Jardín en la casa de Trevelez. Es por la noche. Luces artísticamente combinadas entre el follaje y las ramas de los árboles.
A la derecha, en primer término, hay un poético rincón esclarecido por la luz de la luna y en el que se verá una pequeña fuente con un surtidor; a los lados dos banquillos rústicos.
A la izquierda, hacia el foro, figura que está la casa. En ese punto resplandece una mayor iluminación y se escucha la música de un sexteto y gran rumor de gente.
MARUJA, CONCHITA, QUIQUE y NOLO del foro izquierda
Mar.
¡Ay, sí, hija, sí, por Dios!... Vamos hacia este rincón.
Quique
Esto está muy poético.
Con.
Por lo menos muy solo.
Nolo
Solísimo.
Mar.
A mí estas cachupinadas me ponen frenética.
Quique
¡Pero por Dios, qué gente tan cursi hay aquí!
Mar.
No, allí, allí...
Quique
Eso he querido decir.
Mar.
Pues ha dicho usted lo contrario, hijo mío.
Con.
¿Y has visto a Florita?
Nolo
¡Qué esperpento!
Con.
La visten sus enemigos.
Mar.
¡Eso quisiera ella!... Ni eso.
Con.
¡Con ese pelo y con esa figura que me gasta, ponerse un traje salmón!... ¡Ja, ja!...
Nolo
¡Y hay que ver lo mal que la sienta el salmón!
Mar.
Está como para tomar bicarbonato.
Quique
¿Y qué me dicen ustedes de su amiga inseparable, de Nilita, la de Palacios?...
Con.
¡Cuidado que es orgullosa!... Acaba de decirme que ella no baila más que con los muchachos de mucho dinero.
Mar.
Ya lo dice Catalina Ansúrez, que esa es como un trompo, sin guita no hay quien la baile.
Quique
¡Ja, ja!
Con.
¡Y mire usted que llamarse Nilita!
Nolo
Yo cuando voy a su casa no fumo.
Con.
¿Por qué?
Nolo
Me da miedo. Eso de Nilita me parece un explosivo... ¡La nilita!
Mar.
¡No tiene el valor de su Petronila!
Todos
(Riendo.) ¡Ja, ja!
Con.
Y habrán comprendido ustedes que esta cachupinada la dan los Trevelez para presentarnos al novio, a Galán.
Mar.
No lo presentarán como galán joven, ¿eh?
Quique
Ni mucho menos.
(Ríen todos.)
DICHOS, TITO y TORRIJA por la izquierda
Tito
¡Caramba!... ¡Coro de murmuración; como si lo viera!
Mar.
Ay, hijo, ¿en qué lo ha conocido usted?
Tito
Mujeres junto a una fuente, y con cacharros... a murmurar, ya se sabe.
Quique
Oiga usted, señor Guiloya, ¿eso de cacharros, es por nosotros?
Tito
Es por completar la figura retórica.
Quique
¿Y por qué no la completa usted con sus deudos?
Tito
No los tengo.
Quique
Bueno, pues con sus deudas, que esas no dirá usted que no las tiene.
Tor.
¡Ja, ja!... (Fingiendo una gran risa.) ¡Pero has visto qué gracioso!...
Tito
¡Calla, hombre! Si este joven creo que hace unos chistes con los apellidos, que dice su padre que por qué no será todo el mundo expósito...
Mar.
Es que si el chico fuera muy gracioso, ¿qué iban a hacer los demás?
Tito
Bueno; pero vamos a ver. ¿Se murmuraba o no se murmuraba?
Mar.
No se murmuraba, hijo; sencillos comentarios.
Tito
No, si no me hubiesen extrañado las represalias, porque hay que oír cómo las están poniendo a ustedes allí, en aquel cenador precisamente.
Mar.
¡Ay, sí!... ¿y quién se ocupa de nosotros, hijo?
Tor.
Pues Florita, su despiadada, su eterna rival de usted.
Mar.
¿Y qué decía, si puede saberse?
Tor.
Que no puede usted remediarlo, que desde que sabe usted que ella se casa, que se la come la envidia. Que por eso se han venido ustedes tan lejos.
Tito
Y que toda la vida se la ha pasado usted poniéndole dos luces a San Antonio, una para que le dé a usted novio y otra para que se le lo quite a las amigas.
Tor.
Pero que ya puede usted apagar la segunda.
Tito
Y la primera.
Mar.
¿Y les ha mandado a ustedes a soplar, eh?... ¡Muy bien, muy bien!... (Todos ríen.)
Quique
(Chúpate esa.)
Nolo
(Tiene gracia.)
Tito
Pues si oye usted a Aurorita Méndez... ¡qué horror!... decía que no sabe qué atractivo tiene usted para que la asedien tantos pipiolos.
Nolo
Oiga usted, señor Guiloya, ¿eso de pipiolos, es por nosotros?
Tito
Es por completar la figura retórica.
Tor.
Y la ha puesto a usted un mote que ha sido un éxito.
Tito
La llama «El Paraíso de los niños».
Mar.
¡Muy gracioso, muy gracioso!... ¿y eso lo ha dicho Aurorita Méndez? ¡Me parece mentira que diga esas cosas la hija de un catedrático!
Con.
Una pobrecita más flaca que un fideo y que lleva un escote hasta aquí.
Mar.
Y no sé para qué, porque enseña menos que su padre...
Quique
¡Que es el colmo!
Mar.
Como que cuando esa marisabia hizo el bachillerato, decían los chicos que el latín era lo único que tenía sobresaliente.
Con.
¡Déjalas... ya quisieran!
Nolo
No haga usted caso. Siempre ha habido clases.
Mar.
Eso lo dirá el padre, porque ella tiene vacaciones para un rato... ¡El Paraíso de los niños!... Vamos hacia allá, que voy a ver si le digo dos cositas y me convierto en «El Infierno de los viejos...»
Nolo, Quique
Muy bien, muy bien. ¡Bravo, bravo! (Vanse izquierda.)
Tito
Va que trina. (Riendo.)
Tor.
¡Esta noche se pegan!...
Tito
Eso voy buscando.
Tor.
¡Eres diabólico!
DICHOS, PICAVEA y MANCHÓN
Pic.
Oye, ¿qué le habéis hecho a Maruja Peláez, que va echando chispas?
Tor.
Las cosas de éste; ya le conoces.
Tito
¿Y Galán, y Galán?... ¿cómo anda, tú?
Man.
¡Calla, chico, medio muerto!
Pic.
Allí le tenéis al pobre, en brazos de Florita, lívido, sudoroso, jadeante... Pasan del Fox trot al Guan step, y del Guan step al tuesten, sin tomar aliento.
Man.
Y en el tuesten le hemos dejado.
Pic.
Está que echa hollín.
Tito
¡Formidable, hombre, os digo que formidable!...
Pic.
Bueno, tú, pero yo creo que debías ir pensando en buscar una solución a esta broma, porque el pobre Galán, en estos quince días, se ha quedado en los huesos.
Man.
¡Está que no se le conoce!
Tor.
¡Da lástima!
Tito
Señor, ¿pero no era esto lo que nos proponíamos? Las bromas, pesadas, o no darlas.
Man.
Sí, pero es que este hombre está en un estado de excitación, que ya has visto los dos puntapiés que le ha dado a Picavea en el vestíbulo.
Pic.
¡Qué animal!... ¡Como que si no le sujetáis me tienen que extraer la bota quirúrgicamente!
Tito
¿Se ha enterado don Gonzalo del jaleo?
Tor.
Creo que no. Pero en fin, yo también temo que Galán, si apuramos mucho la broma, en su desesperación, confiese la verdad y se produzca una catástrofe.
Tito
No asustarse, hombre, si le tiene a don Gonzalo más miedo que nosotros.
Pic.
Bueno, pero es que además, estos pobres ancianos han tomado la cosa tan en serio, que, según dicen, Florita se está haciendo hasta el trousseau. Y vamos, hasta este extremo, yo creo que...
Tito
Nada, hombre, que no apuraros. Ya me conoceis... ¿Habéis visto la gracia conque he complicado todo esto?... Pues mucho más gracioso es lo que estoy tramando para deshacerlo.
Los tres
¿Y qué es? ¿qué es?
Tito
Permitidme que me lo reserve. Lo tengo todavía medio urdido. Os anticiparé, sin embargo, que es un drama pasional, que voy a complicar en él nuevos personajes y que tiene un desenlace muy poético, inesperado y sentimental...
Pic.
Bueno, pero...
Tito
Ni una palabra más. Pronto lo sabréis todo.
Man.
Chits... silencio. Mirad, Galán que viene agonizante en brazos de don Marcelino.
Tor.
¡Pobrecillo!
Tito
Huyamos. (Vanse izquierda riendo.)
GALÁN y DON MARCELINO (por la derecha)
Num.
(Desesperado, deprimido, con cara de fatiga y medio llorando.) ¡Ay, que no... ay, que no puedo más, señor Córcoles!... Yo me marcho, yo huyo, yo me suicido. Todo menos otro Fox trot.
Marc.
(Conteniéndole.) Pero espera, hombre, por Dios, ten calma.
Num.
No, no puedo. ¡Otro Guan step y fallezco! Esta broma está tomando para mí proporciones trágicas, espeluznantes, aterradoras... Yo me voy, me voy... ¡Déjeme usted!...
Marc.
¡Pero, por Dios, Galán, no seas loco! Ten calma...
Num.
No, no puedo más, don Marcelino; porque, aparte del terror que me inspira don Gonzalo... es que Florita... ¡Florita me inspira mucho más terror todavía!... (Se vuelve aterrado.) ¿Viene?
Marc.
No, no tengas miedo, hombre.
Num.
No, si no es miedo; ¡es pánico!... porque sépalo usted todo, don Marcelino... ¡Es que la he vuelto loca!
Marc.
¿Loca?
Num.
¡Está loca por mí!... ¡pero loca furiosa!
Marc.
¿Es posible?
Num.
Lo que sintió Eloísa por Abelardo fué casi una antipatía personal comparado con la pasión que he encendido en el alma volcánica de esta señorita... y la llamo señorita por no agraviar a ninguna especie zoológica. Figúrese usted que me obliga a estar a su lado para hablarme de amor, durante ¡nueve horas diarias!
Marc.
¡¡Nueve!!
Num.
¡Y cuando me voy me escribe!
Marc.
¡Atiza!
Num.
Mientras estoy en la oficina me escribe... Me voy a comer y me escribe... Me meto en el baño...
Marc.
¿Y te escribe?
Num.
Me cablegrafía. ¡Lleva en el bolsillo una caja de pastillas de sublimado y una browning por si la abandono! Las pastillas para mí, la browning para... digo, no... Bueno, no me acuerdo, pero yo en el reparto salgo muy mal parado. ¡Dice que me mata si la dejo!
Marc.
Eso es lo peor.
Num.
No, quiá. Lo peor es que como sabe usted que pinta, me está haciendo un retrato.
Marc.
¿Al óleo?
Num.
Al pastel. Y tengo que poner la mirada dulce...
Marc.
Es natural.
Num.
Y estarme hora y media inmóvil, vestido de cazador, con aquellos dos perros del regalito, que se me están comiendo el sueldo, y una liebre en la mano, en esta actitud. (Hace una postura ridícula.)
Marc.
Como diciendo: ¡ahí va la liebre!
Num.
¡Sí, señor, y así quince días!... ¡¡Quince!!... ¡Figúrese usted cómo estaré yo y cómo estará la liebre!
Marc.
¡Y cómo estarás de pastel!
Num.
Que paso por una pastelería y me vuelvo de espaldas. No le digo a usted más. ¡Con lo goloso que yo era!
Marc.
¡Qué horror!
Num.
Bueno, pues mientras me acaba el pictórico, me ha pedido el retrato fotográfico, ha mandado sacar ocho ampliaciones y dice que me tiene en el gabinete y en el comedor y en los pasillos... ¡y que me tiene hasta en la cabecera de la cama!... ¡Y yo no paso de aquí, don Marcelino, no paso de aquí!
Marc.
¡Pobre Galán!... pero claro, lo que sucede es lógico. Una mujer que ya había perdido sus ilusiones ve renacer de pronto...
Num.
Lo ve renacer todo. ¡Qué ímpetu, qué fogosidad!... ¡Con decirle a usted que ya está bordando el juego de novia!
Marc.
¡Hombre, por Dios, procura evitarlo!
Num.
¿Pero cómo?... Si para disuadirla hasta la he dicho que está prohibido el juego y no me hace caso. Ayer me enseñó dos saltos de cama—figúrese usted el salto mío—, para preguntarme que cómo me gustaban más los saltos, si con caídas o sin ellas.
Marc.
Tú le dirías que los saltos sin caídas.
Num.
Yo no sé lo que le dije, don Marcelino, porque yo estoy loco. Puedo jurarle a usted que en mi desesperación, más de tres veces he venido a esta casa resuelto a confesarle la verdad a don Gonzalo; pero claro, le encuentro siempre tirando a las armas, o con los guantes de boxeo puestos, dándole puñetazos a una pelota que tiene sujeta entre el techo y el suelo...
Marc.
Un funchimbool.
Num.
No sé cómo se llama, pero como a cada puñetazo la pelota oscila de un modo terrible y la habitación retiembla, yo me digo: ¡Dios mío, si le confieso la verdad y se ciega y me da a mí uno de esos en el balón, (Por la cabeza.) pasado mañana estoy prestando servicio en el Purgatorio!
Marc.
No, hombre, no, por Dios... Ten ánimo, no te apures.
Num.
Sí, no te apures, pero el compromiso va creciendo y esos miserables burlándose de mí. ¡Maldita sea!...
Marc.
¡Ah!, oye; lo que te aconsejo es que te moderes, porque Gonzalo me acaba de preguntar que por qué le has dado dos puntapiés a Picavea en el vestíbulo, y no he sabido qué decirle.
Num.
Y los mato, no lo dude usted, los mato como no busquen a este conflicto en que me han metido una solución rápida, inmediata. ¡Es necesario, es urgentísimo!
Marc.
Descuida, que creo lo mismo, y en ese sentido voy a hablarle a Tito Guiloya.
Num.
¡Sí, porque yo no espero más que esta noche para tomar una resolución heróica!
Marc.
Aguárdame aquí. Voy a hablarles seriamente. No tardo.
Num.
Oiga usted, don Marcelino; si Florita le pregunta a usted que dónde estoy, dígale que me he subido a la azotea, hágame el favor. Siquiera que tarde en encontrarme, porque me andará buscando, de seguro.
Marc.
Descuida. (Vase izquierda.)
NUMERIANO GALÁN; luego FLORITA
Num.
(Cae desfallecido sobre un banco.) ¡Ay, Dios mío! Bueno, yo hace quince días que no duermo, ni como, ni vivo... ¡Y yo que nunca he debido un céntimo, me he hecho hasta tramposo!... Porque entre los dos perros y el marco, que lo estoy pagando a plazos, se me va la mitad del sueldo. ¡Qué cuadrito!... Don Gonzalo le llama la mancha, pero quiá. Es muchísimo más grande. La Mancha y la Alcarria, todo junto. ¡No le he puesto más que un listón alrededor y me ha subido a veinticinco duros!... ¡Ay!, yo estoy enfermo, no me cabe duda. Tengo dolor de cabeza, inquietud, espasmos nerviosos; porque además de todo esto, esa mujer me tiene loco. Es de una exaltación, de una vehemencia y de una fealdad que consternan. Y luego tiene unas indirectas... Ayer me preguntó si yo había leído una novela que se titula El primer beso, y yo no la he leído; pero aunque me la supiera de memoria... ¡Esas bromitas no! Y para colmo, habla con un léxico tan empalagoso, que para estar a su altura me veo negro. Aquí me he venido huyendo de ella... Aquí, siquiera por unos momentos, estoy libre de esa visión horrenda, de esa visión...
Flora
(Apartando el ramaje del fondo de la fuente, asoma su cara risueña y dice melodiosamente.) ¡Nume!
Num.
(Levantándose de un salto tremendo.) (¡Cuerno!... ¡La visión!)
Flora
Adorado Nume...
Num.
(Con desaliento.) ¡Florita!
Flora
(Saliendo. Lo mira.) ¡Pero cuán pálido! ¡Estás incoloro! ¿Te has asustado?
Num.
(Desfallecido.) Si me sangran no me sacan un coágulo.
Flora
Pues yo, errabunda, hace un rato que de un lado a otro del parterre vago en tu busca. ¿Y tú, amor mío?
Num.
¡Yo vago también; pero más vago que tú, me había sentado un instante a delectarme en la contemplación de la noche serena y estrellada!...
Flora
¡Oh, Nume!... Pues yo te buscaba.
Num.
Pues si yo sé que me buscas, te juro que corro, que corro a tu encuentro.
Flora
Y dime, Nume, ¿qué hacías en este paradisiaco rincón?
Num.
Rememorarte. (Con más elegancia, ni d’Anunzzio.)
Flora
¡Ah, Nume mío, gracias, gracias! Ah, no puedes suponerte cuánto me alegro encontrarte en este lugar recóndito.
Num.
Bueno, pero, sin embarco, yo creo que debíamos irnos, porque si alguien nos sorprendiera arrinconados y extáticos, podía macular tu reputación incólume y eso molestaríame.
Flora
¿Y qué importa, Nume?... ¡La felicidad es un pájaro azul que se posa en un minuto de nuestra vida y después levanta el vuelo y Dios sabe en qué otro minuto se volverá a posar!
Num.
Sí, pero figúrate que ahora viene el pájaro y se posa, pero luego pasa uno y nos lo espanta y encima lo divulga, y ¿qué pasa? Pues que te pesa. Hay que estar en todo. (Intenta irse.)
Flora
(Deteniéndole.) Nume, no seas tímido. La dicha es efímera. Siéntate, Nume.
Num.
No me siento, Florita. (¡A solas la tengo pánico!)
Flora
Anda, siéntate, porque quiero en este rincón de ensueño pedirte una revelación... (Le obliga a sentarse.)
Num.
¡Una revelación!... Bueno; si eres rápida y sintética, atenderéte; pero si no, alejaréme. Habla.
Flora
Vamos a ver, Nume, con franqueza: ¿por qué te he gustado yo?
Num.
Por nada.
Flora
¿Cómo?
Num.
Quiero decir que no me has gustado por nada y... me has gustado por todo. Te he encontrado...
Flora
¿Qué?... ¿Qué?...
Num.
Te he encontrado un no sé qué... un qué sé yo... un algo así, indefinible; un algo raro. ¡Raro, esa es la palabra!
Flora
Bueno; ¿qué te han gustado más, los ojos, la boca, el pie?
Num.
Ah, eso no, no... detallar no he detallado. Me gustas, ¿cómo te lo diría yo?... En conjunto, en total... Me gustas en globo, vamos...
Flora
¡En globo! ¡Qué concepto tan elevado!
Num.
Sí, elevadísimo; lo más elevado posible... como corresponde a mi admiración.
Flora
¡Ah, Nume mío, gracias, gracias!
Num.
No hay de qué.
Flora
Y dime, Nume, una simple pregunta; ¿tú has visto por acaso en el Cine una película que se titula «Luchando en la obscuridad»?...
Num.
¿En la obscuridad?... No; yo en la obscuridad no he visto nada.
Flora
¡Lo decía, porque en una de sus partes hay una escena tan parecida a ésta!
Num.
(Aterrado.) ¿Sí? (Intenta levantarse. Ella le detiene.)
Flora
Es un jardín. Un rincón poético, una fontana rumorosa, la luna discreta, dos amantes apasionados...
Num.
(Con miedo creciente.) ¡Qué casualidad!
Flora
De pronto los amantes, yo no sé por qué, se miran, se prenden de las manos, se atraen.
Num.
(¡Cielos!)
Flora
Y un beso une sus labios; un beso largo, prolongado; uno de esos besos de Cine, durante los cuales todo se atenúa, se desvanece, se esfuma, se borra, y... aparece un letrero que dice, Milano Films. Pues bien, Nume, ese final...
Num.
¡No, no... jamás... Florita!... Cálmate o pido socorro... No quiero dejarme llevar de la embriaguez. ¡Yo no llego al Milano ni aunque me emplumen!...
Flora
¡Pero, Nume mío!...
Num.
No, Flora, hay que hacerse fuertes... Vámonos, vida mía. Vámonos o llamo. (Se escucha pianísimo el vals de «Eva».)
Flora
(Exaltada.) Espera... atiende... ¡Oh, esto es un paraíso!... ¿No escuchas?
Num.
Sí; el vals de Eva.
Flora
¡Delicioso!
Num.
Delicioso, pero vámonos.
Flora
¡Divina, suave, enloquecedora melodía de amor! ¿Quieres que nos vayamos como en las operetas?...
Num.
Vámonos, y vámonos como te dé la gana.
Flora
¡Oh, Nume!... (Se van bailando el vals.)
Num.
¡Por Dios, Florita, no aprietes que congestionas! (Hacen mutis bailando. Vanse por la izquierda.)
DICHOS y DON GONZALO, por la izquierda
Gonz.
(Los saca cogidos cariñosamente, a ella de una mano y a él de una oreja. Ella baja la cabeza risueña y ruborosa ocultando la cara tras el abanico; él aterrado, aunque tratando inútilmente de sonreír.) ¡Venid, venid acá, picarillos irreflexivos, imprudentes!...
Flora
¡Ay, por Dios, Gonzalo!... ¡Cogiónos!
Gonz.
¡Aquí, en un rincón, y los dos solitos!...
Num.
Don Gonzalo, por Dios, yo neguéme, pero ella insistióme y complacíla, ¿qué iba a hacer?
Gonz.
(Cambiando la fingida expresión de enfado por otra risueña.) No, hombre, no, si lo comprendo. Los enamorados son como los pájaros; siempre buscando las frondas apartadas, los lugares silenciosos...
Flora
(Muy digna.) ¡Pero por Dios, Gonzalo; a pesar de la soledad no vayas a creer que nosotros!...
Num.
Yo aseguro a usted que ha sido una cosa meramente fortuita.
Gonz.
¿Fortuita?... Cállese el seductor.
Flora
¡Uy, seductor!...
Num.
Don Gonzalo, yo le juro...
Gonz.
Ahora, que yo confío, amigo Galán, en su caballerosidad, y espero que este tesoro encomendado a su hidalguía...
Num.
¡Por Dios!, ¿quiere usted enmudecer?... ¡Ni aunque nos sorprendiese usted en el Trópico!
Gonz.
Ya lo sé, ya lo sé... Y vaya, pase esto como una ligereza de chiquillos, y ahora que estamos los tres juntitos, venid acá, parejita feliz. Venid y decidme... ¿Sois muy dichosos, muy dichosos?... La verdad...
Num.
Hombre, don Gonzalo... yo...
Gonz.
No me diga usted más. (A Flora.) ¿Y tú?
Flora
Mucho, mucho, mucho. No hay paleta por muy paleta que sea que tenga colores suficientes para pintar mi felicidad.
Gonz.
¡Oh, qué feliz, qué venturoso me haceis!... ¡Ah, querido Galán, ya lo ve usted... en ese corazoncito ya no vivo yo solo! (Con pena.)
Flora
¡Por Dios, Gonzalo!
Gonz.
Sí. ¡Otro cariñito ha penetrado en él arteramente y apenas queda ya sitio para el pobre hermano!...
Num.
¡Hombre, don Gonzalo, yo sentiría que por mí!...
Gonz.
¡Ah, pero no me importa!... Ámela usted con este acendrado amor con que yo la amo, y si la veo dichosa me resignaré contento a la triste soledad en que voy a quedarme...
Num.
Don Gonzalo, por Dios; si le va a usted a servir esto de un disgusto tan grande... yo estoy dispuesto incluso a renunciar a...
Flora
¡Pero calla, por Dios!... ¿qué estás diciendo?... Si son tonterías de éste... Chocheces. ¡Egoísmos de viejo!...
Gonz.
Sí, sí... egoísmos. Pero, por Dios, riquita, no te enfades. Y ¡ea!... Perdonad a un hermano impertinente esta pequeña molestia... Y venga usted acá, querido Galán, venga usted acá... ¡Oh, amigo mío, ha elegido usted tarde, pero ha elegido usted bien!
Flora
Vamos, calla, por favor, Gonzalo.
Gonz.
Yo no digo que físicamente Florita sea una perfección, pero ¡es un conjunto tan armónico, tan sugestivo, tan atrayente!... Ni es alta, ni baja, ni rubia, ni morena... es más bien castaña... ¡pero qué castaña!... Y mirándola... cuántas... cuántas veces he recordado los versos del jocundo, del galante arcipreste de Hita.
«Cata, mujer fermosa, donosa e lozana,
que non sea mucho luenga, otro si nin enana.»
Flora
Estatura regular, vamos. (Alardeando de la suya.)
Gonz.
«Que teña ojos grandes, fermosos, relucientes,
e de luengas pestañas, bien claros e reyentes.»
Flora
(Los abre mucho.) Como por ejemplo...
Gonz.
«Las orejas pequeñas, delgadas. Para al mientes.
Si ha el cuello alto, que a tal quieren las gentes.
La nariz afilada...»
Flora
Bueno, eso...
Gonz.
«Los dientes menudillos,
los labios de la boca bermejos, angostillos.
La su faz sea blanca, sin pelos, clara e lisa.
Puña de haber mujer que la veas deprisa,
que la talla del cuerpo te dirá esto a guisa
e complida de hombros e con seno de peña,
ancheta de caderas; esta es talla de dueña.»
(Flora ha ido siguiendo el relato con gestos y actitudes que demuestran su identidad con los versos.)
Flora
El señor arcipreste parece que me conocía de toda la vida.
Gonz.
¿Qué tal, qué tal el retratito?
Num.
Un verdadero calco.
Gonz.
(A Flora.) Y respecto a ti, vamos, que tampoco te llevas costal de paja.
Num.
Hombre, tanto como costal...
Flora
(Riendo coquetonamente.) ¡Y aunque fuera costal, cargaría con él!
Gonz.
(Riendo.) ¿Oyóla usted, afortunado Galán?...
Num.
Oíla, oíla...
Gonz.
Bueno; y ahora, como recuerdo de esta noche memorable, voy a hacerle a usted un regalito.
Num.
¡No, eso sí que no; regalitos de ninguna manera, don Gonzalo, por lo que más quiera usted en el mundo!
Gonz.
No, si no nos causa extorsión... Es un retablo gótico, estofado, siglo XVII, con un tríptico atribuído a Valdés Leal, nueve metros de altura por seis de ancho; una verdadera joya. Mande usted restaurar el estofado que es lo que está peor...
Num.
Claro, figúrese usted, un estofado de tantos siglos...
Gonz.
Y por tres mil pesetas...
Num.
Sí, bueno, pero tres mil pesetas por un estofado, comprenderá usted... Además, que es cosa a la que no he tenido nunca gran afición...
Gonz.
Entonces nada digo... Y ea, amigo Galán, adelántesenos usted; evitemos la maledicencia, que no nos vean llegar juntos. Les separo a ustedes, pero sólo unos minutos. No me guarde usted rencor.
Num.
No, no, quiá... ¡Cómo rencor!... ¡por Dios!... Aprovecharé para ir a la sala de billar.
Flora
Bueno; pero no tardes, ¿eh?
Num.
Descuida.
Flora
¡Como tardes, te escribo!
Num.
No, no, por Dios... Seguiréte raudo... ¡Adiós! ¡Maldita sea! ¡No sé a qué sabrá el ácido prúsico, pero esto es cincuenta veces peor! (Vase izquierda.)
FLORA y DON GONZALO
Gonz.
Habrás comprendido que, aun a trueque de enojarte, he alejado a Galán intencionadamente.
Flora
Figurémelo.
Gonz.
¿Te ha dicho al fin por qué le dió las dos punteras a Picavea?
Flora
¡Ay!, ni me he acordado de preguntárselo, ¿querrás creerlo?
Gonz.
¡Pero, mujer!...
Flora
¡No te extrañe, Gonzalo; el amor es tan egoísta!... Pero, ah, yo lo sospecho todo.
Gonz.
¿Qué sospechas?
Flora
Que Picavea y Galán se han ido a las manos; mejor dicho, se han ido a los pies por causa mía.
Gonz.
¿Será posible?
Flora
Como sabes que los dos me hacían el amor desde los balcones del Casino y he preferido a Galán, observo que Picavea está así como celoso, como sombrío, como despechado. No se aparta de Tito Guiloya. Los dos miran a Numeriano y se ríen. Y además, hace unos minutos he visto a Picavea en un rincón del jardín hablando misteriosamente con Solita.
Gonz.
¿Con tu doncella?
Flora
Con mi doncella. ¿Tratará de comprarla?
Gonz.
¿De comprarla qué?
Flora
De ganar su voluntad para que le ayude, quiero decir... Lo sospecho; porque al pasar por entre los evónivus, sin que me vieran, le oí decir a ella: «¡Pero por qué ha hecho usted eso, señorito; qué locura!» Y él la contestaba: «¡Por derrotar a Galán, haré hasta lo imposible; llegaré hasta la infamia, no lo dudes!»
Gonz.
¡Oh, qué iniquidad! ¿Pero has oído bien, Florita?
Flora
Relatélo según oílo, Gonzalo. Ni palabra más ni palabra menos. Yo estoy aterrada, porque en el fondo de todo esto veo palpitar un drama pasional.
Gonz.
Verdaderamente hemos debido alejar de nuestra casa a Picavea con cualquier pretexto.
Flora
Al menos no haberle invitado.
Gonz.
Sí, pero a mí me parecía incorrecto sin motivo alguno hacer una excepción en contra suya.
Flora
Sí, es verdad, pero, ¡ay, Gonzalo! No sé qué me temo. ¿Tramará algo en la sombra ese hombre?
Gonz.
No temas; descuida. Por todo cuanto has dicho, yo también sospecho que algo trama. Pero estaré vigilante y a la primera incorrección, ¡ay de él!
Flora
¡Por Dios, Gonzalo, efusión de sangre, no!
Gonz.
Descuida. Sé lo que me cumple. No le perderé de vista. (Vase izquierda.)
DON MARCELINO, NUMERIANO, TITO, TORRIJA, PICAVEA y MANCHÓN, por el foro izquierda
Marc.
Oye, pero venid, venid en silencio... Venid acá... ¿pero es posible lo que decís?
Tito
Lo que oye usted, don Marcelino.
Pic.
¡Albricias! ¡Albricias, Galán! ¡Estás salvado!
Num.
Yo no lo creo, no me fío.
Tor.
Que sí, hombre, que se le ha ocurrido a este una solución ingeniosísima, formidable. ¡No puedes imaginártela!
Pic.
Prodigiosa, estupenda... Ya lo verás...
Man.
Y que lo acaba todo felizmente, sin que nadie sospeche que esto ha sido una broma.
Num.
(A don Marcelino.) ¿Será posible?
Marc.
Veamos de qué se trata.
Tito
Te advierto que es una cosa que requiere algún valor.
Num.
Sacadme de este conflicto en que me habéis metido, y Napoleón a mi lado es una señorita de compañía.
Marc.
Bueno; decid, decid pronto... ¿Qué es?
Pic.
Cuéntalo tú. Verán ustedes qué colosal.
Tito
Acercaos, no nos oigan. Es una cosa que tiene su asunto.
Num.
¿Asunto? (Se agrupan con interés.)
Tito
Se trata de representar un drama romántico. Decoración: este jardín; la noche, la luna... Argumento: Con cualquier motivo se procura que la señorita de Trevelez venga hacia aquí. Tras ella aparece Picavea...
Pic.
Aparezco yo...
Tito
Siguiendo solapado y cauteloso sus pasos leves.
Num.
Leves para vosotros, para mí de pronóstico. Adelante.
Tito
Picavea, apelando a un recurso cualquiera, denota su presencia. Ella, sorprendida al verle, dirá: «¡Ah! ¡Oh!», en fin, la exclamación que sea de su agrado, y entonces éste, con frase primero emocionada, luego vibrante y al fin trágica, le da a entender en una forma discreta, que hace tiempo que la ama de un modo ígneo. Como Florita le ha visto muchas veces en los balcones del Casino atisbando sus ventanas, caerá fácilmente en el engaño, como cayó contigo. Y una vez conseguido esto, Picavea se manifiesta francamente rival tuyo. Le dice que te confió el secreto de su amor y que tú te anticipaste, traicionándole, y a partir de esta acusación, te insulta, te injuria, te calumnia... En esto, surges tú de la enramada, como aparición trágica, lívido, descompuesto, con los ojos centelleantes, las manos crispadas, y te increpa, le vituperas, le agredes... Suena un ¡ay!... dos gritos, y éste te da a ti cuatro bofetadas...
Num.
¿Cuatro bofetadas a mí? Encima de...
Tito
Son indispensables.
Marc.
¿Pero no se podría hacer un reparto más proporcional?
Tito
No, porque las bofetadas han de dar lugar a un duelo, y el duelo es precisamente la clave de mi solución.
Num.
¿De modo que tras lo uno... lo otro?... (Acción de pegar.)
Marc.
Cállate... Sigue.
Tito
Galán, ofendido por la calumnia y por los golpes, le envía a este los padrinos; pero Picavea se niega en absoluto a batirse, alegando que éste, encima de robarle el amor de Florita, le quiere quitar la vida, y que él rendirá la vida a manos de Galán, pero el amor de Florita, no. Y en consecuencia, que impone como condición precisa para batirse que los dos han de renunciar a ella, sea cual fuere el resultado del lance.
Man.
¡Admirable!
Num.
¡Lo de renunciar yo, colosal!
Tito
Tú en seguida la escribes a tu prometida una carta heróica, diciendo que por no aparecer como un cobarde sacrificas tu inmenso amor, y al día siguiente se simula el duelo, y tú, fingiéndote herido, te estás en cama ocho días con una pierna vendada.
Num.
No, las piernas déjamelas libres por lo que pueda suceder.
Marc.
Sí, no metas las piernas en el argumento.
Tito
Las amigas consolarán a Florita, nosotros convenceremos a don Gonzalo para que vuelva a dedicarse a la aerostación y se distraiga, y tuti contenti. ¿Eh, qué tal?
Man.
¡Estupendo!
Num.
¿Qué le parece a usted, don Marcelino?
Marc.
Mal, hijo; ¿cómo quieres que me parezca?... Ahora, que como yo no veo solución ninguna, lo que me importa es que termine pronto el engaño de estas pobres personas, sea como sea. Haced lo que queráis. (Vase izquierda.)
Num.
Entonces, yo debo limitarme a salir cuando éste...
Man.
Tú vienes con nosotros, que ya te diremos.
Tito
¡Callad, Florita, Florita viene hacia aquí... y viene sola!...
Pic.
Como anillo al dedo. Pues no perdamos la ocasión. Cuanto antes mejor. ¿No os parece? Dejadme solo. Marchaos pronto.
Tor.
¡Que te portes como quien eres!
Pic.
Zacconi me envidiaría. ¡Ya me conoceis cuando me pongo lánguido y persuasivo!
Num.
¡Oye, y a ver cómo me das esas dos bofetadas que no me molesten mucho!
Pic.
¡Cuatro, cuatro!...
Tito
Por aquí... silencio. (Vanse foro derecha. Picavea se oculta en el follaje.)
PICAVEA y FLORITA, primera izquierda
Flora
(Como buscándole.) ¡Nume!... ¡Nume!... ¡No está! (Llama otra vez.) ¡Nume!... ¿Pero qué ha sido de ese hombre, si dijo que vendría en seguida?... ¿Estará acaso?... ¡Dios mío, cuando se ama ya no se vive! (Llama de nuevo.) ¡Nume!...
Pic.
(Apareciendo.) ¡Florita!
Flora
¡Ah!... ¿quién es?
Pic.
Soy yo.
Flora
(¡¡Él!!) ¡Picavea!... ¿usted?
Pic.
Soy yo que venía siguiéndola.
Flora
¿Siguiéndome?... ¡Qué extraño!... Pues... es la primera vez que no noto que me siguen...
Pic.
Es que he procurado recatarme todo lo posible.
Flora
¿Recatarse, por qué?
Pic.
Porque deseaba ardientemente una ocasión para poder hablar a solas con usted.
Flora
¿A solas conmigo?... (Aparte.) (¡Ay, lo que yo temíame!) ¿Y dice usted que a solas?...
Pic.
A solas, sí.
Flora
(Con gran dignidad.) Señor Picavea, usted no ignora que en mis actuales circunstancias yo no puedo hablar a solas con un hombre, sin infringirle un agravio a otro. Ya no dispongo de mi libre albedrío. Beso a usted la mano, como suele decirse. (Hace una reverencia y se dispone a marchar.)
Pic.
(La coge la mano para retenerla.) ¡Por Dios, Florita, un instante!...
Flora
He dicho que beso a usted la mano, conque suélteme usted la mano.
Pic.
Yo la ruego que me escuche una palabra, una sola palabra.
Flora
Si no es más que una, oiréla por cortesía. Hable.
Pic.
Florita, yo no ignoro su situación de usted, desgraciadamente.
Flora
¿Cómo desgraciadamente?
Pic.
Desgraciadamente, sí... no quito una letra. Y comprenderá usted que cuando ni el respeto a las circunstancias en que usted se halla ni el temor a ninguna otra clase de incidentes me detiene, muy grave y muy hondo debe ser lo que pretendo decirla.
Flora
(Aparte.) (¡Dios mío!) ¡Pero, Picavea!...
Pic.
¡Más bajo... pueden oírnos!
Flora
¡Ay, pero por Dios, Picavea!...
Pic.
¡Más bajo... pueden oírnos!
Flora
¡Ay, pero por Dios, Picavea!... Ese tono, esa emoción... Está usted pálido, tembloroso... Me asusta usted. ¿De qué se trata? Hable usted pronto... hable usted deprisa.
Pic.
¿Deprisa?
Flora
Deprisa, sí; me desagradaría que nos sorprendieran. Nume es muy celoso. Hable.
Pic.
Florita, ¿usted no ha observado nunca que yo, día tras día, me he estado asomando al gabinete de lectura del Casino, para mirar melancólicamente a sus ventanas?
Flora
¡Oh, Picavea!
Pic.
Conteste usted... diga usted.
Flora
Pues bien, sí, la verdad, lo he notado. Muchas veces le he visto a usted con una Ilustración muy deteriorada en la mano, hojeando las viñetas y soslayando de vez en vez la mirada hacia mi casa; pero yo atribuílo a mera curiosidad.
Pic.
¿De modo que no ha caído usted en el verdadero motivo?
Flora
No; yo me asomaba a la ventana, pero no caía.
Pic.
Pues ha debido usted caer.
Flora
¡Picavea!
Pic.
Ha debido usted caer. El poema de las miradas saben leerlo todas las mujeres.
Flora
¡Oh, Dios mío!... ¿De modo, Picavea, que usted también?...
Pic.
¡Sí, Florita, sí... yo también la amo!
Flora
(¡Dios mío! ¿pero qué tendré yo de un mes a esta parte que cada hombre que miro es un torrezno?)
Pic.
(Cogiéndola de la mano.) Y si usted quisiera, Florita, si usted quisiera, todavía...
Flora
(Tratando de desasirse.) ¡Ay, no!, por Dios, Picavea, suélteme usted; suélteme usted, por compasión, que no me pertenezco.
Pic.
¿Y qué me importa?
Flora
Suélteme usted, por Dios... Repare usted que aún no estoy casada.
Pic.
Sí, es verdad. No sé lo que hago. Usted perdone.
Flora
(¡Pobrecillo!) (Alto.) ¡Pero oiga usted, Picavea, por Dios!... ¿Usted por qué ha de amarme?... No tiene usted motivos...
Pic.
¡El amor no se escoge ni se calcula, Florita!
Flora
Olvídeme usted.
Pic.
No es posible.
Flora
Acepte usted una amistad cordial. No puedo ofrecerle más. Déjeme usted ser dichosa con Galán; le quiero. Es mi primer amor, mi único amor, y por nada del mundo dejaríale.
Pic.
(Esta señora es un Vesubio ambulante. Tengo que apretar.) (Alto.) ¿De modo, Florita, que no aborrecería usted a ese hombre de ninguna manera?
Flora