Enfoncées les républiques de l’Amérique latine, mon cher! Así comentó un mi amigo, francés, la noticia de la carnicería serbia. La reina Draga desventrada; el rey asesinado con exceso de crueldades; los cuerpos desnudos tirados al patio por una ventana; otros cuantos muertos en el Konak por la soldadesca traidora y borracha. No. Hay mucho que huele á podrido en las repúblicas de la América Latina; pero se debe confesar que aun en las más atrasadas no se ven horrores iguales á los que acaba de presenciar el mundo en Belgrado. Sin embargo, aquí no se ha gritado, como cuando llega la noticia de una revolución hispano-americana: Ah, les rastaquoueres! Ah, les sauvages! Discretos escritores sí lo han dicho con elegantes modos; pero si la cosa hubiese pasado en esas petites républiques, hubiésemos aparecido una vez más en los periódicos como vistosos caníbales y tramposos antropófagos. La tragedia serbia ha sido, en verdad, shakesperiana, de un Shakespeare de última hora; pero muy nocturnamente bárbara y muy final de Hamlet. El finado Moratín lo certificaría con espanto.
Un reyezuelo degenerado, que se encadena por una pasión viciosa á una bella mujer, llena de seducciones y de ambiciones. Una Corte hirviente de intrigas, una claudicante política, un pueblo humillado, militares celosos, nepotismo áulico, miserias doradas, y luego la traición y el asesinato. Para llegar á lo shakesperiano, un poco de Suetonio y otro poco de Daudet, del Daudet de Los reyes en el destierro.
Todo el mundo sabe quién fué el rey Milano, el gordo calaverón que hacía el monarca sin trono en París, gastando estúpidamente el dinero del pueblo serbio, el tunante de bar y círculo, equívoco jugador, innoble bebedor, que pagaba á 180 francos la botella de vinos malos y andaba de conquistador entre pelanduscas y suripantas, gozosas de morganáticos afectos. Todos saben cómo vivió y murió el marido de la reina Natalia. Y por la herencia física y moral que dejara á ese pobre y nulo muchacho, que han despedazado los conjurados en el Konak, es Milano el primer culpable de la tragedia sangrienta que deja á los Obrenovich sin cabeza para una corona, á no ser que empiecen á aparecer hijos de Milano por todas partes, y entonces serán cabezas de nunca acabar. Milano, con sus vicios, por un lado; Natalia, por otro, con su orgullo; el joven Alejandro, que no tenía nada que agradecer á la Naturaleza, recibió una educación precaria, se desarrolló sin afecciones; apenas su adolescencia despierta, es la dama de honor de su madre, la hábil Draga, la que le domina con la más irascible de las dominaciones. Con el vergonzoso ejemplo paternal quiere una vez el rey gobernar y reinar, al par que imponer á su pueblo los caprichos de la barragana elevada al trono, caprichos de burguesa endiosada y vengativa. ¡La desventurada mujer apenas tiene la excusa de haber sido muy hermosa! Se citan, á propósito de ella, estos versos terribles de Villiers de I’Isle Adam:
Hay también, como en Villiers y como en Elemir Bourges, negras intrigas y emponzoñados complots que un día tendrán que estallar, por los antiguos amantes olvidados y las rivalidades celosas y las vanidades heridas. Para mayores complicaciones, la antigua dama de honor había de ser infecunda. Y las naciones presenciaban la comedia grotesca de un embarazo falso y una paternidad despechada. El rey vulgar, casi imbécil, se divertía con aparatitos que imitaban el burro, el perro, el gato y el cerdo. Era una gaga joven, ó un joven gaga. No supo halagar á ningún partido, ni formarse un sostén seguro. No tenía más apoyo que los brazos blancos de Draga. Así, llega la noche de los asesinatos. El más verídico de los narradores de esa noche horrible cuenta de esta manera: «Doscientos ó doscientos cincuenta oficiales estaban en el complot. Se trataba de penetrar al palacio, cuyo servicio de guardia—hasta el matrimonio—fué hecho por tropas ordinarias. Desde el advenimiento de Draga el rey había formado dos regimientos de tropas escogidas, á pie y á caballo. Precaución inútil ... En la noche del miércoles los oficiales conspiradores esperan la hora propicia en el club ó en sus casas. Se bebe, se bebe mucho. Se excitan. Se canta, por irrisión, canciones en honor del rey y de la reina. Un poco antes de las dos de la mañana los oficiales van á los cuarteles á buscar á sus hombres».
El teniente coronel Michitch y el comandante Luca Lazarevitch están entre los más resueltos. A las dos el palacio real es rodeado por el 6.º regimiento de Infantería, algunos destacamentos del 7.º y del 8.º, los oficiales del curso superior de la Escuela Militar y tres baterías del 4.º regimiento de Artillería. Se deja á las tropas á alguna distancia, y 40 oficiales se presentan á una de las rejas del palacio real. Es la puerta de entrada que se usa para ir al Konak cuando se llega por la calle Milano. Se sigue la avenida y se entra al palacio por una gran puerta, cerca de la cual hay oficiales de guardia y gentes del servicio. La primera puerta es franqueada sin dificultad por los conjurados; cómplices la habían dejado abierta. La segunda debe abrirla Naumovitch.—Naumovitch es uno de los oficiales en cuya fidelidad reposa la seguridad de los reyes: ha prometido traicionar. Pero cuando los oficiales se presentan en la segunda puerta, Naumovitch no está. Sin duda duerme. No se le esperará. Los conjurados, precavidos, llevan dinamita. La dinamita no sirve de gran cosa, y el segundo cartucho mata al traidor Naumovitch, que llega. Milkovitch, capitán fiel, se despierta, hace frente, y lo matan. El Konak está en tinieblas. La dinamita ha cortado los hilos eléctricos. Se encienden algunas bujías. Petrovich, ayudante del rey, es también muerto. Fijaos en estos detalles:
«Los conjurados piden á Petrovich que les guíe á la cámara real. Él parlamenta, para ganar tiempo. Pero los oficiales no se dejan distraer. La luz de las bujías sube por la gran escalera y se esparce en los salones del primer piso. Las hachas, los sables desnudos, muerden al paso los muebles preciosos. La rabia de los asesinos, en esa obscuridad horadada de llamas pálidas y temblorosas, se manifiesta con los objetos inanimados. Petrovich cae, gritando, junto á la cámara real. Y el rey y la reina, que han oído el ruido sordo de la dinamita, los pasos precipitados de los oficiales en el hall, los primeros tiros, la subida por la escalera, la pueril batalla contra los sillones desventrados, el rey y la reina han podido percibir, última advertencia, el ronquido agónico de Petrovich. La puerta de la cámara real ha cedido al hacha. El lecho está vacío, el cuarto vacío. Momento de terrible angustia para los asesinos. ¿Si los reyes han podido huir? Buscan, alumbran debajo de la cama, en los rincones, tocan los muros. El silencio de esta rebusca angustiosa es roto por un grito de triunfo».
Bajo una vasta colgadura, en el fondo de la cámara, enfrente del gran lecho, un oficial acaba de descubrir una puerta disimulada. Es una especie de aposento con armarios para toilette de la reina. En el rincón de la izquierda, el rey y Draga vivirán aún algunos instantes, pues casi todas las velas se han apagado. Están vestidos con sus camisas de noche. Hacen frente á los matadores. Luego, los balazos y los sables que cortan las carnes. Hay tres pequeñas ventanas en la pieza en que muere la dinastía de los Obrenovitch. Draga se asoma y grita: «¡Socorro!» Los gritos se pierden en el silencio; pero un rayo del alba viene á alumbrar el fin del drama. Mueren.
Y el rey, ese rey cuasi imbécil, ha tenido un bello gesto de muerte: «Quiero que se me deje morir con Draga en mis brazos.» Y en sus brazos blancos, de amor y vicio, muere. La soldadesca ebria arroja los cadáveres desnudos por una ventana. Es un instante en que reviven escenas del bajo imperio. Los dos hermanos de Draga mueren también sin bajeza. Piden fumar un cigarrillo cuando los van á fusilar: lo fuman, se besan, y entran en la muerte. Y el día alumbra la sangre y la venganza. Las músicas militares tocan por las calles y plazas, mientras la ciencia llega á revolver los cadáveres y á revelar, con el bisturí, en Alejandro: «Degeneración é infiltración grasosa del corazón; degeneración grasosa del hígado; cráneo espeso, de trece milímetros; espesor precoz de las meninges, con petrificación parcial; la duramater del lado derecho pegada á la píamater ...»; y en Draga la bella: «Comienzos de tisis cicatrizados; cuerpos fibrosos», etcétera; antiguas máculas, viejas miserias de enfermedad. ¡Triste y miserable y doloroso cuadro!
La oración fúnebre es de un soldado, y es también digna de Shakespeare. El soldado es un rudo gañán serbio, que lavó el cuerpo. Dijo:
«—¡Estaba bella en la muerte!»
Entretanto, un rey nuevo, flamante, es proclamado. Pedro I, burgués de Ginebra, va á hacerse cargo de la corona serbia.
Y en París, como en el bello libro de Daudet, vive la familia de los Karageorgevitch, que entra á Belgrado en triunfo. Y hay un príncipe Bodjjar, artista, soñador y artífice, que tienen amigos poetas, que fabrica bellos anillos, esculpe hermosos bustos y hace encuadernaciones de gran valor. Y hay un príncipe Arsenio, que tiene sus amigos entre los trasnochadores de los bars de lujo, que juega y tira el dinero, que bebe en compañía de inútiles mundanos y de cocotas el cocktail áspero y el amable champaña; y que, cuando entró al bar de la calle Helder el día de la gran noticia, fué saludado alteza por la clientela, entre taponazos y banderas serbias.
—¡Brindo por tus treinta y cinco millones!—dijo una de las alegres muchachas de á tantos luises.
Y sonreía el príncipe del bar.
Pero es que tú, lector, ¿irías tranquilamente á vivir al Konak?
La tarjeta postal, en estos momentos, es una de las más animadas expresiones de la actualidad. Sus comentarios gráficos de los más notables sucesos serán más tarde inapreciables documentos. Pintan el estado de ánimo, el humor, la opinión de la generalidad. Con motivo del viaje de los reyes de Italia, ha habido una abundancia de tarjetas que no se ha visto en otras ocasiones, ni cuando la llegada del rey de Inglaterra, que se prestó á muchas ocurrencias y juguetes de ingenio. Sin pretender á las hábiles tareas de un John Grand Carteret, ó de un Octave Uzanne, procuraré daros una idea de ello en este «tímido ensayo», que me atrevo á llamar filatélico.
Desde el anuncio de la visita de Vittorio Emanuele y Elena, aparecieron las primeras tarjetas, junto con las primeras canciones y el himno real italiano. Eran simples retratos y caricaturas con el vulgar motivo parisiense de Viens, Poupoule ... Puede decirse que no había en el pueblo una completa idea de la transcendencia del acercamiento de los dos jefes de Estado. La Prensa aclaró las cosas, y entonces, los autores de tarjetas, ilustrados por los periodistas, comentaron é ilustraron á su vez el acontecimiento. Cuando los reyes llegaron circuló ya una buena cantidad, y en los días de su permanencia la venta fué crecidísima. Pueden dividirse en tres clases las tarjetas:
Primera. Las que representan retratos solos, ó retratos con alegorías.
Segunda. Las que se refieren simplemente á la llegada de los soberanos y caricaturizan cosas municipales y nacionales.
Tercera. Las que, llenas de intención, entran en la política exterior. Os expondré unas y otras.
Las primeras son copiosas, copiosísimas. Una se compone de dos banderas, italiana y francesa, con los respectivos retratos de Vittorio Emanuele y M. Loubet. Y bajo ellos unos compases de la Marcha Real y de la Marsellesa.
Otra: bandera italiana, vivos colores. En el centro, entre dos escudos ornados de olivo, y coronados por la corona real, los soberanos. Abajo, compases de la Marcha Real.
Chillona, ultrapopular, otra, entre el escudo italiano y otro con la R. F. enlazadas sobre haces y dos banderas francesas, una pintoresca Italia, de faldas rojas y corpiño verde y una no menos pintoresca Francia, de falda verde, corpiño rojo y gorro frigio, con el pabellón, se dan la mano sobre el retrato pésimo del rey. Abajo: «París, Octubre 1903.»
Otra criarde: sobre un vago continente, en que se distinguen bien la bota de Italia y Francia, flotan dos grandes pabellones, y sobre los dos grandes pabellones, un águila con las alas abiertas y una corona de olivo en el pico, une las dos astas. Retratos de Loubet y Vittorio Emanuele, bajo una composición blanco y negro, que representa un paisaje, una villa y tres soldados de la guerra de Italia. Arriba: «1859» y á un lado: «Solferino, Magenta.»
Retratos de los reyes y M. Loubet, armas de Italia, una testa de león, y, sobre todo, abrazadas las dos naciones hermanas, que semejan dos modistillas. El presidente y el rey. A un lado, armas de Saboya, corona, haces, ramo de olivo, monograma de la República Francesa, y arriba el gallo galo, lanzando un orgulloso cocorocó. En el fondo, sobre un resplandor solar, Liberté, Egalité, Fraternité. Hay otra con idéntico motivo, pero con distinta colocación de detalles. Un rey y un presidente, en altorrelieve coloreado, y que parecen bons-hommes de pim pam pum, se estrechan seriamente la diestra. Arriba, los correspondientes escudos. Un lamentable busto del monarca, entre dos banderas de las sororales naciones, sufre el aspergeo de flores de una República de buenas carnes. En el zócalo: «A Víctor Emanuel—Octubre 1903.»
—Retratos del rey, la reina y el presidente, sobre un confuso dibujo que significa á M. Loubet presentando á la reina á las mujeres de Francia. Esto entre dos muñecas que asen sendos ramos de olivo. Leyenda: Dediée par les fammes de France.—A sa majesté.—La reine d’Italie.
No cuento los innumerables clisés fotográficos reproducidos, con la figura de sus majestades, como los de Toppo, de Nápoles, y Brogi, de Florencia; y los bustos, con escultograbado. Pero ellos han popularizado la imagen del rey, y hecho admirar la belleza de esa reina, por todos puntos encantadora.
Las que se refieren á la llegada de los soberanos son asimismo variadísimas, aunque, por lo común, de muy escaso mérito; pero repito que se trata de expresiones populares, y no de trabajos artísticos. En una, de movimiento, tirando de un cartoncito, M. Loubet, que está ante el tren real, en compañía de M. Combes y del general André, se inclina en un respetuoso saludo, mientras aparece el rey por una portezuela, y un letrero en otra: «Viva Víctor Emanuel III.» En otra, tirando del susodicho cartoncito, rey y presidente se saludan y se dan un abrazo.
Hay una scie reciente, en París, tan tonta como todas: T’en as un oeil! Eso no quiere decir nada y se aplica para todo. Es un término de compadrería parisiense. He aquí una tarjeta que se llama T’en as un Macaroni. La cabeza real surge de un montón decorativo de macarroni. C’est bete; pero á la gente le gusta. Una serie presenta la llegada, la rue Royale, en Versalles, la comida de gala, y la revista, en muy feos monos pintarrajeados. No hay ni gracia, ni intención, ni nada; pero eso se vende. El automovilismo tiene su parte. Rome-Paris—Plus d’Alpes! Eso indica un camino nevado, en la cordillera alpina, y un grupo de aldeanos que saludan al paso de un auto en que viene el deseado Vittorio Emanuel. Es un fotograbado. En otro automóvil, y parodiando el número sensacional de un ciclista de café-concert—«la flecha humana»—llegan los reyes por un plano inclinado, á dar el gran salto. El presidente, risueño, les espera con los brazos abiertos, teniendo al lado un contrahecho Delcassé. Eso se llama La fleche royal. Y la aerostación: en dos globos, sobre barquillas de fantasía, y en trajes chillones, presidente y presidenta, rey y reina, contemplan una revista de tropas.
Hay otras, sin mayor chiste, que circulan también en profusión. Vittorio Emanuel desciende del tren, con dos cajas de macarroni y su valija, y el presidente le sale al encuentro, con un Delcassé chico que le tira de los faldones, y un general André largo, que lleva una botella de pernod. Abajo: Viens, totor, viens, y, T’en as un oeil. Menos mal hecha otra, ofrece á un Delcassé marmitón ante una cazuela de macarroni, de la cual saca dos que rematan en las testas del rey y del presidente. Ese está bautizado: La bonne cuisine.
Conocida es la sonrisa habitual del jefe de la República francesa. Helo aquí, recibiendo en la estación al amado primo, que llega vestido de bersaglieri, y como le encuentra más sonriente aún que él: Ah mince alors! Tu l’as le sourire!! Tras el presidente, Delcassé, amarillo, le lleva el sombrero, y André, negro y rojo, presenta la espada.
No podía dejar de aparecer el cuento de la tiara de Sait Aphernes. En una tarjeta, al darse la mano, le dice el rey á M. Loubet:—¡T’en as une tiare! En efecto: el excelente señor está casqueado de oro con el famoso artefacto.
No falta el Loubet vestido de mujer, en las rodillas del rey, abanicándole con el abanico de la Paz, mientras él se fuma un gordo habano. El autor de la caricatura ignora que el rey de Italia no fuma.
Aquí M. Loubet recibe al rey y á la reina; Delcassé lleva la cola del traje real. André sonríe. Y arriba inscripciones: «¡Evviva Francia! ¡Evviva Italia! ¡Evviva Napoli! ¡Evviva Garibaldi!» Lepine, con un gran palo, guarda el orden ...
Ved ésta: el rey, con su gran penacho, va á ver á M. Combes: Pour vous ma premiére visite: merci mille fois, mon cher, de mavoir envoyé les Chartreux. C’est un tresor inespére pour l’Italie, et pour moi! En otra, dos muchachonas mal esculpidas, portando las banderas de los dos países, se dan la mano, bajo una estrella de oro y la inscripción: L’aliance latine. Y como no falta aquí lo rigoló y todo es con la mejor intención del mundo, hay una carte postale en que sus majestades, en el Jardín de París, se lucen en un chahut desenfrenado.
Y pues de danza hablamos, ved las que á la danza se refieren: M. Loubet y el rey, entre los escudos nacionales, bailan el cake-walk. M. Loubet y el rey, mientras Delcassé pistonea sobre un plato de suculenta pasta, bailan otro cake-walk, ente espirales «macarrónicas».—L’invitation á la valse: Unos cuantos niños se divierten. Dos bailan y tres ven bailar. Demás decir que los que bailan son presidente y rey. Nicolás mira con envidia; Eduardo, con asombro. Allá, medio escondido, asomando la cara, con envidia, está el niño Guillermo. Está bien compuesta. Se diría una página de Caras y Caretas.—Otra danza: el presidente, que, como se sabe, es de Montelimar, hace un vis á vis con Vittorio Emanuel. El uno lleva una caja de nougat y el otro un plato de la pasta nacional.—En otra, al son que tocan sus respectivos cancilleres, Loubet-Francia, pandereta en mano, hace pareja con el rey, alegre. Eso es el «Concierto franco-italiano» «¡Evviva la Francia! ¡Evviva la Italia!» «¡Evviva Vittorio Emanuele! ¡Evviva Loubet!»
En la danse du nougat el rey baila malabareando con los paquetes de nougat que le tira su consorte, y del cual Delcassé, vestido de egipcio, sostiene un gran plato. El presidente toca el violín.—Penses-tu? Penses-tu? Penses-tu? Qu’ca reussisse?... La pregunta es intencionada, ante otro cake-walk político que la reina contempla. En otro dibujo aparece ya Rusia. El presidente, el rey y el zar danzan en ronda. En otra, Delcassé, los pies para arriba, está junto á los dos grandes y buenos amigos, que se agitan en un paso de quadrille. Y en otra, Inglaterra toma también parte, y cada cual baila su són: Víctor la tarantela, Nicolás una difícil gimnasia nacional, Eduardo la gigue, y Loubet ... el cake-walk.
He aquí: mientras una espesa Mariana se lanza á una audaz coreografía, Víctor la solicita: Viens Poupoule! Y ya en otra tarjeta, la tiene asida del talle:—Encore un baiser, veux tu bien?—Un baiser, n’negage á rien....? El autor de estas dos últimas debe ser español, al menos de origen, pues firma Morales.
Por último, Le cercle de la vie: el rey y el presidente, en bicicleta, mientras Delcassé les contempla, realizan la peligrosa suerte que en un music-hall se llama «el círculo de la muerte». Y la que representa á Loubet, de gallo, ante sus majestades. Loubet: «¡Qué grata sorpresa!» Emanuel: «Su majestad ha querido conocer vuestra fina sonrisa.» Y á un lado, Eduardo:—Ah, ce qu’on rigole á París! Y allá lejos, como un rey salvaje, el emperador del Sahara:—Moi, s’il m’invite, je n’irai pas!
Para concluir he dejado las más picantes é incisas. En una, M. Loubet, disputado por Eduardo, Víctor, Nicolás y Guillermo; uno le tira por un brazo, otro por otro, y los demás por los faldones del frac: Decidement, on se m’arrache! La «Nueva Tríplice» es un hombre de tres cabezas, las de Víctor, Loubet y Eduardo. Cerca el zar mira admirado; y allá, en el fondo, Guillermo, cruzado de brazos, contempla afligido, y tras él Francisco José no sabe qué hacer.
Una muy epigramática: El zar, knut en mano, lee las noticias de París, y exclama: Je tremble! Qu’Emmanuel ne lui fasse un emprunt; j’en ai tant besoin!
En «El eclipse» se interpone entre Loubet, por quien es atraído, y Guillermo, que le quiere detener por los pies, el rey de Italia.
Proclamando que la unión hace la fuerza, se ven otra, junto á Loubet y el zar juntos, Eduardo y Víctor Manuel, que llegan á juntarse; y allá lejos, saludando militarmente, ¿por qué no?, acude Alfonso XIII. «Querido, lo siento mucho; pero os tengo que dejar á la puerta.» Quien así habla es el rey de Italia, con su aliado y amigo el emperador alemán. Allá en la frontera, tras los Alpes, saca la cabeza Loubet, que aguarda.
Dos macabras: En tanto que el tren va camino de París, al dejar Modane, surge ante el rey italiano un espectro, como otra vez el de Jesús ante Pedro:—Quo vadis, Emanuele? Y en otra que se llama «La pesadilla de ultratumba», Crispi y Bismarck se alzan de su sepulcro, ante Víctor y Loubet, que de buen humor les gritan:—Ohé, Crispi! t’en sa fait une gaffe! Ohé, Bismarck, t’en as un oeil!
Y la que puede dar la mot de la fin:
Víctor Manuel vuelve de París y se encuentra con su amigo Guillermo: «¡Dichoso tú, primo! ¿Cuándo me toca á mi?...»
Hay más filosofía que la que se cree en esos pedacitos de cartón.
Uno de los primeros libros que despertaron mi imaginación de niño: las Mil y una noches. Uno de los preferidos libros, que actualmente releo con invariable complacencia: las Mil y una noches. Antes leía la única versión española, aún más expurgada y traidora que la francesa de Galand; hoy me recreo con la literal de Mardrus, en su libertad de verbo y figura y su prestigio oriental, tan maravillosamente transpuesto. Allí concebí primeramente la verdadera realeza, la absoluta, la esplendorosa. Allí se me aparecieron, allí—y en los «nacimientos» ó «presepios», con Melchor, Gaspar y Baltasar—los verdaderos reyes, los reyes de los cuentos que empiezan: «Este era un rey ...»
Reyes de Oriente, magos extraordinarios; reyes que tienen jardines donde vagan libres leones y panteras, y en que hay pájaros de dulce encanto en jaulas de oro ... Reyes con tantas mujeres como el rey Salomón, y piedras preciosas como huevos de paloma, y esclavos negros que cortan cabezas, y pipas en que humean tabacos que huelen á esencia de rosa ... Reyes que se parecían al belga Leopoldo como un clavel á un cepillo de dientes, ó un pavo real á un impermeable.
El original y picante Luis Bonafoux cuenta, en una de sus impagables crónicas, su desilusión cuando el rey de Siam, no sé en dónde, le preguntó apurado por cierto lugar ... Si non é vero, está muy bien contado. A mí no me ha preguntado por nada el cha de Persia, Mouzaffer-ed-Dine, pero le he visto varias veces, con su levita, su gorro, sus diamantes, sus bigotes largos y grises, y su cara de fastidiado, de muy fastidiado; y confieso que me ha destruído una ilusión más. No importa que se describa en los periódicos el trono suyo de Teherán, todo de oro y pedrería, y un pavo real también hecho de oro y gemas luminosas; ni la esfera en oro macizo en que los mares están representados por innumerables esmeraldas, el Africa por rubíes, la Persia en turquesas, Francia é Inglaterra por diamantes, y los otros países por diferentes piedras preciosas; sin saber que cuando da una audiencia—siempre allá en Teherán—ofrece en una caja rubíes, zafiros, esmeraldas, diamantes, perlas, turquesas, como quien da un cigarrillo ó una pastilla. Cuando le he visto, se me ha parecido á todo menos á un «rey de reyes», como sus antecesores y mis ilustres tocayos los Daríos, más ó menos ocos ó codomanos, pero admirables en el prestigio de su poética gloria y en la grandeza semidivina de las leyendas. Gracias á los Dieulafoy podemos admirar en el Louvre aquella civilización ostentosa y potente, bajo aquellos conquistadores de la India, vencedores del macedón y del tracio, que no iban á tomar curas en los Contrexeville de la época.
La impresión que tengo del cha, es que es un señor que se aburre soberanamente, y á quien le importa un comino todo lo que no sean las «cositas» de París, ó las berenjenas con queso ó sin él; á las berenjenas las adora, y en el Elisée-Palace-Hotel, donde vive, y en todo lugar oficial en donde come, hay que servírselas irremisiblemente. Y en cuanto á su manera de pensar sobre el país que hoy le acoge y le festeja, se resume en la única frase de francés que sabe, y que repite para todo: Joli Paris! Joli Paris!
A este propósito cuenta un indiscreto la visita que acaba de hacer á su majestad persa el ministro de la Guerra, general André. Lo primero que dijo el cha al ministro, al estrecharle la mano, fué: Joli Paris! Joli Paris! Luego, ya sentados, le señaló una tabaquera incrustada de las indispensables piedras que sabéis, y le dijo en su idioma: Kerli, lo cual quiere decir tabaco. Tradujo la palabra el intérprete imperial, Freydoun Montazem Saltanek. El general tomó un cigarrillo, y el gran visir, haciéndose el pillín, como dicen en España, le ofreció fuego en un aparatito eléctrico. El general André encendió, y en ese momento el aparatito se puso á tocar el Vals des anglais. Y el cha, que esperaba la sorpresa del general, con los ojos alegres, contentísimo: Joli Paris! Joli Paris!
Después, se puso hablar en persa con su ministro en París, el general Nazare-Agha. Y éste tradujo al ministro de la Guerra: que su majestad estaba muy deseoso de conocer el nuevo fusil del Ejército francés, «el fusil con que V. E. acaba de armar tropas».
André se quedó asombradísimo, aún más que con lo de la cajita de música: «No hay ningún fusil nuevo—dijo—. Ya he tenido el honor de mostrar en persona á S. M. nuestro armamento, cuando nos visitó el año pasado.» El cha, á quien se tradujo esa respuesta, pareció no darse bien cuenta de ella; pero para no darse por vencido, se puso un poco serio, y luego, dirigiéndose al ministro, sonriente: Joli Paris! Joli Paris!
Como le invitasen á ir á las maniobras, contestó que iría con placer; pero cuando supo que había doce horas de ferrocarril, manifestó que no iría, pues no le place viajar mucho en ferrocarril. No faltó el regalo. Ofreció al general André un estuche con una cigarrera—demás está decirlo—de oro y piedras preciosas, con su cifra grabada. Luego fué la despedida. Antes de partir díjole el general el último oficial cumplimiento. El cha se puso á mirar las muchas condecoraciones de André. Y como viese sobre todas el cordón de la Orden del León y del Sol, su Orden, dijo, señalándosela, en persa: «La Orden del León y del Sol no podría recompensar á un militar más ilustre, á un jefe más valiente, á un ministro más esclarecido.» Y luego, en francés: Joli Paris! Joli Paris! Mouzaffer-ed-Dine es un estimable filósofo.
En el lugar donde ha estado últimamente «en villegiature», un quiromante mundano consiguió que el potentado oriental le diese á estudiar su diestra. He aquí el resultado: «La línea de cabeza del soberano es casi nula; sin embargo, es fina como un cabello femenino, é indica aptitudes diplomáticas». La línea del corazón, por el contrario, se desenvuelve majestuosamente, sembrada de islotes, de meandros rojos, que indican pasiones carnales violentas y complicadas. La línea de vida es débil, pero prolongada; días largos y malestares constantes. Su Majestad es glotón—¡aquí de las berenjenas!—y se inclina á hacer trampa en el juego. El Monte de Mercurio tiene un desarrollo normal: si el cha no fuese un poderoso monarca, sería un comerciante de mérito. Pero lo que está sobre todo en su real mano, es la línea de las artes. Entre las manos «conocidas» la del pintor Carolus-Duran, es la que más se le parece. Si el cha pintase, escribiese, triunfaría. Y el cha no lo hace. ¡El cha es un señor muy cuerdo!
No creamos en las quirománticas rayas, ni dejemos de creer. El cha será un gran diplomático natural, y desde luego más culto que su difunto padre, que se limpiaba los dedos, después de comer, en los ricos cortinajes de los palacios en que se le hospedaba. Aunque la diplomacia y la buena educación pueden estar muy desunidas, como en el chino Li-Hung-Chang, de sonora memoria; pero, lo que es el protocolo, gime por él á cada paso. El cha no admite programas, ni disposiciones anteriores. Cada vez que se anuncia que ha de ir á alguna parte, él, en el momento de subir al coche, ó al automóvil, da orden de ir á otra parte. Il s’en fiche de M. Crozier, de M. Mollard, de todo el personal del palacio d’Orsay, y de M. Lépine, con su Policía. Como no habla más que persa, no conversa más que por medio de sus intérpretes, y allá las cosas que les dirá de cuando en cuando. A pesar de la opinión quiromántica, no parece que el rey de reyes sea muy aficionado á las damas. Quizás será que, dueño y señor de tantas, allá en Persia, se encuentra ahito. Sin embargo, ¿cómo no ha de haber encantado su alma de primitivo, su espíritu de Oriente, esta joya humana, este bijou con vida que se llama la parisiense? Yo me figuro que es esa una de las cosas que más le atraen en esta capital de atractivos. Joli Paris!
Taciturno, como cansado, lleva este hombre raro su vida de Camaralzamán moderno, contagiado, aunque no tanto como se quisiera, de la enfermedad occidental, de la fiebre de progreso. Trajo diez millones, como dinerito de viaje. Ya se le acabaron. No importa. Pedirá otros diez. Compra todo lo que le gusta; y al bárbaro que hay en él le gusta, como al niño, lo que reluce, lo que hace ruido, lo que sorprende. Compra cajas de música, lámparas eléctricas, juguetes, espadas, bronces, muebles. Compra pájaros disecados, anillos, medallones, escopetas y automóviles. Sobre todo automóviles. Tiene ya como treinta, allá en Teherán. Los compra de todas las marcas. Los regala á sus ministros y á sus amigos. Para su uso particular tiene de los mejores, de los hipogrifos que hacen una enormidad de kilómetros por hora. Se ha llevado á uno de los mejores chauffeurs de París. Cuando sale con él, le dice: «Muy despacio.» Y el imperial auto, que es muy cómodo y lujoso, no va más ligero que un carruaje cualquiera. El cha es un sabio.
Mouzaffer-ed-Dine es un sabio; daría seguramente todo lo que tiene por la camisa del hombre feliz. ¡Se aburre! He ahí su mal; no los riñones, ni el estómago. El otro día decía un obrero parisiense al verle pasar: «Le hacen falta cuidados. Si tuviese algunas «molestias», se molestaría menos.» Es la verdad. Tiene la desgracia del hombre á quien no le falta nada. Cuentan que el príncipe imperial, en tiempos de Napoleón III, un día que veía desde las Tullerías jugar á unos niños pobres, bajo la lluvia, dijo á la emperatriz, que acababa de regalarle como presente de Noel una linda y rica colección de juguetes: «Mamá, yo te pediría otra cosa mejor». «¿Qué?» «Déjame ir á meterme descalzo, en ese «hermoso lodo» que hay allí afuera ...» El cha no ha tenido hermosos lodos en su vida. Y ha tenido, en cambio, una existencia de honores continuos y placeres. Su soberbia, su gula, su lujuria, su cólera han estado siempre satisfechas. Es señor de vidas y haciendas. Tiene harén y verdugo. No hay cosa que haya deseado que no la haya tenido inmediatamente. Si no ha tenido la luna, es porque no ha querido. Seguramente no le ha picado nunca un mosquito, ni la pulga del cuento de Víctor Hugo. Hay mil ojos que velan sus sueños y que inspeccionan sus vigilias. El oro y las piedras preciosas no tienen ningún valor para él. El amor le ha sido negado y la voluptuosidad le ha hartado y quebrantado. Alá le ha librado hasta ahora de los babistas que asesinaron á su padre Naser-ed-Dine, y de los anarquistas de otras tierras. Y él se fastidia, se fastidia soberanamente. Viene á París, y el pueblo le aclama, y se siente feliz, y toma una cantidad increíble de naranja y se deleita con la leguminosa consabida. El pueblo parisiense le ve pasar; le escribe cartas pidiendo todo lo que se puede pedir: le grita ¡viva! como á Krüger, como á Ranavalo, como á Cristina, como á la reina de las lavanderas y como á cualquier rey de oros, de copas, de espadas ó de bastos ...
Joli Paris!
El canónigo Rosenberg-Montrose y el banquero Boulain han sucedido en la celebridad de las fuertes estafas á la novelesca madame Humbert.
Un canónigo que roba con la mayor sangre fría á estúpidos corderos, á excelentes devotas, apoyado en la curia romana y ejerciendo de apóstol del bien y de filósofo de una ideal Jerusalén, no es cosa trivial. Así el banquero Boulain queda en segundo término. Es un vulgar escroc. Los parisienses tienen con qué entretenerse mientras no haya otro escándalo de mayor fuste.
No hay duda de que esas sonoras fechorías tienen más de cómico que de trágico, con todo y dejar en la miseria á muchos infelices. Lo cómico está en que las víctimas son todas como las del «cuento del tío», engañados que han querido engañar, ó codiciosos que no han visto las orejas del lobo.
Hay, pues, crímenes cómicos; lo que no es fácil aceptar, á pesar de las más bravas paradojas, es que haya crímenes bellos. Quincey, el comedor de opio, escribió un famoso ensayo sobre «El asesinato considerado como una de las bellas artes», que Gómez Carrillo ha hecho conocer en lengua española. Esta estupenda obra de humour, está paralela á la memoria de Swift sobre el aprovechamiento antropofágico de los niños. Los artistas en crímenes no existen; talentos criminales sí hay, como sabuesos raros á lo Sherlock Holmes.
Muchos opinan que sí hay crímenes artísticos. Y otros, como Osmont, afirman: Si se coloca uno exclusivamente en el punto de vista de la Moral, no hay, no podría haber ningún bello crimen. Las circunstancias contingentes que pueden dar algún lustre á una acción generalmente culpable, deben aún excitar tanto más horror cuanto que parecen, según la vieja metáfora que todavía le gusta á M. Prud’homme, flores que tapan un abismo. Esta concesión hecha, confesemos—agrega—que hay muy pocas personas que se coloquen en el punto de vista de la moral pura y que allí permanezcan.
Y aquí entra la cuestión del «gusto». Si se permite á alguna estética mezclarse en la moral, el bello crimen existe evidentemente. Sería tan pueril negarlo como escribir—alguien lo ha dicho—que una flor envenenada no es nunca bella. Testigos el radioso acónito, el botón de oro, y entre otros, la digital, de purpurinas flores. Cuando un crimen es de un profundo horror, á que no se mezclan motivos bajos, y que el cuadro en que se produce no perturba la emoción, es cierto, para el lector que no verá el horror directo de la sangre vertida y los gestos de agonía, que una especie de salvaje grandeza se mezcla á la tragedia verdadera y hay quienes aplaudirían como en la escena de un drama bien construído. El reciente drama italiano en que el conde de Bonmartini fué la víctima, es lo que llaman «un bello crimen». ¿Por qué? M. Osmont dirá: Porque la pasión sola, ¡y qué pasión monstruosa!, ha guiado la mano de los asesinos. El espantable riesgo que corrían los culpables, si eran descubiertos, pues un hombre, y sobre todo una mujer de alto rango pierde, al mismo tiempo que la libertad y el honor interior, el respeto de los demás, y ese lujo habitual desde la infancia que llega á ser como una atmósfera; los dramas espantosos que descubre la catástrofe final, todo eso impresiona, desconcierta, turba, agrada aún, de cierta manera. En ese crimen de Bolonia una figura surge que lo domina extrañamente: el senador Murri. Esa virtud romana, ese coraje estoico, no podían producirse sino en una circunstancia semejante, desmesurada en nuestros menguados tiempos. Y como conviene en un drama en que la justicia eterna parece intervenir, el crimen tendrá su castigo y la virtud encontrará su recompensa en el cumplimiento de su deber terrible. Pues—y esto para contestar á la probable objeción—nadie, pienso, admira el «bello crimen» en sí. Es una imagen de tintes violentos, un drama conmovedor. Su relación puede hacer una impresión estética. ¿Quién no ha admirado con espanto los cuadros de tortura de los pintores españoles y las pesadillas de Goya? No quiero hablar del asesinato político. Aquí un elemento nuevo aparece: la fe. Eso basta para elevar el acto al sacrificio. Con todo aun conviniendo en la existencia del «bello crimen», hay que decir que es un espectáculo muy lamentable, y que no es una escuela de la cual se deban formar cerebros y corazones. Así, admirando en un libro, ó en un diario, ocasionalmente, el crimen de Bolonia, me parece que los crímenes, bellos ó no, ocupan demasiado lugar en el periodismo y en la literatura. Ensangrientan cada página y perpetúan en el pueblo la concepción byroniana de la sublimidad del crimen y la elegancia de la desesperación. Se debería también mostrar la virtud, dejarla ver como es, de una belleza superior. Las ideas de Osmont, me seducen más, lo confieso, que las originalidades estéticas y las desviaciones de la sensibilidad. El erudito Tomás de Quincey, «que á los quince años componía odas en griego y á los veinte había leído todos los libros antiguos», me parece que no andaba muy bien de la cabeza, con perdón de las opiniones de Baudelaire—otro que tal—y de mi amigo Carrillo.
No me meteré con los nietzscheanos; pero sí me referiré á los que, como M. Colah, en la cuestión opinan que á la palabra héroe se le puede dar un obscuro reverso. Ciertamente, dice dicho señor, desde el punto de vista filosófico y moral el crimen es indigno de admiración; pero la imaginación, ante el éxito de ciertas hazañas malas, cae en un estado que no es otro que la admiración. Admiráis un héroe cualquiera por su audacia, la habilidad que ha empleado para franquear lo infranqueable, el desprecio del peligro que ha mostrado en el cumplimiento de un acto de abnegación patriótica ó social. Es porque el asesino obra antimoralmente, que el valor evidente, las mañas increíbles, la insensata audacia, la terrible temeridad, las mil dificultades que deben, en fin, componer un «bello crimen» y que se ha llegado á dominar, ¿no son, por su asombroso éxito, dignas de un héroe? ¡Es un héroe de la mala causa, pero un héroe! Lo que admiráis no es el desenlance, la escena final, sino las complicaciones casi borradas, los peligros casi apartados, que preceden. Pues un «bello crimen» debe ser seguramente trabajado, combinado, reflexionado, sabiamente premeditado, y, sin embargo, trae después combinaciones cuyo triunfo es más ó menos aleatorio. Un drama de la miseria, el triste fin de un idilio amoroso, el resultado trágico de una escena de celos, no pueden dar lugar á un «bello crimen», atendido que puede ser cometido bajo la presión y la ceguedad de la desesperación, de la cólera ó de la pasión.
Antes que M. Colah, J. J. Weiss, en el tercer tomo de sus Annales de Théatre, ha escrito á propósito del viejo melodrama Fualdes: «Para el bello crimen, es necesario que el personaje criminal obre por temperamento y no por impulso fortuito y singular. Es necesario además que los detalles innobles que acompañan casi siempre un asesinato, sean excusados de algún modo de su ignominia, porque la casualidad los ha disputado de manera tal, que parecen un esfuerzo del arte y como un contraste creado y arreglado por una retórica misteriosa de las cosas. Es preciso que la culpabilidad sea demostrada hasta la evidencia y que, sin embargo, se cierna sobre los motivos y sobre la ejecución del crimen un resto de misterio que se querrá siempre penetrar y que no se logrará nunca. Es necesario que los indiferentes hayan sido mezclados á la historia de ese crimen, que no les toca de ninguna manera, por algún incidente trivial, por algún juego cruel de la suerte que inquietará la existencia, á ellos mismos, por un tiempo, ó por toda la vida. Es preciso, si es posible, que toda una ciudad, ó toda una clase de la sociedad sea conmovida y turbada. Es preciso ... sería cuento de nunca acabar». El buen sentido de aquel crítico teatral que tenía mucho talento, salta á la vista.
No, no hay crímenes bellos, sino ante la filosofía de la crueldad y ante las razones del egoísmo, por más estéticos que sean. No hay crímenes bellos, como no hay enfermedades bellas.
Solamente los médicos encuentran «hermosas llagas» y «lindos casos». Hay artistas criminales, como Benvenuto, y enfermos, como el autor de las Flores del Mal, que dan razón á las nuevas teorías de los filósofos del delito.
En cuanto á la delincuencia bufa y á los crímenes cómicos, son indiscutibles. Los criminales de la estofa de la señora Humbert y del canónigo Rosenberg aguardan el libreto del vaudeville y son puestos en solfa. Son tipos que hacen resaltar los lados grotescos y malignamente burlones de la criatura humana. Su obra gira alrededor de las concupiscencias y de las avaricias. Cierto es que muchos inocentes caen en sus garras; pero en la piel de cada cordero inocente hay con mucha frecuencia, en el mundo de los negocios, el alma de un pícaro lobo. París, como Nueva York, como Londres, como Buenos Aires, dan albergue y vasto campo á los Carlo Lanza, á los Arton, á los Boulain, á los Humbert-D’Aurignac. La última obra del antiguo jefe de Policía Macé, es rica en enseñanzas á este respecto.
En el crimen cómico suele haber sangre, como consecuencia; pero lo que más hay, es oro; el oro de los engañados, evaporado en las cajas de los engañadores. Luego, la mayoría aplaude, ríe, está casi de parte de los hábiles burladores ... «¡Ah!—decían algunos—¡Mme. Humbert es la mujer más grande que la Francia ha producido, Juana de Arco comprendida! ¡Habría que elevarle una estatua!» Y hay más que lástima, sonrisas para los embaucados. Y es que se cultiva, más ó menos, el arte de engañar.
He oído contar lo siguiente: «Hace poco, unos muebles Imperio, puestos en depósito en un hotel célebre, por un tapicero de mala fe, han sido vendidos para América por una fuerte suma.—¡El mobilier de la emperatriz Josefina—decía una réclame—, histórico, herencia de familia», etc.! El mobilier de la emperatriz venía de la calle de la Pépinière. Un marqués ha cobrado una buena comisión, y un periodista otra. Esas son prácticas corrientes. Se sonríe con indulgencia ... Desgraciadamente, el «americano» se hace raro ... Comienza á desconfiar.