Concretemos nuestra descripción al trazado del plano que acompañamos al final, hecho en 1865; y entremos en la Alhambra por la puerta árabe que abrimos no ha muchos años en el lado Norte de la alcazaba bajo la Torre de las Armas, la cual era una de las principales y de más directa comunicación entre el Albaicín y la Fortaleza por un puente elevado para cruzar el río Darro. Desde el núm. 54 en dicho plano se indican restos de murallas inclinándose hasta ganar la altura de dicha entrada por el núm. 46, y siguiendo un camino y adarve completamente trasformado hoy, que iba cortando el cubo muralla del núm. 43, por la línea de puntos que se dirige al palacio árabe. El cubo referido es obra posterior á la conquista; observándose que el piso de la entrada de la Torre de las Armas está casi al mismo nivel de la puerta antigua del palacio árabe que hemos ahora descubierto, y de la que hablaremos luego. Se ve fácilmente que suponiendo con fundamento construídas después de la conquista las dos grandes cisternas ó aljibes que se señalan de puntos con el núm. 7, hay un espacio vacío ó gran plaza inscrito en la línea de los núms. 53, el 37 y el 42 por un lado, y las torres 44 y 45 por otro, donde se han encontrado cimientos de construcciones árabes y modernas, y un aljibe, núm. 8, de bóvedas, á tan gran profundidad, que aun suponiendo rebajado el pavimento de este espacio, como indudablemente lo estaría, cinco metros, siempre resulta el aljibe en el plano correspondiente de profundidad para el objeto de nuestras investigaciones. Hemos visto además de los cimientos citados, que el terreno de todo este sitio está compuesto de ruínas y de escombros procedentes de la construcción del palacio del Emperador, cuyo edificio, núm. 9, suponiéndolo no hecho, dejaría á descubierto la línea que va desde la Puerta del Vino, núm. 5, hasta el 9, donde habría una muralla que separaba una parte de la Alhambra que llamamos alta, y el citado espacio de la Plaza de los Pablas, hoy de los Aljibes. Esta denominación consta en algunos escritos antiguos que se hallan en el archivo del Real Patrimonio.
Fijaremos, pues, las ideas demostrando que la Puerta del Vino servía de paso ó camino á una población separada completamente de la Casa Real, y que se comunicaba con la ciudad por la Puerta Judiciaria exclusivamente, núm. 3. De este modo, la habitación de los monarcas, el harem y todo ese recinto de palacios, parte conservados y parte no, que hay bajo la línea de puntos hasta el núm. 55 que hemos señalado, era independiente, cercada de un foso por el Sur, de murallas y bosques por el Norte y Poniente, tenía sus comunicaciones privadas con Generalife y otros sitios de recreo en la Puerta de Hierro y Torre de los Picos, números 28 y 29, y con la ciudad antigua por la Torre de las Armas, núm. 46, bajando á pasar el río Darro por el puente árabe ya indicado, cuyos restos se ven todavía.
La llave que hay grabada en la clave de la Puerta del Vino, indica bien, según la costumbre musulmana, que era la puerta de una población separada de la Alcazaba ó recinto comprendido en los núms. 43 al 50. Este fuerte ó ciudadela, llamado Alhizan, está completamente defendido por todos sus lados, dejando aislado ese tercer espacio ocupado por el palacio de los reyes moros, con su especial ingreso inmediato al núm. 37. Véase, pues, detenidamente cuánto varía con estas investigaciones el aspecto y distribución del conjunto y cómo se le desnuda de las trasformaciones colosales que sufrió en el siglo XVI.
Hemos dicho que había una población numerosa en la Alhambra alta, extendida hasta su extremidad del lado de Oriente, en la cual se comprendía la Casa de la Justicia que ocupaba lo primero entrando por la Puerta del Vino, la Casa del Cadí, cuyos restos existen, la Gran Mezquita, las casas de los Abencerrajes, cuyos nombres están citados en el legajo 24 y que estaban contiguas á las que poseyó Don Álvaro de Luna, la Casa de los Infantes, luego convento de San Francisco, y el campo hoy cubierto de escombros, núm. 24, donde hemos hallado los cimientos de las líneas de casas y calles que se han dejado arruinar. Era el pueblo que hay siempre al lado de las cortes musulmanas, compuesto de soldados de fortuna, de ulemas, de santones, de sultanas olvidadas, de hijos y parientes de reyes que viven de las rentas de la Corte, y que su elevada ascendencia no les permite ir á habitar entre el ruido y menudo comercio de los traficantes y artesanos, que se agitan en las calles estrechas de sus populosas ciudades.
Añadiremos que esta población aristocrática estaba como ceñida por una segunda muralla exterior, cuyos restos descubrimos y llevan la dirección indicada en la línea de puntos que parte de la Torre Judiciaria, pasa por los números 11, 15, 16, 17 y 18, y luego vuelve á verse en el 21, 22 y 23; camino cubierto á trozos que daba vuelta y seguía toda la circunvalación de murallas y torres, poniendo toda la fortaleza á disposición de la fuerza armada sin tener que atravesar la parte poblada del recinto. En algunas excavaciones que hemos hecho desde el núm. 11 al 18, hay restos del camino cubierto, y por el lado de la Torre de las Infantas y de la Cautiva, están á la vista algunos trozos de este viaducto. Las puertas de la Torre de los Siete Suelos y de las Cabezas, hoy visibles, están abiertas al nivel del fondo de dicho camino de circunvalación.
Los restos de la casa del marqués de Mondéjar son cimientos de los edificios que desde el palacio alcanzaban hasta la Puerta de Hierro (del Homenaje antiguamente) y nótase en todo este espacio, que si bien se han arruinado las construcciones que en él se encontraban, á juzgar por los innumerables restos que se hallan enterrados, distínguese un cuadrilongo bien prolongado que es un dilatado estanque de los que construían en el centro de los patios muy semejantes al de los Arrayanes. Siendo por ello acertadísimo suponer reducida la extension de estos pequeños alcázares; uno de los cuales, según las gentes refieren, era el palacio de Muza, recostado sobre las murallas, alfombrado por estanques, surtido por fuentes abundosas, limitado por estancias pequeñas que el tiempo ha arruinado ó convertido en montones de escombros, y cubierto de tierra en su mayor parte para sembrar en ella las hermosas flores que hoy descubre en lugar de los ricos y lucientes arabescos.
No hace medio siglo todavía que la Alhambra ocultaba bajo una numerosa población de tejedores de seda, alfareros y soldados veteranos, los vestigios incoherentes de la civilización muslímica, hasta el punto de no poder distinguir en ella lo que correspondía á los alcázares y fortalezas y lo que poseía esa multitud de familias pobres que la poblaban.
Bajo ese aspecto de grosero abandono se ocultaban lo mismo las obras de los árabes que las de los cristianos, y unas y otras principiaban á desmoronarse y confundirse de tal modo, que había llegado el tiempo de que no fuera fácil clasificar los edificios de cuatro civilizaciones que se habían alzado sucesivamente en ellas, representando la primera: La Alhambra alta y una antigua muralla interior que llegaba á la puerta del Vino, con un castillo aislado sobre el Mauror, bajo las torres de la Vela ó inmediatas; la segunda: ensanche de la Ciudadela ó Alcazaba, constituyendo un fuerte, al cual se entraba por la torre de las Armas, pasando estrechos viaductos según está indicado todavía, y uniendo este fuerte avanzado y la Alcazaba con la puerta del Vino por medio de la otra que había inmediata, llamada la Real, cuyos cimientos existen y la cual era entrada que comunicaba inmediatamente al bosque, antes que se construyera la de Justicia; tercera: el recinto exterior de esta puerta hasta Torres Quebradas, algunas de las del Palacio, las Cubbas del Panteón árabe y todo el exterior hasta los muros de Generalife, con acequias que elevaban el agua y se perdieron después, quedando la más antigua, que es la que todavía existe; la cuarta, por último, principia en la conquista y concluye en Felipe II, reconstruyendo murallas y haciendo nuevas, derribando almenas y sustituyendo tejados y malecones horizontales, revistiendo de piedras las argamasas de los cubos moriscos, sustituyendo lo viejo con lo nuevo é introduciendo la brocha del blanqueador en los entrecijos de las labores mahometanas.
Estos cuatro períodos se descomponen en doce siglos que dejan huellas indelebles; primero: en los cimientos imitados de las ruínas cartaginesas y fenicias, fraguados de piedras quebrantadas y mortero petrificado de sorprendente dureza, siglos VII y VIII, lo cual hacían con pura piedra de la más dura que tenían á la mano, y dividiéndolos en lechos horizontales, cortados perpendicularmente á largos tramos, como si figuraran los sillares ciclópeos de los monumentos asirios[54].
Segundo: período constructivo de piedra rodada y de escombros de acarreo, mezclados sin afinamiento á la cal y uniendo los ladrillos en tandas alternadas con piedras grandes ó restos labrados de construcciones más antiguas, como se ve en la Puerta del Vino, en las torres frente de Generalife y en los derruídos Alijares, cuya obra solían cubrir con agramilados de ladrillos y almadrabas.
Tercero: en las obras de argamasa de tierra cuarzosa y cal con pequeños cantos de piedra menuda rodada, apisonando una capa de cal y otra de arena sucesivamente, como ya hemos referido sobre los prolegómenos de Ben Jaldum, cubriendo esta fábrica con los claros de puertas y tragaluces de mármoles más ó menos finos y ladrillos vidriados; cuya estructura marca los siglos XIV y XV. Y cuarto: las obras de aristas de sillería y planchas marmóreas fuertes y uniformes, grandioso y duradero en su conjunto que se ve aquí conteniendo y recalzando los grandes macizos de los arábigos torreones. Épocas bien distintas que se descubren á poco que meditemos sobre la forma constructiva de cada período histórico.
Tal es el conjunto de la Alhambra, su desarrollo, su crecimiento y su ruína, restándonos entrar en los detalles interesantes, cuyas descripciones completan el bosquejo de este singular y pintoresco museo de la Edad Media en la Damasco de Occidente.
Principiemos por el primer monumento que se halla:
Pasado el Pilar del Emperador se descubre una gran torre cuadrada de setenta y cinco pies de altura, sorprendente por la magnitud y fortaleza de sus muros, y semejante á las que con igual objeto se han edificado por los musulmanes en África y Asiria. Delante de su arco principal veíase un muro enlazado con la Torre Redonda que hay á su pie, el cual marcaba una entrada en comunicación con otro camino que partía desde las otras torres del recinto. Ese arco elegante de la fachada descubre otro segundo de la misma forma y más ataviado con recuadros, rombos y dovelas de resalto en mármol blanco de Macael, sobre el cual se asienta una ancha inscripción de la misma materia, cuyo texto, enseñándonos su objeto y antigüedad, dice así:
«Mandó construir esta Puerta, llamada Puerta de la Ley (haga Dios por ella prosperar la ley del Islam, así como ha hecho de ella un monumento de eterna gloria) nuestro Señor el Príncipe de los muslines, el Sultán guerrero y justo Abul Hachach Yusuf, hijo de nuestro Señor el Sultán guerrero y santificado, Abul-Walid ebn Nasr. Recompense Dios sus acciones puras en el Islam y benigno acepte sus hechos de armas. Fué construída en el mes del engrandecido nacimiento (del Profeta) año 749 (Egira). Haga Dios de ella una potencia protectora, y la inscriba entre las acciones buenas y perdurables».
Este arco segundo que da entrada al interior, tiene una puerta con doble forro de plancha de hierro claveteada de pasadores y un enorme cerrojo con pestillos de forma morisca, conservada tan perfectamente, que puede juzgarse del estado de esta industria en aquel tiempo. Penetrando en el interior se ven los armeros de las cien lanzas que dejó establecidas aquí Don Fernando V. Encima de la puerta hay una labor de arabescos hecha de arcilla cocida y barnizada con esmaltes de colores, en cuyo centro se hizo abrir un nicho para colocar la imagen de la Concepción sobre una repisa, donde están grabados el yugo y las flechas, distintivo de aquel reinado. La escultura, aunque de poco mérito é impropia del lugar donde está colocada, se ha creído por algunos que era de Sangronis, pero nada conduce á esta afirmación. Lo mismo puede decirse del retablo en forma de oratorio que se colocó dentro para que oyeran misa los veteranos de esta fortaleza, y cuyos cuadros son de tan escaso interés que apenas merecen mencionarse (1588).
Llama la atención en el interior de la Torre una lápida de mármol con una inscripción, cerca del mencionado retablo, y de notable interés. Está trazada con caracteres góticos y dice así: «Los muy altos católicos y muy poderosos Señores Don Fernando y Doña Isabel, Rey y Reina nuestros Señores conquistaron por fuerza de armas este reino y ciudad de Granada: la cual, después de haber tenido S. A. sitiada mucho tiempo, el rey moro Muley-Hacen la entregó con su Alhambra y otras fuerzas á dos días de Enero de mil cuatrocientos noventa y dos. Este mismo día SS. AA. pusieron en ella por su Alcaide y Capitán á Don Iñigo López de Mendoza, Conde de Tendilla, su vasallo; al cual, partiendo SS. AA. de aquí, dejaron en la dicha Alhambra con quinientos caballos y mil peones; y á los moros mandaron SS. AA. quedar en sus casas, en la ciudad y sus alcarrias. Como primer Comandante, dicho Conde hizo hacer este aljibe». Se dice que esta inscripción estaba colocada en la inmediata plaza de los Aljibes sobre la gran cisterna que hay en ella, y que en tiempo del Emperador se trajo á este paraje para evitar que quedara bajo los escombros de los edificios arruinados; y á nosotros nos llama la atención cómo no se colocó en la puerta de la cisterna después de los citados hundimientos. Todo el mundo está en la creencia de que los aljibes á que se refiere son moriscos; pero nosotros que hemos penetrado en ellos, los creemos de construcción posterior á la conquista y en este concepto la lápida pudo ser de aquel sitio; mas siempre queda la duda de que los mismos descendientes del marqués de Mondéjar la variaran de lugar, y que en el tiempo que se hacía el palacio de Cárlos V no hubiera medios de dejar esta inscripción en su sitio, sobre los pilares de los pozos por donde se extrae el agua.
Como se ve, la torre es de mucha solidez y debió estar coronada de almenas como las demás de la fortaleza, con cuyo remate sería más elegante. Sus bóvedas y sus arcos son del mejor período sarraceno. Está acribillada de balazos de arcabucería por uno de sus costados, y es la más directa comunicación entre la Alhambra y la Ciudad.
Debemos ocuparnos aquí de los dos emblemas ó símbolos que se ven en las claves de los arcos de entrada: la una tiene esculpida una mano y la otra una llave. Bellísimos cuentos se han escrito sobre estos símbolos, que conocidos entre los más, figuran que los árabes tenían tal idea de su poder y confianza en la ley, que estaban persuadidos de que hasta que la mano esculpida bajase á tomar la llave, no podría abrirse la puerta de este Alcázar á los enemigos de su fe. Pero hemos visto esta misma llave cincelada en otras puertas, y hemos buscado en otro fundamento su significación. En el Korán se lee: «Dios no entregó las llaves á su elegido con el título de Portero y con facultad de dar entrada á los enemigos.» Era, pues, el signo principal de la fe muslímica y representaba el poder de abrir y cerrar las puertas del cielo. Se asegura que la mano también era un blasón de los moros andaluces que usaban en sus estandartes y banderas desde la entrada en España, alusivo á Gebel-al-tarif ó Gibraltar, Monte de entrada, como poseedores de la llave que abrió sus puertas.
Debemos también consignar que según la astrología arábiga, ciencia tan enlazada á toda la teología mahometana, la mano conjuraba los maleficios, y cuando se colocaba en la forma que aquí tiene, ahuyentaba á los demonios. Era una especie de talismán que llevaban en Granada casi todas las moriscas, y que produjo una Real cédula de la Reina Doña Juana, año 1526, prohibiéndoles severamente que se colgasen estos amuletos con letras árabes en ninguna parte del cuerpo. Años y siglos después de la Reconquista se ha creído por el vulgo en la eficacia de estos remedios, y en nuestros días hemos visto á muchos niños con manecitas de marfil colgadas al cuello.
Los geroglíficos que heredaron los árabes de los egipcios, figuraban la mano en la forma que tiene en este arco, como atributo de fuerza; los árabes la creían mano de Dios, y explicaban la ley muslímica compendiada en la mano como unidad, los cinco dedos como preceptos primordiales y las coyunturas como las modificaciones de estos preceptos. Nos inclinamos á que aquí significa siempre defensa poderosa contra los enemigos en cualquier forma que tratasen de forzar la entrada.
El arco de salida de esta torre, por el reverso ha estado cubierto y desfigurado hasta el año 1858 en que lo descubrimos, hallándolo tan mutilado como se observa. Sus enjutas son de esmaltes sobre relieves de arcilla, y su construcción de ladrillo agramilado rojo, formando festones de bella combinación. Es uno de los vestigios más interesantes de esta hermosa torre[55].
Al pasar la calle que hay detrás de la Torre Judiciaria, se nota á la izquierda y en el muro antiguo, un revestido de hiladas de piedras en cuyo grueso conservan labor de cintas enlazadas, á semejanza de las que había en los monumentos que hemos citado de la segunda época. ¿De dónde han sido arrancadas estas piedras para restaurar las murallas? Colocadas muchas en parajes modernos y renovadas en los tiempos nazaritas del siglo XV, debían proceder de construcciones arruinadas antes de la Reconquista, y dan lugar á suponer si el primer incendio de que nos habla vagamente un legajo del archivo, destruiría el edificio de donde proceden, como también podían ser de la Gran Mezquita que se derribó para hacer la iglesia de Santa María. Hemos estudiado la forma de estas piedras y todas son iguales en espesor y en ornato; parece como que guarnecerían, á manera de fajas, las principales torres por debajo de las almenas, y que al derribar éstas las arrancaron para reemplazarlas con el remate albardillado de sillería que tienen hoy. Existe en la Torre de los Picos un filete, aunque en figura de escocia, que nos induce á suponerlo así. Añadiremos sobre estas antiguas fajas de piedra, que los persas las usan mucho en las fachadas de las mezquitas, puestas en hiladas como se colocan los ladrillos, y después de haberlas labrado tan minuciosamente como aquí se ven. Las llamaban Kiddan, y son adornos de procedencia asiria.
Siguiendo la referida calle se encuentra la plaza que hoy se nombra de los Aljibes y antiguamente del Pablar, situada á una altura de cerca de 450 pies sobre el nivel del centro de la población; á la derecha se levanta una antigua puerta de arco de herradura, decorada por ambos lados y con tanta belleza, que es uno de los mejores ejemplares del estilo clásico, sujeto á dos maneras de construir: una con los más finos arabescos de tierras vidriadas en colores hermosamente combinados, y otra de sillarejos angostos muy bien cortados y distribuídos con admirable precisión.
En la clave del arco exterior hay grabada la forma de una llave, emblema de puerta de ciudad según el uso muslímico, y por dentro de la archivolta se notan los restos de la misma puerta que debió cerrar la entrada por este lado, corroborando lo que hemos dicho, que se hallaba abierta en la segunda cortina de muralla que había en el recinto de la antigua población de la Alhambra, cuyos fragmentos se hallan cuando se remueve el pavimento de la plaza, donde hay cimientos de casas á una respetable profundidad, y las cuales se derribaron para allanar el terreno en la construcción del palacio de Carlos V.
Cerca de la Puerta del Vino, y al terminar la citada calle, había otra puerta de arco, que se conservaba todavía á principios del siglo último. Hemos visto al derribar unas casillas modernas que se habían hecho arrimadas á la muralla, los cimientos de ella, uniendo la Alcazaba al arrabal de Garnata, como ya hemos dicho. Se llamaba Puerta Real.
La inscripción de la Puerta del Vino dice así[56]:
«Me refugio á Dios, huyendo de Satanás apedreado. En el nombre de Dios clemente y misericordioso. La bendición de Dios sea sobre nuestro Señor y dueño Mohamad y sobre su familia y compañeros: salud y paz. Ciertamente te hemos abierto una puerta manifiesta para que te perdone Dios tus pecados pasados y venideros, y te otorgue su cumplida gracia, y te dirija por el camino recto, y te conceda su poderoso auxilio. Gloria á nuestro Señor el Sultán Abú Abdil-lah Algani bil-lah, Gloria á nuestro Señor el Sultán Abú Abdil-lah Algani bil-lah».
Algani bil-lah era el epíteto que llevaban muchos reyes de la España árabe y que más particularmente se dió á los de Granada; pero esta inscripción debió colocarse en el asiento de otra que sería de piedra como el resto de la decoración y que fué reemplazada por la de yeso que hoy vemos, cosa que hicieron muchas veces los árabes en los monumentos, para borrar la memoria de monarcas injustos ó usurpadores.
Pasando esta puerta y continuando como unos veinte metros antes de llegar al ángulo del palacio de Carlos V, había en el siglo pasado un gran olmo, que según la tradición de los moriscos que habitaban Granada cincuenta años después de la conquista, era el mismo bajo el cual el mufty daba audiencia á los que la solicitaban de los reyes moros. La casa de este ministro de la justicia estaba muy cerca, y aun suponemos, con el apoyo de la misma tradición, que debía hallarse el árbol en el centro de un gran patio, el cual era el primer monumento que se veía entrando á la segunda muralla que, como ya hemos dicho, terminaba en la Puerta del Vino.
Al viajero que llega á esta explanada le sorprende ver un palacio de estilo greco-romano del siglo XV alzarse por un lado con aspecto un tanto majestuoso y rico y por otro las rojas y formidables torres de la Edad Media, imponentes baluartes que parecen faros levantados sobre rocas para alumbrar la ciudad extendida á sus pies. Un castillo ó alcazaba, una hermosa puerta árabe, almenas y baluartes arruinados, una casa moderna, jardines y el palacio de Renacimiento, forman ese conjunto que choca á la vista, donde nadie espera hallar más que los recuerdos de una época caballeresca de lucha incesante entre dos civilizaciones, y en vez del encanto melancólico que sentiríamos al hallarnos en medio de esta que fué inexpugnable fortaleza, encanto que es necesario ir á buscar al fondo del palacio de Alhamar, nos encontramos la planta altiva de un conquistador cristiano, impresa en el centro de la Alhambra. Á un mundo fantástico, sueño de siete siglos despierto entre minaretes, anditos, arriates y cármenes, con la sombra de Almamen discurriendo por el campamento, los subterráneos y los adarves, han sucedido con sorpresa los recuerdos traducidos en mármoles de las glorias de Flandes y de Italia, fuerte contraste que nos hace exclamar: ¿Por qué el emperador no mandó construir su palacio lejos de este sitio respetable?
En el centro casi de la Alhambra se alza un sencillo templo que realmente no tiene más interés que el recuerdo de lo que era en su origen. Lo que existe se fundó en 1581 y se concluyó en 1613, siendo su director Juan de la Vega, y habiéndose observado al construirlo, que en sus cimientos había restos y pedazos de obras más antiguas que de los árabes[57]; pero no se dice más en el pliego suelto referente á la obra de esta Iglesia.
Había antes en este mismo sitio una mezquita que se titulaba la Real del Alcázar, fundada por Mohamad Abdallah III, de la casa de Nazar, la cual estaba pintada de azul y oro con muy altos frisos de mosáico, y con elegantes columnas y capiteles que fueron habilitados para colocarlos en el Alcázar. El rey Mohamad sostenía en ella un riquísimo y ostentoso culto y ardían continuamente cincuenta lámparas labradas de bronce, nácar y concha, con trasparentes de seda. Se sostenía su lujo con los réditos que producían algunos baños públicos, construídos para este objeto, y también con las contribuciones impuestas á judíos y cristianos por tolerarles sus usos y costumbres; además estaba dotada de rentas permanentes; así lo cuenta Alcatib Abssalemi. Sabemos también que en 1493 se bendijo y consagró al culto cristiano como iglesia mayor, y que á la fecha de su demolición se hallaba tan ruinosa su techumbre de madera y se habían roto sus alfardas de tal modo, que fué preciso derribarla en 1580.
Á la izquierda de este edificio había en los tiempos mahometanos un grupo de casitas cerca de la Puerta de los Carros, de las cuales una era la del Mufti, no conservándose más de ella que las dos lineas de cimientos señaladas en nuestro mapa. Además, dice Echevarría, que conoció un árbol en este sitio, bajo el cual, y según la tradición, se administraba justicia á la hora de las abluciones y rezos; pero nosotros hemos oído á un antiguo veterano de la Alhambra, que dicho árbol lo conoció muy cerca de la puerta alta que tiene la Torre de la Justicia que ya hemos citado. Sea de esto lo que quiera, lo cierto es que en toda esta plaza había construcciones árabes de no poca importancia sobre la segunda muralla interior, y que se derribaron para la obra del emperador.
En uno de los costados de esta iglesia hay una losa de mármol de Macael, clavada en el muro, con una inscripción gótica que alude á la consagración de tres templos dedicados á San Esteban, San Juan y San Vicente, del tiempo de los reyes Viterico y Recaredo. Dícese que fué hallada cavando los cimientos de la iglesia, lo cual viene á confirmar la creencia en la antiquísima población.
En lo alto de una columna de piedra colocada en la plataforma que la circunda hay un tarjetón con este letrero:
«Año de MCCCXCVII. Á XII de Mayo reinando en Granada Mahomad[58], fueron martirizados por manos del mismo Rey, en esta Alhambra, Fray Pedro de Dueñas y Fray Juan de Cetina, de la orden de P. S. Francisco, cuyas reliquias están aquí: Á cuya honra de Dios Nuestro Señor se consagra esta memoria por mandado del Ilmo. Sr. D. Pedro de Castro, Arzobispo de Granada, año MDCX».
Cuéntase sobre este martirologio, que eran dos los cristianos que venían á la Alhambra furtivamente, y se colocaban en la puerta de la mezquita para predicar á los moros que entraban en ella; que una vez los vió el Sultán y mandó arrojarlos de allí, los vió segunda vez y dispuso que los castigaran á palos; pero que habiendo penetrado tercera vez sin ser vistos y contra lo mandado, dispuso el rey que les quitaran la vida para escarmentar la osadía de los pobladores cristianos de esta comarca.
Este templo estuvo bien dotado y era el metropolitano antes que se construyera la Catedral. Hoy ha venido á un estado deplorable, y es sólo un vago recuerdo de los tiempos visigodos y mahometanos.
Continuando desde Santa María por una calle de miserables casas, que conduce hacia lo más elevado de la fortaleza, llegamos al indicado Convento. Su capilla mayor no fué nunca parte de una mezquita, sino una sala árabe con alhamíes y arcos parecidos á los del Tribunal; pero en uno de sus cuatro lados abrieron un arco más grande para ponerla en comunicación con la nave de la Iglesia, cuyo rompimiento es una curva rebajada con decoración procedente de los arabescos del Palacio. Aunque damos el crédito que se merece á los notables escritores Padres Gonzaga y Sigüenza, cuando aseguran que este convento fué una mezquita, nosotros creemos que estaría la dicha Aljama cerca de él, ó en porción de sus muros; pero que la mencionada sala árabe, á juzgar por su estructura, no pudo ser parte de la mezquita citada. Operarios moriscos, á las órdenes de Fray Fernando de Talavera, arreglaron el edificio árabe antes de su reconstrucción en el siglo XVIII, y el citado fraile pidió y obtuvo de los Reyes Católicos la cesión del edificio, año de 1493, para establecer la primera congregación en Granada.
Hemos hallado en algunos muros interiores de las crujías del convento y bajo las costras de yeso, preciosos arabescos con sus colores antiguos, y además alicatados de mosáicos tan bellos como los mejores que se han visto del género musulmán. A los estanques cuyos restos se observan en la huerta del Convento se les da todavía el nombre de baños de los Infantes, y pueden verse los cimientos de construcciones árabes que había enlazadas con este edificio.
Cuando hacia el año de 1530 se hicieron las obras primeras del patio de Lindaraja y se colocaron las columnas árabes de mármol blanco, que hay en él, se trasladaron muchos materiales del citado convento y mezquita á dicho patio, así como al inmediato de los cipreses, y ellos sirvieron para levantar parte de estas obras cambiando el aspecto de los jardines y ocultando la torre del Peinador.
En la Iglesia estuvieron depositados los cadáveres de los Reyes Católicos, hasta que se trasladaron á la Capilla Real. También sirvió de sepultura á la familia del marqués de Mondéjar.
Fray José de Cañizares copió y tradujo las inscripciones que halló en todo el edificio, año 1690, y se ocupó de las piedras escritas que se han perdido; después Iranzo asegura (1759) que las vió y estuvieron en su poder las copias. De cualquier modo, las crónicas árabes cuentan que en este sitio fueron enterrados cinco emires, entre ellos el fundador Alhamar, en una caja de plata, y no sabemos si se referirían á esto las inscripciones halladas por Cañizares. Ello es que cuando se instaló el Convento, el edificio era morisco y fué hundiéndose poco á poco, aplicándose sus vestigios al palacio árabe; que en su Iglesia se enterraron los primeros Alcaides ó Capitanes Generales, y muchos personajes que combatieron la rebelión, y que su próxima ruina augura descubrimientos importantes. Hoy se está hundiendo, y se ha hecho una ligera reparación para conservar la parte arabesca, lo cual será insuficiente si no se acude con otros medios.
La de la Cautiva es una preciosa habitación del más puro y delicado ornamento prodigado con un lujo extraordinario y brillante. Hemos seguido en el año 1876 la restauración que en ella empezamos el 73, y aunque sin terminarla, hemos conseguido que pueda visitarse y verse en su estrecho recinto una verdadera maravilla de aspecto y buen gusto. ¡Con qué hermosura se hallan distribuídos sus atauriques y engalanadas sus puertas! Su pequeño recinto nada le quita á lo esplendente de la elegante vestidura, y en ella se ansía poseer tan bella estancia para nuestras horas de contemplación. ¡Qué lástima encontrar sus artesonados, puertas y vestíbulo destruídos el año de 1810 por los soldados de la invasión francesa!
No tiene más que un pequeño ingreso, un patio con cuatro pilares muy reducido, dejando un cenador con alhamíes y alacenas decoradas de bellísimos ornatos, y un arco en el centro que da paso á la sala cuadrada, con los tres nichos ó ajimeces restaurados. Sus inscripciones se refieren á Abul Hachach Yusuf III de la dinastía de los ben Nasr, y con efecto, parece su arquitectura de esa época[59].
Le han dado el nombre de Torre de la Cautiva porque fué la prisión de Doña Isabel de Solís, donde la visitaba el monarca moro; y en el romance suponen, que para librarse de las seducciones amorosas de aquél, se descolgó desde la ventana que está á la derecha, por cuyo ajimez habían entrado los cristianos para asesinar al rey moro y vengarla del cautiverio[60].
Son especialmente delicados los ornatos de la sala cuadrada, y conservan parte de los brillantes colores y oro con que estaban iluminados. Los azulejos son más variados en el color que los de la Casa Real. Tiene multitud de inscripciones entre las que se leen las suras 112 y 113 con esta especie de profesión de fe que los mahometanos oponen al Misterio de la Trinidad: «Dios es único, eterno, ni engendró ni fué engendrado, ni tiene semejante alguno...»
En metro kamil y alrededor de la inscripción en la anterior faja dice:
«Es una torre defensiva[61] que se presenta á nuestra vista, y que contiene en su interior un alcázar[62] resplandeciente como la luz de una hoguera.
»En ella hay obras primorosas, sobre cuyo origen se disputa (por no saberse) si proceden de una sola, única en su género, ó de una sola pareja.
»Hay labores de azulejos en sus paredes y en su pavimento[63] que parecen labores de brocado...
»... Cuando aparece en ella el nombre de nuestro Señor Abul Hachach.
»Poseedor de la grandeza, de la bravura y de la generosidad: auxilio del que implora, benéfica lluvia del que espera.
»De la familia de Saad, de los ben Nasr, de los que ayudaron y dieron hospitalidad al Señor de la escala[64].
»La bendición de Dios sea sobre él; salud y paz».
En cada ángulo, alrededor de la inscripción cúfica, hay un verso semejante al anterior, que constituye parte del poema.
Nos ceñimos á publicar aquí otra de las cuatro, que describe algo de la parte artistica:
«Esta obra ha venido á engalanar la Alhambra.
»Es una morada para los pacíficos y para los guerreros.
»Una torre defensiva que tiene en su centro un alcázar. Dirás al verla: es una fortaleza y á la vez una mansión de alegría.
»Es un alcázar en el cual el esplendor se halla repartido entre su techo, su suelo y sus cuatro lados.
»En el estuco y en los azulejos hay preciosas obras; pero las labradas maderas de su techo aún son más elegantes.
»Fueron reunidas y después de su unión son más á propósito para la victoria que tiene en ella el más elevado lugar.
»Ha reunido obras poéticas en que hay paronomasias, trasposiciones... y juegos de palabras.
»Se nos manifiesta sin prodigios en el rostro de Yusuf que es donde todas las hermosuras han alcanzado el mayor grado de perfección.
»De Jazrell procede su gloria más eminente, sus altos hechos en pro de la religión...»
Lo demás está ininteligible por mutilaciones, y no continuamos porque se repiten muchas ideas de las ya publicadas; sólo apuntaremos que alrededor de la ventana del frente dice:
»Gloria á Abul Walid Ismail, el mártir santo, objeto de la misericordia divina, etc.» Se refiere á Ismail I, el que fué asesinado por su primo Mohamad, Señor de Algeciras, en 1325.
Damos la preferencia á esta Torre, por tener mejor distribución, más elegancia en su aspecto central, adornos colocados con más sencillez, y la pureza toda que distingue al género clásico en la manifestación del arte. Los que han querido estudiar á fondo las obras árabes no han olvidado ésta. Obsérvase que hay en ella todas las comodidades que exije la vida oriental: un zaguán con techo de bóvedas de arista, muy raro; la entrada á un costado para que no se descubra desde fuera el interior del edificio; nichos á manera de alacenas para centinelas de eunucos ó esclavos; pequeño cuarto del guardia; ingreso y sala principal con fuente en el centro, desde la cual, á derecha, izquierda y frente se pasa por hermosos arcos lobulados, á las alcobas de los divanes perfectamente abrigadas y cómodas: en el segundo piso, otras estancias para las mujeres, más reservadas todavía, y en la azotea ó terrado, bellísimo paisaje de donde se descubre principalmente á Generalife y los enormes muros de argamasa que sostienen los jardines en forma de mesetas.
Un ligero croquis de planta y alzado que publicamos, conservará la memoria de este monumento.
A principios de este siglo se le hundió el techo de lacerías geométricas que tenía, así como las ocho ventanitas por las cuales recibía la luz. Había en el segundo cuerpo cuatro ajimeces de los cuales se conservan los dos más grandes y los claros de los pequeños. ¡Qué ornato tan bien repartido: cartelas, tableros de agramil, fajas y frisos del mejor gusto; los arcos lobulados con su intrados sencillo y elegante! Falta la ventana de dos arcos del extremo del eje central, el pavimento y muchos mosáicos.
Esta sala, como la anterior, la tenemos incluída en el plan general de restauraciones que nos mandó hacer el Gobierno, para llevarlo á efecto tan pronto como se concluya la obra del Palacio árabe. Es, sin duda, uno de los monumentos que hay en Granada más dignos de conservarse porque se presta á ser reproducido, y servir con ligeras modificaciones á las comodidades de la vida moderna.
La más importante inscripción que posee, es una que dice:
«Gloria á nuestro Señor el Sultán Abu Abdi-lah Almostagni bil-lah».
Es una construcción defensiva que guarda la Puerta de Hierro. En su interior tiene tres cuerpos y una hermosa tarbea cruzada por dos arcos apuntados que forman su techumbre. El exterior conserva detalles de los que han sido despojadas las demás torres de la Alhambra. Los Picos, que le dan nombre hoy, son las almenas que había en todo el recinto de la fortaleza. Sus ventanas de piedra son del puro estilo árabe. La puerta y las torres que la defienden hacen un conjunto misterioso y fantástico donde se ha inspirado la pluma de Washington Irving para describirnos á aquel poderoso y rico judío Almamen, que se deslizaba durante la noche por este sombrío lugar, para ir en busca de los medios de venganza que premeditaba contra el seductor de su hija.
Más allá se ven unas bóvedas casi llenas de escombros que fueron las caballerizas del conde de Tendilla, y antes, el alojamiento de un cuerpo de caballería africana que guardaba la entrada.
Hemos descubierto últimamente en esta torre que las dos curvas ojivales que se cruzan en la tarbea, son modernas, que tiene arcos vestidos de arabescos, y pinturas en los paramentos y bóvedas cubiertas por el yeso y el humo.
Entrando luego en un estrecho callejón, hay un pequeño huerto donde se conserva una preciosa mezquita de bello y hermoso decorado; pero que ha tenido la desgracia de haber sido pintada tan mal y tan groseramente, que ha perdido esa encantadora delicadeza proverbial del arte mahometano. La ornamentación que la han colocado exteriormente es también falsa, pero en cambio de estas reparaciones lamentables, el lector puede gozar lo bien compuesto de este estrecho recinto y su elegante techo de lazos y ensambladura. ¡Cuán hermoso sería con sus perdidas filigranas de rojo, azul y oro, y el arco del alquibla ó santuario que está en el centro del frente principal hoy manchado torpemente!
Mihráb... como se decía por los árabes y también por los cristianos en su aljamía, era el lugar habitado por el espíritu de Dios ó de la oración recomendada por el Profeta; y se nota aquí, que vueltos hacia Oriente miraban el testero donde se guardaban los libros santos. La casita, también restaurada impropiamente, que hay unida á él, no tiene más que las habitaciones precisas para el santón, y hoy han colocado en una de ellas con el buen propósito de conservarla, la inscripción completa que había sobre la Puerta de la Casa de la Moneda, la cual tuvo el sano gusto de comprarla el propietario de esta finca, así como los dos grandes leones de piedra de Elvira que había en el mismo edificio[65], colocados á las dos cabeceras de un estanque abierto en el centro del Patio. Estas esculturas parecen hechas por artífices asirios; tal es el aspecto que tienen semejante al de los leones alados de los templos de Nínive. Sus melenas de rayas simétricas, sus colas como el tallo de un arbusto, los pliegues uniformes de sus cabezas y el carácter arquitectural de sus patas y garras, les dan la fantástica concepción de aquellas extrañas figuras de la antigüedad babilónica. Bien merecen ser guardadas en un museo para que no puedan desaparecer fácilmente.
Han colocado en el exterior de la mezquita varios escudos y un letrero que dice: «Fué esta la morada de Astasio de Bracamonte, escudero del conde de Tendilla.» Con efecto, este primer Alcaide de la Alhambra vivió en el palacio inmediato, cuyos cimientos apenas hoy se distinguen en la Huerta de enfrente.
Enfrente se ven ruínas de murallas árabes repartidas de modo, que dejan entrever la traza de un edificio con estanques, subterráneos, cimientos y todo lo que puede indicar la existencia de un palacio de alta importancia. ¿Pudiera ser la casa del wacir Muza, personaje fantástico que se celebró en los romances[66], por no haberse querido rendir á los conquistadores? Después de tres siglos se oyen éstas y otras tradiciones interesantes, y el nombrado poeta americano dice que salió aquél de su casa por la Puerta de Hierro seguido de veinte jinetes, y pasando Fajalauza tomó el camino por el cual no había de volver jamás. Sea de esto lo que quiera, nosotros sabemos ciertamente que en 1796 se vendieron los últimos restos artísticos de este palacio, entre los que había columnas, fuentes y losas de mármol.
Sobre la muralla y más al Norte se halla esta almunia que pertenece hoy á un particular, y á la cual se han dado diversos nombres, como Baño de Damas y Casa de las Odaliscas, hasta que hemos leído en Ben-Alkatif que fué el palacio que construyó Ismael para la sultana Olva, cuyo dato es el más verídico.
Su construcción y embellecimiento es del mejor gusto morisco. Todo el jardín que tiene delante lo ocupaba una hermosa alberca, cuyos cimientos se conservan todavía. La casa ha sido tan reparada y cambiada en su estructura, que apenas hoy puede señalarse con exactitud la primitiva forma y dimensiones. Parece, sin embargo, que era un vestíbulo, cuyo techo se ve hoy en la antesala del piso segundo, largo y estrecho, del cual se pasaba á una sala cuadrada de mucha altura, dividida ahora por un suelo para conseguir de ella dos habitaciones. Sus mosáicos y arabescos han sido cubiertos de una espesa capa de pintura al aceite, de color grosero y caprichosamente repartido; nótase, sin embargo, bastante belleza en la antigua decoracion, en el artesonado de madera y en otros accesorios que fueron bárbaramente estropeados. Esta casa pertenecía, no hace todavía cincuenta años, al Real Patrimonio, y fué vendida por una corta suma, inferior á su verdadero valor arqueológico.
Lo más notable de ella es la torre ó mirador que está revestido de los adornos más preciosos, delicados y menudos de toda la Alhambra, los cuales se conservan regularmente y los recomendamos como la mejor muestra del trabajo arabesco. Alternan en ellos las letras cúficas y africanas con motes y versos que están incompletos, entre los que se lee un pequeño poema, como todos lleno de fantasía.