Provincias Educandos Escuelas
Alumnos en 1910 según datos estadísticos incompletos La inscripción anterior corresponde al siguiente número de escuelas Inscripción calculada para 1910 en noviembre 30 Inscripción en 1909 Aumento habido en 1910 Escuelas existentes el 31 de diciembre de 1909 Creadas en Total de escuelas en enero 31 de 1911
1910 1911
Buenos Aires 3.801 54 3.900 1.554 2.346 21 77 29 127
Santa Fe 7.319 90 7.400 2.842 4.558 30 66 96
Entre Ríos 5.046 49 5.100 4.485 615 44 14 58
Corrientes 4.913 39 5.000 4.783 217 35 7 65 107
Córdoba 4.832 47 4.900 3.604 1.296 38 3 47 98
San Luis 7.708 146 8.500 3.622 4.878 45 138 183
Mendoza 3.750 34 3.750 3.674 76 31 21 1 53
San Juan 6.737 59 6.737 4.685 2.052 40 29 69
Santiago del Estero 7.591 104 7.600 4.677 2.923 58 64 26 148
Catamarca 8.235 91 8.500 3.862 4.638 43 57 100
La Rioja 3.824 35 4.001 4.001 33 12 7 52
Tucumán 3.899 43 3.900 3.788 112 40 43 25 108
Salta 5.150 82 5.200 3.183 2.017 40 54 7 101
Jujuy 2.134 38 2.134 1.538 596 28 10 3 41
Totales 74.939 911 76.622 50.298 26.324 526 605 310 1341

«Por la fecha en que nos encontramos, no es posible tener la estadística completa del año 1910. Aproximadamente se calcula que habrán funcionado 950 escuelas con 76.000 ó 77.000 alumnos».

Son considerables los progresos de la instrucción primaria pero alejándose de las ciudades grandes, y de los lugares de mayor población, sobre todo internándose en la república, es todavía muy deficiente. Hasta se ignora el idioma en algunos lugares apartados: he tenido oportunidad, en un pueblo de Santiago del Estero, de verificar el hecho: hombres, criollos al parecer, vestidos á la usanza nuestra, no han entendido lo que les decía en castellano y alguien que me veía asombrado, me expresó que aquellas gentes sólo entendían el quichua. Cosa por el estilo pasa en algunas poblaciones de Corrientes en que solo entienden guaraní.

La enseñanza secundaria y normal, no obstante todos los perjuicios que sufre algunas veces por obra de ministros que son políticos, y no hombres que conozcan los problemas educacionales, ha aumentado si bien no en intensidad, en cantidad, contándose ahora 27 colegios nacionales y 44 escuelas normales. Desde algunos años se intenta la formación del profesorado secundario, aunque hasta ahora sean inciertos sus resultados, no obstante rumbosidades de institutos especiales.

En fin, completan la educación general los institutos para determinadas enseñanzas.

La enseñanza superior ha agregado una universidad más, la de La Plata, y se han dado últimamente grandes ventajas á la universidad provincial de Santa Fe.

La educación en general, en sus diversas ramas, ya es materia nacional. Es producto nuestro, hecho por nuestros hombres. Se aceptan determinados planes extranjeros ó se emplea algunos profesores contratados en Europa. Pero en general, los hombres que se dedican á todas las enseñanzas desde el maestro de grado hasta el rector de la universidad, son argentinos. Y todo podría serlo, aun los institutos para los cuales se traen de fuera profesores, si no existiera la tendencia general en nuestros hombres de creer como axiomática verdad lo que le dice un libro extranjero ó lo que cuenta cualquier sabio ú orador que nos visita, sin fijarse que lo mismo decía uno de los nuestros de quien no se hacía caso; ha sido así necesario que se trajera profesores alemanes para que se creyera en la necesidad de preparar el profesorado secundario, olvidando una de las funciones que desempeñaba la Facultad de Filosofía y Letras: ha sido necesario que Clemenceau nos dijera lo que era la democracia para que creyéramos que nos dábamos cuenta de ello: que Ferri nos repitiera con su mágica palabra lo que tantos nos dicen; que France cantara, quizás con ironía, nuestra grandeza, ó la expresara con calor Blasco Ibáñez para que nos complaciera tal estado. En fin, que Lorini mostrara nuestros vicios políticos y administrativos para que nos alarmáramos, como si no estuviéramos á diario sintiendo sus consecuencias.

La educación, decía, se hace nacional, en el sentido de que nos bastamos para darla. Y es éste uno de nuestros grandes progresos, y un factor de la transformación social argentina. Creo que el fin de todos nuestros adelantos debe ser convertir en trabajo nacional todo lo que pudiendo ser nacional está en manos extranjeras: la fabricación de máquinas, las faenas agrícolas, las grandes industrias... Hacer que el pueblo nuevo, transformado, el argentino descendiente de extranjero ó que aun lleve en su sangre recuerdos del aborígen adapte á sí todo lo que no ha adaptado hasta ahora y sepa bastarse á sí mismo. Y bien, por fortuna la educación ha avanzado mucho en ese camino.

6. En esta época, los adelantos periodísticos han colocado á la prensa argentina entre las mejores del mundo. El desarrollo de las bellas artes no ha tomado aun carácter nacional y su estado no difiere del que mencioné en el anterior capítulo. Las diferentes religiones no causan problema alguno entre nosotros, desde que la libertad de cultos existe y es una de las mejor aseguradas. Vivimos con las costumbres europeas y sus modificaciones de adaptación local y las costumbres de tierra adentro, de todos conocidas, por lo menos de oídas, imprimen algunas características especiales que tienden á desaparecer.

7. Antes de terminar y como hechos que también entran como factores en la transformación social que se opera, y que tienen sus raíces y su fuerza en la inmigración, es deber recordar la existencia del socialismo, que recién nacido en la época anterior es adulto en ésta, y del anarquismo, cosa bien distinta aunque á veces se les confunda de la manera más lamentable.

Respecto del socialismo, he ya referido á su origen en la Argentina y su foco en la capital: entiendo hablar del socialismo del partido socialista; no de las asociaciones de obreros que toman nombre parecido: lo hago así porque es el primero el que se presenta como movimiento solidario en la Argentina, de los movimientos de la clase obrera de Europa.

Con la industria, con los deseos y aspiraciones proletarias, con el constante encarecimiento de la vida, el hecho extraño se hace cuestión nacional; los obreros son muchos, el partido crece, hombres intelectuales argentinos se ponen á su cabeza; los pocos socialistas de la época anterior forman ahora millares, se disciplina el partido y en las elecciones da ejemplo de civismo y honradez, cumpliendo con el deber de votar y no comprar electores. Podrá ó no tener razón de ser el socialismo, considerado como semejante al europeo, y podrán ó no ser exactas las afirmaciones del profesor Ferri al respecto; mas lo cierto es que el partido socialista tiene aspiraciones delineadas, muy distintas de las cartas orgánicas de tantos partidos que mueren después de un tiempo de parálisis infantil; cierto es que la cuestión obrera, semejante ó no á la de Europa, se presenta en nuestra tierra, y dentro de ella con caracteres bien distintos en la capital de los que tiene en las provincias. En una ú otra forma, resultará siempre cierto que «las naciones de este continente no podrán impedir que el socialismo las invada, más temprano á las unas, más tarde á las otras, á todas cuando las formas productivas nuevas hayan desalojado por completo á las antiguas y coordinado así el hecho de la propiedad con el modo de producción»[67].

El partido, formado en un principio con elementos europeos, ha seguido una orientación fija, luchando sin desfallecimientos, explicando razones, aunque por desgracia no siempre se hayan mantenido todos sus elementos en el camino de orden y conquistas paulatinas, que son parte de su programa. Se ha apoderado de almas argentinas, les ha explicado cómo el internacionalismo no se opone al patriotismo y como puede conciliarse con él[68]; en fin, ha fundado diarios que divulgan sus ideas.

Sea como consecuencia del constante reclamo de los representantes del elemento obrero, sea por convicción traída por el análisis de hechos, la legislación argentina ha debido por necesidad ser pródiga en proyectos y leyes de trabajo. Es de allí que se ha originado notable proyecto de ley nacional del trabajo, del doctor Joaquín V. González, y el departamento nacional del trabajo, la ley sobre trabajo de mujeres y niños, los proyectos sobre accidentes del trabajo, seguros de obreros y tantos otros. En cuanto á la ley de residencia y la de seguridad social se refieren á la defensa respecto de elementos perturbadores y anárquicos, y no á los reclamos de los socialistas.

El socialismo argentino, hecho nuevo llamado á tener grandes consecuencias, nacido cuando las condiciones generales del país y la transformación de su vida industrial y de sus elementos étnicos lo hicieron posible, es uno de los hechos más característicos de la vida argentina contemporánea.


Cosa bien distinta al socialismo es el anarquismo. Hace más de quince años, el representante argentino en Washington, enviaba á nuestro gobierno una recopilación é informe sobre los medios de represión del anarquismo, puestos en práctica en las naciones de Europa. Ni entonces ni después, por mucho tiempo, se pensó que fuera posible que el anarquismo echara raíces, y pudiera existir en la Argentina.

Esta tendencia nació con Bakounine á mediados del siglo pasado: considerando á las clases obreras incapaces de mantenerse emancipadas una vez que hubieran conseguido tal estado, creía de mayor conveniencia limitar la propaganda á lo que fuera destrucción y mantener tal orden ó mejor dicho tal desorden como ideal de situación permanente. La Alianza de la democracia socialista, siguió sus ideas[69]. De allí en adelante el anarquismo se fué separando cada vez más del socialismo, hasta ser dos cosas completamente distintas. Sus secuaces han invadido toda Europa, y han comenzado por las vías de hecho á realizar su programa final.

La creencia en la imposibilidad de su introducción á nuestra tierra fué debilitándose cuando se vieron signos inequívocos de su existencia en ella. Apareció primero un diario, La Protesta; se formó después un partido que las gentes confundieron durante algún tiempo con los socialistas; un día estalló la primera bomba anarquista que mató á un niño: la población y la prensa se alarmó llamando á aquél, día de luto en los anales argentinos. Los gobiernos, no obstante considerar insuficiente y de aplicación equívoca la ley de residencia sancionada pocos años antes, nada hicieron, pasado el primer momento de excitación. Luego, los hechos fueron de más serias consecuencias: el jefe de policía de la capital y su secretario fueron víctimas de una bomba anarquista. Después otra bomba anarquista hizo estragos en el teatro Colón de la misma ciudad; entonces se comprendió la necesidad de evitar que aquellos hechos se repitieran y á toda prisa se sancionó una ley de seguridad social, en la que se reprime á todo trance, sin que á la sanción de ella precediera un estudio serio del problema. No obstante, no era por falta de datos y conocimiento de la situación que el estudio no se hacía; era más bien por pereza criolla. Poco tiempo antes de su muerte, el jefe de policía de la capital, coronel Falcón, en una nota elevada al ministro del interior exponiendo sus vistas sobre los acontecimientos socialistas y anarquistas que se sucedían en el país en esos días,—mayo de 1909,—recordaba entre los factores de la violencia, el sectarismo anarquista: «éste conglomerado el más peligroso como representación doctrinaria, era ya conocido por la policía. Guarda en su seno todo lo que tiene de disolvente y destructor el organismo social, todos sus ideales van á una negación y lo mismo que en otras partes entre nosotros, su lema es la propaganda por la acción, acción revolucionaria de destrucción pura y simple. Arrasar con lo existente por cualquier medio, sin elegir: destruir, porque nada debe existir organizado... cualquiera que sea la teoría parcial que profesen los varios grupos en que se divide y disienten, sólo coinciden en la supresión absoluta de toda entidad social orgánica»[70].

El programa del partido anarquista de la Argentina, lo conoce desde tiempo el público: en cuarta hoja de La Protesta se han publicado hasta hace poco los «fundamentos de la idea anarquista». Declarábase allí: 1o, los anarquistas son irreligiosos, porque consideran que las religiones son medios de explotación é hipótesis absurdas; 2o, el capital es una explotación; 3o, el gobierno es una entidad inútil que sirve sólo para mantener la explotación capitalista; 4o, la política es lucha de ambiciones; los anarquistas son impolíticos; 5o, las leyes favorecen á los privilegiados; los anarquistas son adversarios de toda legislación; 6o, la división de la tierra en patrias, es injusta, el mundo es de todos; los anarquistas proclaman la abolición de las patrias. «Síntesis: los anarquistas queremos una sociedad en que cada hombre se gobierne á sí mismo y en la que los medios de producción estén al alcance de todos los hombres. Anarquía es la vida libre, sin que política, ni social ni económicamente un hombre predomine sobre otro.»

En otro documento explicaban la anarquía como hecho congénito de la especie, nacida en los primeros tiempos de la humanidad, y ahora cuerpo de doctrina: independiente de cualquier otro, con límites y caracteres netamente definidos: agregando: «si bien aceptamos las luchas de clases como una ineludible fatalidad histórica, somos humanistas, puesto que vamos á la abolición de todos los privilegios, á la liberación de todos los hombres en una sociedad de igualdad y de justicia. Nos oponemos, pues, á la tendencia que en nombre de un mal entendido determinismo económico ó social nos llevaría solamente á una nueva tiranía obrera ó anarquista, que no sería la mejor de las tiranías. Por estar convencidos de que tanto para los individuos como para los pueblos son necesarios grandes ideales que sirviendo de lenitivo á los sinsabores de las tremendas luchas del presente, sean también estrellas directrices en el camino áspero del progreso, propagamos el comunismo anárquico como forma suprema de la futura convivencia social»[71]. Á continuación, habla el manifiesto, de cómo en la Argentina el anarquismo tiene razón de ser, y usa de los términos de grueso calibre habitual en aquella literatura.

De todas estas cosas se desprenden para nuestro estudio diversas consecuencias: en primer lugar, la existencia en la Argentina de anarquistas que forman partido y desean la destrucción de todo régimen; 2o, la existencia, por propia confesión, de anarquistas que buscan mejoras sociales, sosteniendo que la destrucción de todo régimen es el ideal que se tiene en vista para la acción, aunque no se crea en su posible realidad; 3o, la separación absoluta entre socialistas y anarquistas, separación que da motivo á la formación de dos partidos distintos, con métodos é ideas diferentes, y que por error se les confunde con frecuencia.

Entiendo que el anarquismo es un partido equivocado, cuya existencia es un peligro para la humanidad: pero entiendo también, que dado que su existencia en la nación está probada, se impone el estudio científico de esta manifestación social para encontrar los medios de prevenirlo; la investigación respecto de la parte de verdad que puedan tener sus afirmaciones que se refieren á hechos injustos, para evitar todo reclamo con fundamento, y al mismo tiempo para tener, al aplicar penalidades, la conciencia de proceder dentro de la más estricta justicia.

El elemento anarquista es en su mayoría extranjero, pero la constante propaganda, hace secuaces entre los argentinos. Tengo informes de que muchos obreros que trabajan en el puerto de la capital, que son argentinos, sobre todo los naturales de Corrientes, se hacen anarquistas. La propaganda es certera: pocas ideas vagas, dos ó tres precisas, que hieren sentimientos comunes: el de la injusticia del régimen económico sobre todo, el de humillación después; basta entonces que la idea caiga en el cerebro de un hombre con poco desarrollo intelectual y de algún carácter, y se tiene allí formado un anarquista.

He tomado con alguna detención estas dos manifestaciones de la vida argentina contemporánea porque concurren á caracterizar una época. No sólo en la composición étnica de la población, en los progresos en todas sus formas, en el estado económico, se nota la transformación social; se ve también que las ideas traídas por la inmigración fecundan en esta tierra; que hechos sociales nuevos, de la mayor importancia, acompañan á la transformación incesante. En 1853 nadie hubiera podido pensar en la existencia en la Argentina de lo que después sería el anarquismo, ni siquiera en los socialistas. Hoy, la realidad la evidencia.

8. Con ello concluyo el bosquejo de nuestra época: que los adelantos de la industria, del trabajo y de la ciencia, marchen acompañados de la justicia, del orden, del buen gobierno, para que sean infundadas las ironías de la Europa respecto de nosotros; que se respeten las autoridades, y que éstas á su vez ayuden á los trabajadores, eviten las protestas y mitiguen amarguras. Así podrá la Argentina festejar el segundo centenario de la revolución de mayo, con un himno verdadero de victoria!


CAPÍTULO V
transformación social é instituciones

1. Factores que deben considerar el historiador y el legislador.—2. La transformación material y étnica de la República Argentina. La mestización y el hibridismo. Los aportes inmigratorios.—3. El carácter del pueblo argentino. Afirmaciones de Le Bon. Falta de fundamento. Una opinión de Belmar sobre el porvenir del Río de la Plata.—4. Nacimiento y transformación de las instituciones. Acuerdo necesario entre sociedad é instituciones. El problema respecto de la Argentina. Disposiciones constitucionales ó legales de relativa permanencia y disposiciones transitorias. Conclusión.

1. Las estadísticas, las cifras, los datos geográficos, históricos, sociológicos, antropológicos, la psicología social, la educación, las costumbres, las instituciones políticas, leyes, constituciones, todo es necesario para seguir la trama del desenvolvimiento de un pueblo. El mayor conocimiento de tantos factores y de todas las situaciones que su combinación provoca, tiene la mayor utilidad para el historiador y para el legislador: el uno buscará en la aparente desarmonía de tantos materiales la ley que rige el conjunto; de este modo los hechos que se suceden no se le presentarán como al niño que por primera vez viaja, las hileras interminables de postes del telégrafo que con abrumadora regularidad pasan delante de sus ojos á lo largo de la vía: se le mostrarán unidos y relacionados los unos como causas de los otros ó todos ellos como causas ó efectos de algunos más. Sale así la historia del primer momento de su formación, la de simple colección de hechos, para hacer de ellos análisis más prolijo, que permita á tal disciplina entrar en la categoría de las ciencias. Al otro, al legislador, facilitará su tarea; convencido por los estudios propios y ajenos, que las instituciones no son sino el bronce fundido que debe solidificarse en el molde impuesto de antemano, hará de modo que no contradigan las ideas, los modos de ser, las situaciones del pueblo á que van destinadas, y sólo sabrá que cumplen tal cosa cuando tenga el conocimiento más completo posible de las formas que han presidido el desarrollo anterior y de los factores de toda clase que continúan influyendo en la evolución de su pueblo.

De aquí también que para expresar, en el más humilde trabajo, como éste, la opinión que se tiene sobre la forma en que nuestras instituciones han acompañado las transformaciones morales y materiales del pueblo argentino, haya debido tener en cuenta todos aquellos factores en la medida en que ha sido necesario para tal estudio.

2. La transformación material de los modos de existencia en la Argentina, es evidente. Se puede discutir, sobre el adelanto ó retroceso de los argentinos en lo que á moral ó intelectual se refiere, á su carácter, á su patriotismo, á sus modos de ser en general; pero nadie discute el hecho manifiesto de la rapidez é importancia de sus adelantos materiales: por ser un pueblo nuevo, que partió de una situación cercana á la nada, la magnitud del cambio es más visible. Desde 1853 á 1910 sólo han transcurrido cincuenta y siete años; período tan reducido que permite á nuestros hombres de alguna edad, relacionar mentalmente una y otra época después de haber sido espectadores de tanta transformación y tanto cambio. En cada capítulo que correspondía á pocos años, he tomado en cuenta las principales manifestaciones de la actividad: agricultura, ganadería, industrias, vías de comunicación. Y el incesante desarrollo febril que allí se revelaba, no ha cesado todavía y no es posible siquiera vislumbrar cuando disminuirá su vertiginosa marcha.

Es natural que debemos considerar los cambios refiriéndolos al suelo y haciendo abstracción de otras consideraciones, pues en este momento entiendo hablar de ellos solamente. Por eso, recordémoslos por ahora, sin preguntar en cuanto han sido capitales extranjeros los que han permitido tales cosas. No preguntemos tampoco cuál es la situación económica argentina y en cuanto los banqueros extranjeros, pesan sobre su riqueza actual y futura...

En todo ello el factor económico ha ejercido influencia poderosa y principal: la idea de la ganancia rápida, de volver á la patria con ella, ha sido el propulsor eficaz de las corrientes inmigratorias; la facilidad de la colocación del dinero á alto interés, en otros lugares penado por usurario, y aquí permitido como justo, ha enviado ingentes capitales, y ha opuesto la codicia al peligro de la tardía é hipotética restitución. La creencia en la fortuna fácil ha borrado de la conciencia de los argentinos, las inquietudes que pudiera provocar el pensamiento de la carga que en forma de deuda, se echaba sobre hijos y descendientes.


Á la transformación material ha correspondido una transformación étnica de importancia suma: españoles, indios, negros, mulatos, y mestizos, han cedido al inmigrante el derecho de moldear el futuro pueblo. Por condiciones geográficas, han sido vencidos en la capital primero, luego en el litoral y la lucha dura en el interior todavía. No siempre se ha producido la substitución; también el mestizaje ha dado sus productos que no en todas partes han sido malos; productos que han originado juicios á mi entender, por excluyentes, parciales.

El doctor Ayarragaray en La anarquía argentina y el caudillismo y en La constitución étnica argentina, el doctor Bunge en Nuestra América y otros autores, consideran el producto del mestizaje como inferior y elemento malo, y juzgan que necesitará tiempo para que sus descendientes adquieran la inteligencia y aptitudes de los hijos de pueblos adelantados. «En el proceso de la mestización se suman los valores de la misma naturaleza; sólo se ligan las facultades é instintos comunes y vulgares, que forman el sedimento perenne de toda alma humana, sea cualquiera la cepa de la cual procede. En el híbrido, precisamente se combinan los elementos y las aptitudes inferiores; las cualidades superiores, individuales, antropológicamente incorporadas á la personalidad de la raza, se extinguen, una vez destruído el molde originario del tipo. Es la esencia sutil volatilizada, cuando se mezclan dos perfumes de distinta naturaleza, en un recipiente común»[72].

Por de pronto, débese convenir que el mote de híbrido con que caracterizan á tales individuos, es impropio: el término híbrido «aplícase al animal ó al vegetal procreado por dos individuos de distinta especie» y nadie sostendrá ya, que el hombre blanco y el hombre negro sean de especie distinta. En la innumerable gradación de pigmentaciones, hay de todo, y si los carácteres físicos y aun morales, son diversos, tal diversidad no es suficiente para que se llame híbridos á individuos que son simplemente mestizos; los cruces han producido toda clase de individuos: los hay, es verdad de aquellos que responden á todos los caracteres que los autores citados les atribuyen, como los hay que responden al tipo del coya infeliz, modelo de degeneración. Pero en cambio los hay también que responden á los caracteres morales de los hombres de mayor civilización, que han llegado á desempeñar papel importante en la vida argentina, como hay mujeres que justifican en un todo las amables palabras que les dedica el señor Ameghino en un reciente artículo, ó los tiernos cantos de poetas y payadores.

El cruce y la amalgama dió, pues, un producto mestizo con las más variadas condiciones físicas y morales: muchos fueron los pueblos existentes en América y diversos entre sí: muchas las especies de españoles que vinieron: los resultados de sus cruzamientos fueron los más diversos, aumentando esta diversidad el factor negro.

Con tal amalgama se formó la base étnica argentina sobre la que vendrían á influír después en formas y cantidades que hemos visto, las grandes masas de europeos de todas las naciones; cada una de ellas agregó sus caracteres físicos y sus carácteres morales y continuó la transformación étnica: mas débese recordar también que el carácter de una raza ó de un pueblo es un término muy elástico; que los pueblos se componen de individuos y que en éstos encuéntranse muchos caracteres distintos. Que sólo con reservas que siempre se tendrán presentes se puede hablar de la formación del carácter de una raza ó pueblo.

Este moldeamiento del individuo argentino, continúa todavía: á los italianos, españoles, franceses se agregaron otros factores: ingleses y alemanes, austro-húngaros y suizos; ahora, Rusia y Turquía ocupan lugar importante y su presencia origina nuevos problemas étnicos. Se consideran estos elementos inadaptables, no solubles, por así decirlo. Su influencia étnica será quizás cuestión de tiempo.

3. Tanta formación y transformación social dió lugar y da aún, á que toda clase de afirmaciones respecto del carácter de este pueblo, de esta raza en formación tenga algún fundamento en los hechos, y que junto á himnos de grandeza que nacen después de un estudio de las cosas, aparezcan juicios pesimistas nacidos también después de tal estudio.

Me he referido al principio de este trabajo á las afirmaciones de Le Bon en su obra Lois psichologiques de l’évolution des peuples. Menester es ahora volver á considerarlo. Tiene mayor valor respecto de nuestro estudio el libro de Le Bon, por dos razones: la primera, por el nuevo sentido que da al término raza, retirándolo de las interminables cuestiones que se suscitaban y suscitan cuando se habla de razas naturales. Sin afirmar ni negar la existencia de razas naturales, nos encontramos con razas históricas en pueblos y naciones, más fáciles de determinar que aquellas otras; la segunda, es que al hablar de la Argentina no lo hace con ánimo predispuesto en pro ó en contra: no es su estudio un estudio de la Argentina; ésta llega con otras, sólo como ejemplo, como aplicación de principios establecidos en la obra, al estudio comparado de la evolución de los Estados Unidos de América y de las repúblicas hispano-americanas.

Por ésto, por tratarse de la aplicación de una teoría de ciencia social, la considero. Por la misma razón no lo hago con otras obras que ó son alabanzas ó reproches más ó menos fundados ó infundados, ó son simples descripciones de la vida argentina.

El trabajo de Le Bon, en la parte de aplicación de la teoría á los hechos, prueba sólo una cosa: la grande dificultad que se tiene para hacer aplicaciones de ciencia social, cuando no se basan en un conocimiento completo del pueblo sobre el cual se hace; cuando se toma una época para caracterizar un pueblo, y cuando se trata de que las cosas encajen en las teorías y no que las teorías se adapten á las cosas.

Después de un elogioso estudio de las instituciones y pueblo norteamericano, que no escapa por eso á algunos tintes sombríos y presagios de decadencia, se ocupa de las naciones sudamericanas. «Todas han adoptado la constitución política de los Estados Unidos, y viven, en consecuencia, bajo idénticas leyes. Y bien, por el sólo hecho de que la raza es diferente y le faltan las cualidades fundamentales que posee la que puebla los Estados Unidos, todas estas repúblicas, sin una sola excepción serán presa perpetuamente, de la más sangrienta anarquía, y á pesar de las riquezas asombrosas de su suelo, zozobran las unas después de las otras, en dilapidaciones de toda especie, en la bancarrota y el despotismo.» Así dice el sabio autor: y sin embargo, de todos los antecedentes aportados, resulta que fuera absurda falsedad lo que tales palabras significan si no fuera sólo un error ó ignorancia de las cosas. Ni es cierto que estas naciones continúen en sangrienta anarquía, ni que la bancarrota, dilapidaciones y despotismo las acompañen; y es aventurarse más de lo justo, atribuír á tales vicios carácter de perpetuidad. Bien es cierto que á reglón seguido Le Bon se descubre y muestra cuál ha sido el bagaje de conocimientos que le ha permitido pontificar en aquél modo. «Es necesario recorrer la notable é imparcial obra de Th. Child, sobre las repúblicas hispano-americanas para apreciar lo profundo de su decadencia. Las causas están enteramente en la constitución mental de una raza que no tiene energía, voluntad ni moralidad. La ausencia de moralidad sobre todo, sobrepasa lo que de peor conocemos en Europa». Hace alguna salvedad en favor del Brasil. Citando una de las ciudades más importantes, Buenos Aires, el autor la declara inhabitable para cualquiera que tenga alguna delicadeza de conciencia y moralidad[73]. En términos parecidos se refiere al comercio argentino; así también á las instituciones. En seguida «toda la industria y todo el comercio están en manos de extranjeros: ingleses, americanos y alemanes». «La República Argentina cuenta cuatro millones de blancos de origen español: no sé si se citaría uno solo fuera de los extranjeros, que esté á la cabeza de una industria importante». Y termina el capítulo «esta espantosa decadencia de la raza latina, abandonada á sí misma, puesta en presencia de la prosperidad de la raza inglesa en un país vecino, es una de las más sombrías, de las más tristes y, al mismo tiempo, de las más instructivas experiencias que se pueden citar en apoyo de las leyes psicológicas que he expuesto». Es en la opinión de Child, viajero en estos pueblos, que Le Bon apoyó sus afirmaciones: la obra es imparcial, sin que sepamos por qué y vale más que estadísticas, memorias y cuánto pudiera haber tenido á mano. Así, estas regiones son declaradas inhabitables, sin recordar á sus millares de compatriotas que en la época vivían en ella. Y así también, con igual criterio puede hablarnos de falta de moralidad. Olvida la industria ganadera, desconociendo á los argentinos cualquier intervención en las industrias, y á fuerza de atacar, sólo cree que lo bueno lo trajeron ingleses, alemanes y americanos, sin recordar que son los latinos más latinos, los italianos, los que han producido la mayor transformación económica y los más grandes adelantos. Y amenaza una espantosa decadencia, un cataclismo final, basado siempre en ajenas afirmaciones.

El estudio que hemos hecho en todo el trabajo demuestra que toda esa amenaza es pueril: que la República Argentina, como otras americanas, marcha en la vida de los mayores progresos, no obstante tantos y tantos vicios que puedan imputárseles á sus hijos. Que la raza nueva es fuerte, que asciende y no degenera y que en su estudio, de complejidad suma, debe tenerse mucha cautela. De otro modo, hasta los sabios exponen al ridículo su ignorancia.

La parte teórica de la obra de Le Bon es excelente: basta recordar la síntesis que hiciéramos en el primer capítulo y aplicarla á la Argentina, después de conocer todos los datos que hemos aportado en los capítulos anteriores; se verá así que los resultados son bien distintos de los que expresara aquel autor, fundado en sospechosos juicios ajenos y con conocimiento incompleto de los hechos.

La formación étnica argentina, no ha terminado, decíamos antes; continúa. El factor inmigratorio es su gran palanca y la fusión de todas las razas toma forma en el nuevo individuo. Así se forman argentinos; el inmigrante se hace argentino de corazón, y sus hijos lo son también, de corazón y naturaleza: el pilluelo, hijo del inmigrante, «ese niño vagabundo y curioso, eterno ocupante de la calle, es el que aplaude con más calor las escuelas de cadetes, que con su encantadora gravedad desfilan en los días de la patria, el que viva con bullicioso entusiasmo la bandera haraposa del viejo y glorioso batallón, el que acompaña á las tropas más lejos, el que no falta á la lista, el que se asocia con la más candorosa y sincera decisión á todas las cosas populares en que está el pabellón y el uniforme»[74].

No estaba en un error, pues, el señor Belmar, cuando en su obra escrita en 1856, decía: «El porvenir del Río de la Plata está en la inmigración y la colonización... florecientes campos cubiertos de una inmensa variedad de productos, ciudades, pueblos, usinas, de toda especie, establecimientos agrícolas ó comerciales que se diría creados por la varita de algún mago, surgen de todas partes, las selvas se aclaran, el desierto retrocede con sus huéspedes espantados y los ríos que arrastraban cocodrilos y camalotes, pasean actualmente rápidos navíos. Ligados ya por rieles, telégrafo eléctrico, navegación á vapor, y quizás un día por la navegación aérea, las dos Américas, los dos mundos se darán la mano, para ser sólo y á pesar de los grandes ríos, cordilleras y océanos, un mismo país donde se desarrolle el vasto bazar de la industria universal... Acabamos, repitiendo con la más sincera convicción: un gran camino de bienestar, un camino largo tiempo esperado, se ha abierto para las clases trabajadoras que llenan el suelo de Europa, y que manteniendo la llaga del pauperismo inquietan á los gobiernos y afligen á los gobernados. Esperemos que el buen sentido de las poblaciones que sufren, y, si necesario es, el sólo instinto del interés, les harán ver de más en más, en la colonización de que acabamos de trazar un bosquejo fiel, una providencial tabla de salvación»[75].

4. Á esta transformación de las cosas é individuos ha respondido el nacimiento y transformación de las instituciones, que serán después materia de nuevas transformaciones. Hemos recordado, en cada caso las nuevas leyes de interés general, así como las reformas constitucionales que los diversos momentos exigían. El punto de partida fué la Constitución de 1853 y de allí en adelante la legislación del país se desarrolló á medida que las necesidades lo reclamaban; la legislación española que había precedido cedió á la nueva; códigos y leyes aparecieron, y muchas veces se adelantaron al momento, quizás porque en la mente de sus autores estuviera concebida en términos precisos la idea y conocimiento de futuros destinos. Así se llegó á la época contemporánea, en que los adelantos de la industria y las nuevas orientaciones sociales de toda clase demandan imperiosamente nuevas legislaciones; en que la inmigración hecha poderosa exige el estudio de las condiciones en que mejor se adaptará; en que la tierra elevando de continuo su precio de costo, reclama también un estudio detenido necesario para resolver los nuevos problemas que se plantean.

Instituciones y sociedad, deben marchar al unísono; en el primer capítulo nos ocupábamos de tal axioma y en los subsiguientes vimos que éste era de aplicación á nuestro estudio. Pero tambien allí nos planteábamos el problema que resurge ahora; conviene advertir que se presenta en la Argentina con mayor importancia que en otras naciones, pues fundado en el estudio social de pueblos cuya vida y sociabilidad se transforma con lentitud, debe aplicarse á un pueblo cuyas transformaciones se efectúan con grande rapidez.

Las premisas del problema son las siguientes:

a) Las instituciones deben acordar con el modo de ser y con la vida del pueblo al que se destinan;

b) El pueblo argentino, varía continuamente en la formación de su raza histórica, en el estado de su industria y comercio; la rapidez de la variación es distinta en una región que en otra.

El problema: ¿pueden dictarse constituciones y leyes más ó menos permanentes para un pueblo en tales condiciones? ¿se debe dejarlo con el menor número de ellas, ó sin ellas? ¿se puede imponer á todo habitante natural ó extranjero una conducta determinada? ¿Cuál puede ser la solución para la Argentina?

Entiendo que la cuestión exige varias cosas:

En primer lugar, que se recuerde, que no es el pueblo el que debe adaptarse á las instituciones sino éstas á aquél; siendo las instituciones limitación de derechos ó preservativos contra limitaciones traídas por otros individuos, deben ser las precisamente necesarias y nada más.

En segundo lugar, que ocurre una distinción: unas disposiciones constitucionales ó legales, responden á modos de ser generales del individuo humano. Afirman principios y garantizan libertades por las cuales ha luchado la humanidad en toda la época contemporánea y en todos los pueblos civilizados; principios concebidos como aspiraciones unas veces y en otras convertidos en realidad; tales son la idea de la libertad, el deseo de la intervención de todos en la cosa pública, el de la libertad de conciencia, el de no ser penado sin juicio previo, y así muchos más.

Otras, responden á modos de ser de un pueblo en un momento determinado: no tienen la universalidad de los anteriores; tales son, la religión adoptada por el Estado, el régimen de gobierno, el régimen de matrimonio, las instituciones que rigen las relaciones privadas; las relaciones de comercio libre ó protegido y tantas más, bien fáciles de determinar.

Las primeras, aspiraciones humanas, pueden y deben ser mantenidas en constituciones y leyes: si todos los pueblos las desean, en nada influirá la forma de constitución étnica de la Argentina; serán buenas en todo momento; más aun: aun cuando el pueblo no estuviera en condiciones de recibirlas, se pueden mantener como ideales que se alcanzarán en parte alguna vez; la ley constante de su realidad hace que esto no esté en pugna con el principio tal como antes lo formulábamos. Leyes y constituciones argentinas deben mantener aquellos principios de libertad y justicia, que no son argentinos, son humanos, y estarán en su lugar en cualquier nación.

Las segundas, las que se refieren á nuestro modo propio de ser, á un momento de la vida argentina, no pueden tener sino carácter de transitorias: la forma de gobierno, adoptada como transacción en un momento dado, que no respondía á todos los antecedentes argentinos, que no responde á muchas de las ideas que los tiempos han hecho que se originen, que diariamente se señala como defectuosa, no tiene carácter de permanencia; el régimen del matrimonio indisoluble y con derechos distintos de los que otras leyes acuerdan, tampoco puede ser invariable: la religión sostenida por el Estado, el régimen de la propiedad, el proteccionismo aduanero, no pueden ser permanentes; mejor dicho pueden estar sometidas á cambios.

Así las unas serán permanentes y útiles mientras se forma la raza histórica argentina; las otras serán transitorias, útiles del momento, variables en el mañana.

La idolatría constitucional y legal que á diario vemos, no tiene razón de ser: que se sustenten ideales de libertad y grandeza, de dignidad y justicia, pero que no se considere á disposiciones meramente transitorias como principios indestructibles, revelados por seres superiores, libres del error. El respeto á los patriotas conciudadanos que nos dieron constitución y leyes, consiste en reconocerles el acierto con que procedieron en el momento en que rindieron sus afanes, la verdad de los principios humanos que quisieron afirmar. Pero es irrespetuoso el atribuírles la afirmación de bondad eterna para otros principios que concibieron sólo como útiles en el momento, pero variables después. Si ellos revivieran un instante, su indignación sería magna contra el mundo de idólatras, que desvirtuando sus intenciones, los convierte en falsos profetas.

Noviembre de 1910.