Cuando llega el período medio de la dominación árabe y nos alejamos de Córdoba, difícilmente podremos encontrar ejemplares de un estilo de transición más definido que los de este Alcázar. Preocupados con la idea de hallar en cada edad un monumento y un pueblo para cada una de las grandes transformaciones históricas, hemos olvidado que sin salir de Córdoba y de Sevilla, nos encontramos rodeados de obras que alcanzan una cronología de cinco siglos á lo menos; en cuyo tiempo el arte tomó tan diversos y extraños caracteres, que fácilmente se nota el sintoma de progresivo desarrollo, que como todo lo grande y trascendente, había de presentar para adquirir la influencia que aún conserva en el presente siglo.
En Córdoba tenemos ejemplos para demostrar el adelanto de aquella civilización que sucumbió con el Kalifato; pero sin duda es más cómodo y más oportuno visitar los alcázares donde se encuentra cuanto lujo y fantasía puede crearse en un tiempo determinado, y los de Sevilla producen en nuestro ánimo un encanto especial, reminiscencia sublime de antiguas y profundísimas transformaciones sociales ó de inolvidables acontecimientos, que no puede separar de nuestra mente más que el aspecto anti-artístico de la malhadada restauración, que un afán poco ilustrado de ver el edificio deslumbrante de colores y oro ha podido llevar á cabo con descuido de los preceptos arqueológicos más vulgares.
El Alcázar de Sevilla no es una obra clásica, ni aparece hoy á nosotros con ese sello de originalidad y de indeleble carácter que acusan las obras antiguas como el Partenón, y las modernas como el Escorial; en aquéllas por espléndida sencillez, y en éstas por extrema prodigalidad de dimensiones y de taciturna grandeza. En el Alcázar de Yacub Yusuf ha desaparecido el prestigio de una generación heróica, y ha venido á representarse en él la existencia de los cristianos reyes que lo vivieron y enriquecieron con las mil páginas de nuestra gloriosa historia. Los almohades, que imprimieron en él sus más puros recuerdos africanos en 1181, y Jalubí, que seguramente había seguido á Almehdí en la conquista de África, dejaron en sus muros trazerías románicas cogidas en las ruínas de los pueblos dominados. San Fernando que lo conquistó, D. Pedro I que lo reconstruyó, D. Juan II que restauró los más preciosos salones, los Reyes Católicos, que hicieron construir en su recinto oratorios y estancias, Carlos V que añadió más de la mitad con el estilo modulado de esa época renaciente y sublime para el arte moderno, Felipe III y Felipe V, ensanchándolo más todavía por encima de algunos desenterrados cimientos de los edificios que lo rodeaban, todos y otros muchos de los príncipes y magnates que lo habitaron durante seis siglos, modificaron de tal modo su primitiva construcción, que ya en el día está muy lejos de ser el monumento del arte oriental, por más que lo hallemos cubierto de hermosos arabescos y engalanado con los más vistosos artesones y almocarbes.
Lo que han construído tan distintas generaciones en el Alcázar, le ha hecho perder su carácter mahometano. Convertido en una de esas antiguas casas de señorío pertenecientes á épocas más modernas, no se ven en él las salas voluptuosas del harem, ni el retiro silencioso para las oraciones, ni los baños, ni los estanques, ni los fuertes baluartes sobre que debían apoyarse las galerías que por los adarves comunicaban con ricas algorfias labradas en el fondo de los cuadrados torreones. No es que aquí el arte árabe revistiera formas distintas de las que se ven en el resto de España, sino que nunca los palacios fueron construídos lejos de los murados recintos; antes bien, los formaron con éstos y los unificaron hasta sacrificar la decoración exterior á los trabajos de fortificación y defensa. Si hay signos de grandeza cuando nos acercamos á este palacio, no hay que buscarla en su estructura, sino en los cien remiendos y adiciones que ha experimentado, y en las sólidas paredes de los palacios del emperador dominando los restos pulverizados de esos castillos, que protestan siempre de la glacial indiferencia con que han pasado sobre ellos altivas generaciones. Y si por un lado no ofrece duda que éste sea el viejo muro ó la antigua y destrozada torre, por otro no encuentra el viajero sediento de las impresiones que dejara el mundo pasado, más que esos cuadrados recintos, los cenadores y salas rectangulares de las casas del siglo XVI; nada majestuoso como la Giralda; nada, en fin, esencialmente oriental como la mezquita que hemos visitado; nada fantástico y pintoresco como los alcázares granadinos. En él, solo se ve la crónica de un arte manejado por mil artífices que obedecen á diversas creencias, y que representa el efecto de un juego de niños apoderados del local donde se guardaban las obras de sus sabios abuelos, más bien que la concepción apasionada de aquellos terribles agarenos que invadieron en cincuenta años la mitad de la tierra.
Así, pues, hay que desdeñar ese cúmulo de construcciones, portales y pasadizos sin concierto que se encuentra antes de la puerta del alcázar, y fijarnos en esta primera joya de la diadema, como la apellida un conocido poeta sevillano. Es indudable que hay en la composición de toda esa portada un origen árabe, y que toda la parte superior, desde el friso de la inscripción gótica, es puramente mahometana, según el estilo pérsico muy usado en los pórticos de las mezquitas del primer
período en Asia. Sus dos resaltos ó pilastras en toda la altura, y los encuadrados de labor en la parte baja son propios del árabe; pero los balcones con arcos y columnas bizantinas, capiteles romanos, curvas redondas y angreladas, y linteles en los huecos con resortes góticos, son indicios de que la reconstrucción hecha en tiempo de D. Pedro y las restauraciones posteriores, no han cambiado por completo, pero sí han modificado su primera forma. Para nosotros hay en el conjunto pureza y conservación de su antiguo trazado, y algo mas de lo que han hallado algunos críticos ateniéndose á la inscripción; otras obras existen, penetrando en el palacio, menos árabes que ésta. Los escudos y leones entrelazados á los adornos no son nunca parte integrante de su ornato; pues bien puede observarse que para colocarlos debieron sacar motes y escudos mahometanos que llenaban estos pequeños espacios.
Pero pasando esta puerta cuadrada, forma que recuerda al Egipto y que principia á verse cuando va entrando en desuso el arco de herradura, nos hallamos en el principal patio del Alcázar, dando un rodeo para evitar que desde la calle se vea el interior, el cual ya nos ofrece un conjunto extravagante de líneas que debemos comparar con las del arte pagano y gótico. Las columnas pareadas de los cláustros, los cubos apoyados sobre los capiteles que principian á indicarse y se prolongan hasta recoger los apoyos de frisos, cornisas ó aleros de alfarges; los capiteles con volutas y hojas, pero despegándose por la parte superior mediante un moldurón, escocia ancha que más tarde domina en la Alhambra; una cornisa bajo un antepecho ó balaustrada y un corredor como el de cualquier edificio, descomponen toda posible armonía. En sus detalles[28] se nota la hoja picada con globulitos de los de la capilla de Villaviciosa; las piñas y hojas anchas laboreadas con menudas venas de procedencia bizantina; los fondos cruzados y grecas finísimas, y por último, basamentos de alicatados muy hermosos, que han sido copiados de monumentos construídos á principios del siglo XIV. Raro conjunto que recuerda las obras moriscas de Fez, principalmente en los arcos lobulados; pero que se olvida muy pronto en la forma apuntada, ogival, y en la semicircular con jambas prolongadas, que acusan los grandes y centrales arcos de los cenadores. En Marruecos, Túnez, Cairo, Bagdad, en todo el mundo recorrido por los árabes, se hallan cosas semejantes á las muy repetidas del Alcázar de Sevilla, y precisamente por esta confusión es por lo que carece del acento clásico que hemos indicado, y le asignamos el carácter de transición, aunque del más remoto período.
¿Qué otra cosa significa, que en el patio llamado de Las Muñecas se vean ornatos finísimos empleados de cualquier modo en las últimas restauraciones, procedentes del palacio árabe de Granada, traídos aquí para colocarlos sin criterio[29] y haciendo armonía con otros que corresponden á la infancia del arte? Y lo mismo que se ha hecho ahora en el Alcázar se ha venido haciendo desde la conquista; vicio de que se ha librado la Alhambra, porque como aquel monumento no sufrió la gran transformación que á éste le hizo experimentar D. Pedro I de Castilla para arreglarlo á las comodidades de la corte cristiana, no se ha visto expuesto á ser habitado frecuentemente por elevados personajes que han dispuesto de gruesas sumas para reconstruirlo á su capricho.
Los trabajos amedinados de los techos son magníficos, porque en ellos principia á comprenderse cuánto el arte cristiano dió de majestad y grandeza á esas complicadas y minuciosas ensambladuras de los edificios más genuinamente musulmanes, cuando en los templos se principiaban á hacer ricas cubiertas de tirantes ó alfardas caladas, con hornacinas, cúpulas ó almizates, figurando rombos, estrellas y florones de lazos, cuyo hermoso trabajo no ha tenido rival nunca ni aun en las techumbres góticas de los edificios bretones del siglo IX; no es, pues, extraño que aquí hallemos ejemplares más hermosos que en otros edificios, cuando las bóvedas de colgantes de pequeñas estalactitas no habían tomado su completo desarrollo, y las trazerías de las puertas, siempre espléndidas de labor é incrustaciones, brillaban en este palacio realzándolo extraordinariamente[30]. Nótase aquí, que cuando los techos van teniendo cierta magnificencia y lujo, menos clasicismo se advierte en la decoración; y como en Fez, se cubren las paredes de tapices en vez de realces de yesería, y entonces se emplea más oro en cornisamentos, anchos frisos, bóvedas, linteles y coronaciones, mientras quedan lisas las paredes, como en las construcciones mozárabes. Había, por consiguiente, una mezcla de géneros, y tal confusión de ideas, que en ninguna parte se ven como aquí las ventanitas caladas de forma cuadrangular, interrumpiendo las líneas generales de la decoración; y en otros casos muros tapizados de arabescos, tendidos como tiras ó retazos de alfombras ó mantas de vivísimos colores que interceptan los grandes paños, produciendo un general aspecto rico y variado, pero nada sencillo, razonado y elegante, que son las condiciones propias del arte en las épocas de mayor cultura.
Recorriendo este Alcázar no se ve otra cosa más que la continuación de salas cuadradas que se repiten casi con iguales formas y dimensiones, y sólo varían algunas veces en la composición de las trazerías de los arabescos; estancias sin abrigo, sacrificada en ellas la comodidad á la simetría y alineación de las puertas en los ejes centrales, disposición que no ha podido ser agradable en ningún tiempo. Llegamos á la principal tarbea, la más suntuosa, compuesta desde su zócalo de azulejos hasta la faja de retratos de reyes cerca del anillo de la techumbre, de clásicas líneas con recuadros y anchos frisos, cuyo aspecto sorprende, y cuyos dorados deslumbran; pero á poco que se reflexione se nota cuán extraña aparece esa línea horizontal de ventanitas á media decoración, sin que inmediatamente sobre ellas no arranque la bóveda y cornisa; la total altura del decorado que pudiera servir para dos salas, si se interceptase con otro suelo ó piso, pues esta clase de ventanitas debieran dar esa luz de arriba que se derrama melancólica y tibia en todas las estancias moriscas.
En el año 567 de la Egira (que comenzó el 2 de Setiembre de 1171), según texto árabe, se empezó la obra de este Alcázar[31] por el Sultán Abu-Yacub-Yusuf, el cual construyó al mismo tiempo un puente sobre el río Guadalquivir compuesto de barcas, y restauró las murallas. El mismo rey abasteció de aguas á Sevilla, traídas del castillo de Chaber, en cuyas obras y otras muchas gastó sumas considerables. En el mismo texto hallamos que cerca de este Alcázar construyó la novísima Aljama, que se terminó el mes de dulhicha de aquel año; habiendo sido el primero que predicó en ella Abulcacín Abderrahmán ben Giafir de Niebla. De cuyo dato se deduce que si se hicieron en Sevilla otros alcázares en más antiguos tiempos, debieron haber sido construídos en otros parajes ó quizá sobre los vestigios romanos.
Por más que se acierte en la fecha de 1353 á 1364 que se da á la reconstrucción de este Alcázar, no se ve en él la huella del género árabe granadino que por aquel tiempo levantaba el Patio de los Leones, tan diverso en su estructura y en la finura de sus ornatos.
El arte en Sevilla llevaba otro camino, era más cristiano, y no había llegado á modificarse como en el reinado de los Ansares de Granada. ¡Cómo se distingue á primera vista el arabesco hecho en uno y en otro edificio! Más bizantino, más tosco, menos simbólico, más confuso en Sevilla; las inscripciones cúficas y los mosáicos más ricos y complicados que los que se ven en Granada, donde ni las columnas, ni los capiteles, ni los gangrelados de los arcos, ni los aleros, ni los techos, ni nada, en suma, se parecen á los de aquí. Cualquiera que sea un poco práctico en el uso de estos ornamentos, descubrirá en seguida que no son muy claras en el Palacio de Sevilla las huellas del arte árabe pérsico y primitivo, del mudéjar y del renacimiento, por las mil transformaciones á que dió lugar el capricho de los que lo habitaron.
Constituía este Alcázar en tiempo de los árabes un sistema de construcciones adosadas á las murallas y torres que circunvalaban la población, las cuales no tenían la forma simétrica de las plantas rectangulares que acusan los edificios del Renacimiento. Tal como hoy se descubre, nada tiene de los palacios de Egipto, de Siria, ni mucho menos de los de África. Esos andenes levantados al lado unos de otros, dan á este edificio el aspecto de una casa cristiana del siglo XV; y en nuestro concepto solo merece su planta el nombre de árabe en la parte que abraza el Patio de las Doncellas, la Sala de Embajadores y los aposentos inmediatos á éste. El resto está todo trastornado. Los Patios de Banderas y la Montería guiaban al de la fachada principal donde se ostenta el primer ejemplo de decoración musulmana. En todos estos pasadizos no se revela el monumento más que por vestigios de almenas, torres y murallas donde se abrían las primitivas puertas y donde los sultanes tenían aposentos para oir las querellas de sus súbditos, lo mismo que los reyes cristianos perpetuadores de esa antigua costumbre; y en el Patio citado de la Montería todavía se conserva un cuarto llamado de la Justicia, donde todos los escritores suponen la celebración de estas audiencias perpetuadas por los alcaides del tiempo de D. Enrique III. Del Patio Grande hemos ya mencionado esa hermosa portada que no descubre del gusto almohade puro más que su distribución y trazados, mientras sus detalles han sido sacrificados á la influencia mudéjar y gótica.
Desde la puerta hasta el Patio de las Doncellas había tres zaguanes interrumpidos por pasadizos que hacían la entrada difícil y misteriosa, pero de los cuales no quedan sino ligeros fragmentos. Ya hemos mencionado la impresión que produce este patio entre los que esperaban hallar los estanques, las fuentes y los anditos coronados de cúpulas y minaretes como los del Yemen; aquí no hay nada de aquella fantástica tradición; solo un enclaustrado ornado de arcos arrogantes y esbeltos interrumpiendo los frisos nivelados de la primera cornisa.
Son los capiteles en todo monumento lo que más le caracteriza, y descubre su origen y estilo peculiar. Los del patio de las Doncellas sobre columnas blancas de Filabres y basas áticas, no son más remotos que de fines del siglo XVI, y aun diríamos posteriores, porque plagada está la ciudad de Sevilla de estas hojas de acanto pegadas al collarino bajo pequeñas volutas. No así los pilastrones entre arcos que se alzan encima de aquéllas, cuya antigüedad remonta, á no dudarlo, hasta el siglo XIII; en unos las picadas hojas bizantinas, en otros el renacimiento especial sevillano, en otros mudéjar, gótico y plateresco, combinaciones caprichosas de gusto delicado y esmerada ejecución. Los trapecios calados bajo el arrabá de los arcos contienen mezcladas al árabe algunas alusiones de figuras grotescas, que pusieron manos cristianas entre las comarraxias muslímicas. Este gran patio no contaba en su primera obra con la galería segunda levantada después destruyendo el hermoso alero de peral, que avanzando cerca de tres pies, libraba á los arabescos de las lluvias; algunos entrecanes y nichos de él se han visto en las modernas armaduras ó cubiertas del edificio.
Hay tres grandes nichos ó huecos en el lado de la capilla, que algunos creen tronos ó divanes que el rey D. Pedro utilizaba para dar audiencias. Para nosotros son tres pasadizos tapados que comunicarían en tiempos agarenos con el serrallo, situados seguramente, á juzgar por la planta peculiar de los
antiguos alcázares, frente á la sala principal ó Algorfía que luego fué de Embajadores; y porque las salas con alhamies que hay á un lado y otro del paralelógramo de este patio son habitaciones moriscas exclusivamente, aunque modificadas hoy con techos del renacimiento ó con groseras imitaciones pintadas, en lugar de los plafones caídos, donde se ostentan escudos, orlas y motes de los Reyes Católicos, del Emperador y cúficos del rey D. Pedro.
En algunos frontales de los patios y cuartos interiores, hay una labor enteramente igual á la que guarnece las pinturas de los tres techos de la Sala de Justicia en la Alhambra, y apuntamos este dato como recuerdo de las controversias sobre el origen de estas raras pinturas mahometanas.
Los techos de los cenadores son de un amedinado hermoso, trazado sobre el lugar con exacta combinación, trabajo en el cual sobresalieron los árabes; y los pavimentos se hallan formados de mármoles blancos, limpios y lucientes, alternando con otros de azulejos que han ido desapareciendo reemplazados con poco tino y mala colocación.
Es necesario pararse á contemplar por última vez esos arcos, que no se ven más que aquí, en la portada, en la Casa de Pilatos y en los edificios del siglo VIII en Oriente, poco constructivos, de curva arbitraria, sin apoyos ni sostenes. Apenas se explicarían si no fuesen decoraciones colgadas y sujetas como tapicerías á los muros, que ni se ven ni se adivinan en los intercolumnios. Forma extraña que es elegante á causa de los lóbulos, de la ojiva y de los arranques de herradura que poseen, cuyos tres elementos normalizaron más tarde los arcos de la Alhambra, de Fez, Túnez y Cairo, con su actual apariencia de centros divergentes.
El segundo cuerpo ó galería añadida á la antigua construcción es aditamento de poca importancia; pero hermoso patio si se atiende á todas las modificaciones de su estilo, y cuyos zócalos ostentan preciosos alicatados de una admirable delicadeza. Marcadas puertas en sus frentes conducen al Salón de Carlos V, de Embajadores y á los del Caracol ó de Doña María de Padilla; tienen ensamblados cortados en polígonos que las cubren por ambas caras, cuyo hermoso trabajo lo han restaurado con plastones groseros de estuco torpemente pintados.
La de Embajadores, sala cuadrada de solemne aspecto, con cuatro frentes compuestos de arcos elevados que cobijan ajimeces montados sobre columnas delgadas, y cuyos pequeños arcos tienen más de medio círculo sin la forma característica de la herradura, curvatura de transición descendente. Los capiteles degenerados del greco romano; pero el gran arco decorativo de ajaracas, aunque de curva árabe, carece de los dos cuadrados de altura desde el suelo de la tarbea, perdiendo en ello galanura y elegancia. Los espacios triángulos ó enjutas no son originales; su labor está interrumpida lo mismo que los paños interiores de su frente ó arrabá, donde se abren celosías como escapadas del tímpano del ajimez. Un ancho friso de fingidas ventanas ó claraboyas se halla hermosamente tendido encima, y todavía más alto, una geométrica faja de almocárabes; después los añadidos arquitrabes y sostenes sobre que descansa la techumbre. Los basamentos de alicatados, las puertas de ensambladuras y toda la decoración lujosamente iluminada por los colores y el oro se prodigan hasta la exageración. Abiertos los balcones á manera de tribunas sobre los arabescos, son con sus cartelas de águilas chapeadas, baldón eterno del que mandó colocarlos. Lo mismo podemos decir que los retratos en cuadritos góticos hechos bajo la hornacina de colgantes son extraños en este lugar, y los dorados puestos sin el fino ornato de azules, escarlatas y negros que siempre adelgaza estas boveditas cuando son hechas por árabes. La cúpula esférica de alfardas alicatadas formando estrellas de polígonos simétricos, pudo fabricarse para poner en ella vidrios de colores trasparentes á una luz más alta; pero que ha venido á ser hoy decorada con pequeños espejitos de mezquino efecto. Los mosáicos han sido restaurados con piezas más grandes que las antiguas, y las columnas de jaspe parecen románicas, nunca árabes, como otras muchas de templos ó basílicas de decadencia, así como los capiteles poco uniformes é impropios de la columna parecen obras mozárabes como otras muchas de las mezquitas sarracenas.
No es aquí el tipo de las inscripciones africanas tan bello ni tan puro como el del Cuarto de Comareh de Granada, pero en cambio el carácter clásico del cúfico es en este alcázar más uniforme y sencillo. Las labores de hojas, piñas, palmas y conchas se enlazan á las cintas y perfiles geométricos, adorno que no se ve después del siglo XIII; y las ventanitas cuadrilongas sobre las puertas, y los cornisones é impostas románicas, y los recortes góticos, y los escudos de labores interrumpidas nos presentan este palacio como la obra de muchas generaciones que carecían de la conciencia del arte.
El patio de las Muñecas, cuya forma parece más selecta y á la cual han dado en llamar granadina, es un cuadrilongo con un cenador abierto de arcos grandes y pequeños con buena simetría. Su ornamentación es efectivamente de la aventajada época del arte muslímico; el repartimiento más armónico, las curvas de los arcos aperaltadas y esbeltas como las del patio de los Arrayanes de la Alhambra; los pilares cúbicos sobre los cimacios de los capiteles y las alturas de las columnas, son casi iguales á las de los arcos con sus cornisas; y si los antepechos del segundo cuerpo fueran celosías de madera y no hubieran cambiado de posición las formas romboidales y los polígonos en las últimas restauraciones, este patio sería un ejemplar perfecto del último período del árabe floreciente. Muchas inscripciones tiene colocadas á la inversa.
Hay después una porción de salas cuadradas en cuyos adornos se hallan mezclados detalles de pura fantasía, enlazados con cresterías góticas y ornatos de puro renacimiento. Digna de notarse en todo el edificio es esa trasformación constante de formas las más abigarradas, representando la historia del trabajo humano en periodos caracterizados por influencias extrañas y respetables.
Se halla este Alcázar lleno de recuerdos preciosos que no entran en el dominio de este estudio y los cuales le dan cierta importancia tradicional de sangre y de crueldades. Para alimentar la fantasía, visítense los que fueron baños de Doña María de Padilla, los jardines, el estanque, las salas ó dormitorios del piso alto, con emblemas atribuídos á Don Pedro, y ornatos bizarros de todo género; la Sala del Príncipe y el Oratorio con mosáicos platerescos y rompimiento gótico, y una multitud de cuartos, pasadizos, el patio semi-mudéjar del jardín del León y otros que los recuerdos engalanan, constituyendo un palacio sin grande originalidad, pero embellecido con las obras de seis siglos de continuo trabajo artístico. El incendio de 1762 acabó de cambiar su aspecto porque se quemaron techumbres artesonadas, comarraxias de alerce y ricas ebanisterías, cuyo desastre produjo en 1805 una modificación en la entrada y cuartos adyacentes, en el techo de la Sala de Embajadores, y en los departamentos que se llamaban del Caracol, del Yeso y del Príncipe; unido todo á las restauraciones que ya hemos mencionado de 1843 y á la tan novísima reparación que cubrió de colores los antiguos vestigios árabes, le privó del venerable aspecto de antigüedad que deben conservar á toda costa los monumentos.
No fué el palacio del rey Don Pedro el único construído en Sevilla; cerca de éste y bajo la misma alcazaba se alzaba otro restaurado en la misma época, y que se ha dejado perder hasta el caso de que no queda hoy más de una sala que muchos han creído ser la Sala de las Justicias, de aquel monarca. Este aposento es elegante aun después de haber perdido muchos arabescos, y de estar cerrado del lado donde se abría á un ancho patio, cuyos restos hemos estudiado, y á varios anditos con pavimentos de rasillas y esmaltes en grandes tamaños, de los cuales existen hermosos fragmentos. La cubierta es un almizate de gran estructura, y sus paramentos una distribución bizantina tan pura como elegante. ¿Sería el antiguo palacio de Abdalaxis, á pesar de sus inscripciones? ¿No se cambiarían éstas como se ha hecho en muchos alcázares mahometanos? Todo nos indica aquí la existencia de un edificio anterior al siglo IX, y de alguna más grandeza é importancia que la que tendrían los castillos habitados por los Walies.
Rara es la inscripción que en este monumento se ofrece al arqueólogo con un verdadero interés histórico ó literario; ni esos fragmentos de los poemas ó casidas que hay repartidos en los muros de la Alhambra, se descubren en este Alcázar para reposar la vista y hablar á la inteligencia, realzando las heróicas hazañas de los caudillos y los primores de sus afiligranadas estancias. Aquí se lee el Korán con sus repetidas salutaciones y alguna otra alabanza á D. Pedro, en la que se han suprimido los nombres de los sultanes mahometanos y la palabra islamismo; pero conviene notar que la mayor parte de estas inscripciones son iguales á las empleadas en el Alcázar granadino, tantas veces traducidas, y sería tarea larga y enojosa acompañar á la descripción artística la relación cien veces repetida del mismo versículo, hallado en diferentes aposentos, y otras tantas interrumpido por las manos torpes que tratando de reparar la fábrica sin conocer aquella antigua lengua, han llegado hasta á colocarlo al revés ó con la letra hacia abajo, por lo que renunciamos á tan pesado relato que el curioso hallará cumplido en libros especiales, ciñéndonos nosotros á una reseña breve de lo más esencial.
En la fachada y puerta principal del Alcázar, alrededor de ajimeces y otros parajes, se leen las suras y versículos conocidos:
«Gloria á nuestro señor el Sultán».
«La gloria eterna para Alá; el imperio perpetuo para Alá».
«Salvación permanente». «Bendición».
«El reino á Dios, el poder de Dios, la Gloria á Dios».
«La felicidad y la paz y la gloria y la generosidad y la felicidad perpetua».
«En la próspera fortuna es único este Palacio».
Y como notable la inscripción: «No hay más vencedor que Dios», colocada por arriba y por abajo en el ancho friso de azulejos de leyenda cúfica; obra de azulejero granadino en nuestra opinión.
Sigue el vestíbulo donde con poca diferencia se repiten los mismos conceptos, variando los caracteres africanos en cúficos y neskis. En el friso ó faja general alterna la siguiente:
«La felicidad y la prosperidad son beneficios del sustentador (Dios)».
«Etc., etc.»
Y luego:
«Gloria á nuestro señor el Sultán D. Pedro. Sean magníficas sus victorias».
En el Patio de las Doncellas tenemos próximamente las mismas salutaciones mencionadas, con poca variación.
«Alabanza á Dios por los beneficios... etc.»
Nótase en todas estas inscripciones, ya publicadas como hemos dicho[32], que les han suprimido la palabra islamismo, lo que prueba que los artistas eran los mismos árabes que bajo el dominio cristiano aprovecharon sus fórmulas tradicionales, borrando la parte religiosa del verso.
En un friso del mismo patio:
«Gloria á nuestro señor el Sultán D. Pedro, ayúdele Dios, hágale victorioso».
«Etc., etc.»
Siguen una multitud de inscripciones sin importancia, donde se repite: «La felicidad, La alabanza, La grandeza, Dios es único. El cumplimiento de las esperanzas», y esta más digna de atención: «Dios es único, Dios es eterno, no engendró ni fué engendrado, ni tiene compañero alguno», cuyo mote se encuentra también en Granada en la Puerta del Carbón, con caracteres cúficos, y demuestra que no pudo ser hecho bajo la dominación cristiana por estar en completa oposición con la religión del Crucificado, y por lo tanto, que Don Pedro aprovechó la obra de Yusuf en cuanto pudo[33].
En todas partes se encuentra también «Sólo Dios es vencedor», mote que usaron los Almoravides antes que los Nasaritas, en contradicción de lo que se ha creído hasta ahora.
En unas puertas, que como todas las de este edificio, han sufrido muchas restauraciones, se halla la más interesante leyenda.
«Mandó el Sultán nuestro Señor engrandecido, elevado, Don Pedro, Rey de Castilla y de León, perpetúe Dios su felicidad, al Jalabí, su artífice, se hicieran estas puertas de madera labrada para esta magnífica portada de la felicidad, lo cual ordenó en honra y grandeza de los embajadores... En su construcción y embellecimiento deslumbradores, resplandeció la alegría, en la labra se emplearon artífices toledanos y esto fué el año engrandecido de 1404.
«Semejante al crepúsculo de la tarde y muy parecida al fulgor del crepúsculo de la aurora, (es) esta obra en torno resplandeciente por sus colores brillantes y por la intensidad de su esplendor, del cual brota en abundancia la ventura para la ciudad dichosa en la que se levantaron los palacios, y estas mansiones que son para mi señor y dueño, único que da vida á su esplendor, el Sultán pío y severo que lo mandó hacer en la ciudad de Sevilla con la ayuda de su intercesor para con Dios...» (Africano)[34].
En la Sala de Embajadores se repiten las conocidas, y en la Cámara de la izquierda se lee:
«¡Oh entrada del aposento de nuevo resplandeciente y elevado; Señor de protección, de magnificencia y virtudes!»
En el Gabinete de Doña María de Padilla siguen fórmulas religiosas, laudatorias é invocaciones; lo mismo que en la Antesala de las Armas y Sala de los Príncipes, etc.
En el Patio de las Muñecas y en el arrabá del arco que da paso á él, se halla:
«No hay protección sino de Alá, en quien confío y á quien volveré».
«Todo lo que poseéis procede de Dios».
«Etc., etc.»
Y en el Patio de las Muñecas (cúfica):
«¡Oh dueño incomparable nacido de estirpe regia, protéjale...!»
«Alabanza á Dios por sus beneficios»:
«Dios, mi rabí».
En el dormitorio llamado de los Reyes Moros, entre otras conocidas, aparece:
«¡Oh exclarecida morada nueva. Fué aumentando tu esplendor dichoso por el brillo permanente de la mayor hermosura. Así escogido (dónde) se celebran las fiestas. Él (es) amparo y régulo de todo bien, manantial de beneficios y sustento de valor! Para tí...»
Como dijimos al empezar este capítulo, serían interminables las repeticiones si continuásemos insertándolas, por lo que suspendemos el hacerlo, dadas las principales inscripciones, para ser menos molestos al lector.
Difícil tarea es la de indicar siquiera esa multitud de baluartes que la dominación muslímica levantó en Sevilla sobre las ruínas fenicias y romanas, para defenderse á falta de montañas en sus dilatas llanuras y á las orillas del río más caudaloso del Andaluz. Cuentan la existencia de muchos palacios en sus cercanías, de los cuales apenas existen ligeros vestigios, y que sirvieron de deleite y recreo á las diversas familias dinásticas que por conquista los poseyeron; pero siempre aparece como morada principal, el que hoy se conserva, profundamente modificado desde que lo habitaron el rey D. Pedro y sucesores. Éste se extendía ocupando un inmenso recinto que llegaba con sus jardines y muros defensivos, hasta la torre del Oro, frente de la cual había un puente de barcas perfectamente amarrado, que mandó colocar Yacub en 567 de la egira, y donde construyó una puerta llamada de Cheuhar, desde la que se bajaba al río por medio de anchas gradas y muelles[35]. El sitio designado en la crónica concuerda con los edificios modernos; pero no estará demás citar un suceso en corroboración de aquel texto.
Varios historiadores árabes refieren esta bella aventura:
«Paseándose un día Almotacid en el Prado de Plata March-Afida, situado en las márgenes del Guadalquivir, aconteció que la brisa rizó las aguas del río y Almotacid improvisó este primer verso:
Rogado el poeta Abenamar para que lo concluyese, y no encontrando una réplica instantánea, dijo una joven del pueblo, que se hallaba en la misma orilla:
«Maravillado de oir improvisar á una joven antes que á Abenamar, tan renombrado por su talento, Almotacid la miró con atención, y sobrecogido de su hermosura, llamó al eunuco que le seguía, y le mandó llevase la improvisadora á su palacio, al cual se apresuró á volver. Cuando la joven llegó á su presencia, le preguntó quién era y cuál su estado.
«—Me llamo Romuiquia, porque soy esclava de Romuia, y en cuanto á mi profesión, soy muletera, contestó.
»—¿Decidme, sois casada?
»—No, príncipe mío.
»—Tanto mejor, porque voy á compraros y á casarme con vos[36]».
El Alcázar se extendía á la orilla del río hasta la Torre del Oro, construída en el reinado de Yusuf Almotacid Ben Annasir, por un gobernador almohade nombrado Abulalá que mandaba en la población; y la obra tomó el nombre de Borch Adahab[37] que ha conservado, así como se nombró Torre de la Plata la que había cerca y dió nombre al prado donde ocurrió la aventura arriba contada, cuyo extenso paraje está dibujado en un plano antiquísimo de Sevilla[38], en el que se ve
también la muralla de todo el recinto del Alcázar, incluyendo la Puerta de Jerez, ó lo que es lo mismo, formando un triángulo desde la plaza que en dicho plano se nombra del Palacio siguiendo la línea al Postigo del Carbón, lindante con la citada Torre de la Plata, hasta su extremo ó Torre del Oro, y volviendo después por su espalda á la orilla del río y fosos. La citada aventura de la Romuia indica que el Prado de la Plata estaba aquí; así como también lo sucedido en el sitio de Sevilla por los Almoravides, cuando Almotacid arrojó del patio del Alcázar á un escuadrón de ellos que penetraron por sorpresa, combatiéndolos hasta la orilla del río, donde los dispersó[39].
Circundada de gruesos muros, cuya mitad se alzaba sobre los arenales del río, y la otra parte ceñida de fosos que se llenaban con las aguas de aquél, contaba Sevilla á fines del siglo XVI numerosos vestigios árabes, que han ido desapareciendo poco á poco, pero que el atento arqueólogo descubre sin trabajo. Todavía en el siglo citado contenía dentro de murallas la más numerosa población de España, no inferior á la de los Almoravides, con su puente de once barcas, donde se halla próximamente hoy el de hierro. Alcanzaban las murallas una circunferencia lineal de más de 17.000 metros con torreones de argamasa morisca y 12 puertas decoradas de ladrillos rojos, á la usanza de la Giralda. Los tres arrabales que hoy cuenta existían antes de la conquista poblados de judíos, y las espaciosas casas que encierran no lo fueron así siempre, pues han sido copiadas más bien de los muchos palacios árabes que había entre esos copiosos arrabales constituídos por las apiñadas moradas de los mahometanos.
Los nombres de las puertas, según el plano de 1565, eran entonces del Arenal, frente de Triana, la de este nombre, á la derecha, y luego la de Gules, de San Juan, Almenilla, Macarena, Córdoba, del Sol, del Osario, de Carmona, de la Carne, de Jerez, del Carbón, de la Plata, y otras que han sufrido modificaciones y perdido su carácter sarraceno; pero cuyos nombres son, en algunos casos, semejantes á los que se conservan todavía en Córdoba y Granada.
En toda la hermosa ciudad de Sevilla hay casas más ó menos importantes que revelan el gusto desarrollado en el Alcázar del rey D. Pedro. La de Pilatos es su reproducción en menor extensión y riqueza, donde los mosáicos, arcos, capiteles y frisos se ven como representando el barroco del árabe, y donde figuran el gótico de la Catedral y el renacimiento de Carlos V, entre las hojas bizantinas y las trazerías mocárabes. Es una casa solariega del siglo XVI que demuestra la existencia de centenares de otras donde se hallaban mezcladas como aquí, fábulas de la mitología en esculturas, vasos y pavimentos, modelos mutilados del paganismo, antigüedades, bibliotecas, tapices, tablas italianas, retratos en las techumbres y frisos, fuentes, etc., y cuanto cabía en estas mansiones señoriales, donde se refugia el furor del renacimiento y la instrucción artística y literaria de la época, bajo el espíritu de religiosa altivez que sellaba todas estas obras. Piadosas tradiciones renacen á cada paso en estos edificios, de las cuales no debemos hacernos eco, por las mil vulgaridades que alimentan.
Estudie el viajero la Cella de la Capilla con bóveda ojival, rellena de arabescos, la escalera con bellos alizeres y techumbre, y otros muchos objetos que proceden de la antigua Sevilla ó quizá de las ruínas de Itálica, donde se han hecho inmensas excavaciones desde los últimos veinte años, para cuyos detalles y su historia creímos oportuno, antes de esta fecha, tomar el croquis de tan interesante ruína, según lo consignamos, como estudio comparativo de diversas edades.
El Palacio de los Duques de Alba ó de las Dueñas, la casa de Abades, la de Bustos Tavera y otros que nos contó Zúñiga, son y eran ejemplares de ese arte indefinible que no tiene verdadera expresión característica, el cual se levantó en mil caprichosos edificios majestuosos en su conjunto, y de los que ninguna población tuvo tantos como ésta. Su descripción sería fatigosa, ciñéndonos por tanto á marcar la obra más interesante del arte puro arábigo, que es allí la Giralda ó antiguo minarete de la gran mezquita que ocupaba el asiento donde se construyó después la Catedral que hoy existe, la cual ostenta más que otro edificio en sus fachadas por el lado de la Puerta del Perdón, la continuada transición del árabe al gótico y hasta al renacimiento, mezcla extraña que, como ya hemos dicho, no toma jamás carácter propio y expresa ideas incoherentes de tiempos muy distantes.
La Giralda es, pues, el monumento más expresivo de la dominación agarena y el que, á pesar de lo que se ha dicho sobre su estructura mauritana y estilo primitivo africano, es para nosotros una obra perfecta del arte árabe. Distante su construcción cuatro siglos á lo menos de la de alguna torre granadina, como la que hoy pertenece á la iglesia de San Juan de los Reyes, no existe diferencia en la manera de ornamentar una y otra, y sus rombos de ladrillos agramilados, sus festones de barros cocidos, y los ajimeces con los angrelados y lóbulos, manifiestan arcos ó segmentos de curvas con todas las variantes del alcázar granadino. Aparece en ella perfectamente el origen del arco apuntado sobre estirados arranques del mirador de Lindaraja de la Alhambra, el de colgantes de las tres entradas al Patio de los Leones, el festoneado del Patio del Estanque y todas esas formas que tomaron después tal lujo y delicadeza, como no se vió en parte alguna. Es en la Giralda donde se hallan los principios del verdadero arte decorativo, fabricado con ladrillos almadravas de robusta construcción, como lo exigía la fachada de un elevadísimo alminar. Lástima que tan hermosa torre se halle coronada por un cuerpo tan extraño, que no nos permita figurarnos su antigua cúspide, sus remates dorados y sus brillantes azulejos.
He aquí un precioso texto árabe[40] sobre la fundación, antigüedad y hermosura de este monumento:
«Yacub Almanzor, el año de 593 (que empezó el 23 de Noviembre de 1196) terminó la Aljama y levantó la Torre, cuya manzana hizo hermosísima y de tal magnitud, que no cupo por la Puerta de los Almoedanos, hasta que tuvieron que quitarse los mármoles de ella para darle más cabida; y el peso de las columnas que sustentaban la dicha manzana era de 40 arrobas de hierro. Abuleit Alocaili, el inspector de la obra, fué quien la construyó y elevó á la parte alta del alminar. Aquel mismo monarca fué el que mandó construir la fortaleza de Giznalfarache.» etc., etc.
En otras iglesias y torres se halla el estilo mudéjar propio de las transformaciones que han sufrido. La de Omnium Sanctorum ocupa un distinguido lugar. Las de San Nicolás, San Marcos, Ermita de la Virgen, Santa Catalina, Santa Marina y otras muchas ofrecen curiosos ejemplares de purismo y transición; porque en estos tiempos sirvieron muchos en casos alternativamente de iglesias y mezquitas en un período de cinco ó seis siglos, tiempo suficiente para señalar las modificaciones del arte árabe.
Existen en Sevilla y otras poblaciones obras tan importantes bajo las influencias mahometanas, que hasta el gótico sufre modificaciones sensibles, como se ve en los raros ejemplares de un dilatado período de cuatro siglos, los cuales carecen de carácter propio y han tomado formas características de los materiales usados en ellos, principalmente por los finos ladrillos que se emplearon.