»—Lo que voy á decir esconde un misterio; un misterio que no comprendo y, de consiguiente, que no sabré explicar...

»—Hable usted como mejor sepa, Rita; aquí estamos todos dispuestos á ayudarla.

»(La voz del señor fiscal se ha almibarado notablemente: es la seductora dulzura paternal conque la experiencia le ha demostrado que debe hablarse á los acusados para empujarles á la sinceridad y á la confesión. Toribio Paredes no cesa de mirar á su hermana. En la cara de Vicente López hay asombro).

»Rita.—La persona que, tanto á mi hermano como á mí, nos ha dicho que debíamos matar á Frasquito Miguel para robarle, es don Gil Tomás.

»—¿Quién es don Gil Tomás?

»—Un señor que nosotros conocemos.

»—¿Dónde vive?

»—En Puertopomares, á la entrada del Paseo de los Mirlos.

»—¿Sigue viviendo allí?

»—Sí, señor.

»—¿Y qué interés cree usted que podía tener ese don Gil Tomás en el asesinato del señor Frasquito?

»—Lo ignoro.

»—¿Habló usted muchas veces con él?

»—Sí, señor.

»—¿Y su hermano?

»—También.

»(Toribio Paredes hace, con gran energía, ademanes afirmativos. Una ola de sangre arrebola su rostro; tiene las mejillas encendidas y la estrecha frente cubierta de sudor. Vicente López guarda la actitud reconcentrada y absorta del hombre que busca un recuerdo muy olvidado, muy hundido, en el subsuelo de su conciencia).

»Fiscal.—¿Dónde veía usted á ese don Gil Tomás?

»—En mi casa. Es decir: yo no le veía en ninguna parte. Yo le veía y hablaba con él, pero era en sueños».

Al llegar á este punto don Ignacio Martínez, que, no bien leyó el nombre de don Gil, había comenzado á dar muestras de agitación, tiró el periódico sobre la mesa y empezó á morderse el pulgar derecho. En su rostro, crispado por una terrible emoción, los ojos pequeños y redondos ardían y quemaban como brasas. Los circunstantes se miraban atónitos. Con ser enorme la sorpresa que les produjo la acusación lanzada por Rita Paredes contra don Gil, no era tan fuerte como la que acababa de sugerirles la insólita actitud del señor Martínez.

Don Juan Manuel le interpeló:

—¿Qué le sucede á usted? ¿Está usted enfermo?...

Fernández Parreño miraba al veterinario fijamente, recelando ver en su semblante síntomas de congestión. Varias personas se habían puesto de pie, y la cabeza rubia de Teodoro adquirió repentinamente la blancura del miedo. Hubo un silencio lleno de interés, de emoción, de solicitud. Don Ignacio, callado, continuaba mordisqueándose las uñas con tan sañudo ahinco, que era milagroso que la sangre no hubiese corrido ya. ¿Por qué aquel furor caníbal? Algunos recordaron la fiel observación de don Valentín: «Hace mucho tiempo que don Ignacio no se muerde otras uñas que la de sus pulgares...»

Don Elías tocó ligeramente en un brazo al señor Martínez.

—¿Qué ha sido eso?... ¿Un mareo, verdad? ¿Quiere usted beber un sorbo de agua?

Don Ignacio pareció recobrarse:

—No—dijo—, no es nada; muchas gracias.

Don Elías se volvió hacia la reunión:

—Ha sido un desvanecimiento producido por la lectura. Leer en alta voz aturde; he tenido ocasión de comprobarlo personalmente más de una vez.

—No es eso—contestaba Martínez—; no es eso...

¿Cómo explicar en pocas palabras el efecto que la revelación de Rita Paredes le había producido? ¿Cómo decir que, asociando las sugestiones á que la mujerona se refería con las alucinaciones de doña Fabiana y de Fermín, acababa de tener la convicción vertical, irreductible, de que el hombre pequeñito era un espíritu sabático?...

Para excusar explicaciones, el señor Martínez se levantó:

—Señores, ustedes van á permitirme que me retire...

Fernández Parreño, don Juan Manuel, don Dimas y don Isidro, quisieron acompañarle.

—Iremos con usted hasta su casa—decían.

—No, no; muchas gracias; no es preciso. Créanme ustedes: estoy bien, completamente bien. Hasta mañana...

Y se fué dejando á todos asombrados. Hubo algunos comentarios. Después don Elías se puso sus gafas y cogió el periódico.

—Entonces, si ustedes quieren, leeré yo. ¿Dónde estábamos?... ¡Ah, sí! Aquí: Rita había dicho que veía y conversaba con don Gil Tomás en sueños.

«Fiscal.—¿Cómo se explica usted eso?...»

Prosiguió leyendo. Su voz caía, como lluvia benéfica, sobre la curiosidad de la tertulia; una curiosidad quemante, parecida á una sed...

XXXII

El proceso instruído contra los hermanos Paredes tomó, de pronto, un sesgo inesperado. Como las preguntas del fiscal y de los defensores, las contestaciones de los reos tenían una orientación telepática, un picante aliño abracadabro. En Puertopomares la curiosidad pública, aguijoneada diariamente por los periódicos, tocaba á las cumbres de una excitación morbosa. La multitud estaba dispuesta á amotinarse contra don Gil Tomás, y hacía una semana que el hombre pequeñito, tildado de asesino y de duende por la opinión, no se atrevía á salir á la calle.

De este criterio parecía participar también la Prensa salmantina. Un médico de mucha notoriedad y prestigio en la ciudad del Tormes, publicó una crónica explicando las relaciones entre el sueño y la vigilia, y cómo la voz teúrgica de las pesadillas puede dejarse oir en la realidad. Aquel artículo produjo impresión y animó á su autor á escribir otros. Un publicista spenceriano le contestó, rebatiéndole. Surgió una polémica. La conciencia colectiva, sacudida por tan punzantes novedades, se enardecía y flameaba como una bandera.

Apenas Rita Paredes se acordó de acusar á don Gil Tomás de la muerte del señor Frasquito y de sus hijos, el aspecto de los interrogatorios cambió. Toribio, á su vez, se declaró autor del asesinato del buhonero y confirmó puntualmente las palabras de su hermana.

«Yo no hubiese pensado nunca en matar á Frasquito Miguel—dijo—si don Gil Tomás, en sueños, no me lo hubiese aconsejado y ordenado; añadiendo que, si yo le complacía, él sabría arreglárselas de manera que el crimen no se descubriese.»

El Tribunal parecía impresionado. Había en las declaraciones de los hermanos Paredes una armonía absoluta, una categórica uniformidad de detalles. A porfía Rita y Toribio citaban frases, conversaciones, pormenores, que evidenciaban la sugestión criminal del hombre pequeñito. Los dos demostraban haber obrado bajo el imperio de un vigor oculto, inexplicable y fatal. Fue don Gil quien les aseguró que el señor Frasquito tenía su dinero escondido en tres orzas pintadas de verde; y quien explicó á Toribio el ardid de clavar una herradura en la maza con que había de matar, para que ante los ojos de la opinión el mazazo se convirtiese en coz; y quien, finalmente, obligó á Rita á desembarazarse de sus hijos, amenazándola con delatarla á la Justicia si no lo hacía. Los jueces estaban pasmados. Una luz nueva, un resplandor astral y extravagante, caía sobre el proceso y lo aclaraba. Lo que permanecía inexplicable era el motivo que pudo impelir á don Gil á exterminar de tan excéntrico y cruelísimo modo á Frasquito Miguel y á sus descendientes. El proceso salíase de sus moldes habituales y perdía su carácter contemporáneo para convertirse en una de aquellas causas por brujería, que apasionaron á la Edad Media.

Tan serio interés y alboroto acentuóse más aún cuando las declaraciones de Vicente López confirmaron, en cierto modo, la verosimilitud de cuanto últimamente los hermanos Paredes habían dicho. A su vez el Charro recordaba haber soñado diferentes veces con un hombre amarillo y pequeño, á quien no conocía, que porfiadamente le hablaba de que Rita tenía buenos ahorros y le aconsejaba volver á reunirse con ella. Ahora que sabía, aunque sólo de referencias, las trazas de don Gil, no dudaba de que fuese éste el individuo de sus pesadillas. Con claro desparpajo explicaba aquel reverdecimiento de su amor hacia Rita. Muchos años vivió sin acordarse ni de la mujerona ni de su hijo; otras mujeres y otros afanes ocupaban su corazón. Tampoco sufría remordimientos por haberla abandonado; el tiempo se había llevado su imagen muy atrás. Una vez, sin embargo, soñó con ella, y cuando despertó estaba triste. Varias noches consecutivas aquel ensueño se repitió. ¿Por qué? Vicente López llegó á preguntarse: «¿Habrá muerto?...» Durante todo el día una pesadumbre indefinible le acompañó, semejante á una sombra. ¿Es que las veleidades y alegrías de la juventud, vuelven en la vejez convertidas en lágrimas? Lo que en los años verdes fué risa, ¿será después, bajo la nieve de los cabellos, sollozo y dolor?... A estas preguntas respondió un hombrecito estrafalario. Aquel individuo exhortaba á Vicente López á reunirse con Rita. «Esa mujer te quiere como nadie te quiso—le decía—; con ella y tu hijo aun puedes ser dichoso». Sus palabras iban derritiendo poco á poco los hielos ingratos que sobre su corazón fué echando el tiempo. Y el Charro pensó: «¿Por qué no soplar y avivar el rescoldo? ¿Por qué no sentarse otra vez al calor de la vieja hoguera?...» A esta resurrección sentimental servía de poderoso abono el mal curso de sus negocios. Vicente López estaba arruinado, desprestigiado, y el dinero de su antigua amante constituía para él una salvación. Por eso se informó del paradero de Rita y con ansias, que igual podían ser de amor que de lucro, fué á buscarla; pero ni sabía que el señor Frasquito hubiese muerto asesinado, ni tuvo participación alguna en el execrable infanticidio del túnel.

La novelesca unanimidad de todas estas deposiciones pesó en el ánimo de los jueces y les determinó á reclamar la presencia de don Gil.

Apenas el mandato judicial llegó á Puertopomares, don Niceto Olmedilla se apresuró á cumplirlo. Sin perder instante, acompañado de su secretario y de dos alguaciles, personóse en el domicilio del enano. Al verle, el hombre pequeñito se inmutó, y la sorpresa acreció el livor de sus mejillas.

—¿Viene usted á detenerme, amigo don Niceto?

—Sí, señor. Es la orden que la Audiencia de Salamanca acaba de transmitirme. Usted sabrá, por los periódicos, que los Paredes le acusan del asesinato de Frasquito Miguel.

—Efectivamente; pero su afirmación es gratuita, descabellada... ¡carece de todo sentido común!...

En la expresión de sus ojos glaucos había una fuerte, indiscutible y sugestiva sinceridad. Don Niceto Olmedilla sintió el leal imperio de aquella protesta, y sus manos tuvieron un gesto de conciliación y disculpa.

—Lo comprendo—repuso—pero la humana justicia procede así, y en casos como éste, el deseo de descubrir la verdad la obliga á toda clase de tanteos y pesquisas.

La escena se desarrollaba en el comedor. Caía la tarde. Delante de la ventana abierta sobre el jardín, en la blanda palidez azulina del espacio, negreaba misterioso el ramaje cónico de un ciprés. Don Gil iba y volvía por la estancia, el andar lento, las manos metidas en los bolsillos del pantalón: más que inquieto, manifestábase humillado y enfurecido por aquel contratiempo que, á barrisco, irrumpía en su vida y la desordenaba. Con un esfuerzo de voluntad, demostró serenarse. Miró al reloj, pendiente del muro, entre viejos platos de Talavera y de Manises. Eran las seis.

—¿Cuándo hemos de marcharnos?—preguntó.

—El tren de las seis y cuarenta es el mejor. Nos conviene salir de aquí antes de que la noticia de hallarse usted requerido por la Audiencia se divulgue. Ya recordará usted lo que sucedió cuando nos llevamos á los hermanos Paredes á Salamanca.

—¡Es cierto!...

En un rapto de cólera, don Gil levantó los brazos sobre su cabeza; entre los puños de su camisa, sus muñecas débiles y sus manecitas blancas, impotentes, minúsculas, parecían las de un niño.

—¡Qué contrariedad, qué trastorno! Este incidente me obligará, tarde ó temprano, á marcharme de aquí. ¡Ya lo verán ustedes!...

Asomóse á un balcón y llamó á sus criadas, que platicaban en la calle con unos vecinos á quienes había alarmado la llegada del juez. Obedientes á la voz del amo las dos muchachas acudieron, y don Gil díjolas brevemente lo que debían hacer durante su ausencia. Pidió luego le colocasen en un maletín sus enseres de tocador, y sin otras dilaciones, marchando entre don Niceto y su secretario, y, seguido por los alguaciles, salió á la calle. Noticiosas de su detención muchas personas le miraban con recelo y asombro. En la Glorieta del Parque, delante del Parador del Sol y á la entrada de la calle Larga, la gente se detenía para verle pasar.

Con este nuevo aliño de brujería y ocultismo, tan del gusto popular, el interés de la causa aumentó. Los nuevos interrogatorios á que el fiscal sometió á los acusados, y los tenaces y enardecidos careos de éstos con el hombre pequeñito, tenían una orientación cabalística, un aroma de otra vida, que exasperaban la curiosidad.

XXXIII

La presencia de don Gil en la Sala donde se celebraba la vista, produjo, así en el público como en las personas del Tribunal, emoción fortísima. Jueces, letrados, periodistas, ujieres, todos admiraban la minúscula figura de aquel hombrecito sobre quien, á porfía, los tres procesados declinaban las peores responsabilidades. También advirtieron la expresión cerrada, preocupadora, de su rostro amarillo.

Don Gil Tomás afrontó aquel momento con bizarría. Traspuso sereno la barandilla que limitaba el espacio destinado al público, y subió los dos peldaños que facilitaban el acceso al estrado. La inverosímil pequeñez de su cuerpecillo, vestido de negro, la brevedad infantil de sus manos y de sus pies, y más aún la quietud de su cabeza, lívida y grave, dábanle las apariencias de un muñeco. Hubo un largo murmullo. Don Gil miró á su alrededor. Todo era rojo: la alfombra, el papel que revestía los altos muros, el dosel que daba á la mesa del Tribunal severo paramento, el ovalado respaldo de los sillones donde, semejantes á hojas otoñales, amarilleaban de vejez y fastidio las caras de los jueces. Suelo, paredes, muebles, naufragaban en la misma ola púrpura; un miraje alucinante, sanguinario, enloquecedor, sobre el cual las cabezas de los magistrados flotaban exangües y como truncas...

Después de responder á las generales de la ley, don Gil esperó cruzado de brazos. Iban á carearle con Rita. Su aspecto, su respiración, la mirada límpida de sus ojos, decían su inocencia. Apareció la mujerona. Desde el primer instante el fiscal encauzó el interrogatorio diestramente y sin divagaciones.

—Como usted sabe—empezó diciendo el representante de la ley—, aquí se han lanzado contra usted acusaciones gravísimas. Dos de los tres individuos complicados en el asesinato de Frasquito Miguel, dicen ser usted quien, con razones y consejos, excitando en ellos unas veces la codicia y otras su odio al difunto, les determinó y condujo al crimen. ¿Es cierto?

—No, señor. Todas esas aseveraciones son absurdas, y tomarlas en consideración me parece ridículo.

La réplica ardorosa y cortante, de don Gil, tuvo la virtud de endurecer un poco las cejas del señor fiscal.

—No debe el testigo—dijo—discutir los medios de que el Tribunal se sirve para esclarecer la verdad de los hechos. Nadie ha solicitado su opinión acerca de esto. Limítese, por consiguiente, á contestar.

Don Gil se inclinó, demostrando acatamiento y reverencia. Continuó el fiscal.

—¿Conocía el testigo al difunto Frasquito Miguel?

—Sí, señor.

—¿Desde hace mucho tiempo?

—Desde hace ocho ó nueve años. No sabría precisar ahora cuántos.

—¿Fueron ustedes muy amigos?

—No, señor. Nos saludábamos en la calle y nada más. Puedo decir que sólo le conocía de vista, como conozco á todos los vecinos del pueblo.

—¿No alimentaba usted contra él ningún motivo de resentimiento?

—Absolutamente ninguno.

—¿Los padres de usted conocieron al interfecto?

—Lo ignoro. Supongo que no.

—¿Dónde estaba usted la noche de autos?...

—En mi casa, probablemente, porque casi nunca salgo á la calle después de cenar.

—¿Qué impresión le produjo la muerte del señor Frasquito?

—Una impresión de piedad. Le creía un hombre inofensivo y bueno. Recuerdo que al siguiente día tropecé con su entierro y me uní á su comitiva.

—¿Por qué?...

Esta pregunta, que en otra ocasión cualquiera habría parecido ociosa, interesó á la Sala. También sorprendió á don Gil, que se alzó de hombros.

—Porque sí—repuso. Su voz era tranquila.

El fiscal continuó:

—No comprendo entonces la participación activísima que Rita Paredes y su hermano le atribuyen á usted en el asesinato del señor Frasquito. Ambos afirman que tan coautor como ellos es usted de esa muerte.

—Tampoco yo lo comprendo, señor fiscal.

—¿Frecuentaba usted el trato de Rita?

—No. Con quien he hablado algunas veces es con su hermano. A ella la conocía de vista, sabía su historia y nada más.

El fiscal invitó á Rita Paredes á levantarse.

—¿Es cierto—preguntó—como diferentes veces ha manifestado usted, que el testigo la indujo á matar á Frasquito Miguel?

—Sí, señor.

—Hable usted.

Con leal vehemencia, la mujerona dirigió sus miradas y sus ademanes hacia el hombre pequeñito. Un gran cimiento de lógica, un fondo de verdad, de sinceridad, daba maravillosa trabazón á sus palabras, al parecer incoherentes. Don Gil la convenció de que debía asesinar al señor Frasquito, la dijo dónde éste guardaba sus ahorros y la aseguró que de aquel crímen la Justicia nunca sabría nada. Agregó.

—No había noche en que don Gil ó su alma... ¡ó lo que fuese!... no compareciese en la alcoba donde mi hermano y yo dormíamos, y unas veces á él, otras á mí, siempre nos decía lo mismo: «Que Frasquito Miguel no servía para nada, y que si le matábamos podíamos tener dinero y ser dichosos...»

Las palabras de la mujerona indignaron al hombre pequeñito, que empezó á gritar:

—¡Esa criatura está loca! ¡Sus palabras carecen de sindéresis!... Pero, ¿no lo comprende así la Sala?

Rita le increpó con una cólera que el respeto de las frases no bastaba á encubrir:

—No, señor, no estoy loca. Cuento lo sucedido. Yo desconozco los motivos que usted tendría para odiar á Frasquito Miguel y desearle la muerte; pero lo cierto es que eran muy raras las noches que usted dejaba transcurrir si recomendarnos que le matásemos.

—¡Falta usted á la verdad! Usted y yo no hemos hablado nunca: ni despiertos, ni dormidos, ni de ninguna forma.

—¿Que no, señor don Gil?

—No, señora.

—¿Y de la hecatombe del túnel, no tiene usted la culpa?

—¿Yo?... ¿Yo?...

—¿Usted no me ordenó que, antes de irme con Vicente López, matase á mis hijos, pues de no hacerlo diría usted á la Justicia que entre mi hermano y yo asesinamos á Frasquito Miguel?

A estas acusaciones replicaba don Gil Tomás con negativas rotundas y llevándose escandalizado entrambas manos á la cabeza. Cuanto Rita decía, punto por punto lo negaba el enano. Ni una sola vez consiguieron ponerse de acuerdo, y el careo, por tanto, á pesar de la excelente discreción y pericia del fiscal, no trajo luz ninguna al sumario.

Otro tanto sucedió en el careo verificado al día siguiente entre el hombre pequeñito y Toribio Paredes, lo que restó algún interés á la vista. Toribio exponía lo sucedido y explicaba la complicidad de don Gil en términos idénticos á los empleados por su hermana. Asimismo don Gil se obstinaba en una negativa intransigente, total y sin resquicios. El público empezaba á aburrirse.

En cambio, la declaración de Vicente López trajo una variante muy amena. Al ver á don Gil, el Charro tuvo un ademán de asombro; después aquella sorpresa fué convirtiéndose en miedo y supersticioso terror. Temblaba su voz ligeramente. Sus pesadillas acababan de objetivarse y de hacerse carne; carne real, viva...

—Con este hombre—dijo—yo he hablado en sueños muchas veces.

Las palabras de Vicente López causaron enorme emoción: eran sencillas, reveladoras, implacables. El fiscal preguntó á Vicente:

—¿Reconoce usted bien al testigo?

—Perfectamente, señor fiscal.

—¿Y por la voz, le hubiese usted reconocido también?

—No lo creo: ya sabe usted que en las pesadillas la voz de las personas que hablan con nosotros vibra en nuestro interior y no en nuestros oídos; quiero decir, que no suena realmente.

Las declaraciones de Vicente López y de los hermanos Paredes, ajustándose y completándose admirablemente unas á otras, constituían un terrible bloque acusador para don Gil. Indudablemente en los oscuros entresijos de aquel asunto había un secreto telepático. Si Toribio y Rita hubiesen acusado á don Gil desde el primer momento, hubiera podido creerse en un complot tramado por ambos para suavizar la gravedad de los cargos dirigidos contra ellos. Pero aquel rumbo que las indagaciones judiciales tomaron por los trigales del misterio, surgía de pronto, cuando los procesados llevaban más de veinte días de rigurosa incomunicación.

Las primeras frases en que Rita Paredes se acordó de presentar á don Gil como coautor del asesinato de Frasquito Miguel y de sus tres hijos, parecieron bañar en una nueva luz la conciencia de los otros dos acusados. Espontáneamente y con el franco ímpetu que inspira la verdad, Toribio y Vicente renunciaron á las posiciones en que precavidamente se habían encastillado: Toribio aceptó la parte de culpa que le correspondía en el crimen, y el Charro vió surgir del olvidado horizonte de sus recuerdos la imágen de un hombrecillo que, usando palabras insinuantes de amorosa emoción y melancolía, le aconsejaba buscar á Rita. La armonía de estas declaraciones era rotunda. Entre las de Toribio y su hermana, especialmente, ni una vaguedad, ni una contradicción, ni siquiera una leve discrepancia. En sus espíritus, la impresión de aquellos sueños criminales subsistía intacta. Ambos, por igual, habían experimentado las influencias telepáticas de don Gil, los dos evocaban con exactitud abrumadora, casi documental, el modo cómo aquellas alucinaciones nocturnas se producían, las palabras del sugestionador, su rostro, su traje, sus actitudes, el silencio con que se presentaba y se iba. Al par de Toribio, Rita citaba momentos, miradas, fechas y otros detalles terminantes.

Era imposible que los hermanos Paredes se hubiesen aunado para mantener semejante patraña; esto requería una memoria, un vigor de entendimiento y una sagacidad para la mentira, de que tanto ella como él, eran absolutamente incapaces. Por consiguiente, no se trataba de nada inventado: sus confesiones envolvían un misterio real, acaso un arcano problema científico. A saber: ¿Pueden los espíritus separarse de sus cuerpos durante el sueño? Y en caso afirmativo: ¿Pueden las almas conversar unas con otras y sugestionarse al extremo de realizar despiertas lo que determinaron hacer hallándose dormidas?... Para mayor asombro, las últimas declaraciones de Vicente López ratificaban las de los Paredes, y eran como una firma más estampada al pie de aquella especie de alegato en favor de la existencia de un mundo invisible.

Pero estas arriesgadas presunciones fracasaban ante los ademanes y las miradas, de vertical inocencia, de don Gil. El hombre pequeñito no sabía nada, no comprendía nada, de cuanto le decían. Todas aquellas imputaciones parecíanle calumnias odiosas, tretas abominables inventadas por la astucia de los criminales y que la incultura colectiva acogía con regocijo insano. Él apenas había tratado al señor Frasquito; él apenas salía á la calle de noche; su vida era transparente; vida sin viajes, sin recobecos, sin negocios, deslizada pacíficamente bajo las miradas de sus vecinos. ¿Quién podía reprocharle ninguna mala acción? ¿A quién había engañado? ¿Con quién había reñido? Para honrarle ¿no estaba allí su historia límpida, clara, impoluta, semejante á un cristal bañado en sol?...

Don Gil no mentía, y como las agitaciones de su vida nocturna huían de su espíritu con la vigilia, este olvido daba á sus protestas un acento irresistible de verdad. Si fuertes y leales eran las acusaciones que contra él dirigían los procesados, no eran menos enérgicos los gestos y las frases con que el hombrecillo se defendía; y esta indomable sinceridad hacíase temblor colérico en sus manos y fuego vengativo en sus ojos. Escuchando desapasionadamente á unos y otros, la Sala llegó á convencerse de que nadie mentía. Eran francos los hermanos Paredes, lo era Vicente López, lo era también don Gil. Mas, ¿cómo vincular la vida real á la fantástica? ¿Cómo conceder capacidad criminal y, de consiguiente, valimiento jurídico, á un sueño? Los Paredes y Vicente López aseguraban haber soñado muchas veces con don Gil, pero éste lo negaba. La certidumbre de tales pesadillas era indudable, y no obstante don Gil podía ser ajeno á ellas. Los fisiólogos no han conseguido medir aún el alcance de los sueños. Pudo la voluntad de don Gil presentarse una vez y muchas á los acusados y ejercer presión en ellos; pudieron éstos asimismo, soñar con don Gil, en cuyo caso la imagen del hombre pequeñito cesaba de tener sustantividad objetiva para ser un producto ó visión de la fantasía de los durmientes. Y en esta enmarañada selva de suposiciones gratuitas y resbaladizas apariencias, ¿dónde hallar la verdad?...

Al cabo, con muy sano acuerdo, los señores jueces decidieron atenerse á los hechos comprobados y renunciar á toda laya de pesquisiciones metafísicas; y pues la presencia de don Gil tuvo la virtud de arrancar á Toribio Paredes la confesión de su crimen, no quisieron obtener más de él y restituyeron al hombre pequeñito su libertad.

No obstante, estos interrogatorios y careos dejaron una estela fatal para el enano. Sus discusiones con Vicente López y los Paredes ante la Mesa del Tribunal, y los formidables cargos lanzados contra él, ratificaron en el vecindario de Puertopomares la antigua creencia de que don Gil Tomás, si no capacidades de hechicero, precisamente, tenía, cuando menos, ciertos dones extraños, poderes telepaticos, virtudes hipnóticas, que le permitian ejercer, á distancia, influencia sobre las personas. La opinión elogiaba la hábil cautela con que la Audiencia salmantina desdeñó el aura de brujería en que los tres acusados trataron de envolver al hombrecillo, pero reservábase el derecho de seguir creyéndole un empecatado y temible jorguín.

Como el tonto Ramitas que, de año en año, arrastraba por las calles su gruñido idiota, don Gil llegó á ser un tipo representativo. Ramitas personificaba la ignorancia ambiente; don Gil, la incultura, gofería y atraso de todos. En su cuerpecillo los fanatismos religiosos peores, las supersticiones, la fe en la virtud de las cosas ocultas, cristalizaron.

También parecía tener el rostro de la Muerte.

A nuestro alrededor, día y noche, en todos nuestros actos, en todas las conversaciones, en el agua demasiado fría que bebimos á destiempo, en el rayo de sol que calentó demasiado nuestra nuca, en el negocio que emprendemos, acecha la muerte. Su imperio aciago nos rodea. Es horrible considerar que la casa donde moriremos seguramente ya está edificada, que hay una escalera cuyos peldaños bajaremos en hombros, que la madera de nuestro ataúd existe ya. «¿Cuál es esa casa?—pensamos—¿Qué árbol, entre los millares de árboles que vi cruzando un bosque en tren, dará la madera de mi ataúd? ¿Qué sastre hará mi último vestido? ¿Cuáles serán el último teatro, la última ciudad, el último paisaje, que miren mis ojos? Y, de cuantas manos estrecharon la mía, ¿cuál cerrará mis párpados?»... Estas ideas el pueblo las asociaba al hominicaco del Paseo de los Mirlos. Don Gil Tomás, con su actitud, que destilaba silencio, y sus labios sin risas, debía de poseer la clave de tan terribles preguntas.

Prodújose contra él una reacción bárbara. Los vecinos más pacíficos pedían su destierro. En una taberna de la Puerta del Acoso, varios gitanos habían jurado matarle. Los hombres, que conocían por sus mujeres las grandes venturas nocturnas del enano, tenían celos de él. Los labriegos le hacían responsable de los pedriscos, de las escarchas y de los animales perdidos. Un rehalero aseguraba que una noche de tormenta, á la hora cabalística de las doce, vió á don Gil rondando la majada, y habiéndole arrojado con certera puntería una piedra, instantáneamente cesó de verle, de donde dedujo que no era su cuerpo mortal, sino su espíritu, el que por allí andaba.

La historia tenebrosa del hombrecito color de limón, florecía de nuevo en las tertulias del Toro Blanco y del Casino, y en los corrillos de la Glorieta. Don Ignacio Martínez, que nunca había hablado de la noche en que su mujer, sonámbula, quiso ir á buscarle á casa de don Gil, apremiado por la curiosidad de sus amigos, que tenían noticias de aquel suceso por Fermín, lo describió circunstanciadamente, y su narración produjo emociones rayanas en el terror cerval.

—Ahora comprenderán ustedes—decía el veterinario—por qué al leer que los hermanos Paredes acusaban á ese hombre de la muerte del señor Frasquito, tiré el periódico. Tuve miedo, lo confieso, un miedo que era frío y me llegaba á los tuétanos; miedo á lo sobrenatural, á los muertos... ¡no sé!...

A granel iban acumulándose contra don Gil Tomás recuerdos y detalles. La memoria benedictina de unos, la imaginación hiperbólica de otros y la ignorancia y malevolencia de todos, realizaban este infame milagro. Se recordaron el accidente que privó de la vida á Eustasio, el tonelero; la pesadilla profética de Ursula Izquierdo; el fin de Manuel Ayala, muerto en riña al día siguiente de tener una disputa con don Gil; el fallecimiento repentino de Juanita, la hija del carpintero Wenceslao; y los últimos momentos de Manolo Peinado, expirando en el silencio de una cita. Hasta las buenas acciones de don Gil, consistentes en señalar á las personas de su agrado qué asuntos debían emprender ó de cuáles les convenía guardarse, se revolvían en contra suya.

Acobardado por la hostilidad del ambiente, el hombre pequeñito se refugió en su casa, de la que salía apenas. Una tarde dos mujeres, que volvían de lavar, le encontraron tendido sin conocimiento entre unos matorrales, cerca del Malamula, y compadecidas de él le condujeron á su domicilio. Mientras le llevaban, reían y decían maliciosos donaires. ¡Pesaba tan poco!...

Meses tardó don Gil en reponerse de sus heridas. Durante este tiempo nadie se interesó por su salud. Luego se supo que fueron Luis Olmedilla, recién casado con Anita Fernández Parreño, y Romualdo Pérez, los autores de tan gentil paliza.

XXXIV

Llegada la noche, que era fría, y no bien terminaron de cenar, don Ignacio y su mujer se acostaron. Serían las nueve.

—¿Quién ha preguntado por mí esta tarde?—decía Martínez—; ¿Vino el jardinero? ¿Envió don Valentín las veinte pesetas que me debe?...

Doña Fabiana contestaba brevemente, los negros ojos medio cerrados. Tenía sueño. Entre el blanco embozo de las mantas y la escrupulosa albura de las almohadas, aparecían las cabezas del matrimonio: ella, saludable, carrilluda, opulenta, el hermoso rostro enmarcado por el ébano regio de sus cabellos; él, moreno, atlético, bigotudo, con algunos hilos de plata en el pelo áspero, cortado al rape sobre la frente estrecha, plana y llena de impulsos. Cerca del amplio tálamo y dentro de una camita muy linda y compuesta bajo un transparente balanquino de gasa azul, dormía Antoñita.

Gradualmente el interrogatorio de don Ignacio iba apaciguándose. También él tenía sueño y tiró á un rincón el chicote que estaba fumando. Doña Fabiana bostezó.

—¿Dormimos?—dijo.

—Bueno.

—Hasta mañana, entonces.

—Hasta mañana...

Cambiaron un beso. Ella dió media vuelta, buscando una actitud cómoda, y sus macizas caderas levantaron en el centro de la cama una hinchazón apetecible. Don Ignacio echó fuera del embozo un brazo faunesco, velloso y cobrizo, y apagó la luz. Por los resquicios de una ventana la claridad rubia de la luna tendía en la oscuridad del dormitorio hilos fantasmales. Aún doña Fabiana, la lengua entorpecida por el sueño, interrogó:

—¿A qué hora he de llamarte?

—A las siete, en punto.

Silencio. Casi inmediatamente los dos empezaron á roncar. Transcurrió mucho tiempo. Los gallos habían cantado ya varias veces. Eran más de las cuatro. De súbito, en la quietud del caserón, la voz atiplada de la niña vibró imperiosa, apremiante; su acento expresaba terror:

—¡Mamá... mamá!...

En el lecho de sus padres, sus oídos, hiperestesiados por el miedo, percibían balbuceos de angustia y rebullos extraños de lucha. Volvió á llamar:

—¡Mamá!... ¡Mamá!...

—¿Qué?... Voy...

Respondía doña Fabiana entre dientes. Antonia repitió incorporándose y con la garganta llena de lágrimas:

—¡¡Mamá!!...

La señora de Martínez despertó; respiraba difícilmente y tenía la frente y el cuello bañados en copiosísimo sudor.

—¿Qué es?—exclamó extendiendo una mano hasta palpar á su hija—; ¿qué es?... ¿Sucede algo?

Y la niña:

—¿Por qué gritabas, mamá? Me has asustado; ahora siento mucho miedo.

—¿He gritado, dices?...

—Sí; diste un grito horrible. ¿Soñabas?

Tardó en responder.

—Sí, creo que sí...

—¿En qué soñabas?

—No sé, no me acuerdo. Ea, duerme.

Destosió, se frotó los ojos, procurando entrar en posesión de sí misma. Antoñita decía bien: había soñado. Tenía los brazos cruzados fuertemente sobre el pecho, lo que produce pesadillas.

—Sí—repitió—estaba soñando... ¡Gracias á Dios, todo es mentira!...

Don Ignacio también comenzó á removerse; forcejeaba y por entre sus dientes se escapaban palabras inarticuladas y resoplidos de coraje. A su vez, doña Fabiana tuvo miedo de aquella voz que parecía venir de otra vida. Encendió luz.

—¡Ignacio!...

Volvióse hacia él, tocándole en la cara nerviosamente.

—¡Ignacio!... ¿No oyes?... ¡Ignacio!... ¡Ignacio!...

Antoñita, de rodillas en su cama, los brazos extendidos y suplicantes, las cejas llenas de aflicción, repetía:

—¿Qué tiene papá?... ¿Qué le sucede?...

El veterinario tardó en recobrarse. Al cabo abrió los párpados, y había en su rostro la angustia del náufrago que vuelve á flor de agua tras de una larga inmersión. Estaba fatigadísimo y alentaba con trabajo; la violencia de las palpitaciones de su corazón le sofocaban. Sus manos, apretadas una contra otra, parecían oprimir algo...

Doña Fabiana repetía:

—Ignacio, tienes una pesadilla... ¿Oyes?... Tienen una pesadilla... ¡Despierta!...

Suspiró el señor Martínez y demostró haber hallado su conciencia.

—¡Sí...—dijo—qué horror!... Es verdad... ¡Estaba soñando!...

La voz de la niña vibraba implorante y llorosa:

—No sueñes, papá; me das miedo.

—No, hija mía...

—Me das mucho miedo; me parece que te has muerto y después de morirte hablas.

—Tranquilízate: es que me había acostado del lado izquierdo. ¡Ya todo pasó!... Ea, duerme. Hasta mañana.

Antoñita se acostó, hundió en las blanduras de la almohada su cabecita rubia y, ganada por el grato calorcillo del lecho, tornó á dormirse. Doña Fabiana apagó la luz. Hubo un largo silencio. Luego, muy quedamente, llamó don Ignacio.

—Fabiana...

—¿Qué?

—¿Tienes sueño?

—No. Habla bajo, no despierte la niña.

—Oye...

Ella, despacio, muy despacio, para no hacer ruido, volvióse de cara á su marido. Agradecíale aquel ratito de conversación, pues tenía miedo. Le abrazó bajo la suave tibieza de las mantas. El prosiguió, hablando casi con el aliento:

—Acabo de pasar un rato malísimo. ¿Sabes lo que soñaba?... Pues que don Gil Tomás, enamorado de ti y creyéndome ausente, había entrado en este cuarto á seducirte.

Precipitadamente doña Fabiana hubo de meterse un trozo de sábana en la boca para sofocar un grito.

—¡Ignacio!—balbuceó la mujer, empavorecida—Ignacio... ¿Qué es esto?... Yo he soñado lo mismo.

El señor Martínez empezó á temblar.

—¿Es posible?

—Sí.

En un reloj lontano sonaron las cinco. El veterinario sintió que algo viscoso, frío, como una mano muerta, recorría su espalda. Efectivamente, había en aquella coincidencia un soplo sobrenatural, un estremecimiento de otra vida. Prosiguió:

—Nosotros nos hallábamos acostados aquí, tú á mi derecha, según estamos ahora, cuando ese hombre llegó. Le encontré un poco raro: el semblante más flaco, más amarillo; el resto del cuerpo no se distinguía bien... parecía borroso... ¿Le soñaste tú así?...

—Lo mismo—repuso doña Fabiana, persignándose—; lo mismo...

—Entró deslizándose por entre ambos batientes de la puerta...

—Eso es.

—Y avanzó por detrás de la butaca...

—Exacto.

—Hasta detenerse á los pies del lecho de la niña...

—Exacto, justo—repetía doña Fabiana que sentía helarse su carne de pavura.

Continuó don Ignacio:

—No dijo palabra don Gil, ni yo me incomodé en preguntarle á qué venía, pues en su frente, como en un libro, leí su intención. De un brinco le salí al encuentro; recuerdo que por ese lado, por la derecha, y me abalancé sobre él.

—Es verdad. Yo le había hecho señas de que se fuera, para que tú no le vieses, pero no me entendió.

—Luchando á brazo partido caimos los dos al suelo; mas él quedó debajo, y yo, teniéndole bien sujeto con mis rodillas, empecé á estrangularle. ¡Ah, qué placer, cuando le cogí por el cuello, sintieron mis manos!... El perneaba, quería morderme, luego me pareció que vidriaba los ojos...

Doña Fabiana interrumpió á su marido.

—Sí, sí... ¡qué espanto! Todo eso lo he visto yo... ¡lo juro!... lo he visto... ¡lo he visto, como si realmente hubiese sucedido!... Entonces fué cuando di un grito y la niña me despertó.

—Indudablemente—repuso don Ignacio—porque yo oí ese grito y tu figura empezó á desdibujarse hasta desaparecer.

—¿Dejaste de verme?

—Completamente; y entonces oí tu voz y desperté.

La señora de Martínez, devotamente, tornó á persignarse.

—¡Ay, Ignacio!... Tengo un miedo horrible. Yo juraría que, hace unos instantes, el alma de don Gil Tomás ha entrado aquí.

—Creo lo mismo.

—¿Estará ese hombre enamorado de mí? Hay en todo esto como una brujería.

—¡Quién sabe!... Tal vez...

No hablaron más y durmieron sosegadamente hasta el otro día.

A la mañana siguiente corrió por el pueblo la noticia de que el hombre pequeñito había muerto. Sus criadas, cuando fueron á llevarle el desayuno, le hallaron tendido en su cama, frío y blanco. Los médicos á quienes el juez, don Niceto Olmedilla, encargó reconocer el cadáver, no hallando en éste nada anormal, certificaron que don Gil había fallecido de un derrame seroso. El parte facultativo añadía que la muerte debió de ocurrir aquella madrugada, entre cuatro y cinco...

Madrid, Junio 1914.

FIN