MARCO AURELIO SOTO
El ex-Presidente de Honduras, muerto en la guerra de Cuba.

A ser cierta la noticia publicada en La Nación, el Presidente de Honduras, Marco Aurelio Soto, ha concluído su vida de manera que no se hubiese pensado nunca.

Vivía en París, rico y tranquilo, después de haber gobernado su pequeño país, en donde contaba con un partido no por cierto insignificante. Era hombre culto; bajó de su Presidencia porque sí, razón que en la América Central priva sobre todas. Se recuerda su Gobierno como una especie de Luis XIV; el Luis XIV de Honduras. Bajo ese Gobierno, las musas, representadas principalmente por un emigrado cubano—poeta famoso, José Joaquín Palma—, fueron tratadas como Reinas. Se decretó la adaptación oficial de la Ortografía de la Real Academia Española, y en el Diccionario de la Lengua, en la lista de los socios honorarios de la ilustre Corporación, que son tan sólo siete, y entre ellos dos testas coronadas, figuran dos centroamericanos, uno de ellos Marco Aurelio Soto. El Doctor Holmberg no podrá negar que aquella ley ortográfica merecía la singular distinción.

Como la mayor parte de los Presidentes de la América Central descienden del Poder cuidadosamente prevenidos para las vicisitudes de la vida, Soto hizo lo mismo. Buenamente descendió de la Presidencia y se fué a la capital preferida de los rastas, en donde tuvo el buen gusto de no ser uno de ellos. Antes bien, se dió a sus estudios preferidos; y, gozando de sus rentas, sin los ruidos de Guzmán Blanco y sus demás imitadores, frecuentaba medios intelectuales y se hacía apreciar por sus buenas dotes. Laurent era su compadre, y Vacquerie era su amigo. En la colonia hispanoamericana era estimado y querido. Creo no equivocarme si afirmo que, con Heredia y Vacquerie, asistió al banquete dado en París en honor del general Mitre. El poeta Palma le administraba en Centro América sus intereses; y a trabajos de su lírico amigo debió que se le desembargasen sus inmuebles en Guatemala, confiscados cuando el Gobierno de Honduras le atacaba con especial firmeza.

Palma es el autor de muchas poesías que tuvieron gran boga en el continente, entre ellas la célebre Tinieblas del alma, una de cuyas estrofas fué atribuída a Andrade, quien la había dejado entre sus papeles, copiada de su letra:

Ya la fe en mi ser no arde,
Ni mi lira finge ufana
Los himnos de la mañana,
Los murmurios de la tarde;
Ya a los días
De mis dulces alegrías,
El tiempo cruel les ha echado
El sudario del pasado.
Por eso, en tan triste calma,
Vienen a ser mis canciones
Fugaces exhalaciones
De las tinieblas del alma.

Hermano de Marco Aurelio Soto es también otro poeta, Máximo Soto Hall, que anda tratado por ahí, en un soneto infantil muy conocido en aquellos mundos, y que Salvador Rueda reprodujo en uno de sus libros.

Años pasó el ex Presidente fuera de su país; el general Bogran era su terrible enemigo. Una revolución habría sido peligrosa, sin contar con el apoyo de los Gobiernos vecinos. Se habló, sin embargo, de una revolución; pero ello fué vago rumor, sin razón alguna. Hoy, con el Gobierno de Bonilla, la tentativa habría tenido menos probabilidades de éxito, pues el país, según los ecos que nos llegan, está satisfecho de ese hombre de progreso, de inteligencia y de justa libertad.

¿Cómo pudo abandonar Soto su espléndida casa de París y sus gustos de europeo, para ir a la manigua a pelear por la causa cubana? Sólo un antecedente hay que podría explicarlo.

Muchos cubanos emigrados que tomaron parte importante en la pasada guerra de Cuba, se establecieron en Honduras en tiempos que Soto era Presidente de la República. Entre ellos estaba el hoy jefe de la Junta revolucionaria, Tomás Estrada Palma, a quien el Gobierno hondureño protegió. Asímismo fueron acogidos Roloff, Crombet y otros. Tomás Estrada Palma se casó con una hondureña, y formó, como pedagogo, a casi toda la juventud del país. No hace mucho, Soto hizo un viaje de París a Guatemala. A su paso por Nueva York sufrió el ardoroso contagio que el doctor Veyga y otros americanos distinguidos. Y ha ido a encontrar la muerte gloriosamente. Valdría más, en todo caso, que la noticia no se confirme. Larga y buena vida es de deseársele a quien ayudó noblemente a Augusto de Armas, en su lecho de hospital, en donde murió por París.

22 noviembre 1896.