LOS NENÚFARES
(BARBEY D'AUREVILLY)
Allons, bel oiseau bleu, venez chanter votre romance a madame...
(SUZANE.)
Vous ne mettrez jamais dans votre flore amoureuse le nénuphar blanc qui s'appelle...
(UNE PREMIÉRE LETTRE.)
I.—¡Nenúfares blancos, oh lirios de las aguas límpidas, nieve que surge del fondo de su azur, que adurmiéndose sobre vuestros tallos, tenéis necesidad, para dormir, de un lecho puro! Flores de pudor, ¡si!, sois demasiado altivas para dejaros cortar... y vivir después. ¡Nenúfares blancos, dormid sobre vuestros ríos! ¡Y no os cortaré jamás!
II.—Nenúfares blancos, flores de las aguas soñadoras, si soñáis, ¿en qué soñáis? Pues para soñar preciso os es estar enamoradas, es preciso tener el corazón enamorado... o celoso; pero vosotras, ¡oh, flores que el agua baña y protege, para vosotras soñar... es aspirar el frescor! ¡Nenúfares blancos, dormid en vuestra nieve; yo no os cortaré jamás!
III.—¡Nenúfares blancos, flores de las aguas adormecidas, flores cuya blancura da frío a los corazones ardientes, que os hundís en vuestras aguas desentibiadas cuando el sol luce, nenúfares blancos! Quedad ocultos en los ríos, en las brumas, bajo los sauces espesos... ¡De las flores de Dios, sois las últimas! ¡Yo no os cortaré jamás!
LA CANCIÓN DE LAS ROSAS
(ROBERT DE LA VILLEHERVÉ)
Encanto de los ojos extasiados, los rosales divinos; los rosales no darían tantas rosas, si no fuese la juventud en flor, que, rota, después del dolor, renace y revive en las cosas.
Las rosas de púrpura o de plata, que junio, artista diligente, reviste con los colores de la vida, en su brillo, en su palidez, son la metamorfosis en flor, de una niña arrancada por la muerte.
Y por eso, en los repliegues de sus pétalos delicados, obstinadamente, la rosa oculta—como las vírgenes el suyo—su corazón de oro, gloria de la flor, su corazón invisible, sin mancha.
Y por eso, en los rayos, cerca de ella, las mariposas azules revuelan querellándola, y la aman mujer, la aman flor, y el claro enjambre acariciador quisiera aun morir por ella.
Y por eso, la fresca mañana, bajo la seda y el raso, hace, para adornar la flor querida, una perla de cada lágrima y una estrella de cada perla.
CRISANTEMOS
(HENRI CORBEL)
Flores que vertéis el olvido de los odios obstinados, vosotras dejáis sobre nuestros corazones el pesar de los bellos días, viniendo a inspirar nuestros últimos amores: vuestros rayos son el adiós de las estaciones afortunadas.
Crisantemos, perfume de nuestros años de jóvenes, vuestros ojos son dulces como los de los trovadores; en vuestros pétalos de oro, en vuestros encantadores atavíos, nacéis en los umbrales de los graves destinos.
Y vuestro brillo discreto no es si no divino.
Al declinar el día, cuando la luz expira, cuando la brisa suspira y corteja al gran bosque, vosotras arrojáis, risueñas como un Dios Silvano, vuestras canciones, en la faz de los brumosos otoños, llamando los besos de los Soles monótonos.
LAS FLORES
(MALLARMÉ)
De las avalanchas de oro del viejo azur, en el día primero, y de la nieve eterna de los astros, antes sacasteis los grandes cálices para la tierra, joven aún y virgen de desastres.
La fiera Gladiola, con los cisnes de cuello fino, y ese divino laurel de las almas desterradas, bermejo como el puro dedo del pie de un serafín, que enrojece el pudor de las auroras holladas; el jacinto, el mirto de adorable brillo y semejante a la carne de la mujer, la rosa cruel, Herodias en flor del jardín claro, aquella que riega una sangre soberbia y radiosa.
¡Y tú hiciste la blancura sollozante de los lises que, rodando sobre mares de suspiros que roza, a través del incienso azul de los pálidos horizontes, sube, en un ensueño, hacia la luna que llora!
¡Hosanna en el sistro y en los incensarios, Padre Nuestro, hosanna del jardín de nuestros limbos!
¡Y concluya el eco por las celestes tardes, éxtasis de las miradas, scintilaciones de los nimbos!
¡Oh Padre, que creaste en tu seno, justo y fuerte, cálices balanceando la futura redoma! Grandes flores con la balsámica muerte para el poeta fatigado a quien la vida debilita.