Quisiera dedicar estas líneas á los niños italianos del Río de la Plata; pero diré en ellas algunas cosas que sus inocentes espíritus no podrían comprender y que sus frescos corazones no deben saber. A los corazones de sus padres hablaré, á los espíritus de sus padres me dirigiré.
Hace ya mucho frío, á la entrada de este invierno, que se anuncia el más fuerte y cruel, dicen los sabios, que desde hace cincuenta años haya habido. Una noche de éstas, en que el aire sopla, flagelando, por el puente del Louvre, sobre el Sena, que refleja el oro y sangre de las luces amarillas y rojas, fantasmales á través de la neblina, sentí que corría tras de mí una vocecilla tímida: Mosiú, mosiú! ... Se acercó un pequeño punto blanco, que tenía en los brazos otros bultitos blancos. La luz del próximo farol me hizo ver que el bulto era un pobre niño y los bultitos estatuítas y figuras de yeso. Su francés, sus ojos, su cara, su vivacidad, su mercancía, decían de dónde era el infantil vendedor que iba desabrigado, en la bruma y el frío, en busca de unos cuantos céntimos. Era una de tantas víctimas de la trata de niños, más horrible que la trata de mujeres; era uno de esos infelices de los rebaños de exportación en que Italia ha tenido desde antaño triste privilegio.
Ya le habían enseñado á mentir.—Combien?—Si fran. Le di unos sous y le dejé perderse en la noche parisiense.
He visto más; he visto lo que creía que ya no existía sino en los viejos cuadros, en los viejos grabados: he visto en ciertos barrios de París el antiguo pifferraro y el organillo y la mona vestida de colorines, y la linda italianica, ya casi púber, que danza al són del violín y recoge después en un plato las limosnas de los curiosos. Y existen aún, aunque en menor escala que antes, los saboyanitos de los melodramas y de las romanzas. Y el horrible mercado de la prostitución pueril, la importación de niñas, por inicuos proxenetas de ambos sexos, que no temen exhibir su especialidad en pleno bulevar. Pero no trato de este tópico, en que actualmente la Policía se ocupa, y los miembros de la liga—¡quizá inútil!—de la moral urbana. Eso pertenece á la «trata de blancas», denominación que un japonés amigo mío encuentra, con justicia, exclusiva, «pues de mi país y de la China se ha exportado mucha carne amarilla á los Estados Unidos y á otras partes». Me circunscribo, pues, únicamente, á la explotación de niños italianos que aquí se hace, y contra la cual, felizmente, acaba de formarse una asociación que ojalá encuentre apoyo en todas partes en donde se encuentre unun alma italiana, ó que abrigue simpatía por Italia. Por esto, si estas líneas mías lograsen producir algún buen movimiento entre vosotros—¡así fuese el de mis lectores!—quedaría más satisfecho de ellas, que de un bello poema ó una hermosa página literaria.
No hay nada más horrible que la esclavitud de estos bambini; no hay nada más lastimoso que la existencia de martirios que les hacen padecer los hombres viles que les tratan como á bestias productoras. ¿Qué digo? Peor que á los perros. Esta infamia habría continuado sin ser advertida por la generalidad, si el Sr. Paulucci di Calboli, secretario de la Embajada italiana de París, no hubiese llamado la atención en artículos publicados en importantes revistas. A él, pues, y á otros hombres de corazón y buena voluntad, se debe que ahora se trate de favorecer la suerte de esos niños, florida carne itálica, flores de sangre latina que, si escapan de una muerte casi segura, es para caer en poco tiempo en la degradación de todos los vicios y en la posibilidad de todos los crímenes. Después se dice: El asesino Tal, italiano; el asesino Cual, italiano. ¡Es claro!
Los mercaderes de sangre y carne humana van á las pobres aldeas lombardas, á todos los lugares de la Romaña, á todas las provincias del Mediodía, en busca del productivo gibier. Les visten de harapos, los acuestan sobre la paja, como animales, con abrigo insuficiente, y les dan de comer bazofias inmundas compradas por nada, ó simplemente patatas cocidas, ó fritas en grasas innominables, atroces polentas, ó pan solo á veces, duro é incomible. Luego los mandan á vender las estatuítas, y les señalan una cantidad «que irremisiblemente deben traer» por la noche, so pena de recibir azotes y bofetadas. La escena es igual á la que en su novela Sin Familia pinta Héctor Malot. Donde dice musiquitos, poned vendedores, y es lo mismo.
Es en un desván de la calle Lourcine, alrededor de una parrilla en que hierve una olla, cerrada con un candado para que los niños no puedan intentar calmar su hambre. Los musiquitos entran, depositan arpas, violines y flautas. Garofoli, el padrone, los hace ponerse en fila delante de él: «Ahora, á arreglar cuentas, angelitos—dice, y á una seña, un niño se acerca—. Tú me debes un sou de ayer, y me has prometido dármelo hoy: ¿Cuánto me traes?» El niño vacila largo tiempo antes de responder; se pone rojo. «Me falta un sou.» «¡Ah!, te falta un sou, ¿y me lo dices tan tranquilo?» «No es el sou de ayer, es uno para hoy.» «Entonces son dos sous. ¿Sabes que no he visto otro como tú?» «No tengo culpa.» «Dejémonos de tonterías, bien conoces la regla: quítate la blusita: dos golpes por ayer y dos por hoy, y además nada de patatas, por tu audacia. Ricardo, toma el azote ...» Y Ricardo toma su azote de cabo corto, que termina en correas de cuero con gruesos nudos.
Tal es la escena que se desarrolla, más ó menos dura, en París, en innumerables, sórdidos habitáculos, en que los alojan esos comerciantes en figuritas; abominables yeseros, más ruines que los comprachicos, puesto que desfiguran y mutilan también el alma de tantos desventurados italianitos. Y todavía hay excelentes burgueses, rubicundos ciudadanos patriotas, que al verse importunados, cuando toman su ajenjo en una terraza, por uno de esos niños de hermosos ojos, «se sublevan contra esos «extranjeros», que vienen á comerse el pan de los franceses», como dice un periodista.
En un ya viejo keepsake, oloroso al alcanfor del mueble en que ha estado por tantos años, y que habría ilustrado con su delicioso arte la adorable Kate Greeneway, he encontrado las impresiones de una sentimental y culta señora, Mme. Louis Janet, sobre los pobrecitos pifferari. Dice que le interesaban profundamente esos niños y niñas que iban por las calles, no por su arte rudo y su pintoresco atractivo, sino «desde el punto de vista de la humanidad». «Vedlos en cualquier tiempo que haga, recorriendo las calles más frecuentadas, los bulevares ó los grandes paseos de la capital: su rostro hace una mueca, bajo el canto que su boca entona y la miseria traspasa los pliegues de sus escasos vestidos, así como se ve sobre los rasgos ya marchitos, ó casi, por las fatigas de su oficio penoso». ¿No es penoso, en efecto, el cantar á toda hora, cantar siempre, cantar á pesar de todo? ¡Eso hacen esos pequeños desgraciados! Y eso con un aire tan profundamente forzado, con un sentimiento de obediencia tan grande, que se adivina en seguida que en medio de la muchedumbre que les rodea, muchedumbre compuesta de curiosos en apariencia, hay ojos de Argos que velan sobre ellos, y brazos listos para golpearles, «si no desplegan todos sus medios» ó no usan todas las gracias y habilidades de su edad para obtener la ligera ofrenda de los asistentes. En efecto: la mayor parte de esos niños que os parecen abandonados á sí mismos sobre la vía pública, van acompañados de sus padres, que calculan las ganancias del día y preparan las del siguiente. Y cuando digo acompañados debería decir seguidos, pues los padres, en ese caso, afectan no conocerlos. Les siguen de lejos, como indiferentes, se detienen cuando los niños se detienen, y algunas veces hasta dejan caer unos céntimos en el plato de la cantadorcita ó del joven artista, para que esa munificencia sea imitada por el público, que por naturaleza es un poco mouton de Panurge. Hoy, más que á los padres, encontraría Mme. Janet á los empresarios. Empresarios de vendedorcitas, de pifferari, y de deshollinadores de chimenea, los ramoneurs, que también tuvieron su tiempo en las leyendas y en los cuentos. En cuanto á las núbiles cantadorcitas ó modelos, tienen otro fin, en la corrupción cosmopolita y gastada de la vasta capital.
El romanticismo doró la vida de esta mísera infancia esclavizada. Ya es el bonito pifferaro solo, con su sombrero puntiagudo, sus negras pupilas, su sano rostro de niño de país solar, y su indumentaria convencional, sentado sobre una roca del camino, como un pastor, soplando en su flauta; ya es el grupo errante de tez morena, una niña, como de catorce años, toca la pandereta; otra, más pequeña, el violín, y un niño semejante á un San Juan de retablo, tiende su sombrero con ambas manos, en demanda del óbolo de los transeuntes. O ya en el cuadro de Haquette, canta el viejo ciego, y el niño, un amor que sopla convencido, le acompaña en su flauta, ante unos marineros y una vieja que escuchan serios, conmovidos, atentos. Todos esos niños románticos, tienen frescas caras de flores y de frutos, parece que un deus artístico más que otra cosa les animase; cuando más, es una miseria de convención y llena de cierto encanto, la que representan. Se diría que están para aparecer en una escena del Chatelet, ó que posan ante un pintor. ¡Cuán lejos de la realidad! Casi no hay pobrecito de estos que venden yesos que no revele en su rostro, en sus harapos, la negra vida que pasan. Los ojos de Italia brillan en sus ojos, la luz de la divina península; sonríen á veces y ríen, en la inconsciencia de la infancia; pero sus rasgos están atajados, más ó menos, según el tiempo de martirio que lleven; se podría también calcular ese tiempo por lo que dicen sus tristes cuerpos delgados, á través de los andrajos, y á menudo la chispa del sol italiano en sus miradas, se confunde con la llama de la tisis. Los niños menores, los pequeñitos, son los que dan más lástima. Los crecidos, los hombrecitos, los que han pasado, vencedores de la tuberculosis, quizás no reciben ya golpes ... Los hay que dicen en sus gestos y en sus palabras la independencia próxima, la fuga al trabajo libre ó al crimen.
¡Ah!, ¡si la liga que hoy se funda pudiera remediar en alguna manera la perra suerte de estos sin ventura! ¡Si en Italia, en Buenos Aires, en Nueva York, en Chile, en la República Oriental, en todas parte donde los italianos y los amigos de Italia pueden hacer algo, se ayudase á la liga para lograr la libertad de estos niños, para encaminarlos á una vida de trabajo y de energía, para arrancar de la muerte ó del presidio de mañana á estos tiernos seres!
Sería una obra de bien. El Gobierno francés, estoy seguro que ayudaría con leyes y disposiciones oportunas, y el siglo xx quitaría del mundo una enorme infamia del pasado.
Han pasado los primeros números del programa: anglo-sajones forzudos, atletas de Inglaterra, equilibristas y malabaristas exóticos, tiradores yanquis, cantantes cómicos italianos. El Olympia brilla en el día que lo forman las profusas lámparas eléctricas. Los palcos se enfloran de belleza y lujo. Una gallarda dama argentina descuella entre las hermosuras; y hay gracias inglesas, españolas, rusas, en la muchedumbre cosmopolita. Cancionistas napolitanos lanzan sus canciones de Santa Lucía y Piedigrotta en un extremo del promenoir poblado de cocotas. En los bars laterales, al lado de ocasionales compañías, encendidos britanos se hacen servir whiskies y sodas. De pronto el timbre suena y todo el music-hall se conmueve. Ha pasado el entreacto y va á comenzar el ballet, en que resplandece é impera la Reina de las Cortesanas, la Princesa de las Hetairas. «Friné la griega, ó sea Cleo la parisiense, la perilustre y famosa Cleo de Merode». El telón se ha alzado, y en el silencio que se ha hecho comienza la narración musical que acompaña la mímica de los actores. Es el taller de Praxiteles. El artista está en su labor, mas se desespera de no poder realizarla tal como lo sueña. Desea encarnar á la celeste Venus Afrodita, pero no encuentra el modelo que para él sea digno de representar á la divina persona. Nervioso, rompe lo que ha comenzado á plasmar, y se echa en un lecho de reposo. Llegan sus esclavas con flabeles, á cuyo soplo se duerme. Entonces tiene un sueño. Los faunos y los eros de mármol que pueblan su taller se animan de repente. Él habla á los semidioses y les ruega intercedan con la Emperatriz del Amor para que pueda encontrar el ansiado modelo. Se llevan flores y dádivas votivas al altar de la diosa, y ésta surge, luminosamente desnuda, en tordaut ses cheveux y ofrece al escultor la realización de sus ensueños. Praxiteles despierta.
Un són de flauta. Por la calle pasan unas cuantas citaredas, flautistas, tocadores de sistros y de liras, y en medio de ellas Friné-Cleo,
según la palabra del delicioso Góngora. Y es la primera aparición de la admirable beldad. La ve pasar, por la ventana, en un gracioso y encantador cuadro de la vida antigua. Hácela llamar Praxiteles y ella consiente en ser su modelo. La entrada súbita de un viejo heliastro libidinoso turba la amable escena. La cortesana rechaza las proposiciones del intruso, y queda con Praxiteles, para el arte y para el amor.
Luego es una fiesta en casa de Friné, una maravillosa orgía, llena de perfumes y de música; danzarinas fenicias, mimas griegas, alegres bellezas de Persia, de Egipto y de Asiria, contribuyen al gozo. Y llega disfrazado de príncipe extranjero, el viejo heliastro, seguido de esclavos que conducen cajas de oro y joyas que ofrecen á la hetaira en cambio de sus caricias. Friné se adorna con las nuevas joyas, invita al príncipe á la fiesta—un ocurrente inglés dice tras de mí: The king of the belgiaus!—y Cleo de Merode danza, danza rítmica y mágicamente, de manera tal que su hechizo conquista á la sala entusiasmada. El falso príncipe quiere abrazarla y cae; á pesar de su disfraz se le reconoce, y huye, jurando vengarse. Después en el Areópago, entre la gran muchedumbre pintoresca, al són de las trompetas, ante las sacerdotisas minervinas, sacerdotes, guerreros y jueces, comparece acusada de sacrilegios contra Venus la deleitable Friné. Ella va apoyada en el brazo del escultor, y danza, danza de nuevo, danza suave, rítmica y mágicamente, de manera tal que su hechizo conquista á la sala entusiasmada. El tribunal de heliastros vacila, y entonces, con un bello gesto, Praxiteles arranca el velo que cubre la perfecta forma femenina; Venus aparece en lo alto; la luz inunda el recinto doblemente, haciendo resaltar la incomparable euritmia de esa carne insigne, y la cortesana va libre, en la apoteosis, entre las danzas y músicas, liras, sistros, crótalos, tamboriles, al resplandor de los cascos, de los puñales, de las corazas. Rosa de las rosas, belleza de las bellezas. Es cierto, una gloriosa y magnífica evocación, y los hermanos Isola hacen así un dón de poesía viviente y deslumbrante al abrumado habitante de un París de automóviles y «metropolitanos», cada día más americanizado.
Pero, ¿es en verdad Mlle. Cleo de Merode la maravilla celebrada por la Fama? Cleo de Merode es, en verdad, la maravilla celebrada por la Fama. Yo la he visto en muchas ocasiones, y noto que ahora está un tanto delgada; mas esta señorita célebre es el más lindo poema plástico que anima la vida en este reino de encantos.
Su retrato lo conocéis, como todo el mundo lo conoce; su cuerpo es aquel portento que perpetuó el pulgar de Falguiére en su voluptuosa danza. Entre las bellezas de París, la española Otero se impone, quizás demasiado imperiosamente; su grande y firme anatomía se fija en gestos duros; hay en ella rudeza, violencia; vestida de reina, se piensa en que Teodora no pudo olvidar sus bajos orígenes. La italiana Cavalieri, en cuyo rostro dorado del sol latino brillan penetrantes ojos embrujadores, es también un tanto zahareña. Cleo de Merode es alta, fina, armoniosa; hay un perpetuo ritmo en su grácil figura tanagreana. Nadie como ella posee la seducción de la actitud y el arte del ademán. Sus gestos son siempre llenos de gracia, y parece que siempre hubiese una flauta invisible que guiase sus movimientos, la magia de sus brazos y de su cuello, la cadencia alada de sus pasos. Posee asimismo la ciencia del vestido, el conocimiento del accesorio que realza su hermosura, y sabe expresarse como nadie en el doble y soberano lenguaje de las miradas y de las sonrisas. Finge en insuperables mímicas los más variados sentimientos, y su boca y sus ojos iluminan y acentúan la música de los actos. Mas sobre todo está su sonrisa única.
El más falso de los pudores se adorna de inusitadas apariencias. Esta pagana tiene un rostro de madona de primitivo. Esta sacerdotisa del placer es semejante á una virgen de fra Angélico. Bajo las alas negras de su famosa cabellera botticellesca mira angelicalmente; y siendo el más ilustre instrumento del Católico Demonio, aparece, por la manera de inocencia, por la dulzura del dibujo labial y la casi infantil mirada, como una adorable Nuestra Señora de la Sonrisa.
He ido recientemente á ver el museo Víctor Hugo, y á observar si hay fieles en el templo. Está situado en la casa que habitó el maestro en la plaza des Vosges. Sabido es que el museo—hecho a l’instar de la «casa de Shakespeare», y de las de otros inmortales—ha sido formado gracias á la consideración y al afecto y admiración invariables de M. Paul Meurice, amigo y discípulo de Víctor Hugo. Él ha puesto en su obra todo su entusiasmo, y una minuciosidad que, por algunos lados, no ha dejado de despertar críticas. Por ejemplo: «Muela que Víctor Hugo se sacó en tal fecha.» Yo no he visto, por otra parte, tal muela.
A la entrada, un gran busto del poeta. Desde las escaleras, cuadros que representan escenas de sus dramas, de sus poemas, de sus novelas, de su vida. Desde luego, las numerosas ilustraciones de Rochegrosse, las de Boulanger, J. P. Laurens, etc. Después, fotografías, caricaturas, toda la enorme iconografía hugueana desde los primeros tiempos, desde la niñez hasta el fallecimiento, hasta la admirable cabeza que fotografió Nadar y pintó Bonnat, sobre el lecho mortuorio. Hay vitrinas con objetos usuales, la casaca de académico, la de par de Francia, una casquette, un bastón riquísimo, en cuyo estuche se lee esta dedicatoria: Benito Juárez a l’illustre Victor Hugo.
Se ven medallas, plumas, cartas, autógrafos de hombres históricos dirigidos al poeta. Hay un pedazo «de pan del sitio», y en una caja, cuatro grandes mechones de cabello, que indican toda la duración solar de esa vida.
Cabellos rubios, del seminario de Nobles de Madrid; cabellos del «niño sublime», de París; cabellos más obscuros, del autor de Hernani, del joven y radiante conquistador del Romanticismo; cabellos grises, cabellos del luchador, cabellos de las tempestades de las Cámaras, de las agitaciones políticas, cabellos del «Año terrible», y de «Los castigos»; cabellos blancos, cabellos de plata, cabellos de Guernesey, cabellos del «Arte de ser abuelo», cabellos del anciano glorificado, del papa lírico del mundo, del venerable patriarca del pensamiento, cuya desaparición conmovió la tierra y cuyos despojos fueron velados por París en el más grandioso de los catafalcos, el Arco del Triunfo.
En una pequeña mesa, cuatro tinteros y cuatro plumas: de Lamartine, del viejo Dumas, de George Sand y del dueño de la casa. El cual, como es fama, se complacía en curiosas labores manuales y chinizaba y japonizaba aun antes que los Goncourt. Ahí está una chimenea decorada por él, orientalmente, y muchedumbre de panneaux coloreados y dorados de modo hábil y pintoresco.
Son caprichos de mandarín, visiones chinescas, animales fabulosos, fragmentarias pagodas, inauditos dragones, cómicos personajes del Imperio Celeste, flores raras, juegos decorativos de líneas y de figuras, hecho todo en tablas, uno como pirograbado y policromo, de la más interesante inventiva. Y cuadros y retratos, y más cuadros y más retratos. Sobre todo llama la vista y la meditación la obra pictórica de Hugo.
Habrá un libro muy importante y profundo el día en que un artista pensador escriba el que merecen las concepciones gráficas del altísimo poeta de Francia.
Es en los dibujos, es en el Víctor Hugo pintor en donde se completa la personalidad portentosa del rimador formidable y profético. Solamente en Turner, en Blake, en ciertas cosas de Piranesso, se percibe la cantidad de ensueño y de misterio que en las visiones manifestadas por Hugo en tales páginas de un «romanticismo» eterno y transcendente. Ruinas, fantásticos palacios, orientalizaciones fastuosas y miliunanochescas, construcciones extrañas que son como amontonamientos simbólicos, cielos funestos, claros de luna ilusorios, concreciones de nocturnos espantos, deformaciones de sombras y estallidos blancos de luces, abracadabrantes arquitecturas, resurrecciones del pasado y suposiciones del porvenir, el ensueño, la pesadilla, el horror, lo grotesco y lo arabesco, lo incógnito del arte, está revelado en las realizaciones pictóricas del prodigioso Padre. Y es tan vasta su fachada notredámica verbal y literaria, que no percibe el mundo sin fijarse, los festones y astrágalos que su pluma en recreo se complacía en prodigar, sirviéndose para sus efectos extraños de tintas diversas, del carbón, del café, del café con leche, del pabilo quemado, de todo lo que encontraba á mano la suya, acaparadora y eficaz.
Y luego, he ahí el arcaico lecho en que murió y los dos retratos de los nietos en la cercana chimenea, y el alto escritorio en que trabajaba de pie al levantarse, siempre matinal. Se siente en el ambiente gloria. Los visitantes no son muchos. Uno que otro extranjero. Papás que explican en voz baja á sus hijos la significación de objetos y documentos, algunos obreros, pues es hoy día domingo, y dos artistas, por el aspecto sajones, que toman apuntes en la sala de los dibujos. Al salir del dormitorio veo en una mesa, bajo un cristal, un papel en que el poeta declara que él pertenece á un partido que todavía no estaba formado, pero que formaría el siglo xx, el partido de que nacerían primero los Estados Unidos de Europa y después los Estados Unidos del Mundo. Es una idea que concretan largos párrafos expresados en varias obras, sobre todo en sus páginas sobre «París». No olvidemos que más que el Pensador era el Gran Soñador ... Y á pesar de su orientalismo, no previó al Japón de 1904, y al que seguirá.
Sobre mi mesa de labor, un buen montón de tarjetas postales, de España y de la América Latina. Son envíos para el consabido autógrafo. Esto es usual, y no me hubiera dado tema para estas líneas, si no hubiese entre ellas un retrato de M. Combes ... ¡Una señorita que me manda, para que le escriba yo algo, el retrato de M. Combes! El curioso colmo me hace fijarme en los asuntos de las otras tarjetas, y, á través de ellos, procurar ver la personalidad de mis desconocidas y amables amigas lejanas. Hay en esos cartoncitos ilustrados, las más variadas figuras en que sospechar diversos caracteres y espíritus.
... He aquí una cubana que envía una escena galante, de «fiesta galante», en un paisaje versallés, cerca de los boulingrins y de las diosas de mármol. No hay duda, la señorita que eligió esa tarjeta se complace en Watteau, gusta del siglo de las elegancias, quizás ha leído á M. De Nolhac y á los Goncourt ... Para un baile de trajes, elegiría la cabellera empolvada, el rico faldellín, el prestigioso guardainfante, el recto corsé de pico. De la Argentina, he aquí un envío completamente septentrional. Hay un paisaje de nieve. Enmarcada de hojas de pino, se mira en el centro la floresta despojada, los árboles escuetos en lo rudo del invierno. Solitaria, una cierva se destaca sobre el blanco fondo. Me parece suponer que no es una rubia, nostálgica de las regiones del frío, la que me manda esta tarjeta; antes bien: una bruna y ardorosa meridional que, por el amor del contraste, piensa en los países de las willis, en las baladas nórdicas.
Esta otra envía una escena de campesinos amores. Mas su pasión rural más bien se me asemeja al elegante idilio de un soñado Trianón, de un refinado hameau en donde marquesas pastoras llevan cayados adornados con sedas y flores. Todo esto es también muy equívocamente sentimental, muy siglo xviii.
He aquí un grupo que indicaría preferencias británicas, si no se tratase de una señorita cuyo nombre es absolutamente español: es un grupo de perros. Debe ser la niña amante de los sports, encariñada con tontons y demás animales preferidos por la mundana zoofilia. ¿Le copiaré una frase de Buffon, ó alguna ocurrencia byroniana? Muy maliciosa ó muy inocente la que ha elegido para solicitar un verso, el retrato de una de las más renombradas hetairas de este pecaminoso París ... ¿Sabe ella de quién se trata? ¿Ó demasiado dueña de su inteligencia, osa á todas las sonrisas y se declara tan sólo adoradora de una plástica perfecta? Hay otras que, simplemente y por seguir la moda, mandan la primer postal que tienen á mano: estatua, vista, panorama ó edificio de su ciudad. Una me remite una postal de La Nación: «La Uruguay en el puerto de Buenos Aires, trayendo la expedición sueca.» Tal señorita debe ser seria, reflexiva, entusiasta por las glorias de su patria, y en su hermoso rostro debe reflejarse la llama de los orgullos nacionales. Y soñadora, muy soñadora seguramente la que ha recogido un bello rostro femenino, de rêve, que se perfila sobre la superficie de un mar tranquilo en cuyo horizonte se perciben vagas velas. ¿Será aún, influencia por Quo vadis?... ¿la que ha preferido el retrato de la dulce Mieris en su papel de enamorada de Petronio, y la que envía una escena romana que se diría ilustración de la «famosa» novela?... De buen humor es la que eligió dos rollizas holandesas risueñas, cerca de un molino, y de preferencias trágicas la que se aficionó á una tempestad en el mar, el cielo rojizo, las olas en furia y una barca en peligro. Sentimentales, vanidosas, ambiciosas, caritativas, maternales, sutiles, románticas, sensuales, misteriosas, se revelan otras. Sus gustos dicen sus almas; al menos que, tratándose de mujeres, no digan las significaciones todo lo contrario.
Ésta que eligió una escena de soledad, amará el bullicio de las calles y de los paseos, la alegría convencional de los salones, las exhibiciones del lujo, los triunfos de belleza en aristocráticas justas. Aquella que envía una escena cómica, será quizás grave y triste. La que manda un barco sobre las olas no se habrá embarcado nunca y desdeñará los viajes. La que quiere una estrofa para un Romeo y Julieta, será frívola, ligera y poco fiel en el amor. La que envía un clair de lune alemán, tendrá los más lindos ojos negros y la más sonora risa argentina ... La que escogió una cara de viejecita, tendrá la suya fresca como una corola de rosa, y la que dió su preferencia á un corazón entre la nieve, tendrá el suyo ardiendo en la llama de la más divina de las hogueras.
Pero la que me mandó á M. Combes, me deja completamente estupefacto.
¿Recordáis el apogeo del ilustre héroe de Alphonse Daudet, del pequeño Quijote, del incomparable personaje que tiene por nombre Tartarín de Tarascón?... Sus aventuras, su vida, su renombre, excitaron grandemente los nervios de sus conciudadanos ... Imaginaos á los habitantes del lugar de la Mancha «de cuyo nombre no quiero acordarme» furiosos contra D. Miguel de Cervantes Saavedra ..., toda proporción guardada. Mal asunto para la piel de Petit-Chose si llega á pasar una temporada en la tierra natal de su héroe preferido. Hubo «fumistas» que en algunos hoteles tarasconeses firmaron en los libros de registro: «A. Daudet». Unos tuvieron que huir ante una tempestad de garrotes; otros tuvieron que arrojar, y pronto, la máscara y declarar su identidad, y alguno pagó en sus espaldas la peligrosa usurpación de gloria ... Daudet no se detuvo nunca entre la amenazadora gente. «No—decían los tarasconeses—, Tartarín no ha existido y Daudet se burla de nosotros ... Zou! Froun de l’air! ¡Que no venga por aquí, porque le saldrá cara la invención de ese falsificado personaje!» Y miraban como una profunda deshonra la caza de las gorras, el estupendo baobab, la aventura del león y aquel sublime camello familiar que merecería una estatua ... Mas el tiempo pasó y la cólera meridional se fué aplacando. Turistas de diferentes puntos de la tierra, cuando oían gritar en la estación: «¡Tarascón, tantos minutos!», descendían é iban al hotel más cercano. Luego salían á recorrer la ciudad y preguntaban por todo lo que tenía relación con Tartarín, por Bravida, por Bezuquet, por el excelente Pascalón ... Luego solicitaban visitar la casa de Tartarín ... ¿No se busca en Florencia el sasso de Dante, en Stradford-on-Avon la casa de Shakespeare, en París la tumba de Napoleón?... Al principio Tarascón protestó ... Pero el turismo deja dinero; y después de todo, los tarasconeses serán ingenuos, sonoros, ruidosos, pero no tontos ... Y meditaron que lo mejor era sacar partido de la que les había hecho Alphonse Daudet. Y de pronto los viajeros empezaron á estar bien informados. Todos los héroes vivían. Pascalón era aquel vecino de la esquina; Bezuquet, el de más allá.
Y no se sabe si alguien importó un verdadero baobab enano que era mostrado con gran contentamiento de la clientela ... Y las propinas llovían. Varios Tartarines auténticos surgieron ... Con fuertes botas y gran sombrero, rugía éste: «¡Tartarín soy yo!» Y otro barrigón y mofletudo, con todo el aire requerido, aseguraba por allá, confidencial: «¡Yo soy Tartarín!» Y la victoria completa había de llegar ... Ella se acerca; Tarascón, como todo pueblo que se respeta, tiene sus tarjetas postales ilustradas, y acaba de lanzar una: La maison de Tartarin. Los manes de Daudet se estremecen de satisfacción. El hombre representativo de un pueblo, de un país, tal vez de una raza, entra en la apoteosis de la gloria verdadera ... ¡La casa de Tartarín! Quien la ha visto, así la describe dignamente:
Elle surgit dans le soleil craquant de cigales, la maison du baobab et des armes empoisonnees: elle montre un air exotique et national, débonnaire et terrible... Le mistral l’assaille et la bombarde, apportant la rumeur d’épiques aventures. Regardez là!... Les ils-de-buf, sous le larmier cherchant au loin l’Afrique, le desert couleur de lion... La porte où tombe une flaque de lumière baille sur l’ombre redoutable du corridor. Prenez garde! il va sortir!
Ya lo veis. Más tarde no habrá discusiones como sobre Homero. Tartarín es definitivamente de Tarascón. Dentro de siglos—si Daudet vive—habrá comentadores que estudiarán esa tarjeta postal. La existencia de Tartarín no se pondrá en duda de ninguna manera. Hay hoy viajeros que recorren la Mancha y hacen el itinerario que siguió en sus salidas el primero de los Caballeros andantes. Si apareciese la bacía que tuvo el honor de ser yelmo de Mambrino, tened por seguro que encontraría comprador. Y Don Quijote es más bien un personaje real que un sér creado por la imaginación del portentoso Manco. Es tan real como el Cid. Con Tartarín, en su esfera, pasará lo propio. Y esa fotografía de su casa es ya el comienzo de una real inmortalidad ... Tendrá más suerte que Guillermo Tell. En Cumas he visitado el antro de la Sibila. En Grecia una isla es un ilustre barco petrificado. Se muestra el Parnaso en donde se recrean las musas, y el Olimpo en donde se juntaban los dioses. El tiempo ayuda con su lente y la fantasía con el suyo. Me prometo un viaje á Tarascón. Y veré si consigo á cualquier precio unas ramitas del legendario baobab. Haré con ellas un buen regalo á cada una de nuestras repúblicas hispano-americanas ...
M. Syveton era un modesto profesor de provincia, nacido para la apacible función de enseñar las Bellas Artes. París le atrajo, y en París se dedicó á la crítica literaria. Todo lo abandonó por una ocupación más importante: salvar la Francia. Aquí, como en todas partes, consagrarse á salvar el país hace llegar pronto. ¿Adónde? A veces, á excelentes situaciones; pero, á veces, al ridículo, y á veces, á la muerte. Entró, pues, el antiguo profesor de liceo en pleno campo de la política. Tenía condiciones. Era simpático á las gentes. Sabía dar fuertes puñetazos. Cuando presentó su candidatura por la circunscripción de que yo soy vecino, se encontró en la calle con el candidato rival. No queriendo gastar sus razones, le apaleó. Era amigo de los políticos elegantes que hace algún tiempo le rompieron el sombrero de un bastonazo á M. Loubet, presidente de la República. Como se ve, era profesor de energía. Su último ruidoso acto fué la bofetada que en plena Cámara dió al general André, anciano de setenta y cinco años y ministro de la Guerra. El cual tiene un hijo que es teniente. Alguien recordó á éste la historia de Mío Cid.
M. Syveton fué acusado, y el día anterior al de su comparición ante la justicia fué encontrado muerto. Se culpó á la chimenea, al óxido de carbono, como en la desgracia Zola. Coppée, Daudet, Boni de Castellane gritaron: «¡Le han asesinado!» Los otros dijeron: «¡Suicidio político!» No pocos: «Ni asesinato ni suicidio; la casualidad, la fatal casualidad.» Era justo pensar: de todas maneras, el que quiera dedicarse á la política en Francia tendrá que suprimir la calefacción en su casa ...
Si D. Francisco de Quevedo y Villegas hubiese estado á la sazón en París, de seguro que habría murmurado una de sus más célebres y picantes letrillas:
Y el caballero del hábito de Santiago no hubiera sido acertado en el caso presente. Un odor di femina impregna ya toda esa dura tragedia. M. Syveton ha muerto por una mujer. Estamos en el imperio de la mujer ... Tras toda cosa, hasta en los asuntos políticos, se oye el frou-frou de una falda femenina.
Tended la vista hasta ayer no más. Por una mujer murió Gambetta, por una mujer se suicidó Boulanger, por una mujer sucumbió amorosamente el presidente Félix Faure, por una mujer se ha matado M. Syveton ... El caso de M. Syveton no deja de tener su literatura: es el de Fedra al revés.
hubiera podido exclamar el desgraciado. Y antes de desaparecer:
M. Syveton ha desaparecido, pues, como un personaje de las tragedias que antes él explicaba. Su gesto ha sido clásico, y lejos del creído asesinato francmasónico á lo Consejo de los Diez. El público de los diarios, si ha perdido por un lado, ha ganado por otro ... Del supuesto complot político se desprende hoy un fuerte relente de alcoba. Se ha publicado el retrato de Mme. Menard, hija de Mme. Syveton, la «Hipólita» del caso, y París ha visto un bellísimo rostro de mujer más ... Viene á la memoria la agresiva é insultante fórmula que el pesado Mark Twain arrojara á la alta sociedad francesa por una inocente broma de Bourget: Liberté, Egalité, Fraternité, Adultère! ...
En mis paseos intelectuales—promenades littéraires, diría Rémy de Gourmont—he encontrado, ó me ha parecido encontrar, no lo sé, una apacible y elegante villa que alegran gracias de jardín, visiones de parque. He penetrado á respirar el olor de las frescas arboledas. He hallado esbeltos plátanos, como los que invitan á soñar, allá en Versalles; hayas frondosas, laureles rosa. Con su idioma de susurros y de gestos lentos me han contado la poesía de sus estaciones. A veces, de lo alto de una verde copa ha dado su testimonio la voz de un pájaro. He visto mármoles, aquí, allá; grupos, estatuas, bustos. Y una fuente verleniana, que en las noches de luna lanza su chorro de cristal «esbelto entre los mármoles» ... Como en felices tiempos románticos, he encontrado en un tronco de árbol un nombre grabado ... La primavera debe haberle aromado muchas veces, tras la inútil frialdad de los inviernos, pues se siente en el ambiente el imperio de la juventud, el triunfo de la vida. Noto los bustos: el uno es de Lamartine, el otro de Víctor Hugo, el otro de Verlaine ... En un pequeño lago cercano se hace presente la curva armoniosa de un cuello de cisne, blanco y sincero—que apenas parece haber visto pasar de lejos á Mallarmé ... El viento, que suavemente vuela, trae ecos lejanos; ecos de mar, de montaña, de landas. Todos los oros del otoño se sospechan en tal dorado simulacro; y á pesar de un vago deseo de ensueño que se siente por todas partes, se manifiesta la reminiscencia de una imperativa influencia solar. De la villa oigo brotar un canto de mujer. El canto es melodioso, ardiente, profundo. Me detengo cerca de decorativos boulingrins, macizos de rosas de Francia, plantíos de violeta de Francia, admirables lirios de Francia.
Al lado, cerca de términos y á la entrada de glorietas, vi guijarros marinos y de esos sonoros caracoles que pintaban los pintores de antaño, como trompetas de tritones. Tomé uno de ellos y lo acerqué á mi oído. Se oía—curioso—, primero como el ruido del Océano, mas después como ruido de aguas de gran río ... Esto me recuerda algo de «por allá», me dije yo ... Anduve, anduve entre los árboles. Unos tenían nidos en las ramas. Otros formaban arcadas como ojivas de catedrales de ensueño; otros me recordaban paisajes de viñeta—¿de dónde?—, y otros me invitaban á descansar bajo su amable sombra. Iba á salir ya por la puerta del jardín, cuando volví á oir la voz femenina que, acompañada suavemente por un piano, llegaba hasta mí. Entonces tomé otro rumbo. Me detuve delante de un fresco laurel y admiré lo bien cuidado que estaba. Corté una hoja, la masqué, y supe una vez más que era amarga.
Luego seguí, caminando, caminando, hasta que me detuvo la visión de un ombú ... «¿Un ombú?—me dije—. ¿En París un ombú?» Yo había creído hasta entonces que el ombú era, como la mandrágora de la leyenda, fabuloso ... Que no se encontraba sino en los versos de tales poetas argentinos, y que su figura era ilusoria ... Mas el ombú estaba allí. Y estaba bien conservado, bien cuidado.
Sus ramas decían toda la inmensa pampa y su corazón de árbol aparecía en su ademán vegetal, como traducción del corazón expirante y ya extraño del gaucho ... «¿Qué es esto—me dije—, en un parque francés, en un jardín parisiense de París?»
Me sacó de mi sorpresa el dueño de la villa, el propietario del chalet, que vino hacia mí con la mayor afabilidad. En un español que no ocultaba el acento francés, me dijo: «Me llamo José María Cantilo, y me parece que es usted medio paisano mío ... Está usted en su casa. Soy un argentino, jardinero de Francia ... ¡Mire qué rosas! ¡Mire qué claveles! ¿Quiere usted champaña? ¿Quiere usted mate?» Opté por el mate. No le encontré gusto muy criollo ... El mate era de plata y la bombilla de oro. Y, tal vez porque ya voy perdiendo la costumbre, me quemé los labios ... Mas me supo delicioso—como cosa nuestra—, como el café de José María de Heredia ...