| Población | Extranjeros | Indios | |
| Buenos Aires | 171.376 | 3.369 | 6.000 |
| Santa Fe | 40.000 | — | — |
| Entre Ríos | 60.000 | — | — |
| Corrientes | 85.000 | — | — |
| Córdoba | 150.000 | — | — |
| San Luis | 35.000 | — | — |
| Santiago del Estero | 80.000 | — | — |
| Mendoza | 60.000 | — | — |
| Tucumán | 60.000 | — | — |
| Catamarca | 35.000 | — | — |
| La Rioja | 30.000 | — | — |
| Salta | 70.000 | — | — |
| Jujuy | 35.000 | — | — |
| Chaco | 30.000 | — | — |
| Total aproximado: | 941.376 | ? | ? |
Si se tiene en cuenta que en estas cifras la población nacional no india, era en su noventa por ciento mestiza ó de origen español y que de los que aparecen como extranjeros, un sesenta por ciento eran también españoles: que por otra parte, el cruzamiento con los indios había disminuído considerablemente, desde que el crecimiento de la población blanca lo mostrara innecesario, que todos los antecedentes eran españoles, desde que la independencia había roto vínculos políticos, más no los morales, más difíciles de desatar; se podrá afirmar que la Nación Argentina de 1853 en cuanto raza histórica, era una derivación de la española, con las modalidades que el suelo, la mezcla hispano-indo-negra y las circunstancias habían impuesto, sobre todo en la población de campo. Los sentimientos é ideas de aquellas gentes se habían modificado poco, y el desprecio de la ley, el culto del coraje, el deseo inmoderado de fortuna, la creencia en la grandeza futura del país, de que habla refiriéndolos á la colonia, un distinguido autor[11],—continuaban á través de los tiempos como continúan ahora, traduciéndose en el valor de nuestros hombres de campo, en las fortunas fáciles, y también en los presupuestos de gastos públicos fuera de proporción con las entradas reales del erario. Del mismo modo la arrogancia en sus diversas formas, la pereza criolla, la crueldad de épocas anteriores[12], dejaban traslucir el hecho bien real de que la colonia continuaba y aparecía bajo el velo de la nación nueva, como aparecen en las paredes los viejos letreros que han recibido una mano de pintura para permitir la colocación de otros nuevos, pintura que los ha atenuado sin borrarlos dejándolos traslucir cuando las claridades indiscretas del día lo permiten...
Pero en las ciudades, en las ciudades sobre todo, donde no había que luchar ni con el salvaje ni con el ganado, donde se recibían noticias frecuentes de Europa, era donde la vida colonial se continuaba y donde España descubría prolongaciones de si misma. Aun muchos años después las cosas no pasaban de otro modo; es así que un distinguido escritor, evocando recuerdos dice que «hasta 1870 Buenos Aires no era otra cosa que una ciudad de España, reproducida en América con su gobierno municipal y provincial, su milicia muy poco numerosa, un ejército cívico, una policía en embrión, sus serenos á estilo antiguo, su ausencia de tramways y otros medios de transporte, su empedrado escaso y áspero, sus calles sin cloacas, inundadas al primer aguacero que suprimía toda comunicación, sus ambiciones de campanario, su ausencia de telégrafo y su aislamiento que la falta de ferrocarriles y de caminos de penetración aumentaban. El país era muy estrecho; más allá del Azul y del Pergamino se estaba fuera de las fronteras. Los cristianos combatían en esos límites para defender sus ganados. Poco agradable era entonces vivir ahí donde la vida es hoy tan apacible y donde los únicos enemigos son la langosta y las autoridades de campaña»[13].
Se ha escrito, se escribe todavía achacando á aquellas mezclas, hibridismos y degeneraciones, aumentados quizás por las nuevas inmigraciones; aspectos que se dicen causas de decadencia y de muchos males. Yo no veo tal cosa, no creo en la degeneración argentina, ni estimo peligrosos los cruzamientos; de esas opiniones me ocuparé en un último capítulo.
Por ahora, dejo establecido que la población y la sociedad en 1853, eran tal como la he descripto, y veamos cuál era el grado de progreso en que se encontraba.
2. La Capital, desde tiempos coloniales, era algo así como el Petronio de la leyenda romana: sus gustos, sus formas, sus ideas llegaban á través de las pampas y de los desiertos á las ciudades de adentro, aunque alguna vez la docta Córdoba ó la elegante Tucumán, quisieran aparecer con aire de pretenciosas rivales.
En todas las ciudades, la religión se conservaba en su apogeo, y el cura amigo de la familia y consejero eficaz de la época colonial[14], se mantenía en muchos casos conservando sus prerrogativas.
Las ciudades eran religiosas: las procesiones continuas, las misas concurridas y respetadas, y los representantes de la iglesia afectuosamente recibidos en los hogares. Este respeto á la la religión influyó en los ánimos de los constituyentes, y á pesar de las oposiciones que se suscitaron, triunfó en la constitución la idea religiosa.
La educación pública y la instrucción tenían necesariamente que ser defectuosas y escasas: no obstante, pudieron ser peores. La universidad de Buenos Aires fundada por Rivadavia, había tenido bajo su dirección la enseñanza primaria y superior. Desde 1838 desapareció del presupuesto la asignación que se le había acordado hasta entonces, obligándosele á sostenerse por la acción privada. Sólo en febrero de 1852 se derogó el decreto que había quitado la protección oficial, y se reglamentó el derecho acordado á colegios particulares, de expedir certificados que valieran como cursos universitarios, de los que se había hecho algún abuso. Inicióse también entonces el departamento de estudios preparatorios. En 1853 se dió una nueva reglamentación á la facultad de medicina[15].
La Universidad de Córdoba á su vez, había vivido con vida muchas veces irregular, con cursos excesivamente teóricos unas veces, otras con uso de anticuados métodos, pero de cualquier modo, había vivido. En 1854 se puso bajo el gobierno de la confederación, el colegio de Monserrat[16].
Otras provincias tenían colegios más ó menos buenos, según las direcciones que les tocaran en suerte: Entre Ríos contaba desde 1849 con su colegio nacional establecido en Paraná, que luego se trasladó á Concepción del Uruguay, para adquirir la importancia de todos conocida. Allí se estudiaba latinidad, filosofía, matemáticas, teneduría de libros, jurisprudencia y música[17]. Catamarca tenía desde 1850 el colegio de la Merced[18]. En Corrientes subsistía el colegio Argentino, que años antes fundara el general Virasoro[19]. En Tucumán, el colegio San Miguel, desde 1852, año en el que en Buenos Aires se estableció la primera escuela normal de enseñanza elemental.
En cuanto á la enseñanza elemental y de las primeras letras, las provincias, ciudades, villas y pueblos, contaban con lo que para sí hubieran podido conseguir: en general los maestros eran españoles, hecho debido entre otras circunstancias, al conocimiento del idioma que facilitaba la tarea.
Enfín, débese recordar que de 1836 data la introducción de padres jesuítas con fines de enseñanza.
La prensa amordazada durante tantos años, despertaba: en 1851 se había fundado en Buenos Aires el Agente Comercial del Plata; en 1852 La Avispa, El Español, La Revista del Plata. Diarios de mayor importancia aparecieron á poco, en Buenos Aires y Córdoba: pertenecen á la época siguiente.
Las artes y las ciencias, no obstante los tiempos de desgracia que acababan de pasar, tenían algún desarrollo de relativa importancia. Libros é ideas habían llegado desde la época de la revolución; muchos naturales habían viajado por Europa, y en los países vecinos de Chile y Uruguay las relaciones con aquel continente habían sido un tanto más frecuentes. Por último, la sociedad anglo-argentina desde tiempo antes existente, había tenido algún influjo: baste recordar el que en las modas femeninas y en las costumbres de salón desempeñó la señora Thompson.
Verdad es que en lo que á bellas artes se refiere, trabajo cuesta encontrar alguna obra que merezca recuerdo; con excepción de los cuadros de Pellegrini, que no era argentino, la pintura permite recordar sólo el nombre de Pedro Prilidiano Pueyrredón, hijo del héroe.
Un distinguido artista actual, estudiando la evolución del gusto artístico en Buenos Aires[20] enumera la lista de los artistas que en la Argentina tuvieron mayor influencia en el espacio del medio siglo comprendido entre 1825-1875: fueron Goulú, Pellegrini, Bacle, Fiorini, D’Hactrel, Monvoisin, Uhl, Manzoni, Veraggi, Noel, Paliere, Chiama, Novarese, Agujarri, Romero, Blanes, Ramairone: ocho son franceses, ocho italianos, uno alemán y uno uruguayo. Argentino, ninguno; y hace una afirmación que no podemos dejar de recordar: «Hay, pues, durante ese lapso de cincuenta años, ausencia absoluta de artistas españoles, á pesar de ser tan numerosa la agrupación española entre nosotros.» El hecho por sí mismo está indicando, en la inmigración no española, el origen del adelanto posterior de este arte.
La música estaba á altura semejante: sus adelantos pertenecen á época más reciente: La muerte de Corina de Juan Cruz Varela, música de S. Somellera, ó La tórtola viuda de Rivera Indarte, con música de Massini, si pudieron gustar á falta de otra cosa, no debieron ser mayormente artísticas, desde que sólo se recuerdan ahora en su nombre, más en ninguna parte se ejecutan.
La escultura y arquitectura carecen de obras que deban ser recordadas.
La poesía en cambio, adelantándose á sus congéneres, llegó con Echeverría, Mármol, Varela... á composiciones de mérito llenas de patriotismo y sentimiento.
Las ciencias en 1853, estaban aun en lugar más inferior que las artes: no he encontrado en parte alguna el recuerdo de un solo descubrimiento científico. La excepción corresponde, si se acepta la existencia de la ciencia política ó de las ciencias políticas. El dogma socialista de Echeverría, las obras de Alberdi, todas las de Sarmiento y los conocimientos en la materia que se demostraron en las sesiones del congreso constituyente, no están en relación con aquella sociedad. Son muy superiores, son obras de positivo mérito, que hoy, cincuenta años después de escritas, son citadas, y con ellas se procura acordar las propias convicciones, como si llevaran en sí la verdad indiscutible.
En cuanto á los adelantos urbanos, la edificación adoptaba la forma de las casas pompeyanas ó moriscas, que se admiran en la ciudad destruída ó que se visitan en España en las ciudades de Sevilla ó Córdoba; las casas macizas con techo de teja, de épocas anteriores, daban modelos á las nuevas construcciones. El pavimento de las calles era el natural, excepción hecha de algunos cortos trechos de empedrado: para los que se utilizaban piedras traídas de Martín García[21]. El alumbrado confiado aun en su casi totalidad á la lamparilla de aceite. En los alrededores de Buenos Aires, las quintas á las que conducían caminos poco cómodos, ofrecían un punto de llegada en las excursiones y paseos de que tan gratos recuerdos conservan los viejos de nuestro tiempo.
3. En los campos, las circunstancias políticas habían hecho causa común con el desierto, la tradición y la fácil ganadería para impedir el desarrollo de la agricultura y favorecer el de aquélla; las quintas y chacras de los alrededores no alcanzaban á producir todo lo que las ciudades consumían, dando así lugar á que subsistiera aun la importación de cereales. Y en cuanto á los procedimientos de cultivo, eran sólo los que las costumbres habían transmitido: es de fecha posterior la introducción de máquinas y sistemas.
En cambio, la ganadería se conservaba en su apogeo; aquel trabajo más arriesgado y más libre de la época colonial, era todavía el predilecto en la elección que para el despliegue de sus actividades hacía el hombre de campo. La enorme extensión del territorio no hacía necesaria la economía del suelo, y ayudaba también en aquel sentido la existencia de los grandes fundos que adquiridos por medios más ó menos legítimos é ilegítimos se han perpetuado, y que hasta en la actualidad, ahogan con su abrazo el desarrollo de muchos pueblos y ciudades, y retardan el progreso de algunas provincias. Debe recordarse sin embargo, que la ganadería había dado algunos pasos con las tentativas de refinamiento que recuerda el general Mitre en la arenga pronunciada en la exposición agrícola-industrial de Buenos Aires, el 10 de abril de 1859.
Un poco más allá, donde la población escaseaba aun más, los territorios abandonados al indio, poco ó nada explorados, las tierras fiscales, los grandes bosques vírgenes, las montañas y las sierras cuyo contenido se ignoraba y que contribuirán algún día á la riqueza del país.
En cada provincia, sus particularidades: los saladeros en Buenos Aires, Entre Ríos y Corrientes, los tejidos en el interior y las tantas otras industrias, muchas de ellas conservadas en la actualidad.
4. Pueblos y ciudades así aislados, tenían una idea, vaga aun, de que formaban una nación: que además de la patria reducida donde gobernaba el caudillo, había otra más grande á la que también pertenecían aquellos otros pueblos á quienes le unían largos caminos y un comercio continuo. Esas comunicaciones se hacían no obstante las enormes dificultades y distancias de que apenas se tiene una idea cuando se atraviesa ahora la república en cómodos ferrocarriles.
Las vías de comunicación actuales en la República Argentina, sin estar sino en mínima parte trazadas, han alcanzado desarrollo regular, permitiendo, sobre todo en la región noreste, trasladarse con facilidad de un punto á otro, comunicarse con relativa rapidez, no vivir cada población ignorando lo que pasa en su vecina de algunas leguas.
No era así sin duda en la época á que este capítulo se refiere, teniendo sin embargo ya larga historia el desarrollo de estos medios de unión entre los hombres. Es necesario hacer un recuerdo de ellos; su importancia era grande, aunque tan poca pareciera tomando la fecha 1853 sin referirla á otras anteriores.
Como lo afirma Moussy[22], los mismos medios que usaron los conquistadores en el siglo xvi, debían servir con pocas variantes para las comunicaciones argentinas á mediados del siglo xix. Las naturalezas de hierro podrían resistir las largas travesías; los que no las tenían, debían perecer. Entre salvajes y animales de toda especie, sólo podrían resistir los mejor dotados, y á los débiles se aplicaría la ley de selección natural. La función hizo al órgano y apareció el baqueano conocedor de todos los lugares, «personaje eminente y que tiene en sus manos la suerte de los particulares y de las provincias. El baqueano es un gaucho grave y reservado, que conoce á palmo veinte mil leguas cuadradas de llanuras, bosques y montañas. Es el topógrafo más completo, es el único mapa que lleva un general para dirigir los movimientos de su campaña»[23]. Los ríos se cruzaban en pequeñas canoas, cuando no se conservaban las antiguas pelotas, y las selvas por las veredas ó sendas heredadas del salvaje ó abiertas para las nuevas necesidades. Las rutas de Chile y la del norte eran las más frecuentadas y lo habían sido también en la época colonial cuando las mercancías que llegaban de Europa á Buenos Aires, debían ser conducidas á Potosí ó á la intendencia de Cuyo. Y al lado de estas rutas capitales, las rutas secundarias de Buenos Aires al Rosario, de Mendoza á San Juan, de San Juan á San Luis. Las rutas intercapitales, las de la mesopotamia y todas aquellas á que las necesidades del comercio, ó el interés del conocimiento de lugares, ó cualquier otra causa importante hubieran dado nacimiento.
En cuanto á los sistemas de transporte, la misma obra de Moussy antes citada, enumera éstos: viajes á caballo, de día, con descansos nocturnos cuando la existencia de postas lo permitieran, llevando consigo las mercaderías y la tropilla de caballos que substituyeran á los ya cansados. Viajes en coche, la galera principalmente, que conserva aún hoy su importancia en los lugares que no han sido favorecidos por el ferrocarril. Finalmente, las diligencias, recién establecidas en 1853, más grandes, más confortables, más adelantadas. Y en lo que á transporte de mercaderías se refiere, las carretas de bueyes y las tropillas de mulas se hacían la competencia y eran igualmente usadas, siendo preferidas unas ú otras, según la topografía del suelo y la menor ó mayor urgencia que tuviese el destinante en hacerlas llegar á su destino. Lo que aquellas eran y el enorme cambio sufrido desde entonces á aquí, ha podido verse en la reciente exposición ferroviaria, donde se han exhibido aquellos carruajes y otros por el mismo estilo, que Moussy no enumera: la volanta, la catanga, el landeau, á pocos pasos de las colosales máquinas y elegantes coches de ferrocarril, introducidos en el país ó que prometen introducirse.
La organización postal, antes del decreto de 8 de junio de 1854 que instituyó las mensajerías nacionales, conservaba también carácter cuasi colonial; los dueños de posta desempeñaban gran papel; sus instituciones eran útiles, más que útiles, necesarias y únicas y muchas veces más seguras que el actual correo... Existían también los correos entre muchos puntos del territorio argentino. En cuanto á los telégrafos, su creación data de época posterior: de 1860.
Á todo ésto se deben agregar las comunicaciones marítimas con Europa, Brasil, Uruguay, litoral, existiendo desde 1851 la navegación á vapor que comenzó un navío, el William Pearce.
Tales eran los medios de comunicación en 1853, cuando la Constitución vino á facilitarlos, declarando la libertad de tránsito para los hombres, las cargas y las bestias, y la libre navegación de los ríos interiores de la nación para todas las banderas del mundo.
5. La situación económica del país no podía ser superior á la situación general. Se salía de la época de Rozas en la que la historia financiera «puede concretarse á la enumeración de los déficits dentro del presupuesto, de los gastos extraordinarios y de los medios adoptados para enjugar los primeros y llenar los segundos»[24]. Época de emisiones de papel moneda en abundancia, que debió ser imitada después, aun cuando hubiera progresado tanto la nación.
Caído Rozas, en un primer momento no se pudo remediar aquel estado; en Buenos Aires se emitió por valor de 19.500.000 pesos moneda corriente en los años 1852 y 1853; en la Confederación la vida financiera fué precaria y llegó á los resultados que se expondrán en el próximo capítulo.
6. Tal era el cuadro en que se desarrollaba el pueblo para el que se dictaba la Constitución de 1853. Tales eran también los adelantos á que había llegado en los siglos coloniales, y en los años de emancipación.
La Constitución quiso, pues, tomando en cuenta en la medida de lo posible, el estado del país en aquel momento, promover su adelanto: en su preámbulo estableció los móviles que la habían originado y los fines que se proponía; está allí expresado el deseo de dar cumplimiento á pactos preexistentes que las luchas anteriores habían provocado y cuyo respeto era necesario para constituír la unión nacional, consolidar la paz interior y promover el bienestar general; las continuas prácticas judiciales poco respetuosas de las leyes, y obedeciendo muchas veces á influencias de toda especie, pedían quizás con exceso, como afirma el documento antes mencionado y en parte transcripto, que se afianzara la justicia, y tal cosa prometió aquel preámbulo; y la aspiración general quedaba satisfecha cuando se ofrecía la libertad que alcanzaría á nacionales y extranjeros.
En las declaraciones, derechos y garantías, tratábase por todos los medios de promover y estimular el adelanto del país; el comercio, la industria, artes, propiedad, vida, libertad, imprenta, educación, el tránsito libre de hombres, vehículos y bestias, las actividades todas de los individuos, quedaban protegidas; hasta se recordó al indio encomendándose al Congreso (art. 29, inc. 15) que vigilara por la conservación del trato pacífico con ellos y de promover su conversión al catolicismo. Cierto es,—y el recuerdo es justo, pues poco se tiene en cuenta,—que esta disposición se encontraba ya en la Constitución de 1819 y en una forma más amplia; su artículo 128 decía: “Siendo los indios iguales en dignidad y derechos á los demás ciudadanos, gozarán de las mismas preeminencias y serán regidos por las mismas leyes. Queda extinguida toda tasa ó servicio personal bajo cualquier pretexto ó denominación que sea. El cuerpo legislativo promoverá eficazmente el bien de los naturales por medio de leyes que mejoren su condición hasta ponerlos al nivel de las demás clases del estado”[25]. La Constitución de 1853 al equiparar el indio al civilizado, buscar su trato, y disponer que se le civilizara, no hacía pues, sino repetir una disposición anterior que había dado forma á un deseo general de la población, deseo que continúa subsistente en nuestra época en que á pesar de los años transcurridos desde la sanción de aquel mandato, poco se ha hecho por cumplirlo.
Á pesar de los deseos de igualdad y sanciones que pretendían que todo extranjero se encontrara aquí como en su patria, la Constitución dictó un principio contrario á tal propósito, aunque en realidad con esa determinación se marchara más de acuerdo con las ideas de la sociedad de aquella época. Demasiados españoles había y demasiado española era la sangre para que fuera posible separar la religión del estado. El culto católico-apostólico-romano ejercía demasiada influencia para que no se le recordara en alguna forma. La Constitución llevó en el artículo 2o la afirmación de «el gobierno federal sostiene el culto católico, apostólico, romano» y el artículo 73 (art. 76 de la vigente) en que se establece como condición para ser presidente ó vicepresidente de la confederación «pertenecer á la comunión católica, apostólica, romana». Nótese que la disposición que elige el culto fué concebida en esos términos como medio de transacción; algunos constituyentes, como el diputado Zenteno, deseaban que aquella declaración fuera más amplia. Proponía sancionar el artículo en esta forma: «la religión católica, apostólica, romana, como única y sóla verdadera, es, exclusivamente la del estado. El gobierno federal la acata, sostiene y protege, particularmente, para el libre ejercicio de su culto público, y todos los habitantes de la confederación le tributan respeto, sumisión y obediencia»[26].
Estas disposiciones constitucionales que se completan con las de los artículos 64, incisos 19-20, y 83, inciso 8 (67, inc. 19-20, y 86, inc. 8 de la actual), han sido combatidas aun por autores de espíritu religioso como Estrada, que encuentra que á guisa de libertades, el estado toma á la religión mucho más de lo que da[27]. No hay para qué recordar todo lo que los enemigos de la iglesia dicen sobre ellas.
Á nuestro fin, baste establecer dos proposiciones: la primera es que, cualquiera sea la interpretación y el sentido que se dé á las disposiciones constitucionales, no puede hablarse de religión de estado, desde que cosa semejante sería sostener el absurdo de una persona jurídica, sér de abstracción, teniendo conciencia y religión. La segunda es que, para un país que deseaba inmigración sin distinguir religiones de los inmigrantes y que prometía la igualdad, convenía que las disposiciones que á la religión se referían, fueran lo menos prohibitivas posibles. De ahí resultó que al mismo tiempo que se imponía el sello de autoridad á los artículos á que hemos referido, el espíritu de tolerancia, dictara también los artículos 14 y 20 en los que se declaraba la libertad de cultos para nacionales y extranjeros.
En cuanto á su bondad política, la Constitución de 1853 que con pequeñas modificaciones nos rige, será discutida, tal vez reformada por errónea ó anticuada, tal vez conservada por acertada y fácil de acordar con los tiempos actuales. Está ello fuera de nuestro estudio. Más en lo que á formación de la nacionalidad se refiere, fué buena por una razón fundamental: no es un código de restricciones; es un código de libertades y derechos: acordó derechos y libertades como no los acordaba en esa época constitución alguna; aseguró la paz, la libertad, los derechos todos á nacionales y extranjeros. Hasta recordó al indio... Era propicia para ser la ley fundamental del pueblo donde debían encontrarse representados con el tiempo cien pueblos diversos, disputándose el derecho de moldear la nueva nacionalidad que nacía. Tomada desde este punto de vista no se puede dudar de que fué buena, más aun en teoría que en la práctica; teóricamente, porque es de sentido común que el individuo que encuentra en el país donde va á establecerse tantos derechos como en el suyo y más facilidades de trabajo y vida, servirá de propagandista y atraerá más extranjeros. Prácticamente, porque á pesar de las irregularidades cometidas en la aplicación de sus principios, lo cierto es que facilitó, con otras circunstancias coadyuvantes, la inmigración y que es á la inmigración que produce y que deja descendientes que producen en todas las esferas de la actividad á quien se debe en gran parte el adelanto argentino.
1. La sociedad argentina de 1869. Medidas protectoras de la inmigración. La formación de la raza y factores que contribuyen.—2. Los progresos; la libertad de imprenta; la tendencia hacia la desespañolización.—3. Cambios políticos; situación económica.—4. Vías de comunicación.—5. Agricultura: ganadería: otras industrias. Comercio.—6. Consecuencias institucionales.—7. Conclusión.
1. Dieciseis años después de dictada la constitución para la Confederación Argentina, el primer censo nacional demostró con sus cifras, el exponente en cuanto á población, del grande adelanto que dieron á esta tierra las seguridades y libertades ofrecidas á nacionales y extranjeros, la paz y la justicia para todos.
Ese período de dieciseis años es pequeño, extremadamente pequeño en la historia de un pueblo cuyos orígenes sean remotos y cuya complexión orgánica responda á sólidas bases. Mas es un período grande para un pueblo incipiente, nacido en el ayer. En esos pocos años la nación hace grandes progresos, sufre transformaciones notables, cambia de traje. Es verdad que el cambio y los progresos no se presentan en todo su territorio de un modo semejante. Más aun, es sabido que las diferencias en los adelantos son grandes entre Buenos Aires y Jujuy, por ejemplo. No importa; existen progresos que llegan al mayor grado en la capital, y los progresos de la capital, pueden tomarse como próximos cambios en toda la nación.
La ciudad cabeza aumenta, crece desmesuradamente, y da motivo á la afirmación tantas veces traída y llevada del peligro é inconveniente de la cabeza enorme con cuerpo pequeño. Y ya que esta afirmación vulgar se presenta, diré al pasar dos palabras sobre ella. Se dice que la grande ciudad con civilización adelantada, con comodidades á que permanece ajeno el resto del territorio, con abundancia de oficios que retienen la inmigración impidiéndole desparramarse por los campos, es un grave inconveniente que retarda el progreso general del país, en beneficio sólo de la ciudad. Yo no creo en ese inconveniente; más aun, creo que los males que tal situación acarrea son pasajeros, en tanto que sus beneficios son positivos. Las grandes ciudades son como los grandes focos que irradian luz en derredor. La civilización limitada en un primer momento á un pequeño pedazo de terreno, cuando éste no pueda contener la población que afluye, la obligará á extenderse, á formar nuevas ciudades ó nuevos pueblos, los que á su vez facilitarán el originarse de establecimientos agrícolas y ganaderos en su vecindad. Sin Buenos Aires no se explicarían La Plata y Bahía Blanca, ni los cien pueblos que circundan á la gran metrópoli. La civilización se extenderá de este modo, quizás en una forma más lenta, pero indudablemente de un modo más firme.
Hecha la digresión volvamos á nuestro camino. Veamos el estado de la formación de la raza, el factor étnico, y relacionémoslo con el estado general de los progresos argentinos en aquellos años, que estudiaré sintéticamente.
La convicción de la necesidad de unir la sangre de la nueva nación, á la sangre de las naciones viejas, y de completar el futuro individuo argentino agregando elementos de las naciones formadas siglos antes, permaneció latente como la semilla que espera en tierra propicia, y tan pronto como la piedra que lo impedía, representada aquí por Rozas, fué sacada del camino, la semilla fecundó y el nuevo árbol dió frutos gratos.
Las nuevas medidas tendientes á favorecer la inmigración, partieron del estado de Buenos Aires por un lado, de la Confederación Argentina por otro, mientras permanecieron separadas; de la Nación Argentina, cuando la unión nacional se consolidó.
Del estado de Buenos Aires ó sus habitantes son estas iniciativas[28]:
Ley de 1854, que creó la comisión de inmigración y estableció la exención de derechos á los buques que trajesen 50 inmigrantes ó más.
En 1856, un grupo de ciudadanos distinguidos se encarga de ayudar á los inmigrantes en sus primeros días de patria nueva; solicita y obtiene del gobierno, local para albergar á los inmigrantes recién llegados que lo necesitaran; por susbcripción reune fondos para alimentarlos, obtiene una subvención del gobierno, y bajo el nombre de «Asociación filantrópica de inmigración, auxiliada y bajo la protección del superior gobierno del estado de Buenos Aires», que adoptó á poco de constituída, contribuyó grandemente á facilitar y favorecer la inmigración. Nacionalizada en 1862, llevó su existencia hasta 1869, en que fué reemplazada por la comisión central de la inmigración.
Las clases no pudientes del pueblo de Buenos Aires tampoco permanecieron ajenas á las demostraciones en favor del extranjero: deseaban su venida, le esperaban, le agasajaban; no importaba que el inmigrante viniera á Buenos Aires ó á la confederación: de cualquier modo llegaba á la patria próxima á constituirse, á trabajar en ella, á formar colonias agrícolas. «No son sólo las autoridades constituídas—dice un autor de la época—y la voz de la prensa sudamericana que apoyan con todos sus esfuerzos la realización de un vasto plan de colonización agrícola; la población entera favorece la ejecución de este proyecto por manifestaciones inequívocas. Hemos sido testigos de las demostraciones de fraternal simpatía que se prodigaron á un convoy de doscientas familias destinado á las colonias del señor Castellanos; á su llegada á Buenos Aires estas valientes personas se vieron objeto de una verdadera ovación. Por un acuerdo perfecto de franqueza y amenidad, por completo en las costumbres americanas, parecía querer borrarse en el espíritu de los recién llegados, las últimas tristezas que podían alimentar aun en el recuerdo de la vieja patria. Sería necesario, seguramente, citar el nombre de cada habitante de la ciudad, si se quisiera mencionar todos los actos de generosa hospitalidad que señalaron aquel día; nos contentaremos con recordar en esta obra al del señor Rams, ciudadano de Buenos Aires, quien haciendo un noble uso de su afortunada posición, hizo distribuír á los colonos, cigarros, confituras y refrescos de toda especie»[29].
Por su parte, la Confederación Argentina no procedió de otro modo; la prueba está en los decretos destinados á cumplir los mandatos de la Constitución al respecto; está en los nombramientos de cónsules, los tratados comerciales con naciones de América y Europa; está en la creación de un premio á la mejor memoria sobre clasificación y distribución de tierras públicas; en la concesión del ferrocarril del Rosario á Córdoba; está, para no citar más, en el encargo dado á Moussy, de la descripción de la Confederación Argentina, á fin de que en todas partes pudieran tenerse noticias de estas tierras; en la indemnización á los extranjeros de los perjuicios sufridos en las guerras civiles, y sobre todo en la buena acogida que recibieron los proyectos colonizadores de Brougues y Anchorena, en los que el gobierno nacional se responsabilizó por las obligaciones respectivas contraídas por los de Corrientes y Santa Fe.
Nuevas leyes, decretos, contratos, aparecen con iguales móviles, cuando Buenos Aires y la confederación formaron un solo país; resoluciones de esta índole son las leyes de 1862, autorizando el poder ejecutivo para celebrar contratos sobre inmigración extranjera, con facultad para conceder beneficios; la de libre introducción de los equipajes de los inmigrantes, en 1863, que se establece y conserva después en la ley de aduana; la creación de la «Comisión protectora de la inmigración», y en fin, muchas otras resoluciones de semejante especie, hasta la creación, en 1869, de la «Comisión central de inmigración», de cuya obra nos ocuparemos después.
Es claro que todas estas resoluciones realizadas en los hechos, en todo ó en parte tenían forzosamente que facilitar la llegada de los extranjeros que adhiriéndose á la nueva patria, darían á ella su sangre y su trabajo.
Cada nación, con sus hijos mandaba su espíritu; con su fuerza económica, su fuerza moral; allí donde ellos llegaban, traducían sus ideas en hechos y removían el espíritu; las regiones preferidas cambiaban de aspecto más pronto, las rezagadas cambiarían después. La entrada de inmigrantes que era de 1500 en 1854, alcanzaba tres años después á 4950, llegados en 1857; á 6300 en 1861, á 11.600 en 1864; á 29.000 en 1869. En estos totales, los italianos ocuparon durante todo este período el primer lugar; correspondiendo á aquella nacionalidad, siete décimos de los llegados cada año; habían desalojado á los españoles: la ciudad capital les contaba en gran número; en 1856, en sus 91.395 habitantes, contaba con 10.279 italianos; su número siguió creciendo y en 1869, el censo dió 41.957 italianos para una ciudad de 177.787 habitantes, y 71.442 para toda la nación cuya población era de 1.877.490 habitantes (contados 41.000 argentinos residentes en el extranjero). En aquel año llegaron de esa nacionalidad 21.419 individuos.
Su número fué proporcionalmente tan grande, que algunos espíritus timoratos de pocos alcances, creyeron ver en esa abundancia un peligro que se expresó en el diario de la época Los intereses argentinos; campaña anti-italiana efímera que murió al nacer, siendo destruída en sus comienzos, entre otras tantas, por la palabra incisiva de Héctor Varela[30]. El peligro que la educación italiana pudiera traernos y que las ideas monárquicas pudieran infiltrarse, no fueron más que alucinaciones; no lo fueron en cambio las colonias agrícolas, la población numerosa, las artes y las ciencias. Y es desde 1859, dato curioso, que los compatriotas de Colón monopolizan el cabotaje[31]. Viviendo vida argentina, no olvidaban la patria, y mantenían el recuerdo y la unión de sus connacionales agrupándose en sociedades y fundando diarios: en 1869, los italianos tenían dos diarios La Nazione Italiana y Eco d’Italia.
España, no obstante la tendencia á la desespañolización, que mostraban sus antiguas colonias de aquende los mares y de la que más adelante nos ocuparemos, seguía suministrando hijos á la Argentina, brazos á la agricultura y... criados á las familias pudientes. Es un error el que expresa Daireaux[32], cuando al referirse á 1868, á las grandes afluencias de extranjeros, dice que la inmigración menos poderosa era la española; lejos de ello, ocupaba el primer lugar después de la italiana, como lo siguió ocupando en adelante con excepción de los años 1872, 1881 y 1890 en que fué superada por la francesa. Es fácil comprobar tal cosa, con las cifras de la estadística de la oficina de inmigración.
Más, la sangre española no modificó el carácter étnico argentino; contribuyó más bien á mantenerlo tal cual era, demorando la transformación; á pesar de la «oposición que los sucesos revolucionarios debían convertir en aversión y degenerar por desplazamiento de aquélla, en prurito de imitación excluyente de las ideas de la metrópoli», también es cierto que «no se elimina por la sola fuerza de la voluntad lo que arrastra la sangre ó está adherido á la estructura íntima del nervio»[33]. Y es así que el hispano continúa su dominio en la raza á pesar de la ruptura de vínculos políticos, y sus hijos venidos á estas tierras son como los enviados á mantener las tradiciones seculares de todo género. Y en la pereza, en la fácil palabra, en el valor, en la tendencia religiosa, en las formas arquitectónicas de las ciudades, España conserva su poderío que durará mucho aún, aunque el transcurso del tiempo pueda reducirlo á la expresión más abreviada del resumen.
En cuanto á las industrias, á las invenciones é ideas que forman la base de los adelantos del país, forzoso es confesarlo: ni los grandes establecimientos industriales, ni las artes, ni la ciencia, ni los ferrocarriles, ni los tramways, ni los puertos deben nada á esta inmigración, apta para recibir y adoptar los inventos y las máquinas y las faenas, pero que nada da de por sí en aquella materia. Quizás sea debido á esta causa y á este factor, que mientras en Europa los grandes inventos y descubrimientos se hacen comunes por su abundancia, y Estados Unidos compite con ventaja con la Europa toda, Sud América nada da de por sí, á pesar de la inteligencia reconocida de sus hijos, y que el único descubrimiento de importancia realizado por un sudamericano, la dirección de los globos, pertenezca precisamente á un hijo de la única nación no hispánica de Sud América.
Los franceses por su parte, habían dado un buen contingente aun en la época de Rozas, y conservaron en adelante el tercer puesto en cuanto á número de inmigrantes, llegando á ocupar el segundo en las épocas que hemos señalado al hablar de la inmigración española; los 276 llegados en 1857, son en 1869, 1465, es decir casi seis veces más. Muchos de ellos permanecían en la ciudad de Buenos Aires; en una estadística de 1856, Buenos Aires tenía 91.395 habitantes, de los cuales 9489 eran franceses, y solamente 5702 españoles. Y las ideas francesas también se expandían y se expandía su idioma, base de toda enseñanza adelantada[34]. Los franceses no eran sólo agricultores; los había también hombres de letras y artistas, hombres de pensamiento y acción, hombres de comercio é industriales: Bonpland, de todos conocido, y Moussy autor de la Geografía de la confederación, tantas veces citada en este trabajo, y de la Memoria histórica sobre la decadencia y ruina de las misiones jesuíticas del Río de la Plata; el almirante Mouchez, autor de las obras náuticas, aunque sólo fuera visitante; educacionistas como Jacques, Larroque, y Peyret; agricultores como Brougues y Lelong, é industriales como Hileret, el de los ingenios tucumanos, Sansinena, Prat, el de la tintorería, Godet, fabricante de chocolate, Molet, de conservas alimenticias, Berthe, destilero, Lavigne, fabricante de aceite, Bieckert, cervecero... Y las colonias de vascos franceses y las tiendas principales, acumulaban materiales para la nueva nación, por más que durante algún tiempo continuaran formando colonias separadas del resto de la población, y unidas en el recuerdo de la lejana patria, y contribuyera á ello, la aparición de periódicos escritos en la lengua nativa, muchos de éstos suprimidos ó desaparecidos, otros conservados como el Courrier de la Plata, nacido en 1865 y núcleo de la tradición francesa en el Río de la Plata[35].
Después de Francia, los países que más contribuían á poblar estas tierras eran Gran Bretaña, Austria, Suiza, Alemania y Bélgica, cada una trayendo en sus hijos sus caracteres, su inteligencia, sus particularidades.
La inmigración inglesa y alemana merece recuerdo especial; la inglesa sobre todo, más que por el número de sus súbditos que es relativamente insignificante, por los capitales que aportaron y que se fijaron en el país y por las nuevas industrias que introdujeron; es así que al hablar de ellas, se puede recordar el establecimiento de los ferrocarriles norte (1861), sud (1863) y central argentino (1863), la compañía de minas de San Juan (1863), la fábrica de Liebig (1864), el ferrocarril Buenos Aires Ensenada (1865), enfín, el nombre del alemán Felipe Schwarz que establecido en Buenos Aires en 1859, efectúa la primera construcción en el país, de un navío de vapor, para navegación de los ríos interiores.
Aunque las estadísticas sean escasas y los datos locales deficientes, conviene transcribir aquí el cómputo de la población nacional y extranjera y de la distribución geográfica, que nos da Moussy, interesante y útil como término de referencia con el de 1869.