Dos hechos removieron aquel verano la atención dormida del vecindario, y arrojaron una alegría en las soporíferas tertulias del Casino, del Café de la Coja y de la Fonda del Toro Blanco. Uno de ellos fué la probada intimidad de las relaciones de Romualdo Pérez con la hija mayor de doña Virtudes; el otro, la trágica muerte del señor Eustasio, el tonelero.
Micaela, efectivamente, cansada de vivir bajo la dominación del hombre pequeñito, decidió conceder á su novio la sabrosas preeminencias de amante: vería ella entonces cuál de ambos maridos era más fuerte.
El primero en percatarse de este secreto y divulgarlo, fué don Artemio Morón, que continuaba siendo el vecino más madrugador de Puertopomares. Los conspicuos del Casino, especialmente, saborearon y relamieron la noticia como un caramelo. El boticario les explicó su descubrimiento. De tiempo atrás espiaba á Romualdo, y su olfato, en asuntos de este jaez, era muy fino. Varias noches consecutivas él y Romualdo salieron juntos, y en llegando al callejón del Misionero, se separaban: Pérez íbase á charlar con su novia, y don Artemio seguía hacia su farmacia. Aquel noviazgo no era un misterio para nadie: cuantas personas transitaban á media noche por la calle Larga, estaban acostumbradas á percibir en la oscuridad la silueta del galán agarrado y como pegado á una de las rejas de la «Casa-Cuartel» de doña Virtudes.
El azar puso á Morón sobre la verdadera pista de lo que, sin motivo y sólo por holganza mental, tan ahincadamente codiciaba saber.
Una madrugada, el sereno del callejón del Misionero, á la hora de retirarse, fué á la farmacia á comprar un sinapismo para su mujer, que tenía dolor de costado. Estremecido por un presentimiento, don Artemio le preguntó por Romualdo. El sereno le había visto aquella noche, como otras muchas, en la reja de su novia.
—Por cierto—dijo deslizando en su observación un poco de malicia—que no sé el camino que luego habrá seguido para ir á su casa.
Morón aseguró que por la calle Larga no había pasado. Precisamente aquella mañana abrió su farmacia más temprano que nunca, y no se había movido de la puerta. La idea de que Romualdo hubiese allanado la severísima «Casa-Cuartel» de la viuda de Castro, le sacudió y fué á recogerse alegremente en su corazón. Inmediatamente determinó comprobar su sospecha; pero no para indignarse contra las malas costumbres y retirar á la descarriada Micaela su estimación, sino para regodearse con la salpimienta y buena gracia de la aventura, y referirla á sus amigos.
Noche tras noche don Artemio espió á Romualdo, y su animoso afán traía tal regocijo á su espíritu, que daba por bien perdidas sus horas mejores de sueño. Con la topografía del sitio ocupado por la casa de doña Virtudes, había compuesto don Artemio una especie de inexorable silogismo; y era: que si el callejón del Misionero constituía un tránsito ó pasadizo cerrado entre la calle Larga y la del Sacramento, quien entrase en él, de no salir por una esquina había de hacerlo por la otra, como algún zaguán misericordioso no le acogiera y ocultase.
La labor del viejo Morón fué ruda. Según costumbre, procuraba salir del Casino con Romualdo, despedíase de éste frente al callejón del Misionero, y continuaba su ruta. A veces los huéspedes de la Fonda del Toro Blanco le veían llegar, abrir la puerta de su farmacia y asegurarla después con llaves y cerrojos.
—Deben de ser las doce—pensaban.
Y aquel fragor de hierros parecía arrojar un nuevo silencio sobre la vecina Glorieta del Parque. Transcurridas dos horas, don Artemio reaparecía, calzado con sigilosas alpargatas, y liviano como una sombra deslizábase por la acera más oscura; su perfil fugitivo desvanecíase á intervalos bajo las sombras oblicuas de los viejos balcones volados y los frontis salientes. En la esquina del callejón del Misionero se detenía, y asomando un ojo nada más, miraba hacia el fondo pendiente y oscuro del pasadizo. La silueta de Romualdo, en pie y como cosido á la reja de sus amores, producíale indecible consuelo. El cuchicheo de los novios llegaba á él como un murmullo de fontana. Todo el pueblo, bañado en luna, dormía; y en su quietud, la canción del río, el silbido lejano de un tren, el grito vigilante de un sereno que cantaba una hora. La casa de doña Virtudes ocupaba el comedio de la callejuela; por esta circunstancia Morón sabía que Romualdo no podía sorprenderle, pues si enderezaba sus pisos hacia donde él acechaba, tiempo sobrado tenía de alejarse lo suficiente para no ser visto.
Pegado á la esquina que le servía de observatorio, el farmacéutico únicamente sacaba fuera de ella, y á intervalos, la mitad del rostro. Así, aterido bajo los rigores del relente, perdió varias noches. Al cabo, logró su objeto. Una madrugada, ya muy tarde, al hundir su mirada en las oscuridades profundas del callejón, advirtió que Romualdo no estaba. ¿Era posible? Para desvanecer dudas, dirigióse hacia la calle del Sacramento. Allí, sentado en el quicio de una puerta, encontró al sereno, quien demostró pasmarse mucho de ver á don Artemio en alpargatas y á tales horas.
—¿Ha pasado por aquí Romualdo?—preguntó Morón.
—No, señor; no es hora todavía; se retira siempre más tarde.
El boticario, alto y flaco, con su joroba y su cabeza cubierta por una boina, se frotaba las manos alborozadamente. Ya el misterio era suyo. Si Romualdo había desaparecido del callejón del Misionero sin salir de él ni por la calle Larga ni por la del Sacramento, claro es que se hallaba en casa de doña Virtudes.
Don Artemio concluyó declarando el júbilo que le producía el esclarecimiento de aquel enredo.
—Es indispensable—prosiguió—que esta misma noche los naipes queden boca arriba. ¡Nada de tapujos! Me revientan los hipócritas. Quien la hace, que la pague. ¿Cuándo dejas tú el servicio?
Repuso el sereno que á las cinco; pero que las últimas horas de la madrugada solía pasarlas durmiendo en un zaguán.
—Pues hoy no se duerme—ordenó el boticario, cuyo acento fluctuaba entre el tono amistoso y el dominador que le daban su edad, su profesión y su autoridad en el Ayuntamiento—; hoy no se duerme. ¿Entiendes bien? Necesitamos cazar á ese hombre. A las cinco, si no le has visto, le esperas; no te importe que sean las seis, ni las siete. La cuestión es cogerle. Cuando pase, le das los «buenos días» y nada más; con eso tiene bastante. Yo, en la otra esquina, haré lo mismo.
No le fué difícil á Morón captarse la alianza del sereno, que para las acciones villanas más que para las nobles, las gentes se conciertan en seguida, y ya puestos de acuerdo los dos hombres montaron una celosa guardia. Mientras duró el acecho, ninguno tuvo frío, ni sueño. Desde su observatorio, don Artemio veía brillar en el término más hondo del callejón el farol del sereno; como éste vislumbraba, en la esquina de la calle Larga, el perfil alerta del boticario. Varias veces los gallos cantaron. Palidecían las estrellas. Iba invadiendo el firmamento un claror indeciso, una blancura indefinible de plata. En el reloj de la torre de la iglesia, en aquella torre donde el tiempo, al pasar, parecía enredarse, sonaron las tres... las tres y media...
A las cuatro y minutos, en el hondo sosiego del callejón vibró, casi imperceptible, el ruido de una cerradura, y en la puerta de la casa de doña Virtudes apareció Romualdo. El galán iba á seguir su camino de siempre, pero al ver al sereno plantado en la calle del Sacramento volvió sobre sus pasos. Su andar tenía una ligereza de fuga. Don Artemio, en lugar de ocultarse, decidió esperarle, cachazudamente recostado detrás de la esquina. Al doblar ésta y encontrarse con el boticario, Romualdo tembló. Imposible retroceder; había caído en la trampa. El mozo quiso disimular su ira con palabras de chanza y salutación.
—Bien se madruga, don Artemio.
—Es verdad; pero hoy á usted tampoco se le han pegado al cuerpo las sábanas.
—Hasta mañana, don Artemio.
—Hasta mañana, Romualdo.
El boticario volvió á su farmacia reventando de risa. «Sabe que yo lo sé todo y va hecho un tigre»—pensaba.
Romualdo dejó transcurrir varios días sin ir al Casino, ni á la Fonda del Toro Blanco. Corrió la noticia de que se hallaba enfermo. Cuando reapareció, Morón, Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Isidro Peinado, don Niceto... cuantos á costa de su aventura más habían reído, le preguntaron con evidente cariño y ceremonia por su salud, y no volvieron á mirarle en toda la noche.
El interés de este lance palideció á la semana siguiente con el trágico fin del señor Eustasio García, el tonelero de la calle Arcos de la Cárcel. A su muerte, por un azar que no pasó inadvertido á los glosadores del suceso, iba ligado fatídicamente el nombre de don Gil.
El señor Eustasio era uno de los tipos más notables, simpáticos, alegres, laboriosos y aficionados á repartir limosnas, del pueblo. No creía en los mendigos de oficio, pues más trabajo cuesta extender la mano que cerrarla bien sobre el mango de una herramienta para ganarse el pan sin humillaciones. De aquí, su inagotable caridad.
—El que pordiosea—decía—es porque no puede hacer otra cosa...
Cuando alguien iba á su casa preguntando por él, la cara de la mujer que tenía establecido en el zaguán un despacho de bebidas, resplandecía con una sonrisita de satisfacción.
—¿El señor Eustasio?... Sí, aquí es: al otro lado del patio.
Y aquella sonrisa, era como un recuerdo cariñoso ofrendado al inquilino más antiguo y mejor de la finca.
El señor Eustasio, siempre en mangas de camisa, alto, barrigudo y contento dentro de sus holgados calzones de pana y sobre la ufanía resonante de sus zapatones claveteados, trabajaba y cantaba todo el día, á la intemperie, bajo el retal de cielo, unas veces riente y azul, otras plomizo y lluvioso, del patio. Estaba casado y tenía cinco hijos, el mayor de diez años. Aquella chiquillería constituía la obsesión torturadora, y también el esperanzado regocijo, del tonelero. Ciertamente necesitaba atrafagarse mucho para mantener á tantos; pero luego, cuando hasta los más pequeñines estuviesen criados, ¡qué paz interior, qué regocijo, qué noble orgullo patriarcal sentiría viendo asegurada su raza!... Por eso la actividad clamorosa de su martillo no cesaba nunca; aquel rudo batanear parecía la voz de la casa, una voz saludable y fecunda. Apenas el barril estaba concluído, el señor Eustasio, de un puntapié, lo enviaba rodando, al otro extremo del patio. El barril giraba, alejándose con balanceos graciosos. ¡Qué bonitos eran aquellos toneles, qué elegantes, qué sólidos!... Sus movimientos tenían un regocijo especial; un regocijo de hombre gordo... ¡Verdaderamente en pocas capitales de provincia se fabricaban otros iguales!...
Pensando así el señor Eustasio, satisfecho de su obra y vanidoso como un artista, se esparrancaba, echaba la cabeza hacia atrás y encendía una pipa.
¿Por qué aquel hombre excelente, dulce, incapaz de matar un gorrión, sentía una afición tartarinesca á las armas de fuego? ¿Era esto una previsión discreta? ¿Era un atavismo, ó una vanidad parecida á la de los niños cuando sus madres, en carnaval, les visten de soldados?... Lo cierto es que, como otros hombres tienen un bastón, una sortija ó un perro, el señor Eustasio tenía un revólver. Para justificar este capricho bélico el tonelero solía decir:
—Conviene vivir prevenidos. En los pueblos, más aún que en las ciudades grandes, ningún hombre honrado debe salir á la calle con las manos vacías.
Aquel revólver era la ventana romántica por donde su dueño, pacífico, metódico y abrumado de trabajo y de familia, se asomaba á las regiones de lo novelesco y hazañoso. El individuo que tiene un revólver puede, en caso necesario, llegar á ser un héroe. Así, cuando se encargaba un pantalón, lo primero que el señor Eustasio pedía al sastre era un bolsillo atrás, sobre las caderas.
—Porque yo—decía—siempre voy armado.
Aquel chisme pesado é inútil le molestaba bastante, mas no por ello dejaba de llevarlo consigo á todas partes. Algunas veces salía de su casa y, al doblar la primera esquina, lo echaba de menos. Entonces, apresuradamente, desandaba el camino. Su mujer le preguntaba:
—¿Se te ha olvidado algo?
Y él respondía, un poco misterioso:
—Sí; el revólver...
Aquel viejo revólver, grande, negro, colgado de un clavo á la cabecera del lecho marital, infundía á los niños un temor religioso.
—¡El revólver de papá!...—decían.
Lo miraban, sí, pero á distancia y respetuosamente; ninguno se atrevía á tocarlo; el trueno de pólvora de sus entrañas, les empavorecía; allí dormía la muerte; desde que nacieron estaban viéndolo y, sin embargo, no habían llegado á familiarizarse con él. La esposa también lo respetaba. Era una especie de dios penate, á la vez bondadoso y terrible, que defendía el hogar y velaba por la salud de todos.
Transcurrieron los años: cinco, ocho, diez...; y llegó la catástrofe con la fuerza inexorable de lo preestablecido.
Una tarde, el tonelero, como siempre, trabajaba en el patio; sus manos iban y volvían diligentes por la panza pulida del barril que estaba construyendo; el atabaleo fecundo y saludable de su martillo rompía ufanamente la quietud de la casa. De pronto, al agacharse, resbaló y cayó al suelo, disparósele el revólver y el infeliz recibió de abajo arriba, en el pecho, un balazo mortal. ¡Revólver maldito! ¿Por qué lo compraría el señor Eustasio? ¿Por qué, para morir así, lo llevó con dolor de sus riñones tantos años consigo?...
La muerte del barrilero preocupó mucho á la opinión. El señor Eustasio no tenía enemigos. Era laborioso, honrado, servicial, caritativo; y luego, ¡aquel hogar sin defensor, aquellos cinco hijos sin padre!... Varios centenares de personas acudieron á su entierro y para socorrer á la viuda el diputado don Juan Manuel Rubio encabezó con veinte duros una suscripción cuya suma total ascendió pronto á un millar de pesetas.
El perito armero llamado por don Niceto para examinar el revólver del señor Eustasio, certificó que tenía el seguro roto. Durante algunas semanas este suceso sirvió de asunto á todas las conversaciones. Era deplorable, también era cómico, el fin de aquel hombre pacífico empeñado en no separarse, ni aun en su casa, de un revólver que, la única vez que disparó, fué contra su amo.
Alguien dijo que, días antes de ocurrir la desgracia, el tonelero tuvo un disgusto con don Gil Tomás, á propósito de dos barriles que éste le había encargado. La cuestión, según sus comentaristas, fué bastante seria; el señor Eustasio, á pesar de su bonísimo carácter, creyendo atropellados sus intereses llegó á amenazar al hombre pequeñito, y á no impedírselo las criadas de éste, le hubiese golpeado. Por referirse al solitario del Paseo de los Mirlos, esta historia ó conseja interesó grandemente al vecindario, y de unos en otros, con las alas sigilosas de la superstición, dió la vuelta al pueblo en seguida. En el Casino, en el Café de la Coja, en la Fonda del Toro Blanco, en los comercios prósperos de la calle Larga, como en los oscuros atajos, rincones y marañosos pasadizos inmediatos á la Puerta del Acoso, nobles y plebeyos glosaron largamente el lance. Los más viejos recordaban el sueño fatal de Ursula Izquierdo, y la muerte del cosario Manuel Ayala.
Estas evocaciones contribuyeron á reforzar las sombras de brujería con que, desde antiguo, la certera imaginación popular rodeaba la enmelada y tacaña figura de don Gil. En su rostro sin risas, con sus ojos fríos y su piel de color de luna, acechaba el misterio. Cuando iba por la calle, tal vez porque sus pies diminutos fuesen demasiado livianos, le circundaba una sensación de silencio; aquel silencio le seguía y le anunciaba; era un halo de enigma extendido á su alrededor. ¿De qué fuerzas teúrgicas, de qué recursos hechiceros y terribles dispondría aquel hombrecito para vengarse?... Las mujeres, que conocían bien sus perversidades, aseguraban en la mesa familiar que don Gil, de noche, vivía una existencia intensa y aparte. Las esposas hablaban á sus maridos de las posesiones disparatadas á que el enano las sometía, y éstos la comentaban después entre sí. Los hombres llegaron á mirarle como á un rival. Un odio criminal germinó contra él. Era el brujo aliado del Diablo; el hierofante árbitro de todos los recursos de la lecanomancia y de la brizomancia; el íncubo sádico para quien ningún cuerpo de mujer bonita guardaba secretos; el vampiro que marchitaba en las mejillas de las vírgenes las rosas de la salud, mordisqueaba sus senos y las enseñaba las láminas lascivas del Libro del Pecado; el iniciador astuto por quien las niñas permitían á los muchachos que, jugando, las cogían del talle, á deslizar sus manos más abajo...
Cuando don Artemio supo el disgusto habido entre don Gil y el señor Eustasio, su alma impresionable también cayó del lado de la superstición.
—¡Ahora me explico su muerte!—exclamó.
Estas palabras, dichas por un hombre de ciencia, delante de ocho ó diez personas, tuvieron la virtud terrible de una sentencia. Había que matar á don Gil; ó, cuando menos, obligarle á salir del pueblo.
Más de un año necesitaron los Paredes para decidirse á buscar el tesoro que, según creencia suya, el señor Frasquito dejó escondido bajo las raíces del chopo. En sus frentes criminales, en sus cráneos pequeños, puntiagudos y rojos, reinaba la prudencia. La fortuna les causaba miedo; el brillo petulante del dinero podía delatarles; ellos habían oído decir muchas veces que ningún asesinato queda impune, pues siempre, tarde ó temprano, la casualidad descubre el rastro de todos los crímenes, cual si los muertos, valiéndose de recursos sobrehumanos, volviesen del otro mundo á contarles la verdad á los vivos y á pedirles justicia.
Enfrenados por este recelo, durante meses no se apartaron en un ápice de su existencia ordinaria. Según costumbre y acaso con mayor tesón que antes, Rita cuidaba del hogar y de los niños, y Toribio todas las madrugadas, apenas despuntaba el día, aparejaba el burro, cargábalo bien de paños, mantas y percales, y salía á recorrer los pueblos comarcanos. Su itinerario variaba según la estación: unas veces iba á Nava de Pomares, otras á Torres de la Encina, ó á La Olla; otras á Candelario, donde el dinero corría abundante desde Noviembre á Febrero, meses destinados á la matanza. Por todos aquellos alrededores la figura crecida y enjuta de Toribio Paredes, con su paso largo y su cabeza minúscula y bermeja, era popular. Sin embargo, nadie le quería. A pesar de su cuidado en mostrarse amable, sus ojos buidos y sus pómulos salientes y pecosos, irradiaban frialdad. Su mandíbula descarnada era cruel; sus manos huesudas, cubiertas por un vello azafranado, escondían una amenaza. Daba la sensación de un hombre que huye. En el campo, al cruzarse con él las mozas apretaban el paso; tenían miedo á su mirada tenaz, á su boca recogida y sedienta. Algo extraño, una especie de invisible sombra, parecía marchar á su lado por los caminos.
Nunca fué simpático Toribio Paredes. Años atrás los suburbanos de la Puerta del Acoso, habíanle tildado secretamente de mantener relaciones con Rita. Nadie se sorprendió. Eran los tiempos en que la mujerona, de noche, ponía un farol en la sumidad del chopo del patio. Lujuriosos, abyectos, tiranizados por la más repugnante animalidad, los dos hermanos se buscaron. Su pasión maldita tuvo refinamientos abominables; se emborrachaban y su satiriasis urdía escenas brutales. La murmuración decía que una tarde, en el bosque, Rita se abalanzó sobre una zagala, sujetándola por detrás mientras Toribio la violaba.
La aparición de Frasquito Miguel desvaneció aquellas nubes incestuosas; Toribio recobró su puesto de hermano; el farol del chopo no volvió á encenderse; nacieron Pepe, María Luisa y Francisco, y en las ventanas de la antigua mancebía hubo ropas infantiles tendidas á secar. Ante la puerta, ahora cerrada, los romeros del deseo pasaban de largo.
Muerto Frasquito, la gente reverdeció la historia incestuosa de los Paredes. Nada, sin embargo, parecía acusarles. Eran laboriosos y callados, y mostrábanse tristes, más tristes que nunca, como si el dramático fin del señor Frasquito hubiese dejado en ambos un dolor sin consuelo. Las vecinas estaban al corriente de todo, y, á su pesar, sus deducciones eran favorables á los hermanos. Toribio tenía su alcoba; Rita dormía en otra habitación con los niños. La mujerona ya no se perfumaba con agua de Colonia, ni se apretaba el corsé como antes. El pañero, después de cenar iba un rato al Café de la Coja, pero se retiraba temprano; no bebía ni jugaba; también había renunciado á su enredo con Maximina, la criada de don Gil. Sus ademanes adquirieron, casi de súbito, una laxitud de fatiga. En poco tiempo se avejentó. Muchas noches, al volver á su casa, mientras abría la puerta de la calle, los vecinos le oían suspirar...
Abroquelados en esta actitud de prudencia y de melancolía, los dos hermanos dejaban transcurrir el tiempo; el tiempo, tan pronto enemigo como aliado del hombre, que indistintamente se lleva las cosas buenas y las malas. A lo largo de los meses, Rita y Toribio espiaban la ocasión de cobrar su crimen, pero el miedo á delatarse les entumecía la voluntad y paralizaba indefinidamente su acción. Dentro de sus conciencias tenebrosas, una voz cobarde murmuraba invariable:
«Todavía es pronto...»
Y esta observación, que no subía á sus labios, producía en sus carnes la sensación del hielo.
Tanto ella como él tenían determinado, no bien desenterrasen el tesoro, trasladarse á otra calle mejor, donde establecerían un comercio. Mientras, su temor á infundir sospechas les vedó alterar en nada la disposición de su casa; los muebles ocupaban los lugares de costumbre, y en la mesa el sitio del señor Frasquito continuaba vacío, como esperándole. Esta quietud triste parecía una ofrenda dedicada al muerto.
A Toribio, sin embargo, le molestaba un retrato de Frasquito Miguel que había sobre la cómoda, en la misma alcoba donde le mataron. La fotografía, hecha en Salamanca muchos años atrás, empezaba á palidecer. Siempre que Paredes entraba en la habitación, los ojos del retrato, misteriosamente, le salían al encuentro. A Rita también la preocupaba aquella imagen cubierta de tristeza por la acción decolorante de la humedad y de la luz. Un día la mujerona agarró impetuosamente la cartulina, regresó con ella al comedor, y allí, á la vista de su hermano, la partió en cuatro pedazos.
—¡Así habremos desterrado la mala sombra!—exclamó.
Y tiró los añicos sobre la mesa. Su propósito, no obstante, falló. En uno de aquellos trozos la cara de Frasquito Miguel se había librado intacta. Toribio, con miedo, con rabia, cogió el pedazo y lo rompió en dos; pero, al quebrarse el cartón, fué de manera que también esta vez la cabeza se salvó. ¿Por qué es tan difícil romper un retrato? ¿Por qué tienen todas las fotografías, especialmente las de los muertos, algo metafísico que las defiende?... Los dedos de Toribio desmenuzaron la imagen: borráronse la nariz y la boca; luego la frente; sólo los ojos, resignados, tristes, acusadores, resistían aún, salvándose como de milagro, de unos pedazos en otros, y siempre por pequeños que éstos fuesen, cabían los dos. Toribio llegó á morderlos. Al cabo, desaparecieron también.
El trabajo que hubieron en destruir aquel retrato contribuyó á acobardarles y atardar la fecha de buscar el tesoro. Los dos miserables sentíanse espiados, oprimidos, por algo invisible. Tenían miedo á moverse. A todas horas parecíales que una pupila ardiente, asomada á las cerraduras, les vigilaba. Tampoco se atrevían á hablar, cual si detrás de cada puerta acechase el oído de un policía.
En diferentes ocasiones Toribio manifestó á sus vecinos deseos de vaciar y solar el patio. Según él, hallábase en malísimas condiciones, porque la tierra se reblandecía con las lluvias y esta humedad dificultaba la buena conservación de las mercaderías en el almacén. Todas las personas á quienes explicaba su propósito, lo aprobaban. Una mañana se detuvieron ante la casa de los Rojos, dos chirriones cargados de ladrillos, que fueron transportados al fondo del corral. Allí, hacinados contra el muro, permanecieron ociosos mucho tiempo, tanto, que con la llegada de la buena estación los más expuestos á la intemperie comenzaron á cubrirse de verdina. Los vecinos, conocedores de la diligencia y resuelta voluntad para el trabajo del pañero, se asombraban de que no diese pronto empleo á aquellos materiales. Rita le disculpaba diciendo que la operación era grave, pues necesitaban arrancar las raíces del chopo, porque luego, con la humedad, podían hincharse y romper el piso; además, Toribio, desde la muerte de Frasquito Miguel, á quien quiso mucho, ya no era el mismo; sin duda, la pena acansina y muda el carácter más que los años. Toribio, que antes andaba diariamente tres y cuatro leguas sin fatiga, ahora, cuando volvía de vender, ni alientos para cenar le quedaban. El buhonero, con la misantropía de su actitud, procuraba corroborar estas palabras indultadoras. Chuzón y ladino, buscaba que las gentes fuesen habituándose á la idea de que el patio, tarde ó temprano, había de solarse, para que así no se sorprendiesen de verlo una mañana desmenuzado y removido.
Al fin, sosegados un poco todos los escrúpulos y resquemores de su prudencia, los dos hermanos decidiéronse á exhumar aquellas tres orzas, repletas de oro, en las que tantas veces, ya despiertos, ya dormidos, habían pensado.
Resueltos á tentar la aventura, sus codiciosas voluntades recobraron sus fueros y halláronse repentinamente en posesión de abundantes energías. Instintivos, violentos, unilaterales en el desarrollo de sus capacidades interiores, el rasgo culminante de sus caracteres era la acción.
La noche que eligieron para la faena, no había luna. Temerosos de que alguien, desde algún postigo ó buharda distantes, pudiera observarles, pensaban trabajar sin luz; con el vago claror estelar tendrían suficiente, y adonde los ojos no alcanzasen llegaría la sutileza tactil de sus manos y de sus pies descalzos; que á esto redúcense muchas veces los medios de conocimiento que ayudan al minero en la tiniebla del filón.
A Rita, como á Toribio, el hombre pequeñito les había dicho:
«La orza más grande se halla al término del patio, no lejos del pozo. Allí es, de consiguiente, donde debéis empezar á cavar.»
La operación, digna de cíclopes, fué desde el primer momento dura y angustiosa. Tanto la misma rudeza del trabajo, como el miedo á la maliciosa atención del vecindario, sembraban en el espíritu de ambos hermanos zozobras y quebrantos mortales. Finaba Mayo, y no obstante la templanza del ambiente la mujerona y el pañero tenían los rostros cubiertos de sudor; sus cabellos de rútilo se adherían á sus frentes encendidas por el esfuerzo; sobre sus lomos el cansancio corría hecho agua. Toribio, que empezó á trabajar en mangas de camisa, no tardó en desnudarse de medio cuerpo arriba, y bajo el impreciso resplandor astral su torso blanco, de musculatura ágil, enjuta y tremante, se removía con flexibilidades tigrescas.
En dos horas de faena, la zanja que iban abriendo alcanzó cerca de tres metros de largo por uno de profundidad. No habían perdido el tiempo. Pero el suelo era calizo, duro, compacto, y las viejas raíces, torcidas y nudosas, arracimándose aquí y allá, como disciplinas, daban á la tierra increíble y desesperante cohesión. Peleaba el hombre con ella sin desmayos, bien esparrancado, apretados los dientes, la nariz dilatada, las manos rabiosamente crispadas sobre el mango del azadón. Levantaba la herramienta en el aire y luego la hundía, con todo el fervoroso empuje de sus lomos y de sus brazos, en el suelo hostil, y apenas la arrancaba cuando tornaba á izarla sobre su cabeza. El azadón, agudo, bruñido, dotado de una expresión hambrienta, semejante á un colmillo de acero, mordía la tierra, destrizándola. En el silencio, sus percusiones resonaban acompasadas, inquietantes, profundas, y parecían venir de abajo como un temblor sísmico.
La mujerona, acurrucada cerca de su hermano, le favorecía unas veces apartando y recogiendo con sus propias manos la tierra, otras esgrimiendo una pala. A media noche, Toribio, extenuado de cuerpo, desalentado de espíritu, tiró el azadón y dejóse caer sobre un borde de la zanja. Sudaba de tal modo, que Rita acudió á secarle con sus faldas el cuerpo y el rostro, y luego le echó una chaqueta por los hombros. El buhonero no podía más; la sospecha de que las orzas, soñadas tantas veces, no existían, acababa de quitarle los últimos alientos; como herida del rayo, su voluntad quedó ovillada, pulverizada, muerta.
—Creo—suspiró—que estamos perdiendo el tiempo.
Rita, en cuclillas á su lado, murmuró:
—Pero si «él» lo ha dicho.
—Sí—repuso Paredes;—«él» lo dijo; pero, ya ves...
Rita, suavemente, le reprochó su cobardía. Si se tratase de un sueño, de un sueño sólo, ella desconfiaría. Pero la pesadilla del tesoro escondido por Frasquito habíase repetido muchas, muchísimas veces, y siempre con idéntico acopio de indicaciones y detalles. Eran tres orzas de tamaños diferentes; ambos las habían visto, y describían su forma y color del mismo modo. ¿No bastaba esto? Además, don Gil, que con tan resuelta decisión les hablaba de aquella fortuna, ¿qué empeño tendría en engañarles?... ¡No, ella era terca! Para convencerse de que debajo de aquella tierra no había nada, necesitaba vaciar todo el patio, arrancar una á una todas las raíces, y en esta faena emplearía una noche, dos, tres, cuantas fuesen precisas. ¿No serían ellos capaces de cavar tan hondo como cavó Frasquito Miguel?
Con estas razones, las fuerzas de la esperanza tornaron al corazón de Toribio Paredes; la quimera volvió á pasar ante sus ojos deslumbrante. Levantóse resuelto, tiró al suelo la chaqueta que le abrigaba, y empuñó el azadón. La mujerona asió la pala. A veces la punta de aquél mordía con estridencia acre la dureza de una raíz, otras se clavaba hasta la cruz en el suelo mollar; mientras, la lengua brillante de la pala, empujada por el pie de Rita, recogía con agrio chirrido la tierra arenosa. Así, callados y como á porfía, continuaron los dos.
De pronto recibieron una emoción alegre, vivaz y penetrante, que, suspendiéndoles el aliento y paralizándoles el corazón, á durar algo más hubiérase convertido en mortal congoja y desmayo. En un plano muy superior al del fondo de la zanja acababan de ver la panza de una orza. Milagrosamente el diente del azadón, al pasar impetuoso junto á ella, no la rompió. Su cuerpo esférico, lucio, hinchado probablemente de oro, asomaba orondo en la pared del tajo, y era grande y verde, según Toribio y Rita la vieron en sueños.
—Mírala—balbuceó la mujerona conteniendo un grito.
Y su hermano, temblando, repitió:
—Mírala...
Ciertamente, para esconder su tesoro el señor Frasquito no se había molestado mucho, pues lo dejó á medio metro bajo el nivel del suelo, sabedor de que nada guarda ni aleja tanto las cosas como la ignorancia del sitio donde están. La orza yacía entre un puñado de raíces, lacias, retorcidas, semejantes á las patas de un pulpo; y aquellas raíces eran como los dedos de una mano fantástica que bruscamente saliese de la tierra á ofrecer á los dos asesinos la fortuna.
Toribio dejó el azadón y, arañando en la tierra y rompiendo las raíces que habían tejido alrededor de su presa una especie de red, cobró la vasija, que pesaba muy poco. Esto le contrarió y nubó el rostro de densa palidez.
—¿Está vacía?—balbuceó Rita.
—Parece que sí...
La contemplaba con expresión idiota. Después la sacudió en el aire, acercándosela al oído, para escuchar; dentro de ella percibió un rumor vagaroso, un tenue roce de papeles. Rita, avisada y siempre optimista, dedujo inmediatamente que el capital del difunto Frasquito estaba en billetes de Banco. Tras una breve deliberación acordaron cerciorarse de lo que la orza contenía, y remitir la busca de las otras dos á la noche siguiente. Así lo hicieron, y volviendo la tierra á la zanja y apretándola luego con los pies para disimular un poco lo hecho, regresaron á la casa. Las tres de la madrugada eran pasadas y los gallos volvían á cantar. Toribio no quiso perder tiempo en vestirse; no tenía frío, ni siquiera percatábase del dolor de sus brazos entumecidos por el relente. Una fiebre de oro abrasaba su sangre.
Sobre la mesa del comedor, bajo la luz rojiza del quinqué, los Paredes rompieron la orza, cuya boca había sido cuidadosamente lacrada. La vasija contenía doce mil reales justos en billetes de veinticinco, cincuenta y cien pesetas. La mujerona, que presenció impávida el asesinato de Frasquito, ahora, con el júbilo de su codicia, sentía sus piernas desfallecer y tuvo que sentarse. Toribio, inmóvil, encueros de cintura arriba, con su cráneo bermejo y puntiagudo y sus manos trémulas de sordidez, estaba repugnante. Los dos hermanos no se cansaban de palpar aquellos billetes: unas veces los cogían á puñados, por la satisfacción de sentir sus manos llenas de oro; otras los acariciaban y desarrugaban delicadamente entre sus dedos, ó acercándolos al quinqué los examinaban al traslúz, cerciorándose de que todos eran legítimos. Luego procedieron á dividirse las ganancias; á cada uno de ellos correspondían mil quinientas pesetas.
—Es tonto andar en particiones—dijo Toribio—pues que hemos de seguir viviendo juntos.
—No importa—objetó Rita;—con el dinero no se juega, por aquello de que «cuenta y razón conservan amistad». Además, que, si como tenemos pensado, abrimos una tienda, haciendo ahora lo que yo digo, cada cual sabrá exactamente cuánto aportó al negocio.
Transigió Toribio, y ya el reparto iba á quedar hecho, cuando la dudosa validez de un billete de cincuenta pesetas suscitó entre ambos hermanos una disputa.
—¡Es falso!—exclamó Rita;—¿no conoces la moneda, ó quieres engañarme? Sobre todo, si te gusta, quédate con el y dame otro.
El gorgotero estaba cierto de que el billete era bueno. Sin embargo, las aseveraciones de la mujerona llevaron la indecisión á su ánimo.
—No seas imbécil—dijo—si todos son iguales. ¿No ves que todos son iguales?
—Pues no quiero ese. Cámbiamelo.
Ninguno cedía, y llegaron á mirarse con ojos de amenaza. Para solucionar amigablemente la cuestión, Toribio propuso recurrir á la suerte. Aunque de mal talante la mujerona accedió, y él lanzó al aire una moneda, exclamando:
—¡Cruz!...
La moneda tintineó alborozadamente contra la mesa.
—Cara—murmuró Rita riendo;—me alegro; has perdido.
Su hermano, rezongando una interjección, recogió el billete sospechoso, y seguros ambos de que los niños no habían despertado, se fueron á dormir.
A la noche siguiente, ya mejor orientados, reanudaron sus pesquisas, cuyo fruto fué el hallazgo de dos vasijas más, una con cuatrocientos y otra con ciento veinte duros, que, sumados á los seiscientos de la primera orza, arrojaban un total de cinco mil seiscientas pesetas. Conseguido esto ya no buscaron más. Estaban satisfechos. El hombre pequeñito no había mentido.
Disimulados y suspicaces, perseguidos continuamente por el temor á ser descubiertos, aquella misma mañana los Paredes emprendieron la faena de solar el patio. Dos días tardaron en concluirla, y al colocar sobre aquella tierra el último ladrillo, experimentaron un inefable bienestar. Por las noches, disponían tranquilamente los horizontes de su porvenir. Nadie debía extrañarse de que dejasen «la casa del chopo», foco para ellos, desde la muerte de Frasquito Miguel, de negros recuerdos. En cuanto al nuevo local que buscasen, estaban de acuerdo en elegirlo amplio y céntrico. Rita había visto un cuarto, bueno para almacén, en la Glorieta del Parque, contiguo á la Fonda del Toro Blanco. Toribio, calculador y reflexivo, rechazó aquella proposición: él conocía un local mucho mejor en la calle Larga, la más frecuentada de Puertopomares y, por lo mismo, la más comercial. Tenía tres huecos ó puertas, de las cuales dos, revestidas de cristales, servirían de escaparates. Era espacioso, con habitaciones cómodas, sótanos ventilados y secos, muy idóneos para guardar mercancías, y un patio, solado de cemento, que, en caso de necesidad, podía ser fácilmente techado.
La mujerona, que tenía gran fe en las iniciativas de su hermano, se dejó convencer, y de allí á pocos días Toribio Paredes se entrevistó con el propietario de la nueva finca, la que, previos los obligados regateos, tomó en arrendamiento por cincuenta pesetas mensuales.
Desde entonces, al antiguo gorgotero nadie volvió á encontrarle por los caminos. La vida regalona de aquellos últimos meses había aristocratizado sus gustos y enfriado su devoción al trabajo. Las gentes hallaban la explicación de esta bonanza en la muerte del señor Frasquito.
—El pobre hombre—decían—, con sus borracheras, traía arruinada á su familia; Dios hizo bien en llevársele...
Una tarde el comercio de Toribio, situado en el promedio de la calle Larga, casi enfrente de la Casa Correos, abrió sus puertas al público. Hubo música, para mayor lujo y animación de la fiesta, y los Rojos obsequiaron á sus amigos con dulces secos, licores y cerveza.
Sobre el frontis del establecimiento un gran rótulo declaraba, en caracteres negros: «Paredes, Hermanos». Y explicando estas palabras, que parecían la consagración de dos existencias dedicadas al trabajo, y en letras más pequeñas: «Mercería. Juguetería. Mantas». Las estridencias broncíneas de la murga duraron hasta media noche, y dieron ocasión para que mozas y mozos bailasen. En la oscuridad de la calle las luces del flamante bazar proyectaban un gran resplandor blanco. Los socios del Casino, al pasar por allí, deteníanse á ver el alegre rebullicio. La chiquillería, codiciosa de juguetes, se apretujaba contra los escaparates. Las mujeres, desde la acera, á través de los cristales, observaban atentamente la limpieza, capacidad y buena disposición de la tienda. En una de las vidrieras había un maniquí de mujer. Sus ojos negrísimos, entornados voluptuosamente, y su boquirrita color de sangre, sugestionaban la atención de los hombres. Era guapa y miraba al suelo como avergonzada. Tenía los blanquísimos brazos al aire, y las pantorrillas de impecable perfil vestidas con medias transparentes de seda. Los páparos sonreían glotones ante aquella figura que estaba en pantalones y lucía un corsé rojo muy largo.
—¡Si respirase!—pensaban.
Al fondo del local, y de un extremo á otro, estaban las anaquelerías, que alcanzaban al techo, y donde todo aparecía cuidadosamente ordenado. Los artículos más diversos fraternizaban allí. Pendientes de perchas había boinas, sombreros, mantas de cama y viaje, zamarras, bufandas, tapetes de mesa, cortinas y otros efectos. Los percales, las panas, las piezas de jerga, vicuña y cheviot, yacían superpuestas en los entrepaños laterales. Del techo colgaban racimos de muñecas, cromos de colores arlequinescos metidos en marcos dorados, cubos, jarros, palanganeros, sierras, haces de martillos y muchos enseres más de ferretería. La quincalla y la mercería ocupaban anaqueles especiales: sobre cajitas de cartón ó cosidos á pequeños envoltorios de papel azul, las muestras de botones, de dedales, de tijeras, de sacacorchos, de tenedores y cucharas, clavos y tornillos, limas y alicates, barrenas y escoplos, brillaban con petulante júbilo bajo la luz. Tras el mostrador, los hermanos Paredes sonreían obsequiosos á sus parroquianos, y con su amabilidad parecían rogarles que, en lo sucesivo, no se olvidasen de ir á comprar allí. Los invitados mostrábanse contentos. Ya nadie recordaba los antecedentes oscuros del buhonero, ni la licenciosa juventud de su hermana; su rápido advenimiento á la fortuna, prueba inconcusa de su afición al trabajo, sorprendiendo al pueblo había sido para ellos una especie de agua lustral.
Transcurrió otro año y los negocios de la razón comercial «Paredes, Hermanos», se desenvolvían prósperamente. Deogracias, el primogénito de la mujerona, ayudaba á su madre y á su tío en el servicio de la tienda. Pepe, el segundón, iba al colegio, y su figurilla enclenque, cetrina y juiciosa, empezaba á recordar la de su padre, el difunto señor Frasquito. Rita, con su actividad incansable y su vigor hombruno, tenía tiempo para atender así al gobierno y limpieza de la casa, como al negocio. Toribio, menos codicioso, se permitía cotidianamente algunas horas de suave holganza. Después de cenar íbase á jugar al dominó á la Fonda del Toro Blanco, centro predilecto de la mesocracia; ó al Café de la Coja, la hermosa Rosario, cuyas carnes exuberantes y lascivos anadeos, siempre tenían la virtud de encandilarle los ojos. Estaba más grueso y la redondez incipiente de su abdomen, al obligarle á retreparse un poco, daba engreimiento á su persona. Del pasado los hermanos Paredes no hablaban casi nunca, y menos del crimen que les había llevado á tan envidiable situación. Todo aquello, en la torva anquilosis de sus conciencias, parecíales lontano y natural. Tampoco comentaban la intervención que en el asesinato de Frasquito Miguel tuvo don Gil, ni la incondicional alianza y resuelto favor del hombre pequeñito. Ambos reconocíanse amados y protegidos misteriosamente por él, y nunca sus espíritus tardos, incapaces de una introinspección inteligente, detuviéronse á existimar la razón de aquel enigma. ¿Ni para qué, si á su juicio, los acontecimientos, por el mero hecho de haber derivado en el curso del tiempo, perdieron toda su importancia?...
Una noche, de vuelta del café, Toribio entró en el dormitorio de su hermana.
—¿A que no sabes—dijo—con quién he estado hablando hace un momento?... ¡No puedes figurártelo!...
Hizo ella un signo negativo. Paredes, el rostro un poco demudado, agregó:
—Voy á decírtelo porque, aunque estuvieses pensando en ello dos meses seguidos, no lo adivinarías: con Vicente López.
La mujerona se incorporó en el lecho, removida hasta los tuétanos por una emoción que así era de agudísimo pasmo, como de alegría. El terrible amor de su juventud, la pasión furibunda en que su carne se requemó como sobre brasas, resucitaba ante ella.
—¡Vicente!... ¿Te preguntó por mí?
—Apenas me vió.
Parecía contrariado; sin duda recelaba que el súbito advenimiento del Charro fuese á trastornar el lozano curso de sus negocios. Agregó:
—Se hospeda en casa de don Valentín. Yo pasaba por delante de la fonda, cuando veo en la puerta un hombre alto, grueso, afeitado, un poco canoso... y me digo: «¡Si parece Vicente López!...» Y en esto, él que se viene á mí, exclamando: «¿Toribio, no me conoces?...» Con que nos abrazamos y charlamos un rato. Llegó hoy, á mediodía, de Salamanca. Mañana vendrá á verte.
Rita callaba. Paredes se retiró á su habitación, se desnudó y mató la luz. Transcurridos unos minutos y como buscando una contestación al hilo de sus malas cavilaciones, exclamó:
—Supongo que ahora, con los cuarenta años que tienes sobre el lomo, no volverás á enamorarte de él, ¿verdad?
La mujerona no contestó. Añadió el buhonero:
—¡Tendría gracia!... Además, si ese hombre viene á buscarte, no será por tu cara, sino por tu dinero, pues quien te dejó de moza, hallándote vieja no va á cargar contigo. ¿Oyes?... Andate con cuidado. Yo conozco á Vicente. Es un sinvergüenza. Te lo advierto á tiempo para que luego no vayamos á tener disgustos.
La idea de que la imprevista reaparición del Charro, con sus antiguos fueros de amante y de padre, pudiese nublar la serenidad de su vida, levantaba olas de odio en su impulsivo corazón.
—Y aunque esta casa sea tuya y mía—continuó—, yo soy el hombre, y no consiento que ningún otro hombre usurpe, ni siquiera menoscabe, mis derechos.
Sus instintos homicidas despertaban. Aludió á Frasquito:
—Tú ya sabes cómo soy: que no venga Vicente con monsergas ni bravatas porque le hago lo que al otro.
A estas palabras de amenaza la mujerona tampoco respondió. De dichosa, sentíase fuera de sí. Ni un instante se acordó de sus hijos. Su alegría era indiferencia, olvido de los ingratos quehaceres cotidianos, deseo de revivir los años líricos de la mocedad.
«Voy á verle»—pensaba.
Y luego:
«¿Cómo me encontrará?... Y él... ¿habrá cambiado mucho?...»
Amanecía cuando Rita se levantó. No había dormido y, sin embargo, no estaba cansada. Más ágil que nunca, en un santiamén barrió la tienda y dispuso el desayuno. Desde sus camas, los niños se asombraron de oirla cantar.
La entrevista que los dos antiguos amantes celebraron por la tarde, en la tienda, empezó desabridamente. Cohibidos ante la actitud atisbadora de Toribio y por los ocho ó nueve años que vivieron ajenos el uno al otro, no acertaban á zurcir bien la conversación. Los hermanos Paredes permanecían detrás del mostrador. Vicente se había sentado en un taburete. El y Rita se miraban con desconfianza, con pena; sobre todo, con pena, cual si en aquel momento, lleno de evocaciones, echasen de menos el tiempo que estuvieron separados. A grandes rasgos, deseaban explicarse las cumbres ó hechos más eminentes de sus historias respectivas.
—Frasquito Miguel, murió—dijo Rita.
—Ya lo sé.
—¿Cómo lo supiste?
—Por un vecino de Puertopomares, que fué á Salamanca. Conque, apenas me dieron la noticia, pensé: «Pues voy á verles á Rita y á su hermano, por si se acuerdan de mí».
Agradeció Toribio la fineza de aquellas palabras con un leve movimiento de cabeza. Vicente López continuó:
—¿Te dejó muchos hijos Frasquito?
—Tres.
—¡Tres!... ¡Vaya por Dios! Ya son bastantes.
—Dos varones y una hembra.
Vicente repitió, apagando la voz, como si dialogase consigo mismo:
—¡Ya son bastantes!...
Transcurridos unos segundos, agregó:
—Nuestro Deogracias estará hecho un hombrecito.
La mujerona suspiró:
—Tú lo has dicho: un hombre.
Asomóse á la puerta de la trastienda y con voz mordicante, destemplada por la emoción, llamó:
—¡Deogracias!... ¡Deogracias!...
Acudió el muchacho. Era ágil, simpático y tenía el perfil aguileño y la color broncinea de su padre.
—Ese señor—dijo Rita—, quiere darte un beso. Ve...
El chiquillo brincó el mostrador y con amable desenfado se acercó á Vicente. Éste le colocó entre sus rodillas y rodeándole el talle con un brazo le cubrió de sonoros besos las mejillas y la frente. Según le tenía así, recostado contra su pecho, preguntó.
—¿Sabe quién soy yo?...
La madre hizo un gesto negativo, cuyo elocuente misterio el niño, por la posición en que se hallaba, no pudo ver. Vicente López parecía sinceramente emocionado:
—¡Pobrecito!—exclamó—tal vez, por ahora, sea mejor así.
El Charro explicó á sus amigos la marcha de sus negocios. Como siempre, continuaba dedicándose á la compra y reventa de animales, pero este tráfico, cada vez estaba peor; las ferias, de año en año, iban desanimándose; escaseaba el dinero y la emigración acarreaba, camino de América, lo mejor de cada pueblo. Suspiró. Realmente, no podía quejarse de la fortuna; trabajaba bastante y había tenido la discreción de no casarse. Sin embargo, él necesitaba y merecía más; hasta entonces había vivido al día, pero el hombre, en cuanto pasa la cuarentena, debe preocuparse de su porvenir.
—Más de una vez—agregó—he determinado marcharme á la Argentina; pero, lo que sucede; ya sabéis: la patria siempre tira de uno, y, por indiferentes que seamos, á última hora nos falta la decisión de irnos.
Rita no le quitaba ojo; hallábale buen mozo todavía y quedamente, en su alma, los viejos recuerdos iban cubriéndose de nuevos verdores. ¡Le había querido tanto! Al eco de la voz adorada sentía renacer lances y mirajes insensatos de pasión. Sus manos, especialmente, sus manos de chalán, fuertes y velludas, que tantas veces cayeron sobre ella iracundas, la producían singular emoción. En los ojos grises de la mujerona, el pasado, convertido bruscamente en deseo carnal, encendió una luz; su alma vehemente, su alma criminal, parecía alebrarse y ondular de lujuria, como una pantera.
A cada momento la puerta del comercio se abría y entraba un comprador; Rita ó su hermano le atendían y apenas se iba, López reanudaba su plática. Toribio comenzaba á aburrirse de aquella visita cuya finalidad le inquietaba. A la sobretarde, no pudiendo contener su impaciencia, alegó un pretexto para irse á la calle. Dió la mano á Vicente.
—¿Cuándo piensas volver á Salamanca?
—A punto fijo, no lo sé; ello depende de la resolución, más ó menos pronta, de los asuntos que aquí me han traído; de todos modos, nunca será antes de cuatro ó cinco días.
—Entonces, ya nos veremos; y si vas esta noche al Café de la Coja, de nueve en adelante, allí estoy.
No bien Toribio Paredes salió, el Charro, casi de un salto, se acercó al mostrador, y cogiendo á Rita por los hombros la atrajo hacia sí y en los labios y en los ojos la dió muchos y ardorosos besos.
—¡Te quiero!—balbuceaba—¡Si ni un sólo día dejé de acordarme de ti, y ahora, que vuelvo á verte, pienso quererte más que nunca!...
Agradecida, dócil, trémula de emoción, la mujerona no respondió, pero sus párpados se enrojecieron y mojaron en llanto. Prosiguió Vicente, con miedo y prisa:
—Necesito hablarte despacio. Quiero que volvamos á vivir juntos; á mi hijo yo debo criarle.
Sobrecogida por estas declaraciones, Rita se había echado hacia atrás y miraba á su antiguo dueño con ojos relucientes de asombro y de alegría. ¿No deliraba? ¿Era Vicente, por quien tanto había llorado, el que hablaba así?...
Tras una pausa, aquél añadió:
—Si quieres nos casamos, ¿oyes?... Lo pasado, pasado... ¡y nos casamos!... A Toribio no se lo he dicho, pero yo pienso irme á América contigo y con nuestro Deogracias.
Hizo una transición.
—¿De quién es esta tienda?
—Mía y de mi hermano.
—¿La pusísteis á medias?
—Sí, á medias; porque yo, para que lo sepas, tenía un dinero...
El amor dispone del don precioso de infantilizar á los adultos, especialmente á las mujeres. Una jamona, en cuanto se enamora, se vuelve niña. Bajo la mirada zahorí de Vicente, Rita Paredes balbuceaba, se embrollaba, dominada por un repentino deseo de decir la verdad. Afortunadamente el Charro la interrumpió:
—No necesito saber cómo ganaste ese dinero ó quién te lo dió; supongo que sería el señor Frasquito. Ya te dije que lo pasado queda atrás y no debe tocarse. ¿A cuánto asciende ese dinero?
—A dos mil ochocientas pesetas.
—¿Nada más?
—Nada más. ¿Por qué?...
Su voz fue suplicante; imploraba perdón. Súbitamente, ante el hombre amado, había sentido el remordimiento de ser tan pobre.
—¿Y en esa cantidad—prosiguió él—incluyes los géneros que hay en la tienda?
—Sí, todo...
Por sus cejas, violentamente contraídas hacia arriba, pasó una terrible ansiedad. Vicente hizo una mueca de disgusto.
—¡Es poco dinero!... ¡Muy poco dinero!...
Luego, con repentina decisión:
—¡No importa! Con eso y lo mío, tenemos bastante. Iremos á América. Yo no me separo más del chiquillo.
Entre dientes, con humildad de esclava, la mujerona interrogó:
—¿Y mis otros tres hijos?
La respuesta del chalán fue categórica, terminante, como un hachazo.
—¡Ah! ¡Esos no vienen con nosotros! ¡De ninguna manera! ¡Esos se quedan aquí, con su tío!... Comprende que entre nosotros no debe existir nada que nos recuerde lo que yo he sido y lo que tú hayas podido ser.
Aun hablaron más, pero como no les pareciese bastante, para comunicarse con mayor espacio y reposo, acordaron reunirse al día siguiente, á la hora del anochecer, dentro del túnel, por la parte más inmediata al río.
Aquella noche, en sueños, la mujerona habló con don Gil. Dormía tranquilamente cuando comenzó á sentir una inquietud semejante á la producida por el inmediato arribo de una visita; al mismo tiempo vislumbraba dentro de sí una especie de resplandor tenue. Sin lograrlo, varias veces quiso abrir sus párpados soñolientos; al conseguirlo, en pie delante de su cama vió al hombre pequeñito. No le distinguía aún y sabía, sin embargo, que estaba allí. Parecióle más descolorido y minúsculo que otras veces. Un diálogo breve se entabló: imperioso y dictatorial por parte de él; suave, humilde, lleno de condescendencias y vasallaje, por parte de ella.
—Ya sé que Vicente López ha venido á verte.
—Sí, señor.
—Le mandé yo venir.
—¡Ah! No me dijo nada.
—Es que no lo sabe: él cree haber venido por su gusto, pero fue porque yo lo dispuse así.
Rita asintió. ¿Cómo discutir las palabras de su bienhechor? El rostro del hominicaco aparecía ante ella pálido, indeciso, emborronado, al igual de esas viejas fotografías roídas por la luz. Un claror alechigado le envolvía. No pestañeaba. Sus labios, como los labios de las caretas, no se movían al hablar. Prosiguió:
—Vicente López, á quien tanto has amado, quiere llevaros, á ti y á su hijo, á América.
—Sí, señor don Gil.
—Es preciso que le obedezcas. ¿Le obedecerás?
—Sí, don Gil.
—No te ocupes de la tienda: con el dinero que él tiene y los billetes que tú guardas detrás del ropero, lleváis lo necesario para el viaje.
—Bueno, don Gil; lo que usted disponga.
La mujerona experimentó un terror frío, tan agudo, que heló á sus huesos. Por obra de un inexplicable fenómeno telepático, Rita iba adelantándose al pensamiento de su interlocutor de modo que éste aun no articulaba una frase cuando ella, misteriosamente, ya la había oído. Rita sintió que sobre las cabezas inocentes de Pepe, María Luisa y Francisco, el hombre pequeñito echaba una sentencia terrible, y las palabras del enano tenían para ella la fuerza apremiante y sin evasivas, de la fatalidad.
—Para seguir á Vicente—habló don Gil—abandonarás á los tres hijos de Frasquito Miguel. ¿Lo harás?...
Dentro de la madre algo sobrehumano se atrevió á protestar, aunque tímidamente.
—¿Y no les veré ya nunca?
La torturada gimió, doblegándose; su rebeldía expiró bajo la orden inflexible.
—Bien, don Gil.
Volvió á temblar; el acento sibilino del brujo se debilitaba, parecía venir de lo arcano; su turbia imagen no se había movido de allí, y su voz, sin embargo, llegaba de muy lejos, del horizonte, del fondo de la tierra. Los labios inmóviles dispusieron:
—A tus hijos no les dejarás. Es mejor que les mates.
Sollozó la mujerona, y no contestó.
—Yo odiaba á Frasquito Miguel—prosiguió don Gil Tomás—y mi odio no se satisface con su muerte: quiero secar también esos tres retoños de aquel árbol maldito. Además, es mejor matar que abandonar, porque los abandonados sufren, mientras los muertos no sólo no sufren si no que descansan. Rita, ¿obedecerás?...
Ella gimoteaba y se removía convulsivamente. Un instante creyó soñar, pensó que se había acostado del lado izquierdo y que con ambas manos se oprimía el corazón. Pero esta sospecha menos duró que un relámpago. No soñaba, no: el hombre pequeñito, inexorable, inquisidor, continuaba allí.
—Si no me obedeces—agregó Tomás—te perderé, te pondré en manos de la justicia, les diré á los jueces que fuiste tú quien asesinó á Frasquito Miguel.
Después de un silencio, la voz remota, más terrible cuanto más remota, preguntó:
—¿Cumplirás mi mandato?
Rita se ahogaba; algo pesado, duro, frío, como una piedra, oprimía su garganta. Cuando pudo hablar:
—Sí, don Gil—murmuró.
—¿Matarás á tus hijos, Rita?
—Sí, don Gil.
—Pronto, ¿verdad?
—Sí, don Gil.
—¿Y les matarás sin que Vicente lo sepa?
—Sí, don Gil...
La imagen del hombre pequeñito desapareció. La mujerona continuó durmiendo; fué como si el cristal de alguna linterna mágica y espantosa se hubiese apagado.
Al siguiente día y á la hora señalada, Rita y el Charro acudieron al túnel. Describía éste un semicírculo que oradaba de Norte á Sur el cerro donde Puertopomares fué edificado. Correspondía la entrada meridional á la estación del ferrocarril, al sereno panorama de los vastos bosques de castañares y acebos, cuya esquiva frondosidad alejábase ondulando al compás de las montañas anebladas y pintadas de azul por la distancia; y la boca norteña, abierta á veinticinco ó treinta metros del puente tendido sobre el Malamula, á la parte más abrupta, encrespada y fragosa. Allí el viento encajonado entre altísimas laderas de granito y basalto, recogía fielmente todos los murmullos del río y de los árboles, los exaltaba en las sonoridades de las rocas, y tableteaba amenazador en la oquedad renegrida del túnel. Sus ráfagas violentísimas, cargadas de estridencias lapidarias, producían bajo la bóveda ecoica fragores idénticos á los de un tren en marcha.
Fué allí donde la mujerona y su amante se vieron, y más de una vez, engañados por los ululeos del aire, se apartaron de la vía y se estrecharon contra las paredes, tiznadas de carbón y rezumantes de agua, creyendo que el correo de Salamanca trasponía el puente.
Comenzó Vicente López la conversación exponiendo los planes que, de tiempo atrás, tenía bien madurados y dispuestos. Si ella estaba resuelta á seguirle no debían desaprovechar momento, pues todo el dinero que gastasen en el transcurso de aquellos días ociosos lo necesitarían luego para el viaje: él regresaría inmediatamente á Salamanca, para retirar los fondos que guardaba en un Banco y concluir algunos asuntos pendientes. Rita, con su hijo, iría á buscarle á La Coruña, donde embarcarían los tres para Buenos Aires.
—Cuando yo salga de Salamanca—agregó—te escribiré dos letras, diciéndotelo. Estáte prevenida porque en todo esto podemos emplear, á lo sumo, un par de semanas.
Llamó la atención de Vicente la mansa prontitud con que su amante aceptaba sus órdenes. Pensaba tener que avasallar graves resistencias y sorprendíale que los deseos de la mujerona se orientasen sin lucha tan á su talante y favor. Repentinamente la duda le mordió. Su espíritu de trujamán, educado en las lides y tretas del engaño, receló de aquella obediencia.
—¿Es que aparentas transigir—exclamó—para alejarme de tu lado sin riñas y luego hacer tu gusto?... Pues te juro que no habías de reirte de mí: por primera providencia, te quitaba el niño; después... ¡ya veríamos!...
La había cogido por los brazos rudamente, como para explicarla con la tortura de su carne la dureza y decisión de su voluntad. Rita Paredes entornó los ojos; hervía su sangre; aquellas manos crueles tenían para ella la voz de fuego del recuerdo.
—No pienso engañarte—repuso—; es que te quiero, Vicente; es que no puedo vivir sin ti; soy tu esclava; es que me dirías «ven», y te seguiría aun que tuviera que ir descalza y pisando sobre brasas...
Toda la ciega vehemencia de su temperamento criminal; todo el odio con que asistió al martirio del señor Frasquito y la perversidad de aquellas exclamaciones caritativas con que embrollaba y explicaba los lamentos de la víctima; todo el execrable horror de su alma egoísta y codiciosa, mudábanse en desapoderada locura sexual. Tremaron sus nervios; su carne lasciva, pareció quemarse, agrietarse, cual si dentro de ella hubiese un incendio; y toda su figura, alta, seca, vibrante, con su rostro lívido nimbado por el halo rútilo de sus cabellos, parecía una llama. El escenario daba al bárbaro abrazo de los amantes un misterio infernal: la enorme tiniebla del sitio, tiznado densamente por el humo de las locomotoras; los rieles bruñidos bajo el vaivén de los trenes, alejándose á ras de tierra en la oscuridad; los gemebundeos del viento; el latir de las gotas de agua desprendidas de la bóveda de la cripta, y que resonaban en el silencio como pisadas duendes...
A las siete menos minutos resonó prepotente, al lado opuesto del río, el silbido del correo que llegaba de Salamanca. Como siempre, la máquina avisaba que iba á hundirse en el monte. El convoy cruzó el puente y se lanzó jadeante por la boca del túnel. Retembló el suelo. Abermejáronse los rieles. Crepitaron los cimientos milenarios del antro con la ráfaga—hierro y fuego—del tren, y ante la linterna roja de la locomotora las tinieblas huían y los muros negros, grietosos, empapados en agua, se tiñeron de sangre. Un instante, desde la altura del ténder y en el huracán de las volutas de humo desesperadamente retorcidas, los maquinistas vislumbraron una mujer y un hombre caídos en la suciedad de hollín de una de las cunetas. No pudieron reconocerles. El tren siguió adelante. Un momento después, amparados bajo la oscuridad de la noche, Vicente y Rita, las manos y los trajes horriblemente manchados de carbón, consumado el pecado original salían del túnel como de un paraíso.
Regresó la mujerona á su casa muy tarde; para no llamar la atención de las personas que la conociesen, al separarse de Vicente había ido al río á lavarse las ropas, y en esta faena empleó cerca de una hora. Sonaban las nueve en el reloj de la iglesia cuando terminó. Su hermano, maliciando lo ocurrido, recibióla con cara y voces de vinagre. El y los niños ya habían cenado.
—¿Piensas volver á las andadas?—gritó—¡Pues no estoy dispuesto á consentirlo! Aquí se hace lo que yo mando.
Rita le miró con frío desdén.
—Esta casa—repuso—es de los dos, y en ella mandamos los dos por igual: ni tú más que yo, ni yo más que tú. Con que... ¡haya paz y callemos todos! Guárdate las uñas si no quieres que yo saque las mías...
Dicho esto con dejo reposado y bravucón, sentóse á cenar; y apenas quedó sola, su cólera se deshizo, como licuada, en una recóndita, inefable y sedante emoción amorosa. Comía maquinalmente. Las imágenes de los ardientes momentos recién vividos, producíanse con tal vigor de verdad en su espíritu, que creía pasar de nuevo por ellos. Vicente López se hallaba á su lado, reconocía diáfanamente el timbre de su voz, y con los ojos del alma veía sus gestos. Según las diversas mutaciones de aquel diálogo interior, la mujer sonreía ó su rostro se revestía de gravedad. A veces, afirmaba; á veces, parecía dudar; á intervalos, también, sentía sobre sus labios los besos y en su carne las manos violentas del Charro. ¡Oh! ¡Cómo había querido á aquel hombre, y cómo le quería aún!... Era el sultán, el dueño. Ella, fuerte y rebelde como un macho, é incapaz de conceder á nadie jefatura sobre su albedrío, reconocía el imperio de Vicente. Ante aquella voluntad, la suya claudicaba. Aunque la despreciase, aunque transcurriesen los años sin saber de él, para su enamorado corazón Vicente López siempre sería «el amo». Terminada su colación, la mujerona se acostó, y, de un tirón, como cuando niña, durmió toda la noche.
Este gratísimo contento duró varios días. Sentada detrás del mostrador, dejaba transcurrir las horas mirando distraídamente hacia la calle. Su espíritu no estaba allí. A ratos asociaba un nombre á las figuras que pasaban de largo ante las vidrieras del comercio, ó se detenían á examinar los escaparates.
—Ahí va don Ignacio—pensaba.
O bien:
—Es don Elías, que vuelve del Casino...
Pero estas ideas según se producían se eclipsaban, y la mujerona tornaba á inmergirse en el recuerdo de su amor, como en un baño. A su lado Toribio y Deogracias se afanaban en servir á los compradores que llegaban, registrando debajo del mostrador, subiéndose por una escalera á los entrepaños superiores de la anaquelería ó descolgando, con auxilio de una percha, los objetos suspendidos del techo.
En el ininterrumpido filar de su soliloquio, Rita Paredes fatalmente volvía una vez y otra á la misma obsesión criminal:
«A los hijos de Frasquito Miguel, necesito matarles. Lo que hice con el padre debo hacer con ellos»...
En la negrura de su discurso estas dos ideas se asociaban fuertemente; no era posible separarlas; el primer crimen explicaba el segundo y hasta lo exigía. A las empresas, para que reditúen los debidos beneficios, es necesario llevarlas á su término y rematarlas bien y sin miedo. ¿Habría conseguido algo el arquitecto que, después de construir una casa, empapelarla, solarla y estucarla, no la techase? Nada, porque un hogar sin techo no es hogar. Y, del mismo modo: ella, que asesinó al señor Frasquito para robarle y vivir cómodamente del producto de lo robado, ¿no perdería el valor ó recompensa de su trabajo si aquel dinero iban comiéndoselo poco á poco los hijos del muerto?...
Perseguida por esta decisión, cada vez más resuelta, Rita procuraba ver á los niños lo menos posible. Cuando alguno se agarraba á sus faldas, la mujerona palidecía y miraba á otro lado; la dulzura de aquellos ojos inocentes, tan candorosos, que parecían asustados, era horrible. Rita Paredes recordaba las órdenes verticales de don Gil; el hombre pequeñito razonaba bien: urgía deshacerse de aquellas criaturas que, más adelante, la importunarían. Don Gil aconsejaba: «Los abandonados sufren, los muertos no». ¡Era cierto! ¿Cómo no reconoció ella antes la certidumbre de tales palabras?... A este pensamiento servía de abono y arrimo la amenaza del brujo: «Si no me obedeces—había dicho don Gil—te llevaré á los Tribunales y los jueces sabrán que tú fuiste quien asesinó á Frasquito Miguel». Hallábase, de consiguiente, colocada en el entronque ó bifurcación de dos caminos: uno, el camino de América, de la vida libre, al lado de su hijo mayor y del único hombre que había amado; el otro era la ruta que guiaba á la perdición, al presidio, quizás á la muerte. ¿Cómo dudar entre ambos?...