“El doctor es un triple necio: Es un necio de nacimiento á quien treinta años de estudio han puesto mas necio todavia; no le faltaba mas que un ápice de ambicion para perder el poco sentido comun que el trabajo le ha dejado. Se conoce la locura de que padece este infeliz que no vé mas allá de sus narices. Estúpido admirador del pasado, su ideal es la vieja Europa; no vé nada mas bello que esas sociedades decrepitas, donde la tradicion romana ó el despotismo de la administracion ahoga toda independencia y toda vida. El sábio Smith, la gloria de veinte academias desconocidas, es uno de esos tembladores que el dia de la creacion, habria gritado: “Deteneos, mi Dios; vais á descomponer el Caos!” Se parece á esos conductores de los caminos de hierro que dan la espalda al tren que los arrastra. No vé, no admira si no lo que huye y desaparece en la sombra del pasado; no siente que detras de él se levanta un sol y un mundo nuevo: el reinado del individuo, el triunfo de la libertad. Que semejante momia se quede en su gabinete de curiosidades y reciba la adoracion de los papanatas, nosotros no iremos á molestarlo allí; pero á la gran luz de la vida pública, ¿qué harán esos ojos estinguidos, esa boca muda, ese brazo inútil? Lo que necesita nuestra jóven y gloriosa república, son hombres de nuestra época, banqueros que hagan avanzar la civilizacion creando dia á dia nuevas empresas y acciones, oradores que nos guien hácia los destinos magníficos que el porvenir nos reserva. Dejemos á los muertos sepultar á los muertos; vengan á nosotros los corazones que se abren á todas las grandes aspiraciones sociales, las cabezas que se ajitan con las cuestiones palpitantes de la actualidad. Que los bobos y los flojos voten por sus viejos ídolos, nuestros candidatos son los hombres que la Europa nos envidia, el hábil y jeneroso banquero Little, el elocuente y célebre abogado Fox!”

“Mañana la voz del pueblo, saliendo del escrutinio, como el trueno que sale de la nube, proclamará por toda la América la victoria de los elejidos de la Democracia: Viva Little, viva Fox!”

—Bravo! dijo Humbug, estais picado doctor. Hé ahí un bello trozo; nada que ataque vuestro carácter; bromas un poco fuertes, es cierto; pero con cierto tacto, verbosidad, finura, sin hablar del estilo á la moda. El mozo que ha escrito ese trozo no es un imbécil.

—Acompañadme á la oficina del Lince, dije á mi vez; y vereis como un triple nécio cachetea á un mozo de injénio; es una leccion que necesita ese señor.

—¿Estais loco? esclamó el hombron levantándose de una pieza. Si otro que yo os escuchára, os harian dar una fianza de diez mil dollars ú os enviarian á la penitenciaria. ¿Nos tomais por los Pieles-Rojas? ¿Sois cristiano? En las soledades de Arkansas es donde los furiosos discuten revolver en mano; en Massachusetts no hay mas venganza que la de la ley. En un pueblo civilizado se habla mucho y se querella vivamente; pero no se asesina á un rival, ni tampoco se bate uno con él.

—Salvajes! esclamé, que no conoceis ni el punto de honor siquiera!

—Salvaje vos! repuso Humbug riendo. Verdaderamente, doctor, la picadura os pone feroz. Matar á las jentes ó hacerse matar por ellas ¿de qué puede servir eso á la causa de la justicia y de la razon? Un duelo no aprovecha sino al médico ó al sepulturero.

—¿Qué haceis entonces, señor, cuando sois cobardemente insultado por un folletinista?

—Mi querido doctor, respondió aquel candidato sin verguenza: repito en voz baja ó en alta voz un proverbio turco, cuya profunda sabiduría os recomiendo: El que se pare á tirar piedras á todos los perros que ladren tras de él, no llegará nunca al fin de su viaje. Con lo que, voy á ocuparme de mi eleccion y de la vuestra; haced otro tanto por vuestra parte; pronto olvidareis al Lince y su retórica.

Tu ne cede malis, sed contra audentior ito[28].

Adios.


CAPITULO XV.
Un recuerdo de la patria ausente.

La llegada de mi mujer y de mis hijos dulcificó mi mal humor: las noticias eran buenas. Alfredo y Enrique habian recorrido todas las asambleas, recojiendo bravos y promesas. Jenny y Susana habian visto á todas sus amigas. Doscientas señoras, las mas respetables de la ciudad, llevaban al cuello mi fotografia en un medallon: la eleccion estaba asegurada.

La alegria de nuestra modesta comida concluyó de curar mis heridas. Todos teníamos solo un corazon y un alma. Mi Jenny estaba mas animada que en el bautismo de su primojénito. He notado siempre que las mujeres son naturalmente ambiciosas; un marido jóven y bello, pero que no es nada, no tendrá nunca el arte de agradarlas largo tiempo; un marido viejo, recibirá sus mas dulces caricias si la fortuna ó la gloria corona sus cabellos blancos. Cuando al amor se une esa lejítima ambicion, la mujer se hace entonces, en toda la belleza de la palabra, nuestra verdadera mitad. Se vive, se piensa, se sueña á duo, es la felicidad perfecta en la tierra, felicidad casi desconocida en Francia, donde la moda priva á las mujeres de los gustos sérios, de las pasiones jenerosas,—felicidad comun en los Estados-Unidos, donde la opinion invita á las mujeres á tomar parte. Susana era mas ardiente que su madre: era mi sangre! no hablaba sino de mi eleccion. Es cierto que ella habia hecho de Alfredo uno de mis mas grandes electores; ocuparse de mí, era ocuparse de él.

A la noche tuvo lugar una nueva demostracion electoral. Todos los bomberos, de gran parada y llevando cada uno una antorcha en la mano, desfilaron bajo nuestras ventanas, con música á la cabeza. Los jóvenes de la ciudad vestidos con uniformes y trajes diversos, los acompañaban con largas varas coronadas de linternas. En medio de aquel cortejo, un inmenso estandarte con un transparente iluminado mostraba á la multitud absorta dos especies de diablo negros saliendo de las llamas con dos rollos blancos. El nombre de Green y de Smith, escrito debajo de las figuras, daba un sentido humano á aquella escena infernal, que aplaudian á su paso. La mujer y el niño que habiamos salvado eran conducidas en una volanta tirada por cuatro caballos blancos, y enteramente adornada con linternas é inscripciones. Era una marcha triunfal, una procesion digna de los bellos dias de Eleusis. De todas partes estallaban los gritos, los bravos, y algunas veces tambien ciertos gruñidos, ahogados inmediatamente por los hurrahs. La oposicion estaba vencida y derrotada por la belleza de nuestras invenciones. Era difícil que Little tratára de rivalizar con nuestras maravillas. ¿Qué podia pasear por las calles? ¿Accionistas arruinados? No se seduce á un pueblo con ese espectáculo de todos los dias.

A las diez, Jenny nos leyó la Biblia. Habiamos quedado en el quinto capítulo de Daniel, es decir, en la historia del rey Baltazar, y de la mano vengadora que escribió sobre la muralla la sentencia de muerte: Mané, Thecel, Pharés. Era para Marta una bella ocasion de profetizar; no dejó de hacerlo. De buen ó mal agrado, me comparó á Nabucodonosor y me condenó á vivir con los asnos salvajes, y á comer la yerba de los campos, como un buey, si alguna vez olvidaba que el Altísimo tiene un poder soberano sobre los hombres, y que instala sobre el trono á quien le agrada. La leccion me parecia un poco fuerte para un futuro inspector de calles; pero no hay quizá necesidad de ser rey para tener el orgullo y la insolencia de Nabucodonosor. ¿Quién sabe si los empleados de Asiria no eran mas impertinentes todavia que su magnífico soberano?

Me burlé de la sibila; sin embargo estaba conmovido con aquella candidatura, y demasiado conmovido para conciliar el sueño. Así, apenas subí á mi cuarto, cargué una pipa con escelente tabaco de Virjinia, y sentándome cerca de la ventana, traté de adormecer mis sentidos agitados.

La calle estaba desierta, y la luna iluminando con su pálida luz las casas mudas y cerradas, aumentaba el misterio y la calma de la noche: todo dormia á lo lejos; todo callaba. El único ruido que turbaba aquel silencio universal, ó mas bien dicho que lo hacia sentir mejor, era el tic tac de un cuco colocado á los costados de mi cama. Arrullado por aquel canto monótono, embotado por el humo del tabaco, dejaba correr mis ensueños, cuando de repente el reloj se anunció. El rechinar de las poleas, el jemir de las ruedas y de los correajes anunciaban que iba á dar la hora. Me levanté para admirar aquella obra maestra de la relojeria alemana. A mi llegada un gallo de madera pintado, trepado en lo mas alto del cuco, aleteó y lanzó tres gritos agudos. Debajo del gallo se abrió bruscamente una puerta, mostrándome á París, el Sena, y la casa municipal en 1830. La Fayette, con peluca rubia, frac azul y pantalon blanco, abrazaba á la vez á mi infante, un jendarme y una bandera tricolor sobre la que se leia en letras de oro: LIBERTAD, ORDEN PUBLICO. Once veces sonó el reloj, y once veces el bravo La Fayette sacudió la cabeza y movió su bandera; en seguida la puerta se cerró y el gallo galo ajitó sus alas, gritó mas desapaciblemente que nunca, y la vision desapareció.

Aquel recuerdo perdido, aquella divisa olvidada hace tanto tiempo, despertaron los sueños dorados de mi juventud. Cuánto palpitaban nuestros corazones en 1830! Pobres ignorantes, no sabiamos entonces que la libertad, como todas las queridas, aruina y traiciona á aquellos que la aman. Libertad, órden público; palabras terribles: Mane, Thecel, Pharés de los tiempos modernos! Hé ahí el enigma que, cada quince años, la esfinje de las revoluciones propone á la Francia, siempre pronta á devorar al Edipo que no adivina. Libertad, órden público, se diria que son dos enemigos inmortales, que, vencedores y vencidos á su vez, se entregan á un combate sin fin, del cual somos nosotros el premio. Llega un dia en que la libertad vence, el cielo resplandece de alegria y de esperanza, pero bajo la máscara de aquella divina sirena, es la anarquia la que triunfa, trayendo tras de sí la guerra civil, atacando todos los derechos, amenazando todos los intereses, haciendo retroceder de horror á un pueblo aterrado. En el dia, es el órden público lo que se instala, sable en mano: dando la paz, imponiendo el silencio, rompiendo bien pronto la valla y deslizándose por su propio peso al abismo donde cae todo poder que nada aconseja y que nada contiene. ¿De dónde nace que hace setenta años que un pueblo honrado, bravo é injenioso, no edifica sino ruinas, descontento y decepciones?

¿Cómo es que en los Estados-Unidos, donde la libertad enloquece todas las cabezas, donde nadie habla de órden público la paz interior no es perturbada jamás? En aquella democracia turbulenta, en aquella multitud entregada á si misma, sin policia y sin jendarmes, ¿porqué no hay ni tumultos ni revoluciones? La América no tiene como nosotros, cien mil funcionarios alineados en batalla, una administracion admirable que dispone todo; no tiene frente á esa organizacion compacta, un pueblo docil, ordenado, ocupado, dirijido, reglamentado, y, sin embargo, es tranquila y próspera. La libertad, garantida en su pleno ejercicio por la ley, castigada en sus escesos por la justicia, hé ahí el órden público para los Americanos. Su espíritu limitado no se ha elevado jamás hasta esa centralizacion tutelar que hace nuestra unidad y nuestra gloria. En aquel pueblo primitivo, no se ha separado la libertad del órden público, no se la ha personificado, no la han rodeado de formidables reductos y de cañones siempre cargados. Nada de administracion jerárquica, nada de policía preventiva, nada de ordenanzas, nada de funcionarios inviolables, nada de tribunales privilejiados. Nada de esa sabia mecánica, que en las naciones civilizadas rompe toda resistencia, y traba á todo individuo. La ley todo poderosa, el ciudadano dueño y responsable de sus acciones, el funcionario reducido al derecho comun, la administracion justiciable ante los tribunales, solo el juez intérprete de la ley: hé ahí todo el sistema. Es de una sencillez ridícula. No hay en aquel embrion de gobierno sino leyes y jueces, y sin embargo, la paz y la riqueza reinan por do quier. Es una estraña burla de la fortuna que nuestros grandes políticos no han conseguido esplicar todavia. ¿Cómo no se les ha probado ya á los americanos que son felices contra todas las reglas, y que deben envidiarnos nuestras revoluciones?

Me dormí con estas bellas reflexiones.

No sé cuanto tiempo hacia que descansaba, cuando me sentí bruscamente sacudido por una mano vigorosa. A mi lado, sobre mi cama, estaba un sarjento de jendarmeria. Su vista me alegró. Un jendarme! Yo estaba en Francia, volvia á encontrar á mi patria.

—Arriba, arriba, señor Lefebvre, me gritó el sarjento, con un acento gascon que apestaba á ajos desde lejos.

Miré de cerca á aquel amable mensajero; su figura no me era desconocida. Esa mirada, esa voz, esa risa sardónica,—era el terrible espiritista, Jonatas Dream, mi enemigo. Al aspecto de aquel traidor, mi gozo se cambió en terror.

—¿Quién sois? ¿Qué quereis? pregunté yo. ¿Con qué derecho entrais de noche en casa de un pacífico ciudadano?—Mi casa es mi fortaleza.

—Silencio, paisano, respondió el jendarme. No tengamos la sinrazon de razonar con la autoridad, que no razona, puesto que siempre tiene razon. Con lo que abrió su canana y sacó un rollo de papel sellado.

—Número uno, dijo: Al señor Lefebvre; á él en persona ó á quien se diga serlo. Por haber tenido la imprudencia de criticar en un papel público á la autoridad municipal, á propósito del empedrado de la calle: se le amonesta por primera vez, esperando se corrija.

—Vaya una cosa fuerte, esclamé. En lugar de advertirme, la autoridad, haria mejor en dirijirme sus escusas y cambiar el empedrado.

—Silencio, paisano, repuso el soldado. Como particular, no niego que el empedrado sea inferior: acabo de levantar dos bestias que se cayeron frente á esta puerta; pero como jendarme, declaro que vuestra queja es tan indiscreta como importuna. Si mi coronel me dijera: Sarjento, mañana será de noche á medio dia, yo responderia: Está bien, coronel, y meteria en la sala de policia al primer pilluelo que se atreviera á negarlo. La consigna dice que el empedrado es bueno; luego debe ser bueno; solo los malévolos por malicia culpable, pueden hacerse romper la nuca intencionalmente.

—Cómo, dije indignado, ¿no tengo el derecho de criticar la autoridad que no hace su deber?

—Al contrario, paisano, repuso el sarjento, quejaos; la autoridad francesa ama bastante que se la censure; pero es necesario ser político con ella. Vos no le habeis pedido permiso para criticarla. Habeis estado grosero, querido amigo.

—Amigazo, os respeto, pero raciocinais como una canana. La autoridad ha sido hecha para nosotros, supongo, y no nosotros para la autoridad.

—Error colosal, amiguito, repuso el jendarme con un aire de desprecio que me sublevó. Los que obedecen han sido hechos para los que mandan; los que mandan no han sido hechos para los que obedecen.

—Pero nosotros somos la Francia, somos el pais.

—El pais, amiguito, dijo el impasible sarjento, se compone de mariscales, jenerales, coroneles, capitanes, tenientes, prefectos, intendentes y otras casacas bordadas que yo respeto; el resto es un ato de conscriptos y de contribuyentes que debe obedecer y callarse....

—¿Sin murmurar, no es esto? conozco esa cancion. Ah! si tuviésemos justicia!

—No tendríais administracion, paisano; seríais un Iroques, como los ingleses y otros caníbales que hacen lo que quieren. No tendríais el honor de ser un civilizado y un francés.

—Número dos, continuó. Al señor Lefebvre, por haber tenido la audacia de pasear de puerta en puerta su triste persona: significacion del señor Prefecto, que lo destituye de sus funciones gratuitas de miembro de la oficina de beneficencia, esperando mejor conducta.

—Toda candidatura es libre, esclamé.

—Sin duda, respondió el jendarme, es libre; pero con la autorizacion de la autoridad.

—Número tres. Al susodicho Lefebvre, por haber distribuido ó hecho distribuir boletines electorales que llevaban su nombre, ó el de ciertos quidams, igualmente desconocidos y escandalosos: obligacion de comparecer de hoy en ocho dias hábiles, ante los señores presidente y jueces que componen el tribunal de policia correccional, para responder por el susodicho Lefebvre, al delito de distribucion de impresos no autorizados.

Cómo, ¿no puedo distribuir á mis electores el boletín que lleva mi nombre?

—Lo podeis todo, amiguito, respondió el jendarme,—con autorizacion de la autoridad. Pero, como si no convenis en ello ¿os imajinais que la autoridad protectora y tutelar ha de dejar hacer á los papanatas una tontera que dejeneraria en oposicion? ojalá fuese yo el gobierno, os encerraria debidamente, esperando mejor oportunidad!

—Número cuatro. Al susodicho Lefebvre por haberse juntado públicamente á una pandilla de quidams, reunidos en una titulada asamblea electoral; lo que constituye un club, sino es una sociedad secreta, obligacion de comparecer ante el susodicho tribunal, para verse condenar á prision en virtud del artículo 291, del Código penal, esperando otra resolucion.

—Número cinco. Al susodicho Lefebvre, por haber incitado á su hijo menor á pronunciar en el susodicho club un discurso incendiario contra la honorable y discreta persona de M. Petit, candidato de la autoridad: obligacion de comparecer ante el susodicho tribunal, como fautor, complice y ademas como civilmente responsable del susodicho delito; esperando se corrija.

—Qué ¿no tengo derecho para reunir mis electores, y no tienen ellos el derecho de saber lo que piensa su representante?

—Tienen todos los derechos, amiguito, respondió el sarjento, pero siempre con la autorizacion de la autoridad. ¡Linda cosa, seria que en una caserna dejáran á los soldados reunirse y gritar sin permiso.

—Pero nosotros no estamos en una caserna.

—A palabras necias oidos sordos, repuso el jendarme. Sin embargo, paisano, quiero condescender hasta ilustrar vuestra ignorancia profunda. Todo francés ha nacido soldado y ha sido hecho para esperar la palabra de órden. Cuanto mas mandado está, tanto mas contento se halla. Que no se altere la obediencia que hace su alegría. Si yo fuera gobierno, colgaria á todos los hablantines, esperando mejor oportunidad.

—Número seis. Al susodicho Lefebvre, por haber cubierto ó dejado cubrir las murallas con carteles insignificantes y criminales; item por haber organizado ó dejado organizar una procesion revolucionaria, y preparado una asonada inconveniente, que habria estallado á no ser las precauciones y la vijilancia de la policía, que siempre tiene abierto el ojo; obligacion de comparecer ante el susodicho tribunal; para verse y oirse condenar á las penas dictadas por la ley, esperando se corrija.

—Por favor, sarjento, esclamé, por favor, señor jendarme! soy víctima de un error. En Francia, sin duda, seré un gran culpable; pero estamos en América, soy inocente. Lo que es un crímen en Francia es un derecho en los Estados Unidos.

—Hacedme merced de vuestros favores, respondió el inflexible jendarme sacando de su bolsillo algo que parecian esposas. Como particular, no tengo el corazon insensible, me lisonjeo de ello, pero, en este momento, soy el órgano de la ley.

—Entonces la ley es una fanfarronada.

—Silencio, rebelde, basta de conversacion.

Si se les escuchára, serian todos inocentes como un recien nacido. Inocente ó no, pekin[29], sospecho que eres sospechoso, y por precaucion te apaño.

Diciendo esto, me apretó el brazo con tal fuerza que lanzé un grito de dolor. Ese grito me recordó. Gracias á Dios, era un sueño.

Encendí el gas para sacudir aquella pesadilla abominable. Horror! en el fondo de la cama descubrí la sombra de un brazo amenazante, y ese tricornio y ese pompon que hacen palidecer á los mas atrevidos.

Helado, temblándome el corazon, quedé inmóbil como un criminal que espera la sentencia de muerte. En aquel momento cantó el gallo del cuco, el gallo que hace huir á los malos espíritus de la noche; me dí vuelta hácia la pared.... y lanzé una carcajada. El brazo de que me espantaba, era el mio, ese tricornio era la sombra de mis cabellos alborotados; ese terrible pompon, en fin, era la punta de mi.... No concluiré por respeto al pudor de mis lectoras.

Apagué la luz, y volviéndome á mi cama:

—Oh jendarme, esclamé, bravo y leal soldado, corazon sencillo y jeneroso, nadie mejor que tú representa el órden público en un pueblo que no concibe la autoridad sino en uniforme, y la paz sin una espada en la mano! Espanto del mendigante y del vagabundo, remordimiento del cazador furtivo, conciencia del hostelero y del vendedor de vino, relijion y moral del paisano, brazo derecho del señor Intendente, órgano del señor Prefecto, oh jendarme! yo te respeto y te amo; pero perdona las temeridades de mi fantasia; yo quisiera que algun dia la miseria no fuera ya un crímen; quisiera que la policía no impidiera el bien que superabunda por evitar el mal, que no es mas que la escepcion; quisiera que la libertad, devuelta á todos los ciudadanos, arrojase de nuestras leyes delitos que no lo son; quisiera en fin, (¡ho ministro de la autoridad no os encojais de hombros!) quisiera que solo la justicia te impartiese órdenes, y que tu mision vengadora se redujera á perseguir á los pícaros y á encarcelar á los bandidos denunciados legalmente!

Yo sé, oh sarjento! cuanto te hará reir esta utopia americana, pero yo la lego al siglo vijésimo primero, como el pensamiento que, algun dia, inmortalizará mi nombre. Entonces pido que en mi ciudad natal, en medio de la plaza que reemplazará mi calle y mi casa, se me eleve un busto imajinario encima de una fuente sin agua, y que se grabe en ella la inscripcion siguiente:

AL SOÑADOR
QUE
EN
1862
PEDIA QUE LA JUSTICIA
SOLO TUVIERA
EL DERECHO DE ARRESTAR Á LOS CIUDADANOS
Y SOLAMENTE POR DENUNCIA LEGAL,
LA JENDARMERIA RECONOCIDA

14 DE JULIO 2089.

Y lego mi última pieza de cinco francos á la Academia de inscripciones y bellas letras, con los intereses capitalizados durante dos siglos, para que se redacte en hebreo en copto, sanscrito y siriaco, una idea, que el frances mal inclinado de nacimiento, no ha comprendido nunca, y que su idioma es impotente para espresarla: Sub lege libertas.


CAPITULO XVI.
La eleccion—El sábado.

Llegó al fin la famosa jornada del sábado 5 de Abril, que debia hacer de un parisiense de la Chausée d’Antin, un miembro de la administracion municipal de Paris en Massachusetts. A las siete de la mañana, con un tiempo espléndido, se abrieron ciento veinte escrutinios en medio de una calma solemne. A la puerta de cada oficina se veian dos largas filas de electores, que con una paciencia y una decision enteramente sajonas, esperaban el momento de ejercer su derecho soberano. Habian cesado las querellas, los enemigos de la víspera cambiaban bromas y apretones de manos. Ante la resolucion de la mayoria todos se inclinaban de antemano, reservándose tomar la revancha al año siguiente.

A medio dia se hizo el resúmen del escrutinio, la eleccion fué proclamada. Green reunió 116,735 sufrajios contra 78,622 dados á Little. Humbug obtuvo 146,327 votos, mientras que el desgraciado Fox no tuvo mas que 18,124; en fin, á pesar de algunos boletines disputados por escrutadores envidiosos, fuí nombrado por 199,999 sufrajios. Jamás inspector alguno de calles habia sido proclamado por una mayoria tan imponente. El efecto que produjo en Massachusetts fue grande, y mayor todavia en Inglaterra. Como el precio de los algodones acababa de subir, el Times declaró que los Yankees eran salvajes que no hacian elecciones sino á balazos, y sacó en conclusion que la democracia era ingobernable. El viejo Pam repitió el mismo tema en el parlamento: probó á los ingleses que eran el primer pueblo del mundo, y que, por falta de una aristocracia hereditaria, Jonatás no iba á la pretina de John Bull, verdad un poco dura, que el honrado John Bull dirijió con su modestia ordinaria, mientras votaba su mayor presupuesto.

El amable Truth fué quien me anunció mi nombramiento; sentia mucho, me dijo, no anunciar al público esta buena noticia, pero, desde la víspera habia vendido su diario á M. Eugenio Rose y se retiraba de la política.

—Haceis bien, le dije. Descansad, y largo tiempo, teneis necesidad de ello.

—Descansar no es palabra americana, me respondió con una dulce sonrisa. Jóven ó viejo, enfermo ó sano, un Yankee trabaja hasta la muerte: es el deber del hombre y del cristiano. He seguido el consejo de Humbug, he vuelto á los estudios y á los gustos de mi juventud. La iglesia congregacionalista de la calle de las Acacias me invita á ser su pastor: he aceptado. Mañana entro en las funciones.

Periodista ayer, pastor mañana, sois un hombre universal; cambias de profesion como de traje. ¿Qué sereis dentro de seis meses?

—Lo que quiera Dios, respondió el nuevo ministro. Si Humbug estuviese aqui, él que ha sido á su vez plantador en el Oeste, soldado en Méjico, abogado en Filadelfia, periodista en París, y que mañana será majistrado, os diria con una de sus citas favoritas:

Homo sum, humani nihil á me alienum puto.

Vos mismo, doctor, erais sabio el otro dia, bombero antes de ayer, candidato ayer, sois hoy dia inspector de calles; el lunes sereis médico. Me parece que cambiais de papel con bastante facilidad. Hé ahí una de las grandes virtudes de nuestro bello pais. En la vieja Europa se nace y se muere en la piel de un personaje de comedia. Toda la vida es un soldado, juez, abogado, mercader, fabricante, nunca hombre. No se tienen sino las ideas estrechas y las preocupaciones de su oficio. Aquí, la profesion poco importa, es el sobre todo que uno se pone y saca segun las ocasiones: uno es hombre ante todo y en todas partes. Ahí es donde está la raiz de esa igualdad que hace nuestra gloria y nuestra fuerza. Clay era un molinero de Kentucky, Douglas y Lincoln plantadores de Yllinois, el jeneral Banks, el muchacho de las canillas, era un enfardelador de algodon; todos han llegado á ser hombres, por que han trabajado y sufrido. El que no ha hecho ensayos con la vida no sabe lo que ella vale. La lucha contra las cosas hace la educacion de la voluntad y la sabiduria del corazon. La aristocracia producirá almas delicadas, refinadas, enfermizas; el imperio del mundo pertenece á los advenedizos. ¡El porvenir es nuestro!

—Truth, predicais á las mil maravillas. Cuando hablais siento que teneis razon; pero, cuando os habeis marchado y reuno mis recuerdos, vuestras teorias me dan miedo. Si yo tuviera la debilidad de escucharos, me hariais olvidar todo lo que mis maestros me han enseñado. No importa, mañana iremos á escucharos. Debe ser orijinal, un simple cristiano hablando á sus hermanos y esponiéndoles el Evanjelio en el lenguaje de todos los dias. No me imajino el cristianismo republicano.

Al instante que Truth se separó de mi, vinieron á buscarme para instalarme en mis nuevas funciones. Jenny, Susana, Alfredo y yo saliamos en una hermosa calesa junto con Marta, que tenia sin duda interés en vijilar mi orgullo; Enrique se puso al lado del cochero, Zambo trepó tras del coche; dos vigorosos trotones, como no se ven sino en América, nos llevaron á Montmorency, punto estremo de mi jurisdiccion. Tuvimos que detenernos mas de una vez; cada caminero estaba en su puesto, esperando al nuevo jefe; aseguré á aquellas buenas jentes mi benevolencia para con ellos, mientras mi mujer y mi hija prodigaban sus mas graciosas sonrisas. Habíamos nacido para ser príncipes. La sola cosa que me contrarió fué encontrar barreras de distancia en distancia. Reconocí en esto esa mezquindad democrática que hace pagar el servicio á los que aprovechan de él, para librar de la contríbucion á los que no hacen uso de la cosa; me prometí corregir aquel abuso, no conocido de la vieja Europa, y establecer en todas partes una igualdad triunfante. Por lo demas, este fastidio no llegaba hasta los magníficos ramos que los receptores de barreras, y los camineros ofrecian á Jenny y á Susana. El carruaje era una canasta; desaparecíamos en medio de las flores. Se nos arengaba como á reyes. Aquellas buenas jentes, que, seguramente, no sabian el hebreo, no dejaron de comparar á mi Susana con el lirio de los campos. Jenny se sonrojaba de placer, parecia una rosa esponjada. En cuanto á Marta, era una peonia; se hubiera dicho que la sangre iba á saltar de sus mejillas carmeses. Bufaba como un buey al fin del surco. ¡Oh mujeres, vuestro verdadero nombre, es vanidad! En cuanto á mi, muellemente estendido en un rincon de mi carruaje, no me dejaba embriagar por aquellos humos de la popularidad naciente; pero en mi alma, en mi conciencia, encontraba admirables los caminos; maldecia al miserable mancarron que la ante-víspera, habia tropezado en un empedrado mal conservado por camineros tan galantes.

Llegando á Montmorency, el cochero, sin haber recibido órdenes, nos llevó derecho al hotel de la Rosa, en casa de Seth, hostelero el cuácaro. Alfredo y Susana no hallaron compasion cerca de aquel amigo de la bella juventud. En lugar de tratarnos como á enamorados, nos hizo pagar doble un almuerzo demasiado malo. Reclamé; pero á su avidez natural, el hermano Seth reunia el mas insoportable de los vicios que dá la civilizacion: el pícaro era economista. Me hizo un sermon en tres partes, para demostrarme que vivir bien y barato, es la miseria de los pueblos sin comercio y sin industria, mientras que la carestia es la muestra de la civilizacion mas avanzada, la poblacion reduciendo la oferta, y la riqueza elevando la demanda. Llegará un dia en que el último de los Rothschild será el único que se encuentre en estado de pagar un huevo; ese dia marcará el apojeo de la prosperidad universal. Pagué para economizar, por lo menos tiempo y palabras. Guárdeme el cielo de discutir con esos fanáticos que no tienen mas que una idea. Conozco á los tales peregrinos. La Francia, sus arsenales, su marina, sus ejércitos, su gloria, sus derechos, todo lo entregarian al Gran Turco si él les prometiera la libertad........ de la carniceria.

Eran las cuatro cuando nuestra caravana tomó de nuevo el camino de París. Con gran sorpresa mia cerraban con barras de hierro las puertas y las ventanas de la hosteria, como si la casa estuviese de duelo. Era un modo singular de festejar la aproximacion del domingo; pero en aquel pais, hecho al reves de los demas, es prudente no asombrarse de nada. El amigo Seth venia con nosotros á la ciudad; montaba un fornido caballo, al que hacia sombra con su ancho sombrero. A su lado sobre un jumento tordo, de larga cola, trotaba Marta, erguida, derecha, severa y majestuosa como un carabinero. Eran dos batidores que marchaban delante de nosotros para anunciar á los transeuntes nuestra entrada triunfal.

Encontré al pacífico cuácaro, en la primera barrera querellándose con el receptor.

—Os digo, gritaba este último, que no pasareis sino cuando hayais pagado el derecho. Sois dos; necesito veinte y cuatro centavos y no doce.

—Amigo, respondia el hostelero, haces mal en calentarte la sangre; eso no es de un hombre racional ni de criterio. Mira tu tarifa, no me pidas mas de lo que la ley te permite exijir, de otro modo te harás culpable del crímen de concusion.

—Hé ahí la tarifa, repuso furioso el del peaje; leed vos mismo, insoportable charlatan! Ocho centavos por caballo, cuatro centavos por hombre; ¿está esto claro ó nó?

—Muy claro, dijo el cuácaro; asi tomo por testigos á estas respetables personas, que he pagado tus doce centavos.

—Y aquella mujer, dijo el receptor, señalando á Marta que trotaba adelante.

—Y bien, repuso Seth, con su imperturbable gravedad, esa mujer no es un hombre, su jumento no es un caballo, luego ella no te debe nada.

Con lo que partió al galope, dejando atónito al encargado del peaje.

—Espero, dije al receptor, que levantareis un proceso verbal contra de ese imprudente.

No, señor inspector, respondió; perderíamos nosotros. Es uno de esos pillastres astutos que haria pasar un carruaje con cuatro caballos hasta por sobre nuestras leyes, sin ser nunca multado. Tiene de su parte la letra de la tarifa.

—El espíritu de la ley lo condena, repuse; su pretension es absurda.

—Entre nosotros, señor, respondió el buen hombre, la ley no tiene espíritu. No se conoce sino el testo. Si el juez interpretára la ley, se dice, seria lejislador; el derecho y el honor de los ciudadanos no tendrian ya garantia.

—Ignorantes! esclamé. ¿No les han enseñado ni el a, b, c, de toda legislacion! Cuando hay duda en un asunto entre el fisco y un particular ¿no aprovecha la duda al fisco, que representa el interés general?

—Nunca, señor, dijo el encargado del peaje. Siempre se sentencia á favor del ciudadano. Es necesario que el señor fisco tenga dos veces razon para ganar su proceso.

—Qué hacer con semejante salvajismo? Me encojí de hombros y dí al cochero la órden de continuar su camino.

Al entrar á la ciudad creí que la habrian cambiado en mi ausencia. Las calles y las plazas estaban desiertas; tras de nosotros se estendian gruesas cadenas que impedian la circulacion. Las ventanas ofrecian un estraño espectáculo: veíanse en todos los balcones botas alineadas en batalla y presentando las zuelas á los transeuntes, si es que habia transeuntes. Siguiendo con la vista dos de aquellas botas; concluí por apercibir unas piernas humanas, despues un cuerpo caido, y en fin, un cigarro, cuyo humo azulado subia al cielo. No podia esplicarme que delito se castigaba con tan cruel suplicio; Zambo á quien interrogué diestramente, me enseñó que era el placer ó la moda. Todos los sábados á la tarde, el Yankee trata de darse una aplopejia; algunas veces llega á conseguirlo. Cuánto mas prudentes no somos nosotros, los franceses, que en nuestras salas de espectáculos no nos esponemos nunca sino á un principio de asfixia.

Una vez en casa, me entraron deseos de concluir alegremente aquel dia feliz; rogué á Susana y á Enrique que cantaran mi aire favorito: Lá ci darem la mano, del D. Juan. Susana me miró y palideció.

—¿Qué tienes? hija querida, esclamé; ¿estás enferma?

—Padre, respondió, vuestro pedido es lo que me aterra. ¿Quereis amotinar la ciudad bajo nuestras ventanas? ¿Quereis perder nuestra reputacion? ¿Olvidais que ha principiado el sábado y que nada debe turbar el reposo del Señor?

—Buen Dios, me dije, ¿á caso al transportarnos á América, el traidor de Jonathan nos habrá cambiado en judíos?—Perdon, hija mia, dije á Susana, he sufrido una distraccion; los sucesos del dia me hacen perder la memoria! Anda á buscar mi gran Hipócrates, de la biblioteca; no me disgustará hacer descansar mi cabeza leyendo un poco de griego. No hay nada mas refrescante.

Por toda respuesta, Susana se sentó sobre mis rodillas, pasó su mano por mi frente y me abrazó.

Pobre padre, dijo, ¡cuán fatigado está! Ved, mamá, ha olvidado que la noche del sábado no se lee sino la Biblia.

Decididamente, yo era judio sin saberlo. Lo que me hizo dudar un poco, fué que al abrir la Biblia de la familia, encontré en ella los Evanjelios y pude leer en San Marcos que el sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado. Esta palabra me hizo reflexionar, pero para no herir á nadie, guardé para mí mis reflexiones, y dejando á las dos mujeres sumidas en su piadosa lectura bajé al jardin.

La tarde estaba hermosa, los árboles exhalaban la frescura de su vejetacion naciente, el sol se ponia en una nube de oro: todo invitaba á soñar.

Me sentia cansado, entré en mi kiosco chino, me eché sobre el divan y encendí un cigarro. Habia á un lado una butaca rústica que no servia de nada, coloqué mis piernas en el respaldar, y me apercibí para mi verguenza de que la moda americana tenia mucho de buena.

Descansaba oculto detras de las persianas del kiosco, los ojos fijos maquinalmente en Zambo, que, en un rincon del jardin, machacaba pedazos de asperon para limpiar los cuchillos. El pobre muchacho estaba enteramente ocupado de su trabajo, cuando Marta salió de la cocina, como una araña que se lanza sobre una mosca.

—Hijo de Cham, dijo, quitándole el martillo de las manos, ¿qué haces ahí?

—Vos lo veis, señorita Marta, rompo piedras.

—Desgraciado, esclamó ella, violas el sábado! Zambo huyó con aire lastimero, pasó cerca de mi retiro suspirando; en seguida apercibiéndose de que el gato de la casa habia cojido un pericote!

—Cuidado, Pachá, le dijo resongando, si tú cazas ratas durante el sábado, te colgará Marta el lunes.

Reia todavia de la tonta figura del negro, cuando dos personas vinieron á sentarse en un banco que estaba colocado delante del kiosco, y tan cerca de mí; que no perdí una sola palabra de sus discursos. Reconocí al amable Seth, que aprovechaba la soledad, el sábado y la noche para hacer un sermon á la bella Marta.

—Querida hermana, decia con una gravedad grotesca y escuchándose cada una de sus palabras, hay tres cosas que me admiran sobre manera. La primera, es que los niños sean tan bobos que tiren piedras y palos á los árboles, con el objeto de bajar las frutas; si los niños se estuvieran quietos, llegaria dia en que las frutas caerian por si solas. Mi segunda admiracion, es que los hombres, en jeneral, y los americanos en particular, sean bastante locos y bastante malos para hacerse la guerra y matarse entre ellos; si se estuvieran quietos, todos se moririan naturalmente. La tercera y la última cosa que me admira, es que los jóvenes sean bastante irracionales para perder su tiempo corriendo tras de las muchachas con quienes quieren casarse, si se quedáran en sus casas é hiciéran fortuna, serian las jóvenes las que irán en busca de ellos. ¿Qué dices á esto Marta?

—Seth, digo que tienes la sabiduria del rey Salomon, pero que tambien tienes su vanidad.

—Marta, esclamó el cuácaro con voz enternecida, tienes tanto injenio como belleza.

—Seth, respondió Marta, siempre sofocada, tú no piensas en lo que dices.

—Y tú Marta, repuso el otro, no dices todo lo que piensas.

—Bravo! dije para mí; en América se aman. Es un modo de aprovechar el sábado, que no se me habia ocurrido. Este pueblo de mercaderes que todo lo calcula, y que no vive sino para enriquecerse, se ha condenado al descanso forzoso una noche por semana, á fin de pagar en ese dia la deuda de la juventud y del amor. Veamos como hará su declaracion Maese Seth.

Despues de mil rodeos, el cuácaro enamorado llegó á la palabra que, segun todas las apariencias, era esperada hacia mucho tiempo.

—Marta, dijo lanzando un profundo suspiro, Marta, ¿me amas?

—Seth, respondió la buena cristiana, ¿no nos está ordenado amarnos los unos á los otros?

—Si, Marta, pero lo que te pregunto, ¿es si tú sientes por mi algo de ese sentimiento particular que el mundo llama amor?

—No sé que responder, balbuceó la tímida paloma; siempre he tratado de amar igualmente á todos mis hermanos, pero, si es necesario confesártelo, Seth, á menudo cuando me he replegado sobre mi misma, he pensado que en esa afeccion jeneral, tú tomabas mucho mas de lo que te pertenece.

La confesion estaba hecha, no habia como desdecirse; oí, así lo creo, un besote que sellaba los esponsales cuando Marta lanzó de repente un grito de espanto y se trepó sobre el banco. Un perro enorme, un terra-nova, habíase lanzado bruscamente en medio del coloquio amoroso. Me levanté y apercibí en la sombra los dientes blancos de Zambo. El tunante reia á carcajadas; él era el que por vengarse de la cuácara, habia abierto la puerta de la casa y lanzado sobre Marta aquel tercero importuno, que la habia aterrado. Aunque me gustaba poco el cuácaro, no pude dejar de admirar su firmeza y su dulzura. Lejos de tener miedo del perro, le llamó y sacando de su bolsillo un pedazo de azúcar, lo ofreció al animal, que se dejó fácilmente seducir y acariciar.

—Amigo, dijo el santo varon, hablando al perro que lo miraba moviendo la cola, has venido á perturbarme en el momento mas dulce de mi vida; otro que yo te hubiera castigado, muerto ó habria tenido derecho de hacerlo; yo te haré ver la diferencia que hay entre un cuácaro y la jeneralidad de los hombres. Por toda venganza, me contentaré condarte un nombre feo.

Con lo que halagando al perro que saltaba tras de él para obtener un nuevo pedazo de azúcar, Seth condujo políticamente al animal hasta la puerta; en seguida cerrando de golpe la verja, gritó con todos sus pulmones: ¡Al perro rabioso! ¡al perro rabioso!

En un abrir y cerrar de ojos desaparecieron todas las botas de las ventanas; millares de cabezas miraban y amenazaban al enemigo; las piedras, los palos, los muebles llovian como granizo sobre el animal; un tiro lo echó por tierra antes que llegára al estremo de la calle; cayó para no levantarse mas, lanzando un aullido que repercutió en lo íntimo de mi corazon.

Furioso agarré á Seth por el cuello y lo eché fuera.

—Miserable, le dije, no sé qué me contiene de gritar: Al cuácaro rabioso! para hacerte matar como ese pobre animal.

—Amigo Daniel, respondió maese Seth recojiendo su sombrero, nos volveremos á encontrar.

Y se marchó friamente.

—Subid á vuestro cuarto, señorita, dije á Marta. ¿Qué haceis á esta hora en el jardin?

—Dios mio, señor, dijo ella sollozando, yo no hacia nada malo: buscaba un yerno para mi madre!

Me ahogaba de cólera: Ah! esclamé, cuántas jentes hay que se dicen y que quizá se creen virtuosas que obran como aquel cobarde hipócrita! Se tienen por hombres honrados y santos por que no tocan á su enemigo, pero lo hacen á un lado, dándole un feo nombre. Calumnia! calumnia! tú no eres sino la forma del asesinato en los pueblos que hacen alarde de su civilizacion: ¡Verguenza para los miserables que se sirven de esa arma envenenada, siquiera sea para matar á un pobre perro!

Fatigado de mi elocuencia solitaria, me acosté, pero no sin pensar en la triste jornada que me prometian para el dia siguiente los primeros placeres del sábado naciente: Cuánto echaba de menos la franca alegria de los domingos parisienses. Franceses, esclamé, pueblo amable y caballeresco, deja á las naciones groceras que se glorifiquen de su industria febril y de su libertad fatigante. Arroja lejos de tí á esos indómitos demócratas, á esos soñadores melancólicos, que si los escucháras, harian de tí un rival del Inglés y del Americano. Amigo del vino, de la gloria, y de las bellas, tu lote es el mejor. Deja el imperio del mundo á esos trabajadores descoloridos que toman la vida á lo sério; conserva tu incorrejible y encantadora lijereza. Diviértete, francés; has la guerra y el amor; olvida el mundo y la política; que si reflexionas, no volverás á reir.


CAPITULO XVII.
Viaje en busca de una iglesia.

Al dia siguiente, me levanté al amanecer. Un hombre público debe dar el ejemplo, y no me disgustaba hacer admirar á los Yankees el celo y la vijilancia de su nuevo edil. Mi paseo fué largo, el empedrado me pertenecia. Seguia con ojo celoso á todos esos pasantes que encajonaban el paso en hilera como los patos, y que cavaban un surco en mis veredas. La anarquía reina en la calle; cada uno vá donde quiere y como quiere: es un escándalo; no comprendo porque no se hace una ley para obligar á las jentes á caminar segun el deseo del gobierno. A la Francia, reina del órden y de la decencia, es á quien toca correjir el último abuso.

Al llegar á casa, ví á Zambo, vestido de negro como un gentleman, con chaleco, corbata, medias y guantes de reluciente blancura. Parecia una gaviota. Apenas me reconoció, corrió á mí, ajitando impaciente los brazos.

—Amo, gritó, todo el mundo está en los oficios: despachaos, se os espera.

Y me puso en la mano un gran libro forrado en zapa y cerrado con broches de plata.

—¿Las señoras están en misa? le pregunté.

—¡En misa! dijo con aire asombrado. Mi ama es cristiana!

—Imbécil! ¿acaso los católicos son turcos?

—Amo, se dice que los papistas son como los paganos de Africa; tienen sus vaudous.

—Qué cosa es un vaudou?

—Amo, es un buen diocesito que uno mismo se hace, y que no es el verdadero buen Dios.

—¿Sois bastante nécio, esclamé, para creer que los católicos adoran á un ídolo? Eso queda para vuestros salvajes del Senegal.

—Amo, dijo él abriendo tamaños ojos, los papistas rezan á estátuas; yo los he visto con ambas rodillas dobladas ante ellas.

—¿Y no habeis comprendido que lo que se invoca no son esas piedras, sinó los santos, de los cuales las estátuas son la imájen?

—No soy un sabio, amo, dijo el negro con aire contrito: pero el ministro, que sabe todo, nos ha prevenido á menudo que no hagamos lo que los papistas, que adoran ídolos.

—Oh predicadores! esclamé, en todas partes sois los mismos! Nada es mas fácil que conocer la fé católica: basta abrir un catecismo; pero el ódio no quiere ilustrarse; lo que le es necesario, es ultrajar la mas grande comunion del globo. Continuad esa obra abominable, digna de vuestro padre, el diablo. No seremos nosotros, los católicos, nosotros vuestras víctimas, los que hagamos uso para vosotros de esas represalias terribles de la calumnia. La verdad nos basta. Todos saben que Lutero y Calvino son dos pícaros que, por ambicion y codicia, han perdido al espíritu humano, embriagándolo de orgullo y de libertad. La mentira ha enjendrado la reforma; la reforma ha enjendrado la filosofia; la filosofia ha enjendrado la revolucion; la revolucion ha enjendrado la anarquía; la anarquía ha enjendrado............

—Amo, dijo Zambo, incapaz de comprender mi santa cólera; si los papistas son cristianos, tanto mejor, me alegro de ello.

—¿Por qué tanto mejor?

—Porque Jesucristo murió por todos aquellos que lo invocan; él salvará á los papistas así como á los otros cristianos.

—Zambo, amigo mio, le dije con un desden supremo por tanta sencillez, vos no sereis teólogo jamás. Id á vuestra iglesia: no os retengo. ¿Dónde están las señoras?

—Mi ama, respondió, está en la iglesia episcopal[30] con toda la gran sociedad de la ciudad. La señorita está en el templo de los presbyterianos.

—¿Con su hermano, sin duda?

—No, amo, con el hijo de M. Rose. M. Enrique está en la iglesia de los baptistas.

—Muy bien, dije lanzando un suspiro; y vos, Zambo, vais sin duda á juntaros á Marta?

—No, no, amo, esclamó: la señorita Marta es tunkeriana, yo, soy metodista. Nosotros, los pobres negros, que los blancos rechazan de sus templos, nosotros somos todos de la misma relijion.

—Comprendo, teneis una iglesia negra y un cristianismo de color. Id, amigo mio, y orad al Cristo á vuestro modo. En medio de esas sectas enemigas que se arrebatan los jirones del Evanjelio, el Señor reconocerá á los suyos. Mientras que Zambo se alejaba á grandes pasos, yo caminaba lentamente, con la cabeza agachada. El descubrimiento que acababa de hacer me aterraba. Mi casa, mi refujio en todos los sufrimientos, no era sino una Babel,—la madriguera de todas las herejías. El marido católico, la esposa anglicana, la hija presbiteriana, el hijo baptista, la sirvienta cuácara, el doméstico metodista; cada uno con una fé diferente y esperanzas contrarias! ¡Qué confusion! ¡Qué anarquía! ¡Tenia el infierno en mi hogar! Y sin embargo, Jenny me amaba con pasion, los niños no estaban contentos sinó á nuestro lado, la servidumbre me respetaba: yo no veia á mi alrededor sinó semblantes contentos y plácidos. Cada uno leia la Biblia á su modo, cada uno tenia su símbolo particular, y apesar de esto nadie reñia. En ninguna parte la unidad, en todo el amor, y la concordia. Era un desmentido dado á las ideas de mi infancia, un misterio que confundia mi razon.

—No, me dije, no consentiré ese desorden moral. Hay ahí una paz mentida; esas flores me ocultan el abismo. Si esto continúa, estoy perdido. En mi casa, ó todos piensan como yo, ó se callan; necesito la uniformidad. No importa que yo sea un cristiano mediocre; soy católico, en cuerpo y alma, en la Iglesia, en el Estado, en la familia no debe reinar sino una sola ley, una sola voluntad. Si es necesario, emplearé rigores saludables; atemorizaré á mi mujer, amenazaré á mis hijos, espulsaré á los sirvientes; sacrificaré todo por imponer la obediencia ó el silencio. Soy Francés, ¡viva la unidad!

En medio de aquellas sabias reflexiones pasaba el tiempo. Daban las diez cuando entré á la calle de las Acacias. Era una inmensa via que, en majestad y en lonjitud, no le iba en zaga á la calle de Rivoli, con esta diferencia que, de cien en cien pasos, un monumento griego, bisantino ó gótico elevaba altivamente hácia el cielo su campanario ó su cruz. En un pais donde cada uno se hace su relijion, es natural tropezar á cada paso con una iglesia.

No era fácil reconocerse en aquel dédalo. Me dirijí á una buena mujer que caminaba cerca de mi, con su libro en la mano; la rogué me indicára el templo de los congregacionalistas.

—Nada mas fácil, querido señor, respondió la vieja con una amable sonrisa. Es un poco lejos, pero con mis indicaciones llegareis sin trabajo. No hagais caso de las iglesias que estan á vuestra izquierda; el templo de los congregacionalistas está á vuestra derecha. Contad los campanarios, no podeis equivocaros. La primera iglesia, añadió, con la volubilidad de una mujer que recorre su rosario, la primera iglesia es San Pablo, la capilla católica; la segunda, el convento de las Ursulinas; la tercera, la iglesia episcopal; la cuarta, el convento de capuchinas; la quinta pertenece á los baptistas, la sesta á los Holandeses reformados; la sétima á los luteranos; la octava á los negros metodistas; la novena es la sinagoga judia; la décima es el templo chino. Vedla allí con su doble techo, y sus campanillitas. Una vez allí, no tendreis mas que descender; encontrareis los memnonitas; despues de los memnonitas, los Alemanes reformados, despues de los Alemanes reformados, los amigos ó cuácaros, despues de los cuácaros los presbiterianos; despues de los presbiterianos, los moravos, despues de los moravos los blancos metodistas; despues de los blancos metodistas; los unitarios, despues de los unitarios los unionistas; despues de los unionistas, los tunkerianos. Contad en seguida cuatro iglesias la que se intitula por exelencia de los cristianos, en seguida la iglesia libre, despues la de Swedenborg, y en fin, la de los universalistas; tendreis por todo veinte y tres templos ó capillas; el vijésimo cuarto monumento, que poco mas ó menos está á la mitad de la calle, es la iglesia congregacionalista.

Despues de haberme recitado esta retahila sin tomar aliento, la hada me hizo una graciosa reverencia y continuó su camino.

—Pardiez! me dije, si el diablo perdiera su relijion (supongo que en el infierno tienen alguna razon para creer en Dios) la encontraria en esta calle. Hé ahí un pais donde el ministerio de cultos no debe ser una prebenda! En Francia, donde el Estado no tiene mas que cuatro relijiones (no cuento la Arjelia), la administracion tiene algunas veces sus horas dificiles; pero aquí ¿cómo se hará para repartir el presupuesto y poner en paz á treinta Iglesias, que cada una tira por su lado, y que sin duda, se celan y se escomulgan cristianamente? Es este un problema que no me encargo de resolver. Viva la España! hé ahí un pueblo fiel á la tradicion y que ha conservado los verdaderos principios! El pais es un damero donde cada cosa tiene su casilla, donde el cuerpo y el alma son igual y uniformemente administrados. Gracias al matrimonio de la Iglesia y del estado, todo es fácil. Se tiene un obispo lo mismo que se tiene un prefecto, un cura lo mismo que se tiene un intendente; los funcionarios espirituales ó temporales tienen su puesto señalado en los mismos cuadros y marchan al mismo paso. Nacimiento, bautismo, educacion, comunion, conscripcion, confesion, impuestos, prensa, defuncion, entierro, todo se dá la mano. La iglesia es la autoridad, la autoridad es la iglesia. Se excomulga á los desertores y á los periodistas, se condena á galeras á los heréticos. El pueblo, ese eterno niño, es conducido de grado ó por fuerza, y sin que él se entrometa, al punto que le han escojido, sin consultarlo. Policia admirable que hacia la felicidad de la cristiandad antes que el abominable Lutero hubiese desencadenado al mismo tiempo la libertad relijiosa y la libertad civil, doble peste de la que el mundo no se curará? Desde que se ha dejado á los hombres el cuidado de su alma y de su vida, no hay ya ni relijion ni gobierno.

Llegué al convento de las Ursulinas, y entré. Encontrar de nuevo el culto de mi pais, era aproximarme á la Francia de la que me alejaba un hado celoso. La iglesia es otra patria; por lo menos, el destierro no nos espulsa de ella.

La capilla era pequeña, pero estaba ricamente decorada. En el fondo del santuario, bajo un palio de paño rojo bordado de oro, una madona de mármol tenia al niño Jesus en sus brazos, y lo miraba con la ternura inefable de una Vírjen que acaba de dar á luz al Salvador. Plantas raras, flores desconocidas, manojos de lilas blancas rodeaban el altar que resplandecia de luces. El órgano dejaba correr sus vagas armonías; el incienso se elevaba en nubes atravesadas por un rayo de sol, mientras que detrás de una reja, cubierta por una cortina, las relijiosas y las niñas cantaban con voz dulce y lenta: Inviolata, integra et casta est Maria. En un instante, y como en un sueño, volví á ver mi juventud que habia huido, mis amigos que habian desaparecido; cai de rodillas, y lloré. No, no es idolatría la relijion que llega al corazon por los sentidos: ¿porqué, pues, nuestro cuerpo no ha de servir al Señor lo mismo que nuestra alma?

Salí del convento y entré á algunos pasos de allí en la iglesia episcopal. Era la misa católica, menos bien dicha y peor cantada. A la hora de la plática, un ministro subió á una larga tribuna; tenia bajo el brazo un gran cuaderno que colocó delante de él y comenzó á hojearlo lentamente. Era un manuscrito de sermones para todos los domingos y todas las fiestas del año. Cuando el predicador hubo encontrado el discurso que buscaba, se puso sus espejuelos y en tono monótono comenzó su lectura, en medio de la profunda atencion de la asamblea. La que habia escojido, era la eterna encarnacion y la consubstanciacion del Verbo, uno de esos misterios que desafian la intelijencia humana, y ante los cuales los fieles tienen que inclinarse. Pero, nada espanta la audacia de un teólogo; con un testo, una definicion y dos silojismos, convertiria á San Pablo y suprimiria la fé.

A juzgar por el silencio que reinaba, el auditorio estaba edificado. Jenny tenia los ojos fijos en el lector y no perdia una palabra. Se hubiera dicho que comprendia hasta las citas latinas, griegas y aun hebraicas, de que la disertacion estaba rellena; no creia que la escolástica tuviese tantos encantos. Yo me marché despues del primer punto; tengo horror á esas discusiones estériles. Si se me quisiera demostrar lo que es indemostrable, me harian escéptico. Acepto el misterio; el me rodea por todas partes. En la naturaleza como en mi alma, siento el infinito que me invade, pero mi razon me dice que puedo sentirlo y no conocerlo, yo que no soy sino un átomo perdido en la inmensidad. Yo no veo la mano que me sostiene, y que sostiene tambien los mundos; me abandono á ella y la adoro. Para darse á nosotros, Dios no nos dice que lo comprendamos, nos pide que lo amemos. Pasando por delante de los Metodistas pensé en Zambo y entré por curiosidad. La reunion era numerosa y estaba bastante animada. Las negras, cubiertas de oro y de alhajas, ostentaban en los bancos la inmensa anchura de su velámen y los torbellinos de sus miriñaques; los negros cantaban con voz justa y quejumbrosa, alabando á Dios con todo el ardor de los corazones amantes. El ministro, un negro de elevada estatura y de figura respetable, tomó la palabra y pronunció un sermon que me instruyó y me conmovió. Donde habia recibido aquel negro la educacion teolójica, lo ignoro; era un antiguo esclavo, que la bondad de Dios, decia, habia rescatado de una servidumbre menos dura y menos vergonzosa que la del pecado; pero aquel esclavo habia sufrido y reflexionado: era un hombre! La vida le habia enseñado lo que no se aprende en la escuela; su lenguaje enérjico y familiar iba recto al corazon. Apercibíase uno de ello en los estremecimientos del auditorio.

Al comenzar, hizo el elojio del metodismo, relijion bendecida del Señor, decía, á juzgar por las conquistas que hacía cada dia. Enumeró estensamente el número de fieles y las riquezas de las iglesias. Cuatro millones de comulgantes, doce mil pastores, diez y seis mil templos, setenta y tres millones de propiedades, tal era el fruto de un celo que no se dormia. A la vieja Europa, que somete la Iglesia al Estado y la tiene en perpetua minoridad, él opuso la jóven América, que deja á los cristianos asi el cuidado de su culto como el de su conciencia. La libertad, decia, cuando está santificada por la relijion, hace milagros que el viejo mundo, enterrado en sus preocupaciones, no verá nunca. La Inglaterra, tan orgullosa de su opulencia, corrompe sus obispos, rodeándolos de un lujo pagano, y degrada á sus vicarios condenándolos á una miseria sin dignidad, mientras que en las Iglesias vivas de los Estados-Unidos, la jenerosa piedad de los fieles rodea de bienestar y de respeto á un ministro que todo lo debe á su grey. Un príncipe se cree un nuevo Constantino cuando por casualidad elije y dota una capilla: solo los metodistas del Norte han construido cuatrocientas cincuenta iglesias en el año de 1860. Los pobres negros de la calle de las Acacias tratan mejor á su capellan que lo que lo hacen los reyes de Occidente.

—Pero, continuó con una mezcla de agudeza y de injenuidad, ese ministro, tan bien rentado, debe pagar á los negros, que lo han elejido, una deuda que los capellanes de los príncipes no siempre chancelan. Esa deuda, es la verdad. Oid lo que la verdad me obliga á deciros. El negro tiene el corazon fácil y la mano liberal; eso es bueno, eso es cristiano, pero algunas veces lleva tan lejos su jenerosidad, que pone en peligro su alma. Nunca, direis vosotros, hemos oido semejante cosa. Se nos repite que el cristiano espone su alma cuando cede á la avaricia, cuando se abandona á la codicia; pero, ¿quién ha enseñado nunca que el hombre se pierde por exeso de jenerosidad? Hermanos mios, yo os diré cual es esa libertad pérfida; es la misma que poneis en práctica en la iglesia en el momento en que escuchais el sermon.

Si yo condenase la cólera ó la coqueteria, la borrachera ó la licencia ¿guardaria cada uno de vosotros para sí esta leccion? ¿se aprovecharia de ella?—Bien, diria uno de esos hombres que se alimenta con aguardiente, reconozco ese retrato del bebedor; es de Samuel, mi primo, de quien habla el ministro. Vaya borracho, toma todo para tí. Bien, diria una de esas bellas Madianitas que, por enriquecerse con un traje nuevo, impulsa á su marido á mentir y á engañar. El ministro tiene razon de desenmascarar los vicios de mis vecinas. Tomad señorita Debora! Recojed, señora Ichabod! Todo es para vosotras, coquetas, nada es para mí. Asi es, hermanos mios, que de mis palabras vosotros no reservais nada para vosotros mismos; el primer tercio se lo dais al prójimo, el segundo á vuestros amigos, el último á vuestro marido ó á vuestra mujer. Hé ahí el modo como la enseñanza del Señor es estéril, ved como perdeis vuestra alma por exeso de generosidad. Cristo es jeneroso, pero de otra manera; es un avaro que toma todo para sí: nuestros pecados, nuestras miserias, nuestras debilidades, nuestros sufrimientos; por eso lo vemos sobre la cruz, con la cabeza inclinada, respirando apenas como un hombre agoviado de dolor.

¿Cuando, pues, hermanos mios, cuando le reclamaremos la parte del peso que nos corresponde?

¿Cuando aliviaremos de esa carga á nuestro Redentor y á nuestro amigo, á Cristo, muerto por el esclavo y por el pecador?

A este llamamiento la asamblea se arrodilló, y, en medio de las lágrimas, una formidable Aleluya! se alzó hasta el cielo. El movimiento fué admirable; me entristeció. No soy ni aristócrata ni plantador; creo que el negro no es un mono, puesto que tiene manos y que habla; pero, despues de lo que acababa de oir, comenzé á sospechar que el negro era un hombre como yo, y quizá mejor cristiano; este pensamiento me dió miedo. ¡Zambo, hermano mio! Jesu-Cristo muerto por esas cabezas crespas! era mas de lo que podia soportar mi orgullo.

—Si eso es cierto, decíame al salir, qué clase de crimen es la esclavitud! Esa guerra cívil que arruina al Sud, ¿no será el castigo con que Dios hirió á Cain?