Un pobre joven, mi amigo de los primeros años—poeta si gustáis—, de familia noble y buena—familia de raíces coloniales, peninsulares—, un bravo corazón, un brazo, una energía, acaba de morir en las cercanías de Tegucigalpa—Honduras, América Central—, a la cabeza de su tropa, llevando honrosamente su uniforme de coronel.
Diera yo dos docenas de licenciados politiqueros, de los que abundan en el país en que me tocó nacer, por esa fresca vida, por ese enérgico talento, por esa alma escogida que se sacrificó en aras del becerro de cobre del más falso de los patriotismos.
Ya sabemos que se va Bryson, corresponsal del New York Herald, a Centro América, pues se anuncia una nueva carnicería política. ¡Pobres Repúblicas! Si algo me regocija es que el barco que llevaba a Groussac en su última gira, haya pasado lejos de las costas centroamericanas. Si ese admirable justiciero desolló a Chile y a Méjico, al pasar por aquellos tropicales países, no hubiera dejado hueso sin quebrantar.
Porque, es duro decir que en aquella tierra, apenas conocida por el canal y por el café, no hay, en absoluto, aire para las almas, vida para el espíritu. En un ambiente de tiempo viejo, al amor de un cielo tibio y perezoso, reina la murmuración áulica; la aristocracia advenediza, triunfa; el progreso material, va a paso de tortuga, y los mejores talentos, las mejores fuerzas, o escapan de la atmósfera de plomo: ejemplo, Medina, el banquero de París, o sucumben en los paraísos artificiales; ejemplo, el poeta Cesáreo Salinas, o mueren en guerras de hermanos, comiéndose el corazón uno a otro, porque sea presidente Juan o Pedro; ejemplo, José María Mayorga Rivas.
He leído la orden general en que el presidente Zelaya hace justicia a Mayorga; sé, por carta del actual ministro de Relaciones Exteriores, hermano del joven sacrificado, también hombre de letras, y diplomático que desde hace seis años ha honrado a su país en Wáshington, sé, digo, que se va a publicar un libro en homenaje a la memoria del muerto.
«Te pido para sus páginas un párrafo o una estrofa tuya. No debes negarme esto, que te pido en nombre de nuestra amistad y del cariño que sé tuviste a mi hermano.»
¡Pues ya lo creo! Doy mi ofrenda, con amor, a aquella amable memoria. Era, mi amigo difunto, corazón del más bello oriente, triste, opaco, a causa del medio en que vivía. Si estuvo algún tiempo al lado de algún Gobierno cruelmente memorable, sus labios y su pluma tuvieron después frases ásperas y condenatorias para los traidores. Hizo versos, soñó, fué un buen muchacho. Fué mi contrario y mi amigo, siempre noblemente. Su muerte ha sido la de un valeroso militar; sus últimos versos los de un verdadero poeta.
Estas son las palabras que envío al hogar de duelo, donde se venera la barba blanca y patriarcal de un anciano ilustre; éstas son las palabras que desde lejos, dedico a una querida memoria.
13 mayo 1894.