PEQUEÑA AVENTURA DE UNA PRINCESA DE FRANCIA

L

La reina de los Algarves, que es al mismo tiempo princesa francesa, y una de las soberanas más hermosas del mundo, ha hecho al París republicano la gracia de su presencia con la presencia de su gracia. París, naturalmente, le ha encantado, y mientras su marido, el obeso sportsman campechano se iba de caza con el modesto Nemrod que hoy rige los destinos de este país, la gallarda Amelia hacía compras en las famosas casas de elegancia que hay en la rue de la Paix. Mas aconteció que el protocolo tuvo que exigir la presencia de ambos soberanos en un banquete oficial, en el Elysée. Es claro que todo se hizo como lo quiso el protocolo, pues es éste el más ceremonioso tirano que impera en cortes y palacios gubernamentales. Y á este propósito citaré una frase atribuída á la señora del jefe de la República. Se trataba de no sé qué detalle, y ella interrumpió, con la mejor convencida intención: «Pues en otras «cortes», esto se hace así, y así.» El lapsus es muy natural en esta vieja monarquía de gorro frigio ...

Mas tornando á la aventura de la reina, diré que estuvo ella en el banquete, por indicación protocolar, entre M. Falliéres, presidente del Senado, y M. Loubet, presidente de la República. Un cronista señala que la reina estuvo toute gracieuse et heureuse de se retrouver en France, y que pendant tout le temps du diner, chacun put remarquer sa bonne grace, son entrain et sa joie. ¿Qué podría decir la reina de Portugal á los amables anfitriones al despedirse, sino que estaba «particularmente encantada de las horas que acababa de pasar en el Elysée»?

Mas dos princesas de Francia velaban por la historia, por la tradición y por el brillo de la perdida corona ... Esas princesas eran las dos hermanas de su majestad portuguesa. Un telegrama llegó, reprendiendo á la graciosa Amelia. El telegrama estaba escrito en términos de reprobación y casi vehementes. Se reprochaba á la reina haber aceptado ir al Elysée, y haberse sentado á la mesa del jefe de un Estado que antes desterrara á su padre y á su hermano. Ese telegrama, más que un resentimiento, era casi una indignación.

Mas se agrega que la reina de los portugueses, sin decir nada, se contentó con mostrar el telegrama á Don Carlos. Y que «su buen humor no se alteró de ninguna manera, y después, como antes, continuó siempre risueña ...» En la sonrisa le acompañaría su real esposo, y ambos demostrarían así que, conforme con la sabiduría de las naciones, los portugueses están siempre contentos.

El reproche de las princesas es semejante al que dirigiera á su hijo Don Jaime, Don Carlos de Borbón.

Mas ¿quién viene á recordar cosas de antaño, atrocidades de la Historia, locuras demagógicas, ó terriblezas republicanas, cuando la Marsellesa se ha tocado en los palacios de los zares de Rusia, y, si no me equivoco, hasta en el recinto del augusto Vaticano?


VIAJES PRESIDENCIALES

T

Tocándole el turno á España, hizo, pues, su maleta, el más sencillo y amable buen hombre de todos los presidentes, y tomó el camino del país de las más lindas sonrisas y de los más halagadores «castillos»: el camino de España. Inmediata y naturalmente, como sucedió con Rusia, como sucedió con Inglaterra, como sucedió con Italia, como sucederá ... tal vez ... con ... Alemania ... (¿por qué no, ¡qué diablos!, si estamos en una época de prodigios?) España se ha puesto aquí de moda; es decir, se ha puesto más de moda, porque ésta comenzó con la visita de Alfonso á los parisienses. Esta moda, como todas las demás, es pasajera. Dura lo que un capricho de París.

Monsieur Loubet es allá en Madrid festejado con toda la cordialidad de que es capaz la gente española. Desde luego se encontrarán con más de una sorpresa, él y sus acompañantes. Y con más de una desilusión.

Porque todos sabemos que las Españas que se usan en París son fantásticas y divertidas. París no quiere entender otra cosa. Españalós, batiñolós, cigaretos, carrambá. No hay más. Ó, sí, hay más: el petit air de guitare, la estudiantina, la «navaca», que aun persiste en la liga de las duquesas celosas y lujuriosas. De Dumas acá, de Gautier, ¡qué digo!, de Mme. Aulnoy acá, no ha variado nada. Allá viven, desde luego, el Cid, Don Juan, Hernani y Carmen. Los alguaciles recorren las calles por las noches, mientras los enamorados, al son de una mandolina, dan su «serenado». De Literatura, en París conocen, los que conocen, á Cervantes mal traducido, á Gómez Carrillo, y las versiones que de Galdós y Blasco Ibáñez han hecho ciertos aficionados. No hablo de los fosilófilos de la Revue Hispanique y de uno que otro hispanizante, más ó menos ruso ó rumano, que suelen ocuparse en las revistas de letras castellanas. La existencia palatina y social de la tierra de Don Alfonso XIII no es tampoco muy sabida en estas latitudes, con ser la infanta Eulalia una parisiense de más de la marca y con haber una colonia española de dinero y títulos bastante numerosa. Verdad es que toda esa gente, en cuanto está en París, quiere pasar por francesa, y de lo que menos tratan y lo que menos les interesa es dar á conocer los progresos y el estado actual de su país. En una revista mundana, la más aristocrática sin duda alguna, se ha publicado en estos días un artículo que contiene las más curiosas referencias sobre la cour et le monde a Madrid. Allí aparece una marquesa de Kajra que causaría el asombro de Kasabal; la difunta condesa de Sástago aparece viva y llamada de Satayo; y la de Superunda es Luperunda. Hay datos como este: La cuisine et moins recherchée que la notre, et la reine Marie Christine a fait sensation, et on le lui á repreché, par les diner de la cour, confiés a un cuisinier vienneis. Se diría que se está en tiempos como aquellos en que, según la citada Mme. Aulnoy, los gentileshombres vivían d’oignous, de pois et d’autres utiles denrées.

Como el viaje de M. Loubet coincide con las representaciones en la Comedie Française, del Don Quichotte, de Richepin, la actualidad no puede ser más oportuna. Todos los turistas de estas felices regiones que han partido para la tierra quijotesca, no dejarán de buscar por allá las mil y una imaginaciones que tienen formadas en sus cerebros fáciles al castillo en España.

Claro se ve. Comienzan á llegar las primeras informaciones de los periodistas que han ido á presenciar las fiestas de la visita presidencial. Uno se asombra de que el rey, al abrazar al presidente francés, le haya dado «golpecitos repetidos, con los dedos abiertos, á la moda del país». Otro da á entender que los rubios no existen en la tierra castellana, repitiendo el concepto de un viajero de última hora, M. Larroumet: «hombres y mujeres tienen el color bronceado, los cabellos de ébano, los rasgos regulares, el cuerpo esbelto, las extremidades de una gran figura. Todos son bellos, de una belleza sin frescura, con perfiles netos, finos y secos. Los ojos brillan ... Los cabellos son de un negro azulado ...» «Como el ala del cuervo», les hubiera dicho Pérez Escrich ...

Hay que advertir que la idea que priva sobre la belleza española, ó, mejor dicho, sobre la belleza andaluza, es Carolina Otero, que no es andaluza sino gallega. Luego, hay en la flotante colonia española unas cuantas capas y sombreros cordobeses, unos cuantos «toreadores» trashumantes que ayudan con su presencia, hechos y gestos, á fijar más en estos espíritus singulares, la idea de lo pintoresco español.

Yo no habría quitado una sola ilusión á los turistas parisienses, sobre todo á los periodistas que han ido á la corte de España con motivo del viaje del presidente de la República francesa. Habría hecho más: habría aumentado el color local, puesto que el color local es lo que primero van buscando. Cierto es que ya en «el Escurial» se dió cuenta de que había aparecido una estudiantina con el traje nacional que daba una serenade á M. Loubet. Mas yo habría traído de Granada á Chorro-e-jumo, el famoso modelo de Fortuny, con su carnavalesca indumentaria; y bajo su dirección, habría hecho evolucionar en fantásticos fandangos un policrómico batallón de gitanos y gitanas. Habría hecho en Toledo dar verdaderas serenades, con verdaderas mandolinas, á la luz de la luna, en las callejuelas estrechas. Y habría buscado á una ó dos condesas de buen humor, que en ocasión oportuna, ante el encantado turista parisiense, hubiese sacado de la liga, que ceñiría una pierna digna de una maja de Goya, su larga navaca, una gran navaca, de esas de no sé cuántos muelles, que hacen al abrirse un ruido ciertamente inquietante.

Mas las sorpresas allá han sido muchas. Se encuentran desencantados con que Madrid es una capital invadida por la uniformidad prosaica de todas las capitales modernas. Los tranvías eléctricos van por la población, cuyos edificios son semejantes á las construcciones de otras partes, salvo uno que otro que conserva el estilo nacional, ó tal reliquia como la ilustre fábrica que sirvió de prisión á Francisco I.

¿En dónde está lo que Nodier contaba? ¿En dónde las majas goyescas y las diligencias que atacaban y desvalijaban los caballerosos bandoleros? Para colmo, no se encuentran, ¡ay!, ni los mendigos, los famosos mendigos españoles, de que habla el más reciente voyage en Espagne, porque una disposición del alcalde de Madrid los ha barrido últimamente de las calles de la villa.

Naturalmente, les han cambiado la España soñada; y lo peor es que á nadie se le ocurrirá invitarlos á comer en casa de Botín un cochinillo al horno, en cacharros que tienen solera, y demostrarles que comen el plato de Quevedo y beben en el vaso de Cervantes.

No me habría faltado á mí bacía que enseñar como el yelmo de Mambrino, ni esqueleto de caballo viejo que presentar como restos de Rocinante ... Y todo el mundo se habría despedido contento.

Se encontrarán en cambio con que en el alto mundo se vive una vida mitad en inglés, mitad en francés, como en París, y que snobs y snobinettes son los mismos á un lado y otro de los Pirineos. Y en el teatro verán las mismas cosas que en Francia: traducciones, traslaciones ó imitaciones de asuntos franceses. En las letras, imperando, es natural, como en todas partes, lo francés, la influencia francesa. Los trajes de Paquin y los sombreros de la rue de la Paix sustituyendo á los adornos castizos y á la olvidada y desdeñada mantilla de las antiguas bellezas. Encontrarán el sereno, pero no les cantará la hora ni les dirá qué tiempo hace; mas el guardia de la esquina, los que en La verbena de la Paloma van á dar la vuelta á la manzana, les chapurrearán el francés é irán á donner le tour á la pomme, como dice un ocurrente caricaturista de la ciudad del oso y del madroño.

Mas en verdad, lo que sí hallarán, tanto M. Loubet como su comitiva y los turistas, son unos excelentes hidalgos que hablan con sinceridad y que sienten con entusiasmo. Los paseantes verán una buena capital sin las grandezas y lujos de este maravilloso París, pero sin apaches ni batallas nocturnas, gracias á la mohosa, vieja, pero utilísima institución del sereno. Hallarán buenas gentes, sin la famosa morgue castillane, que reciben al extranjero con la más franca cordialidad y se gastan con él lo que tienen y lo que no tienen. Y, sobre todo, verán y admitirán «las más lindas sonrisas del mundo», como dice un corresponsal del Fígaro, en esos rostros incomparables de las mujeres españolas, incendiados de miradas prodigiosas, rostros de Concepciones de Murillo y de ángeles de Goya. Admirarán esa hermosura natural, esa gracia autóctona. No dejarán de notar que no es poca la importación del parisienismo, y que en la alta clase y en la burguesía rica hay mucho del faubourg y del boulevard ... Mas las hijas del pueblo, las gatitas verdaderas de Madrid, les ofrecerán ejemplares de raza, flores de belleza propia. Celebro que el Blanco y Negro haya tenido la buena ocurrencia de dar una fiesta á los periodistas franceses, con mucho de guitarra, y «venga de ahí», y tangos y seguidillas y gitanas. ¿Ha habido gitanas? Si no las ha habido es un pecado. Debe haberlas habido, y de las de más negros ojos y más salada palabra, de las que dicen la buenaventura y ríen y roban ... Así, los queridos confrères vendrán contando que no se les ha robado la plata ... Que han visto algo de lo que contaba Nodier ... Y la célebre dame au masque, la sonora Mme. Du Gast, podrá saber y contar algo más sobre espagnolós y cigaretós.


EN CASA DE MINERVA

C

Cada año el Instituto—esto es, las cinco Academias que lo componen—celebra una sesión, muy concurrida y solemne, en que los sabios y los artistas, juntos, confraternizan ante la mirada respetuosa ó ante las sonrisas de un público ya admirativo, ya escéptico.

Naturalmente, á esa sesión no faltan, no dejan de llevar las damas sus atavíos elegantes y sus gracias. Ir á esa sesión, como á cualquier solemnidad académica, es una cosa distinguida. No se pierde tampoco el tiempo. Por lo general, los oradores ó lectores son escritores, artistas y sabios que entretienen amablemente al auditorio, que saben lo que dicen y que lo dicen bien, en esta lengua francesa en que es tan difícil aburrir ó decir una tontería. Por muy áridos que los asuntos sean, puede decirse que nuestras «latas» españolas, nuestros «solos» argentinos, son muy raros y casi imposibles en ese recinto. Así, las lecturas hechas por Edouard Detaille, Sénart, De Foville, Edmond Perrier y Jules Lemaitre encantaron á la concurrencia. El uno es un pintor, el otro un arqueólogo, el otro un estadista, el otro un hombre de ciencia y el otro un hombre de letras, y todos cinco fueron oportunos, claros, amenos. Había en esa asamblea de viejos un innegable verdor, como el de las palmas de sus uniformes de inmortales. Esos viejos representan la gloria y el prestigio consagrados de Francia; esas barbas blancas honran al pensamiento humano, y el más modesto de esos trabajadores de la idea es un bienhechor de la comunidad.

Con justicia M. Detaille, al fin de su discurso, recordó las expresivas frases de Renan: «El Instituto es una de las creaciones más gloriosas de la Revolución, una cosa completamente propia de la Francia. Muchos países tienen academias que pueden rivalizar con las nuestras por la ilustración del personal que las compone y por la importancia de sus trabajos. La Francia solamente tiene el Instituto, donde todos los esfuerzos del espíritu humano están como ligados en haz: en donde el poeta, el historiador, el filósofo, el matemático, el físico y el astrónomo, el escultor, el músico y el pintor pueden llamarse fraternalmente compañeros.»

M. Detaille, el célebre autor de tanto célebre cuadro militar, fué quien pronunció el discurso de apertura, como miembro de la Academia de Bellas Artes y presidente en ejercicio del Instituto. Comenzó recordando que hace un siglo justo el Instituto pasó á ocupar el actual local, el palacio Mazarin, dejando el palacio del Louvre, en que antes tuviera asiento. Eso se debió á Napoleón. A este propósito el benemérito artista no deja de hacer brillar, como en sus telas, uno que otro resplandor de batalla, uno que otro relámpago de sable. Luego, hablará de asuntos más caseros, digamos así, y lamentará á los colegas recientemente desaparecidos. Ya es Guillaume, académico de la francesa y de la de Bellas Artes, «noble figura que encarna á la vez la delicadeza del artista y del hombre de letras. Profundamente erudito, nadie sabía hablar como él de cosas de Arte con tanta autoridad y sabia experiencia». El duque d’Audiffrei-Pasquier, «que hizo su educación política bajo la égida de su tío el canciller Pasquier, cuyas tradiciones recogió en tiempo de los Guizot, de los Villemain y de los Montalembert», José María de Heredia, «que desaparece dejando tras sí un rastro luminoso, como esos meteoros que pasan en el firmamento. Su obra, materialmente, ocupa poco lugar, y si es ligera, es para remontarse bien alto en el espacio, como un cohete de oro que estalla orgullosamente. Sus admirables sonetos están en todas las memorias. Él veía noble, veía grande, y ninguno ha encontrado imágenes más espléndidas y más precisas para traducir las soberbias visiones que concebía su cerebro de poeta artista».

Ya es M. Wallon, «cuyas obras sobre la esclavitud en la antigüedad, sus historias de Juana de Arco y de San Luis, sus trabajos sobre el tribunal revolucionario, obras de una erudición abundante y precisa, han consagrado su reputación de historiador». Y el sabio Oppert, que, extranjero, al naturalizarse aportó á Francia «los frutos de una erudición profunda». Luego, Potier, ingeniero, dotado de una prodigiosa actividad unida á una erudición legendaria; y Bicha, el decano de la Facultad de Ciencias de Nancy, y el alemán Richtofen; y Barrias, arrebatado «en plena fuerza y en pleno trabajo», y otros escultores, Thomas y Dubois; los pintores Henner y Bouguereau, Henner, «ese hijo de la vieja Alsacia, que había guardado el culto enternecido de la tierra natal, se aplicaba á envolver la forma pura, á la manera de Corneggio y de Prudhon, en esa misteriosa visión, como si sus ojos hubiesen guardado el recuerdo de las brumas argentadas de sus valles de Alsacia». Y Bouguereau, que, «seguro de sí mismo, supo imponer sus convicciones artísticas y hacer compartir su fe», y «cuya probidad de vida fué igual á la probidad de su talento». Y los recuerdos de duelo continúan con el grupo de ilustres nombres extranjeros, el grabador Biot, Constantin Meunier, Massarani, Racconi, Waterhouse, y el gran teutón Adolfo Menzel, cuyo elogio era interesante oir de un pintor como Detaille: «Su obra es considerable, pero hay una que sobresale entre las demás: es la reconstitución de la vida de Federico el Grande y de su época, que ha evocado con una precisión y un talento que hacen de él uno de los pintores más notables al mismo tiempo que un verdadero historiador.» Después es el financista Germain, el estadista Juglar, y Olivecrona, y Hüffer, Perin y Hennequin. La muerte ha segado en un año, como se ve, muchas testas gloriosas.

Mas con justicia, M. Detaille concluyó su discurso con las palabras de Renan que he citado al comienzo de esta carta.

La lectura de M. Sénart, delegado de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, trató sobre «un nuevo campo de exploración arqueológica», el Turquestán chino. Recordó á los bravos iniciadores y proseguidores de valiosos trabajos, como el príncipe Henry de Orleans, víctima de sus exploraciones, Bouvalot, De Grenard, Dutrenil de Rhins. Y al sueco Sven Hedin, que ha realizado viajes verdaderamente extraordinarios. «El Turquestán—dice M. Sénart—ha sido una gran vía de la política, del comercio, de la religión. Es por allí que, desde 130 antes de nuestra Era, el famoso Changkieu fué á entablar, á la ventura, negociaciones con los ocupantes de la lejana Bactriana; y por allí, doscientos años más tarde, el general Pantchao se lanzaba á imponer á esas regiones la soberanía china.» Como veis, esos asuntos son un poco lejanos y abstrusos ...; mas el sabio ha sabido interesar á su auditorio, sobre todo cuando ha hablado de ciertos hallazgos en que la arqueología se interesa y se complace.

Otro sabio de otra especie fué más curiosamente escuchado, sobre todo por los oyentes femeninos. Me refiero á monsieur Edmond Perrier, delegado de la Academia de Ciencias. Trató sobre La parure, sobre los adornos, y su amenidad fué muy gustada y aplaudida, su amenidad enseñadora. Mirad qué amable sabio es el que comienza su disertación con estas palabras: «Al ver sucederse á los rayos de un sol de estío, ó bajo las girándulas de una sala de baile, los acariciantes colores de los trajes de fiesta, matizados hasta lo infinito y combinados según los geniales y armoniosos caprichos de la imaginación femenina, se podría creer que el adorno ha sido la invención exclusiva de las hijas de Eva. Por ellas, todo lo que hay en el mundo de luminoso y de brillante está evocado alrededor de nosotros, se mezcla cotidianamente á nuestra existencia, y viene hasta abajo esta austera cúpula á iluminar nuestras sesiones académicas con un brillo que la suntuosidad de nuestras palmas verdes sería insuficiente para darle». El galante sabio busca el adorno en la Naturaleza, en los aires, en la tierra, en la profundidad de los mares; y de su rebusca resulta que, contrariamente á lo que pasa entre los humanos, el sexo que se adorna, que se hermosea, que coquetea, digamos, entre los animales, es el sexo masculino.

Y es un desfile de maravillosos peces, de milagrosos insectos, de prestigiosos pájaros, adornados por la pródiga Naturaleza, Paquin de los pavos reales, Lalique de los colibríes, proveedora incomparable de sedas, joyas, tintes y matices de encanto. De todo el estudio, lleno de citas y de datos, resulta la chocante demostración de que en el reino animal, el macho constituye ... el bello sexo.

Hay sus consuelos. «El cuadro que acabamos de trazar—dice en una parte de su discurso—, de las brillantes facultades del sexo masculino no se aplica sino á las clases superiores del reino animal; tiene su contraparte en las clases inferiores. Ya en las colmenas de abejas, los numerosos príncipes consortes, incapaces de todo trabajo, son muertos por las obreras desde que se acerca el invierno.» Y así empieza la narración de las desventuras del macho, entre una larga variedad de seres inferiores. Una cosa va por otra.

Las frases finales son saludadas con un general aplauso: «Felicitémonos, simplemente, de que las cosas se hayan arreglado de manera que en medio de los cataclismos suscitados por la inconsciente, involuntaria é irresistible actividad de los hombres, permanezca infrangible, por su esencia misma, y á pesar de lo que puedan de ella pensar ciertas almas, la dulce y serena figura de las que, desde nuestra primera sonrisa hasta nuestra última herida, están cerca de nosotros para amar, prever, consolar y curar.» Y esa sí que constituye una deliciosa superioridad femenina.

El discurso de M. De Foville, no por tocar un tema árido para la generalidad, dejó de ser escuchado con mucha atención y gusto. Su profession de foi d’un statisticien, es una pieza escrita con esprit al par que con profundidad y transcendencia de ideas. La estadística, ciencia de numerar y de datos, apareció expuesta por este sonriente sabio, tan atrayente como valiosa. La estadística ha tenido en su contra las ocurrencias fáciles de autores cómicos. ¡No importa! «Nosotros—dice M. De Foville—somos los primeros en reir de las bromas, hoy clásicas, cuyos iniciadores fueron los Louis Reybau, los Labiche, los Gondinet.» En el Congreso de Londres todo el mundo se rió cuando lord Onslaw recordó algunas de esas facecias en un brindis. «Es el gran mérito de la estadística—dice De Foville—, tal como nosotros la comprendemos, decir la verdad, no querer decir más que la verdad, cuando alrededor de ella, voces que intentan parecerse á la suya hacen impunemente de la mentira un hábito y aun una industria.» Detenidas consideraciones hizo el eminente académico, que fueron recibidas con las muestras del mayor aprecio por un público que, si no se deleitaba con el tema, gozaba con la galanura sabrosa del discurso. El Sr. Alberto B. Martínez habría aplaudido con todo entusiasmo, en unión de la selecta concurrencia, á su respetable colega.

La Literatura estuvo bien representada por Jules Lemaitre. Este escritor, cuyo talento ha estado por largo tiempo navegando en los mares de la política, en donde se ha llenado de lamas, conchas, brumas y pesadeces, se diría que ha entrado en el dique y ha limpiado sus fondos. Su discurso sobre los libros viejos es una página que recuerda sus antiguas páginas de pensador sagaz y crítico avisado. Corto fué—y este es un mérito más—y aplaudidísimo por los concurrentes, que ven en M. Lemaitre como una especie de hijo pródigo de la Academia, que retorna á sus viejas tareas, floridas de ideas finas y de elegancias verbales. Quiera que persevere en tal resolución la dueña de la casa, la patrona de la Cúpula, la sabia Minerva.


LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE

H

Hermosa y gloriosa tarea la que acaba de concluir el Dr. J. C. Mardrus: la traducción completa de El libro de las mil noches y una noche, hecha literalmente del texto árabe, dón inapreciable que no podemos suficientemente agradecer los occidentales. El último volumen dejará en las almas soñadoras una inevitable nostalgia. Un espíritu tan raro como sutil ha lanzado ya esta queja: «Las mil noches y una noche son toda la epopeya amorosa del globo desde su formación hasta nuestros días. El globo es un huevo que incuban á turno el amor y la noche. ¿La humanidad no será más que el accidente del ensueño? Con tal que el amor y la noche nos abaniquen con sus alas, la tierra continuará, me atrevo á creerlo, girando bien. Mas he aquí que llega la mañana ... ¡ay! ¡ay!, el Oriente se emblanquece ... ¡el Oriente se hace viejo! ¿Quién mecerá nuestro sueño de gentes del Norte?»

Sí. Rachilde tiene razón. Necesitamos, para acercarnos siquiera á la ilusión de la felicidad, de la delicia nocturna y del encanto amoroso. Y ese es el ambiente de esas historias mágicas que el sabio europeo ha ido á sacar de sus secretos refugios de Oriente.

El Dr. Mardrus es un arabista de nota, diga lo que diga cierto emir amigo de Claretie, que ha encontrado algunas inexactitudes en esta versión, que uno siente tan llena de hechizos. Trabajador de conciencia, él explicó desde el principio la magnitud de su empresa. Antes que él, nadie había hecho en francés una traducción completamente exacta, literal, por el temor de la desnudez de la expresión arábiga, que hiere, más que nuestros pudores de Occidente, el universal puritanismo de las literaturas cristianas. En inglés existían las versiones fieles, hoy rarísimas, de Payne y de Burton; pero esas fueron tiradas para suscriptores limitados, y quedaron, por decir así, secretas. Mardrus conoce una segunda edición de Burton, pero es expurgada. El erudito traductor francés señala los orígenes de sus fuentes. La base de Las mil noches y una noche (es así como debe decirse) está en una antología persa, el Hazar Afsanah.

Hubo narradores diversos que, tomando los asuntos originales, fantasearon á su placer. Se mezclaron cuentos persas y leyendas de otras naciones. «El mundo musulmán entero, de Damasco al Cairo y de Bagdad á Marruecos, se reflejaba, en fin, en el espejo de Las mil noches y una noche.» Una mezcla de dialectos, de modismos distintos, que se hallan en los manuscritos hechos en diferentes épocas, impide el señalar una fecha fija al libro maravilloso en que parece que toda la fantasía de los países de Oriente colaborara. Mas de recientes estudios se desprende que pertenecen al siglo x estos cuentos que se hallan en todos los textos: 10. Historia del rey Schahriar y de su hermano el rey Shahzaman; 20. Historia del mercader con el Efrit; 30. Historia del pescador con el Efrit; 40. Historia del cargador con las jóvenes; 50. Historia de la mujer cortada, de las tres manzanas y del Negro Rihan; 60. Historia del visir Nureddin; 70. Historia del sastre, del jorobado; 80. Historia de Nar Al Din y Anis Al-Djalis; 90. Historia de Ghamin-ben-Ayub; 100. Historia de Ali-ben-Bakkar y Shams-Al-Nahar; 110. Historia de Kamar-Al-Zaman; 120. Historia del caballo de ébano; 130. Historia de Djulnar, hijo del mar. La historia de Kamar-Al Zaman II y la de Mearuf se colocan en el siglo xvi; la mayoría de los cuentos, entre los siglos x y xvi, y la historia de Simbad el Marino y la del rey Djiliad serían anteriores á todas. Conforme con la nota colocada á la cabeza de la edición Mardrus (que inició la Revue Blanche y ha terminado Fasquelle), las ediciones críticas que existen de los textos originales de las Alf Lailah Oua Lailah son siete: La edición (inacabada) del cheikn El Yemeni, dos volúmenes; Calcuta, 1814-1818. La edición Habitch, doce volúmenes; Breslau, 1825-1843. La edición Mac Noghten, cuatro volúmenes; Calcuta, 1830-1842. La edición de Boulack, dos volúmenes; El Cairo, 1835. Las ediciones del Ezbekieh, de El Cairo. La edición, cortada, corregida, dislocada, de los jesuítas, en cuatro volúmenes, Beyruth, y la edición, en cuatro volúmenes, de Bombay. El Dr. Mardrus prefirió la de Boulack, y se ayudó con la edición de Mac Noghten, y principalmente con los diferentes manuscritos arábigos.

No tengo noticia de ninguna traducción literal alemana, ni italiana, ni española. Las mil y una noches que conocemos en español son traducidas de la traducción francesa de Galland, «ejemplo curioso de la deformación que puede sufrir un texto, pasando por el cerebro de un letradoen el siglo de Luis XIV; la adaptación de Galland, hecha para la Corte, fué sistemáticamente emasculada de todo atrevimiento y filtrada de toda la sal primera. Aun como adaptación es incompleta, pues contiene apenas la cuarta parte de los cuentos. Antes de Mardrus, los cuentos que forman las otras tres cuartas partes no se han conocido en Francia, ó, diciéndolo mejor, las ha ignorado el mundo».

Para traducir una obra de poesía es necesario un poeta. Y para traducir esta obra de poesía, sin parangón, era preciso un poeta sabio en cosas de Oriente como el doctor Mardrus, que ha vivido la vida oriental en los mismos lugares en que nacieron, en abolidas y prestigiosas imaginaciones, estos cuentos extraordinarios.

Que el traductor es un poeta insigne, lo demostrará la perla de la introducción, cuatro palabras armoniosas que no dejaré de dejar aquí para regalo de mis lectores: «—Yo ofrezco—dice—todas desnudas, vírgenes, intactas, ingenuas, para mis delicias y el placer de mis amigos, estas noches árabes, vividas, soñadas y traducidas, sobre la tierra natal y sobre el agua». Ellas me fueron dulces durante los vagares de las largas travesías, bajo el cielo de lo lejos. Por eso las doy. Ingenuas son, y sonrientes, y llenas de ingenuidad, al igual de la musulmana Schaharazada, su suculenta madre, que las parió en el misterio, fermentando con inquietud en el seno de un príncipe sublime—lúbrico y feroz—bajo el ojo enternecido de Alá clemente y misericordioso. Desde su venida fueron delicadamente acariciados por las manos de la lustral Doniazada, su tía, que grabó sus nombres sobre hojas de oro coloreadas de húmedas pedrerías, y las cuidó bajo el terciopelo de sus pupilas hasta la adolescencia pura, para esparcirlas, voluptuosas y libres, sobre el mundo oriental, eternizado de su sonrisa. Yo las juzgo y las doy tales, en su frescor de carne y de roca. Pues ... un método sólo existe, honrado y lógico, de traducción: «la literalidad», impersonal, apenas atenuado por el rápido parpadeo y el saborear largamente ... Ella produce, sugestiva, la más grande potencia literaria. Ella hace el placer evocatorio. Recrea indicando. Es la más segura garantía de la verdad. Ella se hunde, firme, en su desnudez de piedra. Huele el aroma primitivo y lo cristaliza. Devana y deslíe ... Fija. Cierto, si la literalidad encadena al espíritu divagante y lo doma, ella contiene la infernal facilidad de la pluma. No me quejaré de ello.

Pues, ¿dónde encontrar en un traductor el genio simple, anónimo y libre de la niaise nanie de son nom? Mas por las dificultades del terruño original, tan duras para el profesional en théme, ellas no sabrían, en los dedos del enamorado del oriental parlar, concentrarse en más espira que las precisas al gozo de desatarlas. En cuanto á la acogida ... El Occidente amanerado, empalidecido en el ahogadero de las convenciones verbales, fingía azoramiento á la audición del franco lenguaje cuchicheante y simple y sonoro de toda la risa, de esas brunas muchachas sanas, nativas de las tiendas abolidas.

Así, pues ... Ellas no ven en eso malicia, las huríes. Y los pueblos primitivos—dice el sabio—llaman las cosas por su nombre, y no encuentran casi condenable lo que es natural, ni licenciosa la expresión de lo natural. (Entiendo por pueblos primitivos los que aun no tienen ninguna tara en la carne ó en el espíritu, y nacidos al mundo bajo la sonrisa de la belleza ...) Desde luego es totalmente ignorado de la literatura árabe ese producto odioso de la vejez espiritual: la intención pornográfica. Los árabes ven toda cosa bajo el aspecto hilarante. Su sentido erótico no lleva más que á la alegría. Y ellos ríen con todas ganas de lo que al puritano parecería escandaloso. Cualquiera que, artista, ha vagado y conocido los viajes y cultivado amorosamente bancos agujereados de los adorables cafés populares en las verdaderas ciudades musulmanas y árabes, el viejo Cairo de las calles llenas de sombra y tan frescas, los suks de Damasco, Sana del Yemen, Mascata ó Bagdad; que ha dormido sobre la estera inmaculada del beduíno de Palmira; partido el pan y probado la sal fraternalmente, en la gloria del desierto, con Ibn-Rachid suntuoso, ese tipo neto del árabe auténtico; saboreado todo lo exquisito de una conversación de simplicidad antigua con el puro descendiente del profeta, el cherif Hussein ben Alí-ben Aun, emir de la Meca Santa, ha podido notar la expresión de las fisonomías pintorescas reunidas. Único, un sentimiento domina toda la asistencia: una hilaridad loca. Ella flamea en sacudidas vitales á cada salida libre del heroico narrador público gesticulante, animando sobre todo y saltando entre los espectadores complacidos ... Y la embriaguez os ase, suscitada por las palabras, por los sonidos, por el perfume ó la afrodisia del aire, por el subolor discreto del haschich, dón último de Alá!... Y se es navegante aéreo en la noche ... Alá no se aplaude, ese gesto bárbaro, inarmónico y feroz, ese vestigio innegable de las razas caribes ancestrales danzando alrededor del poste de colores, y del cual la Europa ha hecho el símbolo del horrible goce burgués amontonado bajo el gas, es esencialmente desconocido. El árabe—á una música, notas de cañas y de flautas, á una queja de «katun» ó de «ud», á un ritmo de «darabuka» profundo, á un canto de muezin, ó de almea, á un cuento coloreado, á un poema de aliteraciones en cascadas, á un olor sutil de jazmín, á una danza de flor ó vuelo «buka» profundo, á un canto de muezin, ó de perla de una sólida cortesana undosa de ojos estrellados—responde, á la sordina ó con toda la voz, por un Ah ah!... largo, sabio, modulado, extático, arquitectural. Es que el árabe es un intuitivo, pero afinado y exquisito. Ama la línea pura y la adivina, irrealizada. Pero ... él estrecha, sin palabras, infinitamente.

Y ahora, yo puedo prometer, sin temor de mentir, que el telón no se alzará sino sobre la más asombrosa, la más complicada y la más espléndida visión que haya jamás encendido, sobre la nieve del papel, el frágil útil del relator.

Tal es el prólogo que abre las misteriosas y talismánicas puertas de esos reinos de soñaciones tan humanas y tan divinas. El doctor Mardrus no anuncia en vano. Entre las más prestigiosas y extrañas decoraciones comienzan á desarrollarse las más inverosímiles y magníficas escenas. Emergen de la narración los más variados relentes; se oyen los más inauditos ruidos; se ven las más desmesuradas visiones. Florece libre la alegría de una humanidad sin complicaciones, sana y fresca en su prístina naturaleza.

El pan se llama pan, el vino vino, y la función de amor como en el decálogo de Moisés. Nada hay contrahecho; no existe allí ni el pecado de nuestras teologías, ni la vergüenza de nuestros culpables pudores, ni la malicia de nuestra perversidad de civilizados. Hay sí una superior cultura que impone la justicia y la bondad en las almas. Y lo desconocido se muestra naturalmente, y lo prodigioso es usual, y el ensueño entra en la vida y la vida en el ensueño, como era justo que fuese. Bien se explica el querer de Stendhal, que deseaba «olvidar dos cosas: Don Quijote y Las mil y una noches, para cada año experimentar al releerlas una voluptuosidad nueva».

De mí diré que libro alguno ha libertado á mi espíritu de las fatigas de la existencia común, de los dolores cotidianos, como este libro de perlas y pedrerías, de magias y hechizos, de realidades tan inasibles y de imaginaciones tan reales. Su aroma es sedativo, sus efluvios benignos, su gozo refrescante y reconfortante. Como cualquier modificador del pensamiento, brinda el dón evasivo de los paraísos artificiales sin el inconveniente de las ponzoñas, de los alcoholes y de los alcaloides. Leer ciertos cuentos es como entrar á una piscina de tibia agua de rosas. Y en todos se complacen los cinco sentidos, y los demás que apenas sospechamos.

De ninguna manera recomendaré la lectura de la versión Mardrus más que á hombres de letras, á hombres de estudio, á hombres. A no tratarse de juiciosas y tranquilas damas amacizadas de literaturas, ninguna de nuestras señoras está preparada para obra tal, que indudablemente les causaría escándalo. El desnudo oriental es todavía más natural que el desnudo clásico griego. En cuanto á las señoritas, claro está que no pueden leerla. Baste con decir que la moral de las señoritas mahometanas es muy otra que la que se enseña en Sagrados Corazones y demás colegios en que reina la doctrina de Cristo.

¡Feliz quien pueda con naturalidad y sencillez, sin ironía ni maldad, pasearse por tan floridos y perfumados jardines de delicias! ¡Dichoso el que pueda impregnarse como de un ungüento fino de la poesía de los poetas de Allá Lejos! Sentirían que por un momento caen de las alas de su alma los hierros seculares que una angustia de siglos ha mantenido en ellas. Y se sentirá, como dice la bella expresión del doctor Mardrus, nuevo Simbad que nos trae historias milagrosas de los países de las maravillas, se sentirá «navegante aéreo en la noche»....


PARÍS Y EL ZAR

E

Era una gran alegría nacional; la Francia estaba de fiesta. El cañón había tronado gloriosamente en las revistas navales. Los marineros de los barcos de Rusia eran abrazados y besados en las calles por una muchedumbre entusiasta y clamorosa. El autócrata heredero de Pedro el Grande, hacía, como su fuerte abuelo, una visita á París. París se puso su mejor tocado, se embanderó, se coronó de luces, cantó en populares músicas salutaciones al poderoso recién venido y á su hermosa compañera la emperatriz Alix. Todas las gentes manifestaban un contentamiento singular. Se gritaba: Vive l’empereur! Vive la Russie!, á todo pulmón y con toda el alma. Era un delirio de regocijo, una satisfacción intensísima demostrada de diversas maneras; la Prensa celebraba el fausto suceso; las ilustraciones se llenaban de retratos de los huéspedes ilustres. La nobleza exultaba, la burguesía se desleía, el bajo pueblo no cabía en sí. Estaba en la capital francesa el monarca ilustre del país aliado, el potente imperio moscovita. Funciones de gala, bailes, evocaciones históricas, versos áulicos, festivales pomposos, todo hubo en honor de los huéspedes. Nicolás era el ídolo de París.

... Hoy se grita en reuniones y meetings: «¡Abajo el tirano de Rusia!» Con pocas excepciones, todos los periódicos, dando al olvido la alianza, abominan el régimen cesáreo de Petersburgo y tratan al emperador de asesino. Jaurés, el acomodaticio con los reyes de Italia, aprovecha para volver á sus cargas socialistas. Los caricaturistas se muestran feroces con el Romanoff, que se encuentra, no por cierto cómodamente, entre la espada y la pared. Aquí está Nicolás con su corona imperial y su manto de armiño manchado de sangre, con una leyenda en que se le llama «zar asesino», y en que M. Loubet le dice: «Nicolás, tú eres un tonto. Cuando se quiere despedazar al pueblo, es preciso primero proclamar la República.» En otra parte se ve un zar militar, siempre ensangrentado, con un rostro negro y lívido, de criminal condenado, y estos versos de Víctor Hugo en letras de sangre:

Peuple russe tremblant et morne, tu chemines, Serfat á Saint-Petersbourg, ou forcat dans les mines. Le pôle est pour ton maître un cachot vaste et noir; Russie et Siberie, oh czar! tyran! vampire! Ce son les deux moitiés de ton funeste empire: L’une est l’oppression, l’autre le désespoir!

Lo rudo de los dibujos se compadece con lo áspero de las leyendas.

Vese al emperador con el heredero en los brazos y custodiado por un esbirro armado de knut:

«—¿No es cierto que la sangre rusa es hermosa, hijo mío ...? Y no hay que ir á Manchuria para verla correr.» Por una ventana se mira el montón de cadáveres de los obreros fusilados ...

Un caricaturista ruso residente en París, Watteroff, representa á la zarina y al zar en momentos de entrar en el lecho. Ella parece una Juana de Arco coronada, por la armadura que lleva, y él un acorazado Ubu, armado de látigo.

«—Tú quieres—dice la emperatriz—acostarte con la coraza de Pedro el Grande.» Y el emperador: «Sí, soy prudente ... Recuerdo la historia de Alejandro ... de Serbia.»

Los artistas se complacen en pintar á los cosacos con la intención que ponían los pintores de antaño en los rostros de los sayones, en los calvarios y descendimientos. Todas son caras feroces, miradas crueles. Todos son gestos rudos y rictus bestiales de brutos sin entrañas. Y en los rostros de los obreros, de las víctimas populares, la desolación, el miedo, el espanto. En los kioskos de los bulevares, desde lejos veis manchas rojas en fondo blanco: es nieve y sangre; son las publicaciones de actualidad, la reproducción de las matanzas de San Petersburgo. En una estampa el pope Sergio grita: «¡Yo muero, pero la libertad va á nacer!» Y el pope Gapón le contesta: «Sí, tú mueres por el Dios de la libertad y por la Patria. Pero vosotros, soldados, no tenéis ya emperador puesto que habéis tirado contra su imagen, y no tenéis Dios, puesto que tiráis contra vuestros hermanos.» En otra, el zar aparece ocupado en lavar su corona sangrienta; en otra ofrece al águila bicéfala que se ve como enferma y canija, ó reformas ó carne de cañón ... «Después de Hull ... San Petersburgo», esto es: después de cañonear barcas indefensas de pescadores, la carnicería de la Perspectiva Newski y de las plazas y paseos de la capital eslava. Se dibuja un Nicolás indeciso, un Nicolás cruel y un Nicolás atemorizado. Vestido de blanco, en el palacio de Invierno, oye á un chambelán dorado que le anuncia la llegada de una delegación de obreros, y le responde: «¡Fusílenlos! ¡Me voy al Zarkoe Selo!» Y en Zarkoe Selo contesta á otro chambelán que le anuncia una delegación de estudiantes: «¡Fusílenlos! ¡Me voy á Peterhof!» Y en Peterhof se le anuncia una delegación nueva: «¡Fusílenlos!... Pero, ¿adónde podré ir ahora ...?» Un coronel feroz como un ogro, dice á sus soldados ante unos niños que suben temerosos á un árbol: «¡Fusílenme todo eso! Esos son los descontentos del porvenir.» Luego, será de nuevo el zar como ahogado entre vapores de sangre, y un pueblo aullante alrededor de él. Una visión de Steinlen es fantástica y macabra: el pequeño emperador entre dos gruesos generales, sobre una blanca estepa; en el horizonte, una siniestra águila de sombra, un cetro y una corona que caen; y todo eso dentro de un círculo dantesco de desesperados, de víctimas, un retorcimiento de miembros, clamorosos hombres, mujeres, niños, ancianos, los sacrificados por el cesarismo, por la impasible oligarquía, por la voluntad de una nobleza inflexible y los mil brazos férreos del poder absoluto.

Y la Prensa comenta noticias como ésta: El emperador conserva la misma calma absoluta que tuvo en el momento en que le dieron cuenta de que 92.000 hombres habían sido muertos y heridos en el Chaho. «¡Noble corazón!» Otros piensan que si la revolución rusa triunfase no ganaría mucho el pueblo mismo. Los bravos ciudadanos franceses, dicen, creen que la revolución francesa se ha realizado el 14 de Julio de 1789, entre el amanecer y el ponerse el sol. Mas ella ha durado diez años.

La revolución rusa ocupará el mismo espacio de tiempo. Los intelectuales desencadenan el movimiento; no serán ellos los que lo conducirán. Cien millones de paisanos iletrados, supersticiosos, salvajes, no se portarán como los franceses del siglo xviii: apenas si están al mismo nivel que los Jacques del siglo xiv. Su insurrección será, pues, una jacquerie. De ese caos surgirá algún genio bárbaro, Atila-Napoleón, que limpiará la Europa. Amén. Entretanto, los estudiantes y los obreros de las ciudades entran en la lucha con un noble entusiasmo. Quieren echar abajo á los Romanoff. Van á morir por la libertad, por la igualdad, por la justicia, por el progreso, así como murieron nuestros padres. Y dentro de cien años, la república triunfará á las orillas del Neva, tal como la conocemos aquí. En lugar del zar, tiranuelos demagogos exigirán del pueblo homenaje y sumisión ciega. Los espías dispondrán del honor y de la libertad de cada ciudadano. Los cosacos sablearán á los huelguistas en nombre de la fraternidad. En lugar de enviar á los descontentos á la fortaleza de San Pedro y San Pablo, se les suicidará—se alude al asunto Syveton—en su propia casa. La corrupción insolente de los grandes duques dará lugar á la orgía crapulosa de los tribunos. Las Ev-la-Tomate y los Peaux-de-Requin, socialistas, danzarán el chahut en el Palacio de Invierno.

Los barones de Bessoulet, los vidames de Pressensé, sus infantes, sus rufianes, sus France y sus bonnes á tout faire compondrán el Santo Sínodo.

Pobiedonostseff se llamará Combes; Trepoff se llamará Lepine ó Levy, y White se llamará Rouvier. El Populo azotado, ametrallado, burlado, se arrodillará delante de los iconos de San Tolstoï y San Gorki, aullando: «¡Viva la social!» ¡Radiante porvenir! Así se expresan los pesimistas de la oposición; mas hay que confesar que entre tanto pronóstico poco halagador y un si es no es injusto, se encuentra más de un grano de experiencia nacional y de verdad pura.

Lo que hay que notar, y ese es el principal asunto de este artículo, es el cambio completo que ha ocurrido en el espíritu de este pueblo nervioso y ultraimpresionable. Al zar aclamado y cantado de ayer ha sucedido el zar abominado y maldecido de ahora, á pesar de la alianza, á pesar de los muchos intereses que unen á ambas naciones.

De poco sirve que una ú otra pluma intente demostrar la imposibilidad en que se encuentra el soberano ruso de obrar de otra manera como lo hace, apretado como está entre las imposiciones de una nobleza que no transige y las demandas y protestas de un pueblo ya viciado en ideas de progreso y de libertad por los directores intelectuales como Gorki y demás compañeros. Al débil Nicolás se le cargan en cuenta los alardes de fuerza de sus militares y las durezas de su Policía. Y cuando ha venido la noticia de que los nihilistas ó algún ignorado anarquista había hecho saber al zar por un anónimo que estaba condenado á muerte, puede decirse que la noticia no fué recibida por las gentes con desagrado ... Las muchedumbres tienen un alma femenina.

Por Gorki se han hecho públicas demostraciones en el elemento socialista. Se recogieron firmas de literatos, de artistas, de pensadores, para pedir al Gobierno ruso su libertad, como si más bien semejante petición no fuera contraproducente, dadas la calidad política y las ideas revolucionarias de la mayoría de los firmantes.

«¡Qué amigos tienes, Benito!», diría su majestad moscovita para su manto imperial.

En resumen, París actualmente, si el monarca aliado viniese á hacerle otra visita, no sería con muestras de regocijo y con palmas y rosas con lo que le recibiría.

Cabalmente hace pocos días, en la plaza de la República, ha estallado una bomba.