A cada paso se dice: El hombre va conquistando la Naturaleza, dominando las cosas y los elementos. El hombre realiza el milagro. El hombre es como los semidioses de los fabulosos tiempos paganos. Pero a cada paso las fuerzas ocultas se vengan, o el demonio llamado casualidad hace su obra.
Al hombre que trabaja en el centro de la tierra, los malos gnomos del grisú le fulminan, u otros le aplastan cuando menos lo piensa. A Newton el enemigo le quema los papeles. A cien aeronautas les echa abajo la ráfaga. A cien penetradores del infinito les lanza a la locura. A Curie le aplasta un camión. Y a quien ha logrado navegar debajo de las olas tiene en su contra las sorpresas del abismo, como el que navega sobre ellas tiene las sorpresas de la tempestad.
Cuando se construyó el primer submarino, después de la novelesca invención de Verne, todo el mundo creyó conquistado el seno hondo del océano, como cuando ha volado el primer aviador todo el mundo ha creído conquistado el imperio del viento. En efecto, han sido conquistas, pero conquistas llenas de traiciones. A cada paso surge la catástrofe, a cada instante se impone la fatalidad. El hombre es el dominador del elemento, pero no es un rey absoluto. Vuela, pero no es ave; se hunde y va entre las aguas, pero no es pez. Sus grandes pájaros mecánicos se vienen a tierra y le dan la muerte; se repite constantemente el mito de Icaro. Sus enormes peces de metal nadan como ciegos, y de pronto cualquier obstáculo o cualquier deficiencia les deja en lo hondo del mar, de donde son sacados cuando hay buena suerte, como enormes ataúdes llenos de podredumbre.
Tal ha sido el caso del Pluviôse, que, como otros submarinos anteriores, se ha sumergido con todos los marinos que llevaba en su seno, los cuales han tenido la más horrible de las muertes.
Imprudencia primero de quien ordenara ejercicios de submersión en una rada como la de Calais, de continuo surcada por tantos barcos, entre los cuales, y principalmente, el correo de Inglaterra; desventura después, que no viese el comandante del barco causante del desastre, sino muy tarde, emerger ante su vista el asta señaladora del submarino, por lo cual, aun cuando diera la orden de «máquina atrás», ya no fué posible evitar el choque. Insuficiencia, por otra parte, de medios visuales o preventivos en el peligroso cachalote metálico. No existe, pues, todavía, tal como Julio Verne lo concibiera, el maravilloso Nautilus. La desgracia acaecida a Francia la ha sufrido ya Inglaterra y recientemente el Japón. Por cierto que en esta última circunstancia se vió el sin igual heroísmo de uno de los oficiales que perecieron, quien sintiendo poco a poco llegar la muerte, escribió excusas, recomendaciones e impresiones a sus jefes, hasta que la pluma se le cayó de la mano a causa de la asfixia.
Y en Francia no es la primera vez que horroriza un caso semejante, pues antes del Pluviôse, el Lutin se convirtió también en un gran féretro de acero. Y lo más desconsolador es que poseyendo barcos semejantes, no haya aparatos que con prontitud y seguridad puedan ponerlos a flote en caso de una paralización o de un irremediable hundimiento. No han inventado aún algo como una gran mano o pinza de acero que coja la concha hundida, como se coge un crustáceo, y la ponga en condiciones de salvamento.
Ni siquiera medios para, en medio de la angustia, poder salir de su prisión de acero los tripulantes, y así llegar a la superficie y librarse de morir sin siquiera en la agonía de su encierro tener una sola esperanza de liberación.
Grandísimos trabajos ha costado el poder sacar del fondo, mal encadenado, al Pluviôse, después de más de quince días de permanecer en el fondo del mar a una profundidad de más de veinte metros.
Han laborado buzos marineros con verdadera heroicidad y toda Francia ha estado fija en ellos. Almirantes y altos dignatarios del ministerio de Marina han estado incansables presenciando la dolorosa y dificultosa tarea. Varias veces las cadenas se rompieron; pero venció por fin la constancia. Y pudo verse fuera del agua el desventurado submarino.
Calais de duelo es en estos momentos una ciudad trágica. Se ha logrado abrir la caparazón del submarino y se ha comenzado a extraer los cuerpos ya inconocibles y putrefactos de las víctimas.
Y lo doloroso es lo que cuentan los periodistas de los coros enlutados de las familias sollozantes, que van al depósito de cadáveres y no pueden sino con gran dificultad reconocer a sus deudos en esos macabros despojos que realizan visiones de pesadilla en un relente de morgue. Cada vez que aparece un cuerpo extraído del casco, «todos los hombres—dice un testigo—se descubren y una cortina de marineros alineados disimula, a los privilegiados que tienen acceso al muelle, el horror del espectáculo.
»En seguida se deposita el cadáver en la barca sanitaria que está al lado del submarino, se le cubre con una espesa tela y se le lleva al depósito mortuorio. Durante los dos o tres minutos que eso ha durado, el trabajo se ha detenido. Todos, marineros, contramaestres, oficiales, están inmóviles gorra o birrete en la mano. Monsieur Cherón, el subsecretario de Marina, presente sobre el submarino, contempla, descubierto, el fúnebre desfile. Los cinco o seis marineros de guardia sobre el Ventôse, ese hermano gemelo del Pluviôse, que está allí y que ha erigido en su popa, en signo de duelo fraternal, una simple cruz de madera, se han alineado como en la parada, y, sobre el muelle, los oficiales saludan, los gendarmes rinden los honores, los concurrentes se quitan el sombrero. Todos esos gestos son imprevistos y espontáneos. Es conmovedor y grande, porque es sencillo.
»Ninguna pompa oficial, ninguna música, ninguna actitud intercepta la emoción. No hay sino hombres que, saludando a la muerte, afirman oscuramente su solidaridad». ¡Pero las madres, las esposas, las hijas, los hijos! ¡Los velos negros por los oficiales, y las cofias enlutadas por los marineros!
»Porque el dolor se agranda y se multiplica en tantas pobres gentes al considerar los crueles instantes de desesperación y de agonía que han precedido al acabamiento, al soplo final, por más que los médicos aseguren que no han sufrido «mucho tiempo» los que perecieron en el vientre de su barco herido. Y todos han pensado lo que han debido padecer los infelices tripulantes, desde que se tuvo noticia del suceso, explicado, mejor que en los largos artículos de la Prensa, en la lacónica declaración profesional del capitán Salomón, comandante del Pas de Calais, barco causante del desastre. Leed: «El jueves 26 de mayo, partida de Calais, a la una y treinta y seis, con 289 pasajeros, mala, 269 sacos postales, equipajes, mensajerías, viento del NE., 5, mar agitada. A la una y cuarenta y ocho veo, al mismo tiempo que uno de mis hombres de la serviola, Imbert Simón, a 20 metros más o menos de la entrada, un asta vertical que se alzaba, aproximadamente, un metro el agua. Imbert me señala: «Un palo de boya de red, ¡recto adelante!», mientras que habiendo yo reconocido el períscopo de un submarino, doy completamente a derecha y completamente atrás, más o menos tres segundos antes de que se produzca un choque. Esta colisión se produjo después de que habíamos recorrido, en la dirección Norte, 67,0, verdadera, del extremo de los diques de Calais, una distancia de dos millas, deducido del número de vueltas de máquina.
»Suben a la superficie pedazos de madera y me hacen desde luego suponer que he abordado una épave. Habiendo parado, hice examinar por el segundo mi timón delantero, averiado, y las ruedas; cuando cuatro o cinco minutos después del choque, emerge, a 500 metros más o menos, detrás de nosotros, la delantera de un sumergible. Hago atrás, y me acerco lo más ligero que me permite mi timón averiado; echo un bote en el momento propicio y maniobro para quedar a proximidad, con la esperanza de fijar un cable. Hago izar una señal de llamada a los remolcadores. Entretanto nuestro buque se acerca al sumergible; no tiene tiempo de amarrar su cable; el sumergible se hunde súbitamente. Apenas nuestro maestro de equipaje pudo dar algunos golpes que no tuvieron respuesta. La delantera del navío náufrago había estado fuera del agua de ocho a diez minutos.
»Hago en seguida tomar medidas que señalen lo mejor posible la posición de la épave. Los remolcadores llamados por señales llegan con el bote de salvamento. Siendo ya inútil mi presencia, vuelvo a Calais y me acerco al puesto número 3 a las dos y treinta y uno.
»Trasbordé malas y pasajeros al segundo servicio. Entré en cala seca en la misma tarde y asequé la mañana siguiente, 27 de mayo, a las ocho.
»Comprobamos de una manera sumaria entonces las averías siguientes: timón delantero, roto; mecha del timón delantero, torcida; rueda, rota; palastro de bordeada a babor, torcido». El submarino ha sido encontrado bien averiado. Se ha comprobado que los desventurados hicieron todos los esfuerzos posibles para ascender, para ponerse a flote. Algunos estaban en sus puestos, con las manos crispadas en volantes y aparatos. Y hiela el alma y el cuerpo el imaginarse la sensación de horror que han de haber experimentado al convencerse de la imposibilidad del logro de sus esfuerzos y la convicción de que iban a perecer irremediablemente. Por salvarse abrieron una compuerta y el agua penetró entonces, abreviándoles, sin embargo, su áspera agonía.
Y Francia ¡maldita la guerra! tiene más de cincuenta submarinos semejantes al Lutin y al Pluviôse, cuyos tripulantes posiblemente deben ser todos neurasténicos.
FIN