Testero del Patio del Estanque.

La restauración de 1590, por Miguel de Luna, se fijó principalmente en la galería de los tres cuerpos y en toda su yesería; se repuso toda la parte de azulejos por el maestro azulejero Antonio Tenorio[83], fabricante en la misma Alhambra, según el sello hallado en algunos tiestos del Secano, y se colocaron rejas de hierro rompiendo las inscripciones.

En la del año 1691 se taparon muchas puertas del patio; se hizo una armadura colosal y pesadísima sobre el claustro que arrima á la torre de Comareh, la cual estuvo colocada hasta el año 1857, cubriendo toda la sala de la Barca y cobijando las dos torres almenadas; también fué embaldosado con una multitud de piedras blancas, procedentes de inscripciones raspadas que habían servido á otros monumentos, las cuales eran en número de 147, y formaban grandes pedazos, cuyos letreros fué imposible descifrar[84].

En todo el siglo XVIII y principios del actual, ha perdido este patio la mayor parte de sus azulejos, la puerta de la sala de la Barca y sus comarraxias ó yeserías moriscas y fué, por último, convertido su estanque en lavadero público, y sus enclaustrados servían de taberna á las gentes que todavía el año 1833 subían desde la población, para jugar á los náipes, bajo sus bellísimos artesonados.

Los diversos períodos de las obras los hemos reconocido en el año 1850, desde cuya fecha y sin descanso, hemos restaurado toda la galería del lado Norte por la entrada á la torre de Comareh, en sus arabescos desprendidos, que eran muchos; hemos construído cubiertas, restablecido el sotabanco medio ruinoso, reparado las torres cuyos pavimentos quedan aun como testimonio de los antiguos, y arrancado la enorme y pesada techumbre ya citada, en cuyo paraje se restablecieron las almenas, según los fragmentos que se han hallado en los rellenos de las obras modernas. Su asiento indicado sobre la muralla de la pared vieja nos ha dado la evidencia de este ornato, por otra parte visto en los patios de la Mezquita de Córdoba. Hemos restaurado también los arcos de las puertas pequeñas, que se hallaban destruídos, las impostas, frisos, arranques, y sobre todo, la inscripción en doce versos sobre las almadrexas[85] de las dos galerías, habiendo repuesto los ocho que se perdieron y que hemos tomado del texto de Castillo[86], haciéndolos reproducir en ambos lados con los mismos caracteres africanos y signos diacríticos, con cuya restauración puede leerse hoy esta hermosa poesía, metro tawil, la más interesante del sitio; las otras que hay esparcidas entre los arabescos son salutaciones alkoránicas y alabanzas.

He aquí la traducción de aquélla:

«Bendito sea el que te concedió el mando de sus servidores y ensalzó por tí el Islam cumplida y benéficamente».

«¡Cuántas veces te acercaste por la mañana á las ciudades de los infieles y fuiste por la tarde árbitro de la vida de sus habitantes!»

«Les impusiste el yugo de los cautivos y amanecieron en tu puerta construyendo los alcázares, como servidores tuyos».

«Conquistaste á Algeciras por fuerza de armas, y abriste al socorro[87] una puerta que estaba cerrada».

«Y antes conquistaste veinte lugares é hiciste todas sus riquezas bienes de tus ejércitos».

«Si á escoger se diese al Islam lo que más desea, ciertamente no escojería, sino que vivieses y fueses salvo».

«Y verdaderamente resplandecen las flores de la grandeza en éste tu asiento donde la mano de la liberalidad se contenta».

«Y sus retratos aparecen cada vez más claros como perlas compuestas ó esmaltadas».

«Oh hijo de la excelsitud, de la fortaleza, de la generosidad, que aventajas en altura á las estrellas, en su apogeo».

«Te has elevado en el horizonte del imperio con la clemencia, para iluminar lo que estaba envuelto en las tinieblas de la tiranía».

«Has asegurado las débiles ramas del soplo de la brisa, y has impuesto pavor á las estrellas en el centro del cielo».

«Pues si la luz de las estrellas es trémula, solo es por miedo, y si las ramas del ban se inclinan, es para dirigirte acciones de gracias».

En la reparación de las almatrayas de sus paredes, hacia 1829, trastornaron algunas inscripciones de los cuadros de las puertas grandes, cortándolas por medio para colocarlas de nuevo, lo cual tenemos proyectado corregir con otros accesorios de la misma época.

La tradición, que cuando no se remonta á épocas muy lejanas, suele revelar mejor que ciertos documentos la realidad de los hechos que se buscan, en ninguna parte como en la Alhambra nos ha ayudado muchas veces á descubrir testimonios de acontecimientos, que despreciaron como patrañas los historiadores más notables.

Cuenta ésta, que la mayor parte de las escenas que desde Muley-Hacen aceleraron la destrucción del reino de Granada, ocurrieron en este patio y muy cerca de la puerta hoy restaurada que da paso á los subterráneos del palacio de Carlos V. Que el titulado monarca el Zagal se lamentaba, á la vista del estanque, sentado bajo la citada galería y rodeado de sus mujeres, de las desdichas que habían de sobrevenir á los muslimes y se refería en sus quejas, á poesías atribuídas á los últimos reyes, las cuales se recitaban en este mismo paraje[88] por una esclava nombrada Marian.

Sin duda la puerta citada daba paso á un edificio que ya no existe, pero cuyos vestigios lo atestiguan. El dorso del muro demuestra que había una construcción de tres cuerpos de alzada, sin semejante en ningún otro sitio del Alcázar, y en extensión á lo menos de 30 metros de largo por 15 de ancho en su parte media, y que contenía aposentos propios para las más escondidas habitaciones, en las cuales vivían los reyes con más comodidad durante el invierno que la que podía ofrecerles el resto del Alcázar. De aquí procede que aquellas tradiciones sostengan desde el fin del siglo XVI la existencia de dicho palacio de invierno, y que á las últimas escenas en la morada de Boabdil y de las referidas canciones se les haya asignado este sitio poético.

Por otro lado sabemos que un tal Juan de la Vega, el año 1524, contrató el derribo de la parte quemada del palacio, junto á la entrada, incendio atribuído á los soldados[89], y por consiguiente antes de la fecha en que se principió el palacio del emperador; lo cual prueba que existía esa parte de palacio destinada á invierno, según los relatos de los moriscos, quedando á salvo la responsabilidad grave que pesaba sobre los primeros artistas encargados de levantar la obra moderna, los cuales probaron en diversas ocasiones el aprecio que les merecía la Casa Real vieja, como llamaban al palacio árabe, conservándole su carácter, según consta de los contratos y condiciones de aquellas obras. Nosotros hemos visto además, reconociendo los cimientos del palacio del emperador, restos de un muro que hace línea con el foso de la Sala de Abencerrajes, el cual continúa hasta cerca de un pequeño aljibe antiguo colocado en el patio redondo. Desde dicho muro hacia la mencionada casa vieja, el terreno está cortado y lleno de escombros hasta llegar al nivel del Patio del Estanque.

Sala de Embajadores.

Sala de Embajadores y vestíbulo de la Barca.

Es la más espaciosa de la Alhambra, y la que ha sido más celebrada por sus tradiciones. Hay en ella cierta grandeza en la que parece como que los árabes se excedieron á sí mismos, dándole la magnitud de los edificios romanos y la elevación de los góticos. Quizá á todo rigor no haya en su conjunto más belleza que la que notamos en las de las Dos Hermanas y de Abencerrajes, no obstante poseer una esplendidez decorativa, un atrevimiento de construcción en el artesonado y una distribución de líneas tan bien ordenada, que difícilmente se encuentra en aquellas, donde si se quiere, la ornamentación es más fantástica y risueña.

Por un arco de colgantes formados de dos festones casi rectos que se cruzan en la clave, entramos en una pieza trasversal de forma elegante, cuyas dos extremidades terminan en mexuares facheados con hermosísimos arcos de atarjas y hornacinas, apeados sobre cartelas ó ménsulas que á su vez lo están en graciosas columnas apilastradas con filetes de jáiras. Este arco de ingreso parece más propio del género bizantino en el ornato de sus enjutas, compuesto de ramas de encina, y piñas dibujadas á la usanza griega como las de los adornos germánicos del siglo XI. Observando estas enjutas con cuidado, se hallará que no tienen semejanza con las del arco grande de los claustros del patio ni con otras de la Alhambra, á no ser con las de las puertas más antiguas del palacio, que son del mismo género. Las impostas, entre letreros cúficos y columnitas, ostentan mejor el estilo primitivo, y es difícil darse razón de la causa de este accidente. Bajo las citadas impostas ó arranques hay dos hanias ó pequeñas takas que los árabes colocaban siempre á la entrada de las habitaciones y también á uno y otro lado de los claros de ventanas y menazires; son de piedra de Macael bastante trasparente, y están guarnecidas de inscripciones que dicen haberse hecho esta obra en tiempo del fundador de la dinastía Abu Abdil-lah Mohamad, primer descendiente de los nazaritas; y como están talladas en la piedra, no es fácil que hayan sido cambiadas como al parecer se ha hecho con otras labradas en el estuco. He aquí la traducción:

«Soy como el asiento engalanado de una esposa dotada de belleza y de perfecciones».

«Mira este vaso, y conocerás la exacta verdad de mis palabras».

«Contempla con atención mi diadema: la encontrarás semejante á la aureola de la luna llena».

«Ebn Nasr es el sol de este orbe en esplendor y belleza».

«Perpétuo sea en su elevado puesto, seguro de la hora del ocaso».

En el nicho de la izquierda:

«Soy un glorioso monumento para la plegaria; su dirección es la de la felicidad».

«Te parecerá este vaso un hombre de pie, cumpliendo con la oración».

«Y que apenas la concluye se apresura á repetirla».

«Por mi señor Ebn Nasr ennobleció Dios sus servidores».

«Pues le hizo descendiente del señor de la tribu de Jazrech Saab Ebn Obada[90]».

Sobre este último verso debemos decir que la liberalidad es entre los árabes la obligación de dar agua; y que esta palabra, tan repetida en el Alcázar, tiene mucha relación con la abundancia de alacenas y nichos donde se colocaban los jarros para el agua de beber, ó las alcarrazas y almofias de latón para las abluciones. Esto destruye la creencia muy vulgarizada hoy, de que las mencionadas takas eran para colocar las babuchas ó chinelas.

En las poblaciones del África septentrional, se encuentran estos nichos dispuestos para contener jarros con agua, y algunas veces los dividen con bazares, en los cuales colocan los almofares y cimitarras, los libros de sus kasidas ó poemas, los amuletos y los candiles, pero nunca se hallan en ellos las chinelas ni babuchas. Lo mismo se observa en Egipto, en Argel, etcétera. Ha llegado á suponerse que como á la entrada de las habitaciones se dejan los árabes las babuchas en señal de respeto, aquí las dejaban en los nichos, cuyo error se desvanece fácilmente con decir que estas alacenas se hallan en otras habitaciones construídas en el interior lejos de las puertas, y en rincones no muy á propósito para este objeto.

Esta antesala ó vestíbulo se llamó siempre de la Barca[91], nombre que se cita en los legajos del archivo con motivo de las restauraciones, y que se atribuye á la forma del techo; pero que más bien podría llamarse de la Bendición, por la palabra beraca[92], corrompida posteriormente. Se citan dos alacenas á uno y otro lado de la puerta, las cuales subsisten, aunque su obra fué hecha después; y dice Echevarría que había en ellas letreros de extraordinaria alabanza, que publicó; pero que nosotros los hemos hallado en el patio contiguo sobre los azulejos, como su verdadero lugar. En el fondo del alhamí de la izquierda hay una puertecita antigua que comunicaba á un cuarto revestido de arabescos, que ya no existe, y donde hoy se halla una escalera del año 1602.

Otra puerta en el lado contrario de la mencionada, conduce á la reja del patio del mismo nombre. Todo este departamento se hallaba completamente aislado y servido por un alcaide especial que lo guardaba, como todavía era costumbre el año 1583, en el que se obligó á dicho funcionario á residir en estos aposentos y cerrarlos por la noche.

Las inscripciones de esta sala son repetidas, excepto una que guarnece los anchos paramentos, donde se cita el nombre de Abu-Abdil-lah, el fundador referido.

Todos sus arabescos fueron pintados y dorados con esmero á fines del siglo XVI, pero desgraciadamente ocultando los colores antiguos que no aparecen más que en algunos sitios. En los costados se elevan los elegantes arcos ya citados, y en

Espadas de los reyes granadinos.

sus enjutas nacen cuatro hornacinas que avanzan hasta encontrar las curvas de una elipse prolongada, que es la base de la bóveda compuesta de alicatados poligonales, formando estrellas y grandes figuras geométricas, semejantes á las de los almizates planos de la Sala de Comareh. También este techo ha sido repintado en la citada época con colores impropios del estilo, por más que hoy no aparezca de mal aspecto.

Además de las restauraciones de colorido, se hizo una muy importante en la pared donde está abierto el arco de entrada al salón de Embajadores. Todo el espacio desde la puertecita pequeña que hay en el lado derecho y por la cual se sube á las almenas de la torre, hasta ocho metros de línea y toda su altura, incluyendo el arco y el espesor cuadrado en un grueso de cerca de tres metros, fué construído el año 1686, y forrado de labores mal labradas que se notan muy bien, dejando sin adornos sus alfeizares. Fué el objeto de esta obra fortalecer la torre, y por consecuencia cubrir ó rellenar de sillares el corredor angosto, que semejante á los que hay á la entrada de las salas de las Dos Hermanas y Abencerrajes, servía de comunicación á los cuartos pequeños y escaleras de la torre, y por él se pasaba á las dos puertas que hay dentro de la sala, las cuales se ven cubiertas hoy de obra de sillería.

Tenemos proyectada la obra de reconstrucción del arco grande, lo cual completará el decorado del centro que hoy desarmoniza este conjunto.

Entrando á la gran torre de Comareh, nos detendremos á contemplar el intrados de ese riquísimo arco de pequeñas boveditas pintadas de hermoso azul y oro, representadas por menudos adornos de grecas, y delicados enlaces llenos de inscripciones perfectamente ejecutados. Otras dos hanias tiene más grandes que las anteriores, con arabescos en su interior y techitos de ébano y alerce embutidos. Sus labores son finas como pocas, y guarnece al arco una inscripción recuadrando que dice:

En el de la derecha:

«Loor á Dios único. Apartaré de Yusuf el daño de todo mal de ojo con cinco sentencias: Yo me refugio al Señor de la aurora: Gracias á Dios». Repitiéndose.

«Loor á Dios, aventajo á los más hermosos con mi adorno y mi diadema, y se me inclinan amorosamente los luceros desde el Zodiaco».

«El vaso[93] que hay en mí, parece un devoto que en el Kiblah[94] del santuario ruega á Dios enternecido».

«Seguras están contra las injurias del tiempo mis generosas acciones, que alivio al sediento y socorro al necesitado».

«Como si yo tuviera la liberalidad de mi señor Abul Hachach».

«No deje de brillar en mi cielo tan esplendente luna, tanto tiempo como continúe brillando entre las tinieblas de la noche».

Léase ahora lo que dice la leyenda de la izquierda entre otros motes ya repetidos:

«Los dedos de mi artífice labraron sutilmente mis dibujos después que se ordenaron las joyas de mi corona».

«Imito al trono de una esposa y aun le aventajo, pues yo aseguro la felicidad de los dos cónyuges».

«El que á mí se acerca aquejado de sed, hallará agua pura y fresca, dulce y sin mezcla alguna».

«Como si yo fuera el arco iris cuando aparece, y el sol mi Señor Abul Hachach».

«No deje su morada de ser guardada tanto tiempo como la casa de Dios sea lugar de peregrinación[95]».

Bien expresados están los primores de este arco en la anterior inscripción, y son, con efecto, dignos de la entusiasta alabanza que les tributa el poeta. No hay otro más delicadamente hecho y ornamentado en todo el Alcázar, aunque su forma no sea tan elegante como la del mirador de Lindaraxa. Aquí las proporciones son graciosas, la curvatura más esbelta y sencilla, su construcción más sólida; en el interior sorprende ese exquisito bordado á pincel sobre sus detalles y en tan diminuta escala. Las enjutas son elegantes por el hermoso lazo en espiral tallado en su centro, debiendo advertir la diferencia que se nota entre ellas y las que hay en el arco de colgantes á la entrada de la Sala de la Barca.

Existen tres balcones mikkeh en cada uno de los tres lados opuestos al de la entrada, los cuales, por causa del extraordinario espesor de los muros, forman nueve alhamíes ó cuartitos, cada uno con su techo particular de lacería y arriates, conservando ajimeces en las ventanas. El alhamí de la derecha fué habilitado en 1536 para dar paso á las nuevas y mezquinas construcciones que se arrimaron á la torre. La primera altura decorativa de este gran aposento ha sufrido fatales restauraciones en 1686; sobre ella se extienden dos anchos frisos de diversa traza con inscripciones cúficas y africanas, y en cada lado se abrían cinco ventanas con adornos calados y cristales, que han desaparecido; después grandes letras de carácter africano, y encima una ancha cornisa de mocarnos, desde donde arrancan los planos inclinados de un rico artesón en grandes facetas ó en polígonos trazados de alería, donde se ven grupos de estrellas á manera de constelaciones ordenadas. Contemplando bien los enormes planos de este salón, se echa de menos la forma atrevida y variada de las hornacinas, las cambiantes alturas de los arcos dobles, triples y excéntricos, que hay en otras estancias, y ese sistema de elevaciones angulosas que cambian desde el cuadrado al octógono, subdividiéndose así sucesivamente hasta las múltiples boveditas de los almocarves. Con efecto, esos dos anchos frisos casi de la misma altura, separados por cintas uniformes con grabadas katifas, imprimen monotonía á los paramentos, y parece á primera vista que el más bajo se ha hecho posteriormente en reemplazo de alguna decoración más antigua; así como el friso de los escudos, hermosa trazería sin rival en el palacio, es la propia de esta distribución, si estuviera inmediatamente asentada sobre los tímpanos, que parece faltan á los arcos de los alhamíes. Los zócalos son de jáiras y alijáiras, hermosa sofeisifa que aquí se ostenta más perfecta que en otros parajes, y el pavimento era de mármoles que existían en el año 1556[96].

Esta sala llamó particularmente la atención de los historiadores con preferencia á las demás, y dice de ella Pedraza: «La fundaron los de Comarex de donde toma su nombre, aposento real y nombrado según su manera de edificio, que después acrecentaron diez reyes sucesores suyos, cuyos retratos se ven en una sala, etc., etc.»; y después dice el mismo autor «que Comarex viene de la voz comarraxia, labor pérsica». Los de Comareh habitaban un lugar amurallado, plaza fuerte de este reino, cuyos restos se conservan todavía en el pueblo del mismo nombre, hoy de la provincia de Málaga.

Luis del Mármol se expresaba así: «Comares, del nombre de una hermosísima torre labrada ricamente por de dentro, de una labor costosa y muy preciada entre los persas y surianos llamada comarraxia. Allí tenía este Rey los aposentos de verano, y desde las ventanas de ella que responden al cierzo, y al Mediodía y Poniente, se descubren las casas de la Alcazaba, del Albaicín, etc., etc.»

Andrea Navagero se explica en 1526 con mayor alabanza sobre este aposento, el mejor, dice, de todo el palacio.

Sin salir nosotros del terreno del arte, único en que debe tratarse este asunto, ya hemos dicho nuestra opinión y añadiremos: que en ninguna sala hay tanto lujo de ornato, pues que hemos contado en ella 152 trazados distintos, cada uno más original que el otro, y muchos de ellos tan perfectos, que parecen de la última época de la dominación agarena.

Hay además preciosos y diminutos detalles sobre los relieves, hechos de azul y negro, tan finos que sorprenden por el inmenso costo que hoy ocasionaría repetirlos con la misma precisión y habilidad.

En 1588 restauraron esta sala Manuel del Pino y Luis Cerrillo, pintores ambos que contrataron hacer la imitación de sus colores y oros, en la misma manera y aspecto que se hallaban los antiguos, para no quitarles á éstos su encanto.

Después, por los años 1592, se hicieron obras en los muros y en la parte de fachada, y en 1609 se renovaron los arabescos de todos los apilastrados que hay entre los arcos de entrada á los balcones, pero con tan mala suerte, que todavía se notan bien las planchas de labor colocadas sin repasar ni atairar. Las vidrieras se pusieron en 1595 por la suma de sesenta ducados.

Más tarde, á fin del siglo XVIII, se abandonaron estas salas, se mutilaron inscripciones, colocando mitad al revés y mitad al derecho[97], y por último, hacia 1830 se pintaron groseramente, con motivo de la visita que hizo á esta ciudad el infante D. Francisco de Borbón.

En 1686 amenazaba á esta torre un hundimiento sobre el río Darro, y para evitarlo se construyó parte del cimiento, desde cuya obra desapareció la inscripción romana que estaba colocada al pie del revestimiento, la cual se trasladó á una casa de la Alhambra, hasta 1833, en que se perdió. Por último, en 1857 y siguientes fuímos encargados de reparar los arabescos hundidos de la mayor parte de los alhamíes, los frentes de los ajimeces y ventanas caladas que habían desaparecido, restableciendo los mismos arabescos antiguos y reproduciendo los que faltaban en igual forma, para evitar mayores ruínas. En los paramentos interiores de la sala aún queda mucho que restaurar de las obras modernas.

En 1776 cayó sobre su hermosa techumbre de alizares la bóveda que cubría esta algorfía, cerca de las almenas, y no le hizo más daño que haber doblado los maderos. En la escalera que sube á lo más alto se hallan las habitaciones del alcaide que tenía la llave de la torre, semejantes á las que se habitan hoy en las fortalezas del imperio de Marruecos.

Las inscripciones que no hemos apuntado son suras y alabanzas repetidas; pero vamos á fijarnos en otras más interesantes. El nombre del Sultán Abul Hachach está escrito entre los adornos del arco de entrada, y alrededor de los nichos se halla el de Yusuf; también en el alhamí del centro se encuentra escrito este nombre, y sólo en un paraje pequeño de la Kubba de la izquierda se ve el de Abu-Abdillah, lo cual prueba que se construyó en tiempo de Abul Hachach Yusuf I, hacia el año 1354, el Sultán que fué asesinado por un loco, hermano de Mohamad IV, en cuya época la obra pudo estar ya comenzada, según consta, por existir también aquél nombre en un solo lugar de este aposento.

Otra inscripción hay en la alcoba del centro, y en metro tawil, la cual por sí sola revela cuál era la consideración que esta gran sala tenía entre los árabes, y cómo se compara en ella la magnificencia de su elevada cúpula con las pequeñas y no menos bellas de sus alhamíes. Dice así:

«Te saludan de mi parte por tarde y mañana bocas de bendición, de prosperidad, de felicidad y de amistad».

«Esta es la cúpula excelsa y nosotras somos sus hijas; pero yo tengo más grandeza y gloria que todas las de mi linaje[98]».

«Soy como el corazón en medio de los miembros, porque en el corazón reside la fuerza del espíritu y del alma».

«Aunque mis compañeras sean signos del Zodiaco de su cielo, á mí sola pertenece, no á ellas, la gloria de poseer un sol».

«Me vistió mi señor el favorecido de Dios, Yusuf, con un traje de gloria y magnificencia cual no otro».

«É hizo de mí el trono de su imperio, sea su alteza mantenida por el Señor de la luz y del asiento y trono divino».

Por último, en esta Sala de Embajadores ó rasules, fué donde se celebró aquel gran consejo presidido por Abu Abdillah XI en presencia de todos los magnates del reino, wacires, ulemas, el gran mufty, los alcaides y alféreces, y formando los soldados y arqueros en las plazas y adarves, donde se acordó la entrega de la opulenta corte, y donde el altivo Muza[99], conociendo los tratos secretos de Boabdil con el monarca cristiano, le apostrofó, despidiéndose para trasladarse á tierra africana y no sufrir la humillación que le esperaba.

Es uno de los mejores episodios de la fantasía del sabio Almamún en los últimos días de Granada árabe.

El emperador Carlos V, visitando este palacio y asomado á la ventana del centro, á la vista del río y sus verjeles, exclamó: «Desgraciado del que tal perdió,» á cuyas palabras su cronista Guevara le contó la tradición del Suspiro del Moro que le había referido un morisco, á cuyo relato añadió el emperador: «Si yo hubiera sido él[100], antes eligiera esta Alhambra por sepulcro que vivir fuera della en el Alpujarra».

Aquí también ante el Serir-almalic[101], el año 708 de la egira, una turba de soldados y pueblo, amotinados por el poderoso alcaide de Guadix Ebn Aldix, mató al valido wacir de Mohamad III en presencia del acobardado monarca, el cual abdicó forzosamente en el príncipe Nasr, dando origen poco después á la guerra de sucesión y al estrecho cerco de esta ciudad puesto por Ismael I, legítimo rey de Granada.

Algunos historiadores han asegurado, por último, que el inmortal Colón visitó este delicioso aposento una de las veces que expuso á la Reina Isabel I el fundamento de sus proyectos. Suspendemos nuestro juicio sobre este dato, que no puede sustentarse existiendo la relación de sus dos viajes al campamento de Santa Fé.

No debemos omitir en este lugar la escena patética é inédita que nos refiere el continuador de la crónica de Hernando del Pulgar, secretario de los Reyes Católicos, al hablar de la torre de Comareh. Léese en el historiador: «El Rey Chiquito tenía consigo á su madre que se decía Seb, de nación cristiana, y fué cautiva cuando los moros robaron á Cieza, que es una villa del reino de Múrcia; y como al tiempo era chiquita, con halagos y otros medios tornóse mora y salió de buen gesto y mujer de bien, y el Rey Muley-Buasén casó con ella, porque entre los moros era esto tenido en mucho, que el Rey ú otro cualquier caballero pudiese casarse con una doncella que de cristiana tornase mora. De este casamiento nació el Rey Chiquito, y esta reina era de grande y valeroso ánimo, y contradecía con toda posibilidad que el Rey Chiquito, su hijo, no entregase el reino á los reyes Católicos, ni concertara con ellos, y que esperase la fortuna próspera y muriese rey, y por esto el Rey Chiquito se guardaba que su madre no supiese que él trataba con los Reyes Católicos de entregarles el reino. Que concluída ya la capitulación, como está dicho, lo supo la reina su madre, y disimuladamente se dice que lo tomó por la mano y se entró en la torre de Comareh, que es el lugar donde más se descubre la grandeza de Granada, y después de haberlo traído á la redonda por la torre y echados entre ambos de pechos y entre dos almenas dijo: «Mira qué entregas y acuérdate que todos tus antepasados murieron reyes de Granada y que el reino acaba en tí

Hasta aquí el Alcázar que pudiéramos llamar Serrallo, porque en esta parte se hallaban los aposentos visitados por los altos magnates de la corte.

Patio de los Leones.

Es una de las más hermosas construcciones y la más bella y elegante de la arquitectura musulmana. No hay ejemplar más fantástico y magnífico en todo lo que dentro y fuera de España edificó la caliente imaginación de la raza de Agar. Trasparentes arcadas; columnas que se han agrupado en más ó menos número para repartirse el peso de los esbeltos arcos y techumbres; siete fuentes que murmuran constantemente la soledad de la estancia; dos elevados anditos que se avanzan majestuosos para interrumpir la monotonía de los enclaustrados; cuatro cúpulas que resplandecen á los rayos del sol; once diferentes formas de arcos fastuosamente decorados; todo constituye un conjunto mágico y delicioso aun después de siete siglos de existencia.

Patio de los Leones.

El Patio de los Leones es la prenda más querida de la Alhambra; sin estanques, sin jardines, sin estatuas ni ornatos pedidos á la pintura ó á la escultura, se basta por su sola composición para producir una obra encantadora que deleita los sentidos y alienta pensamientos de grandeza y majestad. No podían ser bárbaros los que lo hicieron, ni menos inspirados en el arte de los romanos. Si se mira desde los extremos del eje más largo que pasa por el centro, presenta una variada combinación de arcos diferentes y simétricos, que se confunden por la distancia y producen la perspectiva más sublime; y si se contempla desde los costados ó ángulos, cada una de sus decoraciones ofrece la diversidad de múltiples detalles, armónicamente distribuídos, que no perjudican á la más correcta regularidad de la forma. Para quitar á los tejados el aspecto sombrío y simétrico de rectos colgadizos sobre arcadas tan ligeras, levantaban cúpulas y establecían en orden sus alminares, enlazados con la ornamentación de las galerías y techumbres de las salas inmediatas.

Partamos de su planta, como se ve en el plano, y por ella deduciremos perfectamente la regularidad y clásica sencillez de la composición. Un paralelógramo formado por dos cuadrados perfectos incluyendo el vestíbulo, constituye su plan. El ancho de sus claustros en los lados cortos y largos está relacionado por la medida de los tres lados del triángulo, en la proporción del cuadrado de la hipotenusa igual á la suma de los cuadrados de los catetos.

Los anditos ó kioskos vuelven á tener el ancho de la sala del vestíbulo, lo cual por sí solo ofrece gran sencillez en la distribución, erigida en sistema, según nos demuestran multitud de ejemplos. De aquí que las maderas puestas para encadenar los arcos y el anillo interior se puedan cruzar á manera de emparrillado y trasmitir las fuerzas á los muros de los cuartos inmediatos, formando con los del patio esta aislada construcción del Palacio del Harem, que incluye la Sala de Abencerrajes, la de las Dos Hermanas y la de Justicia, cuyos muros se ven en perfecta relación de continuidad.

En el momento de visitar este patio nos ha parecido hallarnos en la vida del Oriente, entre Bagdad y Damasco, entre Ispahan y Cairo; luego que se admira la obra se olvidan aquellas clásicas reminiscencias y sólo ve el espectador las mansiones del éxtasis eterno reservado en el paraíso á los hijos de Agar. ¿Dónde y cómo se inventó un monumento de trasparentes anditos colocados como celosías unos detrás de otros para hacer más impenetrable el secreto de los placeres que allí se habían de sentir? No es un lujo de vana fantasía lo que nos conmueve, sino la imperiosa necesidad de describir lo que no tiene semejante y lo que parece que nunca se sujetó á reglas que pudieran dictarse para los tiempos venideros. Ni las galerías de sus cuatro lados son iguales; ni los innumerables arcos son absolutamente uniformes; ni sus columnas se agrupan con aparente igualdad; ni sus puertas guardan semejanza; ni hay, en fin, esa constante repetición de alturas y de líneas que constituyen la belleza en otros órdenes de arquitectura. Aquí es donde se puede decir que en la diversidad reside la unidad, porque si se compara un arco á otro, un techo á otro, un grupo de capiteles á otro, tal vez en el acto no se encuentre la identidad; pero arrojados todos en ese laberinto de construcciones, cada uno se coloca simétricamente en su lugar y á cierta distancia se halla la armonía del número y del conjunto.

En lo que llevamos descrito del Alcázar, no se ha desarrollado todavía por completo ese mágico sistema de convertir en grutas estalactitias las techumbres de los aposentos. Sólo en algunos alhamíes, en las cornisas y arcos se han empezado á usar, pero en el Patio de los Leones hallamos los tres anchos claros de sus entradas, alintelados con otros tantos arcos ó festones ondulantes de mocarbes, cuyo atrevimiento de construcción no se podría concebir á no considerarlos adheridos á los fuertes botantes que hay en los esqueletos de sus azuares. Más adentro, parándose en el medio de esas dos cortas galerías, se ven dos arcos en forma de pabellón á dentellones y en los fondos, los esféricos realzados en contraste con los primeros. Los ligadores de tirantes se descubren en los techos para evitar la monotonía de los grandes paflones, y vestidos de ricas ataraceas de madera se pierden en los muros y apilastrados como los pescantes de los puentes de hierro, distribuyendo los techos de bellos almizates que nos hacen suponer si el exterior debería acusar con cúpulas planas ó convexas los huecos interiores, recordando los cupulinos del patio de la gran mezquita de Auríc; y sin embargo, en sus galerías estrechas no hay señales de esas cúpulas á la bizantina, supuesto que están interrumpidas las líneas por los menacires del segundo cuerpo y las bóvedas de los dos templetes.

Las innumerables columnas de mármol de Macael, que blancas en su origen han tomado ese color dulce que les imprime el tiempo, están ligadas por sus capiteles sueltos ó agrupados, según las exigencias de una construcción atrevida, cuya forma cuadrada y plana, en relación con los pilares que cargan sobre ellos, no es ni persa, ni asiria, ni griega, ni romana, filiación que se pierde en los diferentes períodos de transición que ha pasado este arte.

Para venir á este hermoso aposento[102], hemos atravesado un pasadizo angosto que desde pocos años existe abierto, y el cual no ofrece grandeza de ninguna clase. Esta comunicación no era directa en la antigüedad como es hoy; se hallaba interrumpida por todos lados, porque desde ella todo este tercer edificio con su correspondiente alcaidía, como ya hemos anunciado, constituía el harem, al cual se pasaba únicamente por la puerta que hay á una de las extremidades de la sala larga que sirve de vestíbulo al patio, y donde se hallan sus tres grandes arcos de entrada.

Este patio se principió á construir en 1377 bajo la dirección de un artífice árabe que trabajaba por primera vez en las reales obras de la Alhambra: Aben Cencid[103] era su nombre y nosotros creemos que el género de ornato que aplicó, diferente al del patio ya descrito, fué hecho también por el artífice para las casas del Chapí y la llamada de los Oidores, por ser aquél reproducido en los mismos modelos de este patio. Hasta el año 1552[104] no se hizo aquí la primera obra importante de conservación, y entonces se quitaron á los templetes ó anditos las bóvedas exteriores de azulejos, con el objeto, según el informe de un maestro de obras, de evitar las filtraciones que había y prevenir la destrucción de las bóvedas interiores[105]. Entonces se compuso la yesería; se repusieron techos podridos y se levantó toda la parte antigua del alero.

En 1595 se formó expediente para hacer obras y cubrir muchas cúpulas que estaban abandonadas; se repararon las tejas blancas y verdes que existían todavía; se restauró un pavimento antiguo que estaba compuesto de ladrillos cortados y azulejos, por dentro y fuera de las galerías, (mostagueras), y se compusieron los mocarbes de yesería que se habían hundido[106]. En 1591 ocurrió el incendio de un polvorín en el inmediato barrio de San Pedro, cuya detonación ocasionó muchos hundimientos en la Alhambra[107], especialmente en la sala de entrada á este patio y en la inmediata de Abencerrajes. Es de dicha época la construcción de un alero de madera pobre y mezquino, el cual hemos principiado á restaurar en los cuatro lados, copiando los restos hallados en el mismo paraje del antiguo y rico que se destruyó.

En 1640 se reconoció por D. Antonio Guerrero el estado ruinoso del patio y se hallaron desplomadas ya las columnas de los enclaustrados y de los templetes. Por entonces estaban arrancados los mosáicos de todo el basamento del patio, que dicen eran muy semejantes á los de la alberca.

Siguiendo este género de investigaciones sobre tan hermoso departamento, retrocederemos al año 1553, en el cual se hicieron ladrillos vidriados para las galerías por un tal Peñafiel, bajo la dirección de Francisco de las Madezas, y datan de esta fecha la mayor parte de las armaduras que han dado el aspecto de pobreza á los tejados que estamos restaurando.

En los dos miradores sobre las puertas de las dos salas de Abencerrajes y Dos Hermanas, había menudas celosías cubriendo los tres arcos del mikkah ó balcón, donde se asomaban las mujeres del harem, que habitaban pequeños cuartos distribuídos detrás de esa galería alta de ventanitas redondas y enfiladas que hemos hecho abrir recientemente. Desde el centro se ven las diferentes kubbas ó cúpulas de las dos citadas salas de la Ráuda, de la Justicia y las de los templetes, de las cuales sólo una se ostenta hoy como pudieran estar en los tiempos antiguos, porque el otro templete la perdió con motivo de las filtraciones, y para salvar la bóveda interior considerada siempre de mayor importancia.

Con efecto, en ninguna parte de este palacio hay techos más bellos ni más difíciles de hacer que los que se contemplan dentro de estos pabellones. Son unos acicafes trazados sobre una superficie curva que no es completamente esférica, y que por lo mismo ofrece inmensas dificultades de distribución geométrica, que todas están salvadas de una manera admirable. En esta clase de trabajos no ha habido quien mejore á aquellos artífices. Dichas bóvedas así talladas y combinadas de miles de pedazos, descansan sobre las pechinas que llenan los espacios triangulares, hasta coger las cuatro azuares ó paredes caladas, cuyos arcos forman los elegantes kioskos.

La fuente del centro no se levantaba como hoy sobre apoyos descansando en el lomo de los leones, sino que sentaba inmediatamente sobre ellos; pues consta que en 1708 un tal Diego del Arco hizo la segunda taza y los referidos apoyos, y que más tarde, en 1838, se hizo la pequeña pirámide en que termina; siendo de todo punto evidente que esa taza de mármol grande, llena de agua, y ceñida de una hermosa inscripción, servía para las abluciones que tienen obligación de hacerse los mahometanos cuatro veces al día.

Al contemplar esos doce leones que la inscripción ensalza como obras de una expresión admirable, se notan las inspiraciones que el pueblo árabe había recibido en las ruínas de Tesifon, Persépolis, Bostan y en la antigua Persia. Así es que ni un paso adelantó en sus esculturas, antes bien, son más amaneradas todavía que las de los bajo-relieves de Murgal, donde se ven mónstruos y figuras humanas en actitud expresiva, con pelos erizados, que á manera de escamas cubren sus cuerpos. Estos, como aquellos mónstruos, tienen cierta rigidez en sus miembros, para darles más forma arquitectural, según el uso á que se destinaban. Los pliegues de la piel de sus vetustas cabezas semejan líneas simétricas que caen á uno y otro lado de las fauces, cuyos dientes son como los de los toros de Rustam, y sus melenas tan duras y tiesas como la de las cabezas de los monolitos de Táuris.

Cuando empezamos la restauración de este edificio hallamos el complemento de muchos de sus detalles, que pasaron desconocidos á los que antes se habían ocupado del arte musulmán. No era fácil, sin duda, fijar la forma de las cúpulas de los templetes, y el tamaño y adornos de todo el alero, si no hubiéramos hallado bajo las mezquinas restauraciones del siglo XVII los restos antiguos, sus dimensiones, su asiento, y cuanto puede necesitarse para devolverles la primitiva forma.

No tuvo jardines ó alizares este patio como se supone, excepto desde los años 1808 hasta 1846, en el que se hicieron arrancar por haber perjudicado á los cimientos; y en tiempo de los árabes estaba todo él embaldosado de mármol á grandes chapas[108] y mostagueras azules y blancas en las galerías.

Debemos llamar la atención hacia la sala que hay antes de entrar en este sitio, donde hemos levantado una corteza de yeso, bajo la cual habían ocultado nuestros antepasados los arabescos de su decoración. Un techo de la época de Felipe V, ha coronado la estancia en vez del de colgantes que tenía, de los cuales conservamos algunos trozos para reponer los antiguos[109].

Dijo el historiador Lafuente, que Alhamar el de Arjona fué el que mandó construir este patio; pero las inscripciones que por todas partes tiene labradas, comprueban que fué Abu Abdil-lah Alganí bil-lah, el conocido por Mahomad V, que nació el 4 de Enero de 1338, y á cuyo sultán se atribuyen las más importantes obras llevadas á cabo en el reino de Granada. Ese mismo continuó las emprendidas por su padre, pero en época de tal florecimiento, que se nota bien la diferencia del gusto entre el Mexuar y este Patio.

Dícese que en este sitio, uno de los más predilectos de la corte mora, fué donde se hizo la jura del hijo de Mohamad, Abu Abdallah Jusef, en su casamiento con la hermosa y celebrada Zahira, y se dieron comidas á la usanza castellana, con presencia de embajadores cristianos de Castilla y Francia.

No hay en las inscripciones de este departamento bastante interés para anotarlas aquí, pues excepto las relativas al monarca citado, todas son salutaciones conocidas, elogios al sultán y suras del libro sagrado. Pero es de extraordinario mérito literario la que hay esculpida en el borde de la pila de la fuente, la cual debemos reproducir para conocer el lujo de hiperbólicas bellezas que ostentaba el monumento, y cita que se hace en ellas de un jardín que existiría en los espacios que rodeaban al edificio.

Hela aquí:

«Bendito sea el que concedió al iman Mohamad mansiones deleitosas, que son por su belleza la gala de las mansiones».

«Sino, este es el jardín; en él hay obras tan peregrinas, que no ha permitido Dios haya otra hermosura que pueda comparársele».

«Y estas figuradas perlas de trasparente claridad que engalanan los bordes con una orla de aljófar».

«Líquida plata que corre entre las joyas y que no tiene semejante en belleza por su blancura y trasparencia».

«Confúndense á la vista el agua y el mármol, y no sabemos cuál de los dos es el que se desliza».

«¿No veis cómo el agua corre por los lados y sin embargo se oculta después en la tierra?».

«A semejanza de un amante cuyos párpados están henchidos de lágrimas, y que las oculta por miedo de un delator».

«¿Y que es en verdad sino una nube que derrama sobre los leones sus corrientes?»

«Asemeja la mano del kalifa cuando aparece por la mañana derramando sus dones sobre los leones de la guerra».

«¡Oh, tú que miras estos leones que acechan! El respeto (al kalifa) les impide manifestar su enemistad».

«¡Oh, heredero de los Ansares, y no por línea trasversal, herencia de grandeza con la cual despreciarás á los más encumbrados!»

«La paz de Dios sea contigo eternamente; multiplíquense tus placeres y aflijas á tus enemigos».


Seguiremos por los cuartos más principales del palacio en el orden que traemos, remitiendo al lector al plano de todo él, para que allí vea los nombres é importancia de los pequeños y ruinosos pasadizos, que no describimos minuciosamente.

Sala de los Abencerrajes[110].

Se entra á ella por una hermosa puerta de lacería primorosamente labrada[111] y el nombre que se da á esta algórfia desde el siglo XV, se funda en varias tradiciones más ó menos probables. Dícese que los Abencerrajes constituían una tribu influyente por su valor, que poseía palacios en la Alhambra y al pie de Sierra Nevada[112], la cual favorecería la causa del último rey, perseguido por su padre Abul Hacen. Este monarca se había enamorado de la Zoraya[113], y ocasionado la separación de su legítima mujer la sultana Aixa. La favorita instigaba al rey para que dejase degollar á los hijos de aquélla, hasta el punto, que la sultana temió por la vida de éstos y los salvó descolgándolos con las tocas de sus esclavas por la torre de Comareh, y huyendo con ellos á Guadix, se puso al amparo de los Abencerrajes. El pueblo maldijo á Hacen, y trajo de Guadix al hijo para colocarlo en el trono.

La versión de Pérez de Hita expone, que en la corte de Abu Abdil-lah existían enemistades entre Zegríes y Abencerrajes. Un torneo habido en la plaza de Bibarrambla dió á los primeros la victoria. Estas dos familias se aborrecían, y un Zegrí acusó públicamente á los Abencerrajes de estar en tratos con los cristianos enemigos, y á Hamet de tener amores secretos con la reina. Enterado el rey, citó con engaños en una sala de la Alhambra á los Abencerrajes, y los hizo degollar á todos. La reina iba á ser quemada en una hoguera, y el día de la ejecución, dícese, que aparecieron cuatro caballeros campeones de la calumniada, que demostraron su inocencia en singular combate.