Fig. 303.—Llamas en las punas.
15.—Las tierras pertenecían á la comunidad. Las cosechas se dividían en partes desiguales entre el gobierno (Inca, etc.), el templo ó su sacerdocio (huaccha) y los cultivadores (pueblo). La parte del gobierno podía aumentarse gravando la del templo, y los sobrantes de ambas volvían al pueblo. El gobierno tenía en las provincias y en el Cuzco, gran número de depósitos que en tiempo de guerra se abrían para avituallar los ejércitos, y servían en el de paz para mantener á los ancianos, lisiados ó enfermos (Puñac-ruccu, etc.). Si por acaso venía un año de mucha esterilidad, abríanse también los referidos depósitos públicos, prestando á las provincias azotadas los mantenimientos necesarios, con cargo de devolverlos en los años de hartura, por su cuenta y medida cierta.
Fig. 309.—Ruinas Incásicas.
La parte del pueblo se repartía proporcionalmente entre los "huayna-puric" ó jefes de familia presentes en la recolección. Los ausentes, los pastores, soldados, obreros y demás individuos empleados en servicio del Inca ó su gobierno, subsistían de la parte de este último.
La parcelación, adjudicación, etc., se hacía anualmente por ciertos funcionarios imperiales (Runay-Pachaca) que tomaban buena nota de los productores de cada provincia, sus aptitudes y carácter, comunicándoselo al Virrey (Ccapac ó Tacuyriroc), para que á su vez informara ante el Inca[465].
Fig. 310.—Fortaleza de Sacsahuaman (Cuzco).
Las disputas entre las familias, chuncas, etc., y los delitos de sus individuos, se dirimían y castigaban por jueces especiales y muy respetados. Las sentencias no tenían apelación y las penas eran severísimas[466].
Si algún «ayllu» disminuía en su número por razón de guerra, pestes ú otras involuntarias, era también deber de dichos jueces, levantar contingentes en los «ayllus» vecinos para reponer en lo posible las pérdidas del damnificado.
16.—La ociosidad estaba en absoluto proscrita del Imperio Incásico. No se consentía que ninguno fuese haragán y anduviese hurtando el trabajo á otros, ni había en esto diferencias entre el pueblo y la casta imperante. El poder central ó sus lugartenientes, distribuían el trabajo según las circunstancias. Tal distrito, daba los mejores alfareros; tal otro, los orfebres más hábiles. El obrero recibía del gobierno la materia prima, no estaba sobrecargado de tareas y era atendido con solicitud cuidadosa. Ninguno que no fuese casado podía, por ejemplo, trabajar en las minas, "para que las mujeres le aderezasen el mantenimiento", y en todos los trabajos rudos había establecidos turnos (mita) por los que de tiempo en tiempo entraban unos trabajadores y salían otros[467]. La división del trabajo, fuente de todo progreso industrial, era insignificante ó nula. Aunque á veces se consultaban las aptitudes de los individuos destinándoles preferentemente á los trabajos que mejor desempeñaban, en general no había separación de artes ú oficios. Los hombres, las mujeres y hasta los niños aprendían de todo y trabajaban en todo. Como se trabajaba para la comunidad, las iniciativas individuales no tenían objeto. La industria aumentaba pero no progresaba. Los Incas, en resumen, no estuvieron industrialmente organizados, sino industrialmente ocupados. Fueron soldados sumisos de un ejército igualitario, cuidado como se cuida un rebaño que alimenta y produce, y sometidos á una disciplina estricta[468].
Fig. 311.—La piedra de Chavín.
Fig. 312.—Indio Peruano (Región de los bosques).
17.—Independientemente del producto de las tierras y del oro y plata de las minas tributaban los «ayllus» maíz, quinua, chuño, mantas, vestidos, armas, etc. Se les imponían también pechos y derramas extraordinarias cuando así lo exigían las necesidades del Imperio. Los tributos se pagaban sin dificultad y se recolectaban sin exacciones. En los que se entregaban en especie nunca se tomaba más de lo justo, y se eximía de los pechos á los que sólo tenían un hijo ó hija. En días determinados comparecían los principales curacas de los valles ante el Inca, proponiendo la necesidad ó hartura de sus territorios é informando en justicia si el tributo era poco ó mucho. Sabiendo el Inca que no mentían, tenía muy en cuenta sus manifestaciones; pero si había cautela hacía gran castigo y acrecentaba el tributo. Llevábase, además, en el Cuzco exacto censo de la población del Imperio, reuniendo las estadísticas anuales de nacimientos y fallecimientos, que los valles mandaban al Inca, registrados en sus quipus. Y en todo esto había gran certidumbre y nadie tramaba fraudes ó engaños. La proporcionalidad estricta de los tributos y la facilidad con que se satisfacían, mantuvieron sumisos á los tributarios, convirtiéndoles poco á poco en ruedas de una gran máquina, ó piezas de un gran tablero de ajedrez manejadas hábilmente por la privilegiada casta de los Incas[469].
18.—La organización del trabajo que dejamos apuntada nos explica la ciclópea grandeza de los edificios Incásicos, que nos asombran precisamente por la cantidad de gente y trabajo que su construcción representa. Las piedras de los muros aparecen concertadas con admirable justeza. Los bloques se traían de distancias increíbles. No nos compete el estudio detenido de estas ruinas. Algunas de ellas, como las del Cuzco, Ollantaytampu, Huanuco el Viejo, etc.; las chulpas de Sillustani y del Collao, y las sepulturas de todo género dispersas en estos territorios son de grandísimo interés para los arqueólogos. Nada tenía esta arquitectura de verdaderamente artístico. Casi todos los techos eran de paja ó madera, las ventanas raras, las puertas pequeñas y las habitaciones sin comunicación entre sí. No había, ni aun en los templos y palacios mismos, columnas, arcos ni empalmes, y su sencillez, su simetría y sólido trabajo reflejaban el carácter y curiosa composición del edificio político de los Incas[470].
Fig. 313.—Pila del Inca.
19.—El sistema administrativo del Perú contribuyó, sin duda, al desarrollo de su agricultura. Ni un solo pedazo de tierra cultivable dejó de aprovecharse. Se irrigaban los desiertos de las costas y se construían en las montañas terrazas altas como las de la célebre «Andenería», del valle de Vilcamayu. Estas terrazas ó Andenes se hacían escalonados y se fertilizaban con vías de agua, que arrancaban de lo alto de las montañas. Tanto estos canales como los de las costas eran las más de las veces de considerable longitud y tamaño. Ya cortados á pico en la montaña, ya sostenidos con mampostería ruda, ya formando túneles, regaban perfectamente los campos. Los turnos de riego eran rigurosos. Cada tupu ó parcela recibía la cantidad de agua que necesitaba. Otro tanto sucedía con el guano y demás abonos, repartidos, como el agua, equitativamente. El resultado de estos inteligentes trabajos fué notabilísimo. Los Incas recogieron las más hermosas cosechas de patatas y maíz conocidas en el mundo. Las de algodón fueron excelentes, y abundantísimas las de coca, aji, quinua, etc.[471].
Fig. 314.—El Inca Yupanqui (Según Marcoy).
Los grandes rebaños de llamas y los de huanacos y vicuñas proporcionaban carne para el pueblo, charqui para los soldados y viajeros y lana para toda clase de tejidos. No era permitido matar ningún animal sino en las grandes cacerías periódicas (chacu) ordenadas por el Inca. En estas mismas monterías se cuidaba de soltar las hembras y algunos machos elegidos, esquilando todos los demás y matando los necesarios para carne. La lana de los huanacos se repartía al pueblo; la finísima de las vicuñas, como el oro y la plata, se reservaba para el Inca. Los quipu-camayoc ó contadores, llevaban exacta cuenta de las piezas cazadas, esquiladas ó muertas en cada una de estas monterías[472].
Fig. 315.--Gruta sepulcral en el Rodadero (Wiener).
20.—Los medios de comunicación eran necesarísimos para mantener unido el Imperio. Del Cuzco irradiaban excelentes caminos para todas las provincias y valles. Eran fáciles, bien nivelados y de cinco ó seis metros de ancho. El de la costa fué uno de los más notables. A intervalos se construían albergues (Corpa-huassi) ó estaciones, y los mensajeros oficiales (chasquis) corrían de uno á otro con celeridad extraordinaria, entregando en cada estación el mensaje ó quipu que llevaban á otro corredor, que á su vez lo llevaba y entregaba en la estación siguiente. La rapidez de estos chasquis era tal, que el Inca podía, por ejemplo, comer en su palacio lo pescado el día anterior en el Pacífico, á cerca de 500 kilómetros del Cuzco. También había en los referidos caminos almacenes de armas, vituallas, etc., para poder concentrar los ejércitos en cualquier punto y sin preparación previa[473].
21.—Intimamente relacionada con los medios de comunicación estaba la costumbre de trasladar colonias de una región á otra del Imperio, para evitar los peligros de la subdivisión excesiva de los "ayllus" y favorecer el intercambio de productos y el bienestar del pueblo. Los colonos se llamaban mitimaes. Los valles de Tacna y Moquegua, por ejemplo, y los boscajes orientales se colonizaron con mitimaes de las aldeas cercanas al Cuzco.
Fig. 316.—Adorno auricular encontrado en Chaucay.
Se establecieron también en las fronteras colonias militares para propagar en las tribus vencidas el culto y los usos Incásicos, dando al tiempo mismo ocupación al sobrante de la población agrícola de los «ayllus» recargados. Los soldados de cada «ayllu» se distinguían en estas colonias ó guarniciones por sus armas y adornos. Las de los Incas y Chancas eran la maza de cobre (champi), la lanza de punta de bronce (chuqui) y una especie de palo con cabeza de bronce ó piedra en forma de estrella de seis puntas (macana). Los Collas y Quechuas usaban las bolas; los Antis, arcos y flechas y, en general, las armas defensivas eran el escudo (hualcanca), el casco (umachucu) y á veces las corazas metálicas. La disciplina estricta de la vida civil Incásica lo era aún más estrecha en lo militar. De aquí que los guerreros del Cuzco fueran irresistibles para las tribus no disciplinadas, que los Incas dominaron fácilmente[474].
22.—El oro se extraía en grandes cantidades de las arenas de los ríos de la Provincia llamada de Caravaya; la plata de las minas se separaba de la escoria en hornos (huayra) de considerable tamaño. El cobre abundaba en Collas y Charcas, y el zinc para aleaciones en las orillas orientales del Titicaca. Todos estos metales se trabajaban hábilmente, en especial el oro y el cobre. Los tejidos Incásicos eran variados y finísimos; sabían bordarlos con lentejuelas de oro y plata y teñirlos con matices brillantes. Las alfarerías, de múltiples colores y formas, fueron, sin embargo, las más acabadas muestras del adelanto material, creencias y costumbres de las tribus de la Región Peruana. Las colecciones de los Museos de Berlín, Madrid, etc., son abundantísimas. Muchos vasos antropomorfos y zoomorfos se usaban como conopas ó fetiches. Otros se destinaban á usos domésticos ó funerarios. Abundaba en muchos de ellos lo abigarrado y lo grotesco, y, lo que es más raro y acaso excepcional, en la América Indígena había algunos representativos de lo obsceno y degradante[475].
23.—Y con esto terminamos nuestro brevísimo bosquejo de la Civilización Incásica. A pesar de su solidez aparente, tuvo mucho de artificial y caediza. Como todos los comunismos agrarios indígenas, llevaba en sí misma los gérmenes de su destrucción y fenecimiento. Los Incas no la crearon; se limitaron á sistematizarla, á reunir los «ayllus» primitivos bajo su despótico cetro, á centralizar sus gobiernos tribales en el gobierno del «ayllu» imperante. No fué, pues, el Perú de los Incas arquetipo de socialismos patriarcales, como sostienen sus entusiastas, sino una vasta y simétrica aglomeración de comunismos tribales idénticos á los Iroqueses, Aztecas, etc. Es, pues, inútil extenderse en consideraciones filosóficas sobre los defectos ó ventajas de su gobierno. Sólo es concebible entre los primitivos. No es posible suprimir de raiz en el hombre civilizado y libre, las ideas de iniciativa individual y propiedad privada, convirtiéndole por el ministerio de la ley en una especie de máquina. El desarrollo de la agricultura y las facilidades de la vida humanizaron un tanto las costumbres del Indio Peruano y los cultos astrolátricos suavizaron los sacrificios; pero, por lo demás, las mismas inquietudes, las mismas rencillas, las mismas abominaciones que gangrenaron los calpullis Aztecas ulceraron los «ayllus» Incásicos.
Las verdaderas bases del Imperio de los «hijos del Sol» fueron la superstición y la barbarie. Sólo así se explica que la llegada de los Europeos determinara su ruina, y que bastase un puñado de Españoles para sacudirlo y aniquilarlo[476].