CAPITULO XVIII.
Un chino.

Eran las once y media, Truth debia predicar á medio dia; apresuré el paso para llegar á buena hora á la asamblea congregacionalista, pero no pude resistir al deseo de visitar el templo chino. Tenia curiosidad de ver como habian acomodado el cristianismo los hijos de Confucio en un pais donde reina la anarquia relijiosa, madre de todas las demas. Una voz secreta me decia que un viejo pueblo gastado tendria mas tino y mas sabiduria que la jeneralidad de los protestantes.

Al entrar, lanzé un grito de disgusto. Estaba en una pagoda budista frente á mi, en lo alto de una plataforma, en un nicho tallado y torneado estaba un espantoso figuron de madera pintado y dorado, con las piernas cruzadas. Era Buddha, con su vientre enorme, su cabeza calva, su chichon en la frente, sus grandes orejas y sus ojos tamaños. Cierto, soy liberal y me vanaglorio de ello. Hace treinta años que estoy suscrito al Constitutionnel, y no he cambiado desde entonces ni mas ni menos que mi diario. Como el, y sin saber porque, odio al jesuita, que es el distintivo de los espíritus fuertes; pero servirse de la libertad para entronizar la idolatria, eso es demasiado! Acepto el luteranismo, el calvinismo, el judaismo y hasta el islamismo, con tal que no salga de Arjelia; pero ir mas lejos ya no es liberalismo, es paganismo. Tanto valdria volver al culto de Mithra.

En la pagoda no habia sino dos niños, dos horribles chinitos, colocados á cada lado de la plataforma. A la manera de tostadores de café, cada uno de ellos daba vueltas á un cilindro horizontal, orlado ó mas bien mechado de una multitud de papelitos. Era un culto enteramente nuevo para mi.

El ruido de mis pasos hizo salir de una celda vecina á una especie de monje. Su túnica rojiza y remendada, sus piés desnudos, su cabeza afeitada, sus ojitos torcidos, su cutis amarillo y arrugado le daban el aspecto de una vieja disfrazada de capuchino; era un bonzo. Acercóse á mi, y sin hablar me tendió un plato de madera; puse en él una limosna para librarme de aquel mendigante.

—Gracias, hermano, me dijo en escelente inglés. Que el divino Fó,[31] recompense tu caridad. Ojalá, que en la otra vida, no renazcas jamás bajo las facciones de una mujer ó de un chacal.

Y dejándome suspenso el bonzo con su singular bendicion subió al altar, sacó de un pequeño armario algunos pedazos de papel plateado ó dorado, y los quemó bajo la nariz del ídolo.

—¿Qué haceis ahí? le pregunté.

—Hermano, respondió, acabo de cambiar la moneda de diez centavos en lingotes de oro y plata, y los he ofrecido al señor de la verdad.

—Vuestros lingotes son de papel, y no valen dos ochavos.

—¿Qué importa? dijo el monje, Fó mira la intencion, no el metal.

—Ah! si nuestros ministros de hacienda fuesen Chinos! iba á esclamar; pero guardé para mi esa refleccion temeraria, y pregunté al bonzo que hacian aquellos niños, cuyo brazo era infatigable.

—Ruegan por el mundo entero, respondió. En cada uno de esos papeles está escrita la sílaba sagrada; y diciendo esto, se prosternó gritando: OM! OM! OM! Cada uno de esos cilindros lleva un millar de esas santas divisas y hace cincuenta revoluciones por minuto, tres mil por hora, setenta y dos mil de sol á sol. Son pues, ciento cuarenta y cuatro millones de oraciones, las que se elevan cada domingo de solo este templo. Durante la semana hay muchas mas, hago dar vuelta mis cilindros á el vapor; pero el domingo, en este pais de infidelidad, hasta las máquinas observan el sábado, y me veo reducido á las manos de estos niños. Me dió horror la necia credulidad de aquel idólatra.

—¿Cómo os sufren en una tierra cristiana? esclamé. Si existiera todavia la fé en Israel, haria mucho tiempo que os habrian esterminado, sacerdotes de Baal.

—Porqué no nos han de soportar, respondió el bonzo con voz tranquila; la libertad es como el sol, luce para todo el mundo. Los Americanos envian misioneros á la China ¿porqué los Chinos no han de enviar misioneros á América? Dicen que la Francia ha hecho la guerra al hijo del Cielo solo por vengar la muerte de algunos frailes legalmente asesinados por nuestros mandarines; agregan que ha restablecido en Pekin la iglesia católica cerrada tanto tiempo há; maldigo la sangre derramada por ambas partes, mi relijion tiene horror al asesinato y no conoce mas armas que la paciencia y la dulzura; pero bendigo la libertad conquistada, y pido que les haga tan buen provecho á los chinos como á los franceses.

—¿Una pagoda en los campos Eliseos?

¿Figurones oficiales?—Buen hombre, estais loco: en Paris, no necesitamos Chinos. Tenemos bastantes........ de porcelana.

—Me parece, continuó el monje con una calma ridícula, que los derechos son recíprocos. Si es bello, si es justo abrir una capilla en Pekin ¿porqué ha de ser injusto abrir una pagoda en Paris, y predicar libremente la libertad?

—Bonzo estúpido, esclamé arrebatado por un celo santo; ¿te atreves á hablar de verdad? ¿No sientes que tu doctrina es una mentira, y tu culto una idolatría? Si lo ves, eres un charlatan á quien es necesario castigar; si no lo ves,—el primer deber del Estado, es cerrarte la boca, para que con tu ignorancia no le eches á perder sus súbditos. La libertad del error, es la libertad del veneno, de la tea y del puñal; solo la verdad tiene el derecho de hablar.

—Yo creia, dijo el Chino, que en Francia y en Inglaterra habia muchas iglesias cristianas, y hasta sinagogas judias.

—Sin duda, que en Francia mismo el Estado paga todos los cultos reconocidos; porque la Francia, has de saberlo buen hombre, está á la cabeza de la civilizacion, ya se trate de libertad relijiosa como de todas las demas libertades.

—El estado, continuó el bonzo, ¿reconoce entonces tres ó cuatro verdades relijiosas que se combaten y destruyen mutuamente? Para los cristianos, por ejemplo, Jesus es un Dios: ¿qué es para los judios?

—Amigo mio, dije á aquel bárbaro, tengo lástima de tu ignorancia. Si tu pudieras comprender lo que es la verdad oficial, sabrias que ella vive de contradicciones. Es el sueño de Hegel realizado. La tésis y el antítesis se mezclan y se confunden en una sintesis admirable.

El bonzo abrió sus pequeños ojos y alzó la cabeza hácia el cielo. Era visible que las grandes concepciones de la Europa civilizada no podian entrar en aquel estrecho cérebro. Hubiera creido que habia menos distancia entre un filósofo aleman y un Chino. Reproduje mi demostracion bajo otra forma, es decir que cambié las palabras, sin inquietarme de las cosas: es el verdadero modo de adelantar una discusion.

—La verdad que proteje el Estado, dije al infiel, no tiene nada de comun con la verdad vulgar. Es una verdad grande, comprehensiva, que abraza todas las comuniones nacidas de la Biblia, nuestro libro sagrado. El judaismo, el cristianismo y hasta el islamismo son ramos de aquella relijion primitiva, tan antigua como el mundo y que tiene de su parte el número, la moral, la civilizacion. Fuera de esas Iglesias, que se dividen el universo, no hay sino idolatría y barbárie. Convertiros á cañonazos, es nuestro derecho y nuestro deber. La verdad jermina en los surcos sangrientos que abre la guerra; el Dios de los cristianos es el Dios de los ejércitos, Dominus Sabaoth!

—Tú no eres Yankee, esclamó el fanático, cuyo ojos brillaron de repente con un resplandor estraño. Te observo desde que estás aquí. En la figura del Sajon hay algo del toro y del lobo; en la tuya hay algo del mono y del perro. Tienes miedo de la libertad, hablas de lo que no sabes y haces frases. Tú eres Francés!

Y viéndome mudo de sorpresa:—¿Te atreves, dijo, á hacer del número la prueba de la verdad?—El número, le tenemos de nuestra parte. ¿Cuántos sois vosotros los católicos? Ciento treinta millones. ¿Cristianos? Trescientos millones á lo mas. Nosotros somos quinientos millones de budhistas; nuestra fé se estiende de Kamschatka hasta el mar Blanco, ella dulcifica las tribus salvajes, encanta á los Chinos y á los Japoneses, es decir, á pueblos civilizados ya, en un tiempo en que la Europa era un bosque y la América un desierto. ¿Hablas de antiguedad? Pero ¿sabes acaso que en tiempo de Alejandro el budhismo habia tenido ya sus concilios, y que las inscripciones del rey Azoka, grabadas en las rocas de la India predicaban al universo la limosna y el sacrificio? ¿No sabes que el judaismo es una reforma de la relijion alterada por los bracmanes, y que los Vedas, los libros santos de nuestros antepasados, remontan á los primeros dias del mundo?—Dejemos á un lado el número y la duracion: son quizá accidentes felices. ¿Cuál es la relijion que ha predicado primero la pobreza voluntaria, la abnegacion y la caridad? ¿Ignoras tú que Fó ha tenido quinientas cincuenta existencias, y que en cada una de esas encarnaciones se ha sacrificado? El se ha convertido en cordero para el tigre, en paloma para el halcon, en liebre para el cazador hambriento. ¿No has leido la historia de Vesavantara, dando por caridad sus hijos y su mujer? ¿No somos nosotros la única comunion que por horror al asesinato, se abstiene de la carne y de la sangre de los animales? ¿Yo, no tengo un filtro ahí para beber mi agua, á fin de economizar la vida de algun arador invisible? De vosotros los cristianos se dice, que vuestra historia relijiosa no es sino una série de querellas, de guerras y de carnicerias. Víctimas hoy dia, mañana sois verdugos. Entre nosotros, los budhistas, no hay sino mártires. En dos mil cuatrocientos años, nuestra sangre ha sido derramada mas de una vez, se nos ha espulsado de la India; pero nuestras manos se han conservado puras. No tenemos nada que borrar de nuestros anales; ¿qué relijion puede decir otro tanto?

—Vuestro Evanjelio anuncia una doctrina admirable; lo sé y no juzgo de la fé de los cristianos por su conducta. Las palabras y los sufrimientos de Cristo me han conmovido hasta lo íntimo del corazon. Pero me han criado en otras ideas: me he consagrado hace veinte años á una vida de pobreza que me sostiene y me consuela. Como vosotros, los cristianos, he conservado la fé de mis padres; como vosotros, no puedo acusar á mis abuelos ni de mentira ni de error. ¿Cuál de nosotros se engaña? ¿Cual de nosotros tiene la verdad de su parte? Lo ignoro, y no deseo sinó ilustrarme. Concluyamos con el reinado de la violencia, acabemos con la ignorancia y el desden; demos pleno curso á todas las creencias; dejemos á la razon hacer la obra que Dios le ha confiado.—A la luz del dia desaparecen todas las sombras. Abandonada á si misma, la relijion que venga de los hombres se deshará como la nieve: la que venga del Cielo se elevará como una encina y cubrirá la tierra con sus ramas. Abrid el mundo á la palabra: tengo fé en la libertad; porque tengo fé en la verdad.

—Tú no eres sino un Chino, le dije; y alejándome con un paso majestuoso, dejé á aquel miserable confundido con mi superioridad.


CAPITULO XIX.
Un sermon congregacionalista.

Cuando llegué á la asamblea, aun no habian comenzado los oficios. Nada hay tan triste como un templo protestante. Solo bancos de encina, ensambladuras que oscurecen los muros; nada de cuadros, nada de flores, nada de luces; algo descolorido y de melancólico que hiela los sentidos. Diríase que es un culto hecho para los ciegos. Me engaño, habia un adorno: era un gran carton sobre el cual estaba escrito con cifras enormes el número 129.

La iglesia estaba llena; pero de una multitud muda. Inmóvil en su asiento y absorto en su libro negro, cada fiel oraba, como si estuviera solo en el mundo con Dios. Nada de ruido, ni de sillas que se mueven: nada de ese encantador cuchicheo y esas reverencias entre las damas, que se felicitan de hacer admirar su piedad y su vestido; nada de ese desórden amable que hace que nuestras iglesias se asemejen á un salon de buena sociedad: aquello era el silencio de un bosque.

Por fin el Ministro entró. Una armonia mas suave que el suspiro del viento sobre la ola alzóse inmediatamente de todos los bancos. Hombres, mujeres, niños, todos cantaban con toda el alma, con un ardor y un ímpetu infinitos. Por vez primera, sentí, que la forma natural de la oracion, es el canto. Admirado de mi silencio, un vecino me mostró con el dedo la cifra misteriosa y me ofreció su libro de cánticos en el que estaba marcada la música. Se cantaba el salmo 129, ó mejor dicho, una imitacion cristiana de esa plegaria sublime que la Iglesia católica ha adoptado para los oficios de los muertos. Para llamarla por su nombre, era el Deprofundis, grito de esperanza y de amor, cuya costumbre nos oculta su belleza.

N’entends-tu pas mes cris au fond de cet abîme?
O mon Dieu, je meur loin de toi!
Écoute-moi, Seigneur je confesse mon crime,
Pardonne-moi! pardonne-moi!
Si d’une exacte main tu calculais l’offense,
Qui subsisterait devant toi?
Mais c’est toi qui toujours nous offre ta clémence,
Aussi je m’assure en ta foi.
Oui! je prends pour appui ta parole éternelle,
Mon âme espère ton amour;
Et je l’attends, mon Dieu! comme la sentinelle
Attend la naissance du jour.
Courage donc, mon âme! Il est là-haut un père
Qui te regarde en ta prison;
C’est lui qui d’Israêl rachète la misère,
C’est lui qui paiera ta rançon.[32]

Concluido el canto, Truth tomó la palabra.

De Maistre tiene razon en definir así al ministro protestante: Es un caballero vestido de negro que dice cosas bastante honestas; jamás hombre alguno ha tenido menos apariencia sacerdotal que mi pobre amigo. Ni traje que lo distinguiera de su grey, ni tribuna alta que le permitiera dominar el auditorio: hablaba de pié, con una familiaridad enteramente fraternal. Hubiérase dicho que exprofeso se rehusaba los recursos de la elocuencia. Esa voz que truena y que se dulcifica, ese brazo que llama la venganza ó invoca el perdon, esas manos juntas levantadas hácia el Cielo, esos ojos que buscan á Dios y se iluminan á su vista, todas esas bellezas del arte cristiano, Truth las ignoraba. Apenas movia la mano, apenas alzaba la voz, y sin embargo, habia en aquella palabra sencilla no sé que armonia que conmovia todas las fibras del corazon. Jamás ese velo del lenguaje que oculta siempre la idea, fué mas leve ni mas diáfano. No era todavia un orador lo que se oía; era un hombre y un cristiano. Según una frase banal, Truth hablaba como todo el mundo, es decir, como cada cual quiere hablar: y como nadie lo hace. Pertenece solo á las grandes almas el espresar familiarmente los grandes pensamientos. El arte, que no es mas que una imitacion, no puede ir hasta allí.

Hé aquí, poco mas ó menos cual fué su discurso. ¿Pero cómo describir el tono de aquella voz conmovida? Las palabras se hielan en el papel: son flores marchitas que pierden el color y el perfume. Ensayemos sin embargo de dar una idea de aquella enseñanza, que me hizo una impresion profunda, tanto mas, cuanto que en aquel modo libre de tratar el Evangelio habia una audacia y una novedad, que me sorprendieron y asustaron.

Juan XVIII, 37, 38.

Entónces Pilatos le dijo: “¿Conque tú eres rey?” Respondió Jesus: “Y si es como dices, yo soy Rey.” “Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad: todo aquel que es de la verdad, escucha mi voz.”—Pilatos, le dice: ¿Qué es la verdad? Y cuando esto hubo dicho, salió......

CRISTIANOS, HERMANOS MIOS:

Entre los nombres que Cristo ha tomado sobre la tierra, no hay ninguno que aparezca tan amenudo como el de Verdad. Delante de Pilatos, en la hora suprema, Jesus se declara Rey; pero de un reino que no es de este mundo, el reino de la verdad. La víspera de su muerte, en su última comida con los discípulos, les deja en adios esta gran palabra: Yo soy el camino, la verdad, y la vida. Nadie viene al Padre sino por mi[33]. En otros términos, si queremos traducir á nuestras lenguas modernas aquella forma hebraica: Yo soy la verdad viva que conduce á Dios.

La verdad viva ¿comprendeis el sentido y el alcance de esas palabras? ¿No hay muchos entre vosotros para quienes la verdad no es mas que la relacion de las cosas entre ellas, una ecuacion, una cifra, una abstraccion? No es para algunos, solo una palabra vacia de sentido, un sinónimo de la opinion que cambia y se destruye sin cesar? Cuántos son los sábios que espontáneamente dirian con Pilatos “¿Qué es la verdad? ¿La paradoja de ayer, el error de mañana?” Lo único cierto es el interés de la hora presente. Agradar al César, gozar, y no preocuparse del dia siguiente, es la suprema filosofia de las jentes que cuentan morirse enteros. No consintamos esa vuelta del escepticismo pagano. Seria condenar nuestro espíritu á la servidumbre, nuestro corazon á todas las corrupciones, á todas las cobardias. Como en los primeros dias del Evanjelio busquemos la verdad, la verdad nos emancipará[34].

Cuando la locomotora atraviesa nuestras calles arrastrando tras de ella un largo convoy, ¿por qué os haceis á un lado al oir la campana que anuncia su paso? Porque os han enseñado que esa masa que avanza os aplastaria con toda la fuerza de su peso, multiplicada por su lijereza. Hé ahí una verdad científica que para vosotros no es mas que una abstraccion. Ella se ha convertido en una conviccion enérjica que guarda y salva vuestro cuerpo. Esa conviccion es ahora parte de vosotros; ella vive como vosotros.

En esta ciudad, que se gloria de su civilizacion, hay millares de hombres que se embrutecen y se matan por la locura del alcohol. ¿Por qué hermanos mios, no os abandonais á esa pasion, mas terrible, pero menos culpable que otros vicios de que os sonrojais? Es porque sabeis que el alcohol es un veneno que no perdona. La ciencia os sirve de virtud, Hé ahí una verdad mas, fisica y moral á la vez, que una vez que ha entrado en vuestra alma, se identifica con vosotros.

¿Es esto todo? No conoceis nobles corazones para quienes la lujuria, la ambicion, la avaricia, son mas repelentes aun que la embriaguez? Preguntádselo al padre á quien han robado el honor de su hija; preguntádselo á la madre cuyo hijo ha perecido en alguna rejion lejana, preguntádselo al hombre que le disputa á la usura, la vida de su mujer y de sus hijos? Esas pobres víctimas, odian por experiencia el vicio que han sufrido; otras hay mas felices, deben á la educacion toda su ciencia. La piedad de una madre; la abnegacion del maestro, es lo que les ha inspirado el instinto que las salva. Hé ahí una verdad viva mas, verdad que confesamos por nuestros remordimientos, en el momento mismo en que rehusamos escucharla.

En nuestra república hay patriotas que resisten á los caprichos de la multitud. ¿Es esto orgullo, cálculo? No, con tal que domine, el orgullo se acomoda á todas las bajezas; el interés encuentra su conveniencia en plegarse bajo el viento. Pero una alma pura, un espíritu ilustrado vé de mas alto y de mas léjos. Hombre ó pueblo, quien dice despota, dice un amo cuyas pasiones se descadenan, y que no puede escapar á los bajos apetitos de los que lo rodean y lo engañan. Guerras criminales, gastos locos, corrupcion en lo alto, miseria é ignorancia en lo bajo, hé ahí los frutos de todo poder sin freno, el flajelo de toda fuerza que nada modera! El que esto sepa no descenderá jamás al oficio de adulador. La verdad aisla y consuela en su soledad á las almas que no pueden envilecerse.

Esas son, direis, vosotros, viejas máximas que andan por todas partes. Hace mas de veinte siglos que las enseñan en la escuela; y el mundo no anda mejor. ¿Por qué? Es que en los libros de donde se la deja, la verdad está muerta; dadle vuestro corazon, uníos á ella; y vivirá. Se hará vuestra conciencia, vuestro honor, vuestra salud. El espíritu es como el cuerpo: no se alimenta con palabras; necesita la sustancia de las cosas. Arrojar la libertad á un pueblo esclavo, es confiar á niños una arma que hará esplosion en sus manos. ¿Por qué? Porque el respeto de sí mismo y el de otro, el sentimiento del derecho, el amor de la justicia, esas condiciones esenciales de la libertad, no son artículos de ley; no se decretan. Son virtudes que el ciudadano adquiere á fuerza de paciencia y de ejercicio. Mientras que la libertad no viva en las almas, no será sino un bronce sonoro y una cimbala estrepitosa; cuando haya penetrado en nosotros hasta la médula de los huesos, ni la perfidia ni toda la furia de los tiranos podrán arrancarla.

Hay pues verdades vivas que están á la vez en el corazon y en nosotros. Ellas son las que nos ponen en relacion con la naturaleza y nuestros semejantes. Al revelarnos las leyes del mundo físico, nos lo someten; en cada hombre que piensa como nosotros, ellas nos hacen reconocer á un amigo y á un hermano. Pero esta luz que basta para guiarnos aquí abajo, no enardece nuestro corazon. Encanta nuestro espíritu, modera nuestras pasiones, ilumina y dulcifica nuestro egoismo; no dá la felicidad. El hombre tiene una sed de infinito, una impaciencia de la tierra, una necesidad de amar que la ciencia no puede satisfacer. Para procurarnos el bien por el cual nuestra alma suspira, necesitamos una nueva verdad, que nos ponga en relacion con Dios, que esté en nosotros y que esté en él. Esa verdad, que no puede ser sino Dios mismo, nos es necesario conocerla y amarla.

Amar á Dios, y en cambio ser amado de él es lo que la sabiduria antigua no ha podido nunca comprender; la filosofia moderna perece por la misma impotencia. En vano la conciencia busca á Dios, en vano le llama con la pasion del náufrago que vá á zozobrar, la fria razon está allí para repetirnos que entre Dios y el hombre, entre el infinito y la creatura de un dia, hay un abismo que nada puede franquear. Una naturaleza inflexible, un Ser Supremo, esclavo de sus propias leyes: hé ahí todo cuanto puede ofrecernos el mayor esfuerzo de los mas grandes espíritus. El amor de Dios es una ilusion, la oracion, ese grito del alma, es un vano murmullo que muere en un cielo mudo. Calla mortal; ahoga tu corazon, enciérrate en una resignacion desesperada; no eres sino un átomo, demolido por la rueda de la inexorable fatalidad.

Y bien hermanos mios, hace diez y nueve siglos que un hombre vino á la tierra para anunciar la buena nueva, para acercar á Dios y á la humanidad. Ese profeta se llamó el Hijo de Dios y el Hijo del hombre, (ó lo que no es quizá sino otro nombre del mismo misterio) se llamó la luz y la verdad. Yo soy, ha dicho él, él camino, la verdad y la vida. Nadie viene al padre sino por mi. El mundo lo ha escuchado: el mundo lo ha creido. Desde el dia en que el verbo se ha hecho carne, en que la verdad divina ha tomado cuerpo, la fé, la esperanza, y el amor han aparecido aqui abajo y han entrado en el corazon del hombre. Ese problema, que la razon declara imposible, donde ella no vé sino proposiciones contradictorias, Cristo lo ha resuelto. Una verdad viva, una verdad encarnada, que Dios puede amar como á un hijo, y que el hombre puede amar como un salvador, hé ahí el vínculo de union que ha ligado el cielo y la tierra, que ha dado un padre á la humanidad, é hijos á Dios! Ahí está el misterio de la revelacion, ahí la prueba de su divinidad. Nunca el espíritu del hombre por sí solo se habria elevado hasta esa concepcion que confunde nuestra intelijencia, y que la ilumina sin embargo con un esplendor infinito. Sí, si Dios ama á los hombres, no puede ser sino amándose á sí mismo, en la contemplacion de su eterna verdad; sí, sí el hombre puede rendir á Dios un culto que no sea una injuria, es cuando adora un rayo de esa suprema luz, que no desdeña descender hasta él.

Amar á Cristo, es amar la verdad, amar la verdad es amar á Cristo, Hé ahí el gran secreto del Evanjelio. El que no lo comprenda, no es cristiano sino en el nombre.

Ahora, hermanos mios, entrad en vosotros mismos, y reflexionad. ¿Cuando amais á Cristo, qué amais? Por ventura, ¿no es al mártir que ha dado su vida por los suyos? ¿No es al crucificado, cuyas heridas sangran todavia? Tened cuidado, eso no es sino un amor humano: todas las relijiones, todos los partidos tienen sus mártires. Cristo exije mas, Cristo es algo mas que un cadáver adorado cuyas llagas se besan; Cristo es la verdad: á ese título es que os pide vuestro amor. ¿Así es como lo amais?

Vosotros teneis fé, sin duda; creeis en el Evanjelio. ¿Pero no es esto una preocupacion hereditaria, un símbolo que no os atreveis á mirar de frente, de miedo de encontraros infieles? ¿Razonais vuestra creencia; le quitais todo amalgama judaico ó pagano que altere su pureza? ¿Haceis de vuestra fé la regla de vuestras acciones? ¿Quebrais con el mundo y con vosotros mismos? ¿Decis con el profeta y el apóstol: Yo he creido, por que he hablado? Si es asi, amais á Cristo como él quiere que lo amen; amais la verdad.

Pero si la relijion no es para vosotros sino una ceremonia; sino buscais en ella sino un refujio contra la verdad que os persigue; si vuestra fé muere en vuestros lábios y no se traduce en acciones, si entregados del todo á vuestra fortuna ó á vuestro reposo, temeis menos al error que al escándalo; si en vuestra cobarde prudencia, dejais á Dios el cuidado de defender él mismo su palabra; si vuestra caridad no se emplea sino en aliviar las miserias del cuerpo, y no combate la ignorancia y el vicio; si no sentis que vuestro primer deber es arrancar las almas inmortales de la servidumbre del pecado; si no teneis esa santa locura que desafia y pisotea la sabiduria del siglo; si vosotros mismos en fin, no haceis las obras que Cristo ha hecho aquí abajo, no os engañeis, hermanos mios: quiero creer que sois hábiles, prudentes, discretos, sensibles; pero no sois cristianos, no amais la verdad.

Tengo dudas, decis; si yo os creyera, amaria á Cristo.

Y yo digo: Amadle, y en seguida creereis. Amadle como á la verdad viva y que conduce á Dios.

Os desagradan estas ceremonias, dejadlas; estos dogmas os aterran, hacedlos á un lado; quizá es esta una invencion humana, quizá lo comprendereis mas tarde; Cristo no ha establecido ceremonia ni dogma. Simplificad vuestra fé, y como ha dicho el mas creyente y el mas animoso de los apóstoles: No apagueis el espíritu....probadlo todo, guardad lo que es bueno.[35] Hay en el Nuevo Testamento pasajes que os confunden, hacedlos á un lado. ¿Qué importa que los Evanjelistas difieran entre ellos, si el Evanjelio está siempre acorde consigo mismo, si en las palabras de Cristo se vé siempre la llama de la eterna verdad?

¿Cristo es acaso para vosotros un objeto de escándalo? ¿No habeis comprendido todavia que era necesario que la verdad se encarnara para que fuese viva y pudiéseis amarla? Y bien! Cristo mismo tiene piedad de vuestra debilidad y os devuelve vuestra libertad: Si alguno habla contra el Hijo del hombre; le será perdonado; pero si alguno blasfema contra el Espíritu-Santo (ó en otros términos el espíritu de verdad,[36]) no le será perdonado.[37] Buscad entonces la verdad por ella como decis, pero buscadla de buena fé; despues de un largo rodeo, la verdad os conducirá á Cristo.

La verdad, decis, la busco y no la encuentro. No, hermano mio, vos no la buscais. El orgullo de vuestro espíritu, las pasiones de la carne son las que os retienen, la ciencia se os escapa quizá, pero la verdad moral, la verdad religiosa, vosotros sabeis donde está.

Ella está ahí, en vuestro hogar, muda, velada como el Alcesto escapado del reino de los muertos, allí os espera.

Bien lo sabeis, cuando volveis fatigados de la vida y de vosotros mismos, allí está ella mirándoos bajo su velo; y esa mirada os juzga. Durante la noche, cuando en la sombra, y solo, pensais en las ambiciones y quizá en los crímenes del dia siguiente; ella está allí, siempre allí, su ojo os sigue en las tinieblas; su silencio os hiela. Despreciais á los hombres, os jugais de las leyes, pero temblais delante de ese espectro que no podeis ni corromper ni matar.

Vosotros no huireis jamás de ese centinela que vela al rededor de vuestra alma. Llegará una hora en que la mano de la muerte pesará sobre vuestra frente, en que no vereis sino en una nube todo lo que amais; vuestro dinero, vuestros honores, vuestra mujer, vuestros hijos. Pero, en medio de la desesperacion y de las lágrimas, siempre estará allí, esa figura encubierta, pronto á recibiros y á arrebataros al mundo invisible. Culpable ó inocente no escapareis á ella; ella será vuestro remordimiento ó vuestra esperanza.

Seguidla pues aquí abajo; seguidla en medio de vuestras tribulaciones y de vuestras incertidumbres; seguidla, apesar de vuestra incredulidad. Uníos á la verdad, ella os salvará. Sí, cuando hayais franqueado la vida, esa figura arrojará su velo, y Cristo, visible en fin, en todo el esplendor de su divina sonrisa, Cristo os dirá: “Hijo mio, reconóceme, soy la verdad.”

Salí de la asamblea, á las últimas palabras de este discurso y corrí á una sala vecina. Recibí en mis brazos á Truth, jadeante, casi desmayado. Le tomé la mano, estaba abrazadora.

—Desgraciado le dije, os matais!

—Amigo mio, murmuró reposando su cabeza sobre mi hombro, hagamos nuestro deber; lo demas es vanidad.


CAPITULO XX.
Un luncheon[38] de ministros.

El nuevo apóstol fué conducido á su casa por mí, en medio de la multitud que le felicitaba. Truth, tenia gran necesidad de reposo. Le incité á echarse un rato en su cama. Pero desgraciadamente tuvo que pagar su tributo personal permaneciendo de pié. La señora Truth habia preparado un formidable luncheon para los amigos de su marido, dignándose darme un puesto entre los invitados.

Jenny y Susana estaban allí, encantadas del sermon que acababan de oir, sin comprenderlo quizá. Es increible el imperio que la palabra ejerce en las mujeres. Mas de una vez estando solo en mi cuarto, me he preguntado á mí mismo, cerrando las puertas con dobles cerrojos, si la mujer no era naturalmente superior al hombre. Ella tiene pasiones menos violentas y mayor facilidad de educacion. Cuando Adan se adormecía en su inocencia, Eva tenia ya curiosidad de saber. Paréceme que si de entonces acá, nosotros hemos heredado la bonhomia de nuestro primer padre, las hijas de Eva no han dejenerado de su abuelo. Yo creo, con Moliére, que es prudente no instruir á este sexo malicioso é inquieto. Manteniendo á las mujeres en una honesta ignorancia dámosles todos los vicios; pero á la vez todas las debilidades de la esclava; nuestro reinado está asegurado. Pero si educamos esas almas ardientes é injénuas, si las inflamamos con el amor de la verdad, quien sabe si no se avergonzarian muy pronto de la necedad y brutalidad de sus amos? Guardemos el saber para nosotros solos; él es quien nos divinisa:

Notre empire est détruit si l’homme est reconnu.”

Sentáronse á la mesa, y lo confieso, parecióme una feliz determinacion. En mi ardor relijioso habia olvidado de almorzar, de suerte que mi bestia comenzaba á sufrir. La dueña de casa hízome el honor de sentarme á su izquierda y junto con el té sirvióme dos ó tres tajadas de jamon de Cincinnati, que me costó gran trabajo devorar decentemente. Susana hacíame señas con sus grandes ojos, como reprochándome mi voracidad. En esto reconocí á mi hija; por que en los Estados-Unidos, lo mismo que en Francia, son los niños los que en toda casa decente le dan la leccion á su padre.

Asi que mi terrible hambre se hubo aplacado un poco, entablé conversacion con mi vecina; era esta una excelente y amable persona que adoraba á su marido, lo cual es costumbre en América. La salud de Truth me inquietaba; yo tenia para mí que el púlpito le agotaria mas pronto que el diario, y hé ahí lo que traté de insinuarle diestramente á su mujer. Por no alarmarla, la dije en términos jenerales que la palabra era un oficio duro, y que ciertos temperamentos nerviosos y delicados tenian á veces necesidad de un reposo absoluto. Tarea inútil! La señora Truth no habló sino de la grandeza de su nuevo estado. El orgullo la embriagaba.

—Ser esposa de un pastor, hé ahí el sueño de todas las jóvenes, me decia. Si supiérais que pena tuve cuando mi querido Joel renunció á su primer vocacion para hacerse diarista! Solo el ministerio puede colmar todos los votos de una mujer; solo así es que ella puede ser la compañera de su marido, su verdadera mitad, en toda la estension de la palabra. Tener las mismas penas, los mismos placeres, los mismos deberes.

—Predicais acaso vos tambien, la dije.

—En la Iglesia no, repuso; el apóstol Pablo, nos lo prohibe. Pero qué! es por ventura solo en el templo donde se ejerce el ministerio y se anuncia la palabra de Dios? Instruir á las niñas, aconsejar á las jóvenes, visitar las recien paridas, llorar con las viudas, velar los enfermos, leerles el Evanjelio, y ayudarles á bien morir, si necesario fuese; hé ahí diversas obras en que puedo ayudar, y algunas veces, hasta suplir á mi marido. Joel, añadió, alzando la voz, ¿no es verdad que yo soy vuestro vicario, y que vos teneis confianza en mi?

A este singular discurso, que, cosa estraña, no sorprendió á nadie sino á mí, Truth contestó haciendo una seña con la mano y sonriéndose dulcemente. La mujer de un pastor, convertida en pastor á su vez y en sub-ministro! Semejante absurdidad no habia nunca crusado mi mente. Verdad es que siempre he vivido en un pais razonable. El baile y la olla, hé ahí para una francesa los dos polos de la existencia. Salir de ellos es un desórden, y lo que es peor, ridículo.

—Sin embargo, continuó la señora Truth, hay todavia algo mas bello que el ministerio, es la mision.

—Teneis mujeres misioneras? esclamé espantado.

—No, contestó ella; solo los católicos tienen ese privilejio que yo les envidio. Nosotros no tenemos hermanas de caridad; tenemos simplemente mujeres de misioneros. Es un papel que siento no poder desempeñar. Compartir uno las tareas de su marido; participar de sus peligros, eso es grande á los ojos de Dios. No os asombreis de mi ambicion; soy hija de ministro; mis dos hermanas se han casado con misioneros. El uno está en el Cabo, el otro en la China, y las dos bendicen al Señor que les ha dado una suerte gloriosa.

—Vuestros misioneros casados, contesté yo, no tienen una vida muy ruda, que digamos. Llevar consigo su mujer, sus hijos, su hogar, es cambiar apenas de patria. Unid á esto una instalacion cómoda y fija, acompañada de un buen sueldo, y convenid conmigo en que bajo tales condiciones, no se necesita una gran virtud para predicar el Evanjelio.

—Deveras? repuso mi vecina, asombrada de mi ironia, añadiendo en seguida: Ignoro si vale mas atravesar el mundo, sembrar de paso la palabra de Cristo, y confiar su jérmen á la gracia de Dios, que encerrarse en un campo limitado para plantar en él, regar y cultivar hasta la mies de ese precioso grano; pero lo que yo sé es, que la felicidad de tener uno á su lado lo que se ama, lejos de quitarle nada á la caridad del misionero, le añade quizá un mérito mas á su abnegacion. Pedro era casado; dejó por esto de ser escojido para servir de príncipe á los apóstoles? En el cabo, mi hermana ha establecido una escuela y un obraje para las negras jóvenes, y sirviéndose así de la civilizacion, prepara los corazones á recibir el Evanjelio; los Boers han quemado tres veces la mision, y mi cuñado que es médico, como la mayor parte de los misioneros, ha perdido la mano sacándole á un pobre cafre una flecha envenenada. En China los Taí Pings han espulsado á mi hermana de provincia en provincia. Encuéntrase ahora cerca de Shang-Hai, arruinada, enferma; pero siempre llena de fé. Su casa es el hospicio de los heridos, el asilo de las viudas y de los huérfanos; ella es la que en medio de la fiebre y de una inquietud perpétua, ayuda á su marido á predicar el Evanjelio. Mas probada que Abraham, Dios le ha exijido ya dos veces la vida de sus hijos. Feliz de ella, no obstante, que ha sido elejida para tal sacrificio y que ha podido servir al Señor, aun á costa de lo mas puro de su sangre!

Yo no contesté nada. En la historia de Abraham hay cosas que me conmueven mas que el episodio de Isaac. Sea virtud ó fanatismo, esa obediencia es superior á mis fuerzas; no la comprendo.

Para alejar reflexiones que me perturbaban, díme vuelta del lado de mi vecino de la izquierda; era el verdadero tipo del Sajon; anchos hombros, pecho saltado, cuello adornado de una cabeza cuadrada, rasgos abruptos, frente calva y enormes cejas bajo las cuales brillaban unos ojos flamantes, la fuerza y la voluntad á la vez. Noé Brown, así se llamaba mi nuevo amigo, era el pastor á quien Truth sucedia. Aproveché esta ocasion de instruirme, y le pregunté que era esa iglesia Congregacionalista, cuyo nombre me intrigaba.

—Cómo! dijo Brown; sorprendido de mi ignorancia, no sabeis que es nuestra vieja iglesia puritana, la que nuestros padres los peregrinos, espulsados por la intolerancia, trajeran consigo en su primer buque, la Flor de Mayo? Quebrando con las abominaciones é idolatrias de la Babilonia anglicana, nuestros abuelos quisieron cortar de raiz la herejia de la jerarquia. A ejemplo de los primeros cristianos, de cada reunion de fieles hicieron una Iglesia, ó congregacion independiente, república perfecta, gobernada por los viejos y administrada por el pastor. De ese centro de independencia y de igualdad nació nuestra comunidad. Allí es donde está el secreto de nuestra vida y de nuestra grandeza política. La América no es sino una Confederacion de Iglesias y de comunes soberanos; es decir, la florescencia del puritanismo. Aquí, lo mismo que en todas partes, la relijion ha hecho al hombre y al ciudadano á su imájen; una Iglesia libre, ha enjendrado un pueblo libre.

Esta paradoja, proferida con toda la gravedad puritana me chocó. Si se creyese en estos fanáticos, su catecismo gobernaria el mundo. Que echen su vista á la Francia, esa patria de las luces y de la filosofia, y no tardarán mucho en saber á lo que se reduce la influencia de la relijion sobre el estado y la sociedad. Uno es allí muy católico en la iglesia, y, todavia mas, fuera de ella. Tal era lo que yo procuraba demostrarle á mi predicante; pero el hombre era porfiado como un Sajon forrado en un Yankee, y cuantas mas eran las pruebas que yo amontonaba para confundirlo, tanto mayor era su obstinacion.

—Ved sino á los Ingleses, esclamó él. Quien conoce su Iglesia, conoce su historia. Lores espirituales, asambleas, señoras de la fé, una carta inmutable en treinta y nueve artículos, un libro de oraciones establecido por la autoridad de los obispos y del soberano, universidades y escuelas privilegiadas, enormes propiedades y un patronato considerable; qué otra cosa han podido producir sino una sociedad aristocrática? Sin los disidentes, que son la sal de la tierra, mucho tiempo ha que la Inglaterra estaria momificada lo mismo que el viejo Ejipto.

—Y los franceses? le pregunté yo, con el intento de confundirlo.

—Los franceses, me respondió él, son católicos, monárquicos y soldados, al paso que los Americanos son protestantes, republicanos y ciudadanos; cosas que están en su lugar como los dedos de la mano, de suerte que tan dificil seria hacer de la Francia una República, como de los Estados Unidos una monarquia. La diferencia entre las Iglesias hace la diferencia entre las sociedades.

—Podria saber á cuál de las susodichas sociedades le concedeis la superioridad?

—Juzgad vos mismo, me contestó él; la una es una sociedad de niños, la otra una sociedad de hombres.

—Veo con gusto que somos del mismo parecer.

—Estoy encantado de ello, repuso él; bebiendo tranquilamente su tasa de té.

—Es cierto, añadí yo, inclinándome hácia él: mas bien que un pueblo los americanos son un enjambre de inmigrantes diseminados en el desierto, y por esto, la libertad tiene quizá pocos inconvenientes. Pero la América sentirá á medida que envejezca la necesidad de formar una verdadera sociedad y se plegará á la bandera de la autoridad.

—Caballero, dijo él, poniendo bruscamente su taza sobre la mesa, vos no me entendeis; yo pienso justamente lo contrario de lo que me decis.

—Cómo así, esclamé yo, tomais por ventura á los franceses por un pueblo de niños.

—En política, contestóme, no hay que dudarlo. De qué época datan su libertad, y qué libertad! de 1789; la nuestra data de 1620; nosotros somos ciento setenta años mayores que ellos; tenemos tres veces mas esperiencia que ellos, y por consiguiente veinte veces mas sabiduria.

—Luego, es á la América, repuse yo con voz conmovida, á quien discernis la palma de la civilizacion?

—Evitemos las confusiones de palabras, contestóme con piedad. Civilizacion, es una palabra complexa, ¿comprende tantos elementos diversos, que cada pueblo á su turno podria reclamar la prioridad. Qué es lo que constituye la civilizacion? La relijion, la política, las costumbres, la industria, la ciencia, la literatura, el arte? Es alguna de estas cosas? O son todas ellas juntas?

Ved que complicado es el problema. El arte, por ejemplo, que los Jentiles llamaban la flor de la civilizacion, no brota muchas veces sino un bástago podrido, asi, entre nosotros los modernos, que vivimos de la imitacion de los antiguos, yo creo que el pueblo mas viejo es el mas artista. En Francia se tiene un gusto mas refinado que en Inglaterra; pero un Italiano tiene naturalmente mas habilidad que un Francés. En industria, todas las naciones libres valen lo mismo. La ciencia no tiene patria. En cuanto á la literatura, cada pueblo halla en la suya la espresion de su pensamiento; dejo á los críticos el placer pueril de asignarles sus respectivos puestos á Dant, Moliére ó Shakspeare; pero la relijion, la política y las costumbres forman un pabellon inseparable. Ahí está la sávia de un pais, su porvenir. En este punto yo le doy sin vacilar el primer lugar á mi Iglesia y á mi pueblo; yo creo en la libertad, soy Americano, puritano.

—Mohicano, dije yo para mi coleto, te veo venir: tu no sabes ni siquiera mentir para pasar por político.

Iba á confundir á tan insoportable predicante, cuando por fortuna suya, nos levantamos de la mesa. Y dejando ahí á ese espíritu estrecho y adusto, acerquéme á un jóven pastor, cuyo aire agradable disponía en su favor. Antes de almorzar, Truth habíame presentado al Sr. Naaman Walford, como una de las columnas de la nueva Sion. Deseoso de ver ese fénix que se llama un teólogo razonable; y queriendo ser acojido benévolamente por el Sr. Naaman,—comencé felicitándole por la exelente adquisicion que su Iglesia hacia con la persona de mi amigo Truth.

—Perdon, me dijo,—yo soy presbiteriano.

—Presbiteriano, esclamé á mi turno, y venis á complimentar á un rival? Deveras que vuestra accion revela una bella alma; porque, entre, nosotros ese ministro á quien le tomais la mano, es un hereje á quien vos mismo condenais.

—Yo, repuso él muy sorprendido; yo no condeno á nadie,—eso no es cristiano.

—Me esplico mal, querido Sr. Naaman; queria simplemente decir, que á ejemplo del divino pastor, que buscaba las ovejas descarriadas de Israel, vos no temeis el vivir familiarmente con jentes cuyo error detestais.

—El Sr. Truth, me ha edificado esta mañana, contestóme, y no le creo en error.

Asombrado á mi vez, y creyendo haber oido mal le dije:

—Decidme, señor, ¿creeis que vuestra Iglesia enseña la verdad?

—Sin duda,—de otra manera no permaneceria en ella.

—Entonces, repuse yo, quiere decir que asi como hay dos verdades hay tambien dos Iglesias; una verdad presbiteriana y una verdad congregacionalista. Probablemente hay tambien una verdad baptista, metodista, luterana y hasta una verdad católica. Yo suponia, perdonad mi ignorancia, que la verdad era una, y que la señal del error consistia en dividirse al infinito.

—Doctor, dijo Naaman un poco conmovido de mi vivacidad francesa, cuando estais en el mar, qué es lo que haceis si quereis saber la hora que es?

—Le pregunto la hora al sol, y el sol me la dá. Qué! pretendeis contestarme con un apólogo? A mi edad, querido señor, se tiene poco gusto por los ejemplos, y, no se aceptan sino razones.

—Que quereis, doctor, soy jóven y me permito contar con vuestra induljencia, contestó Naaman, sonriendo amablemente. El sol os dá la hora. Cuando es medio dia en Paris, podriais decirme que hora es en Berlín?

—No; todo lo que yo sé,—es que un telégrama espedido de Berlín á las once se recibe en Paris hácia las diez y media; es decir que aparentemente llega treinta minutos antes de haber partido. Por lo demas, importa poco, os lo concedo,—que cuando es medio dia en Paris, sean la una en Berlin, las dos en San Petersburgo, y, si quereis, las nueve de la mañana en las Azores y las siete en Quebec. Todo depende del meridiano.

—Asi, dijo Naaman, el sol es el mismo en todas partes y en ninguna marca la misma hora: qué significa esto?

—Decididamente, repuse yo, vos sois astrólogo, y quereis hacer de mi un adepto. Os contesto, pues, señor profesor, que es el mismo sol visto de diferentes puntos.

—Una interpelacion mas, doctor, y os pediré despues gracia por mi indiscrecion. Entre todas esas horas, cual es la cierta?

—Singular pregunta! la hora es cierta para cada cual, desde que el sol sale ó parece salir de un punto distinto. Está satisfecho el señor profesor de su discípulo de barba gris?

—Sí, doctor, veo que estamos conformes asi en teolojia como en astronomia.

—Señor Naaman, le dije yo,—comienzo á comprenderos. Para vos, la verdad es el sol, que cada uno de nosotros vé segun el horizonte que nos rodea. Por consecuencia, cuando para la Iglesia presbiteriana es medio dia, la hora se ha pasado para los baptistas y no ha llegado aun para los metodistas. Quién sabe si á los católicos se les coloca en las antípodas? Y, hé ahí un medio injenioso de armonizar su orgullo con su caridad.

—Señor, dijo Naaman ruborizándose,—vos me ofendeis. Habeis comprendido mi pensamiento, y sin embargo desconfiais de mis sentimientos. Sí, yo creo que hay un horizonte distinto para cada iglesia, y, me atreveré á decirlo, para cada cristiano. El nacimiento y la educacion nos dan el punto de partida; ahora, toca á nosotros mismos caminar hácia esa verdad que nos llama,—acercándonos á ella sin cesar á fuerza de estudio y de virtud. No digo que no haya iglesias mas iluminadas las unas que las otras por la luz divina; pero al mismo tiempo creo que el mejor cristiano puede muy bien encontrarse en el seno de la iglesia mas oscura. No hay la menor duda que es una gran ventaja estar colocado cerca del sol, sin embargo, esto no es siempre una razon para verlo mejor. Hé ahi, señor, porque amo á mi Iglesia presbiteriana, y por qué, no obstante amarla tanto,—no condeno á nadie.

Todo esto era dicho con una ingenuidad encantadora. ¡Qué bella cosa es la virtud en un alma jóven; es como la sonrisa de la aurora en los primeros dias de Mayo!

—Mi jóven amigo, le dije yo, vuestras ilusiones tienen algo de seductor; el sentimiento que las hace nacer es respetable, pero el primer soplo de la razon las disipará. Si cada cristiano vé la verdad á su modo,—no hay verdad. Y, hénos aquí de nuevo en el escepticismo de Montaigne. En vano buscareis un dogma que sea atacado,—una creencia que no se conmueva. Vuestra teoria tan cristiana en apariencia, nos condena á una duda invencible, y conduce á la incredulidad universal.

—Doctor, contestóme el jóven con un tono de modestia que me chocó,—me parece que estais haciendo el proceso al espíritu humano, es decir, á la obra de Dios. De la diversidad y debilidad de nuestros ojos, podria tambien concluirse que no vemos nada. Sería la misma lógica y el mismo sofisma. En los estudios naturales, cada uno de nosotros no toma sino la parte que puede apropiarse; se ha observado que esta diversidad de opiniones arruine la ciencia? En la física, por ejemplo, hay una sola teoria siquiera que escape á la discusion? Negarias por esto que existe una verdad física?

—La comparacion es mala, mi querido Naaman. Qué queda de la física de ha treinta años? La verdad de ayer,—es el error de hoy dia.

—No, doctor, el error de ayer ha caido como caen las hojas secas; la verdad no ha cambiado, por que dándole otro nombre, ella no es otra cosa sino el conocimiento de la naturaleza, y la naturaleza no cambia.

—Os concedo eso, jóven; pero la verdad relijiosa es de otro órden que la verdad natural.

—Doctor, repuso Naaman, aunque os concediese esa hipótesis discutible, no por eso nos entenderiamos. Cualquiera que sea el número y la variedad de los cuerpos que poblan el mundo, nosotros no tenemos para verlos sino nuestros ojos; lo que no vemos no existe para nosotros. Cualquiera que sea el carácter de una verdad, nosotros no tenemos sino nuestro espíritu para comprenderla. Nuestra alma, es por ventura doble? Para descubrir las verdades naturales, Dios le ha dado á cada uno de nosotros una facultad investigadora, inquieta, laboriosa que se llama, la razon. Habrá acaso en nosotros otra potencia, destinada á recibir sin esfuerzo individual la verdad relijiosa, á la manera del espejo que refleja el objeto que se le presenta? Si esa facultad no existe, la diversidad de opiniones relijiosas es forzosa; depende de la edad, de la educacion, del pais, de la enerjia natural de nuestro espíritu ó de su actividad.

Si, al contrario, esa facultad existe, todos debemos pensar de la misma manera, así como todos respiramos del mismo modo, por una ley de la naturaleza. Pero tal no es el caso, y por ello bendigo á Dios. El le ha dejado á cada uno de nosotros la libertad de desconocerlo, para darnos el derecho de amarlo. Esa libertad que os espanta es nuestra mas hermosa herencia; ella es la que hace de la relijion, un amor, y de la fé una virtud.

—Naaman, esclamé yo, vos sois el profeta de la anarquia. Vos disipais el mas bello sueño de la humanidad. Una fé, una ley, un rey, tal era la divisa de la Edad Media, divisa que cada hombre lleva en el fondo de su corazon. Qué es lo que vos nos ofrecéis en cambio? La confusion. Qué significa una Iglesia, en la que cada cual habla una lengua distinta, sin comprender la de su vecino?

—Señor, repuso el jóven ministro, yo amo tanto como vos la unidad. Cristo nos lo ha dicho: llegará un dia en que no habrá sino un solo rebaño y un solo pastor; yo creo en la palabra de Cristo. Pero la unidad no es la uniformidad. Contemplad la naturaleza; qué conjunto admirable! Y, sin embargo, no hay un árbol, una planta, una flor, qué digo! una hoja, siquiera que se parezca á otra. Dios saca de la variedad infinita, la unidad viviente y perfecta. Por qué, la ley de la naturaleza no ha de ser la de la humanidad? Por qué, no ha de tener su puesto, la voz de cada criatura, en ese concierto de alabanzas que la tierra canta al Señor? Qué es la esteril monotonia de una nota única, al lado de esa armonia fecunda? La unidad mia, es la Iglesia universal, esa Iglesia que abraza todas las almas fieles. Quien ama á Cristo es mi hermano: lo que yo miro es su amor, no su símbolo. Agustin Crisóstomo, Gerson, Melachthon, Jeremias, Taylor, Bunyan, Fenelon, Law, Channing, hé ahí los soldados de ese ejército divino. Qué me importa su rejimiento? Su bandera es la mia, la bandera de la verdad.

—Bravo! Naaman, dijo Truth, apoyando su mano en el hombro del jóven ministro; convertidme á ese pagano.

—Vos, sereis el pagano, esclamé yo. Pienso que aqui no hay mas cristiano que yo, ó si os parece mejor, mas católico, en la verdadera acepcion de la palabra. Al paso que vosotros destrozais la relijion, abandonándola á todos los caprichos, solo yo, fiel á los viejos y sólidos principios, quiero un símbolo único que sea la ley de los espíritus; y para mantener esa ley de verdad llamo en mi socorro el brazo secular.

—No os lo decia, carísimo Naaman, repuso Truth riéndose. Es un pagano de la decadencia, uno de esos adoradores de la fuerza que se imajinan que la verdad se decreta, ni mas ni menos que como se borronean leyes.

—No soy tan ridículo, contesté yo á mi vez, un poco alterado. Yo tambien amo la verdad, pero no soy ciego como los utopistas. Para ellos la libertad es una panacea universal que en todas partes cura el mal y el error; la esperiencia me ha hecho menos confiado. El mundo no es una academia de filósofos, discutiendo tranquilamente las mas temerarias tésis; el pueblo, esa hidra de infinitas cabezas, es un conjunto de criaturas débiles, ignorantes, locas, perversas, criminales; para contenerlo y dirijirlo se necesita un freno. Ese freno es la relijion, sostenida, impuesta por una autoridad exterior. Si el poder no se encarga de la causa de la Iglesia, se acabó el cristianismo; la sociedad queda entregada al ateismo, á la anarquia, á la revolucion. Hé ahí señores, por qué razon creo en la necesidad, qué digo! en la santidad de la fuerza, puesta al servicio de la verdad. Soy pues un pagano, á la manera de San Agustin, de Bossuet, y de tantos otros cristianos exelentes, sin hablar de vuestro Calvino; pido que la sociedad le empreste su espada á la Iglesia; ó en otros términos,que el Estado tenga una relijion.

—Una relijion de Estado, dijo de repente Brown, estirando su cabeza de perro dogo; quién es ese mónstruo? Y qué! por ventura tiene alma el Estado para tener una relijion?

—Señor, le contesté secamente, vos teneis sin duda necesidad de un Estado impío, y de leyes ateas.

—Señor, repuso mi áspero interlocutor, yo no me pago de palabras. Qué es el Estado? En una monarquía, el príncipe. Así, pues, treinta millones de cristianos tendrán la relijion de Achab, cuando por casualidad Achab llegue á tener relijion. Entre nosotros, donde el poder alterna, se cambiará de fé cada cuatro años. Hé ahí lo que yo llamo, ateismo puro; creer por órden, es no creer en nada.

—Cuando yo hablo de Estado, le interrumpí, entiendo la sociedad política.

—Bien, repuso él: será la mayoria la que decida del símbolo y de la fé, despues de discutir y enmendar. Tendremos una relijion parlamentaria. Se pondrá en discusion la Encarnacion ó la Trinidad y se votará. Qué comedia! Cosa estraña! desde que el mundo existe, no hay una sola verdad natural que haya sido descubierta por un solo hombre; son necesarias muchas pruebas, á veces, hasta el martirio del inventor para que esa verdad reuna algunos fieles; un siglo no es mucho para conquistarle la mayoria. Pero en relijion es otra cosa, la mayoria no se equivoca nunca. Vaya una infalibilidad! Que nos devuelvan el papa, acepto el milagro, y rechazo el absurdo.

—Señor Brown, le dije, alzando la voz, vos no respondeis á mi objecion. Si el Estado no tiene relijion,—la ley será atea.

—Siempre palabras, señor, repuso el intratable predicante. El Estado es una abstraccion; un modo de designar el conjunto de los poderes públicos. Pero la sociedad es una cosa viva,—es la reunion de todos los ciudadanos que habitan una misma patria. Y, si esos hombres son cristianos,—si su moral es cristiana,—como ha de ser atea la sancion que esos hombres le den á la moral pública,—ó en otros términos, la ley dictada por ellos? El buen árbol no puede producir malos frutos[39].

—Imprudente! esclamé,—cómo podeis imajinaros que si el Estado permite toda especie de creencias, no ha de sufrir el Evanjelio?

—Vos teneis poca fé, señor, dijo Brown dirijiéndome una mirada terrible, y olvidais que Pablo ha dicho: las armas de nuestra milicia no son carnales. El cristianismo,—nunca ha sido mas bello, ni mas fuerte que cuando ha tenido en contra suya al mundo entero. Mirad á vuestra alrededor, señor, y vereis que en ninguna parte como los Estados Unidos se mezcla la relijion con la vida; y sin embargo el Estado no la conoce. No aprisioneis las almas, no las tengais en la noche que las corrompe; dejadlas en libertad, é iran á Dios.

—Pero, señor Brown, es imposible que el Estado pague todas las comuniones, y que se haga el tesorero del primer fanático á quien se le antoje abrir una iglesia.

—Concedo que no pague á nadie, esclamó el adusto puritano. Y, con qué derecho intervendria? Tiene acaso otro dinero que el nuestro. Cómo! el judio ha de pagarles á los cristianos para que estos le llamen deicida? Y yo he de pagarles á los unitarios que me disputan la divinidad de Cristo? Qué injusticia! qué ultraje á mi fé! Ved ademas qué papel le dais al Estado. Cuando el lejislador declara que la relijion no es de su competencia,—proclama el respeto de la conciencia, y, es cristiano por su misma abstencion. Suponed ahora que proteja diez comuniones distintas, diez creencias enemigas, qué significará esa tutela insolente sino que el Estado vé en la relijion un instrumento político, y que no tiene por todas ellas sino la misma indiferencia y el mismo desprecio? Ese hermoso sistema, señor, que vos no habeis inventado,—es la política del paganismo.

—Muy bien, repuse yo, dejad á cada fiel el entretenimiento de su culto, veremos cuantas iglesias tendreis. Todo el mundo se hará ateo por economia.

—Os equivocais, mi querido doctor, dijo Truth con amistoso tono. La prueba está hecha y arguye en contra vuestra. Tenemos cuarenta y ocho mil iglesias, edificadas todas por los particulares, y cuyo valor se estima en cien millones de pesos[40]. Cada año erijimos mil doscientos templos nuevos y el término medio del salario de nuestros pastores es próximamente de quinientos pesos,[41]—lo que equivale á un presupuesto de veinte y ocho millones de pesos[42]. Buscad un pais donde el Estado pague los cultos, estoy seguro que no hallareis uno solo que gaste la mitad de lo que nosotros gastamos[43]. La razon es sencilla: el Estado debe ser avaro del dinero que le toma á la comunidad, al paso que el individuo se complace en enriquecer su iglesia, y no retrocede ante ningun sacrificio. Nada hay tan pródigo como la fé y la libertad.

—Muy bien, dije yo; pero la cuestion de dinero no es todo: falta la cuestion política. Darle al primero que se presente el derecho de establecer una iglesia,—es reconocer todas las asociaciones, es abrirle ancha arena á la ambicion relijiosa y al fanatismo,—es decir, á lo mas ardiente y pérfido que hay en el mundo. Suponed que una de esas iglesias aventaja á las demas,—que se apodera de las almas, y hé aquí un Estado en el Estado. Entonces sentireis, aun que demasiado tarde,—la falta en que habeis incurrido al abdicar una proteccion mas necesaria al gobierno que á la iglesia, una proteccion que no es en el fondo sino la defensa de la soberania.

—Ahí es donde os esperaba! gritó el puritano entrando en el entrevero á la manera de un jabalí. Os conozco, señores políticos; ha tiempo que Spinosa, el príncipe de los ateos y Hobbes el materialista, y Hume el escéptico me descubrieron vuestro secreto. Necesitais una iglesia oficial para deshaceros de la relijion. No es la influencia política lo que os incomoda; ella es nula en un pais de libertad; lo que temeis es la influencia moral. El cristianismo es por naturaleza,—inquieto, agresivo, conquistador. Quiere poseer al hombre por entero; sociedad y gobierno,—todo quiere invadirlo y penetrarlo con su espíritu. Hé ahí lo que á nosotros nos anima y á vosotros os espanta. Obispos que se duermen en su púrpura señorial,—pobres vicarios, cuyo celo se modera y se dirije; una relijion, especie de moral frívola y estéril, que predica la obediencia al pueblo, hablándole siempre de sus deberes y nunca de sus derechos,—tal es el ideal que á vosotros os encanta y á nosotros nos horroriza. Vosotros rechazais la libertad por la misma razon que á nosotros nos hace detestarla. Nosotros creemos en el Evangelio, y vosotros le temeis.

—Yo tengo miedo de las asociaciones, le dije,—no del Evanjelio.

—Sí, por que la asociacion es la única forma posible de la libertad. Necesitais un Estado, cuya omnipotencia nada inquiete,—que no tenga frente de sí sino individuos aislados y conciencias mudas. El despotismo romano en toda su fealdad. Nosotros los cristianos—entre el Estado y el individuo, entre la fuerza y el egoismo,—echamos la asociacion, es decir, el amor, la caridad, verdadero vínculo de los corazones, verdadero cimiento de las sociedades. Para difundir la Biblia, para propagar la palabra divina, para iluminar las almas, para socorrer á los miserables, para consolar á los que sufren, para levantar á los caidos,—necesitamos centenares de asociaciones, millares de reuniones. Nosotros queremos que un pueblo cristiano haga el bien por el concurso libre de todos sus miembros,—que no encargue á nadie de un deber que solo él puede desempeñar. Pero todas esas compañias no pueden existir sino bajo una condicion,—que la iglesia, que es la primera y la mas considerable de todas, sea señora absoluta en su esfera. La iglesia es, la que con su libertad cubre y garantiza todas las asociaciones; y, hé ahí como es que la relijion, lejos de ser un peligro para el Estado,—es la vida misma de la sociedad. Ved, pues, señor, por qué razon es que nosotros tenemos necesidad de la libertad relijiosa; la necesitamos por que Cristo nos la ha dado: y porque ella es la madre de todas las libertades. El que esto no sabe no es cristiano,—ni ciudadano.

Iba á estrangular á aquel fanático por toda contestacion, cuando sentí que una manecita tomó la mia. Reconocí á Susana y me sonreí.

—Mi buen padre, dijo despacito; van á ser las dos, es necesario partir.

—Sí,—la hora de ir al bosque. ¿Está el carruaje ahí?

—Papá, es dia del Señor y no se anda en carruaje. Voy á llevaros á la escuela del Domingo.

—Tienes razon, pensé para mi. Un Parisiense estraviado en este hermoso pais de libertad, siente gran necesidad de ir á la escuela. Siempre tiene algo que aprender y mucho que olvidar.

Cuando me ví en la calle, lejos de aquella atmósfera teolójica, recien respiré.

Uf! dije, bostesando, y que pesados son! Parecen bueyes atados al arado, trillando siempre el mismo surco. Una hora de relijion y de política, es demasiado para un francés; hay con que disgustarlo del Evanjelio y de la libertad. Quién me hablará de algo razonable y divertido,—de pintura, de ópera, de música ó de guerra? Paris, Paris,—yo tengo necesidad de lavarme la cara con tu ambrosía.

No sé que locura iba á decirle á Susana, cuando apercibí al hermoso Naaman, caminando junto á nosotros lo mismo que el pastor que sigue su oveja. Habia olvidado que estaba en América, y que la señorita mi hija era por el momento presbiteriana.