Barcelona, entonces, no se parecía a la ciudad actual; era una ciudad grave, seria, de calles estrechas, donde apenas entraba el sol, de casas muy altas y muy viejas, con un pavimento descuidado. Fuera de la Rambla, siempre llena de animación, lo demás era poco alegre.
De noche, las calles se hallaban mal iluminadas por faroles de aceite y por lámparas que ardían delante de las hornacinas con la imagen de algún santo.
A pesar de esto, la ciudad creo que me gustaba entonces más que ahora. Uno de los encantos de las ciudades antiguas antes de ser abiertas y destripadas por los ensanches era la coherencia de su exterior con su espíritu.
Estas ciudades antiguas representaban de una manera completa, acabada y fiel la vida de sus habitantes; en ellas no faltaba un matiz que existiera de verdad, ni había una nota pegadiza y falsa.
Más tarde, como en los discursos, la charlatanería entró en ellas, la mentira suntuosa, y quisieron presentar aspectos que en la realidad no tenían. Así, las urbes se han convertido, de sinceras y verídicas, en ciudades de aparato, en escaparates de quincalla brillante, en donde la casa no tiene coherencia con su interior y en donde la fachada es una mixtificación y una farsa.
En la Barcelona de entonces dominaba todavía la ciudad gótica y medieval, con sus iglesias, sus murallas, sus fortificaciones, su vida austera y contenida.
Había en esta época grandes conventos, con sus huertos y sus tapias, que ocupaban enormes espacios en las calles, y un sonar constante de campanas de las distintas iglesias de la ciudad.
A pesar de la extinción de los frailes se veían muchas parejas de éstos, de todas clases de hábitos y de colores, que entraban y salían de las casas. De noche la vida acababa muy temprano; y al toque de la queda se cerraban los comercios y las puertas de la ciudad, se levantaban los puentes levadizos y, una hora más tarde, se cerraba la Puerta del Mar.
Se vivía en una inquietud constante; la gente no había tenido un momento de paz ni de reposo desde la guerra de la Independencia; se estaba en un perpetuo sobresalto y en una constante interinidad.
Desde el día siguiente en que llegué a Barcelona me dediqué a ver si encontraba trabajo. En todos los comercios me decían que esperara, que no sabían a qué atenerse, y que el momento no era propicio para tomar más dependencia.
Pensé en marcharme pronto de Barcelona, pero Arnau me decía que me quedara allí. Según él, a todas partes adonde fuera, en España, me ocurriría lo mismo.
El pensaba que tenía que haber una revolución que diera un estallido, y que después de ella vendría la calma.