Si os obstinais en hablar de ese viaje magnético, temo que los incrédulos se venguen á su modo, y que os hagan pasar por un hombre que....
Se detuvo, puso uno de sus dedos sobre mi frente, agachó la cabeza y me miró con aire compasivo.
—Cómo! esclamé, os imajinais por ventura que tengo trastornado el cérebro?
—Sin duda que no; no sé á qué atenerme, pero quién puede detener á las imajinaciones demasiado vivas? vuestra aventura es tan estraordinaria, que seria prudente que solo vos guardárais el secreto de ella.
—Señor Rose, repuse, sentaos y hablemos, vereis que jamás he tenido la cabeza mas sana. Cómo están vuestros nueve hijos?
—Muy bien, contestóme, os doy las gracias; todos están ya colocados inclusive mi Benjamin.
—Alfredo, no es verdad?
—Sí, dijo sonriendo, un lindo mozo de veinticuatro años. Qué gusto para un padre haber colocado al fin á toda su familia, y haberla colocado bien.
—Qué hacen todos vuestros hijos? Contadme eso, vecino; hablad incrédulo; aseguraos que tengo el corazon y el espíritu mas jóvenes que á los veinte años.
—El mayor, dijo, es el único que me ha dado algunos pesares. Era el retrato de su difunta madre. Porfiado, ambicioso, con ideas siempre suyas, y no queriendo cederle á nadie me tenia siempre inquieto. Así, he me visto reducido á hacerlo entrar en la escuela politécnica, de donde ha salido siendo uno de los primeros. Podia tener un hermoso puesto en los tabacos, pero es un caballo arisco que no hay como enfrenar. El caballero ha corrido el mundo con invenciones en su bolsillo; es hoy dia director de una usina y pretende que hace fortuna. Dios lo quiera! Pero la industria es un oficio pérfido; solo despues de haberse uno muerto puede tener la seguridad de haber salido bien. Ese niño me inquieta siempre.
—Mis otros hijos, educados cuidadosamente por mí, no me han dado sino alegrias. Han recibido una educacion literaria, y gracias á protecciones hábilmente empleadas, á todos les he colocado en la administracion. Tengo dos en las aduanas, dos en los derechos reunidos; otros dos son receptores, el octavo está en las aguas y bosques; en cuanto á mi Alfredo, hélo secretario particular de un prefecto,—en el camino de las grandezas. Antes de dos años si le consigo algunas recomendaciones, será consejero de prefectura con mil ochocientos francos de sueldo.
—Cómo! esclamé, vos, Rose, un patriota habeis hecho de vuestros hijos dependientes, cuando podiais abrirles una carrera independiente y hacerlos ciudadanos?
—Doctor, repuso el boticario, he seguido el consejo y el ejemplo de las jentes de talento. Si el servicio del Estado no es brillante, es seguro. No se tienen inquietudes ni fatigas, si hay alguna fortunita, se trastea en la bolsa para mejorarla; procura uno casarse con una mujer que tenga un lindo dote, y padres que no sean muy jóvenes; vive uno tranquilamente y envejece á su gusto con una buena jubilacioncita, en el fondo de alguna ciudad de provincia.
—Es la vida de una ostra.
—Las ostras son dichosas, repuse, es lo principal. ¿Sed fabricante, comerciante, armador? La revolucion os arruina el dia menos pensado; despues, es un gobierno fuerte que hace la guerra sin preveníroslo. ¿Y los impuestos que aumentan todos los dias, y las crísis, y la competencia? Todo se conjura contra el hombre que trabaja. Nuestra sociedad no es hecha para él. Loco es aquel que corre semejantes aventuras, cuando nada hay tan cómodo como vivir tranquilo y honrado sirviendo á su pais. ¡La Administracion es la Francia! Que los republicanos y los delicados ladren cuanto quieran, por mi parte prefiero que mis hijos estén con los que comen, no con los que son comidos.
—Y para llegar ahí habeis necesitado solicitar, estirar la mano.
—Sí, dijo riendo, se han hecho algunas bajezas. He caminado á derecha é izquierda, he implorado, he adulado, pero me he salido con la mia que es lo esencial. No abrais esos ojazos, doctor: he hecho lo que hace todo el mundo. No por eso soy menos patriota, y dejo de estar en la oposicion; estoy en el centro izquierdo, con toda la Francia, y me glorío de ello, sea dicho entre nos, pero cuando el porvenir de mis hijos está de por medio, pongo en el bolsillo mis opiniones, las cuales no me sirven de nada.
—Para encontrarlas en un dia de revolucion, ¿no es verdad? le dije con ironia.
—Sin duda, repuso con tono plácido. Se sirve al Gobierno, pero no se pierde uno por él. Una de las grandes ventajas de la administracion consiste en que las revoluciones le aprovechan; cada quince años hay una crísis, ¡dichoso aquel que se encuentra en situacion de poder atrapar el buen número!
—Sois un sábio, señor Rose.
—Un hombre de sentido simplemente, repuso con orgullosa modestia. Ved por ejemplo á mi Alfredo; ha hecho estudios admirables; ha obtenido el primer premio de discurso francés en el gran concurso. Si le hubiera escuchado se habria hecho abogado, bella carrera, pero larga, difícil, laboriosa y que ahora no conduce á nada. Al paso que con su injenio, su buen porte y un poco de manejo, ese muchacho no necesita sino dos ó tres buenas oportunidades para ser subprefecto en diez años, prefecto en quince y quizá senador.
—Ay, Dios! esclamé, oís ese ruido en la calle?
Rose corrió á la ventana.
—No es nada, dijo, es un caballo que ha rodado y un hombre que ha salido por las orejas.
—Estoy perdido: ¡tendré que pagar otros quinientos dollars!
—¿Qué teneis, querido señor? dijo el boticario, confuso con mi miedo. Un desconocido que se rompe el pescuezo en la calle, es cosa que se vé todos los dias, ¿qué mal puede haceros? es una desgracia de que no puede acusarse á nadie.
—Eso atañe, al menos, á vuestra administracion, le dije, volviendo en mí y pensando que ya no estaba en América.
—La administracion nunca es responsable, repuso Rose con tono chusco. Ella nos cuida á todos á nuestro riesgo y peligros.
—Hay un inspector.
—Sin duda, dijo, pero el inspector depende del prefecto, y este depende del gobierno, el cual no depende sino de Dios y de su espada. Como decía mi difunto padre hay tres casos fortuitos y sin remedio: naufrajio, incendio y hechos del príncipe. Hoy dia contra el naufrajio y el incendio hay el seguro; contra los hechos del príncipe nos resta lo que tenian nuestros abuelos,—la resignacion.
—Las cosas no andan así en................
Rose me miró, yo me mordí los lábios y callé.
—Por lo demas, continuó el boticario, pronto os vereis libre de ese detestable empedrado, que van diez años, hace la desesperacion de los cocheros; el mes que viene os espropian.
—¿Qué me espropian?
—¿No lo sabeis? repuso; la informacion está abierta hace ocho dias.
—Me opongo, reclamo.
—¡Reclamar! ¿y para qué? dijo con aire paterno. Querido vecino, conoceis sin duda la historia de la olla de barro y de la olla de hierro. No os encapricheis, es inútil y algunas veces perjudicial; tratad con la administracion, os dará por vuestra casa un precio razonable, ¿qué mas quereis?
—No quiero que me echen de la casa de mis padres; pero tengo los diarios, escribiré.
—¡Los diarios! dijo el boticario. Ojalá los suprimieran á todos. De qué nos sirven hace diez años. En otro tiempo, bajo el último reinado, le decian las verdades á los ministros,—era divertido; hoy dia no sé que enfermedad les han inoculado, están mudos como peces. No son sino avisos. Tengo acaso necesidad de pagar cincuenta francos por año porque me manden á domicilio el prospecto de todos los negocios sucios, cuyas perfecciones se decantan á cinco sueldos la línea. Si yo fuera gobierno, obligaria á los diarios á decir la verdad; de lo contrario, me basta el Monitor, y todavia!
—Y sois liberal?
—Liberal y francmason, hasta la muerte, dijo, levantando la mano con grotesca seriedad. Hace cuarenta años que mi Credo no ha variado jota. Viva nuestra inmortal revolucion y el Imperio que ha llevado hasta Moscow los gloriosos principios de 89! Abajo los aristócratas y los emigrados. Abajo los Jesuitas, que son la causa de todas nuestras miserias! No soy enemigo de la relijion, el pueblo la necesita, pero quiero curas patriotas y honrados. Odio á la pérfida Albion, maldigo al autócrata Ruso, quiero que la Francia liberte á todos los oprimidos: Polacos, Húngaros, Valacos, Servios, Maronitas, Italianos y Negros. Por lo demas, amo la paz y las artes; nunca tendremos de sobra para nuestra primera escena nacional, la comedia francesa, donde he aplaudido al señor Talma, en Sila:
Quiero un gobierno fuerte y patriótico, que escuche á los hombres honrados y haga callar á los abogados y á los charlatanes. Quiero un ejército que le haga frente á la Europa, una marina que desafie á la Inglaterra, canales y ferro-carriles por todas partes; quiero que el gobierno le dé trabajo y pan al obrero. Quiero ademas un pequeño presupuesto y pocos impuestos. No entiendo que el Estado engorde con los sudores del pueblo. Hé ahí mi símbolo; es el de todo buen Francés.
—Y la libertad, le pregunté, no la veo en vuestro programa?
—Os equivocais, repuso. No os he dicho que queria un gobierno enérjico, una administracion que pulverice todas las resistencias individuales? El dia en que el Poder, comprendiendo sus verdaderos intereses, os obligue á ser libres, tendremos libertad y se la impondremos al universo.
—Qué entendeis por la libertad? le pregunté.
—Vecino, dijo, hé ahí una pregunta, que prueba lo sana que teneis la cabeza. Hay una cáfila de necios que gritan libertad! libertad! sin ver el lazo que les tienden el fanatismo y la aristocracia. No quiero esas falsas libertades que solo son el privilejio de la riqueza y de la supersticion. Patriota, amigo de las luces, no quiero una libertad relijiosa provechosa solo para los sándios. Para que el pueblo sea libre es menester embozalar á los frailes. No quiero una libertad de asociacion, únicamente buena para los capuchinos; no quiero que en nombre de la caridad se corrompa al pobre con limosnas políticas, dándole un pan envenenado. No quiero una libertad de educacion que entregue nuestros hijos á los Jesuitas. No quiero una libertad departamental que reconstruya el federalismo provincial; no quiero una libertad comunal que resucite el despotismo del señor y del cura, haciéndonos siervos y villanos. Mejor es la mano del Estado que esos derechos anárquicos, de que abusarian las jentes inquietas, los aristócratas, los fanáticos y los gazmoños. Estoy con el pueblo, viva la igualdad!
Miraba con terror á aquel honrado Beociense, y decia para mis adentros,—pensar que antes de mi viaje á América yo estaba en ese grado de inbecilidad! Yo tambien ponia mi patriotismo en la igualdad de la servidumbre; yo tambien hacia consistir la libertad pública en la destruccion de todas las libertades particulares, como si despues de ese anonadamiento quedára otra cosa que el brutal mecanismo de la administracion. Jonatás! Jonatás! maldito brujo! Porqué me has hecho estranjero en mi pais, porque no trasportas á América á todos los franceses, por ocho dias siquiera?
—Y bien, vecino, dijo el boticario, sorprendido de mi silencio, qué pensais de mis principios? No soy un hombre del siglo? No soy un patriota y un Francés en toda regla? No son esas las doctrinas que vos habeis defendido siempre?
—Es verdad, repuse, pero al hacer la enumeracion de todas las libertades de que tenemos miedo, no veo bien las que nos quedan.
—Bah, me dijo, vos os chanceais. Y la libertad de la panaderia, es acaso nada? Y el sufrajio universal, no es todo? En la hora del escrutinio es cuando se reconoce á los hombres que no adulan jamás al poder. Hace cuarenta años puedo hacerme esa justicia, que nunca he votado sino con la oposicion. Pueden hacerme mil pedazos,—no cederé.
—Mientras tanto, os dejais espropiar sin decir una palabra.
—Entre nos, la cosa me fastidia, repuso el boticario. Pero qué quereis, no soy sino un individuo. Como ciudadano desafio á los tiranos; como simple potentado no he de ir á ponerme mal con la administracion, de la que tengo necesidad todos los dias. Por otra parte, los principios están ahí; el interés privado debe ceder ante el interés jeneral. Pensad que si la conservarán, vuestra casa desbordaria dos centimetros al menos de la alineacion jeneral. Quién sufriria semejante defecto de simetría? Nosotros los Parisienses hemos nacido con el compás en los ojos. No habria pasante á quien no lo chocára esa enormidad y que no gritára hasta desgañitarse contra nuestra edilidad.
—Sí, dije, los derechos no son nada, la linea recta es todo.
—Señor, dijo el boticario, no hableis mal de la linea recta; me dariais mala idea de vuestras luces y de vuestro gusto.
—Mucho debeis amar el camino mas corto de un punto á otro, puesto que le haceis sin pesar, el sacrificio de vuestra industria.
—Si lo amo? dijo; escuchadme, vecino, os haré una confidencia, que estoy seguro os encantará, como ya ha encantado á todos mis amigos.
Soy todo orejas, como hombre que lo que mas desea es convertirse.
—Ya veis, dijo, lo que hacen de París. Viejas casas, antiguos recuerdos, todos esos restos de un pasado bárbaro caen bajo el martillo de los demoledores y son reemplazados por calles rectas y palacios nacidos de ayer. Es magnético; un Parisiense mismo se pierde en él. Antes de diez años París será una ciudad completamente nueva: el teatro, la posada y el café del mundo entero. Eh bien! partiendo de las mismas ideas, he concebido un proyecto mas atrevido y hermoso; pongo á toda la Francia en París. La provincia está muerta,—ya no hay ni Auberneses, ni Gascones, ni Saboyardos; ya no hay ni siquiera Franceses. Todos somos Parisienses.
—La obra es grande, continuó; se trata de fortificar y de concentrar la unidad nacional, que deja mucho que desear; pero el medio es de los mas simples; prolongo el boulevard de Sebastopol, de un lado hasta Bayona, del otro hasta Dunkerque; llevo la calle de Rivoli, de una punta hasta Brest, de la otra hasta Niza. De paso, derribo todo, á fin de que nada embarace la linea recta. Qué perspectiva! Qué horizonte! Y el gasto es nada! Las espropiaciones no costarán caro, el aumento de precio de los terrenos será enorme, porque siempre se estará en París. Todas las ciudades no serán ya sino suburbios.
En medio de la via coloco un ferro carril; de ambos lados hago construir casas con arqueria, á fin de que los pedestres no sufran ni la lluvia ni el lodo; coloco teatros de trecho en trecho y cafés en todas partes. París se vuelve asi el paseo del jénero humano. Eso no es todo, llamo á las artes en mi socorro para dar estilo á mis construcciones. En la estremidad de ese boulevard de doscientas leguas del lado de Bayona, erijo una estátua de ciento veinte pies: la gloria; en la otra estremidad hácia Dunkerque: la victoria. Al fin de la calle de Rivoli, hácia Brest: un grupo de guerreros; abajo, hácia Niza, ninfas ofreciendo laureles. En el centro, finalmente, es decir, hácia Bourges, establezco un Walhalla, un panteon jigantesco. Una columna ó mas bien una pila inmensa formada de cañones superpuestos, elevará hasta las nubes una especie de Minerva con pica, casco y coraza. Esa será la Francia, reina de las artes, de la civilizacion y de la paz. Al rededor de la columna dispongo un vasto pórtico coronado de granadas y de obuses que estallan; en el interior coloco las estátuas de todas nuestras glorias nacionales: Duguesclin, Dunois, Condé, Turenne, Hoche, Kléber, Masséna, Murat, &a; arriba establezco estátuas simbólicas, cada una de veinticinco pies de alto. De un lado la Guerra protejiendo la industria y las artes; del otro la Conquista llevando al estranjero la libertad; en el centro la Fortuna y la Belleza coronando la valentía. Eso será noble y grandioso, tendremos asi monumentos patrióticos que inmortalizen un siglo y engrandezcan el espíritu de veinte jeneraciones. La inmensidad en la uniformidad, qué ideal!
Los griegos, respondí, hacian, me parece consistir la belleza en la proporcion y la variedad.
—Los Franceses no son Griegos, esclamó él; somos Romanos; nada nos place como la enormidad y la simetría; lo jigantesco es lo bello.
Suspiré, bajé la cabeza y no contesté.
—Eh bien, doctor, volveis á caer en el silencio? Qué pensais de mi proyecto?
—Pienso, le dije, alzando los hombros, que vengo de un pais donde se ocupan de levantar hombres en lugar de levantar piedras y de construir monumentos. Los pórticos, las columnas, los arcos de triunfo, las estátuas, forman en el horizonte una hermosa perspectiva; pero hay algo mas hermoso, mas grande, algo mas vivo que esparce en la mas estrecha calle la mas esplendorosa luz, y que hace del antro mas sombrio un palacio: es la libertad.
—Vamos, repuso, con su tono de autor irritado, con que vuelven á venir vuestras mariposas negras; siento que mi presencia es indiscreta.
Se levantó, y le dejé marcharse. Qué habia de hacer con aquel loco? Oí que hablaba con mi mujer en el salon, y percibí el nombre de Olybrius, y las palabras:—“daos prisa, es tiempo.” Qué significaban aquellas palabras? No hice caso de ellas, y fué mal hecho. Es menester desconfiar siempre de los necios.
Por fin levantéme, acicaléme, pero no sin echar de menos mi casita de América. No tenia baño donde reposar mis miembros fatigados, ni fuego en mi cuarto ni agua caliente; los franceses no han comprendido todavía que la primera de las libertades domésticas,—consiste en tener uno todo á la mano, sin necesidad de nadie. Fué menester que tirára la campinilla sin cesar, y á cada campanillazo se me presentó un lacayo solemne y estirado que me miró desde arriba de su corbata blanca, y me sirvió con majestuoso desdén. Oh, mi pobre zambo, dónde estabas tú? Tú eras uraño y ridículo, pero me amabas.
Una vez afeitado me miré al espejo, esperimentando algun placer de encontrar mi cara de otro tiempo; no es que fuera linda, pero estaba habituado á ella; nada hay tan incómodo como buscarse uno bajo una máscara estraña. En el comedor hallé á mi mujer y á mi hija que me esperaban con una inquietud mal disimulada. Jenny bordaba un tapiz, para tener alguna habilidad; Susana festonaba, y de vez en cuando fijaba en mi sus ojos tristes y azorados. Sentéme á la mesa, y almorcé con escelente apetito. Ocho dias de emocion y de agua pura me hacian saborear con delicia un almuerzo francés, y mi viejo vino de Burdeos. Volvía á hallar la patria; mi corazon volvía á sentir su antiguo calor; y tenia ideas poéticas, cosa que no me habia sucedido en Massachusetts.—Oh, patria mía! Yo te amo como un enamorado ama á su querida, riñéndola siempre, pero deseándole siempre todas las bellezas y todas las virtudes. Oh, mi Francia querida! tu tienes mas de un defecto de educacion, pero la naturaleza te ha tratado como á niño mimado. Nada vale la dulzura de tu cielo, la riqueza de tus mieses, la hermosura de tus frutas, el calor de tus vinos. Cuando la fiebre de las revoluciones no te enloquece, tus hijos son políticos, amables, injeniosos; tus hijas son mas listas que sus maridos. Qué te falta pues, para ser la nacion del mundo mas noble y feliz? Solo esa libertad de que te burlas, y que no conoces!
—En que piensas, Susana mia?
—En nada, mi buen padre.
—Deveras? pues un pajarito me dice que la señorita piensa en su mas antiguo amigo.
—No digo que no, padre mio.
—Bien! hija mia, es menester desterrar esos malos pensamientos. Estoy tan bien de salud que solo me ocupo de tu felicidad. Y á propósito, hija mia, cuando te casas?
Jenny se levantó como si un resorte la hubiera empujado, Susana se puso colorada hasta lo blanco de los ojos.
—Dejémonos de niñerias, esclamé. Susanita, pronto tendrás veinte años, y no eres una de esas tontuelas que al nombre de marido se ponen á bisquear, mirándose la punta de la nariz. Si tu corazon ha hablado, dímelo; tengo plena confianza en tí, amiga mia; adopto de antemano el yerno que me has elejido.
Susana, dijo mi mujer, con voz conmovida, traeme de mi cuarto un poco de lana para mi tapiz, y esto diciendo, le hizo una señal de intelijencia, que, traducida en buen francés quería decir: “déjanos solos.”
En cuanto Susana salió, Jenny estalló.
—Daniel, dijo, sois cruel. Qué os ha hecho esa niña?
—Cómo! no puedo preguntarle á mi hija si ama?
—Mi hija, repuso Jenny, no ama á nadie, señor.
Es una niña honesta, que hará lo que ha hecho su madre: esperará al dia de su casamiento, para amar al esposo que sus padres le escojan.
—Al dia de su casamiento? esclamé. Es un poco tarde. Si el amor no entra la primera noche, al dia siguiente hallará la puerta cerrada. Dejar su felicidad á la eleccion de sus padres es peligroso. La mujer se casa para sí, no para su madre. El deber es una bella cosa, pero no reemplaza esa primera y santa ternura de un corazon que se ha entregado libremente.
—No sé de donde sacais esas vuestras doctrinas, dijo Jenny con tono seco; me parece que debiérais respetar vuestra casa para no traer á ella esas tristes paradojas.
—Pero, mi buena amiga, en todos los paises del mundo las jóvenes escojen sus maridos. Ved la América!
—Somos Iroqueces? interrumpió mi mujer.
—Ved la Inglaterra, la Alemania, la España misma; allí se casan con el que aman, y no veo que los matrimonios sean menos felices que en París.
—Vos no teneis sentido comun, Daniel.
—Es decir, señora, que entre nosotros dos hay alguno á quien la preocupacion, le ciega y que razona torcidamente.
Sí, señor, con la diferencia que vos sois el único de vuestra opinion, y que en Francia todo el mundo piensa como yo.
Ah! murmuré, hé ahí mi tirano, el señor todo el mundo; vuelvo á hallarlo en mi casa, y no hay duda, mi mujer valia mas en América!
Discutir era inútil, disputar odioso; recurrí á un recurso que le faltaba á Sócrates; encendí mi pipa, y me puse á soñar.
La paz no duró mucho tiempo. Enrique entró en el cuarto y vino á abrazarme tímidamente. Miré á mi hijo, y me costó reconocerle. Ya no era mi ardiente voluntario, siempre dispuesto á partir á la India ó á la guerra,—era un lindo mozalvete con cara de muñeca. En el medio de la cabeza tenia una raya á guisa de mujer; añadid una camisa bordada, un cuello parado, una cinta escocesa de corbata. Vamos, parecia una mujer de paletot; toda su persona tenia no sé qué de gracioso, de delicado y de indolente.
—De dónde vienes querido? le dijo su madre.
—De lo de mi peluquero, mamá.
Su peluquero! Mi hijo tenia necesidad de un peluquero! Yo le contemplaba como á una curiosidad.
Has estado en el picadero, esta mañana? continuó Jenny.
—Sí, mamá, y en la sala de armas.
—Muy bien, dije, esos ejercicios viriles me gustan. Es menester que un jóven sepa andar á caballo, nadar, boxear, tirar el florete y la pistola; es menester que el hombre civilizado combata sin cesar la dulzura de una vida que le enerva; pero, mi querido Enrique, eso no es todo, es menester tambien adoptar alguna profesion. Tienes diez y seis años; eres un hombre. Qué piensas hacer?
—Pobre amor mio! esclamó Jenny, dejadlo gozar de sus bellos años; todavia no es bachiller.
—Pues bien, que se haga bachiller!
—Tengo tiempo, papá, dijo Enrique, bostezando. El año que viene me darás un repetidor.
—Para qué? preguntéle.
—Todo el mundo toma repetidores, dijo Jenny encojiéndose de hombros. Ved al hijo de M. Petit, el banquero. No sabia nada, era un idiota. En tres meses un hombre del oficio le ha metido toda una enciclopedia en la cabeza; ha asombrado hasta á sus mismos examinadores.
Y tres meses despues era tan ignorante como el primer dia.
—Qué importa? dijo Jenny, era bachiller; es un título que conduce á todo.
—Sed pues bachiller, hijo mio, y no esperes el año próximo; quiero que á los diez y siete años tengas una profesion.
—Antes debe estudiar derecho! dijo mi mujer.
—Sí, paseándose tres años en el Bosque y en otras partes, salvo una enfermedad crónica que se llama el exámen. No quiero que pierda tontamente tres años, los mas bellos de la vida, en la ociosidad, ó en tristes placeres! Que Enrique adopte primero una profesion, y en seguida que estudie derecho sériamente. Habla, hijo mio, qué profesion escojes?
—La que querrais papá, respondió abrazando á su madre. Jenny se sonrió como diciéndole: paciencia, hijo mio, tu padre no tiene sentido comun.
—No tienes ningun gusto, ninguna vocacion? pregunté á Enrique.
—No, papá, eso os toca á vos. En quedandóme, en París, pudiendo montar á caballo y divertirme con mis amigos, todo me es igual.
—Hijo querido, como nos ama! dijo Jenny alizándole los cabellos.
—Divertirte! esclamé, quién te ha inspirado semejantes principios? Amigo mio; no estamos en la tierra para divertirnos. El trabajo es la órden de Dios, el freno de nuestras pasiones, la gloria y la felicidad de la vida. En América no hay un solo hombre que á tu edad no se baste á sí mismo, que no tenga el sentimiento de su deber y de su dignidad.
—Daniel, dijo Jenny, con una impaciencia visible, por qué lo atormentas así cuando no trata sino de agradarte? Esperad un poco; hará lo que hace todo el mundo.
—Es decir que no hará nada.
—Tendrá un puesto.
—Eso es lo que yo decia, repuse indignado de aquella debilidad maternal. Un puesto, hé ahí la gran palabra, mi hijo será empleado!
—Todo el mundo lo es hoy dia, dijo mi mujer. Mostradme un hijo de familia que haga otra cosa! A qué singularizaros?
—Qué! le dije á Enrique, no preferirias ser el artesano de tu fortuna, y deber tu posicion solo á tu trabajo y á tu talento? La independencia es acaso nada? No quieres ser abogado, médico, fabricante, comerciante?
—Por qué no le propones que sea almacenero? dijo Jenny, con un desden que me hirió.
—Muy bien, señora! Pezar azúcar por su propia cuenta, es cosa vergonzosa; pero cerrar cartas y empaquetar recibos por cuenta del gobierno, es noble y glorioso! Y, para llegar ahí, es menester rogar, solicitar, renegar sus opiniones y adular á personas cuya mano no se tomaria.
—Todo el mundo hace otro tanto, dijo Jenny. Os creis mas sabio y virtuoso que todo el mundo?
—Oh, preocupacion! preocupacion! esclamé. Pablo-Luis[65], tú teniais razon: somos un pueblo de lacayos!
Yo estaba furioso, me paseaba á grandes pasos por el cuarto, y daba de puñetazos sobre la mesa; Enrique bajaba la cabeza, y callaba Jenny estaba pálida, y apretando los lábios me seguia con los ojos.
—Daniel, me dijo, acabad, os lo suplico, esta escena ridícula; ya sabeis que soy incapaz de resistir á semejantes emociones. Cuando reflexioneis á sangre fria, espero que oireis la voz de la razon.
En este momento no sabeis lo que decis.
—Señora, la dije, paréceme que en presencia de mi hijo esas palabras están fuera de lugar; faltais al respeto que me debeis.
—Amigo mio, contestó, vos estais enfermo.
—Basta! esclamé; esa piedad es impertinente. Os haré ver lo que es un jefe de familia. A pesar de vuestras preocupaciones y de vuestras desesperaciones, obligaré á mi hija á que se case por inclinacion, y á mi hijo á que escoja una profesion de su gusto,—una profesion independiente.
—Daniel, sois un loco, dijo Jenny cruzando las manos.
—Señora yo tengo mi buen sentido, y os enseñaré que soy el amo de mi casa.
—Está loco! gritó mi mujer anegándose en lágrimas y echándose en brazos de Enrique, que se puso á llorar á su vez.
En aquel momento abrieron la puerta de par en par, y una voz anunció al señor doctor Olybrius.
Entró, lo veo aún.... Una frente calva, con sus correspondientes mechas de cabello rojo, flotando de derecha á izquierda, unos anteojos de oro, una sonrisa beata, una triple barba perdida en las profundidades de una ancha corbata, un frac verde, con una cinta que ostentaba los colores del arco iris,—todo anunciaba al tonto que ha tenido buen éxito. Detrás de él caminaban como dos corchetes, el abogado Reynard, que, con sus ojos de garduña, parecia buscar siempre un agujero para ocultarse en él, y el grueso Coronel Saint John, apoyado en su muleta, y arrastrando su vientre y su gota. Qué me queria aquel cortejo grotesco? Ay Dios! iba á saberlo á espensas mias.
—Buen dia, hermosa dama, dijo Olybrius, tomando la mano de mi mujer y posando en ella sus lábios; os habeis repuesto de vuestras fatigas y emociones? Cuidaos señora, cuidaos; el corazon es el órgano débil en las mujeres; no os dejeis asesinar por vuestra sensibilidad.
—Buen dia, doctor, continuó con aire de caballero, tendiéndome una mano que no me atreví á rehusar; cuánto me alegro de veros en pié. Así, es en calidad de amigo y no de médico como me presento. Lo he dicho á estos señores, que, como vecinos, venian á saber de vuestra salud, y que no se atrevian á entrar conmigo.
—Buen dia, señor Lefebvre, dijo el Coronel. Carambola que hemos estado enfermos! Pero la caja es buena; estoy muy contento de veros; voto á sanes!
Reynard no hizo ningun juramento, pero en el tono mas melífluo me hizo un cumplimiento tan ambiguo, que me hirió sin saber por qué.
—Cómo os sentís? me dijo Olybrius.
—Muy bien, contesté.
—Tanto peor, dijo él, eso no es natural,—prueba que el veneno no ha salido del todo. Despues de ocho dias de estragos causados por el ópio, debiérais estar medio muerto, sin pulso y sin voz.
—Es de hierro, dijo el Coronel. Sopla! qué carabinero habria sido.
—Querido cofrade, dije á Olybrius, vuestro diagnóstico os ha engañado. Mi caso es tan estraordinario, que en vuestro lugar cualquiera otro sábio se hubiera olvidado de su latin. No he sido envenenado con ópio; he sido magnetizado y transportado á América, de donde he vuelto esta noche.
—Arre! con la bola, esclamó el Coronel; yo he mandado un rejimiento de gascones, que no tenia compañero para la charla y la guerra; pero la palma es vuestra!
—Querido cofrade, dijo Olybrius, con voz agridulce, yo sé siempre lo que digo. Los hechos están ahí; nada hay tan brutal como un hecho. Que vos os imajineis haber estado en América, eso no me sorprende, es efecto del ópio; pero yo que os he cuidado ocho dias y ocho noches, afirmo que habeis estado en carne y huesos en vuestra cama, y que no habeis salido de París.
—Señor, contesté, vengo de un pais donde reina la verdad en toda su estension. Allí he adquirido horror á las mentiras oficiales y no oficiales; creed lo que os plazca, yo no puedo deciros sino una cosa: en cuerpo ó en alma, no sé en cuál de los dos, he pasado ocho dias en América.
—Efecto del ópio, dijo Olybrius, sacando su caja de rapé y saboreando una narigada. El cérebro no está despejado, la ilusion persiste. Querido señor, es menester reaccionar con vuestra razon, de lo contrario los lóbulos cerebrales se harán el teatro de un desórden grave y persistente. En semejante caso, vos lo sabeis, el primer remedio es desechar una idea fija, creyendo las cosas bajo la palabra del médico. Vos no habeis es-ta-do en A-mé-ri-ca, añadió, escandiendo cada una de esas palabras con tono imperioso.
—Señor, le dije, me permitireis que me quede con mi opinion.
—Daniel, esclamó mi mujer desolada, en nombre del cielo no insistais, ved que os perdeis!
—Válgame Dios, querida amiga, repuse sonriendo, y con qué voz me dices eso. Me parece que oigo á la pobre Rachel en el papel de Roxane:
Por toda respuesta Jenny alzó los brazos al cielo, y tomando á Enrique de la mano huyó del cuarto ocultando la cabeza en su pañuelo.
—Mil bombas! dijo el Coronel, por qué aflijís á vuestra mujer! Qué diablo! se puede mentir para ser agradable á las damas. No sois francés, con mil de á caballo!
—Querido vecino, dijo el abogado hablando á media voz, como si comenzára un alegato,—razonemos. Si habeis estado en América, debeis haber visto aquel país en detalle, debeis conocerlo á fondo; si habeis soñado, no podeis tener al respecto, sino ideas incompletas, confusas, y, para decirlo todo de una vez, quiméricas. Permitidme que os dirija algunas preguntas que os conducirán á la vida real, y que os permitirán que os convenzais por vos mismo de la falsedad ó verdad de vuestras impresiones.
—Hablad, señor, os escucho.
—Durante vuestra estadía en América, habeis visto á las jentes tirarse de pistoletazos en la calle? Han colgado á dos ó tres personas por dia, en virtud de esa ley de la linterna, de esa Lynch Law, cuyo nombre nos han tomado los Americanos, y quizá la idea?
—Señor, contesté, dejad á los diarios esas faramalladas. Los Americanos son cien veces mas pacíficos y civilizados que nosotros. Hasta el duelo es allí desconocido.
—Arre! dijo el Coronel, eso es demasiado. Existe acaso un pais donde no se batan? Entonces en ese convento no hay sino relijiosas del Sagrado-Corazon?
—Efecto del opio, dijo Olybrius; todo se vé color de rosa.
—Decid color de carbon de piedra, dijo el Coronel. Arre! Pues si yo estuviera en aquella barraca, á todos les daria de bofetones para ver si tienen corazon en el vientre.
—Hay un gobierno en América, dijo el abogado, ó al menos habeis encontrado por casualidad el rastro de él?
—Señor, dije, hay el mas hermoso de los gobiernos: el que administra menos; el que á los ciudadanos deja mayor libertad para gobernarse á sí mismos.
—Efecto del opio! repuso Olybrius. Quién no sabe que la América es una anarquía viva?
—Señor, dije impacientado, daos el trabajo de ir á los Estados Unidos; hallareis allí un Gobierno Central, treinta y cuatro Estados particulares, treinta y cinco Senados[66] y treinta y cinco Cámaras de Representantes. No puedo suponer que sean salvajes los que han imajinado semejantes combinaciones.
—Arre! dijo el Coronel, treinta y cinco nidos de abogados y de charlatanes. Si semejantes locuras fueran posibles, yo haria espresamente el viaje, para hacer saltar por la ventana esas treinta y cinco nidadas!
—Presenten armas, pré-pá; y todos los pájaros echan á volar; entonces si que se tiene un gobierno que no se enfurruña.
—Hay ministerios? repuso el abogado con su voz menos aguda.
—Sin duda.
—Un Ministerio, de Cultos, por ejemplo?
—No, las Iglesias son sociedades independientes. Cada cual puede abrir un templo sin tener nada que temer de la ley.
—Es imposible, dijo el abogado. Seria entregar la sociedad á las intrigas de los frailes y á todos los odios relijiosos. Habria todos los dias una San Bartolomé.
—Señor, respondí, la cosa puede ser imposible, pero existe; y añado que en ningun pais hay mas tolerancia y caridad.
—Efecto del opio! dijo Olybrius.
—Y no solo la Iglesia es libre, continué, animándome, sino la escuela y el hospicio tambien. Cada cual puede enseñar, cada cual puede aliviar la miseria sin necesidad de tenderle la mano al gobierno, ni de dirijirse á la policia como si tratára de allanar un lugar sospechoso.
—Es un sueño, dijo el abogado, es materialmente imposible.
—Efecto del opio! dijo Olybrius.
—Doctor Olybrius, esclamé, si alguien tiene una idea fija en este momento, me parece que no soy yo.
—Yo no tengo idea, doctor Daniel, repuso, pongo por testigos á estos honorables señores; me basta hacer constar que hasta ahora no nos habeis dicho una palabra que tenga sentido comun.
—Hay un consejo de Estado en América? repuso el abogado, que tenia toda la tenacidad de un juez de instruccion.
—No, señor, la justicia basta á todo, la administracion está sujeta á ella.
—Qué quimera! dijo Reynard, un pueblo no viviria seis meses sin esa admirable separacion de poderes, que hace la gloria de nuestra inmortal Constitucion. Suponed que la salud del Estado exije que os pongan preso sin forma de juicio, qué harian en vuestro pais de Hurones?
—Qué harian? El procedimiento está marcado. Emplazarian al audaz que se colocára sobre las leyes y le condenarian á unos cien mil francos de daños y perjuicios.
—Y los prefectos, no pensais, que entonces seria un empleo inútil.
—Los prefectos, repuse, no los hay.
—No hay prefectos, esclamó riendo; con que no hay prefectos? Qué quereis que hagan los ciudadanos, sino se obra por ellos.
—Buen Dios, repuse, harán por sí mismos sus propios negocios. No habeis pensado en ello todavia, señor hombre de Estado?
—No, dijo secamente, yo no pienso sino en las cosas posibles. Quién dirije allí el espíritu público, y les enseña á los ciudadanos á pensar?
—Nadie.
—Qué! no hay directorio en la prensa?
—No, señor. En aquel pais de Hurones, como vos lo llamais, cada cual dice é imprime lo que quiere, bajo la exclusiva garantia de la justicia y de la ley. Los diarios son considerados allí como un beneficio. Se les favorece y multiplica en todas direcciones. No se les exije fianza, no pagan timbre,—nada, nada impide que la luz se esparsa, nada traba la libertad.
—Sopla! dijo el coronel; vaya un pais donde tendrá que hacer la jendarmeria.
—Allí no hay jendarmes, señor coronel.
—No hay jendarmes! esclamó. Pues no exijo mas, y digo vecino, que si no estais loco de atar, que echen abajo á Charenton. No los he visto nunca de vuestro calibre; no hay jendarmes! Porqué no decis inmediatamente: no hay ejército, no hay infanteria, no hay caballeria, no hay artilleria, no hay jenerales, ni coroneles, ni capitanes; aquella sociedad se compone de paisanos ó Iroqueses, una sociedad nunca vista.
—Coronel, le dije, durante sesenta años la América no ha tenido necesidad de ejército; cuando la paz y la Union se restablezcan, licenciará el que tiene, porque como decis, aquella sociedad se compone de paisanos.
—Basta jóven, dijo frunciendo el ceño. Respetad mi bigote blanco. Tengo buen jénio, voto vá á sanes! Pero tengo ensartado algunos por haber charlataneado muchísimo menos de lo que vos lo habeis hecho durante un cuarto de hora.
—Efecto del opio, dijo Olybrius. Cómo han de vivir sin jendarmes ni ejército? Podrian á cada hora del dia reunirse en la calle, ó en otra parte, hablar de política, criticar al gobierno, salir armados y qué sé yo.
—En efecto, señor, repuse, todo eso se hace y la paz no es turbada. Los ciudadanos libres, y acostumbrados á la libertad saben conducirse por sí mismos. Cuando hay necesidad, la ley está ahí, basta un oficial de policia y un juez para mantener ó restablecer el órden.
—Basta, dijo Reynard, lanzándole una mirada á Olybrius. Doctor, estoy convencido.
—Y la medicina, dijo el solemne imbécil, dando vuelta su caja de rapé entre los dedos, cómo es ejercida en ese pais de cucaña?
—Precisamente, respondí, es una de las cosas que me ha llamado mas la atencion; las mujeres, la practican, y con éxito.
—Arre! dijo el coronel, ojalá hubiera tenido de mayor un guardapiés, cuando estuve tres meses echado de espaldas en Constantina con una bala en la pantorrilla! Habria dado todos los medios por una médica.[67] Y vaya un calembour!
—Por supuesto que esa no es la única profesion que las mujeres ejercen; se han apoderado de la enseñanza; ellas son las que educan á la jóven América.
—Eso debe hacer lindos soldados, dijo el coronel. Hé ahí una escuela donde deben enseñar á darse de trompadas, primer aprendizaje de la guerra y de la civilizacion! Qué produce esa educacion? Tenderos y modistas.
—Produce seiscientos mil voluntarios que se baten como héroes.
—Vamos, vamos, dijo el coronel, no me reciteis el diario. Hace dos años que mi gaceta me habla todos los dias de esos famosos conscriptos que corren unos tras de otros sin alcanzarse jamás. Ah! si yo estuviera allí, solo con mi 14ᵒ de infanteria lijera, cómo me divertiria, satisfaciendo los votos del gobierno. Estoy harto de América; pido que me hablen de otras revoluciones, para variar un poco y divertirme.
—Coronel, supongo que no defendeis la esclavitud.
—Un bledo se me dá de vuestros morenitos; pero en cuanto á vuestros Americanos los exécro. Es una turba de pobretes y demócratas que está dando el peor ejemplo á la Europa y echando una mancha á la civilizacion. Así deseo que el Norte se trague al Sud, y que se ahogue tragándolo. Hé ahí mi política, y hay muchos otros de mi opinion, voto vá á sanes!
—Señor, me dijo Olybrius, levantándose con majestad, permitidme reasumir en algunas palabras vuestra conversacion. Las contestaciones de estos señores, vuestros amigos y vecinos,—contestaciones llenas de sentido y de verdad, han debido convenceros de que vuestro cérebro no se halla en estado normal. Una sociedad sin administracion, sin ejército, sin jendarmes, la libertad salvaje de rezar, de pensar, de hablar, de obrar cada cual á su manera, es á no dudarlo, convendreis en ello, una de esas abominables pesadillas que solo el opio puede producir. Vuestro sistema no duraria un cuarto de hora siquiera; es la negacion de todos los principios y de todas las condiciones de esa civilizacion que hace la unidad de nuestra gran nacion. Constituyendo una administracion jerárquica y centralizada,—la sabiduria de nuestros padres hace mucho tiempo que ha elevado á la Francia al primer puesto, enseñándoles á los Franceses que la libertad es la obediencia. Nuestra gloria y nuestra fuerza estan ahí, no lo olvideis querido cófrade, y volved en vos. Esas ideas anárquicas que turban vuestro cérebro, que jamás entrarán en una cabeza francesa, os dicen suficientemente que estais enfermo y tanto mas, cuanto que no lo sentís. Es urjente que os cuideis; añado que solo un tratamiento enérjico puede devolveros la posesion de vos mismo y la calma que habeis perdido.
—Porqué no decis inmediatamente que estoy loco y que es menester encerrarme?
Olybrius suspiró, tomó una narigada de rapé con el índice y el pulgar, la aspiró lentamente, y me miró con aire contrito.
—Pobre amigo, dijo, estais gravemente atacado, pero yo os salvaré, sí, os salvaré aun á vuestro pesar.
Sentía que la cólera tronaba en mi corazon, y me contenia á duras penas.
—Señor, le dije, acabemos esta comedias; hace mucho tiempo que dura y estoy fatigado.
Olybrius se puso colorado hasta las orejas.
—Señor, dijo, engrosando la voz, vos lo tomais en un tono singular.
—No os incomodeis, querido doctor; os dariais un ataque de aplopejía.
—Doctor Daniel, díjo rechinando los dientes, yo no sufro inpertinencias. Sabe usted con quien habla, mi hombrecito?
—Sí, con un hombron, con un tonto.
—Caballero, dijo, olvida usted que tiene delante un hombre condecorado por todos los soberanos de Europa?
—Deveras! esclamé, tengo visto muchos. Oid su historia. Se hace empastar en marroquin colorado un volúmen de necedades, se le depone en la embajada, y no pasa mucho tiempo sin ser nombrado comendador ó caballero del Hipopótamo ó del Cóvidor. Cruces! es la limosna que los príncipes arrojan á los mendigos de la literatura.
—Sabeis señor, repuso, Olybrius, echando espuma de rabia sabeis que á los treinta y dos años he sido nombrado miembro de la academia de medicina por unanimidad.
—Pardiez! repuse, ahora veo que tengo mas razon de lo que creía. Si hubiérais tenido talento habriais tenido enemigos; os hubieran hecho esperar hasta los cincuenta años y no habriais sido recibido sino por un voto de mayoria. Los tontos no ofuscan á nadie, y así entran á la academia como en un molino.
Habia ido demasiado lejos, lo comprendia. El coronel reía á descostillarse; pero Reynard me miraba de una manera estraña, y Olybrius se ahogaba. Ví el momento en que cambiándose los papeles, era el enfermo quien iba á sangrar al médico. El abogado tenia sin duda oro potable en su gasnate; dos palabras dichas al oído de Olybrius le devolvieron al imbécil toda su serenidad. Una sonrisa diabólica iluminó los pliegues de su rostro. Se acercó al coronel, le pegó en el hombro, y le llevó á un rincon, siempre seguido de Reynard, su fiel consejero.
Esa manera de obrar, ese conciliábulo, tenido en mi casa y sin mí, me pareció estraño. Me paseaba á grandes pasos, próximo á estallar, cuando Olybrius salió sin saludarme. Reynard, al contrario, me hizo una profunda reverencia. El coronel se me acercó con aire alegre. Sus ojos brillaban.
—Sabeis, dijo, frotándose las manos, que lo habeis puesto de lo lindo al parroquiano?
—He hecho mal? respondí.
—No digo eso, repuso Saint Jean; me habeis dado un gran placer, voto vá á sanes. Detesto esos paisanos que se hacen cubrir de decoraciones sin haber jamás arriesgado sino la piel de otros; pero, entre nos, el hombre no vá contento! Es natural, no es verdad? Dice que le habeis insultado; exije que le deis una satisfaccion.
—Yo? esclamé.
—Estad tranquilo, dijo el coronel, le he hecho entender la razon, y he arreglado el negocio.
—Muy bien.
—Os batís.
—Qué nos batimos? dije muy asombrado. Y cuando?
—Al instante,—sobre la marcha, como se decia en el rejimiento.
—Es muy peligroso dejar enfriar estas cosas. Por haber esperado veinticuatro horas he perdido diez ocasiones. Mi carruaje está abajo; podemos partir; tengo pistolas exelentes, os gustarán. A treinta pasos he hecho saltar la oreja de un caballerito, que me miraba de reojo so pretesto de que era visco. Vamos, amigazo, los momentos son preciosos. Adelante, voto vá á sanes!
—Dentro de un momento soy con vos.
—Vais á abrazar á vuestra mujer é hijos? mal sistema! eso enternece y la mano tiembla despues. Nada de adioses trájicos; bebed un vaso de Madera y fumad dos cigarros; eso retempla la moral y le dá nervio al antebrazo.
—No tenia ninguna necesidad de exitar mi valor; la cólera me arrebataba. Entré en el salon, Jenny pálida y muda estaba allí con sus hijos abrazados; todo lo habian oído.
—Partís con el doctor? me dijo Jenny con agonizante voz.
—Sí, querida amiga; probablemente estaré ausente algunos dias.
—Volvereis pronto? dijo; en seguida se detuvo como asustada.
—Sí, respondí, volveré pronto si Dios lo quiere. Dejadme abrazaros á todos antes de partir.
—Adios, mi querido Enrique; recuerda mis consejos. Nada han hecho para darte voluntad, es una gran desgracia; las pasiones toman en nuestra alma el lugar que la voluntad no ocupa. Hazte convicciones razonadas y un carácter enérjico; así es uno hombre. Toma una profesion independiente; no esperes la fortuna sino de tí mismo. No inclínes la cabeza ante nadie, no tengas que ruborizarte ante Dios, y no te inquietes del porvenir. La felicidad no está en las cosas de la tierra, si no en la alegria de una buena conciencia; la verdadera grandeza es la de un hombre honrado, que se ha elevado por el trabajo y la virtud. Adios, sé cristiano y ciudadano; recuerda que para dominar el egoismo que nos devora, hay dos fuerzas invencibles: el amor de Dios y el amor de la libertad.
Adios, mi Susanita, escoje tú misma tu marido. No mires ni la posicion ni el dinero, mira el corazon, en él está la única riqueza que nada tiene que temer del tiempo ni de los azáres. Toma sobre todo un hombre á quien estimes y que piense como tú; ten orgullo del padre de tus hijos. El amor se vá, la confianza y el respeto quedan en el hogar, y con el tiempo llegan á ser algo mas dulce y santo que el amor. Cuando tengas hijos, deja espandir sus almas; no les enseñes la cruel sabiduría de esa sociedad que todo lo reduce al interés; déjalos soñar, como su abuelo, aunque como él deban sufrir. Los mas desgraciados aquí abajo no son los que lloran.
—Adios mi querida Jenny, perdonadme si os he ofendido y permitidme que os dé un último consejo. Vosotras las Francesas, teneis demasiado espíritu y penetracion; para ser dichosas es necesario mas simplicidad. Por qué salir siempre? el mundo no puede ofreceros sino ajitacion y fastidio. Recordad lo que ha dicho San Pablo: “El hombre no ha sido creado para la mujer, pero la mujer ha sido creada para el hombre.” Casaos con vuestro hogar, daos por placer el hacer la voluntad de vuestro marido, y por último sed la reina de esa colmena donde Dios os ha colocado: en ella está la felicidad que buscais fuera, y que os espera en vano en una casa desierta. Ah, mi Jenny, porque no hemos nacido en América,—allí residian el amor y la felicidad!
Mi mujer estaba muy ajitada; lloraba, pero al oír mis últimas palabras se retiró de mis brazos, sollozando cuando la abrazé. Enrique recibió mis caricias con aire frio y embarazado; solo Susana se colgó de mi cuello y me inundó con sus lágrimas.
Volví á abrazarlos á todos, y partí para no volver mas. Bajar la escalera, subir en el carruaje donde el coronel me esperaba con sus pistolas, fué asunto de un instante. Pregunté á Saint Jean á donde íbamos.
No lo sé, dijo; seguimos el carruaje de Olybrius, creo que nos lleva á Saint-Mandé, á algun jardin particular. Desde que han desfigurado Vincennes y el Bosque para hacer Parques ingleses, no hay donde divertirse. Batíos en una avenida que dá vuelta; apartad todas esas jentes que os siguen la pista pisando vuestras pisadas. Nos falta un campo cerrado en Paris; es una vergüenza para el viejo honor francés, voto vá á Sanes.
El coronel estaba monótono y se repetia mucho; me apresuré á ofrecerle un cigarro que le tapó la boca, y, hundiéndome en un rincon del carruaje, seguí la moda francesa que consiste en reflexionar cuando ya no es tiempo. A mi edad, y por una causa semejante, aquel duelo era una locura, á la que me habia dejado arrastrar por un tonto brutal. Iba decidido á no contestar al fuego de Olybrius; pero eso no me justificaba. Necio de mi que no habia sido capaz de resistir á una estúpida preocupacion! En aquel momento si, que recuerdos y remordimientos me trasportaban á América! Volvia á ver las dulces y leales fisonomías de aquellos buenos y sincéros amigos que me habian elevado hasta ellos. Truth, Humbug, Naaman, Green, Brown mismo sonreian á mi alrededor, y con ellos toda aquella familia Americana que hacia la alegria de mi corazon, sin olvidar á Marta ni á Zambo. Qué diferencia entre los dos paises! El Paris en que estaba me parecia una ciudad estranjera, las calles de mi infancia habian desaparecido, y con ellas mis recuerdos; mis vecinos me parecian ignorantes, vanidosos, egoistas; sus actos, su lenguaje, todo era convencional; nada habia en ellos de verdad ni de simplicidad. En ocho dias, pasados en Massachusetts, respirando la atmósfera de la libertad, habia vivido mas que en Paris durante cincuenta años. Mis ojos se habian abierto, el viejo hombre habia desaparecido; mi patria estaba allí donde me amaban, allí donde vivia; mi alma volaba al otro lado del Océano.
Absorto en aquel fantaséo no volví en mí sino al bajar del carruaje. Estábamos en el patio de una gran casa, con ventanas de reja,—algo parecida á un convento, á un colejio ó á una cárcel. En el fondo habia un jardin que Reynard me designó como lugar del combate, invitándome á entrar en él, mientras arreglaba con el coronel y dos amigos todas las condiciones del duelo.
Avancé sin desconfianza; de repente cerraron la reja tras de mí; volvíme, cuatro hombres vigorosos me cojieron de piés y manos; resistí como un furioso, grité, ahogaron mi voz. En un abrir y cerrar de ojos fuí llevado á una sala baja, echado, sujetado y atado en un sofá. En seguida todo se puso á dar vuelta delante de mi con una increible celeridad; una masa de agua helada cayó sobre mi cabeza, y me desmayé.
Saint-Mandé, casa del Doctor Olybrius.
20 de Abril de 1862.
—Hay tres clases de personas que la ley desdeña, abandonándolas á la administracion: las jóvenes, los locos y los periodistas. Pero, cualquiera que sea su maldad (hablo de los periodistas), ó su falta, conceptúo que esos miserables no son indignos ni de justicia ni de piedad. Si son culpables, por qué no se les juzga? Si son desgraciados, por qué se les trata como á culpables? Es una cuestion que recomiendo á los filántropos en disponibilidad. Hermoso es sin duda rescatar chinitos; salvar del fuego á las viudas de Malabar que siguen á sus esposos hasta la muerte (el ejemplo podria llegar á ser contajioso), pero se me ocurre que quizá no seria malo defender á la humanidad en Francia, y darle las garantias del derecho comun, á pobres criaturas, víctimas de la educacion, del nacimiento ó de la sociedad. Y vaya otro sueño que debo guardar para mi, sino quiero esponerme de nuevo á las duchas ó á la sangre.
—Mi suerte está fijada; he jugado contra la preocupacion una partida peligrosa,—he perdido. Un tonto que se intitula médico, me ha declarado loco; mis buenos amigos han confirmado con placer la sentencia de la ignorancia. Héme encerrado y para siempre. Podré apagar en mi cérebro esta llama que lo ilumina? Podré renegar la verdad? Nó! he conocido la libertad, he probado con el borde de los lábios esa miel que embriaga, he entrevisto el eterno ideal, soy un loco! no quiero sanar.
—Los Franceses tienen todavia mas talento del que se atribuyen. Aprisionar á las jentes que piensan, que razonan y hablan, es un golpe de mayoria cuyo éxito es infalible. Donde está la fuerza, allí está la opinion. Adelante, dichosos carneros! ramonead en silencio; decios balando que sois los reyes del mundo; no son vuestros pastores los que os rehusarán ese inocente placer. Divertíos, gozad de la vida, nada teneis que temer; los insensatos están bajo de llave, turbarian vuestra quietud; cuantos mas son los sabios tanto mas se rie.
—Mi mujer no viene á verme; es tan sensible! la piedad la mataria! Qué me importa de mis hijos. Pobre Enrique, podria darle mi enfermedad, y entonces linda fortuna haria! Y tú, Susana, te amo demasiado para hacerte llorar. Las lágrimas de una hija es la única prueba que puede conmover á un mártir.
—Mis vecinos no me han olvidado. Rose me escribe que mi aventura no le ha sorprendido. Reconoce en ella la mano de los Jesuitas; mi mujer iba con demasiada frecuencia á misa! Ha hallado el rastro de un vasto complót tramado por los reverendos padres; ellos son, dice, los que empujan el Norte sobre, el Sud, los que mueven la Europa y preparan la caida del Sultan. Todas las revoluciones son obra de ellos; ellos son la causa de todas las miserias; su diario le ha revelado ese misterio de horror é iniquidad. Rose es un hombre sensato, puesto que se pasea por la calle,—yo soy un loco puesto que estoy encerrado!
—Hé aquí una carta del coronel. El bravo Saint-Jean se escusa de haber ayudado á mi arresto sin saberlo.
—Ha querido, dice, cortarle las orejas á Olybrius, el pillo se ha negado á la operacion. El coronel añade que si ha cometido alguna falta está pronto á repararla. Para quitarme el derecho de quejarme, me ofrece que nos levantemos mútuamente la tapa de los sesos. El juego no es igual; no puedo aceptar su amable proposicion. Saint-Jean me habla de política; la guerra estalla para él en todas partes al acercarse la primavera, y su alegria es inmensa. Es un soldado: está convencido de que los hombres han venido al mundo para matarse unos á otros. Si las madres, al través de angustias infinitas, educan á sus hijos hasta veinte años,—es para enviarlos al matadero. El coronel está libre; es un hombre razonable, yo soy un loco!
Leamos el diario; no soy sino un espectador que, desde su palco enrejado, mira la comedia y á los actores de su tiempo. Usemos del único derecho que me resta,—silvemos.
“Acaba de aparecer una nueva obra de Mr. Reynard, nuestro gran orador, nuestro célebre publicista. Este libro, que no puede dejar de abrirle al autor las puertas de la academia de ciencias morales y políticas, se intitula La Unidad. Mr. Reynard demuestra de una manera invencible que todos los sufrimientos y todas las revoluciones de la Francia son debidas á una causa única: la debilidad de la centralizacion. Hoy dia que los caminos de hierro y los telégrafos han suprimido la distancia, la Francia, el pais modelo, puede hallar al fin una constitucion que le permita realizar sus grandes destinos. El autor reune el poder espiritual y el poder temporal en las mismas manos,—admirable secreto para acabar con todas esas disenciones que destrozan al mundo hace quince siglos; suprime los consejos municipales, los consejos jenerales, las cámaras, la prensa, y todos esos medios de oposicion, escusables quizá en una época crítica, en una edad de lucha y de transicion, pero que ya no tienen razon de ser en un siglo orgánico como el nuestro, y con la primer raza centralista del globo. Un solo hombre, un Papa civilizador, colocado en el hogar del Estado, teniendo en su gabinete el nudo de la red telegráfica, gobernará toda la Francia por su infalible é irresistible voluntad. Organo de la soberania popular, será la democracia personificada,—la nacion hecha hombre. Desde ese momento nada podrá trabar ya el progreso; todas las divisiones habrán cesado; todas las cabezas de la anarquia habrán caido de un solo golpe.
“Desde que se entra en el detalle, es imposible no ser seducido por la simplicidad del sistema. Es el sello de las grandes invenciones. En adelante ya no habrá en Francia sino una alma y un pensamiento. El pais entero será una gran é injeniosa mecánica, conducida y regulada por un solo motor. Quién podrá turbar esa gran armonía formada por una sola nota? Un mismo despacho repetido en los cuarenta mil comunes, transformará á cuarenta millones de ciudadanos de la noche á la mañana.—Trabajad, dirá el telégrafo, y en el acto habrá trabajo para todo el mundo.—Sed instruidos, y la ignorancia cesará.—Sed virtuosos, y la Bolsa se cerrará.—Sed dichosos, y nuestra dicha se hará.
“Es increible que la humanidad haya vivido tanto tiempo sin realizar este maravilloso descubrimiento, que inmortalizará el nombre de Mr. Reynard. Pero qué! el vapor es de ayer; y el telégrafo de hoy dia! Por lo demas, nuestros reyes han tenido el sentimiento de esa verdad que un hombre de jénio pone en evidencia ahora. Sin inquietarse jamás del derecho de la justicia, nuestros soberanos han derribado las resistencias que les embarazaban; es por esto que la historia admira á los Francisco I, á los Richelieu, á los Luis XIV, y á los Napoleon. San Simon ha entrevisto esa bella reforma; pero la gloria de ser su profeta, pertenece sin disputa al ilustre y profundo Reynard. No hay un solo Francés que no le envidie su descubrimiento y su éxito.”
—Ay Dios! pensaba, Mr. Reynard se pasea y va donde quiere; se le admira y se le envidia, es algo mas que un filósofo, es un grande hombre, y yo........ yo soy un loco!
—Qué veo? El nombre de mi verdugo. Qué ha podido hacer este intrigante? leamos:
“La Academia de Medicina ha recibido ayer una comunicacion del mas alto interés. Una de nuestras reputaciones médicas, el célebre doctor alienista Olybrius, ha leido una memoria sobre el espíritu, el jénio y la locura. Ha demostrado que, por efecto del nudo simpático, que une en nosotros las funciones del cérebro con las del estómago,—es este último órgano el que, en último resorte, produce y domina todas esas fuerzas nerviosas que la vulgaridad llama facultades. El espíritu es una neuroma, el jénio una gastritis crónica y la locura una gastritis aguda. En apoyo de su sistema el doctor ha citado un ejemplo de los mas curiosos,—teniendo actualmente en sus manos un preciosísimo sujeto para sus esperimentos. Es un cierto doctor F...., que, en su locura, se imajina que ha sido transportado á los Estados-Unidos, habiendo permanecido allí toda una semana. Hay en el delirio de este pobre hombre una mezcla de alucinaciones, de recuerdos y de ideas orijinales, que el doctor Olybrius sigue y observa con el mayor cuidado. La enfermedad es aguda en el mas alto grado; el sabio Olybrius no desespera de reducirla al estado crónico, trasformándola á fuerza de sangrias y de dieta, y mediante una alimentacion habilmente sistemada. Si lo consigue, el problema está resuelto. De un loco curado á medias se hará un hombre de jénio. En el acto que termine la esperiencia, el sabio alienista presentará el sujeto á la Academia. Es escusado llamar la atencion sobre las consecuencias de esta prodijiosa invencion. La Francia carece de grandes hombres, cuando nada le sería mas fácil que fabricarlos y suministrarlos al mundo entero. En Charenton solo, hay tres mil enfermos que con un buen réjimen, y en menos de seis meses, podrian ser transformados en poetas, músicos y artistas de toda especie. Hay allí cientos de Mozarts y Rafaeles ignorados.
“Esta lectura salpicada de rasgos picantes y de palabras injuriosas, ha sido escuchada en profundo silencio, frecuentemente interrumpido por lisonjeros murmullos. No se tiene mas talento que el doctor Olybrius; oyéndolo hubimos de temer por su salud, pero nos tranquilizamos viendo la solidez de sus músculos y el vigor de sus pulmones.”
—Triple necio! esclamé; menos necio sin embargo que los que te escuchan! Tu eres un sabio, un académico, un filósofo, y yo, que te silvo, yo soy un loco!
—No, yo no volveré á entrar en esa sociedad vanidosa que tiene miedo de la verdad, y á quien se le atrapa como á las alondras deslumbrándolas con un espejo. Si la muchedumbre me rechaza, yo la destierro de mi apacible morada; la soledad me devuelve la libertad. Aquí es donde quiero vivir y morir, consolado por el evanjelio, rodeado de estos viejos amigos que son siempre fieles, y que no mienten jamás: Sócrates, Demóstenes, Ciceron, Dantes, Cervantes, Luis de Leon, Milton. A vosotros tambien, poetas, oradores, ciudadanos, los hombres os han desdeñado, maldecido, espulsado, encarcelado, asesinado. Locos y sediciosos durante vuestra vida, os habeis vuelto sabios y patriotas despues de vuestra muerte. El mundo eleva altares á las víctimas que ha degollado, y la historia de la humanidad es la historia de los mártires.
—Por qué no he de tener yo tambien mi hora. Si no soy un grande hombre,—no he sostenido una gran causa? Quién sabe si mi pais, disgustado de las insulseces que lo enervan no me perdonará mi salvajismo y mí aspereza? Lo que es amargo al paladar es dulce al corazon, dice un proverbio; así sucede con la verdad. Ella es sana como el ambiente de las yerbas y de los bosques, como el viento que pasa por sobre los ventisqueros y los mares; aquel que ha vivido en ese aire vivo, se sofoca en las hondonadas y pantanos.
—Espero contra toda esperanza; soy loco. Si fuera cuerdo haria lo que hacen los hábiles,—me resignaria, gritaria con la muchedumbre. No quiero esas alegrias que entristecen, prefiero mi cárcel y mi sueño.
—Una vision me consuela todas las mañanas en el silencio de mi pobre celda. Descubro en lontananza, cimas que blanquean; es la aurora que se levanta, la aurora de un dia que no veré; qué importa? Qué punto luminoso es aquel que rompe el horizonte,—despejando la sombra que huye? Es la nueva Jerusalem, la ciudad del porvenir. Todo está cambiado allí; los últimos vestijios del Estado pagano han desaparecido; el individuo manda, es rey. Respetado de todos, lo mismo que él los respeta,—él es el único dueño de sus acciones, el único responsable de su vida; solo tiene que temer á las leyes. La Iglesia ha revindicado la independencia Evanjélica, ha roto esa cadena adúltera que, por desgracia del mundo, le impusiera Constantino. Vuelta á su divino esposo, ella es el freno, el consuelo y la esperanza de todas las almas; el Evanjelio es la carta de la libertad. Desparramada á manos llenas, la educacion abre los corazones á la verdad; la caridad, obra de todos, ábrele el paso á ese instinto de union, á esa necesidad de accion comun, que hace la grandeza de las sociedades. La provincia ha recuperado su antiguo vigor; el amor á la pequeña patria, ha aumentado, fortificándolo, el á la grande. El comun ha roto los lazos que lo ataban; vive y obra; llama y retiene á sus hijos cerca de él. El Times no es ya el órgano de la Francia; la prensa es libre; cada cual dice lo que piensa, y piensa lo que dice. Encerrado en sus límites, el Estado no es ya mas que un beneficio. En el esterior es la espada del pais, en el interior es la ley, solo la ley, nada mas que la ley. Verdad, justicia, libertad,—vosotras brillais en ese nuevo cielo, como astros pacíficos; ante vosotras se han eclipsado los flajelos de la vieja Europa: lo arbitrario, la íntriga y la mentira. La Francia, dichosa y ufana, se espande en la abundancia y la paz,—sirviendo de ejemplo y de envidia á las naciones; allí sí que es hermoso vivir; allí sí que es dulce morir.