XXVIII

Consumada su venganza, don Gil, que vivía completamente ajeno á las peripecias de su vida nocturna, experimentó un bienestar inesperado. Nunca, desde la muerte del señor Frasquito, había sentido mayor plétora de salud. Dormía nueve horas, tenía ganas de pasear, de ir al Casino y hasta sus labios hubieron una vez un conato ó intento de sonrisa. Era una satisfacción íntima, analéptica, remozadora, que el hombre pequeñito no sabía á qué ocultos motivos referir.

«Estoy contento—solía decirse—; estoy muy contento, y, sin embargo, nada bueno me ha sucedido»...

Durante años, semejante á un escultor, su alma misteriosa había preparado y burilado su venganza. El deseo de castigar el asesinato de su padre, dió perseverancias sobrehumanas á su voluntad: él indujo á Frasquito Miguel á echarse en los brazos de Rita; él dispuso su muerte y la de sus hijos. Del odiado gorgotero no quedaría nada, ni aun la amante, que, según cábalas y previsiones de don Gil, en plazo no lejano rendiría su cabeza al verdugo. Realizado su plan, el brujo cruzóse de brazos, cansado y orondo.

Estas vacaciones proporcionaron á su alma un mayor enardecimiento amoroso, y, sobre todo, efervorizaron temerariamente aquel deseo que le empujaba hacia doña Fabiana. Como hombre que de todos los placeres terrenales sólo apetece uno, don Gil, en sueños, meditaba:

«No me importaría morir si esa mujer fuese mía... siquiera una vez...»

Mas, ¿cómo separarla de su marido? ¿Cómo preparar á su virtud una emboscada cierta?... Esto suponía que la señora de Martínez estuviese dormida y despierto don Ignacio, pues alejados entonces por el abismo que separa la vigilia del sueño, el veterinario no podría socorrer á su esposa. Desgraciadamente para don Gil, doña Fabiana se acostaba siempre después de su marido.

Una noche, alrededor de las diez, Fermín dormitaba en el zaguán de la Fonda del Toro Blanco, sentado en una silla, cuando la voz y la presencia de don Gil le despertaron. El hominicaco, evitando asustarle, le llamaba suavemente:

—Fermín..., Fermín...

Era un bisbiseo leve y blando. Abrió el tartanero los ojos, y reconociendo á su interlocutor, se levantó solícito.

—Mande usted, don Gil...

—Vengo á decirte que luego, á las doce en punto, estés con tu coche delante del portal de don Ignacio.

—Muy bien, don Gil.

—Procura ser exacto.

—¿Es que el señor Martínez va de viaje?

—Lo ignoro. Sólo te encargo que acudas donde digo á la primera campanada de las doce.

—Pierda usted cuidado; y, por lo que después pueda suceder, voy á echarles á los caballos un pienso.

En tanto hablaba, el tartanero miraba con cierto asombro á su interlocutor: parecíale más diminuto, más amarillo, que otras veces; como si fuese la imagen de don Gil y no su persona, en carne mortal, la que tenía delante.

Fuese el enano y Fermín, malhumorado y soñoliento, empezó á renegar de su raída fortuna. Pedro, el cocinero de la fonda, quiso saber el motivo de aquel enojo.

—¡Una friolera!—replicó Fermín—A los pobres todo nos sale del revés. Hoy pensaba acostarme en seguida, porque esta mañana me levanté cuando aun había estrellas, y acaban de decirme que vaya á media noche con la tartana á casa de don Ignacio.

—¿Para qué?

—No sé; me pareció imprudente preguntarlo.

—¿Cuándo te lo han dicho?

—Ahora mismo.

—¿Ahora mismo?... ¿Quién trajo el recado?

—Don Gil.

Pedro se asombró y, sin transición, su pasmo convirtióse en desdén y risa.

—¡Chico!... ¡Tú andas mal de la cabeza! Eso que cuentas lo has soñado. ¡Si hace quince ó veinte minutos que yo estoy ahí, en la puerta, y no he visto á nadie!...

—¿A don Gil Tomás, tampoco?

—Tampoco; no, señor...

Fermín se alzó de hombros:

—¡Déjame de historias! El dormido ó el borracho serás tú. ¿O es que yo no conozco á las personas ni entiendo lo que veo?... Don Gil Tomás ha estado aquí, hablando conmigo...

Incrédulo y alegre, Pedro prorrumpió en carcajadas:

—¡Tú has bebido, Fermín!... ¡Tú estás peneque, Fermín!...

El tartanero, furioso, le volvió la espalda y se marchó rezongando injurias.

XXIX

Hacía rato que el sereno de la calle Larga cantó las once y media. Puertopomares reposaba en el crespón fresco, lleno de enigma, de una noche sin luna. Las pisadas de los trasnochadores resonaban en el silencio limpiamente; sus sombras se alargaban oscilantes bajo la luz de los faroles.

Doña Fabiana que, contra su costumbre, se había acostado temprano, creyó despertar y abrió los ojos. En pie, delante de ella, vió á don Gil. A la hermosa mujer no la extrañó que el hombre pequeñito hubiese penetrado hasta allí y á tales horas. Sin sobresalto, le preguntó:

—¿Ocurre algo, don Gil?...

—Sí, señora; su esposo se halla en mi casa y desea verla á usted.

Presa de repentino pánico, doña Fabiana miró hacia atrás, buscando en la cama á don Ignacio, y no le halló.

—¿Cómo; está enfermo mi marido?...

Don Gil hizo con la cabeza un gesto ambiguo, á la vez que se llevaba un índice á los labios. Sus ojos de color de cobre, sus ojos muertos, fríos, sin expresión, como los de los peces, señalaban hacia la niña.

—¡Chist!... hable usted bajo—musitó—; Antoñita podría despertar.

Doña Fabiana repuso, sollozante:

—Confiéseme usted la verdad, don Gil: ¿está enfermo Ignacio?...

Con la curiosidad de saber adelantó un poco el cuerpo, y los encajes de su camisa de dormir se entreabrieron un instante sobre el opulento tesoro del seno. Las mejillas de don Gil, temblaron.

—Don Ignacio—dijo—está un poco enfermo. Vaya usted á verle cuanto antes. Fermín la llevará á usted en su coche; le avisé hace un rato y está ahí...

Quiso retirarse. Ella se incorporó, bebiéndose las lágrimas:

—Espere usted, don Gil; espere usted; nos iremos juntos.

El hombre pequeñito hizo un ademán negativo, de silencio y misterio.

—No—dijo—no; yo saldré antes.

Y, mirando á la niña:

—No haga usted ruido...

Desapareció fantasmal. Inmediatamente doña Fabiana saltó del lecho, halló á tientas sus zapatillas, arropóse en una bata, se echó por los hombros un mantón y, á oscuras, buscó la salida del dormitorio. Iba ahogándose, como si una mano de gigante la oprimiese el corazón; pero el temor de despertar á Antoñita, la impedía llorar. Rápidamente cruzó el patio y empujó la puerta del taller. Sus pies se hundieron en el estiércol cálido.

En aquel instante don Ignacio, obedeciendo á un presentimiento indefinible, salía de su despacho. Durante varias horas estuvo examinando en sus libros de estudio el tratamiento de una operación que á la mañana siguiente debía realizar. Había trabajado férvidamente, sin que ni su voluntad ni su atención desmayasen un punto; apenas el interés de lo que estudiaba le permitió fumar. Y empero, de pronto, sin motivo, experimentaba un desasosiego íntimo, un deseo invencible de salir fuera de la habitación donde se hallaba. De un salto se levantó y abrió la puerta. La luz encendida sobre la mesa del despacho atravesó la longitud del taller pintando en la suciedad del suelo un rectángulo blanco. Martínez miró á todas partes; olfateaba un peligro. Cuando vió á Fabiana, un calofrío nervioso sacudió su carne. ¿A dónde iba su mujer? Avanzó hacia ella.

—¿Qué buscas aquí?...

Doña Fabiana demostró no reparar en él; sus grandes ojos negros estaban inmóviles; parecían mirar á lo lejos. Comprendió, sin embargo, lo que la preguntaban, y repuso acorde:

—Voy á la calle; que no se despierte la niña...

Entendió don Ignacio que su mujer se hallaba sonámbula, y la habló dulcemente.

—¿Vas á la calle?

—Voy á casa de don Gil.

—¿A casa de don Gil? ¿Para qué?...

—Porque mi marido está allí; está enfermo; don Gil ha venido á decírmelo. ¡Dios mío!... ¡Dios mío!...

Hablaba con don Ignacio sin verle, cual si la voz del albeitar naciera y resonase dentro de ella misma. Su actitud rígida, hierática, era la del éxtasis. Intentó avanzar. Delicadamente Martínez la detuvo por un brazo.

—Tu Ignacio está bueno y sano.

—¡No! ¿Cómo? No es verdad. Está enfermo. Me lo ha dicho don Gil.

—Don Gil no ha podido decirte nada. Tu marido soy yo; estás en tu casa, hablando con él. Mírame, mírame á la cara...

La cogió por la barbilla, procurando que detuviese en él los ojos.

—¡Mírame!...

Aquel contacto, un poco brusco, porque las manos de Martínez hasta cuando acariciaban eran impacientes, comenzó á desvanecer el sonambulismo de doña Fabiana. Su alucinación flaqueaba, perdía color, se desleía en la realidad como en un vaso de agua un pedazo de azúcar. Sin embargo, aun tuvo fuerzas para repetir:

—Don Gil me lo ha dicho... me lo ha dicho...

Don Ignacio agarró á su mujer por los hombros, y sacudiéndola de delante á atrás:

—Despierta, Fabiana, despierta. Estás soñando. ¡Oye!...

—¿Estoy soñando, verdad?

—Sí, sí. ¡Oyeme!...

—¿Verdad?... Estoy soñando...

Su voz adquiría una inflexión alegre de alivio y esperanza. Al cabo, de súbito, sus pupilas adquirieron movilidad; su rostro, hasta entonces impasible, como el de las estatuas, se contrajo, vivió; la emoción arreboló ligeramente el mármol de las mejillas. Miró en torno suyo con espanto: reconoció el local, reconoció á don Ignacio...

—¿Cómo estoy aquí?...

—Venías soñando—repuso Martínez.

Ella respiró mejor y abrazó á su marido. Sentía tranquilizarse la angustia y fatiga de su corazón.

—He tenido una pesadilla horrible—murmuró—; don Gil vino á decirme que te habías puesto enfermo en su casa...

Empezó á temblar. A su nerviosidad se añadía el frío que recogió al cruzar el patio. Sus piernas, sin medias, tiritaban; castañeteaba los dientes; se cruzó de brazos para abrigarse el pecho, mientras sus manos yertas buscaban la tibieza suave de las axilas.

Don Ignacio, diligente y con una emoción donde á la inclinación sexual del marido se mezclaba un afecto casto de padre, arropó á su mujer en la manta que él tenía en su despacho para abrigarse las piernas, y llevándola cogida por el talle y bien apretada contra el calor de su cuerpo, la ayudó á repasar el patio.

Apenas en su dormitorio, doña Fabiana se zambulló en el lecho. No se atrevía á moverse; el contacta frígido de las sábanas la causaba horror.

—Acuéstate—dijo á don Ignacio—; ya es muy tarde.

—Estoy concluyendo de tomar unas notas—repuso él.

—Déjalas para mañana. Ven. Si me quedo sola tengo miedo de que vuelva don Gil.

Don Ignacio, resistía, esclavo de su deber.

—Lo que traigo entre manos no admite espera. Pero no te apures: acabo en seguida; antes de quince minutos...

Para consolarla la palpó por encima de las mantas, y sobre los labios y en las mejillas la dió muchos besos.

Dos aldabonazos resonaron en la puerta de la calle.

—Han llamado—exclamó doña Fabiana palideciendo.

Don Ignacio advirtió su miedo y replicó zumbón:

—¿Si será don Gil?...

Absorta, ella repitió:

—¡Si será don Gil!...

Y hubo en su acento tal misterio que, bien á su pesar, Martínez sintió descender un estremecimiento de terror por su espalda.

—Veamos—dijo recobrándose—quién puede llamar á estas horas.

Sacó del cajón de la mesilla de noche su revólver y salió al patio. Dos veces, sin motivo, miró hacia atrás. Una inquietud supersticiosa le envolvía. Parecíale que á su lado, silenciosamente, como sobre unos pies de terciopelo, caminaba una sombra.

Al abrir la puerta el veterinario se encontró con Fermín. También reconoció el coche, cuyas luces de aceite abrillantaban los secos cuadriles de los caballos. El tartanero se destocó, respetuoso.

—Buenas noches, don Ignacio.

—Hola, Fermín. ¿Qué hay?...

—Nada, don Ignacio; dispense usted si llamándole le he molestado...

—No, hombre.

—Pero, yo me dije: «No sea que don Ignacio no me haya sentido llegar». ¡Pues, desde las doce estoy aquí!...

—No... no te había oído—repuso Martínez con aire maquinal.

—Pues... ¡no tenga usted prisa! Acabe usted lo que esté haciendo con todo sosiego; yo aquí le aguardo.

Don Ignacio no comprendía.

—¿Pero, tú qué buscas?... ¿Tú qué necesitas ó qué quieres?...

Estas preguntas, formuladas con cierta destemplanza colérica, llenaron de estupefacción el semblante carrilludo y cetrino de Fermín.

—¡Yo no quiero ni busco nada, don Ignacio!...

—¿Entonces, qué?... ¿A qué has venido?

—Yo he venido cumpliendo el recado que me dieron.

—¿Un recado? ¿Te han dado á ti un recado?

—Sí, señor.

—¿De parte de quién? ¡Que me maten si entiendo!

—¡Qué gracia! ¡De parte de usted!...

—¡De parte mía!...

Don Ignacio sintió en todo su cuerpo un frío intenso, sutil, que llegaba á sus huesos y él atribuyó á la corriente de aire establecida entre la calle y el patio. Para guardarse de ella salió á la acera, cerrando tras sí la puerta. En las palabras del tartanero Martínez empezaba á vislumbrar un misterio inexplicable, una sombra bruja.

—Dí, Fermín: ¿cuándo te llevaron ese recado?

—Poco después de las diez. Estaba yo en el portal de la Fonda, sentado así, en semejante posición, el respaldo de la silla apoyado contra la pared. Por más señas, que acababa de quedarme dormido, cuando apareció don Gil Tomás y me dijo: «Fermín: vengo á decirte que luego, á las doce en punto, estés con el coche en casa de don Ignacio».

Al oir el nombre del enano, Martínez se desemblantó y turbó hasta la lividez. Fermín lo advirtió.

—Pero, ¿no es verdad?

—No, no es verdad—repitió Martínez—; yo no he visto á don Gil.

De pronto, rehaciéndose, porque su animosa voluntad se doblegaba trabajosamente al miedo:

—Pero, ¿tú has hablado con don Gil?

—Sí, señor.

—¿Tú estás seguro de haber hablado con él?

—Sí, señor... ¡ya lo creo!... Tan cierto estoy de eso como de que tengo que morir. Es más: yo le pregunté, un tanto extrañado del aviso: «¿Es que el señor Martínez va de viaje?...» A lo que respondió: «No sé; pero procura acudir puntualmente adonde te he dicho»...

Fermín se dió una palmada en la frente; acababa de recordar las palabras de Pedro.

—¿Lo habré soñado?—exclamó.

Refirió la escena detalladamente y cómo después que don Gil Tomás se hubo marchado, al lamentarse él de tener que enganchar los caballos, Pedro, el cocinero, empezó á embromarle, asegurándole que aquello eran invenciones suyas, puesto que el hombre pequeñito no había estado allí.

—¿Si lo habré soñado?—repetía Fermín—; diga usted, don Ignacio, ¿seré yo sonámbulo? Porque es muy extraño que, hallándome dormido y Pedro despierto, y muy cerca el uno del otro, yo viese á don Gil y mi compañero no le viese. ¿Habrá escondido en alguna brujería?...

El veterinario no contestó. Fermín se signó cristianamente y prosiguió hablando, porque esto le aliviaba de su emoción. Don Ignacio pensaba:

«El hecho de que este mastuerzo haya soñado con don Gil, y de que la intensidad de la alucinación haya determinado en él una crisis de sonambulismo, no me extraña. Pero, ¿y Fabiana? ¿Cómo Fabiana ha soñado también con él?...»

A este pensamiento sucedió otro:

«Evidentemente hay una relación entre ambos sueños: el de Fermín casi explica el de Fabiana; diríase que se trata de un rapto. ¿Estará don Gil enamorado de mi mujer?...»

Preguntó:

—¿Y no te dijo don Gil á dónde habías de ir después?

—No, señor; y si me lo dijo... ¡no lo recuerdo!

Continuó devanándose los sesos por explicarse la ocurrido, hasta que don Ignacio, con el pensamiento de que su mujer estaba aguardándole, le interrumpió:

—Bueno, Fermín: no caviles más en eso porque vas á perder el juicio. Todo ha sido un sueño. ¡Ea, hasta mañana!...

Fermín saludó:

—Será como usted dice, don Ignacio: lo habré soñado. Buenas noches... y dispensar...

Subió al pescante, requirió las riendas y la tartana, oscilando sobre el pavimento desigual, se alejó lentamente. Una estela de silencio quedaba tras ella.

Don Ignacio entró en su casa y cerró la puerta. Tenía frío. Miró á su alrededor. La lámpara del despacho recortaba en el suelo un largo rectángulo luminoso; sobre los muros renegridos las herraduras, puestas en ordenadas ringleras, brillaban como cráneos. Martínez volvió á preguntarse:

«¿Cómo ha venido el coche? ¿Por qué Fabiana quería marcharse?... ¿Qué misterio se esconde en todo esto?...»

Sobre sus mejillas, curtidas por el sol, sus barbas mal afeitadas se erizaron. No veía á nadie y estaba cierto, sin embargo, de no hallarse solo. Tembló. Fue aquella la primera vez que don Ignacio, recio de músculos y arrebatado de corazón, sintió el miedo.

XXX

Las últimas semanas de aquel invierno iban desfalleciendo apacibles en la misma suave sinfonía, glauca y oro, del paisaje y del sol. La temperatura era agradable. A intervalos cerrábase el horizonte y caía una grupada que mojando los edificios los oscurecía, lavaba las calles pendientes y gorgoteaba risueña en los alcorques; pero, luego, el cielo parecía más límpido y más alto, y mayor la luz. En los árboles, desnudos aún, la mirada zahorí de los agricultores atisbaba, sin embargo, indicios de una pronta resurrección; en los troncos advertíanse manchitas verdes, diminutas como lunares, que con la bonanza del tiempo se convertirían en sarpullos, y el color negro de las ramas escuetas era menos rotundo. Los montes, quemados por la escarcha, ofrecían en sus laderas grandes extensiones desprovistas de tierra vegetal, que de noche blanqueaban espectrales como osamentas. En la sierra y en el valle, á falta de otros colores más blandos y alegres, el paisaje se cubría de tonos violentos. En las torrenteras, lo que no era piedra simulaba metal; al lado del cobre, el basalto; junto al brochazo caliente del ocre, el negro rebruñido del azabache; sobre un estrato de plata, uno de plomo, y luego otro, profundo, tenebroso, como una veta de carbón, y más arriba preduzcos enormes vestidos de cinabrio; todas las muecas, en fin, del mundo inorgánico, toda la policromía adusta, llena de severa aridez, de la química mineral, toda la gama multicolor de los sulfuros y de los sulfatos, del granito y del plomo, del cuarzo y del yeso, del feldespato y de la arcilla. Y sobre aquel panorama, cuyo acorde predominante ó fundamental eran el negro, el berilo y el añil muy oscuro, la crestería cana de la sierra; y encima el espacio azul, de un azul pálido, frío, triste, como un convaleciente...

En toda aquella época del año, desde primeros de Noviembre á mediados de Marzo, la voz del Malamula parecía más fuerte, y el paisaje cobraba resonancias poderosas. Desprovisto de herbazales el valle, sin frondosidad el bosque, muertos los matorrales bajo el abrazo de la escarcha, limpios los gollizos y los tajos serrinos de plantas rampantes, de líquenes y hasta de musgo, el silbido de los trenes y las voces de la tempestad, no hallando blanduras sobre que apagarse desmayadamente y como entre terciopelos, repercutían mejor. Era la sonoridad de una casa de donde se hubiesen llevado las cortinas y las alfombras.

Los rigores atmosféricos fomentaban la vida del Casino. Todo, dentro de sus paredes, seguía igual. El tiempo, el terrible anarquizante que á las almas, como á los edificios, lleva siempre principios de disgregación, olvido y renovamiento, cambiando allí de táctica, sirvió de argamasa, y con ungüento de rutina, más coercitivo que el cemento romano, aseguró la marcha de aquel sedentario organismo. Teodoro, tras un noviazgo de veinte años, casó con Dominga, la sobrina de don Valentín; pero como sus economías no le bastaban á establecerse, seguía desempeñando sus funciones de camarero con aquella discreción que estereotipó en su semblante triste y flaco—semblante de dispéptico—una sonrisa servicial. Entre los parroquianos más antiguos notábanse algunas deserciones. Ejemplos: Romualdo Pérez, cuyo humor parecía haberse anubarrado con las cargas matrimoniales, y sólo iba al Casino los domingos y fiestas de guardar; y Luis Olmedilla, que corregido de sus libertinas mañas y formalmente enamorado de Anita Fernández Parreño, apenas salía á la calle de noche. También su hermano don Niceto, el juez, y don Pepe Erato, valetudinario y amenazado de parálisis, observaban vida muy apartada.

En cambio, la tertulia de don Juan Manuel Rubio, don Elías, don Isidro Peinado, el ferretero de la calle Larga, don Ignacio Martínez y don Artemio, continuaba inmutable. A ella habíanse agregado otros elementos: tales don Dimas Narro, médico joven y de mérito, que en breve tiempo supo ganarse una clientela; y don Belisario López, el dueño de la imprenta. Pero estas voluntades, advenedizas ó forasteras, no aportaron al espíritu arcaico de la reunión ninguna ráfaga pinturera ó extravagante. Todos hablaban de lo mismo. Eran siempre los hechos cotidianos y vulgares, explicados de igual manera y con idénticas palabras triviales. Por obra de la desocupación y del fastidio, lo más baladí se glosaba hasta la saciedad y era durante días motivo de conversación.

La vejez que las ruinas del viejo castillo infundió á los edificios, trascendió á los caracteres. En aquel ambiente inmóvil todo era ruin y oscuro; todo rimaba: la avaricia de don Artemio y los crímenes de Rita, el misoginismo de los hombres y las orgías de don Gil, la idiotez de Ramitas y la chismorrería, pobreza y falta de aseo, de la comunidad. El alma de Puertopomares era llana, supersticiosa, triste; alma de Castilla, sin ecos ni colores.

Unicamente los jueves, días de mercado, traían al Casino cierto regocijo. El resultado de las transacciones realizadas por la mañana, bajo los árboles de la Glorieta del Parque, se apreciaba allí perfectamente.

El dinero estimulaba la codicia de todos. Los jueves, por la noche, la raqueta del banquero sonaba más.

A don Juan Manuel y á don Elías les gustaba jugar, especialmente al primero, de quien se decía que en el Casino de Madrid llegó á perder cincuenta mil pesetas de una asentada. Era un jugador elegante, lleno siempre de buen humor, al que las zancadillas de la mala fortuna no entristecían. Don Artemio también solía arriesgar algún dinerillo al vaivén cauteloso de los naipes; la maravillosa mesa verde le fascinaba y producíale cosquilleos recónditos; su circulación se aceleraba; pero como era muy avaro, jugaba poco. Sus ganancias, como sus pérdidas, nunca excedieron de un duro. Todo lo contrario de don Ignacio Martínez. El albeitar era un jugador tempestuoso: si ganaba, como si perdía, doblaba las posturas; en ambos casos su codicia y su violento carácter se desataban. El banquero le miraba siempre con recelo: don Ignacio, anchicorto, rollizo y resoplante, le hostilizaba con miradas, con gruñidos, con los crugidos de la silla que ocupaba y donde se rebullía como si le pinchasen alfileres. Fuésele la suerte propicia ó adversa, el señor Martínez simbolizaba el descontento, el desasosiego, la rebelión.

Aquella noche, después de jugar un rato, la mayoría del público regresó al salón del tresillo. A cada momento la puertecilla, disimulada tras un espejo, del «cuarto verde», se abría y aparecían más socios. Displicentes ocupaban las mesas. Sonaban palmadas. Teodoro corría solícito, de un lado á otro.

Don Juan Manuel Rubio examinó su cartera: había perdido cien pesetas.

—De las cuales—contestó don Elías—han llegado á mis manos la mitad, justamente. He ganado diez duros.

Don Artemio Morón no había cobrado ni perdido, y estaba contento. Con lo que se divirtió tenía bastante. Don Isidro y don Dimas también perdieron, en su refriega con la suerte, algunos reales.

—Entonces—exclamó don Elías liberalmente—invito á ustedes. El dinero del juego es alegre. Llamen á Teodoro y pidan lo que gusten.

El diálogo recayó sobre las operaciones realizadas aquel día en el mercado. La arroba de carne de cerdo se había vendido á setenta reales, y á veinte pesetas la de vaca. Hubo vaca de veinticinco arrobas, y marranos de doce. Don Juan Manuel hacía signos de asentimiento; él tenía en «La Evarista» varios cerdos que seguramente pesaban bastante más; lo lamentable era la epidemia de erisipela, ó mal rojo, que aquel año afligía á los puercos.

—A don Ignacio le he hablado de esto diferentes veces, y no hace caso. No sé qué le sucede; ¿no le encuentran ustedes distraído?...

—Pues, en su negocio—repuso don Isidro—, no debe de irle mal. Tiene todo el trabajo que quiere.

—Yo creo que bebe—insinuó malévolamente don Artemio, bajando la voz.

Todos callaron y miraron hacia la sala de juego, de donde en aquel instante salía Martínez. Don Ignacio, el paso firme, se acercó á la tertulia y cogiendo una silla dejóse caer en ella con ímpetu. Su semblante moreno, ancho y peludo, y sus ojos negros, más enardecidos que nunca bajo la fosquedad de las cejas, rebosaban despecho. Había perdido cuarenta y dos pesetas. A última hora necesitaba un cuatro de bastos para desquitarse, y el banquero tiró una sota...

—¡De bonísima gana—exclamó—le hubiese dado un puñetazo en la cabeza!... ¡Así!...

Y su brazo corto y musculoso se encogía, se estiraba, describiendo la trayectoria del golpe.

Las crisis de mal humor del veterinario producían en don Juan Manuel reacciones placenteras; lo que en don Ignacio era cólera, minutos después en el diputado se hacía risa. Aquellos dos caracteres, igualmente fuertes, se equilibraban: la hilaridad del uno daba la medida de la furia del otro; si éste se deprimía aquél se exaltaba, y de su constante oposición derivábase una atmósfera espiritual muy grata.

El señor Martínez aquella noche estaba de malísimo temple porque el forjador de su taller se le había marchado á Salamanca, y no tenía con quién reemplazarle. Era un buen obrero, voluntarioso para el trabajo y de pocas palabras.

—Por lo mismo—agregó—, cuando esta mañana, de repente, me dijo que se iba, no sé cómo no le di con el martillo.

Los circunstantes permanecieron serios; se colocaban en el lugar del señor Martínez y comprendían su contrariedad, y el perjuicio que aquel accidente le irrogaba. Únicamente don Juan Manuel se echó á reir.

—¡Este don Ignacio tiene para todos los males la misma receta! Que está jugando y el banquero le tira una sota... ¡Puñetazo al banquero! Que se le va un empleado y no tiene con quién sustituirle... ¡Puñetazo al empleado! ¿Pero usted cree que las voluntades se arreglan á golpes, como las herraduras? «A caballo corredor, cabestro corto», amigo Martínez.

—En muchos casos, sí, señor.

—Pero en otros muchos casos, no, señor; y en todos es preferible pecar de tímido que de bárbaro. «Burrilla mansa, á su madre y á la ajena mama»... ¡Y no me guarde rencor porque cite refranes de los que á usted le gustan!...

Chancero y buen conversador, el diputado, amigo siempre, como un filósofo epicúreo, de la moza temprana y del vino añejo, sustentaba afirmaciones que, si no convencer, al menos suspendían y regocijaban amenamente á la reunión. Don Juan Manuel, que probaba su fino ingenio dialéctico cultivando la paradoja, era bueno y alegre porque sabía perdonar, y perdonaba fácilmente porque todo le parecía bien. Había una lógica fuerte, una perfecta unisonancia, entre su modo de expresarse y su historia; sus palabras y sus acciones iban paralelamente; el optimismo fragante de su corazón perfumaba su discurso, y recíprocamente, su lógica daba á sus costumbres aplomo simpático. Alto, grueso, carirredondo, los ojos saltones y brillantes, los labios fáciles á la dicacidad y á la risa, todo armonizaba en él; el dichete agudo, lo subrayaba la línea oronda del abdomen.

En las discusiones que emprendía contra todos, don Juan Manuel, solterón y sin hijos, representaba la extrema izquierda: la inconstancia, el olvido, la indulgencia frívola, el perdón hacia cuanto siempre se creyó imperdonable.

—Creemos—decía—que en moral hemos llegado á la perfección, que son inamovibles los fundamentos que dimos á las nociones de «deber» y «bondad», y reconocemos, sin embargo, que la historia, la arqueología, la medicina, la biología, la mecánica y la estadística, continúan progresando. ¿No existe entre ambas afirmaciones contradicción?... Yo creo que sí; pues si la moral constituye el cogollo ó sumidad del humano saber, y, por lo mismo, la síntesis, resultado ó abreviatura de todas las ciencias, mientras éstas no lleguen á los límites, lejanos todavía, de lo cognoscible, la última palabra de la ética no podrá ser escrita. Nosotros no sabemos aún, definitivamente, dónde está la virtud. La humanidad evoluciona, investiga, se renueva y su inquietud, de día en día, abre nuevos cauces. Lo que aplaudimos hoy, acaso nos indigne mañana. La moral no vive sola, la moral no se inventa, sino que paulatinamente va formándose en los talleres, en las fábricas, en los laboratorios, según las necesidades materiales y el nivel cultural de cada época. La aparición de un fósil desconocido, el descubrimiento de una fibrilla nerviosa, influyen en ella. La ética, señores, es el aroma de muchas rosas enormes que aun están abriéndose...

Don Juan Manuel Rubio, que allá, en Madrid, bajo la rotonda ecoica del Parlamento, raras veces se atrevía á hablar, entre un grupo de amigos era un terrible polemista. A don Ignacio le indignaban tanta palabrería, tanto argumento desorbitado y capcioso.

—De modo—replicaba el veterinario, que, para discutir, necesitaba objetivar las ideas—que si un marido descubre la infidelidad de su compañera debe estarse quietecito hasta que las ciencias le aconsejen lo que debe hacer...

—Perfectamente; y mientras el consejo llega ó nó puede perdonarla y seguir á su lado, ó separarse de ella. Todo menos creerse autorizado á asesinar cobardemente á una pobre mujer que, después de amarle... y acaso sin dejar de amarle... amó á otro.

—¿Usted lo haría, usted perdonaría?

—Sin vacilar.

—¡Bah!... Usted habla así porque es soltero.

—Y si me hubiese casado pensaría lo mismo. Además, ¿no lo estoy?... Evarista, con quien tengo relaciones hace doce ó trece años, como ustedes saben, es para mí una esposa. Yo, al menos, me fastidio á su lado como si fuese mi mujer. Pues mi gran satisfacción consiste en saber que Evarista me quiere «porque sí», y no me engaña porque me respeta lo suficiente para no engañarme, no porque carezca en su casa de completa libertad. Esta alegre confianza mía los celosos la ignoran. Un celoso debe pensar que la fidelidad de su mujer no es legítimo amor, sino miedo. Creer en la virtud de la esposa constantemente encerrada y vigilada, es una fe tan absurda como la del director de presidio que creyese que sus reclusos no se fugaban por no separarse de él. En cambio, yo, estoy tranquilo: la mujer que, como Evarista, tiene abiertas de par en par las puertas de su jaula, si no se marcha es porque no quiere irse...

Don Juan Manuel disertó amenamente acerca del amor y del modo, un poco libertino, que él tenía de sentirlo.

—Para ser muy amados por las mujeres, no necesitamos amarlas con sinceridad, pero sí aparentar ó fingir magistralmente que las amamos; pues las pobrecitas son tan humildes en el apetecer ó tan esquisitamente frívolas, que se contentan y satisfacen con la ficción. Cabalmente porque nunca las quise mucho, fué por lo que ellas, casi todas, me quisieron bastante. Ustedes acaso crean advertir disonancias entre mis teorías y mis costumbres. Yo, verbigracia, defiendo el olvido, la renovación frecuente de nuestros horizontes sentimentales; y, sin embargo, quiero á Evarista y probablemente no me separaré de ella. Es cierto. Pero conviene consignar aquí que á todas las pasiones de mi vida, aun á las mayores, fué ligada siempre una abundante dosis de pereza. Yo no suelo serles fiel á las mujeres por cariño; mi constancia no es constancia legítima, si no abandono; y, aunque sin gusto, por abandono sigo á su lado, como frecuentemente hallándonos encamados, tenemos sed, y no nos levantamos á beber por no molestarnos en cambiar de actitud. ¡Anomalía extraña! La costumbre, que mata al amor, es, no obstante, lo que mejor conserva y defiende las apariencias del amor.

Fernández Parreño aprovechó la pausa que en este momento de su discurso hizo el diputado, para sentar la opinión de que don Juan Manuel, ó por pereza, como él creía, ó por nobleza, gratitud y perseverancia de corazón, si llegara á casarse sería un marido modelo.

Don Juan Manuel sonrió y movió la cabeza, en señal de duda.

—No sé, mi querido amigo—repuso—; no sé qué decirle, pues tengo poquísima confianza en mí. Sucede con los amores lo que con las citas. Si una persona nos cita en la calle, procuramos ser puntuales. «No es correcto hacerla esperar al aire libre»—pensamos—. Lo mismo ocurre en los amores ilegales. En cambio, dentro del matrimonio, por mucho que nos retrasemos, siempre acudiremos á tiempo. Nuestra esposa no nos aguarda en la calle; mientras llegamos, puede tocar el piano, comer, acostarse. El matrimonio, disponiendo de todas las horas de nuestra vida, equivale á una cita en un lugar cerrado; y creo que en esas entrevistas tan cómodas, nunca sería exacto...

Se interrumpió, tuvo una sonrisita desdeñosa, aplastó lentamente la blanca ceniza de su cigarro contra el borde de su taza de café:

—Muchas veces me aseguraron que yo no he amado porque nunca sentí celos. ¡Pobres cerebros pequeños, cerebros oscuros!... A veces les compadezco, á ratos les execro. Ellos ignoran que yo sufro más que nadie de ese mal, porque mi ambicioso corazón tiene celos simultáneamente de millares de mujeres, de todas esas mujeres hermosas, elegantes, ricas, que llenan los teatros de Madrid y no son mias.

Hizo un mohín irónico.

—Claro es que de tan descosida afición amorosa un hombre discreto se alivia fácilmente. Eso hago yo. Todos, en alguna ocasión, nos hemos dirigido la siguiente pregunta: «¿A quién pertenecen esas mujeres tan bellas que vemos en la calle? ¿A qué venturoso galán rindieron la intimidad perfumada de sus noches?...» Pero no debemos desesperarnos, pues igual interrogación se propondrán los dueños de tales hermosuras con respecto de nuestras esposas. Es la triste condición humana; basta que una cosa no sea nuestra para que nos parezca mejor. El deseo no se detuvo nunca; no bien llega y alcanza, cuando se fastidia de haber triunfado y reanuda su marcha. Dos sentidos le guían y ayudan en su camino: la vista y el tacto. Pero diríase que aquella tiene vergüenza de que su aliado, mucho más tardo y grosero, la empareje; y así, apenas nuestras manos se apoderan de una mujer, cuando ya los ojos, eternamente ingratos y peregrinos, miran á otra. Ello me anima á dar á ustedes el siguiente consejo: cuando alguien desee mucho á una mujer casada y cegado por su deseo se torture y piense que únicamente á su lado sería feliz, acuérdese de que, junto á ella, su esposo, más de una noche, se aburrirá horrorosamente. Esta reflexión ha de producirle gran alivio...

Como el despabilado conversar del diputado sobrepujase el nivel intelectual de la tertulia, en cuanto don Juan Manuel calló la conversación siguió rumbos más fáciles.

Don Isidro dijo que por la tarde él y su cuñado salieron á dar un paseo, y que estuvieron divirtiéndose en tirar piedras contra un poste del telégrafo.

—En ese mismo poste—agregó—, siendo yo niño, grabé con un cortaplumas las iniciales de mi nombre; hoy las busqué y allí están todavía.

Estas palabras vulgares y tristes, como mojadas en la infinita tristeza del vivir pueblerino, arrancó un suspiro á don Artemio. También suspiró don Elías. Las cosas quedan, los hombres se van pronto; hasta lo más pequeño durará más que ellos.

Hablaron de dos turistas ingleses, padre é hijo, que llegaron al pueblo la víspera, procedentes de Madrid, y continuaban su viaje á Salamanca al día siguiente.

—Entre ayer y hoy—exclamó don Artemio—han recorrido, no sólo la población, sino todos los alrededores. Nadie como los ingleses para aprovechar el tiempo. Estuvieron primero en la Glorieta del Parque bebiendo cerveza á la puerta del parador del Sol, y retrataron á unos trajinantes gitanos que estaban allí con sus caballerías. Después, por el Paseo de los Mirlos, bajaron al río y visitaron la fábrica de tejidos de Pepe González.

Don Isidro, que aborrecía á González por rivalidades de oficio, tuvo una mueca desdeñosa.

—¿Y quién les llevó á casa de González?—interrumpió.

—No lo sé.

—Siempre sería el mentecato de su sobrino Juan, el marido de la Manca...

Don Isidro miró á los circunstantes con el aire jaque y satisfecho del hombre acostumbrado á acertar.

—Lo comprendí—agregó—en cuanto dijo usted que esos forasteros habían estado refrescando en el parador del Sol; porque Juan, el de la Manca, no sale de allí. Ya saben ustedes que la mujer de Juan lo es también de Felipe Ortiz, el dueño del parador. ¡Esposa de la mano izquierda, se entiende! ¡No tiene otra!...

Celoso del honor que la visita de los ingleses hubiese podido dar á González, su enemigo, añadió:

—¡Pues, valiente telar han ido á enseñarles! Apuesto la cabeza á que no hay trabajando allí ni cincuenta obreros. ¡Si les hubiesen llevado á la hilandería de mi suegro!...

—También la visitaron—repuso el boticario—; y retrataron á todo el personal. Después repasaron el río y triscando como cabras subieron hasta el cementerio y recorrieron todas las callejuelas del barrio pobre. De la Puerta del Acoso obtuvieron varias fotografías; decían que la piedra nobiliaria con que el arco se adorna, es de gran mérito. En seguida pidieron autorización para visitar el cuartel; estuvieron en la torre y bajaron á los calabozos del castillo por un pozo que hace muchos años, lo menos treinta, estaba cerrado. También celebraron con entusiasmo los frescos de la bóveda de la enfermería. Pero lo que más les ha gustado, según don Valentín, es el balcón de la calle Amor de Dios.

—¿El de casa de doña Francisca?—preguntó Martínez.

—Eso es. ¿Lo sabía usted?

—Me lo dijeron anoche.

—¿Sí?... ¿Dónde?

—En la peluquería de Lucas. Puertopomares no es Madrid, ni siquiera Salamanca; aquí en seguida se sabe todo.

Comentaron abundantemente cuanto los forasteros habían hecho y dicho. No llevaban sortijas, ni en sus corbatas alfileres costosos; pero la excelente calidad de sus trajes, y su modo imperativo y desembarazado de mirar, de hablar, de moverse, descubrían el rango de sus personas. Los dos se parecían extraordinariamente; eran altos, musculosos, sueltos de movimientos y rubios; caminaban á zancadas largas y usaban monóculo. Lo que más pasmaba á la reunión era la actividad infatigable de aquellos trotatierras.

—De ayer á hoy—observó don Artemio—han cambiado de calzado lo menos cinco veces.

Agotado el tema, don Dimas interpeló á su colega don Elías.

—¡Me debe usted una merienda!...

Entre risas, explicó lo ocurrido. Acababa de sentarse á tomar un piscolabis, cuando se produjo en la calle un alboroto.

—Tiré la servilleta y corrí al balcón á informarme de lo que sucedía; era la jaca de nuestro amigo Fernández Parreño, que no quería andar. El animal reculaba y se metía en la acera. Al fin, el hombre que lo llevaba consiguió dominarlo. Pero cuando yo volví á la mesa me encontré con que el gato se había llevado mi merienda.

—Al taller fueron á decirme—exclamó don Ignacio—que en la calle Larga se espantó esta tarde un caballo, pero ignoraba que fuese el de don Elías.

Y agregó doctoral, dirigiéndose al médico:

—Le advierto á usted que esa jaca está medio loca y antes de un año será preciso matarla. Si halla usted ocasión de venderla, hágalo. Es un buen consejo.

Don Juan Manuel preguntó al veterinario lo que convendría hacer con los bueyes que tenía enfermos. El señor Martínez hizo un ademán impaciente.

—Esos animales—replicó con hostil vivacidad—están tuberculosos. Ya se lo he dicho á usted. Yo no me equivoco. Usted cree que la inflamación de la articulación fémororrotuliana es producida por un exceso de trabajo... ¡Pues, no señor! Usted, para curarlos, habrá empleado vesicantes... ó les habrá aplicado inyecciones de adrenalina, ¿verdad?

—Justamente.

—¿Y no ha conseguido usted nada?

—Hasta ahora, nada.

—¡Es claro! Porque esa inflamación de la sinovial no proviene de ningún esfuerzo, ni es de origen artrítico, sino de origen tuberculoso. Esos bueyes, vuelvo á repetir, no le sirven á usted y debe usted matarlos cuanto antes para evitar el contagio de la enfermedad.

—Mañana mismo pasarán á mejor vida—repuso tranquilamente don Juan Manuel.

Con esta promesa, que era una satisfacción y tributo rendidos á la practica, saber y buena amistad, del señor Martínez, éste se dió por contento, y suavizó su humor.

Don Artemio pensaba castrar una vaca que dos semanas antes compró en Candelario.

—¿Tiene furor uterino?—interrogó don Ignacio.—Entonces, es lo mejor que puede usted hacer; porque, estirpándola los ovarios, rendirá mucha más leche. Transcurridos dos ó tres años, quedará inútil, ya lo sabe usted; pero entonces puede usted engordarla para el matadero y cobrar por ella lo que haya podido costarle ó más...

—Necesito castrar un potro—dijo don Elías.

—Cuando usted guste.

—Esta semana. Todavía es añal.

—Mejor. Así la operación ofrece menos peligros. Después, el tratamiento es sencillo. Se reduce á lavar bien la herida con agua sublimada ó fenicada, y á tener al animal, durante los ocho primeros días, atado corto al pesebre, para que no se eche.

De pronto el señor Martínez se revolvió contra el boticario; su belicosa voluntad acababa de sentir una crisis de cólera.

—¡Ahora que me acuerdo!... Usted, en lo sucesivo ha de hacernos el favor de no meterse á recetar. Usted no es quién, para recetar. Yo hablo muy claro. Usted, si quiere cumplir su obligación, ha de limitarse á servir las recetas que le lleven.

La acometida fué tan á quemarropa, que don Artemio, á pesar de su flema, se ruborizó.

—¡Caramba..., don Ignacio!... Usted es un salvaje. ¿A qué viene eso?...

—Bien lo sabe usted. Ya se ha puesto usted colorado: «quien del alacrán está picado, la sombra le espanta».

—Repito que no le entiendo á usted. ¿A qué responde ese exabrupto?

—Viene á cuento—replicó el señor Martínez clavando sus ojos tempestuosos en los del boticario—de que muchas personas, unas del pueblo, otras del campo, van á la farmacia de usted y, para ahorrarse el dinero del médico ó del veterinario, le consultan las dolencias que ellos, ó sus animales, padecen. Y usted... ¡claro!... les atiende; y si había de cobrar por las medicinas dos, verbigracia, cobra dos y cuartillo, sin advertir que, aquí, en Puertopomares, hay ocho médicos y dos veterinarios, y ninguno, que yo sepa, vive de sus rentas. A usted hay que hablarle así, porque «el buey ruin en cuerno crece»...

Aunque acobardado por la marcial actitud de Martínez, el boticario se creyó obligado á oponer un alarde rotundo y viril á la acusación de que era objeto. La presencia de dos médicos en la tertulia acrecentaba la gravedad y ridiculez de su situación. Apretó bien los puños bajo la mesa. Los circunstantes le miraban, exigiendo de él una bizarría. Hasta don Juan Manuel, se había quedado grave.

—¿Y eso lo dice usted en serio?—interrogó don Artemio, templándose para la pelea.

—En serio, sí, señor. Yo soy así. Yo hablo siempre en serio y digo las verdades en la cara.

—Pues... ¡miente usted!...

—¿Que yo miento?... ¿Ha dicho usted que yo miento?...

Levantóse con una agilidad de mono, y cogiendo su silla por el respaldo y esgrimiéndola á manera de maza, la descargó sobre la cabeza del boticario. Resonó un crac, angustioso, y el frontal shackespeano, mondo y turgente, de don Artemio, tiñóse de sangre. El agredido vaciló, pero recobrándose quiso arremeter á su rival, cuando éste, poniéndole los puños unas veces en el pecho y otras en el rostro, le desconcertó y zarandeó hasta dar con él de lomos en el suelo. Alzáronse todos, acudiendo á represar con manos y razones la desbridada furia de don Ignacio, quien, ronco de coraje y fuera de sí, pretendía subirse encima del caído y patearle y exprimirle como á uva en lagar.—«¡Al capón que se hace gallo, azotallo!»—gritaba el albeitar, que, ni aun en tan dramático momento, perdía su culto á los refranes.

Don Juan Manuel, don Isidro, Teodoro y otras personas que habían acudido al ruido de la trifulca, rodearon á Martínez, llevándole, casi á rastras, al hueco de un balcón. Fernández Parreño y don Dimas favorecían á Morón, ayudándole á enmendar el desorden de su traje y á limpiárselo con una servilleta. Había en su solicitud una especie de solidaridad, una protesta tácita contra la baratería del agresor. Muy pálido, la voz agitada aún por el miedo y la fatiga, el boticario balbuceaba:

—¡Farsante!... ¡Calumniador!... ¡Decir que yo receto!...

En medio de su tribulación el pobre hombre, con su elevada estatura, su joroba y sus piernas flacas y largas, estaba grotesco. Automáticamente se palpaba la frente con un pañuelo, y al ver que éste se cubría de púrpura, volvía á restañarse la herida. Entre su enorme cráneo rojo y sus barbas rucias, cortadas en punta, sus mejillas tenían una lividez cadavérica y sus amedrentados ojos parecían mayores. Todo su corpachón, débil y cobarde, temblaba.

—¡Decir que yo receto!... ¡Embustero!... ¡Y acometerme hallándome desprevenido!... ¡Claro es que esto no queda así!... ¡Yo sabré lo que debo hacer!...

Dolíase en voz baja y sin usar palabras ofensivas, porque, á través de la distancia y de las personas que le defendían, las venenosas pupilas de Martínez le buscaban furibundas y se clavaban en él como saetas.

Trémulo de cólera, con algo de jabalí acosado, en la expresión de los enrojecidos ojos, don Ignacio repetía:

—Ese viejo usurero vive porque están ustedes aquí. Pero yo, un día, le mato; le abro la cabeza de un garrotazo...

También se revolvió lesivo contra una observación de don Juan Manuel.

—¡No, señor!—gritó—yo no soy un intemperante; yo soy un hombre que dice en voz alta lo que piensan muchos. ¡Ni más ni menos! Los ocho médicos de Puertopomares saben, lo mismo que yo, que ese hombre nos roba; pero ellos se callan y yo no puedo callarme...; ¡ó no me da la gana de callarme!... ¡Bastante prudente he sido!... Este escándalo debí darlo hace tiempo...

Como la furia del señor Martínez no amainaba, don Dimas y don Isidro decidieron llevarse á don Artemio del Casino. El boticario, que esperaba una ocasión discreta para poner pies en polvorosa, agradeció sinceramente aquella intervención, y lanzando á su contrario una mirada de desafío, insinuó hacia la puerta del salón una retirada elegante. Salió con andar lento y ajustándose bien el sombrero sobre sus melenas despeinadas. En medio de su espalda, señalando la cresta más saliente de su joroba, griseaba una mancha de polvo.

Don Ignacio le gritó implacable:

—¡Ya nos veremos!...

Al mismo tiempo que golpeándose, por dos veces, el antebrazo izquierdo con la mano derecha, ponía á su advertencia un comentario obsceno.

Cuando don Artemio se marchó, el señor Martínez, y cuantos con él estaban, volvieron á sentarse. Los ánimos se apaciguaban. La opinión, que hasta allí habíase mostrado indecisa, reaccionó en favor del veterinario. La mayoría admiraba la crudeza de sus palabras y la excelente puntería y diligencia de sus puños. Reconocían que el silletazo que derribó á don Artemio fué magistral. Verdaderamente, don Ignacio estuvo muy bien, y Fernández Parreño le testimonió su adhesión dándole palmaditas en el hombro. Empezaron los comentarios, adversos todos para don Artemio, y con ellos las risas. Un ambiente cruel y cobarde rodeaba al vencedor y le tributaba pleitesía.

Don Juan Manuel lanzó una carcajada.

—Realmente, hasta que no le he visto á usted boxear, amigo Martínez, no comprendía yo que se le pudiesen dar á un hombre tantas bofetadas en tan poco tiempo...

XXXI

—Advierto desde hace tiempo—había dicho don Valentín—que don Ignacio no se muerde más que las uñas de los dedos pulgares...

La observación era rigurosamente cierta. Varios meses hacía que el señor Martínez, apenas se hallaba solo, empezaba á comerse vorazmente las uñas de sus pulgares, y este rasgo de autopofagia acusaba en él una impaciente y colérica preocupación. Su inquietud provenía de la noche en que doña Fabiana se levantó sonámbula para ir á casa del hombre amarillo y pequeñito. Consideradas separadamente, ni la pesadilla de su mujer, ni la de Fermín, el tartanero, revestian verdadera importancia, pues son frecuentes los ensueños que sugestionan á las personas dormidas al extremo de obligarlas á la acción. Lo inexplicable eran el sincronismo y la absoluta concordancia de ambos fenómenos. Don Gil había dicho al tartanero:

«A las doce en punto estarás con tu coche delante de la puerta de don Ignacio.»

Y á doña Fabiana:

«Su marido está enfermo. Vaya usted á verle. Fermín la llevará á usted...»

El veterinario se recomía los sesos escudriñando los vínculos que pudiera haber entre estas alucinaciones, y aunque materialista acérrimo y refractario, de consiguiente, á admitir que las almas campasen solas, bien echaba de ver que el fondo de aquel asunto escapaba á toda cábala científica. Allí había un secreto, un enigma, demasiado complejo para achacarlo á la casualidad. De esto don Ignacio no hablaba con nadie; el recelo de parecer asustadizo y de que las gentes empezasen á decir que don Gil Tomás gustaba de doña Fabiana, le contenían. Su reserva y las supersticiosas tribulaciones de su mujer, agravaban su preocupación. Como él, doña Fabiana advertía á su alrededor, especialmente de noche, un peligro; la presencia de algo invisible y fuerte que la espiaba. En otra ocasión, Martínez hubiese achacado aquel sobresalto á un principio de neurastenia; pero, contra esta suposición tranquilizadora, alzábase el recuerdo de aquella cita inexplicable, tendida, como un lazo, á la virtud de su mujer.

—¿Tú no crees—preguntaba Martínez á doña Fabiana—que don Gil esté enamorado de ti?

—No lo creo.

—Una noche, sin embargo, soñaste con él; quería abrazarte; tú me lo dijiste.

—¿Qué importa? Eso no vale ni significa nada. Todos los sueños son tonterías.

Don Ignacio desconfiaba; temía que su mujer, conociendo las violencias de su carácter, no quisiera confesarle la verdad; pero ella juraba no ocultarle nada, y tal acento de convicción y nobleza tenían sus palabras, que el veterinario se tranquilizaba. Doña Fabiana era sincera; el hito del misterio, por consiguiente, estaba en otra parte.

Además, la señora de Martínez no había vuelto á soñar con don Gil, y si alguna vez le vió en sueños, fué tan ligeramente, que su imagen no dejó rastro malo ni bueno en su memoria. Acerca de esto don Ignacio no sabía interrogarla y se informaba torpemente. Algo honesto, muy caballeresco, muy pulcro, le impedía formular preguntas infames. Doña Fabiana, sin embargo, le respondía explícitamente. Demasiado comprendía las curiosidades de su marido cuáles eran y por dónde iban orientadas.

—Puedes creer—le decía—que después de esa noche de que ya hemos hablado, no he visto á don Gil.

Con cuya misericordiosa afirmación Martínez sentía apaciguarse la agresiva tirantez de sus nervios y aliviado su corazón de una sofocante pesadumbre.

Terminadas las vacaciones carnavalescas, comenzó á celebrarse en Salamanca la vista del proceso instruído contra los hermanos Paredes. La noticia produjo en Puertopomares indecible emoción y devolvió á los Rojos todo su repugnante interés criminal. Los detalles de la causa, un poco olvidados en el somnífero transcurso de aquel año, readquirieron llamativos verdores. La gente, al pasar por delante de la llamada siempre «casa del chopo», miraba recelosa hacia la puerta; aquella puertecilla sórdida, oscura, colocada en un nivel inferior al de la calle, por donde el cadáver del señor Frasquito salió una mañana llevándose á la tierra el secreto de su agonía. Nada faltaba en el negro horror de tan inaudita tragedia policíaca: las relaciones incestuosas de Rita con su hermano; la horrible sagacidad que ambos pusieron en el planteamiento y realización de su crimen; el hallazgo de las tres orzas, llenas de dinero, detalle que enardecía la imaginación popular inclinada á creer, por motivos de raza, en tesoros ocultos. Luego el desarrollo de tan ominosa película ofrecía un intervalo de sosiego, de paz hipócrita: el comercio establecido por los Paredes en la calle Larga; la existencia honrada, fértil y sin penumbras, vivida serenamente ante los ojos de todo el vecindario: el hombre que no bebe, ni juega y se acuesta temprano; la mujer, casera, dedicada absolutamente á la crianza de sus hijos, como si quisiera ir borrando con la santidad de aquel amor las torpezas escandalosas de su juventud. Hasta que, de súbito, sin razón ostensible, el espectro del crimen reaparece para arrojar á tres niños bajo las ruedas de un tren. ¿Por qué aquel triple infanticidio? ¿Qué espíritu infernal necesitaba, para encalmarse y ser propicio, la ofrenda de aquella sangre inocente? ¿Asesinando á sus hijos cumpliría Rita Paredes algún voto?...

Durante las primeras sesiones, los procesados se mantuvieron inflexibles en las posiciones que cada cual había elegido. Rita ratificaba puntualmente sus declaraciones y acusaba sin piedad á su hermano. En cambio, Toribio lo negaba todo; pero como en sus careos con la mujerona se aturrullaba y contradecía, su situación era, por momentos, más falsa. Vicente López se disculpaba diciendo que, efectivamente, él quiso llevarse á Buenos Aires á su hijo Deogracias y á Rita, pero que no comprendía por qué ésta asesinó á sus otros hijos, ni cómo pudo llegar á tan desaforado extremo de sevicia.

Fernández Parreño y su colega don Dimas Narro, don Ignacio, don Isidro Peinado, alcalde de Puertopomares cuando ocurrió la muerte del señor Frasquito, y otros muchos vecinos, fueron reclamados como testigos por la Audiencia de Salamanca. Sus declaraciones no aportaron luz ninguna al proceso, pero sirvieron para exacerbar la pública inquietud. Los comentarios se multiplicaban hasta lo infinito; á Epifanio Rodríguez, el estanquillero, le arrebataban los periódicos de las manos.

En el Casino, en la Fonda del Toro Blanco, alrededor de las mesas del Café de la Coja, bajo el emparrado tendido, á modo de visera, ante el Parador del Sol, en los bancos de la Glorieta del Parque, donde se reuniesen cuatro ó cinco personas, siempre había una dispuesta á leer en alta voz las largas informaciones que cotidianamente la Prensa salmantina consagraba al crimen de los Paredes. Las tertulias tenían un interés nuevo; los circunstantes revisaban todos los incidentes de la vista, glosaban las declaraciones de Rita, elogiaban las argucias, emboscadas y ágiles taimerías del fiscal. En el Casino, donde, según costumbre, Martínez era el encargado de leer los periódicos, reinaba expectación indescriptible. Cuando el veterinario se colocaba las gafas sobre la nariz y cogía la Prensa, apagábanse todos los murmullos del salón, las conversaciones cesaban, los jugadores de billar dejaban sus tacos. Rodeando la mesa que ocupaban don Ignacio, don Juan Manuel, Fernández Parreño y otros amigos, los oyentes se oprimían. Cada cual cogía una silla y se aproximaba procurando no hacer ruido. Sobre el fondo claro de los muros, bajo la luz alechigada de las lamparillas eléctricas, únicamente Teodoro, rígido y vestido de negro, las manos atrás y la servilleta al hombro, permanecía de pie. Su cabeza pálida, cubierta de cabellos erectos y rubios, cortados según la moda francesa, parecía de oro.

Los diarios de aquella noche publicaban los incidentes de la cuarta sesión. Don Ignacio Martínez, que acababa de beber una copita de coñac, se limpió los labios con la mano, paseó por su auditorio una mirada satisfecha, y empezó á leer:

«A las dos en punto comienza la sesión. La tribuna pública rebosa gente; los curiosos se oprimen, se lastiman y con el ahinco de ver se ponen de puntillas y estiran el cuello. La temperatura es sofocante; el señor presidente manda abrir una ventana y la orden es recibida con murmullos aprobativos. Suena una campanilla y el silencio se restablece. Por una puerta y entre guardias aparecen los procesados: primero, Rita Paredes; luego su hermano, Toribio Paredes; detrás, Vicente López. Los tres ocupan el banquillo de los acusados. Rita pide la quiten las esposas, á lo que el señor presidente del Tribunal accede. Lo mismo hacen con Vicente y Toribio. Este no dice nada; hállase muy abatido y no levanta los ojos de la alfombra. Vicente López, en cambio, mira al público con descaro y sonríe á los periodistas.

»Empieza el interrogatorio. A una invitación del señor presidente, Rita Paredes se levanta. Parece más alta, más flaca, más angulosa, que nunca. Sus brazos descarnados forman, con la línea de los hombros, un ángulo recto.

»Fiscal.—Veamos, Rita: el Tribunal está muy satisfecho de usted porque, desde los primeros momentos, usted se ha manifestado decidida á ayudarle en sus pesquisas. Pero, aun no hemos llegado al fin. Entre las declaraciones de usted y las de su hermano, hay divergencias que la Justicia necesita precisar y aclarar. Debemos, pues, insistir sobre ciertos puntos ya discutidos. Usted ha dicho que á Frasquito Miguel le mataron entre usted y su hermano Toribio. ¿Es esto verdad?

»Rita.—Sí, señor.

»—¿En la comisión del asesinato no les ayudó nadie? ¿No tenían ustedes algún cómplice?

»—No, señor, ninguno.

»—Su hermano Toribio dice que la noche de autos, cuando él regresó del Café de la Coja, ya de madrugada, vió á un hombre que salía corriendo de casa de ustedes, y que en aquel individuo creyó reconocer á Vicente López, el Charro, antiguo amante de usted.

»—Es mentira.

»—Fíjese usted bien. Acerca de este punto, el Tribunal necesita hallarse perfectamente informado. Mida usted bien sus palabras. Echaría usted sobre su conciencia una responsabilidad gravísima, si, por favorecer á la persona que ama, acusase usted á un inocente.

»—He dicho la verdad.

»—Usted, con sus palabras, no ha sabido infundirnos esa convicción. Nadie comprende que Toribio Paredes, quien, según declaración de diversos testigos, parecía profesar á su cuñado morganático sincero afecto, de pronto se concertase con usted para asesinarle. En cambio, hallo muy verosímil que usted y Vicente López, el padre de su primer hijo y, según indicios, el hombre á quien usted ha querido más, decidiesen matar á Frasquito Miguel para robarle y con su dinero huir á Buenos Aires. El tiempo que dejaron ustedes transcurrir entre la perpetración del delito y el día de la fuga, no significa nada, ni pesa nada en el criterio del Tribunal; es, sencillamente, un ardid empleado por ustedes para eludir sospechas.

»(Hay un silencio. Toribio Paredes permanece inerte, la barbilla sobre el pecho, los ojos apagados. Parece sordo. Vicente López se rebulle en su asiento y hace con la cabeza enérgicos ademanes negativos. Uno de los guardias que le custodian le toca en la espalda y por señas le ordena que observe más circunspección y mesura. El Charro suspira y se encoje de hombros).

»Fiscal.—¿Qué responde usted, Rita, á lo que acabo de decir?

»Rita.—Ya lo sabe usted. Mi hermano miente. La noche del crimen Toribio no salió á la calle, y de consiguiente nadie pudo penetrar en casa á hurtadillas suyas. Además, en aquella época Vicente López no vivía en Puertopomares.

»—¿Dónde estaba?

»—No lo sé; no nos escribíamos. Habíamos reñido y hacía años que yo no tenía noticias de él.

»(El abogado de Toribio Paredes pide autorización para dirigir á la acusada una pregunta. El Tribunal consiente).

»El señor García Pérez.—¿Cómo explica entonces la acusada que, apenas asesinado el señor Frasquito Miguel, resucitase en Vicente López el cariño hacia ella? Yo invito á la Sala á fijarse en la extraña concatenación de estos hechos. Hay entre ambos una derivación perfectamente lógica. A mi juicio, si Vicente López no es el ejecutor del crimen, fué, cuando menos, el agente moral, el inspirador; su repentino amor á la acusada sólo se explica por el deseo de apoderarse del dinero de la víctima. Es cuanto tenía que decir.

»El señor Bastín, defensor de Vicente López, exclama:

»—Esa observación carece de sentido.

»El señor García Pérez, que no ha oído:

»—¿Cómo?

»—El señor Bastín.—Se quiere, porque sí, y los amores que parecían muertos resucitan también «porque sí». Esto sucede todos los días. Decir lo contrario es hablar como lo haría un chiquillo sin experiencia.

»(Risas. Los dos letrados entablan un tiroteo de frases bastante vivo. El señor presidente se cree obligado á intervenir):

»—¡Orden, señores!...

»(El señor García Pérez se sienta, un poco sofocado, y al hacerlo deja caer unos papeles que revuelan como mariposas y se esparcen sobre la alfombra. El señor García Pérez hace un guiño de contrariedad. Más risas).

»Fiscal.—¿No obstante lo afirmado por el señor García Pérez, la acusada mantiene sus declaraciones?

»Rita.—Sí, señor.

»—¿Su hermano Toribio es el único autor material y moral del asesinato cometido en la persona de Frasquito Miguel?

»—¿Cómo, moral? ¿Qué quiere decir eso?...

»—Pregunto que si fuera de Toribio no hubo nadie, Vicente López, por ejemplo, ú otra persona cualquiera, que les aconsejase, tanto á usted como á su hermano, desembarazarse del señor Frasquito.

»(Hay una pausa. Rita parece vacilar. El señor fiscal insiste):

»—Díganos la verdad: ¿Nadie indujo á ustedes al asesinato del señor Frasquito?

»—Sí, señor.

»—¿Cómo? ¿Alguien ha aconsejado á ustedes matar á Frasquito Miguel?

»—Sí, señor.

»—De ello, sin embargo, nada había usted dicho hasta ahora...

»—No, señor.

»—¿Por qué?...

»—No me había acordado.

»(Las palabras de Rita Paredes despiertan extraordinaria emoción. La mujerona, larguirucha y fantasmal, parece sonámbula. Toribio Paredes levanta precipitadamente la cabeza y mira á su hermana. Su rostro refleja una ansiedad y una alegría).

»Fiscal.—Supongo que no intentará usted descarrilar la acción de la justicia inventando patrañas cuya falsedad no tardaríamos en comprobar.

»—No, señor; juro decir verdad.

»—Entonces, hable usted sin miedo. ¿Quién aconsejó á usted y á su hermano asesinar á Frasquito Miguel?...

«(Prodúcese en la Sala un silencio absoluto; silencio de camposanto. Centenares de ojos, bruñidos por la curiosidad, se clavan en Rita. Esta duda, mira al Tribunal, á los letrados y al público, con expresión idiota. Por dos veces se lleva las manos á la frente y, automáticamente, se alisa los cabellos).