Title: Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba
Author: Rafael Contreras
Release date: August 27, 2017 [eBook #55440]
Most recently updated: October 23, 2024
Language: Spanish
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| ÍNDICE DE LAS MATERIAS |
POR
RAFAEL CONTRERAS
RESTAURADOR DE LA ALHAMBRA
ACADÉMICO É INDIVIDUO DE LA COMISIÓN DE MONUMENTOS
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TERCERA EDICIÓN
CON GRABADOS Y PLANOS
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MADRID
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE RICARDO FÉ
Calle de Cedaceros, núm. 11
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1885
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ESTA OBRA ES PROPIEDAD DE SU AUTOR
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Después de habernos ocupado durante treinta y siete años de restaurar los singulares arabescos de la Alhambra, de revelar inscripciones perdidas, y de restablecer el monumento que se hallaba casi hundido, al estado característico de su notable antigüedad, pensamos reasumir en un pequeño libro el fruto de nuestras investigaciones y descubrimientos, bajo forma más artística que la usada por los que nos precedieron en descripciones de índole semejante.
Quisimos también acompañar á nuestro trabajo, las noticias históricas que sirven para embellecer siempre las artísticas lucubraciones; pero son tantas y en tan copioso número las que se han hallado, especialmente de los autores árabes, que para no hacer este libro demasiado largo y tal vez confuso, resolvimos publicarlas en tomo separado, y utilizar en éste tan solo aquello que podía dar á conocer mejor los monumentos y sus pequeñas ilustraciones; habiendo tenido el disgusto de ver algunas de éstas reproducidas sin nuestro consentimiento, en otras obras que se han impreso y publicado.
Puede ser que en algunos casos encuadernemos con esta edición apéndices muy breves que traten de los monumentos cristianos y aun de otros más antiguos, para que sirva á los viajeros de guía descriptiva; pero en este caso, conviene advertir, que nuestro principal intento fué siempre hacer la comparación de las obras árabes, relativas al más importante período de la dominación agarena en esta parte de la Península y dejar el estudio de las obras cristianas y paganas, quizá menos interesantes entre nosotros, para ocasión más competente.
Concluiremos haciendo una indicación sobre la dificultad que ofrece ocuparse de objetos con apelativos árabes, y fijar á estos nombres la más adecuada trascripción al castellano; pues hemos hallado aun en autores de nota, tales divergencias ortográficas, que se hacía imposible en un mismo significado con distintas ó parecidas palabras, fijar el valor de las letras arábigas, cambiado según la procedencia árabe, mudejar, ó extranjera de la traducción, sin que la tradicional costumbre de nuestros cronistas y poetas pudiera darnos una clave segura, que ellos ciertamente no usaron en absoluto. Resultando de aquí que muchas palabras han sido escritas en dos ó más formas, según la procedencia de la cita, tiempo de su inserción ó idioma á que fueron traducidas, lo cual podremos ir remediando en nuevos estudios y ediciones sucesivas.
Dijo Buckle[1] que la más interesante crónica de todas las naciones cultas, y la que no debe olvidarse jamas, es la del pueblo español. Con efecto, grande y poderoso era éste cuando el resto del mundo se ardía en guerras feudales y religiosas. Libre, y con instituciones representativas durante el revuelto período de las ambiciones dinásticas, en nuestra patria se han ensayado las leyes más justicieras é igualitarias, se han llevado á cabo las más lejanas y venturosas conquistas, y se han adelantado pasmosos descubrimientos, que no han podido borrar desastres espantosos y fatales preocupaciones.
Conserva nuestro suelo las raíces secas y quebrantadas de los múltiples trabajos de la humanidad en todos los tiempos y civilizaciones; y las diversas razas que lo poblaron han impreso el sello de sus obras en las cien generaciones que se han mezclado y comprimido durante treinta siglos con caracteres tan distintos, que todavía existe en nuestras provincias por un lado el espíritu aventurero y nómada de los primeros colonizadores, por otro la altiva independencia de los ilustrados mercaderes griegos y africanos, y en todas partes el dulce y tranquilo genio de las artes. Por el centro de la Península, pastores y honderos independientes ponían límite á las conquistas, y en el Norte la rudeza indómita de los que habitaban los bosques celtíberos helada por la brisa de sus angulosas montañas. Constantemente la fiereza, la pasión y el heroísmo, mezclados á esa pasmosa debilidad que dió tan inmensa fuerza á los agarenos para abatir las costumbres y leyes que había creado el palo y el hierro de los procónsules y de los conquistadores bárbaros.
Así, pues, entre nosotros se han iniciado todas las civilizaciones hasta el principio de su desarrollo, en el que parece que una atmósfera asfixiante las ha secado y empobrecido, viniendo siempre en pos del primer albor de la paz y de la dicha, el huracán de la destrucción y del aniquilamiento. La tradición, presentada siempre en un torbellino de pasiones y de sufrimientos, no ha sido respetada ni ha podido trasmitirse como ancha base de las instituciones modernas, para labrar nuestro porvenir, y hemos podido olvidar el carácter que imprimió la historia de la Reconquista al plantear la regeneración moderna.
Hegel nos ha asegurado, á la vista de esas grandes trasformaciones que experimentan los pueblos, que la inteligencia, el carácter, la pasión y la cultura se han reflejado siempre en las obras que dejaron labradas con sus manos ú ordenadas por su entendimiento. ¿A dónde ir, pues, para estudiar la historia más que á los eternos ó casi imperecederos frutos de las civilizaciones antiguas? El arte ideal que vino después del clásico y del simbólico tan hermosamente representado en la Península, nos ofrece ese constante genio que animó todas las empresas españolas, aquí donde la religión ha sido venerada, la ley inexorable, el espíritu intransigente, el culto irreflexivo, y donde se ha batallado durante ocho siglos sin más tregua que la necesaria para vigilar con astucia el costado vulnerable del enemigo. Nunca se ha roto el hilo de esta tradición caballeresca que nos ha dado un calificativo propio en el resto del mundo; y sin interrumpirlo es como acaso podríamos desarrollar nuestra antigua grandeza, encadenando aquel constante modo de ser, con los adelantos de las ciencias, con los intereses modernos y con ese espíritu de los pueblos que pasaron, Iberos, Godos y Arabes, que flota todavía en una atmósfera de huracanes y de convulsiones.
Y en esta tierra clásica del sentimiento, donde parece que todo ha muerto, dejando el suelo sembrado de preciosas ruínas que los hombres no se cuidaron de contemplar, se conserva todavía el odio de raza ó espíritu vengador que destruye las respetables obras de la antigüedad, y que á cada agitación derrumba y aniquila todo con el ardimiento y barbarie de la desgracia y de la impotencia, sin cuidarse ni sentir el destino social del arte en los tiempos venideros y en las realidades que se presagian.
Conocidas son las obras de la civilización romana, y los vestigios que ésta dejó en la Península ibérica. No es, por tanto, nuestro propósito hacer aquí un estudio comparativo de esas magníficas obras, cuyos detalles se pueden estudiar mejor en otras comarcas del mundo antiguo. Su influencia entre nosotros nunca fué absoluta, y las grandes construcciones que sintetizaban el período romano, más bien habían degenerado en nuestro suelo por la influencia indígena, que crecido bajo el amparo de una absoluta dominación. Difícil es demostrar el carácter de nuestro pueblo en los primeros siglos del cristianismo, si no asimilamos sus costumbres y sus leyes á las de los colonizadores; una densa oscuridad lo hace impenetrable todavía á todo género de investigaciones históricas.
Por más que miremos con sorpresa las artes romanas de la Península, nunca inspirarían el afán de estudiarlas abstrayéndonos de la universalidad de las obras que levantó aquel poderoso pueblo. Con ellas desapareció el genio peculiar de los pueblos invadidos, y no podemos hallar durante ocho siglos testimonios bien caracterizados de la raza sometida. Fragmentos griegos de una degeneración marcadísima, instrumentos de labranza y armas, que se diferencian poco de las que se ven hoy de cobre y hierro en la costa oriental de África, inscripciones interrumpidas ó piedras aisladas con signos de carácter céltico ó hebráico, grandes vías legionarias; pero ningún dato que nos guíe desde estos descubrimientos á los muchos pueblos y monumentos que existían ignorados por la incuria ó indiferencia de los procónsules. No habrá quien se atreva á sostener que merezca una apreciación seria lo poco que conocemos de la civilización y de las bellas artes greco-romanas, manejadas por los artistas españoles, y bajo la influencia de nuestra antigua cultura en los tiempos llamados siempre heróicos. La decadencia fué siempre constante, y más todavía cuando vino el influjo de aquellas inmigraciones en los primeros siglos, que huyendo de Europa ante Suevos, Vándalos y Alanos, invadían el territorio y se mezclaban casi totalmente con los primitivos habitantes. El arte degeneró sensiblemente al caer en poder de errantes hordas que se cubrían el cuerpo de tejidos groseros y hacían sus habitaciones con las ramas de los árboles; y si bien poco á poco tomaron de los Romanos el lujo y costumbres, fué para empequeñecerlas y amenguarlas, notándose cuánto sus groseras obras carecían de belleza y privaban al arte de esas esbeltas, sencillas y clásicas formas, que con encanto poseen los monumentos labrados en Roma y Grecia ó en las colonias y municipios de allende el Pirineo.
Aunque citáramos los acueductos, puentes, circos, termas, caminos, urnas, miliarios, estatuas, vasos y joyas que se hallan en nuestro suelo á cada paso, el arte en España no fué el romano, ni el griego; uno y otro no se manifiestan más que como elementos de una civilización que transita y deja huellas en el granito, en los metales y en el mármol; otros tiempos y otras civilizaciones alcanzaron mayor éxito, sin llevar el signo cruel de la decadencia, y ellos son los que merecen fijar la razón de la historia y la filosofía del arte.
Cayó el imperio romano y quedaron sus leyes y costumbres sólo en las populosas ciudades que embellecieron: lejos de éstas, y apartadas de las vías imperiales, otras costumbres y hasta otros cultos se alimentaban en silencio. Vinieron los visigodos y se establecieron en sus palacios, en sus andrónitos y en sus peristilos, y la religión que aceptaron sin profundas convicciones, sostenida por misioneros que continuamente se contradecían, é impotente entonces como lazo social inquebrantable, no destruyó completamente el ara de los sacrificios ni las estatuas de los dioses paganos. Fraccionados los cristianos por herejías profundísimas, fué imposible una vigorosa propaganda; y relajado el estado moral antiguo, el arte no pudo hacer más que expresar el influjo de tantas opiniones contradictorias como agitaban á la cristiandad en los primeros siglos de trasformaciones y esperanzas.
Si Clodoveo, único monarca que en el siglo V profesaba de lleno las creencias católicas, no hubiera sostenido contra los pueblos visigodos la primera guerra religiosa que contempló la España, tal vez habría sido más difícil á los mahometanos llevar á cabo su pasmosa conquista; pero ocupado desde aquella lucha en el establecimiento del catolicismo, como religión nueva, el pueblo gótico que venía sufriendo intolerables persecuciones á través de siglo y medio de dominación, no opuso el valor heróico de convicciones arraigadas, y sucumbió, quizá de buen grado, por acogerse á la tolerancia de los nuevos señores. De tal época de duda y desconcierto los monumentos de arte son raros y sin importancia, no expresan más que la transición tumultuosa, y carecen por aquel efecto de verdadero carácter nacional y de perfección greco-romana.
La arquitectura latina creció con una mezcla bizarra de fragmentos antiguos, que no porque fueran abundantes, la dotaban de belleza y la elevaban entre nosotros al esplendor que alcanzó en las Galias y en Italia. Hileras de columnas desiguales, colocadas las unas sobre las otras, no coronando las cornisas á los edificios sino ribeteándolos, los arcos sin archivoltas, los intercolumnios sin arquitraves, y una multitud de chocarrerías bárbaras ornaban las estrechas basílicas de aquel tiempo.
No es, por tanto, ese período de transición para nuestro país el que nos pudiera dejar un arte, á él que, desarrollado á más ó menos altura, le hubiéramos otorgado carta de naturaleza. La época goda con sus rotondas, sus baptisterios, sus cruceros, enclaustrados y criptas, no hizo nada en nuestro suelo que pudiéramos asimilarnos como arte nacional. Es preciso para esto venir al siglo VIII, cuando desaparece la sociedad cristiana y huyen nuestros soldados ante el brillo de las cimitarras, porque la patria gobernada teocráticamente no tiene valor cívico que oponer á los invasores. No era el tiempo, y así lo comprenderían aquellos santos varones de salir seguidos del coro, y precedidos de los ciriales y mangas á las puertas de las poblaciones, para pedir á los nuevos Hunos que se retiraran á sus bosques ó á las ardientes arenas de la Libia. Estos invasores tenian la conciencia de una predestinación infalible, y no podían temer otra emboscada tan sangrienta como la sufrida por aquéllos en las Galias.
De la tribu de Koreisch había de caer sobre Europa tan formidable enemigo, que á su presencia huirían las tradiciones no extinguidas del paganismo, y los pueblos cristianos se estrecharían espantados para cerrarles el paso. Los poderosos descendientes del Profeta estaban llamados á abrir en nuestro suelo un surco que no pudieran borrar los trabajos de cien generaciones. Desde muy antiguo componían el pueblo árabe corsarios del desierto, que en caravanas hacían el riquísimo comercio desde los puertos donde descargaban los bajeles de la India á las ciudades interiores de la Siria, Persia y Judea. Estos pueblos conocían perfectamente las costas y territorios del África septentrional, eran los comerciantes que llenaban los mercados romanos de las riquezas de Oriente, los que habían venido en todos los tiempos á Cartago y á las Baleares, no se extrañaban de la civilización occidental, y podían llegar hasta los Pirineos, conocedores por relatos de toda la extensión de la Península: sabían que se explotaba en España la plata, el azogue, el plomo y cobre en abundancia, y que competían sus criaderos con las minas de Sofala. Antes de la invasión, comerciaban en nuestras costas, nos traían porcelanas de la China y gomas de Malabar, y llegó después á tal punto su sed invasora y comercial, que hasta visitaron las Maldivas y las Molucas, y más tarde se pusieron los primeros en camino, con los Portugueses, para hacer inmensos descubrimientos que cambiaron la faz y las esperanzas de Europa. No ha habido en el mundo raza que extendiera sus correrías en más dilatados espacios, ni religión, que como la de Mahoma, hiciera más prosélitos en menos tiempo. Ellos se aposentaron tranquilamente en las tres partes del mundo entonces conocido. «¡Esclavos ó islamitas!» gritaban á los pueblos cuando llegaban á sus puertas. El antropomorfismo, la idolatría, el culto de los astros, el budhismo, el cristianismo, en fin, hubieran sucumbido si no se levanta el centro de la Europa para contener sus conquistas, que parecían interminables. Quizá el peligro común salvó entonces á la cristiandad de una total ruína, y echó luego los cimientos de esa unidad religiosa que parece indestructible en nuestra patria.
Conviene á nuestro propósito, para fijar bien el carácter de los invasores, el demostrar cuánto la lengua de los árabes influyó en el resultado de estas prodigiosas conquistas. El idioma del Korán era considerado el más puro de la Arabia, y se hizo patrimonio del universo civilizado. Dice á este propósito Herder: «que si los Germanos, vencedores de la Europa, hubiesen poseído un monumento tan clásico ó menos que el Korán, jamás hubiera podido el latín dominar su lengua.» Con efecto, sólo la fe religiosa de los Tabi, ciegos conservadores de los preceptos de su maestro, libres de toda corrupción del lenguaje, bastó para conservar una lengua que durante toda la Edad Media había de ser depositaria de las ciencias antiguas. Está fuera de duda por cuantos historiadores se han ocupado de nuestro país, que el período más brillante é ilustrado para la literatura y la filosofía fué el del Califato, y aun después, el más culto de los reinos que se formaron por toda la extensión de la Península; su población más numerosa que la actual y aun que la romana, sus edificios más espaciosos y ricos, sus Universidades más concurridas, y sus Academias funcionando ocho siglos antes que se fundaran las que hoy existen. Sin las exageraciones del fanatismo, los españoles se habrían aprovechado más de aquella civilización, y hoy daríamos al mundo un espectáculo bien distinto del que ofrecemos. En los pueblos donde la impiedad no podía destruirse, resto del furor arriano de los Visigodos, el Árabe enseñó la idea absoluta de un Dios, Creador, Regulador, Soberano árbitro de todas las cosas; y como emanaciones de inextinguible bondad, enseñó á las escuelas cristianas que se habían viciado por los errores de la herejía constantemente insubordinadora, la práctica diaria de la caridad, de la limpieza, de la temperancia, de la obediencia y de la oración; destruyó la pasión al juego, á la idolatría y á la usura, porque, no hay que dudarlo, los cristianos de aquel tiempo no oponían á los Árabes costumbres honestas, ni amor al trabajo, ni limpieza, sino las impurezas de las costumbres romanas que sustentaba todavía la alta sociedad, y la grosería de las clases pobres, que se había sostenido con la ignorancia ó la servidumbre. La raza que había obrado aquel prodigio en las márgenes del Guadalete poseía una tranquilidad de alma inquebrantable, un convencimiento absoluto de la unidad y santidad de su doctrina: no podían oponer lo mismo las razas vencidas ó arrolladas. Sin la tolerancia de la poligamia y la prohibición de discutir las cosas sagradas del Korán, no sabemos si la humanidad hubiera titubeado en aceptar leyes y usos que podían imprimir tan poderosa acción á millones de criaturas. Todavía, después de mil años, la lengua de los Árabes, dulce, sonora y flexible, sirve de alianza entre Oriente y Occidente; todavía, ante la humanitaria religión del Crucificado, se sostiene única y ostensiblemente cuna de muchas tradiciones. El harém, que horrorizaba á las familias cristianas y llenaba de amargura á aquellas infelices esclavas arrancadas de los pueblos conquistados, fué, al par que una feliz tradición antigua para contener á los creyentes, un valladar intraspasable para el proselitismo. ¡Cuánto carácter imprimió á sus alcázares y á todos sus monumentos esta sola condición de la vida social de los Mahometanos! Cuando vemos alzarse los esbeltos minaretes, las doradas cúpulas, los rojos ó pintados baluartes, y sentimos la inspiración de ese pueblo fanático y noble, deploramos la abyección en que ha caído y los futuros desastres que todavía amenazan á unas gentes que de tal modo fueron intérpretes de las más sabias escuelas de la Grecia.
¿Seremos todavía incapaces de reconocer con gratitud lo que la antigua civilización española debió á esos huéspedes, que sembraron su sangre y sus preocupaciones orientales en nuestro suelo?... El Español, tal cual es, ese tipo que se distingue hasta cierto límite de la familia europea, y con especialidad de las razas del Norte, representa hoy en decadencia aquella cultura; y ni las crueles persecuciones religiosas, ni la férrea unidad monárquica, ni las emigraciones, han podido destemplar el alma que se inflamó con el arte, la literatura y la poesía agarena.
No fueron los Kalifas los que por su protección hicieron del árabe el pueblo más poeta del universo: aún no había nacido Mahoma, y ya cantaba sus peregrinaciones, las luchas de Okhad, su vida errante y sus querellas amorosas. Sería interminable la lista de sus poetas y escritores. Todos recitaban versos tan sencillos como originales, notándose en ellos una cosa muy significativa: que, aun cuando conocieron la epopeya, el idilio, la oda de los Griegos, jamás aprendieron ni imitaron inspiración ni sentimiento alguno, sino que continuaron no menos entusiastas de su poesía y de sus canciones heróicas. El Cuento, género recitado que en pleno siglo XIX es aún el mejor deleite de la sociedad; que en Andalucía ha llegado á ser una parte de la conversación, y el atavío y gracejo de cuanto se habla, el que entretiene bajo sus tiendas á los moros de Fez, ese constituye todavía el solaz más dulce y agradable de las escenas españolas; y tan antigua es esta literatura de la raza pura árabe, que el Profeta, cuando principió á divulgar el Korán, temió que los cuentos de los mercaderes persas, entonces en boga en todo el Yemen y en los caminos de las caravanas, hiciesen olvidar al pueblo la lectura del Libro Santo.
Como la idea pura de la unidad de Dios es la base incontrastable de la religión mahometana, toda la filosofía estaba basada en contemplaciones, himnos, rezos y alabanzas. Simultáneamente se levantaba el ancho pedestal de la doctrina aristotélica. Sectas ilustradas examinaron el célebre Organum que trasmitieron los filósofos alejandrinos, y Alfaraví, Ibn Taphail, Algazel, Avicennes, fueron más notables filósofos que los discípulos de Abelardo, que Amaury, David y Maimonides. Además, que por ilustres que fueran las escuelas filosóficas establecidas en la Edad Media, los que impulsaron el movimiento, á pesar de los estudios teológicos, fueron esos sabios que desde Granada, Córdoba y Sevilla derramaban nuevas ideas sobre la moral, la política, el alma, la física, la razón. ¡Imposible parece que del suelo de Andalucía había de partir la luz que se reflejara sobre los Kathares, y que con tales maestros no quedara en nuestro país el menor vestigio de aquella filosofía racionalista!...
Avicebron, que vivió bajo el poder de los Abassidas, combatió la intolerancia de los Almohades, escribiendo contra los atributos de Dios y su semejanza con la criatura. Trabajos que en el suelo español no volvieron á repetirse, esterilizándose por el influjo bien explotado de la intolerancia mahometana.
Las leyes de la metafísica conocidas por los modernos, fueron trazadas ya por Mahoma y los pensadores Griegos; mientras los cristianos traspirenaicos de la Edad Media realizaron la unión constante de la escolástica y el misticismo, con lo cual había de brotar el Renacimiento, preludiando la aparición de los grandes filósofos que han hecho florecer la inteligencia y los intereses materiales de Inglaterra, Francia y Alemania.
Pero lo que sobre toda esa suma de ciencia imprime á la civilización árabe española un formidable poder y constante progreso, envidiado por todos los pueblos de Europa, son las ciencias de la naturaleza, las matemáticas y la química. Bajo el reinado de Al-Mamunn midieron un grado del meridiano en el país y llanura de Saryar, y construyeron para la astronomía cuantos instrumentos necesitaban, tablas celestes y planisferios, cartas geográficas y estadísticas, mucho tiempo antes que los cristianos se ocuparan de estos trabajos. La cronología, la navegación, la arquitectura náutica, están dotadas de tantos nombres árabes, que nadie borrará este sello indeleble de su influencia en los siglos venideros. Las tablas construídas en Samarcanda determinando épocas, fijando revoluciones celestes, y abreviando los cálculos, son otras tantas obras de su genio; y si bien en la anatomía, por una prohibición expresa, no pudieron adelantar mucho, la medicina les debe casi todo el conocimiento de las plantas, y la virtud de muchos agentes minerales que la química les había revelado. Es, pues, muy lógico que el arte, en la acepción que entre ellos tuvo esta palabra, se desarrollara á expensas de tales conocimientos exactos, y á tal punto, que las trazerías de almocarves no han sido hechas antes ni después con la perfección, exactitud y espontaneidad que se ve en los almizates y comarraxias de los edificios arábigos. En nuestros días estas combinaciones de líneas, que dejan descubiertos polígonos y otras figuras convergentes á centros comunes y simétricos, detienen la mano de los mejores dibujantes, y sin un estudio hecho á conciencia no es posible aplicarlas.
Se ha preguntado muchas veces qué habría sucedido en el mundo, si los Vándalos y los Alanos no hubieran sido arrojados de la Península, y dado origen al más grande reino de piratas conocido. Seguramente los Árabes no habrían llegado á nuestro territorio si Genserico hubiese establecido un reino entre la Libia y la Mauritania, ó si este León de Numidia, después de saquear á Roma, hubiese llevado sus despojos á África, y vuelto á invadir la España. La cúpula de oro del Vaticano que arrebató, habría servido para levantar de nuevo en nuestra patria un gran templo al paganismo. Jamás un imperio pudo hacerse más grande y perecer en ocho generaciones de reyes, la mitad asesinados.
Antes de Mahoma, se ha dicho, los Árabes apenas tenían arte que representara sus adelantos, y esta peregrina idea se ha venido sosteniendo por los que á toda costa querían probar el indomable barbarismo de aquellas tribus errantes. Sabido es que los desiertos que se hallan entre el Mar Rojo y el Eufrates, á juzgar por el relato del Profeta, eran como son hoy llanuras ligeramente interrumpidas por valles muy poco cultivados, y esto mismo acredita que la Arabia en aquel tiempo no se parecía á esos desabrigados mares de arena que hay en el continente africano, sino que el país sufría el abandono propio de la raza viajera que lo poblaba, la cual apenas se ocupaba de sembrar los campos ni aprovechar los escasos manantiales de sus montañas. Pero, ¿cómo no habían de tener arte, á lo menos simbólico, unos pueblos que visitaban la India, entonces más floreciente que ahora, los antiguos imperios, Babilonia, el Egipto, la Judea, y que frecuentaron todas las colonias griegas y romanas? Su país era la escala del Oriente; en él refrescaban los comerciantes sus alimentos, y se proveían para continuar las expediciones; en él dejaban sus mujeres y sus hijos; ¿cómo, pues, en ese suelo no se levantaron los edificios propios de su vida y de sus creencias? Los que sostienen el estado bárbaro de la raza árabe antes de Mahoma, preguntan: ¿dónde están los monumentos ó sus ruínas? No existen hoy después de las sangrientas vicisitudes por que ha pasado aquel país; pero no es menos cierto que se hallan vestigios romanos, griegos y persas, y que el Egipto reflejó allí su civilización primitiva; pues si aquel inmenso caravanserallo hospedó los mensajeros del antiguo mundo, si en su suelo descansaban tropas numerosas de negociantes y de soldados, ¿cómo no creer ciegamente que el arte pagano en su primera manifestación, el que concedió tal grandeza á los antiguos Medos y Asirios, y luego vino á modificarse en la culta Grecia, no fuera el origen de la civilización que tuvieron los primitivos Árabes? La Kaaba había sido ya construída en tiempo de Mahoma, los Hebreos habían hecho sus templos muchos siglos antes y eran sus vecinos; el cristianismo se apoderaba de los monumentos romanos, y el estilo bizantino dominaba en toda esa región oriental. Cuando se trató de reconstruir la Kaaba, los arquitectos que lo verificaron eran el uno griego y el otro copto, y por demás se sabe que en aquellos tiempos los artistas no eran tan cosmopolitas como en los presentes. El gusto persa, que se extendió á la Siria y al Ásia Menor, sólo sirvió para abrigar en el fondo de sus mejores obras el culto de la nueva religión. Mezquitas levantadas en la primera época tienen todas las formas de la arquitectura griega y egipcia, y recientes trabajos hechos en la alta India y en los pequeños estados confines con la Persia, han principiado á darnos una luz muy remota sobre algunas formas del arte, revelando los primeros albores de las múltiples bóvedas de la Alhambra, y el arco excéntrico y apuntado, que parece se inició en las construcciones de aquellos tiempos, 1.000 años antes de la fundación del Islamismo.
Ebn-Jhaldoun dijo, que artistas y hasta trabajadores en piedra y madera se pidieron á Constantinopla para construir mezquitas. El Kalifa Walid, Abd-el-Malek, para levantar una mezquita en Medina, otra en Jerusalén y otra en Damasco, pidió al emperador Justiniano 200 obreros y albañiles; y una de las condiciones de paz entre el Kalifa y el mismo Emperador, fué que éste le entregaría azulejos, pavimentos de esmalte y tejas en cierta cantidad, para la decoración de la gran mezquita de Damasco. Lo que se ve claramente es, con cuántos retazos de antiguas obras, y con qué diverso espíritu, se levantaban los primeros monumentos, y por qué existe tan profunda diferencia entre los que se edificaron en los primeros años de la egira, los que se hicieron en el Kairo mucho tiempo después, y los que se alzaron en España en distintas épocas.
Bajo las dinastías de los Arsacidas y Sassanidas, obró prodigios el arte persa que contemplaron los Árabes, y en la ciudad de Madain, conquistada por ellos, hallaron tal arsenal de ornamentos, que fueron deslumbrados por ellos; y tal abundancia y prolijidad de detalles, que dicen había edificios bordados como encajes, y cúpulas que se elevaban hasta las nubes en múltiples combinaciones. No se demuestran bien las formas de los arcos apuntados, pero aquellas relaciones fantásticas nos indican que unas líneas no conocidas los debieron sorprender, en particular las de los patios, que tenían grandes y dilatadas galerías de arcos, bajo las cuales cabían ejércitos enteros, cobijados por menudos cupulines. Tak-Kesra presenta una construcción de arcos ojivales[2] que, si no tan aperaltados como los de las catedrales góticas, tienen la curva primordial de su antiguo origen. Tak-Kesra se sabe que era el palacio de Cosroes en las ruínas de Ctesiphón, y como los de Firuzabab, se construyó en los primeros siglos del cristianismo. La forma ovóide de estos arcos se insinuaba ya lo bastante para que naciera de ella el arco roto, apuntado y de herradura, y puede conjeturarse su procedencia cuando comienza á verse con signos característicos en las mezquitas de Egipto y Túnez. Un número notable de edificios mahometanos de la primera época se ve también coronado de almenas á manera de dientes, de las cuales no se hallan vestigios por otra parte; pero que si nos remontamos al tiempo de Sapor[3] y á las construcciones bramínicas, se hallará el origen de esas cresterías que aprovechó el gótico con tanto lujo.
Siguiendo las diversas fases que presenta el arte árabe, para deducir el origen y formación de sus modificaciones antes que se manifestara en España con la riqueza que descuella en los siglos XIII y siguientes, hallamos que los más antiguos edificios están construídos con materiales arrancados de los palacios y templos que dejó el arte persa, griego y latino, sin olvidarse de las famosas construcciones cartaginesas que respetaron los Vándalos; como las columnas de Córdoba, las del alcázar y mezquita de Fez, y los capiteles degenerados de Corintio con hojas y volutas, pero dando un alto relieve á las más finas venas de sus acantos; los ladrillos rojos y blancos tapizando las fachadas y cortando las dovelas de los arcos, y la multitud de bóvedas y cúpulas cuya magnitud y esbeltez va disminuyendo á medida que nos acercamos á Marruecos y pasamos á España, en donde se construyeron muy pocas.
Aunque autores tan ilustrados como Batissier[4] sostienen que los Árabes ligaban los adornos con hojas y flores, lo mismo en los últimos tiempos que en los primeros, no hemos hallado en las obras posteriores al siglo XII ese género de mescolanza en las rigorosas y clásicas trazerías; antes bien, siempre hemos visto, que el purismo tan decantado de esa ornamentación estriba exclusivamente en las combinaciones geométricas á que se presta la línea. En los tapices persas, indianos y bizantinos, sí hemos visto el abigarramiento que produce la hoja, la flor, el grutezco enlazándose á las trazerías, por más que éstas se vean matizadas de los más brillantes colores.
De los mosáicos, azulejos ó piezas de barro esmaltadas con que cubrían los basamentos y anditos, vemos claramente la procedencia simultánea en todo el Oriente, trasmitida de los antiguos Persas, Medos, Asirios é Indianos, como lo demuestran los hermosos fragmentos hallados por Flandin bajo las ruínas de Nínive. Las inscripciones, por último, fueron los ornatos más usados antes y después del siglo IX; con ellas dieron una extraña originalidad á sus obras de toda clase, y las hemos visto grabadas en los trajes, en los muebles, en las arracadas ó joyas, además de esas fantásticas leyendas escritas en las cabeceras de las sepulturas, de las que hay muchos ejemplos en España y África.
Un género de ornamentación peculiar á los monumentos árabes más modernos, donde se desarrolló de un modo pasmoso é imprimió á la arquitectura un carácter más noble y elevado, fué la bóveda que hemos dado en llamar estalactítica; ¿de dónde trae su origen? En ninguna parte son tan complicadas y múltiples como en la Alhambra: no hay comparación entre éstas y las que se insinúan débilmente en el Kairo y en la Persia musulmana. Sin duda que han venido á través de la emigración perfeccionándose, y que pudieron empezar por nichos con bóvedas cruzadas, y por pequeñas gotas ahuecadas para entretener las líneas de las cornisas en los antros monolíticos de los templos aryas, imitados por los Persas más tarde y copiados en Egipto.
Fijándonos particularmente en España, nos remontaremos á los años 710 y siguientes, cuando Muza conquistó desde Tarifa hasta Barcelona, y aposentó sus taifas en las iglesias latinas, en los palacios episcopales y en los recintos murados que habíamos heredado de la dominación gótica. Zaragoza vió levantarse la primera mezquita de importancia, ó, por lo menos, ostentó un monumento oriental antes que se alzaran los de Córdoba, Calatayud, Sevilla, Toledo y Valencia. Realizando conquistas, construyeron castillos y murallas flanqueadas de torres, restauraron el magnífico puente de Córdoba y se cubrió de fuertes el litoral, extendiendo por todo el territorio las atalayas, que fueron en su origen el primer adelanto hacia las comunicaciones telegráficas. Tan ardientes propagadores de la nueva ley, respetaron el culto de los cristianos y de la multitud de sectas que se alimentaban de las disputas sinodiales y del poderío sistemático de la Iglesia de Oriente. Los cristianos pudieron, en suma, profesar su culto, pero no propagarlo; y sabido es que muchos mártires inscritos en el calendario español no habrían alcanzado la suerte de tales si se hubieran reducido á profesar el culto cristiano, absteniéndose de ir á las puertas de las mezquitas para predicar la falsedad de las creencias mahometanas[5]. Prohibida la propaganda, se imposibilitó la erección de nuevos templos cristianos, de oratorios, y el esculpir imágenes, con lo cual el arte latino, que tan débilmente se había sostenido en la Península, quedó estacionado, y á poco se perdió de la memoria la construcción, el ornato y sus aplicaciones á las artes de la platería, ebanistería y bordado.
Mientras que la raza gótica había vivido sin la religión y para la religión, devorándose en cuestiones puramente teocráticas, olvidada de los intereses materiales de los pueblos, y aun pudiéramos añadir de los intereses morales, los nuevos señores del territorio, al par que eran más profundos creyentes, no descuidaron todo aquello que podía moralizar á los súbditos. Contra lo que se ha creído, juzgando lo que hoy son las poblaciones mahometanas, se fijaron reglamentos de policía para calles y plazas, se establecieron fuentes públicas y baños para los pobres, y, lo que es más notable, Yusuf-el-Fehri hizo restablecer con grandes dispendios los caminos militares de Córdoba, Toledo, Lisboa, Mérida, Tarragona, etc., restaurando los puentes que se ven todavía, y abriendo vías de comunicación que han venido sirviendo durante muchos siglos. No aprovechó á los Visigodos tanto la grandeza de Roma como á los Árabes. Ninguno de sus monumentos de utilidad pública fué demolido. Si los descendientes de Tarik, victoriosos, hubieran en el primer siglo obedecido al emir, y constituído un solo imperio al amparo de las obras antiguas, no habrían perdido cien años antes de que los príncipes musulmanes se reunieran para constituirse en poder único y absoluto bajo el cetro del último de los Omniadas. Mas de cualquier modo, desde aquella época principia una civilización que agita nuestra inteligencia durante diez siglos, y que borra las huellas de la cultura latina.
El pueblo dominado, viendo por una parte el esplendor del culto cristiano reducido á edificios de madera y ladrillo, tierra y escasa piedra, levantados bajo la influencia románica, y por otro el lujo con que se hacían alcázares y mezquitas, alzando minaretes cuyo imponente aspecto los embelesaba, aceptó de lleno el nuevo arte oriental con todos sus originales atavíos. Los Mozárabes, pues, principiaron su obra, y de tal modo cundió entre los cristianos el gusto de la imitación, que lo vemos penetrar en Francia y llegar á Italia en los primeros años del siglo XI[6], hasta identificarse de tal modo, que sus costumbres, su escritura, sus vestidos eran iguales, y vivían en iguales casas, con patios y alhamies, baños y divanes, como si no hubiera diferencia en el origen de ambas civilizaciones. El carácter nacional principió á ser uno, y si no hubiera venido el desmembramiento de aquel poderoso Califato, por exceso mismo de riqueza y de bienestar, la condición de los pueblos mozárabe, mahometano y judío, habría sido preferible á la de los primeros reinos cristianos que se levantaron para la reconquista. Durante tres siglos á lo menos, puede decirse que se borraron todas las tradiciones, excepto en el pequeño rincón de Asturias y en las costas cantábricas.
Fundáronse desde 786 tantos castillos, madrisas, baños y oratorios, tantas escuelas y hospitales, que en ningún país del mundo vióse desarrollo tan grande en menos tiempo. El hospicio fué entonces una institución piadosa y necesaria, pues los primeros siglos no dieron verdadera organización pública á estas casas de socorro para los desvalidos. En ellas entraban sin distinción los mozárabes y mahometanos; y no fué sólo en Córdoba, sino también en Sevilla, Granada, Valencia, etcétera, donde se crearon estos establecimientos. El Museo Arqueológico de Madrid ha recogido un frontispicio de dibujo calado que debía hallarse sobre la puerta del hospital de Zaragoza, y nos interesa su estudio porque revela el estilo del siglo XI, con la particularidad de que representa dos trazas distintas y superpuestas una á otra diagonalmente, de manera que por los huecos ó vacíos del adorno que está encima se ve el que hay por debajo. Las fábricas de moneda eran numerosas, y tal fué la abundancia de metales acuñados, que hasta en el reinado de Alfonso VIII no se usaban más que los dirahmes, fabricados en la metrópoli y principales Waliatos. No se hacía por aquel tiempo moneda más perfecta, siendo deplorable que no pudieran grabar en ella más que signos é inscripciones de muy poco interés artístico. En Córdoba llegaron á estudiarse las artes y ciencias con tal celo, que había centenares de catedráticos y académicos protegidos por los emires. Nada más admirable que el reinado de Abderrahman II: la más adelantada civilización moderna en el terreno del progreso material, de las obras públicas, de la paz, de la protección, puede muy bien comparársele; en 844 mandó aquel sabio emir que en sus dominios no hubiese hombre que por falta de ocupación quedase sin recursos. Una cuarta parte de las rentas públicas se dedicó á dar trabajo á los obreros, y los alarifes se ocuparon todos en proyectar y edificar cuanto pudiera ejecutarse por lujo ó por necesidad[7]. No de otro modo se concibe que el país entero, después de mil años, esté sembrado materialmente de cimientos, bóvedas y torreones en número tanto, como no hemos visto de la famosa Edad Media en parte alguna. En este tiempo se construyó el encantado palacio de Ruzafa, donde había fuentes esculpidas en jaspes con figuras de animales y cisnes de plata; y entonces, á pesar de las prohibiciones alcoránicas, se hicieron imitaciones de objetos naturales no inferiores á los del arte romano y gótico de la decadencia. En las madrisas se sostenía, recibiendo una sólida educación, cierto número de alumnos pobres, y además la escuela de la casa del emir ocupaba 500 huérfanos instruyéndose á sus expensas. Lejos de Roma no se vió nunca tanto lujo en las poblaciones, como entre los árabes de España. Las calles pavimentadas de grandes piedras, jardines que refrescaban el aire en las plazas públicas, y, lo más notable todavía, paseos margenados de árboles que conducían á los principales alcázares[8], y en donde, según los poetas de aquellos tiempos, «el pueblo se regocijaba». Los minaretes de Segovia, Zaragoza, Ávila y Sevilla eran más esbeltos y elevados que los campanarios de nuestras iglesias; y si en estas obras se prodigaban tantos tesoros, ¿no puede sostenerse con el testimonio de los contemporáneos, que las ciencias é industrias reproductivas daban en aquellos tiempos más medios de vivir y aumentar la población, que los que cuenta la España del siglo XIX?
Los castellanos y aragoneses, en los últimos siglos, por más esfuerzos que hicieron, no habían conseguido cultivar las artes como lo alcanzaron sus enemigos. De tal manera en la mitad de España, hacia el Norte, se había abandonado el espíritu trabajador, que los artistas andaluces fueron llamados muchas veces á construir iglesias bajo el plan de las basílicas antiguas, y se observa en la mayor parte de los monumentos cristianos de los siglos X al XIV una mezcla agradable de árabe y gótico; bizantino, árabe y renacimiento; gótico y árabe, con el sello indeleble del genio oriental campeando en todos sus trazados y composiciones.
Si la literatura histórica quiere explicarse la época señalada á cada una de las grandes revoluciones que fraccionaron la unidad mahometana por el influjo de la fuerza de los ejércitos, ó de las ideas disolventes que nacían en las ciudades conquistadas, espacio dilatado hallará en el inconcebible número de crónicas y de poemas que se consagraron á relatar las hazañas de los caudillos, las bellezas de sus obras y las querellas de sus esclavas. Nosotros nos hemos trazado otro camino más ajustado á la realidad y á el análisis, juzgando, no por cuentos de Las mil y una noches, que han podido repetirse en Medina-al-Zahra como en el Generalife ó en las Huertas de Said, sino por los vestigios del arte, de la industria y de la agricultura, cuyos trabajos, insuficientes todavía, se hallan libres de las preocupaciones y escrúpulos que interpusieron ciertos escritores en el tiempo de nuestra decadencia.
El período árabe en España, aunque poco alejado, reviste siempre la forma fantástica, y por esto nos explicamos cuánto la poesía ha oscurecido la concepción de muchas obras, que en el análisis práctico y el estudio estético ocupaban un lugar preeminente. Véanse, si no, las descripciones fabulosas de los antiguos alcázares de Córdoba, cuyos vestigios son sin duda menos delicados que los que hay todavía patentes en Sevilla y Granada: la taza de pórfido llena de azogue ó de plata viva, como lo llamaban los Arabes; las alfombras tejidas de oro y seda con dibujos de flores y animales, que parecían verdaderos; las perlas regaladas por el Kalifa de Bagdad, que estaban embutidas en los artesonados del palacio; las figuras humanas traídas por el griego Almad, que se colocaron sobre la fuente cincelada en Siria; los arcos de marfil y ébano, ornados de esmeraldas; y columnas de cristal de roca; y las puertas de cobre y oro; creaciones fantásticas que no expresan menos el lujo y esplendor de la época y la influencia avasalladora que tuvo sobre los cristianos, que el respeto é interés que produjeron entre los escritores cuando creían que hablaban de su propia y genuina civilización. Siempre oiremos esos cuentos con orgullo, como los ecos de la historia de la patria, como los acordes que vibran en el corazón cuando nos sentamos á oir las glorias de los tiempos pasados contadas por nuestros abuelos.
Cuando se contempla la catedral de Córdoba y la Alhambra de Granada, muchos se inclinan á creer aquellas maravillas; pero ¿acaso es preciso que haya perlas en los techos, oro en las alfombras y plata en las fuentes para que distingamos lo que existe de misterioso, de tranquilo, de dulce, en la capilla del Kalifa de la djama de Córdoba, en la sala de Embajadores de Sevilla y en el patio de los Leones de la Alhambra? El arte no consiste en la materia. Hoy sin brillo y sin colores, estos edificios ¿tienen menos belleza artistica que la que expresan las descripciones de los poemas que bordan sus murallas? No necesitamos de la fantasía oriental para dar la importancia que se merecen estas obras incomparables.
El arte se desarrolló en España de una manera singular, y adquirió formas y significado propio. Ya en el siglo XI los artistas estudiaban el dibujo geométrico y las matemáticas en las escuelas de Córdoba, Sevilla, Toledo y Zaragoza, tomando la práctica necesaria de la construcción, al lado de sus maestros; y éstos habían introducido en el antiguo estilo bizantino reminiscencias góticas y latinas que trasformaron el gusto verdaderamente musulmán hasta tal punto, que nunca se habían visto los tímpanos calados en formas romboidales como principal ornamento de estas obras. Ni los Almohades ni Almoravides introdujeron nuevos elementos de la Mauritania para adelantar las artes, superiores á los que ya se habían desarrollado en la Península. Los Arabes poseían un carácter original y tradiciones puras de la antigua patria; con ellas habían invadido medio mundo y llegado á nuestras costas: nuevas impresiones modificaron su bello ideal artístico, y ante ellas, sin abandonar el recuerdo de aquella tradición, hicieron las obras que engalanaron sus escritores ó poetas. Probado está por Ebn-Said[9] que las provincias andaluzas, reunidas entonces al imperio de Mahgreh, enviaban toda clase de artistas á Yusuf y á Yacob-el-Mausur para construir edificios en Fez, Rabat y Mansuriah, y añadía aquel historiador: «Es bien notorio que esta prosperidad y esplendor de Marruecos se ha trasportado á Túnez, donde el Sultán construye palacios y planta jardines y viñas á la manera de los Andaluces. Los alarifes eran nacidos en estas tierras, lo mismo que los albañiles, carpinteros, azulejeros, pintores y almadraveros[10]. Los planos fueron copiados de los palacios andaluces, etc., etc.» De donde se deduce que no existió nunca la influencia morisca, y que el arte vivió en España y se desarrolló poderosamente con un gusto peculiar, rico y sin semejante por la delicadeza del arabesco.
Es irrecusable el testimonio de autores contemporáneos para demostrar que el estilo denominado morisco por los artistas del Renacimiento, no lo fué nunca y menos en los últimos tiempos de la dominación agarena, y que esos detalles que admiramos por su riqueza y florecimiento, las bóvedas y hornacinas de colgantes, los festones de los arcos, las comarraxias y alicates, fueron obras españolas más finas y delicadas que las del Oriente. El germen nacido en la Arabia fué trasplantado felizmente al suelo de España, en el cual desplegó esa hermosa flor cuyo perfume se aspira durante setecientos años.
El primer ejemplo permanente de aquel desarrollo está en la mezquita de Córdoba, la cual revela á primera vista la fatalista inspiración que le dió existencia. Su planta es casi la reproducción de los templos hebreos que copiaron los ismaelitas. Interminables galerías paralelas comunicadas por arcos superpuestos y cubiertas de oscuros artesonados, donde brillaban algunas estrellas por el reflejo del luciente pavimento, que recibía la luz y claridad de sus repetidas puertas; un bosque de columnas, que á duras penas parece que sostienen los robustos pilares y múltiples bóvedas, cuyo pavoroso conjunto exalta la mente del mahometano, y entristece hoy las ceremonias solemnes de la religión cristiana: es el arte antiguo que goza del espíritu de las Catacumbas; pero que se forma en el desierto donde perdía en esbeltez lo que ganaba en su base ó extensión, y que debía albergar á la numerosa caravana que esperaba refrescarse en sus fuentes artificiales, y estanques labrados en los patios sombreados con palmeras, naranjos y limoneros. No recordemos el arte cristiano en San Pedro de Roma ni en Estrasburgo, etc., para hacer insensatas comparaciones, porque en este caso la djama hablaría la elocuencia de la perfección simbólica. Estudiemos los primeros pasos de un arte que se anuncia en nuestro país por tales concepciones, y que inspira horas de recogimiento á los más escépticos ó descreídos: ataviemos la gran mezquita con los ornamentos de brillantes colores y oro; hagamos arder sus 113 lámparas con 20.000 luces; llenémosla de creyentes vestidos de los más pintorescos trajes, que con profundo orden murmuran su rezo melancólico y repetido; y llenad todavía las naves de los patios de una multitud silenciosa; veremos si esa hermosa mezquita del siglo VIII tendría muchas rivales, y si aun hoy no nos trasporta su vista á los grandes acontecimientos de nuestra antigua civilización muslímica.
En Córdoba tenemos frente á frente las obras de dos grandes pueblos, árabe y romano; es fácil comparar. Aunque para distinto objeto, el puente, sus torres, las murallas, ¿son acaso más imponentes que las líneas derechas y flanqueadas de cubos coronados de almenas, las puertas, los reductos, el mihrab, y las obras todas que quedan del arte árabe? ¿No están los despojos romanos sirviendo en la mezquita para sostener los almizates y artesonados? Los pilares, mitad románicos y latinos, con sus capiteles contrahechos y su decadencia manifiesta, ¿no están denunciando otra civilización inferior á la muslímica? Mejor labrados se hallan los capiteles imitaciones greco-romanas, hechos con el cincel de los árabes. Quizá éstos cuando hicieron la mezquita les habrían dado tanta corpulencia como á los del Cairo Damasco y Kufa, si no se hubieran propuesto aprovechar las columnas románicas; pero la influencia de estos materiales se hace sentir demasiado en la construcción para que la pasemos desapercibida á la vista del más antiguo de sus monumentos.
Cuando suspendemos nuestra mente contemplando esa magnífica obra que despierta recuerdos desconsoladores, porque queremos vivir la vida de todos los pueblos que nos han dejado tan elocuentes testimonios del ingenio humano, vagan siempre alrededor recuerdos de iguales obras levantadas en lejanos países, sin que el tiempo, ni la distancia, sean un obstáculo insuperable al estudio de comparación que en estos momentos nos preocupa. Cuando se visita la Alhambra, las ideas históricas permanecen encerradas en un estrecho recinto, sobre el que se alzan alcázares, donde las escenas del harém, de las pasiones, de las crueldades y de las envidias se habían asociado para producir un poema simpático á las almas sensibles y á los corazones apasionados; mas cuando llegamos por primera vez á distinguir aquellos lienzos interminables de murallas, que apenas se pueden limitar entre el monótono aspecto de la campiña de Córdoba, y las inflexibles líneas horizontales de las llanuras que atraviesa el Guadalquivir, la imaginación no está sólo en España, sino que visita con pasmosa seducción las más lejanas tierras donde hay mezquitas almenadas como castillos, sepulcros cubiertos de alicatadas techumbres, y palacios pintados de franjas rojas y azules en medio de poblaciones desiertas, silenciosas, y entre casas á manera de tumbas.
Córdoba parece todavía una ciudad del Desierto; su aspecto nos recuerda á Bagdad ó á Damasco; sus casas solitarias, bajas y silenciosas, parecen los menacires del Edén musulmán, y hasta sus edificios cristianos son tristes como la soñolienta vida de sus fundadores. Parece un pueblo arruinado por el quietismo musulmán; pero este mismo es el carácter de las obras en la Siria, en el Yemen, cuyos ejemplares se reproducen entre cientos de millones de creyentes y en la mitad del mundo.
En Enna, Siracusa, Taormina, tenemos también ejemplos. Invadida la Sicilia al fin del siglo IX por los normandos, el espíritu de destrucción acabó muy pronto con los escasos monumentos que allí se guardaban; pero en contacto con el Oriente, los habitantes de la isla participaban del genio que Belisario les infundiera, menospreciando lo poco que dejaron las pasajeras dominaciones góticas. El arte, pues, revestía completamente líneas armoniosas y sentidas, ornamentadas por la profusa combinación de grifos y acantos tomada á las artes cartaginesas; y después que el primer Conde de Sicilia, hijo de Tancredo, arrojó á Griegos y Árabes y se aprovechó de los alcázares construídos por estos últimos, alojándose especialmente en el palacio de Ziza, fué tal el extremo de raras modificaciones, de mezclas extravagantes, de caprichosas abstracciones y fantásticas ideas que produjo el copioso arsenal de objetos artísticos que allí había, que bien pudiéramos entrar en interminable discusión comparando tan interesantes fragmentos, á los que casi con idéntico origen se nos presentan en Córdoba y Toledo. En Sicilia los normandos restauraron y desfiguraron aquellos edificios, y en España se dejó ver no pocas veces la impresión de molduras góticas sobre paramentos arábigos, y el arte ojival alterando las curvas originales de los arcos de herradura. Ambos ejemplos, muy semejantes en su desarrollo, y que han alterado profundamente el carácter de las construcciones orientales, han dado lugar á que arqueólogos franceses y alemanes, á despecho de la verdad histórica, no hayan concedido al palacio de Ziza, ni á las viejas mezquitas del Cairo la originalidad de los arcos quebrados, cuya forma se insinúa suficientemente en algunos pequeños ajimeces que á manera de claraboyas se hallaban en Italia, y aún se ven indicadas entre las reparaciones de los edificios cordobeses.
No tenemos la menor duda de que el primer período que levantó las construcciones cuyos restos vemos en Toledo, Córdoba, Sevilla, etc., en Palermo y en toda Sicilia bajo los emiratos de Hassam y Aboul Kasem, en el estrecho palacio de la Cuba, en las mezquitas de Tulum, en Cefala y en los alcázares sasanidas, es semejante en todas partes y lugares, razonado y aplicado en la misma forma y estilo, con ligerísimas variantes, demostrando que en el arte árabe español de los siglos VIII al XII no se hallan modificaciones profundas, sino accidentales, y que es necesario buscar el desarrollo y propia inspiración del arte árabe de España en los últimos siglos de la dominación sarracena.
¿Qué es, pues, el exterior de la gran mezquita de Córdoba sino una mole interrumpida por macizos cúbicos, ni más ni menos que como las murallas y baluartes de todo el Oriente, coronados de cresterías tan simétricas como prolongadas? Pues no otra cosa es el aspecto también de los castillos considerados normandos y de fundación árabe, cuyas fachadas están aparejadas de arcos simulados sobre ventanas caladas de diversas medidas, labores entresacadas con ladrillos vidriados, y coronamientos de anchos frisos con caracteres karmáticos. En todos, la antigüedad del imperio griego con modificaciones arábigas, primer período de un arte que arraiga en diversas regiones y se acomoda á todos los temperamentos; que sufre oscilaciones, hasta ofrecer en un mismo edificio la bóveda ojival, los arcos adovelados, los nichos cerrados por una concha, y otros detalles, que no podemos citar aquí sin ejemplos prácticos. Esos resaltos de piedras especulares, que se ven en los apilastrados y en las planchas de algunas puertas, y que se asemejan á los casetones de los monumentos judíos, revelan algo del original hebráico; un tanto de ese prurito de cubrir de talcos y piedras rojas, azules y verdes que vemos en aquellas épocas de lujo desatentado, en las que preferían el brillo deslumbrador de los vidrios y cornerinas, al agradable y simpático ornamento de flores, hojas y frutas que reviste el arte en las épocas posteriores.
En la gran mezquita de Córdoba se halla la unidad bizantina, grandeza, recuerdos del poderío islamítico de España, esplendor de los Kalifas y profunda fe, supuesto que levantaron un templo para desafiar las magnificencias paganas; pero habían de realizarse después tales adelantos y tal florecimiento del arte, sin perder su grandeza, que la gran mezquita de Occidente llegaría á olvidarse ante las grandezas de la Alhambra. El progreso civilizador de cien waliatos independientes, el trato caballesco con los pueblos enemigos, el cultivo de la poesía, la traducción de las obras filosóficas alejandrinas, las púrpuras del imperio desgarrado por esta raza invasora, no fueron bastantes á cambiar el sentimiento artístico que debía producir el claustro, artesón y minarete de las construcciones de los siglos XII al XV.
Son menos escultóricos los plastones de hojas picadas y las espirales erizadas de puntas, que adornan las enjutas de los arcos en las puertas exteriores de la Catedral de Córdoba, que los enlazados de cintas y letras en forma de florones geométricos, producto caleidescópico que siempre será simpático á la vista, y que desde los antiquísimos mosaicos, es un adorno que admite el culteranismo del arte lo mismo en el gótico, que en el latino y que en el renacimiento. Creemos que es más bárbaro el ornato compuesto de objetos de la naturaleza cuando éstos son amanerados, recortados y simétricos en su desarrollo, que el ornato que francamente se separa del natural, huye del mágico encanto de las hojas rizadas ó encorvadas á capricho, y se envuelve en el laberinto ilimitado de las lineas geométricas, enriqueciéndose con el oro y los colores, y afinándose hasta producir una confusión á través de la cual la imaginación cree ver cuanto sueña, y se extasía agradablemente en un deleite imponderable. Admitimos que carecen de sentido común los dibujos de los encajes de las telas persas, y de tantos otros como se ven en los pergaminos antiguos, á pesar de su encanto; pero, ¿tienen más sentido natural, más verdad, los adornos de bichas, delfines, niños alados, mónstruos, flores y aristas ó tallos que confusamente se prodigan? ¿No hay en el adorno de cosas de la naturaleza, en piedra ó madera, tela ó pintura, una impropiedad que se rechaza instintivamente, á que no nos acostumbramos sino á fuerza de uso, y es la imitación servil de objetos que nacieron, no para la simetría, sino para la armonía, y que son por esta razón antiestéticos, impropios de la construcción ó combinación matemática de los duros materiales de que se forman? En el edificio, el ornato menos lógico, quizá el más extravagante, el que ni es flor ni hoja, ni cuerpo imitado, ni línea, ni curva determinada, pero que tiene de todas estas cosas, y que en resumen afecta contenerlas á todas ellas, éste es siempre el más bello ó el más fastuoso. No puede, pues, establecerse que el ornato, al perfeccionarse en el arte árabe y hacerse más geométrico, perdió en ello importancia y belleza, y fuera por esto mismo menos digno de atención que esos extraños floripones y tallos exageradamente robustos del estilo bizantino, que decoran los antiguos monumentos árabes de Europa y Asia.
En el conjunto de la Catedral es preciso ser fatalista como los mahometanos para convenir en la piadosa impresión que puede producir este templo. Un inmenso bosque de pilares rectos, dilatado en simétricos andenes que se pierden reproduciéndose al infinito, siempre bajo la misma forma, despierta en el alma del creyente la inflexible voluntad que lo empuja en la vida, y el hado inexorable que le aguarda en su paraíso. Y en el sueño tranquilo de una existencia impura y llena de esperanzas, nada hay como ese tejido de curvas que se revuelven sobre sí mismas, y aparecen ilusoriamente ondulando como reproducidas en las aguas de un estanque que mueve el viento; nada como el interior de esa mezquita para una conciencia musulmana. Pero esta majestuosa expresión de un culto de recogimiento, que carece de la solemnidad cristiana y de la grandeza pagana, no puede rebajar la significación de otro monumento que se levantó más tarde en la Alhambra para el sensualismo y la voluptuosidad, para la poesía y la gloria. En el primero, el esfuerzo pujante de una religión que alimenta la fe y la creencia en el dominio del universo, y en el segundo, el refinamiento inspirado por la tolerancia que en los pueblos despiertan sus repetidos desastres y sus civiles discordias.
Y mientras estos dos monumentos clásicos se engalanan del lujo que tuvo su cuna en Asia y su perfección en España, hay en Sevilla un alcázar mutilado y otros despojos interesantes, viva imagen y reflejo del arte que manejaron los bereberes, aprendido entre nosotros, llevado cien veces y vuelto á importar en decadencia, fiel intérprete de unos pueblos más groseros é infatigables, que imitaban sin sentimiento ó destruían por vanidad. Las obras árabes de la región sevillana son una demostración de impotencia para perfeccionar el arte; por eso constituyen un género de constante transición ó de inestable permanencia. Lazo que no alcanzó jamás á unir los dos extremos mencionados.