Ajimez, en Málaga.

En Écija, Ronda, Jaen, Málaga, etc., hay multitud de estas interesantes construcciones de ladrillos y agramilados, que constituyen un brazo importante de ese arte que arraiga en la más remota antigüedad, y que se ciñe á las diversas transformaciones de los tiempos y del genio de las distintas razas.

Como la Torre de D. Fadrique, hay restos de otras muchas, ya en ruína, que fueron minaretes ó fortificaciones, los cuales suelen ostentar ajimeces, arcos de herradura, almenas é incrustados curiosos para los artistas, porque no han sido restauradas como la Torre del Oro para que desaparezca el hermoso color que el tiempo les imprime. Su forma poligonal de ocho caras debió decorarse como otras de la antigua Palermo, con un orden de galerías simuladas, cobijando tragaluces de arcos bizantinos repetidos y pequeños, y terminando con la crestería acostumbrada como obra de defensa.

Procesión, Sevilla.

 

 

TIEMPOS CRISTIANOS DE SEVILLA

Como hemos hecho en Córdoba, citaremos algunos monumentos cristianos que no pueden olvidarse por su importancia, y que en muchos casos sostienen la influencia histórica sobre la comparación ilustrada de la época árabe. Raro es no hallar en ellos un vestigio, un recuerdo ó un capricho de ornamentación que no nos traiga á la memoria aquel estilo.

La catedral es gótica de decadencia, perteneciente al comienzo del siglo XV, pero majestuosa en sus elevaciones y colosal en el grupo de construcciones diversas que encierran sus robustos apoyos. No tiene en verdad la gallardía de la de Burgos ni de la de León y otras del Norte, pero está cubierta de bóvedas atrevidas, crucero, formaletes, contraestrivos y de un centenar de empujes tan bien distribuídos, que su construcción nada deja que desear. Prescindiendo de algunos florones y pináculos de un adorno poco original, bastardeado por las influencias mozárabes, tiene tres magníficas puertas en su frente, bellas y bien labradas, con notables esculturas, hornacinas y umbrelas del mejor gusto. En vano se esfuerzan Cean Bermúdez y otros por hallar el arquitecto que las inventó y plantilleó, nunca se halla; pero en cambio aparecen muchos maestros, desde Pero García hasta Hontañón, que todos depositaron en su recinto las fantásticas obras de los tiempos.

Tiene de longitud 378 pies y de latitud 254, dividida en cinco naves con nueve puertas, algunas empavesadas con bajos relieves y estatuas de barro cocido. Los grandes pilastrones ó columnas bareteadas en número de 36, sostienen 68 bóvedas, entre las que se halla la del crucero, más alta que las otras. La capilla mayor se halla cerrada por su espalda con un muro ornado de estatuas sobre repisas del año 1522, y por el frente tres elegantísimas rejas platerescas, presentadas en 1523 por Idrobo, que las remató.

Planta de la Catedral de Sevilla.

El altar mayor es un retablo gótico tallado en madera y principiado por Dauchart en 1482, con hermosas figuras representando pasajes de ambos Testamentos, hechas, según Bermúdez, por Alemán y Alejandro. Esta capilla tiene una sacristía con esculturas y lienzos notables. El pequeño tabernáculo de plata es de Alfaro (1596). El coro, colocado en la 4.ª y 5.ª bóveda de la nave central, tiene hermosas verjas platerescas como las anteriores y sillería gótica de conocidos autores, así como el facistol y los libros, que son interesantes. Deben verse las pinturas de Murillo, Céspedes y Pacheco que hay en la sala Capitular, así como esta construcción. Lo mismo debe visitarse la sacristía mayor, no por el interés que ofrecen sus muros, sino por las excelentes obras de arte que encierra, del pincel de Murillo, el famoso tenebrario de Morel, la custodia de plata de Juan Arfe, los viriles, la llave del moro que entregó la ciudad, las tablas alfonsinas y otras preciosidades.

No olvidemos la sacristía de los cálices, donde está el magnífico crucifijo de Montañés, una Dolorosa de Morales y Santos de Goya.

Puerta del Perdón, Sevilla.

La capilla Real es notable, pero no singular; en ella están los sepulcros de D. Alonso el Sabio y doña Beatriz. En el altar se encuentra la urna de plata que contiene el cuerpo de San Fernando. Los restos de doña María de Padilla, de D. Fadrique, etc., están en la cripta, y en la capilla el pendón de la conquista y la espada de San Fernando. La verja es notabilísima.

La capilla del Baptisterio encierra dos de los mejores cuadros de Murillo, el uno pintado en 1656, del cual fué robada la figura de San Antonio el 5 de Noviembre de 1874 y devuelta algún tiempo después, por haberse encontrado en New-York.

Hay muchas capillas de más ó menos mérito, por las obras que guardan: La de San Pedro, los lienzos de Zurbarán, la de Belén, con una virgen de Alonso Cano; el retablo y sepulcro de la capilla de Scala; la del Angel de la Guarda; un cuadro de Murillo; el antiguo retablo de Santa Ana; y la estatua de San Hermenegildo, de Montañés, con el sepulcro gótico del Cardenal.

La capilla y sacristía de Nuestra Señora la Antigua está adornada con lujo, esplendidez y buenas obras de arte de los estilos conocidos; la de San Pablo con un gran crucifijo; la de la Purificación con entrada á la contaduría, donde hay un San Fernando, de Murillo; la de la Pierna ó «Gamba» por un escorzo que hay de Vargas, bien diseñado, y otras hasta el número de 37, con obras de excelentes pintores, andaluces la mayor parte y de reputación indubitada.

Se entra ordinariamente á las oficinas de la catedral por el Patio de los Naranjos, dispuesto como los de las mezquitas, lo que da á todo un carácter oriental. En él hay arcos de herradura, cartelas moriscas, cresterías almenadas y algunos arabescos más hermosos en sus detalles que los del alcázar, porque la gran mezquita de Yacub, construída en este lugar, fué obra bizantina, con la influencia pérsica de los primeros siglos de la egira. La puerta del Perdón es enteramente mudéjar y todas las otras tienen más ó menos detalles árabes, como olvidados de la destrucción. Se entra también por el patio al Sagrario, obra de decadencia (1662) donde hay un medallón en el altar del centro, de Roldán, y una imagen de San Clemente, de Cornejo.

Es notable el grande y colosal monumento que ponen ante las puertas de la catedral los días de Semana Santa.

Después de este conjunto maravilloso de vestigios y construcciones atrevidas con detalles no terminados por la falta de recursos que cobijó á la mayor parte de las catedrales de Europa, tiene Sevilla edificios sin influencia antigua como el Consulado, cuya construcción es robusta y tétrica como la época en que se hizo (1585) por Juan de Minjares; la fábrica de tabacos, todavía mayor y más sólida, gran edificio del tiempo de Fernando VI, sin interés monumental; el

Ruínas de Itálica.

palacio de San Telmo, colegio de Marina, del siglo XVII, estilo barroco y decadente, hoy restaurado y lujoso en poder de los Duques de Montpensier; el del Arzobispo, de igual época y sin interés arqueológico; la iglesia del Salvador, donde hay esculturas de Montañés; la Universidad; Santa Ana, iglesia gótica; la torre árabe de San Marcos; de Santa Marina, con otro alminar; San Martín, San Pedro y otras con numerosas obras escultóricas que abundan en Sevilla, y pinturas de una brillante escuela de color que no se halla en parte alguna. Véanse, si no, los cuatro cuadros de Murillo que hay en el Hospital de la Caridad; los de Leal, Atanasio, Cano, Herrera, Pacheco, Rodas, Valdés, Zurbarán y otros muchos que se hallarán en el Museo provincial, cuyas galerías encierran la más rica colección de pinturas de Murillo, y cuya fama es superior á todo encomio. Por esto sólo merece Sevilla ser visitada con entusiasmo.

Gótico mudéjar.

En este mismo Museo hay una colección de objetos arqueológicos traídos de Itálica, antigua población romana que se encontraba á una legua de Sevilla, y de la cual no se contempla hoy más que un inmenso circo de tres cuerpos de anfiteatro levantados con muros y bóvedas de cuatro metros de espesor, cuya obra estaba revestida de sillerías y decorada de mármoles y estatuas. La Comisión de monumentos cuida hoy de conservarlo. Recomendamos su grandeza é importancia.

Fachada del Hospital, Sevilla.

Son innumerables los objetos de construcción que, procedentes de Itálica, hay repartidos en toda esta comarca, la mayor parte utilizados por los árabes en sus mezquitas y casas, dando á la estructura un carácter especial de romanismo del peor tiempo, que rebajó la forma de los arcos y produjo la doble construcción de éstos y la reducción de los techos. Esos vestigios se ven también en las obras de los siglos XII al XV, en la fábrica de la Catedral y en muchos conventos y capillas.

Casa-Ayuntamiento de Sevilla (Renacimiento).

Después del Renacimiento, Sevilla ofrece un plateresco excepcional, enriquecido de esmaltes y con multitud de fajas, pilas, zócalos y frontispicios hechos de azulejos y ladrillo rojo que no se ve más que en algunos puntos de Italia, pero que aquí forma el exclusivo tipo al cual se subordinan todas las obras de no lejano período; estilo nada bello, si bien es caprichoso y sensible á las trazerías mudéjares con las siluetas absolutamente churriguerescas. Los ornatos de piedra y yeso entremezclados á los esmaltes y ladrillos justifican este calificativo.

Hay todavía en esta población el testimonio de la influencia gótica cuando el árabe desaparece y se entrega poco á poco á la inspiración ojival, envolviéndose en sus hornacinas, acentuándose en los tímpanos con cartelas de leones y matacanes con lóbulos y pirámides estriadas, y rebajando los arranques de los arcos á la usanza musulmana. Las portadas, claraboyas y rosetones de algunas iglesias están levantados con ese estrecho espíritu de transición tan notable como raro que hemos observado en tres ó cuatro puertas de otras tantas iglesias de los siglos XIII al XIV verdaderas curiosidades arqueológicas, tanto aquí como en Córdoba y pueblos circunvecinos.

Falta á esta ligera revista una mirada de admiración á la antigua casa de Ayuntamiento, donde un estilo fastuoso de reminiscencias paganas y piadosas, fantástico hasta lo sumo y altamente delicado y artístico, se ostenta bellísimo más por el ornato que por las proporciones. El Renacimiento de Sevilla protesta del fatalismo mahometano, se levanta risueño y lleno de esperanzas como la civilización que le da aliento; no pide á ninguno de los estilos de la Edad Media alimento para decorarse; busca el clásico de edad más remota y se manifiesta en este edificio sin concluir, rico de imágenes y potente para ataviarse; es un ejemplar digno de toda alabanza que el tiempo destruirá sin que se haya reproducido en lo que se construye nuevamente para completar la fábrica de todo su plan y alzado.

 

 

PARTE TERCERA

ÚLTIMO PERÍODO

DESARROLLO DEL ARTE ORIENTAL EN ESPAÑA

Era tanta la ignorancia en ciertos tiempos sobre la cultura de los árabes españoles, que autores cristianos suponen las mezquitas adornadas con ídolos como los templos paganos; y á juzgar por los romances de la Edad Media, era tal el criterio sustentado sobre las ciencias de los mahometanos, que se atribuía no á hombres, sino á una legión de demonios el poder y la magia ejercida por el genio de los nuevos dominadores de España. ¡Y qué mucho si aún en nuestros días no se ha olvidado ese don misterioso de profecía que se atribuye al Calendario, cuyo libro es siempre el que más se encuentra en la mayor parte de las casas españolas! El manak[41] que habían difundido los árabes por toda Europa, se inventaba por astrólogos españoles, los cuales adquirieron inmensa y diabólica fama de sobrehumana inspiración. De tal modo era temida la ciencia de algunos cristianos que habían ido á aprenderla en las academias y universidades de Córdoba y Sevilla, que más de un sacerdote perdió al volver á su país la facultad de mandar comunidades religiosas, y aun corrieron algunos riesgo, en momentos de calamidades públicas, suponiéndose éstas ocasionadas por los maleficios de esos sabios sospechosos de malas artes[42]. Hasta los albores de las ciencias químicas que habían de desarrollarse en el cerebro de Nostredamus, Raimundo, Kiot, etc., buscaban en España el éxito que más tarde había de dar tan pasmosos resultados; y hasta los prodigios que principiaba á revelar la ciencia astrológica y la conformidad en muchos casos con los pronósticos que una azarosa experiencia había arrojado en sus libros, fueron causa de que adquirieran un influjo, al cual no ha podido escapar la civilización moderna. Las ciudades principales de España fueron, pues, el emporio de las ciencias físicas y astronómicas; y si ignoramos el número de franceses, alemanes é italianos que venían á estudiar á Córdoba y Toledo, ó si el Papa Silvestre II recibió en Barcelona y no en Córdoba su instrucción, lo cual podrá ser discutido eternamente por los corifeos de ciertas escuelas, sí sabemos con exactitud que la ornamentación árabe se copió en Italia, Francia y España, demostrando la intimidad de las relaciones internacionales, y que cuando se conquistó á Granada pasaban de 25.000 los extranjeros que residían en el reino, enriquecidos del tráfico con Venecia, Marsella, Constantinopla, etc. Las pinturas de la Sala de Justicia, confusamente atribuídas á artistas cristianos del siglo XIV, nos indican cuán fácilmente pusieron en ejecución obras, que sin el trato común con los extranjeros, les hubiera sido imposible ejecutar. ¿Por qué, pues, poner en duda que la nigromancia se aprendía en Toledo en el siglo XI, únicas escuelas á donde venían á estudiarla jóvenes de Suavia y de Baviera?[43] Si tal menosprecio se ha querido hacer de las ciencias químico-físicas de los árabes, debería haberse empezado por destruir los monumentos, quemar sus libros, los pergaminos de realce, romper los esmaltes y sus barros cocidos, borrar los colores de sus telas y los que se ven en los muros de sus casas, y sobre todo descubrir si en el resto de Europa se fabricaba con más perfección ó había más recursos industriales y mecánicos que los desplegados por ellos.

Sin aducir textos de obispos[44] ni de otros no menos venerados autores, porque no intentamos sacar las pruebas de lo que exponemos fuera del dominio del arte y de la industria, sucedía entonces lo que acontece ahora con ese prurito de buscar en París y Londres alivio á males incurables, recetas á métodos desconocidos de fabricación, y aliciente á las empresas científicas. Monarcas de León y de Asturias trataron y utilizaron sabios árabes de Córdoba y Sevilla; y Gobmar escribió en árabe historias para que se aceptaran en la corte de Hakem II. Aparece, verdad, que estas cordiales relaciones eran entonces como ahora sostenidas principalmente por las familias aristocráticas en lo que se refiere á las monarquías españolas y árabes, y que el pueblo visigodo en general, tenía antipatía á los dominadores.

Si después de la toma de Toledo por D. Alfonso es cuando, según los datos de algunos autores, principia á ser visitada por extranjeros y por clérigos españoles esta ciudad, para adquirir conocimientos sobre la hechicería, la alquimia y el álgebra, queriendo demostrar que no se debía á los árabes la enseñanza de tales ciencias, este error supone á nuestra vista poco conocimiento de aquella civilización y del organismo de la sociedad mahometana en contacto con los mozárabes, ni de los auxilios que de judíos y muslimes recibieron las cortes de D. Jáime y D. Alfonso, ni de cómo era considerada la lengua sabia del Korán, no habiendo otro genio en las artes que el inspirado por las obras de los muslimes, según puede verse todavía en los raros objetos de aquel tiempo, conservados á duras penas entre nosotros.

El arte de cincelar los metales es una prueba clara de lo que exponemos. Nada más sorprendente en su género que esos trabajos á buril de las armaduras cristianas, antes del renacimiento; trabajos que se extendieron por la mayor parte de Europa, donde se ven lujosísimas armaduras fabricadas con los ornatos árabes levemente modificados por el gótico, las incrustaciones de oro y plata embutidas en el hierro con pasmosa perfección, que no se hallan iguales de anteriores épocas, todas hechas en las fábricas de Toledo, Valencia, Sevilla, etc., y de manos de los artífices instruidos en estos incomparables centros del arte árabe, únicos florecientes en aquella época.

Y cuando de tal modo se extiende su influjo, es ocioso referir lo mucho que sobre su literatura y poesía han escrito eminentes orientalistas, sosteniendo la existencia de toda una literatura aljamiada extraordinariamente difundida, que cuenta obras maestras procedentes de aquella civilización cuyos prodigios se están revelando todos los días.

Una consecuencia muy legítima del elevado estado de las artes en todas sus ramificaciones, es el magnífico aspecto de los jardines que rodeaban los pintorescos palacios de la sierra de Córdoba, los de Guadamar, de Ruzafa, de Said, y tantos otros que nos pintan las seductoras casidas de la poesía arábiga. La ciencia de trazar los edificios se hermanaba con la de arreglar los jardines, alinear las plantaciones y combinar el aspecto de los vegetales para producir decoraciones hasta cierto punto arquitectónicas. El desarrollo que en tiempo de Luis XIV tomó en Francia la idea algo antiestética de imitar con los arbustos los órdenes greco-romanos, las columnatas, arcos y bóvedas, tenía más antiguo origen; y aunque los normandos en Sicilia habían dado muestras de ello, es indudable que en los jardines andaluces se hacían decoraciones del mismo género, con la diferencia de que éstas, tomadas de una arquitectura más delicada y menos severa, produjeron verdaderos oasis de sin igual encanto, cuyas reminiscencias se notan todavía en algunas comarcas de este bello país.

Sin que tratemos de ocultar el interés que nos ofrece el parque moderno, hermosa ostentación de la más vigorosa naturaleza dominada por la inteligencia del hombre con el constante auxilio de la máquina, tiene su belleza relativa la simetría reguladora de aquellos jardines, que ondeaban pabellones como arcos estalactíticos; que recortaban en los cipreses remates y obeliscos imitando alminares; que tejían las hojas trepadoras con los vistosos encañados remedando los azulejos de sus palacios; que hacían grutas á manera de templos, y cruzaban arcos de ramaje como los arcos de piedra de la mezquita de Córdoba. Es un error suponer monotonía en esta clase de jardines, cuando lo que se nota es un refinamiento exagerado, demasiado deseo de subordinar las galanuras de las flores á curvas, líneas y trazerías fantásticas, que ofrecen un peculiar encanto en aquellos países donde el campo todo es un verjel frondoso, especie de parque silvestre que tal vez no necesita del cuidado del hombre para compararse con los de las antiguas ciudades romanas y bretonas. El jardín simétrico, hecho como los de Andalucía, sin que se mezcle el estilo demasiado severo y fastuoso que se nota en los palacios de nuestros reyes construídos con posterioridad, ofrece indudable belleza, cuyo origen hay que buscarlo en las descripciones de los poetas orientales, ó cuando alguna fiel imagen de ellos hallada en modestas casas de nuestro país, nos obliga á reconocer sus encantos.

Hemos visto en el perímetro ocupado por los restos del antiguo palacio del Chapiz[45], removiendo el suelo de un dilatado patio, la antigua traza de un jardín con estanque en el centro surtido de juegos de aguas, arriates y márgenes á manera de laberinto; las glorietas y asientos de mosáico de gruesa labor formada de piedrecitas de colores, y algunos restos de figuras enlazadas con grandes letras formadas de arrayanes. No es, pues, tan distante de aquel gusto lo que todavía se construye alrededor de los palacios modernos; y ni las figuras hechas de jazmines, ni las doncellas de flores, ni los asientos de enredaderas y hiedra de la famosa pila de Almanzor, fueron creaciones de la poesía, sino hechuras del arte, que alcanzaba á todo lo que podía halagar el sentimiento de aquellas ilustres generaciones.

Muy apasionado debía ser á la música y cantares el pueblo que construyó la Alhambra, por más que este arte viviera todavía tan en la infancia como entre los antiguos pueblos de Oriente; pero no debemos buscarlo con ese espléndido lujo de armonía y de instrumentación que le vemos hoy, sino que considerado como el más dulce, tranquilo y misterioso lenguaje del corazón, la canción árabe es quizá la más tierna y expresiva que se oyó en la edad de las rudas fatigas y de las belicosas al par que insaciables ambiciones. No conocemos canciones españolas anteriores á la época árabe, y á las que contamos posteriores les damos aquella procedencia, porque los viajeros que recorren las costas africanas oyen entre los moros los mismos cantos de Andalucía, la misma cadencia, el aire reposado y el eco sentencioso de las preciosas cantinelas que aún se conservan entre nosotros. Alguna música recogida al oído con motivo de la reciente campaña de Africa, y que hemos tenido ocasión de apreciar[46], tiene mucha semejanza con las gallegadas y el zorzico, cosa que nos ha sorprendido extraordinariamente, infundiéndonos la sospecha de si estos cantos fueron tomados de los españoles, lo cual es muy posible, sin que por esto dejemos de conocer que toda la música de aquellos pueblos es completamente andaluza, llena de la inspiración, originalidad y galanura que todos le reconocen.

Dados á la música y al baile, los árabes recuerdan los trovadores de la Provenza y la existencia de los juglares que invadían las calles sin otro modo de vivir que cantar y herir sus instrumentos de cuerda, cuero y madera, entre recitados, para entretener á los ociosos de las plazas públicas. Conocidos son también los regalos que recibían de los reyes aquellos que cantaban con perfección, á juzgar por la historia del cantor Zirjab, que Ab-de-Rahmán II hizo venir de Bagdad á Córdoba. Escritos hay libros teóricos sobre este arte, y el que se hizo de cantares andaluces para competir con los de Persia da buen testimonio de que no estaba descuidado este precioso don, grato solaz del alma humana[47].

Y ¿cómo había de estarlo?... Por más que se separe en el dominio de su manifestación la música de las demás artes, ha seguido con ellas la ley de las transformaciones sucesivas. Cuando más portentoso fué el espectáculo dado por aquéllas, más notable fué también el amor ó el sentimiento de admiración por la música en todos los pueblos de la antigüedad, hasta la aparición de los grandes maestros. Coincide siempre con la arquitectura más que con la escultura, y mucho más que con la pintura la simpatía por el lenguaje del sonido; parece como que una y otra sacan de la imaginación sus formas lejos de la realidad; ambas combinan líneas, espacios ó tiempos, con lo cual se produce simetría y euritmia, y los sonidos apoyándose en el número y la cantidad, producen también la expresión viva de los sentimientos, más profundidad en variedad infinita de imágenes; como la arquitectura, apoyándose en la masa inmóvil y pesada, crea lo mismo que aquél una forma real, confusa, indefinible y vaga, de emociones simpáticas, existiendo, pues, en ambas una misma cualidad, aunque la esfera de acción en la música y arquitectura se extienda en distintos horizontes. Es lógico que los pueblos que tanto se extasiaban con el conjunto de formas imaginarias; que querían hallar sobre los paramentos de los palacios la multiplicidad que se combina y se deshace y vuelve á renacer como ondulaciones de colores que no se palpan, como las estrellas que cien veces parecen aumentarse en número, tuvieran predilección por el sonido de tal modo manifestado, constituyendo la esencia y la existencia de otro ser oculto, abstracción pura y sencilla que se aleja de nuestro modo de ser práctico, y nos revela una segunda naturaleza más moral y elevada que la que nos sujeta á la tierra.

Aquel pueblo lleno de emociones íntimas, de agudos sentimientos, tuvo, pues, pasión por la música. Hizo en este arte lo que sus predecesores, que ya habían inventado el acorde y la armonía y pulsaban arpas y cítaras; pero les excedieron en lo sentencioso del canto y en el acento de la pronunciación musical. Así es que no hay canciones que hieran más el sentimiento que las que se conservan en el pueblo andaluz, canciones muy antiguas, las cuales se perpetuarán por largos siglos, y serán escuchadas siempre con profunda emoción.

El ornato del edificio, como el acorde, son dos cosas que se explican y se razonan del mismo modo: cuando la obra está terminada no se puede preguntar al artífice por qué pone sobre el tímpano ó en las cornisas molduras innecesarias, y éstas las interrumpe para establecer un cuerpo más realzado de construcción que acusa otro género, porque no sabría contestar razones concluyentes y absolutas. Lo mismo diremos de la música. En uno y otro arte, aunque tan diversos ligeramente mirados, no hay más que la medida, que la regla, que lo regular y compasado; la confusión, el desorden, la irregularidad destruyen la obra. Es en la simetría de la forma donde ese arte encuentra más identidad con los demás efectos de la belleza, y por eso al citar este brillante período del genio sarraceno, no podíamos prescindir de un recuerdo á esas dulces melodías que se inspiraban en el voluptuoso encanto de los alhamíes, en el murmullo de las fuentes que se deslizaban al pie de los divanes, y en la agradable y dulce contemplación de los sombríos aposentos matizados de brillantes colores.

El palacio de la Alhambra expresa el punto culminante de siete siglos de cultura, y lo que es más digno de atención, el tránsito del puritanismo de las escuelas coránicas de Oriente á la expansión ideológica, al par que tolerante, con que se anunciaba el Renacimiento en el siglo XIII. La ciencia, la literatura, el heroísmo de la pasión, el militarismo caballeresco que tan hondas raíces echó en nuestra patria, la tolerancia política que entonces no podía llamarse libertad, el culto á los sabios, á los inspirados y á los valientes, la predilección por el arte y el amor á la popularidad, que hizo caer á los magnates en crímenes de vanidad ó de ambición, cuantos signos, en fin, pueden revelar en un Estado el desarrollo del poder civil como principio de adelantamiento, todo se halla indicado, con más ó menos claridad, en el recinto murado de esa construcción medio ruinosa, mitad restaurada por lentos trabajos de cuatro siglos, mitad escombros removidos ó rebuscados por infatigables viajeros que han descortezado los tabiques para arrancar sus ornatos y filigranas; todo se descubre allí al espíritu verdaderamente investigador, que no desprecia los fragmentos carcomidos, ni lo tenebroso de aposentos subterráneos, ni las huellas impresas en lo más recóndito de sus anditos y alhamíes.

Ese palacio no es solo un sistema encantador de caprichosos ornamentos, cuya originalidad nos arrebata, sino que revela el secreto de los últimos dos siglos de dominación árabe, explicando porqué artificio no pudo consumarse la ruína del poder sarraceno en nuestra patria inmediatamente después de la conquista de Sevilla; y porqué las armas victoriosas de nuestros abuelos se embotaron si no se rindieron ante esa ilustre ascendencia de la dinastía granadina, que estrechada en un recinto pequeño y asediada por la heróica restauración cristiana, brindó muchas veces la paz á sus enemigos, paz que éstos le otorgaron más por respeto á su sabiduría que á sus caudillos y legiones.

¡Siglos que proclamaron el poderío de aquel pueblo, abriendo sus madrizas á los hijos de los príncipes contra quienes luchaban; celebrando torneos como galantes amigos, ofreciéndoles sus artes, regalándoles los bellos productos de sus lujosas industrias en sedas y labores de mano, y convidando á los fuertes capitanes que los asediaban á espléndidas monterías, donde en culta competencia lucían sus vestidos, sus armas y su agilidad. Edad sublime que no se ha estudiado todavía cual se merece por odio religioso ó por feroz aborrecimiento, hijo de la indignidad á que se vió reducida la noble raza española!

La Alhambra se levantó como todos los edificios clásicos de la antigüedad en esa época culminante, desde la que comienza para los pueblos su inevitable decadencia y ruína; y este período más floreciente del arte, es también el que presta ocasión á que las ideas se extravíen por el deleite hasta el delirio. Apogeo descendente de la civilización que es preciso sorprender para reconocerle, sin preocuparse de sus encantos, y no pervertir el gusto con el éxtasis de una ardiente contemplación.

El que viene ascendiendo por el estudio de los monumentos de Córdoba, de Toledo, de Sevilla, etc., deja en su inteligencia un vacío que no satisface, é involuntariamente recuerda á Cairo, Túnez, Fez, llegando á elevarse por encadenadas deducciones hasta las mezquitas de Constantinopla, las tumbas del Afghanistan y las antiguas pagodas de Dehli. El arco de herradura, propio de la arquitectura militar y religiosa de aquellas comarcas, forma la más original del género, se aplicaba en España, como ya hemos citado, en los primeros tiempos árabes, y las techumbres de gruesas vigas, destacando rombos ó polígonos de facetas á semejanza de pidras labradas, cubrían con casquetes de planos unidos por sus lados, imitando las primitivas obras del Oriente. Las columnas de los enclaustrados eran cortas, como aplastadas por el peso de los arcos, de mayor planta que los capiteles; éstos, sin forma determinada, más parecida á la bizantina, pero tanto menos expresada en sus detalles, imitaban groseramente el orden compuesto greco-romano, de labores de gruesas y venas sobre los tallos y hojas que torpemente tallaban con el característico intento de bordarlos. Las bóvedas se cruzaban como en la capilla de Córdoba, pero no se multiplicaban sobre plantas triangulares, y bajo el rigorismo geométrico de los colgantes de la Alhambra; idea extraña que vemos iniciarse en la arquitectura india del Punjad, que se oculta después para aparecer en Persia bajo las ménsulas de los púlpitos, en los minaretes que existen en Egipto y en Marruecos; pero que se desarrolla por concepción uniforme y simétrica en las construcciones de la España posteriores al siglo XIII. Las plantas, en fin, de los monumentos, adaptadas unas veces á las formas de los castillos, otras á la irregularidad de las montañas sobre que se edificaron, especie de desarreglado montón de edificios, repartido al acaso para las necesidades de la guerra, de la religión y del harem, aquí se regularizan, preside á ellas el gusto de la ostentación y de la comodidad, y se trazan bajo la misma razón geométrica de armonía entre los lados del triángulo que arranca y cierra las bóvedas de sus estancias. Una y sola fórmula para repartir la distribución, y la misma para labrar las murallas que para calar las esbeltas galerías[48].

Y aunque aparezcan á primera vista como esparcidos entre torres y jardines los edificios de la Alhambra, penetrando un poco en la investigación de tan preciosos restos, se halla más bien que la regularidad, la simetría; más bien que la concepción de la línea recta, la convergencia de objetos que se refieren á un mismo punto, cuyo método sostenido con supersticioso afán, nos hace admirar lo que creíamos producto sólo de la fantasía ó del insomnio que produce un cuento mágico.

Cuando el arte en Europa se hallaba dominado por el vértigo del clasicismo[49], que embargaba la atención de las academias y extraviaba la imaginación de sus más brillantes discípulos, alcanzó á la Alhambra el ciego afán de explicarlo todo por el sistema exclusivo que se consideraba sinónimo de lo justo y de lo bello. No pudiendo mirar nuestros artistas con indiferencia un monumento que les despertaba más curiosidad que los de Sevilla, Toledo y Córdoba, quisieron por un alarde de tolerancia, respetar lo que el Emperador Cárlos V, aconsejado por artistas italianos, había dejado para la contemplación de la posteridad; extrañaban su conjunto poco armónico según su educación clásica; querían hermanar sus teorías sobre la belleza, sobre la conveniencia, en los vestigios que á cada paso encontraban, y á fuerza de mirar por un prisma confeccionado para el uso de aquellos razonamientos exclusivos de escuela, se persuadieron de que habían hallado la clave de la importancia atribuída fuera de España á estos monumentos. Desde entonces dejó de llamarse un edificio bárbaro; la Academia de San Fernando mandó hacer una obra ilustrada de sus preciosidades artísticas; el ilustre Jovellanos explicó sus bellezas y su historia, y desde entonces escritores de más ó menos nota se dedicaron á cantar sus grandezas, como poetas y como filósofos. ¿Por qué cuando las academias no respetaban más que la antigüedad pagana, se detuvieron á contemplar este alcázar semibárbaro, recuerdo de una dominación que queríamos borrar de nuestra historia?

Ya lo hemos indicado, se había hallado la clave: el palacio de Alhamar pudo cuadrarse, completando las líneas que al decir de los académicos habían desaparecido. Se levantó el plano de restauración. Se buscó el eje central, figurándolo entre el patio del Estanque y la sala de Embajadores. Los patios y naves que hoy se conservan á la izquierda de este eje se trazaron arbitrariamente á su derecha en orden de simetría. A uno y otro lado se imaginaron las mismas torres, las mismas puertas é iguales alturas. ¡Qué uniformidad tan deliciosa para aquellas gentes! De este modo se contentaron con lo que existía, imaginándose lo que había desaparecido.

Hoy se perpetúan esas aberraciones, no pudiendo explicar el espíritu que levantó estos monumentos. En la decadencia del Renacimiento parece como que no se comprende bien el genio de la antigüedad. No afirmaríamos en esta ocasión hipótesis que nos llevarían demasiado lejos; pero al estudiar la planta de estos edificios, ¿no se halla conformidad con las casas de Pompeya y de Herculano? En el barrio de Albaicín de Granada, ¿no se ve, penetrando en el recinto de las pocas casas que se conservan, la misma distribución de las de Roma, ó algunas reminiscencias de las de Grecia? Búsquense los baños, y ya no es la semejanza, sino la igualdad absoluta. Civilización oriental una como otra, ambas inspiradas en un mismo origen. Lo que habían hallado nuestros académicos no era el mérito especial de la Alhambra; era la interpretación equivocada de su carácter y de su símbolo.

El libro y el plano de la Academia quedaron en nuestro tiempo relegados al olvido, y si no bastaran las teorías para negar su importancia, lo demostraríamos por las recientes excavaciones que hemos hecho con este propósito. No hay paralelógramo posible ni por la configuración del terreno ni, por lo que es más seguro, por no existir cimientos ni bajo las líneas que se inventaron, ni aproximadas en esta ó en otra dirección.

La uniformidad, la simetría que se exije, está en otra parte; allí, pues, vamos á buscarla.

Penetramos en todo monumento árabe por una torre avanzada ó por entre dos torres, excepto en los edificios que sirven de habitaciones á las familias, en cuyo caso se reemplazan por un pequeño ingreso cuadrado, portal inútil entre nosotros, que vemos con frecuencia en las antiguas casas de Andalucía. Una sala larga y estrecha corta el eje perpendicularmente, y de aquí parte la distribución á las dos alas del edificio. Por el encuentro de ambos ejes se halla la entrada, á cuyo frente se descubren siempre esos efectos de perspectiva que son tan fantásticos en estas construcciones. Siguiendo el ingreso, se halla un patio con estanque y fuentes, graciosas y ligeras arcadas á las dos cabeceras ó lados cortos, pues estos patios son cuadrados; y tras de la segunda galería, siguiendo por el mismo eje central, naves cuadrilongas que se suceden hasta la última, donde se halla la más hermosa, alzándose majestuosamente por encima del edificio y descubriendo sus cúpulas ó almenas en los anchos y ondulantes reflejos de las aguas de los estanques. Las demás salas de una casa de este género, según su rango ó grandeza, estaban colocadas en pequeños pabellones de los costados largos de los patios, tan desarregladas á veces en su decoración como las tiendas de campaña en un campamento turco. Y si estos costados se encuentran hoy alineados y cobijados por líneas monótonas de aleros mudéjares, indicado está suficientemente que era el genio del conquistador cristiano el que los transformaba con la severidad de la línea recta, no permitiendo cúpulas, crestas ni agujas, que según el gusto moderno de una escuela intolerante, interrumpen la decoración.

Fuera de esta planta, absolutamente clásica, que podemos asemejar al asta larga de una cruz cortada á varias distancias por brazos perpendiculares y paralelos unos á otros, de diferente longitud, no hallaban los árabes españoles medio hábil de levantar sus edificios, de modo que disminuyendo ó aumentando los brazos del eje en cuanto lo exigían las dependencias de los más extensos palacios, nunca se salieron de este sistema en cualquier punto donde los pudieron construir; simplificáronse, en verdad, reduciéndose hasta construir las casas sencillas con un portal, un patio y una sala, con sus enclaustrados sobre pilares de madera que daban acceso á cuartos aislados hechos por fuera del cuadrado del muro de circunvalación. Así, pues, no es extraño hallar el muro del patio y galerías más grueso que los exteriores de las naves laterales, que parecen haberlas arrimado después al amparo del centro. En los barrios antiguos de las ciudades árabes todavia se encuentran estas casas, cuya reminiscencia hemos hallado en los patios del Albaicín[50], y cuyas formas se aceptaron por las costumbres cristianas, nunca variando la planta, sino sobreponiendo un piso y algunas torres, necesarias á la higiene en aquellos climas cálidos. La influencia del Renacimiento poco tiempo después, dotó al arte de todos sus extravíos, le prestó el ornato de grutescos y bichas en las portadas, en frontispicios de balcones y en los artesonados y escaleras con almizates; pero obsérvese bien: siempre la misma planta, el origen morisco, un principio clásico de sencillez que encanta, que nos hace hoy mirarlo con amor y con envidia, porque quisiéramos verlo en las construcciones modernas si el espíritu de nuestra sociedad se prestara á recibirlo con algunas ligeras modificaciones.

Esta es la regularidad de la Alhambra, y no lo que creyeron los clásicos del siglo último, con sus fachadas, sus ángulos y su conjunto recto en el más absoluto significado de la palabra. Las ruínas que hallaron, los escombros muchas veces abandonados por el más bárbaro desdén en una época que merecía olvidarse, se prestaron á las interpretaciones más absurdas. Muchas veces dió lugar al error la formación de esa especie de cemento ú hormigón durísimo usado por los árabes y compuesto en su mayor parte de la misma grava cuarzosa del terreno, formando un conglomerado artificial con el que se engaña la atención no muy experta del que viene por primera vez á hacer indagaciones arqueológicas. Las vetas y capas de cristalizaciones recientes que se manifiestan siempre que se hace una excavación, persuadieron de que eran cimientos de edificios destruídos, que convenían perfectamente á tales suposiciones.

Los monumentos de la Alhambra aparecen en cierto desorden, como arrojados á la casualidad, levantándose en pintoresca confusión, extendiéndose entre espaciosos jardines, alternando los más notables y espléndidos para los reyes, con los menos ricos para las mujeres predilectas, los numerosos hijos y los cortesanos. Obsérvase, sí, cierto paralelismo en los ejes centrales de dichos edificios cuando sus estancias principales están abiertas en las torres que flanquean los cercos de muralla, y entonces están como adosados á ellos y perpendiculares á las líneas de muro ó fuerte, resultando precisamente como los radios de una elipse abrigados por el circuíto más ó menos regular de la fortaleza; regla que es constante, excepto cuando se acumulan construcciones alrededor de una principal, en cuyo caso los mismos ejes cruzados en naves perpendiculares se multiplican hasta constituir este singular conjunto del alcázar, con un aparente desorden en el todo, y una tan marcada unidad en sus secciones ó partes, que al parecer se aislan como para dar morada cómoda á familias diferentes.

LA ALHAMBRA EN EL SIGLO XV

En 1867 publicamos el resultado de nuestras investigaciones sobre la verdadera forma de la Alhambra en los siglos que la dominación de los árabes y esplendor de la corte granadina habían llegado á su apogeo, y antes de que la reconquista cristiana verificara en ella las transformaciones que la despojaron de ese carácter primitivo que aun en el día le imprime un peculiar aspecto, confundiendo géneros y estilos de diversas artes que nunca guardaron conexión ni semblanza.

El resultado de aquellos trabajos y los realizados posteriormente, nos han puesto en camino de abordar algunas cuestiones sobre las diversas épocas de su construcción.

En primer lugar, la Alhambra era ya en los tiempos romanos una pequeña población antiquísima, según se atestiguó en el año 1829, por haberse hallado cerca de una cruz que hizo colocar el año 1530 el conde de Tendilla, un considerable número de sepulturas de aquella época, que se descompusieron como muchas otras al abrir el arrecife del centro, las cuales no podían tener otra procedencia que del arrabal ó suburbio, quizá de judíos, que había en este valle; cuyo dato está en consonancia con las inscripciones góticas halladas después de la dominación sarracena, y la tradición sobre la cueva de Nata que apuntan todos los antiguos historiadores.

El fundador de la dinastía Nazarita construyó un segundo recinto á la Alhambra, por no ser suficiente el primero para defender todos los edificios que contenía; lo cual demuestra evidentemente que en tiempo de la insurrección de los waliatos, existían ya en lo alto de la montaña roja fuertes castillos de importancia en toda su extensión, aparte de los nombrados Torres Bermejas que se citan particularmente desde el siglo VIII; y que estas fortificaciones se hallaban unas en el costado Norte de la Alcazaba, cuyos restos existen todavía, otras en las mismas alamedas actuales por bajo de la Puerta de los Carros y Bosque, y otras en la Huerta de San Francisco y Secano. Si Alhamar construyó el segundo recinto que se cita en las crónicas árabes, flanqueado de torres y murallas y dilatándolo hasta Generalife, fué porque existía una población en todo el collado antes del establecimiento del último reino granadino, es decir, al finalizar el siglo XII; y debía ser población muy antigua, porque la existencia de algunas inscripciones romanas que tan repentinamente se han citado, y la grabada en una piedra blanca que no es procedente de la Sierra de Elvira, sino de las canteras que hay entre Alhama y Loja, ofrecen alguna prueba, tanto sobre la proximidad de la histórica Iliberis como sobre lo que se ha dicho de la antigua Garnata, cuya población ocupaba en nuestro concepto el morisco barrio de la Antequeruela, de la cual podría ser un arrabal. Hay, pues, datos suficientes para creer que antes de la dinastía Nazarita había un pueblo sobre la cúspide del cerro, y un castillo que se llamó de Aben Giafar, nombre que tenía la torre de la Vela en tiempo de los árabes, y á cuyo pie se encuentran los vestigios de construcciones más antiguas, quizá del siglo VIII. Aquel pueblo ó suburbio estaba también fortificado y tenía su puerta, que es la que después se conservó con el nombre de Puerta del Vino, aunque modificada por árabes, la cual fué luego incluída dentro del mayor y más fuerte recinto de treinta y siete torres, que según un legajo con el número veinticuatro del archivo, se contaban en esta fortaleza á principios del siglo XVII[51].

Observando el plano que publicamos entonces y acompañamos á este libro, se puede ver el espacio ocupado antes, desde la dicha puerta hasta la Alhambra alta, que después fué convento de San Francisco. Hay todavía restos soterrados de muros más antiguos que la cerca de Alhamar, los cuales se hallan todos en el indicado espacio, á cinco y seis metros de aquélla por la parte interior en el lado Norte, y por fuera en el lado Sur.

Reunió, pues, Alhamar el Magnífico, bajo un recinto, las construcciones que existían aquí de diversos tiempos, y estableció en ellas el imperio de su grandeza; construyó hermosas puertas principiando por la de Bid-Algodor ó de los Pozos[52], que es la que llamamos hoy de los Siete Suelos, y entonces era la que estaba más próxima á los silos que se hicieron para guardar las cosechas en los tiempos de escasez ó de guerra, y dejó para el no menos grande Yusuf otras construcciones como la de la Justicia y la torre que había donde hoy está la puerta de los Carros, de la cual quedan algunas referencias que constan en los legajos del archivo, donde dice haberse reparado y estar habitada en el año 1586 por un capitán de las cien lanzas del conde de Tendilla. No puede negarse, conocido el estilo de estas puertas exteriores, que es diferente su construcción á la de la Puerta del Vino, la cual se parece más bien por su fábrica á la puerta Monáita, y por sus inscripciones, que no citan rey alguno, como generalmente se hacía en las obras que no fueron mandadas construir por los sultanes.

Las obras de adarves y viaductos de todas las torres en comunicación oculta con el palacio y alcazaba, el aislamiento de éstos y sus defensas por dentro del fuerte, todo está demostrando que al elegir este sitio para morada de la corte en los dos últimos siglos, se contó con una población que ya existía, la cual quedó así como aprisionada y comunicándose con la ciudad sólo por las únicas tres citadas puertas, pues las del lado Nordeste eran de uso exclusivo de la fortaleza y los palacios.

Con la numerosa población de la Alhambra alta, nombre dado en los tiempos del emperador Cárlos V[53], se citan la Plaza de los Pablas, ocupando el sitio del palacio que fundó aquel monarca, y las dos torres del Homenaje, una que era la actual de los Picos, y otra la de las Prisiones sobre el Cubo, y un numeroso caserío que existía tan apiñado, que en el año 1539 se prohibió á sus habitantes que moraran en los baluartes y palacios. El Partal lo habitaba un moro que, con otros, levantó rebelión y le fueron confiscados sus bienes, los cuales se hallaban dentro de los alcázares cerca del huerto de Astasio Bracamonte, escudero del marqués de Mondéjar, donde hoy se halla la mezquita.

Fué tan grande la población que siempre hubo en la Alhambra, antes de que fuera corte mahometana, en tiempo de ésta y después de la conquista, que no se halla un palmo de terreno donde no se encuentren cimientos de casas y palacios antiguos, en los que se emplearon tal vez enormes sumas, pues los sultanes gastaban en obras continuas sus rentas de ciento sesenta mil ducados anuales, enorme cantidad para aquellos tiempos; y después de la expulsión sarracena se emplearon no menores en transformar, coronar y revestir baluartes, adquiriendo dominio sobre fincas pertenecientes á habitantes moriscos cuya posesión era muy antigua.

Fué, por último, para convertir la población árabe al culto cristiano para lo que se cedió un palacio ó mezquita en 1492, donde se estableció un convento de Franciscanos con este fin. Todo está demostrando que existía desde muy antiguo una ciudad ó villa fortificada donde se sucedieron dominaciones sucesivas que arruinaron y levantaron obras sin concierto ni uniformidad, cuyo carácter, transcurriendo siglos, había de imprimir á todo el sitio el pintoresco y variado panorama que tanto se admira hoy.