1.—La Región Colombiana. 2.—Tribus del Itsmo y costas adyacentes. 3.—Los Chibchas. 4.—Tribus Sud-Colombianas y Ecuatorianas. 5.—La Región Peruana. 6.—Principales tribus. 7.—Los Quechuas. 8.—Culturas Preincásicas. 9.—El Imperio de los Incas. 10.—La Religión Incásica. 11.—El Sacerdocio y el culto. 12.—Los Amautas. 13.—El Gobierno Incásico. 14.—Organización social. 15.—Repartición de los productos. 16.—Reglamentación del trabajo. 17.—Arquitectura. 18.—Agricultura y ganadería. 19.—Medios de comunicación. 20.—Colonias y guarniciones. 21.—Artes mecánicas. 22.—Consideraciones generales.
1.—Comprende aproximadamente la Región Etnológica llamada Colombiana los territorios montañosos del Continente Sudamericano, desde el Orinoco hasta el Pacífico y desde la línea Ecuatorial á la República de Costa Rica. Las altas cadenas de montañas que atraviesan esta zona geográfica, sus hondos valles y caudalosos ríos de abundante pesca y fértiles riberas, influyeron decididamente en la vida y costumbres de sus tribus indígenas, separándolas de los grupos de la Sección Atlántica, y dirigiendo de Norte á Sur sus movimientos emigratorios.
A fin de metodizar en lo posible nuestra investigación, dividiremos las tribus de la Región Colombiana en tres grandes grupos geográficos: 1.º, Tribus del Itsmo y costas adyacentes; 2.º, Tribus Chibchas; 3.º, Tribus Sud-Colombianas y Ecuatorianas, y fijaremos sucintamente los rasgos característicos de tales grupos, dedicando preferente atención al estudio de las tribus Chibchas, de excepcional interés para el historiador y el etnólogo.
2.—En la Región comprendida entre el mar de las Antillas y el Océano Pacífico, desde el Río Chagres, al Norte (Panamá), hasta la Bahía Buenaventura (Colombia), y limitada al Este por una línea aproximada é imaginaria, que partiendo de este punto geográfico y atravesando la actual provincia de Zamora, termina en el Cabo Codera, vivían en la época del Descubrimiento gran número de tribus pertenecientes á diversas familias lingüísticas.
Fig. 282.—Terraza superior en Ollantay-Tampu.
Las más conocidas de entre ellas fueron la de los Cunas, del Panamá, la de los indómitos Dorasques, de las cercanías de Chiriqui, la de los Onotos ó "Señores de la laguna", hermosos ejemplares de su raza y constructores de chozas ó habitaciones lacustres, y las de los Timotes ó Merigotos, de los distritos de Mérida y el lago Valencia.
En general, todas estas tribus alcanzaron á las primeras etapas del barbarismo. Así lo evidencian las alfarerías zoomorfas, etc., y los curiosos útiles líticos encontrados en sus montículos sepulcrales y abovedadas tumbas[424].
3.—Los Chibchas, propiamente dichos, ó Muiscas, fueron miembros de la familia lingüística de tribus que se extendía en ambas direcciones, desde el Itsmo de Panamá hasta Costa Rica y Colombia. La lengua Chibcha y sus dialectos estaba en el siglo xvi muy extendida en el Reino de Nueva Granada (hoy Colombia), siendo, según algunos autores, «lengua general» en tales regiones. En general, la cultura de las tribus de esta familia fué más ó menos idéntica. Casi todas cultivaban el suelo, tejían algodón, extraían el oro de las arenas de sus ríos, etc., lo modelaban en ornamentos é idolillos y eran conocidos como traficantes enérgicos.
Fig. 283.—Guerrero Dorasque.
Las numerosas reliquias encontradas en los grupos de sepulcros ó cementerios de la Provincia de Chiriqui (Costa del Pacífico), en absoluto semejantes á las recojidas en Bogotá, Tunja, etc., demuestran la extensión territorial de estas culturas y permiten también á los Arqueólogos incluir á las tribus del Chiriqui en la familia de los Chibchas.
Forman el precioso botín arqueológico Chiriqui gran número de objetos de piedra pulimentada, de alfarerías notables y variadas, de ornamentos de oro, cobre y estaño de formas abigarradas y aleaciones diversas. La abundancia de tales ornamentos en esta región hizo que los Conquistadores Españoles la llamaran «Castilla del oro», con cuyo nombre es conocido en las primitivas historias[425].
Los Chibchas, propiamente dichos, ó Muiscas, representantes genuinos de esta familia lingüística, habitaron antiguamente la Cundinamarca y conquistaron las altiplanicies Andinas de Bogotá y Tunja, los valles de Pacho, Fusagasugá, Caqueza y Tensa y desde Santa Rosa y Sogamoso á los llanos del Río Meta.
Fig. 284.—Calle del Triunfo. Murallas del Palacio de Inca (Cuzco).
Conocemos muy poco de cierto sobre su organización social. Parece que estuvieron gobernados por cinco jefes principales ó caciques, dos de los cuales, el Zipa, ó Bogotá, al Sur, y el Zaque ó Hunsa (Tunja) subyugaron á principios del siglo xvi á los caciques de los valles cercanos. No existía Confederación de tribus; antes bien, la enemiga entre el Hunsa y el Zipa era tradicional y constante. El Hunsa y el Bogotá eran jefes militares ó civiles con caracteres sacerdotales marcadísimos.
Su poderío no fué en absoluto despótico. Las materias graves ó de interés general se decidían por el Consejo de "principales y caciques". Los oficios del «zaque» y del «zipa» eran hereditarios y privativos de determinadas familias ó gentes. Predominaba el matriarcado exogámico, la poligamia y el matrimonio por precio. Embalsamaban los cadáveres de los jefes y sepultaban con ellos á sus mujeres, esclavos, armas y útiles en ceremonias mortuorias especiales y solemnes[426].
Cultivaban el maíz (abá), la patata, la coca, el tabaco, etc. Hacían rapé (Tabaco de Tunja) y bebidas fermentadas (chicha) y sabían resinar los árboles. La propiedad individual de las tierras era desconocida[427] y estimada la de los bienes muebles y subsistencias. Tenían mercados públicos (Aipé, Bacatá, Zipaquirá etc.) y ferias en épocas fijas. Obtenían oro y cobre de Moniquirá y otros lugares, y esmeraldas de las minas de Somondoso. Medían por palmos, contaban con los dedos de las manos y pies (sistema vigesimal) y usaban como intermediario de cambios una especie de moneda de "tejuelillos de oro de media pulgada de diámetro"[428]. Sus usos penales eran sanguinarios. Casi todos los delitos se castigaban con la muerte. A la mujer adúltera, al ladrón y al sodomita se les empalaba en forma horrible.
En general, los Chibchas fueron tímidos, poltrones y cobardes; pero como el valor militar era camino de honores, y los ataques de los Panches amenazaban constantemente los dominios del «Zipa», tenía éste en sus fronteras guarniciones de indios aguerridos (guechas, varón que mata), que elegía entre los guerreros tribales y colmaba de favores, según sus hazañas. Usaban estos guerreros flechas, picas, macanas y tiraderas ó estólicas, y sus jefes se adornaban con penachos, arracadas y patenas de plumas, oro y esmeraldas.
Vivían los Chibchas en el siglo xvi en casas de madera cubiertas de paja y defendidas con empalizadas y cercos. En los del «zaque» y «sugamuxi», etc., colgaban láminas áureas. La piedra parece que empezaba á emplearse en las construcciones, como lo demuestran las ruinas del Valle del Infiernito (Oeste de Leiva) y el notable obelisco de la Serranía de Pacho[429].
Fig. 285.—Tapicería encontrada en una tumba de Aucon.
Eran hábiles tejedores, vestían casi todos con mantas de algodón finas y cubrían sus cabezas con gorros ó sombreros de alta copa, según sus oficios y dignidades. Sabían alear y laminar los metales. Sus orfebrerías y cerámicas tenían en cada tribu carácter especial y factura distinta. Las de Chiriqui y las Quimbayas fueron acaso las más perfectas. Desconocieron la escritura jeroglífica, y sus pictografías y petroglifos (Gameza, Pando, etc.), son escasos, groseros é indescifrables[430]. Eran animistas y manistas. Adoraban al Sol, al Arco Iris, etc., y propiciaban en especial á los arroyos, ríos y lagos. Sus numerosos sacerdotes (jeques) no se diferenciaban en sus funciones y supuestas facultades de los «shamanes» y hechiceros del resto del Continente. El famoso cacique «Sugamuxi», sucesor del maligno y legendario hechicero «Indacansás»[431], es el prototipo de tales nigromantes. Los sacrificios humanos eran ceremoniosos y frecuentes. Los «mojas ó sacerdotes niños» se recluían cuidadosamente en los templos para sacrificarlos al llegar á la pubertad. El célebre «cacique dorado» de las antiguas crónicas, fué probablemente uno de estos «mojas», que, desnudo y espolvoreado de oro, se sacrificaba á los espíritus de la laguna[432].
La mitología Chibcha era rica é interesantísima. Sus principales leyendas giraban alrededor del semidios Bochica[433], célibe, virtuoso y austero, cuyas mesiánicas y civilizadoras predicaciones fueron contrarrestadas por las deletéreas de la mítica hechicera Huitaca, instigadora del sensualismo, la embriaguez y otros abyectos vicios que enervaron las agrupaciones Chibchas y facilitaron á los soldados españoles la conquista de aquellas extrañas gentilidades[434].
Fig. 286.—Jefe ó Sacerdote Chimu. (Alfarería Valle Chincama)
4.—Cerca del territorio de los Chibchas vivían algunas tribus (Panches, Muzos, Colimas, Paniquitos, etc.), acaso pertenecientes á una sola familia lingüística, y aliadas entre sí para guerrear con sus poderosos vecinos. Eran, en general, y según antiguos cronistas "gente bestial y de mucha salvajía". Vivían, sin embargo, en habitaciones permanentes, momificaban sus cadáveres y sabían tejer con fibras de magüey preciosas esterillas y mantas[435].
La Cuna del Imperio Incásico (según Markham).
En los actuales Estados de Cauca, Antioquía, Tolima, etc., las tribus indígenas han cambiado tanto desde el siglo xvi que es imposible determinar quiénes fueron los constructores de las reliquias arqueológicas que en tal región abundan. Los terremotos y las guerras por una parte, y el vandalismo de los buscadores de tesoros por la otra, han destruído gran número de estos preciosos restos; pero los túmulos sepulcrales de los distritos de Frontino y Dabeiba y las ruinosas murallas de piedra del valle del Plata (Tolima) atestiguan todavía la cultura material de aquellos pueblos.
En Popayán y los valles del Sierra vivían los célebres Guanucos ó Coconucos, adoradores del Sol, con ritos solemnes, coros de vestales y numerosísimo sacerdocio, cuyos probables descendientes, los Moquxes ó Guanabianos, viven hasta hoy en la vertiente occidental de la Cordillera, dedicados á sus faenas agrícolas, celebrando sus disolutas danzas al son de la «marimba» y narcotizándose con estramonio.
Fig. 287.—Puerta monolítica de Tiahuanaco.
En la parte más escarpada de la Cordillera Oriental, hacia las fuentes del Río Fragua (1-2° lat. Norte), vivían los Andaquis, supuestos guardianes de la legendaria «Caverna del Sol» y sus fabulosos tesoros, y probables constructores de templos subterráneos y edificios ciclópeos.
Los territorios que circundan el Golfo de Guayaquil estaban ocupados por numerosas tribus, de las cuales la más conocida es la de los Cañaris, que habitaban en los ardientes valles de la costa, y antes de ser subyugados por los Incas (siglo xv), tenían cierto grado de cultura, evidenciada por las peculiares hachas de cobre y preciosos trabajos en oro recogidos por los arqueólogos en sus tumbas[436].
Fig 288.—Plano del Cuzco (siglo xvi).
5.—Las condiciones fisiográficas de la «Región Peruana» no impidieron al hombre primitivo poblar sus accidentados territorios. En aquellas punas elevadísimas, y sin más vegetación que el «ichu» ó pasto de los montes, en los valles hondos de las abras Andinas y en aquellos oasis de los yungas ó tierras bajas, que interrumpen la monotonía de los arenosos desiertos de la costa, vivieron durante siglos agrupaciones populosas y enérgicas, que luchando con la naturaleza supieron levantar pueblos y templos, fertilizar las tierras y llegar al más alto grado de cultura material alcanzado por su raza en América.
Las dificultades de la clasificación lingüística de estos interesantísimos grupos se ha exajerado un tanto por los antiguos cronistas. Afirman, con fundadas razones, los modernos etnólogos, que la gran mayoría de las tribus de la costa Peruana y los valles Interandinos, desde Quito y la línea Ecuatorial hasta el desierto de Atacama, pertenecía á las familias lingüísticas Aymará, Quechua, Yunca ó Mochica, Puquina y Atacameña[437].
Fig. 289.—Puente sobre el Río de las Pampas.
6.—La lengua Aymará era general entre las tribus Collas, Pucasas, Charcas, etc., que ocupaban desde tiempos remotos las mesetas y vertientes occidentales de los Andes y las cuencas del Desaguadero y de los lagos Aullaga y Titicaca (15 á 20° latitud Sur). Los Collas, que habitaban en la meseta del Titicaca y en los valles inmediatos, vivían en chozas cónicas de piedra cubiertas con la paja de la puna y agrupadas en pueblecillos, cuidaban sus rebaños de llamas y alpacas, obteniendo lana para cubrir sus cuerpos y defender sus cabezas (chucos, gorros) del intenso frío de las alturas, y cosechaban al abrigo de los collados, ocas, quinuas, patatas, etc., que con la abundante pesca de la laguna Titicaca, la caza de patos y perdices en sus orillas, y la de guanacos y vicuñas en las montañas, bastaban y sobraban para sus necesidades físicas. Eran fuertes, audaces y ágiles. Sus jefes, familias y linajes (Ayllus) vivieron en continua lucha. Rendían culto á los espíritus de la naturaleza (animismo) y á los manes y sepultaban en curiosas tumbas superficiales de piedra á sus venerados muertos. Las imponentes ruinas de Tiahuanaco se admiran aún en los antiguos territorios de las tribus de esta familia[438].
Fig. 290.—Sonajero Chiriqui.
En el ángulo Sudoeste del lago Titicaca vivían las tribus de los Urus, etc., que hablaban la lengua Puquina, moraban en grandes canoas y acaso fueron los constructores de los curiosos «cromlechs» de Charasani y Umabamba[439].
Los Yuncas (yunca-cuna, "moradores de tierra caliente") ocupaban los valles de la costa del Pacífico desde el Callao á la Serranía de Amotape (5 á 14° lat. Sur). Hablaban la lengua Yunga ó Mochica, de dificilísima fonética; eran animistas y manistas. Sus huacas, como carros artificiales, y sus vastísimas necrópolis (Ancon, etc.) han proporcionado á los arqueólogos preciosas y abundantes reliquias, tejidos multicolores y de complicada trama, alfarerías, husos, anillos y adornos de madera y metálicos. Vivían los Yuncas, y en especial sus jefes, en casas de columnas de adobe; construían acueductos é irrigaban extensamente sus campos, fertilizándolos con guano, que extraían de las islas. Eran navegantes temerarios. Usaban canoas de cueros de lobo marino ó de simples haces de totora, y balsas de madera provistas de vela, timón y quilla. Predominaba entre ellos el matriarcado, llegando á veces las mujeres (Capullanas ó Sayapullas) á ejercer las jefaturas tribales.
Fig. 291.—Sonajero de arcilla (Chiriqui).
Cerca de la actual ciudad de Trujillo construyeron los admirables palacios del «Gran Chimu», de factura análoga á la de sus recintos sepulcrales, y los depósitos y canales de Chicama y Nepeña. De la organización política de estas tribus no se tienen noticias ciertas. Créese, sin embargo, que los Chimus dominaron desde Tumbez á Ancon y el valle de Huarcu (Cañete), imperando en los de Rimac, Lurin, etc., los jefes Sechuras ó Chinchas[440].
Fig. 292.—Restos de un puente Incásico (Río Huatanay).
7.—La lengua Kechua ó Quichua, ó «General del Perú», se hablaba sin interrupción por las numerosas y sedentarias agrupaciones Huancas, Incas, Quitus, etc., que poblaban los vastos territorios de la Región Peruana desde Quito hasta Coquimbo (0 á 32° lat. Sur), extendiéndose su influencia por el N. E. y S. E. hasta los bancos del Putumayo y del Napo, las llanuras de Mojos y las actuales Provincias Argentinas de Tucuman, Córdoba, etc. La cuna ó lugar de origen de las tribus de esta dilatada familia lingüística parece haber estado en las cercanías de Quito, desde donde emigraron los primitivos linajes hasta las orillas septentrionales del Titicaca, siguiendo posiblemente la cuenca del alto Marañón y la altiplanicie Inter-Andina[441].
Fig. 293.—Muralla del Templo de Huiracocha (cerca de Cacha).
Casi todas las mencionadas tribus alcanzaron desde tiempos remotos á los grados medios del barbarismo. Estaban organizadas en clanes ó linajes (ayllus), gobernadas por jefes tribales (curacas) y dedicadas al pastoreo y la horticultura. Los Huancas del valle de Jauja y sus cercanías vivían en casas semejantes á torreones cilíndricos (huancas), de considerable diámetro y altura, dispuestas en hilera y unidas por estrechos pasadizos. Practicaban el escalpe, eran animistas, rendían á los cadáveres de los antepasados («malquis») un culto análogo al de los Hopis («Katcinas») y, como los Iroqueses, sacrificaban y devoraban ceremonialmente los perros ó gozques (alcos) que en sus poblados abundaban[442].
Los Cajamarqueños formaron también agrupaciones organizadas y construyeron enormes sepulcros y extrañas grutas funerarias, abiertas las más de las veces en las paredes casi perpendiculares de las quebradas profundas.
Fig. 294.—Indio Quechua. (Época actual.)
Los Cozas y Mantas desarrollaron en las cercanías de Quito la poderosa nación de este nombre (Quitus), gobernada por scyris ó jefes-hereditarios. Predominó entre ellos el patriarcado y la monogamia y sepultaron sus muertos en montículos ó sepulcros superficiales y de piedra (tolas), semejantes á las chulpas Aymarás y distintas de las tumbas Quechuas[443].
Los Quechuas propiamente dichos ó Cuzqueños, habitaron la zona del Apurimac hasta las Pampas; los Incas vivieron entre el Apurimac y Paucartampu, y los Canas y Cauchis entre el Cuzco y el lago Titicaca. La primera de estas tribus dió su nombre á la lengua general del Perú, y la segunda á la casta ó linaje conquistador de todos sus territorios, formando las cuatro el probable núcleo del llamado Imperio de los Incas[444].
Fig. 295.—Ruinas de Pisac (Valle de Yucay).
Fig. 296.—El Perú Primitivo y sus probables Centros Culturales.
8.—Las culturas de las tribus mencionadas son indudablemente anteriores á la dominación Incásica. Las estupendas construcciones de Thiahuanaco, Chimu, Sacsahuama, Abancay, Ollantaytampu, etc.; los andenes ó campiñas artificiales parceladas de las alturas de la sierra; el pastoreo de las llamas, alpacas, guanacos y vicuñas; los cultivos perfeccionados del algodón, el maíz y la patata; las vastas necrópolis de Trujillo, Jauja, Cajamarca, etc., y acaso los petroglifos de Tacna, Pasco y Arequipa, implican ciertamente la existencia remota y autóctona de centros culturales populosos y organizados. No nos corresponde su estudio. Afirmaremos sólo que la tan decantada civilización Incásica surgió de la decadencia y la ruina de estos centros culturales, acaso desmembraciones del neolítico y poderoso Imperio de los legendarios Piruas, de aquellos misteriosos Hatun-Runa ó gente antigua, adoradores del Con-Illà-Tici-Viracocha (Dios, creador de la luz, que habita en el espacio, maestro del mundo), tal vez representados en las imperecederas y sujestivas tallas de la puerta monolítica de Tiahuanaco[445].
Fig. 297.—Corte de una huaca (Tumulus).
9.—Hasta el siglo xiv de nuestra Era todo es obscuro y dudoso en la historia Peruana. Es, sin embargo, tradición constante y no desmentida, que á mediados del siglo xiii el caudillo Manco Ccapac (1240) sometió los «ayllus» del valle de Vilcamayu, formando en el Cuzco una agrupación ó dominio teocrático, que sus once ó doce sucesores[446] se encargaron de extender, no limitándose, como los Aztecas, á obtener tributos de las tribus conquistadas, sino ocupando militarmente sus territorios é imponiendo en ellos su culto, lengua y costumbres.
Fig. 298.—Tiaguanaco.
La política de los Incas fué absorbente en extremo. Cimentado su poder en los alrededores del Cuzco, fueron paulatinamente subyugando las tribus cercanas, ya ofreciéndolos pacíficamente las ventajas de un supuesto gobierno paternal y próvido, ya lanzando contra ellas miles de guerreros que las sometían á fuego y sangre. El Inca Ccapac Yupanqui completó la conquista de los «ayllus» Quechuas; Uira-cocha anexionó á sus dominios el de los Aymarás; Pachacutec-Yupanqui ("el que cambia el mundo"), héroe favorito de las tradiciones Incásicas, avasalló los territorios del «Gran Chimu»; su sucesor, Tupac-Yupanqui, dominó á los Quitus y Yuncas, llegando con sus soldados hasta las inmediaciones del Maule (34°), y su hijo, Huayna Ccapac, consolidó la ocupación del Norte de Chile, y después de encarnizados combates ahogó en sangre la rebelión de los Quiteños, cuyos indómitos «scyris» ayudaron más tarde al usurpador Atahualpa á deponer y asesinar á su hermano Huascar (Inti-cusi-Hualpa), último jerarca independiente de la célebre dinastía de los Incas.
En esta época (1523) se extendía el Imperio Incásico desde Popayán hasta el Maule; estaba dividido en cuatro regiones, la del Norte ó Chinchay-suyu, la del Este ó Anti-suyu, la del Oeste ó Cunti-suyu y la del Sur ó Colla-suyu, correspondiente á los cuatro puntos cardinales de la ciudad del Cuzco, y se designaba en conjunto con el nombre de Ttahuantin-suyu, ó las cuatro provincias juntas[447].
10.—Vimos en capítulos anteriores que los Incas, y en especial las clases privilegiadas, adoraron al Viracocha como Creador Supremo y deidad misteriosa, subordinando á este Sér Superior las demás divinidades en que creyeron[448]. Fueron éstas idénticas en su esencia á las animistas y astrolátricas del resto del Continente. Idolatraron en general los Peruanos ciertos objetos sagrados (huacas), probables representaciones ó vehículos del «paccarina» ó divinidad peculiar y totémica de cada linaje (ayllu). El «paccarina» principal del privilegiado y dominante «ayllu» Incásico, fué el Sol, y de aquí que los soberanos y su casta se dijeran unidos á él con estrecho vínculo de mítico parentesco y procuraran imponer en los territorios que subyugaban el esplendoroso culto de su divino antecesor y padre. Los «paccarinas» de los demás linajes eran, como en toda América, animales, fenómenos y objetos naturales, momias, etc., etc. Cada «ayllu» tenía su «paccarina», al que rendía especial acatamiento, y cada familia una serie de ídolos ó fetiches de barro, piedra ó metales preciosos (huacas ó conopas) relacionados directamente con los objetos y fenómenos naturales que influenciaban su vida diaria[449].
Fig. 299.—El camino alto de los Incas (Helps).
El manismo y la creencia firme en la vida de ultratumba predominaba en todas las tribus. La huaca de cada Inca se guardaba con su momia (malqui) en suntuosos sepulcros (huacas, tolas, chulpas), que se convertían por ello en lugares sagrados, donde el alma del muerto se veneraba y servía con especialísima pompa[450]. No eran menos grandiosos los templos dedicados al Sol y demás divinidades astrolátricas en todas las provincias del Imperio. Fueron los más notables el de Coricancha, en el Cuzco; el de Pachacamac, en el valle de Lurin; el de Rimac, cerca de Lima[451], y los de Vilcas, Huanuco y la isla de Titicaca. Las paredes y cornisas del de Coricancha estaban chapeadas de oro, de oro eran los objetos del culto, y en la pared de Occidente, y esculpida en una plancha de oro bruñido, fulguraba la imagen del adorado astro[452].
Fig. 300.—Ruinas en el Lago Titicaca.
11.—Los variados ritos y ceremonias religiosas de los Peruanos estaban relacionadas con el curso del Sol y el cultivo de los campos. El año (huata) estaba dividido en doce meses (Quillas) lunares, entre los que se repartían once días (allca-canquis), para completar así el año solar, que empezaba el 22 de Junio. Además de los festivales extraordinarios, correspondía á cada mes del año uno especial y como de rúbrica. Los más solemnes eran los de los solsticios y equinocios que se observaban y fijaban cuidadosamente. En todos ellos se sacrificaban y quemaban llamas, alpacas, etc., y en ocasiones excepcionales (grandes victorias, conflictos extremos, etc.) se sacrificaban también niños y niñas estrangulándolos y arrojando sus cuerpos á las piras propiciatorias[453].
Fig. 301.—Hechicero ensalmando (Isla Santo Domingo).
En la fiesta del equinocio de otoño (mosoc-nina, fuego nuevo) se renovaba el fuego sagrado, conservado el año entero por las célebres vestales ó vírgenes del Sol (aclla-cuna), que vivían recluídas en monasterios adjuntos á los templos astrolátricos, gobernadas por las mama-cunas ó matronas, cociendo tortas rituales (zancu), fermentando chicha, ó tejiendo para su esposo, el Sol, ó para el Inca, finas telas y mantas. Hacían voto de castidad, y eran sepultadas vivas si osaban violarlo; pero claro es que el Inca, como encarnación del Sol, podía elegir de entre ellas sus concubinas y aun cederlas graciosamente á los miembros de su familia ó casta[454].
Además de las vírgenes del Sol, servía y reglamentaba los cultos Incásicos una numerosa casta jerárquica de sacerdotes, magos, adivinos, sacrificadores, ermitaños, etc., á cuya cabeza estaba el «Villac-Unu»(cabeza que habla), miembro de la familia imperante, hechicero privilegiadísimo, intérprete consagrado de la palabra del Sol, jefe del Consejo de su tribu y segunda persona del Imperio[455].
Fig. 302.—Bajo relieve del Sol (Habana).
12.—El «Villac-Unu» y sus subordinados guardaron secreta la pretendida clave de lo mágico religioso, que reputaban ciencia divina; pero felizmente no fueron como los sacerdotes Aztecas y Mayas, representantes únicos de la intelectualidad de su pueblo. Al lado de esta falsa ciencia surgió en el Perú el humanismo de los Amautas ú hombres sabios[456]; surgieron los poetas, los cantores y recitadores de historias que, sin pretensiones hieráticas, conservaron y en parte nos legaron los ingenuos decires de los Incas. Conocemos muy poco el verdadero carácter de este curioso alborear literario. Careciendo los Incas de escritura, sólo pudieron transmitir á la distancia sus ideas por medio de los quipus ó cuerdas con nudos de varios colores y tamaños, instrumento necesariamente limitado y puramente mnemónico, que si bien no logró alcanzar la perfección representativa que le conceden algunos autores[457], pudo muy bien, ayudado por la tradición oral, perpetuar censos, leyes, sucesos históricos y aun composiciones poéticas y salvar del olvido los amorosos y melancólicos yaravies de los bardos Incásicos, varios diálogos y escenas de sus composiciones dramáticas, y algunos argumentos de sus cantares legendarios y heroicos.
Fig. 303.—Bloque de granito tallado (Rodadero).
Fig. 304.—Los Quipus.
El arte curativo de los Peruanos estuvo también en manos de sus Amautas, que usaron empíricamente ciertas plantas medicinales (descubiertas por la casta ó sociedad medicinal de los Charasanis ó Calahuayas) y fueron además cirujanos audaces y hábiles[458].
13.—Y estas fueron las únicas manifestaciones libres de las actividades psíquicas del Indio Peruano. Todo lo demás estuvo concentrado en el Inca, foco y resumen de lo científico, lo religioso y lo mágico, corazón y mente de su pueblo, dios-rey, señor soberano y único (Sapullan-Inca), "amigo de los pobres" (Huaccha-Cuyac) y jefe supremo de los guerreros. Sus atavíos deslumbraban; sus insignias (borla, llautu, suntu-paucar ó gorro, etc.) eran sacratísimas; los utensilios de su morada eran de oro; cuanto se rozaba con su persona era destruído ó aislado, y hasta los más altos personajes llevaban una carga sobre los hombros en señal de homenaje cuando comparecían en su presencia. Se tenía especial cuidado de conservar puro su linaje solar, y su única esposa legítima (Ccoya) debía ser hermana suya de padre y madre. Entre los hijos de esta unión incestuosa podía el Inca, de acuerdo con su Consejo, elegir y «dar la borla» al que creía más apto para sucederle. Si moría sin sucesión legítima ó sin haber designado heredero, sus hijos naturales y los demás miembros del Consejo de su linaje elegían y «daban la borla» á aquel de los hermanos del muerto que consideraban más hábil para desempeñar el elevadísimo cargo.
Fig. 305.—Canoa india del Golfo de Paria.
Los hijos naturales del Inca habidos en las «vírgenes del Sol» ó en concubinas de otros «ayllus» pertenecían todos á su linaje, y, por consiguiente, los últimos Incas llegaron á estar rodeados de un numeroso grupo de parientes ú Orejones, del que se elegían privativamente los oficiales públicos[459].
Así se formó en el Perú una casta superior, definida é imperante, institución agena al carácter igualitario de las primitivas Sociedades Americanas y resultante lógica de la política conquistadora del «ayllu del Sol», de la divinización de su jefe el Inca y de la fusión paulatina de las tribus que subyugaba en el todo comunista de sus dominios[460].
Fig. 306.—Cráneo Peruano Trepanado (Mus. Washington).
Por lo demás, el Gobierno Incásico no difiere esencialmente de los tribales del resto de América. El Inca fué, en definitiva, un jefe militar divinizado, semejante al «Tlacatehcuhli» Azteca. Los poderes legislativos y judiciales del Imperio fueron principalmente ejercidos por el Consejo de Orejones (ayllu del Sol), que, como el de la Confederación Mejicana, decidía todas las materias graves, limitaba el posible despotismo del Inca, podía elegirlo, darle autoridad, y hasta deponerle de su elevado cargo si se hacía, á su juicio, indigno de desempeñarlo. El Villac-Unu tenía también atribuciones gubernativas casi iguales á las del Inca y, como el cihualtl-cohuatl de los Aztecas, ejercía la jefatura civil de los dominios Incásicos, sustituía en sus ausencias al Inca y velaba por el fiel cumplimiento de las decisiones del Consejo[461].
14.—La organización social del Perú indígena estuvo basada en la de las antiguas behetrías (ayllus), y fué, por tanto, comunista. Las heterogéneas tribus que componían el extenso Imperio formaron un gran ejército industrial, disciplinado y simétrico, un organismo productor y automático regido militarmente por el Inca y su dominador «ayllu».
Cada valle ó provincia ó conjunto de «ayllus» estaba gobernado por una especie de virrey (Ccapac ó Teicuyriroc, "el que lo ve todo") de la casta del Inca. Los «ayllus» estaban divididos en secciones de diez familias (chuncas), gobernadas por un curaca ó decurión (chunca-camayu); diez chuncas formaban una Pachaca (100), á cuyo frente se ponía un centurión (Pachaca-camayu), y diez pachacas formaban una huaranca (1.000), regida por otro curaca (Huaranca-camayu) más elevado. En los valles en que había muchas huarancas se ponía un Señor (Unu-camayu), que dependía del Ccapac ó virrey y era á su vez gobernador de los curacas, de Pachaca y Huaranca. Todos estos cargos eran electivos y los desempeñaban los más hábiles[462].
Fig. 307.—Momia en una huaca de Pisco.
Los miembros de cada una de las diez familias que componían la chunca, se clasificaban según su edad y consiguiente aptitud para el trabajo. La familia (Puric) era patriarcal y monogámica, y tenía sus propios manes (conopas) y ceremonias (ritos de paso)[463].
Ni la época del matrimonio, que era indisoluble, ni la elección de esposa, pertenecían al individuo. Cuando llegaba á la edad prescrita para ser jefe de familia (Puric-huayna), tomaba obligatoriamente la compañera que la autoridad quería dejarle, después de apartar las jóvenes más hermosas del «ayllu» para dedicarlas al templo ó al servicio del Inca y su casta. La comunidad labraba una casa á cada matrimonio, asignándole asimismo una parcela de tierra cultivable (chácara ó tupu), que se aumentaba ó disminuía proporcionalmente al aumento ó disminución de la familia, ó á la dignidad que adquiría su jefe. Si éste moría, la tenencia de su chácara ó tupu pasaba á su sucesor, que se constituía en mayorazgo con obligación de alimentar á la mujer y los hijos del difunto, hasta que éstos llegaban á la edad prescrita ó aquella contraía un nuevo enlace[464].