Los poetas de Asturias, esto es, los poetas que escriben en asturiano y los que escriben o escribieron en castellano, son poetas castellanos o españoles. Los dialectales hablan la lengua del terruño, expresan el alma popular, tienen un noble abolengo que se arraiga en un recóndito pasado. Tal pensaba leyendo, en la playa cantábrica, la antología de Caveda y Canella Secades, y en algunos periódicos locales, poesías de los poetas que cantan ahora.
Es el lenguaje armonioso y sonoro como la antigua fabla, con la cual tiene más que semejanzas. No sin razón la tenía en tanto precio aquel gran asturiano que se llamó don Gaspar Melchor de Jovellanos, que escribió una notable instrucción para la formación de un Diccionario bable, que puede leerse en la colección de sus obras, publicadas e inéditas, de la biblioteca de Rivadeneyra.
En la antología que he citado hay poesías de autores de pasados tiempos y cantares anónimos, de esos que en todas partes brotan del corazón popular y circulan de boca en boca, sin que se sepa quién los compuso.
Don Antonio González Reguera fué un discreto y muy gracioso rimador de Asturias, que nació a principios del siglo XVII, y del cual se conservan algunas producciones. El romance que trata del pleito entre Oviedo y Mérida sobre la posesión de las cenizas de Santa Eulalia, es muy gentil y de un sabor de época verdaderamente propio. Es la poesía más en dialecto asturiano que se conoce:
Es la antigua voz de este pueblo. Supongo que la habréis comprendido los que podéis leer a Berceo y a Segura; si no, vaya en obsequio a los asturianos del Río de la Plata que me leen.
Del mismo autor de ese romance se conservan algunas composiciones de asuntos clásicos, hechas de manera burlesca, como fué uso entre ciertos humanistas de buen humor.
Así Dido y Eneas y Hero y Leandro. Solamente que algunos copiantes desfiguraron los versos originales, según dice el canónigo Posada, «ora por los que no entienden el bable, o ya por escrupulosos y timoratos, que los castraron de palabras y expresiones menos decentes y sustituyeron en su lugar otras y hasta octavas enteras». Temblemos pensando en cómo hubiera quedado la obra del Arcipreste de Hita si otros copiantes le aplican semejante castración. No obstante, en lo que queda de González Reguera, las sales y picantes no faltan. Así en Hero y Leandro hay octavas como ésta:
Hay un don Francisco Bernaldo de Quirós y Benavides, de quien se tienen pocos datos biográficos, pero del cual se sabe que «perteneció a la noble Casa de Quirós después que don Francisco Bernaldo de Quirós, décimoquinto descendiente del fundador, casó con doña Jerónima Bernaldo de Quirós y Benavides, llevando los sucesores desde entonces este último apellido a continuación del de Quirós». Del don Francisco poeta es un romance que califican los antólogos de «precioso romance jocoserio, acabado modelo descriptivo, donde compiten a porfía el fácil poeta y el consumado jinete». Vale decir que nos las habremos con un antiguo sportsman:
Para comprender ciertas alusiones son precisas notas, y además os haré gracia de más copia, puesto que no estáis como yo en este buen suelo asturiano, en donde hay tan gallardas muchachas que hablan su viejo dialecto, y alegres gaitas, y mar soberbio, y sidra que hay que saber «espalmar», como lo hacen los joviales visitantes que vienen a merendar al amor del azul y de la marina espuma. No os hablaré, pues, sino de paso, de los viejos cantores, como cierto impagable don Antonio Baldivares y Argüelles, festivo—¡todos festivos!—y de quien se cuenta que fué «de carácter alegre, jovialísimo y propenso a bromas y ejercicios divertidos, demostrando un buen humor que no abandonó hasta los últimos momentos». O del latinista don Bruno Fernández Cepeda, también regocijado, con todo y ser dómine, o por lo mismo, y que dice en uno de sus romances:
O bien doña Josefa Jovellanos, hermana del famoso don Gaspar, y la cual, aunque grave y devota, como que se metió monja, no demuestra en sus versos sino un natural risueño y poco dado a melancolías. Y luego don José Caveda, varón sabio que sentimentalizó en tales o cuales versos, sin que abandone la tradición jocosa del país; y los anónimos, en fin, como el autor del poema La Judith, o los de tantos cantares como éstos:
Y los que dicen la historia de Maruxiña, la historia eterna de todas partes:
Y algunos de muy ingenua y práctica filosofía popular:
Actualmente hay varios tocadores de lira que lo hacen con bastante bizarría y donaire, tales Bernardo Acevedo, y un cierto Marcos del Forniello, y, sobre todo, un famoso Pepín Quevedo, orgullo de estos contornos. Todos ellos sostienen las tradicionales maneras de humorismo y de gracia, y Pepín Quevedo—apellido obliga—es el aeda representativo de tan envidiable ecuanimidad. De él hace un su colega el más halagador retrato en unos versos que, entre otras cosas, dicen:
Y como habrá que citaros algo de Pepín Quevedo que garantice la fama de su buen humor y de sus sales poéticas, he aquí algunos de los que él llama Cantares estropiaos.
Y vayan todas estas cosas, como he dicho antes, para los asturianos del Río de la Plata, que encontrarán en ellas el eco de su Cantábrico, la sonrisa de sus hermosas mujeres y el perfume del oro claro e hirviente de la sidra.