Con motivo del famoso gallo, Le Temps, de París, habló recientemente de una obra estrenada en Madrid hace algún tiempo, y en la cual los personajes son animales. Se refiere a El caballero Lobo, del Sr. Linares Rivas, notable ingenio de esta Corte que tomó la antera a M. Rostand, años después, sin embargo, de anunciada la pieza francesa tan cacareada.
Los trabajos teatrales en que aparecen animales en la escena, tienen antecesores en el teatro clásico castellano, si no en el francés, puesto que el curioso autor de las 36 Situations dramatiques puede escribir hoy: «Allons, il ne me vint pas une mauvaise idée lorsqu'en 1900 j'ouvris la carrière dramatique aux personnages du vieux «Roman du Renart». Depuis mille ans, mil n'y songeait. Quelle cohue aujourd'hui!...» En efecto, M. George Polti hizo aparecer en el Mercure du France de 15 de agosto de 1905 una obra titulada Compère le Renard, acompañada de una carta al director del Mercure M. Vallette, en la que decía entre otras cosas: «Los diarios anuncian que M. Edmond Rostand va a poner en escena «Chantecler» el gallo y otros animales del Roman du Renart. Alaban con emulación su idea original, que será, según anuncian, el «punto de mira de la curiosidad parisiense este invierno». Esto me decide a publicar Compère le Renard, escrito por mí «desde 1909», época en que lo leí a algunos amigos, como pueden atestiguarlo desde luego, M. Louis Wéber, caballero de la Legión de Honor, redactor de la Revue Philosophique, de la Revue Métaphysique y del mismo Mercure, M. Henri Lasvingnes, el traductor de Stirner, y un hermano Julien Polti, miembro del Jurado de la Société Nationale des Beaux Arts. Después de la lectura de mi pieza—en la cual figuran, como pueden verse, junto a Goupil, «Chantecler» el gallo, el perro, Morhou, Noble el león, Insengrin el lobo, Beaucent el jabalí, Bellyn el carnero, etc., he enviado copias al Odeón al Gran Guignol, al Théâtre Antoine, a Cluny, al Chatelet, como pueden demostrarlo, a más de los registros de esos teatros, las cartas que me han dirigido rehusando en la forma ordinaria y después de lectura, supongo».
Monsieur Polti, quería, pues, dejar establecida su prioridad. Él se había decidido a escribir una comedia de animales, basada en el viejo Roman du Renard, inducido, según cuenta en otra parte, por el teatro de Gozzi. Y va un antecesor. El autor del Compère le Renard, cuya erudición en asuntos de teatro es conocidísima, pensó seguramente también en Aristófanes, y en la comedia china Tao-sse, Las transmigraciones de Yo-Théou adaptada del chino al francés, por M. León Charpentier. En esta pieza figuran y hablan diablos con cabeza de buey, de mono, de ratón, de pato; un ternero y el mismo Yo-Théou en forma de burro. Y otro antecesor.
Mas en el teatro español, que M. Polti ha demostrado conocer en ocasiones, hubiera podido recordar los ejemplos que señalaré luego.
Si no en la escena hablan ya muy donosamente las bestias en el libro de Calila e Dimna, cuyos orígenes orientales con tanta documentación ha explicado en un sabio estudio el famoso don Pascual de Gayangos. Calila e Dimna no es otra cosa que las fábulas de Pilpay, el poeta de la India. Pilpay o Bidpay y Esopo, son los primeros que ponen talento y discurso a la humana, en los animales. Cierto es que ambas cosas posee en la narración bíblica la Serpiente del Paraíso, y después la pollina de Balaam; y que Júpiter, bajo aspectos de irracionales, hizo muchas de sus mitológicas hazañas. En las fabulaciones y poemas orientales los animales suelen hablar como personas, como se puede ver en los mismos cuentos de las Mil y una noches, los cuales se asemejan a los apólogos de Calila e Dimna, en la manera de trabar el final de un sucedido con el comienzo de otro.
Después del libro de Calila e Dimna, del Arcipreste de Hita y de algunos otros pocos escritores se encuentra algo notable respecto a la inteligencia de los animales en la Antoniana Margarita, del filósofo Gómez Pereira, de quien se ha desmostrado tomara Descartes algunas ideas y hasta el famoso Pienso, luego soy. Respecto al alma de los animales, para defender a Descartes de plagio, escribía en su tiempo Bailler, su biógrafo: «Muchos han creído que Descartes había tomado del libro de Gómez Pereira la famosa opinión del alma de las bestias. Mas hay una gran razón para dudar que Descartes haya jamás oído hablar de este Pereira; que su obra (hoy muy rara), haya ido a parar a manos de un hombre tan poco curioso de libros y de leer como nuestro filósofo. Esto quita toda duda en el asunto, pues Descartes no vió el libro de Pereira hasta un año después de la publicación de sus Meditaciones Metafísicas». Sin embargo, otros autores continuaron sosteniendo ser Pereira el primero que afirmara la idea cartesiana de que las bestias no son otra cosa que máquinas vivientes. Raimundo Lulio había dicho a su manera: De la sensitiva: La «sensitiva» es, la potencia con la cual el animal siente lo sensible; es a saber: lo sensible, oíble, etc.; y tiene esencial y natural «bondad, grandeza», etc.; y tiene seis sentidos particulares: la vista, oído, gusto, tacto, olfato y habla, en los cuales está diversificada. «Es cierto que él abarca asimismo al hombre o como gráficamente le designa, «animal hombrificante».
A propósito de la «sensitiva», doña Olivo Sabuco de Nantes, ilustre virago, que sabía mucho para su tiempo, entre las muchas cosas que dice de los animales inteligentes, manifiesta en uno de sus diálogos: «... Pues quiero contar de otros animales, para que veáis cuánto obran los afectos de la sensitiva para vivir o morir. Plinio dice que un pescado langosta teme tanto al pulpo, que en viéndose cerca de él muere. Y si el congrio ve cerca de sí la langosta, hace lo mismo. Y cuenta el mismo Plinio del delfín que es muy amigo de la conversación del hombre, y que uno de ellos tomó amistad y conversación con un niño que vivía cerca de un lugar marítimo, de manera que muchas veces llegaba el niño a la ribera del mar y lo llamaba por este nombre, Simón, y luego venía, y el niño le daba pedazos de pan y otras muchas cosas; el delfín se ponía de manera que el niño subía encima, y lo llevaba y paseaba por la mar, y lo volvía a tierra. Continuando, pues, esta conversación y amistad, dióle una enfermedad al niño, de que murió. El delfín, viniendo un día y otro al puesto donde ejercitaba su amistad, como no acudía el niño, siempre lo veían en aquel lugar, gimiendo en semejanza de lloro, hasta tanto que allí mismo lo hallaron muerto. Cuenta también Eliano...» Y así prosigue la sabia narrando sucedidos de animales, a punto de que se advierte lo fácil de encontrar argumentos a lo Chantecler sin necesidad de meditaciones en un corral de Cambo. Todo autorizado por Eliano, o por ese delicioso gran embustero de Plinio, que habría hecho el encanto del Ursus de Víctor Hugo.
Hay que recordar asimismo al célebre doctor Juan Huarte de San Juan en su Examen de ingenios, en el capítulo «Donde se prueba que del alma vegetativa, sensitiva y racional son sabias, sin ser enseñadas de nadie, teniendo el temperamento conveniente que piden sus obras». Allí, con apoyos de Hipócrates, de Platón, de Galeno, se anticipa a los Maeterlink, Heara, Gourmont y demás contemporáneos que se han ocupado en bestias y bestezuelas.
Mas, pasemos a lo concreto de este artículo, que son los animales en el teatro.
Cervantes, por su alto nombre, podría pedir primacía diciendo que sus perros dialogan como gentes; y que Cipión y Berganza, acortando los parlamentos, y presentados en coloquio a la manera, como se hacen las cosas en la Porte-Saint-Martin, serían tan aceptables como el can que hace Jean Coquelin, si no más discretos e ingeniosos, y en una prosa que bien vale los alejandrinos rostanescos. Es el caso que hablan los perros. Y como dice el final: «El acabar el coloquio al licenciado, y el despertar el alférez, fué todo a un tiempo, y el licenciado dijo: Aunque este coloquio sea fingido, y nunca haya pasado, paréceme que está tan bien compuesto que puede el señor alférez pasar adelante con el segundo. Con este parecer, respondió el alférez, me animaré y dispondré a escribirle, sin ponerme más en disputas con vuesa merced, si hablaron los perros, o no. A lo que dijo el licenciado: señor alférez, no volvamos más a esa disputa; yo alcanzo el artificio del coloquio y la invención, y basta: vámonos al Espolón a recrear los ojos del cuerpo, pues ya he recreado los del entendimiento. Vamos en buen hora, dijo el alférez, y con esto se fueron».
Mas el gran Calderón aparece con piezas representables que con la mise en scène actual serían de gran efecto. No solamente pone en las tablas monstruos mitológicos como sirenas, sátiros, etc., sino que, cual en el Chantecler, animales. Las «memorias de las apariencias», acotaciones o indicaciones escénicas, tan profusas que ni D'Annunzio mismo las pone ahora, son verdaderamente notables. Para la loa que abre la comedia Fieras afemína amor, y en la que los dramatis personae son el águila, el fénix, el pavón, o pavo real, los doce signos, los doce meses, y músicos, explica el autor, en una acotación cómo se representó. Calcúlese lo que se hizo con los recursos escénicos de entonces y lo que se haría ahora. «Fundóse el pórtico del teatro de orden compuesta, entre cuatro columnas de bien imitada piedra lázuli, cuyas cañas estaban adornadas a trechos de resaltados bollos de oro, y en su correspondencia dorados sus capiteles y sus basas, con que siguiendo el orden, corría la cornisa enriquecida a partes de los mismos bollos, mascarones y cornucopias. En ellas descansaban unas volutas, de quien pendían varios festones, que dando vuelta a los modillones, recibían el cerramiento del frontis, de quien era clave una medalla de relieve, guarnecida de hojas de laurel, con cuatro mascarones y otros adornos que la dividían en igual compartimiento. Dentro della estaba un caballo, cuya velocidad enfrenaba galán joven, no sin algunas señas de Mercurio, dios del ingenio, así en el caduceo, como en las plumas del capacete y los talares: geroglífico del que osadamente vano intenta sofrenar al vulgo. A los lados del pórtico, entre coluna y coluna, estaban en sus nichos dos estatuas, al parecer de bronce, que haciendo viso al héroe de la fábula, halagando una a un león y otra a un tigre, significaban el valor y la osadía. Todo este frontispicio cerraba una cortina, en cuyo primer término, robustamente airoso, se veía Hércules, la clava en la mano, la piel al hombro, y a las plantas monstruosas fieras, como despojos de sus ya vencidas luchas; pero no tan vencidas que no volase sobre él en el segundo término Cupido flechando el dardo, que en el asunto de la fiesta había de ser desdoro de sus triunfos. Bien desde luego lo explicaba la inscripción, cuando en rotulados rasgos que partían entre los dos el aire, decía a un lado el castellano mote: Fieras afemína amor, y al otro el latino Omnia Vincit amor. Lo demás del campo que restaba a la cortina ocupaban pendientes festones de trofeos de guerra, que enlazados los unos de otros orlaban todo el lienzo, sin perdonar pequeño espacio, que no llenase de hermosa variedad la arquitectura en sus diseños y la pintura en sus dibujos. En habiendo logrado la vista por breve rato ambos primores, empezó a lograr los suyos el oído, primero en sonoras chirimías, y después en templados instrumentos, a cuyo compás, desde lo más alto del frontis, por detrás de la medalla empezó a descubrirse, hecha un ascua de oro, un águila condal con imperial corona, sobre cuyas batidas alas venía una ninfa, que rompiendo la cortina, sin romperla, dió principio a la loa, como en voz de El Águila (cantando)».
Ya veremos en otro artículo cómo cantan y hablan las aves y demás animales parlantes de Calderón, tres siglos antes que los de Rostand.