PRIMERA PARTE
IDEOLOGÍA DE LA FUERZA

El vasto y heterogéneo panorama espiritual del mundo en las postrimerías del siglo xix y los rojos albores del presente, brinda al observador de los tiempos que corren un espectáculo magnífico y emocionante. Turban el ánimo y pasman el espíritu las perspectivas morales, dejadas como herencia á las generaciones vivas por las generaciones muertas. Entre mil tribulaciones, el curioso se pregunta, si está á punto de convertirse en realidad palpitante la transmutación de valores anunciada por el terrible profesor de la Universidad de Basilea, y si la Fuerza, como principio de la moral y medida de todas las cosas, no amenaza de muerte, á pesar de la Conferencia de la Haya y del humanitarismo, las entidades de las filosofías espiritualistas: Justicia, Derecho, Bien, Mal, irguiéndose en medio de ellas, como un león vivo y rugiente, sobre las ruinas de una acrópolis poblada sólo de ídolos rotos, mutilados dioses y espectros terríficos en las sombras medrosas, mas irrisorios á la honrada luz del sol.

Ha sido y será eternamente cruel designio y obra difícil para la voluntad de los hombres, el despojarse de las amables creencias que los encumbran á sus propios ojos. La humanidad, como las coquetas empedernidas, ama los aderezos que la hermosean, aunque sepa que son postizos, añadidos y falsas joyas. Á mayor abundancia de razones, su bovarismo, la facultad peregrina de concebirse de una manera diferente de la realidad y obrar en consecuencia, es incontrastable y generalmente provechosa. Hace falta un grande y desinteresado valor para mirar frente á frente á la temida Esfinge, aparte de que el premio del resuelto enigma, suele ser el que tanto contribuyó á la desdicha del lamentable Edipo; es menester una acendrada resignación filosófica, en la que acaso pende el ascetismo de la cultura moderna, para recibir amablemente las visitas de duelo de los desencantos y sonreirles como á los amigos gruñones, pero leales, que nos quieren y nos dicen la amarga verdad. Ésta es á veces sólo estéril superstición: las grandes ilusiones son siempre fecundas, y aunque el viejo Cronos, con manos impías, las despoje más tarde ó más temprano de sus virtudes específicas sobre la inteligencia y el alma, la humanidad, reconocida á las fieles servidoras, sigue creyendo en ellas aún después de muertas, y hasta se complace muy comúnmente, con ingenuo y tozudo afán, en prestarles á los rostros lívidos y yertos las lozanas apariencias de la vida.

En tales ocasiones acontece á la eterna ilusa lo que á aquella infeliz criatura que, habiendo perdido á causa de terrible enfermedad la divina belleza del rostro, su tesoro, dicha y orgullo, providencial locura la salva de un desencanto mortal, haciéndole ver reflejada en los espejos, no la fealdad presente, sino la fenecida hermosura de los gozosos días.

La humanidad ha padecido muchas de estas demencias saludables. Ellas le impidieron reconocer, cuando la verdad hubiera sido como escarcha sobre los tiernos capullos de las rosas, la futileza de los adobes y afeites que realzaban las gracias del alma á la luz de las candilejas metafísicas. Hoy el arduo problema estriba en averiguar si éstas no han perdido su mágico poder, y si la transfiguración de los hechos reales por la óptica de los moralistas, es todavía conveniente para la delicada salud del mundo.


Á decir verdad, la agonía de lo divino aparece á las inteligencias libres de prejuicios hereditarios y atavismos religiosos, como un hecho triste, pero incontestable, que se descubre en todos los horizontes y que las ansias subjetivas del hombre no aciertan á disfrazar con un nuevo espejismo celeste, quizá porque este nuevo espejismo no es ya necesario á la Vida. Esta vez el instinto vital, el travieso mago que en la filosofía nietzsquiana crea las ilusiones favorables á la existencia, lucha en vano contra el Conocimiento, que las destruye implacablemente... pero sólo para darle á aquel estímulo y ocasión de forjar otras nuevas. La ciencia, la experiencia prolija del caduco globo, levanta el velo de Maya, y en lugar de las desnudeces impecables y sagradas perfecciones de la diosa, surge la razón física de los fenómenos. El misterio de que se nutren las religiones, se rompe como un hechizo al influjo de un conjuro eficaz. Las Iglesias, las vírgenes violadas por el Saber, amarillean y enferman, y con ellas palidece en el mundo la estrella del reino espiritual. Y coincidencia peregrina: allí donde éste fué más efectivo y avasalló más tiránicamente las conciencias, no ya la clorosis, sino el acabamiento de todas las energías y la parálisis, dan seguros indicios de un lúgubre é inevitable fin, como si el pecado capital de desarraigar la planta humana de la tierra y cultivarla en místicas estufas, entrañase la terrible penitencia del agostamiento, la esterilidad y la muerte. La remota y misteriosa India es el pudridero del espíritu religioso; en las aguas muertas de sus mil cultos monstruosos y extáticos, brotan lujuriantes los nenúfares de la contemplación ascética y del nirvana, entre cuyas raíces y tallos mueren sofocadas las tímidas vegetaciones de la voluntad de vivir; Jerusalén llora las diligentes y briosas virtudes que encendieron la llama activa de la fe en el pecho de Pedro el Ermitaño y provocaron la colosal marea de las Cruzadas; en la Ciudad Eterna muere el poder espiritual, que ya fué enterrado en Menfis, Efeso, Eleusis y Delfos, y en todos los sagrados lugares de la tierra donde el animal místico labró en piedra dura sus ansias ardientes de lo infinito, el peregrino apasionado lee tembloroso sobre las informes ruinas, la fugacidad de la cosas eternas y la nadería de las cosas humanas.

La evolución del sentimiento religioso no deja lugar á dudas sobre el humilde origen y el destino mortal de los dioses... Después de las ingenuas cosmogonías de las primeras edades, en que el hombre mísero é ignaro interpretaba los fenómenos más comunes como revelaciones del misterio eterno y signos infalibles de las voluntades olímpicas, la razón divina, perseguida y estrechada por la explicación materialista del universo, vió destruir, como la ciencia hermética y la filosofía escolástica, sus misterios, dogmas y entidades, y ha ido perdiendo terreno hasta encerrarse en el ruinoso y lóbrego castillo de las causas primeras y de lo incognoscible. En la práctica, Dios se hace utilitario. Las religiones se humanizan. Desde luenga data, siguiendo paralelamente las evoluciones del conocimiento y la misma, aunque en apariencia opuesta derrota que los instintos dominadores, apéanse de sus fueros y vienen transformándose en cosas útiles, en servidoras solícitas de la Vida, ante cuyos intereses profanos abaten las altivas y aureoladas testas los intereses divinos. La conservación de las excelencias tradicionales y el freno moral, son los títulos más remontados que sustenta la religión á los ojos de la culta Europa. La utilidad práctica es la virtud característica de las modernas experiencias religiosas en la tierra del opulento yanqui. Sus imperturbables doctores aseveran «que los principios especulativos no son nada, que los resultados y consecuencias de las teorías lo son todo». Pragmatismo y utilitarismo se dan la mano: la verdad es lo útil. «Lo verdadero es lo oportuno en nuestra manera de pensar, como lo justo es lo oportuno en nuestra manera de conducirnos» agregan. En conclusión: los yanquis buscan un Dios del que puedan servirse. Las flamantes disciplinas no forman santos ni profetas, que es fuerza considerar como los grandes paquidermos fósiles de la religiosidad, ni menos virtudes desinteresadas, contemplativas, caballerescas, amorosas del renunciamiento, como las viejas y sublimes virtudes enseñadas por Buda ó Cristo. No, los pastores de la americana grey, llámanse Franklin, Emerson, Pierce James, ó también Haper, ese admirable presidente de la Universidad de Chicago, que, sintiendo próximo su fin, formulaba lleno de unción esta singularísima cuanto valerosa plegaria: «Señor, permitid que haya para mí una vida después de esta vida, y en esa vida permitid que haya mucho trabajo que hacer y tareas que cumplir»; entre los credos y dogmas del nuevo culto figuran la vida intensa, el pragmatismo, el mindcure ó psicoterapia religiosa, tan eficaz como la psicoterapia del doctor Dejerine en la medicina ó las estaciones de psicoterapia del sutilísimo Barrès en la literatura; los santos laicos son Washington, Edison, Roosevelt, Carnegie, Booker Washington; los reyes del petróleo y del acero; el Napoleón de los ferrocarriles, quien tenía por inmorales las tareas improductivas, en una palabra: hombres robustos y esforzados, voluntades inteligentes y heroicas, como las piden con hondo afán las necesidades orgánicas de la época y la gestación del porvenir.

Las caliginosas nieblas del antropocentrismo se disipan y por eso la moral como la religión, la filosofía y la ciencia, recorre también, mal de su grado, la convulsa trayectoria de lo infinito á lo finito, de lo absoluto á lo relativo, de lo divino á lo natural, de la vaporosa metafísica á la sesuda biología, «llave secreta de la historia y las acciones humanas, que en época no remota explicarán acaso la física y la química...» como alguien conjetura osadamente. Y á juzgar por lo que se ve, el conocimiento adelanta imperturbable por ese camino, sin detenerse un punto á considerar con lástima, las ilusiones que á su paso van muriendo. Á las morales de esencia mística, altruistas é infalibles, siguen presto las morales de levadura fisiológica, sensualistas y pecadoras, que hacen del placer, del egoísmo, de la lucha, y finalmente con Guyau y Nietzsche, de la expansión de la vida y del instinto de dominación, vale decir, de la fuerza, el resorte oculto de la conducta y la base sólida é indestructible del Bien y del Mal.


Por otra parte, la impasible majestad de la Naturaleza, indiferente á la moral humana, extraña, cuando no antagónica, á las necesidades subjetivas del hombre, y ajena á toda finalidad racionalista, confirma rotunda y cruelmente las desencantadas suposiciones que sugiere la evolución filosófica. La ciencia y la historia también. De consuno el origen animal del hombre, visto como en una caleidoscopio en las múltiples y ascendentes fases zoológicas del embrión humano, y el origen fisiológico y espúrio de la justicia, despojan á la humanidad de su divino abolengo y tienden á destruir, con impertérrita lógica, las verdades eternas, los principios absolutos, la posibilidad de una ética infalible é inmutable.

Como creación de la Vida, imponiéndose una ley para asegurar la vida, las reglas y las evaluaciones morales, dictadas siempre por razones de utilidad, son impuras, deleznables, perecederas. Todas van, igualadas por el rasero de la inexorable Parca, á la fosa común, ó cuando menos, todas cambian con los tiempos, las latitudes y los diferentes módulos de la cultura. Á un pueblo agrícola le conviene, y se crea, una religión y una moral de pastores; un pueblo guerrero una religión y una moral de soldados. El bien en sí, pájaro azul de la inteligencia, no ha podido ser descubierto por las inquietudes divinas del hombre en las excavaciones del pasado. Lo que aparece entre polvo y frías cenizas son los códigos de los grupos dominantes, ó sean las cristalizaciones útiles, y, por lo tanto, relativamente durables de la conducta, producidas siempre por los pasajeros equilibrios de una lucha sin fin. De donde se infiere que no existe una moral única, sino mil morales, igualmente verdaderas en un momento determinado é igualmente falsas después de él; y lo mismo podría aseverarse de la justicia y del derecho teóricos que, en fin de cuenta, á pesar de las transfiguraciones que les hacen sufrir los taumaturgos de las verdades eternas, no pasan de ser entidades sin contenido alguno, fórmulas vacías, cosas grotescas, y aun cosas de una grande inmoralidad, si no llevan en las estériles entrañas los gérmenes del acto, los embriones del hecho, ó lo que es idéntico: la potencia de convertirse en realidades.

El derecho al placer, al triunfo, á la vida de los tristes, los débiles, los enfermos, de los condenados por la naturaleza á la melancolía, la derrota y la muerte, no es sino un sarcástico desmentido de la grande justicia de la Fatalidad reinante en el universo todo, á la pequeña justicia que impera solamente en el corazón de los hombres, como una deidad sin virtudes milagrosas fuera de su templo. Suenen tan doloridos y desjuiciados los clamores contra la injusticia de la pastereulosis, que diezma las majadas, ó contra la temprana muerte de un ser amado, indispensable á la dicha de numerosas criaturas, ó contra la desgracia de un pueblo al que, adverso destino, por razones inescrutables para nosotros, pero infalibles, azuza las Furias y los males, como los anatemas de los vencidos contra el inícuo triunfo de los vencedores, ó las iras de los justos sin virtud, contra el pecado virtuoso. La victoria del fuerte sobre el débil, ó del rico sobre el miserable, ó del inglés sobre el boer, se nos antoja injusta é irritante porque la aislamos de la serie fenomenal á que pertenece y que la determina, y no consideramos con bastante calma que «un phènomène actuel ce sont plusieurs passés qui luttent». Por donde, no sería ilógico admitir que generalmente lo que se llama injusticia es el resultado de muchas virtudes anteriores, y lo que inspira nuestra ilusa piedad, el fatal término de una serie infinita de incapacidades, impotencias y pretéritos pecados.

Ser: he ahí la virtud suprema. Lo que es, aun bajo las réprobas apariencias de la iniquidad, no puede menos de ser transcendentalmente justo, porque, por el hecho de existir, demuestra su acuerdo íntimo y perfecto con las leyes universales. Sin duda, estas consideraciones, ú otras de parecido corte y talle, han inducido á muchos filósofos de azules pergaminos idealistas, y particularmente á los historiadores alemanes, á identificar la realidad y la verdad, el éxito y la justicia, la fuerza y el derecho. Las aspiraciones más señoriles y levantadas, tórnanse en cambio, desde tal punto de mira, en vanos ajetreos si no poseen el divino poder de agrupar en turno suyo las condiciones esenciales de la existencia, salir del Caos y del Limbo y operar el milagro de transformarse en realidades, acaso humanamente impías, pero eternamente legítimas y vencedoras.


Pero el turbador misterio del ser, las realidades materiales ó morales, ¿son otra cosa, en substancia, que las manifestaciones primigenias de la fuerza palpitante en las entrañas de todos los fenómenos?

Muy sesudos pensadores hay que niegan la existencia del elemento terrible y lo reducen á un concepto lógico. Para ellos, lo que llaman ahitos de científica suficiencia el dogma de la fuerza, es un resto de antropocentrismo, tendente á desaparecer como el principio vital, el alma vegetativa, las virtudes específicas y otras entidades milagreras de la filosofía escolástica. Según el autor de «Los orígenes de la Francia contemporánea», en el mundo físico, como en el mundo moral, «la fuerza es la particularidad que posee un hecho de ser seguido de otro hecho. Todo lo que subsiste son los sucesos, sus condiciones y dependencias: los unos morales ó concebidos bajo el tipo de la sensación, los otros físicos ó concebidos bajo el tipo del movimiento». Las causas desaparecen en esta sucesión colosal é interminable de los fenómenos, y la fuerza acaba por ser concebida, no como causa del movimiento, sino como movimiento sintetizado.

Sea lo que fuere, lo cierto es que, á pesar de nuestras repugnancias metafísicas, sobre todo por lo que toca á la vida y más aun al alma, las novísimas verdades que salen de los laboratorios y santuarios donde ofician los sacerdotes del saber, nos llevan como de la mano á considerar los fenómenos, cualquiera que sea la índole de éstos, como hechos de fuerza, si no parece muy profana la expresión, entendiéndose buenamente por fuerza el nombre común y sintético de las energías naturales.

Ya veremos en el decurso de estas divagaciones heterodoxas, cómo, sin salir de la isla de lo conocido, la cual no es tan diminuta como Littré pensaba, aunque el océano de misterio que la rodea sea muy grande é impenetrable; cómo, repito, puede decirse que la fuerza, vituperada y maldecida por los poetas, sin sospechar que era el alma de su estro y de sus rimas, es por igual el alma del mundo y la causa primera de todas las cosas.


No hay por qué adolorirse ni indignarse. Tal presunción es menos temeraria y absurda que las hipótesis que, sin escándalo, llevan en el disforme vientre las viejas cosmogonías. Mueve á risa el hecho sólo de suponer, al punto en que han llegado las certidumbres é intuiciones humanas, que las ciencias podrían aplicar sus instrumentos infalibles y razones experimentales á descubrir la voluntad divina en el orden del universo. Aunque nos pese y hiera nuestros sentimientos más caros, los fenómenos físicos constatan invariablemente la presencia de la fuerza y la ausencia de la divinidad. Y así como es imposible concebir siquiera el universo sin la energía, que con los nombres de cohesión, atracción, gravitación y otros mil mantiene los cuerpos como tales y rige las raudas carreras de los astros en el espacio infinito, tampoco es dado imaginar, á menos de acudir á las triquiñuelas de la concepción dualista, que los filósofos no invocan ya, los fenómenos de la conciencia sin el juego de los instintos, pasiones y sentimientos de estirpe fisiológica; sin las energías físico-psíquicas y físico-químicas, en fin, que se atraen ó rechazan, funden ó combaten, pero que siempre tienden á ser, á realizarse, y cuyas reacciones infinitas y complejísimas, dan pie y margen á la intrincada urdimbre del universo: milagroso equilibrio de fuerzas y luego de substancias y después de organismos y al fin de voluntades que pugnan por destruirse. Un acto, un pensamiento, del mismo modo que una vida ó un mundo, parécenme en su realidad primordial y esencia íntima, formas de la materia, y por lo tanto, momentos sutiles de la fuerza, no más sutiles, sin embargo, que la luz, la electricidad ó las operaciones químicas, superiores á la de nuestros más poderosos laboratorios y más clarovidentes que los más fabulosos prodigios de nuestra razón, que realiza una microscópica gota de protoplasma...

Un hecho se ofrece á los ojos, fútil y vacuo al parecer, pero sugestivo y transcendente en realidad: es el carácter guerrero de los fenómenos. Esta combatividad originaria y común que les presta á todos ellos así como un acentuado aire de familia, perceptible hasta para los observadores miopes, induce á Le Dantec á substituir la noción de vida universal por la noción más exacta de lucha universal. «Ser es luchar; vivir es vencer.» Y tal sentencia, que el solo espectáculo del mundo debió sugerir al hombre de las cavernas hace incalculables siglos, resulta, á pesar de las doctas lucubraciones sobre la fraternidad de San Agustín y los discursos sentimentales de los pacifistas, tan verídica en lo que atañe á la materia como por lo que toca al espíritu. El carácter belicoso y la condición cruel son los lazos de parentesco que unen estrechamente los fenómenos físicos, vitales y morales. Los instintos, sentimientos é ideas luchan también por el espacio y la dominación. Y sus luchas y tiranías no son menos cruentas que las rudas batallas de los elementos sexuales por el patrimonio hereditario, ó los combates heroicos de la humilde amiba con el medio ambiente, ó las feroces riñas de los hombres en la conquista del pan, de la gloria ó de la mujer.


El aspecto de un cerebro ó un alma después de sufrir las invasiones de los bárbaros de ideas y sentimientos no familiares, debe de parecerse á un fragoroso campo de batalla cubierto de cadáveres, ruinas, fugitivos escuadrones y soldados ébrios de sangre y de victoria. ¡Hecatombes, incendios, gritos de dolor, dianas triunfales! Jamás he percibido bien la radical diferencia que á lo que parece existe, entre las luchas de los ejércitos y las luchas de las ideas, ni creo que éstas sean de otro linaje ni menos mortíferas. Las tiranías de la pluma parécenme tan despóticas como las tiranías del sable y acaso más, si se considera que las opresiones mentales, aparte su ingénito encono, violan sin piedad lo realmente sagrado del individuo: los altares de la conciencia y del alma. Por eso, sin duda, humorística, pero profundamente, decía el dulce y maleante Renán: «más vale el soldado que el sacerdote, porque al menos el soldado no tiene ninguna pretensión metafísica». Así delataba con sutil socarronería, el carácter despótico y fanático de los imperios espirituales.

Extraño é ingenuo prejuicio, en verdad, el que nos ha inducido en todo tiempo á someternos humildemente á las coerciones hipócritas de la Idea, creyéndola de otra prosapia más conspicua que las resueltas coerciones del Factum. Cuántos furibundos anatemas y saetas envenenadas dispara diariamente el idealismo á lo Cousin contra las iniquidades de la fuerza bruta, y cuántas frases crespas y huecas no deposita, como ofrendas de miel y de flores, á las plantas de la severa Palas... vestida de punta en blanco y presta para el combate, porque es combatiendo, porque es por medio de la destrucción y la conquista, que la diosa de los ojos fríos y claros extiende sus dominios en las tierras del alma... La Razón es esencialmente guerrera y dominadora. Las ideas no son vírgenes tímidas de albas manos y blando corazón, mas intrépidas amazonas que en los riscosos campos de la conciencia, toman feudales castillos; entran á saco villas y ciudades; incendian, matan, destruyen los templos y las mieses, y hacen prisioneros y esclavos. Una modesta, una humildísima sensación se introduce á hurto en el receptáculo misterioso de la célula nerviosa; sigilosamente se atrinchera allí; congrega, muy luego, en torno suyo otras sensaciones hermanas y al mismo tiempo combate y destruye poco á poco, pero tenazmente, las sensaciones antagónicas: así dilata sus zonas de influencia á los centros nerviosos; conquista después de muchas maniobras prolijas, las fuertes posiciones de los lóbulos cerebrales; invade los dominios del alma, haciendo riza y estrago de todo lo que se opone á su marcha triunfante, y sale, por fin, en son de guerra, audaz y avasalladora al mundo exterior para transformarse, ejerciendo las mismas violencias, en hechos reales é imperar sobre otros hechos.

Y al modo de la idea, instintos, pasiones y sentimientos nacen ó mueren, crecen ó menguan, dominan ó caen en esclavitud gracias á las mil formas de selección que reviste el juego universal de la fuerza. Aun las cosas más delicadas y de cándida apariencia están sometidas á las duras leyes de aquel juego y á su vez las practican cruelmente. ¿Qué son las intenciones en el arte sin la virtud, el don y la gracia; sin el divino poder de animar con un eurítmico soplo la materia inerte y las formas inarticuladas? ¿Qué la grandeza moral sin las severas disciplinas que torturan y dislocan las inclinaciones naturales á fin de hacerlas encajar en los ortodoxos moldes de la regla? ¿Qué la inteligencia, sin las tiranías y absolutismos del orden, del método; sin la facultad despótica de clasificar los fenómenos, establecer similitudes y descubrir las secretas é inefables correspondencias que introducen una musical jerarquía en el reino de lo caótico, informe y confuso?

El estro poético y la nobleza del carácter, el prestigio del héroe y la virtud de la idea no tienen, mal que pese á nuestras magníficas ilusiones, otra genealogía que la de los hechos cesáreos. Ideas y sentimientos parecen no ser, aunque nos asombre y acongoje, cosas específicamente distintas de la energía creadora, sino modalidades supremas de ella; cristalizaciones perfectas del espíritu, semejantes á las cristalizaciones regulares del reino inorgánico, á las que tiende la fuerza madre impulsada, sin duda, por extraña y fatal inclinación. La armonía misteriosa de un organismo, de un alma ó de un mundo tuvieron, mientras el conocimiento real de las causas permaneció silencioso, el excelso y común origen en la inteligencia divina; pero ésta fué el símbolo de la ignorancia y del azoramiento humanos que bordó la encantada imaginación de las religiones sobre el tenue cañamazo de un universo quimérico. Formidables intuiciones invitan hoy á pensar que no existe otra Inteligencia que la inteligencia de la materia, ni otra Razón que la razón física, ni más Harmonía que los pasajeros equilibrios de una eterna lucha.

Sea en el mundo físico ó en el mundo moral, en el corazón ó en el cerebro, el principio que todo lo vivifica, es la voluntad de poder y dominación que diría Nietzsche, ó más propiamente aún, el ejercicio de la fuerza. Las guerras religiosas y las rivalidades enconadas de las sectas y escuelas entre sí; las herejías y los cismas combatidos por el fuego y por el hierro; las persecuciones feroces de los idealistas; las revoluciones rojas de los teóricos, y la propensión irrefrenable de las Iglesias y las filosofías á convertir el influjo moral en Poder, muestran hasta qué punto los principios activos de la fuerza, aunque disfrazados por ideales máscaras, ordenan las maniobras de las huestes espirituales para la conquista y sumisión del mundo. Los aparatos y máquinas de guerra cambian en las diversas contiendas por la dominación, pero el resorte es el mismo bajo la engañosa disparidad de las formas. Los ejércitos emplean armas y estratagemas; la diplomacia razones y argucias; seducciones y dulces violencias el amor; imperativos categóricos las morales, y las religiones milagros para convencer, recompensas para seducir y terrores para dominar. Nada escapa á la tremenda ley que ordena imperiosamente á todas las cosas reñir y asesinar. Cuanto existe en el cielo y la tierra es una conquista: el fruto del crimen y del robo; cuanto nace ó se forma en el tiempo y el espacio: la opresión de la fuerza triunfante sobre la fuerza vencida. Los peces grandes devoran á los pequeños, las microscópicas bacterias al hombre, los pensamientos robustos á los débiles, los dioses á los dioses. Nos alimentamos de la carne viva de los otros. Mas sirva de triaca á tanto dolor y de consuelo á tristeza tanta, que de esta lucha eterna y sin cuartel de los elementos, los organismos y las voluntades nacen los astros, los seres y las almas...

La fuerza sólo es real, y su ejercicio la causa primera de lo existente y la condición necesaria de la vida.


Esta verdad, monstruo que con uñas de diamante desgarra la piel femenina de la celeste ilusión, tiene sólo de nueva el haber sido anunciada formalmente y lanzada con grande estruendo á los cuatro puntos cardinales por las líricas trompetas de Nietzsche, y, sobre todo, el que éste hiciera de la antiguaya de Heráclito, la enjundia de su doctrina filosófica y la substancia crítica disolvente de las morales que liban aún el néctar de la sabiduría en los labios divinos de los grandes iniciados, desde Rama hasta Jesús.

Las ideas-bacantes de Nietzsche, cual si fueran seguidas del bullicioso cortejo de Pan, introducen el desorden, el ruido y la alegría en la ceremoniosa corte del pensamiento ortodoxo. Los instintos prepotentes, las pasiones fogosas y desmandadas, los egoísmos vencedores, y el orgullo satánico:

«Qui nous rend triomphants et semblables aux Dieux».

apetitos, concupiscencias, ímpetus rebeldes salen en tropel de las lóbregas mazmorras en que los aprisionaron Apolo y Cristo, y, revelándose contra sus irreconciliables adversarios, pretenden arrebatarles el cetro del mundo. Á la religión del Alma, sustentada con grande penuria á los flacos pechos de la metafísica, y enemiga de la Naturaleza y la realidad, sucede la religión de la Vida, que se nutre en las morenas y ópimas mamas de la tierra, no reconociendo otras reglas ni leyes que las que ella misma se dicta para asegurar su reinado. La filosofía de la historia y la historia de la filosofía, proclaman de consuno la legitimidad de aquella desconcertante sucesión, y hasta la ciencia parsimoniosa, despojando con un gesto impasible y cruel á Psiquis de la inmortalidad para conferírsela á la materia, fortifica el novísimo culto y establece su noble celsitud. Lo inmortal no es el alma, sino el plasma germinativo, depósito minúsculo y misterioso de la conciencia del mundo y del jugo potencial de todas las generaciones, que éstas se transmiten, por medio del acto genésico, como una herencia sagrada y eterna...

Ya la poética imaginación de los griegos simbolizaba en la Carrera de la Antorcha, ese juego divino de la Vida; y las fiestas de Osiris en Egipto, las Dionisíacas en Grecia, las Priapeas en Roma, las de Demeter en Sicilia, unidas á los juegos atléticos y á los cultos cándidos ó torpes de la fuerza generatriz en muy incipientes ó colmadas civilizaciones, dan indicios inequívocos del instinto seguro, aunque mal interpretado á veces, de los derechos de la naturaleza y de la vida que siempre indujo al hombre á la adoración de la animalidad humana en su impuro, pero fecundo esplendor.

Dios muere y los dioses resucitan. Otra vez reanúdase, con más ahinco y encono, el duelo á muerte del espíritu y la materia, del alma y del cuerpo, de la razón y del instinto. Sólo que esta vez el instinto, el condenado instinto de las religiones, aparece en la palestra nietzsquiana armado de las fuerzas naturales y luciendo el mágico penacho del poder de crear las ilusiones propicias á la existencia que la Razón tiende torpemente á destruir con sus construcciones artificiosas, ironías y escepticismos. Y la elección de la Vida entre aquello que la propaga y robustece, y aquello que la amengua y desvirtúa, no puede ser dudosa. Lo bueno, lo justo, lo verdadero es lo favorable á ella; lo malo, lo injusto, lo falso lo que á ella se opone. El mundo moral, el mundo de la idea: la verdad imaginaria opuesta á lo que es, se desvanece y surge el mundo de las realidades indestructibles y las verdades útiles parido con dolor por una nueva y próvida Fatalidad. Y aquí se produce la transmutación de valores que indujo al gran revolucionario de la filosofía á oponer con magnífica pompa verbal y mefistofélico empaque, lo que nadie osó: á la pequeña inteligencia del cerebro, la grande inteligencia del instinto; á las falsas jerarquías del derecho, caprichoso y sentimental, las legítimas jerarquías que, en todos órdenes de cosas, establece la fuerza; á la piedad del individuo, virtud egoísta de los débiles, la piedad de la especie, don de las almas heroicas; al amor del hombre, venero de una humanidad doliente y apocada, el culto del superhombre, germen de la vida desbordante de belleza y generosos ímpetus; á la destructora moralina de los esclavos, la moral creadora de los aristos; á la religión de la paz y la humildad, la religión del esfuerzo y de la lucha trágica contra el Destino; á los mandamientos seráficos de Jesús, que nos desarraigan de la tierra y convierten en sombras vagorosas y fantasmas del miedo, los mandamientos de las leyes inexorables que rigen al universo todo, los cuales vuelven al ensoberbecido primate al seno de la Naturaleza y lo nutren de sus truculentos jugos.

En la intrincada selva de Zaratustra, donde se oye la flauta de Pan y retumban las carreras de los centauros, las virtudes ascéticas huyen despavoridas, como vírgenes medrosas, ante las desatadas pasiones y libres fuerzas naturales, faunesas fecundas, que coronan de frescos pámpanos la bicorne testa de Dionisos y restablecen en culto del riente dios. La esencia de la filosofía de Nietzsche, de quien panegiristas ó detractores tienen, por lo general, un conocimiento harto sumario y epidérmico, está concretada y contenida en las siguientes afirmaciones: la voluntad de dominación es el nervio del mundo: todo tiende á ocupar más espacio; la Vida, la única cosa sagrada, se dicta sus leyes y fines, que no tienen otro objeto que el de asegurar la triunfante expansión de la vida, lo cual entraña la adoración de la fuerza como origen y medida de todas las cosas, y el amor de la existencia, no como espectáculo transcendente y finalista, sino como espectáculo estético. Y este estetismo heroico, sin enjundia en apariencia, es lo que impide á Nietzsche de caer, como su maestro Schopenhauer, en el abismo del nirvana. Ambos afirman que el mundo no tiene finalidad alguna y que lógicamente no cabe explicarlo; concuerdan también al figurarse que la esencia de la vida es el ejercicio de la fuerza, á la cual, por darle un nombre más concreto y á la vez menos objetivo, que no suponga el conocimiento imposible del fenómeno, llama el maestro voluntad de vivir y el discípulo voluntad de dominación; pero aquí se separan, divergen y mientras Schopenhauer, impelido por los resabios de su íntimo comercio con Buda, quiere abolir toda individuación, todo egoísmo, todo deseo para llegar á la inefable euthanasia y escapar al dolor, Nietzsche llama á sí los dolores, pasiones, instintos y exasperadas apetencias del alma, á fin de embravecer en la criatura la voluntad de dominación, hacer más terrible la lucha del deseo insaciable y aumentar de ese modo el precio, la hermosura y la sombría majestad de la existencia. El culto trágico de la vida y el estetismo heroico florecen entonces ufanamente, como rosales de rosas escarlatas y jocundas, cultivadas por el altivo Don Juan en el acerbo jardín de las Furias.


Mas la voluntad de vivir y la voluntad de dominación, que á veces las sutilezas del raciocinio transforman en la boca de los filósofos en entidades metafísicas son, al parecer, dos interpretaciones, digámoslo así, de la fuerza á secas, de la energía ó principio generador del universo, y según todas las apariencias y probabilidades, también de las almas, como son igualmente interpretaciones de ese principio dinámico, si se hunde el escalpelo en el riñón de las cosas, el agua de Tales de Mileto, el venerable precursor de Quintón, y el fuego viviente de Heráclito; lo indefinido de Anaximandro y la unidad absoluta de los alejandrinos; la idea de Platón y la actividad pura de Aristóteles; la substancia única de Spinoza, y, por decirlo todo, la causa primera de las filosofías y lo divino de las religiones.

El vergonzante cuanto contumaz intento de reducir las causas generatrices de lo creado á un solo principio y establecer la unidad de naturaleza física de todos los fenómenos, se columbra aquí y allá, como un errante fuego fátuo, entre las tinieblas de la filosofía de Jonia y Abdera; en la del Pórtico, y, en general, en todo el panteísmo; tiene sus chispazos y vislumbres en plena Edad media; se formula más ó menos categóricamente en las estrambóticas explicaciones del iatro-mecanicismo y del iatro-quimismo, y se depura y acicala en la moderna escuela materialista, hasta aparecer, por fin, como una afirmación razonada y formal, en la concepción unicista ó monista del universo y la doctrina físico-química de la vida, á las que han prestado últimamente eficacísimo concurso, el formidable trabajo de los laboratorios y, sobre todo, considerándolos de cierta manera, los desconcertantes descubrimientos de Le Bon y Burke.

Las concluyentes experiencias del primero, muestran, entre otros portentos, que los indivisibles é inmortales átomos de Demócrito y Epicuro son, en realidad, diminutos y colosales depósitos de la energía dispersa en el universo, la cual en efluvios magnéticos, emanaciones de distinta índole y explosiones perennes y varias de la misma naturaleza que la luz, la electricidad ó el calor, abandona las prisiones del átomo y retorna al éter de donde salió, formando por tal arte, el maravilloso puente aéreo que una la materia ponderable á la materia intangible... De este inopinado modo aparece la radio actividad, que en mayor ó en menor grado poseen todos los cuerpos, y que es el fenómeno específico de su disociación ó muerte, como el último suspiro de la materia antes de volver á la nada... Pero, en verdad, ¿es la vuelta á la nada? ¿la muerte dulce y silenciosa de la materia indestructible? ¿la substitución del dogma clásico «nada se crea, nada se pierde,» base de la química y la mecánica, por la fórmula heterodoxa «nada se crea, todo se pierde»? Sí, desde luego, si el éter de donde salió la materia y adonde vuelve al fin, siguiera siendo para nosotros la nada, por escapar á nuestros medios de apreciación; pero no es probable que siga siendo así. Las grandes fuerzas del universo son sus manifestaciones. La mayor parte de los fenómenos físicos no son posibles sin su existencia. Le Bon acierta á imaginarlo, al igual de la materia, como un milagroso equilibrio de la energía, sólo que móvil é intangible, «fuente primera de las cosas y último término de ellas». Lord Kelvin supone que el éter es un sólido dotado de extraordinaria elasticidad y que llena todos los ámbitos del espacio. Para algunos físicos, y no de los menos célebres y autorizados, la molécula material es sólo éter. De todas maneras y como quiera que se mire, el éter es algo, y lo que resulta del cómputo y coordinación de tantas abstrusas hipótesis é indiscutibles certezas, es que la materia parece á todas luces una forma de la energía universal contenida en el éter; que materia y fuerza son la misma cosa, y que entre el mundo tangible y el mundo inmaterial no existe ningún abismo. Los efluvios sutiles de la radioactividad, ni completamente materiales ni completamente etéreos, participan de las dos naturalezas y unen los dos mundos.

Por su parte, los discutidos y zarandeados experimentos del sabio profesor de Cambridge, sobre la generación espontánea, hacen, cuando menos, vislumbrar el misterioso tránsito de la materia inerte á la materia organizada. Los radiobos, los artificiales animálculos producidos por la acción del radium sobre la gelatina esterilizada, ofrecen singularísimo parentesco con la materia viviente, y aunque el rigorismo científico de los institutos les rehuse el carácter de bacterias, puede admitirse, sin cándida credulidad, que aquellos semi-organismos, engendrados por un embrujo del hombre, constituyen, mejor que el cristal, el eslabón precioso que une lo inanimado á lo animado.

Aún la vida, como el Homúnculos de Wagner, no ha surgido inquieta de la panza fecunda de las retortas; pero las distancias, tenidas por insalvables, entre los mundos orgánico é inorgánico que mil analogías y correspondencias intrínsecas aproximan y confunden, se reducen á cada nuevo descubrimiento y no tardarán en desaparecer en absoluto, como van en camino de hacerlo, á la par de los dioses, dogmas y augustas entidades de la teología y la metafísica, las viejas murallas de la China y los místicos fosos que separaban celosamente los dominios linderos del cuerpo y del alma.


Aseguraba el honestísimo Taine que «las mismas leyes rigen al hombre y á la piedra del camino». Esta afirmación inaudita y escandalosa en su época, va convirtiéndose, limada de ángulos y puntas por el uso, en certidumbre cuasi burguesa ó trivialísima verdad, sobre todo desde que la síntesis de los conocimientos actuales afirma, implícita y aun formalmente, el común origen del mundo físico, del mundo orgánico y del mundo moral. En efecto, á pesar de las travesuras del neo-vitalismo y las argucias de la metafísica, en lo palpable, en la juridicción de los hechos susceptibles de un principio, al menos, de demostración, el avance de las ciencias concurre por vías distintas y múltiples á destruir las viejas dualidades de la materia y la energía, de lo inerte y lo animado, de la bestia y del hombre, del cuerpo y del alma, dividida asimismo, según Pitágoras y Aristóteles, en la Noûs ó alma pensante é inmortal, y la Psiquis ó alma vegetativa y perecedera. Las manifestaciones vitales son consideradas por una novísima doctrina que goza de gran predicamento, como metamorfosis energéticas de idéntico modo que las demás manifestaciones de la luz ó el calor; otra, no menos en boga, arguye que la vida parece distinta de la fuerza y el pensamiento distinto de la vida, porque el análisis no ha llegado á su sazón aún, y, en general, los sabios proclaman, sin ambages ni miedo á los inquisitoriales potros, que las piedras viven y mueren, que los metales se fatigan, que la materia, aun la más pesada y consistente, es una cosa animada, velocidad pura, una forma estable de la fuerza; la vida, un complexus de operaciones físico-químicas de la misma naturaleza que las que dan origen al individuo cristalino, el cual nace, asimila y se reproduce de un modo casi idéntico á como lo hace la substancia viviente; la inteligencia, una máquina explosiva de más rápidos efectos, pero no de distinta fábrica, que la inteligencia bruta directora de la maravillosa adaptación de los órganos sexuales de las plantas para ser fecundados por los insectos, ó preparado en el andar de los siglos, los faros luminosos de los halosauropsis, á fin de que éstos puedan servirse de sus órganos visuales en los abismos tenebrosos del mar, adonde no llegan las ondas clementes de la luz... Todo vive de la misma vida y una es el ánima de toda cosa. Y lo que más espanta y maravilla es que esa ánima guerrera, esa actividad creadora y á una mortífera que los físicos descubren en las entrañas del átomo, los fisiólogos en la célula viva y los psicólogos en los orígenes del pensamiento, los moralistas, con zozobra y pasmo, empiezan á columbrarla en el fondo del acto moral y en el corazón de las sociedades.

Parando mientes en tales hechos, y aun contra las protestas y ascos de nuestra indignada voluntad, difícil es no caer en la pecaminosa tentación de atribuir los fenómenos físicos ó morales á la causa generadora—fuerza, energía ó movimiento—que ya buscaron en sus hornos tenebrosos los alquimistas medioevales. Llamémosle fuerza, porque es el término empleado corrientemente en la explicación de todos los fenómenos. Ella une estrechamente los seres y las cosas como el hilo de seda las diferentes perlas del collar; ella dirige en la orquestación del universo, las inverosímiles arquitecturas moleculares y las construcciones pasmosas del espíritu; ella, finalmente, se impone cada vez con más tiranía al entendimiento como el principio único del que serían portentosos atributos por orden cronológico, la materia, la vida, la inteligencia, el alma...


Este monismo archi-materialista, no barruntado por Heráclito en la remota antigüedad, ni tampoco por Spinoza, ni Goethe, ni el mismísimo Haekel en los tiempos modernos, traería aparejadas catástrofes inmensas en el orden moral, y, por añadidura, sorpresas apocalípticas para nuestro orgullo infanzón de vástagos del Espíritu, así que los pacientes y sapientísimos varones que exploran la razón de las cosas, empezasen á descubrir los gérmenes terribles de la fuerza en el alma blanca de lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero... Acaso va á desarrollarse ante nuestros ojos estupefactos el grande drama del mundo que, en los abismos de la conciencia sublimal, viene preparándose sigilosamente desde luengos siglos. Es posible. El aire huele á tormenta. Sea lo que fuere, lo cierto y lo que está al alcance de cualquier quisque, á poco de haber rumiado en las aulas algunos desperdicios de ciencia filosófica, es que desde el naturalismo jonio acá; desde que las cosmogonías y las éticas pierden su carácter divino y se convierten en explicaciones naturales del universo y la conducta, los fermentos activos de la fuerza entran más ó menos secretamente en la composición de las ideas. El amor propio de La Rochefoucauld, que es, en último término, una forma obscura y ambagiosa del limpio y franco deseo de poder de Hobbes; el derecho natural de Spinoza; el instinto de soberanía de Mandeville, primo carnal del instinto invasor de Blanqui y de la fuerza fundamental del ser humano de Stirner; el interés de Helvecio, Bentham y del utilitarismo; el principio selectivo de Lamark, Darwin y la escuela evolucionista; el mayor motivo de Spencer y las mismas ideas-fuerzas de Fouillee, y, por último, la expansión de la vida de Guyau y la voluntad de poder de Nietzsche, principios más universales de la conducta, tentado estoy de decir que no son otra cosa, en substancia, que el reconocimiento teórico más ó menos implícito de la energía combativa que, en la práctica, ha dirigido los movimientos armónicos ó desordenados del alma humana.

Pero hay más. De un modo preciso ya el estupendo Heráclito nos advierte que la guerra es la madre de todas las cosas; Hobbes y Spinoza aseguran que el derecho natural es el derecho del más fuerte, y Pascal que la fuerza «es una entidad que no se deja manejar como uno quiere porque es una calidad palpable, en cambio que la justicia es sólo una calidad espiritual de la que se puede disponer caprichosamente», de lo que deduce que «no pudiendo hacer fuerte lo justo, se ha hecho justo lo fuerte»; Vaunenargues afirma «que todo se ejecuta en el universo por la violencia», formulando antes que Darwin, como ya lo había hecho Lucrecio en la antigüedad, la ley de la lucha por la vida, «la más absoluta é inmutable de la Naturaleza»; Helvecio, cortando por un inopinado atajo del humanitarismo, á la manera de tantos apóstoles de los ideales fraternos, como Prudhon que acierta á ver en «la dignidad la cualidad altanera que empuja al hombre á la dominación de los otros hombres y á la absorción del mundo» ó Anatole France, quien con su sonrisa bondadosa nos dice que «vivimos de la muerte de los otros», pronuncia esta diamantina sentencia: «La fuerza es un don de los dioses. Armándote de esos brazos membrudos el cielo te ha declarado su voluntad. Huye de estos lugares, cede á la fuerza ó combate», bellas y crueles palabras, hijas del mismo numen inspirador que hace ponderar á Kant los efectos saludables del antagonismo, de la discordia y del deseo insaciable de posesión y de mando, y deja caer de los verídicos labios de Carlyle las duras é inmaculadas perlas de su idealismo altanero y señoril: «La fuerza bien comprendida es la medida de todo mérito; toda realidad durable es justa porque demuestra su acuerdo con las leyes eternas de la Naturaleza; el derecho es el eterno símbolo de la fuerza». De modo que el derecho y la fuerza son idénticos, la realidad es la verdad, «la cosa fuerte es la cosa justa»; lo cual induce, como la Idea de Hegel, de la que toda realidad es un momento, á la glorificación del hecho, á legitimar la misión histórica de los maestros alemanes y las aplicaciones prácticas de Bismark; á concluir con Strauss que «la Necesidad es la Razón misma» ó con Nietzsche que el derecho es un legado de la Fuerza, y el Bien y la Verdad, formas antiguas de ella.

Con estas trazas é invenciones desaparecen no sólo del mundo moral, sino también del mundo lógico, todo principio divino ó racional, toda evaluación humana que no sea una cristalización maravillosa de la Fuerza, la tabla de valores ideales que por necesidad y utilidad un grupo dominante de hombres supo imponer á otros grupos y que después se erigen en dogmas, en verdades religiosas, en reglas morales. De donde se infiere rigurosamente que las reglas morales, las verdades religiosas y los dogmas, no son otra cosa, en el fondo, que transformaciones y prolongaciones utilitarias de la Fuerza.


Mas, pasando de las ideas al gobierno del mundo y práctica de la vida, los glorificadores de la fuerza, el éxito y el valor—entre los que se podría incluir sin menoscabo en medio de Maquiavelo, Stendhal y el famoso conde de Gobineau, al dulcísimo Renán,—tienen precursores tan remotos y venerables como los sean Heráclito y Lucrecio en el terreno de la especulación filosófica. Mejor que Hobbes, el viejo y curioso Calicles, nos da un modelo acabado de doctrinas ultra-aristocráticas é individualismo razonante y feroz, que muy bien pudieron inspirar el imperialismo seleccionista de Darwin y Spencer; el imperialismo apolónico del profesor alemán; los evangelios políticos del gran Federico y de Bonaparte, y hasta el paradójico «Crimen considerado como una de las bellas artes», de Tomás de Quincey, pues ya el representante de la aristocracia jónica en uno de los más famosos Diálogos de Platón, veía en el crimen, antes de Weiss, quien asegura «que es hermoso un hermoso crimen», ese elemento de heroísmo y belleza reconocido siempre por las multitudes en las fechorías y desmanes de los bandoleros famosos. Y es que antes de los glorificadores de la fuerza vencedora, el corazón fué siempre devoto de ella. En la admiración secreta, vergonzante, pero profunda que, á pesar de nuestros arrechuchos humanitarios, nos inspira el egoísmo avasallador de Bonaparte, las cínicas dobleces de Bismark ó la ferocidad del bello Borgia, á quien muchos delicados artistas llaman con delectación el divino, existe una aceptación tácita de los derechos inhumanos del gorila más membrudo; una consagración íntima de lo que es naturalmente legítimo, y, al mismo tiempo, una incoercible simpatía que en vano tratamos de disimular, hacia las reivindicaciones de la naturaleza, muy semejante á la que nos mueve, mal nuestro grado, á perdonar las faltas y hasta los dolos y crímenes que como un bandido romántico suele cometer Eros, contra el orden consagrado por el artificio de las leyes.

Esta simpatía entusiasta y cariciosa, que hunde sus profundas raíces en lo inconsciente del alma popular, se hace visible en las mitologías, afabulaciones divinas de las fuerzas naturales; fulgura como la lumbre del encendido carbón, en las sonantes estrofas de poetas épicos y cancioneros, quienes glorifican, sin sospecharlo, en el coraje y la belleza dos maravillas ó embrujos del mismo daemon que dispone sabiamente las alas para el vuelo y los pies para la carrera; y transciende de un modo manifiesto en las leyendas de las edades heroicas, donde, sin subterfugios, imperan los hombres de más grande y duro corazón: les bêtes de proie hiperboreens, los eugénicos, los hombres de presa, en fin, nacidos para dominar, tenaces é indómitos en los cuerpo á cuerpo con el Destino, pero á la vez los más obedientes y aptos para acatar, sin interrogarlas, no las leyes eternas de Dios, como diría Carlyle en su lengua inspirada, sino de la Naturaleza, de la Vida, de la Fuerza, que es lo divino en el universo confuso que al hombre le es dado penetrar y comprender.

Y he aquí, acaso, el secreto del amor instintivo é irresistible del alma, por todo lo que triunfa, domina y prevalece.

Es la dulce cautiva, enamorada siempre detrás de los barrotes de su prisión del terrible y hermoso caballero que la hizo prisionera.

El prestigio de los héroes, grandes capitanes, profetas dulces ó ceñudos y hasta de los dioses, nace de que unos y otros, aunque de distintas maneras y en diferentes grados, aparecen revestidos á los ojos de las multitudes con los atributos marciales de la Fuerza, que son los de la Divinidad. Un Dios que no opera milagros para mostrar su poder, no goza de buena salud. Por eso, sin duda, los artistas de la Grecia adivina y reveladora, ponían el rayo en las manos de Zeus y en las de su hija Palas, la diosa de la razón, una lanza y un escudo... Los héroes y los dioses son tanto más grandes cuanto más osados y terribles. Diríase que el Alma, la cautiva lánguida y suspirante, no reconoce ni se deja seducir por otros atributos ni prestigios que los de la Fuerza, y de ahí que los invoquen y se vistan con ellos, desde los emperadores de férrea armadura hasta los caballeros andantes que ostentan en el escudo el cisne de Lohengrin, todos los que pretenden atraerla, seducirla ó dominarla.


Considerando el extraño é íntimo parentesco de lo divino y de la Fuerza, se ofrece al espíritu una inquietante conjetura que, á ser verdad, podría resolver por modos no pensados, grandes misterios y terribles antinomias. Si el último término del análisis de la materia es la fuerza, como parecen probarlo muchas hipótesis, y, sobre todo, las curiosísimas investigaciones de Le Bon; si la vida y la muerte no son otra cosa que las perpetuas transformaciones de ella; si á sus misteriosas reacciones deben los mundos la existencia y estabilidad en el espacio infinito; si ella es la razón única de todas las cosas, de donde todas salen y adonde todas vuelven, puesto que todo sale del éter y todo retorna á él, y, finalmente, si la condición de la vida y del pensamiento es la lucha sin reposo, el ejercicio de la fuerza obedeciendo á la suprema armonía de sus propias é infalibles leyes, la Fatalidad de los vates, la Inteligencia de las religiones y la Razón de los filósofos estuvieran contenidas en el alma infinita de la Fuerza; el mundo mismo fuera su emanación, lo cual explicaría que todas las cosas participasen de la naturaleza combativa de aquélla, y en el trono de la divinidad usurpadora se asentaría radiosa y triunfante la virgen señuda y de duro corazón. La Fuerza sería Dios y Dios un hombre y una hechura de la Fuerza...


Lo terrible de esta sacrílega conjetura es que tiene todos los visos de la turbadora verdad que ya los griegos, maestros en toda clase de intuiciones, vislumbraron en la naturaleza y en el alma humana. Sus dioses fueron la divinización ingenua y encantada de las fuerzas naturales, y también de la fuerza invisible de que ellos se sentían depositarios. El Dios de las religiones monoteístas, producto más complejo de la alquimia mental, pero no de distinta esencia que las divinidades paganas, podría ser muy bien la reducción de éstas á una sola, ó de otro modo, la diosificación de la fuerza total, anunciada por tantos pensadores, que dicta sus sabias leyes al mundo de la materia, la vida y el entendimiento. Fuera de que todas las divinidades se decoran y engalanan con los fascinantes atributos del poder, cual si hicieran impensadamente gala y ornato de su terrible linaje, en el limo milenario de las creencias primitivas quedan como restos fósiles, indicios indelebles de las necesidades fisiológicas y de las razones utilitarias que seguramente determinaron, en la cándida aurora del mundo, la formación de las religiones y las morales.

En la dura infancia de Atenas, Esparta y Roma, la religión, que absorbía todos los poderes para cumplir mejor el grave cometido que el instinto vital la confiaba secretamente, pudo mostrarse, como lo afirma Fustel de Coulanges, extraña ú hostil á los intereses y conveniencias de la sociedad y del Estado, sobre todo cuanto estos intereses y conveniencias no eran consonantes con los que ella defendía ferozmente, como una loba á sus cachorros. Mas en época ninguna se mostró la religión hostil ó extraña, en realidad, á los intereses de la Vida. Las instituciones y leyes de la ciudad fueron implantadas porque la religión lo quiso, no por razones de utilidad civil, es cierto; pero no es menos cierto que la religión lo quiso precisamente porque eran cosas útiles. Los intereses divinos siguen las evoluciones de los intereses vitales, como la sombra ligera los movimientos del cuerpo, y si, por cualquier causa, no lo hacen pierden su valor y degeneran en prácticas ociosas. En las mismas páginas de «La Cité Antique» no es difícil empeño el constatar hasta qué punto la organización religiosa de las sociedades, estudiadas por el sesudo y experto Fustel de Coulanges, obedecía á fines altamente utilitarios. El carácter sacerdotal del padre y el culto de los muertos, unían estrechamente las generaciones. Cada hogar era un templo donde se acumulaba y mantenía religiosamente, de padres á hijos, la fuerza del pasado. Agrupados los miembros de la familia alrededor del humilde altar en el que ardía en mansa dulcedumbre la leña sagrada, sentíanse herederos y tributarios de la llama viviente de que el fuego sacro era símbolo, y robustecían unánimes, en el mismo culto, las virtudes domésticas conservadoras de la preciosa célula social que atesoraba los gérmenes de la humanidad futura. Los dioses Lares la protegían celosamente, y el cerco sagrado de Términus barbudo aislábala de los extranjeros y de toda influencia extraña al culto familiar y por lo tanto corruptiva y deletérea. Luego, al unirse las familias en curias y tribus para constituir la ciudad, nacen los dioses y las reglas morales que protegen á ésta, facilitan la unión de los elementos que la componen y crean las costumbres y prácticas religiosas menos hostiles á la plebe, sin fuego sagrado en el hogar, vale decir, sin antepasados ni religión. Los Lares y Penates se transforman entonces en divinidades nacionales. Más tarde, cuando las perentorias urgencias ambientes piden y reclaman que se fundan los grupos humanos y dilaten los estrechos límites de la ciudad, los dioses crueles se humanizan y abren los anquilosados brazos á los recién venidos. Por último, llegado el solemne instante de la comunión de los pueblos, preparada laboriosamente, mucho antes del advenimiento del cristianismo, por los discípulos de Pitágoras, Anaxágoras, Zenón, los sofistas y los poetas de ideas contrarias á las divinidades nacionales y propicios al cosmopolitismo del cerebro y del corazón, aparece el Dios único, que no rechaza hosco al extranjero, y une en amoroso abrazo á los hombres de todas las clases y patrias. Pero esto era precisamente lo que necesitaba la evolución de las sociedades.

Diríase, observando el carácter protector de las religiones y las morales, que unas y otras no tuvieron más objeto que el de establecer la supremacía y favorecer la supervivencia, en un momento preciso de la historia, del grupo más rico de savia vital é ilusión favorable á la conservación de la especie, formando para ello con los dogmas, reglas, virtudes, cilicios y disciplinas el caldo de cultura moral, digámoslo así, en el que la misérrima, aunque dominante colonia humana, pudiera absorber mejor los jugos de la vida. Es por este orden de ideas que, sin mayor audacia, puede aseverarse, no sólo que el bien y la verdad son dos formas antiguas de la Fuerza y el derecho un legado de ella, sino que Dios mismo, bueno ó malo, cruel ó piadoso, guerrero ó pacífico, según los momentos, es una manifestación prodigiosa de la voluntad de los hombres.


Cuán otro hubiera sido el destino de las religiones sin el terror de la muerte, poeta brioso y fantástico de las fábulas olímpicas; cuán desprovisto de encanto sin el misterio de las cosas; cuán deleznable sin las amenazas de lo ignoto, sin la urgente necesidad de darle un nombre á las energías creadoras del misterioso universo para ajustar á sus leyes la conducta y prolongar la existencia! De ahí que los mandamientos de Dios, aun los más crueles, sean conservadores de la Vida y al modo del instinto vital, servidores humildes de ella. Lo divino se ofrece así á los ojos atónitos como un substratum de las leyes de la materia... Ya se ha visto como en las entrañas de las doctrinas espiritualistas, existen barruntes reveladores de la identidad de lo divino y la fuerza, y común origen de la materia y del espíritu—Bruno ya anunciaba que Dios es la fuerza que se transforma en todas las cosas, sin dejar de ser siempre una y siempre la misma en sí,—y como la evolución filosófica tiende á un monismo absoluto, materialista y prosaico, que por juzgarlo enemigo de la ilusión humana y ayuno de toda grandeza, causa la desesperación de los obstinados irrealistas y provoca las líricas cóleras de ese ente radioso y obtuso que se llama el poeta...

Con eso y con todo, el tal materialismo, que penetra el pensamiento contemporáneo, sin curarse de las declamaciones sonoras y huecas con que se gargarizan los eternos ilusos, lejos de desesperanzar á los hombres, como pudiera creerse, al destruir implacablemente sus fantásticos sueños, podría resolver, por el contrario, lo que se consideraba eternamente irreconciliable y antagónico: la pugna de la Fuerza y la Razón, y las irreducibles antinomias del interés y del altruísmo, del individuo y de la sociedad, de la bestia y del hombre; las crueles antinomias, en una palabra, de nuestras aspiraciones subjetivas y las realidades indestructibles del mundo.

Apoyándose en algunas verdades indiscutibles, que no están en desacuerdo con los postulados de la experiencia, como las morales espiritualistas y los dogmas antropocéntricos, tal vez pudiese el instinto vital componer un nuevo brebaje de ilusión, que haría reverdecer las fértiles praderas de la esperanza en el alma aridecida de los hombres. Para ello bastaría desentrañar los elementos sociales que lleva en su seno, como la áspera corteza la sabrosa pulpa, el principio selectivo, cruel y destructor, que es la enjundia y el alma de diamante de la Fuerza y de la Vida. En vez de desoír las voces secretas y los eternos mandatos de la diosa inexorable y revelarnos contra ellos, oponiéndoles, ¡pueril intención! las leyes falaces de un universo ilusorio, en el cual no creemos ya, sería más digno de una acendrada sabiduría someterse y convertir por un sortilegio de la voluntad, en bien obediente y utilizable, el mal fiero é indómito, que burlándose de falsas autoridades y falsos reglamentos, voltea nuestros castillos de naipes ó nos acecha airado en todas las encrucijadas de la vía dolorosa. Sólo así pudiera ser que la planta de estufa de la moral, hundiera sus endebles raíces en la tierra firme, dando al aire libre flores y frutos, y que el Derecho, la Razón, la Justicia no fueran, sin la superstición del creyente, puras entelequias, ídolos grotescos, fetiches irrisorios, sino expresiones reales y legítimas de lo divino natural, reconocido y acatado por la inteligencia del hombre.

Á pesar de la pobre condición humana y miseria del mundo, no parece imposible elevar sobre las ruinas informes del idealismo de Platón, del que derivan no sólo las grandes falsificaciones que consisten en anteponer las ideas á las actividades, á los hechos de fuerza que las crearon, sino en anteponer la razón mística á la razón física, y en ponerle á ésta la máscara de aquélla, no parece imposible, repito, elevar un templo grandioso, construído con los materiales del planeta, y donde, convertidas en ilusiones posibles y realidades futuras, pudieran recogerse y esperar las Quimeras y Utopías, antaño acariciadas como un lenitivo á sus males, por la humanidad doliente y ensoñadora.

Existen razones, cada vez más pertinaces y sugestivas, para darnos á pensar que la Fuerza no es tan antagónica á las asiáticas esperanzas humanas como Apolo y Jesús, por motivos ocultos, nos lo han hecho creer. Puede afirmarse sin loca temeridad, que su inteligencia y su razón se acuerdan más con el genio de la especie y son, en definitiva, superiores á la razón é inteligencia del Espíritu. Prueba irrefutable de ello, es que este audaz aeronauta termina infaliblemente las ideales excursiones por el cielo azul,

«que no es azul ni es cielo»

cayendo en los pantanos más cenagosos de la necesidad; mientras que el culto de la diosa omnímoda, al absorber en los robustos pechos de la Naturaleza el néctar y la ambrosía del olimpo, se diviniza, rematando fatalmente, ora en la práctica ora en las doctrinas de sus pontífices más materialotes ó más románticos, en la religión de la Vida, y de una vida intensa, heroica, plena, desbordante de espléndida robustez y hermosura, por predominar en ella el instinto de grandeza sobre la dicha del mayor número y el nivelamiento común, enemigo ambagioso ó declarado de toda superioridad y aun de la vida misma, de los pensadores devotos del humanitarismo.

Sería curioso y acaso útil, escudriñar y descubrir las necesidades éticas y las reacciones contra-sentimentales que determinaron la concepción del heroísmo en la historia y la filosofía. Schlegel y Tieck echaron las basas; Hegel, Schopenhauer y los historiadores alemanes, desde Ranke y Mommsen á Sybel y Treitschke, le dieron forma concreta y positiva, y luego cumplido remate Carlyle y Nietzsche. Á pesar de su abolengo en apariencia idealista y hasta místicos componentes, el culto del héroe, del genio, del hombre histórico ó providencial y, en fin, del superhombre, es no sólo aristocrático como la Naturaleza, donde todo es diferenciación y jerarquía, sino á la par de ella, tan contrario á la moral de la razón razonante como á la moral del sentimiento, puesta de moda por el infelice Juan Jacobo y de la que arrancan, según muy encumbrados pensadores, el romanticismo en política y literatura: dos formas del espíritu de rebelión, de la sensiblería caprichosa y la hemorragia de la palabra, que llevan entre las flores de trapo de los idealismos ornamentales los venenos sutiles de flaquezas, disoluciones é iniquidades sin cuento.


Parecería incomprensible que en este mundo, donde reina el más tiránico determinismo, y donde los fenómenos se subordinan los unos á los otros sumisamente, las quimeras y los romances, de libertad igualdad y fraternidad, imaginados por un héros lâche et délicat, hayan ejercido tan misteriosa acción sobre los hombres, si no fuese cosa averiguada que éstos adoran los discursos, fantaseos y dulces damiselas que más los engañan, adulan y fascinan. Y el mísero y glorioso Rousseau, es el fascinador más grande que, después del Nazareno, ha visto la humanidad: «un maestro de ilusiones y un apóstol de lo absurdo», como dice alguien con crueldad, pero no sin exactitud. Él amó ardientemente á los desheredados de la fortuna; clamó contra los poderosos, aun cuando se holgaba en su compañía y comía su pan; sufrió á la vista de todos, los dolores de la inteligencia, del orgullo, de la carne flaca, y comunicó á todos también sus rencores, despechos y fiebres de reparaciones sociales y dicha universal. Fué el novelador de la Utopía y el arquitecto lógico de un sueño de poeta. Por eso ha sido y será el eterno revolucionario y el eterno ilusionista. Su poder de encanto y seducción, calor comunicativo y contagiosa locura de bondad y virtud, es para la conciencia lo que para el Deseo el dulce é irresistible canto de la sirena. Fuera preciso no tener sensibilidad humana para escuchar sin embriaguez, los persuasivos y cálidos Discursos, Rêveries y Confesiones que se dirigen artera y directamente, no al cerebro, sino al corazón, al orgullo, á los apetitos que robustecen las ansias legítimas, en suma, de placer y dominación. Nuestras flaquezas están de su parte, sus debilidades de la nuestra: por eso ha reinado y reinará. Y he aquí lo estupendo: salvo la sana aspiración hacia la dicha y el imperialismo democrático que ocultan las frases fraternales, la dolorosa experiencia de los pueblos proclama que todo es falso en las doctrinas que han hecho sacudir á la humanidad en tan violentas convulsiones y preparan al presente otros y acaso más terribles sacudimientos para el porvenir. Falso que el hombre sea bueno por naturaleza; falso que nazca libre é igual á los demás hombres; falsa la fraternidad y las utopías sentimentales basadas en el desconocimiento absoluto de la fisiología humana.

¡Pero qué importa!

Precisamente lo que ha hecho que el rousianismo arraigue y viva en la inteligencia y el corazón de la humanidad, no obstante sus contradicciones y pueriles fundamentos, es que en vez de ser una grande verdad es una grande ilusión. Lo imperecedero de él son sus errores. Gracias á ellos, y no á su substancia lógica, hase convertido en verdad popular, en injusticia, en esclavitud. Á tal punto que, sin quererlo, el observador de los tiempos que corren se pregunta, rugando la pensativa frente, si el verdadero libertador de los ilotas, el destructor del último ídolo y de la última tiranía no será acaso el que asesine la Libertad...


La moral de la Fuerza, velada hasta ahora á los ojos humanos, pero presente en el mundo, no admite del desorden anárquico, ni la mentira, ni el error, ni las contumaces falsificaciones del espíritu, porque la Fuerza, ó por otro nombre, la razón física, es lo que es y no puede menos de ser; lo que triunfa fatalmente, la condición única y suprema de las realidades, y lo que establece en toda suerte de cosas una indestructible jerarquía, un orden divino, al que nadie ni nada escapa, ni aun la razón mística, que viene á ser así como la loca de la casa de la otra y universal razón.

Un escolástico, Duns Scot, maravillado, sin duda, por las manifestaciones disfrazadas, pero reconocibles para el ojo profundo de esta mecánica inteligente que rige en el universo, preguntábase atribulado por heréticas vislumbres y afanes prolijos, si la materia no pensaba, tan armoniosas y de buen concierto le parecían su estructura y combinaciones. Y el inefable Maeterlinck, iluminando el alma obscura de las cosas con las sutiles claridades de su misticismo adivinador, sospecha que las ideas se les ocurren á las flores ni más ni menos que á nosotros. «Ellas tantean, dice, en la misma noche; encuentran los mismos obstáculos, la misma mala voluntad en el mismo ignotus. Ellas conocen las mismas leyes y las mismas decepciones, los mismos triunfos, lentos y difíciles. Parece que tuvieran nuestra paciencia, nuestra perseverancia, nuestro amor propio; la misma esperanza y el mismo ideal», y considerando el esfuerzo inteligente y formidable de las flores, los inventos ingeniosos, los prodigios de imaginación, las industrias de que se valen para convertir en mensajeros de sus aromados suspiros y fecundos besos á los insectillos y las brisas, y unirse á los amantes lejanos é inmovibles, burlando el cruel destino que las ata al suelo; reconociendo, en fin, la suma de voluntad y pensamiento que anima la vida heroica de la flor, deduce que «no hay seres más ó menos inteligentes, sino una inteligencia esparcida á todo; una suerte de fluido universal que penetra en diversos grados, según que sean buenos ó malos conductores del espíritu los organismos que encuentra. El hombre sería hasta aquí, sobre la tierra, el modo de vida menos resistente á ese fluido que las religiones llamarían divino. Nuestros nervios aparecerían como los hilos por los cuales se esparciría esa electricidad sutil. Las circunvoluciones de nuestro cerebro formarían, en cierto modo, las bobinas de inducción, multiplicadoras de la fuerza de la corriente; pero ésta no sería de otra naturaleza ni provendría de otro origen, que aquella que pasa por la piedra, los astros, la flor ó el animal.»