al hombre la ruta del crimen lucrativa y expedita, al par que acrecentaba en la mujer la codicia y los deseos de independencia, don Gil iba acercándose poco á poco al desenlace de su venganza.
Una tarde Toribio Paredes, volviendo de la estación, tropezóse en la Glorieta del Parque con Maximina, la más joven de las dos criadas que servían á don Gil. Contaría veinte años. Era rubia, de buen talle, pulcra en el vestir y muy alindada de manos y de rostro. Hacía tiempo que el Rojo clavó en ella la intención, y aunque feo y talludo consiguió llevar sus afanes tan adelante, que, ni aun casándose, hubiera podido ir más lejos. El descubrimiento y divulgación de esta historia se debió á don Artemio, quien, una madrugada, mucho antes de que asomase el sol, desde la puerta de su farmacia vió á Toribio salir furtivamente del domicilio de don Gil y alejarse volviendo la cabeza, mientras Maximina le sonreía desde una ventana.
En medio de la Glorieta, bajo las miradas de los transeuntes y con estudiada llaneza amistosa, Paredes interpeló á la muchacha. La noche antes había soñado con don Gil, y tuvo su alucinación una evidencia tan avasalladora, un relieve tan manifiesto y al alcance de sus ojos y de sus manos, que al desvanecerse dudó de si fuese el espíritu de don Gil ó el mismísimo don Gil, en carne mortal, quien durante largo rato estuvo al pie de su cama entreteniéndole con terribles propósitos. El bujero quería cotejar horas para salir de dudas; necesitaba saber si había soñado ó si, efectivamente, había visto...
A sus preguntas respondió Maximina con perfecta seguridad y negativamente. A la una de la madrugada, hora en que Paredes, guiándose por aquélla en que despertó de su pesadilla, decía haber visto al hombre pequeñito en la calle Larga, don Gil hallábase acostado y apaciblemente dormido.
—Anoche, precisamente—agregó la azafata—, el amo no salió; estuvo leyendo un rato, de sobremesa, y se acostó temprano.
—¿A qué hora?
—Serían las diez.
Por la mezquina frente de Toribio cruzaron, casi á la vez, una vacilación y una malicia.
—¿Y cómo sabes que á la una don Gil dormía?...
Maximina titubeó, no queriendo decir la verdad, demasiado áspera para confiada así, á tenazón, en oídos amantes. Mintió un poquito.
—Porque cuando Pilar y yo nos retirábamos á nuestra alcoba, fuí á la del amo á informarme de si necesitaba algo, y le oí roncar.
Toribio no preguntó más. El sincronismo de su pesadilla con el sueño de don Gil, demostrábale que podía ser, efectivamente, el alma del enano, y no la obsesión de su recuerdo, lo que tantas noches iba á turbarle. Así convencido, despidióse de su coima hasta la madrugada, y por la tarde, como se dirigiese al Café de la Coja, la muñidora casualidad púsole frente á frente de don Gil.
Según costumbre, el hombre pequeñito iba solo y despacio, vestido de negro, casi inmóviles los brazos colgantes, los menudos pies descubriéndose y ocultándose, al andar, bajo las perneras, el hongo de duro fieltro echado hacia atrás, vencido por la exuberancia del frontal bombeado y amarillo. Toribio experimentó un vehemente deseo de hablarle, de acercarse un poco al misterio, interrogándole habilidosamente. La hora y la soledad del sitio le eran propicios; don Gil, además, no le negaba á nadie su saludo. Las diferencias, sin embargo, de educación, abolengo y riqueza, que entre ambos había, represaban al pañero. Al cabo, el venenoso aguijón de la curiosidad, el bien justificado ahinco de saber por qué don Gil solicitaba el inmediato exterminio del señor Frasquito, vencieron su reserva. Con pretexto de ofrecerle unas mercaderías recién llegadas, le abordó: hízolo cohibido y destocándose torpemente, mientras con un pie se rascaba la corva de la pierna que le servía de apoyo.
El hombre pequeñito correspondió al ofrecimiento de Paredes con frases sucintas y urbanas, asegurándole que, por el momento, nada apetecía. Preguntóle luego por su familia, cuyo requerimiento permitió á Toribio llevar el diálogo á donde lo reclamaba su interés.
Rita y sus hijos marchaban regularmente; quien estaba muy mal era Frasquito. Hipócrita y sagaz, para mejor asegurarse del odio de don Gil hacia el enfermo, Toribio arqueó las cejas, suspiró tan ruidosamente como si fuera á rompérsele el pecho, y dió otras muestras de atroz pesadumbre.
—El pobrecito—dijo—empeora de día en día. Le agarró el reuma y tomóle tal cariño que no quiere dejarle. ¡Con la voluntad de mi cuñado para el trabajo! Porque Frasquito tendrá sus defectos, pero á buscavidas pocos le ganan. Yo le compadezco. ¡Lo que rabiará viéndose imposibilitado de acompañarme! El infeliz sufre en sus huesos que, según dice, le duelen como si fueran á partírsele y sufre en su carácter, que jamás supo estarse quieto.
Don Gil recomendó á su interlocutor los salicilatos. Sonrió Toribio.
—¿Usted sabe las pesetas que llevo gastadas en salicilatos? Don Artemio puede decirlo mejor que yo.
—¿Y el yoduro?...
—Igual.
—Creo que el yoduro realiza milagros...
—No importa, señor Tomás. En este caso lo peor no es la enfermedad; lo peor es que mi cuñado tiene una debilidad: la bebida. Ya se lo habrán dicho... Yo calculo que bebe, sólo de aguardiente, de dos cuartillos y medio á tres cuartillos diarios. Y el alcohol es muy malo para los reumáticos.
Aunque el pañero orientaba sus investigaciones por diferentes caminos, nada observó en don Gil adverso al señor Frasquito; antes sus palabras y miradas decían su deseo sincero, cordial, de verle pronto remediado para servicio y contento de los suyos.
«No le odia»—pensaba Toribio.
Ya se despedía don Gil, cuando Paredes abordó bruscamente el secreto que le obsesionaba. Ladino comenzó á reir, dando tiempo á que su buen humor sirviese de exordio ó preparación á sus palabras. Luego mostróse obligado á razonar su hilaridad.
—Me reía de los disparates que se sueñan...
Interrumpióse avizorando la emoción que hubiesen determinado estas palabras. El hombre pequeñito le miraba impasible y su mirar expectante equivalía á una declaración de inocencia.
—Figúrese usted, don Gil—prosiguió—que anoche, á poco de acostarme, las doce y media ó la una de la madrugada serían, soñé con usted. Le vi entrar en mi cuarto, sentarse á los pies de mi cama y decirme como si estuviese usted muy informado de cuanto mi cuñado, con su enfermedad y sus borracheras, me hace sufrir: «¿Por qué no le matas?...» Yo le respondí: «Don Gil, siendo usted tan cristiano viejo, ¿cómo me aconseja una atrocidad así?...» Y usted: «Por tu bien: yo te aseguro que si matases al señor Frasquito nadie lo sabría.»
Aun puso el hermano de Rita á estas explicaciones nuevas añadiduras y apostillas, y según hablaba, el semblante alimonado del hombre pequeñito iba avasallando su imaginación: otra vez padecía el imperio jorguín de sus pupilas cobreñas, de sus labios, rojos y herméticos, que nunca habían reído, y el asco y miedoso poder de toda su exigua persona; y tan idénticos eran aquel don Gil Tomás que tenía delante y el don Gil de sus pesadillas, que unos momentos ambas imágenes se ayuntaron y superpusieron, y creyó soñar.
Nada, sin embargo, sacó Toribio en limpio de sus diestras trapacerías y embozadas pesquisas, pues los ojos de su interlocutor no delataron la menor turbación; antes expresaban la desgana con que don Gil, cediendo sólo á dictados de su buena crianza y comedimiento, aveníase á escuchar tan necias historias. Era, pues, indudable, que de cuanto concernía á la vida noctámbula de su espíritu, el enano del Paseo de los Mirlos estaba inocente.
En efecto, era así. El hombre pequeñito observaba la existencia recogida que sus rentas le permitían, al par que el aislamiento más compatible con la ridícula insignificancia de su persona. Durante las horas diurnas era un normal, lívido y grave, á quien la fecunda murmuración pueblerina nada concreto podía reprochar. Su vida extraordinaria empezaba de noche, con el sueño. Entonces su alma huía alborozada, como estudiante que corre al baile, y su ginecomanía ejercitábase insaciable en diversas alcobas.
Semejante á Don Juan, aquel hombre pequeñito tenía un fuerte cariño, una de esas hondas pasiones que, completando los espíritus, los saturan y aquietan; y luego, ora por ironía, ya por mera curiosidad y desocupación espiritual, varios amoríos ó caprichos con que se distraía y aliviaba de las crueles pesadumbres de aquel otro gran sentimiento no correspondido.
En todo tiempo los fenómenos misteriosos del sueño interesaron al vulgo y á los sabios. La India, la Persia, el Egipto, los hebreos más tarde, los temibles arúspices de Grecia y de Roma, concedieron igualmente á los ensueños la virtud profética; y la Edad Media repite esta creencia. La madre de Confucio se siente embarazada en sueños por un rayo de sol, y de preñez tan extraordinaria nace el reformador del pueblo chino; Baltasar recibe, mientras duerme, la revelación de que su imperio ha concluído; José explica á Faraón el sueño de las siete vacas flacas y de las siete vacas gordas; Bruto, apenas cierra los párpados, oye la voz de su destino; una vieja sueña que Julio César morirá asesinado y cuando le ve dirigirse al Senado se prosterna ante él y besándole la toga se lo advierte; á Fernando IV de Aragón, las sombras de los nobles Carvajales, á quienes mandó despeñar, se le aparecieron para anunciarle su próximo fin; á Enrique IV, una gitana le dijo que moriría asesinado, sentencia que días después ejecutaba Ravaillac...
Estas y otras muchas alucinaciones proféticas, sumadas á los extraordinarios fenómenos telepáticos que estudia la fisiología actual y á los maravillosos adelantos de la química y de la física, inducen á suponer una vida subconsciente, exclusivamente espiritual, que alterna con la de las horas de vigilia y se desenvuelve paralelamente á ella. La verdad exterior, el mundo sensible, resplandecen ante el sujeto y bañan en luz la periferia ó corteza de su espíritu. Esta parte iluminada, muy pequeña ciertamente, constituye algo somero, liviano, epidérmico: son las sensaciones del momento, los gestos últimos de la voluntad, los recuerdos más flamantes, las ideas, cábalas, inclinaciones y fantasías más nuevas. Tales elementos son conscientes y el individuo ha de ellos conocimiento pleno. Pero esto, que aparenta ser todo el espíritu, es, en realidad, la cascara del espíritu. Como el sol, que únicamente alumbra la superficie del Océano, de parecida manera la conciencia sólo ilumina la envoltura ó parte exterior del yo íntimo: el resto, cuanto el hombre ha vivido, todos los enormes almacenes de su experiencia y de su memoria, sus estudios, sus creencias, sus pasiones, abonos poderosos de su carácter, yacen silenciosos, quietos, perdidos en la caudal tiniebla de lo olvidado. No obstante ellos, desde la oscuridad, gobiernan al individuo y alimentan su ánimo, como las savias de la tierra nutren al árbol. El sujeto que siente bullir á su alrededor la vida del momento, no suele percatarse de esos influjos interiores á los que, fatalmente, obedece. Lo inconsciente es lo pasado, ¿y no tiene cada hombre el timón de su vida en su pasado?...
Con el sueño, este mundo pretérito, reducido y acorralado en lo más arcano por el vigor absorbente de las sensaciones, recobra su preeminencia y explica la nitidez, frescura y lozanía, que ofrecen en las pesadillas los recuerdos, y las extraordinarias capacidades de inducción de ciertos temperamentos para discernir rectamente lo peligroso de lo favorable y adentrarse en lo futuro. Es un estado de alma más comprensivo que el de la vigilia y, por lo mismo, capaz de mayores visiones y de síntesis más fuertes. Nada sobrehumano existe en él. Sus apariencias maravillosas no son reflejo de ningún poder oculto, diabólico ó divino, ajeno al hombre, sino eterizada frutación nacida de los hondos entresijos y preciosísimas enjundias de su propia alma.
Claro es que el mecanismo fisiológico del sueño modifica directamente tan delicado desdoblamiento espiritual. La llegada de aquel es motivada por una disminución ó aquietamiento paulatino de la circulación cerebral. En este caso, más que en otro alguno, los sistemas vascular y nervioso se influyen mutuamente: la escasez de sangre acarrea un reposo mental, y á su vez éste, pacificando su dinamismo, reclama menos la colaboración fecundante de aquélla. El sueño tuvo siempre las mejillas pálidas. Conforme la dulce catalepsia se avecina, el corazón y la respiración van tranquilizándose y la temperatura general del cuerpo decrece. El individuo siente disminuir su personalidad: ha cerrado los párpados; los ruidos exteriores parecen, por instantes, llegar á él de más lejos; lentamente sus pies, sus manos, su mandíbula, que entreabre la fatiga, dejan de pertenecerle. Si en tal momento le preguntasen su nombre, dónde está, qué piensa hacer al día siguiente, tardaría en responder. Su conciencia, cada vez más pequeña, es como fruta que fuera secándose, hasta aquel segundo en que vencida la luz pensante para extinguirse lanza un resplandor, igual á la última contorsión de una flama de aceite en la tiniebla de una alcoba. Después el sueño, imagen de la Muerte, caricatura de la Nada...
Este descaecimiento fisiológico señala en la vida espiritual dos momentos. El alma, que no es una fuerza pura y sí una especie de entelequia material, y de consiguiente mortal, aunque menos tangible y grosera que la puesta al alcance de los sentidos, vive dentro del cerebro como un telegrafista en su oficina: mientras ésta funcione, mientras sus hilos vibren recibiendo las comunicaciones del exterior, aunque sean escasas, el empleado no debe marcharse. Así el espíritu, que en tanto la carne duerme no halla ocasión de emanciparse completamente, pues raras veces el descanso de aquélla es absoluto. Por mucho que la eficacia circulatoria haya disminuído, casi siempre subsiste la necesaria para mantener en vago alerta los centros de la memoria, de la imaginación, del entendimiento y aun de la voluntad. Entumecidas las células cerebrales, funcionan torpemente, pero no callan, y los esfuerzos del espíritu por reducirlas á silencio ó despabilarlas de una vez, fracasan: son como teclas de un piano roto, sobre las cuales los dedos del ejecutante más hábil se crisparán en vano. Requeridos por aquél, los recuerdos acuden á medio vestir, descoloridos, emborronados; la fantasía, coja también, los sopla y retuerce, y con tantos añicos de imágenes traza ideaciones bárbaras. De esto proviene la horrorosa teratología de los sueños.
En las ensoñaciones cotidianas y vulgares, acuérdese ó no el individuo al despertar de lo que soñó, el espíritu nunca consigue separarse totalmente del cuerpo, y su vida, de consiguiente, queda circunscripta á la rememoración ó rumiación de sus propias ideas; y si algo extraordinario concibe ó le sucede, no es porque salga á buscarlo, sino merced á la presencia de alguna otra alma amiga ó rival, que le visite, pues él se halla en la situación de un prisionero asomado al ventanuco de su celda. Unicamente cuando el cerebro apaga todas sus luces, en los sueños profundos, en la catalepsia, remedo solemne de la muerte, y también en el sonambulismo, parodia admirable de la vida, el espíritu queda libre y dueño de acudir al sabat.
Tal era la rara disposición psíquica de don Gil, y lo que le permitía vivir una vida intensa y aparte. Poco á poco su alma, demasiado fuerte para su cuerpecillo, había ido independizándose, y apenas el cansancio físico lo postraba, desataba sus ligaduras y, como esencia que se evapora, huía de él. Lo que al principio era casualidad y suponía trabajo, hízose luego fácil costumbre. Entonces todas las imágenes de su mundo íntimo resucitaban; sus fervores y apetitos se desentumecían; era alegre, enamorado, violento, emprendedor, audaz. Esta diligencia, que en ocasiones arrastró al cuerpo y sonámbulo lo llevó por las calles, sólo podía ejercitarse en las personas dormidas y duraba hasta el amanecer. Con el canto de los primeros gallos, todo concluía. Don Gil, en realidad, únicamente estaba despierto de noche. De día, que parecía despierto, estaba dormido.
El número de sus queridas era considerable; nunca bajaba de ocho ó diez y á todas su salacidad entretenía con igual devoción.
A doña Amelia la frecuentaba por humorismo y afición graciosa á lo extravagante. También la quería por misericordia, condolido de verla tan obesa.
Mucho tiempo hacía que la viuda de Guijosa, tanto por pereza como por desilusión y empacho de todo, ni usaba corsé, ni salía á la calle.
En la juventud de esta mujer se escondía una historia. Doña Amelia, antes de casarse, tuvo un amante. Era un prestidigitador genovés, aventurero y galán, que llegó á Puertopomares con una compañía de acróbatas. Alucinada, en un rapto de locura la moza se dió á él. Fué algo irresistible y fulminante, como una caída á plomo. Durante varios días los enamorados se reunieron en una casa de las afueras, á la terminación del Paseo de los Mirlos. Mediaba el invierno y la celeridad de los crepúsculos favorecía las entrevistas. Cierta tarde, en que nevaba mucho, la joven, volviendo de una cita, resbaló y se quebró una pierna. Con el dolor perdió los sentidos, y cuando brazos piadosos la recogieron del suelo y transportaron á su casa, unas cartas que llevaba dentro del corsé descubrieron su pecado. En el pueblo decían que su madre falleció del disgusto.
También Amelia sufrió mucho; el hueso roto no acababa de soldarse; sobrevinieron complicaciones y los médicos juzgaron necesario cortar la pierna. Convaleciente todavía fué recluída, por decisión de su padre, en un convento de monjas capuchinas, de Salamanca. Allí permaneció dos años. Ya huérfana regresó á Puertopomares, y al poco tiempo un labrador rico, llamado Guijosa, desoyendo consejos malsanos, la tomó por esposa. Ella supo agradecer esta generosidad: amaba á su marido y llegó á quererle entrañablemente: era buena, fiel, económica, alegre y dócil. Vivía para él y había en este caudal derramamiento de ternura, como un deseo de borrar el pasado. La opinión, empero, nunca llegó á indultarla completamente, y cuando los vecinos que la conocieron soltera, oían resonar en las desiertas calles, ó en la iglesia, su pierna de palo, se acordaban del prestidigitador genovés. A lo largo de los años, la nieve producía en ellos igual evocación.
—Una nevada como ésta—decían—cayó la tarde en que Amelia, la mujer de Guijosa, se rompió la pierna.
Y, sonriendo, contaban las historia.
El temprano fallecimiento de Guijosa, llenó de lutos el corazón de doña Amelia, y como no tenía hijos, su pena fué mayor. No salía ni siquiera á misa; no hablaba con nadie. Hízose silencio su dolor, y su pesadumbre y su quietud se resolvieron en obesidad. Comenzó á engordar y en menos de un año su antigua belleza rubia, que fue grande y picante, se arruinó. Creció la carne alrededor de los ojos, los carrillos se hincharon, la línea, antes grácil, de la garganta, naufragó en la flacidez de una papada bovina; desvanecióse el cuello y la cabeza quedó asentada sobre la convexidad rojiza, siempre sudorosa, de la espalda. Los brazos rollizos, el pechazo abultadísimo y temblón, el vientre pomposo como una cúpula, las caderas enormes, los muslos semejantes á troncos de un viejo bosque sagrado, componían un bloque recio y amorfo. Cuando se quedaba dormida en su sillón, las babas que hilo á hilo fluían de la rota granada de su boca, anegaban la hendidura profunda de los senos. Doña Amelia, á los treinta y cinco años, llegó á pesar ciento sesenta kilos, y de tan infortunada manera habíase desenvuelto su carnaza, que, cuando quiso salir del aposento donde á raíz de la muerte de Guijosa permaneció encerrada varios meses, no cupo por la puerta. Sus familiares, para libertarla, decidieron arrancar los batientes y aun demoler el tabique, si era necesario; mas ella no lo consintió, recelando las habladurías irónicas del público, y sostenida también por la secreta esperanza de adelgazar.
Doña Amelia pasaba las tardes en su balcón, sentada de espaldas á la calle. Un día vió al hombre pequeñito, don Gil la miró y aquella noche soñó con él. Fué una alucinación libertina de la que la viuda de Guijosa, cuyos nervios olvidaron el amor hacía tiempo, despertó avergonzada. ¿Cómo pudo producirse tan goloso quebranto? Y sus mejillas honestas se acaloraban cual si alguien la hubiese sorprendido desnuda. Sin embargo, la dulce ensoñación se repitió otra y muchas veces; y no merced á esas ideaciones difíciles que la lujuria de las personas dormidas compone, sino del modo más hacedero y corriente. Era ella que, obligada por la sofocante opresión de su obesidad, dormía pecho arriba, y don Gil que aparecía de pronto y, como esposo, sin otros requerimientos, avisos ni preámbulos, se acostaba á su lado. Doña Amelia veía su cabeza lívida junto á la suya, y su alucinación era tan precisa que reiteradamente llegó á sentir á la altura de sus rodillas, el contacto de los pies, generalmente fríos, del enano. Habiéndose habituado á estas visitas, llegó á desearlas. La noche en que don Gil no se presentaba, la viuda de Guijosa dormía mal y á la mañana siguiente estaba triste.
Otro de los hogares predilectos de don Gil Tomás, era el de doña Virtudes. Conoció á sus hijas Enriqueta y Micaela en el bautizo de un niño de don Valentín, habló con ellas y aquel diálogo le encendió el espíritu y sirvió de simiente á su amoroso antojo. Efectivamente había motivos para que la casita limpia y recogida del callejón del Misionero brindase á su laboriosa curiosidad puntos de vista interesantes.
Una honda tristeza—tristeza de almas—llenaba aquel hogar. Esta emoción fluía del carácter y austero empaque de su dueña. Como su cuerpo, alto, rectilíneo y avellanado, era su espíritu, y así su gravedad no significaba dulzura, cordialidad y templada melancolía, sino concisión, acritud, cortesía fingida y hostil. ¡Doña Virtudes! Jamás en nadie rimaron tan bien el carácter y el nombre. Cuantas personas la conocieron joven, aseguraban que la viuda del notario Castro siempre había sido igual. Todo en ella, por tanto, era lógica, consecuencia y armonía. Si nunca faltó á sus deberes conyugales, ni descuidó sus hijos ni su hacienda, tampoco en ningún momento rompieron la anquilosis de su alma, ni la gracia de una frivolidad ni la poesía de un capricho. Era limpia hasta la exageración, económica al extremo de vivir más cerca de la pobreza que de la confortable holgura que sus rentas la permitían, ordenada y minuciosa con un acompasamiento cotidiano y sin misericordia. Bajo su aspecto tranquilo doña Virtudes, que dió á su vida el isocronismo de un aparato de relojería, era una pobre mujer enormemente desgraciada. Su desgracia provenía de que no amaba; doña Virtudes no quería, no sabía querer; sus buenas acciones y el cariño que, sinceramente, pensaba dedicar á sus hijas y á otras personas, eran otros tantos reflejos ó variantes de la absorbente y acendradísima devoción que se profesaba á sí misma. Por eso cuanto la circuía sufría la aridez lapidaria de su voluntad, la dureza fiscal de su corazón que envejeció sin conocer las mieles inefables de la transigencia, del olvido y de la risa. Aquella honda tristeza que irradiaba su alma, como castigo y maldición del cielo á su alma volvía.
Tenía la viuda de Castro un perro pequeñín, al que con sus habilísimas manos fabricó una capa ó chaleco de paño negro adornado por un cordoncillo rojo; lo único que no le puso á tan pintoresca prenda, acaso por falta de tela á propósito, fueron bolsillos. El pobre «Tarara», que así se llamaba el can, era esclavo de aquella prenda ridícula que le endosaban todas las mañanas para mayor pulcritud y ornato de la casa, y tal vez por un alarde de honestidad. Ya vestido, «Tarara» no debía rascarse, ni echarse á dormir, como no fuese en la yacija que la previsión de su ama le tenía dispuesta debajo del fregadero, ni revolcarse entre la hierba del jardín. Tampoco podía ladrar ni brincar sin exponerse á severísimos latigazos. Correrías y distracciones de otra índole, ni por pienso. El desdén que á doña Virtudes la inspiraban los hombres, quería que «Tarara» lo aplicase á las perras. De tanta castidad y de tan riguroso encierro, el animalito enfermó; no acababa de morirse, pero nunca tenía salud: llevaba el rabo caído, los ojos mustios y en los días húmedos su cuerpo miserable se agitaba con el temblor de la perlesía. A los ocho años aun guardaba intacto su recato: era, dentro de su noble raza, una especie de San Luis Gonzaga, dicho sea sin resquicio de burla y estimando igualmente las buenas cualidades que tuviese el santo y que tuviera el perro.
Este régimen inflexible que afligía á «Tarara», alcanzaba á cuantos animales, chicos y grandes, vivían con él. Bajo la sedante penumbra conventual de las habitaciones, los pájaros cantaban á horas fijas y siempre á media voz. En la huerta, las gallinas y las palomas también estaban alicaídas. Los conejos, habituados á una alimentación absolutamente reglamentada, habían acompasado sus movimientos y expansiones. Hasta el pececillo que nadaba dentro de un globo de cristal, sobre la mesa del comedor, parecía aburrirse.
Rigores semejantes experimentaban todos los individuos y objetos de aquel hogar: la severidad, el orden más estricto, derramaban por las paredes una frialdad dura. A través del tiempo y de los acontecimientos, prósperos ó adversos, más trascendentales, los muebles y hasta los cachivaches nimios, ocupaban invariablemente los sitios en que, al comprarlos, fueron colocados. Había un lugar para cada objeto, y una hora, siempre la misma, para cada acción: la hora de tomar el desayuno, de lavarse, de almorzar; la hora de salir al jardín, de encender la luz, de tocar el piano. Nada rompía aquella disciplina entumecedora. El único hijo varón de doña Virtudes, que vivía en el extranjero dedicado al comercio, después de ocho años de ausencia, regresó unos días al lado de su madre y de sus hermanas. Micaela y Enriqueta lloraban de júbilo. Doña Virtudes, muy contenta también, abrazó y besuqueó al mozo con toda la ternura de que su carácter entonado y vertical era susceptible. Transcurridos los primeros momentos, el forastero pensó en asearse y pidió un cepillo.
—¿Dónde lo dejaste, cuando te fuiste de aquí?—preguntó la anciana.
Quedóse el interpelado atónito; luego frunció las cejas; reflexionaba y las viejas imágenes de su infancia vivida entre aquellos muros firmes, inmutables, como los muros de las cárceles, resucitaban sobresaltadas en su memoria. De pronto, vió claro.
—¡Como no esté en el hueco de la ventana del gabinete!...
Su madre sonrió contenta de que aquellas primeras impresiones perseverasen en él, no obstante los viajes y el tiempo.
—Vé—repuso—que allí lo encontrarás.
Esta fanática regularidad de costumbres trascendió y fué célebre en Puertopomares; los vecinos la glosaban y era motivo tan pronto de compasión como de risa. La casita del callejón del Misionero, con sus dos ventanas enrejadas, su ancha puerta siempre cerrada y su tejaroz muy saledizo, tenía el frontispicio melancólico y umbroso de un convento ó de una prisión, el aspecto amustiado del lugar donde está cumpliéndose una injusticia ó un dolor. Ante ella los mendigos pasaban de largo. El pueblo, con su gracia y su admirable buen sentido, designaba aquel hogar inflexible donde todo parecía cumplirse militarmente y á toque de corneta, «la Casa-Cuartel de doña Virtudes».
Esta inhumana aspereza de costumbres determinó en Enriqueta y Micaela una intensa reconcentración de caracteres, una superabundancia de vida interior. Hablaban poco y eran muy comedidas en sus ademanes y modo de vestir, pero la jovialidad y avispada brillantez de sus ojos claramente designaban el íntimo alboroto de sus pensamientos y apetitos.
Un interesantísimo drama psicológico separaba á las dos hermanas; una gesta entre sus deseos y deberes respectivos, que era también un duelo de vanidades.
Enriqueta, la más joven, vencía á la primogénita en belleza, estatura y señoril presencia: tenía el mirar seguro y dominador, la boca impertinente, grave el carácter, los cabellos de ébano, las actitudes teatrales. Con su hermosura corría parejas su elación. Por egolatría, Enriqueta de Castro apenas tuvo novios, y entre éstos ninguno hubiera podido vanagloriarse de haberla hurtado el más leve favor. Sin embargo, su irreductible castidad no era convicción ética, sino orgullo. Reconocíase muy bella, muy alta y sin necesidad, por tanto, de atizar el infierno de las concupiscencias masculinas con coqueterías y miradas; á su juicio, mostrándose sólo hacía bastante. Dar la mano, sonreir, interesarse en alguna conversación, constituían otros tintos sacrificios para su altivo ánimo. Se adoraba y nunca sintió amor por nadie. Su moral, todo su carácter, habían cristalizado en un gesto soberbio.
Micaela, rubia y nacarina como una muñeca, era linda también, pero brillaba menos: la perjudicaban la tacañería de su estatura, la línea irregular de su nariz y la amplitud demasiado carnosa de su espalda. Al lado de su hermana, en todas partes solicitada y preferida, Micaela sufrió muchas humillaciones. Sin embargo, los galanes que cortejaban á Enriqueta, concluían enamorándose de Micaela. Esta era la lucha íntima, el terrible torneo sin palabras que separaba á las hermanas. Los hombres que procuraban inútilmente emocionar la sensibilidad de Enriqueta, sin advertirlo quizás, iban acercándose á la primogénita y buscando en ella un refugio, un consuelo, un alivio. Micaela brillaba menos, pero era más humana, más mujer. Su emotividad acaso fuese una disposición de temperamento, tal vez un cálculo. Ella comprendía que á la pasión que ruje y lo exige todo, conviene, á prudentes intervalos, concederla algo para enardecerla y obligarla á seguir pidiendo, pues, flaco y muy para poco es el deseo que sintiéndose correspondido con redoblados ahincos no suplica y procura. La devoción que á primera vista no alcanzaba su belleza, la obtenían luego sus dádivas. La actitud soplada, el cuello erguido, el entrecejo duro, de Enriqueta, parecían decir:
«Soy más hermosa que tú...»
A cuya afirmación rotunda, un poquito cruel, los ojos azules y la boca encendida y festera de su hermana, respondían:
«No me importa; todos tus adoradores lo serán míos, cuando yo quiera...»
Y así era, en efecto, pues los hombres, generalmente más sensuales que artistas, más devotos de la carne pecadora que del mármol, prefieren á la venustidad inabordable las dulzuras de la fragilidad.
El espíritu galán de don Gil advirtió en seguida esta interesante contienda moral y luego de estudiar bien á las dos mozas, para mejor conocerlas, tomó de ellas posesión sabrosa.
Al revés de lo que le hubiese acaecido de correr aquella doble aventura dentro de su verdadera forma corporal, don Gil halló más emociones y mayores motivos de curiosidad en Enriqueta que en su hermana. Para Micaela, que antes de conocer á Romualdo había tenido un amante, las salaces asiduidades del hombre pequeñito no podían ofrecer un interés excepcional: recibiólas, de consiguiente, sin sorpresa, sin humillación, y apenas recordaba de ellas cuando al otro día se miró al espejo. Para Enriqueta, en cambio, fueron un latigazo de llamas, una trepidación hondísima que removió y escandalizó su virginidad.
Conocía de vista á don Gil y parecíale feo y ridículo; sin embargo, cuando soñó hallarse entre sus brazos, no quiso defenderse, ó, más exactamente, la caliente acometida del sátiro fue tan inesperada y tan dulce, que no pudo rechazarla. ¿De dónde venían aquel estremecimiento inefable, aquella suavísima congoja, que, cubriéndola de mador las sienes, tan rudamente alborotaban sus sentidos y el latir de su corazón? Y cuando la misma violencia de su voluptuosidad la despertó, ¿por qué sentía vergüenza?... Poco á poco, intentó explicarse aquellas alucinaciones; pero así como nadie logró determinar la línea en que la vigilia y el sueño se funden, tampoco pudo ella saber la manera y momento en que la impura emoción se producía. Únicamente precisaba los hechos. Su espíritu dormía; de pronto, su conciencia experimentaba la noción de hallarse inmergida en una densa sombra; á su alrededor todo callaba, todo era negro. Luego, por un lado, aquella fortísima tiniebla palidecía, y sus ojos, esos ojos con que las almas ven aunque los párpados estén cerrados, vislumbraban una mancha glauca y amorfa, un temblor indeciso, una especie de nimbo espectral. Acompañaba á este fenómeno un miedo raro de amante que espera la hora de la cita; un miedo dulce, que más tenía de voluptuosidad que de angustia. Hasta que, súbitamente, aparecía don Gil, y Enriqueta, tiritando de horror, contemplaba sobre el terciopelo rosa y blanco de sus senos el espanto de aquella cabeza amarilla.