1. Independencia de la moralidad.—2. Una asociación religiosa libre.—3. Sociedades de cultura moral en Estados Unidos.—4. Algunos antecedentes del eticismo inglés.—5. Las iglesias éticas.—6. El culto religioso de la moralidad.—7. Espontaneidad y evolución de la moralidad.—8. Síntesis del pensamiento eticista.—9. El porvenir del eticismo.
Los principios éticos fundamentales en el pensamiento de Emerson, además de influir poderosamente sobre las iglesias norteamericanas, determinando su atenuación dogmática e intensificando su ética social, reaparecen más puros en el movimiento de que vamos a ocuparnos: las sociedades de cultura moral, independientes de las iglesias tradicionales.
"America shall introduce a pure religion", había pronosticado Emerson. En su sentir, pura, significaba depurada de todo contenido sobrenatural, ajena a todo preceptismo teológico, adaptable a toda verdad conquistada por la ciencia, encaminada a exaltar en el hombre la autoeducación, la confianza en el propio esfuerzo, el culto del deber social.
En la evolución de las iglesias no-conformistas estas ideas fermentaban desde principios del siglo XIX, sin atreverse a romper decididamente sus ataduras tradicionales. Channing había proclamado ya, sin ambajes, que el ideal de los unitarios era anteponer la comunidad de los sentimientos éticos a la identidad de las creencias individuales, al mismo tiempo que reiteraba la absoluta supremacía de la razón como autoridad cardinal en materia religiosa. Humanizando el concepto del amor a Dios, sostenía que era exactamente equiparable con el amor a la virtud y a la justicia; de ello deducía, legítimamente, que el cristianismo debía consistir en la práctica de la virtud y en el anhelo de la justicia, antes que en la adhesión escueta a un credo cuyos principios pudiera fijar la teología dogmática.
Con Emerson y los trascendentalistas esas tendencias se acentuaron a punto de que su actitud pareció de franca hostilidad a todas las iglesias cristianas; y aunque no negaban que dentro del cristianismo, y sólo dentro de él, debían operarse las evoluciones que reputaban necesarias, Alcott se vió tratado como un reformador peligroso, Teodoro Parker fué sindicado como ateo, y el mismo Emerson despertó desconfianzas entre los que adherían al tradicionalismo.
Su propaganda, empero, hallaba eco en todos los hombres emancipados. Al fin los "unitarios radicales" declararon (1866) que la completa libertad de pensar era el derecho y el deber de cada hombre, dando un sentido más amplio y liberal a las afirmaciones de Channing sobre la innecesaria conformidad de creencias, siempre que se conservara la unidad de aspiraciones morales. Y de esta extrema izquierda, cada día más encarrilada en la heterodoxia, nació, en 1867, la primera asociación de cultura moral que se propuso realizar sus fines fuera de toda comunidad cristiana.
A un mismo tiempo dos importantes núcleos de cuáqueros y de judíos, acentuaron sus respectivas disidencias en dirección análoga. Los "amigos progresistas" identificaron su religión con el bienestar físico, moral y espiritual de la humanidad, pidiendo el concurso de todos los que anhelaran mejorar y embellecer la vida del hombre, sin diferencias de dogma; los "judíos liberales", cada vez más adaptados al ambiente americano, siguieron las mismas huellas que los unitarios radicales.
Digamos, desde ya, que el valor práctico de estas asociaciones éticas ha dependido de las oportunidades que ellas han ofrecido a los hombres de temperamento místico que ya no creían en los dogmas de las iglesias establecidas. William James, en sus excelentes conferencias de Edimburgo sobre la experiencia religiosa, insistió constantemente sobre la distinción necesaria entre la religiosidad personal y las religiones organizadas en iglesias; e hizo notar, con su habitual sagacidad de psicólogo, que la religiosidad es primaria e independiente del contenido secundario y dogmático de las teologías. Por eso debemos ver las sociedades éticas como un sustitutivo de las iglesias, y el culto de la moralidad como un equivalente del culto de otras divinidades; conocer la inexactitud de las tradiciones dogmáticas no implica para los temperamentos místicos librarse de su instintiva religiosidad, que es el producto de una acumulada herencia secular. Muchos hombres, aún variando sus ideas sobre la divinidad, no consiguen prescindir de esa contextura sentimental que los induce a buscar la emoción de lo divino.
Ya que tales temperamentos existen ¿no es posible encauzar su misticismo hacia una acción moral intensa, benéfica para la sociedad? ¿Pueden los ideales morales sustituir a los dogmas religiosos? ¿La evolución de la sociedad hacia esos ideales podrá efectuarse dentro de las iglesias contemporáneas?
¿Son un exponente de esa evolución las sociedades de cultura moral? ¿Su instrumento más eficaz será la educación moral impartida en la escuela pública? Sin ofreceros una respuesta a esas interesantes preguntas, pues no soy profeta, os diré lo que he visto o leído, muy satisfecho si en alguno de entre vosotros despertara una curiosidad simpática por estos hechos.
Las precedentes iniciativas encaminadas a la separación de la moral y el dogma, tuvieron expresión concreta en la constitución de una sociedad religiosa libre, la "Free Religious Association" que, en 1867, se declaró independiente de todas las sectas cristianas. Propúsose, en consonancia con los preceptos de Emerson, "favorecer los intereses prácticos de la religión pura", dejando a sus miembros la responsabilidad individual de sus creencias religiosas, sin exigirles más que su conformidad con el mejoramiento humano obtenido por la práctica de la virtud, la investigación de la verdad, el desarrollo de la solidaridad y la aspiración a la justicia social.
Esta sociedad religiosa libre equivalía estrictamente a las sociedades que en los países latinos se denominan de libres pensadores o de creyentes libres. La diferencia de actitud entre aquélla y éstas, fué lógica dentro de la mentalidad dominante en unos y otros países. Los anglo-americanos, respetuosos de la costumbre, prefieren afirmar su liberalismo como una reforma de las costumbres religiosas existentes, más bien como un esfuerzo por mejorarlas que como un propósito de destruirlas; los latinos, sin duda por ser mayor la estabilidad e intolerancia de su religión, no pueden ser liberales sino contra ella misma, para combatirla antes que para transformarla. ¿Por qué? Es sencillo. El cristianismo católico, llevado hasta la proclamación dogmática de la infalibilidad papal, excluye todas las transformaciones legítimas exigidas por el aumento progresivo de la cultura social; el cristianismo disidente, en cambio, las consiente, por la afirmación del principio del libre examen. Lo que puede criticarse y mejorarse merece respeto; lo que se reputa infalible e intangible, sólo deja la posibilidad de su abandono y sustitución. Por este motivo es fácil comprender que la evolución liberal del mundo cristiano se presente en los países educados en el libre examen con los caracteres de un movimiento de progreso religioso, y en los países educados en la intolerancia como una lucha abierta contra las religiones que excluyen la posibilidad de su propio progreso.
En la Free Religious Association persistió cierto espíritu irreligioso que no era nuevo entre los unitarios más radicales; de allí cierta falta de cohesión que acabó por producir la decadencia de la sociedad, confirmando un precepto emersoniano: las personas no pueden juntarse sino para la acción, para hacer en común, y nunca para dejar de hacer lo que ya no les interesa.
Cuando falta comunidad de sentimientos, no existe religión. Es el misticismo de los individuos lo que establece entre ellos la unidad de acción. La asociación religiosa libre era una sociedad de incrédulos que no querían parecerlo, olvidando que tras su irreligiosidad había una cuestión de temperamento. Observa Augusto Sabatier, en su Esbozo de una filosofía de la religión, que las llamadas "religiones naturales" no son tales religiones, sino artefactos intelectuales de personas que carecen de sentimientos místicos y no saben comunicarse con su divinidad racional por medio de la oración. Por eso mantienen una distancia entre el hombre y la divinidad, sin ningún comercio intenso, sin buscar una acción de ella sobre el hombre, fuera de la que naturalmente fluye de las leyes naturales. En el fondo, estas pretendidas religiones le parecen simples filosofías; nacidas en una época de racionalismo y de historiografía crítica, nunca han sido otra cosa que abstracciones nominales, sin contenido alguno místico. Por eso veremos que, poco a poco, en las sociedades éticas fué penetrando un misticismo que en sus comienzos quisieron evitar; su función de aunar voluntades para la acción moral sin dogmas, habría sido ineficaz mientras la masa de sus miembros no fuese animada por la levadura de una fe nueva. Sólo así se satisfacen los temperamentos religiosos; nunca por simples doctrinas de arquitectura racional.
Uno de los presidentes de la sociedad libre, profesor de lenguas orientales en la Universidad de Cornell, acometió la obra con fines más concretos. Hijo de un rabí, y destinado a serlo él mismo, Félix Adler, después de estudiar algunos años en las universidades alemanas, creyó que su vocación era otra; el estudio de la crítica bíblica, la influencia de la ética kantiana y el auge de la filosofía naturalista, le hicieron perder toda confianza en la autoridad de las teologías. Esto no modificó su temperamento místico ni amenguó mínimamente su fe en la necesidad de la educación moral; ¿la dignidad, el culto de la virtud, el valor de la vida humana, el esfuerzo hacia la perfección, la santidad, perderían su profundo sentido porque el hombre se apartase de las religiones dogmáticas?
Creyó como Emerson que la vida privada y pública, en la sociedad contemporánea, tendía efectivamente a un descenso de su nivel moral, viendo en eso un resultado indirecto del viejo tradicionalismo que identificaba la moralidad con la religión; perdida la fe en los dogmas de ésta, se resentía aquélla. ¿Cuál era el remedio? ¿Volver a los dogmas cuya falsedad parecía evidente? Eso, además de inmoral, le pareció innecesario. Lo único lógico y moral era salvar la ética, en ese naufragio lento de los dogmas religiosos. ¿Cómo? Independizándola.
Si pudiéramos detenernos a comparar la biografía de Emerson con la de Adler—su medio social, su ambiente de familia, su temperamento, su educación personal, su evolución religiosa—descubriríamos un paralelismo constante, en el conjunto y en los detalles, entre el fracasado pastor unitario y el abortado rabí judío. Todo lo que aquél supo predicar con elocuencia suma y escribir en cálido estilo, reaparece como punto de partida en el hombre que, el 15 de mayo de 1876, fundó en Nueva York la primera Society of Ethical Culture.
Proclamar ante todo la "autonomía de la moralidad" y proponerse la "educación moral" de sus miembros, fueron los acápites de su programa: organizar la vida moral de los individuos y de la sociedad sin preocuparse de creencias teológicas y metafísicas; es decir, asentar racionalmente la formación del carácter y las reglas de la conducta, inspirar el deseo y la fuerza de obrar moralmente, poner como faro de la vida humana el ideal del perfeccionamiento ético. Sobre la base única de la experiencia moral, este último debe derivarse de las nuevas condiciones de vida implícitas en el progreso incesante del mundo moderno.
Pronto la sociedad formuló principios, dignos de ser mencionados para comprender mejor su espíritu. "La ley moral—dicen—es independiente de toda teología; nos es impuesta por nuestra misma naturaleza humana, y su autoridad es absoluta. Las aspiraciones democráticas y científicas de nuestra época, así como el desenvolvimiento de sus actividades industriales, han engendrado deberes nuevos que es necesario reconocer y formular. Tenemos el deber de emprender grandes obras de solidaridad social, sacudiendo la indiferencia general; pero nuestro primer deber es la "self-reform", nuestra propia reforma individual. La organización interna de la Sociedad Ética debe ser republicana, correspondiendo el trabajo y la responsabilidad a todos los miembros, tanto como al pastor. Es de la mayor importancia la educación moral de los niños, para cultivar en ellos el sentimiento del valor y de la dignidad humana".
El espíritu de tolerancia y la indiferencia por los dogmas, fueron, si cabe, expresados con mayor firmeza que hasta entonces: "Durante más de tres mil años los hombres han reñido sobre las fórmulas de su fe y la diversidad de creencias ha ido acentuándose. Nosotros respetaremos toda convicción sincera. Unámonos en lo que nada puede dividirnos: en la religión práctica de la acción, allí donde el fiel y el infiel pueden encontrarse hermanados". Los profetas y los filósofos están de acuerdo sobre la primacía de la moralidad en la vida social, aunque difieran en la apreciación de su origen; lo importante es que, a fuerza de discutir sobre sus orígenes, no se acabe por desamparar la cultura de la moral en los hombres.
A primera vista, sin conocer el proceso de su desenvolvimiento, podría suponerse que el eticismo presenta analogías con la religión de la humanidad de Augusto Comte, y aún se sospecharía que ésta pudo tener algún influjo sobre aquél. Nada menos cierto, sin embargo. Los verdaderos inspiradores del eticismo fueron Kant y Emerson; Kant, por su ética y sin su metafísica, Emerson por su optimismo naturalista y sin su misticismo trascendental.
De Emerson acogen con simpatía el concepto panteísta—mejor diríamos humanista—de la Divinidad, confundida con la moralidad misma y distribuida en todos los hombres en la medida en que ellos son virtuosos: "Un hombre es Dios en tanto que es justo; con la justicia entran en su corazón la confianza, la inmortalidad y la majestad de Dios... La ley moral es la ley natural de nuestro ser. Un hombre tiene tanta más vida cuanta mayor es su benevolencia; todo mal es un tanto de inexistencia y de muerte. El hombre que persigue fines buenos lleva en sí toda la fuerza de la naturaleza; la maldad absoluta sería la muerte absoluta. La comprensión del sentimiento moral es una videncia de la perfección de nuestro espíritu. Ese sentimiento es divino y nos hace dioses".
Adviértase, ya, el buen sentido de los eticistas al no proscribir el sentimiento religioso y el hábito ancestral de la adoración por lo divino; ni siquiera se preocupan de afirmar la falsedad de los dogmas o de combatir el mito de lo sobrenatural; dejan a este respecto una ventana abierta sobre el horizonte del teísmo tradicional, confiando en que ante el error posible los hombres podrían repetir la frase clásica de San Agustín: "¡Dios mío, si estamos engañados lo hemos sido por tí!" Se limitan a prescindir de los dogmas y de los mitos como creencias, tratando de aprovechar los sentimientos que la humanidad acostumbra asociar a ellos. ¿Los hombres necesitan una religión? Le ofrecen la del ideal moral. ¿El sentimiento de lo divino no puede desarraigarse porque es secular? Demuestran que la divinidad consiste en la perfección del hombre hacia un supremo ideal de virtud. ¿Puede acusárseles de ser irreligiosos y difundir el ateísmo? Toda su acción ética es el ejercicio de lo mejor a que aspira el sentimiento religioso y en el fuero de su conciencia moral puede cada eticista adorar a Dios en la forma que su propia razón se lo haga concebir.
Las primeras preocupaciones de las sociedades eticistas fueron, en suma, encaminadas a tres objetivos principales. Procuraron contribuir a establecer una paz religiosa mediante la unificación moral, poniendo fin a las inútiles querellas dogmáticas de los teólogos; se propusieron aunar voluntades para reaccionar contra la relajación de la moralidad privada y pública, así como contra el desaliento de los escépticos y la ineficacia social de los individualistas; y, por fin, buscando curar el mal en la semilla, trataron de asegurar a los niños una educación moral intensa, para que ellos fuesen mañana hombres capaces de confiar en sí mismos y de alentar firmes ideales.
Con relación a Emerson, las sociedades de cultura moral representan un ensayo práctico para hacer efectivas las doctrinas dominantes en el segundo período de su vida, es decir, las propiamente sociales; en ellas siguen inspirándose, no obstante cierta liberal amplitud de criterio que nunca las obliga a seguir estrictamente su palabra, ni a creer que ella fué definitiva. La moralidad se va haciendo, lo mismo que la verdad; sería renegar de ella, aceptar como sentencias inmutables las opiniones de cualquier pensador, ya que éste, en el mejor de los casos, sólo representa una cumbre de la cordillera que se eslabona indefinidamente hacia el porvenir.
No es nuestro objeto examinar en detalle la expansión de las sociedades éticas americanas; basta decir que son numerosas y que su acción social se desenvuelve con sensible eficacia en algunos estados. Cada una de ellas aspira a ser un hogar moral para todos sus componentes; éstos emprenden fundaciones de utilidad práctica, escuelas, casas para obreros, obras de solidaridad social, sin olvidar por ello el estudio de todos los problemas sociales y políticos que afectan la vida nacional. Su actitud para las religiones que realizan obras análogas es de tolerancia y de simpatía, siendo frecuente su cooperación para secundar iniciativas ajenas.
Lo mismo que en Estados Unidos, numerosas heterodoxias religiosas precedieron en Inglaterra a la fundación de las sociedades de cultura moral. Un pastor anglicano, Voysey, había atacado durante cuarenta años al cristianismo en nombre de una religión universal, proclamando en su "Iglesia Teísta" la supremacía de la moral sobre el dogma; los "Secularistas", que menciona Guyau en La irreligión del porvenir, no eran otra cosa que una religión atea, aunque esta calificación parezca absurda; un grupo de positivistas había fundado a mediados del siglo una "Iglesia de la Humanidad". Más importante fué la "Sociedad Religiosa Libre", de South Place; dió nacimiento, en 1825, a una "Asociación Unitaria Inglesa", vinculando a Carlyle, a John Stuart Mill, a la Martineau, a Holyoake, a Roberto Browning, escuchando en su púlpito a William Fox, defendiendo a Th. Paine en sus horas de persecución, invitando a hablar en su seno a Max Muller, a Tyndall, a Huxley, a Darwin, dedicándose "al deber de la libre investigación y al derecho de la libertad religiosa", sin otro vínculo entre sus miembros que la "comunidad de la virtud". No es necesario insistir sobre el parentesco intelectual de este grupo inglés con el emersonismo; y todo induce a suponer que en su primera época tuvo sobre él algún influjo. La Sociedad Religiosa Libre, a poco de fundarse en Londres las primeras sociedades de cultura moral, se convirtió en la Sociedad Ética de South Place.
Es interesante señalar dos fenómenos curiosos de adaptación al medio, bien manifiestos en el movimiento eticista inglés; por ser en él más acentuados preferimos su examen al del eticismo norteamericano.
En América los únicos rastros filosóficos perceptibles fueron las de Emerson y Kant, aparte del liberalismo práctico de todas las religiones, y especialmente de la unitaria. En Inglaterra, por el año 1885, las doctrinas filosóficas más difundidas eran el agnosticismo, el neo-hegelianismo y el evolucionismo; ya se pronunciaba la actual reacción espiritualista y religiosa, favorecida por todas los partidos conservadores, que con el equívoco disfraz del idealismo concentraba a todos los privilegiados y beneficiarios del régimen feudal contra la evolución democrática iniciada por la Revolución Francesa.
Estamos en plena historia contemporánea. Contra todos los que se interesaban cada vez menos por el pasado y cada día más por el porvenir, contra los que combatían el Dogmatismo y el Privilegio en nombre del Libre Examen y de la Solidaridad Social, se difundió la denominación de "materialistas" y "positivistas", sabiendo que estas palabras tienen para las personas sencillas un significado de baja moralidad y de ausencia de ideales; eso permitió explotarlos indirectamente en favor de una regresión religiosa, igualmente fomentada por la iglesia católica y por la anglicana, ambas al servicio de las clases feudales de la sociedad. Frente al incesante progreso del espíritu moderno, y para reconquistar las posiciones perdidas, se atrajeron a las mujeres, las congregaron en corporaciones monopolizadoras del rango social, captaron la educación de sus hijas, y a éstas, a las madres de la generación siguiente, les impusieron—sine qua non—que entregasen sus hijos a educadores religiosos, para adiestrarlos a aborrecer los ideales de sus padres. Esta habilísima política, comentada desde sus comienzos por Michelet, en sus memorables conferencias sobre los jesuítas, tuvo en medio siglo el éxito que conocéis: está de moda, es prudente, es cómodo, es de buen tono, profesar alguno de esos nuevos espiritualismos palabristas que permiten filosofar contemporizando con el misticismo de las clases dirigentes. Sabéis que en toda época los que se han preocupado de hacer carrera en la política, en la enseñanza, en la burocracia, en los salones, han necesitado adherir a las "ideas" corrientes en el medio social. O lo han fingido. El no-conformismo ha sido el hermoso privilegio de pocos renovadores extraordinarios.
Cerremos este paréntesis de historia de la filosofía contemporánea, cuya importancia apreciarán mejor los que la estudien dentro de un siglo. Por el momento hay un hecho que es, para todos, la evidencia misma: las clases conservadoras han fortalecido a las iglesias dogmáticas, confiando a los teólogos la lucha contra las clases progresistas que surgían de las universidades. Imputando a éstas el materialismo de marras y sugiriendo que no hay moral posible fuera de la religión, se intentó rehabilitar el dogmatismo en nombre de la moral. Conocéis la doctrina difundida por los teólogos contemporáneos: "es indispensable renunciar a las verdades adquiridas por las ciencias si ellas comprometen el espiritualismo tradicional en que se funda nuestra moral religiosa". Son palabras del ilustre cardenal Newmann. Conocéis también el Syllabus, monumento único en la historia del dogmatismo.
La fundación de las sociedades éticas en Inglaterra señala una interesante actitud de doble protesta: contra el pretendido "materialismo" y contra este nuevo "espiritualismo" que en nombre del pasado pretende interceptar la libre investigación de la verdad.
Los eticistas ingleses, como los americanos, afirmaron que el libre examen y el sentimiento natural son los únicos árbitros en materia religiosa; insistieron en que la moralidad no es dogmática, sino el producto espontáneo y perfectible de la experiencia moral; proclamaron, en fin, que ninguna verdad adquirida por los hombres podría amenguar sus ideales morales. Y en vez de renegar de las verdades nuevas que no se ajustaban a los catecismos viejos, trataron de poner la experiencia moral en consonancia con la verdad, "a fin de que ningún hombre se viera obligado a cometer la suprema indignidad de tener que creer en el absurdo para salvar su moralidad".
Así se explica que aparezcan ciertas influencias filosóficas, no extrañas al eticismo norteamericano, pero más acentuadas en el inglés. "Las doctrinas que han tenido una influencia más evidente sobre él—dice Juan Wagner, un discípulo de Coit,—y sin las cuales habría revestido una forma diferente, son las teorías evolucionistas de Darwin y de Spencer, y los ensayos de moral darwinista y científica, particularmente la ética de Leslie Stephen, que fué durante mucho tiempo presidente de una Sociedad de Cultura Moral. Es el método evolucionista que se quiere aplicar al estudio de los hechos religiosos y morales; no se conocen ya ideas absolutas e inmutables; la moralidad, particularmente, evoluciona sin cesar. Por otra parte, bajo la influencia de Stephen y de Spencer, los eticistas no conciben ya la ética como un conjunto de reglas abstractas para la conducta del individuo; insisten sobre la influencia de la sociedad, los orígenes sociales de la moralidad, el carácter social de la naturaleza humana; el altruismo nos es tan innato y es tan natural como el egoísmo; todas las relaciones de la vida en sociedad deben estar sometidas al imperio de la moralidad. Se separan, pues, de la ética teológica y dogmática que sólo ve en la humanidad una asociación accidental y no se ocupa sino de la salvación individual, aunque, para colmo, la relega a un mundo hipotético y extrahumano. Como la mayor parte de los moralistas posteriores a Darwin, los éticos consideran la moral como una ciencia positiva y no mezclan en ella las tradicionales preocupaciones teológicas". Aunque las ideas de los eticistas sobre una religión humana y natural, y sobre la divinidad del hombre, recuerdan a veces las de Comte y de Feuerbach, no es posible encontrar rastros de una influencia segura. Fácil es, en cambio, hallarlos de los poetas y escritores ingleses del siglo, que siempre mantuvieron encendido el sentimiento del deber y el culto de la justicia: Shelley, Wordsworth, Browning, Tennyson, Matthew Arnold, Coleridge, Swimburne, George Elliot; digno es de notarse que por la misma época del movimiento eticista floreció la Sociedad Fabiana, de acentuado carácter social, cuando el pueblo inglés escuchaba como nuevos apóstoles a los Watts, los Ruskin y los Morris.
Esos y otros esfuerzos convergían a capacitar al hombre para vivir en un plano superior de moralidad, harmonizable con el conocimiento de todas las verdades, propicio a la comprensión de todas las bellezas. ¿Porqué una nueva moral no sería compatible con Darwin y Ruskin, con Spencer y Morris? ¿Porqué el hombre renunciaría en este mundo a la verdad y a la belleza, persiguiendo el cielo en otro mundo? ¿Cómo sería posible que la divinidad todopoderosa y clemente, pusiera la mentira y la fealdad como precio de su recompensa futura?
En 1886 un grupo de intelectuales, profesores universitarios y hombres afectos a estudiar los problemas sociales, fundaron la London Ethical Society, proponiéndose "cooperar al estudio y exposición de los verdaderos principios de la moralidad social". No tenía carácter alguno religioso y afirmaba más bien su propósito de despertar en la juventud el sentimiento de las responsabilidades cívicas y sociales. Con espíritu análogo se fundaron sociedades semejantes en Cambridge, Oxford, Edimburgo, etc.
Félix Adler tuvo entre sus amigos y discípulos a un emersoniano inglés, doctor en filosofía, Stanton Coit, que le indujo a fundar en Londres una rama de la sociedad ética americana; ella fué el punto de partida de las cincuenta que existían en 1914, en vísperas de iniciarse la guerra actual.
Coit, en 1888, siendo conferencista en la "Sociedad Religiosa Libre" de South Place, hizo venir a Londres al profesor Adler, que en América le había asociado al movimiento eticista. La actividad de Coit, como organizador y propagandista, fué grandísima, tanto para hacer como para hablar y escribir. Con el objeto de disminuir las resistencias que el ambiente tradicionalista había opuesto hasta entonces a las sociedades de libres creyentes, imprimió a las nuevas un carácter marcadamente religioso, no vacilando al fin en llamarlas "Ethical Church". En 1896 se inició la formación de una Unión de las Sociedades de Cultura Moral, cuyos principios, renovados y perfeccionados sin cesar, abarcan: la independencia de la moralidad, su supremacía, los móviles de la conducta moral, la confianza en sí mismo y la cooperación social, la evolución de las morales, el método científico aplicado al estudio de la experiencia moral, la necesidad de las reformas económicas y sociales, de la autoridad en moral, de la libertad en la Unión eticista y del poder de la comunidad moral.
Esos principios merecen leerse:
a).—En todas las relaciones de la vida, personales, sociales, políticas, el factor moral debería ser el objeto de nuestra preocupación suprema.
b).—El amor del bien y el amor de nuestros semejantes son los móviles primarios de la conducta moral; las verdaderas fuentes de ayuda son la confianza en sí mismo y la cooperación.
c).—El conocimiento del bien ha evolucionado a lo largo de las experiencias hechas por la humanidad, y nosotros, que abogamos por un ideal progresivo de justicia personal y social, debemos tomar como punto de partida las obligaciones morales generalmente aceptadas por las comunidades civilizadas.
d).—La autoridad suprema, en cuanto a la moralidad de una opinión o de una acción, es para cada individuo su propio juicio, concienzudo y razonado, después que él habrá tomado en consideración las convicciones de los demás.
e).—En vista del bienestar de la sociedad, es necesario establecer las condiciones, económicas y de toda índole, que favorecerán mejor el desarrollo integral de cada individuo.
f).—Conviene aplicar el método de las ciencias positivas al estudio de la experiencia moral.
g).—La vida moral no implica la adopción o el rechazo de la creencia en ninguna divinidad personal o impersonal, ni en una vida después de la muerte.
h).—No debe hacerse depender el ingreso a una sociedad eticista de la adopción de tal o cual criterio último del bien.
i).—Las sociedades de cultura moral son el más poderoso medio de alentar el conocimiento y el amor de los principios que rigen la conducta moral, y de crear en sus miembros la fuerza de carácter necesaria para convertirlos en acción.
Consecuente con el principio que pone en la sociedad humana las fuentes de la moralidad, dedica preferente atención a las cuestiones sociales, no descuidando fenómeno alguno que pueda constituir un tema de estudio o que pueda servir para el desenvolvimiento de una actividad moralizadora. En 1910 la Unión publicó una interesante Declaración sobre las cuestiones sociales, cuyas bases pueden sintetizarse como sigue. El progreso moral de la raza—dice—está estrechamente vinculado a su bienestar material; necesitamos, pues, una legislación eficiente para asegurar a todos un trabajo dignamente remunerado, asegurando el bienestar de los que se encuentren invalidados para el mismo, dando a todos un hogar confortable, proporcionando descanso y recreo a cuantos los necesiten. Se reputa indispensable la reforma completa del régimen escolar inglés, haciéndolo laico y gratuito, educando ante todo el carácter, organizando sistemáticamente una instrucción cívica y moral. Auspiciar la igualdad civil y política de los dos sexos, una moral sexual equivalente para el hombre y la mujer, medidas legislativas para impedir los matrimonios eugénicamente peligrosos; lucha contra el alcoholismo y el juego; saneamiento de la prensa y de los partidos políticos; esfuerzos para ajustar las relaciones internacionales a una más alta moralidad que hasta el presente.
Casi no hay movimiento internacional de progreso y de libertad al que esta Unión no se haya asociado, con una amplitud de miras realmente loable; un día promueve meetings feministas, otro protesta contra la ejecución de Ferrer, lucha hoy contra la trata de blancas, mañana celebra funerales a Tolstoy, hasta organizar dos Congresos Internacionales de Educación Moral (Londres y La Haya), el primer Congreso Universal de las razas (Londres, 1911) y la Liga Inglesa para la Enseñanza de la Moral, que ya tiene entre sus adherentes a muchos miembros del parlamento inglés.
En la bibliografía, ya vasta, llama la atención un carácter general: la falta de esos adornos literarios que suelen suplir al pensamiento claro o que se emplean para encubrirlo. Paul Desjardins ha dicho que algunos discursos de los eticistas evocan por su elevación y su eficacia a los estoicos antiguos, y ha creído poder compararlos a las páginas del Manual de Epicteto.
Cada sociedad o iglesia es libre de formular sus principios como lo estime conveniente, dentro de las líneas generales señaladas. Como tipo de una de ellas, leamos los "principios" y "fines" enunciados en la Constitución de la Ethical Church, en que se ha transformado la West London Ethical Society.
a).—principios.
1.—La vida moral tiene sobre nosotros derechos supremos, que no reposan sobre una autoridad exterior, ni sobre un sistema de recompensas y castigos sobrenaturales, pero que se originan en la naturaleza del hombre, en cuanto es un ser inteligente y social.
2.—En la práctica, la vida moral debe ser realizada por el cumplimiento de los deberes generalmente reconocidos como moralmente aceptables y, además, por el cumplimiento de obligaciones que todavía no han penetrado en la conciencia social.
3.—Considerando la supremacía para el hombre de esos derechos de la vida moral, el ideal ético debe ser considerado como el objeto de nuestra devoción religiosa, consistiendo la religión en la obediencia y la lealtad a cualquier objeto que se considera digno de la suprema devoción.
b).—fines.
1.—Concurrir a desarrollar la ciencia de la ética.
2.—Aún dejando a los miembros absolutamente libres de creer o no creer en la existencia de una vida ulterior y en una realidad que excede de nuestra experiencia, enseñarles a independizar de ellas sus ideas y sus prácticas morales.
3.—Insistir sobre la importancia del factor moral en todas las relaciones de la vida, personales, sociales, políticas, nacionales e internacionales.
4.—Ayudar a los hombres a conocer, amar y practicar el bien, por medios puramente humanos y naturales.
5.—Infundir a los miembros la fuerza y la inspiración que emanan de la actividad en común y de la confraternidad moral.
En síntesis, la Sociedad se propone intensificar la moralidad sobre una base no dogmática y naturalista.
Justo es señalar, ya, la segunda forma de adaptación al medio, sufrida en Inglaterra por las sociedades de cultura moral. Las reuniones van tomando el aspecto de ceremonias religiosas; aunque no hay liturgia fija, el procedimiento se acerca mucho al de las actuales iglesias unitarias de Estados Unidos. Para comprender mejor el espíritu de las reuniones creo útil traducir la descripción de la Iglesia, hecha por un miembro de la misma. "La antigua capilla metodista que es ahora la Ethical Church, se compone de una sala en hemiciclo, rodeada por dos galerías sobrepuestas. Así todo converge hacia la cátedra, o mejor dicho, a la tribuna, adosada a la pared del fondo: un fresco de vivos colores la adorna, representando hombres que se pasan antorchas de mano en mano. En lo alto, sobre el fresco, un busto de Pallas Athenea preside a todos los oficios del culto. Dos bajorrelieves de Della Robbia, con niños músicos y cantores, están encastrados en la pared, a uno y otro lado de la tribuna. Delante de ésta, sobre dos columnitas, estatuas de Jesús y de Buda, y en toda la sala bustos de Marco Aurelio, Lincoln, Sócrates, Josefina Butler, etc." Estos detalles decorativos dicen más que un programa.
No hay servicio religioso sin conferencia o sermón. Es curioso leer algunos títulos de la serie correspondiente a un trimestre de 1912:
"El Dios de Bernard Shaw",
"Dios: el Bien actuando en el mundo",
"Cómo Dios necesita de nosotros",
"La irreligión del Porvenir ",
"La idea que la civilización es una enfermedad",
"Los castillos de naipes de los utopistas",
"La Gran Ilusión de Norman Angell",
"La alquimia del pensamiento",
"Donatello, Miguel Angel, los Della Robbia, Rodin y Meunier",
"La religión de Riquet en la biblioteca de su maestro Bergeret",
"La señora Sidney Webb y las otras mujeres",
"Debemos cumplir nuestras promesas",
"La política por sobre los partidos",
"El poder que salva a los hombres",
"Pericles y el Partenón",
"La construcción de San Pedro en Roma",
"La historia del Divorcio",
"El temor de la responsabilidad",
"Los siete sacramentos de la Iglesia romana",
"La moralidad del Rito",
"En qué Jesucristo sobrepasa a los demás hombres",
"Doce conferencias sobre los Salmos", etc.
Puede inferirse de esos temas que la Iglesia pretende ser, al mismo tiempo, una verdadera Universidad popular, con sus correspondientes proyecciones luminosas y cintas cinematográficas.
En la imposibilidad de hacer una reseña analítica de las ideas contenidas en la vasta bibliografía, digamos solamente que la Iglesia encargó, en 1913, a Stanton Coit, la redacción de un Social Worship, o Manual del Culto Societario, cuyos dos volúmenes acentúan todavía más el carácter religioso de las sociedades éticas inglesas. Y para que esa evolución de la forma no induzca a creer que las ideas han cambiado, mencionaremos este pasaje de un sermón sobre la lealtad intelectual: "Si un hombre posee una creencia, pero ahoga las dudas que surgen en su espíritu respecto de ella, y evita los hombres y las lecturas que de ella tratan y podrían ilustrarlo, y tiene además por impíos los pensamientos que podrían perturbarla,—la vida de ese hombre no es más que un largo pecado hacia la humanidad".
Acostumbrados a concebir la independencia moral como un apartamiento de la religiosidad, y no dentro de ella,—como efecto de la religión dogmática en que hemos sido educados—nos causa cierta impresión de extrañeza la conservación de la exterioridad ceremonial, y aun del nombre de iglesias, en sociedades cuya concepción naturalista de la divinidad no conseguimos distinguir del ateísmo.
Acaso una comparación con algo que conocemos definidamente, nos permita entender mejor el sentido global del eticismo inglés. Poniendo en el hombre la divinidad, y mirando su perfeccionamiento moral como el advenimiento de la divinidad misma en cada hombre, el eticismo se presentaría como una doctrina del superhombre moral, predestinado a surgir del hombre religioso contemporáneo, y satisfaciendo las tendencias místicas del temperamento individual.
Recordad que William James, después de estudiar las Fases del sentimiento religioso, llega a la conclusión de que en la hipótesis de la divinidad los hombres han sintetizado su sentimiento de admiración por lo que creen primordial, unánime y verdadero en sí mismo. La religiosidad sólo puede definirla como "la reacción total frente a la vida"; de allí su pregunta: ¿por qué, entonces, no decir que cualquier reacción total frente a la vida es una religión? Dejo a vosotros la respuesta, muy cómoda para los ateos que no quieren pasar por tales; yo os confieso que la pregunta de James me parece muy hábil, pero sospecho que es peligroso seguir embrollando a la humanidad con sabias hipocresías. Si la religiosidad es un sentimiento individual, las religiones sólo comienzan a existir cuando los individuos se organizan para cultivar o difundir creencias comunes, uniformando su conducta para ciertas prácticas. Al decir, pues, que el eticismo puede asumir un aspecto religioso, nos referimos, sin ambigüedad, a la organización en verdaderas comunidades regidas por prácticas rituales, y no a las simples reacciones de los individuos frente a la vida.
En algunas de las Iglesias Éticas se ha producido, con el tiempo, un fervor místico que parece contrastar con el espíritu antidogmático y de libre crítica que figura en sus programas. Ahondando el examen, sin embargo, se percibe que la aparente contradicción sólo es un resultado de nuestros hábitos mentales, que nos impiden separar dos cosas que acostumbramos ver unidas; el sentimiento místico y las creencias dogmáticas. Los eticistas no sólo respetan el primero al repudiar las segundas, sino que tratan de utilizar en beneficio de la moralidad el misticismo que actualmente está desviado por dogmas contrarios a su espontánea expansión: ofrece un campo de experiencia más vasto a una inclinación natural de la personalidad humana.
Por otra parte, atendiendo solamente a su eficacia sobre cada uno de sus creyentes, es indudable que las iglesias de todos los tiempos, además de satisfacer los sentimientos místicos, han satisfecho muchos sentimientos estéticos. Que el objeto del culto sea un Dios sobrenatural o la Moralidad humana, debe reconocerse que el ceremonial de una iglesia es un elemento efectivo de exaltación del culto mismo. Los jesuítas, profundos psicólogos, han comprendido siempre que la riqueza ornamental de sus iglesias es el mejor imán para atraer a las masas místicas; el número de creyentes que puede mirar esa mise en scène como una falta de respeto a la Divinidad, es muy pequeño. Por esa misma razón comprendemos que, en cierta medida, los eticistas hánse visto en la necesidad de no extremar su primitivo deseo de formas sencillas y severas; actualmente dan la impresión de iglesias cristianas, donde se ha convertido a Dios en la Moral y se ha reemplazado el paraíso por la naturaleza, sin que todo esto disminuya la exterioridad del culto.
"Nosotros tenemos un Dios; nosotros tenemos altares. Nuestro Dios: el Ideal Moral, la potencia del bien en la humanidad, o, mejor, todas las fuerzas del bien actuantes en el mundo. Nuestro Dios está diseminado en toda la humanidad.
"En todas partes, donde un ser trata de hacer el bien y se esfuerza por perfeccionarse moralmente, allí está Dios, allí Dios deviene. El no vive sino en nosotros y por nosotros, y todos nosotros somos divinos en alguna medida.
"Nuestro Dios no es todopoderoso, no es sobrenatural, no es exterior a la humanidad.
"No es la fuerza de un Dios lo que lo hace divino a nuestros ojos; un Dios todopoderoso nos horroriza. Nunca adoraremos la fuerza; sólo adoraremos y sólo queremos servir la justicia y la bondad, aunque ellas fueran tan débiles como un niño en su cuna. Pero nuestra religión no excluye la contemplación conmovida de las fuerzas del universo, la admiración de la regularidad de las leyes naturales. Por otra parte, nuestra moralidad no es una mezquina preocupación personal. Aspiramos a poner cada vez más, la fuerza al servicio del derecho. Nuestra misión es traer el triunfo de la inteligencia sobre el instinto, de la moralidad responsable sobre la fuerza irresponsable. Así la moralidad deja de ser un asunto privado y deviene cósmica. Ella podrá ser, acaso, algún día, el instrumento mediante el cual nuestro amor desinteresado guiará al universo".
Convengamos, francamente, en que no se puede pedir un lenguaje más impregnado de misticismo, de religiosidad. El sentimiento de lo divino, la emoción de lo trascendental emana de páginas escritas para sugerir que la perfección moral no requiere la cooperación de entidades sobrenaturales ni de principios anteriores a la experiencia humana. Para los que no tenemos un temperamento místico, siempre resultará un poco desconcertante este misticismo naturalista.
"Se cree muy frecuentemente que los dioses son, necesariamente y por definición, espíritus sobrenaturales. Las más fuertes razones morales y de sentido común nos impiden creer en un Dios sobrenatural; tal clase de divinidad nos repugnaría. Si, a pesar de eso, somos felices de tener en nuestra comunidad a cristianos siempre que nos ayuden y nos amen, es porque entendemos que ellos no hacen sino interpretar mal una realidad que nosotros adoramos como ellos. Rechazando, no la existencia—pues esa cuestión no nos concierne,—sino la pretendida potencia redentora de seres sobrenaturales, renunciamos a la posibilidad de ser asistidos por ninguna divinidad sobrenatural, o por ningún ser humano después de su muerte, y particularmente por Jesús de Nazareth, reconociendo sin embargo la asistencia que ha podido prestarnos antes de su muerte y el valor imperecedero de sus consejos y de su conducta, que siguen asistiendo a la humanidad con el valor del ejemplo. Para un eticista que comienza por afirmar la autonomía de la moralidad y pone en segundo término todo lo demás, todo lo que disminuye la responsabilidad humana es condenable. Desde el momento en que imploráis el auxilio de un Creador personal, os sustraéis a vuestra responsabilidad propia y renegáis la fuente inmanente de redención. Aun si existe un Creador, no debemos humillar nuestra humanidad ni vivir postrados ante él. La moralidad que no es puramente humana, deja de ser moralidad".
Todos los escritos de los eticistas ingleses convergen a afirmar lo que era un axioma para Emerson: la noción de realidades sobrenaturales (salvo que se llame "sobrenatural" a la perfección moral suprema) no es necesaria, para el desenvolvimiento de las fuerzas morales, y debe rechazarse la opinión de los que, sabiendo que aquéllas son ilusorias, persisten en creerlas de utilidad práctica. El motivo supremo de la conducta debe ser el respeto del ideal moral; cuando se lo medita con respetuosa simpatía, se convierte en fuente de inspiraciones tan fecundas como las que hasta ahora han emanado de entidades sobrehumanas. Los ideales no se proyectan sobre la pantalla del cielo, no flotan vagamente en el universo: viven en los hombres y entre los hombres, reconociendo a éstos el valor de su personalidad y comprendiendo que debe manifestarse en la familia, en la ciudad, en la nación, en el mundo. Un nuevo concepto del respeto propio nace en los eticistas al afirmar que todo ser se diviniza cuando en él despierta la conciencia de la ley moral; blasfemar del hombre, como hacen los pesimistas y los escépticos, es blasfemar de Dios, que sólo se manifiesta en el hombre. Sea cual fuere la interpretación que el hombre se forma de la divinidad, sea cual fuere su teología o su filosofía, es la experiencia moral lo único que lo torna divino; de allí que en el culto del ideal moral pueda asentarse la única religión incompatible con dogmas ni sectas, de allí que sus miembros no crean que será ésa "la religión de los incrédulos", sino la forma de creencia más pura a que pueden llegar los verdaderos creyentes. En uno de los himnos que suelen cantar los eticistas leemos estas palabras de Swinburne: "Los dioses rechazan, trampean, negocian, venden, calculan, economizan ...", y Stanton Coit completa el pensamiento: "el hombre no rechazará a nadie, no perderá uno solo de todos los hombres para dignificarlo; a todos los enaltecerá con sus cuidados y con su amor".
Insisto en mencionar algunos pasajes y fórmulas que parecen inconciliables; mi objeto no es apologético, sino puramente informativo. Es útil ver cómo toda nueva corriente de ideas, todo nuevo ensayo de prácticas, aparece imperfecto y poblado de disonancias. Contra el deseo de emanciparse del pasado, sigue el pasado ejercitando alguna influencia; en toda renovación, de costumbres o de ideas, la experiencia secular de nuestros abuelos reaparece, reclama su sitio, no se resigna a ceder ni a morir, presentándonos el cuadro inquieto del hábito luchando contra la experiencia nueva, de la herencia resistiendo a la variación.
Concebido el movimiento eticista como una emancipación moral de toda tutela dogmática, vemos que el hábito de seculares prácticas religiosas se infiltra en él y tiende a convertirlo en una religión, sin contenido sobrenatural, ciertamente, pero religión al fin, si la consideramos como conjunto de prácticas y como actitud sentimental hacia algo que se considera Divino.
Sin embargo, en mayor o menor proporción, lo nuevo altera siempre lo viejo, la variación modifica siempre la herencia: y en ello está la evolución que engendra perfeccionamientos. Las sociedades éticas se hacen más religiosas cada vez, pero su religiosidad es muy distinta que en las precedentes religiones; no representa una verdadera regresión al tipo de que se apartaron al comenzar. Para aumentar su eficacia los eticistas han adoptado, por temperamento o deliberadamente, las costumbres exteriores que el sentimiento místico reclama como necesarias, sin renunciar por ello a la heterodoxia intrínseca de su doctrina.
"La religión—dice Stanton Coit—convertida a un espíritu social y democrático, enseñará el respeto de sí mismo como la primera virtud religiosa, fundará su plan de redención sobre ese respeto. Desde el punto de vista de un idealismo humanista, la religión sobrenatural ha cometido hacia el altísimo un sacrilegio casi inexplicable: todo lo que parecía emanar del hombre, y era bello y adorable, puro y santo, lo ha atribuído a una fuente sobrehumana y sobrenatural, mientras atribuía a la naturaleza humana todo lo que era bajo y sórdido. Para glorificar una divinidad trascendente, los sacerdotes y los teólogos arrancaban del corazón de los hombres hasta el último rastro del respeto de sí mismos. No solamente las acciones exteriores, sino la misma devoción interior era mirada como lodo. Empujando los hombres al desprecio de sí mismos, forzándolos a envilecerse hasta la agonía, se les inducía a prosternarse conscientes de su extrema bajeza, a los pies de un Ser que no era ni hombre ni naturaleza, pero que tenía sujeto al hombre, en cuerpo y espíritu, entre sus tentáculos infatigables... Esta doctrina es católica, anglicana, presbiteriana, bautista, wesleyana... Todos, todos traicionaban a la naturaleza superior del hombre, mentían a la creencia misma de su personalidad, al testimonio de su inteligencia y de su conciencia moral. ¿Es necesario sorprenderse de que, así, el pueblo cayera bajo la dominación de los sacerdotes y de los príncipes, aliados?... Hasta hoy se ha creído que un hombre que se respeta y obra por respeto propio, carece de religión y de piedad; hasta hoy, apenas un hombre sobre cien mil se atreve a identificar ese respeto con el de Dios, osa erguir dignamente la cabeza con la conciencia de su valor humano, osa atribuir el mal que lleva en sí al error y a la ignorancia, y no a una siniestra predestinación sobrenatural... Hoy, por fin, y sólo hoy, se predice la doctrina de la inmanencia del hombre y se comprende que ella significa la identidad de la suprema fuerza redentora del universo con la enaltecida personalidad de todo hombre o mujer."
Esta exaltación mística del respeto a la personalidad humana acompaña al concepto, fundamental para Emerson, de que la bondad es normal y natural, debiendo mirarse el mal como una simple traba o incapacidad para vivir normalmente, integralmente. La maldad pertenece a la teratología o a la patología moral: es una monstruosidad o una enfermedad. Son monstruosos todos los que obran contra sí mismos o contra los demás, todos los que viven de la hipocresía o esparcen la calumnia, todos los que fingen o mienten, todos los que ocultan una partícula de la verdad que saben para obtener una prebenda o un beneficio, todos los que se avergüenzan de la indignidad propia o alientan la indignidad ajena, todos los cómplices interesados del error o de la superstición, de la injusticia o del privilegio.
El hombre no se diviniza sino cuando se aproxima a su moralidad natural, que es la bondad, librándose del mal que conspira contra su propia divinización y contra la de los demás. Porque los resultados de la moralidad nunca son individuales, recaen sobre todos. Lo que más dificulta la perfección del hombre es su adaptación a un ambiente de moralidad inferior. Todos somos solidarios. Lo que rebaja moralmente a nuestros semejantes, nos rebaja a nosotros mismos; por eso la religión eticista conduce a una fe solidarista inquebrantable e impele a auspiciar todas las reformas que tienden a fundar una democracia social, aboliendo los obstáculos materiales que alejan al hombre de su perfeccionamiento moral.
Creen los eticistas que el esfuerzo humano basta para transformar los individuos y las sociedades, creando esa verdadera democracia política y moral que ninguna nación puede jactarse de haber realizado todavía. Si la bondad es normal, prevalecerá naturalmente. En ninguna parte la vemos perfecta y omnipotente; pero su posibilidad puede presentirse en el deseo esforzado de los hombres. Si la experiencia permitiera descubrir los medios naturales que intensificarían la dignidad en el hombre y la justicia en la sociedad, lógico sería presumir que la aplicación de esos medios conduciría a un aumento progresivo de la moralidad individual y social.
Los eticistas ingleses afirman su fe con una certeza y una esperanza impresionantes. Entienden que aun renunciando a lo sobrehumano y lo sobrenatural, siguen disponiendo de todos los medios que han usado las antiguas iglesias para mejorar a la humanidad; se consideran herederos suyos, de su larga experiencia, de su disciplina espiritual, de su conocimiento del corazón humano, es decir, de todos los instrumentos psicológicos de proselitismo, sin necesidad de conservar ninguno de sus dogmas ni transigir con ninguno de sus errores.
La Unión de las sociedades éticas inglesas proclama el deseo firme de alentar y preparar el estudio científico de los hechos que constituyen la experiencia moral de la humanidad. Reconoce que sólo especialistas en tales estudios pueden fundar esas "ciencias morales positivas"; pero, ocupándose teórica y prácticamente de las cuestiones morales y sociales, entienden proporcionar a los sabios observaciones y experimentos útiles, a la vez que preparar un público capaz de comprender sus resultados. "No tenemos, ni tendremos nunca, miedo de la ciencia; al contrario, su insuficiencia o su arresto nos perturbaría. Cuanto mejor conozcamos la naturaleza humana, tanto más seguros marcharemos hacia el advenimiento de la moral y de la justicia. Siempre nos adaptaremos a los resultados que se obtengan en el estudio de la experiencia moral mediante los métodos científicos".
"Solamente los prejuicios que nacen del orgullo, de la avidez, del afán de dominar, de los intereses de clase, del envanecimiento, del desprecio de los pobres y de las mujeres, pueden cegar al hombre hasta impedirle ver los recursos infinitos de que dispondrían las iglesias de Cristo el día que aceptaran los descubrimientos y las invenciones de la ciencia, las usaran y pusieran en ellas su confianza, en vez de esperar una salvación milagrosa suplicando a espíritus invisibles y pretendiendo ser guiadas por agentes sobrenaturales."
Justo es reconocer que los eticistas ingleses se adaptan con rigor lógico a esa confianza en la ciencia y a ese respeto por sus posibles resultados: desde el punto de vista pedagógico su actitud es verdaderamente crítica. No pretenden que su religión, sus iglesias, sus juicios morales, sean definitivos, ni que pueda erigirse en dogma inmutable ninguna de sus opiniones o creencias. No solamente creen que sus ideales son reformables y perfectibles, mas afirman que la historia del desenvolvimiento ético y religioso demuestra que los valores morales y las religiones están en constante evolución. "Ha habido en el pasado bastante charlatanismo en materias religiosas y morales; queremos tener el coraje de nuestra inevitable ignorancia y no presentarnos como sabiendo más de lo que podemos saber en el estado presente de las ciencias morales. Por eso no proclamamos nada que tengamos por absoluto, ninguna doctrina que reputemos definitiva e imperfectible. Tomamos como punto de partida de nuestra enseñanza los juicios morales generalmente aceptados en el mundo civilizado por los individuos que parecen normales y procuramos intensificarlos o expandirlos, contribuyendo así a su evolución, que consiste en depurar la moral corriente de todo lo que es solamente tradicional o convencional, complementándola, perfeccionándola, acostumbrando a los hombres a no concebir ya ningún ideal que no sea progresivo. La voz del deber manda augusta y absoluta; pero nuestro conocimiento del deber, y la noción que de él nos formamos, varían incesantemente. Las ciencias morales podrían darnos nuevas interpretaciones de nuestros ideales éticos, sin por eso destruir el fondo humano y social de la moralidad misma; y si demostraran que algunas de nuestras interpretaciones son erróneas, que algunos de nuestros ideales presentes son contradichos por la experiencia moral, encontrándolos nocivos para la dignificación de la vida individual y social, nosotros nos someteríamos a sus demostraciones o corregiríamos nuestros errores... Por eso, y mientras se constituya una ciencia positiva de la moralidad, no tenemos la pretensión de anticipar a los hombres la verdad absoluta."
De allí que no se consideren obligados a adoptar un criterio particular y absoluto del bien, ni prefieran enseñar tal o cual sistema de moral; eso obstaculizaría su progreso, excluyendo experiencias determinadas que otros pudieran aportar.
Entre los eticistas hay trinitarios, unitarios, ateos, mahometanos, hedonistas, utilitarios, kantianos; separados antes por sus dogmas o doctrinas, están unidos ahora por necesidades morales comunes, que engendran una fe análoga en el progreso moral de la humanidad. Los únicos excluidos son los incapaces de hacer esfuerzo alguno para mejorar su conducta y de sumar su voluntad con todas las otras que persiguen la solidaridad en el bien.
Esta comunidad de ideales y de acción moral es lo que constituye la creencia de una Iglesia; todas las que conoce la historia, en cuanto han sido útiles a la humanidad, fueron verdaderas sociedades éticas. Si han difundido en el mundo concepciones falsas, y en ciertos casos depresivas, ha sido apartándose de su primitiva finalidad natural y humana. Por eso los eticistas no se declaran enemigos de las Iglesias cristianas; no quieren destruirlas ni suplantar su influencia en el mundo, sino reformarlas y perfeccionarlas, infundiéndoles una mayor preocupación por el progreso moral y purgándolas de todo su dogmatismo teológico. Ese sería el camino hacia la unidad de creencias de toda la humanidad; esa sería la única actitud religiosa que todos los hombres podrían subscribir sin reservas, sin temor a las ciencias que construyen la verdad, con la que nunca podrá estar en disidencia la moral. Ambas emanan de la Naturaleza misma, convergen hacia comunes ideales de dignificación humana.
Lo característico del eticismo, en suma, no es la simple afirmación de "la soberanía de la moral", para repetir el título del ensayo de Emerson, sino su convicción de que la moralidad es natural y humana, independiente de todo dogma religioso y de toda especulación metafísica. La moralidad puede nacer, desarrollarse, prosperar, alcanzar su máxima plenitud e intensidad, sin tener por fundamento la noción de realidades sobrenaturales, la idea de una divinidad trascendente o de una vida después de la muerte. Esas hipótesis, sobre parecer inútiles, pueden ser nocivas al desarrollo de la moralidad, en cuanto ponen fuera de la conducta humana los estímulos y las sanciones que favorecen nuestra perfectibilidad. ¡Triste, miserable virtud, la de aquellos hombres que no podrían tenerla sino como resultado de una imposición dogmática o como simple negocio usurario para después de la muerte! ¡Desgraciados esclavos, no hombres, los que en su propia conciencia moral no podrían encontrar las normas para vivir con dignidad, respetándose a sí mismos, y con justicia, respetando a sus semejantes! Fuerza es reconocer que no carecen de lógica los eticistas cuando afirman que lo sobrenatural es un peligro para lo natural, y lo teológico para lo ético, y el dogmatismo para la perfectibilidad, y la superstición para la virtud.
Quieren ellos constituir una religión exclusivamente humana. En todos sus escritos se advierte la tendencia firme a propiciar el advenimiento de un régimen social en que tengan una parte creciente la solidaridad y la justicia; y muestran, también, una confianza optimista que concilia su misticismo con los métodos de las ciencias contemporáneas, creyendo en la bienhechora fecundidad de sus aplicaciones prácticas a la felicidad humana. No temen que la Verdad pueda, en momento alguno, disminuir el coeficiente medio de Virtud difundido en el mundo. Emancipando la moralidad de todo dogmatismo, afirman que la Verdad sólo puede ser temida por los que ven en la ignorancia, en la mentira y en la superstición, los medios de perpetuar la maldad representada por la injusticia y el dolor cimentado en el privilegio. Y creen, con bella firmeza, que si los hombres logran poner algún día toda su fe, la más ardiente, la más incontrastable, la más devota, en ideales nacidos de la Experiencia Moral, habrá desaparecido el conflicto eterno entre la inteligencia racional y el sentimiento místico, entre la Ciencia y la Fe,—sólo incompatibles cuando un término busca la Verdad y el otro se asienta en el Error,—hermanadas para siempre cuando la religión del Ideal Moral limpie de sus malezas tradicionales el sendero que lleva al individuo hacia la dignidad, que lleva a la sociedad hacia la justicia.
¿Se organizará definitivamente como una iglesia sin doctrinas para cultivar una moral sin dogmas? Confieso que el eticismo me inspira mucha simpatía y que no considero perdidos los momentos que he consagrado a visitar sus sociedades y leer sus escritos; a pesar de ello no podría predecir si, en su forma actual o transformándose, está llamado a alcanzar una gran difusión. En todos los países de la Europa civilizada existen asociaciones animadas de ese mismo espíritu, con nombres análogos o diferentes; pero en todos, fuerza es reconocerlo, su esfera de acción es más bien cualitativa que cuantitativa: hombres de moralidad superior cuyo temperamento místico coincide con una disconformidad religiosa. Acaso lleguen a constituir una iglesia para las minorías selectas que necesiten un ambiente organizado para desenvolver su misticismo; eso mismo excluirá de ellas al exiguo número de hombres que no tenemos un temperamento místico.
La masa de los creyentes, si se apartara de las iglesias actuales, preferiría vincularse a las nuevas religiones cristianas cuyo sentido práctico y social las hace más humanas que las antiguas. Los incapaces de creer en religión alguna, si tienen temperamento místico, serán atraídos siempre por esas grandes corrientes de renovación política y social, que equivalen prácticamente a verdaderas religiones de la humanidad.
¿Evolucionarán las demás iglesias actuales hacia una moral sin dogmas? Sin dogmas, no; con menos dogmas, sí. Basta recordar la influencia del unitarismo y del trascendentalismo sobre todas las iglesias norteamericanas; ese es el sentido general de la evolución religiosa contemporánea, en el mundo civilizado: cada iglesia tiene en su seno un "modernismo" que depura incesantemente sus dogmas. Es indudable que los teólogos del siglo XX han aprendido cosas que no sospechaban los del XV; en ninguna Facultad o Seminario de Teología podría estudiarse un tratado de hace cincuenta años, fuera de su interés histórico o literario; las iglesias, para defender sus dogmas, han tenido que adaptarlos a los resultados menos inseguros de las ciencias contemporáneas. Revisando los libros de texto usados en la Universidad Católica de Louvain, y en la Divinity School de Harvard, he pensado con escalofríos en la hoguera que habría carbonizado a sus autores si los hubiesen escrito hace tres siglos.
Con esto os quiero expresar que las mayores iglesias euroamericanas han experimentado grandes progresos, precursores de otros que atenuarán gradualmente su dogmatismo. Como cada una de ellas sólo polariza una parte limitada de las creencias sociales, es natural que llegue hasta los concilios de los teólogos el eco de lo que pasa fuera de cada iglesia; hemos visto que la ética social ha corregido ya en algunos países la ética de los teólogos y podemos presumir que toda nueva efervescencia moral tendrá repercusiones semejantes. Desde este punto de vista considero legítimo suponer que el eticismo puro puede tener una influencia indirecta, desdogmatizando poco a poco las morales teológicas más difundidas.
Ciertos modos de pensar y de sentir, aunque adoptados por pocos, constituyen un obligado término de comparación para los que piensan y sienten de otra manera; poco importa que no tengan un éxito de proselitismo, su eficacia consiste en que no pueden prescindir de ellos los mismos que se proponen combatirlos.
Es una acción indirecta, diréis; pero existe y es benéfica. No es la única, sin embargo. En horizontes más reducidos, para la minoría ilustrada a que poco antes nos referíamos, las asociaciones éticas son de utilidad directa. Baste pensar que ellas ofrecen un ambiente de educación moral intensiva a muchos hombres que no creen en dogma alguno religioso y que aislados están expuestos a caer en el dilettantismo, en el escepticismo o en el pesimismo moral; por el funesto hábito de asociar su moralidad a su religión abandonada, están expuestos a aflojar los resortes de su conducta privada y cívica, confundiendo la buena tolerancia doctrinal de todas las ideas con la detestable tolerancia práctica de todos los vicios.
Reconozcamos que ese peligro existe; nadie podría negar su gravedad desde una cátedra sin eludir la responsabilidad social que acepta al ocuparla. Y el remedio contra ese peligro—después del ejemplo personal, que es siempre la lección más fecunda—está en fomentar toda nueva forma de experiencia moral que pueda suplir las ya impracticables. El hombre que abandona sus dogmas religiosos está obligado a intensificar su moral práctica, a ser mejor hijo y mejor padre, mejor amigo y mejor esposo, mejor obrero y mejor ciudadano. La obligación social no es menor que la teológica o la metafísica; la sanción social es tan severa como la divina o la racional... Y bien; si entre los hombres que no creen ya en las religiones dogmáticas, muchos carecen de energías morales suficientes, ¿no es deseable que las sociedades éticas les proporcionen un ambiente propicio para que su moralidad sea sostenida y se perfeccione?
Basta reconocer que existe un peligro, para que no sea desdeñable ningún medio que contribuya a evitarlo. Sabéis—da vergüenza decirlo—que algunos señalan como único remedio la vuelta a los dogmatismos tradicionales repudiando de plano todas las verdades que desde hace un siglo los contradicen o los comprometen. No vacilemos en declarar, en voz alta y en nombre de nuestros hijos, que perseguir la moralidad a precio del error deliberado—que es la mentira—nos parece la más irreparable de las inmoralidades.
Los eticistas, sin distinción de matices, quieren que la verdad, profunda voz con que habla a los hombres la Naturaleza, sea respetada. Nunca proponen ahogarla; prefieren depurar los viejos ideales éticos de todos sus elementos dogmáticos, perfeccionándolos, elaborando ideales nuevos.
Existe, no lo descuidemos, otro aspecto de la cuestión, más importante para el porvenir. Las sociedades éticas no lo descuidan: es el problema de la educación moral en la enseñanza; es el único práctico para el porvenir. Así lo comprendieron, en nuestra patria, muchos grandes espíritus: Echeverría, Alberdi, Sarmiento, Estrada, Peyret, en bellas páginas que merecen releerse; Agustín Álvarez le consagró un volumen especial; desde esta misma cátedra os la ha predicado el dignísimo decano de esta Facultad, Rodolfo Rivarola.
Las naciones civilizadas han expresado ya su voluntad de que la escuela pública se abstenga de preferir ninguno de los dogmas religiosos profesados por sus ciudadanos. Afirmemos también la necesidad de intensificar en ella la educación moral, preparando las generaciones futuras para esa tolerancia recíproca de las creencias que es la base misma de la solidaridad social. Sólo por obra de la escuela marchará la humanidad hacia una moral sin dogmas; sólo por ella podrán los argentinos de mañana repetir el lema de las sociedades éticas: Los dogmas dividen a los hombres; el ideal moral los une.