Pero como para la historia del arte no podíamos pasar desapercibida la memoria de un monumento, que por las descripciones mahometanas ocupaba el primer lugar en España, no dejamos de mencionarlo como reminiscencia de otros alcázares, especialmente el Toledano, del cual nada podemos referir. Y dicen las crónicas que un alarife de Bizancio trazó el más dilatado edificio conocido, por disposición del emir, á tres millas nordeste de Córdoba, en lo alto del Monte de la Novia, dedicado á una odalisca, cuyo nombre dió á este sitio. El harem podía contener más de 6.000 concubinas y sirvientas, 3.750 eunucos y 1.500 guardias. Empleóse en aquél un número considerable de piezas de mármol, lo cual demuestra ya que estaba muy lejos de parecerse este edificio al alcázar de la Alhambra, supuesto que los materiales de la construcción imprimen especial carácter al estilo de cada época. Las columnas se contaban por millares, ostentándose en ellas los mármoles de Raya y de Filabres, con los que regalaron de Roma y especialmente de Túnez, restos quizá de las ruínas de Cartago; dominando en esta obra los barros cocidos de diversos colores y los delicados paramentos de estuco, de los que suelen encontrarse todavía gruesos pedazos removiendo la tierra. Tan grande fué esta maravilla, que trabajaron en ella durante treinta años más de cinco mil jornaleros, ganando dos dinares y medio al día, y en tiempo del califa An-Nasi, se habían gastado siete millones de dinares. Largos arroyos conducían el agua á sus baños, fuentes y estanques, y las puertas decoradas con agramiles se hallaban forradas de cobres y hierros plateados, como hemos visto en otros parajes, con fuertes capas de estaño para preservarlos de la oxidación. De sus habitaciones se cita como más hermosa la Sala de las Grandes Ceremonias, con arabescos de estuco dorado y colores, y techumbre de maderas olorosas, que cerraba en un colgante de cuya extremidad pendía una perla de gran tamaño regalada por el griego emperador Constantino Porfirogénito. Describe luego la fantasía diamantes y esmeraldas, y siempre se hace mención en estos palacios de pilas llenas de azogue que servían de entretenimiento á las esclavas y odaliscas.
En cuanto á las esculturas seremos más parcos en admitir lo que se dice. Hemos visto un león de bronce admirablemente fundido, cuya fotografía conservamos, que nada deja que desear en cuanto al modelo, también repasado á la mano como las obras japonesas, que procede de estos edificios[21]. Había otras esculturas, de las que sólo se hallan fragmentos en poder de los anticuarios, las cuales nos dan la certidumbre de la existencia de estas obras de carácter babilónico. Los cuentos nos describen una figura de mármol verde traída de Siria, que se colocó en la alcoba del sultán, sobre doce figuras de oro bermejo, y otras que vertían las aguas en los estanques; pero si bien esto nos indica el lujo de la mansión, nunca podremos asignar por ello al arte escultórico un lugar preeminente.
La mezquita de Azahra era otro de los edificios descritos con entusiasmo: el alminar de cincuenta codos de alto, los arcos de lintel, los calados, mosáicos y cristales de colores como los del santuario de la catedral citada, daban á este templo un particular encanto.
Y si nada podemos analizar de estos perdidos monumentos, ¿qué podríamos decir de esos regios alcázares sembrados á la orilla del Guadalquivir sobre los cimientos de los elevados por los Godos y surtidos por las aguas del río, cuyos restos se vieron en la Albolafia? Cuenta Al-Makkari que el rey moro de la fortaleza de Almodóvar descubrió el palacio romano, que creemos estaría cerca de la fortaleza cuadrada de Don Alfonso XI; quizá el sitio que ocupaba el palacio de Teodofredo; pero he aquí lo que dijo Ibn-Bashkuwal: «Entre las puertas de este palacio que Dios Omnipotente abrió para reparación de las injurias, auxilio de los oprimidos y declaración de justas sentencias, es la principal una sobre la cual campea un terrado saliente, sin igual en el mundo; esta puerta abre paso al alcázar, y tiene sus hojas revestidas de hierro con un anillo de bronce de labor exquisita en figura de hombre con la boca abierta, obra que trajo de Narbona un Kalifa. En la misma fachada hay otra puerta para los jardines, y al otro lado un terrado de donde se mira el Guadalquivir, y dos mezquitas famosas por sus muchos milagros... Las puertas tercera y cuarta, nombradas del Río y de Coria, daban salida hacia el Norte. La quinta y última, denominada de la Mezquita Mayor, era por donde salían los Kalifas cuando iban los viernes á la azala, cuyo tránsito se cubría todo de alfombras».
En otra página sobre Medina Azahra dice lo que sigue: «Es uno de los más admirables edificios; su erección principió á principios del año 325 (936) por Abú’l-Mutarvif Abd-ar-Rahmán, sobrenombrado Nasir (hijo de Muhammad, hijo de Abd Allah, uno de los soberanos Omeyas de España). Se extiende á la distancia de cuatro millas y dos tercios de Córdoba. Su longitud de Oriente á Occidente 2.700 codos, y su ancho de Norte á Sur 1.500. El número de sus columnas 4.300 y más de 15.000 puertas. An Nasir dividió la renta del Estado en tres partes, una para las tropas, otra para el Tesoro y la restante para construir á Medina Azahra. Las rentas de España en aquel tiempo eran de 5.480.000 dinares, y 765.000 dinares producían las fincas y rentas del soberano».
Frente á la parroquia de Santiago había una casa con un zaguán morisco con arcos del mismo género angrelados y levantados de punto, bastante notables; y como en muchos otros lugares el afán de blanquear las paredes ha cubierto filigranas de rara labor y finísimos detalles: se llama esta casa de las Campanas.
En la plaza de Antón Cabrera y casa del Conde del Aguila hay también restos de un edificio mahometano, digno de consideración.
Baños árabes. Más de ochocientos había en Córdoba, y sólo se encuentran hoy los vestigios de cuatro ó cinco de ellos; los principales son dos en las respectivas calle del Baño, alta y baja. Cuando se abren los cimientos para nuevas construciones, se suelen hallar vestigios de los muchos que han quedado siempre por debajo de la superficie ó suelo moderno. Su estructura ofrece poca diferencia de la que tienen los que hay en las demás poblaciones mahometanas.
Entre otros monumentos, Alfonso XI nos dejó la FORTALEZA CUADRADA, el ALCÁZAR NUEVO y los torreones desmochados que hoy existen junto al palacio episcopal. Lo que está fuera de duda es que estos varios palacios de origen godo y hasta romano que conserva la tradición, estaban situados en las márgenes del Guadalquivir, porque los baños del alcázar se surtían con aguas del río por medio de una azuda, cuyos restos llevan hoy el nombre de Albolafia. Junto al baño había una torre donde se posó la famosa paloma blanca, según cuentan las crónicas de San Eulogio.
El Alcázar nuevo es hoy la Cárcel de Córdoba, donde estuvo el tribunal de la Inquisición, en la que ejerció sus crueldades el Canónigo Luzero, juzgó más de cien inocentes, y los hizo quemar en el sitio llamado Marrubial. De este modo uno de los más históricos monumentos de los tiempos árabes ha venido á ser el lugar más olvidado de la población, sin que puedan hacerse conjeturas sobre la magnificencia que los autores sarracenos nos han pintado: pues careciendo de datos, hemos de suponer que, según Al-Makkari, el rey moro que vivía en la fortaleza de Almodóvar descubrió el palacio romano, y que tal vez éste sirviera, restaurado por los árabes, en cuyo caso esta obra puede figurársela todo el que haya estudiado los detalles de la mezquita de Córdoba.
La Arrizafa: situada á espaldas de la torre de Malmuerta, hacia las alamedas del Campo de la Victoria, donde se conservan todavía restos de cuadrados torreones, cerca de los cuales Abd-el-Rhamán I plantó la primera palma traída del Yemen, para recordar el suelo de su patria; en este sitio se descubrieron lápidas con turbantes y un subterráneo que se llamó las catacumbas de San Diego.
En el Hospital de Agudos hay una capilla, hoy de San Bartolomé, que se llamaba la mosala del rey Almanzor, y que ha sido tan modificada y cambiada en su estructura primitiva, que si no fuera por sus inscripciones árabes y sus zócalos de azulejos primitivos mezclados á los del renacimiento, apenas podríamos descifrar su origen. Debe visitarse y buscarse en ella los vestigios mudejares que conserva entre las arcadas y molduras que han introducido en su débil construcción.
En muchos parajes hay trozos de murallas compuestos de grandes bloques de argamasa, fabricados unos sobre otros á manera de grandes sillares en hiladas con trabazón. Hay en la calle de Osio una torre de piedras cuadrangulares en forma romana, con almenas añadidas é impostas que graciosamente separan los cuerpos de la construcción.
En la calle de Abades se ha visto hasta ahora una importante construcción morisca, con esbeltos y magníficos arcos ojivales cerrados, con trozos decorativos muy sencillos, que acusan la existencia de alcázares y mezquitas convertidas en conventos ó casas de señorío. Pertenecen al renacimiento que se ve en la puerta de Jerónimo Páez, poco delicado, pero de grandes rasgos escultóricos, que nada debe al mudéjar, y de ese gótico mezquino con reminiscencias árabes, bajo y de hojas bizantinas, que se ve en la puerta de la iglesia de San Miguel y en otros parajes. Las torres redondas, cuadradas y octógonas que hay todavía en Córdoba, y que en mayor número se veían en minaretes y fortificaciones, prueban el afán de realizar las obras que habían visto los árabes que vinieron mezclados á las legiones bereberes, cuando cruzaron el Egipto y la moderna Cartago para realizar en nuestro suelo las formas de aquellas construcciones gigantescas.
Una cosa se observa solamente: que menos atrevidos en la magnitud ó grandeza, parece como que acortaron las medidas y la materia para reducir el ciclopeo tamaño de las obras levantadas por las antiguas generaciones.
En el Jardín del Alcázar, como es llamada una huerta á la orilla del gran río, se hallan más ejemplares de las formas citadas, prescindiendo en ellas de las colosales restauraciones cristianas.
Las torres de la Cárcel se encuentran en el mismo caso. Son en verdad testimonios de aquel genio que copió más que inventó, pero son al mismo tiempo atalayas de triste y abrumador aspecto.
En el Museo Arqueológico y en el Instituto de Córdoba, hay multitud de objetos árabes y mozárabes que atestiguan algo en favor de la cultura de aquellas edades: una cierva de bronce, fundición cordobesa, quizá de Medina Azahra; un brocal de piedra de bellísimos ornatos, época de los Kalifas, artesonados, aliceres, inscripciones y otra multitud de vestigios romanos no menos importantes. Pudiera ser este museo uno de los más ricos del mundo.
La suerte de los cristianos entre los moros nunca fué tan cruel como la de los moros entre los cristianos. Está probado hasta la evidencia, que si bien no pudieron estos últimos hacer ostentación de su culto ante el esplendente boato de la civilización agarena, no es menos cierto que en la parte baja de la ciudad y en el barrio de la Ajarquia, vivieron los cristianos tranquilamente profesando su religión á semejanza de los judíos, aunque naturalmente vejada por impuestos ó subsidios mal repartidos y tiránicos. Muchos autores cristianos dicen que los ministros de los Kalifas imponían tributos arbitrarios, suspendían á los jueces que esta población mozárabe conservaba de su propia raza, y que más de una vez, en tiempos de guerras, fué maltratada esta población por considerársela sospechosa y adicta á los enemigos. Esto, que puede ser verdad, está compensado por ese espíritu de tolerancia que distinguía á los árabes de la Edad Media, permitiendo á los cristianos el libre ejercicio de sus leyes y de su religión.
La historia del pueblo mozárabe no está exenta de graves faltas. Había escisiones entre las diferentes iglesias, ambiciones entre los obispos, motines promovidos por los falsos mártires que todos los días se presentaban, el clero en relaciones con la corte musulmana para con su favor sostener cierta supremacía jurisdiccional de parroquia, y usurpar la de sus cofrades. No faltaron cristianos que impulsaron á los emires á que publicaran decretos para que los judíos y cristianos se hicieran moros.
La arquitectura de los edificios cristianos en tiempo de los árabes era la misma que la de las mezquitas, pero de construcción pobre, con muy pocos ornatos, como contruídos con el producto de las limosnas de una población cada día más miserable. Algunas de ellas conservaron el origen gótico sobre los restos de algunas construcciones romanas; no podemos fijar aquí transición, por haberse destruído la mayor parte de los templos.
Según los autores árabes, cuando entraron los moros en Córdoba había gran número de basílicas, que los sarracenos convirtieron á su culto. La de San Jorge es hoy el monasterio de Santa Clara: desde ella se defendieron los cristianos por espacio de tres meses contra los árabes, á poco tiempo de la batalla del Guadalete; Santa María, San Andrés, la Magdalena, San Lorenzo y Santa Marina, parece que fueron de estas iglesias mozárabes, aunque conserven muy raras señales del largo período de dominación.
San Pedro sirvió de catedral después que los cristianos vendieron á los árabes la basílica, con cuyos fundamentos se principió la gran mezquita de Córdoba.
Existían antiguamente las iglesias mozárabes de San Zoilo, San Cipriano, San Ginés, San Acisclo, Santa Olalla y otras que durante la ocupación sarracena se han perdido; y sabido es que cuando San Fernando conquistó la ciudad, hacía más de cien años que los cristianos se habían ausentado de ella.
Las basílicas, pues, ya casi abandonadas, no debieron ser muy importantes; pero se observa por las deducciones que nos ofrecen algunos cimientos antiguos, que estaban construídas de tres naves, separadas por hileras de columnas, y terminadas en semicírculo. Sospechamos que la de San Fénix de Córdoba, embellecida por el Obispo Agapio II en 618, tenía los paramentos interiores con hermosas pinturas, como las de un baptisterio elogiado por Paulo, diácono en la misma época.
Se fundaban iglesias y monasterios en el siglo IX, y en medio del inmenso poderío de la corte musulmana, los obispos administraban las rentas eclesiásticas, que cuidaba un ecónomo jefe parroquial de la circunscripción mozárabe. Pagaban éstos el diezmo. A las ordenes del cura ecónomo había un número de clérigos vestidos y alimentados por aquél, el cual ejercía sobre ellos tal autoridad, que hasta podía azotarlos si no cumplían con sus obligaciones; al lado de las sencillas iglesias mozárabes había alojamientos para niños, esclavos y peregrinos, y todo el clero que servía la parroquia vivía alrededor del templo.
El culto mozárabe era: desde la mañana los maitines cantados por una capilla bien pagada; los presbíteros y diáconos, á media mañana, medio día y media tarde cantaban en coro las horas canónicas. La misa se dividía en dos partes; en la primera se leía una profecía del Antiguo Testamento, la epístola de San Pablo y una parte de los Evangelios; al Alleluya seguía el Ofertorio; para la segunda parte se mandaba salir á los catecúmenos, y el celebrante vuelto al Occidente, mandaba al pueblo que hiciese la conmemoración de los muertos; seguían los abrazos de paz, y después de la consagración y de la comunión se daba la bendición al pueblo. Se usaban las campanas, de las cuales se conserva hoy una en el Museo Provincial, en la que se ve una inscripción que claramente indica su época; se alumbraban con cera y vestían casullas capas y frontales de lana ó seda bordadas de oro ó plata.
Existían además muchos monasterios durante el período de la dominación árabe. Rara vez eran inquietados, tanto los frailes como las monjas, en esta reclusión voluntaria. En un lugar cercano á Córdoba existía cuando la conquista un convento de monjas, según los historiadores Morales y Gómez Brabo. En el río Guadamelato había también un monasterio donde se alimentaban de caza y pesca. San Eulogio eligió en la Sierra un monasterio que se hizo célebre por sus innumerables mártires, hasta que el Kalifa Mohammed mandó cerrarlo, por ser un centro de perturbación. A la orilla del Guadalquivir existía el de San Cristóbal, mencionado por los árabes;
había otros muchos que están citados y que ocupan los lugares más solitarios. Generalmente los conventos de ambos sexos se situaban unos cerca de otros, y los de monjas eran regidos por los abades; en unos y otros se conservó el culto de la última iglesia goda, y la forma de los edificios era sumamente sencilla; puertas cuadrangulares con sencillos tímpanos, algunas veces arcos de herradura, cúpulas de emiciclo sobre pechinas, algunas ventanas de doble arco gótico y árabe, y los exteriores con planos y franjas de azulejos y ligeras molduras. Ya hemos dicho que en los interiores empleaban algunas pinturas sagradas, un poco menos imperfectas que las de las catacumbas.
No se puede visitar la Sierra de Córdoba sin hallar á cada paso una tradición, un vestigio de aquellas famosas fundaciones, donde se enlazan los más heróicos recuerdos de la Edad Media, grandes desgracias y martirios padecidos ante la poderosa raza invasora. Recomendamos á obras especiales el conocimiento de aquella lucha gigantesca entre los sectarios de las dos creencias que se disputaban entonces el dominio del mundo.
Antes de terminar en Córdoba debemos fijar una idea constante que preside á los monumentos de los diversos pueblos de la tierra. En el lugar mismo donde se halló el arte románico, toma después el árabe algo de sus formas y decoración, lo mismo el gótico, que viene después del árabe, se atavia con éste y atilda sus líneas con rombos y alixeres de cintas y palmas; más tarde el renacimiento sufre la misma suerte, cubriéndose de caprichosa imaginería y rebajando sus esqueletos. Esto se nota en la Puerta de Páez, que arriba anotamos, y en la portada gótica de gusto elegante y florido que apuntamos á continuación, como el mejor ejemplar de Córdoba, en este estilo.
Puertas: de Sevilla, de la Alcazaba, de Badajoz, de Algeciras, de Hierro, de Romanos, de Asada, de Zaragoza, del Artífice, del Alcázar, de Talavera, de Amer, de Alkarchid, de la Alacaba, del Puente, de Coria, del León, del Río, de los Judíos y de Ben Alder Chabar. Todas abiertas en su cintura de murallas con multitud de Torres.
Palacios: el del Ejército, de la Rauda, del Almedina, Anahora, Jardines, de Alhair, del Kalifa, de Azorur, Sid Abillahlla, Alfarasi y Anahora.
Arrabales: el de los Judíos, del Palacio de Moqueit, del Baño de Elvira, de las Tiendas, de Aljud, Ruzafa, Raccaquín, Rauda, de la Flor del Presidio, de Xabalar, del Hornobaril, de la Ciudad Vieja, de Onsalema, de Axafa, de la Mezquita de Masrul y de Alcahfa.
Almunias: de Asarux, Alhamería, Abdallah, Achib, Mogaira y Anahora.
Dos iglesias cristianas, la del Cautivo y la del Quemado entre la población árabe.
Al considerar el aspecto de las habitaciones modernas en la generalidad de los casos, y las comodidades que contienen, aun con el lujo y belleza de los muebles y objetos de que nos servimos, se nota bien pronto que la España del siglo XIX tiene mucho que envidiar á la España de la Edad Media y del Renacimiento. Millares de edificios hay esparcidos en esas antiguas capitales, conservando tan ricos detalles de su construcción y tan bellas obras de ornato ámpliamente prodigadas, que su número excede á las que en nuestro siglo se fabrican con descomunales proporciones. Veamos los ejemplos en los techos de maderas embutidos y ensamblados que contamos en Córdoba, Toledo, Granada, Sevilla y pueblos de menos importancia, que no podrían hacerse hoy sin grandes dispendios. Estudiemos lo que costarían los enclaustrados de labores de talla, los mármoles de las ricas portadas y los guarnecidos de complicados arabescos, greco-romanos, etc., y aunque todos estos detalles no servían en verdad más que para decorar un patio, un andito y una sala con dos alhamíes, que bastaban á la vida de aquellas gentes, la profusión con que se hacían prueba un pasmoso adelanto en las artes. Una demostración de lo culta é ilustrada de aquella sociedad, es que jamás se halla un ornato, un detalle de madera, piedra y barro cocido, hecho por manos torpes en el que se faltase á las reglas clásicas de la exactitud, de la conveniencia, ni de la belleza, del modo cruel que se falta hoy con menosprecio del buen sentido y de las leyes generales del buen gusto.
Verdad es que aquellos antepasados participaban del espíritu de la civilización clásica, y es digno del más detenido estudio cuanto hacían y fabricaban, siendo muy raras entre sus obras las señales de la ignorancia, de la decadencia y de la miseria; mientras el arte florecía y con él la sociedad elevaba el sentimiento de su fuerza y de su prestigio. Veamos desapasionadamente si en la época en que vivimos hay en el arte que nos es propio y característico este sentimiento práctico de la belleza, que hace una necesidad imperiosa del lujo, y del ejercicio de las obras ingeniosas del entendimiento humano. El arte hoy no tiene conciencia de su misión y entonces la tenía; y entiéndase que hablamos de nuestro país, porque bien admiramos el genio de otros grandes pueblos civilizadores, que tienen su carácter y su vida consecuente con un estado social que se explica y se razona. Entre ellos hay lo que referimos de aquellas dominaciones que pasaron; la obra, el libro, la industria, el monumento, la religión, la ciencia, todo obedece á un principio levantado y progresivo, al buen sentido que adornó con genio propio, pero nunca haciendo barbarismos, chocarrerías, formas ó ideas insensatas, como se ven entre los pueblos que decaen ó viven sin la conciencia de su valer.
La industria cerámica, por el estrecho contacto que tiene con las bellas artes, merece una especial mención. Sin que olvidemos el gran desarrollo que adquirió luego, ofrece en la época del Kalifato una patente demostración de su existencia. Los pedazos de jarro de un metro de altura, hallados en Córdoba, son de arcilla de color y con labores de bajo relieve, en las que se nota el gusto de la primera época. En uno hemos visto el bizantino con acantos y cabezas de bichos fabulosos, que demuestra una época más rica en ideas y en tradiciones orientales. Aquellos vasos no tienen esmaltes de los ricos colores que se vieron más tarde; están cubiertos de verde y blanco, y muchos hay de barro solo, aunque de forma elegante, muy parecida al vaso etrusco de la decadencia. No se hallaba en ninguna parte de Europa tan adelantado el trabajo de alfarería como en España. Si se coleccionan los tiestos de jarros cordobeses y toledanos, de cuyos fragmentos se pueden hoy deducir los pedazos que les faltan, se halla un adelanto marcadísimo que continúa en los esmaltes dorados de Valencia y Málaga, y termina en la combinación de colores y reflejo metálico espléndidamente aplicados en los vasos fabricados hacia el siglo XIV: no podemos abrigar ninguna duda sobre esto, cuando hemos visto escombros de alfarerías antiguas donde se hallan fragmentos de este género de industria.
Bien puede deducirse que el desarrollo de tan interesante índustria fué obra española; que los auxilios recibidos del conocimiento de las propiedades colorantes de las tierras y sus fundentes, para producir sus barnices opacos, la armonía, hasta de las medias tintas, no fué descubrimiento posterior al siglo XV, sino que con suma habilidad un tanto mecánica, se produjo en los jarros de la Alhambra con ese efecto artístico que tanta sorpresa causó cuando Bernardo Pallissy hizo sus primeros combinados esmaltes. Y aunque esta industria radicaba de los Asirios y Egipcios, y era noble entre los Judíos como símbolo de la potestad que hace del barro una forma ó cuerpo, sabido es que se perdió en la ruína del imperio de Occidente, y su reaparición se debió á los Árabes de España y de Mallorca.
Hacían con loza ordinaria candiles de diversas figuras, semejantes á los que usaban los romanos; pero en ocasiones tenían lámparas de metal labradas á buril ó á realce con preciosos arabescos finamente acabados, de uno y de muchos mecheros, que colocaban unas veces en nichitos hechos en la pared, y otras en lámparas de un platillo calado y tres cadenas de donde pendía aquél[22], ó sobre un pie como nuestros candelabros, más ó menos decorados y de bronce, ó dentro de un farol de metal ó maderas con calados, y cristales ó telas trasparentes.
Tenemos á la vista fragmentos de jarros cuya composición artística no desmerecen nada de la de los griegos, de los ricos y engalanados del Renacimiento, de los de Beauvais del siglo XII, y en esbeltez ganan á los antiguos de china japonesa que se conocieron en el continente á mediados del siglo XV.
El trabajo de los mosáicos hechos de pequeñas piezas unidas formando una superficie perfectamente plana que no ha llegado á imitarse en nuestros días, constituyó una industria sin ejemplo, que al continuarse después de la expulsión de los moriscos, se convirtió en hacer azulejos de labor grosera sin ensambles ni finura. Las labores de tierra cocida, para resistir la influencia atmosférica, se hacían por los árabes matizadas de barnices de colores hermosos, que todavía se ven en las puertas de las ciudades y palacios; y los ladrillos cortados para labrar las fachadas buscando arcillas de diversos tonos, fueron siempre la obra más ingeniosa y delicada con que ornaron todas sus construcciones.
En cuanto á la orfebrería de aquel primer período, es completamente bizantina y superior al trabajo que se ve en las coronas de los monarcas visigodos. En este arte, tan antiguo como el descubrimiento de los preciosos metales que se encuentran puros en la naturaleza, se halla un fiel reflejo de las obras más bellas del Imperio de Oriente. Con tal base esta industria no podía menos de desarrollarse extraordinariamente, y en Córdoba los tiradores de oro consiguieron antes de 1350, cuando la Italia dió los experimentos provechosos sobre su tenacidad, hacer planchas de un grano para cubrir 56 pulgadas cuadradas, é hilar delgados alambres, con los que hacían preciosas filigranas, tan bellas como las que hoy nos traen de Alemania, donde esta industria prospera más que en parte alguna. Hemos visto ejemplares hallados en un sepulcro cerca de Almería, semejantes á los que existen en el Museo Arqueológico Nacional: son unas arracadas admirablemente hechas de hilo de oro, y collares del mismo género; los brazaletes de realce con labores bizantinas é inscripciones africanas, notándose en las planchas de cobre que se hallaron en unas ruínas cerca de Granada el cincelado de letras y adornos, y en un pebetero de plata y latón, incrustaciones rebatidas de ambos metales, no inferiores á las que se hicieron en Italia cuatro siglos después. La aplicación de los esmaltes sobre oro y plata aparece especialmente en los tiempos de la dinastía Naserita; pues aunque en Sevilla y Córdoba ya se conocían medios para combinar materias cristalinas con los metales, existen después ejemplos de haber incrustado pedacitos cuadrados y triangulares, á manera de ladrillos finísimos de cristal ó piedras artificiales, en el fondo de los relieves de plata ú oro, cuyo delicado trabajo no nos cansamos de admirar todavía.
La espada que se conserva en Generalife tiene una preciosa empuñadura con este trabajo, superior en nuestro juicio á otros que se pueden ver en la Real Armería y en los museos extranjeros. El acero de sus armas, de temple proverbial, no sólo trabajado en Toledo, sino en muchas ciudades andaluzas, no se ha trabajado nunca mejor; y los cincelados sobre esta dura materia de los cascos, almofares y capacetes, hebillas, estribos, etc., que de vez en cuando se descubren, prueban bien los adelantos de este difícil arte, ejecutado con menos elementos mecánicos que los que hoy poseemos. La cerrajería nos ha dejado dos rarísimas arcas de hierro para conservar caudales, que se encuentran en Granada, las cuales ostentan un complicado sistema de cerradura tan difícil como ingenioso. Sin los cilindros ni otros aparatos de la mecánica moderna, estiraban chapas delgadas y tan uniformes de grueso como las hechas con aquellos artefactos.
El bronce se fundía en piezas de bastante magnitud, haciendo esculturas de grandes dimensiones, formas humanas y animales perfectamente modelados. Hemos visto una sin repasar con las limas ni buriles, y con la tersura de las mejores estatuas modernas, cuyo arte es sabido que ofrece muchísimas dificultades de elaboración que no han llegado á evitarse, para reproducir absolutamente la finura del modelo. Los utensilios de este metal que se dedicaban á los usos ordinarios, están por regla general bien vaciados, y en más de uno hemos visto inscripciones con caracteres limpios y hermosos, alternando con labores de hojas y espirales perfectamente fundidas.
Al mismo tiempo que en Sicilia se hiló en España la seda por los árabes; pero con la diferencia de que los vestidos de las mujeres eran después bordados de esta hebra, por el mismo precio que si los hubieran hecho de hilo de plata. Aparece además, que el año 780 cambiaban los árabes de España con los francos tejidos y bordados de seda que Carlomagno envió á Offa como una demostración del progreso de aquella época; y que ya en el Kalifato se cubrían los divanes con sedas listadas de diversos colores, las mezclaban á la lana que se criaba finísima, y vendían las telas á los cristianos, con las cuales se vestían éstos y las ostentaban como objetos de lujo. Los corpiños y jubones de fustán con cinturones de cuero labrado, bordados de colores y fileteados de oro, los caftanes de seda, verdes, blancos ó encarnados, los caireles y el acamuz del mismo tejido, eran parte de los hermosos trajes que desde el siglo XI se usaron por todas las clases de la sociedad. Lo mísmo diremos de los chamelotes que llevaban las mujeres, cubiertos de rica pasamanería de seda, trenzas y bordados, y las tocas y mantos de lana y seda, cuyas costumbres han llegado hasta nuestros días después de mil años.
Los muebles se construían con suma habilidad como obras de paciencia, donde se prodigaba el embutido de nácar y concha con taraceas de metales preciosos, hasta tal punto, que en algunos de ellos se empleaba uno ó más años de manufactura prolija y delicada, si se quiere poco artística, pero por demás ingeniosa, pues se han hallado algunos de ellos compuestos de millones de piececitas combinadas, según los colores de su materia, y si bien son demasiado lujosos por el tiempo que en ellos se empleaba, los más modestos y económicos que hemos visto, superaban en la forma á los que usan hoy las clases humildes de la sociedad. Laboreados paños en los techos, albanecares de bien distribuídas ajaracas para los nichos y reclinatorios no pueden mejorarse por la exactitud de sus nudos y ataires amedinados, cuya clase de obra se usó hasta el siglo XVII con notable perfección en los artesonados que se denominaban maomares, y en una multitud de escritorios y cofres que pertenecen á la época del Renacimiento, empleados en las oficinas de los cenobios cristianos.
La aplicación de los cueros llamados tafiletes y cordobanes, por el lugar de su procedencia, era muy común, tanto para el vestido como para los arneses y asientos de los divanes, y España puede gloriarse de haber heredado esta industria en tal perfección, que sus productos no se vieron mejores ni á mayor altura en la exposición de Londres del año 1851, donde fueron premiados y atrajeron la admiración de las gentes. Los finos punteados de admirable igualdad sobre labores superpuestas, hechos á la mano y de un modo rudimentario, dan á estas obras un hermoso aspecto, que se halla también en las monturas usadas en el siglo XVI, y cuya labor pasó á otros pueblos que después la abandonaron. Se aplicaban también á revestir las paredes, dándoles realce ó medio relieve y dorando las superficies bajas, no de otro modo que se hacen hoy los adornos en las pastas de los libros. Hemos hallado pedazos de estos cueros, que revelaban una industria muy generalizada y sobresaliente.
Fabricaban papel de algodón y teñían los tejidos de brillantes colores, tan permanentes, que los trapos y banderas de lana y seda hallados recientemente en la Alpujarra conservan sus colores como si acabaran de ser aplicados: hemos visto un cambuj ó velo que debía ponerse sobre los almadraques, el cual no pudo tejerse más que por los medios puestos después en práctica en los Gobelinos. Por fin, la palma, la pita y el esparto hilado, cubrían los suelos y zócalos de las casas más pobres, y se hacían de estas plantas mil objetos útiles, mejor labrados que los que hoy se ejecutan.
Los sastres, alfayates, abundaban en España como profesión lujosa, enlazada íntimamente con los tejedores y mercaderes de telas; y como hoy en Fez, se fabricaban los trajes hermosos que ponían á la venta en los escaparates. Solamente pierde importancia este oficio por el criterio del legislador que predicaba continuamente la modestia, hasta el punto que, como dice Ben-Jaldum, existía la prescripción de purificarse arrojando los vestidos cosidos y punteados, en cuyo trabajo tan notables eran, y se les mandaba cubrirse el cuerpo de una tela que no tuviera costuras, para evitar adornos, cuya recomendación obligó á los más piadosos á envolver el cuerpo en una larga tela blanca ó rayada de diez y veinte metros de largo.
Dicen autores musulmanes, cuyos escritos se han traducido en los últimos veinte años á muchos idiomas, que fué tal el desarrollo que tomaron las artes del librero, encuadernador y escribano, por ser las tres el medio de difundir la civilización, que se dedicaban á ellas todas las clases más ilustradas de la sociedad, llegando á ser noble el ejercicio de las profesiones citadas; y tal estado de desarrollo alcanzaron, que llegó á no bastar el pergamino que se preparaba, obligando su escasez á que decretara Alfadi Yahya el uso obligatorio del papel, que entonces se aplicaba muy poco. Y como parte técnica dió á la forma de los caracteres de letra tal importancia, que los libros hallados en los desvanes de los edificios ruinosos tienen una escritura tan perfecta, que es sólo comparable á los tipos limados de la imprenta. Cítase á Bagdad como el centro civilizador donde la escritura y tipos tomaron más sencillez, alejándose de las formas primitivas que tuvieron en Cufa; pero modificados en Egipto, donde perdieron algo de la claridad y belleza que se les dió en Yrac, hasta que los árabes españoles ya independientes y adoptando costumbres dulces y tranquilas, llenaron los aposentos de libros, y con ingenio y buenas costumbres, como dice el docto Cateb-El-Bagadi, se hicieron escritores y libreros, cuyo número en Córdoba llegó á exceder de veinte mil.
Formaban como en el resto de Europa por aquel tiempo los constructores de edificios, sociedades que guardaban sus secretos científicos y sus trazerías geométricas para el exclusivo dominio de los afiliados en estas artes, las cuales se utilizaban por los hombres más toscos y atrasados, al lado de los más ingeniosos despreocupados é instruídos. De aquí procedía el uso de unas mismas combinaciones y ornatos para determinadas formas y medidas, y la razón de hallarse siempre arabescos exclusivamente aplicados á las construcciones religiosas, á las militares y á las del harem. Los arcos de herradura con las dovelas resaltadas, se emplearon únicamente en los lugares destinados á la oración, así como los mocárabes de colgantes no se pusieron nunca en las aljamas andaluzas[23]. Preceptos todos que á semejanza de los sacerdotes caldeos, explotadores también de estas artes, venían de una especie de gremio masónico que enviaba sus artífices á diversos Estados, y que no permitían otros usos y otras alegorías que las convenidas en sus conciliábulos. Ellos, como otros muchos, cuando la construcción de las famosas catedrales cubiertas de figuras emblemáticas y burlonas, se excedieron también en España de los preceptos religiosos, pintando murallas y labrando figuras, cuyas obras se ejecutaban por los mismos alarifes como trabajos constructivos en imitación del arte asirio.
Esas sociedades poseían un caudal de trazados de ensambladuras para techos; otro de comarraxias para las bóvedas, y de alicatados para sus estucos, los cuales constituían su fortuna; por esta razón se distinguen las labores hechas en los diferentes reinos, y no cabe confundir las obras de los alcázares sevillanos con las de Toledo ó Granada[24] como frecuentemente se verifica por los modernos escritores.
Es curioso lo que dice el notabilísimo escritor árabe Ben-Jaldum sobre la manera de construir de los árabes en la generalidad de los casos; pues en otros imitaron las sillerías y corte de piedras de los romanos, en bóvedas y fuertes muros exteriores. He aquí el párrafo:
«El arte de edificar se divide en varios ramos, uno consiste en hacer muros de piedra tallada, ó ladrillos cimentados con cal y arcilla[25]... y otro consiste en formar muros con arcilla solamente. Se sirven para esto de dos planchas de madera, cuya longitud varía según los usos locales; pero en general son sus dimensiones de cuatro codos, y se colocan sobre fundamentos ya preparados, espaciándolas según la anchura que el artífice cree necesaria. Se sujetan por medio de travesaños de madera fijados con cuerdas ó lías, se cierran las extremidades con otros dos tableros más pequeños y se vierte dentro tierra y cal que se aprieta con pequeños pilones hechos á propósito. Cuando la masa está bien apretada se sigue añadiendo hasta llenar el hueco y que las partículas formen un solo cuerpo duro é impenetrable; así se continúa, desarmando la caja y llevándola á la línea inmediata ó superponiéndola..... Este género de construcción se llama tabia y tauvab el que los fabrica.
»Los muros se revisten de cal desleída en agua con una ó dos semanas de anticipación............... la cual se extiende con una llana hasta incorporarla con la obra[26]. Para los techos se colocan maderos labrados ó sin labrar, sobre los cuales se extienden la cal y tierra que se aprieta con pisones...
»El ornato y embellecimiento de las casas constituye un ramo del arte. Consiste en aplicar sobre el muro figuras en relieve hechas de yeso cuajado con agua, el cual se vacia sobre un modelo dado, dispuesto con punzones de fierro, y se acaban dándoles un bello y agradable pulimento. También se revisten los muros de mármoles en planchas, ladrillos vidriados, conchas y porcelanas.................. lo cual les da el aspecto de un parterre adornado de flores...»
Y más adelante dice, que los magistrados acuden á los alarifes cuando se trata de edificios, en las particiones de fincas, en las alineaciones, reparto de aguas, fortaleza de muros exteriores, etc., etc., como en los tiempos de las ordenanzas del siglo XVI; cuyo adelanto existió siempre entre los árabes de Andalucía.
Seríamos interminables en la enumeración de manufacturas, y en los oficios mecánicos y perfectos. Pero tales adelantos, tan pasmosas obras de la civilización agarena, tenían y aún tienen entre nosotros sistemáticos impugnadores. Hay una escuela, ó una doctrina intolerante que busca afanosa en la civilización romana y gótica los gérmenes de nuestra grandeza pasada; esa escuela y esa doctrina no hallan nada nuevo, grande ni original, preciso es decirlo, en el contacto de ese mundo oriental que se trasplantó á nuestras tierras con todas las infinitas irradiaciones de su espíritu y de su inteligencia.
¿Y por qué con la brillante erudicion de esos investigadores no se ha hecho antes la luz, que ha venido después á deslumbrarnos arrojada por más imparciales y generosos escritores extranjeros? Porque en España se ha rechazado la herencia que nos legaron nuestros abuelos; porque éstos nos dominaron, y están aún frescas las heridas; y porque sostuvimos el ciego exclusivismo de una filosofía intolerante, con la que aprendimos á mirarlos como hombres sólo dignos de humillación y desprecio. Todavía no han llegado á ser verídicos para los fanáticos escudriñadores, los datos y relaciones que sobre geografía é historia descriptiva nos han legado los escritores árabes; cien textos afirmativos de un caso especial cualquiera, de origen mahometano, se desechan inconsideradamente por admitir los argumentos de uno de esos falsos cronistas que plagaron nuestra literatura con sus perturbaciones históricas[27].
¿Se supondrá que queremos preferir aquella civilización á la cristiana? ¡Cómo lo habíamos de hacer ni pensar! Aquélla se eclipsa y no pasa adelante; ésta vive todavía y es el alma de las grandezas que vemos en todas partes; pero no comprendemos que al exhumar los orígenes de la civilización gótica podamos ir á otra parte que al gentilismo ó paganismo, y que no habiendo otra línea de paso para las ciencias y para las artes de aquellos tiempos, se deseche éste que nos ofrece tan rápido y tan seguro camino. No es al Korán á quien damos crédito, ni nos ofrece más fe que los Vedas ó las leyes del rey de Bactria; pero recibimos con emulación los progresos de mil generaciones que han depositado sus adelantos en el arsenal de la industria y de las artes modernas. ¿Cómo olvidar que ocho siglos no habían de dejar más huella entre nosotros que las transitorias invasiones de los pueblos Bárbaros, ó la violenta dominación del gran pueblo que fué siempre extranjero en nuestra patria? Cuando descendamos á épocas menos lejanas, y enseñemos con otros monumentos más modernos de los tiempos árabes el desarrollo de las artes y la forma que éstas van adoptando y plegando á la naturaleza y esencia de nuestro carácter tradicional, veremos que de todas las civilizaciones, la oriental es la que ha dejado en España más elementos de prosperidad y más hondas huellas en toda clase de trabajos é industrias.