DON MARCELINO, DON GONZALO, TITO GUILOYA, MANCHÓN, TORRIJA y PICAVEA. Salen por la derecha.
El rumor de las voces ha ido creciendo; al fin aparecen por la puerta derecha, precediendo a don Gonzalo, Manchón, Picavea y Torrija, que bulliciosa y alegremente se forman en fila a la parte izquierda de la puerta, y al salir don Gonzalo agitan los sombreros aclamándole con entusiasmo.
Tito
¡Hurra por don Gonzalo!
Todos
¡Hurra!
Gonz.
(Sale sombrero en mano. Viste con elegancia llamativa y extremada para sus años. Va teñido y muy peripuesto.) Gracias, señores, gracias.
Tito
¡Bravo, don Gonzalo, bravo!
Tor.
¡Elegantísimo! ¡Cada día más elegante!
Man.
¡Deslumbrador!
Pic.
¡Lovelacesco!
Gonz.
(Riendo.) ¡Hombre, por Dios, no es para tanto!
Pic.
Inmóvil, y con un letrero debajo, la primera plana del Pictorial Revieu.
Tito
¡Si Roma tuvo un Petronio, Villanea tiene un Trevelez!... ¡Digámoslo muy alto!
Gonz.
Nada, hombre, nada. Total un trajecillo higge faeshion, un chalequito de fantasía, una corbata bien entonada, una flor bien elegida, un poquito de caché, de chic... y vuestro afecto. Nada, hijos míos, nada. (Les abraza.) ¿Y tú, qué tal, Marcelino, cómo estás?
Marc.
Bien, Gonzalo, ¿y tú?
Gonz.
Ya lo ves; confundido con los elogios de estos tarambanas... ¡Yo!... ¡un pobre viejo!... ¡figúrate!...
Pic.
¿Cómo viejo? Usted es como el buen vino, don Gonzalo; cuantos más años más fuerza, más aroma, más bouquet.
Tito
Y si no que lo digan las mujeres. Ellas acreditan su marca. Le saborean y se embriagan. ¿Niéguelo usted?
Gonz.
(Jovialmente.) ¡Hombre, hombre!... Entono y reconforto... Voila tout... ¡Ja, ja, ja!
Todos
(Aplauden.) ¡Bravo, bravo!
Tor.
¡Y lo que le ocurre a don Gonzalo es rarísimo, cuanto más años pasan, menos canas tiene!
Tito
Y se le acentúa más ese tinte juvenil... ese tinte de distinción, que le da toda la arrogancia de un Bayardo.
Gonz.
¡Ah, no, amigos míos, no burlaros de mí! Yo ya no soy nada. Claro está que las altas cimas de mis ilusiones aún tienen resplandores de sol, postrera luz de un ocaso espléndido... pero al fin mi vida ya no es más que un crepúsculo...
Todos
¡Bravo, bravo!
Tito
¡Qué poetazo!
Pic.
Pero usted todavía ama, don Gonzalo, y el amor...
Gonz.
¡Amor, amor!... Eterna poesía. Es el dulce rumor que va cantando en su marcha hacia el misterio de la muerte, el río caudaloso de la vida. Esto es de un poema que tengo empezado.
Todos
¡Colosal! ¡Colosal!
Tor.
Gran maestro en amor debe ser usted.
Gonz.
¡Maestro!... ¡Ah, hijo mío, en amor, como las que enseñan son las mujeres, cuanto más te enseñan... más suspenso te dejan!
Todos
¡Muy bien, muy bien!
Gonz.
Sin embargo, yo tengo mis teorías.
Todos
Veamos, veamos.
Gonz.
La mujer es un misterio.
Man.
Muy nuevo, muy nuevo.
Gonz.
Amar a una mujer es como tirarse al agua sin saber nadar: se ahoga uno sin remedio. Si le dicen a uno que sí, le ahoga la alegría; si le dicen que no, le ahoga la pena...
Tito
¿Y si le dan a uno calabazas?
Gonz.
¡Ah, si le dan a uno calabazas, entonces... nada!
Todos
(Riendo.) ¡Ja, ja, ja!... ¡Muy bien! ¡Bravo!
Pic.
¡Graciosísimo!
Tito
¡Y se llama viejo un hombre de tan sutil ingenio!
Pic.
¡Viejo, un hombre de contextura tan hercúlea!... ¡Porque fijaos en este torso!... (Le golpea la espalda.) ¡Qué músculos!
Tor.
¡Es el Moisés de Miguel Ángel!
Gonz.
(Satisfecho.) ¡Ah, eso sí!... ¡Todavía tuerzo una barra de hierro y parto un tablero de mármol!... Hundo un tabique...
Tito
¡Mirad qué bíceps!
Man.
¡Enorme!
Tor.
Pues ¿y los sports, cómo los practica?...
Todos
¡¡Oh!!
Gonz.
En fin, pollos, esperadme en la sala de billar, que tengo algo interesante que decir a don Marcelino, y en seguida corro a vuestro encuentro y jugaremos ese match prometido.
Tito
Pues allí esperamos.
Pic.
¡Viva don Gonzalo!
Todos
¡Viva!
Tito
¡Arbiter elegantorum civitatis villanearum, salve!
Pic.
¡Salve y Padre nuestro! (Se abrazan.)
Gonz.
Gracias, gracias.
(Vanse riendo primera izquierda.)
DON GONZALO y DON MARCELINO
Gonz.
Marcelino.
Marc.
Gonzalo.
Gonz.
(Con gran alegría.) Estaba deseando que nos dejasen solos. He venido especialmente a hablar contigo.
Marc.
¿Pues?...
Gonz.
Abrázame.
Marc.
¡Hombre!...
Gonz.
Abrázame, Marcelino. (Se abrazan efusivamente.) ¿No has notado desde que traspuse esos umbrales que un júbilo radiante me rebosa del alma?
Marc.
¿Pero qué te sucede para esa satisfacción?
Gonz.
¡Ah, mi querido amigo, un fausto suceso llena mi casa de alegres presagios de ventura!
Marc.
¿Pues qué ocurre?
Gonz.
Tú, Marcelino, conoces mejor que nadie este amor, qué digo amor, esta adoración inmensa que siento por esa noble criatura llena de bondad y de perfecciones que Dios me dió por hermana.
Marc.
Sé cuánto quieres a Florita.
Gonz.
¡Oh, no!, no puedes imaginarlo, porque en este amor fraternal se han fundido para mí todos los amores de la vida. De muy niños quedamos huérfanos. Comprendí que Dios me confiaba la custodia de aquel tesoro y a ella me consagré por entero; y la quise como padre, como hermano, como preceptor, como amigo; y desde entonces, día tras día, con una abnegación y una solicitud maternales, velo su sueño, adivino sus caprichos, calmo sus dolores, alivio sus inquietudes y soporto sus puerilidades, porque claro, una juventud defraudada produce acritudes e impertinencias muy explicables. Pues bien, Marcelino, mi único dolor, mi único tormento era ver que pasaban los años y que Florita no encontraba un hombre... un hombre, que estimando los tesoros de su belleza y de su bondad en lo que valen, quisiera recoger de su corazón todo el caudal de amor y de ternura que brota de él. ¡Pero al fin, Marcelino, cuando yo ya había perdido las esperanzas... ese hombre...!
Marc.
¿Qué?
Gonz.
¡Ese hombre ha llegado!
(Galán se asoma por la izquierda con cara de terror.)
Marc.
(Aparte.) ¡Dios mío!
Gonz.
Y si lo pintan no lo encontramos ni más simpático, ni más fino, ni más bondadoso. Edad adecuada, posición decorosa, honorabilidad intachable... ¡un hallazgo!... ¿Sabes quién es?
Marc.
¿Quién?
Gonz.
Numeriano Galán... ¡Nada menos que Numeriano Galán! (Galán manifiesta un pánico creciente.) ¿Qué te parece?
Marc.
Hombre, bien... me parece bien. (Galán le hace señas de que no.) Buena persona... (Siguen las señas negativas de Galán.) Un individuo honrado... (Galán sigue diciendo que no.) pero yo creo que debías informarte, que antes de aceptarle debías...
Gonz.
(Contrariado.) ¿Pero qué estás diciendo?
Marc.
Hombre, se trata de un forastero que apenas conocemos, y por consecuencia...
Gonz.
¡Bah, bah, bah!... ya empiezas con tus suspicacias, con tus pesimismos de siempre... ¡Has de leer la carta que le ha escrito a Florita!... Una carta efusiva, llena de sinceridad, de pasión, modelo de cortesanía, diciéndola que me entere de sus propósitos y que le fijemos el día de la boda... Conque ya ves si en un hombre que dice esto... ¡dudar, por Dios!...
Marc.
(¡Canallas!) No, si yo lo decía porque como es una cosa tan inopinada, quién no te dice que a veces... como este pueblo es así... figúrate que alguien... una broma...
Gonz.
(Le coge de la mano vivamente con expresión trágica.) ¡Cómo broma!
Marc.
Hombre, quiero decir...
Gonz.
¿Qué quieres decir?
Marc.
No, nada, pero...
Gonz.
(Sonriendo.) ¡Una broma!... No sueñes con ese absurdo. Ya sabe todo el mundo que bromas conmigo, cuantas quieran. Las tolero no con la inconsciencia que suponen, pero en fin, con esa amable tolerancia que dan los años; pero una broma de este jaez con mi hermana, sería trágica para todos. Sería jugarse la vida sin apelación, sin remedio, sin pretexto. Te lo juro por mi fe de caballero.
Marc.
No, no te pongas así... si te creo, si figúrate, pero vamos...
Gonz.
Además, puedes desechar tus temores, Marcelino, porque esto no es una cosa tan inopinada como tú supones.
Marc.
¿Ah, no?
Gonz.
Hoy, llena de rubor la pobrecilla, me lo ha confesado todo. Ella ya tenía ciertos antecedentes. Dudaba entre Picavea y Galán, porque los dos la han cortejado desde esos balcones; pero su preferido era Galán, y por eso se ha apresurado a aceptarle loca de entusiasmo... ¡Sí, loca! ¡porque está loca de gozo, Marcelino! Su alegría no tiene límites... y a ti puedo decírtelo... ¡ya piensa hasta en el traje de boda!
Marc.
¡Hombre, tan deprisa!...
Gonz.
Quiere que sea liberty... ¡Yo no sé qué es liberty, pero ella dice que liberty y liberty ha de ser!... ¡Florita es dichosa, Marcelino!... ¡Mi hermana es feliz!... ¿Comprendes ahora este gozo que no cambiaría yo por todas las riquezas de la tierra?... ¡Ah, qué contento estoy! ¡Y es tan buena la pobrecilla que cuando me hablaba de si al casarse tendríamos que separarnos, una nube de honda tristeza nubló su alegría! Yo, emocionado, balbuciente, la dije:—«No te aflijas, debes vivir sola con tu marido. Mucho ha de costarme esta separación al cabo de los años, pero por verte dichosa, ¿qué amargura no soportaría yo?...» Nos miramos, nos abrazamos estrechamente y rompimos a llorar como dos chiquillos. Yo sentí entonces en mi alma, algo así como una blandura inefable, Marcelino, algo así como si el espíritu de mi madre hubiera venido a mi corazón para besarla con mis labios. Y ves... yo... todavía... una lágrima... (Emocionado se enjuga los ojos.) Nada, nada...
Marc.
(¡Dios mío, y quién le dice a este hombre que esos desalmados!...)
Gonz.
¿Comprendes ahora mi felicidad, comprendes ahora mi júbilo?
Marc.
Hombre, claro, pero...
Gonz.
Conque vas a hacerme un favor, un gran favor, Marcelino.
Marc.
Tú dirás...
Gonz.
Que llames a Galán...
Marc.
¿A Galán?
Gonz.
A Galán. Sé que está aquí y quiero, sin aludir para nada el asunto, claro está, darle un abrazo, un sencillo y discreto abrazo en el que note mi complacencia y mi conformidad.
Marc.
Es que si no estoy equivocado, me parece que ya se marchó.
Gonz.
No, no... está en el Casino; me lo ha dicho el Conserje. Y tengo interés, porque además del abrazo, traigo un encargo de Florita: invitarle a una suaré que daremos dentro de ocho días. (Toca el timbre. Aparece Menéndez.) Menéndez, haz el favor de decir al señor Galán que venga un instante.
Men.
Sí, señor. (Vase.)
Gonz.
¡Qué boda, Marcelino, qué boda!... Voy a echar la casa por la ventana. Traigo al Obispo de Anatolia para que los case; y digo al de Anatolia, porque en obispos es el más raro que conozco.
Marc.
(¡Pobre Galán!)
DICHOS y NUMERIANO GALÁN por segunda izquierda
Num.
(Haciendo esfuerzos titánicos para sonreír. Viene pálido, balbuciente.) Mi querido don Gon... don Gon...
Gonz.
¡Galán!... ¡Amigo Galán!...
Num.
¡Don Gonzalo!
Gonz.
¡A mis brazos!
Num.
Sí, señor. (Se abrazan efusivamente.)
Gonz.
¿No le dice a usted este abrazo mucho más de lo que pudiera expresarse en un libro?
Num.
Sí, señor... Este abrazo es para mí un diccionario enciclopédico, don Gonzalo.
Gonz.
Reciba usted con él la expresión de mi afecto sincero y fraternal. ¡Fra-ter-nal!
Num.
Ya lo sé... Sí, señor... Gracias... muchas gracias, don Gonzalo. (Le suelta.)
Gonz.
¿Cómo don?... Sin don, sin don...
Num.
Hombre, la verdad, yo, como...
Gonz.
Pero parece usted hondamente preocupado... está usted pálido...
Num.
No, la emoción... la...
Marc.
Hazte cargo; le ha pillado tan de sorpresa... y luego esta acogida...
Num.
Sí, señor... sobre todo la acogida...
Gonz.
¡Pues venga otro abrazo! (Se abrazan.)
Num.
(¡Qué bíceps!)
Gonz.
¿Qué dice?
Num.
Nada, nada, nada...
Gonz.
Y después de hecha esta ratificación de afecto, diré a usted que le he molestado, querido Galán, para invitarle, al mismo tiempo que a Marcelino, a una suaré que celebraremos en breve en los jardines de mi casa, que es la de ustedes...
Num.
Con mucho gusto, don Gonzalo.
Gonz.
Allí será usted presentado a nuestras amistades.
Num.
Tanto honor... (Yo salgo esta noche para Villanueva de la Serena.)
Gonz.
Bueno, y ahora vamos a otra cosa.
Num.
Vamos donde usté quiera.
Gonz.
Me ha dicho Torrijita que es usted un entusiasta aficionado a la caza... ¡Un gran cazador!
Num.
¿Yo?... ¡Por Dios, don Gonzalo, no haga usted caso de esos guasones!... ¡Yo cazador!... Nada de eso... Que cojo alguna que otra liebre, una perdicilla, pero nada...
Gonz.
Bueno, bueno... usted es muy modesto; de todos modos, he oído decir que le gustan a usted mucho mis dos perros setter, Castor y Polux... Una buena parejita, ¿eh?...
Num.
Hombre, como gustarme, ya lo creo. Son dos perros preciosos.
Gonz.
Pues bien, a la una los tendrá usted en su casa.
Num.
¡Quiá, por Dios, don Gonzalo, de ninguna manera!...
Gonz.
Le advierto que son muy baratos de mantener. Por cuatro pesetas diarias los tiene usted como dos cebones.
Num.
¿Cuatro pesetas?... ¿Y dice usted?...
Gonz.
A la una los tiene en su casa.
Num.
Que no me los mande usted, don Gonzalo, que los suelto... ¡No quiero que usted se prive!...
Gonz.
Pero hombre...
Num.
Además, a mí se me podían morir. Como no me conocen los animalitos, la hipocondría...
Gonz.
¡Ah, eso no, son muy cariñosos, y dándoles bien de comer!...
Num.
Pues ahí está, que en una casa de huéspedes... Ya ve usted, a nosotros nos tratan como perros...
Gonz.
Pues conque den a los perros el trato general, arreglado.
Num.
Si ya lo comprendo, pero usted se hará cargo...
Gonz.
A la una los tendrá usted en su casa.
Num.
Bueno...
Gonz.
Además, también le voy a mandar a usted...
Num.
¡No, no, por Dios!... No me mande usted nada más... yo le suplico...
Gonz.
Ah, sí, sí, sí... ha de ser para mi hermana, conque empiece usted a disfrutarlo. Le voy a mandar mi cuadro, mi célebre cuadro, último vestigio de mi bohemia artística. Una copia que hice de la Rendición de Breda, la obra colosal de Velázquez, conocida vulgarmente por el cuadro de las lanzas...
Num.
Sí; ya, ya...
Gonz.
Sino que yo lo engrandecí; el mío tiene muchas más lanzas.
Marc.
Que le sobraba lienzo y se quedó solo pintando lanzas.
Gonz.
Ocho metros de lanzas, ¡calcule usted!
Num.
¡Caramba!... ¡¡Ocho metros!!
Gonz.
Lo que tendrá usted que comprarle es un marquito.
Num.
¿Ocho metros y dice usted que un marquito? ¿Por qué no espera usted a ver si me cae la Lotería de Navidad y entonces...?
Gonz.
¡Hombre, no exagere usted, no es para tanto!... El marco todo lo más se llevará...
Num.
Medio kilómetro de moldura. Lo he calculado grosso modo. Además, me parece que no voy a tener donde colocarle, porque como no dispongo más que de un gabinete y una alcoba...
Gonz.
Puede usted echar un tabique.
Num.
Sí; ¿pero cómo le voy yo a hablar a mi patrona de echar nada... si está conmigo si me echa o no?
Marc.
Bueno, pero todo puede arreglarse: divides el cuadro en dos partes; pones la mitad en el gabinete y debajo una mano indicadora señalando a la alcoba, y el que quiera ver el resto, que pase...
Gonz.
¡Ja, ja!... Muy bien... muy gracioso, Marcelino, muy gracioso... ¡Qué humorista!... Conque, con el permiso de ustedes me marcho, reiterándoles la invitación a nuestra próxima suaré... (Tendiéndoles la mano.) Querido Marcelino...
Marc.
Adiós, Gonzalo.
Gonz.
Simpático Galán...
Num.
Don Gonzalo... (Le va a dar la mano.)
Gonz.
No, no... la mano, no... otro efusivo y fraternal abrazo. (Se abrazan.) ¡Fra-ter-nal!
DICHOS, TORRIJA, MANCHÓN, TITO GUILOYA y PICAVEA
Todos
(Desde la primera izquierda, aplaudiendo.) ¡Bravo, bravo!
Tito
¡Abrazo fraternal!
Pic.
¡Preludio de venturas infinitas!
Tor.
¡Hurra!... ¡Tres veces hurra!
Todos
¡Hurra!
Tito
¿Con que era cierto lo que se susurraba?
Gonz.
¡Ah, pero estos saben!...
Tito
¡Estas noticias corren como la pólvora!...
Man.
¡Enhorabuena, don Gonzalo!
Tor.
¡Enhorabuena, Galán!
Marc.
(¡Canallas!)
Num.
(¡Granujas! ¡Por estas que me las pagáis!)
Tito
Y aquí traemos una botella de Champagne, para rociar con el vino de la alegría los albores de una ventura que todos deseamos inacabable.
Man.
Adelante, Menéndez.
(Pasa Menéndez, primera izquierda, con servicio de copas de Champagne.)
Gonz.
Se acepta y se agradece tan fina y delicada cortesanía. Gracias, queridos pollos, muchas gracias.
Tito
Escancia, Torrija. (Se sirve el Champagne.) Señores: levanto mi copa para que este glorioso entronque de Galanes y Trevelez, proporcione a un futuro hogar, horas de bienandanza y a Villanea hijos preclaros que perpetúen sus glorias y enaltezcan sus tradiciones.
Todos
(Con las copas en alto.) ¡¡Hurra!!
Gonz.
Gracias, señores, gracias... y yo, profundamente emocionado, quiero corresponder con un breve discurso a la...
(En este momento se escucha en el piano de enfrente el «Torna a Surriento» y a poco la voz de Florita que lo canta de un modo exagerado y ridículo.)
Tito
¡Silencio!
Tor.
¡Callad!... (Quedan exageradamente atentos.)
Gonz.
(Casi con emoción.) ¡Es ella!... ¡Es ella, Galán!... ¡Es un ángel!
Tito
¡Qué voz! ¡Qué extensión!... (Suena un timbre.) ¡Qué timbre!
Tor.
¡Qué timbre más inoportuno!
Gonz.
(Indignado.) ¡Pararle, hombre, pararle!
Tor.
¡Ah, don Gonzalo!... Eso es, en una pieza, la Pareto y la Galicursi.
Man.
¡Yo la encuentro más de lo último que de lo primero!
Todos
Mucho más, mucho más...
Gonz.
Silencio... no perder estas notas...
(Todos callan. Florita acaba con una nota aguda y estalla una ovación.)
Todos
¡Bravo, bravo!... (Aplauden.)
Marc.
¡Bravo, Florita, bravo!
Flora
(Levanta la persiana a manera de telón y se asoma saludando.) Gracias, gracias. (Baja la persiana.)
Todos
(Volviendo a aplaudir.) ¡Bravo, bravo!
Gonz.
¡Es un ángel! ¡Es un ángel!
Flora
(Volviendo a levantar la persiana.) Gracias, gracias... ¡Muchas gracias! (Vuelve a bajarla.)
Man.
¡Admirable!
Tito
¡Colosal!
Tor.
¡Suprema!
Gonz.
(Se limpia los ojos.) ¡Son lágrimas!... ¡Son lágrimas!... ¡Cada vez que canta me hace llorar!
Tito
(Fingiendo aflicción.) ¡Y a todos, y a todos!
Flora
(Vuelven a aplaudir. Levanta la persiana, sonríe y tira un beso.) ¡Para Galán! (Felicitaciones, abrazos y vítores.)
(Telón)
FIN DEL ACTO PRIMERO