La mujerona repetía:
—Esos chiquillos son una maldición para mí; ó ellos ó yo; no hay otro remedio...
Discurriendo así sentía que, hora tras hora, las fuentes, nunca muy caudalosas, de su amor maternal iban secándose, y que todo el odio que profesó al señor Frasquito resurgía ahora con fatales verdores hacia sus hijos.
Cumpliendo disposiciones de don Gil Tomás, Rita nada de esto dijo á su cómplice; el hombre pequeñito lo decretó así, tanto porque de los asuntos graves conviene hablar poco, cuanto de miedo á que López, esquivando las derivaciones ó responsabilidades criminales que tal empresa pudiera ocasionarle, desistiese de ella.
Según don Gil manifestó á Rita, la inesperada reaparición de Vicente en Puertopomares obedecía á insinuaciones suyas. Esta labor, realizada únicamente durante las horas de descanso, fué lenta. En Salamanca los asuntos de López marchaban de mal en peor; de año en año los negocios iban escaseando y las transacciones eran más difíciles. ¿Cómo vivir en un país esquilmado por el fisco y la usura, y donde todos son á vender y nadie compra?... Entonces surgió en el Charro la idea de buscar fuera de su patria la fortuna. Con esta alarma interior, tan propicia á toda suerte de mudanzas, derroteros y aventuras, coincidieron las sigilosas instigaciones del hombre pequeñito. Don Gil, implacable, necesitaba destruir el hogar de los hermanos Paredes y con él la raza del señor Frasquito, pues el odio es tan recia pasión que sólo se aplaca satisfaciéndose en los hijos de la persona aborrecida. Para llevar pronto y á buen desenlace este plan, don Gil solicitó y á corto esfuerzo obtuvo la alianza del Charro.
Varias semanas hacía que éste, allá en la posada salmantina donde tenía su albergue, descansaba mal. Visiones deshilvanadas, heteróclitas, que huían de su memoria apenas despertaba y parecían episodios ó fragmentos de algún gran miraje interior, le desazonaban. Aunque rudo de alcances, el chalán comprendía que una grave adivinación ó presentimiento germinaba en los subsuelos de su espíritu. Como esas enfermedades que, antes de perfilarse claramente, se anuncian con erráticos y variables dolores, de igual manera aquel hondo misterio aparecía y desaparecía tras un torbellino de imágenes inconcluídas y vagabundas. Empero, por estos ocultos caminos, la revelación, laboriosamente, iba preparándose.
Una noche Vicente López soñó con su antigua amante Rita Paredes: la halló más fea, más seca, pero el dolor de sus ojos—dolor de olvido—le impresionó favorablemente. Hablaron: ella lloró mucho, le explicó sus penas, sus errores, y él concluyó acusándose de haberla abandonado. Al despertar, Vicente, dominado aún por el recuerdo de su pesadilla, estaba triste. Las noches sucesivas también soñó con Rita, y tan gayamente renacían los episodios de este viejo amor, que sintió, como un remordimiento, el haberlo perdido. ¿Por qué aquella figura, largo tiempo olvidada, resucitaba así? ¿Qué extraño poder la sacó de la sombra?...
Con zozobra, el Charro pensó:
«¿Habrá muerto Rita?...»
Otra noche soñó que quien había fallecido era Frasquito Miguel, y que Rita Paredes le heredó y estaba rica. Apesar de tal cambio, la voz musitadora de las pesadillas aseguraba á Vicente que su antigua manceba no era feliz y se acordaba siempre de él. Estas figuraciones se repitieron y con los ojos del alma, el Charro vió la tienda de los hermanos Paredes, y á Rita detrás del mostrador, en la actitud grave y triste, actitud de arrepentimiento, de la mujer para quien la vida de las aventuras ha pasado. López comprendió que Rita, asomada al mostrador de su tienda, como á una ventana, le esperaba todavía. Entonces sus propósitos de expatriarse cobraron repentinos bríos, y á ellos se asociaba el deseo de conocer á su hijo. Una idea de lucro, una esperanza de negocio, ligábase solapadamente á esta resurrección sentimental; los apuros económicos con que el Charro tropezaba en su oficio, el genio bondadoso de los sueños los solucionaba, con arte mágico, por las noches: Rita Paredes era rica, y todo aquel dinero, cuyo origen á él no debía importunarle, podía ser suyo.
Tanto creció esta obsesión y en tales gasas de lógica y de entrañable afecto se envolvía, que la conciencia de Vicente barajó y llegó á mezclar las imágenes de sus vigilias con las de sus sueños, explicando las unas por las otras, viviendo como si soñase y tomando sus fantasmagorías por realidades, hasta que determinó trasladarse á Puertopomares y hablar con Rita.
Cuando el Charro enfrontó el comercio de los hermanos Paredes y examinó su puerta de cristales y sus dos vidrieras guarnecidas de juguetes y de ropas, no se sorprendió.
«Todo esto—pensó—lo he visto ya»...
Efectivamente, aquel momento de tiempo y de espacio que tenía delante, lo conocía por haberlo soñado muchas veces. De noche, sin duda, su alma recorrió el mismo itinerario: llegó á la Fonda del Toro Blanco, paseó la calle Larga y se detuvo emocionada, cual si acudiese á una cita, ante el bazar de los Paredes. Tampoco le sorprendieron el aspecto de las anaquelerías, repletas de géneros, ni el maniquí que arrancaba al tonto Ramitas gritos de entusiasmo, ni los objetos que, semejantes á estalactitas, pendían del techo envigado, ni la silueta de su antigua barragana, lívida y rígida, detrás del mostrador. Su conversación con ella y todo lo que luego acaeció, pareciéronle también hechos naturales; y así, cuando después de firmemente unidos y concertados regresó á Salamanca, ni un momento dudó de que Rita Paredes dejara de seguirle.
Una tarde, de las últimas de Octubre, llegó á Puertopomares la carta donde Vicente López daba orden á su amante de ponerse en camino.
«Me voy á Coruña esta noche—decía—y en el vapor Carolina, que zarpa de allí el sábado próximo, retendré tres pasajes. No malgastemos tiempo. Recoge tu dinero y para no llamar la atención, sin equipaje, como si fueses á dar un paseo, te vas con el niño á la estación y subes al correo que llega ahí á las siete y cuarenta».
Firmaba el Charro sólo con la inicial de su nombre; y debajo añadía previsoramente:
«Rompe este papel.»
La mujerona leyó y releyó la misiva, escrita en caracteres irregulares y grandes, y dócil al consejo de su amante la rasgó en cuatro pedazos; pero al mismo tiempo cambió de parecer, y entreabriéndose el corpiño guardóse los fragmentos en el pecho. Eran las nueve de la mañana cuando esto ocurría. Toribio no pudo sospechar nada; ni siquiera vió al cartero. Los niños estaban en el colegio. Un alegre sol de otoño llenaba la tienda, bruñía el ancho cristal de los escaparates, coloreaba las mejillas del maniquí, rielaba sobre los objetos de metal—tijeras, cortaplumas, sacacorchos, dedales, cucharas, martillos—puestos en ordenadas ringleras sobre los entrepaños de las anaquelerías. Siempre que un comprador empujaba la puerta vibraba un timbre, y su tantán jocundo, nuncio de ganancias, parecía convertirse en luz. Luego, dentro del cajón donde los Paredes iban echando el importe de la venta del día, las monedas se entrechocaban bulliciosamente y su canción parecía una risa.
A mediodía Toribio necesitó ir á la Estación, á retirar unas mercancías. Esta oportunidad la aprovechó Rita para entrar en su dormitorio y coger los billetes de Banco que escondidos tenía detrás del ropero. En seguida volvió á la tienda. La mujerona desarrollaba un plan absurdo y siniestro que su estrechez mental, empero, juzgaba perfectamente urdido: consistía en deshacerse de los tres hijos del señor Frasquito arrojándoles al paso de un tren, y huir luego con Deogracias. La miserable no vacilaba; la impunidad de su primer crimen la impelía á cometer el segundo, y hasta vislumbraba una especie de venganza, de espantoso símbolo, en que, sobre los mismos rieles donde los vástagos del señor Frasquito quedasen destrozados, huyese ella después, como por una ruta de sangre, en busca de «su hombre» y con el hijo único de «su hombre»...
El tempestuoso curso de estas cavilaciones llevó los ojos de Rita hacia el almanaque colocado junto á la puertecilla de la trastienda. Era martes, día de agorerías y maleficios.
—Martes—repitió mentalmente la Roja—; de aquí al sábado, hay tiempo para todo.
Un impulso ciego, una obsesión infernal, la dominaban. A la puesta del sol, Rita, que durante la tarde estuvo quejándose de dolor de cabeza, invitó á los niños á dar un paseo; aceptaron todos con alardes extremados de alborozo, y ella, cariñosa, les peinó y vistió pulcramente; en los undosos cabellos claros de María Luisa prendió un lindo lazo de seda azul, y accedió á que Paquito, el más pequeño de los tres, estrenase unos zapatitos de charol blanco. La infame cuidaba estos detalles de amor maternal que luego podían defenderla eficazmente, si, contra lo que don Gil había asegurado, necesitaba andar en dimes y diretes con la justicia. Deogracias quiso acompañar á sus hermanos; tenía celos de ellos.
—¿Voy contigo, mamá?
—No; tú te quedas al cuidado de la casa; á tu tío puede ocurrírsele salir y la tienda no debe quedarse sola.
En la calle Larga, Rita Paredes, envuelta en su mantón alfombrado, llevando de la mano á María Luisa y precedida de Pepe y de Francisco, atrajo las miradas de varias vecinas. Algunas, por donaire, la interpelaron:
—¿Va usted á poner escuela, señora Rita?
La mujerona reía con naturalidad.
—Salgo porque me conviene andar; desde esta mañana tengo una jaqueca horrible; quizás me alivie con el ejercicio y el aire.
Y añadía, designando á los niños:
—Los pobrecitos nunca salen y aprovecho la ocasión para darles un buen paseo. Ahora vamos á la Estación y, luego, si hay tiempo, llegaremos al río.
—¿Irá usted por el túnel?
—Eso pensaba.
—Tenga usted cuidado con los trenes.
—Ya lo sé; á ciertas horas no hay peligro.
Al pasar por delante de la botica, don Artemio, que había conocido á Rita cuando ésta encendía en el chopo de su casa el farol de los sucios deseos, sonrió bonachón á la mujerona y obsequió á los chiquillos con caramelos, azúcar cande y pastillas de goma. De bonísima gana hubiese tuteado á Rita, mas no lo hizo porque los ojos, rebosantes de precoz travesura, de Pepe, no cesaban de mirarle. Limitóse á exclamar:
—Mucho cambian los tiempos, Rita.
—Mucho, don Artemio.
—¿Quién iba á decírnoslo entonces, ¿verdad?... Usted, convertida en madre de familia y con una tienda; yo, hecho un carcamal. ¡Cómo ha de ser!...
La mujerona siguió adelante, enfrentó la hostería de don Valentín, y por la Glorieta del Parque tomó el camino Alto de la Estación. El sol, próximo á esconderse, iluminaba de soslayo el paisaje: la torre de la iglesia parecía de oro; los cristales de muchas ventanas rutilaban, como diamantes; una ligera bruma ascendía del valle, lleno de rumores vesperales; bajo la umbría de los árboles y entre los repechos pedregosos y oscuros, la tierra húmeda del camino tenía una amarillez de hoja seca.
Rita avanzaba sola; ante ella, alegres como gozques, corrían los niños. La mujerona iba pensando:
«Son mi maldición; son mi cadena; pero dentro de unos momentos esas cadenas quedarán rotas... y seré libre...»
Personas que volvían de la Estación, la saludaban.
—Buenas tardes, señora Rita.
—Buenas tardes...
Eran Teodoro, el camarero del Casino, y Fermín, el tartanero de la Fonda del Toro Blanco. Luego un grupo de muchachas la alcanzó: iban en él las hijas de doña Virtudes, María Jacinta y su prima Flora.
—¿De paseo, eh, señora Rita?
—De paseo, sí... para que los niños respiren un poco de aire.
—¡Muy bien, hasta luego!...
—Hasta después, adiós...
Las mozas marchaban contentas, presurosas, estremecidas por el ambiente friolero de la tarde. Se encaminaban, según costumbre, á la Estación, á ver pasar el tren. Sus siluetas gráciles, envueltas en telas claras, vibraban armoniosamente en la penumbra crepuscular; y Rita, la miserable, la incestuosa, mientras las veía alejarse, pensaba:
«Todas éstas, si hiciese falta, declararían en mi favor.»
A poco, en vez de llegar á la Estación, Rita Paredes se internó entre los árboles y por un ribazo ella y sus hijos descendieron á la vía del ferrocarril, esquiva y profunda en todo aquel paraje como una torrentera. A un lado bermejeaba la casita de ladrillos de la Estación; al otro aparecía el túnel; delante alzábase el cerro coronado por el caserío, bañado en sol, de Puertopomares; detrás, el bosque cerrado, enigmático, como la noche. Los ojos escrutadores de Rita no vieron á nadie; á su alrededor crecían el silencio, el desamparo, la frialdad, todas las incontables melancolías de la tarde muriente; á lo lejos, dispersos entre la niebla, resonaban gritos de gañanes, ladridos de mastines, vibrar de esquilas. Faltarían minutos para las siete. Acababan de encenderse las luces del andén.
La mujerona llamó á sus hijos.
—¿Queréis que atravesemos el túnel y vayamos al río?...
La proposición de penetrar en aquel orificio negro, muerto, que veían al pie de la montaña, intimidó á los niños. Su primer gesto fue de defensa. Pero en seguida cambiaron de opinión y comenzaron á palmotear. El riesgo atrae á la infancia.
—¡Sí, sí; vamos á verlo, vamos á verlo!—exclamaron á coro.
El túnel era una especie de «coco» para los muchachos de Puertopomares; cuando salían al campo todos recibían de sus madres idéntica recomendación: «No entréis en el túnel, no os acerquéis al túnel...» Como si en aquel agujero, por donde únicamente las máquinas se atrevían á pasar, se hospedase la muerte. Por lo mismo, la ilusión vanidosa de describirlo al día siguiente, en el colegio, enardeció á los chiquillos. Al amparo de su madre nada malo les sucedería; desde el momento en que ésta, tan regañona y dispuesta siempre á contrariar sus gustos, les había dicho: «Vamos por el túnel», es que podían ir. Además, no temían á los trenes; temían á la oscuridad, al silencio de la tierra; y ellos sabían que el silencio no mata y que al otro lado de la montaña volvía á haber luz.
Discurriendo así penetraron bajo la bóveda del antro, fuerte, imponente, como la arcada de un viejo templo. Cogidos de las manos Pepe y Francisco iban de vanguardia; María Luisa caminaba agarrada á las faldas de su madre, primero con una manecita, después con las dos. Lo misterioso del lugar, el latir de las gotas de agua, la tiniebla creciente y el ruido de sus pasos bajo la resonante oquedad de la bóveda, impresionaron y deprimieron el optimismo de los niños, que hablaban alto y se esforzaban en reir, para quitarse el miedo. A cada momento se detenían á mirar hacia atrás, y el semicírculo, bañado en claridad, de la entrada del túnel, les confortaba. Poco á poco, según decrecía la luz, la verbosidad de todos iba menguando; en sus labios el pánico helaba las palabras, y cuando callaban el trajín de sus piececitos sobre la arena les parecía más grande y temeroso. Ya, apenas se veían unos á otros. Paquito, el más chico, experimentó una fuerte congoja; sus piernecillas se agarrotaban.
—Mamá... mamá...—balbuceó.
Su madre repuso:
—Adelante, no tengáis miedo, que voy yo aquí.
Paquito demostró resignarse. Después fué Pepe, el mayor, quien sintiendo en su mano temblar y helarse la de su hermanito, pidió auxilio:
—Mamá, tengo miedo...
Replicó ella con aspereza:
—¡Vamos! Tener miedo... ¡Un hombre! ¿No te da vergüenza? Seguid, seguid adelante, que falta poco.
En aquellos momentos la expresión de Rita Paredes, fatal y vengativa como Medea, era espantosa. Horribles visajes, que la oscuridad impedía ver, desfiguraban su rostro huesudo, torcían sus labios, abrasaban en cólera sus ojos fríos. La miserable pensaba en el tren que, de un instante á otro, debía llegar; según sus cálculos estaba ya muy próximo y esperaba oir su silbido como un grito de alianza. Sus instintos sanguinarios comenzaban á desatarse. Había entrado en el túnel resuelta á salir libre de él, y nada torcería su propósito. Si el tren se retrasaba, ella era capaz de coger á los tres niños y, entre sus brazos y contra su corazón, retenerles á la fuerza, hasta que la muerte pasase.
Continuaron todos andando. Algunos metros más allá la galería se curvaba, y de súbito la oscuridad fué completa. María Luisa rompió á llorar.
—¡Tengo miedo, mamá!... ¡Mamaíta!... ¡Madrecita de mi alma!... ¡Tengo mucho miedo!...
Había en la voz implorante de la niña como un presentimiento de lo que iba á ocurrir. Rita sintió que Pepe y Francisco, á quienes apenas veía, se agarraban empavorecidos á sus rodillas. Entonces la mujerona consideró que aquel paraje fuese quizás el mejor para realizar su intento, y poniendose en cuclillas, de espaldas contra el muro, recogió entre sus brazos á los tres niños. Ante ella, á menos de un metro, los rieles griseaban vagamente. Los muchachos temblaban de frío, de miedo, bajo el enigma de la enorme tiniebla. Apenas podían hablar. Al cabo, Pepe preguntó:
—¿A qué esperamos aquí, mamá?
—A que pase el tren.
—¿Por qué no seguimos? ¿No es mejor seguir?...
—No; porque más adelante el camino se estrecha mucho.
Transcurridos unos instantes habló Paquito:
—Mamá... mamá...
—¿Qué?
—¿Tardará mucho el tren?
—No; tardará poco...
Rita, sin querer, apretaba los dientes.
María Luisa, aliviada en su cuita al sentir sobre las mejillas el calor del pecho materno, había interrumpido su llanto. Los tres hermanos, consolados repentinamente, parecían tranquilos. Francisco volvió á interrogar:
—Mamá... ¿tardará mucho el tren?...
—No, vendrá pronto.
—Bueno...
Aturdida por la oscuridad, María Luisa había perdido la noción del tiempo.
—Cuando salgamos de aquí—dijo—ya será de noche.
Volvieron á callar, penetrados, entumecidos, por la tiniebla húmeda del antro. De pronto, lejos, resonó un silbido agudísimo, y el fragor creciente de algo pesado y tremendo pobló la bóveda de medrosos rumores. Era el correo de Salamanca. Rita, siempre en cuclillas, levantaba la cabeza, los ojos fijos, desorbitados. El tren trasponía el puente con jadeos espantosos. Volvió á silbar; iba á meterse en el túnel. Los niños temblaban, se encogían, mudos de pavor. Unicamente José pudo gritar:
—¡Mamá!... ¡Madrecita!...
Sus brazos buscaban el cuello de la mujerona. Esta, fuera de sí, los labios espumeantes, le mordió en la cara con tal furia, que el muchacho, de miedo y de dolor, perdió los sentidos. En el fondo fuliginoso apareció la roja luz de la locomotora; sobre la inmensidad negra el convoy, negro también, no se distinguía aún. Hubo un tableteo horrísono, una agitación de caos, una especie de epilepsia telúrica: temblaba el suelo, trepidaban, con ensordecedores gemebundeos, los muros; pareció resquebrajarse y saltar en añicos la montaña.
La infanticida entonces, epiléptica y terrible, comenzó á gritar:
—¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...
Y empuñando á sus hijos, á los tres, simultáneamente, revueltos unos con otros, les precipitó sobre la vía.
Pasaba el tren, y los cuerpecillos cayeron bajo el espanto de las ruedas. De rodillas, los brazos en alto, en previsión de que algún viajero pudiese reconocerla, la mujerona continuaba pidiendo:
—¡Socorro!... ¡¡Socorro!!...
Luego, sin mantón, los cabellos despeinados, tiznadas las manos, Rita Paredes escapaba del túnel, por el lado del río. Momentos después, su figura seca, alta, desgarbada, recorría la calle Larga. Los vecinos la miraban atónitos. Rita tenía la expresión idiota; sus brazos gesticulaban sin concierto; erraban sus miradas; parecía loca...
Varios transeúntes la detuvieron:
—¿Qué la sucede á usted? ¿Por qué va usted así?...
Ella había vuelto á encontrar aquel gesto, aquel admirable gesto de estupidez y de dolor, con que una mañana estuvo contemplando el cadáver del señor Frasquito.
—Los he perdido—sollozaba—los he perdido...
—¿A quién ha perdido usted, Rita?...
—A mis hijos...
Y seguía adelante, hacia su casa. Sus labios, sin color, repetían automáticamente:
—He perdido á mis hijos... he perdido á mis hijos...
A su alrededor el número de curiosos aumentaba. Todos, ávidos de saber y compasivos, se estrechaban contra ella. El ruido de tantas pisadas llenó la calle, y la noticia de que acababa de ocurrir una desgracia penetró en los hogares. En las ventanas y las puertas asomaron rostros interrogantes. Don Artemio y don Juan Manuel, que salían del Casino, se acercaron á la mujerona.
—¿Qué dice usted, Rita? ¿Se ha vuelto usted loca? ¿Ha perdido usted á sus hijos?... ¡No es posible!...
—Sí; á los tres.
—¿Cómo?... ¿Ahora?
—Sí... ahora...
—¿Dónde?
—Abajo... allí...
Con un gesto, señalaba hacia la tierra.
—Los he perdido abajo, en el túnel; abajo... los ha matado el tren.
En los tres días consecutivos á la catástrofe del túnel, el bazar «Paredes, Hermanos», permaneció cerrado. Toribio, que ignoraba la horrible verdad de lo acaecido, estaba furioso, aunque secretamente se felicitase de haberse aligerado así, tan de cuajo, de los gastos anejos á la crianza y educación de tres niños pequeños. Molestaban, sin embargo, á su egoísmo, las visitas al Juzgado, adonde fué varias veces á declarar; los gastos del entierro, al que asistieron en conmovedora manifestación de duelo y simpatía todos los parvulillos de Puertopomares; la expectación de que era objeto y la avidez con que la pública curiosidad le pedía nuevos detalles del truculento lance; y, finalmente, el dinero que le obligaba á perder la inexorable obstinación de Rita en no abrir la tienda.
Considerando esto, el antiguo buhonero prorrumpía en maldiciones terribles y descargaba sobre las mesas del Toro Blanco puñetazos furibundos.
—Esa mujer—aludía á su hermana—tiene menos discernimiento que un asno; ¿cómo si no hubiese cometido la animalada de meterse en el túnel con los niños justamente minutos antes de pasar el tren?... ¿No merece, por imbécil, que la tundan á palos?...
Aun reconociendo la justicia de los lamentos y razones de Toribio, la opinión general compadecía á la madre. El inaudito dolor que pesaba sobre ella, determinó en su favor una cristiana y unánime corriente de cariño. Cuantas personas la vieron la tarde del suceso, describían emocionadas el amor y el esmero con que llevaba á sus hijos de paseo. Repetían sus palabras:
«Los pobrecitos—había dicho Rita—no salen nunca y necesitan tomar un poco de aire».
La curiosidad y fisgona destreza de las vecinas, supo percatarse hasta de los menores detalles. Recordaban, verbigracia, que Paquito iba con zapatitos flamantes de charol blanco, y que María Luisa llevaba en los cabellos una cinta azul. Tampoco olvidaron que Rita se quejaba de dolor de cabeza. Don Artemio Morón, con la vanidad del hombre que vivió unos segundos cerca de la tragedia de que se habla, no cesaba de repetir á cuantas personas llegaban á la botica:
—Por aquí pasaron los cuatro; yo, casualmente, acababa de asomarme á la puerta y estuve charlando con Rita. A los muchachos les llené los bolsillos de golosinas; iban contentísimos.
La Roja, entre tanto, permanecía recluída en su casa; ni siquiera salía de su habitación. No hablaba. Apenas probaba alimento. Sus ojos pequeños y azules, de un azul gris, tenían una fijeza imbécil. El rostro anguloso, descolorido, cobarde, expresaba la angustia de la bestia que se siente morir.
Al día siguiente del crimen la mujerona pensaba fugarse á Salamanca, para desde allí ir á reunirse con Vicente en La Coruña: pero no bien el asesinato se consumó, experimentó una dispersión total de ideas, un desastre y absoluto aniquilamiento de propósitos. Como por arte de brujería, toda su desorbitada y caliente vida interior desapareció. Acaso el esfuerzo que hizo para arrojar á sus hijos bajo las ruedas del tren, agotó las energías feroces de su voluntad; acaso las almas de los niños sacrificados y la de su padre, el señor Frasquito, sugestionaban á la criminal y la producían aquel invencible desfallecimiento; quizás también el espíritu del hombre pequeñito, satisfecha su venganza, había renunciado á seguir protegiendo á su cómplice.
Ello fué que, de repente, la mujerona hallóse desposeída del propio dominio y como desterrada de sí misma. Oía menos, veía menos y sus manos perdieron la noción justa de los objetos y de las distancias. Una temerosa quietud, un hondísimo silencio de tumba, parecía desprenderse de su alma y cubrirla bajo un nimbo aciago. Quería moverse y cual si entre el espíritu y el cuerpo toda comunicación se hubiese interrumpido, los músculos manteníanse ociosos. Sabía que Vicente López la esperaba, y no podía correr á buscarle: una fuerza suprema, un obstáculo invencible, atravesado delante de ella como un muro, la detenía. En tan rigurosa soledad, el tiempo adquiría proporciones absurdas: una hora equivalía á un mes, y de este modo, en las nieblas idiotas de su razón, Rita pensaba que, desde que salió del túnel, habían transcurrido muchos años. A intervalos, la miserable experimentaba una sensación de vacío; la emoción de que alguien acababa de marcharse de su lado de puntillas. Entonces pensaba:
«¿Por qué don Gil no vendrá á verme?...»
La idea, por momentos más firme, de que el hombre pequeñito había desertado, acrecentaba sus zozobras, y llegó á sentir el miedo, un miedo que era hielo, del criminal que huyese, cubierto de sangre, por un camino.
El jueves de aquella misma semana recibió una carta del Charro, fechada en La Coruña, y al día siguiente, otra, concisa, imperativa, apremiante como un telegrama. Decía:
«Ya no podemos embarcar en el Carolina, que sale de aquí mañana. ¿Qué sucede? ¿Por qué no vienes? ¿Te has arrepentido? ¿Es que ya no me quieres?...»
Estas misivas sorprendieron un poco á Rita. Con asombro y pena se cercioró de que el nombre de Vicente López no suscitaba en ella ninguna emoción simpática. No recomponía bien la significación de aquel hombre en su vida; ni siquiera estaba cierta de haberle amado. ¡Vicente López... el padre de Deogracias!... ¿Y qué?... Además, ¡aquel pasado se hallaba tan lejos!... Como por un cristal la luz, así la imagen del Charro cruzó por su alma sin detenerse. ¡Vicente!... ¿Para qué molestarse en unir su porvenir al suyo, si comprendía que siempre, mientras viviese, estaría triste? Y no porque se arrepintiese de lo hecho; es que no deseaba nada, es que todo, de pronto, la parecía igual.
—¡Vicente!—murmuraba Rita buscando en las vaguedades de su desorganizada memoria—; ¡Vicente!... ¡Es raro!... ¿Por qué estoy así? ¡No me acuerdo bien de él!
Otra razón, de índole muy distinta, agravaba su marasmo: era la seguridad de que su vitando crimen no quedaría impune, de que se hallaba perdida irremisiblemente, porque la justicia, de un momento á otro, iba á saberlo todo. Invadíala entonces una laxitud sobrehumana, un deseo miserable de entregarse, de caer de rodillas. Tal vez, confesándose, echaría fuera de sí aquella inquietud.
Pensaba:
«¡Hablar!... ¡Eso quizás fuese lo mejor!...»
En estas incertidumbres perdió dos semanas. Vicente López había dejado de escribir. El comercio «Paredes, Hermanos» volvió á abrirse, y Toribio, detrás del mostrador, recobró su vida.
Un día, casi de madrugada, varios tenderos de la calle Larga vieron pasar á Rita, en dirección á Correos, con una carta en la mano. Iba descalza y á medio vestir; con una colcha se abrigaba los hombros; sus cabellos bermejos y revueltos la cubrían los ojos; unos ojos estáticos, inexpresivos, de sonámbula. Algunos la llamaron:
—¡Señora Rita!... ¡Señora Rita!...
Pero ella caminaba impasible, la mirada en alto, como si la calle estuviese vacía. Cuando llegó á la Casa-Correos, sin vacilar, echó la carta al buzón. En aquel instante, una vecina que corría tras ella la tocó en el hombro:
—Señora Rita...
La mujerona volvió la cabeza, pareció examinar á quien le hablaba y no contestó. Tenía la actitud de un demente. Su interlocutora, un poco asustada, repitió:
—Señora Rita...
Otros transeuntes se habían acercado. Los ojos de la mujerona empezaban á parpadear y adquirían expresión. Al cabo, tras algunas degluciones penosas, pudo responder:
—¿Qué?...
Su voz sonaba raramente. La preguntaron:
—¿Está usted dormida?
—¿Dormida?—repitió.
—Sí; está usted dormida. ¿Por qué ha salido usted á la calle en ese traje?
—¿Yo?... ¿En la calle?... ¿Qué calle?...
El número de curiosos aumentaba. Rita Paredes entreabrió la colcha con que se envolvía. Bruscos estremecimientos de asombro, de susto, pasaban intermitentes y rápidos, como ráfagas nerviosas, por su rostro.
—Rita—la decían—, Rita...
—¿Qué?... ¿Quién me llama?...
De pronto sus miradas tuvieron fijeza y expresión; renació la conciencia. Vióse medio desnuda y en la calle, y su terror fué inmenso, como el de una bruja sorprendida por el sol antes de volver del aquelarre. Empezó á tiritar.
—¿Cómo me hallo aquí?... ¿Cómo he venido hasta aquí?...
Estaba repugnante, sabática, con su pelambrera rojiza, mezquina y salpicada de cabellos blancos; sus ojuelos de lobo, amustiados por el miedo entre la miseria de los párpados sin pestañas; la piel seca, rugosa, vieja, sobre la dureza saliente de los pómulos; el semblante espectral, amarillo como el releje de sus dientes. Un transeunte caritativo la puso su bufanda alrededor del cuello, y unas vecinas, no teniendo á mano nada mejor, la cubrieron las piernas con una cortina. Temblaba de frío en medio del grupo, compasivo y fisgón; Rita Paredes, enjuta, gigantesca y vestida de manera tan desusada, parecía un espantapájaros. Todos murmuraban:
—Ha perdido la razón. Está loca. ¡Pobre mujer!...
La noticia corría de puerta en puerta, y su virtud expansiva era tal, que cuando llegaba á la Puerta del Acoso ya se sabía también en la Glorieta del Parque. El boticario y don Valentín, en cuanto tuvieron de ella conocimiento, salieron á buscar detalles. Un muchacho había ido á despertar á Toribio. Rita, entretanto, permanecía de pie, apoyada contra la pared de la Casa-Correos.
—¿Por qué estoy aquí?—balbuceaba—¿Qué vine á hacer aquí?...
Fruncía las cejas y, á ratos, con sus dedos esqueléticos, de uñas agudas, se palpaba la frente, como buscando en ella un recuerdo.
—¿Qué vine á hacer aquí?...
Sin embargo, no quería marcharse; esperaba algo.
La mujer que primero la vió, dijo:
—Usted, hace un momento, salió de su casa para echar una carta al buzón.
Rita, murmuró:
—¿Una carta?
—Sí, señora. La llevaba usted en la mano y la depositó usted ahí.
Señaló con un gesto al buzón; Rita siguió aquel movimiento; después se miró los dedos. Su interlocutora explicó á los circunstantes:
—¡Pobre mujer! Está buscando la carta. No sabe lo que hizo de ella...
En seguida, dirigiéndose á Rita:
—La carta la puso usted ahí. ¿Comprende? Ahí...
La mujerona volvió á mirar al buzón, que era la máscara, en mármol, de un león con la boca abierta. Aquella imagen mordía en su memoria y la despabilaba. Lentamente sus ideas iban aclarándose, y este amanecer interior hacía filar por su rostro una sucesión interminable de penumbras, muecas y rapidísimos temblores. Sentíase perdida, arrastrada, hacia un abismo.
—¿A quién escribió usted?—la preguntaron.
—No sé.
—¿Cómo? ¿Ha olvidado usted el nombre de la persona á quien ha escrito?
Rita movía la cabeza afirmativamente. La expresión de sus ojuelos era mortecina, idiota; en ellos, no obstante, fulguraba el esfuerzo, el torturador trajín, de la evocación. La imagen de Vicente López cruzó su memoria. Vaciló unos segundos y luego:
—No... no es á él—balbuceó—á quien he escrito...
Después:
—Ya me acuerdo... es verdad... ya me acuerdo...
Muchas caras se adelantaron hacia ella, curiosas.
—¿Sabe usted para quién era la carta?
—Sí.
—¿Se acuerda usted de la persona?
—Sí; he escrito al juez.
Estas palabras sibilinas, que parecían envolver un enigma, produjeron en el auditorio acre emoción.
—¿Ha escrito usted al juez?
—Sí.
—¿A don Niceto?
—Sí...
—¿Y para qué ha escrito usted al juez, Rita?...
—Para... para decirle... para decirle...
No concluyó. Acababa de recobrar la razón y al comprenderse perdida, lanzó un grito, un horrísono grito, y cayó de bruces contra el suelo. Su cabeza lívida, al rebotar contra las piedras, se magulló y cubrió de sangre.
Semejante á un temblor de tierra, aquella noche rodó por las tertulias del Casino, del Toro Blanco y del Café de la Coja, la noticia de que don Niceto, acompañado de su secretario y de dos números de la Guardia civil, había procedido á la detención de los hermanos Paredes y que éstos hallábanse presos é incomunicados en los sótanos de la cárcel.
Suceso tan inverosímil puso en nerviosa conmoción al vecindario. Muchos curiosos fueron á la tienda de los supuestos detenidos, en busca de informes, pero la encontraron cerrada, y esta clausura acrecentó la general espectación. Todos acudieron entonces á la fonda, y don Valentín se halló acosado y vencido á preguntas. Don Juan Manuel Rubio, don Elías, don Artemio, don Ignacio y otras personas, le cercaron.
—¿Qué sabe usted?... ¿Y Niceto?... ¿Dónde está Niceto?...
Desgraciadamente ni don Valentín ni sus hijas podían contestar á nada, porque nada sabían. Desde la víspera, don Valentín no veía á su hermano. Asimismo, cual si les hubiera tragado la tierra, el secretario del Ayuntamiento y los dos guardias que dieron escolta al juez habían desaparecido. Según en los períodos febriles la sangre se precipita con mayor ímpetu por las arterias, de igual modo, en las crisis colectivas las muchedumbres adquieren un dinamismo violento y morboso. Por las callejas de Puertopomares, impelidos por la calentura de la curiosidad, agitados, insomnes, alegres, los vecinos corrían á caza de detalles.
Como don Niceto no había ido á cenar á su casa ni estaba en el Juzgado, ni era fácil, de consiguiente, dar con él, Rubio, Fernández Parreño, don Artemio y el veterinario, resueltos á salir de dudas, se personaron en la cárcel.
Esta, que fué construída aprovechando los restos de un torreón centenario, era una casuca alta, estrecha y de paredes circulares. Las gloriosas saeteras fueron rasgadas y convertidas en ventanas guarnecidas de espesos hierros. La puerta, que acaso en otros tiempos lo fué de algún patio de armas, mostrábase en un plano inferior al de la calle y como aplastada bajo la pesantez de un arco granítico.
Respondiendo á los clamorosos aldabonazos que en ella dieron el médico y sus acompañantes, un ventanuco, defendido también por densos hierros, se abrió misterioso. Desde el interior oscuro una voz preguntó:
—¿Quién va?...
En ella don Elías adivinó á Luis, el carcelero.
—Yo soy, Luis, abre.
El interpelado, á su vez, reconoció al médico; su acento tornóse más humilde; era el acento del hombre que desea servir; pero en aquella misma melosidad presintió Fernández Parreño una negativa.
—Dispense usted, don Elías; no puedo complacerle. He recibido orden de no abrir á nadie.
Fernández Parreño, usando de esa llaneza con que en los pueblos, donde todos se conocen, se tratan los asuntos más reservados, replicó:
—Abre, hombre; esa orden, por severa que sea, no reza conmigo, ni alcanza á las personas que me acompañan.
—Imposible, don Elías: la orden que me han dado es terminante.
Don Juan Manuel quiso utilizar su influencia de diputado.
—¡Déjate de bobadas, Luis! Si don Niceto te reprendiese por haberle desobedecido, le dices que me lo cuente á mí. ¡Abre!...
Su acento era decisivo, conminatorio. Pero la voz dócil no cedía:
—Lo siento, don Juan Manuel; perdóneme usted. Tengo orden absoluta de no recibir á nadie.
—Pero, al menos—interrumpió don Artemio—podrás responder á una pregunta.
—Según...
—Necesitamos saber si es cierto que los hermanos Paredes están aquí.
Luis no contestó. Vacilaba.
—¿También te han prohibido decir lo que ya se murmura en todo el pueblo?—agregó el boticario exaltándose.
La voz, replicó:
—Sí, señor; pero no pretendan ustedes saber más: los hermanos Paredes están aquí desde esta tarde.
Tras estas palabras, dichas con una dulcedumbre que no excluía cierta sequedad, se cerró el ventanillo, y del viejo portalón carcelario pareció desprenderse, semejante á un aroma, un hondo silencio.
Derrotados los indiscretos visitantes regresaron al Casino. Eran las once. Para distraerse organizaron una partida de tresillo. Después llegó Romualdo Pérez que se sentó aparte. El gerente de La Honradez se había casado hacía dos meses con Micaela, y estaba en vísperas de ser padre. Don Elías le preguntó por su mujer, á quien el embarazo mortificaba.
—La pobre sigue mal—repuso Romualdo—; los vómitos no la dejan. Creo que debía usted ir á darla un vistazo.
El boticario invitó á Romualdo á jugar al dominó. Pérez aceptó. Durante largo tiempo alimentó una sorda cólera contra don Artemio, por ser éste quien descubrió y divulgó el secreto de sus relaciones con Micaela; pero luego el matrimonio había esclarecido aquellas nubes, y el viejo rencor quedó olvidado.
A hora muy avanzada de la noche, Teodoro, el camarero, acercóse corriendo á don Juan Manuel y á don Elías para decirles que don Niceto subía las escaleras del Casino. El juez entró en el salón. Su figurilla esmirriada y mal vestida, su rostro ojeroso y sin afeitar, su pescuezo flaco asomando por un cuello poco limpio y demasiado ancho, expresaban fatiga. Al verle, todos se levantaron, y saliéndole al encuentro le agasajaron con palabras afectuosas y cordiales golpecitos en la espalda. Don Juan Manuel le echó un brazo por el hombro, y le ofreció un lugar á su lado, en el diván. Don Niceto, poseído de su importancia y satisfecho de aquellas demostraciones de simpatía, entornaba los ojos.
—El día de hoy—declaró—no lo olvidaré nunca: ha sido la jornada más terrible, más llena de emociones, de mi carrera.
Ante las preguntas vehementísimas de sus amigos, adoptó una actitud reservada: no podía hablar, no debía hablar; el asunto que iba á ventilarse revestía caracteres de gravedad y trascendencia excepcionales.
—Se trata—añadió—de un antiguo error judicial. Yo, lo confieso, fuí entonces el primer engañado. Nos aguardan sorpresas inauditas, sorpresas terribles, sorpresas de folletín. ¡Ya lo verán ustedes!... De no reducirse todo á la declaración sin sentido de una loca, en el proceso que va á incoarse danzarán varias personas: usted el primero, don Ignacio; y usted también, don Elías...
Con estas palabras, casi amenazadoras, exacerbóse de manera tal la curiosidad de unos y otros, y tan desaforada avalancha de preguntas cayó sobre la exigua y alimonada cabeza de Olmedilla, que éste accedió á descorrer un poquito el velo del misterio.
Aquel medio día, hallándose almorzando, recibió don Niceto una carta suscrita por Rita Paredes, donde ésta manifestaba que, espontáneamente y para aligerar su alma de remordimientos, declarábase responsable única de la muerte de sus tres hijos, y coautores, ella y su hermano, de la de Frasquito Miguel; añadiendo que el móvil de este crimen fué el robo, y que la maza con que asesinaron al señor Frasquito había sido enterrada en el patio de la llamada «casa del chopo».
—Se conoce—prosiguió el juez—que Rita escribió su carta en un rapto de fiebre ó de sonambulismo, y luego, sin darse cuenta, fue á echarla á Correos, donde esta mañana temprano, según he oído decir, varios vecinos la encontraron alelada y casi encueros. Tan pronto recibí esa carta que, por sus terribles acusaciones, más que obra de un vivo parece dictada por el espíritu vengativo de un muerto, me personé, acompañado de mi secretario y de dos números de la Guardia civil, en casa de los Paredes, y á quemarropa, para estimar mejor el efecto de mis palabras, les notifiqué su detención. La impresión que en uno y otro hermano causó la noticia, corroboró plenamente la sospecha que la misiva reveladora, apenas la leí, me produjo. Evidentemente me hallaba sobre la pista de un crimen. Al recibir mi orden, Rita, que en aquel momento salía de la trastienda, no mudó de color; parecía aguardarme y bajó los párpados resignadamente. Toribio, en cambio, se quedó lívido, con una lividez tal, que desvaneció en la blancura del rostro la línea de los labios. Esto, tratándose de un trujamán tan valentón y experimentado como él, significa mucho. ¡Si le hubiesen ustedes visto!... Se le afiló la nariz, se le hundieron los ojos; hízose penosa su respiración; no podía echar el habla del cuerpo. Adelantándome á la posibilidad de que, transcurrido el primer momento de pánico, sus nervios tuviesen una reacción furiosa, mandé que le atasen las manos. No opuso resistencia, y su mansedumbre constituye, á mi juicio, un nuevo indicio de culpabilidad. Mientras le amarraban, murmuró:
«¿Por qué me prenden? Yo no he hecho daño á nadie».
Le atajé:
«Si es usted ó no responsable de algo malo, lo sabremos más tarde. Yo, por el momento, cumplo un deber deteniéndole á usted.»
Rita se limitó á decir:
«¿Y mi hijo?... ¿Qué será de él?...»
Como comprenderán ustedes, su pregunta es muy elocuente, pues descubre la seguridad que Rita Paredes tiene de no ver á su hijo nunca más. Esa interrogación envuelve un adiós, una despedida.
Yo la contesté:
«No la inquiete la suerte del niño. Yo me encargo de él. Deogracias permanecerá en mi casa todo el tiempo preciso.»
Enternecida me alargó una mano, que, como es natural, rehusé. Entonces murmuró:
«Gracias, don Niceto; muchas gracias. Ya no tengo miedo.»
Olmedilla apuró su café, que se había quedado frío. Después, engreído, apersonado, enigmático, se puso de pie; era el protagonista, el dueño, casi omnímodo, del drama policíaco que iba á desarrollarse. Con la importancia que tan extraordinaria situación le confería, su alfeñicada figurilla parecía más noble y más alta.
Don Juan Manuel intentó dirigirle una nueva pregunta, pero antes de que la primera palabra subiese á sus labios, don Niceto le atajó con un ademán. Había recobrado su aspecto impenetrable, severo, casi hostil, de hombre en quien la sociedad resignó la administración de los castigos.
—No pretendan ustedes saber más—dijo—; sería inútil. Todas las habitaciones del domicilio de los Paredes han quedado cerradas y selladas. Mañana tomaré minuciosa declaración á los detenidos y seguidamente comenzaré á instruir las diligencias preliminares. Luego... ¡ya veremos qué resulta!...
Dicho esto saludó y se fué, orondo, inquieto y ufano á la vez, como un autor en vísperas de un gran estreno.
Don Elías, don Juan Manuel, don Artemio y don Ignacio, prolongaron su tertulia hasta muy tarde. En resumen, hallábanse tan descaminados y á oscuras como antes. La inverosímil confesión de la mujerona no echaba sobre el misterio luz ninguna. ¿Cómo Rita, que, mal ó bien, á través de sus años de miseria siempre cuidó de sus hijos, hubiera querido, precisamente cuando sus negocios marchaban mejor, desembarazarse de ellos? Lo que no hizo de moza perdida, ¿iba á hacerlo en los umbrales de una vejez laboriosa y honesta? Y, sobre todo, ¿dónde estaba la causa razonada, el motivo lógico, de tan abominable crimen?... En cuanto á que el señor Frasquito muriese de un mazazo en la cabeza, ¿quién admitiría semejante patraña? ¿No se comprobó entonces que el pañero falleció de la coz que le dió una mula? Don Elías, don Ignacio Martínez y los dos médicos titulares que reconocieron el cadáver, ¿no vieron en éste dibujada claramente la herradura del animal?...
Discutidos estos extremos, convinieron todos en que la carta de Rita Paredes era, sencillamente, la obra de una perturbada, y de consiguiente que don Niceto, poniendo bajo hierros á los hermanos Paredes sin más razones ni otros indicios que los apuntados, había procedido con notoria y punible ligereza.
Rozados en su vanidad profesional, Fernández Parreño y don Ignacio Martínez afirmaban que el dictamen por ellos suscrito respecto al accidente que privó de vida al señor Frasquito, era rigurosamente cierto. De lo que examinaron y juzgaron por sus propios ojos, no podían dudar. Don Ignacio recordaba la forma, dimensiones y aspecto de la herida, como si acabase de verla. A don Elías sucedíale lo mismo. Para mayor demostración, ambos estaban seguros de que en la señal que sobre la frente de la víctima dejó la herradura, faltaba la huella de un clavo.
—Aquel, precisamente—añadió Martínez—que faltaba en la pata derecha del animal.
Las razones aportadas por el veterinario y el médico, resplandecían incontrovertibles; don Juan Manuel y don Artemio lo reconocieron y demostraban su asentimiento con leales movimientos de cabeza y de párpados.
—Pues si la historia del asesinato de Frasquito Miguel es mentira—exclamó don Elías—, ¿por qué no sería mentira también el asesinato de los niños en el túnel?... Yo pienso, señores, que nuestro amigo don Niceto se ha puesto en ridículo. El prurito de figurar, el deseo de que los diarios de Salamanca hablen de él, le llevan demasiado lejos. Rita Paredes es una loca; una pobre loca cuya manía consiste en creerse criminal, como otras se dicen reinas ó actrices ó millonarias. Y, si no... ¡al tiempo!...
—Estamos de acuerdo—interrumpió Martínez—; don Niceto quiere lucirse y se precipita: «aun no ensillamos y ya cabalgamos». De ahí nace su ofuscación.
Este criterio mantenido por los prohombres del Casino fué, durante la mañana del día siguiente, el de todo el vecindario, y tantos detalles aportaban unos y otros en favor de los Paredes, que hasta el mismo don Valentín, que asistía á las discusiones de sus clientes, llegó á temer que Niceto, mareado por repentinas ansias de notoriedad, hubiese cometido una gravísima equivocación.
Así la sorpresa de todos fué mayor cuando, á la sobretarde, corrió la noticia de que Rita Paredes había ratificado y ampliado ante el juez las declaraciones de su carta, añadiendo pormenores que no daban lugar á vacilación ninguna; y, finalmente, que el Juzgado se presentó en la «casa del chopo», habitada á la sazón por unos trajinantes riojanos, y que en el patio, y en el lugar mismo señalado por Rita, había aparecido una maza, como de tres palmos de longitud, cuya parte más voluminosa conservaba la señal evidente de un herradura.
El vecindario tornó á estremecerse; el alma sencilla y violenta de las muchedumbres, se enardecía, vibraba de emoción, temblaba de cólera. Cada sexo dirigía su odio contra uno de los asesinos: los hombres aborrecían á Toribio; las mujeres á Rita. Ahora todos se explicaban el rápido encumbramiento de los dos hermanos: su bazar de la calle Larga, era fruto de un crimen; las telas, los juguetes, que allí vendían, destilaban sangre. Evidentemente Toribio era un miserable, digno de la horca; pero Rita le aventajaba en perfidia. ¡Matar así, en su propio lecho y á mansalva, al hombre con quien había vivido tantos años, y asesinar luego á los hijos de sus entrañas tirándoles, en racimo, bajo las ruedas de un tren!... ¿Es posible que haya madres capaces de dar lecciones de ferocidad á las hienas?...
Poseída de belicosa excitación, la gente preguntaba:
—¿Y Toribio? ¿Qué dice Toribio?... ¿Ha confesado algo?...
Estas interrogaciones iban y venían desde el Casino á la Fonda del Toro Blanco, y desde allí al Café de la Coja. En la botica, en el taller de don Ignacio, en la Estación, nadie hablaba de otro asunto. Delante de los comercios de la calle Larga, no bien se reunían tres personas, la obsesionadora y terrible actualidad renacía. Según las últimas referencias, el buhonero no había declarado nada; á las palabras de don Niceto opuso un inquebrantable silencio; pero, según decían, terminado el interrogatorio hubieron de esposarle porque, en un acceso de furiosa locura, intentó degollarse con un cristal.
Estas noticias, más que sabidas, adivinadas, venteadas por el instinto de la multitud, exasperaban la atención general. A prima noche, los comentarios que revolaban de corrillo en tertulia desde los paradores y tabernas de la Glorieta del Parque á las casucas de la Puerta del Acoso, arreciaron al extremo de revestir formas hostiles. Una veintena de mujeres y hombres se habían congregado delante de Correos y miraban hacia el bazar de los Paredes. Aquel grupo exaltado rumiaba una venganza.
De pronto, una voz turbia y gangosa, la voz del tonto Ramitas, gritó:
—¡Vamos á quemar la casa!...
Instantáneamente todos se aprestaron á cumplir aquella iniciativa. De un zaguán sacaron un jergón, que varias mujeres rociaron de petróleo. Segundos después aquel montón de paja ardía, y sus llamas, disciplinadas por el viento, iluminaron trágicamente la calle oscura. Lampazos infernales de oro y púrpura corrieron por las fachadas de los edificios. La multitud gesticulaba, rugía, satisfecha de su obra. El escándalo se convertía en motín. Las puertas de la tienda empezaron á arder. Entonces varios empleados de Correos acudieron resueltos á conjurar el daño. Entre ellos y los incendiarios hubo una corta y sañuda rebatiña, insultos, golpes; al cabo, la oportuna intervención de dos guardias, que llegaban sable en mano, dispersó á los revoltosos. El fuego quedó extinguido. Luego los alborotadores, siguiendo rumbos diferentes, tornaron á reunirse delante de la cárcel, contra cuyas ventanas arrojaron muchas piedras. Las mujeres prorrumpían en gritos ensordecedores de amenaza. La indignación popular no cedía, y en tan críticos momentos los muros de la prisión fueron para los dos acusados, más que castigo, garantía y defensa. Finalmente, el cansancio de todos, antes que las frases sincretistas de don Isidro, el alcalde, devolvió al vecindario su sosiego. Hasta los menos razonables se apaciguaron. Renació el silencio. Aquella noche, en la muda tiniebla de la calle Larga, el frontis del comercio «Paredes, Hermanos», horriblemente chamuscado por el incendio, tenía una expresión de cosa abandonada, trágica y maldita.
El proceso que el Juzgado de Puertopomares había empezado á incoar para esclarecer la muerte de Frasquito Miguel y la de sus hijos, duró cinco ó seis semanas, durante las cuales el vecindario conoció una vida de emoción completamente nueva para él. Iban los ánimos de sorpresa en sorpresa, y tanto menudearon los sobresaltos, que determinaron en la multitud una nerviosidad enfermiza. A esta exaltación contribuían los diarios salmantinos, que, bajo el epígrafe «El crimen de Puertopomares», insertaban informaciones prolijas del suceso. El escándalo rebasó los límites modestos de la provincia y llegó á Madrid; una revista cortesana, de gran circulación, publicó los retratos de los hermanos Paredes y del «digno juez que instruía la causa», lo que dió á éste envidiable importancia. En pocos días don Niceto Olmedilla había adelgazado; su perfil de convaleciente empeoró; parecía más pequeño, más descolorido; las gentes, por burla, empezaban á encontrarle ciertas semejanzas con don Gil; en realidad, el pobre hombre, tanto por pundonor profesional como por vanidad y ansias de exhibición, había trabajado mucho.
El proceso, merced á las rotundas explicaciones de Rita, derivaba derechamente hacia el final. La mujerona acusaba sin miramientos, y su palabra era hilo de oro, rayo admirable de luz á través de las tinieblas que, sobre la prudencia de los culpables, fueron acumulando el tiempo y el olvido. Vencido, trastornado, por las declaraciones de su hermana, Toribio confesó también. En el momento de hacerlo, su semblante se descompuso cual si la fiera lucha que se libraba en su interior le destrozase el pecho. Para tranquilizarle le ofrecieron un vaso de agua con coñac, que el miserable bebió con avidez. Don Niceto, paternal y severo, le decía:
—Hable usted, Toribio; es lo mejor. La Justicia, el día de la sentencia, teniendo presente la franqueza de usted, le será más benigna.
Estas palabras, de firmeza y dulzura, fueron muy comentadas luego y nimbaron la figura de don Niceto de prestigio. El buhonero, al fin, engañado ó abúlico, habló, y sus declaraciones añadieron á la escena del asesinato nuevas y espantosas sombras. Aclarado este punto, procedióse á la exhumación del cadáver del señor Frasquito, pero el examen pericial no dió resultado, por hallarse aquel en completo estado de descomposición. Don Elías, don Ignacio, don Isidro Peinado y otras muchas personas, fueron llamadas á declarar, y sobre las mesas del Juzgado las resmas de papel de oficio iban amontonándose. Agobiado por tan ruda labor, don Niceto ni tenía ganas de comer ni dormía á derechas. Empero su actividad no declinaba. Resuelto á sujetar bien todos los cabos de la maraña, envió un exhorto á la Audiencia de La Coruña pidiendo la detención de Vicente López, y éste fué preso. Ello aportó al escándalo un inesperado interés, y la figura de aquel hombre, autor moral quizás del asesinato de los hijos de Rita, echó sobre la desalmada madre mayores tinieblas.
La vista de la causa debía celebrarse meses después en Salamanca, y allí, de consiguiente, era indispensable trasladar á los Paredes. Su conducción, desde la cárcel de Puertopomares á la Estación del ferrocarril, ofrecía serias dificultades, porque el vecindario seguramente intentaría agredirles. Comprendiéndolo así don Niceto y no disponiendo de las fuerzas necesarias para domeñar un conflicto de orden público, pidió á sus compañeros los jueces de Campanario, Cantagallos, Torres de la Encina y La Olla, le enviasen toda la Guardia civil que tuvieran, y de este modo, entre individuos de «la benemérita» y municipales, formó un pelotón de quince hombres.
Los presos debían ser sacados de la cárcel al filo de la media noche y con todo sigilo; mas no faltó quien lo supiese, y la noticia, volando eléctricamente de unos en otros, puso en belicosa conmoción al vecindario. A la hora señalada, por todas partes un extraño y amenazador murmullo de pasos, rompió el silencio. Misteriosamente las ventanas se iluminaban; una especie de temblor estremecía las casas: era que sus habitantes, informados de lo que iba á suceder, dejaban el lecho para vestirse y salir. Las puertas se abrían con chirriar impaciente de cerraduras, y en el rectángulo negro de los zaguanes aparecían hombres provistos de garrotes y embozados en mantas. Pocos minutos bastaron para que más de doscientas personas se congregasen ante la plazoleta, pedregosa y herbada como un solar, que enfrontaba la cárcel, cuya puerta custodiaban dos guardias civiles: sus tricornios charolados, el correaje amarillo de su armamento y los cañones de sus mausers, lucían marciales en la oscuridad.
Al fondo de la plazuela la muchedumbre se arremolinaba y el murmullo de los diálogos se convertía en rugido. Algunas piedras, disparadas al azar, chocaron contra el frontis de la cárcel. Estos preludios de batalla enardecieron los ánimos. Voces varoniles, voces de gesta, gritaban:
—¡Hay que arrastrarles! ¡No tenemos vergüenza si les dejamos salir vivos de aquí!...
Y las pedradas volvían á sonar, ahora una, luego otra, como granizos escapados de una tempestad en formación.
Intimidado por la desafiadora actitud del pueblo, don Niceto mandó recado á su hermano Valentín de que le enviase el coche. Era una vieja tartanilla, con ventanas de bulliciosos cristales y muelles lastimeros, que dos caballejos, uno rucio y otro blanco, arrastraban. Al ver llegar el vehículo la irritación de la multitud aumentó. Los manifestantes silbaban y arrojaban piedras. Un nutrido grupo de mujeres, entre las que iba el tonto Ramitas, se puso al frente de los amotinados: casi todas eran vecinas de la Puerta del Acoso, hembras de armas tomar, familiarizadas con la sucia historia de «la casa del chopo». Sus pelambreras hirsutas, sus bocas improperadoras, sus brazos nervudos hechos á pelear con la tierra, agitándose furibundos, imponían miedo. Todas, á coro, voceaban:
—¡Que no se escapen! ¡Desenganchar los caballos!...
Avanzaban provocativas, seguras de que los mausers no harían fuego contra ellas. Animados por su ejemplo los hombres las siguieron.
En aquel instante la puerta de la cárcel se abrió y surgió don Niceto seguido de varios guardias civiles. A la luz débil de los faroles, la figura minúscula y asustada del juez parecía una mancha amarilla. Luego, entre bayonetas, salieron Rita y Toribio Paredes. La muchedumbre, á quien la presencia del juez durante segundos impuso respeto, reconoció á los criminales. La furia volvió á los corazones. En los espíritus las ideas de justicia y venganza se confundían. Las mujeres se desgañitaban:
—¡Mueran los asesinos!... ¡Mueran los asesinos!...
Llovieron las piedras y un guardia, herido en la cara, vaciló y fué retirado á la enfermería.
—¡Mueran los asesinos!—repetía la turba ganando terreno.
Los hermanos Paredes subieron al coche y tras ellos don Niceto Olmedilla, medroso, pero esclavo de su deber, y dos municipales. Los caballos partieron al paso. Alrededor del vehículo, firmes, estoicos, con ganas de tirar sobre el populacho, los guardias avanzaron. A intervalos, desde el pescante, Fermín, el mayoral, arengaba á los amotinados:
—¡Animales, no tiréis!... ¿No veis que vamos aquí nosotros y no tenemos culpa de nada?...
En pocos instantes los cristales de la tartana quedaron hechos añicos, y heridos, aunque ligeramente, las cinco personas que iban en ella. Rita lloraba; su hermano, callado, lívido, sin mover ni siquiera los párpados, parecía una estatua. En medio de aquel espantoso griterío recorrió el convoy toda la calle Larga. Fermín, que tenía magullado el cuerpo á pedradas, optó por ovillarse en el suelo del pescante; los guardias, perdida la paciencia, se defendían á culatazos; varios paisanos resultaron contusos. Al pasar por delante de la fonda, don Valentín, don Elías, don Juan Manuel, don Artemio, don Isidro, el alcalde y otras personas de significación, salieron valerosamente á la calle, exhortando á las turbas á retirarse, pero viéndose amenazados desistieron de su empeño. Por segundos la furia popular crecía. Algunas mujeres llegaron á querer detener el coche agarrándose á las ruedas. Un vecino de la calle del Sacramento trató de asestarle á Toribio una cuchillada en la espalda.
Cuando los fugitivos llegaron á la Glorieta del Parque Fermín fustigó vigorosamente á los caballos, que partieron al galope, mientras los guardias, desplegados en ala, resistían el choque de los acosadores. En la refriega, sostenida cuerpo á cuerpo, uno de los guardias recibió un navajazo en el vientre. Sus compañeros entonces, á quemarropa, hicieron fuego, y dos paisanos se desplomaron moribundos. A la desbandada las turbas huyeron.
De este modo, dejando tras sí un reguero de sangre, salieron los hermanos Paredes de Puertomares.