Cuando acaba de ascender en la carrera, y el gobierno de S. M. C. acaba de condecorarle, un nuevo libro de poesías viene a demostrar que el peso del uniforme no impide el vuelo. Indico a Amado Nervo.
Ese hombre dulce, de cabeza cristiana, porta una espada decorativa. En nada se opone a la normalidad de las cosas que quien ha nacido para monje concluya sus pacíficos días en el noble y ceremonioso cargo de introductor de embajadores, y sustituyan a los ágapes conventuales los áulicos banquetes y al untoso «benedictine» el toast bien recortado.
Aunque Amado Nervo es mejicano, nada en él encontraréis de azteca. ¿Os he dicho ya que se parece a Jesucristo? Mas ahora caigo en la cuenta de que os estoy hablando del Amado Nervo que yo he conocido hace algunos años en París, y cuyo busto, plasmado por el escultor Nava, su compatriota, figuró en uno de los salones. Sí, aquel Nervo tenía ciertamente una cara israelita y un aire nazareno. El de hoy, mutilado, pues estirpó su bella barba característica y apartó su amable aire de ensueño, es el que corresponde a las atenciones del protocolo y al diario contacto con su jefe, el notario mundano y distinguido señor de Beistegui, el mismo que regaló, si no me equivoco, al Museo del Louvre, de París, una famosa colección numismática.
En París pasamos juntos días de ilusión y de alegría, pimentados con el poco de locura y capricho que los bizarros años y el medio nos exigían. Allí tuvimos ciertas relaciones extraordinarias, ciertos amigos fantásticos, entre ellos el pintor Henry de Groux, loco o genio; pero, desde luego, un tipo desconcertante; el cual nos fué presentado por otro personaje prodigioso, músico y ocultista, que tenía unas hijas encantadoras y nos leía unos alucinantes comentarios del Apocalipsis... Nervo ha hablado en alguno de sus libros, aunque someramente, de esos días incomprensibles. Nuestro contagio se extendió por el Barrio latino, adonde fuimos a perturbar la calma de unos cuantos pintores y escultores, compatriotas de Nervo y pensionados por su gobierno.
¡Oh!, en diez años, ¡cómo ha cambiado el escenario y la corriente de nuestras vidas!
Yo he admirado en Nervo siempre su amor de belleza, su culto misterioso de idealidad. El simbolismo influyó mucho en él. Después, libre su personalidad lírica, fué por todas partes en vuelo y en armonía. Tras largas complicaciones estéticas, ha llegado a uno de los puntos más difíciles y más elevados del alpinismo poético, a la planicie de la sencillez, que se encuentra entre picos muy altos y abismos muy profundos. Por todo esto, pues, sabéis ya, que Amado Nervo tiene mi amistad y mi admiración.
Desde Perlas negras, desde Místicas, obras suyas primigenias, simpaticé con su suave ideología y con su culta sentimentalidad. Oí sus misas—misas rezadas—con fraternal devoción. Y al llegar a la República Argentina tuve el placer de ser el primero en dar a conocer a mis amigos intelectuales a aquel hermano que hacía cosas muy bellas en la tierra de Moctezuma.
Desde la publicación de sus primeros libros hasta el que acaba de aparecer, En voz baja, la evolución de Nervo ha sido variada, pero siguiendo siempre un solo rumbo. Ha sido un admirable sincero y por eso mismo es un admirable poeta. Luego, tiene una individualidad. Es de esos poetas privilegiados que ponen algo inconfundible en lo que producen. Para quien conozca su obra, una poesía de Nervo no necesita la firma. Además, es un poeta aristocrático, en el sentido original de la palabra. Su música es di camera. Ha cantado casi siempre «en voz baja». Condición excepcional esta en la sonante España y en nuestras Américas españolas, donde hay cada Stentor indígena y capa hombre-orquesta que ensordecen las ágoras. Así, de la risa diríase que no se oye en la producción de este lírico. A él se le ve sonreir, y, como de su tiempo, esa sonrisa es triste. Además él nos dirá en un dístico:
El poeta verdadero vive de su propia meditación y la persecución de lo absoluto es causa de inenarrables angustias. Hay que hacerse un alma de notario o de sportsman para librarse de las malas consecuencias que traen las incursiones y exploraciones dentro del propio espíritu. La diplomacia también es bastante para el caso.
Nervo, entre sus primeros libros y el que está recién salido de la imprenta, ha convidado a los amadores de bellas flores artísticas, a la visión de muy bellos Jardines, decorados con los primores de su fantasía, y en donde cantan pájaros de encanto, exquisitas estrofas. También ha dado, en prosa, narraciones enigmáticas, entre ciencia y sueño: y ha demostrado un filosófico humor en páginas sencillas y excelentes.
Nervo está en una edad que en Francia le colocaría entre los muy jóvenes academizables; pero que en Italia le condenaría a ser devorado por los futuristas del poeta Marinetti. Es célibe. Hombre tranquilidad, de orden, con instintos de coleccionista y ciertos gustos de abad. Ha sido pronto y justamente ascendido en la carrera que hoy sigue, probando que, como decía alguien, los poetas, además de los versos, hacen tan bien, o mejor que los otros hombres, lo que éstos hacen.
Mas bueno será que os halaguen ya algunos sones del ideal instrumento que con tanto arte y sutil elegancia toca este músico singular.
En voz baja se compone de cuatro partes: la primera, que da el título a la colección: La sombra del ala, Un libro amable y Del éxodo y las flores del camino. El poeta dedica el volumen a su madre:
A una hermana espiritual expresa su deseo de poner en su obra,
Hay prosas y versos, diríamos en este caso recordando a Flaubert, que quisiéramos estrechar contra nuestro corazón. Nervo no es de los incontenibles; es de los concentradores, de los de calidad. Creo que el poema de más extensión que ha escrito es La Hermana Agua. El resto de su producción se cristaliza en gemas o se diluye en reducidos elixires.
Aquí ya da una delicada nota de intimidad amorosa a una «cabecita rubia, nido de amor, rizado y sedeño»; o de otra dirá:
Sus intimismos no tienen relación con los de otros poetas, como Rodenbach, por ejemplo. Su Vieja llave, hecha de manera tan moderna—¡y tan antigua!—es de una gracia melancólicamente doméstica y siendo tan personal, encuentra en el lector un eco de canción conocida y de algo sentido por uno mismo. Son las reminiscencias de las casas de los primeros años, saudades de tiempos ya lejanos que con su recuerdo traen al alma una vaga y sutil ternura. Y es algo criollo, algo americano y mansamente señorial al mismo tiempo.
Esto es delicioso, sencillo y fino. No puede haber expresión más transparente y simple. De más decir que al autor de tales versos se le señala y clasifica entre los llamados modernistas.
En Hojeando estampas viejas el lírico tiene la imprecisa sensación de una vida anterior, heroica y amorosa. En Ruego pide a un âme soeur, como dicen los franceses, piedad y suavidad: en Til qu'en songe becqueriza a su modo.
Expresa extraños sentires que le hacen dudar de si aun existe en este mundo. O recuerdos indefinidos:
Los alegres compadres protestan y se escandalizan. Es demasiada tristeza... ¿Qué les pasa a los poetas jóvenes de hoy, a los de la pasada y de la actual generación? ¿No hay cosas risueñas que contar?
Y los inenarrables de siempre.—¡Cómo! ¡Un poeta americano que sigue las huellas de tales o cuales desconsolados europeos! ¿Y vuestros ríos que parecen mares? ¿Y vuestros bosques, y vuestros lagos, y la fecunda zona que el sol enamorado circunscribe? ¿Y los libertadores? ¿Y el oprobioso yugo y el león de España? ¿Y la virtud de vuestras matronas? ¿Y la Patria, por fin? ¿Y la Patria?
Muchas más interrogaciones hay que dejan estupefactos a los cisnes, bajo la sombra, no siquiera de Bonhomet, sino del convencido e inmortal farmacéutico. No, dicen los buenos gustadores, no hagamos caso de esas preguntas. En este bello breviario, una desolada y encanecida Bella del bosque durmiente, dice lo irreparable. Hay «languideza» en versos fatigados. ¿Quién dirá que no es hermosamente valiente y castizo ese romance que empieza:
¿Y que no hay remembranzas de la pasada pasión, y cosas que habrían complacido a René y a Olimpio? ¡Un romántico! Sí. Nervo es un romántico. Un romántico del siglo XX. Esto no sienta mal, porque ya sabéis la opinión de Stendhal sobre el particular. Él se declaró romántico. Y, además, era cónsul.
Saludemos, pues, a la señorita a quien en ese libro se le expresa:
A lo cual agrega el poeta fatal haciéndose el viejo:—¡No tanto, amigo mío, no tanto!
Toda esa nonchalance impera en la primera parte del volumen. Cánticos discretos, breves en su mayor parte, a la sordina, «en voz baja».
«La sombra del ala» debía estar bajo la invocación de Montaigne. Es un conjunto de variaciones sobre el «Que-sais-je?» eterno.
Mas, ya todos sabemos que el poeta puede cambiar con el instante, siendo su sucesión de impresiones y sensaciones a veces tan variadas como la naturaleza misma. De este modo, no causa extrañeza el paso de algunas horas sonrientes y de algunos momentos optimistas. Aprobad, pues, que por éstas, por aquellas razones diga el cantor en veces ¡está bien! Y pues llega «papá Enero», estos versos:
Él vive la vida europea. Mas de pronto le asaltan los recuerdos de su tierra. Madrigaliza a una niña de dieciséis años. A su amigo el ex embajador Casasús, noble poeta, escríbele clásicamente:
Y rima otras galanas palabras y casa otras lindas ideas, con una innegable maestría.
«El éxodo y las flores del camino» es la parte de verso de un libro en verso y prosa publicado con ese título. Es un corto reisebilder. Notas de viaje, líricamente expuestas y rimadas, es su Parcours du rêve au souvenir; ¡pero bastante lejos de Montesquiou-Fézensac!—Irlanda, Londres, Bretaña; y París, y mujeres, y artistas; y otra vez París, y Flandes; y Lucerna, y Bohemia; e Italia y París; y mujeres; y arte; ¡y París y París!
¿Te acuerdas, mi querido colega, de aquella joven parisiense que en una comida de amigos, en su casa, te cantó unos versos hechos por ella, tan triste y tan dulcemente, versos de adiós? ¿Y que poco tiempo después se murió?... Aquella era una de tantas ilusiones de París. Ahora me he acordado de ella.