Cuarto gimnasio en casa de don Gonzalo. Puertas practicables en primer término izquierda y segundo derecha. Un balcón grande al foro. Por la escena aparatos de gimnasia: escaleras, pesas, poleas, en la pared panoplias con armas y caretas de esgrima, y por el suelo una tira de linoleum y una colchoneta. Cerca del foro un «funchimbool» prendido del techo y del suelo. A la izquierda una mesita con una botella de agua y dos vasos. En primer término izquierda mesa, y encima algunos libros, periódicos, escribanía, carpeta, papel, caja con cigarros, etc., etc. En segundo término izquierda un bargueño, y en uno de sus cajones un revólver. Junto a las paredes, divanes; en la pared del primer término derecha una percha con dos toallas grandes. Sillas y sillón de cuero. Es de día. En el balcón, una gran cortina.
DON GONZALO y DON ARÍSTIDES
Aparecen los dos en traje de esgrima con las caretas de sable puestas. Don Arístides da a don Gonzalo una lección de duelo.
Arís.
Marchar, marchar.—Encima.—En guardia. (Don Gonzalo va ejecutando todos estos movimientos de esgrima que el profesor le manda.) Marchar.—Batir bajo.—Otra vez.—Uno, dos.—Una, dos, tres.—Marchar.—Finta de estocada y encima.—En guardia.—Romper.—Romper. (La segunda vez que don Gonzalo retrocede obedeciendo la voz de mando del profesor, tropieza con la mesita que habrá al foro y derriba los cacharros que habrá en ella.) Pero no tanto.
Gonz.
¡Demonio, qué contrariedad! En fin, adelante.
Arís.
Marchar cambiando. Estocada. Encima. Otra vez pare y conteste. Otra vez. Batir. Revés. Pequeño descanso. (Se quita la careta.)
Gonz.
(Quitándosela también.) ¿Y cómo me encuentra usted, amigo Arístides?
Arís.
¿A qué hora es el duelo?
Gonz.
A las seis de la tarde.
Arís.
Se merienda usted al adversario. Seguro.
Gonz.
¿Estoy fuerte?
Arís.
Superabundantemente fuerte. Pétreo.
Gonz.
Picavea creo que no tira.
Arís.
Ni enganchado. Si se pueden emplear en estos lances los términos taurinos, diré a usted que en la corridita de esta tarde, más bien becerrada—por lo que al adversario se refiere,—se viene usted a su casa con una ovación y una oreja... más las dos suyas, naturalmente.
Gonz.
Pues a mí me habían dicho que Picavea, en cuestión de sable, era un practicón.
Arís.
Cuando estaba sin destino, sí, señor. Pero ahora... ¿lo sabré yo, que he sido su maestro?...
Gonz.
En fin, ¿reanudamos?
Arís.
Vamos allá. (Requieren las armas y vuelven a la lección.) Finta de estocada marchando.—Encima.—Romper.—Uno, dos.—Marchar.—Dos llamadas.
Gonz.
Con permiso. Un momento. Voy a llamar al criado que se lleve estos cacharros. (Hace que toca un timbre.)
Arís.
En guardia.—Uno, dos.—Marchar.—Revés.—Romper.—Encima, pare y conteste.—Marchar.—Batir.—Salto atrás.
Criado
¡Señor!
(No le hacen caso.)
Arís.
Marchar.—A ver cómo se para, vivo...
(Comienza un asalto movidísimo. Las armas chocan con violencia.)
Criado
(Vuelve a acercarse temeroso.) Señor... (Siguen el asalto, avanzando y retrocediendo, sin hacerle caso, y el Criado, viéndose en peligro, se pone una careta de esgrima y se acerca decididamente.) Señor...
Gonz.
¿Qué quieres, hombre?
Criado
No, yo es que como me ha llamado el señor...
Gonz.
Sí, hombre, que recojas esos cacharros.
Criado
Está bien, señor. (Los recoge sin quitarse la careta y luego se marcha huyendo de los golpes de sable que continúan.)
Arís.
Tajo.—Uno, dos.—Salto atrás.—Marchar.—Uno, dos, tres.—Salto atrás.—Marchar.—Estocada.—Bravo. (Quitándose la careta.) Con esto y los padrinitos que tiene usted, no hace falta más, porque creo que sus padrinos ¿son Lacasa y Peña?
Gonz.
Lacasa y Peña.
Arís.
Entonces las condiciones serán durísimas, estoy seguro.
Gonz.
Imagínese usted.
Arís.
Para intervenir esos, el duelo tiene que ser a muerte. No rebajan ni tanto así. Los conozco.
Gonz.
Además, las instrucciones que yo les he dado son severísimas: nada de transigencias, nada de blanduras.
Arís.
Pues no doy veinticinco centavos por la epidermis de Picavea.
(Se cambian las chaquetas de esgrima, don Arístides por su americana y don Gonzalo por una chaqueta elegante de caza.)
Gonz.
¡Oh, ese canalla!... ¿No sabe usted lo que hizo anoche en el Casino a última hora?
Arís.
Sabe Dios.
Gonz.
Abofeteó e injurió a Galán horriblemente.
Arís.
¡Qué bárbaro!
Gonz.
En tales términos, que Galán me ha escrito agradeciendo la defensa que hice de su honor pero recabando el derecho de batirse con Picavea antes que yo.
Arís.
No lo consienta usted de ninguna manera.
Gonz.
Ni soñarlo. Picavea ofendió en mi propia casa a mi hermana, proponiéndola una indignidad, valido de una calumnia. Yo soy, pues, el primer ofendido.
Arís.
Sin duda ninguna.
Gonz.
Lacasa y Peña harán valer mis derechos.
Arís.
¡Buenos son ellos!
Gonz.
Y además, cuando Galán le envió los padrinos, ¿sabe usted la condición que imponía Picavea para batirse?... ¡Pues que fuese cual fuese el resultado del lance, los dos habían de renunciar a mi hermana, so pretexto de no sé qué lirismos ridículos!...
Arís.
¡Es un hombre perverso!
Gonz.
Ni más ni menos. Pero figúrese el disgusto de la pobre Flora cuando supo por Marcelino que Galán quizás tuviese que aceptar la tremenda condición para que no pueda atribuirse su negativa a cobardía... ¡Un disgusto de muerte! En vano trato de tranquilizarla. No descansa, no duerme, no vive. ¡Cuando más feliz se creía!... ¡y todo por culpa de ese miserable! ¡Ah, no tengo valor para hacer daño a nadie, pero la vida le hace a uno cruel, y como pueda mato a Picavea! Se lo juro a usted.
Arís.
Lo merece, lo merece... Pues, nada, don Gonzalo, hágame usted piernas y hasta luego. (Poniéndose el sombrero.) Voy a ver a Valladares, que está muy grave.
Gonz.
¡Ah, Valladares, sí; ya me han dicho... que se concertó el duelo en condiciones terribles!
Arís.
A espada francesa. Con todas las agravantes.
Gonz.
¿Y Valladares está en cama?
Arís.
Si se va o no se va. Y el adversario también.
Gonz.
¿También? ¿Y qué es lo que tienen?
Arís.
Gastritis tóxica por indigestión.
Gonz.
¡Ah!, ¿pero no es herida?
Arís.
No, no es herida, porque desoyendo mis consejos, en lugar de batirse, se fueron a almorzar al Hotel Patrocinio, y claro, les pusieron unos calamares en tinta que están los dos si se las lían. ¡Mucha más cuenta les hubiese tenido celebrar un duelo a muerte, como yo les propuse! A estas horas, los dos en la calle. ¡Pero calamares! ¡Quién calcula las consecuencias!... Son unos temerarios. ¡Le digo a usted!...
Gonz.
¡Ya, ya!... ¡qué gentes!
Arís.
Conque hasta luego; hágame piernas y no me olvide esa finta de estocada marchando, ¿eh?... Un, dos... a fondo. Rápido, ¿eh?... (Vase derecha.)
Gonz.
Sí, sí; descuide, descuide... (Vuelve y toca el timbre.) Voy a ver cómo sigue esa criatura. Cree que le ocultamos la verdad; que Galán es quien va a batirse y está que no vive. ¡Pobre Florita!... ¡Calle! ¡Ella viene hacia aquí!
DON GONZALO y FLORA
Flora
(Por la izquierda, con una bata y el pelo medio suelto.) La felicidad es un pájaro azul, que se posa en un minuto de nuestra vida y que cuando levanta el vuelo, ¡Dios sabe en qué otro minuto se volverá a posar!
Gonz.
¡Florita!
Flora
¡Ay, Gonzalo de mi alma!... (Llora amargamente abrazada a su hermano.)
Gonz.
¡Por Dios, Flora; no llores, que me partes el corazón!
Flora
El hado fatal cebose en mí... Clavome su garra siniestra.
Gonz.
¡Por Dios, Florita; si no hay motivo! No desesperes.
Flora
¿Que no hay motivo? ¿Que no desespere?... ¿Pero no te has enterado de lo que proyectan?
Gonz.
Me he enterado de todo.
Flora
Picavea ha impuesto la condición de que los dos han de renunciar a mí, sea cual fuere el resultado del lance, y claro, Galán se considera en la necesidad de aceptar para que no le crean un cobarde... ¡Y me dejarán los dos!... Y esto es demasiado, porque quedarme sin el que sucumba, bueno; pero sin el superviviente, ¿por qué, Dios mío, por qué?
Gonz.
No llores, Florita; no llores; estate tranquila, ya te he dicho que no se baten; yo sabré evitarlo.
Flora
¡Qué espantosa tragedia! Toda mi juventud suspirando por un hombre, y de pronto me surgen dos; venme, inflámanse, insúltanse, péganse y de repente se me esfuman. ¡Esto es espantoso!... ¡horrible! ¿Qué tendré yo, Gonzalo, qué tendré que no puedo ser dichosa?
Gonz.
Cálmate, Florita, que yo te juro que lo serás. Cálmate.
Flora
Si no puedo calmarme, Gonzalo, no puedo... porque encima de esta amargura, Maruja Peláez me ha hecho un chiste, ¡un chiste!... en esta situación... ¡miserable!... Dice que mi boda era imposible porque hubiera sido una boda de un Galán con una característica... ¡Figúrate!... (Llora amargamente.) ¡Yo característica!...
Gonz.
¡Infame!... ¡Escándalos, ultrajes, burlas... y todo sobre esta criatura infeliz! ¡No, no, Florita!... No llores, seca tus ojos. ¡Ni una lágrima más! ¡Bandidos!... No, yo te juro que te casas con Galán, te casas con Galán aunque se hunda el mundo, porque el que mata a Picavea soy yo... ¡yo!...
Flora
¡No, eso no, Gonzalo; eso tampoco! ¡A costa de tu vida cómo iba yo a ser dichosa!... No, déjalo; he tenido la desgracia de enloquecer a dos hombres... ¡lo sufriré yo sola!... Entraré en un convento...
Gonz.
¿Tú en un convento?
Flora
Sí, en un convento; profesaré en las Capuchinas... seré Capuchina... Ya he escogido hasta el nombre. Sor María de la Luz, creo que para una Capuchina...
Gonz.
¡Pero qué locuras estás diciendo!... Crees que lejos de ti podría yo vivir tranquilo... Calla, Florita, calla; ¡no me partas el alma!
DICHOS, EL CRIADO y luego PEÑA y LACASA
Criado
(Por la derecha.) Señor...
Gonz.
¿Quién?
Criado
Los señores Peña y Lacasa.
Flora
¡Peña y Lacasa!... ¿Qué quieren? ¿Qué buscan aquí esos hombres siniestros?
Gonz.
Nada, nada... Déjame unos instantes. Luego hablaremos. Ten calma. Todo se resolverá felizmente. ¡Te lo aseguro!...
Flora
¡Ah, no, no!... La felicidad es un pájaro azul que se posa en un minuto de nuestra vida, pero levanta el vuelo...
Criado
¿Qué?...
Flora
No te digo a ti... ¿eres tú pájaro acaso? ¿O azul, por una casualidad?...
Criado
Es que creí...
Flora
¡Estúpido!
Gonz.
Que pasen esos señores.
Flora
Pero levanta el vuelo y Dios sabe en qué otro minuto se volverá a posar. ¡Ah!... (Vase por la izquierda.)
Criado
(Asomándose a la puerta derecha.) ¡Señores!... (Les deja pasar y se retira.)
Peña
¡Gonzalo!...
Lac.
¡Querido Gonzalo!
Gonz.
Pasad, pasad y hablemos en voz baja. ¿Qué tal?
Lac.
¡Horrible!
Peña
¡Espantoso!
Lac.
¡Trágico!
Peña
¡Funesto!
Gonz.
¿Pero qué sucede?
Peña
¡Un duelo tan bien concebido!...
Lac.
¡Una verdadera obra de arte!
Peña
Tres disparos simultáneos apuntando seis segundos.
Lac.
Y cada disparo avanzando cinco pasos.
Peña
Y en el supuesto desgraciado de que los dos saliesen ilesos, continuar a sable.
Lac.
Filo, contrafilo y punta; a todo juego, asaltos de seis minutos... uno de descanso, permitida la estocada...
Peña
¡En fin, que no había escape! Un duelo como para servir a un amigo.
Lac.
¡Oh, qué ira! ¡La primera vez que me sucede!
Peña
¡Y a mí!
Gonz.
¡Bueno, estoy que no respiro!... ¿Queréis decirme al fin qué pasa?
Peña
¡Una desdicha! Que el duelo no puede verificarse.
Lac.
Todo se nos ha venido a tierra.
Gonz.
¿Pues?
Peña
Que no encontramos a Picavea ni vivo ni muerto.
Gonz.
¿Cómo que no?
Lac.
Ni ofreciendo hallazgo. Unos dicen que después de la cuestión le vieron salir de tu casa y desaparecer por la boca de una alcantarilla.
Peña
Otros aseguran que no fué por la boca, sino que desde que supo que tenía que batirse contigo, marchó a su casa por un retrato, tomó un kilométrico de doce mil kilómetros y se metió en el rápido.
Lac.
Corren distintas versiones.
Peña
Pero Picavea, por lo visto, ha corrido mucho más que las versiones, porque no damos con él por parte alguna; ¡ni con el rastro siquiera!
Lac.
¡Qué fatalidad!
Gonz.
¿Habéis ido a su casa?
Peña
Lo primero que hicimos. Y dice la patrona que la misma noche de la cuestión llegó lívido, sin apetito y que a instancias suyas lo único que pudo hacerle tomar fueron unas patas de liebre, unas alas de pollo y un poco de gaseosa... cosas ligeras como ves, fugitivas...
Lac.
Y tan fugitivas.
Peña
Como que después de lo de las patas y las alas desapareció con un aviador; sospechan si para emprender el raid Madrid-San Petersburgo.
Gonz.
¡Miserable! Pone tierra por medio.
Lac.
Aire, aire.
Peña
Otros compañeros de hospedaje relatan que le oyeron preguntar qué punto de Oceanía es el más distante de la Península.
Gonz.
¡Cobarde!... ¡Ha huído!
Peña
¡Los datos son para sospecharlo!
Gonz.
¡Oh!, ¿veis?... Eso prueba que lo de Galán fué una calumnia... ¡Una repugnante calumnia! ¡Oh, qué alegría, qué alegría va a tener mi hermana!.... ¡Pobre Galán!... Yo que hasta había llegado a sospechar... ¡Le haré un regalo!
Lac.
¡Gonzalo, ese granuja nos ha privado de complacerte!
Peña
Gonzalo, no hemos podido servirte; pero si a consecuencia de este asunto tuvieses que matar a otro amigo, acuérdate de nosotros.
Gonz.
Descuidad.
Lac.
Te serviremos con muchísimo placer. Ya nos conoces.
Peña
¡Lances de menú o de papel secante, no!... Ni almuerzos ni actas. ¡Duelos serios, especialidad de Lacasa y mía!
Gonz.
Os estimo en lo que valéis. Gracias por todo. Adiós, Peña... Adiós, Lacasa.
Lac.
¡A dos pasos de tus órdenes!
Peña
Disparado por servirte. (Saludan. Vanse por la derecha.)
Gonz.
Ha huído. Era un calumniador y un envidioso. Voy a contárselo todo a Florita, se va a volver loca de alegría. ¡Oh! Ya no hay obstáculo para su felicidad. Dentro de un mes la boda. No la retraso ni un solo minuto. Y en cuanto a Galán, como compensación, le regalaré la estatua de Saturno comiéndose a sus hijos que tengo en el jardín. Dos metros de base por tres de altura. Está algo deteriorada, porque al hijo que Saturno se está comiendo le falta una pierna... pero en fin, así está más en carácter. (Vase por la izquierda.)
CRIADO, DON MARCELINO y NUMERIANO GALÁN, por la derecha
Criado
Pasen los señores. (Les deja paso y se va.)
Num.
¿Ha visto usted qué par de chacales esos que salían?
Marc.
Peña y Lacasa. Son los padrinos de Gonzalo. Iban furiosos y con un juego de pistolas debajo del brazo.
Num.
A cualquier cosa le llaman juego.
Marc.
Bueno, Galancito, ¿y a qué me traes aquí, si puede saberse?
Num.
Pues a que me ayude usted a convencer a don Gonzalo para que me deje batirme antes con Picavea. Si no, estamos perdidos.
Marc.
Me parece que no conseguimos nada. ¡Tú no sabes cómo está Gonzalo!
Num.
Entonces, ¿qué hacemos, don Marcelino, qué hacemos?
Marc.
A mi juicio, lo primero que hay que hacer es el borrador para la esquela de Picavea; porque Picavea sube hoy al cielo. A patadas, pero sube.
Num.
¡Ay, Dios mío!... ¿Y Florita estará?...
Marc.
Medrosa del todo. Desde que supone que Picavea y tú vais a batiros por ella, se ha puesto mucho más romántica.
Num.
¡Qué horror!
Marc.
Se ha soltado el pelo o por lo menos el añadido, ha extraviado los ojos en una forma que ni anunciándolos en los periódicos se los encuentran y anda deshojando flores por el jardín y preguntándoles unas cosas a las margaritas, que un día le van a contestar mal, lo vas a ver.
Num.
¡Virgen Santa!
Marc.
Y se ha encerrado en este dilema pavoroso: «O Galán o Capuchina.»
Num.
(Aterrado.) ¿Y qué es eso?
Marc.
¡No sé, pero debe ser algo terrible!
Num.
¡Ay, qué miedo! ¡Por Dios, don Marcelino, ayúdeme usted a convencer a don Gonzalo! ¡Sálveme usted! ¡Estoy desesperado! ¡Maldita sea!... De algún tiempo a esta parte todo se vuelve contra mí, ¡todo!... (Furioso, da un puñetazo al funchimbool, y, naturalmente, la pelota se vuelve contra él.) ¡Caray!... ¡Hasta la pelota!...
Marc.
¡Calla, Gonzalo viene!
Num.
¡Elocuencia, Dios mío!
DICHOS y DON GONZALO, por la izquierda
Gonz.
(Tendiéndoles las manos.) ¿Ustedes?
Marc.
Querido Gonzalo, vengo porque no puedes imaginar lo que está sufriendo este hombre.
Gonz.
¿Pero por qué, amigo Galán, por qué?
Num.
¡Ah, don Gonzalo, una tortura horrible me destroza el alma! Usted sabe como nadie, que el honor es mi único patrimonio; por consecuencia, de rodillas suplico a usted me permita que sea yo el que mate a ese granuja que aquella noche nefasta enlodó mi honradez acrisolada...
Gonz.
Bueno, Galán, pero...
Num.
¡No olvide usted que el miserable dijo que yo tenía no sé qué de Segunda, y yo no tengo nada de Segunda, don Gonzalo, se lo juro a usted!...
Gonz.
No, hombre, si lo creo... Y por mí mátelo usted cuando quiera, amigo Galán.
Num.
(Abrazando a don Gonzalo.) ¡Gracias, gracias! ¡Oh, qué alegría! ¡Ser yo el que le atraviese el corazón!
Gonz.
Lo malo es que no va usted a poder.
Marc.
(Aterrado.) ¿Le has matado tú ya?
Gonz.
No me ha sido posible.
Num.
¿Entonces, por qué no voy a ser yo el que le arranque la lengua?
Gonz.
Porque se la ha llevado con todo lo demás.
Num.
¿Cómo que se la ha llevado?
Marc.
¿Qué quieres decir?
Gonz.
(Riendo francamente.) Sí, hombre, sí. Sabedlo de una vez. ¡Picavea, asustado de su crimen, ha huído!
Los dos
(Con espanto.) ¿Que ha huído?...
Gonz.
¡Ha huído!
Marc.
¡Pero no es posible!
Num.
¡Eso no puede ser, don Gonzalo!
Gonz.
Y en aeroplano, según me aseguran.
Marc.
¡Atiza!
Num.
¡Que ha huído!... ¡Dios mío, pero está usted oyendo qué canallada!
Marc.
¡Qué sinvergüenza!
Num.
¡Irse y dejarme de esta manera! ¡Es esto formalidad, don Marcelino!
Gonz.
¡Cálmese, amigo Galán!
Num.
¡Qué voy a calmarme, hombre!... ¡Esto no se hace con un amigo... digo, con un enemigo!... (A don Marcelino.) ¡Irse en aeroplano!
Marc.
(Aparte.) (¡Y no invitarte!...) Ya, ya... ¡qué canalla!
Gonz.
Calme, calme su justa cólera, amigo Galán. Su honor queda inmaculado, y puesto que la dicha renace para nosotros, no pensemos ya sino en la felicidad de Florita y de usted; porque mi deseo es que se casen a escape.
Num.
Hombre, don Gonzalo, yo a escape, la verdad...
Gonz.
No quiero que surjan otros incidentes. La vida está llena de asechanzas. Acaba usted de verlo.
Marc.
Bueno, pero Galán lo que desea es un plazo para...
Gonz.
No le pongo un puñal al pecho, naturalmente; pero, vamos, ¿le parecería a usted bien que para la boda fijáramos el día del Corpus? Faltan dos meses.
Num.
Hombre, Corpus, Corpus... No tengo yo el Corpus por una fecha propicia para nupcias... no me hace a mí...
Gonz.
¿Entonces, quiere usted que lo adelantemos para la Pascua?
Num.
¡Qué sé yo!
Gonz.
¿Tampoco le hace a usted la Pascua?
Num.
Como hacerme, sí me hace la Pascua, pero, vamos, es que yo... es que yo, don Gonzalo, la verdad, quiero serle a usted franco, hablarle con toda el alma.
Gonz.
Dígame, dígame, amigo Galán.
Num.
¿Dice usted que Picavea ha huído?
Gonz.
Ha huído. Indudable.
Num.
Pues bien, yo tengo que decirle a usted que hasta que ese hombre parezca y yo le mate, yo no puedo casarme, don Gonzalo.
Gonz.
¡Por Dios, es un escrúpulo exagerado!
Num.
Hágase usted cargo, si yo no vuelvo por los fueros de mi honor, ¿qué dignidad le llevo a mi esposa?
Marc.
Hombre, en eso el muchacho tiene algo de razón.
Num.
Ahora, eso sí, don Gonzalo, que parece Picavea, y al día siguiente la boda.
Criado
(Desde la puerta.) El señor Picavea.
Gonz.
¿Qué?
Criado
Su tarjeta.
Gonz.
(La toma y lee.) ¡Picavea! (Mostrándoles la tarjeta.)
Los dos
¡¡Picavea!!
(Galán cae aterrado sobre una silla.)
Gonz.
Se conoce que han aterrizado. (Al Criado.) ¿Y este hombre?...
Criado
Aguarda en la antesala. Debe encontrarse algo enfermo. Está pálido, tembloroso. Me ha pedido un vaso de agua con azahar. Por cierto que al ir a traérsela he visto que escondía todos los bastones del perchero.
Gonz.
¡Ah, canalla!
Criado
Dice que tiene algo extraordinario y urgente que decirle al señor, y que le suplica de rodillas si es preciso, que le reciba...
Gonz.
Yo no sé hasta qué punto será correcto...
Criado
Dice que se acoge a la hidalguía del señor.
Gonz.
Basta. Dile que pase.
Num.
¿Pero le va usted a recibir?
Gonz.
¡Qué remedio!... ¿No oye usted cómo lo suplica?
Num.
(Aparte a don Marcelino.) ¡Estoy aterrado! ¿A qué vendrá ese bruto?
Marc.
(No me llega la camisa al cuerpo.)
Gonz.
Vosotros pasad a esa habitación y oid. Y por Dios, Galán, conténgase usted oiga lo que oiga. Marcelino, no le abandones.
Marc.
Descuida. (Vanse izquierda.)
DON GONZALO y PICAVEA; luego DON MARCELINO y NUMERIANO GALÁN
Pic.
(Dentro.) ¿Da... da... da... dada... dada... usted su per... su permiso?
Gonz.
Adelante. (¡Dame calma, Dios mío, que yo no olvide que estoy en mi casa! Apartaré este sable, no me dé una mala tentación...) (Coge un sable para retirarlo.)
Pic.
(Asomando la cabeza.) Muy bue... ¡Caray! (Se retira en seguida al ver a don Gonzalo con el sable.)
Gonz.
¿Pero qué hace ese hombre? (Alto.) Pase usted sin miedo.
Pic.
¡Papa... papa... pa... pasaré, sí, señor; pe... pe... pero sin miedo es impopo... es imposible!... Com... com... comprendo su... su indignación, don Gon... don Gonzalo, y por eso...
Gonz.
Sí, señor, mi indignación es mucha y muy justa, pero acogido a la hospitalidad de estas nobles paredes, nada tiene usted que temer por ahora. Tranquilícese y diga cuanto quiera.
Pic.
Don Gon... don Gon... don Gonzalo, yo no sé cómo agradecer a usted que me haya re... re... recibido después de la su... su... susu...
Gonz.
Abrevie usted los períodos; porque entre la tartamudez y la abundancia retórica no acabaríamos nunca.
Pic.
Lo que quiero decir es que mi gratitud por la bondad de recibirme...
Gonz.
Nada tiene que agradecerme. Cumplo con mi deber de caballero. Hable.
Pic.
(Cayendo súbitamente de rodillas a los pies de don Gonzalo.) ¡Ah, don Gonzalo... escúpame usted, máteme usted!... Coja usted una de esas nobles tizonas y déme usted una estocada.
Gonz.
Señor mío, eso no sería digno...
Pic.
Pues una media estocada... ¡un bajonazo!... ¡Sí! ¡Lo merezco, don Gonzalo, lo merezco por buey!
Gonz.
¿Pero qué está usted diciendo?
Pic.
La verdad, don Gonzalo, vengo a decir toda la verdad. Yo seguramente habré aparecido a los ojos de usted como un canalla.
Gonz.
Se califica usted con una justicia que me ahorra a mí esa molestia.
Pic.
Pues bien, don Gonzalo, de todo esto tiene la culpa...
Gonz.
Ya sé lo que va usted a decirme, ¿que tiene la culpa el que mi hermana le ha vuelto a usted loco?
Pic.
¡Quiá, no, señor, qué me ha de volver a mí la pobre señora!... Yo sólo siento por ella una admiración simplemente amistosa.
Gonz.
¿Entonces, por qué dió usted lugar a aquella trágica escena?
Pic.
Yo, don Gonzalo, todo lo que dije y lo que hice, lo hice y lo dije por salvar a Galán únicamente.
Gonz.
¿Cómo por salvar a Galán?... ¡No comprendo!... Salvar a Galán, ¿de qué?...
Pic.
Es que Galán—usted perdone—pero a Galán tampoco le gusta su hermana de usted.
Gonz.
(Con tremenda sorpresa.) ¿Eh?... ¿cómo?... ¿qué está usted diciendo?
Pic.
Que no le gusta.
Gonz.
¡Pero este hombre se ha vuelto loco!
Pic.
No, don Gonzalo, no. Ustedes, Galán y yo hemos sido víctimas de un juego inicuo, y permítame que le suplique toda la calma de que sea capaz para escucharme hasta el fin.
Gonz.
(Con ansiedad.) Hable, hable usted pronto.
Pic.
Don Gonzalo, la declaración amorosa que recibió Florita no era de Galán.
Gonz.
¿Cómo que no?
Pic.
Fué escrita por Tito Guiloya, imitando su letra para darle una broma de las que han hecho famoso al Guasa-Club.
Gonz.
¿Oh, pero qué dice este necio?... ¿Qué nueva mentira inventa este canalla?... (Va a acometerle.)
Pic.
¡Por Dios, don Gonzalo!...
Gonz.
Yo te juro que vas a pagar ahora mismo...
DICHOS, NUMERIANO GALÁN y DON MARCELINO
Num.
(Saliendo.) Deténgase usted, don Gonzalo. Este hombre dice la verdad.
Gonz.
(Aterrado.) ¿Qué?
Marc.
Una verdad como un templo, Gonzalo.
Gonz.
¿Pero qué dices?
Marc.
Mátanos, desuéllanos... porque cada uno tiene en esta culpa una parte proporcional. Este por debilidad, por miedo; éste por inducción; yo por silencio, por tolerancia... pero lo que oyes es la verdad.
Gonz.
(Como enloquecido.) ¿Pero no sueño?... ¿pero es esto cierto, Marcelino?
Num.
Sí, don Gonzalo; hemos sido víctimas de una burla cruel. Yo no me he declarado jamás a su hermana de usted. Yo no he tenido nunca intención de casarme con ella, porque ni mi posición ni mi deseo me habían determinado a semejante cosa.
Gonz.
¿De modo que es verdad?... ¿de modo que?...
Marc.
Han sido esos bandidos, Tito Guiloya, Manchón y Torrija, los que, aprovechando hábilmente una situación equívoca que ya te explicaré, y con propósitos de insano regocijo, de burla indigna, fraguaron esta iniquidad... ¡Una broma del Casino!
Gonz
¡Dios mío!
Num.
Y yo también soy culpable, don Gonzalo, lo reconozco. Soy culpable, porque debí, en el primer momento, decir a ustedes lo que pasaba. Pero me faltó valor. Aparte la condición pusilánime de mi carácter, la acogida cordial, efusiva, que usted me dispensó, henchido de gozo por el bien de su hermana, a la que adora en términos tan conmovedores, me hizo ser cobarde y preferí aguardar a que una solución imprevista resolviera el conflicto.
Gonz.
(Repuesto del estupor, se levanta airado, violento, tembloroso.) ¡Ah!... ¡de modo que una burla!... ¡que todo ha sido una burla!... ¿Y por el placer de una grosera carcajada no han vacilado en amargar con el ridículo el fracaso de una vida?... ¡Y para este escarnio cien veces infame, escogen a mi hermana, a mi pobre hermana, alma sencilla cuyo único delito es que se resiste a perder el derecho a una felicidad que ha visto disfrutar fácilmente a otras mujeres, sólo porque la naturaleza ha sido más piadosa con ellas! ¡Pues no, no será!
Marc.
¡Gonzalo!
Gonz.
No será; y a este crimen de la burla, frío, cruel, pérfido, premeditado... responderé yo con la violencia, con la barbarie, con la crueldad. ¡Yo mato a uno, mato a uno, Marcelino, te lo juro!...
Marc.
¡Cálmate, cálmate, por Dios, Gonzalo!...
Gonz.
No puedo, no puedo calmarme, Marcelino, no puedo. ¡Burlarse de mi hermana adorada, de mi hermana querida, a la que yo he consagrado con mi amor y mi ternura una vida de renunciaciones y de sacrificios! De sacrificios, sí. Porque vosotros, como todo el mundo, me suponéis un solterón egoísta, incapaz de sacrificar la comodidad personal a los desvelos e inquietudes que impone el matrimonio. Pues sabedlo de una vez: nada más lejos de mi alma. En mi corazón, Marcelino, he ahogado muchas veces—y algunas Dios sabe con cuánta amargura—el gérmen de nobles amores que me hubiesen llevado a un hogar feliz, a una vida fecunda. Pero surgía en mi corazón un dilema pavoroso; u obligaba a mi hermana a soportar en su propia casa la vida triste de un papel secundario, o había yo de marcharme dejándola en una orfandad que mis nuevos afectos hubiesen hecho más triste y más desconsoladora. ¡Y por su felicidad he renunciado siempre a la mía!
Marc.
Eres un santo, Gonzalo.
Gonz.
Hay más. Esta es para mí una hora amarga de confesión; quiero que lo sepais todo, todo... Yo he llegado por ella, entiéndelo bien, sólo por ella hasta el ridículo.
Marc.
¡Gonzalo!...
Gonz.
(Con profunda amargura.) Sí, porque yo, yo soy un viejo ridículo, ya lo sé.
Marc.
¡Hombre!...
Gonz.
Sí, Marcelino, sí; hasta el ridículo. Un ridículo consciente, que es el más triste de todos. Yo, y perdonadme estas grotescas confesiones, yo me tiño el pelo; yo, impropiamente, busco entre la juventud mis amistades. Yo visto con un acicalamiento amanerado, llamativo, inconveniente a la seriedad de mis años. Y todo esto que ha sido y es en el pueblo motivo de burla, de chacota, de escarnio, yo lo he padecido con resignación y lo he tolerado con humildad, porque lo he sufrido por ella.
Marc.
¿Por ella?
Gonz.
Sí, por ella. Como entre Florita y yo la diferencia de años es poca, las canas, las arrugas, los achaques en mí la producían un profundo horror, una espantosa consternación. Veía en mi vejez acercarse la suya y yo entonces quise parecer joven solamente para que Florita no se creyese vieja. Y para atenuarla el espectáculo del desastre, puse sobre esta cabeza que para ser respetada debía ser blanca, y sobre este cuerpo ya caduco unas ridículas mentiras que conservaran en ella la pueril ilusión de una falsa juventud. Esto ha sido todo. (Llora.)
Marc.
(Conmovido.) ¡¡Gonzalo!!...
Pic.
Don Gonzalo, perdón; somos unos miserables.
Num.
Usted es un santo, don Gonzalo, un santo, y si no le pareciese absurdo lo que voy a decirle, yo me ofrezco a reparar esta broma infame casándome con Florita, si usted quiere.
Gonz.
No, gracias, amigo Galán; muchas gracias. Pasado ese impulso generoso de su alma buena, quedaría la realidad; mi hermana con sus años... usted con su natural desamor... Imagínese el espanto. Quedémonos en el ridículo, no demos paso a la tragedia.
Num.
Sí, sí, don Gonzalo, lo comprendo; pero por lo que se refiere a Tito Guiloya, a Manchón, a Torrija... a todos los del Guasa-Club, yo ruego a usted que me conceda el derecho a una venganza bárbara, ejemplar... a una venganza...
DICHOS, el CRIADO, luego TITO GUILOYA, puerta derecha
Criado
Señor... este caballero.
Gonz.
(Leyendo la tarjeta.) ¡Hombre!... ¡Dios le trae! Aquí le tenemos.
Marc.
¿Quién?
Gonz.
Tito Guiloya.
Pic. y Num.
¡¡Él!!
Gonz.
Viene a continuar la burla.
Pic.
(Coge un sable.) Pues permítame usted que yo...
Num.
(Coge una espada.) Y déjeme usted a mí que le...
Gonz.
Quietos. En mi casa, y en cosas que a mí tan tristemente se refieren, yo soy quien debo hablar.
Marc.
Pero por Dios, Gonzalo...
Gonz.
Descuida, estoy tranquilo.
Num.
Pero nosotros...
Gonz.
Métanse ustedes ahí. Les suplico un silencio absoluto. (Al Criado.) Que pase ese señor. (Se meten los tres detrás de las cortinas de la ventana de modo que al entrar el visitante no los vea.) Un silencio absoluto vean lo que vean y oigan lo que oigan.
Tito
(Desde la puerta.) ¿Da usted su permiso, queridísimo don Gonzalo?
Gonz.
Adelante.
Tito
Perdone usted, mi predilecto y cordial amigo, que venga a molestarle, pero... altos dictados de caballerosidad que los hombres de honor no podemos desatender me impelen a esta lamentable visita.
Gonz.
Tome asiento y dígame lo que guste. (Se sientan.)
Tito
Don Gonzalo, usted y yo somos dos hombres de honor.
Gonz.
Uno.
Tito
Usted perdone, dos; o yo no sé matemáticas.
Gonz.
Sabe usted matemáticas. Uno. Adelante.
Tito
Bueno; pues yo vengo con la desagradable misión de convencer a usted, de que el señor Picavea, mi apadrinado, debe batirse, antes que con usted, con ese canalla, con ese reptil, con ese bandido de Galán, cuyas infamias probaremos cumplidamente.
Gonz.
¡Chits!... no levante usted la voz no sea que le oiga.
Tito
¿Pero cómo va a oirme?
Gonz.
Fíjese. (Galán le saluda con la mano.)
Tito
(Dando un salto.) ¡Carape! (Lleno de asombro.) ¿Pero qué es esto? (A Picavea.) ¿Tú aquí?... ¿Y con Galán?... ¿Pero no habíamos quedado en que yo vendría a buscar una solución honrosa al...? (Picavea hace un gesto encogiendo los hombros como el que quiere expresar: «qué quieres que te diga».)
Tito
¿Pero cómo se justifica la presencia aquí de Picavea cuando habíamos quedado en que tú...? (Galán hace el mismo gesto de Picavea.) Don Marcelino, yo ruego a usted que justifique esta situación inexplicable en que me hallo, porque es preciso que yo quede como debo. (Don Marcelino hace el mismo gesto.) ¿Es decir, que ninguno de los tres...? Señores, por Dios, que yo necesito que a mí se me deje en el sitio... (Los tres indican con la mano que espere, que no tenga prisa.) en el sitio que me corresponde, no confundamos. (Pausa. Ya muy azorado.) Bueno, don Gonzalo; en vista de la extraña actitud de estos señores, yo me atrevería a suplicar a usted unas ligeras palabras que hicieran más airosa esta anómala situación. (Don Gonzalo hace el mismo gesto.) ¡Tampoco!... ¡Caray!, comparado con esta casa el colegio de sordomudos es una grillera... ¡Caramba, don Gonzalo, por Dios... yo ruego a usted... yo suplico a usted... que acabe esta broma del silencio, si es broma, y que se me abra siquiera... un portillo por donde yo pueda dar una excusa y oir una réplica, buena o mala, pero una réplica! Yo hasta ahora no sé qué es lo que sucede. Hablo y la contestación que se me da es un movimiento de gimnasia sueca. (Lo remeda.) Interrogo y no se me responde.
Gonz.
(Se levanta y clavándole los ojos se dirige a él. Guiloya retrocede aterrado. Al fin le coge la mano.) Y más vale que así sea.
Tito
Don Gonzalo, por Dios, que yo venía aquí...
Gonz.
Usted venía aquí a lo que va a todas partes; a escarnecer a las personas honradas, a burlar a aquellos infelices que por achaques de la vida o ingratitudes de la naturaleza considera víctimas inofensivas de su cinismo.
Tito
(Aterrado.) ¿Yo?...
Gonz.
¡Usted!... Y por eso, creyéndonos dos viejos ridículos, ha cogido usted el corazón de mi hermana y el mío y los ha paseado por la ciudad entre la rechifla de la gente como un despojo, como un airón de mofa.
Tito
¿Que yo he hecho eso?... ¡Don Gonzalo, por la Santa Virgen!... Hombre, decidle, habladle, haced el favor. (Los tres el gesto.)
Gonz.
Pero para todos llega en la vida una hora implacable de expiación. Usted, hombre jovial, cínico, desaprensivo, cruel, no la sentía venir, ¿verdad?... Pues para usted esa hora ha llegado y es esta. Siéntese ahí.
Tito
(Muerto de miedo, tembloroso.) ¡¡Don Gonzalo!!
Gonz.
Siéntese ahí. Si usted estuviese en mi lugar y mi hermana fuera la suya y sintiera usted caer sobre su vida adorada ese dolor amargo y lacerante de la burla de todo un pueblo, ¿qué haría usted conmigo?...
Tito
¡Bueno, don Gonzalo, pero es que yo!... ¡Hombre, por Dios, salvadme!...
Gonz.
Aquí tiene usted papel, pluma y una pistola...
Tito
(Dando un salto.) ¡Don Gonzalo!
Gonz.
Si conserva un resto de caballerosidad, escriba una ligera exculpación para nosotros y hágase justicia.
Tito
(Enloquecido de horror coge la pistola tembloroso.) ¡Ay, por Dios, don Gonzalo, perdón!
Gonz.
¡Hágase usted justicia!
Marc.
¡Oye, pero hazte justicia hacia aquel lado que nos vas a dar a nosotros!
Tito
(Cayendo da rodillas.) Don Gonzalo, perdón. ¡Yo estoy arrepentido!... Yo juro a usted que no volveré más...
Gonz.
(Quitándole la pistola violentamente.) ¡Cobarde, mal nacido!... ¡Vas a morir!
Tito
(En el colmo del terror da un salto y se esconde detrás de los tres.) ¡Socorro!... ¡Socorro!... ¡Salvadme!
Num.
(Aterrado.) ¡Por Dios, don Gonzalo, desvíe el cañón... que está usted muy tembloroso!
Gonz.
¡Canalla! ¡Miserable!... ¡Que se vaya pronto, que se vaya o le mato!
Marc.
¡A la calle!... ¡a la calle! ¡Fuera de aquí!, ¡granuja!... (Le da un puntapié y lo echa puertas afuera.)
Pic.
Vamos a hacerle los honores de la casa... (Coge un sable y sale tras él.)
Num.
¡De la Casa de Socorro! (Coge otro sable y sale escapado.)
Gonz.
(Todavía excitado.) ¡Cobarde! ¡Infame! ¡Lo he debido estrangular... he debido matarlo!
Marc.
Cálmate, Gonzalo, cálmate. ¡No vale la pena! ¿Qué hubieras conseguido? Matas a Guiloya, ¿y qué?... Guiloya no es un hombre, es el espíritu de la raza, cruel, agresivo, burlón, que no ríe de su propia alegría, sino del dolor ajeno. ¡Alegría!... ¿Qué alegría va a tener esta juventud que se forma en un ambiente de envidia, de ocio, de miseria moral, en esas charcas de los cafés y de los casinos barajeros? ¿Qué ideales van a tener estos jóvenes que en vez de estudiar e ilustrarse se quiebran el magín y consumen el ingenio buscando una absurda similitud entre las cosas más heterogéneas y desemejantes?... ¿En qué se parece un membrillo a la catedral de Burgos? ¿En qué se parece una lenteja a un caballo al galope? Y, claro, luego surge rápida esta natural pregunta... ¿En qué se parecen estos muchachos a hombres cultos interesados en el porvenir de la patria? Y la respuesta es tan desconsoladora como trágica... ¡En nada, en nada; absolutamente en nada!
Gonz.
¡Tienes razón, Marcelino, tienes razón!
Marc.
Pues si tengo razón, calma tu justa cólera y piensa como yo, que la manera de acabar con este tipo tan nacional del guasón es difundiendo la cultura. Es preciso matarlos con libros, no hay otro remedio. La cultura modifica la sensibilidad, y cuando estos jóvenes sean inteligentes, ya no podrán ser malos, ya no se atreverán a destrozar un corazón con un chiste, ni a amargar una vida con una broma.
Gonz.
¡Ah!, ¡mi pobre hermana! ¡Qué cruel dolor! Pero ¿qué remedio? La llamaré. La diremos la verdad.
Marc.
No. La burla humilla, degrada. Proyecta un viaje, te la llevas y estáis ausentes algún tiempo. Y ahora si te parece la diremos que no has podido evitar el duelo; que Galán está herido; que aceptó la condición de Picavea; que no vuelva a pensar en él.
Gonz.
Sí, quizá es lo mejor. ¡Pero cómo va a llorar! ¡Ay, mi hermana!; ¡mi adorada hermana!