CAPÍTULO IV
EL PRIMER CENTRO DE COLONIZACIÓN ESPAÑOLA
FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS (1495-1522)

1.—Ovando en La Española. 2.—Los repartimientos y las encomiendas. 3.—Rápida disminución de los Indios. 4.—Descubrimientos y nuevas poblaciones. 5.—D. Diego de Colón. 6.—Las Prédicas de Montesinos. 7.—Fray Bartolomé de las Casas. 8.—Las Casas y el Cardenal Cisneros. 9.—Los negros Africanos. 10.—La colonia de Tierra Firme. 11.—La Conquista de Cuba. 12.—Ponce de León y el descubrimiento de La Florida. 13.—Lucas Vázquez de Aillón. 14.—Expediciones de Hernández de Córdoba y de Grijalva.

Ovando en «La Española.»

1.—Al narrar el segundo viaje de Cristóbal Colón apuntamos los principios de la historia colonial de la isla Española. Dijimos que, una vez sofocada la rebelión de los indígenas (1495), se les impusieron tributos pesadísimos. En compensación de tales tributos, y acaso por sugestión de los caciques mismos, se aceptó que los indígenas trabajaran en las tierras repartidas á los colonos, forma de prestación personal que no era ajena al sistema tribal de las agrupaciones primitivas. Dos años más tarde, cumpliendo Colón una de las condiciones de la capitulación del rebelde Roldán y sus compañeros, concedió á varios de ellos parcelas de tierra cultivadas por los indios, dividiéndolas en extensiones capaces de contener diez mil y veinte mil plantas de cazabe. Estas parcelaciones (repartimientos) fueron la base general de la colonización española en toda América[552].

Dióse el próximo avance en el desarrollo de las instituciones coloniales, bajo el gobierno de D. Nicolás de Ovando que, como también dijimos, vino á La Española (1502) á sustituir á Bobadilla y á calmar rebeldías y descontentos. Era el Comendador de Lares, según Las Casas, varón prudentísimo y amigo de justicia, honestísimo en su persona y celoso de su autoridad.

Fig. 398.—El Golfo de Méjico en 1520 (Archivo de Indias).

Firmaron los reyes su nombramiento é instrucciones adjuntas en Septiembre de 1501, y el día 13 de Febrero de 1502 partió de Sanlúcar, llevando 32 naves con 2.500 hombres, la mayor parte nobles é hijosdalgos. Hasta entonces no había salido para las Indias escuadra más numerosa.

Después de penosa travesía llegaron al puerto de Santo Domingo (15 de Abril 1502). Procuró el nuevo gobernador arreglar la administración desconcertada de la isla. Reedificó la población de Santo Domingo: mandó se empezasen varios edificios sólidos, entre ellos el llamado La Fortaleza, residencia del gobernador, el monasterio de San Francisco, el hospital de San Nicolás, etc.

Tropezaba Ovando con serias dificultades para el buen gobierno de la colonia. Los 2.500 hombres que, atraídos por las maravillas Indianas llevó consigo á La Española, iban con la pretensión de acaparar oro, sin trabajo ni penalidades, y volver ricos á España.

No se ocuparon, pues, de cultivar la tierra, fértil en demasía. Se proveyeron, en cambio, de herramientas y víveres, y salieron en interminable procesión buscando las codiciadas minas, y creyendo que bastaba llegar á ellas para recoger las soñadas riquezas.

Fig. 399.—La Isla de Santo Domingo (siglo xvi).

Pero como las minas exigían rudo y penoso trabajo para producir algún oro, y no sabían explotarlas, pronto volvieron los españoles á Santo Domingo desengañados, hambrientos y llenos de deudas.

Cebáronse en ellos las enfermedades, al extremo de que en poco tiempo murieron más de mil, cifra elevadísima, si se considera que apenas había 2.800 en la isla.

Morían tan deprisa y en tales números, dice Las Casas, que "el clero no tenía tiempo de hacerles funerales"[553].

Los repartimientos y encomiendas.

2.—Se había ordenado á Ovando que tratara á los indios como hombres libres, abonándoles salario por su trabajo. Pronto se convenció de que el indio, indolente y ajeno á toda idea de salario ó propiedad privada, se negaba á trabajar huyendo de los españoles é imposibilitando, por tanto, su educación y conversión. En vista de ello, los reyes ordenaron á Ovando (Marzo, 1503) que repartiera los indios en aldeas, dándoles tierras inalienables, que les encomendara á un protector, que estableciera en cada una de dichas aldeas escuelas primarias para catequizarlos, prohibiéndoles sus antiguos ritos y ceremonias é impidiendo que fueran tiranizados por sus caciques. Se ordenó también por los reyes que favorecieran los enlaces matrimoniales de los colonos con las mujeres indígenas.

Para reducir á los indios al trabajo dictóse otro Real decreto (Diciembre, 1503) ordenando que se les compeliese y obligase á trabajar en la construcción de edificios, beneficiamiento de minas, etc., mediante los salarios que el gobernador fijara, debiendo proporcionar, al efecto, los jefes tribales un cierto número de individuos «como hombres libres y no como siervos».

Fig. 400.—El Adelantado D. Diego Velázquez.

En cumplimiento de estos decretos, Ovando encomendó á cada colono grupos de cincuenta ó de cien indios con sus respectivos jefes gentiles, haciendo también parcelas ó repartimientos especiales para el cultivo de las tierras del rey. Se acompañaba los repartimientos con cédulas especiales, en las que se encomendaban (A vos D. ... se os encomiendan) los grupos ó clanes indígenas á los españoles con el derecho de aprovechar de su trabajo y la obligación de instruirles en la doctrina cristiana.

Los trabajos en las minas de los así encomendados duraban seis ú ocho meses, y como las tales minas estaban distantes, al ausentarse los hombres caía sobre las mujeres todo el peso de la familia. Esta obligada separación, el terrible recargo de trabajo, los crueles tratos de los encomenderos, y la desesperación general, hicieron disminuir los nacimientos indígenas y aumentaron terriblemente el coeficiente de mortalidad[554].

Rápida disminución de los indios.

3.—La población indígena de La Española disminuyó rápidamente. Sufrieron los aborígenes americanos, como todos los primitivos, las desastrosas consecuencias de su contacto con una raza dominadora. Es una vulgaridad histórica, á todas luces errónea, el aceptar, sin examen crítico, las apasionadas diatribas de Fray Bartolomé de Las Casas y sus glosadores, contra los colonos y gobernantes de Santo Domingo, y declararles causantes únicos, por sus crueldades, de un fenómeno etnológico cien veces repetido en la historia moderna[555]. Los conquistadores españoles de los siglos xv y xvi no fueron ni más ni menos crueles que los de cualquier otra nación.

Fig. 401.—Autógrafo de Pánfilo de Narváez.

Cierto es que sus guerras con los indígenas fueron destructoras y cruelísimas; que las campañas del Higney son una página negra en la historia de aquellos impiadosos caudillos; que las matanzas encabezadas por Ovando en Jaragua, su pérfida conducta con Anacaona, el espantoso suplicio de aquellas tribus incendiadas, alanceadas y perseguidas como alimañas feroces, nos horrorizan hoy como horrorizaron entonces á Isabel la Católica y á su Presidente del Consejo de Indias D. Alvaro de Portugal, cuando de tales hechos tuvieron conocimiento. Cierto es también que muchos colonos sometieron á sus encomendados á inhumanos martirios y que los bergantines españoles arrancaron de Las Lucayas miles de indios para venderlos en los mercados públicos, martirizándolos, agobiándolos de fatiga y quemándolos á veces á fuego lento[556].

Fig. 402.—Autógrafo del cronista Oviedo.

Evidentemente contribuyeron estas crueldades á la extinción de la raza indígena, pero no fueron, sin embargo, las únicas causas de su fenecimiento en La Española. Hubo otras menos estudiadas, pero no por ello ineficaces. Importaron los blancos enfermedades epidémicas que se cebaron furiosamente en las tribus indias. La viruela fué una de las más destructoras. Nos cuenta el cronista Pedro Mártyr, que en las aldeas infestadas morían los indios "como carneros". Había, además, en las agrupaciones aborígenes enfermedades endémicas y peculiares de la raza, que causaban numerosas víctimas. El célebre "matlaza huatl" Mejicano, por ejemplo, que no atacaba á los Europeos, barrió en el Anahuac poblados enteros (1545 y 1576). Esta misma epidemia destruyó en 1618 la gran mayoría de las tribus indias de Massachusetts.

Por otra parte, la población de La Española, cuando Colón la descubrió no llegaba, ni con mucho, á 3.000.000, como afirma Fray Bartolomé de Las Casas; oscilaba entre 200 y 300.000 almas, de las que en el año 1508 quedaban sólo 60.000, que disminuyeron hasta 46.000 en el año 1570, y hasta 14.000 en el 1573. En el año 1570 apenas quedaban en La Española dos aldeas indígenas[557].

Descubrimientos y nuevas poblaciones.

4.—La triste suerte de los indígenas y los incidentes luctuosos de su dominación han oscurecido los demás sucesos ocurridos en La Española en el gobierno de Ovando, que después de someter el Higney y Jaragua dedicó sus energías á poner en orden la administración de la isla. Organizó el laboreo de las minas estableciendo cuatro hornos de fundición en los que recogía anualmente cerca de 1.000.000 de pesos: espurgó la isla de los viciosos que daban mal ejemplo, enviándoles á España, ó quitándoles los indios encomendados, castigo entonces muy temido, y gobernó, en fin, con gran discreción y prudencia. Envió á Ponce de León á Boriquen ó San Juan de Puerto Rico, isla descubierta por Colón en el segundo viaje, para que la explorase. Penetró Ponce de León en el interior de la referida isla, fundando allí, con autorización de Ovando, una rica colonia y dominando á los indígenas en pocos años. Envió también Ovando (1508) á Sebastián de Ocampo, para que averiguara definitivamente, si la isla de Cuba era ó no tierra firme. Convencióse Ocampo de que era una isla como había indicado en su mapa Juan de la Cosa. En esta misma época, Juan Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón descubrieron y costearon parte del Yucatán sin fundar allí colonia alguna.

La expedición de Ocampo alrededor de Cuba, fué uno de los últimos acaecimientos del gobierno de Ovando. En Julio del 1509 llegó á La Española D. Diego de Colón, después de ganar ante el Consejo de Indias su pleito contra el rey Don Fernando y ser nombrado, en consecuencia, Gobernador y Capitán General de las Indias. Ovando, después de ser absuelto en el juicio de residencia que instauró D. Diego, abandonó La Española (Sept. 1509), falleciendo en Alcántara (donde se halla enterrado) el 29 de Mayo de 1511[558].

Fig. 403.—Mapa de Martín Waldseemüller (1508).

D. Diego de Colón.

5.—Don Diego de Colón, que había contraído matrimonio en España con la hija de D. Fernando de Toledo, pariente próximo del Rey Católico, llegó á La Española acompañado de parte de su familia y de una numerosa comitiva de personas de ambos sexos pertenecientes á distinguidos linajes, estableciéndose en la isla con inusitada magnificencia y fausto. Los hijos de Colón gozaron al fin de los honores y recompensas debidas á su padre.

Fig. 404.—Armas del Historiador Oviedo.

Estableció en seguida D. Diego de Colón una pequeña colonia en Cubagua, obligando á los indígenas de las Lucayas á bucear sin descanso para sacar las conchas de perlas que abundaban en la pequeña isla. Regularizó en Santo Domingo los repartimientos, y encomendó á sus parientes y comitiva los indios aún no destinados. Celoso, sin embargo, el rey Don Fernando de la influencia de D. Diego en la colonia, y deseoso de disminuirla, creó un nuevo empleo al que estaba anexo el derecho de repartimiento de indios, nombrando para desempeñarlo á Rodrigo de Alburquerque, que entró rapazmente en posesión de sus funciones (1514). Impaciente por hacer fortuna, sacó á subasta los indios que quedaban, adjudicándolos en grupos á los colonos que le ofrecieron mayor precio. Esta nueva forma de repartimiento agravó, naturalmente, la situación de los indígenas que se vieron sometidos por sus interesados dueños á trabajos más crueles y penosos[559].

Las Prédicas de Fray Antonio de Montesinos.

Fig. 405.—El Cardenal Jiménez de Cisneros.

6.—Los misioneros Dominicos de La Española no vieron nunca con indiferencia estos sufrimientos de los indios. Desde su llegada á Santo Domingo en 1510 juzgaron los repartimientos como contrarios al derecho natural y á la caridad cristiana y consideraron al indígena como sér de razón y libertad, capaz de sacramentos y derechos. En el año 1511, Fray Antonio de Montesinos predicó un impetuoso y elocuente sermón en la Iglesia de Santo Domingo condenando los abusos de los encomenderos. Sus superiores, á quienes se quejó D. Diego de Colón, aprobaron como piadosa la doctrina del predicador de su Orden. Los Franciscanos, uniéndose á los encomenderos, defendieron los repartimientos como mal menor y necesario. Se agrió la controversia llegando los Dominicos hasta á negar los sacramentos á algunos de sus compatriotas que tenían indios encomendados. Dirigiéronse ambos partidos al Rey Don Fernando, que reunió algunos jurisconsultos y teólogos para oir á los diputados de La Española. Decidióse en favor de los Dominicos la parte especulativa de la controversia, pero los repartimientos continuaron, pues el Rey Fernando, deseoso de complacer á los encomenderos, declaró autorizada por las leyes divinas y humanas la esclavitud de los indios, y otorgó, para que no tuviese dudas, nuevas encomiendas á sus cortesanos[560], mandando publicar una instrucción en la que se ordenaba fuesen los indios tratados con suavidad, vestidos y alimentados sin miserias, y enseñados con cristiano celo. Tal instrucción fué letra muerta ó papel mojado para los codiciosos encomenderos. Los Dominicos comprendieron perfectamente su inutilidad, y sostuvieron que mientras los individuos tuviesen interés de tratar á los indios con rigor, ningún reglamento público podía hacer ligera su servidumbre. Algunos pasaron á Europa para buscar mantenedores de su doctrina. Los que quedaron en la isla siguieron con prudencia propagándola. Las violentas disposiciones de Alburquerque colmaron la medida, avivaron el celo Dominico, y proporcionaron á los oprimidos un protector activo, valeroso, inteligente y de prestigio que tomó á su cargo la defensa de su desgraciada causa. Llamóse tal defensor Fray Bartolomé de Las Casas[561].

Fig. 406.—Ruinas de la casa de D. Diego Colón.

Fray Bartolomé de Las Casas.

7.—Nació en Sevilla el año 1474, y estudió latín, metafísica, ética, derecho, etc., en la docta Universidad de Salamanca. Partió para América en 1502 con el gobernador Ovando. Como todos sus compatriotas, dedicóse en La Española al cultivo de la tierra valiéndose de los esclavos indios. Residiendo aún en la Isla se hizo sacerdote, siendo el primer ordenado en Indias, y cantando la primera misa nueva que se celebró en América. Acompañó á Velázquez á Cuba, y en premio de sus servicios obtuvo en Trinidad un repartimiento en compañía de su amigo del alma Pedro de Rentería. Trataron ambos con benignidad á sus encomendados compadecidos de los sufrimientos de los demás indios. Ciertos pasajes de la Sagrada Escritura revelaron á su alma la injusticia de los repartimientos, avivaron su caridad y le decidieron á consagrar su vida entera á libertar á los indios de su durísimo yugo. Tanto él como su asociado Pedro de Rentería, vendieron sus tierras, dieron libertad á sus encomendados y determinaron pasar á España para hacer triunfar en la Corte sus generosas ideas[562].

Fig. 407.—Fray Bartolomé de Las Casas.

Fig. 408.—Autógrafo de Fray Bartolomé de Las Casas.

Las Casas y el Cardenal Jiménez de Cisneros.

8.—En el año 1515 logró Las Casas conferenciar extensamente con el rey D. Fernando y exponerle la desesperada situación de los indios. El fallecimiento del monarca (Diciembre, 23) interrumpió estas gestiones. Volvió Las Casas á Sevilla y, alentado por el P. Deza, presentóse en Madrid con cartas de este último ante el ilustre Cardenal Jiménez de Cisneros, y el embajador Adriano, Dean de Lovaina, que á la sazón regían la España.

Fig. 409.—Territorio concedido á Fray Bartolomé de Las Casas.

El prudentísimo Cisneros acogió con caritativo interés las ardorosas instancias de Las Casas, y encomendó á tres reposados varones de la Orden de San Jerónimo el planteamiento en Indias de las reformas anheladas. Volvieron todos á Santo Domingo, pero los comisionados Jerónimos no pudieron ó no supieron sustraerse á la influencia de los conquistadores, y su presencia en la isla fué completamente ineficaz para la protección y defensa de los indios[563].

Los negros africanos en América.

9.—Haremos una brevísima pausa en este relato para refutar enérgicamente la opinión de los que sin espíritu crítico atribuyen al Apóstol de los Indios la introducción en América de los esclavos negros. La referida imputación es errónea y calumniosa. En primer lugar, cinco años antes de que Las Casas tuviera con el rey Don Fernando su primera entrevista, ya había ordenado éste, de acuerdo con la Casa de Contratación (1510-1511), que se enviaran á América cincuenta esclavos africanos, y se favoreciera el tráfico negrero en las costas de Guinea. El gobierno español, y no Las Casas, fué, pues, el primero que trató de libertar al indio esclavizando al africano. En 1517 esta política fué preconizada en La Española por los Jerónimos enviados por Cisneros, por el clero todo, por las autoridades y por Las Casas mismo que, como Enrique el Navegante, no podía tener en el siglo xvi la moderna noción política de los "derechos inalienables", ni podía prever los horrores é influencias á que había de dar lugar en lo futuro el desarrollo de tan inícuo comercio.

Fig. 410.—La Casa de D. Fernando Colón en la antigua Sevilla.

Conforme con tales opiniones, consecuente con los usos de la época, y deseando, además, ajustarse á los constantes y expresos deseos de Isabel la Católica en favor de la libertad de los indios, decidió la Corona española enviar á sus posesiones americanas 4.000 negros, concediendo para ello las necesarias licencias al contratista Gomenot, Gobernador de Bresa, que vendió su contrato ó asiento á unos comerciantes genoveses por 25.000 ducados. El desarrollo de los trapiches azucareros en las Antillas, y la rápida disminución de los indios, favorecieron, naturalmente, la introducción de los esclavos negros. Al asiento de Gomenot siguió el de los alemanes Cigner y Sailler (1528), y á éste el de Gómez Reynel (1595) que, merced á la unión de España y Portugal (1580-1640), consiguió el privilegio exclusivo de importar á las Indias 38.250 esclavos negros durante nueve años. Estos fueron los principios del tráfico negrero de América, cuyo desarrollo y consecuencias estudiaremos en la Época Colonial y es, por tanto, ridículo reprochar á Las Casas el imaginario pecado de pensar como pensaban los hombres de su tiempo, y condenarle sin más trámite por no haberse anticipado á los enciclopedistas franceses del siglo xviii, ó á los Próceres Argentinos del xix, que borraron para siempre la esclavitud de los Códigos Fundamentales de la República[564].

La Colonia de Cumaná.

10.—El fracaso de los comisionados Jerónimos no desalentó en su obra redentora al «Apóstol de los Indios». Volvió á Castilla, donde siguió sus gestiones con tenaz insistencia, siendo solemnemente recibido por Carlos I en la villa de Molins del Rey, y consiguiendo un espacio considerable de tierra Americana para establecerse en él con los españoles que quisieran seguirle, distinguirse de los demás vistiendo hábitos blancos con cruces rojas en los pechos, y consagrarse á propagar en América el Evangelio y la civilización cristiana por medios absolutamente pacíficos.

El territorio concedido para la realización de tan romántico proyecto fué el de Cumaná en la Costa de las Perlas.

Después de tres años de luchas árduas consiguió Las Casas desembarcar en él (1521) con un puñado de entusiastas. Existía ya en aquellas regiones un monasterio de la Orden de Santo Domingo, partidaria siempre de las doctrinas del infatigable propagandista. Desgraciadamente, en la vecina isla de Cubagua pescaba también perlas, al llegar á Cumaná los nuevos cruzados, aquel joven Alonso de Ojeda[565], de quien Las Casas dijo más tarde "que si no hubiera nacido, nada habría perdido el mundo". Ojeda necesitaba esclavos y ocurriósele cogerlos en Tierra Firme declarándolos convictos de canibalismo. Al llegar á Cumaná pidió en el monasterio de Santo Domingo papel para iniciar contra los indios los mencionados procesos de antropofagia. Empezó á instruirlos, pero como el procedimiento le resultó lento y engorroso, cortó por lo sano, penetró algunas leguas al interior matando considerable número de indios y embarcando los que pudo en sus naves. Los indios de Cumaná, que habían visto á los Dominicos entregar á Ojeda el papel que les pidió, al que atribuían virtudes ocultas, tuviéronlos por cómplices de su atropello. Incendiaron el monasterio, degollaron á los Dominicos y destruyeron á sangre y fuego la incipiente colonia. Los españoles que pudieron salvarse de la feroz matanza huyeron á Santo Domingo, donde, afortunadamente para él, se encontraba á la sazón el entusiasta Apóstol.

Fig. 411.—Ponce de León en la Florida (según Herrera).

Grande fué el dolor y el desaliento de Las Casas al saber lo sucedido. Resignóse, sin embargo, humildemente; aceptó, sin quejas, la muerte de sus ilusiones, y ansioso de paz y descanso, profesó en el monasterio de Santo Domingo (1522). Allí permaneció varios años profundizando sus estudios teológicos y escribiendo algunas de sus obras[566]. De ellas, y de los incidentes posteriores de la admirable vida del celoso «Protector de los Indios», hablaremos en el Tomo II.

Fig. 412.—Ponce de León, descubridor de la Florida.

La Conquista de Cuba.

11.—Deseoso D. Diego de Colón de extender sus dominios, entregó á D. Diego de Velázquez tres naves para que se apoderara de la isla de Cuba. D. Diego de Velázquez, antiguo compañero de armas de Bartolomé Colón, y Ovando, era en la colonia muy respetado y popular. Su gentileza y carácter jovial le hacían simpático como caudillo y no tardó, por tanto, en reunir trescientos hombres que gustosos le acompañaran en la empresa. Entre ellos estaban Pánfilo de Narváez, Las Casas y Hernán Cortés, el futuro conquistador de Méjico. Desembarcaron los expedicionarios en Las Palmas, y tomaron posesión de la isla sin resistencia alguna de parte de los naturales (Siboneyes-Arawak?). Un cacique Haitiano (Hatuey), que había llegado á Cuba huyendo de los españoles y se había posesionado de la parte oriental de la isla, trató de rechazar la invasión, pero sus guerreros fueron destrozados por los castellanos, y su jefe condenado á la hoguera. Poco tiempo después Pánfilo de Narváez, comisionado por Velázquez, que para contraer matrimonio hubo de ausentarse de la isla de Cuba, penetró en el Camagüey para dominarlo. A unas 30 leguas de Bayamo (Cueyba) encontró Las Casas la célebre imagen allí dejada por Ojeda é idolatrada por los Siboneyes. En una barranca próxima á Caonao fueron sorprendidos los expedicionarios por 7.000 indios que, no obstante la pusilanimidad é imprudente abandono del caudillo Narváez, contuvieron los soldados españoles degollándolos impiadosamente. Esta matanza, en la que, según la pintoresca expresión de Las Casas, «no quedó ni piante ni mamante», difundió el terror en toda la comarca, y los castellanos la subyugaron bien pronto. Diego Velázquez, que había vuelto á la isla, ordenó en seguida á Narváez que regresara á la costa Norte. Estableció las poblaciones de Baracoa, Trinidad, etc., hizo repartimientos de indios, designó ayuntamientos y quedó como Gobernador. El rey de España nombróle más tarde Adelantado y le confirmó en su gobierno[567].

Ponce de León y el descubrimiento de «La Florida».

12.—El celebérrimo y pintoresco hidalgo D. Juan Ponce de León, Gobernador de Puerto Rico, nombrado por Ovando, después de haber pacificado[568] (como entonces se decía) la isla alanceando, «aperreando»[569] ó esclavizando á los indígenas, fué depuesto de tal gobierno á instancias de D. Diego Colón, á quien de derecho pertenecía. Había oído hablar el referido Ponce de León de una isla situada al Norte de La Española llamada «Bimini», donde existía un manantial maravilloso, cuyas aguas tenían virtud de rejuvenecer á todos los que las tocaban ó bebían. Fuese con el objeto de encontrar este manantial fantástico, ó simplemente con el de explorar la isla, consiguió una patente ó capitulación del Emperador Carlos V (Febrero 23, 1512), para descubrirla y colonizarla.

Fig. 413.—Descubrimientos de Hernández de Córdoba y Grijalva (Helps).

El 3 de Marzo salió de Puerto Rico con el piloto Alaminos y después de tocar en San Salvador, avistó la costa Norte Americana en las cercanías del Río San Juan (30° lat. Norte). Por la risueña apariencia de la que creyó isla, y por haberla descubierto en Pascua Florida, dióle el nombre de «Florida» que hasta hoy conserva. Navegó después alrededor de la península hasta cerca de la Bahía del Apalache, al Oeste, haciendo en Mayo, 23, rumbo al S. E. Siguió buscando durante tres meses, entre las Bahamas, la fabulosa «Bimini» hasta que en Sept. 17, dejando un buque mandado por Juan Pérez para que continuase la exploración, decidió volver á Puerto Rico.

Pocos meses después consiguió otra patente para colonizar la «isla de Benini» y la «isla Florida», y en 1521 emprendió nuevo viaje para averiguar si en verdad la Florida era una isla y para establecer en ella colonias. Gastó en esta empresa el conquistador la mayor parte de su fortuna, arribando con sus dos buques y sus 200 hombres á las inmediaciones de Tampa Bay. En un encuentro con los indígenas (Timaquanos) perdió muchos de sus soldados, y cayó tan gravemente herido que decidió abandonar su empresa y volver á Cuba, donde al poco tiempo murió[570].

Fig. 414.—Mapa de los descubrimientos de Ponce de León (Woodbury Lowery).

Francisco Hernández de Córdoba.

13.—Cuatro años después de la vuelta de Ponce de León de su primer viaje á la Florida (Febrero, 1517), Francisco Hernández de Córdoba salió de la Habana con tres buques y 110 hombres. El gobernador de Cuba, Diego de Velázquez, les había vendido uno de los buques con la condición de que se lo pagaran en esclavos arrancados de Las Lucayas. Entre los expedicionarios iba el ingénuo y verídico cronista Bernal Díaz del Castillo. Apenas se hicieron á la mar, reputando injusta la pretensión de Velázquez, pues ni Dios ni el rey, como dice el referido cronista, mandaban esclavizar á los hombres libres, decidieron convertir en descubridora la expedición emprendida con fines piratescos.

Después de veintiocho días de navegación llegaron á las costas del Yucatán (Pontanchen). En un encuentro con los indígenas (Mayas) perdió Córdoba la mitad de su gente, decidiendo volver á Cuba. Los serios temporales que le sorprendieron en el viaje de vuelta, hicieron que las embarcaciones derivaran de su rumbo, yendo á parar á una bahía de la península de la Florida (Charlotte Harbour), que el piloto Antón de Alaminos reconoció como por haberla visitado con Ponce de León en su primer viaje. Al desembarcar en la referida bahía, fueron los españoles nuevamente atacados por los indígenas (Timaquanos). Alaminos y Hernández de Córdoba cayeron heridos, pudiendo, con grandes dificultades, ganar los botes para huir de la furia de los indios. Hicieron en seguida rumbo á la Habana, desde donde Hernández de Córdoba envió á Velázquez una relación de su viaje, muriendo diez días después de sus heridas[571].

Juan de Grijalva.

14.—Los informes suministrados por Hernández de Córdoba, determinaron al gobernador de Cuba á preparar otra expedición, cuyo mando entregó á Juan de Grijalva, capitán que se había distinguido en la conquista de la isla.

Grijalva salió de Santiago de Cuba en Mayo de 1518. Descubrió la isla de Cozumel y continuó su viaje por las costas del golfo, sufriendo de parte de los indios menos daños que su desgraciado antecesor Hernández de Córdoba.

Fig. 415.—Juan de Grijalva (según Herrera).

Desembarcó en una isla, que llamó de los sacrificios, por los restos humanos que encontró en sus templos, y siguió hasta la de San Juan de Ulúa, alcanzando á navegar hasta Panuco, y encontrando por todas partes poblaciones numerosas y tierras cultivadas con esmero.

Convencido de que todas estas regiones formaban parte de algún poderoso país, que no era posible invadir y conquistar con tan escasos recursos, volvió á Cuba Hernández con la esperanza de reunir fuerzas suficientes para dominar los territorios descubiertos.

Pero la gloriosa conquista y dominación de Méjico, que tales guerreros habían preparado, estaba reservada, como más adelante veremos, para Hernán Cortés, brillante personalidad histórica de la conquista española en América[572].