Dejé pues á mi Susana trazar sobre la pizarra el triángulo, rectángulo A. B. C., levantar sobre cada lado un cuadrado &a., &., y me retiré á fin de que mi hija no tuviera que avergonzarse de la ignorancia paternal.
En una de las salas chicas (lo menos habia ocho,) Dinah interrogaba, sobre los rios grandes y pequeños de la Francia á unos niños de nueve á diez años. Sorprendíme de su memoria y de su ciencia, yo Francés, que, si me hubieran interrogado sobre la América, no habria podido ofrecer en cambio á aquellos jóvenes eruditos sino el Mississipi, el Hudson y el Potomac, únicos cursos de agua de que me hayan hablado. Verdad es que la América nos interesa poco, al paso que la Francia, reina de las letras y de las artes, debe interesar prodijiosamente á los Americanos. Es la admiracion de los bárbaros por la civilizacion!
Despues de la geografía vino la lectura en alta voz, y la declamacion. Un hombrecito de nueve años se levantó, y sin timidez ni descaro, nos recitó uno de los pasajes mas poéticos del Hiawatha de Longfellow. Aunque el jóven prodijio, gangueaba un poco, vicio comun en América, díjonos aquel pedazo con una gran precision de tono y verdadero sentimiento; hay actores célebres que no se han elevado nunca hasta esa altura.
Despues de la poesía, vino la elocuencia. Un niño, de cabellos relucientes, se levantó, puso los piés en escuadra, y con voz animada entonó un himno á la gloria de la América:
“Amigos y conciudadanos!
“Estais apenas en la infancia, y sin embargo sois ya el primer pueblo del mundo. Cuál es el héroe del último siglo, el mas grande hombre, el mejor, el amigo de su pais y de la libertad? El universo contesta: Jorje Washington, un Americano. Cuál era el primer físico? Franklin, un Americano. El mas gran teólogo? Jonatan Edwards, un Americano. Cuál es el mas grande jurisconsulto del siglo XIX? El juez Story, un Americano. Cuáles son los primeros oradores de nuestra edad? Claye, Webster, Everett, Sumner, todos ellos Americanos. Cuáles son los primeros historiadores? Prescott, Bancroft, Lothrop-Motley, Ticknor, Americanos. Cuál es el primer naturalista? Jacobo Audubon, un Americano. Cuáles son los mas grandes moralistas y los verdaderos sábios de nuestros tiempos? Channing, Emerson, Parker, todos ellos Americanos. Cuál es el primer novelista de nuestros tiempos? Mme. Beecher Stowe,[58] una Americana. Cuáles son los grandes inventores? Whitney, que ha imajinado la máquina para pelar el algodon; Fulton que ha creado el buque á vapor; Morse, que ha hallado el telégrafo eléctrico; Maury, que ha trazado en los mares rutas infalibles, todos ellos Americanos.
“Valor pues, hijos de los Puritanos; el porvenir es vuestro. Antes de que el siglo acabe sereis cien millones de hombres; qué será frente á vosotros la Europa, subyugada y dividida? La naturaleza os ha dado los mayores lagos, los mayores rios, los mas hermosos puertos; teneis tierras fecundas, y en cantidad inagotable. Vuestras minas de carbon son tan grandes como la Francia. La industria os ha dado mas ferro-carriles, mas buques á vapor, mas buques de todas clases que todos vuestros rivales juntos. Vuestros hombres son los mas bravos, los mas atrevidos, los mas injeniosos del universo; vuestras mujeres las mas bellas de la creacion. Valor pues, raza bendita del cielo! el mundo es tuyo, porque eres á la vez el pueblo mas cristiano y mas libre.”
—Querido amigo, dije á Humbug, entre todas las virtudes que enseñais á vuestros santitos, contais la modestia?
—Un poco de indulgencia, doctor, repuso con tono embarazado. Cuando se educan niños, es bueno forzar un poco el patriotismo. Es el medio de que mas tarde no se enseñorée el egoismo. Confieso, por lo demas, que la vanidad es nuestro lado flaco; nuestro prodijioso crecimiento nos enloquece y nos hace cometer mas de una falta. Pero que nos arroje la primera piedra aquel que no haya pecado. John Bull está á convencido de que, par droit de naissance,[59] es el rey de los mares; y estoy seguro que en Francia se repite en todos los tonos que los Franceses son el primer pueblo de la tierra, y que el mundo no tiene ojos sino para admirarlo.
—Qué diferencia, esclamé. La Francia es la Francia!
—La América es la América, repuso riendo. Todos los cristianos están imbuidos de la misma locura; no hay disparate á que no pueda ser arrastrado un pueblo, gritándole con aplomo “Ingleses robad esa provincia, sois Ingleses! Franceses, batíos á troche y moche, sois Franceses! Americanos, sed insolentes con la Europa, sois Americanos?” El orgullo nacional, es la bandera roja que se tiende al toro cuando se quiere hacerle caer en un lazo agachando la cabeza. Amigo querido, demos á manos llenas la educacion, difundamos por todas partes la luz si no queremos que el pueblo sea el eterno juguete de los charlatanes que se burlan de sus mas nobles pasiones y de sus mejores instintos.
En aquel momento sonó el reloj; era la hora del recreo. Corrí al patio, y hallé al amable Naaman, convertido en capitan de una nueva milicia. Tres ó cuatrocientos niños estaban formados en columna, las mujeres de un lado y los varones de otro. Abrieron una puerta vidriera que daba al patio, colocaron en ella un piano, y hé aquí á Susana y á Dinah, tocando á cuatro manos la marcha de Oberon. Al punto se desplegan las columnas en órden; se salta, se corre y se hace alto cadenciosamente; la cadena se hace y se deshace con una precision admirable. Era aquello una mezcla de danza y de jimnástica que encantaba los ojos, algo de noble, de atrevido y de gracioso á la vez. No era así como los Griegos ejercitaban á la juventud? Por primera vez comprendí como era que Platon colocaba la danza y la música entre los primeros deberes del ciudadano. Yo estaba deleitado, y á no haber sido un resto de vergüenza y mi barba griz, de buena gana hubiera tomado parte en aquel ballet[60] militar. Por qué no habia de haber danzado con los niños? No lo hacian los espartanos?
—Mi jóven amigo, dije á Naaman, esto es encantador; mi corazon se regocija ante este espectáculo, pero sacadme de una duda. Dónde estoy? Dónde me han conducido? Esta casa elegante, estas mesas de un lujo esquisito, estos hermosos libros forrados en badana, todo esto, pertenece sin duda á una escuela particular, donde no se reciben sino niños ricos. Quién es el director de este bello establecimiento?
—Siempre festivo doctor, dijo el bello pastor. Estais en la escuela primaria de la duodécima circunscripcion, barrio tercero. Tenemos ochenta casas de esta especie en nuestra buena ciudad de Paris y no es bastante.
—Muy bien; pero cómo puede el hijo del pobre proveer á los gastos de esta enseñanza costosa?
—De dónde venís? esclamó Naaman. No sabeis que la educacion es gratuita? No habeis nunca mirado vuestra cuota de impuestos? Nosotros somos los hijos de esos puritanos que, á penas desembarcaron en la árida roca de Plymouth, abrieron escuelas para combatir á Satanás,—que es el verdadero nombre de la ignorancia. Lo que hay de diabólico en nosotros,—es la bestia; lo que hay de divino, es el espíritu. La escuela es nuestro amor y nuestra debilidad; asi ella es el mas grueso capítulo de nuestro presupuesto, como la guerra ó la marina es el de los pueblos civilizados. Aquí, en nuestro Massachussetts el gasto de la escuela es poco mas ó menos la cuarta parte de nuestros gastos generales; en el pequeño Estado de Maine, monta á la tercera parte, lo que seria para la Francia un presupuesto de cuatrocientos á quinientos millones.
—Gran Dios! dije para mis adentros, si estas jentes no son locos, qué es lo que somos nosotros.—Decidme, señor Naaman, quien vota esos fondos, y como son administradas vuestras escuelas.
—El voto es comunal, respondió; es el conjunto de los habitantes el que fija la cifra del impuesto; es quizá el único gasto que aumenta todos los dias con aplauso de los que lo pagan. Sobre este punto no hay partido en América; todas las comuniones, todas las opiniones rivalizan para hacer de nuestras escuelas el establecimiento mas rico y mejor dotado del pais.
—Y naturalmente, dije, cada comunion quiere dominar en él.
—No, repuso; esto os asombrará quizá, ninguna influencia de Iglesia entra en estos muros. Cada leccion comienza por la Oracion Dominical y una lectura de la Biblia, pero sin ser acompañada de ninguna refleccion. La enseñanza es cristiana por el espíritu de nuestros maestros; no es católica ni protestante. Damos aquí á nuestros hijos el medio de buscar la verdad, les armamos contra la ignorancia, les preparamos á combatir el buen combate; en cuanto á la enseñanza dogmática, está reservada á la iglesia y á las escuelas del domingo. Así es como evitamos el perturbar esas jóvenes conciencias, y no obstante como habituamos á nuestros hijos á considerarse todos como hermanos en Jesu-Cristo.
—Bien; pero quién os responde de los maestros?
—El Directorio de educacion, dijo Naaman; directorio elejido libremente por todos los ciudadanos del mismo comun, y que tiene sobre él el directorio central del Estado. Esas asambleas reunen los hombres mas considerables del pais. Es una gloria ser llamado á vijilar la educacion; nuestros mejores ciudadanos, los Horacio Mann, los Bernard, han rehusado un puesto en el Senado Federal por permanecer de directores de nuestras escuelas en Massachussetts y en Connecticut.
—Es posible? esclamé.
—Qué tiene de sorprendente? repuso el jóven ministro. Creeis que en un pais como el nuestro se anda preguntando qué es lo que hace la grandeza de las naciones? En una República, en un Estado donde el pueblo es soberano, es menester vencer la ignorancia ó ser muerto por ella; no hay término medio: Para educar á un pueblo que cree en la verdad y que la ama, nuestros políticos no han hallado sino un medio,—ilustrarlo: esto es, hacer del mas insignificante ciudadano un hombre bastante instruido para que no lo engañen, bastante prudente para gobernarse á sí mismo.
—Y habeis resuelto el problema?
—Sí, dijo, el problema fué resuelto el dia en que tuvimos escuelas tan bien atendidas y tan completamente gratuitas, que ningun padre se atrevió ya á rehusarnos sus hijos. Cuando el comun dá todo, hasta los libros, el papel y las plumas, quién sería bastante loco ó suficiente culpable para no aprovecharse de la munificencia nacional, y condenar sus hijos á la ignorancia y la miseria?
—Supongo, le dije, que la educacion es obligatoria. Despues de semejantes sacrificios, el Estado tiene derecho de obligar á las jentes á instruirse. El no puede sufrir brutos en la sociedad.
—Hemos rechazado toda coaccion, repuso el jóven pastor. No porque háyamos dudado de nuestro derecho; pero hemos tenido miedo de adherir á un beneficio una idea odiosa. La multa y la prision harian odiar nuestras escuelas; dejamos esas durezas para los gobiernos que se curan mas de la obediencia que del amor de los ciudadanos. Hacer á la educacion universal es toda la cuestion, y hemos llegado á ese fin exelente sin tocar la libertad. Nuestras escuelas, abiertas á todos los niños hasta de edad de diez y seis años, seducen y atraen aun á los mas rebeldes. En la Nueva Inglaterra, no hallareis un solo ciudadano, nacido en el pais, que no haya recibido instruccion de nosotros.
—Bravo! esclamé, hé ahí una obra que hace el mayor honor á los cristianos de América.
—La política gana con ello, no menos que la religion, repuso; hemos llegado á un resultado que debe sorprender á los modernos. Mediante la perfeccion de nuestras escuelas, hemos restablecido, sin saberlo, la educacion comun, tan querida de los antiguos. Nuestra enseñanza es bastante elevada para preparar al hijo del rico á entrar al colejio; es bastante simple para no asustar al hijo del pobre, bastante sustancial para ponerle en estado de ocupar su puesto en la sociedad, sin que nunca tenga que ruborizarse de su ignorancia. Aquí es donde toda la juventud (comprended bien esta palabra; toda la juventud), viene á aprender la lectura, la escritura, la aritmética, la jeometria y el dibujo. Añadimos un poco de jeografia, de historia, de física y de química; y no tememos hablarles de moral y de política á esos niños. Esplicámosle la constitucion de su pais; son ciudadanos. Gracias á la riqueza y solidez de nuestras lecciones, el hijo del millonario viene á instruirse al lado del peon irlandés. Apercibo allí á una de las hijas de Green, jugando con la hija de una pobre vendedora de frutas de la calle de los Nogales. Aquí es donde reina la verdadera igualdad, la igualdad en todo, la igualdad que eleva; aquí se fomenta el patriotismo y el amor á la libertad. Formar una jeneracion, es formar un pueblo; hé ahí nuestra divisa, hé ahí lo que hace de nuestras escuelas un lugar querido de todos y sagrado para todos.
—Eso es bueno y grande, esclamé; pero perdonadme un escrúpulo final. Instruyendo así á los hijos del pueblo, no temeis inspirarles á la vez una ambicion perversa? No os parece que echais en la sociedad hombres descontentos de su suerte,—llenos de deseos y necesidades superiores, á su condicion?
—Esa es una vieja objecion, que desde hace mucho tiempo no tiene curso en América. Vuestros temores serian fundados, si nosotros abandonáramos á nuestros hijos desde que salen de la escuela; pero pensad que nuestra sociedad y nuestro gobierno son dos escuelas que no se cierran jamás. Y, ademas, todos los hombres ilustrados que tenemos se hacen un honor y un placer en instruir á los ciudadanos. Ved sino nuestras paredes cubiertas de avisos; no hay noche en que no haya alguna lectura pública, literaria, científica. La luz nos innunda; es menester ser dos veces ciego para quedarse ignorante. Al lado de esa enseñanza libre, colocad la Iglesia, siempre activa, y esas mil reuniones en las que ricos y pobres se encuentran asociados sin cesar, para obras de propaganda y de caridad. Agregad la vida política que remueve todas las ideas y fecundiza todas las almas. Finalmente, y en primera línea, poned la prensa; es decir, la palabra pública que no se agota nunca. No hay una Iglesia, una asociacion, un cuerpo, un individuo que no tenga su diario; hasta los niños tienen el suyo: el Child’s Paper, fundado hace cuatro años, tiene ya cien mil lectores, el mas viejo de los cuales no cuenta quince años. Quién puede resistir á esa marea que siempre sube? Quién puede escapar á esa oleada de civilizacion que empuja á la humanidad hácia un porvenir mejor?
—Así, sois un pueblo de sábios?
—No, dijo sonriendo. La erudicion como las artes en hija de las naciones viejas, todavia no la poseemos. Nosotros somos unos advenedizos; necesitamos un siglo quizá antes de tener esos ócios que permiten una cultura desinteresada; pero me atreveré á decirlo,—somos el pueblo menos ignorante que haya visto el sol. Mirad á nuestro alrededor; aquí no hay paisanos, sino arrendatarios; aquí no hay jornaleros, sino artesanos. Al salir de su herreria, el obrero se pone un frac negro, y vá á escuchar una lectura sobre Washington ó sobre los descubrimientos de Livingston, en Africa. Su vecino, el joyero, irá á trabajar en una escuela de dibujo, ó seguirá un curso de química. Apesar de sus manos ennegrecidas, ambos son unos caballeros; aman los placeres del espíritu tanto como vos podeis amarlos. Id al Oeste, entrad en alguna log house[61] perdida en el fondo de los bosques; sereis recibido por la mujer del azadonero; la vereis amasando el pan ó batiendo la manteca. Esperad la noche, esa misma mujer se pondrá al piano, hablará con vos de política, de moral, y quizá de metafisica. La lectura del Cocinero Perfecto no le impide el apreciar á Emerson, ni el saborear á Channing. No damos á todos la riqueza material, aunque el bienestar sea mas fácil de conquistar en América que en todo otro pais; pero á todos les ofrecemos esa riqueza que no teme el orin, ni á los ladrones; ponemos al alcance del pobre esos goces intelectuales que, en toda edad y condicion, son una fuerza y un consuelo. Haciendo eso, creemos cumplir con la palabra divina, llevar los hombres á Dios, cultivando su espíritu y su corazon.
Yo miraba aquel hombre con una emocion de que no era dueño; jamás he visto brillar en una cara humana tanto entusiasmo y tanta fé. Para Naaman la ciencia y la relijion eran un doble nombre de la verdad; ambas llenaban su corazon; á entrambas las amaba con el mismo amor.
—Amigo, esclamé, me habeis vencido. Héme aquí como San Pablo en el camino de Damasco, herido por la luz y escuchando la voz que me grita: “Es duro dar coces contra el aguijon.” Me rindo, mis ojos se abren; veo y admiro la grandeza de este pais. Qué vida intensa! El corazon, el pensamiento, todo está en accion; nada de inconvenientes, nada de barreras! el hombre es dueño de su destino; tiene la felicidad y la virtud en sus manos. Aquí no hay mentira oficial,—la verdad es quien reina; nada de preocupaciones, ni de trabas, en todas partes resuena el grito de un pueblo embriagado de esperanza: Adelante! adelante hácia un mundo donde la miseria será curada, donde la fuerza será abatida; donde el espíritu reinará. Estoy orgulloso de ser ciudadano de este hermoso pais. Viva la libertad! vivan los Estados Unidos! viva la gran república!
Mi voz fué ahogada por un redoble de tambor seguido de timbales retumbantes. Dos zuavos entraron en la escuela; el uno corrió hácia Susana y le tomó cariñosamente las manos,—Alfredo; el otro me saltó al cuello,—era mi Enrique.
Padre, me dijo, los del Sud han pasado el Potomac; Washington está amenazado; movilizan nuestras milicias, llaman á los voluntarios; esta noche partimos. Venid pronto,—mi madre os espera.
Seguido de mis hijos, salí de aquella apacible morada, donde al fin habia sorprendido el secreto de la grandeza norteamericana. La ciudad habia cambiado de aspecto; las casas estaban embanderadas. En cada ventana, el estandarte federal, ajitado por el viento, desplegaba sus fajas rojas y azules y sus treinta y cuatro estrellas como una protesta muda en favor de la union. Acá y allá, un inmenso cartelon anunciaba el desastre del ejército federal, y llamaba á los ciudadanos á socorrer la patria en peligro. Batallones armados marchaban por las calles al son de clarines y tambores. Las Iglesias estaban llenas de voluntarios que invocaban el Dios de sus padres antes de marchar al combate. En todas partes, los cantos guerreros se mezclaban á los himnos relijiosos; padres, madres y hermanos acompañaban á los jóvenes milicianos animándoles. Tomábanse las manos, lloraban y se abrazaban, alzando los brazos al cielo. Era aquello el fervor de una cruzada!
Llegué á mi casa muy ajitado. Como buen parisiense, he vivido y crecido en medio de los tumultos y de la guerra civil; son recuerdos que me entristecian, pero allí, en aquel entusiasmo que empujaba á todo un pueblo á las armas, habia algo de tan noble y de tan grande, que me sentí exaltado.
Ni los peligros que Enrique y Alfredo afrontaban me daban miedo; una voz secreta me impelia á partir con ellos. No tenia yo tambien, un hogar y una familia que defender? La América, donde poseía esos bienes tan queridos, no era mi patria?
A mi puerta hallé á todo un rejimiento de zuavos formado de los voluntarios del barrio. El viejo coronel Saint-John habia sido izado sobre un caballo blanco, y el bravo veterano olvidaba sus reumatismos y sus heridas para guiar á los jóvenes al combate. Al lado del coronel, Rose, vestido de capitan, marchaba acompañado de sus ocho hijos y de cuatro hermosos jóvenes hijos de Green. Fox, convertido en teniente, estaba en medio de un grupo; peroraba, jesticulaba, y no respiraba sino sangre y carniceria. Su cuello postizo y su tabaquera no se armonizaban muy bien con su uniforme, y en cualquiera otra ocasion me hubieran hecho reir; pero hablaba con tanto fuego, que le hallé el aire marcial. Habia en él otra cosa que un soldado de profesion; era un ciudadano decidido á morir por su pais.
—Vecino, me dijo Rose, contamos con vos; toca á los viejos dar el ejemplo. Necesitamos un cirujano para nuestro rejimiento de zuavos, y os han nombrado por unanimidad; solo nos falta vuestro consentimiento.
—Lo teneis, esclamé; sí, mis buenos amigos, parto con vosotros; allí estaremos para velar por nuestros hijos, y cuando necesario sea, haremos fuego con ellos. Viva la Union! Viva la Patria!
Este grito fué repetido en todas las filas, y á él se mezcló el de ¡viva Daniel! ¡viva el mayor! Las aclamaciones de aquella brava juventud, me hicieron cosquillas hasta en el fondo del corazon; entré en mi casa la frente altiva y la miraba brillante. Una vida nueva se despertaba en mi alma,—yo era feliz!
Jenny, anegada en lágrimas, se echó en mis brazos sin intentar siquiera conmover mi coraje. Parecíale muy natural que el padre acompañara al hijo, y que solo las mujeres se quedáran en la casa. Susana estaba no menos resuelta; veíase en su palidez que se hallaba profundamente conmovida; sus labios rogaban y sus ojos se alzaban al cielo; pero no dijo una palabra que pudiera turbar á Alfredo, pareciendo ocupada unicamente en preparar nuestra partida. Mujeres queridas! ellas tambien comprendian el deber y amaban la patria.
Algunas horas bastaron para procurarme un uniforme de cirujano. Rose me regaló una balija exelente; compré revolvers, un sable, un caballo, y á las tres estuve pronto; debiamos partir á la noche.
Hasta entonces no habia reflexionado, la furia Francesa me habia arrebatado. Pero en el momento de dejar aquella casa, en la que tantos dias felices y tan bien aprovechados habia pasado,—esperimenté no sé que tristeza; parecíame que una vez partido no volveria. Y si volvia, volverian conmigo mi Enrique, y aquel Alfredo al que ya amaba como á un hijo?
Procuraba deshechar aquellos tristes pensamientos, que, siempre rechazados, me asaltaban sin cesar, cuando el viejo coronel entró en mi casa. Su vista me hizo bien; era uno de esos bravos soldados, pródigos de su sangre, aváros de la ajena; no podiamos tener un jefe mas honorable ni mas seguro.
—Coronel, le dije despues de haber recibido sus felicitaciones,—hénos solos, puedo hablaros sin rebozo. Aquí para entre nosotros, decidme, qué caso haceis de estas nuevas levas? Bella cosa es el entusiasmo, pero qué es al lado del ejercicio y de la disciplina? Apesar del valor de esos buenos jóvenes, esos batallones se desharán al primer fuego.
—Paciencia, mayor, repuso el veterano. Yo soy menos severo que vos, y sin embargo he hecho la guerra toda mi vida. Dos meses, detras de los fuertes de Washington cambiarán esos voluntarios en soldados. La disciplina es mucho sin duda, pero es un oficio al alcance del mas ignorante. Lo que no se dá, es el corazon, la fé, el amor á la patria. Ahí es donde está el resorte supremo por mas que digan los que arrastran sable. Para manejar la bayoneta es menester un brazo vigoroso y hábil; pero el alma es la que hace la fuerza del brazo. Algunos años de guerra y de sufrimiento bastan para hacer la educacion de un pueblo y poner á los dos enemigos en el mismo punto. Entonces queda la enerjía moral; ella es la que tiene la última palabra; y, es por esto que los mejores ejércitos son los que se componen de ciudadanos.
—Perdonadme, coronel, le dije, creia que nada valia lo que los viejos soldados.
—Error; repuso Saint John. En una revista ó en una parada, es posible; en la guerra es distinto. Buenos cuadros, soldados jóvenes y jenerales viejos,—hé ahí lo que se necesita. Para marchar sin quejarse, para obedecer sin murmurar, para desafiar el peligro, alta la cabeza para marchar á la muerte sonriendo,—no hay sino la juventud. Cuanto mas intelijente, piadosa y patriótica es esa juventud, tanto mas se puede contar con ella. En la vieja Europa se tienen otras ideas; allí reina todavia la preocupacion y la adoracion de la fuerza bruta. Aquí, la civilizacion nos ha ilustrado. La victoria pertenecerá siempre al jeneral que, en el momento decisivo, eche sobre un punto dado mayor número de batallones. Pero en condiciones iguales, un soldado jóven y patriota valdrá mas que un mercenario envejecido en el oficio. Ved la guerra de Crimea; ciertamente que los veteranos rusos é ingleses se han batido bien; pero á quien pertenece la corona? A los conscriptos franceses, esos heroicos hijos arrancados al arado por un dia, paisanos la víspera, ciudadanos al dia siguiente! Hé ahí nuestro modelo, hé ahí tambien lo que haremos de nuestros jóvenes americanos.
—Pero no teneis jenerales, le dije; vuestro pais es una tierra pacífica que, hasta el presente, ha producido mas agricultores y comerciantes que Césares.
—Estad tranquilo, repuso el coronel, tendreis jenerales, y mas de los que querreis. La guerra es como la caza, un oficio muy ordinario; en que ciertas jentes descuellan desde el primer dia. Tal que es hoy dia herrero, mecánico, abogado, médico quizá, mañana se despertará jeneral en el campo mismo de batalla. Abrid la historia; hay épocas estériles en que las letras, las artes, la industria están muertas; no hay ninguna en que hayan faltado soldados. El hombre tiene instintos de cazador, sanguinarios que la paz comprime; pero que no destruye. Venga la guerra, y tendreis héroes, y haga el cielo que el pueblo los estime en su justo valor, y que no les sacrifique su libertad.
—Verdaderamente, coronel, le dije, vos hablais de la guerra con poco respeto.
—Es que la he hecho, dijo tristemente, y sé lo que vale ese juego sangriento. Que los retóricos tranquilamente sentados en el rincon de la lumbre, se diviertan en celebrar los combates y la gloria,—yo me encojo de hombros ante esas paradojas; la guerra es el mayor de los azotes, el enemigo del trabajo y de la libertad, la ruina de la civilizacion. Mal haya aquellos cuya ambicion desencadena sobre la tierra esa peste abominable; pero malditos sean tres veces los que atentan á la patria con mano parricida! Que Dios nos ayude, y les haremos pagar caro su crímen. La guerra es tambien el castigo del orgullo y de la locura; cruel leccion que no se comprende sino cuando es tarde yá.
El ruido de los clarines nos anunció la hora del adios. Bajé teniendo de la mano á Enrique y Alfredo. Jenny nos abrazó á los tres con el valor de una mujer y de una madre cristiana. Susana silenciosa y ajitada, nos dió á cada uno una Biblia, que no debia separarse un momento de nosotros. Marta habia preparado un sermon profético, pero la pobre dió un terrible solloso á la primera palabra, y tomando á Enrique en sus brazos, como á un niño, le inundó de lágrimas y de besos. Yo la estreché la mano, ella me saltó al cuello, y fué medio estrangulado que monté á caballo.
Al mismo tiempo acudió Zambo ataviado ridículamente; habíase puesto un cinturon encarnado y azul, un sombrero con plumas y un sable que arrastraba por el suelo.
—Amo, gritó, llevadme con vos, yo soy bravo. Tengo la piel negra y la sangre colorada. Si no me matan antes de la victoria, los derrotaré á todos.
No fué sin dolor que me desembarazé de aquel pobre muchacho. Hícele los raciocinios mas prudentes para probarle que su coraje era ridículo. Cuando se tienen cabellos motosos, no se ha nacido para derrotar sino para ser derrotado. Palabras inútiles! Zambo tenia el ángulo facial demasiado agudo para comprender los grandes descubrimientos de nuestros eruditos. El pobre diablo se creía hombre, cristiano, ciudadano, y tenia la piel negra! Era una locura! Fué menester emplear la amenaza para hacerle entrar, y así lo hizo, pero refunfuñando. Era tiempo de acabar aquella triste comedia, las filas estaban formadas, los tambores batian; partimos.
Mientras estuve cerca de la casa no me atreví á mirar para atras; sentia que las lágrimas iban á arrazar mis ojos, y no queria derramarlas; pero al dar vuelta la calle volvíme; las tres mujeres ajitaban sus pañuelos y nos seguian con la vista. Mi corazon palpitó con fuerza.
—Oh, mi Dios! esclamé, yo te confio todo lo que amo. Lloré por primera vez, oré y me sentí consolado.
A las cuatro estábamos formados en batalla en la plaza de la Municipalidad. Green nos pasó revista, y nos habló de la patria con una emocion que rayó en la elocuencia. Su voz fué cubierta por nuestras aclamaciones. En seguida todo quedó en silencio y cada cual se recojió sobre sí mismo. Yo era el único quizá del rejimiento que estaba ajitado, y cosa estraña! no veia la hora de ir al fuego. En un momento de reposo pasé por delante de mis compañeros riendo, hablando, jesticulando y teniendo una palabra para cada soldado; hacía burla á los que estaban conmovidos, animaba á los que procuraban sonreir, y á todos prometia mi socorro en el momento del peligro; me sentia ya con la fiebre del combate.
Humbug, que se habia reunido á mí en la plaza, me miraba con aire sorprendido.
—Qué hombre sois, doctor, me dijo suspirando. Admiro vuestro buen humor y vuestra alegria. Ayer erais un tímido ciudadano, hoy sois un valiente soldado. Sois Irlandés? Teneis en las venas la sangre?
Nosotros los Sajones, llevamos al campo de batalla,
pero no tenemos ni esa gracia, ni esa elegancia, ni esa bravura. Al veros, no parece sino que el combate es una fiesta y el peligro un placer. Capaz seríais de darle gana de morir al que menos lo deseara.
El redoble de los tambores ahogó mi contestacion; Humbug me abrazó tiernamente llamándome en latin la mitad de su alma; un instante despues habíame separado de mi viejo amigo y para siempre.
La noche estaba hermosa; la luna, que habia salido temprano, iluminaba en lontananza las praderas bordadas de álamos y cortadas por sauces; en el horizonte corria un rio de plateadas olas; habia cierto encanto en dejarse conducir por el caballo y en abandonarse al fantaseo en medio de aquella hermosa campiña. La felicidad del soldado, consiste en gozar de la hora presente sin inquietarse del porvenir. Tiempo hacía que me daba el placer de soñar con los ojos abiertos, cuando dos caballeros se colocaron cerca de mí. Alzé la cabeza, y con gran sorpresa reconocí al sombrío Brown y al amable Truth.
—Qué haceis aquí? esclamé. Qué quiere decir ese gran sombrero, esa levita cruzada y ese sable al lado? Ese no es el traje de un soldado ni el de un pastor.
—Doctor, dijo el puritano, la guerra es una enfermedad cruel; en ella, tanto peligra el alma como el cuerpo; vos cuidais del uno, nosotros cuidamos de la otra; nosotros somos médicos lo mismo que vos.
—Me alegro mucho de teneros por cofrádes, repuse; pero el oficio es rudo. Un cirujano se hace; la ternura, es en él un mal desconocido; para que la mano no tiemble es menester que el corazon calle; pero vos, Truth, ¿cómo resistireis al grito de los heridos y á la desesperacion de los muertos?
Es mi deber, dijo, Dios me dará fuerzas, mientras juzgue que mi servicio es útil ó necesario. Pertenezco al Señor.
La etapa no era larga; á las ocho hicímos alto. El coronel habia querido enseñarnos á marchar; la leccion no fué inútil, el rejimiento tenia el aire de una majada en derrota. Sin embargo, el bravo Saint John felicitó á todos los novicios, habituándolos poco á poco á que le miráran como á un padre y á depositar su confianza en él.
Mayor, me dijo, no ríais. Antes de un mes valdremos tanto como los Prusianos. Cuando un hombre se cree soldado ya lo es á medias; vereis lo que es un ejército de ciudadanos.
Establecimos el vivac en medio del campo, y despues de encender los fogones y de atar los caballos á la estaca, cenamos de buena gana con las provisiones que cada cual habia llevado consigo. Para conscriptos aquella primera comida al aire libre era una fiesta; la guerra no habia enjendrado todavia en ellos ni el deseo del bien estar ni el amor del hogar.
Terminada la cena, y no duró nada, los soldados en lugar de reir y gritar, se sentaron en silencio sobre sus capotes para oir á los ministros. Nuestro estado mayor formó el círculo; Truth se colocó en el centro, y abriendo la Biblia, leyó con voz inspirada el himno que cantó David cuando Dios le hubo salvado de manos de sus enemigos.
“El Señor es el baluarte mio, y él es mi Salvador. Dios es mi defensa, en él esperaré: es mi escudo y el apoyo de mi salvacion: él es el que me ensalza sobre mis enemigos y él es mi amparo.
“Tú eres Señor mi antorcha....
“Quién es Dios fuera del Señor? Y quién es fuerte, sino nuestro Dios?
“Dios es el que me revistió de fortaleza....
“El es el que adiestra mis manos para la batalla, y hace mis brazos firmes como un arco de bronce.
“Perseguiré á mis enemigos y los esterminaré: no volveré atrás hasta acabar con ellos.
“Por mas que griten, nadie acudirá á su socorro: clamarán al Señor mas no los escuchará.
“Disiparélos como polvo de la tierra: los aplastaré y desmenuzaré como lodo de las calles.
“Viva para siempre el Señor y bendito seas mi Dios. Sea engrandecido el Dios fuerte que me ha salvado[62].”
Mientras que Truth recitaba esa bella poesía, miré á mi alrededor. Todos los oficiales escuchaban rezando; sus ojos brillaban de entusiasmo y de fé. Las últimas llamas de nuestros fogones próximos á extinguirse iluminaban aquellos nobles rostros, dándoles no sé que brillo misterioso. Creíame en pleno siglo diez y seis y transportado á un campo de Cabezas-Redondas.—Es este, decia para mis adentros, es este el pueblo á que nuestros diarios de Paris niegan todo patriotismo y toda relijion! No, la tiranía militar no se establecerá nunca en aquella tierra jenerosa; aquel suelo abierto y fecundado por los puritanos no puede enjendrar sino la libertad.
Terminada la lectura, estreché la mano de Truth, y aprovechando de mi privilejio, inspeccioné todas las compañias buscando á mi hijo y á Alfredo. Hallé á los dos acostados en el suelo, envueltos en sus capotes y hablando en voz baja. De qué hablaban? era escusado preguntarlo; lo sabia.
—Hijos, les dije; cuando uno es soldado es menester contemplar sus fuerzas, y la primer condicion es dormir. Hacedme lugar entre los dos y soñad con los ojos cerrados.
Con lo cual, abrazé tiernamente á mis dos hijos, cerré con cuidado mi capote, me eché sobre la cara la capucha, y me dormí tan tranquilo y con el corazon tan aliviado como si estuviera en mi casa. Cuando el hombre se consagra á la patria, cuando le es permitido sacrificarse por lo que ama, la fatiga es dulce y hasta el peligro tiene atractivos.
En medio de mi apasible sueño, tuve una vision. Un hombre, ó mejor dicho un fantasma, de mirada burlona, y frente arrugada estaba acostado sobre mí y me ahogaba. Reconocí á Jonatás Dream; solo él tenia aquella mirada terrible.
—Eh bien, doctor, dijo con voz chocarrera, la prueba está hecha; supongo que ahora no dudareis del magnetismo y sus milagros, puesto que en ocho dias os habeis vuelto Yankee.
—Sí, sí murmuré; y estoy orgulloso de ello. Tengo mujer é hijos segun mi corazon; tengo una patria que amar, una libertad que servir y defender, soy dueño de mi vida, creo en el Evanjelio y soy feliz; si esto es un sueño, por piedad, no me desperteis.
—Bravo gritó la voz, estoy vengado. Ahora, en camino para Francia; á Paris!
Sentí una mano que apartaba mi capote y se deslizaba bajo mi capucha. Me levanté sobresaltado, quise gritar, esfuerzo inútil! estaba magnetizado. Un brazo invisible me cojió de la única mecha de cabellos que quedaba en mi frente calva, y me llevó por los aires con una espantosa rapidez.
No habia vuelto aun de mi tan natural emocion, cuando me hallé cerniéndome por el cielo como un pájaro y revoloteando por arriba de mi casa. El traidor que me habia quitado la palabra, teniéndome siempre suspendido, me hizo descender hasta la ventana del locutorio[63]. Apercibí en aquel recinto querido, reunidos en derredor de una mesa de trabajo,—á mi Jenny, á mi Susana y á Marta; el pobre Zambo sentado en el suelo sollozaba en un rincon. Susana leia el Evanjelio con voz entrecortada. Jenny y Marta rompian jénero y hacian hilas.
Mi corazon las llamó y las bendijo. Jenny levantó en el acto la cabeza.
—Susana, dijo temblando, me parece oir á tu padre; estoy segura que en este momento piensa en nosotros.
—Mamá, repuso Susana, que estraño es lo que decís; tengo el mismo presentimiento.
—Es un efecto magnético, murmuró Jonatás, riendo de una manera siniestra. Qué decís de esta esperiencia, sabio doctor?
—Dios mio! dijo Jenny, levantándose, tú que me has dado á Daniel y que me has dicho le amára, protéjele, te lo suplico. Aleja de él y de mis hijos el peligro y la muerte. Pero ante todo, Señor, hágase tu voluntad y bendito sea el tu nombre.
—Amén, dijo Susana; amén dijo Marta, y las tres mujeres se pusieron á llorar, mientras que Zambo se metia un pañuelo en la boca para sofocar sus gritos.
Oh, mis amores! Yo os abria mis brazos cuando por segunda vez una fuerza irresistible me lanzó en el espacio sin fin. En un abrir y cerrar de ojos la gran ciudad desapareció de mi vista y con ella sus luces vacilantes; despues de la ciudad se evaporaron los campos y los prados, los bosques y la tierra; solo oí el soplo del viento y los jemidos de la onda. Como en el fondo de un abismo, apercibí las olas temblando bajo los pálidos rayos de la luna; estaba á diez mil piés de altura sobre la superficie del Océano.
—Charlemos ahora, dijo el espantoso brujo cerniéndose sobre mí como un águila que tiene en sus garras un pichon. Doctor Lefebvre, os devuelvo la palabra; dadme ahora el placer de gozar de vuestra conversacion.
—Mónstruo, esclamé, cuánto tiempo he de ser tu víctima?
—Mi buen amigo, repuso fisgando, permitidme decíros que no sois político. Tutear á un hombre á quien se ha visto dos veces es cosa grosera, algo mas, una torpeza; me bastaria abrir los dedos para precipitaros en las olas, y no pienso que la jendarmería Francesa, con toda su vijilancia, pudiera prestaros aquí el menor socorro. Sed pues amable, y divertidme. Estoy cansado, he perdido mucho fluido, y me es difícil hacer mas de cien leguas por hora; no estaremos en Paris antes de mañana al amanecer. Todavia tenemos que vivir juntos una noche; el tiempo está hermoso y la ruta es agradable; séamos amigos y charlemos.
De qué se puede hablar en las nubes sino de metafísica.
—Señor Jonatás, dije tomando mi mas respetuosa voz, creeis en Dios?
—Dios, esclamó, con tono de profesor, y como si repitiera una leccion, Dios es una vieja palabra; es la personalizacion del idealismo.
—Hablad Francés, esclamé.
—Sea, dijo, Dios, es la idealizacion de la personalidad.
—Si ese es vuestro Francés, señor brujo, habladme Griego por piedad.
—Pues bien, dijo con tono gracioso, Dios es la categoría del ideal, nada mas.
—No entiendo jota, le dije.
—Es que no sabeis el Aleman, repuso. La filosofía es una lengua mística que nos viene de ultra Rhin. Ilustres sabios he visto que la han hablado durante veinte años sin entenderla; y que no por eso han dejado de ser aplaudidos.
—Esplicadme vuestro sistema, repuse con afectada dulzura. Vos sois un gran hombre, un jénio, me gustaría instruirme en vuestra escuela. Tened tambien la bondad de tirarme un poco menos los cabellos, tengo la cabeza sensible, y estoy seguro que Absalon filosofaba con trabajo cuando estaba colgado de su árbol.
—Yo soy discípulo de Spinoza, dijo Jonatás, pero he ido mas lejos que mi maestro. No hay ni materia ni espíritu en el mundo,—solo hay un conjunto de fuerzas organizadas, que se dividen á lo infinito; la planta, el animal, el hombre, son otras tantas formas de esa vida universal, otras tantas burbujas de agua que brotan en la superficie del Océano de los seres, y que solo entran en el abismo para volver á salir de él. La vida y la muerte son simples fenómenos sin importancia; el individuo desaparece, la especie dura; es lo esencial. Poco importa lo que la rueda aplasta, con tal que dé vuelta siempre. Hé ahí mi sistema, él acepta todo.
—Y no esplica nada, esclamé. Quién ha creado esas fuerzas?
—En qué pensais, doctor, repuso el májico. Crear, seria perturbar el órden universal y fatal de las cosas; nunca ha habido creacion. Suponer un principio,—es suponer una voluntad; eso trastornaria todo el sistema.
—Yo creia, le dije, que los sistemas se acomodaban á los hechos observados.
—Eso es bueno para los físicos, repuso. Nosotros, al contrario, acomodamos los hechos al sistema; nosotros somos filósofos.
—Eso es muy injenioso, dije, pero sacadme de una duda; yo creia que el hombre no era muy antiguo en la tierra.
—Esa es mi opinion, repuso; el hombre apareció hacen doce ó quince mil años cuando mas,—pero eso no implica una creacion! La naturaleza........
—Qué es la naturaleza, señor Dream?
—Otro nombre para la fuerza Universal.
—Qué es la fuerza Universal?
—Otro nombre para la Naturaleza.
—Gracias por vuestra esplicacion filosófica.
—La Naturaleza, continuó, esperimenta en ciertas épocas un acrecentamiento de enerjía, una especie de fiebre, y entonces rehace y transforma ciertas especies segun la necesidad. Así es como el hombre ha aparecido sobre la tierra; segun todas las apariencias,—es un mono ó un perro dejenerado.
—Y la palabra, y la conciencia? esclamé.
—Eso es poca cosa, dijo él, consiste en una simple modificacion fisiolójica. Un poco mas de finura en la composicion de la larinjes, ha hecho de un grito bestial un lenguaje articulado. Sin aparato nervioso no hay conciencia posible; por consiguiente, la conciencia es cuestion de nervios. Una acumulacion de la sustancia gris, un juego de la naturaleza han bastado para enjendrar al rey de la creacion.
—Pobre rey en verdad, si solo es el mas malo de los animales.
—No, no, dijo Jonatás; porque, gracias á su aparato nervioso tiene ideas jenerales, y hé ahí lo que hace del hombre una especie aparte. Es el único animal á quien se le divierte y se le engaña con palabras. El hombre vé ciertos hechos que se reproducen en serie regular, y que llama verdades; imajina una verdad universal que comprende y sostiene todas las verdades particulares; apercibe hermosas cosas y se figura una belleza que es el modelo y el tipo de todas las demas. Hé ahí el ideal que le seduce y le consuela,—ó en otros términos, lo que las buenas jentes llaman Dios.
—Muy bien, dije, conmienzo á entrever lo que es la categoría del ideal. El alma es un espejo que refleja lo que no existe; ó si os parece mejor, el hombre se vé á si mismo en ese espejo de aumento, y cual nuevo Narciso prostérnase ante esa imájen agrandada.
—No tan mal para un novicio, dijo el brujo.
—Luego, en el Universo nada hay superior al hombre?
—Conclusion lójica, dijo Jonatás.
—Si no hubiera habido hombres sobre la tierra, no habría idea de Dios, y por consiguiente Dios no existiria.
—Maravilloso, dijo, os haceis filósofo.
—No por cierto, esclamé, y no sé si mi manera de ver depende de mi estraña posicion; pero paréceme que toda esa metafísica está como yo, suspendida en el aire por un cabello. Qué significa esa naturaleza con acrecentamientos de enerjía? Una palabra para reemplazar al Ser Supremo, que en su bondad cria libremente al hombre y al mundo. Qué significa ese cambio de tejidos, esa metamórfosis de aparatos, sino una frase sonora que esplica lo desconocido por lo imposible? Qué significa esa fuerza inconsistente é inmoral? que produce una criatura dotada de conciencia y de moralidad, una quimera. A la altura en que estoy, las cosas se juzgan de una manera muy distinta,—no se paga uno de palabras vanas; las leyes físicas, es decir, un órden intelijente, una creacion constante y contínua, me revelan y me gritan que una voluntad siempre activa, omnipresente, sostiene al Universo y le impide disolverse. En ninguna parte veo la naturaleza, y en todas partes siento á Dios.
—Bravo! tres veces bravo! dijo el májico.
—Entonces lo que esponíais no era vuestro sistema? repuse muy asombrado.
—Sí, ese sistema es mio puesto que lo he robado; pero no creo en él. Pasando ayer por Tubingue, donde iba á visitar á uno de mis buenos amigos, honrado teólogo que siempre sueña,—apercibí á un gran metafísico que, á fuerza de escribir se habia quedado dormido sobre Hegel. De un golpe le he robado su pipa, sus anteojos y su sistema; cuando se despierte, solo hallará sus ojos para ver, y su espíritu para razonar.
—Pobre hombre! esclamé; ¿qué hará de esos instrumentos que nunca le han servido?
—Bah! dijo el brujo, vos no conoceis á los filósofos alemanes. Son gusanos de seda que viven en los libros; ellos sacan del primer mamotreto que se les presenta un hilo con el que se envuelven en un buen sistema, á prueba de luz y de ruido. Mi hombre se desquitará tejiendo un nuevo capullo. La verdad no es nada, la lójica es todo. Hegel no existe, viva Schopenhauer! En esa dinastia de soñadores hay siempre un rey.
—Señor, dijo con tono seco, vuestras preguntas son impertinentes. Cómo os atreveis á preguntarle á un espiritista si cree en Dios? Solo nosotros sabemos lo que es el alma, solo nosotros tenemos en la mano la prueba de su inmortalidad.
—Qué es pues el alma? pregunté con impaciencia.
—Es una fuerza magnética, respondió Jonatás. Esa monada creada por Dios y dotada de conciencia, se hace á sí misma un forro, á la manera del grano de trigo arrojado en la tierra, que echa raices, y produce un vástago y espigas. Cuando el cuerpo ha envejecido, el alma siempre jóven y activa arroja de sí ese forro decrépito, y se vá á un mundo mejor á buscar una nueva forma para su enerjia inmortal. Ved esos globos que centellean en el espacio; Júpiter, Saturno, Sirio! son otras tantas esferas habitadas por espíritus que se elevan. Subir la escala infinita de la creacion, acercarse siempre á Dios sin conseguirlo jamás, tal es nuestro destino glorioso. La muerte no es sino un pasaje á una vida mas intensa. Nada parece aquí abajo, ni siquiera un átomo de polvo; cómo ha de apagarse la conciencia? Dios es acaso un artista caprichoso, que destruye la obra maestra de su grandeza y de su bondad?
—Señor, esclamé, esas palabras son bellas y tocan al corazon; pero la prueba, esa prueba que la humanidad exije hace seis mil años,—dádmela.
Nada mas fácil, repuso Jonatás; remontemonos hasta Sirio, que brilla allá arriba por sobre nuestras cabezas, allí vereis una de las estaciones que debeis habitar algun dia. No ha mucho tiempo que visité á Washington.
—La oferta era como tentar á un curioso; pero el maldito brujo ya se habia burlado de mí; desconfiaba de su májia.
Temiendo los disgustos de un nuevo viaje, rehusé, é hice mal en rehusar; era aquella una ocasion que quizá no se me volveria á presentar.
—Llegarémos pronto? pregunté á Jonatás.
—Hé ahí una pregunta poco amable, me dijo. Mirad abajo; no veis en el mar una lucesita. Es el fanal de la Arabia, que salia de Boston, el dia en que os conduje á América; te hallas aun á medio camino de Europa; todavia tenemos que hacer doscientas leguas, ó sea seis horas de camino.
Suspiré y no hablé mas.
—Mi buen amigo, dijo el odioso májico, estais muy áspero. Si no amais la discusion, si la metafísica os ataca los nervios, escojed algun asunto familiar, que nos permita ponernos de acuerdo. Habladme de política.
—Qué pensais de la esclavitud? esclamé; qué pensais de la guerra fratricida que destroza los Estados Unidos?
A este respecto, las jentes de bien no tienen sino una sola opinion; supongo que detestais el despotismo, que aborreceis la esclavitud, no es verdad, señor espiritista, y que sin duda respetais una alma inmortal, cualquiera que sea la piel que la cubre?
—Hé ahí una pregunta del todo pacífica, dijo: pero es mas delicada de lo que creeis. No son las leyes las que hacen que un hombre mande ú obedezca.
—Qué es pues?
—Es el fluido magnético, repuso con una flema insoportable. Lo que los filósofos llaman voluntad, enerjia, potencia, no es otra cosa sino ese fluido que constituye nuestra alma. Cada cual posee una cantidad diversa y desigual. La mujer, por ejemplo, es un ser mas magnético que el hombre; así, resulta que en la mayor parte de los matrimonios, diga el Código lo que quiera, quien obedece es el marido. Los hijos, que la ley somete tambien á sus padres, son tiranos domésticos que imponen sus caprichos á toda la casa y hacen de su madre una esclava. Por qué? Porque son muy ricos en magnetismo. Los viejos, al contrario, tienen la sangre fria, y no poseen influencia sobre lo que se les acerca. Los enamorados........
—Gracias, dije bostezando; no hablemos de medicina, hablemos de política.
—Paciencia, dijo Jonatás con tono burlon. Si es cosa probada que los negros tienen menos fluido que los blancos, la cuestion está resuelta,—la esclavitud es lejítima.
—Señor, le dije, vuestras paradojas me fatigan.
—Paradojas! esclamó. Vos no sois de vuestro tiempo, doctor Rococó; leed vuestros grandes historiadores y vuestros grandes políticos, estudiad la cuestion de las razas, y vereis que la moral no es hoy dia sino la fisiolojía.
Yo tengo una gran dulzura natural, todos la reconocen, escepto mis amigos íntimos, quienes, segun el uso, no ven sino mis defectos; pero que se pongan en mi lugar y comprenderán que ha podido faltarme la paciencia. Colgado de los cabellos durante seis horas, llevado no sé donde, por no sé quién, eran bastantes contrariedades para todavia tener la de no ser de la misma opinion en política.
—Señor, dije secamente á mi enemigo, llevaos á otra parte vuestro lindo espíritu. No puedo rogaros que salgais, pero os declaro que en adelante no os escucharé.
—Y cómo hareis, repuso, con voz burlona.
—Una palabra mas, esclamé, es un insulto de que me dareis una esplicacion.
—Un duelo en estas serenas alturas, dijo el brujo, eso seria orijinal; reflexionaré; mientras tanto vos me escuchareis de grado ó por fuerza, os desafio á que os separeis de mí, dejándome burlado.
—Vos no sabeis, le contesté, haciendo rechinar mis dientes,—vos no sabeis de lo que es capaz un Francés.
—Lo creo capaz de todas las locuras, repuso Jonatás, escepto las locuras imposibles.
—Imposible! esclamé,—esa palabra no es francesa.
Mas pronto que el rayo, saqué de mi balija un par de tijeras, y corté la mecha de cabellos que me ponia en manos de aquel miserable.
Caí inmediatamente, jirando de derecha á izquierda como una pandorga que desciende. En el primer momento, alegre y contento como estaba de la reconquistada libertad, no me inquieté de aquel descenso rápido, la reflexion me vino cuando oí el mujido de las olas y los silvidos de aquilon. Era muy tarde; el mar se abrió para recibirme en sus abismos, y menos dichoso que Jonás, me rechazó sobre la onda jadeante y helado. No perdí el valor, y me puse á nadar con un ardor desesperado.
Hacer quinientas leguas de aquella manera primitiva era mucho; pero la casualidad podia hacer que me encontrase con algun vapor en aquella gran ruta del oceano, y cobré aliento. Miraba á lo lejos, buscando alguna luz, y no veia sino tinieblas, cuando el horrible fantasma, dispuesto á arrebatarme, se dejó caer sobre mí como una golondrina que levanta una mosca de la superficie del agua.
—Doctor, me dijo fisgando, espero que el baño os habrá refrescado la sangre; volvamos á tomar la discusion donde la dejamos.
Primero muerto, que escuchar tus detestables sofismas, esclamé, y cerrando el puño, le asesté á mi enemigo un golpe tan terrible que todos los huesos de mi mano sonaron. Dí un grito de dolor y........
....Me desperté en mi cama.
Al salir de aquel peligro, ó de aquella pesadilla, no sé como decir, necesité algun tiempo para reconocerme. Dónde estaba? En qué pais me habia echado mi verdugo. Las cortinas de la cama estaban cerradas,—las abrí; el cuarto sombrío y mudo; era aquello el silencio y la media luz que rodean á un enfermo. Cuando mis ojos se habituaron á la oscuridad miré á mi alrededor y ví una mesa cubierta de papeles, de libros, de folletos, apilados al azar; una biblioteca llena de libros encuadernados á la rústica, en pasta y media pasta, parados los unos y atravesados los otros; una masa de mamotretos, que se alzaba desde el suelo formando una pirámide bamboleante que á cada instante amenazaba derrumbarse; todo estaba en su lugar, y no habia que dudarlo, me hallaba en mi gabinete! en Paris, en Francia,—de vuelta al fin de mis carabanas. Lo diré? Aquella vuelta al centro de la civilizacion me hizo un mediocre placer; habíale tomado gusto á la libertad.
Tiré la campanilla, Jenny entró en puntas de pié, y me preguntó en voz baja si habia llamado.
—Sin duda, querida amiga, la dije; dadme luz, por piedad, este cuarto es una tumba.
Jenny entreabrió las cortinas y llamó á Susana, que asomó muy despacio la cabeza á la puerta, y se detuvo para mirarme con ojo inquieto.
—Y bien, señorita, la dije alegremente, no besais hoy á vuestro padre?
En lugar de echarse en mis brazos, acercóseme con paso tímido y me tomó la mano llorando.
—Cómo os sentís, papá? murmuró.
—Muy bien, hija mia, salvo la fatiga y la emocion del viaje.
—Ah! dijo Susana.—Ah! dijo Jenny.
Habia en aquel grito un acento tan estraño, que alternativamente miré á mi mujer y á mi hija; sus rostros estaban alterados.
—Qué teneis? les pregunté. Qué tengo que pueda alarmaros?
—Amigo mio, dijo Jenny, os ruego que guardeis silencio, así lo ha recomendado el doctor Olybrius.
—Quién es el doctor Olybrius? No es ese fátuo que ha hecho un grueso volúmen sobre la “Cuaresma considerada bajo el punto de vista de la hijiene y de la navegacion”. Qué hay de comun entre ese pedante de sacristia y yo?
—Daniel, repuso Jenny, con tono seco, el doctor Olybrius es el médico que todo el mundo consulta. Hace ocho dias que tiene por vos los cuidados de un cofráde y de un amigo.
—Ocho dias! grité sentándome en la cama. Estais soñando, hija querida? Cómo puede haberme cuidado en Paris vuestro doctor, siendo así que estábamos en América?
—Escuchadme, Daniel, dijo mi mujer con voz conmovida, escuchadme sin interrumpirme; va en ello vuestra salud, vuestra vida quizá.
—El mártes pasado, hace ocho dias, habeis vuelto á casa en un estado deplorable. Habiais consultado no sé qué charlatan; y si he de creerle al doctor, aquel hombre os ha hecho tomar una pocion de opio, ó de hatchis que debia mataros. La fuerza de vuestra constitucion, nuestros cuidados quizá os han salvado. Toda la semana habeis estado en un letargo completo ó en un delirio espantoso. Habeis tenido visiones terribles, que mas de una vez nos han hecho temer por vuestra razon. Hoy volveis á delirar, el doctor Olybrius lo habia predicho; pero añadiendo que esta vuelta á la salud exijía los mayores cuidados; que, segun todas las apariencias, necesitaríais de algun tiempo para sacudir todos vuestros sueños y acostumbraros de nuevo á la vida real, y que en una crísis semejante el reposo y el silencio eran de absoluta necesidad.
Al oir aquello miré á mi vez con espanto á mi mujer. Qué significaba aquella fábula, referida con tanta seguridad? Yo estaba seguro de haber estado en América; un cérebro Francés jamás habria imajinado lo que yo habia visto; por otra parte, el delirio es incoherente y no deja recuerdos. Pero si Jenny habia estado en Francia mientras yo vivia en Massachusetts, quién era pues, esa Jenny Americana, á quien estrechaba con tanta ternura sobre mi corazon? Sería bígamo sin sospecharlo? Habia dos Susanas y dos Enriques, el uno en Paris de Francia y el otro en Paris de América? Era yo doble? Tenia una sola alma en dos cuerpos? Qué confusion! Qué caos!
Maldito Jonatás! murmuré, que el diablo te lleve, y al espiritismo contigo! Vaya un lindo embarazo en el que me encuentro!
De repente la verdad me hirió, y me reproché el haber escuchado á mi mujer, siquiera un instante. No me habia dicho Jonatás que solo yo conservaria la memoria, y que mi familia se haría Yankee de nacimiento? Todo se esplicaba de la manera mas natural; Jenny era el juguete de una ilusion. Si alguien soñaba en mi casa no era yo, era mi mujer. Esta reflexion tan simple me volvió el valor y mi dignidad.
—Querida mia, le dije á Jenny, no os fieis en las apariencias. Vuestro Olybrius es un tonto; yo no he estado nunca enfermo, la prueba la teneis en que mi pulso no tiene mas que sesenta y cinco pulsaciones, en que me muero de hambre, y en que, con vuestro permiso, voy á levantarme y á almorzar. Por toda respuesta mi mujer se anegó en lágrimas: es un modo de razonar que Aristóteles ha hecho mal de olvidar; representa un gran papel en la retórica conyugal: un marido exitado está medio vencido.
Susana, como hija bien criada no dejó de encarecer á su madre, y se colgó de mi pescuezo sollozando: Papá! gritó, mi papacito, no os hagais daño, esperad al doctor.
—Le esperaré de pié, y no en ayunas, repuse; por lo demas, hijos mios, no quiero aflijiros. Soy médico, y os doy mi palabra de honor de que me siento muy bien; si mi asercion no basta haced subir á mi vecino Rose; él es médico y antes de poco os habrá tranquilizado.
La transaccion fué aceptada, entrando muy luego Rose con una cara tan séria y tan solemne que me reí en sus barbas.
—Buen dia, mi viejo amigo, le dije, tendiéndole la mano.
—A qué debo esta honra, señor doctor, respondió sentándose en mi poltrona.
—Tened la bondad de tomarme el pulso, y decidles á estas señoras si no estoy en perfecta salud.
Tomó mi brazo, contó gravemente las pulsaciones de la arteria, y, volviéndose hácia Jenny, con aire asombrado, dijo:
—Si me fuera permitido dar una opinion, me atreveria á decir que este pulso está regular, y hasta un poco débil, como el de un hombre que no ha comido. La crísis ha pasado, si la ha habido, que no me atrevo á afirmarlo. Creo, añadió desarrugando la frente, que un pollo frio y algunos vasos de vino de Burdeos están naturalmente indicados; es una prescripcion que, enfermo ó nó, el señor doctor puede aceptar.
Las dos mujeres salieron para ordenar mi comida; Rose, se levantó y acercándoseme con el dedo en la boca:
—Confesad, doctor, dijo en voz baja, que en adelante no volvereis á jugar con el láudano?
—Tu quoque? esclamé. Querido señor, el opio nada tiene que hacer en este negocio; he sido magnetizado.
—Bueno, dijo: con que vos, doctor, un hombre de fondo, un espíritu fuerte, creeis en el magnetismo, cuando la Academia de medicina le rehusa el derecho de ciudad?
—Ha sido necesario ceder á la evidencia, repuse suspirando. Teneis en mi una víctima de esa deplorable invencion. Me han transportado á América.
Rose retrocedió pálido y confuso.
—Sí, repuse, me han transportado á América, con mi casa y mi calle. Allí os he visto á vos, Sr. Rose; erais allí un patriota, un bravo, un capitan de zuavos.
—Callaos, en nombre del cielo, dijo, callaos, si otro que yo os oyera!
—Dudais de mi palabra? le dije, necesitais pruebas?
—No quiera Dios que os dé un desmentido, esclamó el boticario; hemos servido juntos en las filas de la Guardia Nacional, os tengo por un caballero y sentiria mucho que os sucediera nada desagradable. Escuchad el consejo que me dicta el respeto que os tengo. Sed prudente; sed discreto. Habeis estado en América, sea; vos lo decis, yo lo creo; pero en vuestra casa todos creen lo contrario. Sois el único de vuestra opinion. Por consiguiente, ya sabeis el proverbio: