CAPÍTULO VII
TRIBUS DE MÉJICO Y AMÉRICA CENTRAL

1.—La familia Uto-Azteca. 2.—Shoshoneanos. 3.—Sonoras. 4.—La Confederación Azteca. 5.—La guerra. 6.—Tributos y modo de recolectarlos. 7.—El derecho á las tierras y su distribución. 8.—Gobierno y organización social. 9.—La esclavitud. 10.—La familia. 11.—Los mercados. 12.—Tribus de Michoacan Nicaragua, etc. 13.—Los Mayas. 14.—Los calendarios. 15.—Agricultura. 16.—Artes mecánicas. 17.—Pintura y Escultura. 18.—La escritura simbólica. 19.—La Arquitectura. 20.—Religión y Magia. 21.—El Sacerdocio y su influencia. 22.—Conclusiones generales.

La familia Uto-Azteca.

1.—De todas las familias lingüísticas del Norte de América, la llamada Uto-Azteca es acaso la más interesante para nuestra historia, no sólo por su gran extensión territorial y su luctuosa resistencia á los Conquistadores Españoles, sino por la singular cultura á que alcanzaron muchos de sus miembros.

Fig. 226.—Ruinas del Templo de Chichen-Itza.

Se hablaban dialectos Uto-Aztecas desde el Itsmo de Panamá hasta las orillas del Río Colombia en el Estado de Oregón (E. U.), y desde las costas del Océano Pacífico hasta el Golfo de Méjico[340].

Las principales tribus de esta familia lingüística eran las Shos-honeanas, en el Norte, las de Sonora, Chihuahua, etc., en el Centro, y las de los Nahuas ó Aztecas, en el Sur. La lengua de estas últimas tribus (Nahuatl) predominó sobre las demás. Sin perder su carácter aglutinante é incorporativo, llegó á tener formas fijas, sonidos relativamente armoniosos y aun principios de inflexión. La unidad de origen lingüístico de las tribus de la familia Uto-Azteca es hoy para los filólogos un hecho indiscutible[341].

Fig. 227.—El Lago de Méjico, según Clavijero.

Shoshoneanos.

2.—Los Shoshoneanos, con sus numerosas bandas, ocupaban hasta el siglo pasado el territorio que se extiende desde el Río Columbia hasta el Estado de Durango, en Méjico. Pertenecen á este grupo lingüístico los formidables Comanches, de cultura y costumbres muy semejantes á las de los Sioux ó Dakotas y los Hopis ó Moquis, de la región de los Pueblos (Arizona), cuya superior cultura describimos en los capítulos anteriores[342].

Sonoras.

3.—Las tribus más interesantes de la rama de los Sonoras fueron los Pimas (Valles del Río Gila, etc.) y los "Tarahumares" y "Huichols" de las cercanías de la Sierra Madre. Merecen los Pimas especial atención, no sólo por ser ellos ó sus antepasados inmediatos los constructores de los hoy ruinosos monumentos conocidos con el nombre de "Casas Grandes" (Chihuahua), sino por sus adecuadas viviendas de adobe y extensa irrigación de sus campos.

La cultura de estas tribus es muy semejante á la descrita de la región de los Pueblos. La evangelización de las aldeas de los Pimas (Pimería alta y baja) por el extraordinario y apostólico P. Kino es uno de los episodios más brillantes de la historia de la Compañía de Jesús en América[343].

Los "Tarahumares" y "Huichols" fueron tribus tranquilas, laboriosas y sedentarias, que conservan hasta hoy la mayoría de los ritos, costumbres y creencias mágicorreligiosas que estudiaron en sus rancherías los misioneros de los siglos xvii y xviii[344].

Fig. 228.—Ruinas del Palacio de Chichen Itza (Yucatán).

La Confederación Azteca.

4.—Entendemos por tribus Aztecas, Nahuatl ó Mejicanas los de la familia Uto-Azteca, que hablaban la lengua Nahualt. Ocupaban estas tribus la cuenca del Océano Pacífico y regiones montañosas adyacentes, desde el Río del Fuerte, en Sinaloa (26° lat. Norte), á las fronteras actuales de Guatemala, excepto una pequeña parte del Itsmo de Tehuantepec Las agrupaciones más poderosas de esta familia lingüística formaron en la meseta del Anahuac, la célebre Liga ó Confederación Azteca, llamada comúnmente Imperio de Montezuma ó Mejicano. Componían esta Confederación las tres poblaciones de Tenochtitlan ó Méjico, Tlacopan y Tezcuco, con sus territorios propios y los de sus tributarios. La capital de la Confederación y el asiento de su Gobierno estaban en Tenochtitlan, situado estratégicamente en el centro de uno de los lagos (Tezcuco), del estupendo valle de Méjico, que circundan las elevadísimas y volcánicas cumbres del "Popocatepetl" ó "montaña que humea" y el "Ixtaccihuatl" ó "mujer que duerme"[345]. A semejanza de los Confederados Iroqueses, los Mejicanos tenían obligación de ayudarse mutuamente en sus guerras, de cuyo botín pertenecía una quinta parte á Tlacopan y cuatro quintas á Méjico y Tezcuco.

Fig. 229.—Ruinas de Mitla.

Reducida al principio la Confederación á los límites del valle de Méjico, traspasó bien pronto sus escarpados baluartes, y al principio del siglo xvi, años antes de la Conquista Española, alcanzaban sus dominios hasta Nicaragua por el Sur y desde el Mar Pacífico hasta el Atlántico[346].

No corresponde á nuestro elemental estudio el dilucidar críticamente las incertidumbres y oscuridades del origen é historia precolombiana de los Aztecas, ni mucho menos la de sus antepasados, Toltecas, Chichimecas, etc., cuya existencia misma es discutible y cuyo pasado se esfuma entre las nieblas prehistóricas.

Fig. 230.—Bajo relieve del Santuario de Chichen Itza.

Prescindiremos, pues, de tales investigaciones, limitándonos á exponer el verdadero carácter histórico de la Confederación Azteca y las principales causas y elementos sociales, etc., que contribuyeron á elevar la cultura de sus tribus[347].

La guerra.

5.—Los Mejicanos propiamente dichos pertenecían al orden más elevado de las tribus Americanas sedentarias. Su principal ocupación no fué, sin embargo, la Agricultura, sino la guerra. No haciéndola se consideraban "ociosos". No tenían ejércitos permanentes. Todos los hombres hábiles de la tribu se consideraban como guerreros, y desde su niñez se les educaba para la lucha. Las armas se guardaban en almacenes públicos (tlacochalco), adjuntos al templo principal (teo-calli), pertenecían á la comunidad y se repartían á los jefes y guerreros cuando así lo ordenaba el Consejo. No había nobleza de ninguna especie. Los capitanejos eran tales, mientras se les consideraba dignos de serlo. Había entre ellos categorías y grados militares, según fueran simples jefes de clan ó linaje, ó jefes distinguidos de las cuatro secciones (calpulli) en que estaba dividido Méjico. Sobre todos estos jefes secundarios estaba el "tlacalecuhli" ó "jefe de hombres", llamado "emperador ó rey" por los antiguos cronistas[348]. Este jefe superior no fué absoluto ni autocrático. Su autoridad y posible despotismo estaba limitado por el Consejo Supremo (Tlacopan) y por el jefe civil superior que con él alternaba en el mando. Su cargo era electivo dentro de determinado clan ó linaje, vitalicio, y gozaba, mediante su solemne consagración, de privilegios y poderes sacerdotales[349]. Podía también ser desposeído del cargo, como lo fué el desgraciado "Motezuma" en las luchas con los Españoles. Cubríase el "jefe de hombres" de arreos brillantes y multicolores enjalmas, y sólo él y su asociado civil ó "cihuacohuatl", de que más adelante hablaremos, podían llevar aquellas "calaveras de plumería con sus penachos verdes y rodelas de lo mismo" y aquellas "ajorcas y pulseras de oro y plumas en la nariz, los brazos y los tobillos", de que nos dan aproximada idea los hermosos relieves de la llamada "Cruz de Palenque"[350].

Fig. 231.—Tipos Mayas (actuales).

La guerra se hacía con cualquier pretexto, las más de las veces sin ninguno, y tenía en primer lugar por objeto procurarse subsistencias, y en segundo obtener víctimas humanas para satisfacer las exigencias de un culto que exigía sacrificios sangrientos por lo menos veinte veces en el año.

Las campañas se decidían por el Consejo y se proclamaban en los "teo-callis" con enormes atambores de tañido triste y solemne[351]. Se movilizaban en seguida jefes y guerreros, se convocaban los tributarios, se repartían armas y provisiones y hasta se formaba un convoy auxiliar, necesariamente limitado por la corta duración de las expediciones y por la falta de animales de arrastre.

Fig. 232.—Ruinas del Templo de Xochicalco.

Una vez reunidos los guerreros y sus auxiliares, emprendían juntos la marcha hacia el territorio enemigo, ó mejor dicho, hacia la zona desierta que separaba entre sí las diversas tribus. Allí se detenían, lanzaban sus gritos de guerra, que el enemigo contestaba á lo lejos, y tomaban después en silencio sus posiciones estratégicas, sin turbar hasta que amanecía la traidora serenidad de la terrible noche que precede á todo ataque indio.

Apenas rayaba el alba, avanzaban entre fieros aullidos, iniciando con furia la salvaje lucha de retiradas aparentes, emboscadas felinas y refriegas largas y sangrientas, que no cesaba hasta que uno ú otro de los combatientes cedía el campo[352] é iniciaba la retirada hacia las cabañas ó defensas. Si los vencidos conseguían detener á sus perseguidores con algún obstáculo natural (declives de montaña, barrancos, ríos, etc.) ó artificial (albarradas, murallones, cercas de piedra, etcétera)[353], contentábanse los Mejicanos con el botín del campo de batalla, aseguraban los cautivos con yugos de madera, ó cortándoles los tendones de los pies si hacían resistencia, y los llevaban á Méjico para sacrificarlos.

Fig. 233.—Sacerdote Hopi (Danza de la Serpiente).

Si los vencidos no podían refugiarse convenientemente, entraban los Mejicanos á sangre y fuego en sus aldeas, hasta que hacían Señales de paz, se declaraban sometidos y pagaban por adelantado un año de tributo. A veces los Mejicanos atacaban de noche y sin previo aviso. La escena de estas sorpresas nocturnas, verdaderos asaltos de tigres entre tinieblas, puede acaso imaginarse, pero no se describe fácilmente.

Fig. 234.—Página del Códice Cortesiano.

Claro es que las tribus más poderosas y audaces eran aquellas cuya situación defensiva, natural ó artificial, era menos vulnerable. El pueblo de «Tenochtitlan», rodeado por todas partes de agua, merced á sus calzadas y sus acequias[354], ocupaba una posición prácticamente inexpugnable para los guerreros indios del siglo xv. Como más adelante veremos, su extraordinaria resistencia al heroico asedio de los Conquistadores españoles del siglo xvi, es una de las más hermosas páginas de la historia militar de la desgraciada raza indígena.

Fig. 235.--Teocalli en Palenque.

Tributos y modo de recolectarlos.

6.—Los Confederados Aztecas no ocupaban nunca con carácter permanente los pueblos conquistados, ni dejaban en ellos guarniciones de ningún género. Se limitaban á imponer á los vencidos pesadas cargas personales y á exigirles tributos diversos. Los tributarios estaban, por ejemplo, obligados á proporcionar á sus dominadores contingentes de hombres y armas para sus expediciones guerreras y á sostener las huestes de sus tiranos, si decidían acampar en su territorio[355]. La más insignificante resistencia de los tributarios al cumplimiento de sus pesadas cargas, se castigaba por los Confederados incendiando la aldea rehacia, saqueando sus graneros y sacrificando á sus habitantes, sin distinción de edades ni sexos. Los Consejos de las tribus Confederadas nombraban agentes especiales («calpixqui», recolectores de cosechas) para recolectar de los pueblos vencidos la parte de tributo que correspondía á cada uno de ellos.

Fig. 236.—Parte del llamado Palacio de Labna (Yucatán).

La seguridad personal de estos odiados mandatarios estaba sólo garantizada por la reputación de ferocidad de que gozaban los Confederados Aztecas. Los tributos propiamente dichos consistían principalmente en maíz, pero podían también exigir alfarerías, tejidos, ornamentos diversos, esclavos, mujeres, etcétera. Eran llevados á Méjico por correos especiales, que al llegar á su destino informaban, verbalmente ó con pictografías simbólicas, al "jefe de hombres" de lo visto y oído entre los tributarios. Los soldados de Cortés tomaron estos correos indígenas por embajadores, y en tal sentido hablan de ellos sus relaciones y crónicas[356].

El derecho á las tierras y su distribución.

7.—A principios del siglo xvi estaba el pueblo de Méjico dividido en cuatro partes ó barrios, en los que vivían en común los miembros de cada clan, linaje ó grupo de parientes (calpulli), con derecho de usufructo del territorio que ocupaban (calpullalli). Los «calpullis» no podían cambiar, enagenar, ó de otra manera, disponer de sus «calpullallis». Ciertas parcelas de tierra se destinaban á los jefes, pero ni ellos ni sus familias tenían sobre tales tierras derecho alguno de dominio, y debían, por tanto, reintegrarlas al «calpulli» cuando por cualquier motivo cesaban en sus cargos. El conjunto de estos «calpullallis» formaban el territorio tribal (tlaepetlalli), en el que había un area más ó menos feraz y extensa, cuyas cosechas se destinaban privativamente á las necesidades gubernamentales, al mantenimiento de los templos y demás edificios tribales ó á la formación del tributo en los pueblos tributarios.

Fig. 237.—Relieve de Chiapas.

Los calpullallis» estaban divididos en parcelas cultivables («tlalmilli»), que se asignaban por las autoridades del clan ó «calpulli» á los jefes de familia del mismo (patriarcado) para que los cultivaran en beneficio de los suyos. Si dejaban de cultivarlos dos años consecutivos, ó si la familia que lo usufructuaba desaparecía ó salía del «calpulli», pasaba la parcela en análogas condiciones á otra de las familias del linaje[357].

Fig. 238.—Mapa de las ruinas de la Sección Mejicana (México).

Las costumbres hereditarias de los Mejicanos difieren de las de la generalidad de las tribus Americanas. Los efectos personales del difunto (salvo los que se sacrificaban en los funerales) pasaban á sus hijos varones; sus derechos posesorios ó de usufructo sobre la parcela ó «tlalmilli» que le había sido asignada, los heredaba el mayor de sus hijos varones, y á falta de éste, los demás ó los hermanos y tíos del muerto. El mayorazgo tenía obligación de cultivar la parcela heredada y mantener á sus hermanos y hermanas hasta que contraían matrimonio y obtenían á su vez (los varones) otra porción de tierra cultivable. Si alguna de las hijas permanecía soltera por motivos religiosos, era mantenida por el templo. Si alguno de los varones era incapaz ó inválido, el «calpulli», en común, atendía á su miserable subsistencia.

Fig. 239.—Alfarerías Mejicanas.

Gobierno y organización social.

8.—La Sociedad Mejicana aborigen, esencialmente tribal y comunista[358], fué una especie de democracia militar, en la que era electivo todo cargo. La tribu estaba compuesta por veinte linajes (calpullis), agrupados en cuatro fratrias[359].

Como en casi toda América, los «calpullis» Mejicanos tenían sus propias denominaciones totems, sus sacerdocios, ritos, ceremonias, arsenales y templos. Estaban también gobernados por un Consejo de Jefes[360] (tehcutli), que á su vez elegía un jefe superior civil (calpullec), y otro militar (ahcacautin ó «hermano mayor»), quien, además de su mando guerrero, ejercía en tiempo de paz funciones penales y policíacas. Eran estos jefes respetadísimos en los «calpullis», y sus cadáveres se cremaban ceremoniosamente[361].

Los «calpullis» estaban agrupados en «fratrias» mágico-religiosas, de carácter esencialmente militar. Las cuatro fratrias Aztecas, por ejemplo, eran, en definitiva, cuatro divisiones ó cohortes de las huestes tribales, con su respectivo capitán ó jefe.

Fig. 240.—Ruinas de Mitla (Grecas).

El conjunto de estos «calpullis» y «fratrias» formaba la tribu, cuyo Gobierno Supremo residía en el Consejo Tribal (tlatocan, lugar de discursos), compuesto de veinte miembros (tlaotani, habladores), uno por cada «calpulli». Reuníase este Consejo una vez cada diez días, salvo casos extraordinarios. Sus facultades eran omnímodas, sus deberes directivos y judiciales, sus decisiones inapelables[362].

Con prudenciales intervalos se reunía también el Consejo en sesión magna y pública, á la que concurrían los veinte «hermanos mayores» de los «calpullis», los capitanes de los fratrias, los jerarcas sacerdotales, etc., etc. En tales juntas tribales extraordinarias podía pedirse la reconsideración de anteriores decisiones del Consejo, fundándose en razones de interés público.

Tenía también la tribu Azteca dos jefes supremos. El jefe ejecutivo civil llevaba el curioso título de «cihua-cohuatl» (serpiente hembra)[363], y era respecto á la tribu lo que el «calpullec» para los clanes. Cuidaba este funcionario de la ejecución de los decretos del Consejo y de la recolección y distribución proporcional de los tributos. Era también juez supremo y lugarteniente del «jefe de hombres»[364].

Fig. 241.—Estatua de Tlaloc (Chichen-Itza).

El jefe militar de la tribu Azteca ó «tlacatecuhli», cuyas funciones hemos especificado anteriormente, lo fué también de la Confederación, cuyo carácter, esencialmente guerrero, dió al oficio de «tlacatecuhli» excepcional importancia. Si á esto se añade la investidura sacerdotal de dicho jefe y la servil veneración de sus subordinados, no es extraño que los antiguos cronistas le tuvieran por rey ó emperador absoluto de los pueblos Mejicanos. El «tlacatecuhli» debía elegirse precisamente de entre los cuatro capitanes de fratrias, y era ungido[365] en el templo principal del "Dios de la Guerra."

Fig. 242.—Pictografías en Sta. Rita (Honduras).

La esclavitud.

9.—Aunque el carácter igualitario de las sociedades Americanas excluye la idea de clases ó castas[366], la esclavitud existía entre los Mejicanos en forma limitada y rudimentaria. Eran tenidos por esclavos los expulsados de los «calpullis» por su mala conducta, y en especial los que dejaban dos años sin cultivo la parcela de tierra que les había sido asignada. El que así delinquía contra su «calpulli» era considerado como indigno de pertenecer á él, y si no quería morirse de hambre debía perder su libertad y trabajar en una parcela ajena por la miserable pitanza que su legal poseedor se dignara concederle. Tenía éste sobre su esclavo una especie de posesión exclusiva (adversus omnes), un indiscutible derecho á usufructuar su trabajo y aprovecharlo para cultivar su tierra. Si el esclavo persistía en su indolencia, era castigado con penas infamantes; si recalcitraba, era entregado á los sacerdotes para los sacrificios. Así se fué formando entre los Aztecas una casta especial y despreciada de parias, que inicia la esclavitud y robustece la idea de la propiedad individual en las primitivas agrupaciones indígenas[367].

Fig. 243.—El "Tlacatecuhli" ó Jefe de hombres.

La familia.

10.—La familia Azteca se basaba generalmente en el patriarcado. Los «calpullis» observaban la ley de exogamia. La mujer se consideraba como propiedad individual y exclusiva del marido, siendo los lazos matrimoniales más fuertes que en las demás tribus del Norte de América. El «calpulli» arreglaba privativamente los enlaces[368] y castigaba severamente á los adúlteros, que eran expulsados del «calpulli», perdían su protección y se convertían en parias. Las leyes sociales del «calpulli» prescribían terminantemente el matrimonio de todos sus miembros. Los que se negaban (salvo votos religiosos) á contraerlo, tenían la misma pena que los adúlteros[369]. Claro es que no teniendo estas prohibiciones de interés social base moral propiamente dicha, no consiguieron evitar el concubinato, que era lícito, y sólo limitado por la situación económica del individuo, ni modificar en las tribus Aztecas los bestiales excesos y nefandos vicios que los carcomieron y aniquilaron con su gangrena abyecta[370].

Fig. 244.—Piedra del Sol (Museo de Méjico).

Mercados.

11.—El patriarcado, la esclavitud, las costumbres matrimoniales y las hereditarias de los Aztecas demuestran claramente que el concepto del valor é importancia de la propiedad personal había hecho camino en el primitivo Méjico. Confirma esta importante conclusión histórica la indudable existencia en los poblados Aztecas de mercados y ferias regulares y frecuentes. Celebrábanse tales mercados cada cinco días. El tráfico era activísimo. Se trocaban granos, cacao, alimentos, bebidas, vestidos, ornamentos, útiles, armas, alfarerías[371] y demás objetos necesarios para la vida material del indígena, para el adorno y sostenimiento de sus mansiones comunales y para la provisión de aquellos ágapes bárbaros, cuya abundancia y suntuosidad tanto deslumbraron á los Conquistadores Españoles, que no vacilaron en compararlos con los opulentos festines de la antigüedad clásica[372].

No se usaban en los mercados pesas ni medidas. Las transacciones eran simples permutas, sin moneda ó intermediario de cambios, á no ser que consideremos como tal á aquellos «zontlis» y «xiquipiles» de cacao, á aquellos "cañutillos de ansarones llenos de granitos de oro" ó á los pedacitos de estaño ó cobre en forma de T, de que nos hablan los antiguos cronistas[373]. Había en estos mercados tribunales de justicia. Los robos y demás delitos eran frecuentes, el enjuiciamiento sumario y las penas cruelísimas y bárbaras[374].

Tribus de Michoacan, Nicaragua, etcétera.

12.—No estuvo limitada la civilización Azteca, que en sus rasgos esenciales dejamos descrita, al territorio del Anahuac y sus cercanías. Con raras excepciones las tribus principales de la llamada por los Arqueólogos Norteamericanos «Sección Mejicana» (División del Pacífico)[375], no obstante pertenecer á distintas familias lingüísticas, se diferenciaron poco en sus culturas. No es aventurado, pues, el considerarlas como vástagos ó desmembraciones de un mismo tronco etnológico, de una civilización única en su antigüedad y orígenes, en vez de estudiarlas como grupos culturales distintos, desarrollados á la par en regiones geográficas diferentes[376].

Fig. 245.—Idolo de un templo Maya.

Acaso la organización político-social de la Confederación Azteca fué superior á la de sus vecinos; pero es indudable que aventajaron algunos de éstos á las tribus Nahuatl en otros aspectos de su cultura indígena.

Fig. 246.—Pirámide del Sol en San Juan (Teotihuacán).

Los Tarascos de Michoacan formaron pueblos progresivos y sedentarios. Sus habitaciones de piedra y mezcla, sus orfebrerías y trabajos en pluma y sus admirables armaduras, rodelas, escarcelones, etc., etc., atestiguan sus adelantos materiales. Su lengua era además armoniosa y llena de vocales, sus ritos y ceremonias complicadísimos[377]. Los Otomis, vecinos de los anteriores (Chiapas, Guerrero, etc.), cuya lengua era de las más extendidas en el Méjico del siglo xvi, no fueron tan salvajes como algunos cronistas los pintan. Eran tributarios de la Confederación Azteca, supieron cultivar sus feraces tierras y se distinguieron por sus endechas, cantares y musical instinto[378].

Los Totonecas (Veracruz, etc.) fueron los probables constructores de las pirámides y templos de Teotihuacán. Aunque tributarios también de los Aztecas, les superaban en cultura. En su principal población, la célebre Cempoalla, abundaban las casas de piedra, rodeadas de jardines hermosísimos. Describen esta ciudad los antiguos cronistas como un verdadero «paraíso terrestre», juicio que no parece muy exajerado, teniendo en cuenta la situación geográfica de estos pueblos y las notables ruinas en ellos descubiertas.

Los Zapotecas de Oaxaca y sus vecinos los Mixtecas (Guerrero y costa del Pacífico), formaban agrupaciones poderosas independientes y de avanzada cultura. Era tradicional creencia en los primeros que las imponentes ruinas de Mitla, llamadas en su lengua «Ryo-Ba» ó "entrada á la tumba", con sus enormes palacios de grandes salones y monolíticas columnas, fueron sepulcro de sus antepasados. Supieron también los Mixtecas perpetuar en jeroglíficos la memoria de sus mitológicas leyendas. La lengua Zapoteca no dejaba de ser armoniosa. Fué conocida en Méjico con el nombre de «ticha-za» ó «lengua de los nobles».

Los Mayas.

13.—Dejando de lado algunas otras tribus de menor importancia histórica que también poblaban los territorios de Méjico, Guatemala, Nicaragua y Honduras á principios del siglo xvi[379], estudiaremos sólo las pertenecientes á la familia lingüística «Maya Quiche», que por el número y poderío de sus centros de población predominaron, al par de los Aztecas, sobre todos los demás grupos indígenas de la "Sección Mejicana".

Con excepción de los Huaxtecas, que habitaban al Norte del Estado de Veracruz y Sur del de Taumalipas (Río Panuco y Golfo de Méjico), todas las tribus de la familia Maya-Quiche vivían en territorios contiguos.

Fig. 247.—Lámina del Códice "Porfirio Díaz" (Mus. Méjico).

Los Mayas propiamente dichos ocupaban los actuales Estados del Yucatán, Campeche y parte del de Chiapas, y los Quiches y Cakchiquels se extendían hacia el Sur, en la República de Guatemala[380].

Alcanzaron estas tribus el alto grado de cultura. Su remota afinidad con sus vecinos los Nahuatl parece desprenderse de sus tradiciones, confirmadas en este punto por las investigaciones modernas[381].

Fig. 248.--Lámina del "_Códice Colombino_" (Museo de Méjico).

Los Mayas eran muy cobrizos, de cráneo achatado (deformación artificial), bajos y muy fuertes. Cuando por vez primera los visitaron los Españoles, encontráronlos divididos en gran número de grupos tribales independientes, fragmentos acaso de la legendaria Confederación de Nachan, Colhuacan (Ciudad de la Serpiente) ó Xibalba, fundada por el fabuloso semidios Votan en sus peregrinaciones mesiánicas[382].

Con certeza, sabemos muy poco de los usos, organización social y costumbres de estas tribus. Vivían principalmente de sus cosechas de maíz. Sabían aprovechar la miel y la cera de las abejas; eran tejedores habilísimos y teñían sus finas vestiduras de algodón y sus preciosas plumas con matices duraderos y brillantes[383]. Con sus fuertes canoas llegaron hasta Cuba y mantuvieron con las tribus meridionales de las costas del Golfo continuo y provechoso tráfico[384].

De la historia y complicados mitos de los Maya-Quiches, sólo encontramos en las crónicas noticias dudosas y fragmentarias[385]. Su Mitología y tradiciones han llegado, sin embargo, hasta nosotros, si es que aceptamos, sin beneficio de inventario, las copias y traducciones del célebre "Popol Vuh"[386], libro sagrado de los Quiches Precolombianos, ó los datos que nos proporcionan los "Anales de los Cakchiquels" y los "Libros de Chilam-Balam", recopilados á principios del siglo xvi por algunos indígenas Yucatecos[387].

Calendarios.

14.—Una de las pruebas más convincentes de la afinidad de las tribus de la "Sección Mejicana" es la extensión y semejanza de su peculiarísimo sistema de medir el tiempo.

Fig. 249.—Relieves de Chiapas.

El año solar Mejicano, etc., tenía 365 días. Los años se agrupaban en ciclos de 52 y sub-ciclos ó indicciones de cuatro, y se dividían en dos partes, una de 360 días, ó sean 18 meses de 20 días, y otra de cinco días, que se añadían al último mes para completar los 365 días del año. Cada uno de los 20 días del mes tenía su nombre y símbolo. Los sacerdotes, sin embargo, numeraban los días sólo desde el 1 hasta el 13 (número sagrado), repitiendo los nombres y números, á contar del décimotercio. En esta forma, los días del mismo número y nombre sólo ocurrían cada trece meses de veinte días, que formaban el año lunar ó religioso (260 días), distinto del solar ú ordinario (365). Los días se indicaban también con signos especiales de significado místico, semejantes á los esculpidos en la célebre y enorme "piedra del sol", descubierta en la plaza de Méjico[388]. El calendario ceremonial ó astrológico fijaba las fechas de los festivales y sacrificios y servía también á los sacerdotes para combinar sus cábalas, predicciones y horóscopos[389].

Agricultura.

15.—Ya hemos visto que las tribus de la "Sección Mejicana" fueron esencialmente sedentarias, y que el maíz se cultivaba extensamente. Los campos, en general pequeños, estaban bien roturados y se regaban con acequias. Se cultivaban también en casi todas las tribus el cacao, el magüey ó áloe (Agave Americana), de usos variados é importantes (papel, pulque, etc.), el algodón, que tejían hábilmente, la pimienta, las judías y frutas diversas. Los trabajos agrícolas se consideraban honrosos, y á ellos se dedicaban todos los varones hábiles del grupo, exceptuando los sacerdotes, los funcionarios públicos y los jefes militares[390].

Artes mecánicas.

16.—Son indudables los progresos de las tribus "Nahuatl" en las Artes Mecánicas. Puede decirse que habían alcanzado la edad del bronce. Muchas de sus armas, adornos y utensilios eran de esta aleación. Fueron orfebres habilísimos. Las arracadas, zarcillos, ajorcas, collaricos, moscadores, ventalles, etc., que envió Cortés al Emperador Carlos V, asombraron á la Corte Española. Las alfarerías Mejicanas, en especial las de la región Meridional, nada tenían que envidiar á las de sus vecinos de la región de los Pueblos[391].

Fig. 250.—Mapa ruinas de la Sección Mejicana (América Central).

Escultura y pintura.

17.—Poco tenemos que añadir á lo dicho en otro capítulo, al hablar en general de la pintura y escultura indígenas. Es indiscutible que las esculturas Mejicanas, sus ornamentados y colosales ídolos, sus formas animales, y los variadísimos adornos de sus máscaras, discos, vasos, columnas, etc., dan la nota más alta de las actividades estéticas de la Raza Americana primitiva, pero también es cierto que en ninguno de los restos llegados hasta nosotros como muestras de los perdidos ó destrozados por las devastaciones del tiempo y de las guerras, encontramos algo que pueda calificarse de verdadera y exclusivamente artístico.

Otro tanto puede decirse respecto á la pintura. Las pictografías de los escasos Códices genuinamente Precolombianos, que han podido conservarse hasta hoy, y los laberínticos y desproporcionados dibujos de algunos edificios en ruinas, son imitaciones convencionales de formas vivas, sin arte, armonía ni belleza[392].

La escritura.

18.—Muchas tribus de la "Sección Mejicana", y en especial los Cakchiquels, Quiches y Mayas, se aproximaron en sus pictografías simbólicas al sistema de escritura fonético.

Si bien se ha observado que los Aztecas no pasaron del sistema de escritura jeroglífico, de interpretación convencional de los símbolos, ó sugestión pictográfica de ideas asociadas, llamada por algunos autores escritura "ikonomática"[393], parece ser que los Mayas adelantaron un paso más hacia el sistema alfabético, representando con sus símbolos "calculiformes", verdaderos sonidos silábicos. Este probabilísimo carácter fonético de las pictografías de la familia Maya, las separan claramente de las Nahuatl, con las que algunos autores las confunden[394].