CAPITULO XXI.
La escuela del Domingo.

Quién me dirá de donde proviene la debilidad de un padre por su hija? Consiste en la ilusion de verse reproducido en ella,—lo mismo que la madre de verse reproducida en el hijo? Para nosotros los de las barbas grises, los de las caras arrugadas por la vida, será el placer de vernos renacer bajo una forma graciosa y riente? Será el encanto de un amor puro, que no desea sino sacrificarse? Lo ignoro, pero lo cierto es que el inevitable Alfredo no estaba ahí y que yo saboreaba á la manera de un celoso la dicha de hablar y de reir con Susana. Mirábame en sus límpidos ojos, cuando una mano colorada engastada en un largo brazo me cojió de improviso en mi tránsito, y una voz sepulcral me gritó: Esta noche te volverán á pedir tu alma. Al mismo tiempo metiéronme un papel en el bolsillo de mi frac. Dí vuelta, y al hacerlo, otra voz me gritó: Piensa en tu salud, metiéndome otro papel, en el otro bolsillo de mi frac. A este ruido acudieron tres hombres negros, levantando los brazos como en el juramento de los Horacios, y aullando á cual mas, metióme cada uno de ellos en el seno no una espada, sino un librito. La vision desapareció en seguida.

—Qué es esto le pregunté á Susana, que reia de mi espanto.

—Padre mio, me dijo,—es la sociedad de los tratados relijiosos que trabaja por vuestra conversion.

—Muchas gracias! esclamé metiendo en mi bolsillo,—los Signos de la bestia, las Rosas de Saron, y la Trompeta de Jericó; aquí lo enriquecen á uno, lo mismo que en otra parte lo roban. Qué quieren que haga con estos tesoros de edificacion?

—Tened paciencia, padre mio, dijo Susana,—dentro de un instante ellos han de servirnos para hacer felices á algunos.

—Confesad, le dije á Naaman, que abusais de la letra de molde. Comprendo que distribuyais la Biblia,—desde que ella es vuestra enseña, pero lo que no entiendo es,—para qué puede servir esa teolojía pueril que sembrais por las calles.

—Sois demasiado severo, contestó el jóven ministro, pensad en que toda nuestra relijion está en la Biblia. De la escritura es, de donde cada uno de nosotros debe sacar la regla de su fé, mediante el libre esfuerzo de la razon. Un protestante que no lee es un cristiano que no llena sus prácticas. Qué cosa mas simple que un proselitismo que nos agrupa sin cesar al rededor de la Biblia? Despertar la conciencia, obligar al último de los hombres á refleccionar y á leer,—repetirle que solo él está encargado de su salud, hé ahí el objeto de todas esas publicaciones. “Piensa en tu alma, solo tú eres responsable de ella,”—tal es la conclusion uniforme de estos libritos. Si á eso llamais teolojía,—toda nuestra literatura es teolójica; la menor novela está impregnada del mismo espíritu. La Biblia es citada en ella á cada pájina, lo mismo que el té. Lo que nos encanta, no es la pintura de esas borrascas que devastan el corazon y arruinan la voluntad: es el cuadro de una alma jóven que, colocada entre la tentacion y el deber, rechaza á Satanás y llama á Dios. Hasta nuestras ficciones son tratados de educacion.

—Sí, dije yo sonriendo,—es la moral en accion.

—Es algo mejor que eso,—repuso él,—es la relijion en práctica, la fé que habiendo entrado en el alma inspira toda la vida. Nosotros no entendemos jota de esa falsa distincion entre la moral y la relijion; no hay dos conciencias. El hombre natural murió con el último pagano; nosotros no conocemos sino al cristiano. El que es cristiano lo es en todas partes: en la iglesia, en la familia, en el comun, en el Estado.

Me parece que el piadoso Naaman aprovechaba con placer esta ocasion de repetir como nuevo algun viejo sermon, cuando por fortuna, llegamos al templo presbiteriano. Era la sesta iglesia que visitaba en el dia,—justísima espiacion de mi pasada tibieza!

Entramos en la sala de lectura,—vasta pieza contigua al templo. Un millar de niños y de jóvenes, devididos en grupos estaba sentado, en bancos circulares. De distancia en distancia veíase de pié á los pastores y pastoras de aquel gracioso rebaño; ó como se les llama,—á los monitores. Al presentarse Naaman toda la asamblea se levantó; el órgano tocó una marcha guerrera, y en seguida, todas aquellas jóvenes voces cantaron en coro, con acompañamiento de timbales:

“O Christ! nous sommes ta milice;
Contre l’ignorance et le vice.
Nous marchons sans honte et sans peur.
L’amour, l’aumône et la prière,
Ce sont là nos armes de guerre:
Notre drapeau, c’est le Seigneur!
O Christ! notre chef! notre père!
Nous voulons vaincre la misère,
Et chasser l’infidélité;
Ne regarde point à notre âge,
Donne-nous sagesse et courage:
Nous défendrons ta vérité”[44].

Qué será? será que hay un encanto secreto en la voz de la infancia? O será que desprendiéndonos de nosotros mismos, por decirlo así, los años nos hacen mas tiernos para esas almas, que entran en la vida sin conocer los peligros. No lo sé. Pero yo me sentí conmovido por el canto de esos pequeños soldados tan valerosamente enrolados bajo el lábaro del Evanjelio.

—De aquí veinte años, pensé, cuantos quedarán en sus filas? No importa; el espectáculo de una juventud que tiene valor y fé es siempre hermoso. Guárdenos Dios de esos viejos de diez y ocho años que solo creen en su egoismo,—almas gangrenadas que todo cuanto tocan infestan, y que solo dejan en pos de ellos corrupcion y muerte.

Susana estaba cerca de mi y de pié. La señorita era monitora. Tenia mucho que hacer, porque habia doble auditorio y la escuela estaba en revolucion.

—Donde está Dinah? esclamó una voz revoltosa. Dinah es mi querida preceptora; yo no te conozco á tí.

Susana cojió en sus brazos á la rebelde, que se resistia á ello llorando, y la dijo dos palabras al oido. La sonrisa volvió en el acto, como el sol despues de la lluvia.

—Me lo prometes? murmuró la chiquilla.

—Mañana, repuso Susana. La niña echó los brazos al cuello de su nueva maestra, y la besó en ambas mejillas. La paz estaba hecha, la leccion comenzó.

Rolaba sobre la historia de Israel en tiempo de los reyes. Por primera vez, lo confieso con verguenza, hice conocimiento íntimo con el profeta Eliseo. Era este un excelente hombre cuando no se encolerizaba. Pero apesar de lo bello de la moral, no le perdono mucho que digamos el haber hecho que unos osos se comieran á cuarenta niños que se burlaban de su calva. A este precio yo no querria ser profeta, ni en mi pais.

Dos episodios surtieron el éxito mas completo cerca de los niños; tal es de vivo en estas almas jóvenes el sentimiento del bien y el mal! Primero fué la historia de Naaman, jeneral del rey de Siria, implorando gracia de Eliseo para ser librado de la lepra. Naaman se retiró curado y convertido; pero convertido con sus reservas políticas, que prueban una vez mas que no hay nada nuevo bajo el sol.

Al fin, dijo Naaman: Sea como tú quieres: Pero te suplico que me permitas á mí, siervo tuyo, el llevarme la porcion de tierra que cargan dos mulos; porque ya no sacrificará tu siervo de aqui adelante holocaustos ni víctimas á dioses ajenos, sino solo al señor.

Mas una cosa hay solamente por la que has de rogar al Señor á favor de tu siervo, y es que cuando entrare mi amo en el templo de Remmon para adorarle, apoyándose sobre mi mano, si yo me inclino en el templo de Remmon, para sostenerle al tiempo de hacer él su adoracion en el mismo lugar, el Señor me perdone á mi, siervo tuyo, este ademan.

Respondióle Eliseo: Véte en paz!....[45].

La tolerancia del profeta, escandalizó á los niños, no puedo ocultarlo. Naaman fué silbado unanimemente, lo mismo que un cobarde que transije entre su conciencia y su interés. Dia vendrá en que Remmon, Mamon ó Baal os presentarán una mano llena de dinero ú honores, á condicion de que le adoreis; feliz aquel que no se incline ante el ídolo, guardando solo para Dios el sacrificio de su corazon.

En seguida, vino la historia de Giezi, el servidor de Eliseo, hábil hombre, que se hacia pagar los milagros de su amo, traficando así con la virtud ajena. Qué furor en el jóven auditorio! y qué gozo cuando Susana, engrosando la voz para parecerse al profeta, pronunciaba el terrible anatema:

“Habeis recibido oro y vestidos, para comprar plantas de olivo, viñas, bueyes, ovejas, criados y criadas.

“Pero tambien la lepra de Naaman se adherirá á vosotros, y á toda vuestra raza por siempre jamás.

“Y Giezi se retiró, todo cubierto de una lepra blanca como la nieve:”[46].

Todavia existe, esa honrada posteridad de Giezi, aunque un poco cambiada por el tiempo. Por fuera háse conservado blanca como la nieve; pero la lepra ha entrado en su alma; no es ya el cuerpo lo que roe.

Esta educacion dada á la infancia por la juventud me encantó, y cumplimentando por ello al ministro, añadí:

—Pero, pienso que vosotros os reservais el catecismo. La doctrina corria riesgo de alterarse al pasar por aquellos lábios novicios.

—No, me dijo; tanto para la doctrina como para lo demas, nosotros nos remitimos al monitor, bajo nuestra vijilancia, bien entendido. Nadie es hereje á los diez y ocho años, y si algo hay que temer; es mas bien demasiado apego á la letra.

—Si, pero si esas jóvenes cabezas trabajan?

—Eh bien! dijo el pastor,—ahí estamos nosotros para abrirles el camino. Nuestra divisa es la de Pablo: Allí donde está el espíritu del Señor, allí tambien está la libertad.

No nos place á nosotros la fé del carbonero,—esa ignorancia crédula que lo mismo santificaria á un cristiano, que á un mahometano ó á un budhista. La juventud tiene una crísis del espíritu, lo mismo que una crísis del cuerpo. Llega para ella una hora en que es necesario luchar con la verdad, como Jacob con el ángel, y aquel solo se convence que ha sido convencido por el Evanjelio. Nosotros queremos una fé razonada.

—Y razonadora, añadí yo, porque cada uno de estos monitores debe salir de aquí con el gusto y la manía de predicar.

—Tanto mejor, dijo Naaman,—para nosotros, todo hombre es sacerdote, y toda mujer sacerdotiza. Por qué ha de haber menos ardor en la sociedad relijiosa, que en la sociedad política? El título de Cristiano es acaso menos bello que el de ciudadano é impone menos deberes que éste?

Yo no contesté nada: eso de considerar á la relijion, lo mismo que un patrimonio comun de los fieles contrariaba todas mis ideas. Me habian enseñado que la Iglesia era una monarquia,—no una república. A fuer de hombre prudente, yo he dejado siempre el cuidado de mi conciencia á la Iglesia que me ha educado. No es á mí,—sino á mi director á quien compete el cuidado de mi salud. Por qué, pues, me he de tomar una fatiga inútil,—encargándome de una peligrosa responsabilidad?

La leccion iba á concluir; Susana me desembarazó de todos mis libritos con gran alegria de los niños; cantóse un hermoso cántico de despedida; y la fiesta terminó con una distribucion universal de regalos y apretones de mano. Rango, fortuna, edad, traje,—todo estaba confundido hacía dos horas; sentíase uno vuelto á los primeros tiempos del cristianismo, en que la multitud de los creyentes no tenia sino un corazon y una alma. Y decir que cada siete dias en el dia del Señor, toda la juventud americana viene á estas reuniones fraternales á dar y recibir una leccion de amor y de igualdad! Oh! como efecto moral ninguna enseñanza,—la del mismo Bossuet,—valdria esta educacion mútua!

Salimos; Alfredo estaba ahí para arrebatarme el brazo de Susana, cuya felicidad yo no envidiaba; mis ideas comenzaban á tomar otro jiro: mi corazon sentia, mas que nunca, toda su paternal debilidad. Tiempo es ya, decia para mis adentros, de que Susana comience á ejercer; como ama de casa, sus grandes cualidades de monitora. Figurábaseme ya ver en el porvenir un ejército de nietos mas relijiosos, mas enérjicos y felices que su abuelo. Y, embebido en estas ideas y mirando á mis enamorados que caminaban delante de mí, llegué á mi casa.

El resto del dia, lo pasamos hablando de todo lo que habiamos visto ú oído en la mañana, y Dios sabe cuantas cosas se ven y se oyen el Domingo en América! Qué son nuestros espectáculos al lado de estas fiestas del corazon y del espíritu? En mi vida habia pasado dias mas sérios,—nunca, jamás el tiempo habíame parecido tan corto, ni mejor empleado.

Como de costumbre, la noche terminó con la lectura de la Biblia. Marta trajo el librote negro, que ya era para mí un amigo. No habia dia que yo no hallára en él una respuesta á alguna pregunta secreta de mi alma,—estraña casualidad que confundia mi filosofía.

Habiamos quedado en el séptimo capítulo de Daniel. La vision de las cuatro bestias apocalípticas que representan las cuatro grandes monarquias de la antiguedad no me hizo el menor efecto; tengo muy poca imajinacion para gozar con semejantes sueños gigantescos. No le sucedia á Marta lo mismo, que á cada paso suspiraba. El Cuerno, que tenia ojos como ojos de hombre y una boca que proferia palabras insolentes, arrancó un grito de admiracion; estaba toda conmovida cuando el profeta pintó al Anciano de los dias, con su ropaje mas blanco que la nieve y sus cabellos mas blancos que la lana, sentado en un trono de llamas y servido por un millon de ánjeles, al paso que mil millones permanecen en silencio ante él. Lo que para mí no era sino una alegoria, para ella era la verdad,—es la única manera quizá, que la idea divina tiene de entrar en un espíritu injénuo,—que para sentir el infinito tiene necesidad de imájenes.

Despues de estas grandes pinturas vinieron los versículos en que el profeta anunció el Mesias.

13 “Yo estaba pues observando durante la vision nocturna, y hé aquí que venia entre las nubes del cielo un personaje que parecía el Hijo del hombre; quien se adelantó hácia el anciano de muchos dias, y le presentaron ante él.”

14 “Y dióle este la potestad, el honor y el reino; y todos los pueblos, tribus y lenguas le sirvieron á él: la potestad suya es potestad eterna que no le será quitada y su reino es indestructible.”

Escuchando este pasaje, me sentí como Daniel: “Quedé muy conturbado con estos mis pensamientos, y mudóse el color de mi rostro: conservé empero en mi corazon esta vision admirable.”[47]

Y como nó, acababa de asistir esa mañana misma al espectáculo de ese trono cuyo reinado dura hace diez y nueve siglos! El cristianismo, cuyos funerales se anuncian en la vieja Europa, presentábaseme en América,—mas jóven, mas fuerte, mas triunfante que nunca. Treinta millones de hombres que viven del Evanjelio, qué enigma para un Parisiense que ha leido á Diderot, y que, en una noche de invierno, se ha imajinado que comprendia á Hégel!

Así que entré en mi cuarto comencé á pasearme, ajitado durante largo rato por una multitud de pensamientos que se rechazaban unos á otros. Recuerdos de infancia, estudios de la juventud, reflexiones de la edad madura, ideas nuevas, todo esto, daba vuelta en mi cabeza y hacia en ella el caos. Parecíame que una voz misteriosa fisgaba á mi alrededor.

Bravo, Daniel, murmuraba aquella irónica voz, conque te haces capuchino. Héte místico, fanático y ademas de esto ridículo. Antes de poco tambien vas á ganguear lo mismo que maese Brown, y á hablar mejor que él el dialecto de Canaan. O Franceses, eternos camaleones! Chinos en Canton, Beduinos en Arjel, puritanos en Massachusetts, cómicos en todas partes ¿cuándo sereis hombres? Cuando vuelvas á Paris, Daniel, dejarás en la barrera ese cant insípido, y ese librote negro que las jentes de buen gusto respetan, sin tocarlo jamás. Un filósofo le saca políticamente el sombrero al cristianismo,—es menester no ponerse mal con nadie; ir mas allá es la debilidad de los espíritus estrechos. El dios del siglo diez y nueve, es el viejo Pan, eclipsado demasiado tiempo por la dolorosa figura de Cristo. Sumérjete en el infinito, Daniel; adora á tu padre el abismo; es el culto á la moda,—el único que puede confesar la infalible razon de nuestros dias.

—No, esclamé, mis ojos se han abierto; he sacudido el penoso sueño en que nuestra alma se enerva. Esos niños me han enseñado esta mañana el vínculo sagrado que une estrechamente á la libertad con el Evanjelio. Si para nosotros todo acaba con el cuerpo,—no tenemos ni derechos ni deberes; somos un rebaño malhechor, que es necesario apacentar y castigar hasta que la muerte lo mande á podrirse en la fosa eterna. Solo es persona aquel á quien la inmortalidad pone en comunion con Dios. Solo es hombre y ciudadano aquel que puede adherirse á una justicia viviente,—á una verdad que no muere. El pobre, el enfermo, el esclavo, el desgraciado, el criminal, no se hicieron sagrados sino el dia en que Cristo los rescató con su sangre y los cubrió con su divinidad. Adios Hégel, Spinosa! Adios las palabras puestas en lugar de las cosas! Adios la materia divinizada! Yo he visto á donde conducen á los pueblos y á los hombres tales doctrinas, y no quiero, ni los bajos goces de la multitud, ni la estóica resignacion de los espíritus magníficos. Yo necesito otra cosa que embriaguez ó desesperacion: necesito vivir! Vivir es creer y obrar. Perdidas las ilusiones de la juventud y las ambiciones de la edad madura,—mi razon es quien te llama ¡Oh Cristo! y la esperiencia la que me arroja de nuevo á tus piés. Devuélveme la esperanza despues de tantas decepciones; devuélveme el amor despues de tantas traiciones, y que luzca cuanto antes el dia felíz en que la vieja Europa imitando á la jóven América, pronuncie un grito que se eleve de la tierra al cielo, un grito salvador: Dios y la libertad!


CAPITULO XXII.
Disgustos de un funcionario Americano.

Levantarse con el alba, teniendo el cuerpo y el espíritu bien dispuesto, envolverse en una gran bata, amacarse en un rocking chair[48], y mientras se fuma una pipa de marilandia, darse, como dicen los Alemanes una fiesta de pensamientos, hé ahí un verdadera placer....cuando no se tienen treinta años, despues de un dia bien empleado y de una noche tranquila.

Sentado en la ventana, entreteníame en ver á la ciudad salir de su sueño. Lecheros, carboneros, carniceros, y especieros corrian por las calles, y bajando al piso subterráneo por la escalera exterior hacian el servicio de cada casa sin incomodar á sus habitantes. Habríase dicho que todo estaba calculado para que nada turbára el santuario en que reposaba el dueño de casa. La morada de un francés es un cuarto de posada: en él entra quien quiere; el home de un sajon es una fortaleza, defendida con cuidadoso celo contra los importunos y los curiosos. Es un hogar, en el sentido sagrado y misterioso de esta vieja palabra, importada de Oriente.

Mientras admiraba la calzada, barrida y regada ya por mis cantoneros, un cabriolé tirado por un lijero caballo, llegó cerca de mí metiendo gran ruido. Me han gustado siempre los caballos, y asi seguia con los ojos, el aire altivo del troton americano, cuando derrepente el animal se aplastó. Del fondo del cabriolé, y como lanzado á todo vapor, salió un enorme sombrero, pasando como una flecha por sobre las orejas del corcel y en pos de él un hombrecito, envuelto en una larga levita. Era el amigo Seth, perseguido sin duda por los manes del perro que habia hecho asesinar.

—Marta, esclamé, sacando la cabeza por la ventana. Marta, agua, vinagre; corred, yo bajo.

Cuando llegué á la calle, el hombre ya se habia levantado y sacudido; pasóse las manos á lo largo del cuerpo, para asegurarse que no tenia nada roto, echóse al estomago un vaso de agua, y púsose á descinchar y acomodar el caballo, sin decir palabra. Marta estaba cerca de él, temblando como una azogada.

—Entrad, en mi casa, le dije yo á Seth; un poco de descanso os hará bien; si necesitais algo aquí estoy yo.

—Doctor Daniel, contestó secamente; yo no tengo ninguna necesidad de tus servicios. Hasta la vista.

Y tomando el caballo de la brida, lo tiró cojiando hácia la casa de Fox, el attorney; Seth venia sin duda á la ciudad por un proceso, y habria dejado de ser cuácaro si una pierna estropiada ó una cabeza lastimada le hubiera desviado de su interés.

Vuelto que hube á mi observatorio, cargué una segunda pipa. Sin pasiones, sin cuidados, gozaba de mi tranquilidad; me daba un placer de niño siguiendo con los ojos el sol, que de la cima de las casas descendia lentamente á la calle. Tres golpes aplicados á la puerta me sacaron de mi fantaseo. Era el vecino Fox, adornado de una cartera bajo el brazo. Su visita me sorprendió. Sabíale muy contrariado de su derrota electoral, y no era hombre de olvidar en dos dias ni sus odios, ni su envidia.

—Buen dia, señor inspector de caminos y calles, me dijo entrando en mi cuarto.

El modo como acentuó estas palabras, me desagradó. Soy la paciencia en persona; pero no me gusta que se burlen de mí.

—Salud al señor attorney, le contesté con balbuciente voz. Podré saber lo que me proporciona el honor de veros.

—Pues no hay mas, querido doctor, repuso él con una voz burlona, sino que sois un personaje! Vedos en el camino de la grandeza! Vuestros mismos adversarios se inclinan ante vuestro talento y fortuna. Qué pueden decir ahora vuestros envidiosos?

—No entiendo una palabra de lo que me decis, Fox; qué me quereis?

—Yo, me contestó cerrando un ojo, no quiero nada; digo simplemente que del Capitolio á la roca Tarpeya no hay mas que un paso.

Despues de esta máxima banal, echóse en un sofá, abrió su caja de rapé, respiró lentamente una narigada, y sacudió unas cuantas veces algunos polvos que habian caido sobre su chaleco. En seguida, cruzando las piernas y levantando hácia mi su puntiagudo hocico, púsose á mirarme, silenciosamente, con el aire de una garduña que espera un conejo.

Intrigado de este manejo, levantéme:

—Tened la bondad de hablar claro, le dije. Qué os trae á mi casa?

—Una bagatela, me contestó, estirándose en su sitio cuan largo era y haciendo dar vuelta sus pulgares; una verdadera bagatela. Una pequeña demanda de 500 dollars.[49].

—Yo no os debo nada, asi lo creo al menos, repuse á mi vez, muy asombrado de aquella pretension.

—Sin duda, querido doctor; á mi no me debeis nada, pero á mi cliente es otra cosa.

Y esto diciendo, abrió su cartera y sacó de ella la cuenta siguiente:

Memoria de los gastos de indemnizacion debidos á Seth Doolittle, por el Dr. Daniel Smith Inspector de caminos y calles, civilmente responsable del mal entretenimiento de los mencionados caminos y calles.

1.ᵒ Varas rotas, y compostura de un tren nuevo 50
2.ᵒ Herida del caballo en el lomo, depreciacion de la susodicha bestia: al mas bajo precio 150
3.ᵒ Item mas, al referido señor Seth Doolittle, por una rodilla estropeada, un sombrero desfondado, un pantalon roto, arañazos en la cara etc., indemnizacion calculada, por bajo, por consideracion al doctor 200
4.ᵒ Por inquietudes, sacudimiento producido en el cerebro, pérdida de tiempo, etc. etc. 100
5.ᵒ Cuidados diversos, consecuencias de la herida y de la caida, consultacion de médico, dictámen de abogado, etc., etc. Memoria.

—Señor, le contesté, lanzándole al rostro su memoria de boticario,—no me placen las mistificaciones, y me asombra el papel que representais en esta farsa ridícula.

—Muy bien, dijo Fox, preferís un pleito. Como vecino, habria deseado ahorrároslo; pero puesto que no lo quereis, hé aquí el emplazamiento.

—Un pleito! esclamé alzando los hombros. Un pleito entablado por un particular contra un inspector de caminos y calles! contra un funcionario! contra un hombre público! contra un representante de la autoridad! Qué comedia! Y el artículo 75 de la constitucion del año VIII?

Cosa estraña, y que me sorprendió á mi mismo, estas últimas palabras las pronuncié en francés. Estos sajones son tan groseros, tan ignorantes en administracion, que su lengua es impotente para producir palabras tan espléndidas, como las que hacen la gloria y la grandeza de las razas latinas.

—El emplazamiento es para hoy, dijo Fox, con una sangre fria que me desarmó. Espero que lo aceptareis para no retener inútilmente á mi cliente en la ciudad. Dentro de un cuarto de hora nuestro nuevo Juez de Paz, vuestro amigo, Mr. Humbug, terminará este negocio, que, á decir verdad, no lo es tal.

—Qué! os obstinais en pretender que yo soy responsable de los accidentes de la calle?

—Quién ha de serlo entónces, si no lo sois vos? repuso el attorney. No habeis solicitado vos mismo y aceptado las funciones de inspector? No sois vos el ajente y el servidor del pueblo que os ha elejido? Si hay neglijencia, á quién la culpa, y quién debe sufrir?

—La cuestion no es esa, repuse con justo orgullo. Yo no soy un empedrador, un obrero á merced del que le paga, soy un oficial del Estado, un miembro de la autoridad que gobierna, un delegado del soberano.

—Vos sois el vijilante de los empedradores, dijo Fox, vijilante nombrado por los ciudadanos, y por lo tanto sois responsable ante los que os nombran. Conoceis algun pais del mundo donde las funciones existan para provecho de los administradores, y no para provecho de los administrados? Por mi parte, solo conozco la China con sus mandarines.

—Ignorante, esclamé! leed la ley.

—Leedla mas bien vos, respondió Fox, está en cabeza del emplazamiento.

—Leí el artículo, y bajé la cabeza. Fox tenia razon. Yo habia caido en el lazo de mi loca ambicion.

Ese pretendido honor que lisonjeaba á mi mujer, á mi hija, y aun á mí mismo, no era sino una carga llena de inquietudes y peligros. Yo era esclavo de esa multitud, á la cual saludaba la víspera como triunfador. En aquel abominable pais, el pueblo es el que manda y el funcionario el que obedece. Si lo hubiera sabido!

Una reflexion me devolvió el valor. Por muy atrasados que los Yankees estén, decia yo para mis adentros, no son del todo bárbaros. En Francia, en el hogar de la civilizacion, tenemos cuarenta mil leyes que se contradicen; haga lo que haga, la autoridad acaba siempre por encontrar quien le dé la razon; quién sabe si en los Estados-Unidos no hay tambien un Boletin de las leyes? Consultaré un abogado.

Bajemos, dije al attorney. El tribunal ha de estar abierto: Humbug nos juzgará. Si pierdo mi pleito, sabré al menos á qué atenerme respecto á esta decantada libertad americana con que me aturden. ¡Chistosa libertad por cierto es la de un pueblo donde la autoridad, es decir, la nacion hecha hombre, se inclina ante la decision de un juez de paz!

En la calle hallamos al cuácaro, siempre impasible. A una señal de Fox, siguiónos en silencio. Marta acercóse á mí suspirando.

—Amo, dijo, en este mismo empedrado fué donde nos caimos el otro dia tu hija y yo.

¡Oh poder de una palabra! A estas sencillas palabras mis ideas se trastornaron: ¡Susana, Susana mia, tú eras quien perturbaba mi conciencia! Cierto, yo tengo una fé política á prueba de las locuras modernas; con la cabeza en el cadalso, sostendria contra todo el mundo que la autoridad no se equivoca jamás,—que está perdida si se deja discutir. Que un caballo, y hasta un cristiano se rompa el pescuezo en un empedrado mal tenido, es una desgracia; ¡pero qué importa! ¡Los caballos pasan, los principios quedan! El interés general está arriba de esas miserias del interés particular.—Hé ahí el dogma conservador que me han enseñado; yo lo profeso, y sin embargo, cuatro dias antes, la vista de mi hija herida habíame hecho olvidar mi símbolo. Yo tambien, en mi loca cólera, hubiera querido encontrar delante de mí un funcionario responsable, y si lo hubiese tenido habria obrado como aquel miserable cuácaro, salvo la memoria de dos mil quinientos francos. ¡Qué débil es nuestro corazon, y cuan infestados no estamos del veneno republicano!

Humbug estaba en su gabinete; entramos en él, Marte no se habia separado de su bien amado. ¿Era este un nuevo enemigo conjurado contra mí?

—Buen dia doctor, gritó Humbug apenas me vió á lo lejos. Muy bien os sienta á vos el honrar con vuestra presencia mi modesto tribunal. Nunca se enseñará demasiado á los hombres á respetar la justicia, hermana de la relijion:

Dicite justitiam moniti et non temmere Divos.

—Señor majistrado, le dije, no es un amigo sino un litigante quien comparece ante vos.

—Un pleito, dijo él á su vez, frunciendo su tupido entrecejo. Habeis olvidado la sábia leccion de nuestros padres? Para poner ó aceptar un pleito, se necesitan seis cosas: primo,—una buena causa; secundo, un buen abogado; tertio, un buen consejo; quarto, buenas pruebas; quinto, un buen juez, y sexto, una buena suerte. Reunir todas estas condiciones es cosa tan casual, que yo aconsejo á todo el mundo el atenerse á esta máxima del Evanjelio. “Si alguien quiere pleitear contra tí para quitarte tu vestido, dale todavia tu manto.” Ganareis con ello la tranquilidad de espíritu, y ademas de esto los gastos de justicia.

Mientras que Humbug firmaba algunos papeles, apercibí en un rincon á Seth y á Marta en gran discusion. Las pocas palabras que cojia al vuelo no me permitian entender su diálogo. Seth hablaba de insulto, de una buena ocasion, de arreglos de familia. Marta suspiraba y jesticulaba, hablaba de honradez de Biblia y de casamiento. Era visible que los dos tórtolos se picoteaban. Bravo Marta, ella al menos habia tomado á lo sério esa Biblia que leía todos los dias. Su fidelidad doméstica triunfaba de su amor, y quizá tambien no la disgustaba asegurarse antes del casamiento de quien seria el dueño de casa.

—Escojed, pues, dijo ella, apartándose del cuácaro con un jesto de impaciencia.

—Veamos, veamos, respondió Seth, un poco de calma.

Y esto diciendo, acercóse tranquilamente á Fox, que no tuvo trabajo en demostrarle que para un hombre prudente hay siempre beneficio en perder una mujer y ganar un pleito.

El escribano anunció que la hora de la audiencia habia sonado.

Entremos, dijo Humbug; doctor, os doy el primer turno. Los pleitos son como las muelas enfermas; es menester librarse de ellas lo mas pronto posible; una vez arrancadas, pronto se las echa en olvido.

—En qué consiste, preguntéle, que hay tan poca jente en la sala? yo creia que en un pais libre la justicia era el gran asunto de los ciudadanos.

—Querido doctor, repuso el juez de paz, veis esos tres taquígrafos que preparan su papel y su pluma? Os diré, pues, como lord Mansfield en otra ocasion: “El pais está ahí.” Estad tranquilo, antes de dos horas todo París se ocupará de vuestro pleito. La publicidad de la justicia es la publicidad de los diarios. Suprimid el extracto y sereis juzgado en secreto, estrangulado entre dos puertas aunque haya trescientas personas de por medio. El foro de un pueblo de treinta millones de almas, el nuestro, es el diario. Merced á él, el menor litigante, el mas oscuro criminal, tiene por juez, por testigo y abogado, al pais entero. La prensa, mi buen amigo, creédselo á un viejo periodista, es la única garantia de la justicia y de la libertad.

En estas palabras de Humbug, yo no ví sino una cosa, ese diabólico tablero que iban á levantar en la calle, á fin de divertir á todo París, con mi mala ventura. Para librarme de tal fastidio, tomé una heróica resolucion. Perderé mi pleito, me dije, pero pondré á los que se rien de mi parte.

Iba á hablar; pero Fox ya habia leido sus conclusiones y comenzado su alegato.

—Hay, dijo ajitando su brazo del lado mio, hay ciertos hombres, que sin jenio, sin talento, sin capacidad; pero aflijidos por una ambicion ridícula ó por una comezon mal sana, mendigan el sufrajio popular, imajinándose que las funciones públicas son hechas para satisfacer su pueril vanidad.

Este exordio me bastaba; curábame poco de que imprimieran lo que pudiera venir en seguida.

—Permitid, le dije....

—No me interrumpais, esclamó con su mas agria voz, y poniéndose en jaque como un gallo cuyas plumas se encrespan, no me interrumpais, volvió á repetir.

—Perdonad honorable attorney, repuse yo, antes de pleitear es menester que haya un proceso, aquí no lo hay.

—Señor juez, continué, nombrado inspector desde hace cuatro dias, podria escusarme con la novedad de mis funciones, y acusar á mi predecesor de una neglijencia de que yo no soy culpable; pero Dios no permita que un oficial público, un mandatario del pueblo incurra en semejantes chicanas. El cargo obliga; yo quiero ser el primero que dé el ejemplo del respeto á la ley. Me reconozco responsable de un accidente que lamento, es pues inútil que ataqueis á un hombre que no sueña en defenderse siquiera.

—Muy bien esclamó el cuácaro, incapaz de contenerse. Amigo Daniel, tú eres un funcionario segun el corazon de Dios: un Booz, un Samuel; dame los quinientos dollars ó una fianza bastante y me declaro satisfecho.

—Un poco de paciencia, repliqué yo; estoy pronto á pagar sobre tablas toda indemnizacion lejítima; pero no quiero discutir siquiera esa indemnizacion. Defiero el juramento á mi adversario; que este buen cuácaro sea el que por sí mismo fije la cifra del daño que le he causado.

—No acepto, gritó Seth, furioso y turbado, me gusta mas pleitear; mi abogado me habia prometido un éxito completo. Un cuácaro presta acaso juramento? Daniel, no lees el Evanjelio? Cristo ha dicho: “No jures en manera alguna, ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque esta le sirve de escabel á sus pies; ni por Jerusalem.”

—Basta, dijo Humbug; acabe ahí ese canto inútil. No se te pide que digas en presencia de Dios, y como Cristo lo enseña: esto es ó esto no es. Entra en tu conciencia, piensa en tu salud. Te exijo la verdad, toda la verdad, solo la verdad. Con todo lo cual, Dios te ayude.

El cuácaro se rascó la cabeza y miró á su abogado con aire lastimoso. Fox permaneció mudo. Seth se volvio, y viendo á Marta de pié y silenciosa cerca de él, palideció y se puso á balbucear. Su conciencia, su interés, su amor, sostenian una terrible batalla; y es menester decirlo para honor del cuácaro, el interés no llevaba la mejor parte.

—Aquí está el memorial, dijo él, los hechos son exactos, pero naturalmente en el precio algo se puede rebajar. Las baras no eran nuevas; sin embargo será necesario componerlas. Cinco dollars, no es mucho, no es verdad, Marta?

La muchachona hizo una señal con la cabeza como la estátua del comendador en la Opera de D. Juan.

—Pongamos cinco dollars, repuso el cuácaro con tono lamentable. El caballo ya estaba maltratado, pero la llaga ha vuelto á abrirse. Esto vale muy bien cinco dollars, no es verdad, Marta?

—Para mí, continuó, no pido nada; pero mi pantalon está roto y he perdido mi dia. Pongamos diez dollars, no te parece Marta?

—Y el abogado, gritó Fox, vas á olvidarlo?

—El abogado, repuso el cuácaro, dichoso de descargar el furor de su avaricia contra alguien; el abogado es un tonto que me ha dado un mal consejo. Cinco dollars, en pago de diez palabras inútiles, es demasiado, qué dices Marta?

Y los ojos de Seth resplandecieron viendo que su bien amada echaba á la risa el percance de Maese Fox.

—He aquí los veinticinco dollars, dije yo á mi turno, felicitándome de quedar á mano á tan poca costa.

—Ah! Marta, esclamó el cuácaro, que ruina es la conciencia. Seguro estoy de que no la tienen las jentes que hacen fortuna, y si la tienen no se sirven mucho de ella que digamos.

—Silencio, hijo de Belial! dijo Marta; bendito sea el cielo que me ha colocado cerca de tí.

—Bravo! doctor, me dijo Fox haciendo una respetuosa reverencia, sois pasablemente artéro, y no es poca dicha para nosotros que no seais abogado.

—Pues estais equivocado, cófrade, repuse yo sonriendo, soy del oficio.

—Como así? dijo Humbug.

—Hace algunos años hice una memoria de medicina legal á propósito de las mujeres que dulcifican indefinidamente el carácter de sus maridos, á fuerza de láudano discretamente administrado. Esto me valió un díploma de la universidad de Kharkoff; soy abogado y doctor en derecho entre los cosacos.

Cófrade, dijo Humbug, con tono solemne, hacedme el honor de sentaros á mi lado, y vosotros, señores estenógrafos, no olvideis este hecho maravilloso. Un médico, doctor en derecho de la universidad de Kharkoff, es cosa que no se vé sino en América. Estoy seguro de que en toda la vieja Europa no se hallaria un fénix semejante al que poseemos en París....en Massachusetts. Kharkoff, señores, no lo olvideis, Kharkoff!


CAPITULO XXIII.
La audiencia de un Juez de Paz.

Sentéme al lado de Humbug, teniendo cuidado de echarme respetuosamente para atrás; y mientras despachaban asuntos civiles sin importancia, me puse á examinar la sala y los actores.

No habia estrado para que el majistrado quedára mas alto que el justiciable; una simple barra de madera separaba al tribunal y al público. Humbug estaba sentado detrás de un gran escritorio, y á su lado escribía el clerc ó escribano. Frente al juez habia una especie de palco con reja destinado al acusado; un poco adelante del acusado habia una mesa para el querellante y los testigos. Nada mas. Lo que aumentaba la simplicidad del espectáculo, era que nadie llevaba traje especial. Humbug estaba de frac negro, sentado y con el sombrero puesto; los abogados no tenian ningun distintivo particular. Allí no se veían ni capelo, ni toga, ni pelucas. Aquel pueblo primitivo tiene una fé tan injénua en la justicia, que cree en ella sin ceremonias. Siéntese en todas partes la grosería puritana. Añadid que habia un puesto de honor para los estenógrafos. Ellos son los que representan al pueblo, vijilando á sus majistrados y juzgando á la justicia. Oh democrácia! y son esos tus trofeos? Y sin embargo, no hay un pais donde se lleve mas lejos el respeto á la ley y la confianza en el majistrado. Es una de esas rarezas que prueban hasta la última evidencia que el Sajon ha sido creado para la libertad, así como el Francés para la guerra y el Aleman para las cóles, el jamon y la filosofía. Suponer que tan fuerte alimento conviene á todos los estómagos fué la locura de nuestros padres. Los pobres, no adivinaron en su ignorancia que hay razas individualistas y razas centralistas (qué dos lindas palabras!), las unas hechas para cernirse solitariamente en el espacio á la manera del Milano; las otras para vivir en rebaños y ser esquiladas como los carneros. La política, la relijion, la filosofía, la libertad, son cuestiones de historia natural, variedades que distinguen al homo civilizatus entre todas las bestias de dos ó de cuatro patas. Admirable descubrimiento! Eterno honor de los grandes injenios de nuestros tiempos.

Así que hubo terminado la lista de los pleitos civiles, hicieron entrar á un acusado en el palco. Era un jóven pálido, de largos cabellos y aire afeminado é impudente. Interpelado por Humbug, dijo su nombre y su domicilio y que pleiteaba no culpable.[50] Sentóse en seguida, y pasando la mano por los bucles de sus cabellos, miró á sus acusadores con desdeñosa sonrisa.

—Señor majistrado, dijo un policemen[51], teneis delante de vos á uno de los mas hábiles rateros de la ciudad; entre la multitud donde le hemos aprehendido habian cortado seis bolsillos en un cuarto de hora. Al fin hemos cojido á este pícaro, que no nos era desconocido; en el forro de su frac tenia estas grandes tijeras; pero en sus bolsillos no hemos hallado nada.

—Hay algun otro testigo, alguna otra prueba? preguntó el juez.

—Nó, señor majistrado.

—Entónces, haced salir á ese gentleman[52], y otra vez procurad ser mas hábiles.

El ladron saludó á Humbug, y se retiró tranquilamente, como un hombre que no ha dudado un punto de su absolucion.

—Cómo! le dije yo á Humbug, así soltais á ese pícaro?

—Sin duda, no hay cuerpo de delito.

—Pero, y la mala reputacion de ese miserable, y esos bolsillos cortados y esas tijeras? Qué! no son pruebas?

—Nó, repuso Humbug; esas son simples presunciones. Es muy probable que ese hombre haya entrado entre la multitud para robar; pero la ley que castiga el crímen no castiga la intencion. Ella deja lugar á la hesitacion, al miedo, á los remordimientos. Si fuéramos á condenar á las gentes por sus intenciones, cuál es el hombre de bien que no habria merecido ser colgado diez veces en su vida? Y por otra parte, si le dais al juez el derecho de leer en el alma del acusado, qué es la justicia humana, sino una hipócrita arbitrariedad? El acto culpable deja de constituir el delito, y es el capricho ó la preocupacion del majistrado el que lo constituye.

—Dichoso pais, esclamé, donde la ley proteje al ladron.

—Mas proteje al inocente contestó Humbug.

—Con vuestro sistema de inquisicion, quién escaparia á los ódios privados ó á las venganzas políticas? Con vuestro derecho de interpretacion, qué juez no estaria espuesto al error y al arrepentimiento? Temis es ciega, amigo mio,—ni oye, ni siente. Si quereis que obre, echad en su balanza un cuerpo de delito, alguna cosa material, pesada, que haga inclinar el platillo; pero presunciones, intenciones, recuerdos enojosos, nada de esto tiene peso.