1.—La expresión religiosa en la palabra. 2.—La Mitología. 3.—La expresión religiosa en el objeto. 4.—Astrolatría. 5.—Los elementos. 6.—Arboles y plantas. 7.—El culto de la piedra. 8.—Zoolatría. 9.—Fetiches. 10.—El Ritual. 11.—Los sacrificios. 12.—Lugares de culto. 13.—La magia y sus efectos. 14.—Sacerdotes y hechiceros. 15.—La Medicina. 16.—Religión y cultura.
1.—La importancia mística de la palabra, es común á todas las religiones del mundo. Entre los Americanos, tenían ciertas palabras un poder mágico y misterioso al que obedecían los espíritus[258]. La maldición mataba como una maza. Cuando el hechicero indígena "concentraba su medicina" y lanzaba un anatema vibrante, no había salvación para su enemigo. Las fórmulas mágicas, cantos, encantos y conjuros del ritual indígena, eran casi siempre una sucesión de palabras ó sílabas sin sentido alguno. Se suponía que los Dioses entendían lo que no alcanzaban los hombres. Ya vimos anteriormente que el nombre propio tenía para el Indio excepcional importancia. Con más razón la tenía él de sus Dioses, considerado como inefable y sacratísimo. Lo esencial en la palabra era, en fin, para los Americanos, su poder, de relacionar al hombre con la Divinidad, y por ello la palabra á los Dioses (Oración), la palabra de los Dioses (Revelación), y la palabra respecto á los Dioses (Mitología), fueron formas de expresión religiosa usadas en todo el Continente[259].
Fig. 167.—Idolo Peruano.
La oración es un elemento universal en las religiones indígenas. Fuese en forma de acción de gracias, de petición, ó de penitencia, el salvaje procuraba constantemente aplacar con sus ruegos la supuesta cólera de los dioses y pedirles protección y ayuda. La vida del Indio era una plegaria perpetua[260].
La palabra de los Dioses (Revelación), la "prima veritas indicendo" de los teólogos, es la base y raiz de los cultos. Toda religión para sus secuaces es siempre revelada. No hubo ninguna en América, de las conocidas, que no aceptase como artículos de fé los preceptos y predicciones de sus dioses[261].
Fig. 168.—Símbolos de los Dioses (Dakotas).
La supuesta ley divina, impuesta al indio por sus sacerdotes y videntes, era siempre prohibitiva, y sus ridículos y multiformes preceptos conocidos por los etnólogos con el nombre genérico de "taboo" ó "tabu", penetraban en todas las manifestaciones de la vida indígena, impedían las más triviales acciones, y eran, en fin, para el salvaje una constante y abrumadora pesadilla. La más mínima infracción del "taboo" determinaba la cólera de los Dioses, que se exteriorizaba casi siempre en castigos durísimos[262].
Las predicciones ó profecías, también forjadas ó pervertidas por los hechiceros indios, eran comunes á todas las tribus del Continente. La investigación de sus curiosas é innumerables formas (adivinación, augurios, oráculos, clarovidencia, etc.), excedería los límites de nuestro estudio. Nos limitaremos, pues, á mencionar algunas cuando hablemos del sacerdocio y de la magia[263].
Fig. 169.—Propiciando al Sol.
2.—Tampoco hemos de detenernos á estudiar los extraños y múltiples mitos, forjados acerca de sus dioses, por la exaltada imaginación del Indio, y perpetuados por su credulidad característica. Desde el momento en que el salvaje reconoció la existencia de seres superiores, dijo mitos á su respecto. La palabra es el artesano de los ídolos[264]. Debemos buscar, pues, el origen remoto de los mitos en la religiosidad misma del Indio, en la débil lumbre de lo sobrenatural, que iluminaba su sér psíquico; su origen próximo lo encontraremos casi siempre en el lenguaje, en la semejanza fonética (paronimia) de algunas palabras, considerada por el salvaje como divino indicio[265].
Fig. 170.—Manitou.
Así se explica el fenómeno etnológico de la extraordinaria semejanza de ciertos ciclos míticos fundamentales, en todos los pueblos del mundo, el hecho histórico indudable de que las ideas religiosas sobre los puntos cardinales, sobre los números sagrados[266], sobre la creación y el diluvio[267], sobre el Paraíso terrenal[268], sobre el conflicto de la luz y las tinieblas[269], sobre el viaje de las almas desencarnadas[270], y, principalmente, las firmes y consoladoras creencias en el Héroe Dios y Redentor, que había de volver para salvar á los suyos[271], se encuentran en todas las Mitologías de la raza Americana con símbolos é imágenes similares á las de todas las de la tierra[272].
Fig. 171.—Altar en una Kiva (Arizona).
3.—La expresión objetiva del sentir religioso común á todos los primitivos, toma los nombres de fetichismo ó idolatría, términos esencialmente idénticos, si se tiene en cuenta que el hombre, aun en sus etapas inferiores de salvajismo, jamás ha adorado los objetos (ídolos, fetiches, etc.) como tales, sino como medios, envolturas ó agentes de la Voluntad trascendental, en cuyo reconocimiento se basan todas las religiones del mundo[273].
Fig. 172.—Torturando á una cautiva (Pawnees).
Ahora bien, aunque para el Indio todos los seres y formas de la naturaleza eran manifestaciones de lo divino é ignoto, había ciertos seres, objetos, ó grupos de objetos, adorados especialmente en todas las tribus, sin duda por herir con más fuerza ó frecuencia los sentidos del indígena. Mencionaremos los más importantes[274].
Fig. 173.—Idolo Mejicano.
4.—Llama, en primer lugar, la atención del historiador el culto de los cuerpos celestes (Astrolatría), tan universal y frecuente que se ha llegado á sostener que las religiones Americanas fueron siempre y principalmente astrolátricas. Lo fueron por lo menos las de las tribus más adelantadas. Los Aztecas, Chibchas, Natchez, etc., adoraban al sol como padre y origen de toda alegría, fecundidad y existencia. Los Incas relacionaron los cultos del sol, la luna y las estrellas con la aparición de sus héroes míticos, y en casi todas las tribus la consolidación de tales cultos, dulcificó paulatinamente los sacrificios y afirmó el sacerdocio y el templo.
Fig. 174.—Propiciando los espíritus del torrente.
5.—Sigue en importancia al culto de los astros, el de los elementos. Para los Chibchas, era sagrada el agua de los ríos y lagos; los Peruanos de la costa temían al mar Pacífico, como divinidad suprema. "Tlaloc", el Dios de la lluvia, ocupaba lugar conspicuo en el panteón de los Aztecas, que como los Moxos de Bolivia se decían á sí mismos "hijos de las aguas".
El fuego era sagrado en casi todas las tribus. Entre los Incas, su culto relacionado con el del Sol, era objeto de especiales ceremonias. Para los Mejicanos el "Xiuhteculli" (Dios del fuego) era divinidad temible[275].
Los _vientos_ de los cuatro rumbos ó cuarteles en que se creía dividida la tierra, inspiraron también al Indio peculiar reverencia. Los Aztecas adoraban al huracanado del Sur; los Iroqueses, á los del Norte, Sur, Este y Oeste. Como el Eolo Virgiliano, el "Sillam Unna" de los Esquimales, regía la "mansión ó caverna de los vientos" (Sillan-Eipane). En América Central, el pájaro "Voc", de simbolismo análogo al del águila de Zeus, era mensajero del "Huracán", ó dios de las tempestades, y otro tanto sucedía en América del Norte, donde el maravilloso "pájaro del trueno" (thunder-bird) se veneraba como encarnación del gran "Manitou"[276].
Fig. 175.—Altar Walpi.
La maternidad de la tierra se tuvo por artículo de fé en casi toda América. El Indio concebía la tierra animada y amable, y ya fuese bajo la forma del "Tonantzi" Azteca, ó del "Mama-cocha" Incásico, la veneraba con filial acatamiento. Creían los Chibchas, por ejemplo, que se irritaba con el continuo pasar de animales y hombres, ó sufría cuando se clavaban en ella estacas ó postes para sostener las viviendas[277].
Fig. 176.—En oración.
6.—Los espíritus de las plantas, como vinculados á la madre tierra, fueron también tenidos por divinidades benéficas (Filolatría). Los mitos de los Cherokees, les suponían inventores de la medicina para contrarrestar los rencorosos designios de los animales causantes de las enfermedades y la muerte. La "saramama" ó "maíz madre" se veneraba por los Quichuas en forma de muñeca de hermosas mazorcas. El tabaco en las tribus que lo conocieron (Iroqueses, Mandanes, etc.), hacía las veces de ceremonial incienso[278].
Fig. 177.—Propiciando en un altar á los espíritus de la lluvia (Pueblos).
Más universales, sin embargo, que los cultos filolátricos, naturalmente limitados á las tribus horticulturas y sedentarias, fueron en América los dendrolátricos. El murmullo del viento entre las hojas, el crujir angustioso de las ramas, y los extraños ruidos de los troncos, fueron siempre para el salvaje voces misteriosas del espíritu que moraba en los árboles. Los Ojibways é Hidatsas no los cortaban nunca para no causarles dolores. Si los Mandanes hachaban algún poste lo envolvían al punto con vendas. Ciertas especies estaban en muchas tribus protejidas por el "taboo" y relacionadas con sus clanes con vínculos de ascendencia mítica ó totémica. Los árboles solitarios ó gigantes inspiraban respeto especialísimo. Los Mejicanos tuvieron al "Tota" como protector de sus cosechas. El héroe Dios de los Yurucarés de Bolivia hizo, según sus mitos, nacer de un árbol á todas las tribus de la tierra[279].
Fig. 178.—Idolo Zoolatrico (Méjico).
Fig. 179.—Danza del Espíritu (El círculo).
7.—El antiquísimo culto de la piedra, fué también universalmente practicado por los primitivos habitantes de América. Los Dakotas, pintaban de rojo las piedras sagradas, ofreciéndolas sacrificios. Los indígenas de Guatemala, colocaban piedras en la boca de los moribundos para que entrara en ellas el alma desencarnada. Los Incas recogían devotos las que Cupac Iupanqui declaró habían sido "hombres barbudos", llevándolas á las guerras. Los Nahuas hacían proceder de los aereolitos á todos los hombres. El jade verdoso y semi transparente de los Aztecas se consideraba dotado de virtudes ocultas. Creían también los Peruanos que los aereolitos eran emanaciones del fuego celeste, cuyos ardores conservaban siempre. Los hechiceros Mayas, como los modernos astrólogos, usaban los cristales de cuarzo con fines oraculares y proféticos.
En general, si el Indio, de cualquier tribu que fuera, encontraba piedras de formas, colores ó propiedades para él extrañas, las conservaba reverente, bien convirtiéndolas en fetiches, bien conservándolas como mágica medicina de determinadas dolencias[280].
Fig. 180.—Idolo en Honduras.
8.—Los sistemas zoolátricos de América, comparables sólo á los Egipcios, eran acaso los más completos de los conocidos en la historia. Apenas hubo animal en la riquísima fauna del Nuevo Continente, cuyo espíritu tutelar ó maligno no fuese venerado por las tribus de las respectivas regiones geográficas[281].
En muchas de ellas se creía intercambiable el alma del hombre y los animales. El tigre, por ejemplo, no era sólo adorado por su fiereza, sino por creer que contenía el espíritu de algún guerrero muerto. El Zootheismo americano estaba, además, íntimamente unido con el Totemismo, y ambas creencias tuvieron capitalísima importancia social y religiosa en todas las tribus indígenas. De todos los animales sagrados, la serpiente recibió, en dichas tribus más solemne y universal homenaje. La silenciosa sinuosidad de la marcha de este ofidio, más sutil, según el Génesis, que ninguna bestia de los campos, su brillante colorido, la atracción de su mirada y su acción letal y rapidísima[282], fueron tal vez la causa de que la generalidad de las agrupaciones primitivas, y aun algunas relativamente cultas, la consideraran como receptáculo ó mediador favorito de los espíritus (Ophiolatría).
Fig. 181.—Fetiche (N. A.)
9.—La exaltada imaginación del Indio y su credulidad ilimitada é ingénua, no se contentaba con sentir lo sobrenatural y rendirle culto, en innumerables formas y grotescos ídolos; necesitaba para satisfacer su ardor religioso, tocar y poseer á su Dios, llevarlo consigo, incorporarlo á cualquier objeto tangible. De aquí el fetichismo Americano análogo en su esencia al Africano y al Asiático.
Fetiche, para el Indio americano era cualquier objeto grande ó pequeño, natural ó artificial, que independientemente de su valor intrínseco se consideraba dotado de conciencia, volición, vida inmortal, y, especialmente, de poder sobrenatural ó mágico, que le permitía producir efectos anormales en forma más ó menos fantástica. La posesión de esta misteriosa facultad hacía al fetiche indispensable para su poseedor, quien lo adquiría para proporcionarse bienandanzas, y le rendía en cambio acatamiento, adoración y sacrificios, llevándolo consigo en sus empresas, hablándole, rezándole, mimándole ó maltratándole, según su comportamiento pasado ó el que de él esperaba en lo futuro.
Fig. 182.—Danza del Espíritu (Vidente).
Una persona podía tener varios fetiches, objeto también de compra, cambio, y trato comercial entre tribus distintas. En todos los casos, la naturaleza, númen ó misterio origen del fetiche ó conjunto de fetiches eran secretos personales del propietario ó constructor de los mismos, y sólo se transmitían al elegido como heredero en su posesión mística. Las almas desencarnadas de los guerreros ó shamanes muertos, se suponían capaces de morar en los fetiches, que en definitiva eran para sus poseedores un medio de vincularse estrechamente con los poderes ocultos.
Todo fetiche era para el indio un verdadero ídolo, y recíprocamente, todo ídolo tenía algunas de las características de los fetiches. De aquí la peligrosa inutilidad científica de las distinciones entre la idolatría y el fetichismo y la imposibilidad de fijar, en la historia de los Americanos primitivos, una línea divisoria entre estas dos formas de religioso objetivismo[283].
10.—Hemos estudiado la expresión religiosa de los Americanos en la palabra y en el objeto; debemos ahora considerarla en los actos, es decir, en el conjunto de prácticas y ceremonias designadas con el nombre de ritual ó culto.
Los fines primordiales de los ritos indígenas pueden reducirse á dos: elevar el hombre hacia los dioses y atraer los dioses hacia el hombre. Culminaron los primeros en la apoteosis[284], y los últimos en la aparición, manifestación ó epifanía.
Dividiremos sintéticamente los ritos en comunales ó beneficiosos para el clan ó tribu, y personales ó beneficiosos para el individuo, y dejando á los etnólogos el estudio de los personales[285], diremos algo de los comunales, que tan decididamente contribuyeron á la formación y cohesión de muchas de las tribus de América.
Casi todas estas tribus reconocieron, por ejemplo, como eficacísima la práctica de la oración en común de la congregación con fines religiosos. Los Dakotas y Chipewas, se reunían á millares en sus ceremonias. Los misioneros y conquistadores de Méjico y el Perú, nos relatan como espectáculo frecuente la reunión de ocho y nueve mil indígenas en las solemnidades de sus cultos. La nota característica de estos cultos era, como ya dijimos, las danzas rituales más ó menos largas, desenfrenadas y antiestéticas. La sugestión colectiva en estas danzas de la multitud animada por sentimientos idénticos, la intercomunicación de los espíritus, la monótona repetición de los mismos cantos (anafora), y el exceso de brevajes estimulantes, excitaban la nerviosidad del indio y convertían á menudo aquellas ceremonias religiosas en aquelarre de gritos histéricos, delirios tumultuosos, colapsos estáticos y entusiasmos frenéticos[286].
Fig. 183.—Instrumento Ceremonial.
No tenían, sin embargo, todos los cultos indígenas este aspecto sombrío y báquico. En muchos de ellos la calma sustituía al frenesí y la violencia; los cantos perdían su carácter bárbaro, decían ritmos suaves y alegres, y los movimientos de los devotos se hacían pausados y hasta gráciles. Como en los ritos griegos de Dionysios, el "huaca" divino, el sagrado "manitou" de la tribu, era llevado á través de los campos en procesión jubilosa y solemne, amenizada por las pantomimas grotescas ó dramáticas de los juglares, y terminando casi siempre con un festival ó bullicioso banquete, de que el supuesto comensal divino participaba místicamente[287].
Fig. 184.—Danza del Espíritu (Inspirados).
11.—Esta costumbre de ofrecer á las divinidades una porción selecta de alimento, fué tal vez el origen de los sacrificios que tuvieron al principio carácter de voluntaria oferta, ó acción de gracias á los dioses rendida en alegre é incruenta comensalidad con ellos.
Más tarde, y por creer el Indio que sus calamidades y desgracias eran causadas por la ira ó indiferencia de los espíritus, perdieron tales sacrificios su primitivo carácter honorífico, convirtiéndose en piaculares ó expiatorios. Toda violación del "tabou" voluntaria ó involuntaria, debía, en efecto, expiarse con algún acto doloroso que aplacara la vengativa cólera de las ofendidas divinidades. Naturalmente, el sacrificio era tanto más eficaz y meritorio cuanto más cruel y mortificante[288], razón por la cual, los penitentes salvajes, que á menudo llegaban en su exaltación mística hasta macerarse y mutilarse con increíble saña, no reconocieron límites para infligir á sus semejantes los más horribles suplicios, y torturaron hasta la muerte á los esclavos y cautivos dedicados á sus dioses.
De aquí la frecuencia y extensión de los sacrificios humanos en todas las tribus de América, y en especial en las grandes agrupaciones sedentarias (Aztecas, Incas, Chibchas, etc.), donde se sacrificaban anualmente millares y millares de víctimas. No sabía el indio—dicen los antiguos cronistas—, que pudiera haber sacrificio sin matar á alguno.
No sólo se sacrificaban cautivos ó enemigos, sino hasta los más cercanos parientes, los más jóvenes, los de rango más alto en la tribu, las mujeres, los hijos mismos, dispuestos siempre á morir en las aras de sus sanguinarios ídolos, impotentes, según el indio, para resistir al poder mágico de semejantes sacrificios, que les obligaban á acceder á los deseos de sus salvajes devotos[289].
El corazón del sacrificado, que se arrancaba palpitante, se ofrecía generalmente á la divinidad y los demás miembros de la víctima, sagrada en virtud del sacrificio (sacrum facere), se devoraban por las multitudes fanáticas, creyendo que por este medio entraban en íntima comunión (cum unio, cum unire) con sus dioses y se hacían uno con ellos.
Los indios de Nicaragua, por ejemplo, al cosechar el maíz extendían algunos granos en sus altares, regándolos con su propia sangre y comiéndolos después como manjar sagrado.
Las vírgenes Peruanas mezclaban con harina la sangre de los sacrificados, cociendo en panes la repugnante mezcla para que los devoraran en los diversos templos del imperio. La sangre fresca del mancebo Azteca, que se sacrificaba anualmente al dios "Tezcatlipoca", se amasaba también con harina, para que de ella participaran los celebrantes.
Fig. 185.—Símbolos de danzas Mágicas. (Pictografía N. A.)
La continuidad y frecuencia de los sacrificios humanos contribuyeron indudablemente á la desaparición ó extinción de muchas y numerosas tribus[290].
12.—Todas estas ceremonias y ritos se celebraban al principio al aire libre, alrededor de las tumbas de los antepasados ó en determinados lugares considerados como favorita morada de poderosos espíritus (cuevas, grandes piedras, lugares altos). Algunas veces se erigían altares más ó menos groseros y efímeros en los sitios escarpados ó recónditos.
Poco á poco, con el aumento y consolidación en determinados territorios de las tribus horticulturas y sedentarias, fueron perfeccionándose dichos altares y lugares de culto, hasta llegar á convertirse en las imponentes fábricas de los templos Mejicanos é Incásicos, que con su sacerdocio, vestales y complicado ritualismo caracterizan, como más adelante veremos, la cultura social y religiosa de las agrupaciones Aztecas, Mayas y Quechuas[291].
13.—La magia salvaje era el arte de conocer y dominar la naturaleza y sus espíritus, y se basaba principalmente en la misteriosa conexión que el indio suponía existente entre todas las cosas (magia contagionista), en el convencimiento íntimo de que "lo semejante afecta á lo semejante", de que la relación casual de las ideas equivale á la relación causativa de los hechos (magia homeopática), y sobre todo, en la soberbia é ilusoria pretensión de subyugar los poderes naturales y sobrenaturales con encantos, evocaciones y sortilegios (magia sobrenatural)[292].
Esta degeneración del sentir religioso, tan antigua como el hombre, y acaso la más duradera y fatal de las ilusiones de su orgullo, formaba parte integrante de la vida salvaje, penetraba en la familia, en la sociedad y en el culto, y lo mancillaba todo con su deletéreo contacto.
La magia para el Indio Americano era medio, llave, medicina, religión y ciencia. Se practicaba en todas las tribus y tenía en todas sus iniciados, sus sociedades secretas, sus ceremonias, talismanes, filtros, prestigios y presagios.
Su moral era egoísta y brutalmente utilitaria. Sus prácticas extrañas y crueles. Tiranizaba y sacrificaba á los débiles, emponzoñaba á los fuertes, adulaba las más bajas pasiones y favorecía el canibalismo y los vicios sexuales más abyectos[293].
Fig. 186.—Sacerdote Peruano (Alfarerías Incásicas).
Más que las enfermedades y la guerra contribuyó la magia á la despoblación de la primitiva América. Sus sociedades secretas ejercían en las tribus un efecto depresivo y terrorífico, y formaban en aquellas agrupaciones como una atmósfera de desconfianza general, que impedía todo progreso. La debilidad era un crimen. Sólo los más fuertes, los que se consideraban iniciados ó poseedores de poderes mágicos (orenda), el jefe militar cruelísimo ó el hechicero tenebroso, se destacaban entre sus semejantes. Los demás debían permanecer durante siglos en la desoladora igualdad de una barbarie misérrima.
Fig. 187.—Iniciación de un adivino Caribe (Laffittau).
Y este importantísimo hecho de la historia de las tribus indígenas surje con mayor claridad entre los de más avanzada cultura (Aztecas, Chibchas, Incas, etc.), que fueron precisamente las más inficionadas por el venenoso virus mágico, las más entregadas á la antropofagia, al infanticidio y á las prácticas nefandas, las más dominadas por estas misteriosas aberraciones del espíritu humano, que determinaron el fin de su evolución cultural, su desfallecimiento y su suicidio[294].
14.—Antes de abandonar esta interesante materia, diremos algunas palabras sobre los sacerdotes y hechiceros indígenas[295], intermediarios obligados entre el hombre y los espíritus, agentes de sus soñados dioses y terribles intérpretes de sus preceptos. En todas las tribus Americanas pululaban estos supuestos taumaturgos, conocidos, según las regiones, con los nombres de "shamanes", "angakuks", "piayes", "alexis", "mohanes", "pagés", etc., etc. Combinaban muchos de ellos el fervor del convencido con la astucia del hipócrita; eran los más prestidigitadores y charlatanes (jongleurs) habilísimos, y los individuos de sus respectivas tribus les consideraban capaces, "per se", ó por medio de su númen, pithon ó manitou, de regir los fenómenos atmosféricos, transformarse ó hacerse invisibles, predecir lo futuro, curar enfermedades ó producirlas con maleficios, y de realizar, en fin, como los magos antiguos ó los brujos medioevales, toda clase de portentos y prestigios. Eran, en general, para el indígena seres extraordinarios y sin limitación espiritual alguna, que gozaban en la tierra de todos los atributos y facultades sobrenaturales de las divinidades míticas.
Fig. 188.—Extasis en la Danza.
Tenían, por consiguiente, en las tribus poderosísima influencia, de la que usaban y abusaban con fines casi siempre perversos. Fueron los representantes genuinos de su raza, los depositarios de sus tradiciones, los inspiradores de su fanatismo. Enemigos naturales del Europeo, y en especial del catequista, obstaculizaron tenaz y ferozmente la propagación del Cristianismo en América.
Como los fakires de la India, hacían, en general, los adivinos Americanos vida de mortificación y retraimiento. Sin motivos especiales, ningún profano podía penetrar en sus chozas, consideradas sagradas, como su persona y pertenencias.
Los poderes mágicos y secretos medicinales del "shaman" ó nigromante, pasaban en general á sus hijos ó discípulos, cuya iniciación mágica era objeto de complicadas ceremonias simbólicas (ritos de paso).
Se organizaban en hermandades secretas, siempre temidas, misteriosas é influyentes, que decían cábalas, fabricaban bebedizos y filtros mágicos, sabían de tremendos maleficios y usaban un lenguaje especial y esotérico[296].
15.—Los sacerdotes y hechiceros fueron los primeros médicos Americanos. Si prescindimos del uso indígena de algunas yerbas especiales prescritas por curanderos rutinarios ó sociedades medicinales más ó menos empíricas, la noble ciencia de la medicina estuvo involucrada con las ideas y prácticas mágico-religiosas del Indio. En virtud del dominio que el hechicero decía tener sobre los espíritus, podía expulsarlos del cuerpo del enfermo, haciendo con ello desaparecer la dolencia. Danzaba el mago ante el paciente al son del atambor y la flauta mágicos; cantaba sus medicinales conjuros y mortificaba al dolorido con toda clase de manipulaciones, untos, brujerías y pócimas.
Si el enfermo curaba, fuese por causas naturales ó por efecto de la sugestión hipnótica, el shaman crecía en su predicamento é importancia; si se moría, fácil era para el médico-brujo disculpar el fracaso de sus ensalmos, bien alegando la enemiga de su númen con otros espíritus, bien suponiendo maleficios de magos adversos y de "medicina" más potente[297]. Como ya dijimos, la credulidad del indígena no tenía límites, y sus hechiceros eran hábiles para explotarla.
Fig. 189.—Sacerdote Mejicano (Escultura Azteca).
Muchos de los pretendidos portentos de los hechiceros Indios pueden atribuirse á supercherías más ó menos hábiles, ó explicarse por la fascinación que ejercían sobre sus crédulos espectadores ó víctimas; pero hubo algunos hechos, históricamente comprobados, verdaderamente extraordinarios é inexplicables[298].
16.—Los límites de nuestro estudio no nos permiten detenernos á examinar extensamente el complejo y difícil problema histórico de la influencia de las religiones de América en la evolución cultural de sus tribus. Afirman muchos etnólogos que las religiones llamadas primitivas obstaculizan en absoluto todo progreso. Los antiguos misioneros y cronistas anatematizan como demoniacos los elementos todos de las religiones indígenas.
Fig. 190.—Un Shaman.
Si no observamos tales cultos más que en sus aspectos brutales y lúgubres, si atendemos únicamente á los repugnantes cuadros de la antropofagia ritual, de la magia negra, de las ceremonias licenciosas y los sacrificios cruentos, claro es que también nosotros debemos condenarlos; pero si procuramos separar en ellos lo religioso de lo mágico, lo espiritual y perfectible de lo material y disolvente; si recordamos, por ejemplo, los mitos de Quetzaltcoatl, Bochica, Viracocha, etc., semi-dioses, augustos blancos, puros, piadosos, sabios en sus consejos, amantes de la paz, de la música, de las flores, de los colores brillantes y adversos á todo rito sangriento[299], no es posible desconocer la civilizadora influencia ejercida en América por tales modelos divinos, ni negar que estos ideales del Indio, símbolos de sus inconscientes aspiraciones hacia la Verdad, la Justicia y la Belleza, elevaron el nivel moral de ciertos grupos y suavizaron sus costumbres bárbaras.
Fig. 191.—Recitando ensalmos medicinales.
Si leemos, además, algunas de las plegarias indígenas, las desgarradoras de los Algonquinos[300], las filosóficas de Nezahuatlcoyotl y, sobre todo, los inspirados himnos Quechuas al Viracocha[301], no podemos menos de encontrar en ellas una clara vislumbre de lo mejor y lo más alto, una mística sospecha de la hermosura del dolor y el sacrificio, un destello fulgente de la Verdad inmarcesible y Eterna.
Fig. 192.—Sacerdotes en procesión (Pueblos).
Por otra parte, las tentativas más ambiciosas del arte indígena, las pirámides de Cholula ó los templos Incásicos, fueron producto del fervor religioso, y su construcción apartó á las multitudes de la senda de la guerra y favoreció la vida sedentaria. Los jeroglíficos, calendarios y, en general, toda la rudimentaria ciencia y literatura indígenas nacieron á la sombra del templo. El tráfico de amuletos, talismanes, etc., y las peregrinaciones á determinados lugares sagrados suavizaron las relaciones inter-tribales.
El templo de Cozumel, por ejemplo, era visitado anualmente por multitud de fieles; en las aldeas Muiscas había caminos especiales y trillados, que seguían las numerosas peregrinaciones al templo del lago Guatavita. A los altares de Pachacamac, Rimac, etc., venían peregrinos de 300 leguas á la redonda, y en todos los caminos había sitios especiales para hospedarlos[302].
En presencia, pues, de estos hechos y de otros mil que podrían citarse, debemos abstenernos de condenar, sin distingos y en nombre de la civilización, todos los complicadísimos aspectos de la religiosidad indígena, y estudiarlos sin apasionamiento ni prejuicios, si queremos alcanzar ideas claras sobre la vida psíquica del Indio Americano y esclarecer el enigma histórico de sus tristes destinos[303].