Desde que se conoce la historia escrita por D. Hernando de Baeza perdieron aquellas versiones su misterio. Según ésta, la Zoraya fué traída muy joven á la Alhambra desde las cercanías de Cabra, donde había sido cautiva. Creció en el Alcázar, y siendo hermosa, Muley Hacen la distinguió hasta provocar los celos de la sultana Aixa; ésta temió por la vida de sus hijos, y sacándolos del palacio por un ajimez de la torre de Comareh, descolgándolos con las tocas blancas de las odaliscas, huyó á Albaicín, donde estuvo ocho días hasta que partió para Guadix, dícese, ayudada por los Abencerrajes. Hay detalles preciosos de aquella tradición que el lector hallará en tan notable libro. Únicamente recordaremos que la Zoraya vivió con el monarca, dominando el harem y engalanada con las ricas joyas de la madre de Boabdil.
En tiempo del mismo Hernando de Baeza[114] se llamaba á este cuarto Sala de la Sangre, y pocos años después de la reconquista contaban los moriscos que los Abencerrajes, en número de 17, cuando iban por un pasadizo oscuro que hay hoy tapiado, una esclava que estaba asomada á la ventanita sobre la puerta del otro lado, les avisó que se volvieran y no penetrasen adelante en el sitio donde iban á ser degollados. Todavía se cree que están manchados los mármoles con la sangre de las víctimas[115].
Es esta Saha una de las más elegantes del palacio, alzándose en tres cuerpos perfectamente proporcionados é iluminándose por diez y seis ventanas caladas en los arranques de la hermosa bóveda de figura de estrella, las cuales derraman una luz dulce y tranquila. Las alcobas que espaciosas se abren á sus dos costados por medio de cuatro hermosos arcos llenos de adornos azules y escarlatas, parece como que esperan los dos lujosos divanes que han desaparecido, donde las mujeres pasaban horas eternas de amorosa contemplación. Una fuente, que incansable bullía hasta perder sus aguas en el patio inmediato; el rico brocado en brillante relieve de su comarraxia; los caprichosos pebeteros[116] y sus bazares en elegantes hánias, todo lo que falta en ella y lo que con tanto encanto se mira hoy, daría á esta estancia un especial colorido de seductora tristeza.
Las restauraciones del siglo XVI la dotaron de pintados del Renacimiento en los techos de las alcobas y de algunos relieves en el primer cuerpo, que se atribuyen al célebre Alonso Berruguete, sin dato alguno. Los azulejos árabes desaparecieron á fin del siglo pasado, y á principios del presente se volvió á restablecer este ornato con los que se compraron del convento de la Cartuja, los cuales pertenecen al tiempo del emperador Carlos V.
Se ha dicho que, á consecuencia de hundimientos causados por el incendio del polvorín, esta sala fué reconstruída casi totalmente en el siglo XVII, y esto no parece cierto porque sus muros son antiguos, sus labores moriscas en las nueve décimas partes, y los arcos, que siempre son los primeros detalles que padecen, se hallan perfectamente libres de restauración[117].
Debemos citar con particular encomio el ornato de las enjutas de la puerta de entrada como el más hermoso del estilo árabe, las archivoltas de los grandes y pareados que hay en el interior para entrar en sus alhamíes y los delicados axarques hechos con azul en los abacos y collarinos de los capiteles.
La forma de la cúpula es una estrella de ocho puntas, en cuyos ángulos externos hay hornacinas que llenan los ocho triángulos encajados por medio de otras cuatro más grandes en el cuadrado de la planta de la sala. Por este medio se nota mirando hacia arriba que disposición tan puramente geométrica ha servido para labrarla, y cómo hasta el más menudo triángulo prismático de sus bóvedas está en perfecta consonancia con las dimensiones totales, cuyo misterio de composición, hallado al repetir tan complicadas trazerías, no se reveló á ninguno de los artistas que publicaron antes los dibujos de la Alhambra.
El pasadizo que se cruza al penetrar en esta sala conduce por la derecha á un corredor oscuro que terminaba en el vestíbulo del patio, por donde pudieron entrar los Abencerrajes; aquí hay una escalera y un aljibe bastante grande, que debió servir para el surtido de las aguas del Alcázar, y encima un patio ruinoso con claustro y salitas, semejante en su planta á otros muchos que se ven en Granada. No ha penetrado ninguna restauración en este sitio, y por consiguiente, fuertes capas de cal y yeso cubren la mayor parte de sus labores y letreros; tres arcos dan entrada á otra salita, también horriblemente embadurnada, desde la cual se pasaba por una puerta convertida hoy en ventana á otras habitaciones que fueron destruídas para hacer el Palacio del emperador, todo lo cual se ve bien claro por la continuidad que en este lado ofrecen los muros. Desde este pequeñito palacio, que bien puede así llamarse, pasamos á uno de los miradores del Patio de los Leones y á las galerías que eran habitaciones de mujeres; y todos estos cuartos con el patio adjunto inducen á creer que aquí existía otra puerta de los alcázares para comunicarse quizá con la Gran Mezquita.
Nombre que significa verjel y cementerio de magnates, cuyo edificio ocupaba antes un vasto jardín, extendiéndose por el Patio de los Naranjos hasta la torre del Mihráb. En este espacio había algunos edificios aislados, cuyos cimientos hemos visto con motivo de la obra que se hizo en el patio, y que eran de época anterior al tiempo de Mohamad V.
Al contemplar los ruinosos edificios que llevan el nombre de Ráuda, choca el género de su arquitectura y la disposición de compartimentos apenas relacionados con la Sala de los Abencerrajes; y causa más sorpresa encontrar sus techumbres cambiando las formas exteriores y produciendo tal confusión, que no se distingue la obra antigua, ni la que puede atribuirse al siglo XVI, ni cuál es el destino de esta torre que, á manera de las tumbas de los kalifas en Cairo, se alza aquí á respetable altura. Su planta cuadrada, en cuyos lados hay cuatro hermosos arcos de herradura de bellísimas proporciones; sus dilatados paramentos con pintadas labores de ladrillos ó almadrabas; su cúpula en forma de concha agallonada á semejanza de la Kiblah de Córdoba y pintada de las mismas sofeisifas, con algunos adornitos rojos en las enjutas; la alta mikkah por donde recibía la luz, y el aislamiento de este alminar sin muros adyacentes que lo subordinen á otras obras, nos obliga á suponerle edificio tan antiguo al menos como las Isnas de la alcazaba Alhamrra.
Contábase por los moriscos de principios del siglo XVII que en el Beitalmenan ó sala se hallaron varias sepulturas de reyes moros, cuyos nombres estaban en las inscripciones de unas lápidas que existían en la Casa Real Vieja[118]; y que en una pila larga y angosta que hay en un cuarto inmediato se lavaban los cuerpos muertos de dichos reyes antes de envolverlos en los cambux con que los ceñían para meterlos en las sepulturas.
La Ráuda fué, pues, el panteón de los primeros sultanes de Granada antes que se construyera el Patio de los Leones, y los sepulcros estarían colocados encima del piso, de modo que fueron desbaratados por los conquistadores á poco tiempo de su llegada.
Para describirla vamos á reproducir parte de lo que ya hemos dicho y publicado con motivo de las pinturas, en la Revista de España.
Dice Hurtado de Mendoza que Bulhaxix halló la alquimia, y que gracias al oro que hicieron por su medio pudieron embellecer los palacios, cercar la ciudad con triple muralla y edificar la Alhambra con sus muros de oro y pedrerías. No es menester fabricar el oro ni hallar las perlas y las amatistas en estos muros para creer que el efecto que debían producir cuando se construyeron daba lugar á todo género de fantasías. Vestigios de colores y oro hay por todas partes, y en la Sala de Justicia lo conservan más ó menos todos los ornatos. Es una hermosa nave de tres cúpulas principales más elevadas y cinco más pequeñas, franqueada por tres elegantes puertas que comunican con el Patio de los Leones. Otros tres arcos más esbeltos y clásicos se levantan en los testeros principales de los tres departamentos cuadrados y dan luz á tres Kubbas ó alhamíes coronadas de techos embocinados donde, sobre fondo de tafilete, se hallan pintadas las singulares obras de color y dibujo que no han podido borrar cinco siglos de olvido y abandono. La decoración mocárabe de estos divanes nos recuerda algo de la catedral de Córdoba en sus arcos apuntados y estrechos en los arranques. Fué sin duda un tributo pagado por los alarifes de la Alhambra á los de aquella gran mezquita. Los techos estalactíticos[119] fantasean las grutas de filtraciones calcáreas en las estancias de estos pabellones, con sus cúpulas sembradas de claraboyas, y sus anchos frisos ostentan los escudos alhamares entre los cristianos motes de los reyes que conquistaron tan afamadas obras.
Desde 1496 estas notables tarbeas que levantan airosas sus esbeltos cupulinos, se denominaban ya Sala del Tribunal, del Consejo y de los Retratos, en las crónicas de Mendoza y de Pulgar, aceptadas por Argote de Molina y Lozano. Pero autores modernos, fijándose en la costumbre de los reyes mahometanos y de nuestros monarcas desde D. Pedro hasta los Reyes Católicos, han establecido con suficientes datos el hecho de que nunca la sala donde se administraba justicia se hallaba en el fondo del harem, sino en las puertas de los castillos y casas de reyes; y por consiguiente, el nombre dado á esta sala no podía tener por fundamento ese destino, á no ser que bajo los nazaritas sirviera de diván donde se reunían los magnates y catibes á decretar los asuntos de Estado. Tampoco debía llamarse de los Retratos de los Reyes, porque ni se ven allí pintados todos los que se sucedieron en Granada antes del año 1400, ni los colores de sus trajes, ni aleñas de sus barbas coinciden con los distintivos que en sus blasones adoptaron, ni con los trajes negros con franjas rojas, que usaron los primeros sultanes, ni los bermejos con franjas negras que por regla general son usados por las dinastías reinantes de los Abbasidas.
Difícil nos será alejar la creencia de que dichas pinturas no podían haber sido hechas por artistas mahometanos, fundada en el texto de la Sura, que prohibe á los descendientes de Agar imitar las formas naturales y representarlas sobre mármoles y estucos; pero no lo es tanto si se atiende á que los que labraron esculturas de hombres y animales, y fundieron bronces como los que hemos visto[120], no podían haberse impuesto el veto de no pintar lo que de mil maneras esculpían. De allí la suposición de que algunos cautivos cristianos debieron ser los autores de las tres obras, únicos que en aquella época ejercían la profesión y pudieron interpretar el estilo gótico y romanesco de los edificios que hay en ellas diseñados.
En el siglo XII se pintaban en Italia los torneos al estilo oriental entre figuras grotescas de animales, para cubrir los muros de los palacios; pero notándose en ellas cierta corrección de dibujo y deseo de imitar lo natural de las actitudes y movimientos, que como arte son obras superiores á las de la Alhambra, aun siendo aquéllas más antiguas. En los libros de miniaturas del rey Módus, siglo XIII, hay unas cacerías que también tienen este mismo carácter, con pájaros y jabalíes, en las que los árboles, los caballos, los escuderos, están dispuestos como en las pinturas de la bóveda de la derecha: difieren los arreos, pero los jinetes van vestidos según éstos, de cota ceñida y capuchón á la usanza de Gastón Febo en sus cacerías de jabalíes, donde se ven estos mismos caballeros que parecen de madera, y que en verdad tienen más expresión; lo mismo que los del manuscrito Lancelot en la escena de los caballeros de la mesa redonda, del siglo XIV. Y las pinturas hechas por cristianos con motivo del viaje de Carlos IV de Francia, que son de la misma época ¿no ofrecen una diferencia notable en el modo de plegar los paños, en los cabellos y en las manos, de la tiesura y rigidez de miembros que se nota en las figuras de estas bóvedas, donde no se ve más que la silueta negra que forma el dibujo y los diversos colores que llenan los espacios?
Sobre las figuras de la bóveda del centro[121], ¿qué hay en ellas que nos indique si son retratos de los reyes que se habían sucedido en Granada por aquel tiempo? Ningún distintivo tienen: ni en el turbante por la riqueza de pedrería en forma de escarapelas, ni en los anillos de oro ciñendo la frente, ni en los cinturones guarnecidos de colores y dorados, ni en las ajorcas á la mitad de los brazos, ni en las empuñaduras de las espadas se indica que los personajes debieran distinguirse como fué uso y costumbre entre los sultanes de la Arabia y de la Persia; por el contrario, en el Oriente los árabes en Consejo se han colocado siempre en el orden que están aquí; mientras que á los reyes rara vez se retrataban por respeto á sus personas. En cambio estaba admitido el pintar retratos de poetas, adivinos, recitadores, charlatanes y otros tipos que abundaban en las cortes de los kalifas, los cuales tenían siempre divertidos á los reyes con sus gracias, como se cuenta de los kalifas Ben-Ahkam, Illah, Moavia, Abdul-Melic, y de los que les sucedieron, lejanos ascendientes de los reyes de Granada.
En el siglo XIV, en cuya época debieron hacerse estas pinturas, el arte se había perfeccionado más en Italia que lo que aquí se demuestra. Adriano de Edesia pintó en Milán sobre las paredes que doraban ó cubrían de azul, figuras alegóricas de los tiempos paganos, en las cuales había desaparecido ya ese perfilado negro con que están dibujadas las de los más antiguos tiempos, como lo indican las iglesias de la Cava, de Casuaria y Subiaco, para imitar exclusivamente los mosáicos de los bizantinos, donde campeaban los colores vivos, dispuestos en forma de escaques, de fajas ó rosetones, cuya disposición fué todavía más extraña que la de las pinturas de la Alhambra; y en el siglo X y siguientes se pintaban en algunos claustros de los conventos, cacerías centauros y arabescos profanos, según decía el Santo de Claraval, que declamaba contra esta costumbre, la misma que se observó en los monasterios góticos de España; todo lo cual nos induce á creer que podía haber en el territorio dominado por los árabes pintores que conservaran esta tradición.
Existiendo, pues, la pintura como arte decorativo antes de Cimabúe, y habiendo éste aprendido de los griegos, como bien claro se ve, sus antecesores del siglo XIII fueron enteramente reproductores de tipos y escenas orientales, aunque las aplicaran á los monasterios; pero de entre ellas, las de la Alhambra derivaban propiamente de este origen, hechas por árabes ó bizantinos, que viajaban entonces en las principales ciudades de Europa, y que en Granada existían, sin duda, como buenos musulmanes; los cuales á principios del siglo XV no pintaban tan bien como los italianos de los tiempos de Giotto y de Stéfani, en cuyas obras se revela un arte que tiende al Renacimiento; mientras que en éstas, hechas anteriormente, se expresa un sistema de pintar hierático con arreglo al trazado de Teófilo; y más cuando ya se sabía el modo de disolver los colores con linaza, cuyo medio no se revela en ninguno de estos ejemplares. Las pinturas que aquí vemos no están hechas por estos procedimientos, sino que son de cola ó huevo, barnizadas después con linaza como las que se usan todavía en las iglesias rusas; por consiguiente, en el tiempo de Tomás Guido y de Pablo Uccello, en que se buscaron las reglas de la perspectiva y de los escorzos, hácia 1415, que es la mayor antigüedad que se puede dar á esos pergaminos, la pintura había adelantado ya en Italia y en Francia para que se atribuyan á cristianos estas obras, que no pueden compararse más que á las de los tiempos de Masaccio, en los cuales principió á formarse el reino de Granada y en cuya época el Patio de los Leones no había sido siquiera imaginado.
Los pintores españoles que cita Cean Bermúdez, y cuyas obras pueden verse todavía, no ofrecen tampoco semejanza con éstas; además del estilo, que es distinto en su mayor parte, los adornos y las pinturas de la vieja época que existen en Toledo, en Córdoba, etc., son del año 1418 y muy conocidas, como las de Juan Alfón en la capilla de los Reyes Viejos de aquella catedral, de estilo religioso y procedimiento muy diferente; y las de Rizzi, Borgoña y del estofador Diego Copín, tampoco ofrecen semejanza, antes por el contrario, parecen y son obras de otro espíritu que tenía su tradición conforme á principios de cultura más moral y mística, y menos dominado por las influencias orientalescas que perturbaban las ideas de los convertidos españoles, en aquellos tiempos de dominaciones sucesivas.
Almonacid, un moro convertido del año 1460, estofaba y pintaba el retablo gótico de la catedral de Toledo en compañía de aragoneses y lemosinos, mezclándose de este modo el arte de los pintores de origen enteramente morisco con el de las escuelas que procedían de Francia y que ya se conocían en Galicia, León y Cataluña; notándose que no eran poco diestros en el pintar los mahometanos que en Córdoba trabajaron algunas capillas mudéjares.
En la restauración que hemos hecho el año 1871 con el objeto de asegurarlas y evitar que se cayeran á pedazos, por consecuencia de las filtraciones de las lluvias, hemos visto que están hechas de madera de la clase que vulgarmente se llama de peralejo[122], en tablas de siete centímetros de grueso, sin cortar en cerchas ni casquetes regulares, sino labradas á trozos de diversos tamaños para ir formando el elipsoide, cuya
disposición y materiales están indicando que fueron hechas en Granada precisamente; y los clavos que unen las tablas son de los que hacían los árabes para todo este edificio, bañados de estaño para que la oxidación del hierro no perjudicase á las pinturas[123]. Sobre la superficie cóncava de las tablas, bien alisada, está tendido el cuero que debieron mojar para amoldarlo, pegado con un engrudo grueso de cola, y clavado en todas direcciones con los clavitos de cabeza cuadrada en forma de muleta. Sobre el referido cuero hay extendida una capa de yeso mate y cola del espesor de dos milímetros, la cual ha sido bruñida y pintada de rojo á manera de bol, para dibujar encima con un punzón los objetos pintados; teniendo antes en cuenta que en los fondos que iban á ser dorados en bajo relieve, la capa de yeso es más espesa, para producir los adornos con moldes y una ligera presión. Y hemos notado en algunos rasgos de los punzones sobre el yeso duro, huellas de otros trazos sin orden, entre los que había formas de letras árabes puestas allí como señales del artífice que se ocupó en trazarlas; nueva indicación en favor de la procedencia morisca que se está discutiendo.
Estas bóvedas ofrecen un episodio completo de un romance fácil de adivinar, el cual se reduce, á que el león figura simbólicamente los amores de un guerrero árabe esclavizado á una cristiana de alto rango, que un mago, por medio de sus hechicerías, trata de robarla, y que es sorprendido por el cristiano que aparece y mata al mago, cuyo cristiano á su vez es muerto por el árabe en desafío y á la vista de la dama: que todo esto se verifica mientras los dueños del alcázar juegan tranquilamente dentro del edificio, muy ajenos de lo que está sucediendo por fuera. Entre tanto, otros caballeros cristianos, con trajes del tiempo de Don Juan II, se entretienen en una partida de caza de osos y jabalíes, ocupación diaria de los tiempos feudales y causa de muchas empresas amorosas.
En otra bóveda se ve en primer lugar y en el centro, una composición fantástica que tiene puntos de contacto muy marcados con la otra pintura. Una fuente en el medio, con columnas salomónicas sirviendo de eje central, y en la más
pequena de sus tazas, un perro en actitud espectante. La forma de todas las pilas es octogonal y la primera, ó la que descansa sobre el suelo, tiene en los ocho ángulos pedestales salientes, los cuales dejan entrepaños con cuadrados en el centro donde se ven cabezas de león. La segunda pila, que también derrama agua, está sostenida por ocho niños á manera de angelotes, con las cabelleras peinadas, y á un lado y otro se ven sentadas dos figuras, una de las cuales es la dama que en la otra bóveda tiene encadenado el león, y la otra es un joven que parece el del torneo. En el suelo hay como un estanque poblado de patos y gaviotas, y árboles á uno y otro lado con piñas y nísperos, cargados de pájaros de diversos colores. Siguiendo á la derecha se encuentra un paje tocando una bocina, que lleva melena en bucles ó sortijas, capuchón, pantalón ceñido y botines, como los trajes de la corte borgoñona: luego hay un caballero sorprendido por un oso al que hiere con su lanza mientras acometen á la fiera galgos y lebreles; también se ve entre ramas un joven bebiendo en una alcarraza, pero con traje tan raro, que parece del tiempo de Luis XIV.
En la bóveda del centro es donde se han entretenido más los arqueólogos, suponiendo unos que son retratos de diez reyes, hasta el conocido por Abu-Said, el Bermejo, muerto por Don Pedro de Castilla el año 1362; y como esto conviene con las escenas que se representan en las otras dos, las cuales se pueden atribuir á la misma época, es muy posible que antes que se hicieran estas pinturas no hubieran reinado más de diez nazaritas, con lo cual coinciden nuestros estudios sobre el tiempo en que fueron hechas. No hay en ellos, sin embargo, ningún distintivo por el cual podamos deducir que fueron los diez reyes mencionados. Y ¿cómo no habían de tenerlo cuando sabemos que los reyes de Persia llevan sobre el turbante ó el caftán negro á manera de escarapela, estrellas, cuentas doradas ó círculos de colores, según sus genealogías, que los kalifas de la Arabia se distinguen en el color del turbante, como se significaba la bandera del Profeta; que los turcos llevan la media luna sobre su escudo y frente, y que los de Egipto, Túnez y Marruecos se dieron á conocer también por los colores dinásticos, los petos bordados y algunas veces las coronas en forma de anillos, semejantes á las de los reyes de Judea ó de los antiguos asirios?
Hay aquí distintivos puramente jerárguicos, lo cual nos aleja completamente de la idea de que fueran reyes, que nunca vistieron sus alquiceles de dos colores, como era costumbre en aquellos tiempos entre las personas de rango y categoría, musulmanes ó cristianos. En cuanto al color de las barbas, ya se sabe que era un capricho de los tiempos feudales teñirselas como distintivo; pero no de un modo permanente; y el conocido por el nombrado alcatán era un aliño hecho de dos ó tres hierbas que producían el color rojo para la barba; y la alheña un tinte negro para el cabello y párpados, hecho de tornasol, alumbre y humo de pez, macerado en alcohol á caliente, con lo cual se ribeteaban los ojos, las cejas, manos, pies y uñas para aparecer más jóvenes y hermosos, como los antiguos egipcios y modernos africanos.
Es pues, más probable, que lo que aquí quiso representar el pintor fué un Mexuar ó Consejo árabe, porque no existe ningún género de analogía entre estas figuras y los caracteres de los monarcas que se suponen retratados; y únase á todo esto el dato del nombre que desde la conquista se dió á esta sala, que fué del Tribunal, con preferencia al de los Retratos, que empezó á dársele algunos años después[124]. Además, nosotros creemos que la disposición de este aposento enlazado con el Patio de los Leones, separado algún tanto del harem que ocupaba las habitaciones altas, hace sospechar que era el lugar destinado para las conferencias de los reyes con sus ministros y capitanes, á cuyo sitio se entraba por la puerta separada que hemos indicado en otro sitio, cerca del vestíbulo de todo este tercero y más moderno alcázar.
En las dos extremidades hay escudos parecidos á los del tiempo de Don Juan II, con banda que sale de la boca de dos sierpes y dos leones por debajo de cada uno, sentados y simétricos como serias esfinges; lo cual, si bien descubre la época cristiana, no se concibe por qué en la Alhambra se ve este signo heráldico diferente de los usados por los moros, pues desde Mohamad I, denominado Algalib-billah (el vencedor por Dios), siempre llevó la faja de su escudo este mote, y aun antes los de todos los sultanes andaluces; además que el escudo árabe es siempre más cuadrado, mientras que éste, como los que hay colocados en las puertas del castillo de las otras pinturas, es más triangular y se asemeja á los usados por visigodos, y su color es rojo, el mismo que usaban los moros granadinos en los estandartes y emblemas.
Lo que más comunmente se había usado por blasón en tiempo del kalifato, fué una llave azul en campo de plata; pero este signo fué también de los monarcas granadinos, los cuales no habían abierto con la llave las puertas de la Península. ¿Cómo, pues, se cambia el blasón en el caso presente, y la llave continúa poniéndose en las claves de los arcos de los castillos y alcázares?
Sobre todas las pruebas irrefutables de que los citados retratos no eran de reyes, existe la de que el traje no es encarnado, como indubitadamente lo usaron los nazaritas, cuyo color solo lo cambiaban en el caso de luto, que lo usaban negro como los cristianos. Y resulta que el traje de Boabdil era encarnado en la batalla de Lucena[125], y que siguiendo la costumbre de los trajes rojos en los monarcas granadinos, se sabe por la historia de la rebelión de los moriscos que Aben-Humeya fué investido con las insignias reales, colocándole traje encarnado; y el mismo Ibn-Jaldun refiere que en Málaga y en Baza se hacían trajes de este color, con las figuras de reyes pintadas en el pectoral, á semejanza de los de Siria; y no habiendo, por consiguiente, entre las figuras aquí representadas más de una que tenga el traje escarlata, aunque se quisiera suponer que éste fuera el único retrato de rey, es para nosotros dudoso, porque según Al-Makkari, los reyes granadinos no llevaban turbantes ó imamas, y todas estas figuras lo llevan sin excepción, mientras que, dice este autor terminantemente, que éstos eran llevados sólo por los ulemas y otros doctores de la ley en todos los casos; tales relatos acaban de resolver la cuestión.
Por último, en un escudo que lleva al brazo uno de los caballeros de las otras pinturas, se nota un signo heráldico de tres palomas blancas en campo rojo, que pertenece á la familia de los Acejas, según el autor de la Historia de Galicia[126] cuyo emblema no debe confundirse con el escudo de los Huete que usaban la paloma blanca en campo azul. Por lo tanto, el episodio hay que buscarlo en los antecedentes nobiliarios de aquella casa, y bien podrá hallarse una vez planteado el problema que dejamos expuesto, al señalar la familia que tales empresas sostuvo con los moros andaluces.
Y para concluir, citaremos un extracto de Ibn-Jaldun, publicado por el Instituto imperial de Francia[127], el cual prueba que los cristianos de Castilla y León se llamaban gallegos, por los árabes, razón por la cual se busca en la historia de Galicia el nobiliario de los Acejas, cuyo escudo se ve en estos cuadros, como cristianos que vivían fronterizos al andaluz; además los árabes imitaban á dichos gallegos, llegando á pintar imágenes y simulacros, atamadil, en el exterior de los muros y dentro de los edificios. Y sobre todo, el citado autor[128], que censuraba estas imitaciones en los árabes, nos habría dicho que eran obras de cristianos renegados ó de extranjeros, lo cual no hizo; antes bien, lo criticó en el pueblo muslímico, como resultado del predominio cristiano que ya se sentía por todas partes.
Pasando por una hermosa puerta de lacería y talla, entramos en un aposento cuya galanura no podríamos describir mejor que lo hicieron los árabes en los veinticuatro versos grabados sobre su hermoso zócalo de azulejos.
Á un lado y otro, antes de pisar los umbrales marmóreos de esta sala, se halla un estrecho corredor ó pasadizo, que subía á los aposentos altos y menacires tomando á la derecha, y por la izquierda á un pequeño megle ó cuartito reservado, de uso particular. La puerta de arrocabes cierra la salida al patio dejando dentro de la habitación completa independencia, como se observa también en las otras salas recorridas, pudiendo de este modo ser visitados los patios sin comunicación con los cuartos del harem.
Leamos las inscripciones para comprender mejor la belleza incomparable de la estancia:
«Yo soy el jardín que aparece por la mañana ornado de belleza; contempla atentamente mi hermosura y hallarás explicada mi condición».
«En esplendor compito, á causa de mi señor el príncipe Mohamad, con lo más noble de todo lo pasado y venidero».
«Pues por Dios que sus bellos edificios sobrepujan por los venturosos presagios á todos los edificios».
«¡Cuántos amenos lugares se ofrecen á los ojos! El espíritu de un hombre de dulce condición verá en ellos realizadas sus ilusiones».
«Aquí frecuentemente buscan su refugio de noche las cinco pléyadas, y el aire nocivo amanece suave y deleitoso».
«Y hay una cúpula admirable que tiene pocas semejantes. En ella hay hermosuras ocultas y hermosuras manifiestas».
«Extiende hacia ella su mano la constelación de los gemelos en signo de salutación, y se le acerca la luna para conversar secretamente».
«Y desearían las estrellas resplandecientes permanecer en ella y no tener en la celeste bóveda fijado su curso».
«Y en sus dos galerias, á semejanza de las jóvenes esclavas, apresurarse á prestar el mismo servicio con que ellas le complacen[129]».
«No fuera de admirar que los luceros abandonasen su altura y traspasasen el límite fijado».
«Y permaneciesen á las órdenes de mi señor, por su más alto servicio, alcanzando más alta honra».
«Hay aquí un pórtico dotado con tal esplendor, que el alcázar aventaja en él aun á la bóveda del cielo».
«¡Con cuántas galas lo has engrandecido! (¡Oh, rey!) Entre sus adornos hay colores que hacen poner en olvido los de las preciadas vestiduras del Yemen».
«¡Cuántos arcos se elevan en su bóveda sobre columnas que aparecen bañadas por la luz!»
«Creerás que son planetas, que ruedan en sus órbitas, y que oscurecen los claros fulgores de la naciente aurora».
«Las columnas poseen toda clase de maravillas. Vuela la fama de su belleza, que ha venido á ser proverbial».
«Y hay mármol luciente que esparce su resplandor y esclarece lo que se hallaba envuelto en las tinieblas».
«Cuando brilla herido por los rayos del sol, creerás que son perlas á pesar de su magnitud».
«Jamás hemos visto un alcázar de más elevada apariencia, de más claro horizonte, ni de amplitud más acomodada».
«Ni hemos visto un jardín más agradable por lo florido, de más perfumado ambiente, ni de más exquisitos frutos».
«Paga doblemente y al contado la suma que el cadí de la belleza le ha señalado».
«Pues está llena la mano del céfiro desde la mañana de dirhames de luz, que contienen lo suficiente para el pago».
«Y llenan el recinto del jardín en torno de sus ramas los adinares del sol, dejándole engalanado».
Las demás inscripciones citan el nombre de Abu Abdillah y otras son versículos koránicos y salutaciones de las acostumbradas.
Todos los cuartos de esta sala eran aposentos de mujeres distinguidas que vivían con independencia dentro del mismo harem, y de aquí el que haya existido la tradición de que dos hermanas cautivas lo habitaron, las cuales murieron de celos, contemplando desde la ventana del alhamí las escenas amorosas en el jardín de las Damas; la puerta del alhamí de la izquierda, descubierta por nosotros en 1870, era la que comunicaba secretamente con los cuartos del sultán y los baños.
Son notables en esta sala, y del género más puro, los alicatados ó azulejos del basamento, de difícil combinación y complicados en su dibujo, sorprendiendo sobremanera la tersura del barniz y la planicie de cada pedacito de color diferente, porque sabido es cuánta dificultad ofrece fabricar esta loza con esas condiciones[130]. Hemos examinado el modo de labrarlos y hallamos que cada uno se ha trabajado con cincel y lima hasta incrustarlo con la perfección que se nota.
La bóveda es la más dilatada que hay de colgantes, cuya atrevida construcción espanta y no puede debidamente calcularse, más que suponiendo que pende de un esqueleto de madera afianzado en sus estribos.
Don Diego del Arco restauró esta sala en 1705[131], y todavía se nota la obra en aquellos sitios donde no hay colores antiguos. En 1691 se repararon los mosáicos en los alfeizares de las puertas. En 1622 hubo un ligero hundimiento en dos de las hornacinas del segundo cuerpo decorativo, que fué restaurado inmediatamente, reponiendo algunos puentes de madera de la construcción interior. Este departamento se conserva mejor que otros muchos, siendo fácil hallar en él vestigios de los primeros colores con que fué pintado y de la delicadeza de los trazos; pero lo que más llama la atención es que todo el ornato se ajusta como en ninguna otra parte á su construcción; nada puede en él quitarse y nada reemplazarse sin que se destruya la unidad de su composición, tan admirablemente distribuída. Por la traza geométrica de sus amedinados no puede ser ni más grande ni más pequeña, todo está encajado como en un tablero de ajedrez, y para hacerla hubo que imaginar, al mismo tiempo que el conjunto, sus más pequeños detalles, lo cual no es de rigor en los demás géneros de arquitectura, donde siempre hay algo que se deja á lo imprevisto. Se atribuye á Aben Zemcid la dirección de esta obra.
Se pasa una antesala que tiene una hermosa bóveda de admirable combinación y se entra en este pequeño aposento que se llamaba de Daraxa en 1622, y desde cuya fecha hallamos documentos con el nombre moderno. En árabe indica lugar para entrar ó ascender; pero los poetas, desde el siglo XVII en adelante, suponen que era el nombre de una sultana favorita que pasaba sus días en este delicioso cuarto, lo cual es una tradición que tiene por fundamento el nombre de la sultana Aixa, llevado por muchas reinas, de las cuales sería éste un lugar predilecto[132].
Nótese el arco de entrada, fastuosa inspiración; nada más elegante y rico sin carecer de la delicada sencillez, que encanta al que lo mira. Dice el P. Echevarría que en los gruesos del arco había nichos como los de otros parajes; pero podemos asegurar que la decoración de este sitio no ha sido jamás modificada.
Obsérvase lo rebajado del ajimez del centro y ventanas laterales, así dispuestos para reclinarse en el suelo á la vista de los jardines. Son cúficos la mayor parte de los adornos de las paredes. Tan preciosa estructura está coronada por una trazería calada hecha de madera, y en cuyos claros había colocados cristales de colores[133]. La luz neutra que se derramaba por ellos producida por los colores de sus vidrios, daría á esta estancia un aspecto sublime. Para ello, estaban cubiertos los claros con cuajadas celosías de madera que velaban la luz del jardín, todo lo cual armonizaría perfectamente los colores de las paredes en todo el vigor de su entonación, con los trasparentes del techo, que hoy aparecen un poco fuertes. Las cuatro paredes de este precioso mirador están compuestas de arcos apuntados dobles y triples bajo un centro común, y el de entrada tiene las más bellas enjutas que hay en el alcázar, con una curva á festón que regulariza los mocárabes de su intrados en pequeños cupulinos. Los alicatados ó azulejos son los más finos, obra de indescriptible paciencia. Su pavimento era una alfombra de los mismos mosáicos del umbral, y el todo revela un encanto y misterio voluptuoso, sin igual en el alcázar.
Desde la ventana del centro se veía el río Darro, antes de que se construyera el Patio de los Naranjos, después de la conquista.
En el año 1853 se fortificaron los muros por el exterior para contener la ruína indicada en la antesala inmediata. En ella se notan dos preciosos ajimeces que abren al patio citado, y los arabescos interiores de los muros conservan bien sus colores primitivos, especialmente en su hermosa techumbre.
Los espacios lisos de esta antesala, como hemos dicho de otros análogos, los cubrían los árabes con tapices y cueros labrados, ó con panoplias de telas de diversos colores, en las cuales había pescantes como kanecitos para colgar ropas, armas y otros objetos. Las dos puertas de sus extremidades son modernas, pues por este lado cerraba el edificio sin otra comunicación que la del centro.
He aquí las notables inscripciones de este pequeño cuarto:
«Todas las artes han contribuído á embellecerme, y me han dado su esplendor y sus perfecciones».
«El que me vea creerá que soy una esposa que se dirije á este vaso y le pide sus favores».
«Cuando el que me mira contempla con atención mi hermosura, su misma vista desmentirá al pensamiento».
«Y creerá, al ver los tibios rayos de mi esplendor, que la luna llena tiene aquí fija su aureola, abandonando sus mansiones por las mías».
En otro lado dice:
«No soy sola, pues desde aquí se contempla un jardín admirable; no se ha visto jamás otro semejante».
«Este es el palacio de cristal: el que le mire le tendrá por un oceano pavoroso y le espantará.
«Todo es obra del imán Ebn Nasr. Guarde Dios para otros reyes su grandeza».
«Sus antepasados alcanzaron la más alta nobleza, pues dieron hospitalidad al Profeta y su familia».
Luego se halla alrededor ó recuadro de las ventanas, en metro tawil, este poema:
«El fresco ambiente esparce aquí con profusión su hálito; el viento es saludable y lánguida el aura».
«He reunido toda clase de bellezas en tan alto grado, que de mí quisieran tomarla las estrellas en su alta esfera».
«Yo soy en este jardín un ojo lleno de júbilo, y la pupila de este ojo es en verdad nuestro Señor».
«Mohamad el glorificado por su valor y generosidad, el de la fama más preclara, el de la rectitud más distinguida».
«La luna de la buena suerte resplandece en el horizonte del imperio: sus signos son duraderos y su esplendor luciente».
«Él no es sino un sol que se ha fijado en esta mansión y cuya sombra es provechosa y benéfica».
«Desde aquí contempla la capital del imperio cuantas veces espléndida se manifiesta y brilla en el trono del Kalifato[134]».
«Y arroja su mirada hacia el lugar en que los céfiros juguetean, y vuelve contento de los honores que le rinden».
«En estas mansiones se presentan tantas amenidades á la vista, que cautivan la mirada y suspenden la inteligencia».
«Un orbe de cristal manifiesta aquí sus maravillas. La belleza se halla grabada en toda la superficie que rebosa de opulencia».
«Están dispuestos los colores y la luz cada cual de tal manera, que si quieres podrás considerarlos como cosas distintas ó bien análogas».
Hay otras muchas inscripciones que se refieren á Mahomad V, pero sin aparente interés arqueológico ni literario[135].
El patio que unos llaman de Lindaraxa y otros de los Naranjos, tiene en el centro una fuente mitad árabe mitad renacimiento, que termina por una concha circular agallonada y en su borde una inscripcion medio desgastada por el agua, cuyo texto, interrumpido, dice así:
«Yo soy en verdad un orbe de agua que se manifiesta á los hombres claro y sin velo alguno».
«Un mar extenso cuyas riberas son obra artística de mármol selecto».
«Su agua, como líquidas perlas, corre por el hielo... más grande... admiración».
«Se separa de mí el agua de tal suerte, que yo no soy... con el que se oculta».
«Como si yo y lo que... de la fuente... que corre».
«Un trozo de hielo, parte del cual se liquida y parte no se liquida».
«Cuando sobrenada... un orbe más elevado que todos los órdenes de estrellas».
«Como si lo que en mí se manifiesta fuera una concha y la reunión de perlas fueran estas gotas....... las felicidades....... tarde. El valeroso, el de la extirpe de Galib».
«De los hijos de la prosperidad, de los venturosos, estrellas resplandecientes de bondad, mansión deliciosa de nobleza».
«De los hijos del Kiblah, de la estirpe de Jazrech, ellos proclamaron la verdad y ampararon al Profeta».
«Saad... hizo resplandecer todas las tinieblas».
«Las comarcas en la seguridad perpetua y... en defensa del reinado; de dignidad elevada».
«Tengo en belleza el más ilustre grado. Mi forma causó admiración á los eruditos».
«Jamás se ha visto una cosa mejor que yo en Oriente ni Occidente».
«Y si no... reinado... antes entre los extranjeros y no entre los árabes».
No hay noticia positiva de la procedencia de esta fuente. El patio de dos saletas que cita Mármol, es hoy el de la Mezquita, y tenía una fuente en el centro que ya no existe; aunque podía ser de este paraje, la inscripción se refiere al tiempo de Mohamad V, y la construcción del patio de la Mezquita es anterior á este monarca. ¿Pudiera ser esta la fuente árabe que se puso á la venta el año 1667, con algunas columnas procedentes de la casa del marqués de Mondéjar y que no se vendieron por falta de comprador? Pero atendiendo á que la inscripción se refiere á un oceano de agua, de gran extensión, que pudiera aludir al estanque morisco que tenía aquel palacio delante del pórtico, no lo consideramos probable, porque cuando se verificaron estas traslaciones debía ya estar colocada la fuente en este sitio. Nosotros nos resolvemos á suponer que la referida taza de fuente no es del alcázar, sino de alguno de los innumerables palacios que había en la Alhambra no lejos de éste.
Todo el patio es moderno, y sus claustros y salas del tiempo del emperador Carlos V, como lo demuestran los techos casetonados greco-romanos de sus salas altas, en las que se ven dos elegantes chimeneas con labrados atributos del imperio. Estas habitaciones estaban dispuestas para hermosos tapices flamencos y después fueron pintadas á semejanza del Mirador. La nombrada de las Frutas, última de esta galería, fué habitada por varios monarcas, y últimamente se hospedó en ella el célebre poeta Washington Irving, en cuyo retiro compuso sus mejores obras. En los cenadores del patio hay una colección de columnas árabes que, según un manuscrito sobre aguas del Convento de San Francisco, pertenecieron á aquél cuando era mezquita y rauda antes de la reconquista, así como otras muchas piedras que han desaparecido.
Por este patio se entra á varias salas embovedadas que resultan debajo de la de las Dos Hermanas. En la del centro se observa el efecto acústico del sonido que se trasmite por el embocinado de las curvas y se repite en los cruceros de las bóvedas, lo cual hizo que esta sala se llamara de los Secretos, único interés que ofrece para ser visitada. En suma, los cenadores no existían en tiempos árabes, y en su lugar había un dilatado jardín, en donde tal vez se hallaba el estanque y fuente, con arreglo á las inscripciones de la taza citada.
Si hemos de hacer mención de este patio, es tan sólo por declarar destituída de verosimilitud la tradición, que supone ser esta reja que hay en dos de los lados la prisión de la reina Doña Juana. Nunca se halló esta reina en tal estado de enagenación mental que fuese preciso encerrarla de un modo tan cruel y poco humanitario. En 1561 se nombraba al cuarto alto inmediato, el Guardajoyas de la reina, y esto está conforme con lo que dice Argote: que se colocó la reja para resguardo de la vajilla del real servicio en el año 1639.
En las galerías se encuentran capiteles de antigua forma y pura degeneración bizantina, que vuelve á acercarse á la arquitectura hispano-mahometana del siglo XII. Son notables estas columnas, que debieron traerse aquí de otros edificios más antiguos, y que marcan bien una transición en el gusto árabe, tendiendo á regularizar la forma cúbica que se determinó francamente en los capiteles del Patio de los Leones. Las inscripciones de los del corredor alto, donde hay dos muy bellos de colgantes, son las leyendas sura 11, vers. 90 y la 65, vers. 3.º.
En la bóveda, bajo la torre de Comareh, hay dos estatuas[136] y un medallón que representa la fábula de Júpiter y Leda. Las tres esculturas son menos que medianas, y de un interesante trabajo presentado el año último á la Comisión de Monumentos, resulta: que estas tres esculturas y las del altar de la capilla que luego describiremos, debieron ser parte de las piezas de una chimenea que se adquirió para el palacio á mediados del siglo XVI[137].
El pueblo, dado siempre á lo maravilloso, ha creído hallar tesoros en las ruínas de los monumentos árabes. La rebelión de los moriscos, las persecuciones crueles que sufrieron, la expulsión horrible que luego los exterminó, han proporcionado el hallazgo de muchas alhajas, libros, amuletos y monedas que han hecho la suerte de algunas familias; pero esto, que se encontraba fácilmente en los pueblos, aldeas y caseríos, no se halló jamás en los palacios reales, porque los reyes salieron de ellos llevando consigo cuanto poseían. Los vasos llenos de oro, las arcas de hierro y cuanto se ha querido suponer hallado en este sitio, es una torpe invención, porque las estatuas no pueden ser del tiempo de los árabes, y por consiguiente la escritura mahometana que reveló el secreto del tesoro no podía referirse á ellas.
Todos estos subterráneos son los viaductos de circunvalación que comunicaban todas las torres de la Alhambra.
Desde él se descubre un hermoso panorama: el Albaicín, ciudad antigua; las murallas árabes construídas á expensas del obispo D. Gonzalo; las casas bajas del barrio del Hajariz; el Seminario de San Cecilio, lugar de recuerdos piadosos; los amenísimos cármenes[138]; la ermita de San Miguel sobre el fuerte del Aceituno, sitio en el cual los mozárabes veneraron esta imagen desde el tiempo de la invasión; la Alcazaba vieja, últimos edificios más elevados sobre la montaña, primera residencia de los zeiritas y también de los primeros walíes trasladados de Illiberis; el Generalife sobre el collado de la derecha, parte velado por la inmediata torre de las Damas, descrita por Argote[139], y en el fondo de esta bellísima comarca corre el Salom (hoy Darro) que, como decia Mármol, viene de la montaña de los mirtos y dan oro sus arenas, hasta mezclarse con el caudaloso Singilo ó Genil, antes de recorrer juntos la deliciosa llanura de Granada.
Esta torre ó alminar no estaba dispuesta en su origen como hoy la vemos. El corredor que la circunda era entonces de aguzadas almenas; las nuevas ventanitas, de alicatados tragaluces, y bajo el suelo que hoy tiene se halla el pequeño templete que se elevó al sultán Abul Hachach en memoria de su bienvenida[140]. Descubiertos sus lados por Oriente, en él esperaban los emires la venida del sol, y en su aislado recinto murmuraban el santo rezo de la mañana. La inscripción de la techumbre y la puerta, por bajo de la que hoy tiene la torre; las salutaciones y versos koránicos sobre las columnas y cartelas de la sala baja; las trazerías de acicafes en los zócalos (únicos ejemplares de todo el edificio), demuestran harto bien el sublime objeto de la obra. Los ajimeces, cerrados hoy con mezquinas ventanillas; las pinturas de estilo pompeyano; el perfumador para las ropas de las damas cristianas; en fin, todo ese conjunto de árabe y renacimiento arrojado aquí en desorden extraño é incomprensible, han privado á este alminar de su primitivo carácter y encanto.
He aquí sus inscripciones:
En la fachada:
«Al feliz arribo de Abu Abdallah, hijo de nuestro señor el príncipe de los muslines Abul Hachach».
En la techumbre alta:
«La ayuda de Dios y una victoria grande para nuestro señor Abul Hachach, príncipe de los muslines. Que sean magníficos sus triunfos».
Sobre la obra mahometana se hallan estampadas las huellas de los pinceles italianos del renacimiento y, aunque maltratadas las paredes, puede muy bien descubrirse la preciosa decoración de los rafaelescos atribuídos á Julio Aquíles y Alejandro, pintores desconocidos en Italia, pero que aquí aparecen como autores de un trabajo admirable en color, delicadeza y dibujo, muy poco común. No hay duda sobre la autenticidad de los citados autores, toda vez que hallamos un legajo del archivo de la Alhambra, donde se ve que Pedro Machuca, director de las obras de las casas reales, vieja y nueva, hace una tasación en favor del mencionado Julio Aquíles, pintor de imaginería y grutesco, el año 1546, entre cuyas partidas hay algunas referentes á las de la estufa, como se nombraba entonces[141]; y otro legajo de aquel tiempo nos da á conocer que un tal Alejandro, cuyo apellido no hemos podido descifrar, presentó cuenta al conde de Tendilla reclamando el pago de pinturas hechas, año 1538; y es muy rara la diferencia de fechas, á no ser que se refiriera á las de la sala de las Frutas y sus paredes, que también estuvieron pintadas como las demás, en tiempo de Carlos V.
Por otro lado hemos tenido ocasión de consultar con el Sr. Morelli[142] sobre el mérito de estas obras y sobre la existencia del referido pintor Julio Aquíles, y nos aseguró que no existió en Italia pintor notable de este nombre en el siglo XVI á quien se pudieran atribuir tan bellísimos ejemplares de ornamentación. Esta respetable opinión y lo poco explícito de los datos que tenemos á la vista en las referidas cuentas, puesto que no se tasan por el citado Machuca más de algunas de las pinturas que aqui vemos y quedan sin tasar la mayor parte de las más delicadas y hermosas, nos hace sospechar que algunos otros documentos debieron extraviarse del archivo, donde tal vez se hallarían los nombres de otros pintores.
Por desgracia, el afán que han tenido siempre los viajeros de dejar sus nombres estampados en las paredes de los edificios que visitan, acabará por destruir estos preciosos ornatos[143]. Las logias ó lochas están mejor conservadas, porque se hallan pintadas al óleo (á pesar de lo que en contra se ha dicho); los cuadros de figuras se hallan más confusos, porque han sido retocados al temple; y las hojas de acanto, los animales fantásticos, las frutas y flores, la gracia, en fin, con que todo está compuesto y extendido por la pared y alfréizares, distinguen esta obra de todas las que se hicieron en España por aquellos tiempos.
Los cuadros que representan batallas y combates navales, que hay en el primer aposento, no nos sorprenden por esa perspectiva caballera de los tiempos de Giotto y Cimabúe; pero su mal efecto está compensado por la precisión de los detalles, que se distinguen perfectamente y que son verdaderas miniaturas; así, en los galeones pueden verse los trajes de marinos y soldados, y en el paisaje, la condición y género de los edificios y baluartes.
Hasta recientemente[144] se ha ignorado el asunto de estos cuadros, y hoy podemos asegurar que representan la empresa contra Túnez, que acometió el emperador Carlos V, y que fué para él tan victoriosa en aquellos momentos, como luego desgraciada. Efectivamente, aquella notable expedición contra Barbaroja para salvar al Bey de Túnez, espantó á toda Europa, creyéndose que con 400 buques y 40.000 combatientes, se podría conquistar el África; y dice Ortiz de la Vega: «Carlos se hizo á la vela y entró en el golfo de Túnez á 16 de Junio de 1535. Desde el tiempo de los romanos, no había surcado aquellas aguas una tan fuerte y numerosa escuadra».
Uno de los cuadros representa la salida de la escuadra, viento en popa, del puerto de Barcelona, y otro la llegada al golfo que forman el Cabo de Ras-Adar y el Cabo Farina, á mano izquierda el Zafrán y á la derecha el de Cartago, notándose las ruínas de esta ínclita ciudad en casi todos estos cuadros, que principalmente representan el fuerte de la Goleta y la ensenada de Túnez.
En otro, se ve la lengua de tierra que cierra la entrada del golfo, en la cual se dió el primer ataque para tomar la atalaya y torre del Agua, y se percibe el orden de combate formado por las carabelas y galeones, y el desembarco que se verificó muchas veces para tomar la posición. En otro lado se ve el asalto á la Gaeta, que tan caro costó, notándose bien las baterías, las formaciones de lanceros desembarcados, el incendio de los baluartes y la entrega que hicieron los cautivos del principal de ellos, que dió el triunfo al emperador, el cual fué tan caro y sangriento, que sus soldados degollaron á la mayor parte de los habitantes de Túnez, saquearon la ciudad, y por temor á Barbaroja tuvieron que volverse á Italia, dejando expuestas á la venganza de éste gran pirata las Baleares, para que fueran arrasadas por él.
Pacheco, en su Arte de la Pintura, y Palomino en sus biografías, aseguran que fueron Julio y Alejandro los autores de estas pinturas y de otras del palacio. En los tiempos de Juan de Udino no se citan tales nombres, pero es lo cierto, que antes de 1533, se encontraba Aquíles en Valladolid, nombrado por Alonso Berruguete para tasar un retablo, y que luego vino á Granada con su mujer, y bautizó un hijo en Santa María de la Alhambra[145] en 1545; por último, en 1624, con motivo de la venida de Felipe IV á Granada, se restauraron muros y pinturas de estos lugares, que se dice habían sufrido desperfectos por el incendio de la casa del polvorista (1590), cuyas restauraciones se atribuyen á Raxis, Pérez y Fuentes.
En el patio del Estanque, y en el costado largo de la derecha, hay una puertecita que se hallaba tapiada y nosotros hemos abierto, con una escalera soterrada, del tiempo de los árabes que conduce directamente á la sala de las Camas. Antes de bajar por ella se hallaba á la izquierda un megle ó pequeño aposento, con un pórtico de dos arcos apoyados sobre una columna, cuyo notable capitel se encuentra hoy en el museo del Alcázar, donde también existen algunos restos de azulejos cuadrados del mismo sitio. La que describimos era la verdadera entrada de los baños, cuya obra es también del tiempo de Abul Hachach, á la mitad del siglo XIV. Se entra también á ellos por un embovedado que pasa debajo del patio del estanque y comunica con el de la mezquita; y así lo hallamos ya en las descripciones del año 1526, donde se dice que estaba en comunicación con la sala de las Dos Hermanas y el harem; lo cual es cierto, porque hemos hallado restos de escaleras inmediatas al último cuarto de los baños.
La sala de las Camas tiene dos divanes y cuatro puertas; una especie de tribuna ó corredor con antepechos; un cuarto alhamí, especie de morada oculta de alguna favorita, y las tribunas donde se juntaban las odaliscas á recitar las kasidas, y á cantar y tañer instrumentos de cuerda, mientras pasaba el sultán las horas de reposo.
Sufrió modificaciones importantes desde muy antiguo, hasta la última del año 1827, que le hizo perder un cuerpo más alto que tenía, guarnecido de ventanas caladas. Nosotros la hallamos así el año de 1848. Importaba mucho á nuestro juicio que este misterioso cuarto, quizá el de más carácter oriental, no se acabase de perder, y en él puede decirse que hicimos los primeros ensayos de restauración.
No era nuestro propósito llevar las restauraciones hasta el caso de pintar y dorar con la exuberancia que lo hicieron los árabes; porque sostenemos con respecto á la restauración de las obras de arte la opinión, de conservarlas hasta donde sea humanamente posible, y después que la obra se cae rota ó pulverizada, reponerla, cubriendo el hueco con otra semejante, para que la nueva sujete á la antigua que se halla expuesta á desaparecer también.
Esta teoría es aplicable en absoluto á los edificios, y puede admitir modificaciones en la pintura y escultura; pero si se conduce bien, prolongará la vida al monumento indefinidamente, sin que deje de notarse lo que corresponde á cada época de restauración.
Parece á primera vista que hay cierta exageración de color que contrasta mal con la suave entonación que da el tiempo á los edificios. Cuando se visita la Alhambra se hallan decoraciones de color tan agradables y dulces como la de la sala de las Dos Hermanas, los planos de las de Comareh, y otras donde se ven tintas suaves y nacaradas que no hieren la vista, porque han sido obra del tiempo. Los adornos mutilados, los colores medio desprendidos, el oro empañado por los siglos, amasadas las tintas por el polvo constante y la influencia atmosférica, han cambiado el efecto primitivo del alcázar; pero los lienzos de pared que han estado privados de luz y de aire muchos siglos, se han descubierto hoy con toda su frescura é intensidad, y en ellos es donde se ve ese colorido fuerte que resalta en esta sala, sin faltar á la verdad ni á su carácter.