El autor de estas líneas, a raíz de la traición que elevara a los hermanos Ezetas al poder, en la República del Salvador, publicó en Guatemala un folleto con el título de Historia Negra; contiene la narración exacta de los sucesos en que fué víctima lamentada el presidente Menéndez.
Cinco años después amplió aquellas apuntaciones en un artículo que apareció en las columnas de este diario, a propósito de la caída de los Ezetas.
Los lectores de La Nación están, pues, al corriente de los acontecimientos en que tanto se ha hecho sonar la tan famosa tiranía bicéfala de aquel pequeño país centroamericano.
Ayer el cable nos ha comunicado el escandaloso y ridículo epílogo de la Historia Negra, haciendo saber al mundo cómo los millones acaparados por «el hombre del 22 de junio» se han evaporado en la ruleta de Monte-Carlo.
En cinco años de poder, Carlos y Antonio Ezeta, que antes de la traición no tenían sino sus sueldos de militares, se convirtieron en millonarios: casa en Madrid, estancias en el Salvador, rentas, depósitos en el Banco de Londres.
Recientemente la asamblea salvadoreña ha ordenado la instrucción del largo proceso.
Cuando huyeron a los Estados Unidos los dos hermanos, les fueron embargadas por el Gobierno de Gutiérrez las propiedades que tenían en el país.
Siguiendo las huellas de todos los ex presidentes de la Pepa, Carlos se dirigió a París a gozar de su dinero, en tanto que Antonio estaba preso en San Francisco de California, a pedido del Gobierno salvadoreño que negociaba su extradición.
Esta no se pudo conseguir, y Antonio, ya libre, se dirigió a Méjico, en donde creía encontrar apoyo en Porfirio Díaz.
Parece que cuando estuvo a punto de estallar la guerra entre Méjico y Guatemala, Antonio Ezeta ofreció sus servicios a la primera nación, con esperanzas de poder después recibir auxilio para revolucionar el Salvador.
Uno y otro hermano hicieron más de una vez que el cable comunicase de ellos poco honrosas noticias; ya era Carlos humillado y afrentado en un teatro de París por un colombiano a quien persiguiera durante su tiranía; ya era Antonio haciendo el Don Juan Tenorio con doncellas de labor en el país del tío Samuel. Mucho tuvieron que hacer los lápices de los caricaturistas.
Esparcidos por todos lugares, después de la débâcle, los exseides de los Ezetas, tenían encargo de comprar a la Prensa extranjera poco escrupulosa. La diatriba y el odio se multiplicaron contra los antiguos amigos de Menéndez y los vencedores de la revolución encabezada por Gutiérrez. El autor de la Historia Negra no fué de los menos atacados, y hasta la superchería de una falsa muerte fué propalada por diario como La Estrella de Panamá.
Mientras Antonio Ezeta pretendía inútilmente que Porfirio Díaz le ayudase a recuperar el Gobierno perdido, Carlos se divertía.
Sin la distinción y la habilidad de un rasta de alto vuelo, de un ilustre americano, no podía aspirar a casar a sus hijas con un Morny, ni a figurar en el «tout Paris» en manera alguna. Dedicóse a gastar sus millones, y la vida parisiense le fué fácil para ese objeto.
Mas el nabab iba quedándose cada día con menos rentas, y buscó refugio en Monte-Carlo. Monte-Carlo le ha llevado a la ruina; ruina pregonada por la Prensa del mundo.
Es un hermoso capítulo de Los presidentes en el destierro—novela que espera un Daudet corregida por Juvenal.
Es en verdad digna de estudio la vida política de esos países centroamericanos. South America no cuenta con ejemplares tan admirables de perfecta tiranía. Luego ¿no es asombroso que de republiquitas cuyos habitantes son los de un barrio de Buenos Aires, puedan extraer esos tiranuelos dineros con que ufanarse varias veces millonarios?
Un día, Emilio Castelar, ofrecía en su casa, de Madrid, un almuerzo al representante de una República centroamericana, antiguo colaborador de La Nación. Como éste viese en una panoplia, entre varios retratos de celebridades universales, uno de Carlos Ezeta, dijo, poco más o menos, al célebre tribuno:
—Voy, señor, a buscar en Madrid un retrato de San Martín o de Bolívar, de Bello o de Andrade, para que esté quien debe estar en el lugar que ocupa en esa panoplia el presidente del Salvador. ¿Sabe usted la historia política de Carlos Ezeta?
Sonriente, Castelar, se dirigió a un amigo suyo, invitado al almuerzo, el Sr. Abarzuza, que después ha sido ministro.
—Esos países, esos países, están aún en estado primitivo.
Y continuó en larga peroración, con su manera siempre oratoria y maravillosa. Habló de las frecuentes revoluciones americanas, de las tiranías nuestras desde Rosas a los Ezetas, pasando por Guzmán Blanco y Rufino Barrios y Zaldívar. Bien enterado de nuestras agitaciones y pequeñeces, disertó de modo magistral, concluyendo, optimista, por augurar un tiempo mejor. Y en cuanto a la particularidad del envío del retrato de Ezeta, habló de la pomposa dedicatoria, y de cómo no era el primer retrato de mandarín americano que hubiera recibido con dedicatorias semejantes.
El retrato del tirano salvadoreño le había llegado por medio de los hijos de su amigo Carlos Gutiérrez, el millonario de San Sebastián, los cuales eran agregados, si mal no recuerdo, a la Legación del Salvador, presidida por Enrique Soto.
De este ministro contó aventura tan peregrina, que quizá jamás se haya visto cosa semejante. Consultaba, nada menos, con Castelar, la manera de ser recibido por la reina Cristina, sin pronunciar el discurso correspondiente...
¡Y cómo reía el maestro cuando narraba el caso!
Naturalmente, el embajador Carlos Ezeta tuvo que pronunciar su discurso, después de ser introducido por Zarco del Valle.
La compra de una casa-palacio en Madrid, según decires, fué hecha por un capitán, Francés y Roselló, y un señor Jerónimo Pou, ex secretario de Ruiz Zorrilla; Pou y Francés ayudaron a los Ezetas en su traición, estando ambos, en aquel tiempo, encargados de la escuela militar de la capital salvadoreña.
Antes de Carlos Ezeta, la América Central ha tenido excepcionales ejemplares de tiranos, comenzando con Darrera y acabando con Sacasa.
La unión de las cinco Repúblicas sería el comienzo de una verdadera regeneración; pero las ambiciones personales y los intereses de partido dificultarán por mucho tiempo el sueño de Morazán, de Cabañas y de Jerez.
Los pronunciamientos tienen por hoy raíces inextirpables, y de ellas no salieron Gobiernos buenos ni Gobiernos malos.
El imperio del militarismo triunfa, y los Presidentes de las Repúblicas no están seguros ni de los jefes de sus guardias de honor. Y no hay entre ellos más diferencia que la de la honradez: Menéndez, o Ezetas.
21-3-1895.