—Esto—dijo—huele á aguardiente.
Los que le oyeron, repitieron preguntando:
—¿Huele á aguardiente?...
—Sí...
Su cara se iluminó.
—¡Ya sé, ya me explico lo sucedido!...
Como todos sabían, el señor Frasquito se emborrachaba; bebía sin freno, hasta caer. Diferentes veces se había levantado á media noche para beberse el vino ó el aguardiente ó el coñac, que hubiere en la despensa. Tanto Rita como su hermano, por consejo del médico procuraban que el enfermo no ingiriese ni un sorbo de alcohol. Para conseguirlo, todas las noches ocultaban las botellas del aguardiente y del vino, unas veces debajo de la cómoda, otras en la caballeriza, entre la paja de los pesebres. Este último lugar, como más distante, era indudablemente el más seguro. Pero Frasquito Miguel, á quien su pasión inspiraba adivinaciones extraordinarias, poco á poco, en fuerza de registrar todos los rincones de la casa, descubrió también aquellos escondrijos. Toribio relacionaba unos hechos á otros. Evidentemente su cuñado, que con el masaje de aquella tarde había sufrido mucho, llegada la noche experimentó, más intensamente que nunca, el deseo de beber, para adormecerse y descansar. Con este propósito registraría la casa, y no hallando lo que quería fué á buscarlo á la cuadra. Frasquito Miguel, aunque muy torpe de piernas, siempre realizaba estas excursiones á oscuras, por miedo á ser visto. El desdichado se acercaría al pesebre y cogió la botella; quizás allí mismo, en pie, poniéndosela sobre los labios, agotó su contenido, lo que turbándole la cabeza empeoró la inseguridad de sus movimientos. Luego, al retirarse, tropezaría entre el estiércol, para no caer se agarraría á la mula, y ésta, que era muy espantadiza, le dió una coz que Frasquito, por su desgracia, recibió en la frente...
Toribio se interrumpió; en aquel momento la Pascuala movía la cabeza para mirarle, y el miserable, que con tanta habilidad y discreción iba desenredando su mentira, palideció: tuvo miedo, un miedo supersticioso; se acordó de aquella burra que habla en la Biblia, y creyó que la bestia, testigo único de su crimen, iba á desmentirle.
Los circunstantes, que habían seguido atentamente las explicaciones del bujero, las hallaron muy lógicas. Ni un instante la sospecha de un asesinato removió sus cerebros ingenuos. Ahora, que conocían las causas del drama, la muerte del señor Frasquito les parecía menos triste. Alguien dijo, con mal encubierta ironía.
—En fin, si cuando el pobre recibió la coz estaba ya borracho... ¡tanto mejor!... porque sufriría menos...
Estas palabras inspiraron al auditorio ideas optimistas; los semblantes se aclararon y hubo en ellos un temblor de hilaridad.
A poco llegó el Juzgado, compuesto del señor juez, el señor secretario y tres alguaciles.
Don Niceto Olmedilla, después de tomar á los presentes declaraciones minuciosas, ordenó el levantamiento del cadáver. Casi á la vez aparecieron don Isidro, el alcalde, Fernández Parreño, don Dimas Narro y el veterinario. Don Elías supo lo ocurrido en la botica; á don Ignacio fueron á decírselo á su casa. Entonces don Niceto, para esquivar trámites y ganar tiempo, refirióles cómo había sucedido la desgracia, y les invitó á reconocer el cadáver y añadir sus dictámenes á las diligencias sumariales que habían de incoarse. Ellos asintieron. Los alguaciles, unas veces con palabras corteses, otras á empellones, despejaron el patio de curiosos. Luego trajeron una mesa, sobre la cual depositaron al muerto. Toribio, á cada momento, escupía y se llevaba las manos á los ojos.
—Yo le quería mucho—balbuceaba—yo le quería mucho. Me había acostumbrado á él. ¡Era muy bueno!...
Todos, advirtiendo sus esfuerzos para contener el llanto, le compadecían, admiraban su buen corazón y sentían hacia él una simpatía nueva. Refiriéndose á su cuñado, el bujero preguntó:
—¿Debo desnudarle?
Don Niceto repuso:
—No lo creo necesario; pero eso los señores peritos han de decirlo.
Alrededor de la mesa, el juez, el secretario del Juzgado, don Isidro, Martínez, Fernández Parreño, don Dimas y Toribio Paredes, se agrupaban vibrantes de interés y de emoción. En don Ignacio la idea de alternar mano á mano con dos médicos en una cuestión profesional, producíale cierta escondida vanidad. El cuerpo del señor Frasquito fué colocado en actitud supina, y como no cabía en la mesa, sus piernas, ya rígidas, quedaron en el aire.
Los peritos examinaron primero la cabeza, tumefacta, monstruosa, descompuesta por la hinchazón que siguió al golpe. La sangre se había coagulado, deteniendo con su sequedad la salida de la sustancia cerebral. Sobre el pómulo izquierdo aparecía clara, terminante, la huella curva de la herradura. Los bordes del hierro habían grabado un perfil inconfundible. Todos callaban consternados.
—¡Qué golpe!—exclamó don Dimas.
No pudo contener un gesto de repugnancia. Don Ignacio añadió:
—La coz que, como ve usted, está ligeramente inclinada hacia afuera, debe habérsela dado el animal con la pata derecha.
La cabeza pálida y mal afeitada de don Niceto asintió. En el medio círculo de la herradura, las señales más hondas que dejaron los clavos atestiguaban la formidable violencia de la percusión. Fernández Parreño empezó á contarlos.
—¡Aquí falta uno!
Repuso Martínez:
—Es cierto: pues por ese detalle sabremos si la coz fué dada con la pata derecha, según yo creo, ó con la izquierda. Veámoslo.
Toribio luchaba por no dejar traslucir su alegría. ¡Qué certeramente supo disponer todos los detalles! Al cabo, la prueba inconcusa, irrebatible, que había de ponerle á salvo de sospechas, estaba allí. Acercóse á la mula con muchas precauciones. Pascuala empezó á encabritarse; en su oscuro instinto la escena de aquella noche parecía haber dejado un terror.
—¡Qué mala bestia!—repetía Martínez—; cuando se quemó hubieran hecho ustedes muy bien en darla un tiro.
Con astucia, para aumentar la fuerza de aquella comprobación decisiva, Toribio levantó primero la pata izquierda del animal. Sobre el acero, bruñido por el uso, de la herradura, los circunstantes contaron los clavos: estaban todos.
—Lo que yo dije—exclamó Martínez satisfecho—la coz ha sido dada con la otra pata. Ande usted, Toribio: cerciorémonos de una vez.
El bujero obedeció. Efectivamente, allí faltaba un clavo.
—¿Ven ustedes?—insistió Martínez triunfante—fué con la pata derecha.
Examinando de cerca el casco homicida, comprobaron que todo él estaba manchado de sangre. Volvieron al lado del cadáver. En los sitios más profundos de la herida, los ojos sagaces de don Ignacio descubrieron partículas de estiércol.
—¡Qué atrocidad!—repetían los médicos—; ¡qué fuerza la de ese animal!...
Despojaron al difunto de sus vestidos, manchados de basura y de sangre. Todo el cuerpo que, durante horas, pateó la mula, hallábase horriblemente mutilado: el vientre aparecía inflado por unas partes y por otras deshecho; las costillas, rotas, habían desgarrado la carne y blanqueaban sobre la piel, ennegrecida por la sangre seca. Hubo en todos los allí presentes un movimiento de asco.
Don Niceto se volvió hacia Toribio y, á la vez compadecido y grave, le estrechó la mano. Después aludió al cadáver.
—Echenle ustedes una sábana por encima, y el entierro cuanto antes sea, mejor.
Cuando el Juzgado se retiraba, Olmedilla vió á Rita, á quién varias mujeres fortalecían con tisanas y discretos consejos, y quiso tomarla declaración. La mujerona lentamente y entre visajes de pena y espanto, ratificó cuanto su hermano había dicho, y apenas terminó de hablar cerró los ojos y dejó ir la cabeza hacia atrás, inerte y fría como si de nuevo hubiese perdido los sentidos.
Durante la tarde los Paredes observaron idéntica actitud de dolor. No almorzaron y la debilidad les enflaquecía el rostro. Ella parecía idiotizada; dejaba transcurrir largos intervalos con los ojos inmóviles y no respondía á las reflexiones consoladoras de sus vecinas. Algunas de éstas procuraban soliviar tanta pena examinando el acelerado fin del señor Frasquito desde un punto de vista práctico. Se trataba de un organismo arruinado, de un pobre hombre incapaz de ganarse el pan. ¿Qué hubiesen adelantado con tenerle en una cama durante años y años? Indudablemente su muerte, aparte el natural dolor de perderle, constituía un bien para todos; Dios sabe siempre darle á sus hijos lo que más les conviene...
A estas juiciosas y pacifistas vulgaridades, la mujerona respondía con exclamaciones de emocionante sinceridad. Suspiraba, desplomaba los hombros.
—¡Estaba tan hecha á él!—decía—; ¡era tan trabajador, tan bueno!...
Toribio, sentado en un rincón, los codos en las rodillas y la pequeña cabeza oculta entre las manos, demostraba también su tribulación con frecuentes y acongojados suspirones. Unicamente al anochecer, cediendo á amistosas invitaciones, fué á la taberna, donde volvió á explicar la fiera muerte de su cuñado y las circunstancias que, á su juicio, debieron de rodearla.
Al día siguiente, muy temprano, dieron tierra á los restos del señor Frasquito. Componía el acompañamiento una veintena de personas. El ataud iba llevado á hombros de Toribio Paredes y de tres vecinos de buena voluntad. Cuando éstos se cansaban otros les sustituían, pues para tan cristiano empleo brazos misericordiosos no faltaban, honrándose con ello. El Rojo era quien más resistía, y á todos sorprendía su fortaleza, nacida evidentemente de su cariño al difunto. Bajaba el luctuoso cortejo por el camino Alto de la Estación, y Toribio, ya fatigado, acababa de ceder su puesto á un amigo, cuando vió á don Gil Tomás que, pausadamente, regresaba al pueblo. La presencia del hombre pequeñito, en aquellas circunstancias, emocionó y acobardó á Paredes. Creeríase que el brujo madrugaba para asistir á su obra. En el júbilo rosa y azul de la mañana, y sobre la gran franja gris, llena de luz, de la carretera, su cuerpo minúsculo, vestido de negro, echaba un borroncillo impertinente. Toribio sintió que toda su sangre, hecha hielo, le subía á la garganta y luego le tamborileaba en las sienes. No obstante rehízose pronto y saludó, concediendo á la mayor categoría social de Tomás el respeto debido.
—Buenos días, don Gil.
—Buenos días, Toribio.
Ante el féretro el hombre pequeñito se había descubierto. Su rostro, de color de miel, no delataba emoción ninguna. Evidentemente no sabía quién iba allí. Sus ojos, sus labios, estaban tranquilos. Sobre su frontal lívido y bombeado, el sombrero, demasiado prieto, dibujó un jabeque rojo.
«¡Luego no se acuerda de lo que me dijo noches atrás!...»—pensaba Paredes.
Y á continuación:
«Y, si no se acuerda, ¿cómo está aquí él, que se levanta siempre tarde?...»
Don Gil le interpeló:
—¿Quién ha muerto?
Con voz casi imperceptible, el bujero repuso:
—Mi cuñado.
—¿Su cuñado?... ¿El señor Frasquito?
—Sí, señor.
—¡Oh!... ¡Qué sorpresa!... ¿Cuándo?...
—Anteanoche. Ayer, por la mañana, le encontramos muerto en la cuadra. La mula que tenemos le había matado de una coz.
Se interrumpió bruscamente; parecíale estar diciendo palabras ociosas. ¿No era don Gil su cómplice?
—Pero, ¿es cierto que no sabía usted nada?—agregó.
—Nada, se lo aseguro; no había oído decir nada... ¡Qué desgracia!...
Estaba conmovido. No obstante, casi al mismo tiempo, su compasión se trocó en curiosidad; pero en una curiosidad tan viva, tan impaciente, tan retozona y llena de preguntas, que parecía una alegría. ¿Cómo brotó en su alma aquella suave alacridad?...
—Cuénteme, amigo Toribio—exclamó—, cuénteme cómo esa espantosa desgracia ha sucedido.
—¿Cómo? Muy sencillo; verá usted...
Estirando las piernecillas cuanto podía, para no rezagarse, el hombre pequeñito siguió al muerto.
Teodoro entreabrió la ventana.
—¿Está bien así, don Juan Manuel?
El diputado aprobó con un gesto. Había pedido la botella del ron y llevaba trasegado de su contenido cerca de la mitad. Sus amigos decían que don Juan Manuel iba aficionándose á la bebida con exceso. Ello perjudicaba á su talento y le quitaba elocuencia en las Cortes. Había engruesado notablemente, y sus mejillas se acaloraban con facilidad. Nunca, sin embargo, su carácter revelóse más expansivo, más fecundo en dicacidades y agudezas; y en sus ojos zarcos, saltones, acuosos, acostumbrados á entornarse voluptuosamente, titilaba una luz optimista.
Aquella tarde de Abril el calor apretaba y la atmósfera del Casino, llena de humo y de sol, llegó á ser irrespirable. Don Juan Manuel, sofocado en el espacio, breve para su vientre, que separaba el diván de la mesa, ordenó á Teodoro abrir la ventana más próxima, y una corriente de aire cruzó el salón como una ráfaga de salud.
Componían la tertulia del diputado, Fernández Parreño, don Niceto y don Luis Olmedilla, don José Erato y don Artemio. Acababan de terminar su partida de tresillo y los lances del juego, por lo mismo que les interesaron y sacudieron mucho, les habían fatigado. Al recogerse en sí todos halláronse amustiados y sin ideas; cesó con el trajín de los naipes el regocijo de la reunión; el tedio de la ociosidad, el tormento sigiloso, mil veces renovado, de no saber á dónde ir, renacía. Antes de marcharse á cenar aun necesitaban esperar, cuando menos, una hora. ¿Qué hacer hasta entonces?... Y á esta pregunta, en cada alma, respondía el silencio.
Todos habían cambiado de actitud y miraban hacia los balcones, invadidos de cruda claridad. El Casino, á la sazón, estaba callado. Unicamente resonaban las voces de Romualdo y de otros dos individuos que jugaban al billar.
Don Juan Manuel Rubio sacó su petaca y ofreció tabaco á la reunión; todos aceptaron, menos don Niceto.
—Gracias, don Juan; ya sabe usted que no fumo ni bebo alcoholes más que de noche.
La observación era rigurosamente cierta; el juez no bebía ni fumaba mientras el sol alumbrase el horizonte. ¿Por qué alterar aquella costumbre de tantos años? El diputado no insistió.
Dijo don Artemio:
—¿Saben ustedes que el veterinario se ha comprado una corbata?
—Yo, sí—repuso don Elías.
—Yo, también—agregó Luis—; una corbata encarnada...
—La misma; ¿le han visto ustedes?
—No le he visto—replicó Olmedilla—, pero me la dijeron hoy, á medio día, en el Café de la Coja.
—Yo lo supe anoche—añadió el médico—, me lo contaron en la fonda.
—Se la habrá comprado su mujer, ¿verdad?
—No lo creo; su mujer tiene mejor gusto.
De unos labios á otros, en el curso de aquellos dos días la corbata de don Ignacio Martínez había estremecido la opinión.
El sustantivo «fonda», dicho por Fernández Parreño, trajo á la distraída memoria del señor Erato, un recuerdo.
—Diga usted, don Luis, ¿es cierto que esta mañana, un comisionista alemán, dió un escándalo en el Toro Blanco?...
La pregunta interesó mucho á los circunstantes, que ignoraban el hecho.
Luis Olmedilla, siempre presumido y valentón, repuso irguiéndose en su asiento y entornando los ojos con aire jaque:
—Hombre... tanto como un escándalo, no señor; porque si mi hermano Valentín es como es, un manso y lo aguanta, yo, no lo aguanto. Lo que hubo fueron palabras gruesas, pero no conmigo, que yo, en aquel momento, no estaba allí. El hecho es muy sencillo. Ese comisionista alemán vino esta mañana de Salamanca, en el primer tren, y apenas llegó á la fonda, pidió un baño. La criada que sirve en el piso principal y se expresa muy bien porque está acostumbrada á tratar con buena gente, le manifestó que en casa no había baño, pero que podía buscarle un barreño si, por casualidad, necesitaba lavarse los pies. ¡Me parece que la mujer no dijo ningún disparate!...
Todos asintieron. Parsimoniosamente, escuchándose un poco, Luis Olmedilla continuó:
—¡Pues, para qué quiso oir más el alemán!... Empezó á decir que él no necesitaba lavarse los pies, porque los llevaba siempre muy limpios; que los necesitados de limpieza somos nosotros, los españoles; que si pedía un baño era por gusto, porque en su país la gente, según parece, se baña todos los días. ¡Ganas de presumir, claro es!... Como hablaba á voces y manoteando, la muchacha se asustó y fué á llamar á su ama, porque Valentín estaba en la peluquería, afeitándose. Mi cuñada procuró apaciguar al alemán diciéndole que ni en Puertopomares, ni en otros pueblos de más categoría, las fondas tienen cuarto de baño, por la sencilla razón de que nadie se baña, y mucho manos ahora, en primavera, lo que no impide que gocemos de buena salud. Eso fué todo. Pero como el extranjero gritaba y decía en su lengua palabras incomprensibles, los criados pensaron que les estaba insultando, y á no llegar mi hermano nadie sabe lo que hubiese sucedido.
Exceptuando don Juan Manuel, que se reservó su opinión, todos los circunstantes, incluso Fernández Parreño, declaráronse en contra del alemán. El médico afirmó que los baños, fuera de los meses de Junio, Julio y Agosto, constituyen un reverendo disparate. ¿A quién, que no esté loco, se le ocurre bañarse, por ejemplo, en Abril?...
Luis Olmedilla dijo que su hermano, sin embargo, para complacer á los extranjeros, pensaba instalar una ducha. ¡Lástima de dinero!
—Dile á Valentín—exclamó el boticario—que si las pesetas le hacen cosquillas las emplee en ensancharnos el saloncito de tresillo, y se lo agradeceremos todos.
Don Juan Manuel preguntó á don Niceto el resultado de la querella que don Arístides, propietario del tejar La Honradez, tenía entablada contra Juanito, el Manchego.
—Hoy se ha celebrado el juicio—repuso el juez—, pero no hubo sentencia porque las circunstancias en que el demandante apoya su denuncia no están bien probadas. Ya le conocemos; por pleitear pleitearía con un árbol. Dice don Arístides que á una yegua inglesa, muy buena, que tiene, la acaballó un potro de Juanito el Manchego hallándose la yegua sudada; que el Manchego la echó el potro para dañarla, pues, según parece, él y don Arístides se llevan mal, y la yegua hubo de asustarse y con la impresión se la cortó el sudor y desde entonces está enferma. Por daños y perjuicios pide seis mil pesetas. Claro es que Juanito se defiende diciendo que si la yegua se escapó y vino á buscar al potro, ó si éste rompió el acial y se fué en busca de la yegua, él no tiene culpa, pues son accidentes inevitables y fortuitos. También asegura que la yegua no está enferma de pasmo, sino de alguna mala hierba que ha comido. Martínez, como perito, habrá de decirlo.
Este diálogo trajo al espíritu de Fernández Parreño el recuerdo de las dos potrancas que aquel año deseaba llevar á la cubrición. Don Juan Manuel poseía en su finca «La Evarista», así llamada para rendir público testimonio de adhesión y fineza hacia Evarista Garrido, su amante y heredera, una excelente monta con magníficos caballos padres y burros garañones andaluces de lozana estampa y extremado poder, que anualmente, desde que comenzaba la cubrición á primeros de Marzo, hasta fines de Junio, allá por San Juan, producíanle muy generosos rendimientos.
—¿Cuándo quiere usted que lleve las potras á cubrir?—preguntó don Elías.
—Cuando usted guste. ¿Están en sazón?
—Desde hace tres días. Pero, ya sabe usted que, por ser mis yeguas primerizas, tengo derecho á elegir semental...
Mientras se servía otra copa de ron, don Juan Manuel tuvo un gesto de desprendimiento y elegancia.
—Le asiste á usted, amigo don Elías, efectivamente, ese derecho de elección; pero aunque así no fuese, por ser usted quien es y por nuestra buena amistad, en mis tierras de ese y de cuantos fueros y pragmáticas necesite puede usar.
Agradeció Fernández Parreño tan generoso ofrecimiento, y prometió enviar al día siguiente las dos potrancas á la parada. Convenía aprovechar la bonanza del tiempo, pues la experiencia habíale demostrado que los días nublados no son propicios á la cubrición.
—¿Usted irá?—preguntó el diputado.
—Seguramente.
—Si quiere usted, puedo llevarle en mi tartanita; iríamos juntos y le enseñaría el último garañón que he comprado. ¡Merece verse!...
Esta conversación, tanto por la misma salsa picante de su asunto, como por el interés que estos episodios de la existencia rústica inspiran á cuantas personas viven del campo ó muy cerca de él, apasionó á los circunstantes. Para los vecinos de las aldeas, la noticia de un pedrisco, la época de la jifería, el júbilo verde de los bancales enlucidos con los primeros brotes de la cosecha próxima, la preñez de las ovejas ó el alumbramiento de una vaca, revistieron siempre importancia excepcional.
Don Elías explicó las condiciones de sus yeguas, su complexión, su edad y el empleo que daría á las crías. En relación con todo esto, quería para la potranca negra á «Temerario», garañón alazán; y, para la potranca rodada, á «Pensativo», soberbio ejemplar de ruchos cordobeses.
Don Juan Manuel sonreía petulante.
—Este doctor sabe escojer. Si entendiese de medicina como de animales, podíamos cerrar el cementerio.
El ejemplo de Fernández Parreño suscitó en los oyentes ideas de codicia. Don Artemio Morón tenía una pollina joven, ociosa desde hacía dos años. Don Niceto habló de su yegua.
—Pues anímense ustedes—exclamó el diputado—y vénganse mañana temprano con nosotros. Pasaremos un buen rato. Además, ahora la cubrición está en su apogeo, y á ustedes les conviene que la monta se realice antes de que los machos empiecen á cansarse.
Por burla, Luis Olmedilla dijo que aquella invitación se la dictaba á don Juan Manuel el interés. Cobraba el diputado las cubriciones á setenta y aun á ochenta reales, y como á su acaballadero acudían todas las yeguas y pollinas de los alrededores, las ganancias de la faena reproductora alcanzaban á mucho. Así, la parada de La Evarista constituía una especie de mancebía, de la que don Juan Manuel Rubio era amo y alcahuete. El dudoso gusto de la broma no hizo mella en aquél, que la arrostró bravamente, salpresándola con atrevidos donaires y uniendo sus risas á las de todos.
A la hora de cenar la reunión se disolvió, marchándose cada cual á su casa, pero prometiendo volver á entrevistarse luego en el Casino, para determinar bien el sitio y momento en que á la siguiente mañana habían de reunirse.
De esto trataban á última hora, cuando don Gil Tomás, que después de pasar la velada en un ángulo del salón y leyendo periódicos, se restituía á su domicilio, se acercó á la tertulia.
—Buenas noches, señores...
—Buenas noches, don Gil.
Hicieron ademán de brindarle una silla.
—Muchas gracias. Voy ya de retirada.
Bajo la claridad de las lámparas y entre la blancura del mármol de las mesas, parecía un pelele con su cabeza de amarillez azafranosa y su cuerpo de hombros caídos y estrechos. Fernández Parreño le explicó de qué se trataba y don Gil mostróse propicio á conocer lo que, por falta de ocasión, nunca había visto, mas no consintió en que nadie se molestase yéndole á buscar. El, con mucho gusto, concurriría puntualmente adonde le dijesen. Discutieron el sitio mejor para citarse: unos proponían el Casino, otros la farmacia. Al cabo quedó concertado que don Juan Manuel iría, en su coche, á recoger al médico, que don Niceto y su hermano saldrían por su camino y á la hora que les pareciese, y que don Artemio aguardaría á don Gil en la botica, pero maniobrando todos activamente de manera de reunirse en La Evarista entre ocho y nueve de la mañana. En esta conformidad se separaron.
El acaballadero de La Evarista hallábase á poco más de tres kilómetros de la población, inmediato al camino de Puertopomares á Torres de la Encina, y en el hondón formado por dos alcores sembrados de olivos. Era un vasto corralón circuído por densas acitaras de mampostería, altas como de dos metros, donde se apoyaba un cobertizo bajo del cual los gañanes ponían las carretas y otros aperos de labranza al resguardo de la lluvia. Junto á una piedra redonda, de las empleadas en las aceñas, y que con industria fué convertida en pesebre, relinchaba furioso el caballo «catador», destinado únicamente á examinar si las hembras que iban llegando estaban ó no en sazón de ser cubiertas. El pobre animal, los ojos alocados, los belfos espumeantes, erizada la crín, trepidante de un furor genésico exacerbado á cada nueva cata y siempre insatisfecho, atabaleaba el suelo y corajudo se mordía los ijares.
Los caballos y pollinos sementales estaban aparte, en lugar bien cerrado y separados unos de otros, porque el aislamiento, según el experimentado saber de don Juan Manuel, aviva en los machos el deseo reproductor. Así, cada garañón ocupaba un departamento, una especie de celda, de la que salía para cumplir la función sexual y á la que era restituído inmediatamente después. En aquel pequeño local cubierto de estiércol y flanqueado por los cuartos donde los sementales esperaban, atronaba la polifonía de los graves rebuznos, la estridencia bélica de los relinchos, el golpear de los aciales sacudidos, la temible impaciencia con que los brutos rijosos pateaban el suelo. A veces, un semental, de un par de coces, abría la puerta de su encierro, haciendo saltar la cerradura.
Don Gil Tomás y el boticario, que salieron de Puertopomares á paso de tropa, alcanzaron en el camino á don Niceto Olmedilla y á su hermano. Don Artemio llevaba á su pollina del ronzal; el juez, más comodón, había recorrido el trayecto montado en su yegua. Continuaron andando los cuatro, y á poco se reunieron con Fernández Parreño y don Juan Manuel que les esperaban á la entrada de La Evarista porque el coche no podía seguir adelante. Ya juntos, prosiguieron la ruta á pie, entre la alegría de los olivos y de los campos donde empezaban á lozanear los primeros brotes de la cosecha próxima. Un zagalillo, que llevaba del ramal á las dos potrancas del médico, les precedía. El cielo era azul, tibio el aire; las glebas, que paralelamente levantó el arado, rojeaban bajo el sol. Un júbilo afrodisíaco, excitador, un saludable aroma de sarpullos tempranos y de savias y resinas nupciales, saturaba el paisaje.
Interesó la atención de don Gil el que, tanto la burra del boticario como la yegua de don Niceto, ya cerca de la parada empezasen á dar muestras de contento y, sin que nadie las estimulase á ello, se pusieran al trote.
—Es que adivinan á dónde vamos—decía don Artemio riendo—; vea usted, en cambio, las dos potrancas de don Elías: como son doncellas no malician nada.
En las inmediaciones del acaballadero había bastante rebullicio. Mujeres y zagales acudían allí, como á una fiesta dionisiaca, llevando del ronzal á las hembras en quienes la rigurosa ley de la reproducción había de cumplirse. Los animales, alborozados, brincaban delante de sus dueños. Novias parecían. Era un cuadro pagano donde, á la picardía de las escenas, aunábase la avaricia campesina, el codicioso deseo de que las hembras quedasen fecundadas.
Ya en el acaballadero, los hombres franqueaban la puerta del corralón; las mozas, vacilando entre su femenil recato y su vicioso prurito de ver, no entraban, pero se encaramaban á los muros y sentadas sobre el cobertizo, destacaban sus rostros traviesos, llenos de risas, del gran fondo alegre del cielo y del campo. Don Gil, curioso y lascivo, lo observaba todo.
A recibir á don Juan Manuel acudió Luciano, el encargado de la parada. Venía en mangas de camisa y llevaba chaleco y calzones de pana. Era viejo, recio y alto. Una boina negra cubría su cráneo rapado y de líneas seguras. Sus ojos pequeños y sin luz, y sus labios, renegridos por el tabaco, daban al rostro afeitado una expresión bestial. Saludó:
—Buenos días, don Juan Manuel y la compaña...
Luciano informó á su amo de cómo aquellas últimas mañanas habían sido de trabajo incesante. Designó con un gesto á las yeguas que esperaban en el corral. Llevaba despachadas otras ocho, y aunque tenía cuidado de no debilitar á los sementales dándoles á comer hierba fresca, no comprendía cómo éstos podían resistir tanto trabajo.
Preguntó don Juan Manuel si «Temerario» y «Pensativo» se hallaban bien dispuestos, y como las respuestas de Luciano fuesen afirmativas, don Elías no disimuló su contento.
—Si todo sale bien—dijo—le haré á usted un buen regalo.
Luciano, sonriendo, prometió esmerarse, tanto por respeto y cariño á don Juan Manuel, como por corresponder á las dadivosas intenciones del médico.
—Ya sabrá usted—repuso—que tiene derecho á que cada una de sus yeguas sea cubierta catorce veces, distribuidas en la siguiente forma. Después de los cinco ayuntamientos primeros, las dejaremos descansar nueve días; luego, con intervalos de veinticuatro horas, recibirán otros cuatro; nueve días después, tres más, y, finalmente, transcurrida una semana, otros dos...
Al saber que don Elías quería para su yegua negra al alazán «Temerario», y para la rodada á «Pensativo», Luciano movió la cabeza y su semblante se nubló. A despecho de su rusticidad, parecía un bonzo, uno de aquellos sacerdotes antiguos, crueles y sensuales, cuyas preces poseían el don terrible de hacer correr ó de secar las fuentes del deseo.
—Veremos—exclamó—; no crean ustedes que los animales me obedecen siempre. Los animales, con perdón sea dicho, tienen sus preferencias, como las personas. Los caballos gustan de unas yeguas más que de otras, y á las yeguas las sucede lo propio. Lo mismo ocurre con los burros: el asno que haya tenido comercio con una yegua, es muy difícil que luego acepte á una pollina.
Mientras Luciano disertaba, don Gil, Luis Olmedilla y don Artemio, que á pesar de sus años y de su jorobada figura se perecía por las faldas, observaban descocadamente á las mozas. Ellas, avergonzadas de la curiosidad que las había llevado allí, enrojecían, y, para disimular su turbación, volvíanse de espaldas y miraban al campo.
La faena de la cubrición fué rápida. Desatado el potro «catador», abalanzóse sobre las yeguas que le ofrecían; pero apenas sujetaba á una entre sus patas, Luciano, tirándole violentamente del ronzal, lo derribaba al suelo. De este modo el animal se ayuntó con todas, pero con una rapidez que, por no satisfacerlas, las dejaba en la mejor disposición y apetito. Inmediatamente las hembras fueron llevadas al departamento donde los garañones, que habían olfateado el banquete sexual, relinchaban glotones, y allí las ataron las patas, para que no coceasen. Los sementales, al salir de su departamento, apenas veían la yegua que les estaba destinada, apasionadamente arremetían con ella. El médico, el boticario, don Gil, don Niceto Olmedilla, su hermano y don Juan Manuel, presenciaban la escena conturbados por la mirada dulce, sumisa, perfectamente femenina, de las hembras. Una vaga inquietad genésica les removía. Unicamente Luciano, los calzones sujetos por una faja negra, la boina echada sobre el cogote, al aire los antebrazos velludos, presidía los ayuntamientos ordenándolos con castidad perfecta.
Cuando don Juan Manuel y sus amigos salieron de la parada, el hombre pequeñito iba densamente pálido. Varias mozas, que en sueños le tuvieron entre los brazos, sintieron deslizarse por su carne supersticiosa un calofrío de miedo.
Ya iban llegando á la población, cuando don Gil se despidió de sus acompañantes invocando un quehacer perentorio, y por un atajo caminó hacia su casa. Su presencia por aquellos andurriales llamó la atención. Algunos hombres le saludaron respetuosamente, con ese acatamiento que en los pueblos, más que en las ciudades, inspiran los ricos; los ojos de las mujeres le seguían largo rato, inquietos y atentos, como si vieran alejarse un peligro; únicamente los muchachos, hallándole pequeño, casi de su tamaño, le miraban de igual á igual.
Poseía don Artemio, si no el don precioso, por lo llano, de la simpatía, los recursos, no menos envidiables de parecer útil y de inspirar confianza. Su corcova, el poco garbo de sus piernas, la severidad de su barba rucia y de su calva de color pergamino, y cierta adustez en la mirada y en la voz, pormenores eran que infundían respeto y hasta temor en las gentes sencillas.
Muchos rústicos comarcanos, tanto por motivos de economía como porque la ciencia de don Artemio les mereciese verdadero crédito, le preferían al médico ó al albeitar, y muy de mañana iban á consultarle so pretexto de comprar cinco céntimos de vaselina ó una botella de agua purgante. El farmacéutico poseía un memorión formidable y conocía palmo á palmo todas las villas de en seis leguas á la redonda. Esto le daba gran prestigio. Además tuteaba á sus clientes en señal de dominio, ciencia y señorío, y tenía el llamado «ojo clínico», es decir: la intuición del médico, el presentimiento de las enfermedades, orientación ó guía suprema del arte de curar.
Morón recibía á su parroquia en la puerta de la botica. Allí empezaba la consulta. Metido en una especie de bata ó cubrepolvo de crudillo que le alcanzaba á los pies, las manos en las faltriqueras del pantalón y un gorro de terciopelo morado sobre la nuca, don Artemio correspondía al saludo humilde de sus visitantes con una interrogación:
—¿Tú eres de Navahonda, verdad?
—Sí, señor.
Había una breve pausa. Morón inquiría, hilvanaba recuerdos...
—¿Eres de Navahonda ó de Torres de la Encina?
—Verá usted: soy de Torres de la Encina, pero vivo en Navahonda.
Don Artemio dejaba escapar un gruñido.
—¡Ya me parecía!... Bueno; al boticario debe decírsele siempre la verdad. ¿Qué te trae por aquí?...
El páparo vacilaba, no sabía reducir su idea á palabras.
—Verá usted...
Se rascaba las corvas, la cabeza, hacía con las cejas extraños visajes. Morón iba en su auxilio.
—Tú tienes calenturas.
—Sí, señor...
—Digieres mal y por las noches, en cuanto te acuestas, las sienes te echan fuego.
—Sí, señor...
—Te duelen las articulaciones, ¡todas las articulaciones!
—Sí, señor, y después...
—No digas más: sé lo que tienes. Ahora, en Navahonda, hay muchas fiebres. Entra.
Generalmente la conversación terminaba allí mismo, delante del mostrador, con una caja de sellos de quinina ó una poción de agua purgante, que don Artemio vendía añadiendo por la consulta, al valor de la droga, un modesto cinco por ciento. En los casos de mayor gravedad, Morón llevaba á sus enfermos á la rebotica, donde, tendiéndoles en un sofá, les reconocía. Estos manejos y diversos específicos compuestos por él mismo para curar los males de estómago y de garganta, engordar ó enflaquecer á voluntad, limpiar y conservar el cabello, quitar el dolor de muelas, combatir las lombrices y la anemia, y otras drogas, tinturas, zarzaparrillas y ungüentos de las más diversas y pintorescas aplicaciones, remozaban de año en año su popularidad y producíanle notables rendimientos.
En verano, al anochecer, sus amigos reuníanse á charlar delante de la botica. Los diálogos se aderezaban con murmuraciones y cuentos de subido color. Algunas veces, después de cenar, Luis Olmedilla llevaba á la reunión la alegría de su guitarra, y la tertulia entonces se prolongaba hasta tarde. El sitio era muy á propósito para gozar del fresco, porque allí la calle Larga se ensanchaba y los árboles de la vecina Glorieta del Parque diluían en la atmósfera una humedad de jardín. Don Valentín llegó á sentir celos de aquellas reuniones, rivales de las del Toro Blanco.
Una noche, alguien habló de brujas, y este asunto, al que el silencio aldeano fué siempre propicio, recordó á la reunión la muerte súbita acaecida días atrás en una casa de la calle Pozo de Don Ramiro. Desde el primer momento, por instinto, la imaginación popular había venteado en el hecho aquél, empero su sencillez aparente, un enigma de maleficio. Fué á la hora del yantar. Wenceslao, el carpintero, su mujer y sus tres hijas, ya mozas, acababan de sentarse á la mesa. Todos los operarios del taller se habían marchado, y á excepción del comedor, el resto de la casa hallábase á obscuras. Un incidente trivial preparó al drama el camino. En la mesa no había servilletas.
—Yo iré á buscarlas—dijo Juanita, la hija menor.
Se levantó y salió al pasillo. Su madre, como si hubiese tenido un mal presentimiento, exclamó:
—Ya sabes que las servilletas están en el arcón, á la derecha. ¡No vayas á tropezar! ¡Enciende una luz!
La muchacha repuso:
—No hace falta.
A la vez su padre y sus hermanas dejaron de comer; adoptaron una actitud expectante; parecían temer algo: un peligro. Oyeron los pasos de Juanita que se alejaba en la oscuridad. Wenceslao iba á seguirla y, sin saber por qué, no lo hizo. Un chirrido de goznes indicó que Juana había llegado al gabinete y empujaba la puerta. Coincidiendo con este ruido resonaron un grito, un horrible grito, y la percusión de un cuerpo contra el suelo.
La madre, de un salto, se puso en pie, los cabellos erizados:
—¡Mi hija!...
Salieron todos al pasillo y avanzaron atropellándose, removidos por sacudidas de venganza y de miedo. Wenceslao iba delante y sus manos buscaban febriles en la tiniebla de la pared las llaves de la luz. Juanita yacía sobre el pavimento, y la opinión aseguraba que la chiquilla había muerto de miedo.
—Los doctores Narro y Fernández Parreño—dijo Erato—hicieron la autopsia del cadáver, y han certificado que la hija de Wenceslao tenía una angina de pecho.
Los circunstantes callaban. Todos, cual más cual menos, presentían un misterio. La causa «inmediata» de aquella muerte sería la angina de que hablaban los médicos. Pero, ¿por qué el mal hirió á la víctima precisamente cuando ésta se hallaba sola? ¿Por qué no lo hizo un minuto antes ó un minuto después? ¿Detrás de la causa más próxima y visible no habría otra?
De esta opinión participaba el boticario.
—¡Déjenme ustedes de anginas!—exclamó—; en la vida ocurren sucesos inexplicables; cosas que vienen de la sombra; cosas que hacen los muertos. La hija de Wenceslao murió de un susto; créanme ustedes; murió de miedo, porque al abrir la puerta de la habitación vió algo...
Y, bajando la voz, como para contar una picardía:
—Hay fenómenos raros, tan raros, que obra parecen de aojo y milagro.
Miró á su alrededor, y con la mano hizo á los presentes señal de acercarse.
—Ya conocéis á Epifanio Rodríguez. Es un muchacho sencillo y buenazo á carta cabal, pero, como diría Martínez, un tanto arrimado á la cola. Sacándole del estanco, no sirve para nada. Hace dos ó tres mañanas vino á contarme su desgracia; al pobre se le ahoga con un hilo, y el caso no es para menos. Epifanio tiene relaciones con una vecinita de la calle del Sacramento.
Un indiscreto atajó al narrador.
—¿La hija de López?
—¿Qué López?
—Teobaldo López, el notario.
—Precisamente; pero no es hija, sino sobrina. Pues, Epifanio, que quizás no pensaba casarse con ella, quería... lo que todos, y la muchacha, que es un poco loquilla, accedió. Entonces concertaron que él fuese á verla una tarde, á las seis, hora en que Teobaldo está en el Casino. Como supondrán ustedes, Epifanio no faltó á la cita.
Hubo sonrisas y maliciosos comentarios:
—¡Cómo que la chiquilla es preciosa!
—¡Tiene un cuerpo!
—¿El cuerpo?... ¿Y los ojos?... ¿Dónde me deja usted los ojos?
Prosiguió don Artemio:
—Pues ninguno de esos aperitivos, capaces de despertarle y aderezarle el paladar á un difunto, sirvieron. Cuando Epifanio entraba en la calle del Sacramento se cruzó con don Gil, á quien saludó, y en el acto, sin razón, tuvo miedo... ¿Comprenden ustedes?... Miedo de no poder conseguir su deseo. Así fué. La preocupación heló su carne y le inutilizó, pero tan completamente que los azahares de la moza nunca, como en aquella ocasión, estuvieron más seguros. Y no fué ésto lo peor; sino que la desairadísima escena se repitió varias veces, porque Epifanio no podía echar de su ánimo la imagen de don Gil. Cuando el pobre muchacho acudió á pedirme socorro contra su repentina debilidad, parecía loco; tan pronto hablaba de suicidarse, tan pronto quería asesinar á don Gil; ¡daba lástima! Es un caso de sugestión muy raro, por su persistencia. Yo le recomendé que procurase distraerse, tranquilizarse, sujetar y disciplinar sus nervios; pero él decía: «No puedo, don Artemio; todo eso que usted aconseja me lo he repetido yo mil veces, y no puedo; ¡no puedo!...» Y seguramente no ha pasado de ahí, porque ahora, según cuentan, quiere casarse.
Los circunstantes guardaron silencio. Reflexionaban. Inconscientemente hallaban una concatenación secreta, una relación manida y oscura, entre el fracaso de Epifanio y la muerte de Juanita, la hija de Wenceslao. El boticario tuvo para aquel estado de opinión, una afirmación categórica:
—Señores, yo creo en los embrujamientos. Lo que ahora llamamos telepatía ó sugestión, es lo que en la Edad Media se denominaba mal de ojo. Sólo las palabras han variado: en el fondo, el terrible misterio es el mismo.
Desde el asesinato de Frasquito Miguel, el solitario del Paseo de los Mirlos se hallaba mejor. Sin conocer el motivo de aquél íntimo y seguro bienestar experimentaba ese regocijo, esos deseos de cantar y de moverse, que inspira la realización cercana de una esperanza. Los vecinos observaron que las persianas, obstinadamente cerradas durante años, del hotelito de don Gil Tomás, eran abiertas muchas mañanas, y que el hombre pequeñito salía á los balcones á gozar del sol. Su cabezota de color de miel, con el menton apoyado sobre el barandaje, inspiraba risas.
Don Gil, sorprendido de su propia alegría, se preguntaba:
—¿Por qué estoy contento?...
Pero las pesquisas que discretamente realizaba en la oscuridad de su mundo interior eran infructuosas. Repartido, como andaba su ánimo entre el sueño y la vigilia, las impresiones de ésta resonaban en aquél de idéntica manera á como sus ensoñaciones se proyectaban sobre su vida real, y así, el júbilo confortador de que se reconocía acompañado era la satisfacción subconsciente de la cruelísima venganza que, hallándose dormido, tomó en la persona del señor Frasquito. El regocijo, de consiguiente, que le poseía y le sacaba á los balcones de su casa en las mañanas de buen sol, era un perfume de homicidio, una especie de olor á sangre.
Esta satisfacción, asesorada y ratificada por el arribo de la primavera, exacerbó la ginecomanía de don Gil. Jamás su actividad nocturna fué mayor; como lámpara milagrosa su impulso lascivo se encendía no bien cerraba los párpados y alerta continuaba hasta el amanecer; las jocundas savias vernales eran fuego en sus venas.
A desencerrar su lujuria cooperaba asimismo su insatisfecha pasión por doña Fabiana. La suave complacencia que, hallándose despierto, le producían el sortilegio acariciador de su voz, el reposo cálido y negro de sus ojos aterciopelados, las provocativas exuberancias de su matronil, hermosura y cierta tristeza otoñal que infundía á sus movimientos una dejadez de aristocracia, se exasperaba con el sueño y convertíanse en furibundo frenesí. Pero, ¿cómo alcanzarla si el marido, desconfiado y hostil, estaba allí siempre?...
Sólo una vez el hombre pequeñito casi llegó al sabrosísimo término de su afán.
Generalmente Martínez no soñaba; fatigado su espíritu, de la diaria labor, no se alejaba del cuerpo y permanecía acurrucado bajo las mantas del lecho conyugal. Pero aquella noche don Gil acertó á presentarse en la alcoba del veterinario en ocasión que el alma de éste hallábase en el acaballadero de La Evarista, examinando unos burros enfermos de que don Juan Manuel le había hablado la víspera. Tan dichoso azar suspendió al enano y le tuvo irresoluto unos instantes, pues como el mucho peligro las felicidades extremas suelen acobardar á los hombres; y fueron aquellos segundos desperdiciados, precisamente, los que para la victoria necesitó después...
El íncubo examinó la disposición y moblaje del aposento: en el lecho de bronceados pilares y entre la limpieza de las almohadas y del embozo, las cabezas de doña Fabiana y de don Ignacio descansaban: la de ella, apacible, pálida, como nimbada de luz lunar; la de Martínez, cetrina, ancha, peluda, cubiertos los carrillos por una densa barba mal afeitada y fuerte. Antoñita dormía en su cuna de barrotes dorados. Alrededor de la estancia, un armario ropero, las sillas de madera sin pintar y asiento de anea, la cómoda con su espejo y sus floreros, y otros enseres antiguos y sencillos peculiares de las casas lugareñas. El ambiente era tibio. Por las rendijas de la ventana filtrábase, semejante á una humareda, un ligerísimo claror estelar. El lejano murmurio del río parecía agrandarse en los ángulos de la callada y cerrada habitación.
Vibrante de deseo, avanzó don Gil; su alma rijosa temblaba, se retorcía, como aquellas larvas infernales que rodeaban el lecho de Paracelso, y su influencia magnética turbó á doña Fabiana. La excelente señora, en cuyas alucinaciones nocturnas nunca hubo voluptuosidad, empezó á soñar. Era un hilvanamiento de escenas absurdo, pero fácil, rápido, sabrosamente ilógico, como el de las películas cinematográficas. Doña Fabiana gozaba de esa levedad física, de esa suave y vagarosa multiplicación de imágenes con que la morfina y el opio, los divinos emisarios de la otra vida, eternizan su imperio. Según en las comedias de magia acontece, alrededor de la durmiente todo era posible.
Hallábase doña Fabiana asomada á un balcón de su casa, cuando por la parte más alta de la calle apareció don Gil: veía su cara de color de fideo, sus manecitas enanas, que marcaban el ritmo del cuerpo al andar, su figurilla vestida de negro y la línea blanca de los calcetines entre los zapatos y las perneras, algo cortas, del pantalón. Por lo parvo, por lo ruin, parecía un humillo que saliese del suelo. La calle mostrábase desierta, muda, vacía, con esa total soledad que las pesadillas dan á sus paisajes. Todas las ventanas, todas las puertas, estaban cerradas, y por añadidura comprendíase que tras ellas no había nadie. Las casas, más que realidades tangibles, parecían imágenes sin expresión, imágenes muertas, grotescas, pintadas sobre un lienzo que cubriese cielo y tierra. La naturaleza, de súbito, se había inmovilizado; los objetos perdieron su relieve y todo, por arte de ensalmo, hízose trapo y silencio. Doña Fabiana reconocía la calle Larga, la Fonda del Toro Blanco, la Glorieta del Parque, los primeros árboles del Paseo de los Mirlos, y, sin embargo, comprendía que todo, á pesar de no haber cambiado, era diferente. La incontrovertible evidencia de este contrasentido, llenaba su ánimo de estupor.
—En Puertopomares no hay nadie—pensó—; no queda nadie, más que don Gil Tomás.
El hombre pequeñito era lo único vivo. Entonces tuvo miedo de hallarse con él, y su congoja crecía según don Gil iba acercándose. Dentro de la atribulada conciencia de doña Fabiana, una voz musitó.
—Estás tan sola porque tu marido se ha marchado. Si él estuviese aquí, las calles te parecería que rebosaban gente. Las personas que nos aman son las únicas que, verdaderamente, nos hacen compañía.
Don Gil habíase detenido debajo del balcón.
—¿Subo?...—preguntó.
Y cambiando seguidamente su interrogación en afirmación inflexible y tranquila, repitió:
—Subo.
En la amarillez asiática de su rostro, sus ojos, también amarillos, adquirieron la inmovilidad y la frialdad del cristal, y refulgían como topacios.
Al mismo tiempo la esposa de Martínez advirtió que, sin graduaciones ni matices, su miedo transmutábase en suavísimo quebranto sexual. Adivinóse codiciada, sintió el calor del deseo que iba á pasar sobre su carne como una llamarada, y sus flancos tremaron lascivos. Su alma, honesta hasta entonces, conoció la lujuria; y contribuía á la exaltación de este pecaminoso desmayo, el horror, mezclado de asco, que el enfermizo color y la enana ridiculez del hominicaco la producían.
Don Gil cruzaba la calle. Doña Fabiana, inclinándose un poco sobre la barandilla del balcón, murmuró:
—No puede usted subir.
Don Gil Tomás levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—La niña está durmiendo y si le ve á usted se asustará.
—La niña—repuso el íncubo—no oirá nada.
Ella hubiera podido defenderse cerrando la puerta de la habitación, pero no lo hizo. Tenía miedo, un miedo intenso que helaba sus huesos, y á la vez un inmenso afán de ser poseída. Por su sangre, los diablos incendiarios y libertinos de la juventud y de la primavera, corrían como centauros. De pronto, el hombre pequeñito estuvo á su lado. La tuteaba.
—Te quiero; hace mucho tiempo que te quiero. ¿No lo sabías?
Ella replicó:
—Sí, lo sabía.
—¿Y por qué no te dabas á mí?
Y doña Fabiana, suspirando:
—Porque me daba usted mucho miedo.
Su pavor, efectivamente, en aquellos instantes, no tenía límites: un pavor que era asco; un asco que era, á su vez, violento deseo de entrega y capitulación. Luego, sin haber seguido camino ninguno, hallóse en su cama, los brazos arriba y atrás, bajo la nuca, el bello cuerpo á merced del íncubo, por momentos más exaltado y apremiante. Con los ojos del espíritu veía á su derecha á Antoñita dormida, y á su izquierda á don Ignacio, dormido también. Mirándole, pensó:
—Se ha ido; su alma se ha ido; si estuviese aquí me salvaría...
Y según en la complejidad incalculable de la vida mental los pensamientos más antagónicos coexisten ó turnan en el gobierno del ánimo, así la atribulada señora quería que su marido oportunamente acudiese á salvarla del adulterio, como deseaba que la hórrida violación se consumase. Después sintió sobre la encendida fresa de sus labios entreabiertos por la congoja de su corazón, los labios de don Gil. Sus mejillas recibieron el roce de su aliento inflamado. En sus senos, duros y erectos, no obstante las fatigas de la maternidad, en sus senos de pagana turgencia, los dedos del íncubo se crisparon. Experimentó entonces una repugnancia mayor; aquellas manecitas frías, alimonadas, suaves, blandas, de una blandura cartilaginosa, produjéronle la aversión que inspira el contacto de un reptil. Y, sin embargo, su voluptuosa enervación iba en aumento: la sintió en su vientre, sobre sus flancos; una especie de ardientísimo vapor la envolvía; todo su cuerpo temblaba cual si una corriente eléctrica lo sacudiese...
De súbito las imágenes se emborronaron, desaparecieron; fue como un choque. Doña Fabiana lanzó un grito, entreabrió los párpados y hallóse al lado de don Ignacio. Asustada, se estrechó contra él. El veterinario despertó.
—Estás soñando—dijo—; ¿verdad?... Estabas soñando...
Ella temblaba aún bajo el recuerdo vitando de su pesadilla.
—¿De dónde vienes?—preguntó.
—¿Cómo, de dónde vengo?... ¡Despierta, mujer!... ¿Acaso me he movido de aquí?...
Y, recogiendo sus ideas:
—Yo, en este momento, también soñaba. Me hallaba en La Evarista examinando unos machos de que don Juan Manuel me habló anoche. ¿Sabes quién me acompañaba?... El boticario. Nos habíamos enredado en una discusión. Don Artemio sostenía que uno de aquellos animales tenía muermo; yo decía que no. En éstas tuve el presentimiento de que iba á sucederte una desgracia; me pareció que gritabas... y eché á correr. Fué cuando desperté.
Doña Fabiana, temblando, murmuró:
—Abrázame...
Cuando se sintió bien sujeta entre los brazos musculosos y peludos de Martínez, le refirió su pesadilla, aunque guardándose de decir las dulces ansias porque ella misma, á pesar de su recato y de la poco amable figura de don Gil, había pasado. Describió la escena con todo el acre relieve de que su fantasía, caldeada aún por la violencia de las imágenes, era capaz. Explicó cómo el hombre pequeñito la interpeló desde la calle, cómo llegó á deslizarse en su lecho, cómo la besó, cómo sus manos de enano la palparon...
Sin advertirlo, ponía en la rememoración de estos detalles una minuciosidad malsana. No obstante tratarse de un sueño, don Ignacio sintió su tempestuoso corazón hincharse de celos.
—¿Quieres no contar más desatinos?—exclamó—, porque mañana, si me tropiezo con don Gil y me acuerdo de lo que acabas de decirme, no respondo de darle una pateadura.
Frustrada aquella ocasión de victoria, el alma del hombre pequeñito comenzó á recocerse en nuevas y violentísimas llamas de deseo. Así, aquel año, la primavera encendió en las mozas de Puertopomares—ellas atribuían el fenómeno á la primavera—inquietudes extraordinarias. La obesa doña Amelia gozó de turbaciones desconocidas y tuvo sofocos y palpitaciones de corazón: las hijas de Fernández Parreño y las de doña Virtudes, perdieron con la serenidad casta de sus noches, la alegría rosada de sus mejillas. Daño análogo marchitaba á las niñas de don Valentín. En la mayoría de las mujeres, aun de las casadas, los hombres advirtieron una gran laxitud de ademanes: hablaban y reían menos que antes, y cuando por las tardes iban á la estación, á ver el tren, caminaban más despacio.
—Siempre en esta época—pensaban los padres—la clorósis y la anemia hacen estragos en las muchachas.
Don Elías, poco inclinado á remover la parte moral de sus enfermos, atribuía sus enervamientos á atonía circulatoria ó á pereza estomacal, y recetaba hierro á todo pasto, y don Artemio agotaba las emulsiones, las kolas y los glicero-fosfatos de su botica.
En sus conversaciones más íntimas, las doncellas solían confiarse aquellos ensueños de los cuales todas conservaban impresión ingrata. Ellas sabían que el esposo de tales nupcias era don Gil, porque á intervalos, á través de las nebulosidades de la pesadilla, alcanzaban á vislumbrar su rostro amarillo como la corteza de las naranjas que empiezan á secarse; pero ordinariamente el íncubo adoptaba, al presentarse, las máscaras más horripilantes y absurdas: tan pronto era una vieja leprosa, como un sapo, como una araña de patas aterciopeladas, ó una serpiente de verdosos anillos, ó un animal con cabeza de macho cabrío y cuerpo de gusano, largo, silencioso, que se arrastraba por el suelo semejante á la cola de un vestido de baile.
De estas nauseabundas apariencias el hombre pequeñito no tenía culpa; antes bien, de hallarse capacitado para adoptar forma á su gusto, seguramente hubiese escogido la de un elegante y jarifo mancebo, por ese naturalísimo prurito de agradar común á todas las personas, sin excepción de sexo, edad ni social categoría. No estando en sus facultades hacerlo, mostrábase según la ciega y cruel naturaleza le hizo: pajizo, ridículo, insignificante, esquelético y frío, como un niño enfermo de consunción. Lo que después sucedía era que las muchachas á quienes acosaba, por obra de la imperfección con que trabajan los centros cerebrales durante el sueño, no conseguían distinguir claramente la figura del íncubo, y la entremezclaban con las imágenes que, por una ú otra razón, más las hubiesen impresionado en el curso del día.
Por las tardes, en el aislamiento conventual de la rebotica, mientras hacían labores, cortaban una blusa ó se probaban un vestido, María Jacinta, la hija de don Artemio, su prima Florita, y las dos amigas de su mayor intimidad, Anita Fernández Parreño y Micaela, la primogénita de doña Virtudes, se decían sus terrores nocturnos. Instaladas en sillitas bajas ante la ventana y entre la alegría de los cuévanos rebosantes de ropa y de los bastidores donde el trajín de las agujas iba pintando flores y caprichos, el abundante y sigiloso cuchicheo de las vírgenes levantaba un murmullo de oración. Las cabezas pelinegras ó rubias, adornadas con lacitos de colores, se agrupaban ó separaban según crecía ó menguaba el deshonesto interés de las confesiones. Las nucas blancas, las nucas por cuya piel, en el eléctrico tremar de los nervios, corren los estremecimientos de la voluptuosidad, se ofrecían tentadoras bajo la luz. Anita había dicho á su padre que dormía muy mal, pero sin declararle la causa de su inquietud, y exclamaba riendo:
—¡Me ha recetado un purgante!...
Micaela, que era muy devota, solía persignarse escuchando los secretos de sus amigas. La frecuencia de aquellas apariciones significaba para su misticismo una amenaza del infierno.
—Estamos embrujadas—repetía—: yo creo que debemos confesárselo todo al cura y pedirle que nos exorcise.
Estas palabras causaron impresión.
—Yo—dijo Flora—desde hoy prometo regar mi cama con agua bendita.
—Yo—agregó Anita—no volveré á quitarme los escapularios, y de aquí en adelante dormiré con los brazos en cruz.
Micaela insistía:
—Hay que decírselo al cura; creedme: debemos decírselo toda al cura...
Sus palabras devotas producían momentáneamente una emoción grave. Luego esta seriedad se desvanecía, se aclaraban las frentes y los labios rompían á reir. A coro, entre carcajadas, todas exclamaban:
—Pero, ¿quién tendrá la desvergüenza de confesar esos desatinos?...
Micaela empezó á describir su última pesadilla.
—Soñé que en mi cama había muchos caracoles... ¡Muchos!... Yo los sentía voltijear á mi alrededor y algunos me rozaban con sus cuernecillos. Aquellos bichos gelatinosos me producían un asco horrible...
Flora interrumpió el relato con una observación:
—Esos caracoles ¿estaban encima ó debajo de las mantas?...
—Debajo; ¿no digo que me hacían cosquillas en la piel?... Y, sin embargo, los veía. Repentinamente todos se convirtieron en un solo caracol; un caracol enorme, del tamaño de un gato; yo no quería mirarlo porque sabía que era la cabeza de don Gil. Aquel bicho empezó á colocarse sobre mí. Para defenderme, me puse de lado, pero él dió la vuelta. Caminaba rampando como si fuese por un muro, y según avanzaba iba creciendo. Lo sentía en mi vientre, y llegó á cubrirme desde las rodillas á la garganta. Al principio era frío, luego quemaba... Yo no podía gritar... Reconocía hallarme soñando y quería despertar, y al mismo tiempo deseaba seguir hasta el final del sueño... Aquello era bueno y era horrible á la vez...
Concluyó:
—La explicación de mi pesadilla está en que la víspera mi hermana y yo fuimos á la huerta de don Arístides á coger caracoles.
Como el hombre pequeñito se ofrecía, generalmente, á sus concubinas, era en forma de araña. María Jacinta casi siempre le veía así. Flora y Micaela experimentaban con frecuencia angustias semejantes. Muchas veces, sin perder la idea de su personalidad, sin olvidarse de su nombre, soñaban que eran moscas. ¡Qué alegría, qué turbulencia, qué dulce locura! Volaban sobre las flores, trepaban á los árboles, se bañaban en sol. De pronto, al realizar una pirueta, caían en una red de araña. Los terribles hilos de traición pintados de violeta, de anaranjado, de azul, de verde, por la luz, se enredaban á sus miembros. Luchando por desasirse un temblor de afrodisia las turbaba. La araña, oculta hasta entonces, las acometía sanguinaria. Era don Gil. La red felona se hacía lecho. Ellas, sin comprender nada, volvían á ser mujeres. En parte estas alucinaciones provenían del crecido número de arañas que había en el camino de la Estación. Entre los huecos de las piedras ó al abrigo de las raices de los viejos árboles, abundaban las tarántulas. Las muchachas que, por las tardes, iban á ver pasar el correo, solían detenerse á mirarlas. La ferocidad de la araña, su nerviosidad vibrante, su actitud de emboscada, su inmovilidad absoluta, llena, sin embargo, de vibraciones de impaciencia, interesaban á las mujeres. Con avidez y espanto las mocitas se detenían á examinarlas; el horror, el asco, la voluptuosidad insana de lo feo, el acre magnetismo de lo viscoso, de lo sucio, las retenía allí. Pensaban en el suplicio de los bichos que murieron agarrotados entre los filamentos de aquellas redes arteras. El miedo de que el insecto pudiese picarlas un dedo, lo sentían como un golpe en la nuca: no era precisamente miedo á la picadura, menos dolorosa que el lancetazo de un mosquito, ni al veneno, que destila al morder la tarántula; sino á su aspecto, á las patas que circundan su caparazón, á toda su horrible fealdad brincando, de súbito... Estos instantes de observación morbosa eran cortos; las arañas, sintiéndose expiadas, con un movimiento rapidísimo desaparecían en sus escondites; el cubil de la pequeña fiera quedaba vacío, negro, amenazador, y las mujeres se iban llevándose en la memoria la figura del animal. Por la noche aquellas arañas, lujuriosas y sádicas, tenían la cara de don Gil.
Este recuerdo añadió nuevas palideces al semblante, cera y violeta, de María Jacinta. La hija de don Artemio cruzó las manos con devoción y susto.
—Creo—dijo—que estoy embrujada. Don Gil es malo, es un espíritu de las tinieblas. Mi padre, que no peca de beato, habla de esto muchas veces. Yo opino como Micaela: aunque pasemos un rato de vergüenza, debemos confesárselo todo al cura.
Calló y quedóse triste, apagada, muda, como un líquido que, estando hirviendo, fuese retirado de la lumbre. Tenía miedo. A través de los siglos los misterios eleusíacos del alma femenina, las inquietudes, mitad religiosas, mitad sexuales, de la mujer abandonada en la soledad de su hogar á las tentaciones del Diablo, se repetían. La mujer, que adora el pecado, se abraza, sin embargo, á la Iglesia. En vano quiere ser casta; inútilmente levanta alrededor de su virginidad votos y rejas, y fortalece su ascetismo con el miedo á las hogueras infernales. La naturaleza prolífica, enemiga de la esterilidad, avasalla los más fuertes juramentos; bajo el pie desnudo de María, la serpiente inmortal silba de deseo.
Flora, María Jacinta, Micaela y Anita, discutieron qué cura recibiría más benévolamente sus confesiones.
—Don Leopoldo—dijo la hija de Fernández Parreño—es demasiado joven.
—Y don Emilio—agregó Flora—tiene muy mal genio.
Todas recordaban los odios bíblicos, las improperaciones virulentas con que algunos domingos tronaba, desde el púlpito, la exaltada inspiración de don Emilio. Reconocieron al fin que, para lance tan íntimo y desusado, nadie mejor que don Antolín, el cura más viejo de Puertopomares. Entre el lino de sus cabellos abullonados sobre las sienes como los de un anciano abate, sus orejas, ventanas de perdón abiertas siempre á las confesiones del pecado, sabían escuchar resignadamente. Una observación picaresca de Anita hizo prorrumpir en carcajadas á sus amigas. Por enfriado y hecho á oir desatinos que don Antolín estuviese, ¿podría resistir, cuatro veces seguidas, la historia de la araña?...
Solamente María Jacinta, cuyas alucinaciones nocturnas llegaron, por su repetición y frecuencia, á ser dolorosas, no reía. En la soledad de su dormitorio la pobre niña se extenuaba; alrededor de su lecho la clorosis, la ninfomanía, la neurastenia, la tisis, la locura, parecían repetir, cogidas de las manos, un aquelarre mortal. Aquella araña la bebía la sangre: el contacto aterciopelado y húmedo de su cuerpo lo sentía entre los muslos y sobre el vientre, y sus patas tamborileaban sobre sus flancos. Una noche en que quiso mirarla, el miedo casi la privó de conocimiento. La araña negra, de un negro musgoso, tenía la cara amarilla de don Gil, y la actitud reconcentrada, expectante y terrible, de las tarántulas que acechaban entre las piedras del camino de la Estación. Desde entonces, María Jacinta se abandonaba á ella cerrando los ojos. No quería irritar á la fiera, cuyo aliento subía, como un vaho de horno, hasta su garganta. La crisis voluptuosa hízose calambre y tortura. El vampiro, inmóvil sobre su víctima, clavaba en ella un extraño aguijón.
Pensando en su desgracia la hija de don Artemio se afligió hasta echarse á llorar. Sus amigas también se habían quedado tristes. Aquellos amores solitarios dejaban en todas una ingrata laxitud, una especie de humillación ó de redolor moral, parecido á un remordimiento. Cuando se quejaban ante el médico de sus mejillas sin color, de sus sueños agitados, de la facilidad ridícula que tenían para convertir en risa el llanto y viceversa, de sus pies que se enfriaban repentinamente, de sus palpitaciones cardíacas y de otros síntomas de histeria, don Elías las miraba entre burlón y compasivo. Ellas se indignaban. ¡Si hubieran podido hablarle de la araña!... A sus preguntas Fernández Parreño contestaba siempre del mismo modo trivial: todo aquello desaparecería cuando se casasen. ¡Siempre el matrimonio! El matrimonio erigido en panacea de la mujer, en mixtura para aliviar los dolores de su cuerpo y de su alma, defender su honestidad y asegurar su vida; el matrimonio, que unas veces será rango social, y otras medicina y otras ilusión... Sin duda don Elías acertaba; evidentemente nada mejor que un esposo para conjurar el sortilegio vitando de la araña negra. ¡Pero si en Puertopomares nadie se casaba! ¡Si entre tanto mozo soltero eran contados los que manifestaban vocación de marido!... De todo esto se aprovechaba infamemente don Gil y las mujeres habrían de satisfacerse con él de grado ó por fuerza. Don Gil era el señor, el sultán. El misoginismo cobarde de la mayoría aseguraba su imperio y dictadura.