VARIA

Cenefa

En el barrio Latino.

En este atrayente París siempre tengo de América o de España un amigo a quien haya que ciceronear, que pilotear, que llevar de aquí a allá, según sus deseos. El más reciente, después de haber recorrido los museos, los monumentos principales, los teatros, me dijo: ¡Ahora deseo conocer un poco la bohemia, esa alegre bohemia del barrio Latino!

—Señor mío—le dije—, esa no existe.

—¿Cómo, no existe? ¿Y Rodolfo y Mimí?

—Difuntos.

—Pero usted ha hablado, hace algunos años, de bohemia del barrio Latino en La Nación.

—¡Sí, hace doce años! Las cosas han cambiado. De todas maneras, para que usted se convenza, iremos a verlo.

Y fuimos esa misma noche.

Comenzamos por visitar los clásicos cafés D'Harcourt, Vachette, Soufflet. Unos cuantos caballeros particulares, solos o en compañía de más o menos elegantes damas o damiselas.

—¿Y los estudiantes?

—Esos son los estudiantes.

—¿Y esa gravedad?

—Los estudiantes actuales son graves, gravísimos. Han leído todos los libros y tienen la carne triste.

—¿Y los gorros tradicionales?

—Suelen llevarlos los que no son estudiantes. Fijáos. Esos jóvenes bien vestidos trascienden a bulevar, y no al de Saint-Michel. Son vividores y arribistas. Juegan a las carreras y se mezclan en las pequeñas políticas. El antiguo estudiante, desinteresado, jovial, buen muchacho, lírico o cancanista, ha desaparecido. Y entre las filas de los nuevos, no es raro encontrar el candidato a la correccional, el sospechoso galán que aquí tiene un nombre ictiológico, y hasta el futuro cliente de los presidios. Mi querido señor Murger es ya tan viejo como Villon, y las Mimís de hoy conocen Saint-Lazare por repetidas visitas.

Fuimos a comer a la taverne del Pantheon.

Las mesas estaban casi todas ocupadas, bajo el plafond en donde triunfa la apoteosis de Verlaine. ¡Del pobre Verlaine! Nos sentamos y pedimos el menu, que, como en los grandes restaurants, no tiene los precios marcados. Oímos que se detiene a la puerta un automóvil, y un joven, con una muy bien prendida cocota, entran y van a sentarse no lejos de nosotros. Un caballero a mi lado, con la roseta de la Legión de Honor, solo, se aplica una sustanciosa perdiz trufada, regada con un burdeos venerable. Es el actor Mounet Sully. El sommelier va de un punto a otro, apuntando los vinos. ¿El joven y su compañera, que acaban de entrar, comerán con cordon rouge? Hay un ambiente de elegancia y de alta noce que choca a mi amigo en semejante lugar. ¿Pero no es este un centro de estudiantes?

—Es este un centro de estudiantes. No estamos en el café de París; estamos en la taverne del Pantheon. Pero el estudiante de hoy, rico o vividor, viene en automóvil, tiene una querida de lujo y come con cordon rouge. ¿No os parece que se pierde en las lejanías de un tiempo tan fabuloso como el de Homero, la figura de Schaunard, de Colline, de Marcel, y «la influencia del azul en las artes?...» Sí, amigo mío; todo eso es un pasado ensueño. Y al estudiante actual que le preguntáseis si ha leído la novela cara al maestro Puccini, os respondería sin vacilar: ¡Connais pas!

Asterismo

Rue Champollion, en el cabaret llamado Les Noctambules. Es un lugar exactamente igual a sus congéneres de Montmartre, Lune rousse, Quat'-z'-arts, o des Arts. ¡Cuánto tiempo hace que no asistía yo a una de estas típicas reuniones! La primera vez, allá, cerca de Butte, fué un deslumbramiento y un encanto para mi juventud soñadora y ansiosa de las cosas de París, por tanto tiempo deseadas. Los cabarets me parecían templos de poesía, las queridas de esteta, diosas o princesas prerrafaelistas; y los cantores melenudos aedas maravillosos.

Al entrar a Les Noctambules evoqué mis sensaciones pasadas. Era un medio igual a los antaño conocidos. Una sala un tanto estrecha en donde en sendas sillas se aprieta un auditorio heteróclito. En los muros, retratos de artistas y cuadritos de caricaturistas conocidos y desconocidos. Un piano cerca de la entrada y una tarima adonde suben los cancionistas a llenar su número.

Las sillas están todas ocupadas, y, con dificultad, en un rincón, logramos que se nos coloquen dos desde donde podemos presenciar la función, el desfile de personajes. Los mozos circulan, llevando a los consumidores el indispensable bock, o cerezas en aguardiente. Hay en la concurrencia tipos de todas clases. Unos parecen burgueses con sus esposas e hijas; otros, estudiantes y pintores, u hombres de letras y sus correspondientes alegres mujeres. Para hacerme recordar más las antiguas noches montmartresas, he ahí que se me acerca vendiendo programas el enano Auguste, el enano velazquezco del cabaret de Quat'-z'-arts, el tantas veces retratado por el lápiz de Leandre.

El cabaret Les Noctambules fué fundado hace unos cuantos años por Marcel Legay, a iniciativa de Martial Royer. Ya antes, sin resultado, se había intentado hacer algo semejante en el café Procope y en el Voltaire. Legay publicó un lírico manifiesto dirigido a messieurs les étudiants, y el cabaret se fundó, con buena suerte que le dura hasta hoy. Los artistas son los mismos que en Montmartre. Todas las noches tienen que pasar el río para ir a cantar su canción.

Boyer anuncia que «nuestro querido compañero Maurice Merall va a ocupar la atención del público», y aparece un señor que dice más bien que canta, acompañado por el pianista, unos cuantos couplets escatológicos sobre los malos tratamientos a los negros en las colonias de África. Cada grosería es aplaudida por los hombres y sonreída por las mujeres. Tras el último aplauso, se anuncia a M. George Gerad, llamado Bernardini, «antiguo bandido corso». Este señor, de tipo en efecto corso, pero no de bandido sino de hortera, canta y canta mal:

Je suis Bernardini le fameux bandit corse
qui sème la terreur, l'effroi dans le canton;
ma figure est farouche et mon aspect féroce,
le monde m'obéit comme un chien le bâton.

Y la gente ríe y celebra eso. Luego llega Lemercier, a quien han retratado como una Marioneta y canta su canción de las legumbres; una tontería. Luego llega Paul Marinier a quien se le pueden perdonar muchas cosas por haber escrito lindas canciones, como «Au clair de la lune» y otras. Este cancionero tiene la figura de un criollo, con su rostro un tanto moreno y sus grandes bigotes negros. Acaba su tarea, se le aplaude con un ban, y sube a la tarima un M. Charles Fallot, que, en verdad, merece su apellido.

«Nacido en Pekín, de padre inglés y madre china. Ha servido a la Francia cinco años en la Legión extranjera. Casado en Inglaterra con una holandesa, nacida de padre español y madre noruega». En una palabra, un chansonnier bien parisien. El chansonnier bien parisien canta:

L'étoile d'amour
j'oublierai...
j'ai rêvé de l'aimer
la petite Église
aimer!
Asterismo

Un conocido, Gabriel Montoya, poeta de verdad, de quien próximamente dará la Comedie Française Le baiser de Phédre. Me fué presentado hace años por Carrillo. Habla bastante el español. Es doctor en Medicina, y ha sido médico de uno de los vapores de la Compañía Transatlántica, por algún tiempo. Su biógrafo funambulesco dice que «courut en morticole les dos hémisphères, contracta la fièvre jaune à Cuba, vendit du café à Haïti, perça part en part dans un duel a mort un huissier nègre à Port-au-Prince et regagna Paris». Montoya es personalmente muy simpático. Aparece. Tenoriza con cierta gallardía meridional, y se va. A las damas gustan sus canciones de amor, canciones llenas de sentimiento y de romanticismo. Vale más.

He aquí a Marcel Legay, con su gran cabellera. También poeta, de los pocos poetas perdidos entre esas boîtes. Pobre y buen autor, de la raza solar. Ya está viejo y cansado: mas aún vibra su fuerte y sonora voz:

Écoute o mon coeur, écoute la harpe
du vent de chez mon pays d'Artois,
c'est un très vieux air, des bords de la Scarpe
qui chante aujourd'hui tout comme autre fois.

«J'ai écrit—dice el poema—j'ai écrit cette chanson pour mon pays, en voyant passer une hirondelle».

Legay canta y llena la sala con su voz. Los concurrentes sienten un grato soplo de verdadera poesía, después de las inepcias de actualidad que han expuesto varios bufones. Y tras Legay viene el príncipe de la canción por sufragio público. Xavier Privas, gran comedor y bebedor delante del Eterno... femenino. Canta su Ronde des heures. Él mismo se acompaña, y su cabeza sobresale del piano como una cabeza de pipa. Sus ojos son vivos; su cabeza devastada, su voz expresiva.

En algunas ocasiones se representan revistas en que toma parte el enano. Y ese es el cabaret por excelencia, el cabaret del Barrio latino, el cabaret de los estudiantes. Allá, siguiendo el boul'Miche, allá lejos, está Bullier, el baile famoso que también ha degenerado. Allí se bailó en buenas épocas el cancán alegre de antaño, el cancán que bailaron las grisetas y las diosas de Offenbach. El cancán pasó. Luego se bailó la quadrille, con el enceguecedor chaut. Luego la danza negra, el cake-walk, que pasó también. Ahora se contorsiona la gente con la matchicha.

Mi amigo está desolado.