Letras chilenas.
FRANCISCO CONTRERAS
UN LIBRO SOBRE ITALIA

Hay un poeta de Chile que vive en París desde hace algunos años. Es joven. Ha publicado ya varios libros y goza de renombre en el mundo intelectual hispano-parlante. Se llama Francisco Contreras. Su primera obra aparecida en Europa, Toisón es una colección de sonetos. De él dijo el incomparable Max Nordau: «Es realmente un toisón de oro suntuoso, fabuloso, digno objeto de la heroica aventura de Jason, fin «feérico» de la navegación del Argos». «Casi todas las piezas están saturadas del éter poético, tienen un aspecto deliciosamente patricio, son superiormente vistas, sentidas, dichas». A pesar del dañoso elogio del doctor, que ha escrito lo que ya se sabe sobre todo lo que brilla y vale en el arte contemporáneo, ese primer libro de Contreras tiene poesías de mérito, sobre todo porque de los primeros ha procurado apartarse del nuevo «poncif» castellano que ha echado a perder, entre otras cosas, el alejandrino y el gusto por lo «compuesto». Aun cuando se notan los orígenes o las supersticiones en la mayor parte de los poemitas, el autor logra que se advierta su propio espíritu, sus modos individuales de pensar y de sentir. He aquí una pequeña labor muy bien trabajada, aunque con el exceso de preparativos que se acostumbrara desde la introducción del simbolismo.

En desmesuradas yemas,
sobre los tallos entecos,
en los parterres ya secos
se esponjan las crisantemas.
Flores raras, son emblemas
del arte de nuevos ecos,
amante de orlas y flecos
y de rarezas supremas.
Exóticas y hieráticas,
como princesas asiáticas,
pues que son raras, son bellas,
Prendidas entre los rasos
o abiertas sobre los vasos
como monstruosas estrellas.

Toisón fué publicado en 1906.

Esto nos hace retroceder algunos años, al tiempo de la preocupación por la escritura «artista» y por lo principalmente formal. Aun quedan algunos cultivadores de la manera, tanto en América como en España. El poeta chileno, por su parte, ha procurado, avanzando, renovarse.

Así publicó, después de Toisón, Romances de hoy. Hasta puede decirse que el salto fué demasiado brusco, de la poesía trabajada, erudita, un tanto complicada, con escenarios fabulosos, con vocabulario aristocrático, con un si es no es de dandismo, casi todo de influencia, o de reminiscencia europea, a la poesía sencilla, sin artificio, quizá a veces algo prosaica, o bastante ingenua en su sinceridad, pero que mereciera estas palabras de un juez insospechable, el gran Mistral: «Siento en sus versos, decía a Contreras el padre de «Mireia», la amplia y libre vida de la América española». ¿Cómo no iban a ser del gusto de Mistral versos como estos?

Sobre el suelo, en la hora sin tules,
las sombras se cortaban nítidamente azules.
En torno del ramaje de higueras y cedrones,
rodaba un estridente rumor de moscardones.
Sobre un cerezo un mirlo gorjeaba con desgaire.
A intervalos, llegaban en la quietud del aire
gritos roncos, galopes raudos, ladrar de perros...
Era una trilla próxima, sobre el cordón de cerros.
Se veía la era, yeguas, los arriadores:
Guasos, mozos montados, con ponchos de colores.
Paróse. Dió unos cuantos pasos. Desperezóse,
enarcando los brazos con inocente goce.
La cabellera suelta, oscura, perfumada,
cubrió entonces sus hombros en sedosa cascada.
Hundió los ojos húmedos en la azul lejanía.
Luego, inconscientemente, despreocupada, fría,
trasponiendo la reja de madera del huerto,
echó a andar paso a paso hacia el gran campo abierto,
por la vieja alameda que servía de entrada,
sin mirar, sin pensar, sin recordar ya nada.

El autor didactiza en su prólogo, y habla de un «período narrativo». No oigamos sus explicaciones; gustemos de sus músicas gratas. Y los que no hayáis vivido en el país chileno, podéis saber, por las notas del volumen, muchos detalles locales. Y hallaréis, por ejemplo, esta noticia inquietante: «Existe en Chile la preocupación de atribuir a los poetas los calificativos de loco, perdido, vagabundo. De manera que, lo que en toda sociedad culta es un señalado honor, en la nuestra se trueca en motivo de escarnio o sello de ridículo. Un distinguido poeta nacional nos contaba que en cierta ocasión, habiendo sido presentado a una dama con las palabras de: el poeta señor Tal, se vió obligado a protestar asegurando que era objeto de una mala broma...»

¡Pardiez! Buenos Aires será todo lo prosaico, lo comercial, lo financiero, lo práctico que se quiera; pero no podré olvidar que en mi último viaje a la gran ciudad argentina, entre las manifestaciones de gentileza que recibí de personas de diferentes clases sociales, está la de una alta dama, gala de los salones, que, sin tener yo la honra de conocerla, envió a mis órdenes su regio automóvil, durante todo el tiempo de mi permanencia. Y todo a simple título de poeta.

Y, sin embargo, con su reserva, menos ejecutiva que la disposición platónica, Chile demuestra cordura. Los poetas son seres que perturban el común pensar de las gentes, los modos de hablar y hasta las costumbres. Así, si Chile ha levantado un monumento a don Andrés Bello, es porque ese poeta venezolano llevaba en una mano un Código y en otra una Gramática. Verdad es, que en el cerro de Santa Lucía de Santiago hay otro monumento dedicado a don Benjamín Mackenna, que aunque no escribió sino en prosa, era un varón de confianza con todas las nueve musas. Y, con todo, ahí están los versos del romántico y melodioso Eusebio Lillo, del huguizante Matta, del vario y noble de la Barra, del sonoro Prendez, del horaciano Tondreau, del humorístico Irarrazábal. Y ahí está lo hecho por la nueva generación que se enorgullece con la producción del malogrado González, y de líricos como Borquez Solar, Magallanes Moure, Valledor Sánchez y Miguel Roucuaut. Entre ellos se destaca Contreras, sobre quien puedo ahora repetir lo que dijera hace algunos años: «Creo que en nuestra América hay pocos que tengan un tan sincero y hondo fervor de arte. Luego, en medio de ese fervor, es ponderado y reflexivo. No violenta ni la idea ni el lenguaje. Mucho me complace que no se haya dejado arrastrar por las peligrosas tentaciones del versolibrismo. Hay en él duplicidad: es un intelectual-sentimental que conduce bien sus designios entre los naturales desequilibrios del talento». Cuando apareció Toisón, escribióle el ilustre J. Enrique Rodó: «Muy grata ha sido para mí su lectura. Son versos de juventud y sinceridad: sinceridad aun en sus artificios. Reflejan bien el voluble y gracioso vuelo de un espíritu juvenil entre las cosas, o mejor, entre sus figuraciones de las cosas». Y luego: «Crea usted que sigo con afectuoso interés su actividad literaria. Su sentimiento del arte, el amor que usted le profesa, son verdaderos y hondos; bien se transparenta. No son la frívola vanidad de quien penetra sin real vocación en los dominios del arte, y no dejará, de sus pasos, más huella que la que puede quedar, en las baldosas del templo, de los del visitante profano, que entró por un momento, movido de curiosidad y no de fervor. Usted perseverará, completará su personalidad artística; y seguro estoy de que cuantas veces, interesado en saber nuevamente de usted, lo busque con la mirada, he de encontrarlo más arriba de donde le haya dejado la última vez». Rodó fué profeta. Las nuevas obras de Contreras señalan siempre mayor elevación. Su permanencia en París le ha impregnado de la gracia artística y de la cultura ambiente. Y el vivir le va enseñando cosas mayores.

Sólo que, como todos los que no gozamos de rentas producidas por grandes capitales y tenemos que sacar del cerebro para nuestros lujos, caprichos, vicios o simples y precisos elementos de existencia, se ha dedicado al periodismo. Así sus libros de prosa son sus artículos de periodista. Y si el periodismo constituye una gimnasia de estilo, y el pensador y el artista lo son siempre, no todo lo que para el diario se escribe, por razones que no necesitan demostración, es digno de la antología. Lo que es estrictamente de la actualidad tiene que pasar como el instante. Sin embargo, siempre pone algo de su corazón o de su mente el artista que escribe. Y ese algo suele verse a través de las informaciones de esos libros de prosa urgida. Sin contar con que, de cuando en cuando, surgen páginas íntegramente puras. En las líneas preliminares de Los modernos, pongo por caso, he encontrado incrustada una de las poesías de Francisco Contreras que son más de mi agrado.

Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.
Bajo el puente oscilante del raudo transatlántico,
el mar alza en la sombra como un solemne cántico,
la luna que se eleva tras lívido celaje.
Tiende un cendal de perlas al trémulo oleaje,
y la sirena alada de la brisa marina,
pone en mi oído una canción triste y divina.
Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.
A mi espalda el miraje de la nativa tierra.
Con su fértil campiña y su nevada sierra:
la ciudad en un nido de bosques frescos, grandes,
bajo el dosel de plata de los mágicos Andes;
el hogar entre rosas de la heredad florida;
y la madre dejada, y la amada perdida...
Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.
Ante mí la amenaza del porvenir arcano:
el mar que entre las sombras canta su canto arcano,
el horizonte negro, mudo como una esfinge;
la luna que en la niebla un llanto eterno finge.
Y el soplo de la brisa golpeada de destellos,
que estremece las jarcias y azota mis cabellos.
Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.
¿Será mi afán fecundo? ¿Realizaré mi sueño?
¿Me dará la victoria su laurel halagüeño?
¿Conquistaré, en mi ruta la áurea forma suprema
para engastar la idea que me obsede; me quema?
¿Conseguiré tras todo, aunque en porción escasa,
donar una luz nueva a mi raza?
Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.
¿O, tras esfuerzo vano, tras ensueño deshecho,
sólo hallaré el vacío del querer satisfecho?
¿La desilusión trágica, el dolor desmedido,
del amante no amado, del apóstol no oído?
En fin, en una frase, de todo visionario:
¿El desencanto eterno y el eterno Calvario?
Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.
Heme aquí sobre el puente del raudo transatlántico,
el mar me envía el trueno de su solemne cántico,
la luna que muequea en la penumbra ingrata,
me envuelve en la tristeza de su llanto de plata.
Y la sirena alada de la brisa marina
pone en mi oído una canción triste y divina.
Peregrino del arte, voy al soñado Oriente,
el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.

Y en este nuevo libro sobre Italia, que se titula Almas y panoramas, fuera de cálidas pinceladas, de «manchas» justas, de observaciones juiciosas, lo mejor son los sonetos que a modo de musical introducción hace resonar a la entrada de cada capítulo. De las principales ciudades de arte de la divina tierra itálica, elige un alma y una visión; y antes, el soneto sintetiza armónicamente e inicia el tema ideológico: Así habla de «la ciudad de los palacios», o canta a Roma:

Sólo restos y rastros de la imperial prosapia:
el Foro, el Coliseo y la antigua Vía Apia,
uno que otro sepulcro desmoronado, informe,
y al caer el crepúsculo, tu columna trajana
parece, en el incendio de la atmósfera grana,
la cruz desmesurada de un sarcófago enorme.

Recomiendo a los buenos gustadores estos sonetos fervorosos de amor y de admiración por la gloriosa península. El de Nápoles:

Bacante poseída de embriaguez infinita,
bajo el beso del sol eternamente rubio,
del agua eternamente azul al suave efluvio,
Nápoles danza. Nápoles ríe, Nápoles grita.
En vano al horizonte como un ara maldita,
siniestra espiral de humo rojo lanza el Vesubio,
el mar sereno y límpido, bajo el áureo diluvio
del sol, en una eterna fiesta de luz se agita.
Desde los verdiclaros jardines de la playa
y el pintoresco y loco viejo barrio de Chiaia
con sus rejas floridas que el aire azul engríe,
hasta el monte en que albea su vetusto castillo
y sus cincuenta iglesias llenas de falso brillo,
Nápoles danza, Nápoles grita, Nápoles ríe.

He citado íntegros esos vívidos versos napolitanos, que tienen tanto color y tanta alegría, porque son de los mejores del volumen. El de Bolonia, «ciudad sabia, de estetas y doctores»: el de Venecia, «¡Oh, ciudad de las islas y los fúnebres barcos!»: el de Milán,

Erótico y ascético como Manzoni, o como
Luini, Milán es un señor grave y de gala,
la oreja siempre atenta al eco de la Scala,
el ojo siempre atónito ante el mármol del Duomo;

son excelentes. Y es de sentirse que no encontremos en el libro los que corresponderían a otras urbes, como Pisa, Florencia y Turín. Quizá el poeta los realice más tarde para una obra completamente lírica.

El vaticinio de Rodó se ha de seguir cumpliendo y hemos de ver el completo triunfo de quien desea que en su patria crezcan y se propaguen los laureles verdes que, tanto o más que a los guerreros, pertenecen por derecho propio a los portadores de lira.